40702(24-07-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARÍA   DEL   ROSARIO  GONZÁLEZ MUÑOZ   

                                  Aprobado acta N° 232.   

Bogotá, D. C., veinticuatro (24) de julio de  dos mil trece (2013).   

VISTOS  

Decide  la Sala el recurso extraordinario de  casación  interpuesto por el defensor de HÉCTOR JAIME  CORREA  RESTREPO  contra la sentencia del 31 de agosto  de  2012  mediante  la  cual el Tribunal Superior de Popayán confirmó el fallo  adoptado  el  20 de febrero del mismo año por el Juzgado Promiscuo del Circuito  de  Caloto  (Cauca),  que condenó al procesado a la pena principal de 396 meses  de  prisión,  así  como a la accesoria de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y funciones públicas por el mismo lapso, como determinador del delito  de  homicidio  agravado,  en  concurso  homogéneo  y  heterogéneo con lesiones  personales agravadas.   

HECHOS  

Los  resumió  el  Tribunal  de la siguiente  manera:   

          “Cuenta el legajo procesal que el día 8  de  noviembre  de 2002 en el corregimiento “El Alto del Palo”, jurisdicción  de  Caloto-Cauca,  aproximadamente  a la una de la mañana (1:00 a.m.), un grupo  de  personas  quienes  portaban  armas  de  fuego  de  diverso calibre, vestían  prendas  tanto  de  civil  como  camuflados,  y  cubrían  sus rostros con   pañoletas  y  pasamontañas,  después  de  manifestar que eran miembros de las  AUC,  irrumpieron  en  la  morada del señor EUCLIDES VÁSQUEZ, a quien luego de  atacar  el  techo  y la puerta, lo hicieron tender sobre el suelo, al tiempo que  amenazaban  a  su  hijo menor YOHANDRO VÁSQUEZ ZAPATA, quien les manifestó que  si  mataban  a  su  padre  debían  matarlo a él también, procediendo el grupo  armado  a  disparar  a  ambos.  La señora YUDY, quien se encontraba en el sitio  alcanzó  a  huir  poniendo  a  salvo  su  vida, mientras a otra señora llamada  MARÍA  KELLY le dijeron que se perdiera, para luego proceder a destruir todo lo  que había al interior de su casa.   

          El  precitado  grupo  criminal  continuó  con su accionar criminal,  dirigiéndose  a  la  casa  de  la  señora  ERLINDA  ZAPATA, donde activaron un  petardo e incendiaron lo que había en dicha vivienda.   

          Acto  seguido,  estas  personas  pasan  a  la  residencia del señor  ALEXIS  ZAPATA,  a  quien  gritaban  para  que  abriera  la puerta, y a quien le  dispararon luego de atender a sus llamados.   

          Continuando  con  su accionar criminal, le dispararon por la espalda  a  la  señora  MARÍA  BELQUIS  MINA,  quien  no pereció y fue atendida en las  primeras  horas del día en el hospital de Caloto, no sin antes arrebatarle a su  hijo  de  un  año  de  edad  a  quien  ella sostenía en sus brazos, para luego  proceder a segar la vida del menor.   

          Fue  tal  el terror y la zozobra generada por dicho grupo armado que  ocasionó  el  desplazamiento  de más de quinientas (500) familias, que dejaron  sus  viviendas  y  pertenencias  para refugiarse en otros municipios del Cauca y  del Valle del Cauca”.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1. Por razón de los hechos antes reseñados,  la   Fiscalía   decretó   el  20  de  noviembre  de  2002  la  iniciación  de  investigación  previa.  El 31 de octubre de 2006 la Unidad Nacional de Derechos  Humanos   y   Derechos   Internacional   Humanitario   dispuso  la  apertura  de  instrucción  penal,  en  desarrollo  de  la  cual  se  vinculó, entre otros, a  HÉCTOR JAIME CORREA RESTREPO.   

          2.  Mediante  resolución  del  4  de octubre de 2007, el instructor  resolvió   la   situación   jurídica   de   CORREA  RESTREPO,  imponiéndole  medida  de  aseguramiento de  detención   preventiva  por  los  delitos  de  homicidio  agravado  y  lesiones  personales.   

          3.  Clausurada la instrucción en relación con el antes mencionado,  el  15  de  mayo  de  2008  el  fiscal profirió resolución de acusación en su  contra,   por   los   delitos   de  homicidio  agravado  y  lesiones  personales  agravadas.   

          4.  Ejecutoriado  el  pliego  acusatorio,  el trámite de la fase de  juzgamiento  correspondió  al  Juzgado  Promiscuo  del Circuito de Caloto, cuyo  titular  llevó  a  cabo  las audiencias preparatoria y pública de juzgamiento,  tras  lo  cual  puso  fin  a  la instancia con la sentencia del 20 de febrero de  2012,  providencia  confirmada  por  el  Tribunal  Superior de Popayán el 21 de  agosto   siguiente,   en   virtud   de   la   apelación   interpuesta   por  la  defensa.   

          5.  Contra  la  sentencia de segundo grado, el mismo sujeto procesal  promovió   el   recurso   extraordinario   de   casación,  el  cual  sustentó  oportunamente.   

          6.  Mediante  auto  del  3  de  abril  de 2013 se admitió el libelo  casacional   respectivo,   ordenándose  remitir  la  actuación  al  Ministerio  Público,  organismo  que  a  través  del  Procurador  Segundo Delegado para la  Casación Penal rindió el consiguiente concepto.   

LA  DEMANDA   

          El  actor  formula  dos  cargos contra la sentencia del Tribunal, el  primero  por  violación directa y el segundo por violación indirecta de la ley  sustancial.    A   continuación   se   resumen   los   fundamentos   de   ambas  censuras.           

          PRIMER CARGO:   

          Acusa    al    ad    quem   de  dejar  de  aplicar el artículo 51 del Código Penal, acorde con  el  cual  la duración de la pena accesoria de inhabilitación para el ejercicio  de derechos y funciones públicas no puede exceder de 20 años.   

          Lo    anterior    por    cuanto    el   a  quo,  en  decisión  no  reformada por el superior, al  imponer    al    procesado   HÉCTOR   JAIME   CORREA  RESTREPO  la  referida sanción accesoria, la fijó en  el  mismo  lapso  determinado  para  la pena principal de prisión, que al haber  sido  señalada en 396 meses, es decir, 33 años, excedió el límite máximo de  20  años  permitido por la norma inaplicada, en tratándose de delitos diversos  a  los  referidos  en  el  inciso  5º  del  artículo  122  de la Constitución  Política, como acontece en el presente caso.   

            Por  lo  anterior,  solicita  casar  la  sentencia  impugnada para  disminuir la accesoria al máximo fijado en la ley.   

          SEGUNDO CARGO:   

          Parte  el  demandante reseñando cómo los juzgadores sustentaron la  condena  con  fundamento  en  indicios,  y es así como mientras el a  quo edificó en contra del procesado los  de   oportunidad  para  delinquir,  manifestaciones  o  justificaciones  erradas  posteriores  al  delito  y  móvil  para  delinquir,  el  Tribunal  predicó  la  concurrencia   de   los  de  huida,  capacidad  criminal  y  móvil  grave  para  delinquir.   

          Tras   aludir,  con  cita  de  las  decisiones,  a  los  fundamentos  fácticos  y  probatorios  con  los  cuales  los  juzgadores  construyeron tales  indicios,  resaltando  que  los  segundos se basaron netamente en testimonios de  oídas,  el  libelista se ocupa de realizar un recuento detallado de las pruebas  documentales  y  testimoniales  incorporadas  a  la  actuación,  transcribiendo  apartes de las mismas.   

          Hecho  lo  anterior,  considera que la totalidad de las personas que  declararon    en   el   proceso   basan   sus   afirmaciones   en   “comentarios”,  “rumores”,  “se dice”, “se decía” y  “runrunes”,  es  decir,  se  trata  de testigos de  oídas,  tal  como  lo admiten los propios falladores. De otra parte, estima que  en  este  proceso  siempre  estuvieron  latentes  varias  hipótesis  sobre  los  móviles  de  la  masacre,  una  de  las cuales es precisamente la acogida en la  sentencia,  esto  es,  que el procesado instigó los homicidios por causa de los  hurtos  violentos  cometidos  a  su  tienda y el abuso o violación a su esposa,  dejándose  de  lado la hipótesis que más se ajusta a la realidad, cual es que  se  trató  de  una  represalia  por cuanto los occisos pertenecían a la red de  cooperantes,  con  cuya  ayuda las autoridades dieron de baja a dos milicianos y  capturaron a otro.   

          Tras   mencionar   las   pruebas  que  sustentan  esa  hipótesis  y  confrontar  aquellas  que  inculpan  al acusado, pasa a referirse a la capacidad  demostrativa  de  los testigos de oídas, para lo cual acude a citas doctrinales  y  jurisprudenciales,  a cuyo amparo concluye que tales elementos de convicción  tienen  un  valor  probatorio reducido, a tal punto que exclusivamente con ellos  no  es  factible  sustentar  una  sentencia  de  condena. En ese sentido, es del  criterio  que  si  se  da  por  probado  el hecho indicador de un indicio con un  testigo  de  oídas  se  incurre  en  error  de  hecho  por falso raciocinio por  desconocimiento  de  la  regla  de  la  experiencia  propia  de la teoría de la  prueba,  según  la  cual  esos  testigos  no demuestran el hecho mismo sino las  palabras que oyeron.    

