39884(28-11-12)

2012

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado Ponente:  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Aprobado Acta N° 436.  

Bogotá, D.C., veintiocho de noviembre de dos  mil doce.   

V I S T O S  

Con  el  fin de establecer si se reúnen las  exigencias  formales  previstas  en  los  artículos  205 y 212 de la Ley 600 de  2000,  examina  la  Corte  la demanda de casación presentada por el defensor de  HÉCTOR  GUILLERMO  ORTÍZ  MEJÍA,  en  contra de la sentencia de segundo grado  proferida  por la Sala Penal del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Cali  (Valle  del  Cauca),  el  16  de mayo de 2012, mediante la cual confirmó la que  emitió  el  Juzgado  Cuarto Penal del Circuito de descongestión esa ciudad, el  28  de  septiembre de 2010, condenando al mencionado procesado, como responsable  del  delito  de concusión, a  las  penas  principales  de  78 meses de prisión, multa por el equivalente a 56  salarios   mínimos  legales  mensuales  vigentes,  e  inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y funciones públicas por 65 meses.   

H E C H O S  

Ocurridos  en  Cali,  en  los  fallos de las  instancias quedaron consignados de la siguiente forma:   

“El  20  de  junio  de 2005, María Fanny  Lemos  Rodríguez, propietaria de un pequeño estanco en el barrio Sucre de esta  ciudad,  se  acercó hasta las instalaciones del Gaula, para informar que estaba  siendo  víctima de exigencia económica por parte de un miembro de la Estación  de  Policía  del  barrio Junín, como igual lo hacia con otros comerciantes del  sector,  bajo  la  amenaza de cerrarles sus establecimientos de comercio, porque  supuestamente no tenían los documentos en regla.   

Bajo la dirección de integrantes del Gaula  y,  previo enteramiento al Comandante de la Estación de Policía involucrada se  montó  un  operativo,  merced al cual la ofendida cumplió cita impuesta por el  imputado  para  entregarle doscientos mil pesos, que éste recibió y guardó en  sus   bolsillos,   motivo   por   el   cual   a   continuación  se  produjo  su  captura”.   

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

Con  resolución del 21 de junio de 2005, la  Fiscalía  19  destacada  ante  el  GAULA  de  Cali (Valle del Cauca) ordenó la  apertura  de  la  instrucción y la vinculación del capturado HÉCTOR GUILLERMO  ORTÍZ   MEJÍA,  quien  al  día  siguiente  fue  escuchado  en  diligencia  de  indagatoria y dejado en libertad.   

Clausurada  la  fase  instructiva  el  24 de  octubre  de 2006, el ente instructor calificó su mérito el 2 de enero de 2007,  profiriendo  resolución  de acusación en contra del sindicado, por la conducta  punible   de   concusión,  tipificada en el artículo 404 del Código Penal.   

Apelado  el  proveído  calificatorio por el  defensor  del procesado, la Fiscalía Primera delegada ante el Tribunal Superior  de  Cali  lo  confirmó,  en  decisión  de segunda instancia del 22 de enero de  2008.   

El  conocimiento  de  la  etapa  de la causa  correspondió  inicialmente  al  Juzgado  Once  Penal  del  Circuito de la misma  ciudad,  despacho  que  luego de realizar la audiencia preparatoria –el  4  de  marzo de 2009-, remitió la  actuación  a  su homólogo Cuarto de descongestión, encargado de llevar a cabo  la   diligencia   de   juzgamiento   –el  21 de septiembre de 2010- y dictar sentencia el 28 de los mismos  mes  y año, declarando la responsabilidad penal del acusado ORTÍZ MEJÍA en el  ilícito contenido en el pliego acusatorio.   

Consecuente   con  su  determinación,  el  A   quo   le  impuso  las  sanciones  principales  reseñadas en la parte inicial de esta providencia, y le  negó   los   beneficios  sustitutivos  de  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución de la pena y prisión domiciliaria.   

Impugnado  el  fallo  por  el  defensor  del  enjuiciado,   la   Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  de  Cali  lo  confirmó  íntegramente,  mediante  sentencia  del  16  de  mayo  de  2012,  la  cual  fue  oportunamente    recurrida   en   casación   por   parte   del   mismo   sujeto  procesal.   

