25303(25-07-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 25303  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

         

Magistrado Ponente  

JAVIER ZAPATA ORTIZ  

Aprobado      Acta     No.  130   

Bogotá,  D.C., veinticinco (25) de julio de  dos mil siete (2007).   

DECISIÓN  

Con  el  fin  de  verificar  si  reúne  los  requisitos  formales que condicionan su admisión, examina la Sala la demanda de  casación   presentada  por  el  defensor  de  CARLOS  ALBERTO  POSADA  RESTREPO,  contra el fallo del 23 de  agosto  de  2005,  mediante el cual el Tribunal Superior de Distrito Judicial de  Bogotá,   confirmó  la  sentencia  adoptada  por el Juez 43 Penal del Circuito de la misma ciudad, el 12  de febrero de 2004.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

1. El 26 de marzo de  1994,   en   la   carrera   7   con   calle   100   de   Bogotá,   CARLOS  ALBERTO  POSADA  RESTREPO, quien  conducía   su  vehículo  Mazda  de  placa  HZF-747,  le  causó  la  muerte  a  PEDRO   ALFONSO   GONZÁLEZ   MARTÍNEZ, en el instante que lo atropelló, después huyó.   

2. El 9 de mayo de  2002,  la  Fiscalía Delegada ante los Juzgados Penales del Circuito de Bogotá,  profirió   resolución  de  acusación  contra   POSADA   RESTREPO,   por   el   punible   de   Homicidio  culposo   en  calidad  de  autor,  providencia que fue  recurrida  por  la  defensa  técnica  y  decidida  por  la Fiscalía de segunda  instancia     el     15     de     octubre     de    2002,    al    confirmarla.   

El  12  de  febrero  de  2004,  El  Juzgado  Cuarenta    y    Tres    Penal    del    Circuito   de   Bogotá,   condenó   a  CARLOS  ALBERTO  POSADA  RESTREPO, a la pena principal  de  treinta  y cuatro (34) meses de prisión, multa de dos mil ($ 2.000) pesos y  la  suspensión  en el ejercicio de conducción por un periodo de un (1) año en  calidad  de  autor  material  del punible de homicidio  culposo   agravado.   Como   penas   accesorias   la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por un  tiempo igual al de la pena principal.   

El  23  de  agosto  de  2005,  el  Tribunal  Superior   de   Bogotá,   confirmó   la  sentencia  apelada  por  la  defensa.   

RESUMEN DE LA DEMANDA  

El  libelista advierte que su prohijado fue  condenado   por   el  delito  del  homicidio  culposo  agravado, en donde el decreto 100 de 1980, artículos  329  y  330   tenía prevista una pena de nueve (9) años de prisión y, la  ley  599  de  2000;  109  y 110, también. Desde luego, afirma, que la casación  tiene  que  ser  ordinaria,  toda  vez que la ley 600 de 2000, 205, exige que la  pena debe ser mayor de ocho años.   

Presenta  un  cargo  contra  el  fallo  del  Tribunal   por   violación   directa   de   la   ley   sustancial  “al  aplicar  indebidamente  los  artículos  23 de la Ley 599 de  2000  y  329  y 330 del Decreto Ley 100 de 1980 y dejar de utilizar el artículo  9º  de  la Ley en cita y 121 del Código Nacional de Tránsito (Decreto 1344 de  1970),  por  lo  tanto…  solicita  casar la sentencia y en consecuencia dictar  fallo… absolutorio…”.   

Sustenta  el  ataque  afirmando  que  a  su  prohijado   le   era  imposible  prever  el  resultado  muerte,  “en    la    medida    en    que    la    víctima   contribuyó   a  producirlo”.  Es  por  ello que el juzgador aplicó  indebidamente   el   artículo   23   de   la  Ley  599  de  2000,  “ya  que  no  puede hablarse de previsibilidad cuando es la misma  víctima la que ha violado las normas de circulación”.   

Sostuvo que el fallador no sólo debe tener  en  cuenta  la  conducta  del  procesado  sino  de  la  víctima;  analizando el  incumplimiento  de  las  normas  de  tránsito  como  el exceso de velocidad que  “trae  como  consecuencia  la  no  exigencia  a los  patrones   del   cumplimiento   del   principio   de  confianza…  cuando  lo  que  se  debe  distinguir  es  si a pesar del exceso de  velocidad,  al  analizar  la  conducta de la víctima, en todo caso el resultado  hubiese  sido el mismo, por ello, una interpretación de ese jaez conllevaría a  que  el simple dictamen físico de velocidad podría condenarse a una persona…  con   o   sin   cuidado  el  resultado  hubiese  sido  el  mismo”. (Negrillas fuera de texto)   

Afirmó que no se resolvió el interrogante  a  fin  de  establecer si aún transitando a velocidad  reglamentaria  el  resultado  hubiese  sido  o  no el  mismo,  situación que obvió el juzgador  al  desestimar  el principio de confianza, porque se interrumpió  el  nexo causal, teniendo en cuenta que la doctrina extranjera sostiene que debe  identificarse  la  mayor  intensidad  de  las  aportaciones  causales  entre  el  conductor y el peatón.   