          De  esa manera, atribuye al Tribunal incurrir en varios errores, aun  cuando  no  sólo  en  la  modalidad  antes referida sino de diversa naturaleza,  así:   

          1. Falso raciocinio:   

          En  su  sentir,  el yerro recayó sobre los testimonios rendidos por  Hermilda y María Queli Zapata Candelo, Evenis Yureidi  Candelo  Mina  y Henry Aguilar  Reinosa,  pues  frente  a  los  mismos  los juzgadores  desconocieron la regla de la experiencia antes mencionada.   

          Lo  anterior,  según  dice, porque todos corresponden a testigos de  oídas,   en   cuanto   utilizan   las   siguientes   expresiones:  “el  bochincherío  de  la  gente”,  “el rumor de la gente”,  “el  rumor  que  fueron” y  “el   comentario  salió  de  boca”  (Hermilda);  “se  oían  rumores”, “decía la gente” y “dicen”          (María       Queli);      “dicen”,   “lo   que   decían”  y  “me   comentó   eso”  (Yureidi),           y          “decían”         (Henry”). Además, añade, ni siquiera se  trata  de  testigos de oídas de primer grado sino de grado sucesivo, pues nunca  explicaron  la manera como quienes le relataron los hechos tuvieron conocimiento  de   los  mismos.  Más  aún,  sostiene,  tampoco  sus  testimonios  obtuvieron  corroboración por otros medios de prueba.   

          Juzga  trascendente  el  dislate  que denuncia porque los juzgadores  con  esas pruebas dieron por probado los indicios de oportunidad para delinquir,  capacidad  criminal,  huida  y  móvil para delinquir, de manera que de no haber  incurrido  en  ellos no habrían podido edificar tales indicios sino predicar la  presencia  de  dudas acerca de la credibilidad de los citados declarantes y, por  consiguiente,  aplicar  el  principio in dubio pro reo.   

          Falsos juicios de identidad:   

          El  yerro  lo  predica  respecto  de los testimonios de Eduardo   Cantillo   Candelo,   María   Amalsi   Mina  de  Cantillo  y     Andrés    Campos  Jascué.   

          En  relación con los dos primeros, acusa a los sentenciadores de no  considerar  los  apartes  de  sus  declaraciones  donde manifestaron no saber ni  conocer  sobre  si  algún habitante del sector participó en los homicidios. En  su  criterio,  tales aseveraciones generaron importantes motivos de hesitación,  por  cuanto algunos de los occisos eran parientes de los testigos, de manera que  resultaba  apenas  natural  que  hubiesen  realizado  indagaciones  orientadas a  establecer  no  solamente  la  identidad  de  los autores de la masacre sino los  móviles    de    la   misma.   Además,   añade,   el   acusado   CORREA  RESTREPO  era uno de los moradores  de la vereda.   

          Por  lo anterior, estima que de haber apreciado los apartes omitidos  los  falladores  habrían  tenido  que  preconizar  la  existencia  de  duda  en  relación  con  el  indicio  de  oportunidad  para  delinquir,  algunos de cuyos  soportes lo constituyeron precisamente los aludidos testimonios.   

          Respecto      de     Andrés     Campos  Jascué, atribuye a los juzgadores cercenarle la parte  en  donde dijo no haber escuchado que el procesado hubiese participado directa o  indirectamente  en  la masacre. En su criterio, se trata de un testigo de oídas  de  primer  grado,  porque  el  conocimiento  lo  obtuvo  de  alias “John    Jairo”    y    “Negro  Víctor”, quienes participaron  en  la  planeación  y  ejecución de los homicidios, habiendo revelado tanto la  fuente   de   ese   conocimiento   como  las  circunstancia  en  que  obtuvo  la  información,  amén  de  que  su  declaración  encontró  corroboración en el  desmovilizado  Carlos García,  quien  señaló  a  los  antes  aludidos  como  algunos  de quienes planearon la  incursión delincuencial.   

          Considera   que   de  haber  apreciado  los  apartes  mutilados  del  testimonio  de Campos Jascué,  quien    incluso   relató   haber   escuchado   de   labios   de   “John    Jairo”    y    “Negro   Víctor”   que  “habían  matado  una  familia porque estaba dándole información  al   Ejército   de   qué   milicianos   eran  los  que  se  mantenían  en  el  Palo”,   los   falladores   habrían   afirmado  la  existencia  de  una  duda  más  en  cuanto  al sustrato fáctico del indicio de  oportunidad para delinquir, también edificado con esa deponencia.   

          Falso juicio de existencia:   

          Según  el  libelista,  los  sentenciadores  dejaron de apreciar, en  primer  lugar, (i) el informe No. 840 del 8 de noviembre de 2002 suscrito por el  jefe  de  la  Sección  Investigativa  Policía  Judicial  de  la  Estación  de  Santander  de  Quilichao,  (ii)  el  informe  205  del  12  de noviembre de 2008  suscrito  por  el  comandante  de  la  Estación de Policía de Caloto, (iii) el  informe  UNDH-DIH  del  11  de noviembre de 2002 suscrito por los investigadores  Fernando  Londoño,  Germán  Darío  Arias, Francisco  Forero   y  José  Leonardo  Barato  de  la  Unidad  Nacional de Derechos Humanos y  Derecho     Internacional     Humanitario,     y     (iv)    el    oficio    No.  05423-BR3-BIPIC-S2-INT-252  del  16  de  junio  de 2003 suscrito por el capitán  José     Edilberto    Gómez    Olivar,   Oficial   de  Inteligencia  S-2  del  Batallón  de  Infantería  Pichincha.   

          En  su  concepto, esos documentos establecen que en el corregimiento  El      Palo      operaba     una     “Red     de  Cooperantes”,  gracias a la cual el 13 de octubre de  2002  se  adelantó  un  operativo  que  condujo  a  la muerte de los milicianos  conocidos  con  el alias de “Piquiña” y  “Mellizo” y  la   captura   de   Rodrigo   Coicue   Ul,      alias     “Rigo”,  situación  que  confirma  la hipótesis expuesta por el entonces  alcalde  de Caloto, acorde con la cual “…la masacre  fue  realizada  como represalias por ese operativo” y  que,  por  tanto,  contrarresta  el  rumor  surgido  desde  cuando  María  Queli Zapata Candelo manifestó que  el  procesado,  luego  de  desocupar  la  casa,  no volvió a aparecer y por eso  “la  gente  dice  que ese señor tuvo que ver con la  masacre”,  es  decir, añade, infirma el indicio del  “móvil    grave   para   delinquir” atribuido a CORREA RESTREPO.   

          Tales  pruebas,  en  su  sentir,  daban  lugar  a la aplicación del  principio in dubio pro reo.   

          Para  el  demandante,  en  segundo  lugar,  los juzgadores omitieron  valorar  (i)  El  oficio  No.  034-BRD3-BIPIC-S2-INT-252  del 3 de abril de 2003  suscrito  por  el  comandante  del  Batallón  de  Infantería  No.  8,  (ii) la  diligencia  de reconocimiento de un cadáver practicada el 14 de octubre de 2002  por   la   Fiscalía   Segunda   Seccional   de   Caloto,  y  (iii)  el  informe  FGN-CTI-SI-UND-DH-IH-331-07  del  18  de  diciembre  de  2007  suscrito  por  el  investigador    judicial    Carlos    Raúl   Lozano  Torres.   

          Esos  elementos  de convicción, estima, demuestran que el miliciano  de  las  FARC-EP  Adolfo  Perdomo  Trochez,     conocido    como    “Garganta”  era   hermano   de   Eider  Trochez,   miliciano   conocido   como   “Piquiña”, de solo 19 años de edad y  a  quien  las  autoridades dieron de baja en el operativo realizado gracias a la  información    suministrada   por   la   “Red   de  Cooperantes” del corregimiento El Palo.   

Destaca  el  actor que aun cuando dentro del  proceso  Perdomo Trochez negó  en     varias     ocasiones     ser     hermano     de     alias    “Piquiña”,  cuando  se analizan todos  los  detalles de lo ocurrido necesariamente se infiere que fue, precisamente, el  operativo  en  mención lo que llevó a ordenar la masacre, en cuya instigación  debió     entonces     influir     determinantemente     alias     “Garganta”.  Por  ese  motivo, una vez  más  debe  darse la razón al alcalde de Caloto, afirmación también hecha por  el  jefe  de  la  Sección Investigativa de Policía Judicial de la Estación de  Santander  de  Quilichao y el comandante de la Estación de policía del aludido  municipio,  cuando  dice que las muertes se ejecutaron como represalia por dicho  operativo.   

En  consecuencia,  es  del  criterio que las  pruebas  así  omitidas  daban  lugar  también  a  la aplicación del principio  in dubio pro reo.   

          En  tercer  término,  predica  la  falta  de  apreciación  de  los  testimonios   de   María  Eugenia  García  Agudelo,  Floralba    Ávila    de   Mazuera   y   Luis   Carlos   Cerón   Trochez.   Estas  declaraciones,   en  su  sentir,  acreditan  que  (i)  el  procesado  no  tenía  especiales  vínculos  con los milicianos de las FARC, (ii) ningún hermano suyo  visitaba       “esporádicamente”  la  vereda,  (iii) María Eugenia García  no fue abusada ni violada sexualmente, ni reconoció a  ninguno  de los asaltantes, (iv) el acusado y su compañera fueron constreñidos  para   abandonar   la   vereda,   y   (v)   su   salida  de  allí  no  ocurrió  subrepticiamente,  “en  avanzadas horas de la noche,  sin ruido y a escondidas de todo el mundo”.   

          En  su opinión, las anteriores circunstancias generaban importantes  motivos  de hesitación, al punto de contrarrestar las versiones de María  Queli Zapata Candelo y Evenis  Yureidi  Candelo  Mina e infirmar,  por  tanto,  los  indicios  de  oportunidad  para  delinquir,  móvil grave para  delinquir  y  huida  enrostrados  al  acusado,  dando lugar a la aplicación del  principio  in  dubio pro reo.   

