37232(30-11-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso nº 37232  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

Aprobado acta Nº  425  

Bogotá,  D.C., treinta (30) de noviembre de  dos mil once (2011)   

V    I   S   T   O  S   

La  Sala se pronuncia sobre los presupuestos  de  lógica  y  debida fundamentación de la demanda de casación presentada por  el   apoderado   de   la   parte   civil,  en  representación  de  Albert  Enrique  Cano  Castaño, en contra  del  fallo del 7 de abril de 2011, a través del cual la Sala Penal del Tribunal  Superior  de  Neiva  confirmó  la  sentencia  absolutoria  de primera instancia proferida por el Juzgado Quinto  Penal   del   Circuito   de   la   misma   ciudad   a   favor   de  William  de  Jesús  Botero Giraldo, por el  delito de fraude procesal.   

H E C H O S  

El sentenciador de segundo grado los resumió  de la siguiente manera:   

“…  se  pusieron  en conocimiento de las  autoridades  por  denuncia  que formulara a través de apoderado judicial Albert  Enrique  Cano  Castaño,  señalando  que  en  virtud  de  convenios comerciales  realizados  por William de Jesús Botero Giraldo, aceptó emitir el 2 de mayo de  2003,  y  a  favor  de  éste,  una  letra  de cambio parcialmente en blanco por  $6.000.000,  valor  que  fue  cancelado a Rodrigo Granada Montoya en razón a un  acuerdo  de pago en el que le hizo entrega de unos muebles y elementos por valor  de  $9.800.000,  puesto  que,  según  lo  informado  por parte del acreedor, el  título   valor   había   sido   entregado   en  propiedad  al  citado  Granada  Montoya.   

Expuso que al momento de realizar la entrega  de  los  aludidos bienes, recibió del señor Botero Giraldo una letra de cambio  que  a  simple  vista  resultaba  igual  a  la  que  aceptó emitir por valor de  $6.000.000,  la cual se encontraba perforada en forma de rombo en la parte donde  debía estar la firma del obligado.   

Indicó  que  en el mes de abril de ese año  [2004],  fue  notificado  de  un  mandamiento  de  pago  en un proceso ejecutivo  adelantado  por  el  denunciado, tendiente al cobro de la letra de cambio que ya  se  encontraba  cancelada  a través de la dación en pago, percatándose en ese  momento  que  el  título  valor  que  le  había  sido  entregado  luego  de la  cancelación  de  la  obligación  contaba  con rasgos que no pertenecían a los  efectuados  por  él,  situación  que había tratado de ser ocultada por Botero  Giraldo,  a  través  del  corte  que  le hubiera realizado en forma de rombo al  documento,  asegurándose  de  esta forma la clandestina tenencia de la letra de  cambio original, al entregar un título diferente al aceptado.”   

A N T E C E D E N T E S  

1. Por los hechos anteriormente referidos, el  27  de  abril  de 2006 la Fiscalía 12 Seccional de Neiva profirió resolución  de  acusación  en  contra de  William  de  Jesús  Botero  Giraldo   como  autor  de  la conducta punible de fraude procesal (artículo  453  del  Código  Penal).  Dicha  determinación fue apelada por la defensa del  procesado  y  confirmada  en  segunda  instancia  por  la  Fiscalía 2ª Delegada ante el Tribunal Superior de  Neiva,  a través de resolución del 4 de septiembre de  2008.    

2. La causa fue adelantada por el Juez Quinto  Penal  del  Circuito  de  Neiva, el cual, luego de agotar el trámite propio del  juicio,  el 23 de abril de 2010, profirió sentencia de  primer  grado,  mediante   la  cual  absolvió    a    William    de   Jesús   Botero  Giraldo  del  delito  por  el  que  fue acusado. Dicha  determinación,  tras  ser  apelada  por  la  fiscalía,  recibió  confirmación   por  parte  del  Tribunal  Superior  de  Nieva, en fallo de segundo grado del 7 de  abril de 2011.   

Inconforme  con lo resuelto, el apoderado de  la  parte  civil,  en representación de Albert Enrique  Cano   Castaño,   formuló  y sustentó oportunamente el recurso extraordinario de  casación.    

