27101(20-06-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  27101   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 102  

Bogotá,  D.C.,  veinte  de junio de dos mil  siete.   

V    I   S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  formal  de  la  demanda  de  casación  que  presentan  los  defensores  de  los  procesados  ANTONIO  YESID  GALINDO  ÁLVAREZ,  JUAN  ORLANDO CHITIVA BELTRÁN Y  JESÚS  ALBERTO LIZARAZO VÁSQUEZ, así como el Fiscal designado para el asunto,  en  contra  el  fallo de segunda instancia proferido por el Tribunal Superior de  Barranquilla,  fechado  el  18  de  mayo  de  2006,  mediante  el cual revocó y  confirmó   la   sentencia   proferida   por   el  Juzgado  Penal  del  Circuito  Especializado  de esa ciudad, con fecha del 6 de diciembre de 2005, condenando a  JUAN  ORLANDO CHITIVA BELTRÁN, JESÚS ALBERTO LIZARAZO VÁSQUEZ y ANTONIO YESID  GALINDO  ÁLVAREZ,  en  calidad  de  coautores  de los delitos de concierto para  delinquir  agravado  y concusión, a la pena principal de 175 meses de prisión,  multa  por  el equivalente a ocho mil ciento cincuenta y cinco salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes,  e inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  por lapso igual al de la pena privativa de la libertad. De  igual  manera, fueron absueltos CARLOS ALBERTO ALMANZA PEÑUELA, Y JUAN BAUTISTA  SANDOVAL  CHARRIS, de los delitos de tráfico de estupefacientes, concierto para  delinquir  agravados  y concusión, por los cuales se les acusó; se absolvió a  ALBERTO  ANDREY  CAÑAS  ROJAS,  ALEXANDER  MOLINA COTAMO y ANTONIO DE LOS REYES  SARMIENTO  DÍAZ,  de  los  punibles  de tráfico de estupefacientes y concierto  para  delinquir  agravados; y también se absolvió a CARLOS ENRIQUE ROMERO VEGA  y   ERNESTO   CARLOS   ESCORCIA   NIEBLES,   de   los  delitos  de  tráfico  de  estupefacientes,  concierto para delinquir y homicidio agravados. Por último, a  los  condenados  se  les negaron los subrogados de la suspensión condicional de  la ejecución de la pena y prisión domiciliaria.   

LOS HECHOS  

En  resumen  de  lo  consignado  sobre  el  particular en el fallo de primera instancia, el Tribunal consigna:   

“A  raíz de la muerte y hallazgo  de  los  cadáveres  de ÁNGEL GUILLERMO LEÓN SÁNCHEZ y JAIRO MARTÍNEZ VELÁSQUEZ  se  iniciaron  las  respectivas investigaciones, las cuales se activaron a raíz  de  un artículo de la revista CAMBIO en donde se daba cuenta de los motivos por  los  que  se  llamó  a calificar servicios al General de la segunda brigada del  ejército  GABRIEL  RAMÓN  DÍAZ  ORTIZ,  lo que pareciera tener relación, sin  embargo,  con actos de corrupción de la Policía Nacional Atlántico, ante todo  lo  cual  habría  reaccionado  la Fiscalía General de la Nación iniciando dos  procesos ante la UNAIM  de Bogotá.   

“El  meollo  del  asunto  radicaba  en que  varios  integrantes  de  la  Policía  Nacional   habrían  interceptado un  cargamento  de  más  de  dos  mil  kilos de cocaína, el cual habían negociado  seguidamente,  con  los  mismos  dueños de él, por varios miles de millones de  pesos.   

“Todo  ello habría dado lugar a la muerte  de  los  señores  ÁNGEL  GUILLERMO LEÓN SÁNCHEZ, alias “CHANGE”, y JAIRO  MARTÍNEZ  VELÁSQUEZ,  alias  “GORDO”,  dentro  de  un  típico  ajuste  de  cuentas,  en  vista  de  que  estas  personas  actuaban  como informantes de las  autoridades  en  materia  de estupefacientes, pero en esta ocasión le dieron la  información  a la organización que planeaba apoderarse de dicha droga, para al  final  negociarla  con los propietarios. Es decir, según el argot criminal, los  fallecidos “jugaban con la doble…”.   

“Fue  así  como,  sigue  diciendo la juez  a(sic)  a-  quo,  en  medio  de  los  rumores  que  se  suscitaron  en  diversas  instituciones,  como  el  GAULA,  SIJIN  y CIPOL, surgió un declarante conocido  como  JAIME PÉREZ CHARRYS, quien testificó ante la fiscalía el siete de julio  de  dos  mil tres, y entonces la investigación previa se transformó en sumario  y  se  ordenaron  capturas  y detenciones contra varias personas, algunas de las  cuales concurren a este juicio como acusados”.   

DECURSO PROCESAL  

La investigación formal fue abierta el 18 de  septiembre de 2003.   

Acorde con ello, el 22 de septiembre de 2003,  se  recibió  la  indagatoria  de  ANTONIO YESID GALINDO ÁLVAREZ y JUAN ORLANDO  CHITIVA  BELTRÁN;  El 24 de septiembre se practicó igual diligencia con CARLOS  ENRIQUE  ROMERO  VEGA,  y  ANTONIO  DE  LOS  REYES  SARMIENTO  DÍAZ;  el  25 de  septiembre  de  2003,  se  escuchó  en  indagatoria  a  ERNESTO CARLOS ESCORCIA  NIEBLES  y  ALBERTO  ANDREI CAÑAS ROJAS; la injurada de JESÚS ALBERTO LIZARAZO  VÁSQUEZ,  tuvo  lugar el 9 de 0ctubre de 2003; igual ocurrió con JUAN BAUTISTA  SANDOVAL  CHARRIS,  el  23  de  octubre  de  2003; el 4 de noviembre de 2003, se  recabó  la  injurada  de CARLOS ALBERTO ALMANZA PEÑUELA; y, el 10 de noviembre  de  2003,  fue  escuchado  en  indagatoria  ALEXANDER MOLINA COTAMO.                

En  contra de todos los procesados se impuso  medida  de  aseguramiento de detención preventiva sin beneficio excarcelatorio,  de la siguiente forma:   

-En disfavor de CARLOS ENRIQUE ROMERO VEGA y  ERNESTO   CARLOS   ESCORCIA   NIEBLES  –auto  del  27 de septiembre de 2003-, por los delitos de tráfico de  estupefacientes   agravado,   concierto  para  delinquir  agravado  y  homicidio  agravado.   

-ANTONIO DE LOS REYES SARMIENTO DÍAZ, ANDREI  CAÑAS  ROJAS  –en auto del  27   de   septiembre   de   2003-,   y   ALEXANDER  MOLINA  COTAMO  –auto  del 12 de noviembre de 2003-, por  las  conductas punibles de tráfico de estupefacientes agravado y concierto para  delinquir agravado.   

-JUAN BAUTISTA SANDOVAL CHARRIS –auto  del 28 de octubre de 2003-,   y  CARLOS  ALBERTO  ALMANZA  PEÑUELA  –providencia  del  12  de  noviembre  de  2003-, por los ilícitos de  tráfico  de  estupefacientes  agravado,  concierto  para  delinquir  agravado y  concusión.   

-JUAN ORLANDO CHITIVA BELTRÁN, ANTONIO YESID  GALINDO  ÁLVAREZ  –auto del  27  de  septiembre  de  2003-,  y  JESÚS ALBERTO LIZARAZO VÁSQUEZ –auto  del  14  de octubre de 2003-, por  los  delitos  de  tráfico de estupefacientes agravado, concierto para delinquir  agravado y concusión.   

El  17  de marzo de 2004, se cerró de forma  parcial la investigación.   

Acorde con ello, el 9 de agosto de 2004, fue  calificado   el  mérito  de  la  instrucción,  profiriéndose  resolución  de  acusación   en  contra  de  CARLOS  ENRIQUE  ROMERO  VEGA y ERNESTO CARLOS  ESCORCIA  NIEBLES,  por  los  delitos  de  tráfico de estupefacientes agravado,  concierto  para  delinquir  agravado y homicidio agravado; contra ANTONIO DE LOS  REYES  ASARMIENTO  DÍAZ, ALEXANDER MOLINA COTAMO y ANDREI CAÑAS ROJAS, por las  conductas  punibles  de  tráfico  de  estupefacientes agravado y concierto para  delinquir  agravado;  en  disfavor  de  JUAN  BAUTISTA SANDOVAL CHARRIS y CARLOS  ALBERTO  ALMANZA  PEÑUELA,  por  los  punibles  de  tráfico de estupefacientes  agravado,  concierto para delinquir agravado y concusión; y contra JUAN ORLANDO  CHITIVA  BELTRÁN,  JESÚS  ALBERTO  LIZARAZO  VÁSQUEZ  y ANTONIO YESID GALINDO  ÁLVAREZ,  por  los  delitos  de tráfico de estupefacientes agravado, concierto  para delinquir agravado y concusión.   

Ejecutoriada  la decisión, el asunto le fue  repartido,  para  adelantar  la  fase  del  juicio,  al Juzgado Único Penal del  Circuito  Especializado  de  Barranquilla,  el  cual,  después de los trámites  correspondientes,  el seis de diciembre de 2005, emitió sentencia absolutoria a  favor  de todos los acusados, por la integridad de delitos por los cuales se les  acuso.   

    Apelada  la  sentencia  por la  Fiscalía  y  el  Ministerio  Público,  finalmente,  la Sala Penal del Tribunal  superior  de Barranquilla, profirió, el 18 de mayo de 2006, la sentencia objeto  de      impugnación.        

LAS DEMANDAS  

    

1. A  nombre  del  procesado  JESÚS  ALBERTO LIZARAZO VÁSQUEZ.     

Dos   son   los   cargos  que  plantea  el  casacionista  en  contra  de la sentencia proferida por el Tribunal, que revocó  el  fallo  absolutorio  emitida  por  el  Juzgado  Especializado,  y en su lugar  condenó  al  procesado  como  responsable  de  los  delitos  de  Concierto para  delinquir agravado y concusión.   

CARGO PRIMERO  

Ataca  la  sentencia,  dentro  de  la causal  tercera,   por entenderla dictada en un juicio viciado de nulidad, producto  de la violación al debido proceso.   

En   desarrollo   del  cargo,  destaca  el  recurrente  cómo en el asunto se ordenó apertura de investigación preliminar,  decretándose  la  práctica  de algunas pruebas, el 11 de julio de 2003. Dentro  de  ese  espectro  probatorio, se significó necesario recoger un testimonio que  daría  cuenta  del  proceder  de  algunos  agentes  de policía, entre ellos el  acusado.   

A su vez, se continuaron allegando elementos  de  juicio  encaminados  a  corroborar  no  sólo  la  participación  de varios  uniformados en los hechos, sino su cabal identificación.   

Acorde  con lo publicado en varios medios de  comunicación,  algunos de los presuntos involucrados, entre ellos el procesado,  solicitaron  a  través  de  sus  apoderados,  el  16  de  julio de 2003, se les  escuchara en versión libre.   

Dicha solicitud fue objeto de decisión de la  fiscalía,  significándose  necesario  diferir  el  trámite  de  las versiones  libres,   hasta  tanto  se  cumplieran  los  presupuestos  materiales  para  ese  efecto.   

Destaca  el  casacionista  que  si  bien, la  investigación  preliminar  fue  ordenada el 11 de julio de 2003, desde antes de  esa   fecha   se   “…venía  con  investigaciones  preliminares”.   

