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1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    PROCESO No. 10757  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 143  

          Santafé  de  Bogotá,  D.  C.,  veintidós  de  septiembre  de  mil  novecientos noventa y nueve.   

VISTOS:  

          Se  ha  dispensado  el trámite regular al recurso extraordinario de  casación  interpuesto  por el procesado PEDRO JOSÉ CASTRO ORTEGA, en relación  con  la  sentencia  de  segundo  grado  proferida  por  el  Tribunal Superior de  Cúcuta,  fechada  el  13 de diciembre de 1994, por medio de la cual le impuso a  él  y al coprocesado WILLIAM ENRIQUE JAIMES, individualmente, la pena principal  de  55  años  de  prisión,  como  coautores  de  un concurso de dos delitos de  homicidio agravado y hurto calificado-agravado.   

          También   el  procesado  William  Enrique  Jaimes  había  propuesto  el  recurso extraordinario,  pero  como  su  defensor  no  presentó la demanda dentro del término legal, la  Corte  lo  declaró  desierto  en  auto del 24 de agosto de 1995 (cuaderno de la  Corte, fs. 3).   

HECHOS:  

          El  día  20  de  noviembre  de  1993, aproximadamente a las 9 de la  mañana,  el  señor  MIGUEL  ROBERTO  VILLAMIZAR RODRÍGUEZ se encontraba en la  calle   23   con   la   avenida   16,   parte   alta   del  barrio  Alfonso  López  de  la ciudad de Cúcuta,  acompañado  de su hijo EMERSON VILLAMIZAR VARGAS, dedicados ambos a la habitual  tarea  de  repartición  de  productos  de la compañía Coca-Cola en un camión  600,  marca  Dodge,  de  placas  AK-9348,  distinguido con los emblemas de dicha  empresa.   A  la  hora  indicada,  dos  individuos  se  acercaron al señor  Villamizar  Rodríguez, quien  se  había  apeado  del  vehículo  y  estaba en la parte trasera, con el fin de  despojarlo  de  sus  pertenencias, uno de ellos le arrebató la cadena y, cuando  el  agredido  reaccionó  con  un  revólver, otro de los asaltantes le disparó  primero  por  la espalda y después le incrustó varios proyectiles en distintas  regiones  del  cuerpo,  y  seguidamente  accionó el arma también en contra del  joven   Villamizar  Vargas,  cuando  éste  pretendió  responder en defensa de su progenitor agredido.   El  segundo  agresor se llevó consigo el arma de fuego que había esgrimido una  de las víctimas.   

          Padre  e  hijo  fallecieron  en  el acto, porque el primero recibió  múltiples  lesiones  viscerales y el segundo fue herido en el pulmón izquierdo  y la aorta.   

          Como  la  policía  recibió información oportuna de que uno de los  intervinientes  en  los  hechos  había sido el individuo WILLIAM ENRIQUE JAIMES  (a.  “El  Yiyo),  reconocido  miembro  de una de las bandas delicuenciales del  sector  y quien igualmente resultó herido en el asalto, rápidamente se dispuso  la  captura  del señalado y éste, en diligencia de versión libre, dijo que el  arma  la  había  disparado  el  sujeto  “PEDRO  CASTRO HERRERA”, finalmente  identificado  como  PEDRO  JOSÉ  CASTRO  ORTEGA,  conocido  en  la  zona con el  cognomento    de    “Pedro   picapiedra”  y también por sus actividades delictivas, quien posteriormente  fue capturado.   

ACTOS PROCESALES BÁSICOS:  

          El  mismo  día  de  los  hechos  se  recibió  la versión libre al  imputado    William    Enrique    Jaimes,  por  el  Fiscal  Quinto  de  la Unidad de Investigación Previa y  Permanente  de  Cúcuta,  debidamente  asistido  por  un defensor técnico, y el  mismo funcionario ordenó la apertura de instrucción (fs. 7 y 21).   

          Así  dispuesta la instrucción, se recibió indagatoria al imputado  William Enrique Jaimes y, por  medio  de  resolución  del  28 de noviembre de 1993, el fiscal dictó medida de  aseguramiento  de  detención  preventiva, sin derecho a excarcelación, por los  delitos  de  homicidio  agravado  y hurto calificado-agravado, conforme con  lo  dispuesto  en  los  artículos  323, 324-2, 350-1 y 351-10 del Código Penal  (fs. 60 y 94).   