RESUMEN DE LA IMPUGNACIÓN  

Con  suma dificultad, la Corte acometerá la  tarea  de  resumir la demanda de casación presentada por el defensor de HÉCTOR  GUILLERMO  ORTÍZ MEJÍA, tratando de descifrar qué es lo pretendido y expuesto  en su farragoso, repetitivo y deshilvanado texto.   

Cargo    único:    falso    juicio   de  identidad.   

Apoyado  en el numeral 1° del artículo 207  de  la  Ley  600  de  2000, el casacionista acusa a la sentencia del Tribunal de  haber  violado indirectamente la ley sustancial, toda vez que en la apreciación  probatoria  incurrió  en  errores  de  hecho  originados  en  falsos juicios de  identidad  por  adición –o  distorsión,  señala de manera indistinta en otros apartados-, pues, el soporte  testimonial  no fue debidamente valorado, ya que de las declaraciones de Aurelio  Reyes  Ico,  Gerardo  Arcesio  Valencia,  Elsy  del  Carmen  Ayus y Manuel Loboa  Carabalí   se   extrajeron   aspectos   fácticos  no  comprendidos  en  ellas,  “asiéndole  (sic) decir a estos testimonios lo que  en realidad no dicen”.   

Adicionalmente,    el    juzgador    no  atendió  “la  coherencia  que  emanan  (sic)  del  juicioso  estudio  de  la  lógica”, como tampoco los  parámetros  de  la  sana  crítica  y  la  experiencia,  dado  que, realizó su  pronunciamiento       “sin      la      lógica  mental”,   dándole   plena   credibilidad   a   la  testificación de María Fanny Lemos Rodríguez.   

Lo anterior, asegura el demandante una y otra  vez  a  lo largo del libelo, condujo a la aplicación indebida de los artículos  232  y  277  del  Código  de  Procedimiento  Penal  de  2000,  y  a la falta de  aplicación  de  los  artículos  29  de  la  Carta  y 7°, 238 y 286 de aquella  codificación,  habida  cuenta que si la prueba testimonial e indiciaria hubiese  sido  examinada  de  manera lógica y coherente, el resultado habría descartado  la     responsabilidad     penal     en     el     delito     de    concusión  y  acarreado,  por  ende,  la  absolución  para  su  representado,  quien  fue víctima de una “vil   celada”,   hipótesis  esta  que  plantea reiteradamente en el desarrollo de su discurso.   

En concreto, lo que critica es que para darle  crédito  a  la  versión  de  la  ofendida, los falladores hayan adicionado las  deponencias  antes  referidas, extractando indicios para desvirtuar la inocencia  de  su  defendido,  como el de “indebidas exigencias  económicas”, el cual descarta a partir de su propio  examen  probatorio,  denunciando como “prueba dejada  de  apreciar”  la  versión  injurada  en  la que el  sindicado  niega  lo  imputado,  y  acusando que “la  regla  de la lógica omitida en este caso fue el artículo 7° inciso 2, y 238 y  286  de  la  ley  600  de  2000,  así  como el artículo 29 de la constitución  política”,     a    cuyos    contenidos    alude  brevemente.   

Seguidamente,   el   memorialista  trae  a  colación  un fragmento de la testificación de Aurelio Reyes Ico, con el fin de  sustentar  la  violación del principio de legalidad y repetir que los jueces se  equivocaron  en  la  deducción  de  los  indicios,  ya  que  de  dicho medio de  convicción  se  extracta  que  no  se demostró “el  constreñimiento    como    resultado    de   un   hecho   indicador”,  lo cual descarta el requisito subjetivo de la conducta punible  atribuida,  sumado  al  hecho que no se allegaron elementos de juicio idóneos y  sólidos  acerca  del desempeño social, laboral y personal del procesado, quien  en    últimas    fue    condenado    “por    una  sospecha”, con base en la declaración poco objetiva  y  nada  clara  de  la  víctima, quien, repitió, participó en la “soez  celada”  en  contra  de ORTÍZ  MEJÍA.   