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

El   demandante  invoca  dos  ‘causales’    de    casación   que   denomina  ‘violación  indirecta de  la  ley  sustantiva  por error de hecho al aplicar de manera incorrecta la norma  sustancial  por  error  en  apreciación  del medio probatorio – falso juicio de  existencia  por  omisión’,  la  primera,  y ‘violación  indirecta  de  la  ley sustantiva sustancial por error de hecho por falso juicio  de  identidad  y  quebrantamiento  de  la sana crítica en la estimación de las  pruebas’,      la  segunda.  Sus argumentos, no sin dificultad, se resumen así:   

Primera         causal:  falso  juicio  de existencia por  omisión   

La  apoya  en  el  artículo  207,  numeral  primero,  de  la  Ley 600 de 2000, y cita como norma violada el inciso final del  artículo   251   de   dicho   estatuto,   que  trata  sobre  el  contenido  del  peritaje.   

Tras reseñar los hechos objeto de juicio de  manera   sustancialmente   distinta   a   los  plasmados  por  el  juzgador,  el  casacionista  reprocha  que este último le hubiera restado capacidad suasoria a  la  misión  de  trabajo  1100SC;  alega  que el fallador ha debido entender que  dicho  dictamen  pericial  no introdujo un cambio sustancial al estudio inicial,  en  el  cual  se identificó a William de Jesús Botero  Giraldo  como el autor del documento, conclusión que,  según  dice,  fue  ratificada  en el dictamen No. 3789. Menciona que de haberse  estudiado    en    su    integridad    las   pericias   referidas   ‘otrora’   hubiera   sido   el   razonamiento  judicial,  esto  es, “inferir responsabilidad penal a  título  de  dolo  y no de la duda que indica la ley adjetiva penal en su inciso  final  del  artículo  7º  de  la  Ley  600  de 2000 a William de Jesús Botero  Giraldo.”    

Enseguida, el censor reitera el contenido del  artículo  251, inciso 3º, del Código de Procedimiento Penal de 2000 y critica  que   el   sentenciador  no  motivó  “qué  era  lo  sustancial  del  título  valor  que  sirvió  de  medio  para cometer el fraude  procesal”;  denuncia  que el perito formuló juicios  de  responsabilidad  penal,  y menciona que el Tribunal le concedió razón a la  fiscalía  apelante  en  cuanto  que el fallo de primer grado no hizo referencia  expresa a los dictámenes aludidos.   

Asegura  que  por  las razones anteriores se  debe  declarar  la  prosperidad  del  cargo, en el sentido de casar la sentencia  absolutoria y sustituirla por una condenatoria.   

Segunda         causal:  falso  juicio  de  identidad  y  quebrantamiento de las reglas de la sana crítica   

El   impugnante   precisa   que   sustenta  este  primer  cargo  en  el  artículo  207,  numeral 1, de la Ley 600 de 2000 y cita como normas inaplicadas  los  artículos  238  de la Ley 600 de 2000, 22 del Código Penal y el 7º de la  Ley 600 de 2000, como indebidamente aplicado.   

Alega  que el sentenciador no tuvo en cuenta  que  “el ardid o engaño del procesado a la víctima  consistió   en  entregar letra de cambio simulada a la real por intermedio  de  Rodrigo  Granada,  quedando con el original el encausado para posteriormente  utilizarla  como  base  del proceso ejecutivo singular en contra de Albert Cano,  induciendo  igualmente  en error al señor Juez Primero Civil Municipal de Neiva  a  sabiendas  que  ya  había  cobrado las sumas de dinero adeudas (sic) con sus  rédito,    es    decir,   cobró   dos   veces   la   obligación   de   manera  sinuosa”.   

Con fundamento en lo anterior, precisa que el  Tribunal  incurrió  en  falso juicio de identidad por  quebrantamiento  de  los principios de la sana crítica  que,  de haber sido aplicados, habrían conducido a reconocer la responsabilidad  del procesado.      

