22701(26-09-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22701  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº  181  

Bogotá D.C., veintiséis (26) de septiembre  de dos mil siete (2007).   

V   I   S   T   O   S   

La Sala resuelve la admisibilidad del recurso  de  casación  interpuesto  por  el defensor de ALBERTO  ANTONIO  ALARCÓN  GALARRAGA,  contra  la sentencia de  segunda  instancia  proferida por el Tribunal Superior de Montería, el  15  de  abril  de 2004, mediante la cual confirmó la dictada por el Juzgado Segundo  Penal  del  Circuito  de  la  misma  ciudad,  el  26  de noviembre de 2003, y lo  condenó  a  la pena principal de 13 años de prisión y a la sanción accesoria  de  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones públicas por 10  años, como autor de la conducta punible de homicidio simple.   

H E C H O S  

El   juzgador  de  segunda  instancia  los  sintetizó de la siguiente manera:   

“…el día 26 de agosto (2001), en horas  de  la  madrugada  al  billar  denominado  “El  Rancho”   ubicado en el  caserío  “El  Ceibal”,  en Mocaría llegaron 3 sujetos en dos motocicletas.  Uno  de  ellos,  revólver  en  mano,  preguntaba  por  un  sujeto apodado “el  Mocho”  discutiendo  en  el  acto  con  otro  sujeto  que se encontraba en los  billares que respondía al nombre de Juan Carlos Reynel Uribe.   

“Al  no  encontrar al sujeto apodado “el  Mocho”,  los  sujetos que habían llegado al billar en motocicleta salieron de  dicho  establecimiento,  en  donde  también se encontraba Manuel Ramón Escobar  Sotelo,  uno  de  los sujetos al momento que partía en la motocicletas  le  disparó  a  Manuel Escobar Sotelo, impactándolo en la región frontal, impacto  que  le  produjo  la  muerte  en  horas  de  la  madrugada  en el hospital de la  ciudad.   

“Con fundamento en lo anterior Juan Carlos  Reynel  Uribe  procedió  a  instaurar  la  denuncia  correspondiente  ante  las  autoridades  respectivas  y  señalando  en la misma como autor del homicidio al  sujeto     de    nombre    Alberto    Antonio    Alarcón    Galarraga,    alias  Albert”.   

A N T E C E D E N T E S  

1.  Por  los anteriores hechos, la Fiscalía  Segunda  Delegada  ante  los  Jueces Penales del Circuito de Montería, el 22 de  enero  de  2003,  acusó  a  Alberto Antonio Alarcón Galarraga   por   la   conducta  punible  de   homicidio simple.   

2.   El  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  de  Montería, el 26 de noviembre de 2003, dictó sentencia de primera  instancia,  en  la  que condenó al procesado a la pena principal de 13 años de  prisión  y  a  la  sanción  accesoria  de  inhabilitación  para  ejercicio de  derechos  y  funciones públicas por 10 años, como autor de la conducta punible  de homicidio simple.   

3.    Apelado   el   fallo   por   el  defensor,   el  Tribunal  Superior de Montería, el 15 de abril de 2004, al  desatar el recurso, lo confirmó.   

   

Contra  la  anterior  decisión,  el  citado  defensor del acusado interpuso recurso de casación.   

L  A      D  E  M  A N D  A   D E   C A S A C I Ó N   

La  defensa  del  procesado, con base en las  causales  tercera  y  primera  de  casación,  presenta  dos  cargos  contra  la  sentencia, cuyos argumentos se sintetizan de la siguiente manera:   

Primer cargo  

El  citado  defensor,  basado  en  la causal  tercera  de casación, acusa al Tribunal de haber dictado sentencia en un juicio  viciado  de  nulidad,  de  acuerdo  con  lo reglado por los artículos 230 de la  Constitución  Política  y  6°,  9°,10  y  16  del  Código  de Procedimiento  Penal.   

Sostiene  que  la  sentencia  “como    la    máxima   expresión   del   poder   punitivo   del  Estado”,  no  solo  debe  ser  motivada  sino  bien  “motivada”  para   garantizar  el  debido  proceso,  los  derechos fundamentales y, en especial, el  derecho de defensa.   

Afirma  que  los  fallos  de  instancia  no  respetaron  el  ordenamiento  jurídico ni las garantías procesales, por cuanto  que fue  proferida violando normas sustanciales.   

Recalca que la motivación de las sentencias  impide  cometer  arbitrariedades,  toda vez que ésta debe ser un acto personal.   