          El   día  7  de  diciembre  de  1993,  fue  retenido  el  individuo  Pedro José Castro Ortega, se  le  oyó  en indagatoria y, según resolución del 14 de diciembre siguiente, la  Fiscalía  dictó en su contra medida de aseguramiento de detención preventiva,  sin  derecho  a  libertad  provisional,  como  coautor de los hechos punibles de  homicidio,  hurto calificado y porte ilegal de arma de fuego de defensa personal  (fs. 138, 148 y 166).   

          Cerrada  la  investigación,  el instructor calificó el mérito del  sumario  en  la  resolución  del  24  de  febrero  de  1994, según la cual los  sindicados  fueron  acusados  por  dos delitos de homicidio, agravados por haber  sido  cometidos  para  facilitar o consumar el atentado patrimonial y poniendo a  la  víctima  en  estado de indefensión, conforme con los artículos 323 y 324,  numerales  2°  y  7°  del  Código  Penal;  otro  de  hurto  calificado por la  violencia  y  agravado  por  haberse  consumado  en  lugar  solitario,  mediante  arrebatamiento  y  por  dos  personas que acordaron previamente su comisión, de  acuerdo  con  los artículos 350-1 y 351, numerales 9 y 10 del mismo estatuto; y  el  tercero,  como  porte  ilegal  de  arma  de  fuego  de  defensa personal, en  atención    a    las    disposiciones    del    artículo    201   idem (fs. 312 y 328).   

          Apelada  la  resolución  acusatoria,  la  Unidad  de  Fiscalía  de  segunda  instancia  la  confirmó  en la providencia del 6 de abril de 1994 (fs.  400).   

          El  Juzgado  Primero  Penal  del  Circuito  de  Cúcuta  asumió  el  conocimiento  de  la  siguiente fase procesal, dispuso entonces el traslado para  preparar  audiencia  y  ordenó  algunas  pruebas (fs. 412, 413 y 493).  La  audiencia  pública  se  cumplió  en  varias  sesiones  (fs.  543,  545,  571 y  601).   

          El  30  de  septiembre de 1994, se produjo la sentencia condenatoria  de  primer grado, por medio de la cual el juez impuso a cada uno de los acusados  la  pena  principal  de  sesenta  (60)  años de prisión, como coautores de los  delitos  de homicidio agravado y hurto calificado-agravado; además, les irrogó  la  sanción  accesoria  de interdicción de derechos y funciones públicas, por  el  término  de diez (10) años, y también declaró la obligación que tenían  los  dos  de  pagar el equivalente en moneda nacional a 2.500 gramos de oro, por  concepto   de  daños  materiales  y  morales  ocasionados.   En  la  misma  decisión,  el  juzgado  absolvió  a los dos enjuiciados por el delito de porte  ilegal  de  arma  de fuego, pues no advirtió prueba suficiente para condenarlos  por tal hecho punible (fs. 620-653).   

          Apelado  el  fallo  de primer grado, el Tribunal Superior de Cúcuta  lo  confirmó  en  decisión  del  13 de diciembre de 1994, pero lo modificó en  cuanto  a  que  la  pena  principal  sería  de  cincuenta y cinco (55) años de  prisión,  en  lugar  de  los  sesenta (60) que habían sido impuestos (cuaderno  tribunal, fs. 9-29).   

RESUMEN DE LA DEMANDA:  

          El  defensor  del procesado PEDRO JOSÉ CASTRO ORTEGA ha escogido la  causal  primera  de  casación, prevista en el numeral 1° del artículo 220 del  C.  de  P.  P.,  porque  piensa  que  la  sentencia  impugnada  es  abiertamente  violatoria de una norma de derecho sustancial.   

          En  efecto,  argumenta  el  censor,  el artículo 247 del Código de  Procedimiento  Penal  exige  certeza  de la ocurrencia del hecho punible y de la  responsabilidad  del acusado y, si bien se cumple la primera parte del precepto,  no  ocurre  lo  mismo  con  la  segunda,  pues,  según su criterio, existen los  siguientes inconvenientes:   

          a.   La prueba incriminatoria central en contra de su defendido  la   constituye  el  relato  del  coprocesado  William  Enrique  Jaimes,  quien  se  refirió  a  un  “Pedro  Herrera”,  sin  embargo  de  lo  cual  la  Fiscalía,  “por  sustracción de  materia”  y por el conocimiento de anteriores investigaciones relacionadas con  hechos  en  los  que  los  dos  procesados  habían  actuado juntos, llegó a la  conclusión   de  que  aquel  personaje  era  el  mismo  “Pedro  José  Castro  Ortega”.   