Alega que el dolo del encausado se desprende  con  claridad  de  sus  respuestas vertidas en el interrogatorio rendido ante el  juez  civil  municipal  de  Neiva,  pues  en  dicha  diligencia  se muestra poco  coherente,   lo  que  confirma  la  versión  de  los  hechos  ofrecida  por  el  denunciante.  Menciona  que  de  haber  aplicado  el  juzgador  la  regla  de la  experiencia,  según  la  cual  el  tenedor  del  título  valor  debió haberlo  entregado  en  las  mismas condiciones al deudor para su posterior cancelación,  ‘otrora’   hubieran  sido  el  resultado  del  proceso.   

Enseguida,  critica  que  el  sentenciador  hubiera  apreciado como de referencia los testimonios de Rodrigo Granada, Ramiro  Méndez,  Carlos  Eduardo  Arango  Molina  y  Carlos  Erney  Montero  Contreras,  condición  que, según dice y de acuerdo con la jurisprudencia, no ameritaba su  descalificación.   

Con  fundamento en lo anterior, el censor le  pide  a  la  Corte  que  case  el  fallo  y,  en su lugar, profiera decisión de  carácter condenatorio.   CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.  La Corporación anticipa su decisión de  inadmitir   la   demanda   de   casación,  toda  vez  que  evidentemente  no  cumple  con  los requisitos de  lógica,  claridad,  precisión  y  debida  fundamentación,  consagrados  en el  artículo  212  de  la  Ley  600  de  2000  y  desarrollados  ampliamente por su  jurisprudencia.   

Como enseguida se enseña, con los argumentos  expuestos  el  censor pierde de vista que el recurso extraordinario de casación  debe  plasmarse  en  un  discurso lógico, sistemático y coherente, sujeto a un  desarrollo   argumentativo   claro  y  preciso,  que  no  deje  dudas  sobre  la  materialidad  de  los yerros susceptibles de denunciar en casación y su aptitud  para  derribar  las  bases  de  la sentencia de instancia, pues, como así lo ha  fijado  la  jurisprudencia de la Colegiatura, el recurso extraordinario no está  destinado  a  examinar  apreciaciones  de  instancia,  por  muy  plausibles  que  parezcan,  ni  a denunciar cualquier clase de irregularidad en el debido proceso  o  vulneración  de  garantías,  pues  ante  irritualidades insustanciales y de  escasa trascendencia el proceso puede mantener su validez.   

Así mismo, con la falta de rigor jurídico,  metodológico  y  argumentativo  en  el  desarrollo de las causales de casación  alegadas,  el  demandante  olvida  que  dicha vía de censura exige una rigurosa  carga  argumentativa  que no se satisface con la mera expectativa de que la Sala  comparta su personal interpretación probatoria.    

3. El libelo, entonces, adolece de numerosas  falencias que impiden su admisión, así:   

3.1.  De        entrada,       dígase  que  el  casacionista  carece  de  interés  para  recurrir  por esta vía extraordinaria,  pues,  como la jurisprudencia de la Corte lo ha decantado, el hecho de omitir la  formulación  de  recurso de apelación contra el fallo de primera instancia, al  igual  que el de segundo grado adverso a sus intereses, significa su acuerdo con  lo  plasmado  en  él.  No  resulta  lógico,  entonces,  que  si  el  fallo del  ad   quem   confirmó   el  absolutorio   impartido   por   el  a  quo  el impugnante extraordinario no hubiese controvertido este último  a  través  del recurso ordinario, y solamente hubiera manifestado su desacuerdo  con  la  decisión  del  Tribunal.  Así  lo ha plasmado la jurisprudencia de la  Corte:   

“Adicionalmente   a   lo   anterior,  el  recurrente  debe  -en  principio  y salvo que su interés surja con ocasión del  fallo  de  segundo  grado-  agotar  el recurso ordinario de apelación contra el  fallo  de  primera  instancia,  en  lo  que  tenga  que  ver  con  el  motivo de  casación,   pues  de lo contrario su omisión en tal sentido significaría  la  convalidación  o  acuerdo  con  su contenido, lo cual se traduciría en una  manifiesta    ausencia    de    interés    para    recurrir    a    esta   sede  extraordinaria.”1   

   

Y  ha  profundizado  en  los  efectos  de la  omisión reseñada, así:   

“Ha   sido  criterio  uniforme  de la jurisprudencia que quien no ha apelado la sentencia de  primer  grado  carece  de  legitimación  para recurrir por vía extraordinaria,  excepto  si  su  situación  procesal es desmejorada con la decisión de segunda  instancia  en  virtud  de la impugnación de otro de los sujetos que intervienen  en  el  proceso,  o  se  reclaman  nulidades  o  el amparo o restablecimiento de  garantías  fundamentales,  o  arbitrariamente  se ha obstaculizado el ejercicio  del derecho de impugnación.   