Comenta que la sentencia impugnada carece de  falta  de  motivación,  en  lo  atinente  al razonamiento jurídico del cual se  dedujo la responsabilidad penal del acusado.   

Manifiesta  que   el  sentenciador  se  olvidó  de   analizar,  exponer, motivar y razonar el caudal probatorio de  su   defendido   y   las   normas   constitucionales,   llegando,  inclusive,  a  discriminarlas.   

Arguye que las probanzas recaudadas  no  demostraban  objetivamente   la  responsabilidad  de su defendido, en tanto  que ésta se soportó sobre la primera versión del denunciante.   

A su  modo de ver considera que se tomó  la  vía  más  fácil,  como  fue  la de condenar con  suposiciones, en la  medida  en  que  no  se  evaluó  la parcialidad del denunciante, dado que si se  hubieran   verificado  los  demás   medios  probatorios  con  “seguridad   la  decisión  hubiese  sido  absolutoria”.   

Añade    que   no   se   hicieron   las  correspondientes  indagaciones  con  respecto, entre otros, a la reconstrucción  de    los   hechos,   consumo   de   alcohol    y    los  debidos  reconocimientos  personales,  carga  probatoria que estaba en cabeza del Estado.  Resalta  nuevamente  que  la  sentencia  carece  de  motivación,  así  como la  resolución de acusación.   

Reitera   que   no   se   evaluaron   las  contradicciones    del  denunciante  Juan  Carlos  Reynel,  situación  que  condujo    a    la    falta   absoluta   de   motivación   probatoria   de   la  sentencia.   

Considera que el sentenciador “violó,  quebrantó  y  desconoció” los  lineamientos   establecidos  por  los  artículos  232 y 238 del Código de  Procedimiento  Penal  y,  por  ende,  el fallo se dictó en un juicio viciado de  nulidad,  en  tanto  que la inferencia lógica que sirvió de sustento al juicio  de   condena   a  “ALBERTO  ANTONIO  desposeía  los  conectores  racionales  para  llegar a esa conclusión, que simplemente se basó  en apreciaciones personalistas del fallador”.   

Asevera que se infringieron los artículos 29  y  230 de la Constitución Política, 6°, 9°, 10, 170, 207, 232, 238 y 306 del  Código de Procedimiento Penal.   

En consecuencia, solicita a la Corte casar la  sentencia  impugnada,  “porque carece de motivación  jurídica,  y  además  por tornarse ambivalente y contradictoria”.   

Segundo cargo  

La defensa de Alarcón Galarraga, con base en  la  causal  primera  de  casación, acusa al Tribunal  de haber violado, de  manera  indirecta,  la  ley  sustancial  por  incurrir  en  error  de  hecho por  “DESFIGURACION        DE       LA       PRUEBA  TESTIMONIAL”.   

Afirma  que  el  sentenciador,  dando  gran  alcance  al único testimonio “aparente presencial de  los   hechos”,  dedujo  la  responsabilidad  de  su  defendido,   razón   por  la  cual  estima  que  el  mismo  fue  distorsionado,  inverosímil, tergiversado y hasta mutado.   

Sostiene  que el fallador le otorgó un  sentido  “fáctico”   que  no  se  derivaba de la prueba, y no ahondó en los elementos de juicio para  proferir   sentencia,   tampoco   se  preguntó  “si  existía   o  no  interés  personal”, dándole,  por lo tanto, un sentido distinto a la decisión.   

Reitera  que  la  prueba  testimonial  fue  tergiversada  y  desfigurada  por el juzgador, en la medida en que el testigo se  contradijo,  situación  que  imponía  un  exhaustivo estudio desde el punto de  vista  de  la  lógica,  la  ciencia  y la experiencia, dado que “el  testigo  describe inicialmente a mi defendido ejerciendo el acto  material   y   luego   cambia   el   sentido   de   la  declaración”.   

Recalca que en el raciocinio que elaboró el  juez       existían       “oscuros      vacíos  probatorios”,  los  cuales  dificultaban  conocer la  verdad    y   desvirtuar   las   falencias   que   podría   tener   la   prueba  aportada.   

Manifiesta    que   no  es  claro  el  testimonio   de   Reynel   Uribe,   en  cuanto  a  sus  contradicciones   y  ambivalencia,  “lo  que  hace suponer al Juez que se  encuentra   amenazado”,   aspecto   que  jamás  se  demostró  y,  no  obstante,  se  dedujo  en contra de su defendido.   