          Dice  el  actor que la judicatura atendió la versión de la señora  Durby  Olarte,  quien apenas  confirma  lo  del  apodo  “Pedro picapiedra” que se atribuye a su defendido,  pero  en  manera  alguna  se  refiere a que el procesado haya participado en los  hechos.   Además,  en  actitud  contraria,  la  sentencia no hace caso del  testimonio    de   Juan   Carlos   Ovalle,  quien  sí  aporta  luces  sobre los verdaderos autores del doble  homicidio,  razón  por  la cual la defensa siempre ha argumentado que no existe  equidad  en  la  valoración de las pruebas y, como consecuencia, que se nota un  marcado   desconocimiento   del  artículo  333  del  Código  de  Procedimiento  Penal.   

          b.   El  Tribunal  Superior ha calificado como “preparados”  los  testimonios  de  los  empleadores  del  procesado,  por la coincidencia del  supuesto  trabajo  con  la  fecha  de  los acontecimientos, pero era deber de la  judicatura  hacer  uso  de  los  cuerpos  de  investigación  para  confirmar la  veracidad  de  tales  dichos, y no hacer una deducción simple, pura y empírica  que se le ocurrió al juzgador para tacharlos de parcialidad.   

          c.    Igual   actitud   se  asumió  frente  al  testimonio  de  Víctor   Julio   Guarín,  calificándolo  de  acomodaticio y gratuito, cuando el testigo compareció en la  fase  del juzgamiento por orden de la juez, a petición del Ministerio Público,  y  en  tal  oportunidad,  si bien es cierto que el testigo confirma la huida del  sujeto  conocido  como “Yiyo”, inmediatamente después del hecho sangriento,  en  ningún  aparte  de  su  declaración  asegura  que  su  acompañante en esa  ocasión  fuera  el procesado Castro Ortega.   

          d.   Cualquiera  que  sea el nombre que se le quiera atribuir a  su  defendido,  lo cierto es que el coprocesado William  Enrique   Jaimes   se   refirió  a  “Pedro  Castro  Herrera”,  y,  aunque  éste  evidenció alguna confusión posterior, ello por  sí  solo  no  constituye indicio de que aquél haya participado en los delitos,  máxime  que  la  defensa  aportó  un  certificado  judicial  en  la  audiencia  pública,  según  el  cual  sí  existió  el  personaje  PEDRO CASTRO HERRERA,  precisamente    un    tío    ya    fallecido    del    sindicado   Jaimes,  a  pesar de lo cual el acta de la  vista  pública  no  cita nada al respecto, siendo que todo fue expuesto por él  en  el  debate  para  demostrar  de  dónde venía la confusión de William Enrique Jaimes.   

          e.    Otro  aspecto  probatorio  de  vital  importancia  es  la  delación  que  hizo William Enrique Jaimes  en la audiencia pública, que antes había hecho en el trámite de  beneficios  que  dirigió  una  fiscal delegada ante el Tribunal, según la cual  sus  verdaderos  acompañantes  en  los  hechos  delictuosos fueron Wilson    Jurado    y    Juan    Medina,  manifestación  que  los  jueces no quisieron entender como el deseo del delator  de  llegar  a  la verdad histórica y procesal  y vincular a los verdaderos  autores del homicidio.   

          f.   Estima la defensa que no podían valorarse versiones tales  como    la    de    Francisco   Tarazona,  inadmisible  porque es un testigo de oídas, a quien se le creyó  lo  de  la  participación  en  los hechos del individuo “alias picapiedra”,  pero,  a  la  par,  ninguna  importancia  se  le  dio  a su señalamiento de que  “fueron  varios  los  autores”,  lo  cual significa una vez más que para el  Tribunal  es  “letra  muerta”  el contenido del artículo 333 del Código de  Procedimiento  Penal,  pues  únicamente  ha  valorado  aquello  que  agrava  la  situación del procesado mas no lo que atenúa su responsabilidad.   

          g.   El  recurrente  plantea  como  petición  especial  de  su  demanda  el  que  se  ponga  en  conocimiento  la decisión sobre el trámite de  beneficios   por   colaboración,   rito   al  que  se  acogió  el  sentenciado  William  Enrique  Jaimes, ya  que  de  dicho resultado depende la suerte de su protegido, dado que él siempre  se  ha  mostrado  ajeno  e  inocente  de  los cargos endilgados por el delito de  homicidio,  situación  que  sólo  podrá corroborar o desvirtuar la mencionada  resolución.   