Afirma,   entonces,  que  se  “quebranta  la  lógica  y el principio de la sana critica (sic),  porque  la  personalidad reveladora de Ortiz Mejía Héctor, tiene naturaleza de  profunda  ingenuidad”,  lo  cual sustenta aseverando  que  obró  de  buena fe, y arremetiendo de nuevo contra el estudio de la prueba  testifical  elaborado  por las instancias, tratando de anteponer el suyo, acorde  con  el  cual no puede darse credibilidad a María Fanny Lemos, por cuanto no es  coherente  con  las  demás  declaraciones  y  evidencia plenamente “un   accionar   premeditado,  que  no  fue  confirmado  por  los  funcionarios judiciales”.   

De  la anterior forma, el impugnante insiste  en  la  configuración  del  yerro  denunciando  y  para  fundamentarlo,  en las  páginas   subsiguientes  trae  a  colación  lo  que  denomina  “aspectos  fácticos  no  comprendidos  en  las  pruebas”,  en los cuales consigna apartados de los medios suasorios y las  consideraciones   de   los  fallos,  al  tiempo  que  va  acotando  sus  propias  impresiones  sobre  lo  arrojado  por  la  prueba, haciendo especial énfasis en  justificar  la  presencia  del sindicado en los establecimientos de comercio. Es  asi  como parte por referirse a la declaración de Aurelio Reyes Ico para iterar  que  no  se  configura  el  indicio  de  indebidas  pretensiones  económicas, y  denunciar  que  en  este  caso  no  se aplicaron las reglas de la lógica de los  artículos  286  y  238  de  la  Ley  600 de 2000, que, en su orden, obligaban a  constatar  el hecho indicador descrito por la denunciante y a hacer un análisis  conjunto de la prueba.   

A  continuación,  luego  de  calificar  de  “grande  y  concienzudo”  su  análisis  y repetir que se inaplicaron los preceptos anteriormente citados,  aborda  las versiones de Gerardo Arcesio Valencia, Elsy del Carmen Ayus y Manuel  Loboa  Carabalí,  para  lo  cual  utiliza  similar metodología, consistente en  desestimar  su  coherencia,  transcribir  fragmentos  de  su  exposición, citar  –no en todos los casos- lo  manifestado  por  los  juzgadores,  y  analizarlas  bajo  su propia perspectiva,  concluyendo  una  y  otra  vez  que  “el tribunal no  atendió  a  las  reglas  de  la lógica preceptuadas en los artículos 7 inciso  segundo  y,  238  de la ley 600 de 2000, así como tampoco aplico (sic) la regla  del artículo 29 constitucional”.   

Además  del  desconocimiento  de  lo que el  recurrente  denomina  reglas  de la lógica, del examen de la prueba testimonial  en    comento   concluye   básicamente   que:   (i)  se puede afirmar la presencia de la duda, (ii)  ninguno  de  los hechos indicadores  deducidos      por      el     Tribunal     fue     demostrado,     (iii)  no  se  acreditó  la  acción  de  constreñir   requerida  para  la  configuración  del  delito  de  concusión,          (iv)  la presencia de su defendido en los  locales     comerciales     estaba    plenamente    justificada,    (v)  la  versión  de  la  denunciante es  contradictoria     y     carece    de    respaldo    probatorio,    (vi) es clara la animadversión en contra  de  su prohijado, lo cual fue refrendado por otros testimoniantes, y   (vii)   en   este   evento   no  hubo  flagrancia.   

Acto  seguido,  anuncia  que  “hecho  el  respectivo  análisis  probatorio,  presento ante los  Honorables  Magistrados  los  errores  que  condujeron  al  Tribunal a tomar una  decisión  contraria a derecho, mediante los siguientes reproches”,  los  cuales  condensa en ocho puntos en los cuales insiste en los  errores  del Tribunal, sustentándolos de nuevo a partir de su particular examen  de  la  prueba, para lo cual itera los argumentos y conclusiones esbozadas en el  acápite  anterior,  que no serán mencionadas por la Sala en esta ocasión, con  el fin de evitar repeticiones innecesarias.   