Comenta  que a los factores circunstanciales  tales  como   la  falsificación  de  una  orden  captura y la pérdida del  expediente  se  les  dio  el  carácter  de  indicio,  sin el menor razonamiento  procesal,  cuando éstos asuntos están solamente en la etapa de investigación,  haciéndolos  valer,  de  manera  errada  en contra de  su defendido y no a  modo  de  ejemplo  de  coartada del posible homicida o un encubrimiento del  actor.    

Considera  que el único testimonio  no  llevaba  a  colegir  la  verdad  de  lo  ocurrido,  razón por la cual se debió  verificar   el   estado   mental,  la  identificación  y  la  personalidad  del  deponente.   

Afirma  que  el sentenciador se equivocó al  declarar   responsable   a   su   defendido,    basado  únicamente  en  la  declaración  de Reynel Uribe, deduciendo de allí el indicio de participación,  que  estima  que  no  se  encontraba  demostrado  dentro  del  proceso  y que se  confundió   con   una   “presunción”.  Arguye que “aquí el Juez dio el salto  intelectivo  subsiguiente  a la prueba, saltándose la inferencia, para dar así  una     conclusión     sin     que     estén     explícitos     los    hechos  indicadores”.   

Aduce  que en el plenario se advierte que el  denunciante  depuso  en dos oportunidades. Sin embargo, la segunda fue desechada  por  el  sentenciador  por  considerarla  falaz,  conclusión  que califica como  personal, que no consulta las reglas de la sana  crítica.   

Sostiene que el Tribunal  no apreció la  prueba   de  manera  razonable,  toda  vez  que  lo  que  hizo  fue  transcribir  jurisprudencias  y  reafirmar  lo  dicho por la primera instancia. Así advierte  que  de  no  haber existido los errores en la apreciación de la prueba  se  habría absuelto a Alarcón Galarraga.   

Finalmente señala como normas transgredidas  los  artículos  29 y 230 de la Constitución Política, 6°, 9°, 10, 170, 207,  232,   238   y    277   del  Código  de  Procedimiento    Penal.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.  La  demanda  de  casación  debe  ser un  escrito  lógico  y argumentativo tendiente a demostrar la existencia de errores  de  derecho  o  de  actividad  cometidos  en  la  sentencia.  Por  manera que su  elaboración  debe  consultar  con los precisos presupuestos contemplados por el  artículo  212    de la Ley 600 de 2000, normativa que consagra, entre  otras   cosas,   que   el   demandante   enuncie   la   causal,  desarrolle  una  fundamentación  que  evidencie el vicio y, por ultimo, demuestre cómo el mismo  incidió en el resultado final del fallo.   

Vale recordar que si bien la Sala ha aceptado  cierta  laxitud  en la formulación y fundamentación de la censura instaurada a  través  de  la  causal  tercera de casación, de todos modos  del discurso  argumentativo  se  debe  evidenciar  en que consistió el vicio de actividad, es  decir,  si  fue de estructura o de garantía, demostrando que la invalidez de lo  actuado es la decisión a adoptar para subsanar el yerro.   

2. De acuerdo con los anteriores prepuestos,  como  lo  ha enseñado la jurisprudencia de la Sala y respecto del cargo primero  cuando  se  trata de alegar la falta de motivación de la sentencia, corresponde  al  censor identificar en qué consiste el vicio, en tanto que se pueden dar las  siguientes cuatro hipótesis:   

a).  Ausencia absoluta de motivación en la  elaboración de los juicios de hecho y de derecho.   

b).  Motivación  incompleta  o deficiente,  esto  es, que se omitió uno de los aspectos señalados anteriormente o, que los  motivos  anotados  son insuficientes para identificar las causas en que ellas se  sustentan.   

c).  Motivación  ambivalente  o  dilógica  referida  a  que el fallo contiene contradicciones en los argumentos que impiden  desentrañar  su verdadero sentido o, que las razones expuestas son contrarias a  la determinación finalmente adoptada en la parte dispositiva; y   

d).  Motivación  falsa,  es decir, que las  razones   dadas   en   el   fallo   se   aparta   abiertamente   de   la  verdad  probada.   

En  el  supuesto  que  ocupa  la  Corte, se  advierte  claramente  que  el  censor  simplemente  se limitó a anunciar que el  fallo   carece  de  motivación  sin  que  en  modo  alguno  evidencie  en  qué  consistió   y  cómo   se  impone  la  declaratoria  de invalidez del  fallo.   

En  efecto,  el  casacionista  en  vez  de  demostrar  una  cualquiera  de la hipótesis reseñadas, pasa a cuestionar, como  si  la  casación  fuese  una  tercera  instancia, la elaboración del juicio de  hecho   realizado  por  el  sentenciador  con  base  en  las  pruebas  allegadas  validamente  en  la  actuación,  en  tanto  que,  a  su juicio, no comparte las  conclusiones   adoptadas  en  el  fallo  por  cuanto  se  sustentan  en  simples  suposiciones.   