          Concluye  el  actor  que  la Corte debe darle trámite a su demanda,  por  estar  ella  ajustada  a  derecho, con el fin de que, con fundamento en una  sana  crítica,  determine  la  congruencia  entre  los hechos investigados y la  conducta  desplegada  por  su defendido, en relación con los medios probatorios  recaudados,  en  especial  de acuerdo con lo establecido en el artículo 333 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  pues,  sin  duda,  después  de  ese  examen  ordenará la revocatoria de la decisión cuestionada.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO:  

          El  Procurador  Tercero Delegado en lo Penal (E) solicita a la Corte  que    no    case    la    sentencia   impugnada   y   expone   los   siguientes  argumentos:   

          La  Corte  ha  reiterado  que  las  violaciones al artículo 333 del  Código   de   Procedimiento   Penal,   por  cuanto  el  precepto  atañe  a  la  investigación  tanto  de  lo  favorable  como  de lo desfavorable al procesado,  deben  atacarse  por la causal tercera de casación, esto es, la nulidad, ya que  se  trata  de situaciones en las que se afectan los derechos de contradicción y  de defensa.   

          Así  pues,  el  reproche  de  que  no  ha  existido  equidad  en la  valoración  de  las  pruebas,  o  que  no  se  ha  valorado  lo  favorable y lo  desfavorable  al  sindicado, mal puede plantearse como transgresión a la citada  norma.   

          Ninguna  relación  tiene  con  la  posible violación del artículo  333,  verbigracia,  la  petición de que se descarten las pruebas trasladadas y,  en   general,  todas  aquellas  cuya  potencialidad  consistió  en  señalar  a  Pedro  José  Castro  Ortega  como  ejecutor  material  del hecho investigado, o el hecho de que las mismas no  concretaran  una  incriminación real contra el procesado, ni el desconocimiento  judicial de la “delación”.   

          De  igual  manera,  la invocación de la causal primera de casación  se  hace sin el menor rigor técnico, porque en la demanda no aparece demostrado  error  alguno referente al contenido material de las pruebas o a su aducción al  proceso,  sino  que  el  actor  exhibe  “una  clara, entendible y convencional  oposición  a  lo  que de las pruebas dedujo el sentenciador en el sentido (sic)  que  el  procesado  se trataba de la persona autora del hecho, restando del todo  la  fuerza  a  la  hipótesis  de  la  defensa  que era otra persona a la que se  refirió Jaimes al principio”.   

          Aduce  el Procurador que el Tribunal no hizo inferencias peregrinas,  pues,  por  una  multiplicidad  de factores contenidos en las pruebas, llegó al  convencimiento   de   que   el   procesado  era  el  cotidiano  acompañante  de  William Enrique Jaimes en las  reprobables  tareas  delictivas,  a  pesar  de  la  confusión  que  éste quiso  introducir en los nombres de dicho co-imputado.   

          Algunos  pasajes  de la sentencia ponen en evidencia el conocimiento  anterior   entre   Jaimes  y  Castro    Ortega;    el  sentenciador   correlacionó  los  comportamientos  delictivos  comunes  de  los  procesados  (este  y otro referente al hurto de una moto), donde recíprocamente  se  involucraron y a la vez cada uno negó su participación en los hechos; hizo  eco  de  la  similar  modalidad de ambos episodios en los que se utiliza arma de  fuego  para  intimidar  a  las  víctimas;  y  destacó  la  coincidencia de las  características        físicas        que       suministró       Jaimes  como  las  de  su  compañero  de  andanzas,  todo  lo  cual le indica al Delegado que el Tribunal, a través de la  persuasión  racional  y  la  sana  crítica,  consideró  que  el vinculado era  efectivamente el sujeto al que se refería el deponente.   

          De  modo  que,  según  lo  advierte  el  Procurador,  el demandante  pretende  destronar  sin  razón las conclusiones del Tribunal, pero ni siquiera  remotamente  deja  ver  cómo  es  que fueron motivo de error los testimonios de  Víctor Julio Guarín, Francisco Tarazona, Juan Carlos  Ovalle  y  Durby  Olarte, al igual que la diligencia en  la  cual  el  procesado Jaimes  hace    la    imputación    en    contra   de   su   habitual   compañero   de  fechorías.   