Ya  abierta  la  investigación  preliminar,  prosigue  el recurrente, el día uno de agosto de 2003, se ordenó practicar una  prueba  de  inspección  judicial en la Procuraduría General de la Nación, con  el  fin  de  recoger  la  dirección y abonado telefónico de los miembros de la  Policía  Nacional,  presuntamente  involucrados  en  los  hechos, para después  elaborar   un   álbum   fotográfico  que  permitiera  realizar  diligencia  de  reconocimiento.   

Ello, resalta el demandante, no empece que  desde  el  7  de julio de 2003 y en múltiples declaraciones posteriores, uno de  los testigos ya había mencionado a estas personas.   

Sobre este particular, agrega el impugnante,  en  la  parte  motiva del auto de apertura de la instrucción, expedido el 18 de  septiembre  de  2003,  se  advirtió  de la solicitud de que se les escuchara en  versión  libre,  planteada  por  algunos  de los procesados, anotándose que el  material  probatorio  recopilado  con  posterioridad,  indica necesario abrir la  investigación  y ordenar la captura de los vinculados, a efectos de asegurar la  comparecencia de estos al proceso.   

Estima el recurrente, acorde con el recuento  anterior,  que la fiscalía violó la normatividad y jurisprudencia establecidos  respecto   del  instituto  de  la  investigación  previa,  particularmente,  lo  ordenado  por  el  artículo 81, inciso 5°, de la Ley 190 de 1995, que ordenaba  notificar   a   los   imputados   conocidos  la  iniciación  de  este  trámite  preliminar.   

Trae    a   colación   el   demandante,  jurisprudencia  de  la  Corte  Constitucional, en la cual se determina necesario  tutelar  el  derecho  de defensa y su correlato de controversia probatoria desde  la fase preliminar del proceso.   

Asevera  que  esta posición se ha reiterado  pacífica  y  permanece  inmutable en el cometido de procurar a favor de quienes  son  indagados,  el  derecho a “…defenderse de las  imputaciones  que se les haga y a controvertir las pruebas que se aduzcan en sus  (sic)  contra,  a  presentar  sus  versiones de los hechos y las pruebas que las  sustenten”.   

Destaca  el  casacionista, que la fiscalía,  desde  el  momento  de  abrir la investigación previa, conocía la identidad de  los  procesados,  gracias  a  los  informes  periodísticos, a las declaraciones  tomadas  anteladamente  a  un  testigo  y  a  la  misma  solicitud de que se les  escuchara  en versión libre, planteada por los acusados con el señalamiento de  su identidad y ubicación.   

En  otro apartado de la demanda, después de  plantear  hechos  que sustentan el segundo cargo presentado contra la sentencia,  el  recurrente  significa  violado,  respecto  de  la presunta causal de nulidad  destacada,  el  artículo 29 de la Constitución Nacional, el inciso segundo del  artículo  325  –no dice de  qué estatuto-, y los artículos 322, 324 y 334 del C. de P.P.   

A  renglón seguido, dentro del acápite que  rotula   “DESARROLLO”,   hace   un  nuevo  recuento  del  trámite  procesal  adelantado  en  la fase de investigación previa, para concluir que “toda  la  actuación  desde  la  Investigación  Previa hasta el  juicio,  está  incurso  (sic) en la Causal Tercera del Art. 207 del C. de P.P.,  porque se instruyó y se juzgó viciado de nulidad”.   

CARGO SEGUNDO  

Acusa   a  la  sentencia,  el  censor,  de  violación  indirecta de ley  sustancial, por error de derecho, motivado en  un  falso   juicio  de  legalidad,  en lo que toca con lo declarado bajo la  gravedad  del  juramento  por el general  Gabriel Ramón Díaz Ortiz,   la  ampliación  de declaración jurada,  indagatoria y ampliación de esta  recabadas  a  Leonel  Alberto  Romero Osorio, y las varias declaraciones juradas  surtidas por Jaime Alberto Pérez Charris.   

El   demandante  resume  lo  que  entiende  contienen  todas  estas  dicciones  y a renglón seguido delimita cuáles fueron  las  conclusiones  a  las  que llegó el Tribunal respecto de cada una de ellas,  para  terminar  significando  que  en  el fallo no se tuvieron en cuenta algunas  supuestas  contradicciones  en  las  que  incurrió  el  primero de los testigos  citados,  y  pasó  por  alto  varias  de las afirmaciones del declarante Leonel  Alberto Romero Soto.       

Por  virtud  de ello, entonces, solicita se  case  el  fallo,  para  que  en  su  lugar se absuelva al procesado “y  el consecuente reconocimiento a su favor de la duda razonable  imperante”.   

2- Demanda a nombre de ANTONIO YESID GALINDO  ÁLVAREZ.   

Se  releva  la sala de resumir el contenido  del  escrito  en  cuestión, toda vez que, correspondiendo al mismo defensor que  signa  la  demanda  anterior,  se  transcribe  literalmente  esta, con la única  modificación     referida     al     nombre    del    procesado    –en   algunas   ocasiones   se  agregan  palabras,  ni  siquiera  líneas  o  párrafos enteros, que en nada inciden para  diferenciar  los  libelos-,  de quien se pregona la misma situación fáctica y,  desde  luego,  similares  violaciones  a  las aducidas en precedencia, a más de  plantearse iguales pretensiones.   

3- Demanda a nombre de JUAN ORLANDO CHITIVA  BELTRÁN.   

Después  de  advertir  que  su  demanda se  encamina  a  demostrar  materializadas  las causales contenidas en los numerales  1°,  2° y 3° del artículo 181 del “NUEVO CÓDIGO  DE  PROCEDIMIENTO PENAL”, significa el recurrente que  el  trámite  contenido  en este cuerpo normativo, a más de hallarse vigente en  la  ciudad  de  Bogotá,  “es  más favorable a los  intereses   procesales   de  mi  defendido”,  motivo  suficiente   para   invocar  su  aplicación  en  desarrollo  del  principio  de  favorabilidad dispuesto en el artículo 29 de la Carta Política.   

Seguidamente, en lo que denomina “HECHOS Y  ANTECEDENTES   NECESARIOS”,   el   demandante  hace  un  recuento  de  lo  ocurrido,  las  pruebas  recopiladas, criticando el valor de algunas de ellas, y  de  la  decisión  de primera instancia, en la cual se absolvió al procesado de  los  delitos  por  los que se le acusó, para contraponerla a lo expuesto por la  segunda  instancia,  en  cuanto  revocó la sentencia y condenó a varios de los  vinculados.   

Advierte el demandante, a renglón seguido,  que  las críticas efectuadas al análisis probatorio realizado por el Tribunal,  determinan    la    existencia    de   violación   directa   del   “Derecho  Sustancial”, por un error de  hecho,  debido  a  que  el Ad quem, “no apreció las  pruebas en su conjunto”.    

Entiende  necesario  el casacionista, pues,  resaltar  como  antecedente necesario, que no existía sustento probatorio   oportuno  y  legalmente  recaudado  para  condenar  al  procesado,  entre  otras  razones,  porque  se ignoró una prueba, inspección judicial, que controvertía  lo  dicho  por  los testigos de cargo y se vulneró el derecho de defensa de los  enjuiciados,  dado  que se desatendieron sus solicitudes de que se les recibiera  versión libre.    

Seguidamente,  el  impugnante  realiza  una  disertación  acerca  de  lo que debe entenderse como mero azar, para derivar de  ello  que  “los limpios antecedentes de mi defendido  impiden  que  sea tenido como coautor de los punibles investigados; todo ha sido  para  su  infortunio,  producto  del  azar  o  de  la casualidad….”.   

   

Ya  en  lo  que  corresponde al fondo de su  demanda,   el   casacionista   plantea   como   materializadas   las  siguientes  causales:   

CARGO PRIMERO  

Lo  fundamenta  el  demandante en la causal  primera  del  artículo  181  de  la  Ley  906  de  2004, referida a la falta de  aplicación,  interpretación  errónea, o aplicación indebida de una norma del  bloque  de  constitucionalidad,  constitucional  o  legal,  llamada a regular el  caso.   

En  desarrollo  de  ello,  advierte  que se  violó  el  derecho  del  procesado  a  conocer  “la  acusación  formulada  para  evitar la indefensión”,  dado  que  no  se atendió a lo solicitado, en la investigación preliminar, por  varios  de los vinculados, reclamando se les escuchara en versión libre, acorde  con  lo  dispuesto  por  los  artículos  325,  inciso  2°,  y  334  del  C. de  P.P.   

Con dicha omisión, significa el recurrente,  se  pasó  por  alto  la  jurisprudencia  expedida sobre la materia por la Corte  Constitucional, cuyos apartes pertinentes transcribe.   

En  el  mismo  cargo,  pero  abordando otro  asunto,  el  casacionista  señala  que  “no existe  vinculación   judicial   y   correlación   entre  la  acusación  y  la  misma  sentencia”,  debido a que el Tribunal estaba obligado  a  verificar  “si  existía  correlación  entre el  escrito  de  acusación  y  solicitud  de la fiscalía para el juicio oral y las  pruebas   que   debieron   surtirse   en   este   juicio  oral”,  asunto   que   fundamenta   manifestando  que  la  fiscalía  jamás  demostró  cubiertas  las  conductas  o verbos rectores que integran los delitos  por los cuales se le condenó.   

Debió  el  Ad  quem, afirma el recurrente,  aplicar  el principio In Dubio Por Reo, para desechar la declaración fantasiosa  de   uno  de  los  testigos  de  cargos.  Como  no  se  hizo  así  “ello  conlleva  el que la sentencia de segunda instancia no solo  está  afectada  por  un  error  de  hecho  según  la  doctrina; también está  afectada  gravemente  de  un  error  de  derecho por falta de aplicación del in  dubio  por  reo,  el  cual  es  una  norma  de derecho sustancial”.   

Seguidamente,   expone  el  libelista  su  concepto  acerca del principio de imparcialidad del juez para derivar, sin mayor  desarrollo  argumentativo,  en  que  la  sentencia  atacada  acusa  “UN  FALSO JUICIO DE EXISTENCIA y una presunción de presunciones  que  conforme  el  aforismo  jurídico  resultan  inadmisibles y contradicen los  fundamentos  filosóficos  o teleológicos del sistema penal viniendo a ser esta  condena  un  imposible lógico. En síntesis, la sentencia de segunda instancia,  rompe  y  quebranta  las reglas de la carga probatoria, aplicables objetivamente  lo  cual vulnera las garantías o derechos fundamentales, expresando sin lugar a  dudas  una interpretación errónea y una aplicación indebida de las normas del  bloque  de  constitucionalidad  que  regulan  la  materia;  por esta simplísima  razón, demando casar la sentencia”.   

CARGO SEGUNDO  

Aduce  el  demandante que se desconoció el  debido  proceso  por  afectación  sustancial de su estructura y de la garantía  debida a su defendido.   

En soporte de lo manifestado, el recurrente  señala  que  a  partir  de  la  “observación de la  conducta  punible”,  el  juzgador  debe  extraer los  elementos    de   tipicidad,   antijuridicidad   y   culpabilidad   “y  no  puede  el  juez fundar la imputación de forma genérica,  dentro  del  orden  de  lo  subjetivo no siéndole dable edificar la imputación  sobre el resultado antijurídico”.   

Estima  el demandante, sobre el particular,  que  el  Tribunal ha partido de suposiciones que carecen de respaldo probatorio,  dando credibilidad al relato fantasioso de un testigo.   

En  este sentido, destaca el recurrente que  su  defendido  jamás ejecutó alguna conducta penalmente reprochable, y así lo  reconoció  la  sentencia  de primera instancia, obrando, entonces, incongruente  lo  decidido  en  segunda instancia por el Ad quem, motivo por el cual, dado que  ello viola el debido proceso, debe quebrarse la sentencia.   