          En  cuarto  lugar,  aduce  la  pretermisión  de  las  declaraciones  rendidas  por  María  de  los  Ángeles Mina Reinoso,  Élida  Mina  Reinoso,  Rosemberg  Hoyos  Millán,  Dorani  Noscué Zapata, Yury  Rocío  Vásquez  Zapata,  José  Arnulfo  Bedoya Rivera, Arcelia Rivera Medina,  Abel Hoyos Ramírez y Eucaris Mejía Reyes.   

          Según  el  impugnante,  los referidos testimonios acreditan que (i)  el  procesado  no  tenía especiales vínculos con milicianos, ni se reunía con  ellos,   (ii)   el  “Negro  Víctor”  o      “Garganta”     no  frecuentaban  su  tienda, (iii) no acostumbraba guardar en ésta  “armas o motos a personas extrañas o a gente que se  dijera  ser  miliciano  de  las FARC”, (iv) tanto él  como  su  compañera  María  Eugenia  García Agudelo  fueron constreñidos a abandonar la vereda el Alto del  Palo,  (v)  en su tienda no se realizó reunión con milicianos de las FARC para  planear  la  masacre,  (vi)  ni  él  ni  su  compañera  abandonaron  la vereda  subrepticiamente,  y (vii) se quedó sin saber si José  Arnulfo    Bedoya   Rivera   realmente   comentó   a  Dorani  Noscué  Zapata  que  “se fuera con la niña  porque iban a tumbar unas casas”.   

          En  su  sentir,  la  citada  prueba  testimonial  contenía  motivos  infirmantes  de  los  indicios  de oportunidad para delinquir, móvil grave para  delinquir  y huida, dando lugar así a la aplicación del principio in dubio pero reo.   

          En   quinto   lugar,  denuncia  la  falta  de  apreciación  de  las  declaraciones  de  John  Eider  Sánchez Otero, Carlos  García,  Daniel  Carevilla  Cuéllar  y  José  Gerardo  López López. Sostiene que  mientras  este  último es un testigo directo, pues al momento de los hechos era  escolta   del   comandante   “Zeplin”,       quien       ordenó      la      siniestra      “expedición  punitiva” y permaneció a  su  lado  cuando  se  ejecutaba,  por  su  parte  los demás testigos, junto con  Andrés Campos Jascué, quien  atribuyó  el móvil de la masacre a la colaboración prestada a las autoridades  por  la  familia  afectada,  son  testigos  de  oídas de primer grado porque lo  narrado   por   ellos  lo  escucharon  directamente  de  personas  que  tuvieron  conocimiento  inmediato  de  los  hechos,  revelaron sus fuentes, explicaron las  circunstancias  en  que  obtuvieron  esa  información  y,  además, encontraron  corroboración    en    el   testimonio   de   López  López.   

          Considera  que  las  declaraciones  en  mención  acreditan  que (i)  quienes    ordenaron    la   masacre   fueron   los   comandantes   “Dago”       y       “Zeplín” y entre quienes participaron  en  su  planeamiento  y  ejecución  están el “Negro  Víctor”           y           “Garganta”,   habiendo  esto  último  ocurrido  el  mismo  día, mientras lo primero se hizo en  el campamento de  la   vereda   La   Cominera,   sin  que  en  ello  participara  la  “población  civil”,  es  decir, no se  desarrolló   en   la   tienda  del  acusado  ni  en  la  casa  de  Arnulfo  Bedoya Rivera (ii) la “expedición   punitiva”  se  realizó  “porque     eran    sapos    colaboradores    del  Ejército”  (iii) a Zeplín  lo  degradaron  y a algunos miembros de la milicia que  intervinieron  en  la  masacre los fusilaron, al establecerse al interior de las  FARC        que       las       víctimas       no       eran       “paracos”,   y   (iv)   los  testigos  confirmaron   lo   relativo   a   los   móviles   comentados  por  Campos Jascué.   

          Según  el libelista, las pruebas así omitidas, junto al testimonio  de  Andrés  Campos  Jascué,  desvirtúan  las  manifestaciones  de  María  Queli y  Hermilda  Zapata  Candelo  y,  por tanto, infirman los  indicios  de  oportunidad  para  delinquir, móvil grave para delinquir y huida,  dando  lugar  a  la  aplicación del principio in dubio  pero reo.   

         

          Falso juicio de convicción:   

          Aduce  el  desconocimiento  del  artículo 337 de la Ley 600 de 2000  cuando  el a quo, en decisión  avalada  tácitamente  por  el  Tribunal,  edificó  en  contra del procesado el  indicio  de  manifestaciones  posteriores  al delito a raíz de la decisión del  acusado  de  guardar  silencio  en  el momento de ser escuchado en indagatoria y  posteriormente cuando se le citó a ampliar la misma.   

          Para  el actor, la citada norma, en cuanto prohíbe del silencio del  sindicado  en  la indagatoria derivar “indicios en su  contra”,  consagra una tarifa legal negativa fundada  en  el  derecho  a  la  no  autoincriminación prevista en el artículo 33 de la  Constitución Política.   

            Acota  que  aun  cuando el juez reforzó el mencionado indicio con  unas   supuestas   contradicciones   en   las   cuales   incurrió  CORREA   RESTREPO   cuando  en  posterior  ampliación  de  indagatoria  dio su versión de los hechos, es lo cierto que el  funcionario  no  profundizó  suficientemente  en el tema y, en todo caso, se le  interrogó  sobre  sucesos  ocurridos  más  de  cinco  años  atrás cuando los  recuerdos no son tan nítidos.   

          Juzga  relevante  el  yerro  porque  con  el  mismo  se  reforzó el  concurso  indiciario  deducido  al  procesado,  cuando  lo pertinente, atendidos  todos   los   motivos  de  hesitación  evidenciados  en  la  demanda,  era  dar  aplicación  al principio in dubio pro reo.   

          Fundamenta  la  trascendencia  general  de  los errores denunciados,  insistiendo  en que la construcción de los indicios, tal como lo admitieron los  juzgadores,  se  basó  en testigos de oídas, ninguno de los cuales ni siquiera  clasifica  como  de  primer  grado  sino  de  grado sucesivo, es decir, tercero,  cuarto  o  quinto. En consecuencia, considera que “la  verificación  de  los  acontecimientos objeto de investigación” no  podía  sustentarse  en  tales  testigos,  por  cuya  razón las  inferencias  construidas  a  partir de los “sustratos  fácticos”  con los cuales se derivaron los indicios  deben reputarse como falsas o falaces.   

          De  esa manera, solicita casar la sentencia y, en su lugar, absolver  a   HÉCTOR   JAIME   CORREA   RESTREPO  de los cargos formulados.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO:  

          PRIMER   CARGO:                 

Opina que la censura debe prosperar porque,  ciertamente,  los juzgadores vulneraron el artículo 51 del Código Penal cuando  impusieron  la pena accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  por  lapso  igual  al  fijado  para la sanción principal,  excediendo así el límite máximo de 20 años.   

         

          SEGUNDO CARGO:   

          Para  el  representante  de la sociedad, el demandante no desarrolla  adecuadamente  los errores de hecho denunciados en el libelo. Así, sostiene, no  demuestra  en  forma  suficiente  el  contenido  de las declaraciones que fueron  objeto  de alteración, pues se desvía a una serie de consideraciones meramente  subjetivas  en  las  que expresa su particular análisis de las mismas. De todas  maneras,  dice  no  observar  “que en realidad se le  hubiera  hecho  derivar  a los testimonios efectos probatorios que no se derivan  de su contexto”.   

         

En cuanto al falso raciocinio, considera que  el  casacionista  no  es  claro  en  precisar  el  principio lógico, la teoría  científica  o  la  pauta  de  comportamiento  pretermitido,  ni  cuál  de esos  postulados debió aplicarse.   

          Frente  al  falso  juicio  de existencia, le atribuye pretender, con  las  pruebas  echadas  de  menos,  edificar  contraindicios según su particular  forma   de   apreciación   de   los   elementos  de  convicción,  “en  una  clara  postura defensiva ajena al ataque técnico propio  del recurso extraordinario”.   

          En  fin, le critica acudir a una equivocada estrategia para minarles  el  valor  probatorio  cuando  se  dedica  a  atacar  de manera independiente la  construcción  de  los  indicios con los que se acreditó la responsabilidad del  procesado,  olvidando  que  la  valoración  de  la  prueba circunstancial es de  conjunto.   

          Por  lo  demás,  predica falta de razón en el reparo fincado en la  violación  indirecta,  pues  aun  cuando  las  declaraciones  presentan algunas  inconsistencias,   “ellas  claramente  reflejan  la  razón   de   sus  dichos”,  porque  de  una  manera  pormenorizada  explican lo sucedido, al igual que la actitud tanto anterior como  posterior al delito.   

          Sobre    el   indicio   de   manifestaciones   posteriores,   estima  “posible  concluir  que  en  este  caso a lo sumo se  trató  de un error de exacta denominación, porque el razonamiento del Tribunal  pudo  estar orientado a la construcción del indicio también denominado de mala  justificación,  el  cual comprende todos los comportamientos desplegados por el  sindicado  para  tatar de evadir la responsabilidad penal mediante el engaño en  la declaración que suministra a las autoridades”.   