          Los  medios  de  prueba  cuya  valoración adecuada echa de menos el  censor,  sin  haber  sido  indiferentes  para  el  Tribunal,  no  le  merecieron  credibilidad  ante la contundencia de lo ya expuesto, pues estimó que con ellos  más  bien  trataba  de  desviarse  el curso del proceso, pues, mientras no pudo  establecerse  la  existencia  de los sujetos que al final fueron señalados como  “los  verdaderos  participantes  en  los  hechos”, sí se determinó todo lo  dicho respecto de Castro Ortega.   

          Por  otro  lado, es incorrecta la sugerencia de una intervención en  punto    a    hacer    valer   la   “delación”   hecha   por   William  Enrique  Jaimes, pues dicha figura  jamás  tomó  cuerpo  en  este proceso, dado que para el Tribunal la variación  del  relato  inicial de Jaimes  sólo  era  una  maniobra  para  tratar  de  confundir  a  la judicatura, ya que  existían  suficientes  e idóneos elementos de juicio que mostraban la autoría  del sujeto mencionado en los hechos investigados.   

          “Epílogo  de lo estudiado es que el juez obró con lógica ya que  ante  las pruebas que comprometían a Castro, descartó de plano la veracidad de  la  coartada  y  así  pudo  confeccionar  sólidamente  la sentencia sin que el  casacionista  mencionara  la  totalidad  de  aquéllas, cuando ha debido hacerlo  para      demostrar     la     trascendencia     del     cargo     indebidamente  planteado”.   

          Como  la  sentencia  está  precedida  de  acierto  y  legalidad, el  Procurador concluye que el cargo no puede prosperar.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

         Parece  que  el  actor  propende  por  la  demostración de un error  in  iudicando,  que  es  el  referido  a  la  apreciación de los hechos y la aplicación del derecho, cuando  sugiere  que  el  Tribunal aplicó indebidamente el artículo 247 del Código de  Procedimiento  Penal,  dado  que  si bien se había determinado la certeza de la  ocurrencia  de los hechos punibles, no existía igual grado de convicción sobre  la  responsabilidad  del  acusado  Pedro  José Castro  Ortega.   

         Lo  primero  que  debe  advertirse  es la insuficiencia técnica del  argumento,  porque  el  artículo  247  del  C.  de  P.  P.  es apenas una norma  instrumental,  no sustancial, en la medida que dentro del sistema procesal penal  aparece  como  el  medio  único  para  alcanzar  la  aplicación  de  preceptos  materiales,  que en este caso serían los referidos a la sanción de los delitos  de  homicidio,  hurto  y  porte  ilegal de arma de fuego (C. P., arts. 323, 324,  349,  350  y  201).   Así  entonces, estas últimas disposiciones debieron  citarse  como  preceptos  sustanciales violados, obviamente en el sentido de que  podrían haberse aplicado indebidamente.   

         De  otro  lado,  los  siete  reparos  que  enuncia el impugnante, en  sentido  general,  son  simples  emulaciones  de la valoración de la prueba que  hizo  el  Tribunal  en  la  sentencia  atacada,  pero en parte alguna señala el  memorial  protuberantes  errores  de  hecho  o  de  derecho  que  justifiquen la  revisión  de  los  fallos  de  instancia  que, como bien lo anota el Procurador  Delegado,  llegan  a  este  sede  extraordinaria  dotados  de  la presunción de  acierto y legalidad.   

         En  consideración  a  ese  cúmulo de observaciones probatorias que  hizo  el censor, fácilmente puede leerse que su opción más lógica sería por  la   vía   de  la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,   pero,   se  repite,  por  el  carácter  marcadamente  institucional  de  la administración de justicia, las discusiones  probatorias  y jurídicas no pueden ser indefinidas, razón por la cual lo hecho  en  los  fallos  de  grado  sólo  puede  desconocerse  o  revisarse merced a la  constatación  de  errores  manifiestos  que  en  manera  alguna  ha mostrado el  impugnante en la demanda.   

         El  censor  trata  de  asomarse  a  la  vía  correcta cuando, en el  literal  d  de  sus  inquietudes, señala que se ha menospreciado un certificado  judicial  que  él  supuestamente  aportó  en  el debate de audiencia pública,  argumento    que   sugiere   entonces   la   incursión   en   un   falso  juicio  de  existencia, pues con tal  documento   podría   apreciarse  la  realidad  del  personaje  “Pedro  Castro  Herrera”,  un  tío  fallecido  del procesado William  Enrique   Jaimes,  como  aspecto  que  de  tal  manera  justificaba  la  buena  fe de éste en la confusión al indicar los apellidos de  su  acompañante  en los hechos.  Sin embargo, el actor no ha demostrado la  trascendencia  de  ese dato en el sentido del fallo, pues bien se sabe que, aún  sin él, la certeza y la condena fueron afirmadas por el Tribunal.   