Crítica  que  no  se  hubiese analizado la  parcialidad  del  denunciante  al momento de narrar los hechos que compromete la  responsabilidad  penal  de  acusado. De la misma manera, censura al sentenciador  por     no    haber     evaluado    las    contradicciones    del    citado  deponente.   

Dicho de otra forma, el casacionista en vez  de  señalar  cómo  la  elaboración  del  juicio  de  hecho  no se ajusta a la  realidad  procesal  probatoria  y/o cómo la construcción del juicio de derecho  no  encuentra  correspondencia con el acontecer fáctico declarado como probado,  arremete  contra  el  mérito  que  el  sentenciador  le otorgó a los medios de  prueba  y  de los cuales dedujo la existencia del hecho y la responsabilidad del  acusado.   

Respecto del segundo cargo que encuadra bajo  la  hipótesis  de  la  violación  indirecta  de la ley sustancial por error de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad,  en  la medida en que se desfiguró la  prueba  testimonial,  también  el  casacionista  procede  a  criticar el merito  probatorio  dado  al  único  testigo,  puesto  que,  en  su criterio, se debió  indagar  sobre sus antecedentes personales  o si tenia personal interés en  el resultado final del proceso.   

Así  mismo, desconociendo el contenido del  error  de  hecho  por falso juicio de identidad y por falso raciocinio, califica  que  dicho testimonio fue tergiversado y distorsionado, en tanto que  no se  apreció con base a la lógica, la ciencia y la experiencia.   

Por  manera  que  si  consideraba  que  el  testimonio  aludido  había  sido  distorsionado  en  el  acto  de apreciación,  correspondía   al  censor  evidenciar   en  qué  consistió  la  invocada  tergiversación,  al punto que llevó al juzgador a declarar una verdad distinta  de  la  que  revela  el  proceso.  Y,  si  su  motivo de inconformidad tendía a  evidenciar  que  el  juzgador  desconoció  en  dicho  acto  los  postulados que  informan  a  la sana crítica, debió señalar cuál fue la regla de la lógica,  el  principio  de la ciencia o la máxima de la experiencia desconocida, de qué  manera   lo   fue   y   su   incidencia   en   la   parte   dispositiva   de  la  sentencia.   

De  todos  modos,  en ambas hipótesis y en  cumplimiento  del  principio  de trascendencia que rige  la casación, para  demostrar  cómo  el vicio incidió en las conclusiones de las sentencia, debía  tener  en  cuenta  las demás probanzas en que el juzgador soportó el juicio de  responsabilidad.   

De otro lado, también advierte la Sala que  el  censor  desconoce cómo se ataca la prueba de indicios en sede de casación,  puesto  que,   como  lo  ha  dicho la jurisprudencia, cuando el vicio recae  sobre  el  hecho  indicador  el censor debe señalar si el mismo se produjo como  consecuencia  de  errores  de hecho y de derecho, señalando igualmente el falso  juicio  que  lo  determinó,  es decir, si de existencia, identidad, raciocinio,  legalidad o de convicción.   

En tanto que si el vicio en la construcción  indiciaria  radica  en la inferencia lógica o en su fuerza persuasiva, esto es,  su  gravedad,  concordancia  y  convergencia,  ha  debido,  entonces,  fundar la  censura  a través del error de hecho por falso raciocinio indicando la regla de  las  sana  crítica  vulnerada  en  el  acto  de  valoración  del  indicio y su  incidencia      frente      a     las     decisiones     adoptadas     en     la  sentencia.            

Finalmente, otra razón más para inadmitir  el  libelo  aunado  a  que  no  se  advierte  violación  alguna de los derechos  fundamentales  o garantías de ALBERTO ANTONIO ALARCÓN  GALARRAGA,  que  determine el ejercicio de la facultad  oficiosa  de  índole  legal  que  al  respecto  le asiste a la Sala en punto de  asegurar su salvaguarda.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

        R E S U E L V E   

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada por la defensora  de  ALBERTO  ANTONIO  ALARCÓN  GALARRAGA.  En  consecuencia, se declara desierto  el recurso extraordinario de casación interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Comuníquese       y              cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

Cita medica  

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                        MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                             JORGE    LUIS    QUINTERO  MILANÉS           

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                        JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA   

MAURO   SOLARTE   PORTILLA                                JAVIER     ZAPATA  ORTÍZ   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

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