          Para  el  delegado de la Procuraduría, por tanto, vista la gravedad  y   convergencia   de   los  indicios  estructurados  por  los  falladores,  las  exculpaciones  del  procesado  carecen  de  verosimilitud,  al punto de aparecer  desvirtuadas  por  la prueba obrante en la actuación. En su criterio, en manera  alguna  se  forzó  el curso de la inferencia lógica con conclusiones absurdas,  pues  se  evidencia  conexidad entre los hechos indicadores; tampoco, añade, se  ha  quedado  en  la  relación  de probabilidad, porque la unión y concordancia  indiciaria permitieron llegar al grado de certeza.   

          Contrariamente,  concluye,  el  libelista  se limitó a refutar cada  una  de  las  pruebas tenidas en cuenta en el fallo recurrido mediante la simple  confrontación   de   criterios,  aislando  los  indicios  para  restarles  toda  capacidad   probatoria,  postura  con  la  cual  desnaturaliza  la  lógica  del  raciocinio,  el  principio  de causalidad y la relación que ellos guardan entre  sí.   

          En    tal    virtud,    postuló    la    no   prosperidad   de   la  censura.   

          Casación oficiosa:    

          El   Ministerio  Público  solicitó,  finalmente,  casar  en  forma  oficiosa  la  sentencia  porque  el  juzgado  dedujo  en contra del procesado la  circunstancia  de  mayor  punibilidad consistente en emplear en la ejecución de  la  conducta  punible medios de cuyo uso puede resultar peligro común, obrar en  coparticipación  criminal  y utilizar explosivos u otros instrumentos o arte de  similar   eficacia   destructiva,  violando  los  principios  de  congruencia  y  legalidad, pues dicha causal no fue atribuida en la acusación.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          Por  razones  lógicas,  la  Sala se ocupará primero de examinar el  segundo  cargo  de la demanda, pues de prosperar el mismo la consecuencia sería  la  absolución del procesado, tornándose así inane la discusión sobre si los  falladores  vulneraron  el  principio  de legalidad al determinar el monto de la  pena  accesoria  de  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones  públicas.   

          Para  resolver  el  problema  jurídico  planteado  en la censura en  mención,   la  Corte  analizará  los  siguientes  temas:  (i)  precisará  los  fundamentos  basilares  de  los  fallos  de  instancia,  (ii)  se ocupará de la  eficacia  probatoria  que  revisten los testimonios de oídas en la sistemática  procedimiental  contemplada  en  la  Ley  600 de 2000 y (iii) examinará el caso  concreto.    

          1. Los fallos impugnados:   

     

a. Primera instancia:     

–  La masacre fue cometida por milicianos de  las  FARC,  entre  ellos,  aquellos  conocidos  con  los  alias  de “Piquiña”,   “El   Mellizo”,   “Garganta”,  “Pacho”  y     “El     negro  Víctor”.   

–  Las  víctimas  eran  señaladas  por  la  comunidad   como   los   “presuntos”  autores  de  diversos  hurtos  cometidos  en  la  vereda  en la cual  acaecieron los hechos.   

– Dos de esos hurtos ocurrieron en la tienda  de  propiedad  del procesado, en el último de los cuales también se produjo la  agresión  sexual  sufrida  por  la cónyuge de HÉCTOR  JAIME   CORREA   RESTREPO,  según  así  “se   comenta”.  De  esa  manera,  los  homicidas  llegaron  a las casas de los afectados preguntando por los nombres de  “Diego, Jhon y los demás involucrados en los hurtos  y  al  no  encontrarlos  procedieron  a ejecutar a sus padres, hermanos y demás  parientes…”.   

          –  Luego de ser víctima del segundo atentado contra su patrimonio y  de  la  agresión  sexual,  “situación  que  no  se  comprobó”,  tanto  él como su cónyuge abandonaron  de  manera  intempestiva  la  vereda,  apenas  con  horas  de anticipación a la  masacre.   

          –  Entre  el  acusado  y  los  milicianos  de  las FARC existía una  estrecha  relación,  tanto  que  en  su  tienda  se reunían alias “Garganta”    y    el   “Negro   Víctor”,  en  compañía  de  otros  milicianos,  no sólo a planear sus acciones sino también a celebrar sus  cometidos,  reuniones  en  las  cuales  CORREA RESTREPO  no  era  simple espectador sino que, por el contrario,  participaba en ellas.   

          –   El   acusado  guardó  silencio  al  momento  de  ser  citado  a  indagatoria,  actitud  que  repitió  días  después  cuando  nuevamente  se le  requirió  para  el  efecto,  “situación  que causa  extrañeza”,  “pues  la  lógica  enseña que una persona que se considera inocente o que no se encuentra  relacionada  con  los  hechos  que  se  le  imputan, al contrario de la conducta  desarrollada  por  CORREA  RESTREPO,  aprovecha  la  oportunidad  brindada en su  injurada,   para   defenderse   de   los  hechos  enrostrados…”.           

          –  El prenombrado incurrió en contradicciones cuando finalmente, en  diligencia  realizada  el  17  de diciembre de 2007, ofreció su versión de los  hechos,  pues  allí negó haber conocido a algún miliciano de las FARC, pese a  que  “la totalidad de testimonios y declaraciones”  demuestran   lo   contrario.   Además,  inicialmente  manifestó  que  abandonó  la  vereda entre el 5 y 6 de noviembre de 2002, para  después afirmar que lo hizo el día miércoles previo al ataque.   

          Con  base  en  lo  anterior,  el sentenciador edificó en contra del  procesado   los   indicios   de   oportunidad   para   delinquir,   “manifestaciones   o   justificaciones   erradas   posteriores  al  delito”,  actividades  anteriores al delito y móvil  para delinquir.    

          Admitió  el  juzgado  que  la  responsabilidad  penal  deducida  al  procesado  “parte  de  declaraciones  de testigos de  oídas”.  Sin  embargo,  estima que su relación con  las FARC sí aparece demostrada a través de testigos directos.   

          b) Segunda instancia:   

          –  CORREA RESTREPO  desocupó  su  casa  un día antes de la masacre y no volvió a aparecer, razón  por  la  cual,  según  lo relató María Queli Zapata,  “la  gente  decía  que  había  llegado  huyendo,  porque había hecho muchas  muertes”.  De  esa  manera,  erigió en su contra el  indicio de huida.   

          –   El  procesado  tenía  inclinación  a  dar  información  a  la  guerrilla  acerca  del  lugar  donde  se  hallaban  posibles víctimas, tal como  ocurrió  con  un  muchacho  que  en  anterior oportunidad pretendían matar las  FARC,  según   así  lo  declaró Hermilda Zapata  Candelo.  Además,  el martes después de ser víctima  del   segundo   hurto,   se   reunió   en   su   casa  con  alias  “Garganta”,   conforme   lo   relató  Evenis  Yureidi Candelo Mina,  de  lo  cual también se infiere que “informaba sobre  los nombres y localización de las posibles víctimas”.   

          –  Del testimonio de la misma Candelo Mina,  se  extracta  que luego de ocurridos los latrocinios y  la  tentativa  de  violación de su esposa, el acusado acudió a la guerrilla de  las  FARC  “para ponerles en conocimiento los hechos  referidos y cobrar de esa manera una venganza”.   

          En  fin,  para  el  Tribunal,  la  responsabilidad  de  CORREA   RESTREPO   surge   clara  porque  “se  fue  del  lugar  un  día  antes de la masacre,  informaba  acerca del lugar donde se encontraban las posibles víctimas y hacía  reuniones  en  su casa con los miembros de las FARC”.  Además,  añade,  tenía  motivos  fundados  para  pedir  se  llevara a cabo la  masacre,  es decir, “el hurto por parte de pobladores  de   la  región  y  la  violación  a  la  que  fuera  sometida  su  compañera  sentimental”,  de  lo  cual  emerge  demostrado  el  indicio de móvil para delinquir.   

         

          2. Los testigos de oídas en la Ley 600 de 2000:   

         

          Sobre  el  llamado  testimonio  indirecto,  de referencia, de oídas  o  ex  auditu, en el marco de  la  sistemática  procesal regulada en la Ley 600 de 2000, la Corte ha elaborado  una  consolidada jurisprudencia acerca de su eficacia probatoria, cuyo contenido  fue  acopiado en la sentencia del 21 de mayo de 20091.  Y  así  se ha dicho que ese  medio  de  prueba  es  susceptible  de  estimación  por  el  juzgador de manera  conjunta  y  con  arreglo  a  las pautas de la sana crítica, en particular, sin  desatender  los criterios específicos para apreciar el testimonio (Ley  600  de  2000, artículos 238 y 277),  en  orden  a recrear, de la manera más aproximada posible, la verdad histórica  que origina la controversia.   

Lo  anterior,  lo  ha  expresado también la  Sala,  por  cuanto  en el referido régimen instrumental, como sucedía también  en     las     anteriores     codificaciones     procedimentales    —Decreto   2700   de  1991  y  050  de  1987—  el  legislador  no  contempló  veda  en  algún  sentido  respecto  de aquel medio de conocimiento,  como,  contrario sensu, sí lo  hizo  en  la  Ley  906  de 2004, al definir qué se entiende por “prueba   de  referencia”  y  regular  su  excepcional  admisibilidad,  así como al limitar el poder suasorio de la misma,  prohibiendo  que  la  sentencia  condenatoria  esté  soportada  “exclusivamente  en pruebas de referencia”  (artículos 437 a 441 y 381, inciso segundo).   