         Es  igualmente  desfasada la recurrencia del impugnante al texto del  artículo  333  del Código de Procedimiento Penal, precepto según el cual rige  en   el   procedimiento   penal   colombiano   el   axioma  de  la  investigación    integral,    pues   el  funcionario  judicial  habrá  de  preocuparse  con  igual  celo  por recaudar o  recibir  tanto  las  pruebas  que  inculpan  al  procesado  como aquellas que le  servirían  de  exculpación.   Y  como  las pruebas son los únicos medios  viables  para construir la acusación en un sistema procesal penal regido por el  principio  de  presunción  de  inocencia,  como el Colombiano, se tiene que los  obstáculos  que  en ese sentido se pongan al procesado afectarían notoriamente  el  equilibrio  de las partes en el proceso, la contradicción y la defensa, que  son  tres  pilares  del  debido  proceso  y, por ende, factores que tocan con la  regularidad    del    procedimiento    y    no    con    un    mero   error   de  apreciación.   

         Así  pues,  el  desconocimiento  del  artículo 333 del C. de P. P.  ocurriría,  verbigracia,  por soslayar la búsqueda de las pruebas tendientes a  confirmar  la  coartada  del procesado; o por negar arbitrariamente la práctica  de  algunos  medios  de  convicción  pertinentes  o  conducentes que apunten al  ejercicio  racional de la defensa.  Se trata de desvíos intolerables en la  conformación     del     maderamen    probatorio,    no    de    vacíos    o    inconsistencias   en   su  valoración.   

         Precisamente,   en   razón  de  la  importancia  del  principio  de  investigación  integral  en  el  equilibrio procesal y en la objetividad de las  autoridades  judiciales,  los  reproches  en  dicha materia deben hacerse por la  vía  de  la nulidad (causal 3ª) y no como simples yerros en la aplicación del  derecho (causal 1ª).   

         Frente  a la carencia de presentación técnica de las objeciones en  esta  sede,  las  cuales  siempre  deben  canalizarse  sólo  por  los caminos y  sentidos  indicados  en  el  artículo  220  del Código de Procedimiento Penal,  sería  una  largueza  inútil contestar uno a uno los reparos sobre valoración  probatoria que hizo el impugnante.    

         Sin  embargo,  en  la  medida  que  la  demanda  fue  admitida en su  oportunidad,  basten  algunas  evocaciones de los juicios hechos en la sentencia  del  Tribunal,  para  ver de comprobar que no hubo arbitrariedad en las premisas  fácticas y jurídicas del fallo.   

         Así  entonces, sobre el origen claro y voluntario de la imputación  al  procesado  Pedro  José  Castro Ortega, el fallo expone:   

“Como  ya  se anotó la Policía recibió  una  llamada telefónica donde se informaba que había un atracador herido y que  respondía  al  nombre  de WILLIAM JAIMES, a quien apodan “YIYO” y vivía en  el  Barrio  Pueblo  Nuevo, cerca de la Bomba “La Magdalena”, y que el sujeto  estaba  siendo  atendido por una enfermera, y que el otro compinche era un menor  de  unos  diecisiete  años  que  se lo pasaba con él, pistas éstas que dieron  oportunidad  a  la  Policía  de buscarlo y capturarlo, quien al rendir versión  libre  señaló  a  su  compañero que resultó ser PEDRO CASTRO HERRERA o PEDRO  CASTRO    ORTEGA”    (fs.    14,    cuaderno   del  Tribunal).   