Para   finalizar,   en   el   apartado  de  “conclusiones”,   el  censor  afirma  que  “bajo  el  estudio  de la sana  critica    (sic),    la    coherencia    y    la   ciencia   y   sin   temor   a  equivocarme”,    los    funcionarios    judiciales  “no  valoraron  racionadamente  el merito (sic) que  les  asigno  (sic)  a  las  pruebas  testimoniales”,  insistiendo  en que si dicho examen se hubiese hecho atendiendo los lineamientos  de  los  artículos  232  y 277 del Código Procesal Penal de 2000, la sentencia  habría     sido     absolutoria,    aserto    que    fundamenta    –por  enésima  vez- consignando lo que  estima   es  el  resultado  de  su  propio  examen,  citando  las  disposiciones  infringidas,  denunciando  la  trasgresión  de  los  postulados de la lógica y  descalificando los fallos de las instancias.   

Pide, por consiguiente, que se case el fallo  censurado,  para  en  su  lugar  absolver  a HÉCTOR GUILLERMO ORTÍZ MEJÍA del  cargo  imputado,  “porque con su actuar no cometió  ningún delito”.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Cargo    único:    falso    juicio   de  identidad.   

Múltiples  falencias  se  detectan  en  la  demanda  de  casación  presentada  por  el defensor de HÉCTOR GUILLERMO ORTÍZ  MEJÍA,  la  cual  se  caracteriza  por  la  dificultad  a la hora de definir el  supuesto  yerro  atribuido al Tribunal, pues, aunque anuncia la incursión en un  error  de  hecho  por falso juicio de identidad, lo cierto es que dedica casi un  centenar  de  páginas  a  desarrollar  esta  única censura, sin éxito, habida  cuenta  que  pretende  fundamentarla a partir de su propio examen de lo arrojado  por  la  prueba,  presentando  un  discurso  repetitivo  y  farragoso,  del  que  difícilmente   se   extracta   qué  es  lo  efectivamente  denunciado  por  el  libelista.   

Y,  si  se  conoce  que  por  razón  de  su  naturaleza   extraordinaria,  el  recurso  de  casación  implica  verificar  la  materialización  de  una  flagrante  violación,  protuberante  y  evidente que  faculta  derrumbar  la  doble  presunción  de  acierto y legalidad de que llega  revestida  la sentencia de segunda instancia, ya se ofrece bastante discutible y  sospechoso   significar   que  un  tal  comportamiento  defectuoso  irradió  la  evaluación  jurídico  probatoria  de los juzgadores, cuando para sustentar los  errores  de  hecho  respecto  del  modesto  aporte testimonial, se precise de un  interminable   discurso   que   en   últimas  carece  de  contenido  lógico  y  argumental.   

Dicha profusión en la demanda, se significa  desde  ya,  hace  ver que lejos de confeccionar un cargo concreto de inescapable  violación,  el  actor  busca  hallar un escenario adecuado, a manera de tercera  instancia,  para  facultar introducir su particular análisis de lo arrojado por  los  medios  de  convicción,  en contravía de lo contemplado en la providencia  atacada.   

En  efecto, todo indica que la inconformidad  con  la  sentencia del Tribunal, remite a la discrepancia con la apreciación de  la  prueba  testimonial,  lo  cual  concreta  afirmando  que  el falso juicio de  identidad  recayó  respecto  de las declaraciones de Aurelio Reyes Ico, Gerardo  Arcesio  Valencia,  Elsy  del  Carmen  Ayus y Manuel Loboa Carabalí, las cuales  fueron  adicionadas  (o  distorsionadas,  dice  en  otros  segmentos,  pues,  ni  siquiera  lo  tiene  claro)  para  realizar  algunas  inferencias  con el fin de  sustentar la responsabilidad de su defendido.   

Claro  está,  también  reprocha  amplia  y  severamente  el  examen  del  testimonio  de  la  ofendida,  María  Fanny Lemos  Rodríguez,   del   cual   aduce   que   no   merece  ninguna  credibilidad,  es  contradictorio  y  carece  de  respaldo  probatorio;  además, la acusa de haber  participado  en  la “vil”  y  “soez  celada” que se  tramó en contra del sindicado.   