De todas maneras y a pesar de esa ausencia de  reglamentación      de     la     “prueba     de  referencia”  en  los estatutos procesales anteriores  al  últimamente  citado,  la  jurisprudencia  también ha sentado una pacífica  doctrina  acerca de la naturaleza del llamado testigo indirecto y las exigencias  inherentes   a   su   valoración.   Al   respecto   la  Sala  ha  señalado  lo  siguiente:   

“El  testigo  de  oídas,  lo  único  que  puede acreditar es la existencia de un relato que otra  persona  le  hace  sobre  unos  hechos,  pero no, como sucedería con un testigo  presencial,  la  verificación  de los acontecimientos objeto de investigación;  por  eso  del  declarante de viso se espera una exposición más o menos fiel de  las  circunstancias  que rodearon el hecho y los motivos por los cuales resultó  conocedor  directo  del  asunto  objeto  de investigación, en tanto de aquel no  basta  con  acreditar  las  circunstancias que permitan dar credibilidad al dato  por  él  conocido sino que hay que indagar hasta dónde es verídico lo por él  escuchado.   

”Generalmente,  este  concreto elemento de convicción no responde al ideal de que en el proceso  se  pueda  contar  con  pruebas  caracterizadas por su originalidad, que son las  inmediatas,  y  ello  conduce  a  que cuando se cuenta con una o varias de ellas  [pruebas  directas],  se  haga  improbable  derrumbarlas  con  simples  datos de  oídas, esto es, con pruebas de segundo grado o mediatas.   

”No  implica  lo  anterior  que  dicho  mecanismo de verificación [el testigo de referencia] deba  ser  rechazado; lo que ocurre es que frente a las especiales características en  precedencia   señaladas,   es  necesario  estudiar  cada  caso  en  particular,  analizando   de   manera   razonable   su   credibilidad   de  acuerdo  con  las  circunstancias  personales  y sociales del deponente, así como las de la fuente  de  su  conocimiento, si ha de tenerse en cuenta que el testigo de oídas no fue  el  que presenció el desarrollo de los sucesos y que por ende no existe un real  acercamiento     al     hecho    que    se    pretende    verificar.”2   

De esa forma, se ha concluido que aun cuando  el  testigo  de oídas no es de por sí prueba deleznable, el operador jurídico  está  en la obligación de dedicar especial cuidado al ejercicio valorativo que  implica  esa  clase  de  medios  de  prueba,  ya  que esta especie de testimonio  adquiere  preponderancia  en  aras  de  reconstruir la verdad histórica y hacer  justicia  material,  únicamente  cuando  es  imposible obtener en el proceso la  declaración  del  testigo  o  testigos  que  tuvieron  directa  percepción del  suceso.  Por  eso, la Sala ha establecido, según  surge de sus precedentes  jurisprudenciales,  cuatro  presupuestos  a  aplicar  con   ocasión  de la  apreciación  del  referido  medio  de  persuasión3:   

          En  primer  lugar,  se  requiere  que  se  trate  de  un  testigo de  referencia  de  primer grado,  entendiendo  como  tal  quien  sostiene  en  su  declaración  que lo narrado lo  escuchó  directamente  de  una  persona  que tuvo conocimiento inmediato de los  hechos,  en contraste con el testigo de segundo grado o  de  grados  sucesivos,  que es quien al deponer afirma  que  oyó a una persona relatar lo que ésta, a su turno, había oído a otra, y  así                  sucesivamente4.  Tal  exigencia  se justifica  porque  en  el  análisis de esa prueba de orden testimonial, el de primer grado  ofrece  mayor  fiabilidad y fortaleza que el de segundo, tercero, etc., dado que  lo  conocido  no  es de una tercera o cuarta fuente, sino de la inicial respecto  de  lo  afirmado  o  narrado  por el testigo directo5.   

En  segundo  término,  es  preciso  que  el  testigo  de  oídas  señale  cuál es la fuente de su conocimiento, esto es, al  testigo   directo  del  evento  de  quien  recibió  o  escuchó  la  respectiva  información,  identificándolo  con  nombre  y  apellido  o  con  las  señales  particulares  que  permitan individualizarlo, condición que resulta sustancial,  de  una parte, para que en el curso del proceso el funcionario intente por todos  los  medios legales que éste asista a declarar acerca de su cognición personal  del   suceso,  indistintamente  de  que  por  razones  debidamente  justificadas  (muerte,   enfermedad,   localización,  etc.)  resulte  imposible  obtener  tal  comparecencia;  y de otra, porque de no ser así, es decir, de acoger o conceder  mérito  a  la declaración de un testigo de referencia que no precisa quién es  su  referente,  o  que  atribuye la ciencia de su dicho al comentario público o  rumor  popular  —divulgado  por   personas   desconocidas,  creado,  alimentado  y  dirigido  por  intereses  inciertos,  transformado  por  fenómenos  de psicología colectiva, y difundido  sin      dirección      ni      sentido      de     responsabilidad—,  en  la  práctica  equivaldría  a  admitir   una   prueba   testimonial  anónima,  cuya  validez  es  contraria  a  elementales  postulados  que  sustentan  el Estado Social de Derecho6.   

En tercer lugar, es imperioso establecer las  condiciones  en que el testigo directo transmitió los datos a quien después va  a  dar referencia de esa circunstancia, de manera que sea posible evidenciar que  lo  referido  de  modo  indirecto  por el declarante ex  auditu  es  trasunto fiel de la información vertida a  éste por el cognoscente directo.   

Y,  en  cuarto término, es fundamental para  otorgar  poder suasorio a la especie de prueba en comento la confluencia de otra  clase  de  medios  de  persuasión,  así  sean indiciarios, con la capacidad de  reforzar  las  atestaciones  del  testigo  de oídas, pues valorados en conjunto  pueden  suministrar  elementos  aptos  para acreditar que lo referido al testigo  indirecto  se  le  transmitió  en  la  forma  como  éste  lo  señaló  y  que  efectivamente    el   suceso   debatido   ocurrió   de   conformidad   con   su  narración7.   

En  conclusión,  el testimonio de oídas se  erige  como  medio  de  persuasión idóneo, serio y creíble cuando, además de  reunir   los  dos  primeros  presupuestos,  “aparece  corroborado  o  respaldado  por  otros  elementos de convicción que no permiten  dudar   de   la   veracidad   del   relato   hecho   por   otras   personas   al  testigo”8,  lo  cual implica afirmar que  la  prueba testifical de referencia única, por sí sola, es decir, huérfana de  otros  medios  probatorios  que  la  confirmen  y robustezcan, en cualquier caso  carece  de  eficacia  suficiente para desvirtuar la presunción constitucional y  legal             de            inocencia9.   

          Es  necesario  anotar,  en esta oportunidad, que los presupuestos en  alusión  surgen a partir de los propios criterios de la sana crítica que deben  considerarse  cuando  se  asume  la  tarea  de  apreciación  de las pruebas, en  particular  de  reglas  de  la experiencia, como aquella según la cual a medida  que  un  relato va transmitiéndose de persona en persona, generalmente al mismo  progresivamente  se  le  suman  o  suprimen detalles que terminan distorsionando  sustancialmente  el  original, convirtiéndose en rumor público, cuya principal  característica,  como  se  ha  dicho por la doctrina, precisamente “consiste   en  que  no  puede  comprobarse  la  fuente  de  donde  proviene”10.   

          De  modo,  pues,  que  la apreciación de un testimonio referencial,  desconociendo  los  presupuestos  mencionados  en  precedencia,  conlleva  a  la  configuración  de  un  falso  raciocinio que, entonces, puede ser perfectamente  denunciado en sede de casación por vía del error de hecho.   

          3. El caso concreto:   

          Los   sentenciadores   de   instancia   coinciden  en  señalar  que  HÉCTOR JAIME CORREA RESTREPO  huyó  un  día antes de ocurrida la masacre, luego de pedirle a la guerrilla de  las  FARC  cometer esa acción delictiva en venganza por dos atentados contra su  patrimonio  económico  acaecidos  días  anteriores y por el abuso o violación  sexual   sufrido   por  su  cónyuge,  hechos  estos  últimos  perpetrados  por  familiares de los occisos.   

          Observa  la  Sala,  empero, que varios de los hechos indiciarios con  los  cuales arribaron a la referida conclusión se fundamentan en testimonios de  oídas, que incluso no son de primer grado.   

          En  efecto,  no  hay  duda que el procesado, pues así lo reconoció  éste  en  su  indagatoria,  abandonó  la vereda un día antes de sucedidos los  homicidios,  como  también  que fue objeto con anterioridad de dos latrocinios.  Sin  embargo,  son  los  propios  juzgadores quienes admiten que la aseveración  según   la   cual   CORREA   RESTREPO   huyó  del  lugar  porque  estaba  relacionado  con la masacre tiene  sustento  en  un  testimonio  referencial. Al efecto ambos coinciden en atribuir  esa  versión a María Queli Zapata Candelo.  Y,  ciertamente,  así lo manifestó ésta en la declaración que  rindió el 7 de noviembre de 2003 cuando dijo:    

          “…Nosotros  el  día  miércoles  un  día  antes de la masacre,  estábamos  donde  un  primo  mío  que se llama Eduardo Cantillo y vimos que el  señor  HÉCTOR  desocupó  la  casa  y  se fue como a las diez de la noche, iba  bajando   de   Corinto   para   abajo,  en  un  camión  grande  y  este  señor no volvió a aparecer y por eso la gente dice que este  señor  tuvo  que  ver con la masacre…”11 (subraya la  Corte).   

          Es  evidente  que  el aludido testimonio no es de primer grado, pues  la  declarante  nunca  señaló  que  el  vínculo del acusado con la masacre lo  conoció  directamente  de  quien  presenció  ese hecho. Tampoco identificó la  fuente   de   su   conocimiento,   pues   se   limitó  a  afirmar  “la  gente  dice”.  Mucho menos narró  las  condiciones  en  las  cuales  el testigo directo le habría transmitido los  datos que relató en su declaración.   