         Con   el   fin   de   mostrar   que   el   coprocesado  William    Enrique   Jaimes   no   tenía  absolutamente  ninguna  duda  sobre  la  identidad  nominal  de su compañero de  asalto,  y  que  las  retractaciones  o  confusiones  que  trata  de  introducir  posteriormente  fueron  maliciosas  o  deliberadas,  después  de  saber  que el  señalado había sido capturado, el juzgador enseña:   

“Otro  aspecto  importante que señala el  conocimiento  claro  que  tiene  WILLIAM  ENRIQUE JAIMES de la persona de CASTRO  ORTEGA,  es  que  él mismo que primeramente lo menciona con el nombre de CASTRO  HERRERA  en la indagatoria cuando ésta se desarrollaba, se le olvida que venía  señalando  a  un  CASTRO  HERRERA  y  señala  lo  siguiente, mencionando ya el  apellido  ORTEGA,  luego  de  relatar  que  le  permitieron verse con su novia y  despedirse:    ‘…  Después  me dijo mi teniente que lo llevara a la casa de-onde (sic) Pedro José  Castro  Ortega  y  yo lo llevé a la tienda donde él me había dicho, eran como  las  diez  y  media  de  la  noche,  miraron  en  la tienda que estaba cerrada y  después   pasamos   por   el   parque  dando  a  ver  si  estaba  Pedro  Castro  Herrera…”.   

“Obsérvese que al final vuelve y menciona  a  PEDRO  CASTRO HERRERA y no ORTEGA como lo había hecho en el mismo relato, lo  que  indica que el procesado al mencionar a PEDRO JOSÉ CASTRO ORTEGA como ya se  ve  que  lo  hizo, simplemente no equivocó el verdadero nombre de su compañero  de  delito  y  es por ello que el Fiscal le pide aclaración de por qué primero  menciona   un   apellido  HERRERA  y  después  un  ORTEGA,  respondiendo:   ‘… No, Ortega no.   Ortega  pero  mi  nona…’,  debiéndose  de  observar  que  en ese momento y frente a lo que se investigaba,  nada  tenía que ver su nona y menos en relación con la pregunta, pero sí dice  al  preguntársele  por  qué  conocía  los  nombres  y  los  apellidos  de  su  compañero,  que  los  sabía  porque  ‘…  él  me  los había dicho, en el tiempo que estuvo ajuntado con  él…’, lo que indica que  sí  se  conocían  y  que se sabían los nombres, sucediendo que al relatar los  hechos,  quiso  cambiarle  un  apellido  precisamente para hacia el futuro crear  confusión  sobre esos nombres y así pensar, como lo piensa el procesado CASTRO  ORTEGA,   que   va   a   lograr   confundir   a   la   Justicia”  (fs. 18 y 19).   

“También  coinciden las características  físicas  que señala el procesado WILLIAM como las de su compañero, con las de  CASTRO  ORTEGA;  y  se  conocen  por la novia a quienes ellos mismos mencionan e  inclusive  el  propio  novio en plena indagatoria le pregunta a su abogado cuál  es  la  dirección,  y  en  su  propia  indagatoria  el procesado WILLIAM JAIMES  menciona  con  gran claridad el verdadero nombre de su compinche cuando dice que  el  teniente le dijo que lo llevara a la casa de PEDRO CASTRO ORTEGA, nombre que  no  conocía  el teniente, pero que sí conocía el procesado, y es por ello que  sin  querer,  se  le olvida que venía mencionando a un CASTRO HERRRA y resultó  nombrando   al   verdadero   CASTRO   ORTEGA”  (fs.  20).   

         En  relación  con otros medios de convicción o datos que confirman  inequívocamente   el  señalamiento  de  Pedro  José  Castro   Ortega,  como  uno  de  los  autores  de  los  execrables crímenes, el Tribunal reflexiona:   

“  Es  tal  el  afán  de sacar avante la  coartada  de CASTRO ORTEGA, que no se ha mirado que pueden verse involucrados en  tan  criticable  delito,  personas inocentes, cuando en realidad de verdad PEDRO  CASTRO  ORTEGA  es  conocido  como  un  individuo de malos antecedentes, como lo  señala  la  señora  DURBY OLARTE, quien indica que a PEDRO CASTRO ORTEGA se le  conoce  por  el  apodo  de  “Picapiedra”  y  que  tiene  fama de malo porque  comentan  que roba, y que en el Barrio no existe otra persona con ese nombre, ni  con  el  de HERRERA, pero que sí conoce a un muchacho que se llama JOSE CASTRO,  de   buenos   antecedentes,   trabajador,  y  describe  a  este  muchacho  cuyas  características   no  coinciden  en  nada  con  las  de  CASTRO  ORTEGA,  aquí  procesado.   