CARGO TERCERO  

Lo  resume  el  demandante en el manifiesto  desconocimiento  de  las reglas de producción y apreciación de la prueba sobre  la  cual  se  ha  fundado  la  sentencia,  conforme  lo establecido en la causal  tercera del artículo 181 de la Ley 906 de 2004.   

Para   soportar    sus  asertos,  el  casacionista  transcribe  el  alegato  presentado  por  su antecesor en el cargo  durante   la   audiencia   pública   de  juzgamiento  realizada  ante  el  juez  especializado,   en   el   cual   analiza  la  prueba  recogida,  criticando  la  credibilidad de lo expresado por el testigo principal de cargos.   

A  renglón seguido, sostiene el recurrente  que  jamás se estableció un nexo de causalidad entre la existencia de la droga  y   la   conducta   atribuida   a   su   representado   legal,   y  “la  fiscalía  por tanto subrepticiamente y para sorprender a la  defensa  pretendió corregir el informe yéndose por las ramas para no continuar  en  la  ausencia  de  pruebas  en  que estaba, lo cual determinó la producción  irregular    e    inconstitucional    de    una   prueba   y   sitúa   a   este  proceso”, dentro de la causal alegada.   

La irregularidad destacada, agrega, llevó a  que  el  Tribunal  eludiera  el  debate  jurídico,  incumpliendo  su  deber  de  absolver,  pues,  “a lo sumo solo podía llegarse a  un  IN  DUBIO  PRO  REO”.  También, se incurrió en  violación  del  principio  de  congruencia, ya que al Tribunal le estaba vedado  suplir  la  carga  de  la prueba de la fiscalía, no obstante lo cual, introdujo  nuevas conductas que no fueron alegadas por la fiscalía.   

Como quiera que el Tribunal no advirtió las  “inverosimilitudes y contradicciones”,  del  testigo de cargo, debe concluirse que el fallo no se soporta  en  pruebas  legal  y  oportunamente  producidas,  por  lo  tanto,  solicita  el  impugnante, ha de casarse el mismo.   

En  otro  orden  de ideas, dentro de lo que  titula  “Otras  consideraciones,  que  sustentan la  causal  tercera”, el libelista cita amplios apartados  de  las  argumentaciones  probatorias  consignadas en la sentencia atacada, para  contraponer  a  ellas  su particular visión de lo acontecido, hasta definir que  el  Ad  quem  apreció  de  manera  errónea  y  equivocada  el acopio suasorio,  incurriendo en la violación a la causal tercera alegada.   

Por    último,   bajo   el   epígrafe  “PRUEBAS”,  el  casacionista  solicita “tener como tales y decretarlas”,  las   varias   declaraciones  del  testigo  Jaime  Alberto  Pérez  Charris,  en  confrontación  con  lo declarado por el General Díaz, y otros medios recogidos  en  el  plenario.  Ello,  además,  contrastado  con  lo  solicitado  durante la  investigación  previa  por  los  imputados y sus defensores, para que con estas  últimas se verifique la violación del derecho de defensa.   

Agrega, a título de petición especial, que  su  propósito  es  obtener  la revocatoria de los cuatro primeros numerales del  fallo  atacado,  para  que  se  decrete  la absolución de su representado legal  “y   solidariamente   la  de  sus  compañeros  de  infortunio”.    De   igual   manera,  que,  en  seguimiento  de lo dispuesto en la Ley 906 de 2004, se le convoque oportunamente  para sustentar la demanda de casación.   

4.   Demanda  presentada  por  el  Fiscal  Delegado.   

         

Acorde  con  la  que  fuese  materia  de  apelación   en  contra  de  la  decisión  de  primera  instancia,  señala  el  demandante  que su pretensión básica se encamina a que se case parcialmente la  sentencia  proferida  por el Tribunal Superior de Barranquilla, a efectos de que  se  condene a la totalidad de acusados, por todas las conductas punibles por las  cuales  se  les  convocó  a  juicio,  solicitud  que  soporta a través de tres  cargos.    

         CARGO  PRIMERO   

Con  fundamento  en  la  causal tercera del  artículo  207  del C. de P.P., se acusa a la sentencia de haber sido emitida en  un  juicio  viciado  de  nulidad por violación al debido proceso, remitida a la  que  estima  el  censor  falta  de  motivación  de  las sentencias de primera y  segunda instancias.   

En sustento de su afirmación, el impugnante  asevera  que  la  sentencia  proferida por el Tribunal pasa por alto referirse a  “todos  los  extremos  de  la  relación  jurídico  procesal”,   basándose, pese a la amplia prueba  recabada  en  el expediente, únicamente en tres testimonios, no obstante que en  la  resolución  acusatoria la fiscalía se refirió a todos y cada uno de estos  elementos  de  juicio,  en  los cuales sustentó su solicitud de condena para la  totalidad de acusados.   

Por ocasión del yerro, agrega el censor, la  sentencia  significó  que  la  fiscalía  basaba  la  acusación  apenas  en un  testigo,  Luis  León Sánchez,  pretermitiendo así toda la argumentación  que  soportaba  la tipicidad de los varios punibles atribuidos a los procesados,  en especial el delito de tráfico de estupefacientes.   

Sobre  este  punto,  hace ver el recurrente  cómo  se  apeló  el  fallo de primera instancia, por significar este que no se  había   demostrado   el  punible  de  tráfico  de  estupefacientes,  del  cual  dependían  las  demás  conductas  despejadas.  Sin embargo, agrega, la segunda  instancia  corrigió el yerro sólo de manera parcial, pues, se condena apenas a  tres  de  los  procesados,  en  quienes hace radicar el delito de concierto para  delinquir,  aunque  no  con  base  en  la argumentación central de la fiscalía  –vinculación permanente de  los  acusados  con  actividades  de  narcotráfico,  a  partir de la alianza con  grupos  de  autodefensas-,  sino  por  ocasión  de  otros  hechos  si se quiere  accesorios  –devolución de  un cargamento de cocaína a sus dueños-.   

Entiende inconcebible el demandante, que las  pruebas  hayan  servido  para  condenar  a  tres  de los procesados pero no a la  totalidad  de ellos,  “siendo que la situación  fáctica  fue  la  misma”.  A  renglón seguido,  transcribe  tres  pequeños  párrafos  del  fallo de segunda instancia, con los  cuales        pretende        demostrar        que        fue       “simplista”  la  argumentación  del  Tribunal.   

Previa  cita  de  jurisprudencia  de  esta  corporación,  el  libelista  asevera  que la omisión del Tribunal configura la  causal  de nulidad consagrada en el numeral segundo del art. 306 del C. de P.P.,  por   omisión   de  lo  dispuesto  en  el  numeral  cuarto  del  artículo  170  ibídem.   

Por  último,  en  lo  que  toca  con  la  trascendencia  del  yerro  destacado,  el  casacionista  asevera que la falta de  motivación  del  fallo de primera instancia, impidió a la fiscalía conocer el  criterio  que  tuvo  el fallador para desconocer los argumentos de la fiscalía,  encaminados  a obtener sentencia de condena, vulnerando con ello los derechos de  contradicción y acceso efectivo a la administración de justicia.   

Acorde   con   lo  anotado,  solicita  el  impugnante,  se  case  la  sentencia  atacada,  decretándose  la  nulidad de lo  actuado   a  partir  del  fallo  de  primera  instancia,  inclusive.     

CARGO SEGUNDO  

Con  fundamento  en el cuerpo segundo de la  causal  primera,  se  ataca la sentencia por entenderse que viola indirectamente  la  ley sustancial, debido a errores de hecho por falso juicio de existencia por  omisión.   

Anota  el  demandante  que  con  ello,  el  Tribunal  infringió los artículos 232, 233, 234 y 238, del C. de P.P., dejando  de  aplicar,  por  ocasión  de  ello,  los artículos 340, inciso segundo, 376,  384-3, 103 y 104-7, del Código Penal.   

En  desarrollo de la censura, el recurrente  destaca  que  el  Tribunal  se  limitó  a  analizar las manifestaciones de tres  testigos:  General Gabriel Ramón Díaz Ortiz, subcomisario Leonel Romero Osorio  y  Jaime  Alberto  Pérez  Charrys,  entregando  plena  concordancia  a  estas y  fundando  allí  la  responsabilidad  de  JESÚS ALBERTO LIZARAZO VÁSQUEZ, JUAN  ORLANDO  CHITIVA  BELTRÁN  y  ANTONIO  YESID  GALINDO ÁLVAREZ, respecto de los  delitos de concierto para delinquir agravado y concusión.   

Ello implicó, acota el demandante, dejar de  valorar  varios  apartados  de los testimonios en cita y omitir considerar otras  pruebas, así reseñadas:   

-Respecto   del  delito  de  tráfico  de  estupefacientes  por  el  cual se acusó también a los tres condenados, si bien  el  Tribunal  advirtió,  en  censura  al A quo, que no era posible descartar de  plano  la  prueba  documental,  tampoco  hizo  nada,  en la sentencia de segunda  instancia, para darle algún valor a esos elementos de juicio.   

Esa  documentación,  añade  el libelista,  refiere  a  los  informes  de  inteligencia  de  la  Policía,  que “en     realidad     eran     verdaderas    investigaciones    de  campo”,  en los que se hace un recuento detallado de  los  diferentes delitos   y la responsabilidad que en ellos cabe a los  agentes de policía.   

El   primero   de   ellos   determina  la  participación   del   teniente   CARLOS   HUMBERTO   ALMANZA  PEÑUELA,  en  la  incautación  de  la droga y posterior devolución, y cómo después se hicieron  partícipes  de  los  hechos  el capitán JESÚS ALBERTO LIZARAZO VÁSQUEZ, y el  teniente JUAN ORLANDO CHITIVA BELTRÁN.   

Entonces,  argumenta el impugnante, a pesar  de  lo  expresado por el Tribunal acerca de la validez del documento en reseña,  no  le  dio   adecuada  interpretación,  dado  que  advirtió  no hallarse  demostrado     cuándo    ocurrieron    los    delitos    atribuidos    a    los  procesados.   

Algo   similar   ocurre,   señala   el  casacionista,  con  otros  informes  de  inteligencia  aportados  al expediente,  referidos  a  investigaciones  internas  de  la Policía Nacional, en los que se  describen  hechos  puntuales  y  participación de los servidores públicos, los  cuales,  como  lo  manifestó  el  Tribunal,  no  pueden  ser  desconocidos. Sin  embargo,  ello  fue  precisamente  lo  sucedido  con  respecto  a los agentes de  policía absueltos.   

   

-El Tribunal, a su vez, dejó de valorar el  testimonio de las siguientes personas:   

1-Mayor  de  la  Policía  Nacional  Edgar  Vallejo  Castillo,  quien  sabía  de  todas  las investigaciones adelantadas en  razón  de  la  corrupción  policial en el departamento del  Atlántico, y  referencia  al  detalle  todo  lo  ocurrido con la devolución del cargamento de  cocaína,   aseverando   enfáticamente  que  producto  de  las  investigaciones  internas, se desvinculó a los agentes comprometidos.   

2-Coronel  Luis  Ignacio  Acosta González,  para  la  época de los hechos fungía como comandante del GAULA de Barranquilla  y  narra  cómo  a  través del Subcomisario Leonel Romero Osorio, se enteró de  las   irregularidades   suscitadas   por   ocasión  del  decomiso  y  posterior  devolución del cargamento de cocaína.   

3-José  Virgilio Castillo Montero, detalla  todo  lo  relacionado con la situación del personal policial involucrado en los  hechos,  certificando  haber  realizado averiguaciones sobre el tema, algunas de  las cuales sirvieron para elaborar los informes de inteligencia.   