          Situación  similar  ocurre con la imputación acorde con la cual el  procesado  determinó  las muertes en venganza por los hurtos de que había sido  objeto  y  por  la  agresión  sexual  sufrida  por  su  cónyuge, delitos estos  perpetrados   por   familiares  de  los  occisos.  Los  juzgadores  soportan  la  demostración    de   estos   hechos   con   el   testimonio   de   Evenis  Yureidi  Candelo  Mina,  en cuanto  ella   mencionó   lo   relativo  al  abuso  sexual12  y  manifestó, además, que  tres  días  después  del  segundo  latrocinio  CORREA  RESTREPO    se   reunió   con   alias   “Garganta”,  miliciano  de  las  FARC.   

         

          También  la aludida declarante, en los aspectos antes referidos, es  testigo  de  oídas. Obsérvese lo que relató sobre el afirmado atentado contra  la integridad sexual:   

          “…  Como  cuatro meses después volvieron a robar a don HÉCTOR,  en  esa  ocasión  se llevaron el equipo de sonido, la moto, plata y abusaron de  la  esposa  de  él,  de nombre María Eugenia y dicen  que  ella  al  que  la  abusó  le  alcanzó  a  quitar  el  pasamontañas  y lo  reconoció…”13         (subraya nuevamente la Sala)   

          De   la   manifestación  que  se  destaca  surge  evidente  que  la  declarante  no  fue  testigo  presencial  del  abuso  sexual que relata, pues al  referir  acerca  de  un  hecho  ocurrido,  según su versión, concomitante a la  agresión,  como  lo es la reacción de la víctima del mismo para identificar a  su       atacante,       acude       a      la      expresión      “dicen”  para  significar  así que el  conocimiento  lo  obtuvo  de  una tercera persona. Pero, en esa misma medida, se  advierte  que  su  testimonio  ex  auditu no  es  de  primer  grado,  pues  no  identificó  la  fuente  de la  información.   Tampoco  indicó  las  condiciones  en  las  cuales  obtuvo  ese  conocimiento.   

          En  cuanto  a  la  reunión  ocurrida  con el miliciano “Garganta”,      la      deponente  dijo:   

          “…  el  hurto  fue un domingo, el martes siguiente en la casa en  donde  vivía  Héctor,  se  reunieron alias Garganta, quien era un miliciano de  las  FARC…  yo  nunca  los  vi,  sé  eso porque mi  cuñado  de  nombre Yesid, me comentó esto y mencionó  que    las    cosas    se    iban    a   dañar”14         (subraya      la     Sala).   

          Si  bien  la  testigo  suministró  la fuente de su conocimiento (su  cuñado  Yesid), es lo cierto  que  no  indicó de qué manera esa persona se enteró de dicho suceso, por cuya  razón  no  es  dable  predicar  que  se trata de un testigo de oídas de primer  grado.  Por  ese mismo motivo, tampoco es factible determinar las circunstancias  en  las  cuales  el testigo directo le habría transmitido los datos que relató  en su declaración.   

          Ahora   bien,  los  falladores  dieron  por  sentado,  a  manera  de  petición           de           principio15,  que  los  autores  de  los  latrocinios  cometidos  en  la  tienda  del  acusado  fueron  familiares  de los  occisos.  Sobre  el  particular,  el Tribunal no ofreció fundamento fáctico ni  probatorio  alguno.  El a quo,  a  su  turno,  se limitó a señalar:    

          “…  el  día  de  la  masacre  los  miembros  de  las guerrillas  llegaron  a  las  casas  preguntando por los nombres de Diego, Jhon y los demás  involucrados   en  los  hurtos  y  en  la  tentativa  de  violación,  y  al  no  encontrarlos  procedieron  a ejecutar a sus padres, hermanos y demás parientes,  con    las   consecuencias   fatídicas   ampliamente   conocidas”16.   

          La  anterior afirmación, empero, el juzgado tampoco la soportó con  elemento  probatorio  alguno.  Al  revisar  la actuación procesal, encuentra la  Sala   que   la   señora   Élida   Mina,  en  declaración rendida el 27 de octubre de 2007, manifestó que  a    la    casa    de    Erlinda   Zapata17 los   homicidas   llegaron  preguntando  por  su  hijo  Diego    y   su   sobrino   Jonny        Zapata        Candelo18  y  luego  se  dirigieron  a  su  vivienda  (la  de  Élida  Mina)  donde  igualmente  preguntaron por Diego.  Versión  similar, es de advertir,  brindó   Evenis  Yureidi  Candelo  Mina  cuando  expresó que a su casa arribaron los victimarios preguntando  también    por   Diego19.   

          De  las  testigos  antes  mencionadas,  empero, solamente la primera  concretó   la   finalidad  que  perseguían  los  agresores  al  preguntar  por  Diego.  Al  efecto  relató:   

          “Es  que  la gente decía que Diego, un  tal  Carlos,  un  sobrino  mío  de  nombre  Carlos  Alberto Reinoso y otros que  vivían  en  Cali,  habían  ido  hasta  la  vereda  a hacer atracos,  primero  a  una  tienda  de  un  señor Héctor, que no me sé el  apellido,  pero  que  vivía en el Alto del Palo, y al mes volvieron allí estos  mismos  a  robar  otra  vez  la  tienda  de  ese  señor  Héctor y decían  que el tal Diego el hijo de Erlinda Zapata, había abusado  de  la  esposa  de  don  Héctor, entonces dicen  que  por  este  asunto  él  había  mandado  una lista a la  guerrilla,  y  por  eso  los mataron, pero como el día  que  fueron  a  buscarlos  no  los  encontraron,  entonces terminaron matando al  hermano  de  Diego  a  Alexis y al primo Yesid Cantillo, pero estos muchachos no  tenían  nada  que  ver  con  estos  hurtos  que  hicieron  al  señor  Héctor,  lo  que  digo  es  que  en  verdad  esos  hurtos  sí  ocurrieron  y  lo que le hicieron a la mujer de don Héctor también fue cierto,  pero  de  los  que  mataron  en  la  casa  ninguno  tenía  que  ver”20  (subrayas y negrilla no son  del texto original).   

          A   pesar   de   la   aseveración   que  se  lee  al  final  de  la  transcripción,   es  lo  cierto  que  a  Élida  Mina  no    le   consta   directamente   si   Diego  y  las demás personas que menciona  intervinieron   en   los   hurtos   cometidos   a   la  tienda  de  CORREA  RESTREPO,  como  tampoco que éste  hubiese  contactado  a la guerrilla para solicitar la muerte de aquéllos. De su  versión,  en  cuanto  de  manera  insistente utiliza la expresión “decían”,  surge  claramente  que  se  trata    de    un   testigo   ex   auditu,  pero ni siquiera de primer grado, pues su conocimiento no provino  de  quien  apreció  esos hechos. Más aún, tampoco identificó la fuente de la  información.  Por  lo  mismo,  de  su declaración no es posible determinar las  condiciones  en  las que el testigo directo le habría transmitido los datos que  relató.   

          Es  más,  la versión de la señora Élida  Mina  se opone a la ofrecida el 20 de enero de 2004 por  la   señora   Hermilda   Zapata  Candelo,  en  cuanto  al motivo de la masacre, pues esta última manifestó  que   el   problema  se  generó  porque  sus  hijos  habían  amenazado  a  don  Héctor    para  que abandonara el lugar. Obsérvese lo que sobre el particular  dijo:   

          “El  problema  que  había  ahí era que estaban vinculando a unos  hijos  de  nosotros  que lo habían estropeado, que lo  habían  amenazado,  que ellos eran paras, para que se  fueran  de  ahí,  a  mi  me dijeron después de la masacre que los del problema  habían  sido  Jhon,  Diego  que eran los que estaban  amenazando  a  Héctor”21.   

          De     todas    maneras,    la    declaración    de    Hermilda   Zapata,   como   surge  de  su  relato, también es de oídas  y  lejos  está  de  ser de primer grado; además no identificó la fuente de su  conocimiento  y, como era de esperar, tampoco refirió las condiciones en que se  enteró de lo relatado.   

          Es  de  acotar  que  la antes mencionada testificó, igualmente, que  ocho  días  después  de  ocurrida  la masacre Víctor  Manuel  Ariza  le  comentó  que  quien había mandado  matar  a  esa  gente  había  sido Héctor. Al respecto manifestó:   

          “…  Ya  como  a los ocho días después de la masacre, Pacho que  es  Víctor  Ariza  volvió y me llamó y me dijo con lágrimas en los ojos, que  él  no  iba  a  pagar  por  otros,  que el que había mandado matar a esa gente  había           sido           Héctor”22.    

          Tal  afirmación,  empero, es también de oídas, y si bien allí la  declarante  identifica  la fuente de su conocimiento, lo cierto es que no indica  las  circunstancias  en  que Víctor Ariza se  enteró  de  tal  situación, luego no resulta factible predicar  que  se  trata  de  un  testigo  referencial de primer grado. Tampoco, por ende,  expresó  las  condiciones  en  que el testigo directo le habría transmitido la  información por ella narrada.   

          Por  lo  demás,  dígase  desde  ya, la testigo rindió una primera  declaración  el 12 de diciembre de 2002, es decir, algo más de un mes después  de  ocurridos los hechos, y en esa oportunidad extrañamente nada dijo acerca de  la   supuesta   revelación   que   le   hizo  Víctor  Ariza,  no  obstante  señalar  que ello ocurrió ocho  días después de sucedida la masacre.   