Acepta el demandante que conducir vehículos  es  una  actividad  riesgosa,  lo  que no quiere decir que al llegar a un puente  peatonal    el    conductor    deba   disminuir   la   velocidad,   “situación  que  es  ilógica  y  no  la  prevé la legislación  nacional,  pues  ello  iría  en  contra  del tráfico social y se contrapone al  ordenamiento jurídico”.   

Motiva  su  ataque  en  el  hecho  que  la  imputación    debió  formularse  a  título  de  culpa,  por  cuanto  ha  debido observar el deber de  cuidado      y      de      los      resultados     previsibles     –si     lo    eran-    “no  a  partir  de  una  simple imputación fruto de la relación  causa  efecto,  con  lo  cual  se  desconoce  el  artículo  9  de la Ley 599 de  2000”;   por  tanto,  para  ilustrar a la Sala  realiza  un  recuento  de  la  evolución  dogmática de la teoría causal de la  acción  “a  través  de los tiempos”.   

Indica  que  no  es suficiente la   simple  relación  causal,  que  la  víctima   tenía  la  obligación  de  utilizar  el  puente  peatonal,  que  el  “resultado     muerte     es    innegable    que  aconteció”;   que   debió   establecerse  si  el  fallecimiento  fue producto  de un exceso de velocidad o no, que no siempre  el  resultado  lesivo  le puede ser imputado al conductor porque como lo dijo el  dictamen  a  una  velocidad  de  60 kilómetros por hora también habría podido  producirse   el  deceso,  porque  la  imputación  es  normativa, con lo cual ha debido de aceptársele a su  representado  el  principio de confianza, en el entendido que todas las personas  deben  respetar  las  reglas  de  tránsito,  por  tanto, la víctima debió ser  cuidadosa.   

Por  último,  afirma  el  censor  que  su  defendido  no  tenía  la posibilidad de evitar el impacto y que el resultado en  todo  caso  se  produjera, así la velocidad con la que hubiese transitado fuera  menor  de  60 kilómetros por hora, entonces era imperioso que la víctima no se  expusiera.  Con  lo  que  deduce que el actuar del sentenciado no es reprochable  socialmente,  no pudo evitar el choque y no podía exigírsele la observancia de  otra conducta.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  SALA   

La censura presentada a favor de  CARLOS  ALBERTO  POSADA  RESTREPO,  no  reúne  los presupuestos de coherencia y lógica-argumentativa puntualizados por  la  jurisprudencia  para admitir la demanda. Pues si bien, propone como punto de  partida  para  lograr  la infirmación del fallo de segundo nivel, violación de  la  ley sustancial cuerpo primero del artículo 207 de la Ley 600 de 2000, en su  desarrollo  y  demostración  incurre  en  graves  fallas  que atentan contra la  filosofía que inspira el recurso extraordinario.   

No es un escrito de libre confección con el  que  se pretenda derrumbar la doble presunción de acierto y legalidad que viene  unida  a  los  fallos,  tampoco  es  una  adición  de  ideas en busca de un fin  jurídico  subjetivo  o hipotético del censor para asegurar la demostración de  la  violación de la ley sustancial por vía directa..   

El           primer  yerro  del  actor  consistió en  proponer   como   falta  de  aplicación  un  artículo del Código de Tránsito, Decreto 1344 de 1970, 121  que  reclama de los peatones el respeto por  las señales e indica la forma  cómo  deben  cruzar  las  calles, norma que no tiene la connotación de derecho  sustancial;  además,  en  el fondo el demandante sostiene que debió declararse  inocente    a    su    mandante    con    fundamento    en    una   contravención,     sin    percatarse  –de ser ello cierto- que  el  ataque  tendría  que haberse realizado por incompetencia del juzgador, como  causal  de  nulidad;  inclusive, porque la responsabilidad culposa demostrada en  las  instancias contra su prohijado y alegada en  esas circunstancias en la  demanda, no se desvanece.   

El           segundo   error   del   libelista   lo  determinan  las  afirmaciones  indemostrables que elevó en juicios hipotéticos  producto  de  su  particular  valoración  de  las  pruebas,  las  que ponderó,  cambiándole  el  sentido,  cuestión  que  le  está  vedada  en  casación, en  contravía  del  principio  de autonomía que la rige; como cuando afirmó que a  su  prohijado  le  era  imposible  prever  el  resultado muerte, “en    la    medida    en    que    la    víctima   contribuyó   a  producirlo”;  aceptando  con tal argumentación que  su  poderdante  sí  iba  manejando  el  vehículo  Mazda, cuando el  mismo  sentenciado  afirmó en su injurada todo lo contrario: que le habían hurtado el  automotor,  que no formuló denuncia penal por tal motivo y que los delincuentes  lo  llamaron  y  le dijeron donde ubicar el rodante, para lo cual presentó como  testigo   a   su   amigo   ÁLVARO   SANTIAGO   CANO  CADAVID,  quien  así  declaró.  No  reconociéndole  credibilidad a tales manifestaciones los falladores.   