4-Capitán  Nestor  Enrique  Mestre  Ponce,  miembro  del  Servicio  de  Inteligencia de la Policía, capitán Edmundo Pabón  Rivas  y  Subintendente  Rusbel mejía Ayala, quienes conocen del decomiso de la  droga  y  su  devolución.  Algo similar ocurre con el Intendente Gonzalo Gómez  Sanabria,   quien   se  desplazó  a  investigar  el  hecho  y  conoció  de  la  vinculación al mismo de varios de los acusados.   

5-Alex Eider Campo Ortiz, quien identificó  a  varios  miembros  de  la  Policía,  entre  ellos  CARLOS  ROMERO VEGA,   ALEXANDER  MOLINA  COTAMO   y   JUAN  BAUTISTA  SANDOVAL  CHARRI,  que  colaboraban  con  las  Autodefensa Unidas de Colombia, añadiendo que el primero  tuvo que ver con la muerte de alias “Changue León”.   

6-Informe del DAS, en el cual se corroboran  muchos   de   los   datos   entregados  por  el  testigo  Jaime  Alberto  Pérez  Charrys.   

7-Versión   libre   rendida   ante   la  Procuraduría  General  de la Nación, por el General Teodoro Campo Gómez, para  ese  momento  Director  de  la  Policía  Nacional,  en  la  cual advierte de la  destitución  de  varios miembros de la institución, por hallarse comprometidos  en hechos de corrupción no demostrados.   

8-Inspección  judicial  adelantada  en las  oficinas  de  la  SIPOL,  de la ciudad de Barranquilla, en la que se confirma la  razón  de  la  destitución  de  varios  policiales, después vinculados a esta  investigación,   y   su   estrecha  relación  con  grupos  de  autodefensas  y  narcotraficantes.   

9-El  testimonio  de  Jaime Pérez Charrys,  sólo  se  tuvo  en  cuenta  parcialmente por el Tribunal, en lo que toca con el  delito  de  concierto  para  delinquir  por  el  cual se condenó a  JESÚS  LIZARAZO  VELÁSQUEZ,  JUAN CHITIVA BELTRÁN y ANTONIO GALINDO ÁLVAREZ, pero se  desconoció  en  lo que corresponde a los otros delitos por los cuales se acusó  a  estos  y  a  los  demás  vinculados  penalmente.  En este sentido, agrega el  recurrente  “la Sala tuvo en cuenta la declaración  de  PÉREZ  CHARRIS,  para  negar  la  tipicidad  de  la conducta de tráfico de  estupefacientes  (no  de  “narcotráfico” como se consigna en la providencia  recurrida),  sin  embargo, le da valor probatorio para condenar por el delito de  concierto  para  delinquir  agravado  y  concusión   a  tres  (3)  de  los  implicados”.   

A renglón seguido, el impugnante transcribe  apartados  de añeja jurisprudencia de la Corte respecto de la demostración del  delito  de  narcotráfico, pero no plantea ninguna argumentación respecto de su  trascendencia o efectos en torno de lo argumentado precedentemente.   

Ya luego, al analizar la trascendencia de la  que  significa  omisión  del  Tribunal  en  considerar  la totalidad del acervo  probatorio,  el  casacionista  advierte  que  de  haberse  tenido  en cuenta los  elementos   de   juicio   echados   de   menos,   se   hubiese   concluido   que  efectivamente   se  decomisó  un cargamento de cocaína superior a los dos  mil  kilogramos  y que el mismo fue devuelto por personal adscrito al GAULA y la  SIJIN  Barranquilla,  con  la  participación  de  varios  agentes  de  Policía  cabalmente  identificados, los cuales actuaban en connivencia con grupos armados  ilegales  y  no tuvieron reparos, a fin de lograr impunidad, en participar en la  muerte de dos testigos presenciales de los hechos.   

Acorde   con   lo  anotado,  solicita  el  demandante,  se  case  el  fallo  atacado para, en su lugar, emitir sentencia de  reemplazo  en  la  cual  se  condene a todos los acusados de conformidad con los  cargos  presentados  en  el  escrito que calificó el mérito del sumario.    

   

CARGO TERCERO  

También  con  amparo en la causal primera,  cuerpo  segundo,  se  acusa  a  la  sentencia  de violación indirecta de la ley  sustancial,   por   ocasión   de   un  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad.   

En  concreto,  señala el recurrente que el  Tribunal  tergiversó  el  sentido  de lo expresado por el testigo Jaime Alberto  Pérez  Charrys,  al  darle  credibilidad en unos aspectos y negarla respecto de  otros.   

En demostración del cargo, se citan varios  apartados  de  la sentencia controvertida, en los cuales, atinente al testigo en  mención,   señala  el  tribunal  adoptar  una  posición  intermedia,  de  dar  credibilidad parcial a sus dichos.   

Ello,   estima   el  impugnante,  resulta  irregular  y se fundamenta en “…los prejuicios que  el  juzgador  de primera instancia sembró al momento de fallar, asumiendo, como  ya  se  dijo,  una  valoración  intermedia,  carente  de  fundamento  lógico y  jurídico”.   

No le parece comprensible al demandante, que  se  otorgue  credibilidad  al atestante, pero después afirme el Tribunal que la  acusación  vertida  respecto  de  varios  de  los  acusados  es vaga y concluya  advirtiendo  el  fallador  que lo expresado por el testimoniante será tenido en  cuenta  sólo  en  cuanto corrobora lo expresado por el declarante Leonel Romero  Osorio.   

Destaca el impugnante cómo en diligencia de  reconocimiento  fotográfico,  el  testigo  Pérez  Charrys,  señaló  a JESÚS  ALBERTO  LIZARAZO  VÁSQUEZ, JUAN ORLANDO CHITIVA BELTRÁN, ANTONIO DE LOS REYES  SARMIENTO  DÍAZ,  JUAN  BAUTISTA  SANDOVAL CHARRYS, CARLOS ENRIQUE ROMERO VEGA,  ALBERTO ANDREI CAÑAS ROJAS y ERNESTO CARLOS ESCORCIA NIEBLES.   

Por  esta  razón, anota, no es lógico que  sólo  se  condene  a  tres  de  los  reconocidos  por el testimoniante, pero se  excluya  esta  prueba  en relación con los restantes, uno de los cuales, CARLOS  ENRIQUE    ROMERO    VEGA,   incluso   fue   acusado   de   homicidio   por   el  declarante.   

Seguidamente,  analiza  el  recurrente  el  contenido  de lo expresado por el atestante en mención, para después verificar  su   credibilidad,    advirtiendo  coherente,  hilvanada  y  clara  su  manifestación  testifical, la que, además, obedece al conocimiento directo que  tiene  de  lo  ocurrido  en  razón  de  su  militancia  en un grupo criminal de  autodefensas.   

Atinente   a   la   trascendencia  de  la  irregularidad  consecuente  a   la  credibilidad  parcial  entregada por el  Tribunal  a  lo  expresado  por  el  declarante tantas veces referenciado,   destaca  el  recurrente  que  de  haberse  tomado  en cuenta la integridad de lo  manifestado  por  aquel,  necesariamente se habría emitido sentencia de condena  en   contra   de  todos  los  acusados,  de  conformidad  con  los  cargos   presentados  por  la  fiscalía  en  la  resolución  de acusación.     

En  consecuencia,  pide casar la sentencia,  para  que  se dicte fallo de reemplazo de conformidad con lo pretendido desde el  mismo     momento     en     el     cual     se     calificó     el     mérito  sumarial.        

                   ALEGATOS NO IMPUGNANTES   

Dentro del término legal de traslado de las  diferentes  demandas,  los  defensores  de  los  procesados ANTONIO DE LOS REYES  SARMIENTO  DÍAZ,  ALEXANDER  MOLINA  COTAMO  y ERNESTO CARLOS ESCORCIA NIEBLES,  presentaron   dos   escritos   en   los  cuales  piden  no  casar  la  sentencia  atacada.   

Verificados los libelos, se hace evidente  que  uno se copia del otro, aunque se cambian algunos términos en la redacción  y se modifican los nombres de los procesados.   

En  lo  fundamental, los escritos apuntan a  criticar  la  intervención  de  la fiscalía durante todo el trámite procesal,  destacando  que  se  presentaron irregularidades y violaciones de derechos en la  instrucción  y  significando la mendacidad del testigo básico de cargos, Jaime  Alberto  Pérez  Charrys,  en  quien  destacan las inconsistencias de sus dichos  acusatorios,  pues, a través de otros medios probatorios, algunos de los cuales  desmienten  a  Pérez  Charrys, pudo demostrarse que los procesados absueltos no  participaron en las conductas que se les atribuyen.   

            CONSIDERACIONES DE LA CORTE   

        Desde   antaño   ha   establecido   la  Sala,  en  punto  del  rigor demandado consignar en la demanda de  casación,  que no se trata  de  recrear  una  especie de tercera instancia que sirva de escenario adecuado a  la  controversia ya superada de las instancias, en la cual se pretende anteponer  el  particular criterio o valoración probatoria, a aquel que sirvió de soporte  a  la  decisión  de  los jueces A quo y Ad  quem,  entre  otras  razones,  porque  a  esta  sede  arriba  la  decisión   judicial   con  una  doble  connotación  de  acierto  y  legalidad.   

        Se  busca,  entonces,  que la dicha presunción sea derribada a través de criterios  claros,  lógicos,  coherentes y fundados, insertos en  el  compromiso  de  demostrar  la  violación  en la cual incurrió el fallador,  suficiente  para  desvirtuar  su  contenido  de verdad, en el entendido de que, de no haberse materializado el  yerro,  otra hubiese sido la decisión, y precisamente  así    se  faculta  trascendente  recurrir  al  mecanismo  extraordinario de  impugnación.   

         Sirvan  de  derrotero  estas  precisiones,  a efectos de abordar cada una de las  demandas   presentadas  para  la  evaluación  de  la  Corte.   

DEMANDAS         PRESENTADAS    A    NOMBRE    DE    JESÚS     ALBERTO     LIZARAZO     VÁSQUEZ     y     ANTONIO YESID GALINDO ÁLVAREZ   

      Como  se anotó al momento de resumir las demandas, el casacionista  realizó,  respecto  de  los  dos  procesados  en  mención,  una transcripción  literal  de los cargos, razón por la cual, observado que no existen diferencias  sustanciales   a   partir   de  las  cuales  sesgar  el  discurso,  la  Corte  abordará  de  consuno las demandas, debiendo entenderse  que lo dicho abarca la respuesta suficiente para ambos casos.   

            Para una mejor comprensión  del  asunto  debatido  y  por  ocasión  de  la  delimitación  consignada en el  escrito,  se hará referencia a cada uno de los cargos propuestos en el mismo, a  efectos   de   destacar   la   impropiedad   que   ellos  encierran.     

         CARGO PRIMERO.   

      El  demandante,  ubicado  en  la  causal tercera, acusa     a    la    sentencia   de   haber   sido   dictada   en  un  juicio  viciado de nulidad,  producto  de  la  omisión  de  la  fiscalía  en  notificar a sus representados  legales, la apertura de investigación previa.   

      Sin embargo,  la  crítica  planteada  por  el  demandante se queda en el estadio de la simple  enunciación,  pues,  por fuera de relacionar el tema y lo que la jurisprudencia  de  la  Corte  Constitucional  ha dicho sobre el tópico,  jamás determina  cómo  esa omisión atribuida al ente instructor causó perjuicio palpable a sus  defendidos  o  a la tarea que en pro de proteger los intereses de estos a él se  le encomendó.   