          La   señora  Hermilda  Zapata  en la declaración del 20 de enero de 2004 dio cuenta, igualmente,  acerca  de  una  reunión realizada el lunes, antes de los hechos, en la casa de  Arnulfo  Bedoya,  en la cual  –dijo- participó el aquí  procesado,    así   como   el   miliciano   “Negro  Osama”.  Según la testigo, luego de esa reunión el  primero   de   los   aludidos   le  comentó  a  Orany  (sic)  que  “iban a tumbar  cinco                    casas”23.  Es  de  anotar  que  esta  aseveración   de   la   deponente   sirvió   al   a  quo, así mismo, como  fundamento  para  inferir  que CORREA  RESTREPO  intervino,  a  modo  de  determinador, en el  acaecer delincuencial objeto de juzgamiento.   

          Pues  bien,  en  cuanto a la ocurrencia de la reunión, encuentra la  Sala  que  la  declarante  no  es precisa en indicar si la presenció o no, y el  fiscal  interrogador  tampoco hizo nada para clarificar ese aspecto. Antes bien,  al  formularle  la  pregunta  sobre  si sabía que en la vereda iba a suceder un  acontecimiento  de  esa  naturaleza,  expresamente  le inquirió responder sobre  “qué    comentarios    escuchó”   al  respecto,  con  lo cual pareciera entonces que en ese tópico su  versión  también  es  de  oídas,  con  la circunstancia adicional de no haber  precisado  la  fuente  de  su  conocimiento  ni  las  condiciones en que habría  obtenido la información.   

          Lo  que  sí  resulta  enteramente  claro  es  que  la  información  relativa   al  comentario  hecho  por  Arnulfo  Bedoya  acorde  con el cual “iban a  tumbar   cinco  casas”  corresponde  a  un  versión  referencial,   pues   así   lo   reconoció  la  deponente  cuando  manifestó:  “Yo le dije a Martillo lo que Orany me había dicho,  que    iban    a    tumbar    cinco    casas…”24.   

         

          Pero  la atestación de oídas en tal sentido hecha por Hermilda  Zapata  no  es  de primer grado,  pues   su   fuente   provino   de  Orany  (sic)  que  a  su  vez la escuchó, según expresó, de Arnulfo  Bedoya. A este respecto, encuentra  la   Sala   que   al   proceso   se  allegó  la  declaración  de  Dorany  Noscué  Zapata, a quien, según se  concluyó  en  la  actuación,  se  refirió  aquélla  como  la  fuente  de  su  conocimiento,  pero  esta  última  dijo  no  recordar  exactamente qué le dijo  Bedoya  en relación con esos  hechos25.    

          Es  necesario  anotar  que  el Tribunal sustentó la responsabilidad  del  acusado, igualmente, sobre la base de inferir que éste tenía inclinación  a  proporcionar  información  a la guerrilla acerca del lugar donde se hallaban  posibles  víctimas.  Tal  imputación  la  soportó,  de la misma manera, en el  testimonio   de  Hermilda  Zapata  Candelo, en cuanto ésta manifestó:   

          “Uno a don Héctor lo veía como buena  persona,  pero  luego nos dimos cuenta que él trabajaba con la guerrilla porque  un  día  que  iban a matar a un muchacho, fue y le dijo a Víctor Ariza, dónde  se  encontraba  y  al  rato  llegó  el  Negro  Víctor  que le dicen Osama y le  disparó   al   muchacho  que  iban  a  matar…”26.   

          Sin  embargo, al igual de lo ocurrido con la afirmación de la misma  testigo  referente  a  la afirmada reunión realizada en la casa de Arnulfo  Bedoya,  aquélla  no es clara en  precisar  si  presenció  directamente  tales  hechos,  y ello a pesar de que el  fiscal  interrogador le solicitó en la siguiente pregunta ampliar lo relativo a  ese  suceso,  pues  en  esa  oportunidad,  si  bien  indica  haber  visto cuando  HÉCTOR CORREA se reunió con  “Pacho”27,  en  momento alguno refiere  las   circunstancia   en   que  estos  últimos  suministraron  al  “Negro   Víctor”   o   algún   otro  guerrillero la ubicación de la supuesta víctima.     

          Es  decir,  también  en  ese  aspecto  la examinada declaración es  referencial,   sin   que   se   sepa   tampoco   cuál   fue  la  fuente  de  su  conocimiento.   

          En  esas  condiciones,  se  impone  concluir  que los sentenciadores  incurrieron  en  un falso raciocinio cuando edificaron inferencias en contra del  acusado  a  partir  de  testimonios  de  oídas que no satisfacen plenamente los  presupuestos  de  eficacia  a  los  cuales  se  hizo  referencia en precedencia,  pasando  por  alto, por tanto, que su ausencia les hace perder fuerza probatoria  de manera sensible.   

          Así  vista  la situación, lo pertinente ahora es examinar si obran  en  el  plenario  otras  pruebas  con  las  cuales  pueda soportarse la condena.   

          Pues  bien,  como  ya  se dijo, no se remite a duda que la tienda de  propiedad    de    CORREA    RESTREPO   fue  objeto  de  dos  hurtos previo a la ocurrencia de la masacre e,  igualmente,  que  un  día  antes de ese lamentable episodio aquél abandonó la  vereda,  junto  con  su  esposa.  Tales  sucesos,  como  también se señaló en  precedencia,  los  admitió el acusado. Es de anotar, eso sí, que ellos negaron  rotundamente   el   acaecimiento   del  abuso  o  violación  sexual28.   

          Sea  como fuere, para la Sala los hurtos y la mudanza del procesado,  desprovistos  de consistentes elementos de juicio indicativos de que los autores  de  esas  ilicitudes  tenían  vínculos  familiares  con quienes murieron en la  mencionada  masacre  y,  en  fin,  sin  la existencia de soporte suficiente para  inferir  que  ese execrable acaecer delincuencial se cometió en venganza por la  ocurrencia  de los latrocinios, pierden fuerza probatoria en orden a edificar en  contra de aquél los indicios de móvil y huida.   

          Lo  anterior  tanto más cuando en el paginario afloran, a manera de  contraindicios,    algunas    circunstancias    a    favor    de    CORREA   RESTREPO.  En  primer  lugar,  es  necesario  tener  en consideración que la acción armada no obedeció a un acto  indiscriminado  sino  que  se  hizo de manera selectiva. Si ello fue así, no se  comprende  la  razón  por  la  cual  el  procesado tenía necesidad de huir del  lugar,  máxime  cuando  la incursión se habría perpetrado por solicitud suya.  Es  evidente  que,  en  esas  condiciones, no existía riesgo alguno de resultar  afectado  por  los  homicidas.  En  ese  sentido, para la Corte, cobra fuerza su  exculpación,   en  cuanto  señaló  que  en  el  último  atentado  contra  su  patrimonio  económico  lo  amenazaron  de  muerte  para que abandonara el lugar  junto          con         su         esposa29.   

          En  segundo  lugar,  se  tiene que en la actuación se recepcionaron  también  las  declaraciones de Andrés Campos Jascué,  Jhon    Éider    Sánchez   Otero   y   José   Gerardo   López  López,  quienes  atribuyeron  el  móvil  de  la  masacre  a  situaciones  distintas  a  la de la  retaliación  supuestamente  emprendida  por  el  aquí  acusado. En efecto, los  aludidos  coincidieron en aceptar su pertenencia al VI frente de las FARC y que,  en  esas condiciones, se enteraron que quienes ordenaron, planearon y ejecutaron  la  acción delictiva fueron miembros de esa facción de la citada organización  guerrillera,    entre    quienes    se    encontraba   alias   el   “Negro            Víctor”30.   

          Los  dos  primeros  aseveraron  conocer lo ocurrido porque el propio  “Negro   Víctor”  les  comentó  sus  incidencias en algunas conversaciones, en cuyas oportunidades les  dijo  también  que  la  masacre  la  cometieron  porque  esa gente “colaboraba   con   el   ejército”31.         López  López, a su turno, relató que se  enteró  de  lo  sucedido  por  cuanto  quien  ordenó  la acción armada fue el  Comandante   “Zeplin”,  respecto  de  quien era su escolta, con ocasión de lo cual, por tanto, supo que  éste  designó  para  la  planeación  de la incursión a alias el “Negro  Arturo”, alias el “Negro  Víctor”  y alias “Garganta”,  entre  otros,  y  que  lo  hicieron  porque  los  hoy occisos eran “auxiliadores  de           los           paramilitares”32.     

          Es     cierto     que    tanto    Campos  Jascué   como   Sánchez  Otero  son  testigos  de  oídas.  Sin embargo, son de  primer  grado  pues  el  conocimiento  de  lo relatado proviene de, entre otros,  alias  “Negro  Víctor”,  quien  intervino  directamente  en  la planeación de la masacre. Por lo demás,  sus  versiones  encuentran  corroboración  en  la  declaración de José  Gerardo  López  López, quien ha de  considerarse  testigo  directo,  como quiera que era el escolta de quien ordenó  la acción delictiva.   

          Frente  a  los  deponentes  en  mención asiste razón al demandante  cuando  sostiene  que  los falladores incurrieron en falso juicio de identidad y  falso  juicio  de  existencia,  el primero de esos errores por cuanto si bien el  juez  de  primer  grado valoró el testimonio de Campos  Jascué,   omitió   apreciar   los   aspectos  antes  mencionados,  suprimiendo  así un segmento trascendente del mismo. Y el segundo  porque  tanto el a quo como el  ad  quem  dejaron de ponderar  la    totalidad    de    las    declaraciones    rendidas    por    Sánchez     Otero     y    López López.   