Adicional  a ello, también cuestiona que no  se  haya  dado  crédito  a  las explicaciones brindadas por el sindicado ORTÍZ  MEJÍA,  denunciando que fue esta una “prueba dejada  de apreciar”.   

Todo  lo anterior lo sustenta exponiendo sus  propias  conclusiones  de  lo  arrojado  por  el acopio probatorio y denunciando  genéricamente  el  desconocimiento  de los principios de la sana crítica y, en  específico,  algunos  postulados  de  la  lógica,  que  en últimas son normas  legales y constitucionales de obligatorio acatamiento.   

A juicio del casacionista, un examen conjunto  de  la prueba antes indicada, habría arrojado la presencia de la duda, o cuando  menos  desvirtuado  los  indicios  elaborados por el Tribunal; asimismo, habría  descartado     la     estructuración     del     ilícito    de    concusión,   por   cuanto   nunca  hubo  constreñimiento  y  la  presencia  de  su  defendido  en  los  establecimientos  comerciales  estaba  justificada.  De  paso, expone otras hipótesis, tales como  que  era  clara  la  animadversión  en  contra de su prohijado o que nunca hubo  flagrancia.   

Se  advierte,  entonces,  que  si  bien  el  demandante  denuncia  la violación indirecta de la ley sustancial por yerros de  hecho  en la apreciación de las pruebas, no tiene claro como postular alguno de  ellos,  pues,  aunque  dice  concretarlos  en falsos juicios de identidad, es lo  cierto  que  simultáneamente  invoca  –así  no  lo diga expresamente- los generados en falsos raciocinio y  juicio  de  existencia. No otra cosa puede afirmarse cuando del testimonio de la  víctima   destaca  sus  supuestas  contradicciones  y  asegura  que  no  merece  credibilidad,  o  cuando denuncia que los asertos del procesado no fueron objeto  de  examen probatorio, lo cual es ajeno a la realidad, ya que sí fueron tenidos  en  cuenta  por  los  falladores,  solo  que  no  en  la  forma  deseada  por el  defensor.   

Y  lo  propio  puede decirse respecto de las  testificaciones  que el memorialista estima adicionadas o distorsionadas, puesto  que  lejos de demostrar que una actuación de tal naturaleza irradió su examen,  en  últimas  lo  que  cuestiona  es  que  a  partir de lo declarado por algunos  testigos,   se  hayan  hecho  varias  inferencias  con  la  que  se  apoyan  las  afirmaciones de la denunciante.   

Sin  embargo,  no es afortunado a la hora de  explicar  las  razones  de  ello, ya que simplemente transcribe lo dicho por los  juzgadores  y  en  vez  de  confrontar  tales  asertos,  lo  que  hace  es tomar  acomodadamente  algunas de las frases pronunciadas por esos testimoniantes, para  luego  extractar  sus propias conclusiones, afirmando en todo momento que se les  “adicionó     o     distorsionó”,  porque  se  agregaron  aspectos  fácticos  no  contenidos en sus  deponencias,  al  tiempo  que  pregona  una  y otra vez que se desconocieron los  postulados  de  la  lógica,  que,  como  ya  se dijo, obedecen a normas legales  atinentes   a   la   apreciación   de   las   pruebas  que  son  de  imperativo  cumplimiento.   

En  todo  caso,  acorde con lo que expone el  impugnante  en  su  demanda,  es  claro  que  respecto  del  grueso de la prueba  testifical  debió  haber  encausado  la censura por conducto del error de hecho  por  falso raciocinio, en cuyo caso era necesario explicarle a la Sala, por qué  considera  que el juzgador se apartó de las reglas de la sana crítica, dado el  desconocimiento  de  las  leyes científicas, las reglas de la experiencia o los  principios  de  la lógica, aspecto éste último que no se suple insistiendo en  que  dichos  postulados lógicos los configuran “los  artículos  7°  inciso  segundo,  238  y  286  de  la  Ley  600  de  2000, y 29  constitucional”, que es lo que reitera a lo largo de  su incoherente discurso.   