       Regida  la  nulidad,   dada   su   condición  de  remedio  extremo,  por  el  principio  de  trascendencia    –art.  310-2,   C.  de  P.P.-,  se  hace  necesario  que  quien  la  alegue,  demuestre  materializado  un  daño  concreto  o la violación de garantías fundamentales,  que  hagan  necesario  retrotraer  el  trámite  a  efectos  de  restablecer los  derechos conculcados.   

      De lo contrario,  el  cargo  no  pasa  de  constituir  un  simple ejercicio de constatación de un  hecho,  la  omisión  en  notificar  el  auto  de  apertura de la investigación  preliminar,  por  sí  mismo  intrascendente y, desde  luego, insuficiente para soportar la invalidación solicitada.   

     Incluso, del mismo  recuento  procesal  realizado  por  el  demandante en su escrito, fácilmente se  extracta  que  el  yerro  atribuido a la fiscalía, careció de efectos dañosos  para  los  procesados,  dígase  que la investigación se adelantase  a  sus  espaldas  y se recabara prueba  después  imposibilitada  de  controvertir, por la potísima razón que desde la  apertura   de   esa   indagación  previa,  tuvieron  conocimiento  directo  los  implicados,   por  camino  diferente  a  ese  enteramiento  formal,  de  que  se  adelantaba  una dicha tramitación, por virtud de lo cual de inmediato nombraron  un    profesional    del   derecho   que   los   representase   y   éste  presentó  la solicitud de que se  recabara versión libre a sus asistidos.   

        Así  se  consigna  en  la  demanda,  cuando  se  acota  que   la  apertura de la  investigación  previa  fue decretada el 11 de julio de 2003, y ya para el 16 de  los  mismos  mes  y  año,  se  presentó  la  solicitud  de que se escuchara en  versión libre a los procesados.   

       Evidente  surge,  de  la  relación  temporal citada,    que   por   conducta   concluyente  conocieron  los implicados  de   la   investigación   abierta  preliminarmente  por  la  fiscalía  y  ello  posibilitó  que  oportunamente  se actuase en consecuencia para protección del  derecho a la defensa, nunca periclitante.   

       No se  ve,  entonces, cómo la omisión atribuida al ente investigador, afecta de forma  tangible  a  los  procesados,  ni  el  recurrente  se  ocupó  en  su demanda de  establecer un dicho perjuicio, así fuese tangencialmente.   

        Los  preceptos  constitucionales  y  legales que guían la declaratoria de nulidad en  el  caso  concreto,  examinados  a  la  luz  de la jurisprudencia constitucional  citada  por  el  impugnante, permiten establecer, acorde con lo consignado en la  demanda,  que  ninguna garantía fundamental fue violada y tampoco se afectó la  estructura   básica  del  proceso  con  una  actuación  echada  de  menos,  la  notificación   formal  del  auto  de  apertura  de  investigación  preliminar,  suficiente    y    oportunamente    conocida    por    los   procesados   y   su  defensor.   

       En  este  sentido,  la  pretensión del recurrente no puede facultar se admita la demanda,  si  ha  incumplido  él  con  la  carga  procesal  de demostrar adecuadamente la  naturaleza   y   trascendencia   de   la   violación   pregonada,  significando  específicamente  cómo la ausencia de notificación personal impidió adelantar  la  tarea  defensiva,  sea por desconocimiento de las pruebas que se arrimaban o  en  atención  a  la imposibilidad de controvertirlas o presentar elementos  probatorios de descargo.   

      Incluso,  para  verificar  los efectos de la omisión respecto de la sentencia emitida en contra  de  sus  asistidos,  era  obligación  del impugnante verificar también cuáles  fueron  las  pruebas  practicadas  en  esa  etapa,  o  los  elementos  de juicio  favorables  imposibilitados  de  presentar, y cómo incidió ello en el fallo de  condena,  determinando,  a  su  vez,  por  qué la adecuada controversia no pudo  tener  lugar  en sede de la investigación formal o durante la etapa del juicio.   

          Por  lo  general,  cuando  se  aduce  violación al derecho  de     defensa  con  ocasión a la práctica probatoria realizada  en  la  investigación  previa,  e  incluso  en  la  instrucción,  con absoluto  desconocimiento  del procesado, ello remite a los casos en los cuales se vincula  a  este  como  persona  ausente,  sin  adelantarse  lo  necesario para buscar la  directa comparecencia al proceso.   

        Y  ello  emerge  bastante lógico, si se tiene en cuenta que, en verdad, desconociendo se  adelantaba  determinado  proceso  por una específica conducta, la persona no se  hallaba   en   condiciones   de  conocer  de  primera  mano  la  prueba  que  se  recaudaba en su contra, ni  mucho  menos  controvertirla  o  presentar  otros  elementos  de  juicio  que lo  favorezcan.    

        Asunto,  el  anotado,  bastante  diferente  al  que  delimita lo ocurrido aquí,  conforme lo expuesto en precedencia.   

       Debió el  recurrente,  se repite, establecer la trascendencia de la irregularidad a partir  de  la definición de cada una de las pruebas arrimadas en la fase investigativa  previa,  su  contenido  y  efectos, para luego sustentar cómo ellas no pudieron  ser  controvertidas  en  la  instrucción  o el juzgamiento, o de qué manera en  esas  etapas  resultó imposible allegar los medios suasorios que favorecían la  posición  de  su  representado  legal,  para  después,  como arriba se anotó,  dilucidar  el  efecto  concreto que las pruebas no controvertidas tuvieron en la  sentencia,  en  aras  de  soportar que de eliminarse ellas, la decisión hubiese  sido otra.   

       Como nada  de  ello  efectuó  el impugnante, desconoce la Corte no sólo la forma en   la  cual  se  desarrolló  la  etapa  investigativa  previa,  el  tipo de medios  probatorios  allí  recogidos,  el  conocimiento  que  tuvo  el procesado de esa  tramitación,  la  posibilidad que este y su defensor tuvieron de controvertirla  o  allegar  otros  elementos  de  juicio que los favorezcan y el efecto que ello  tuvo en la decisión reprochada.   

       De soslayo, aunque no se fundamenta dentro del cargo  propuesto,   el  recurrente  advierte  irregular  que  no  se  convocase  a  sus  representados  legales  para  que  rindiesen  versión  libre,  pese  a  haberlo  solicitado oportunamente.   

        Empero,  no  argumenta  el  demandante  cuál  fue  el  efecto concreto que ello  produjo,  entre otras razones, porque relacionó cómo la fiscalía respondió a  lo  pedido,  a  través  de providencia en la cual señaló necesario diferir la  diligencia  “hasta  tanto  se den los presupuestos  materiales  para ser escuchados, según las razones y los términos expuestos en  la parte motiva de esta providencia.”   

        Citado  parcialmente  el  auto  dictado  por  el  ente  instructor,  se  ha  privado a la Corte de conocer  cuáles  fueron  esas  razones  y  términos  expresados  en  la  parte  motiva,  agregando  que  el  casacionista  tampoco  discute  la justeza o legalidad de lo  decidido,  con lo cual, huelga anotar, resulta imposible asumir existente algún  tipo  de  violación  a  derechos  o garantías fundamentales y, desde luego, la  trascendencia   que   ello  pudo  tener.     

         Con  tan  precaria  sustentación  el  cargo,  indefectible   se reporta su  inadmisión.   

       CARGO  SEGUNDO   

        Aunque  el  censor rotula que el cargo se enfila por  los  linderos del error de derecho por falso juicio de legalidad, basta advertir  la   sustentación   del   mismo,   para   verificar  ajena  a  esta  causal  la  crítica.   

         Ocupa   su   escrito  el  casacionista,  de  manera  errática  y  descontextualizada,  en  resumir lo que  presuntamente  dijeron  los testigos de cargo, la supuesta valoración que de lo  recogido       hizo      el      Tribunal,     y     finalmente,  la  que  entiende  mejor  manera de  analizar  la  prueba  en  su  conjunto,  para  concluir  de ello la necesidad de  absolver a sus representados legales.   

         Así  desarrollada  la demanda, evidente surge que se trata ella de un típico alegato  de   instancia   en   el   cual   pretende   el  casacionista  hacer  valer  sus  particulares    inferencias  probatorias,  desde  luego  favorables  a  sus  asistidos,  por  encima  de las que sirvieron de base al Tribunal para fundar la  sentencia  de  condena,  pasando  por  alto  que  a  esta  sede  arriba el fallo  prevalido  de una doble connotación de acierto y legalidad, la cual sólo puede  derrumbarse  a  través  de  la  demostración  lógico-jurídica  de  que en su  análisis      el     Ad     quem     incurrió     en     flagrantes  errores  de  hecho, en tratándose de la evaluación de los elementos suasorios recogidos  en  la  encuesta,  por  falso  juicio de existencia, falso juicio de identidad o  falso raciocinio.   

       Nunca,   sin  embargo,  el  impugnante  precisa cuáles fueron los dichos errores, respecto de  qué  elementos probatorios específicos operaron, cómo se manifiestan ellos en  la  argumentación del Ad quem, y qué efectos tuvieron respecto de lo decidido,  imposibilitando  a la Sala  verificar  efectivamente  materializada  la  violación,  entre  otras  razones,  porque  ni  siquiera  se  citan  textualmente  los apartados de lo dicho por los  testimoniantes   o  de lo consignado en el fallo, que reflejan la omisión,  adición  o  yerro  evaluativo,  limitándose  el  recurrente  a  presentar  una  valoración  libre de lo  que  entiende  dicen las pruebas, por completo ajena a la argumentación sólida  demandada presentar en esta sede extraordinaria.   

      Finalmente,  es  claro  que  el  impugnante,  prevalido de un supuesto error de derecho por falso  juicio   de   legalidad,   que   jamás  desarrolla  adecuadamente  –pues,   en   este  caso,  como  ya  también  pacíficamente  lo tiene establecido la Sala, es menester señalar las  normas  que  regulan los medios irregularmente allegados o excluidos y acreditar  la  forma  en  que  se  produjo  la   transgresión-,  ha  eludido  definir  específicamente     cuál     es     el    error    de    hecho    –falso  juicio  de existencia, falso  juicio  de identidad o falso raciocinio- que le permite significar equivocada la  apreciación  probatoria  adelantada  por  el  Tribunal,  dando al traste con su  pretensión,   dado  que  jamás   identificó   adecuadamente  el  yerro  del  Tribunal,  ni  mucho  menos  fundamentó  su  trascendencia,  a pesar de que en el colofón de la demanda,  aceptando    las    limitaciones    de    su    argumentación,    advierta   lo  contrario.    

         Habrá  de  inadmitirse,  acorde  con  lo  anotado,  el  segundo  cargo  de  los  propuestos  por  el  impugnante en ambos escritos impugnatorios, y como la Corte  no  observa  violación  de  garantías  fundamentales  que imponga dar traslado  oficioso  de  las mismas, se inadmiten en su totalidad las demandas de casación  presentadas  en  nombre  de  JESÚS  ALBERTO  LIZARAZO  VÁSQUEZ y ANTONIO YESID  GALINDO ÁLVAREZ.    

DEMANDA  PRESENTADA  A  NOMBRE  DE  JUAN  ORLANDO CHITIVA BELTRÁN   

            En    primer   lugar,   se   hace   necesario   un  pronunciamiento  respecto de la manifestación efectuada por el demandante en el  sentido   de   que   se   acoge,   en  aplicación  presunta  del  principio  de  favorabilidad,  a  los  presupuestos que sobre la materia casacional consagra la  Ley  906  de  2004,    basado  apenas  en  que  ella rige en Bogotá y  las  normas de procedimiento se reputan de inmediata  aplicación.   