“El  alias  del  aquí  encartado,  que  anotamos  fue  mencionado por DURBY ORTEGA, también es mencionado por FRANCISCO  TARAZONA,  quien  da cuenta en su declaración que ha escuchado en el Barrio que  entre   los   que  participaron  en  el  hurto  y  el  homicidio,  fueron  alias  ‘El   Yiyo’,  o sea WILLIAM ENRIQUE JAIMES, alias  ‘El   Popo’,       alias       ‘El         Manteco’      y     alias     ‘Picapiedra’,  que  es  el mismo CASTRO ORTEGA, al  igual  que  lo  hacen  por comentarios que escucharon, la viuda y la madre de la  víctima,    quienes    señalan   que   escucharon   que   Pedro   ‘Picapiedra’  había  participado  en  los hechos,  alias  que  niega  el  procesado tener, pero que si se mira con detenimiento, el  alias           de           ‘Picapiedra’ es  propicio   para   un   sujeto   llamado  PEDRO,  habida  consideración  que  el  ‘Picapiedra’  viene  de  las tiras cómicas, donde  aparece  el  personaje  de  PEDRO  PICAPIEDRA”  (fs.  21).   

         Y  para  denotar que sí hubo imparcialidad en el examen probatorio,  así  no se haya caído en las pretensiones de desvío ensayadas por la defensa,  la  sentencia  se ocupa de los testimonios de los esposos LUCRECIA IBERO HERRERA  y  JORGE  JAIME  ORTEGA  ORTEGA, familiares del acusado, según los cuales éste  para  el  día  de  los  hechos  estaba  trabajando  con  ellos  en su taller de  zapatería.   Después  de un juicioso examen crítico, el Tribunal desecha  estos  testimonios  como  prueba  seria  de  desincriminación,  ordena  que  se  investigue  a los supuestos testigos por faltar a la verdad, y señala falencias  como la siguiente:   

“Respecto  de  la señora LUCRECIA IBERO,  ésta  manifiesta  que vino a declarar ‘…  o  sea  para,  sobre  PEDRO,  sobre PEDRO CASTRO…’  y  agrega que ella sabe que a él lo  están  acusando  no  sabe  de qué, y ‘él      estaba      trabajando      con     nosotros…’,  lo que indica que la testigo había  hablado  ya  sobre  el  hecho a declarar en el sentido de decir que él fuere lo  que  fuere  por  lo  que  se le estaba acusando, estaba trabajando, surgiendo el  interrogante  de  si  no sabe de qué lo están acusando, tampoco tenía porqué  saber  cuándo  sucedió  aquello  de  lo  que lo están acusando, y sin embargo  señala  que  ‘él estaba  trabajando  con  nosotros’,  lo  que  viene  a indicar que se trata de una testigo preparada en el sentido de  decir  simplemente  que el procesado estaba trabajando, no importa qué día y a  qué hora” (fs. 22).   

         Nada  de  irracional  se  advierte  en  el  examen  probatorio de la  sentencia,   como   para  intuir  que  el  absurdo  justificaría  la  revisión  extraordinaria  por  un  supuesto falso juicio de identidad en la valoración de  la  prueba.   Por el contrario, las premisas y conclusiones de apreciación  probatoria  gozan  de  una racionalidad práctica, porque son consistentes en la  medida  que  no  contradicen  la  información  fáctica  disponible;  contienen  igualmente  coherencia normativa y narrativa porque las inferencias se ajustan a  los  principios y leyes generalmente aceptadas que rigen en el mundo fenoménico  (y  no  se refieren a nada exótico); y finalmente, porque tienen el toque de la  justicia  formal, dado que en sentido similar ha resuelto la judicatura casos de  igual  modus  operandi,  sin  perjuicio   de   las   trazas   que   los   individualizan   y   concitan  otras  consecuencias.   

         Frente  a  una  decisión  racional  como la que se ha enfrentado en  este  recurso  extraordinario,  los cargos presentados aparecen como frágiles e  insubstanciales  oposiciones,  apenas  explicables  y  comprensibles,  según lo  señala   el   Procurador,  en  razón  de  la  humana  tendencia  a  confrontar  convencionalmente  las  inferencias  del juzgador, sobre todo en causas de tanta  gravedad    como    la    que    se    examina.    Se   desestimarán   las  censuras.   

         En  mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

         No  casar  la sentencia de fecha, origen y contenido indicados en la  motivación.   

         Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO    ARBOLEDA   RIPOLL          JORGE ENRIQUE  CÓRDOBA     POVEDA                       

CARLOS   A.   GALVEZ   ARGOTE                  EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

MARIO    MANTILLA    NOUGUES                  CARLOS E. MEJÍA ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN         NILSON PINILLA  PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

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