Lo  que  se  ataca  es  la  legalidad de la  decisión  de  segunda  instancia,  la que se presume veraz y cierta. Como ésta  constituye  una  unidad  jurídica  con  la  del  a  quo cuando en casos como el  presente  la determinación del ad quem no modifica en nada la revisada, deviene  entonces,   en  consecuencia,  el  que  carezca  de  sentido  lógico  y  razón  jurídica,  el  autorizar  la  casación  cuando  se  ha  consentido el fallo en  condiciones  como  las del asunto sub judice, pues habiendo podido impugnarlo el  incriminado  o su defensor no lo hicieron, en los términos exigidos por la ley.  Ello  es  así, porque el fundamento de la falta de interés en este evento para  recurrir    obedece   al   propio   fin   del   recurso,   como   enseguida   se  verá.”2   

El yerro mencionado en precedencia es por sí  mismo  suficiente  para  inadmitir el libelo. No obstante lo anterior, al efecto  de  ahondar  la Sala en su convicción sobre la decisión que habrá de adoptar,  señalará   puntualmente   otras   falencias   graves   de   que   adolece   el  libelo.   

3.2.   Dígase,  entonces,  que  en  el escrito de demanda el  casacionista  se aparta por completo de los hechos objeto de enjuiciamiento, tal  como  los  reseñó  el  sentenciador  y,  en  su  lugar, cita unos antecedentes  procesales  que  nada enseñan sobre el origen de la conducta punible objeto del  fallo  impugnado. Esta imprecisión no es de escasa relevancia, pues al edificar  el  censor  la  demanda  sobre  hechos  diversos a los sentenciados, ello impide  lógicamente el éxito de las pretensiones.   

3.3.  El  recurrente  omite  el  deber  de  proposición     jurídica     completa,  pues  en  ninguno de los reproches que formula cita adecuadamente  las  normas sustanciales supuestamente vulneradas.  En su lugar, enuncia en  su  mayor parte normas de contenido procesal y, además, omite la mención de la  más   obvia  de  todas,  es  decir,  la  supuesta  exclusión evidente del  artículo  453  del  Código Penal, falencia que, una vez más, da al traste con  sus  pretensiones  y  que  a  la  Colegiatura  no le está dado corregir, por la  expresa prohibición que le impone el principio de limitación.   

3.4.   Los  motivos  de  casación  que enuncia carecen de un  adecuado sustento argumentativo:   

3.4.1.  El primero de ellos, el falso  juicio  de  existencia  por omisión  que  el  recurrente  funda  en  la  no  apreciación  por  el  juzgador  de  los  dictámenes  grafológicos, resulta evidentemente inexistente, pues es claro que  el  Tribunal  los  reseñó,  transcribió y apreció (págs. 6 a 8 del cuaderno  del  fallo  de  segundo  grado),  aún  cuando  lo  hizo de manera opuesta a los  intereses  del  actor, pues de ellos infirió que “el  referido   dictamen   y   sus  ampliaciones  y  aclaraciones  en  manera  alguna  desvirtúan  la  veracidad  y  autenticidad  de  la  letra de cambio”.  El  argumento  así presentado no es más que una discrepancia  con  la  apreciación  del  juzgador,  la cual llega a esta sede amparada por la  doble presunción de acierto y legalidad.   