          Una  primera  consideración  que  cabe hacer sobre el tópico, dice relación con la  aseveración  escueta contenida al inicio del libelo impugnatorio, en la cual se  señala  “ya  que  esta nueva norma (la Ley 906 de  2004,  aclara  la  Sala)  es  más  favorable  a  los intereses procesales de mi  defendido”.    

            Sin  embargo,  jamás  el  recurrente  desarrolla su  aserto   estableciendo   cuál   o   cuáles   son  los  aspectos  procesales  o  argumentales que facultan  hacer    la   afirmación,   ni   en   el   curso   de   la    disertación  se permite conocer ello,  desde   luego,   dándose   por  descontado  que  se  cumplen  a  cabalidad  los  presupuestos  formales  que  facultan  recurrir en el caso concreto a este medio  extraordinario  de  impugnación, cualesquiera sea la  normatividad       que      gobierne      la      tramitación      –Ley      600      de      2000,  ó    Ley  906  de  2004-.   

         Diríase,  entonces, que la anunciada asunción de la  normatividad  establecida  en  la  Ley  906  de 2004, tiene por objeto evadir la  obligación     de    presentar    una    adecuada    sustentación    de    los  cargos,     por  entenderse  que  ya,  vigente  ese  texto  en  algunas regiones del país, puede  operar   libre   la   controversia,   sin   que   sea   necesario   significar  el tipo de yerro presentado, la forma en que este tuvo  lugar  en  la  sentencia  atacada  y la trascendencia final del mismo, en lo que  toca    con    la    decisión    estimada    contraria    los   intereses   del  procesado.   

        Sin  embargo,  lejos  de ello, aún dentro de los postulados normativos de la Ley 906  de  2004, se torna indispensable presentar argumentos  lógico  jurídicos  que  cabalmente demuestren la existencia de la violación y  sus  efectos  trascendentes  respecto de la condición del procesado, asunto que  demanda  un  específico  rigor  en  la fundamentación, por completo ajeno a la  presentación  libre  típica  de  las  instancias,  en  tanto, sigue vigente la  connotación  de  acierto  y  legalidad  con  la  cual  llega  a  esta  sede  la  sentencia.   

        Ya  sobre  este  aspecto  se  ha  pronunciado  la Sala reiteradamente, del siguiente  tenor1:   

         “De allí  que  bajo  la  óptica  del nuevo sistema procesal penal, el libelo impugnatorio  tampoco  puede  ser  un  escrito  de  libre  elaboración, en cuanto mediante su  postulación  el  recurrente  concita  a  la  Corte  a la revisión del fallo de  segunda   instancia  para  verificar  si  fue  proferido  o  no  conforme  a  la  constitución y a la ley.   

“Por  lo  tanto,  sin  perjuicio  de  la  facultad  oficiosa  de  la Corte para prescindir de los defectos formales de una  demanda  cuando  advierta  la  posible  violación  de garantías de los sujetos  procesales  o de los intervinientes, de manera general, frente a las condiciones  mínimas de admisibilidad, se pueden deducir las siguientes:   

“1.  Acreditación  del  agravio  a  los  derechos    o    garantías    fundamentales    producido   con   la   sentencia  demandada;   

“2.  Señalamiento  de  la  causal  de  casación,  a  través  de  la  cual  se  deja  evidente tal afectación, con la  consiguiente   observancia  de  los  parámetros  lógicos,  argumentales  y  de  postulación propios del motivo casacional postulado;   

“3. Determinación de la necesariedad del  fallo  de  casación  para alcanzar alguna de las finalidades señaladas para el  recurso en el ya citado artículo 180 de la Ley 906 de 2004.   

“De  otro  lado,  con  referencia  a las  taxativas  causales  de  casación  señaladas  en  el  artículo  181 del nuevo  Código, se tiene dicho que:   

“a)  La  de  su numeral 1º –falta      de      aplicación,  interpretación  errónea,  o  aplicación  indebida  de una norma del bloque de  constitucionalidad,  constitucional  o legal, llamada a regular el caso-, recoge  los  supuestos  de  la  que  se  ha  llamado  a  lo largo de la doctrina de esta  Corporación como violación directa de la ley material.   

“b)  La  del  numeral  2º  consagra  el  tradicional  motivo  de  nulidad por errores in iudicando, por cuanto permite el  ataque  si  se  desconoce  el  debido  proceso  por afectación sustancial de su  estructura  (yerro  de  estructura) o de la garantía debida a cualquiera de las  partes (yerro de garantía).   

“En tal caso, debe tenerse en cuenta que  las  causales  de  nulidad  son  taxativas  y  que  la  denuncia  bien sea de la  vulneración  del  debido  proceso  o  de las garantías, exige clara y precisas  pautas                 demostrativas2.   

“Del mismo modo, bajo la orientación de  tal  causal  puede  postularse  el  desconocimiento del principio de congruencia  entre       acusación       y       sentencia3.   

“c)  Finalmente,  la  del numeral 3º se  ocupa  de  la  denominada violación indirecta de la ley sustancial –manifiesto  desconocimiento  de  las  reglas  de  producción  y apreciación de la prueba sobre la cual se ha fundado  la  sentencia-;  desconocer  las  reglas  de  producción alude a los errores de  derecho  que  se  manifiestan  por  los falsos juicios de legalidad –práctica  o  incorporación  de las  pruebas   sin  observancia  de  los  requisitos  contemplados  en  la  ley-,  o,  excepcionalmente  por  falso  juicio de convicción4,     mientras    que    el  desconocimiento  de  las reglas de apreciación hace referencia a los errores de  hecho   que  surgen  a  través  del  falso  juicio  de  identidad  –distorsión  o  alteración  de  la  expresión  fáctica  del  elemento  probatorio-, del falso juicio de existencia  –declarar   un  hecho  probado  con  base  en  una  prueba  inexistente u omitir la apreciación de una  allegada  de  manera  válida  al  proceso-  y del falso raciocinio –fijación  de  premisas  ilógicas o  irrazonables    por    desconocimiento    de    las    pautas    de    la   sana  crítica-.   

“La  invocación  de cualquiera de estos  errores  exige  que  el  cargo  se  desarrolle conforme a las directrices que de  antaño  ha desarrollado la Sala, en especial, aquella que hace relación con la  trascendencia  del  error,  es  decir,  que  el mismo fue determinante del fallo  censurado.”   

                Plenamente   operantes,   conforme   lo  anotado,  las  normas  que  regulan  el  trámite   de  la   casación  en la Ley 600  de  2000,  serán  ellas  las  que regulen la auscultación de la demanda, en el  entendido  de que las causales citadas por el demandante, si bien corresponden a  la  ubicación  contemplada   en  el  artículo  181 de la Ley 906 de 2004,  también  se  hallan  reguladas  en el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, y en  todos   los   casos  se  hace  necesario  presentar,  como  se  señaló  en  la  jurisprudencia  citada, argumentos suficientes dentro de las pautas nulificantes  o  de   errores  de  hecho  y  de  derecho  desde  antaño  fijadas  por la  sala.   

       CARGO  PRIMERO   

         Inserto en la causal primera del artículo 181 de la  Ley  906  de  2004,  el  demandante pretende entronizar de manera deshilvanada y  confusa,   asuntos  completamente  diferentes  que,  conforme  su  enunciación,  remiten   tanto   a   una  supuesta  causal  de  nulidad,  como  a  la  indebida  interpretación que de las pruebas hizo presuntamente el Tribunal.   

        Es  claro,  acorde  con  el  apartado  jurisprudencial  arriba transcrito, que si de  demostrar  violado  el  debido  proceso y sus correlatos de derecho de defensa y  contradicción,  se trata, ello debe plantearse por la vía de la causal segunda  del  artículo 181 de la Ley 906 de 2004, o mejor, dentro de la normatividad que  rige   la  demanda,  a  través   de   la   causal   tercera   del  artículo  207  de  la  Ley  600  de  2000.   

     Pero, además de  errar  en  la delimitación de la causal, el casacionista ni siquiera postula la  trascendencia  del yerro o qué es lo buscado con su aceptación, limitándose a  significar  que  a  su  defendido no se le recibió versión libre en la fase de  investigación  previa,  no  obstante solicitarlos allí, citando jurisprudencia  de  la  Corte Constitucional en torno del derecho de  defensa y contradicción.   

         Nunca  el impugnante desarrolló el tema, pasando por alto el deber de demostrar  cómo  la  no  recepción  de  versión  libre  impidió  que su representado se  defendiera   adecuadamente   de  los  cargos  o  hiciese  valer  su  derecho  de  contradicción,  ni  mucho  menos, de qué manera ello incidió fundamentalmente  en la sentencia de condena proferida.    

       Mayor  el  desatino,  si  en  sustento  de  su  posición  el casacionista recurrente  advierte que la ausencia de  convocatoria  para  rendir  versión  libre  conduce  a inferir que “…entre  la  sentencia  de segunda instancia y la petición de  condena  que  entraña  la  resolución  de acusación, no existe congruencia, y  tampoco  durante  el  juicio  oral  demostró la fiscalía que la conducta de mi  defendido  estuviese  determinada  por  los  verbos  rectores del concierto para  delinquir  ni  los  de  concusión…”.    

           Absolutamente   incompatible  la  argumentación,  la  carencia  de  un  mínimo  derrotero    lógico    demanda    sin    mayores   preámbulos   inadmitir   el  cargo.   

          Dentro  de  este  mismo  acápite,  el  censor advierte que se ataca el fallo de segunda instancia  porque   “no   existe   vinculación  judicial  y  correlación   entre   la   acusación   y   la  misma  sentencia”,  de lo cual podría inferirse que lo  controvertido  es  la  falta  de  congruencia  entre estos dos hitos procesales,  atacable   a   través  de  la  causal  segunda  del  artículo  207  de la Ley 600 de 2000 –que  tiene  su  par  en  la  causal  segunda  de  la  Ley  906  de  2004-.   

          Empero, ya en la  argumentación  del  cargo,  lejos  de significar el  recurrente  cuál  es la dicotomía en los hechos o su definición jurídica, se  ocupa  de  controvertir  la  prueba  de  cargos  recogida, para significar que a  través  de  ella  resulta  imposible definir materializados los verbos rectores  que  componen  los  delitos  por los cuales se condenó a su representado legal,  concusión  y concierto para delinquir, significando ello, ni más ni menos, que  la  controversia  se  desplazó  desde  el fenómeno de la congruencia, hacia el  estadio  del  error  de  hecho,  aunque nada hizo el  impugnante  por  significar  cuál  fue  el  yerro  de  apreciación  probatoria  atribuido al Ad quem.   

        En  este  sentido,  si  anota  el demandante, conforme su  particular       apreciación      -sostenida  a  través  de  manifestaciones genéricas del tenor de  que  jamás  se  demostró  a su asistido concertándose con otras personas para  cometer  delitos,  aunque  sin abordar la prueba o lo analizado respecto de ella  por  el  Tribunal-, que no  se  demostró  la  preexistencia de la droga ni su cantidad real, no entiende la  Corte   porque   de   ello   concluye   que   el   fallo   atenta   “contra   el   derecho   de  la  no  indefensión”,   o   que   se   violan   los   principios  de  imparcialidad  e  independencia,  ni  mucho  menos, que “la  sentencia de segunda instancia acusa y ostenta un FALSO JUICIO  DE    EXISTENCIA…..rompe    y    quebranta    las    reglas    de   la   carga  probatoria…..expresando  sin  lugar a dudas una interpretación errónea y una  aplicación  indebida de las normas del bloque de constitucionalidad que regulan  la materia”   

       Son,  las  afirmaciones  citadas  textualmente,  una  muestra cabal del desorden argumental  que  puebla  la  demanda,  no  sólo porque se llega a conclusiones ajenas a los  postulados  que  buscan soportarlas, sino en atención a que las manifestaciones  carecen    de    cualquier    soporte   argumental,   fáctico,   probatorio   o  jurídico.   