El           tercer  dislate  consistió en pretender  sobreponer  su  particular  visión  argumentativa  contra  la  expuesta por los  juzgadores  al  afirmar,  por  ejemplo,  que  el exceso de velocidad no marca la  pauta  para  sostener  un fallo condenatorio. Cuando lo valorado por el Tribunal  demuestra   lo   contrario:   “como  iba  a  mayor  velocidad,  ya  ese  peligro  se  tronó desaprobado y por lo tanto es motivo de  atribución     jurídica     de     resultado”1.   

El  cuarto   desatino   se   constata   al  desconocer  el demandante los medios probatorios recopilados en instancia cuando  aseveró  que  el resultado muerte es el mismo haya o no exceso de velocidad, el  cual  hace  depender  de  la conducta de la víctima; argumento sofistico que se  sale  de  todo  contexto,  habida  cuenta  y,  sin  que  se pretenda postular un  argumento  de  fondo,  que  Medicina  Legal  determinó  que  el  conductor  iba  manejando  su vehículo a más de 60 kilómetros por hora, como lo reconoció el  Tribunal.  Si  el actor quería derrumbar la persuasión racional expuesta a las  pruebas   era   su   deber   seleccionar   la   vía  indirecta, por ejemplo, para acreditar falsos juicios  de identidad o falso raciocinio, si se quiere.   

El           quinto   equivoco   se   manifiesta  al  sostener  el libelista que su poderdante es inocente toda vez que la culpa es de  la  víctima  al  no  utilizar  el puente peatonal, con lo cual, el principio de  confianza  quedó  intacto.  Se  evidencia  nuevamente  el  querer  del actor de  cambiarle  la  valoración  realizada por las instancias a las pruebas, al decir  el  Tribunal que “el peatón ya había traspasado el  separador   del   carril   occidental   del   sentido   sur-norte   cuando   fue  atropellado”.   

El           sexto   desafuero  se  materializó  al  ignorar  el  principio  de  trascendencia,  sin  el  cual  el  ataque  queda deficiente, inane, sin fuerza y  cargado  de  subjetividad;  toda vez que al motivarse, como en le presenta caso,  la  teoría  de imputación objetiva, sin que se hubiese demostrado cuál fue el  yerro  del  Tribunal  que   proyectado  en  el  espíritu del fallo hubiese  cambiado su sentido.   

La  confusión  del  actor se manifiesta al  sostener  que  el  delito  imputado  tendría que haber sido a título de culpa;  precisamente  la  resolución  de acusación se enmarcó como delito culposo, la  diferencia    estriba    en    que    pretende    el   demandante   primero  ignorar  la  prueba  legalmente  aportada       y      valorada      a      la      actuación,      segundo cambiarle el contenido y sentido  a   la   misma,   tercero,  proponer  su personal apreciación, cuarto,  achacarle  toda  la  responsabilidad  a la víctima en contra de  todo el material probatorio recaudado.   

Se  verifica,  entonces,  que  el libelista  presenta  una   alegación  producto  de su propia percepción del derecho,  los  hechos  y  las  pruebas  contra lo afirmado por el Juez Colegiado, sin  ninguna  prevalencia en la lógica-jurídica requerida para sustentar la demanda  anunciada  por vía directa,  con  lo  cual  sus  pretensiones  se  alejan  de  la  filosofía  que inspira el  instituto casacional.   

Los  defectos sustanciales enunciados atrás  no  le  dejan  otro  camino a la Sala que inadmitir la  demanda    de    casación,   presentada   a   favor  de   CARLOS   ALBERTO   POSADA  RESTREPO,  de  conformidad con lo preceptuado en el artículo 213 de la Ley  600  de  2000;  sin  olvidar  que,  estudiado  el  proceso,  no se percibe en su  contexto,  que se hubiese violentado alguna garantía fundamental que amerite el  facultativo  ejercicio  de  la  oficiosidad,  en  virtud  de los dispuesto en el  artículo 216 de la misma obra instrumental citada.   

Con   fundamento   en   lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema de  Justicia,   

RESUELVE   

Primero:  INADMITIR  la  demanda  de  casación        discrecional       presentada  a  nombre  de CARLOS ALBERTO  POSADA     RESTREPO.   

Segundo:  Contra  la  presente  providencia  no procede recurso  alguno.   

         

Cópiese,   comuníquese,   cúmplase  y  devuélvase al Juzgado de origen.   

ALFREDO    GÓMEZ  QUINTERO   

Excusa justificada  

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ           MARÍA DEL  ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS   

    

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                YESID  RAMÍREZ BASTIDAS           

JULIO ENRIQUE SOCHA  SALAMANCA            MAURO SOLARTE PORTILLA   

                                                                                  

JAVIER    ZAPATA  ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

        Secretaria     

1 Fallo  Tribunal, folio 20.     

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