3.4.2. A través de la segunda causal o cargo  (imprecisión  del  libelista  que  resulta  insignificante  frente a los demás  desaciertos  del  escrito  de  demanda)  el  censor  denuncia  que  el  Tribunal  incurrió   en   falso   juicio   de   identidad  por  quebrantamiento  de los principios de la sana crítica;  la  sola  enunciación del reproche es manifiestamente desatinada, pues se trata  de  motivos  de  casación  bien distintos, excluyentes entre sí, que no pueden  predicarse,  a  través de un mismo cargo, respecto de la misma prueba, toda vez  que  si  se  critica  que  el  sentenciador  desconoció,  por  tergiversación,  adición  o  mutilación, el contenido de la prueba (falso juicio de identidad),  no  puede  denunciarse,  de manera simultánea, que violó las reglas de la sana  crítica  en  su apreciación (falso raciocinio), pues este último error supone  necesariamente  la  no  concurrencia  del anterior. Por no advertir lo anterior,  el   censor   viola   el   principio  lógico  de  no  contradicción   y   autonomía   de   las   causales  de  casación.   

Por   otra  parte,  el  impugnante  alega  deficiencias  de  motivación  de la sentencia y critica la descalificación por  el  Tribunal  del  dicho  de los declarantes Granada, Méndez, Arango y Montero,  por  ser  testigos  de  oídas,  lo  que  lo  conduce  a  abandonar el motivo de  casación  seleccionado y, una vez más, a oponer su personal apreciación de la  prueba  a  la  judicial,  sin demostrar en esta última un yerro de apreciación  evidente y trascendente.   

Dígase,  entonces,  que  en  ningún yerro  incurrió  el  fallador  al apreciar que los testimonios referidos no le traían  el  convencimiento  necesario  para  sustentar  un  juicio de responsabilidad en  contra  de acusado, pues aún cuando en verdad el hecho de que las declaraciones  de  oídas  sean  admisibles  ello  no  implica que el funcionario judicial deba  necesariamente  concederles  credibilidad, pues ello supondría una tarifa legal  inexistente.   

En  últimas,  la  Sala  observa  que  el  argumento  que sustenta esta parte de la demanda no es más que una discrepancia  con los fundamentos probatorios del fallo.   

3.5.  Por  último,  el impugnante pasa por  alto  el  deber  de  analizar  la totalidad de los fundamentos probatorios de la  decisión  recurrida,  con el fin de enseñar a la Corte la trascendencia de las  equivocaciones   que   pregona.    Así,   olvida   que   el   ad  quem le concedió credibilidad al dicho  del  procesado, la apoyó en las atestaciones de Rodrigo Granada y encontró que  la  actuación  no  desvirtuó la existencia de una deuda de Albert Enrique Cano  Castaño  a  favor  de  Botero Giraldo por la suma de $12.000.000, ponderaciones  estas  de  las  que el casacionista no se ocupó, pues se limitó mayormente, en  ambos  cargos,  a cuestionar las inferencias edificadas por el juzgador sobre la  prueba  científica,  sin  enseñar que hubieran sido el producto de un yerro de  apreciación trascendente.   

4.  Conclusión   

Por  las razones precedentes, la demanda de  casación  formulada  por  el apoderado de la parte civil, en representación de  Albert    Enrique    Cano   Castaño,   adolece  de  una  indebida  fundamentación  y,  por lo mismo, será  inadmitida,  sin que, por otra parte, la Sala encuentre en la actuación surtida  o  en  las  decisiones  proferidas alguna violación de garantías fundamentales  que amerite su corrección oficiosa en esta sede extraordinaria.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

         

R E S U E L V E  

INADMITIR la   demanda  de  casación  presentada  por  el  apoderado  de  la  parte  civil, en  representación     de    Albert    Enrique    Cano  Castaño.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

          JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ CAMACHO                               JOSÉ  LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ   

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO                                SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

         

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ                         AUGUSTO J.  IBÁÑEZ     GUZMÁN                           Comisión    de  servicio   

LUIS  GUILLERMO  SALAZAR OTERO               JULIO  ENRIQUE   SOCHA   SALAMANCA                                                                                

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1 Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal, auto del 17 de junio de 2009,  radicación No. 31360.   

2 Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, auto del 24 de noviembre de 2005,  radicación  No.  23484,  reiterado  en  auto  del  11  de  noviembre  de  2009,  radicación No. 32007.     

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