        Apenas  natural, por ello, que  se inadmita esa confusa mezcla de causales,  ninguna   de   ellas   desarrollada,  insertas  en  el  que  se  rotuló  primer  cargo.   

       SEGUNDO  CARGO   

       Por  la  misma  senda  de la abierta impropiedad entre lo aducido y lo concluido, asevera  el  impugnante  que  se  ha  quebrantado  el  debido  proceso,  pero  soporta  su  tesis  en el hecho de que el Tribunal supuestamente  erró  al  analizar  los elementos de tipicidad, antijuridicidad y culpabilidad,  en  tanto,  “NO PUEDE EL JUEZ FUNDAR LA IMPUTACIÓN  DE  FORMA  GENÉRICA,  DENTRO  DEL  ORDEN  DE  LO  SUBJETIVO  NO SIÉNDOLE DABLE  EDIFICAR LA IMPUTACIÓN SOBRE EL RESULTADO ANTIJURÍDICO”.   

      

      A renglón  seguido,  afirma  el  demandante  que  la  decisión  del  Tribunal  se funda en  suposiciones incoherentes, sin respaldo fáctico o probatorio.   

        Nunca,  sin  embargo,  el casacionista se ocupa de determinar cuáles fueron las  dichas  suposiciones  o  de  qué  manera  el  Ad  quem,  construyó  silogismos  equivocados, obviando siquiera señalar, dado que se  trata  de  una  controversia puramente probatoria, propia del error de hecho, si  el  yerro  se  reputa  ocurrir  en razón a un falso juicio de existencia, o por  virtud  del  falso  juicio  de  identidad,  o corresponde a un falso raciocinio,  delimitando  los  medios  concretos  sobre los que recayó la irregularidad y el  efecto  que  ello  tuvo  en  el  análisis  global  de  pruebas que condujo a la  emisión de sentencia de condena.   

        Tan  caras        falencias       argumentales  apenas  pueden  conducir  a  que  también  se inadmita la  demanda   en   lo   que   corresponde   al   segundo   de   los  cargos  que  la  diseñan.   

       CARGO  TERCERO   

         Completamente  inaceptable,  en  términos  lógicos y jurídicos,  asoma      que      el      recurrente      soporte     el     cargo,         transcribiéndolo  textualmente,  en  el alegato que presentase su antecesor en la defensa, durante  el  cierre de la audiencia de juzgamiento diligenciada por el fallador de primer  grado.   

          Es  que,  si  se  trata  de  derruir,  como  se  anotó  atrás, la doble presunción de acierto y  legalidad  de  que  se  halla  revestida  la sentencia de segunda instancia, que  precisamente  revocó la de primer grado para efecto de condenar a quienes allí  habían  sido absueltos, apenas natural emerge que los cargos  ataquen  directamente  la  providencia,  demostrando  el  yerro  o  violación ostensible que ella contiene.   

           Y   mal   puede  ocurrir  ello, cuando lo aducido es el alegato final de la parte, previo incluso  a  la  emisión  de la sentencia de primer grado, por la potísima razón que no  puede  controvertirse  lo  que  ni  siquiera  se  conoce  porque  aún  no tiene  existencia material.   

         Finalmente,  cuando  el  impugnante hace suyos los argumentos del anterior defensor, no busca  nada  distinto a anteponer su particular criterio de lo que las pruebas arrojan,  al  que  gobernó la decisión del Tribunal, en típico alegato de instancia que  con  mucho  se  aparta  de los rigorismos mínimos establecidos para acceder con  fortuna  al medio extraordinario de impugnación utilizado ahora, soslayando con  ello  la  obligación  de  fijar adecuadamente y en concreto el yerro en el cual  incurrió    el    Ad    quem,    así    como    la    trascendencia   del  mismo.      

       Nada  distinto,  lo  anotado, al método de discusión que adopta el impugnante dentro  del   acápite  rotulado  “otras  consideraciones,  que  sustentan la causal  tercera”,  pues,  luego  de  transcribir  algunas  apreciaciones  probatorias  condensadas  en  el  fallo  atacado,  contrapone  el  casacionista    las    que   entiende   él   mejores   conclusiones,  sin  acertar  a  definir  cuál  es  el  tipo de error de hecho  atribuible     al    Ad    quem    –falso  juicio  de  existencia o de identidad, o falso raciocinio-,  ni  el  elemento probatorio específico sobre el cual recae este, o cómo incide  ello   sobre   el   análisis   probatorio   conjunto   y,  particularmente,  la  trascendencia   que   permite   dejar   sin  efecto  la sentencia de condena.   

         Igual   suerte   que   los   anteriores   correrá  el  tercer  cargo  y  dado  que  la  sala  no  observa  violación  de  garantías  fundamentales  que  obligue dar traslado oficioso de la demanda  presentada  a  nombre  de  JUAN  ORLANDO  CHITIVA  BELTRÁN  ,  se  inadmitirá  esta  en su  totalidad.   

     3-DEMANDA  PRESENTADA  POR LA FISCALÍA GENERAL DE LA NACIÓN.   

            CARGO PRIMERO   

      Lo sustenta  el  demandante  en  la causal tercera –numeral  tercero,  artículo  207 de la Ley 600 de 2000-,  en  el  entendido  de  que  el  fallo  se  dictó  en  un juicio viciado de nulidad,  producto  de  la  falta  de  motivación  de las sentencias de primero y segundo  grados.   

           Al efecto,  destaca  el  censor  que  las  sentencias  atacadas  emergen insuficientes en su  motivación  y  no responden en su totalidad a los argumentos presentados por la  fiscalía.   

           No  obstante,   el   recurrente   incumple   con   su   obligación   de   demostrar  fehacientemente  la  omisión  destacada, como quiera que se limita a significar  cuáles  en  su  sentir fueron los únicos elementos de juicio tenidos en cuenta  por   los   falladores,  pese  a  existir  otros  tantos,  para  arribar  a  las  conclusiones  que  desatienden  lo  solicitado  por el ente instructor, obviando  transcribir     las  solicitudes  en  concreto  y lo que de ellas dijo, o dejó de decir, cada una de  las instancias.   

             En  este  sentido,  la  naturaleza  del  cargo  impone  del censor allegar en su  totalidad  las  solicitudes hechas a las instancias y  los  argumentos  que  sustentaron  cada  una  de las  providencias  atacadas,  transcribiéndolos,  dado  que  sólo  a  partir  de la  verificación  concreta  de  lo  que  las  sentencias  dijeron,     puede  establecer          la          Corte,  si  efectivamente  es  posible  significar   algún   tipo   de  omisión  trascendente  en  punto  de   la  motivación de las mismas.   

            Incluso,  si  se tiene claro que las decisiones de primera y segunda instancias,  conforman  una  unidad  inescindible, corría de cargo del demandante establecer  por  qué  el Ad quem no  suplió  suficientemente  las  falencias  de  la  primera  instancia  o  cuáles  apartados específicos dejaron de tocarse.   

         Y  no  puede  tener  buena  fortuna  la  pretensión  de nulidad del impugnante,  cuando,  finalmente,  el  desarrollo  del  cargo  se  dirige  no a demostrar las  omisiones  o  impropiedades  de  la  motivación,  sino  la  que entiende errada  apreciación   probatoria   del   Tribunal,   gracias  a  lo  cual  absolvió  a  algunos de los acusados y  a    los    tres   condenados   los   exoneró   de  responsabilidad  penal  en varios de los cargos   formulados en su contra.   

     Por este camino,  si  el  censor afirma que las sentencias se abstienen  de  “tocar  aquellos  aspectos  reiterados  por la  fiscalía  –o lo hacen  únicamente  de  manera  tangencial-  respecto  a  la  existencia,  con grado de  certeza,  de  las  conductas  punibles  de tráfico de estupefacientes agravado,  concierto     para     delinquir     agravado,     concusión     y    homicidio  agravado”,  era  menester  que significara cuáles  son   esos   aspectos   reiterados   por  la  fiscalía,  además  de  destacar,  presentándolo  literalmente,  el  apartado del fallo que apenas tangencialmente  se pronuncia sobre el tópico.   

         Y,  si   anota  que  el  Tribunal  ignoró  algunos  medios de prueba “tanto  documentales        como       testimoniales,       esencialmente”,   desvía  su  argumentación  de la causal propuesta,  para  ingresar en los linderos del error de hecho por falso juicio de existencia  por  omisión,  en  cuyo caso era necesario delimitar  todas  y cada una de las  pruebas  pasadas  por  alto,  así  como  su  incidencia  en la sentencia que se  controvierte,  demostrando  que  de haberse tenido en cuenta ellas, otra hubiera  sido la decisión.   

          A su vez, cuando  el  casacionista  significa  que  la apelación al fallo de primera instancia se  debió  a  que  se  entendió  errada  su  valoración  en  lo  que  toca con la  existencia  del  delito de narcotráfico y referencia  “simplista”  la  forma  en  que  el  Tribunal  abordó el acervo probatorio,  trayendo  a  colación  extractos  de  algunos  apartados de la sentencia que no  comparte,  se  halla  lejos de desarrollar el tema de la ausencia de motivación  del  fallo  y busca apenas anteponer su particular concepto de lo que los medios  probatorios   arrojan,   en   práctica  propia  de  un  alegato  de  instancia,  completamente  ajena  a  la  fundamentación  que  ha  de  acompañar el recurso  extraordinario    de   casación.          

           En  consonancia   con  los  evidentes  yerros  argumentales  atrás  precisados,  se  inadmitirá  el  primero  de  los cargos propuestos por la representación de la  Fiscalía General de la Nación.   

             CARGO SEGUNDO   

         Amparado  en  la  causal  primera,  el  demandante  acusa  al  Tribunal de haber  infringido  la  ley  sustancial, producto de plurales errores de hecho por falso  juicio de existencia por omisión.   

        Empero,  al  desarrollar  el  cargo  confunde  y  mezcla  el  censor el error en  cuestión,   con   el   propio   del   falso   juicio  de  identidad   por  cercenamiento,  e  incluso  el  referido  a  la falsa apreciación,  como quiera que, a pesar de partir por  significar  que  el  Tribunal sí consideró los documentos que se dicen echados  de  menos,  ya  después sostiene que no se les valoró adecuadamente o se dejó  de  considerar  lo  trascendente  de  esos  medios  probatorios,  pero  omite el  recurrente,  como  es  su obligación si de demostrar la violación propuesta se  trata,  detallar  en  cada una de las pruebas, citando su lugar de ubicación en  el  expediente  y  el apartado específico, en lo textual, qué fue lo no tenido  en  cuenta,  para  lo  que corresponde al error por falso juicio de identidad, o  cuáles  son  los fundamentos de la ciencia, normas de la lógica o reglas de la  experiencia    pasados    por    alto,    en    lo    atinente   al   error   de  apreciación.   

             Una     dicha  postulación  argumental  no puede ser suplida apenas con el resumen que hace el  demandante  de  lo  que supuestamente dicen las pruebas y fue pasado por alto en  el    fallo,   ni   a   través   de   inferencias  genéricas  respecto  de  cómo  se  demuestra  un  delito  de  narcotráfico,  trayendo  a  colación  jurisprudencia de la Corte.   