          No  escapa  a la Corte que el mismo Andrés  Campos  Jascué,  como  lo  reseñó el juez de primer  grado,  declaró lo siguiente  cuando se le preguntó si conocía al aquí procesado:   

          “Sí  sé  quién  es ese señor, arrimé una vez con John Jairo y  Pocillo  a  la  tienda  de él y me dijo Jhon Jairo que cuando necesitara algún  favor  que  le  pidiera que él me lo hacía, allí guardé una moto, dejábamos  guardando  cosas  como  revólveres  y  cosas, él nos guardaba, él además nos  avisaba    dónde    estaba    el    ejército   y   dónde   se   hacían   los  retenes”33.           

          Sin  duda,  en  ese  tópico el referido testimonio tiene naturaleza  directa,  y  de  allí  se  deriva la existencia de una relación o vínculo del  acusado con guerrilleros de las FARC.   

          Ahora  bien, también el a quo edificó  en  contra  de  CORREA  RESTREPO  el indicio de manifestaciones posteriores al delito. Y  para  el  efecto,  aun  cuando no de manera explícita, se refirió a la actitud  asumida  por  el  aludido  cuando se le citó a indagatoria, en cuanto optó por  guardar  silencio,  y a las contradicciones en que incurrió cuando, finalmente,  ofreció  su  versión de los hechos, pues, de una parte, negó conocer a algún  miliciano  de  las  FARC, pese a que “la totalidad de  testimonios  y declaraciones” demuestran lo contrario  y,  de  la otra, porque inicialmente dijo que abandonó la vereda entre el 5 y 6  de  noviembre  de  2002,  para  después  afirmar que lo hizo el día miércoles  previo al ataque.   

          En  cuanto  se refiere al silencio inicial asumido por el procesado,  es  evidente  que el juzgador incurre en el yerro denunciado por el actor (falso  juicio   de   convicción)   cuando   de   esa  actitud  deriva  el  indicio  de  manifestaciones  posteriores  al  delito, pues el artículo 337 de la Ley 600 de  2000  le  prohíbe  al funcionario judicial proceder de esa manera, fijando así  una  tarifa  legal  negativa. Ciertamente, carecería de sentido que mientras el  artículo   33   de  la  Constitución  Política  consagra  el  derecho  de  no  autoincriminación,   la  ley  o  el  juzgador  pudieran  extraer  consecuencias  negativas  en  contra de quien, ejerciendo ese derecho, guarda silencio ante una  imputación  de  carácter  penal.            

         

          Ahora  bien, resulta bastante discutible el tercero de los supuestos  de  hecho  que  sirvieron  de  sustento a la construcción del referido indicio,  pues  si  los  hechos  ocurrieron  el  8  de noviembre de 2002, significa que el  aludido  no  acertó inicialmente en uno o dos días respecto de la fecha en que  abandonó  la  vereda,  situación  esta  ocurrida el 7 de los mencionados mes y  año,  lo  cual es apenas explicable si se tiene en cuenta que la indagatoria la  vino  a  rendir  más de 5 años después de sucedidos los ominosos episodios en  cuestión,  cuando  los  recuerdos,  como  es apenas natural, ya están bastante  disminuidos.   

          Sea  como  fuere,  la pregunta que queda por formular es si con base  en  las  afirmadas  relaciones  de  colaboración que el procesado tenía con la  guerrilla  y  con el indicio de manifestaciones posteriores al delito fundado en  su  negativa  a  aceptar  esos  vínculos,  puede  construirse  válidamente una  sentencia  de  condena  por  los  graves  delitos  que  se  le atribuyen en este  proceso.  Y  la respuesta necesariamente debe ser negativa, pues de esos nexos y  de  esa  actitud  procesal no es factible afirmar, con la certeza exigida por la  ley,     que     CORREA    RESTREPO    instigó   los  homicidios  y  las  lesiones  personales.  Con  esos  elementos  de  juicio  perfectamente  sería dable procesarlo y hasta formularle  juicio  de  reproche  a  título de cómplice del delito de rebelión, pero nada  más.   

          Desde  luego,  se  podría  afirmar  que el procesado, por razón de  esos  nexos,  participó  de alguna forma, incluso a título de determinador, en  la  masacre  en  cuestión.  Pero se trata de una mera posibilidad que a lo sumo  serviría  para  construir  un indicio de carácter leve, sin fuerza probatoria,  por  tanto,  para  apoyar  el  proferimiento  de  una  condena  por  esa acción  delincuencial.  Las  dudas  así evidenciadas imponen entonces la aplicación en  este  caso  del  principio  de presunción de inocencia, tal como lo solicita el  demandante.   

          Prospera   el  cargo.  En  consecuencia,  se  casará  la  sentencia  impugnada  y,  en  su  lugar,  se  absolverá a HÉCTOR  JAIME  CORREA  RESTREPO  respecto  de  los  delitos de  homicidio    agravado    y    lesiones    personales    agravadas    objeto   de  acusación.   

          Como  el  antes  aludido  no  se encuentra privado de la libertad ni  tiene      vigente      orden     de     captura34   

,   la   Sala   se   abstendrá  de  emitir  pronunciamiento en lo atinente a esos aspectos.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE   

Primero.  CASAR  la  sentencia  impugnada.   

Segundo.  ABSOLVER  a   HÉCTOR  JAIME  CORREA  RESTREPO  de  los  delitos  de  homicidio  agravado  y  lesiones personales agravadas.   

          Tercero.       ABSTENERSE  de emitir pronunciamiento en relación con la libertad, por cuanto  el  aludido  no se encuentra privado de ese derecho y en su contra no pesa orden  de captura vigente.   

Cuarto.         COMUNICAR a las autoridades respectivas lo  pertinente,  con  el fin de cancelar las anotaciones que le generó al procesado  la iniciación de este proceso.   

          Contra la presente sentencia no procede recurso alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ       LUIS       BARCELÓ  CAMACHO              FERNANDO   ALBERTO   CASTRO   CABALLERO            

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ               GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ   

                                                                                                                                                           

LUIS  GUILLERMO  SALAZAR OTERO                    JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1  Radicación 22825.   

2  Cfr.  Auto  de 21 de abril de 1998, radicación 10923; sentencias  de   29   de  abril  y  29  de  julio  de  1999,  radicaciones  12966  y  10615,  respectivamente;  2  de  octubre  de 2001, radicación 15286; 11 de abril y 7 de  noviembre de 2002, radicaciones 11356 y 16330, respectivamente.   

3  En  similar  sentido  se  pronunció  la Sala en la providencia del 19 de octubre de  2001, radicación 30682.   

4 Cfr.  Parra   Quijano,   JAIRO.  “Tratado  de  la  Prueba  Judicial”     “El  Testimonio”,  Tomo  I,  pág.  161  a  166.  Ed. El  profesional, Bogotá.   

5 Cfr.  Sentencias  de  2 de octubre de 2001 y 26 de abril de 2006, radicaciones 15286 y  19561, respectivamente.   

6 Cfr.  En  ambos  sentidos:  Climent  Duran,  CARLOS,  “La  prueba  Penal” “Testigos  de  referencia”,  pág.  174  a  177. Ed. Tirant lo  blanch.  Valencia  (España)  1999.  Y  Jacobo  López Barja de Quiroga, JACOBO,  “Tratado  de  Derecho  Procesal  Penal”       “El      testigo      de  referencia”,  pág  1326  a 1329. Thomson Aranzadi,  Navarra (España) 2004.   

7 Cfr.  Sentencia de 5 de octubre de 2006, radicación 23960.   

8 Cfr.  Sentencia  de  18  de  octubre  de 1995, radicación 9226, criterio reiterado en  sentencias  de  2 de octubre de 2001, radicación 15286, y 5 de octubre de 2006,  radicación 23960.   

9  Ídem, obras citadas.   

10  DEVIS  ECHANDÍA,  Hernando.  Teoría  general  de  la  prueba judicial, tomo 2,  primera edición colombiana, Biblioteca Jurídica DIKE, pág. 78.   

11  Folio 48 del cuaderno # 4.   

12  Aunque,  al  respecto, debe ponerse de presente la contradicción en que incurre  el  a  quo cuando en uno de  los  apartes  del  fallo sostiene que este delito (el abuso sexual) “no   se   comprobó”  (pág.  20).   

13  Folio 113 cuaderno ídem.   

14  Folio 113 cuaderno ídem.   

15  Acorde  con  esta regla de carácter lógico, no se puede dar por probado lo que  se tiene que probar.   

16  Página 13 del fallo de primera instancia.   

17  Parece  ser  que  se  refiere  a  la  señora Hermilda  Zapata  Candelo,  pues,  como más adelante se verá,  los  nombres  de  sus  hijos coinciden en gran medida con los mencionados por la  declarante.   

18  Folio 165 cuaderno # 2.   

19  Folio 114 cuaderno ídem.   

20  Folio 166 cuaderno ibídem.   

21  Folios 84 y 85 mismo cuaderno.   

22  Folio 84 ídem.   

23  Folio 87 del mismo cuaderno.   

24  Folio ídem.   

25  Folio 250 cuaderno # 4.   

26  Folio 85 cuaderno ibídem.   

27  Así llama a Víctor Ariza.   

28  Folios 133 y 140 del cuaderno # 4.   

29  Folio 131 cuaderno ídem.   

30  Folios 137 cuaderno # 2, 33 cuaderno # 4 y 244 cuaderno # 3.   

31  Folios ídem.   

32  Folios 244 y 245 cuaderno # 3.   

33  Folios 32 cuaderno # 4.   

34  En el curso del juicio se le concedió la libertad provisional, y  aunque   en   el   fallo  de  primer  grado  se  dispuso  su  aprehensión,  las  consiguientes órdenes nunca se libraron.     

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