Recurrir  al error de hecho por falso juicio  de  identidad  obligaba  un  análisis  diferente,  ha dicho la Sala1,  en  el  que  determinase   cuál   es   el   apartado  testifical  tergiversado,  cercenado  o  adicionado  por  el  Tribunal,  no  limitándose  a  anteponer  sus propias conclusiones, en típico alegato libre que pasó por alto  certificar cuál es el ostensible yerro de los jueces  A   quo   y   Ad  quem,  pues,  ni  siquiera  postula  adecuadamente  si  este  proviene  de tergiversar,  cercenar  o  adicionar  el  contenido  de  la  prueba  (recuérdese    que    utiliza    indistintamente    dos    de    estos  verbos),  desde  luego,  abordando  uno  por  uno  los  medios  probatorios,  para  ver de  significar   cuál   en   concreto   fue   el  apartado  agregado,  cercenado  o  tergiversado.  Ya  luego  de  esta  tarea  era  menester  definir,  con un nuevo  análisis  del  acervo  probatorio en su conjunto, cómo los yerros tuvieron tal  trascendencia  que  la  decisión,  corregidos ellos, habría de mutar favorable  para    el    acusado   ORTÍZ   MEJÍA.   

Cuando  no se obra dentro de los parámetros  argumentales  y  lógico-jurídicos  previstos  en cada causal de casación para  orientar  adecuadamente  la  censura,  el  recurrente,  como  aquí se pretende,  termina  oponiendo  su  personal criterio sobre el más autorizado del juzgador,  incurriendo  en  el  desatino  de considerar el recurso extraordinario como otra  instancia,   en   abierto   desconocimiento   de  que  con  el  mismo  se  busca  primordialmente   el   estudio   de  la  legalidad  de  la  sentencia  y  no  la  prolongación  de un debate probatorio fenecido mediante el proferimiento de una  sentencia  amparada,  como  ya  se acotó, con la doble presunción de acierto y  legalidad,  únicamente  destronable por la presencia de errores predicables del  fallador,  de  tal  magnitud  que  sólo con su casación pudiera restaurarse la  legalidad de lo decidido.   

En  este  orden  de  ideas,  ninguno  de los  asertos   del   censor   destaca   asunto  diverso  al  simple  rechazo  de  las  consideraciones  que  dieron  pie  al  Tribunal para declarar la responsabilidad  penal  del  procesado,  por  manera  que tampoco es viable desarrollar el ataque  bajo  la  forma  de  los  falsos  raciocinio o juicio de existencia –que  ni  siquiera trajo a colación el  casacionista-   en  el  entendido  genérico  de  que  el  fallador  valoró  de  determinada  manera los elementos materiales probatorios, cuando es evidente que  para  la  estimación  de  tales probanzas nuestro sistema probatorio predica la  libre apreciación, dentro del contexto de la sana crítica.   

En  suma,  no  habiendo  sido cumplidos los  rigores   de   fundamentación   requeridos  en  sede  casacional,  inexorable  se  presenta  el  rechazo  de  la  demanda de casación  presentada  en  nombre del  procesado  HÉCTOR GUILLERMO ORTÍZ MEJÍA.   

Por último, ha de señalarse que revisada la  actuación  en  lo  pertinente,  no  se  observó la presencia de ninguna de las  hipótesis  que  permitirían  a  la Corte obrar de oficio de conformidad con el  artículo 216 del Código de Procedimiento Penal de 2000.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   

R E S U E L V E  

INADMITIR   la  demanda  de casación presentada por el defensor del procesado HÉCTOR GUILLERMO  ORTÍZ  MEJÍA, conforme con  las motivaciones plasmadas en el cuerpo del presente proveído.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno.   

Cópiese,  notifíquese  y devuélvase a la  oficina de origen.   

Cúmplase.  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ  CAMACHO                                          FERNANDO A. CASTRO CABALLERO   

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ              GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ   

LUIS  GUILLERMO  SALAZAR OTERO                            JULIO    ENRIQUE    SOCHA  SALAMANCA   

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria  

    

1 Auto  del 17 de junio de 2010, Radicado N° 34.078, entre otros.     

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