         Asoma   equívoco   el   cargo,   entonces,   si   se   anota  que  “el  Tribunal  le  otorga  plena  validez  al  documento oficial  anotado,  aunque  tampoco  extrae  la  consecuencia  que  de  tal validez era de  esperarse:  la  determinación  de  la  época de ocurrencia de los hechos y los  insucesos    desatados   a   raíz   de   ellos”,  en  tanto,  ya no se trata de que el Ad quem hubiese  omitido  considerar  las pruebas o cercenase su expresión fáctica, sino que se  le  asignó  un  mérito  persuasivo  ajeno  a  lo  reflejado  objetivamente, en  desconocimiento  de  los  postulados  de  la  sana crítica, caso en el cual, se  repite,  se  hacía  indispensable  para  el  casacionista   relacionar  en  concreto  cuál  principio  de  la  lógica, regla de la ciencia o máxima de la  experiencia,   fue  violado  o  pasado  por  alto.                  

     

         En  similar  sentido,  conocido ampliamente el valor  limitado  que  tienen los informes de la policía, el recurrente debió explicar  adecuadamente  a  qué  se  refiere  cuando  significa  que  se  pretermitió la  valoración  de  “informes  internos  de  la   policía,   denominados  inapropiadamente  por  la  institución  policial  como  “informes  de  inteligencia y contrainteligencia”, pero que en realidad eran  verdaderas  investigaciones de campo” , dado que ya  la  crítica  parece  enfilarse no por la vía de los errores de hecho, sino del  error de derecho por falso juicio de convicción.   

      Atinente a  la  prueba  testimonial  que  presuntamente  dejó  de  apreciar el Tribunal, el  impugnante  reseña  de  forma descontextualizada lo  que  entiende  trascendente de lo dicho por cada uno  de  los declarantes, pero pasa por alto verificar en concreto qué alcance tiene  lo    omitido    considerar,   en   un   análisis   conjunto   de   la   prueba  recogida, y cómo ello se  inserta allí para variar lo decidido.   

       Mayor  el  desatino,  si  se ha postulado que la supuesta irregularidad impidió condenar a  todos   los   acusados,   por   la  totalidad  de  delitos  despejados  en  el  auto  de calificación del  mérito  de  la  instrucción, emergiendo elemental,  para  la  buena  fortuna  de la controversia, que se discriminase qué dice cada  una  de  las  pruebas  presuntamente  omitidas en su consideración, respecto de  cada  uno  de  los acusados absueltos y  frente a cada una de las conductas  punibles,  para  después  dilucidar la relevancia que ello trajo, especificando  cada   procesado   y   cada  delito,  en  el  conjunto  probatorio  –con   efectos   suficientes   para  modificar  lo  decidido-  no  sin  antes  delimitar  cuál  es el mérito que le  corresponde    al    medio,    conforme    los    postulados    de    la    sana  crítica.      

             Nada   de   lo  referenciado  desarrolló  el recurrente, quien, como se anotó atrás,  de  manera  genérica,  transcribiendo  solamente  algunos  apartados  de dos de los  testimonios,  y  resumiendo  dentro de su particular  óptica  los  demás,  pretende sostener que se  demostró  la  existencia  del  delito  de  narcotráfico y consecuentemente, la  responsabilidad   penal de todos los procesados  en esta y las otras ilicitudes objeto de acusación.   

             También,   por  lo  señalado  en  precedencia,   se   inadmitirá   el    segundo    de   los   cargos   que   soportan   el   escrito  impugnatorio.   

             CARGO TERCERO   

           Dentro  de  la  órbita  de  la  causal  primera,  significa  el  casacionista  que  el  fallo  incurre  en  un error de hecho por falso juicio de  identidad,   radicado   en  la  tergiversación  que  hizo  el  tribunal  de  lo  testimoniado por el declarante Jaime Pérez Charrys.     

          No  obstante,  basta recurrir a los apartados del fallo transcritos por el censor, y  a  lo  que  este controvierte de la deducción probatoria, para verificar cómo,  finalmente, la crítica no se fundamenta en la causal propuesta.   

           En  efecto,  lo  discutido  por  el  recurrente,  no  es  precisamente  que  al  verificar lo dicho por el testigo, el tribunal cercene su  contenido,  dejando  de  apreciar  algunos  aspectos  de  lo  expresado,  ni que  adicionara  la  manifestación  del  atestante  con  hechos  o circunstancias no  referenciadas  por  él,  y  ni  siquiera que tergiversara lo relatado, dándole  una  interpretación  o  significado diferente.   

              Lejos     de  significar  en  concreto qué fue lo adicionado, cercenado o tergiversado por el  Tribunal,  referenciando  específicamente  el apartado de la sentencia que así  yerra,  confrontado  con lo que efectivamente dijo el testigo, forma adecuada de  plantear  y soportar fundadamente este tipo de ataque, el demandante se ocupa de  criticar  el  alcance  dado  por  el  Ad quem al testimonio en cita,  y  llama  tergiversación  a  lo que en estricto sentido lógico jurídico y probatorio, no  es  más  que  la  evaluación  racional que dentro de las normas que regulan la  sana  crítica  hizo  el  Tribunal,  que  claramente,  acorde  con lo citado por el recurrente, se repite,  significó  en  toda  su  extensión  lo  que  dijo  el  declarante –no  lo  tergiversó,  adicionó  o  cercenó-,  pero,  recurriendo  a  estas pautas, advirtió que daba credibilidad  sólo a algunos apartados de lo declarado.   

       Incluso  así  lo  constata  el demandante cuando señala que lo atacado del fallo es que  el    tribunal   adoptó    “una   posición  ecléctica,  si se quiere, intermedia entre lo argumentado reiteradamente por la  fiscalía   y  la  radical  decisión  del Juzgado especializado, frente al  alcance     de    la    declaración    del    citado    testigo.”.   

         Se  controvierte,  emerge  evidente, no la forma en que el Tribunal verificó el  contenido  objetivo  de  lo  dicho  por  el  testigo,  sino  la  valoración, en  términos    de    sana    crítica,    de    su    credibilidad    y   alcances  suasorios.   

     Por  ello, a renglón  seguido   el   casacionista  significa  que  el  Tribunal  asumió  “como  ya  se  dijo,  una  valoración  intermedia,  carente  de  fundamento   lógico   y  jurídico  como  se  pasa  a  demostrar”.   

     La demostración  que  se  anuncia,  en  efecto parte de controvertir la valoración del Tribunal,  destacando  que  si  se dio credibilidad al testigo, en lo que corresponde a las  acusaciones  que  fundamentaron  condenar  a  varios  de los acusados, no podía  limitarse  ella  respecto de los otros vinculados y delitos, así se anotara que  las  primeras  tenían  soporte  en  otros  medios  probatorios  y  las segundas  no.   

        Es  claro,  acorde  con  lo  anotado, que la crítica no se desarrolla por el camino  del  error  de  hecho  por  falso  juicio  de identidad, dado que, repetimos, el  impugnante  obvia  delimitar  qué  fue  lo  tergiversado de lo expresado por el  declarante,  incluso  acepta que el Tribunal consideró la totalidad de lo dicho  por  este,  sino  a  través  del error de apreciación, en tanto, se discute la  valoración  que  el  ad  quem  hizo de la prueba en  comento,    otorgando   credibilidad   sólo   a   algunos   apartados   de   lo  dicho.   

    

       Precisamente,  el texto jurisprudencial o doctrinario  citado    por    el    recurrente    –aunque omite relacionar su origen-,  le  quita  la  razón  en su exposición, como quiera que, si el error examinado  consiste  en  que  el  juzgador  “al  apreciar una  determinada  prueba, falsea su contenido material, bien porque le hace agregados  que  no  corresponden  a  su  texto, porque lo cercena u omite tener   en  cuenta apartes importantes  del  mismo  o  porque  transmuta  o  modifica  su  tenor literal.”,  nada  hizo  el  impugnante  para  demostrar  que  algo  de ello  ocurrió en la sentencia controvertida.   

      Desde luego, no  es  lo  mismo  “cercenar”  que “tergiversar”, pero el demandante utiliza  indistintamente  ambos  términos,   al  punto  de mezclarlos, en contra de  elementales   principios   lógicos,   como  cuando  sostiene  que  “En  conclusión,  al  tomar  sólo  parcialmente  el  testimonio  de JAIME ALBERTO PEREZ  (sic)          CHARRIS,         el         Tribunal         Superior        tergiversó       su  contenido”.   

        Finalmente,  se establece  que   lo   planteado  por  el  casacionista  se  ubica  dentro  de  los  rigores  argumentales  del  error  de  apreciación, y así se  hace  ver  claramente  cuando  sostiene  que  el  Ad quem, en lo que toca con lo  declarado  por  Pérez Charris,  lo descalificó  –no   lo   cercenó,  tergiversó  en  su  tenor literal o adicionó-   “…para   aquellos   eventos   en   que  no  fue  considerado   idóneo   como   el   caso   de   la   responsabilidad   de  los  policiales  en  contra  de  quienes había declarado.”   

        Y   si  ello  es  así, corría de cargo del demandante,  enmarcada  la  discusión dentro del campo de la sana crítica, establecer cuál  fue  la  máxima  de  la  experiencia,  el  postulado  lógico  o  el  principio  científico,  pasados  por alto o violados por el Tribunal, so pena de que, como  en  efecto  ocurrió,  su  planteamiento  no  desborde  los  límites del simple  alegato de instancia.   

       En este  sentido,  si  se  significa  que  el  Tribunal  valoró de forma “intermedia”,       lo  dicho por el testigo, careciendo de fundamento lógico para el  efecto,  era necesario que el demandante desarrollase su postulado estableciendo  cuál o cuáles son esos fundamentos lógicos pasados por alto.   

         Se  quedó  a  medio camino la argumentación del casacionista y ello impide que  la  Corte  conozca  cuál fue, en concreto, la violación en la que incurrió el  Tribunal y cómo afecto ello la decisión atacada.   

            Máxime   que,  como  se  anotó  para  el cargo anterior, tratándose de varios los absueltos y  otros  tantos  los  delitos que se dice dejó de considerar el tribunal, omitió  el   recurrente   discriminar   cómo   los   yerros  –si  se  pasasen  por  alto  las  enormes falencias en su postulación, que  por    sí    mismas    dan    al    traste    con   lo   pretendido-,  afectan  cada uno de los delitos y  específicamente           a          cada          uno          de          los  acusados.         

         Indefectible  surge,  una  vez  analizada  la  demanda  y cada uno de los cargos  presentados    por    el    representante   de   la  fiscalía,      inadmitirla     en    su  totalidad.   

         En  resumen,  como  no  se  observan violaciones a garantías fundamentales, que  obliguen  conocer  de oficio lo actuado, se inadmitirán, conforme lo anotado en  precedencia, las cuatro demandas de casación.   

         En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de  Casación Penal,   

RESUELVE  

         INADMITIR         las  demandas  de  casación  presentadas    por  los defensores   de  los         procesados            ANTONIO  YESID  GALINDO  ÁLVAREZ,  JUAN  ORLANDO CHITIVA BELTRÁN Y  JESÚS  ALBERTO LIZARAZO VÁSQUEZ, así como el Fiscal designado para el asunto,  en  contra  el  fallo de segunda instancia proferido por el Tribunal Superior de  Barranquilla,   fechado  el  18  de  mayo  de  2006.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                                           ÁLVARO  ORLANDO   PÉREZ PINZÓN   

MARINA   PULIDO  DE  BARÓN                                              JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                            JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

MAURO   SOLARTE   PORTILLA                                              JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Auto del 2 de nov.de 2006, radicación 26.089   

2  Cfr.   auto   de   casación   del   24   de   noviembre  de  2005,  radicación  24.323.   

3  Cfr.   auto   de   casación   del   24   de   noviembre  de  2005,  radicación  24.530.   

4 ib.  radicación 24.530     

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