24977(06-04-06)

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 24977  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado  Ponente   

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

Aprobado  acta número 30   

Bogotá. D.C., seis de abril de dos mil seis.   

          Resuelve  la  Sala  de  casación  penal de la Corte, el recurso de  apelación  interpuesto por el defensor de Luis Eduardo  Beltrán   Farías   en  contra  de  la  providencia  proferida  el 11 de noviembre de 2005, por medio de la cual el Tribunal Superior  de  Bogotá  lo condenó como autor del delito de concusión a la pena principal  de  74  meses  de  prisión,  inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y  funciones   públicas   y   multa   en   cuantía   de   100  salarios  mínimos  legales.   

HECHOS  

          Así   pueden   narrarse   los  hechos  juzgados  en  la  decisión  impugnada:   

          Con  ocasión  de  la sentencia condenatoria que fuera proferida en  contra  de  Ernesto  Rincón Cruz, su compañera Leonor Suárez Ariza contrató,  por  recomendación  de  su  amigo  Rigoberto Galindo, al abogado César Augusto  Hurtado,  con  el  fin  de  que adelantara las gestiones tendientes a obtener la  libertad  de  su  compañero,  quien  fue  capturado por unidades de la Policía  Nacional el día 5 de mayo de 2003.   

          Luego  de  revisar el expediente, el abogado se enteró que Ernesto  Rincón  Cruz  fue  condenado  a  la pena principal de 26 meses de prisión como  autor  del  delito  de  homicidio  circunstanciado por la ira, y de inmediato le  informó   a   la   interesada   que   el   Juez   quinto   penal  municipal  de  Bogotá,  Luis  Eduardo  Beltrán Farías,  podía  colaborarles  para  averiguar  cuando  se  enviaría  el  proceso  al  Juzgado  de  ejecución de penas, previo el pago de trescientos mil  pesos por indagar sobre esa situación.   

          El  Juez efectivamente llamó al juzgado para preguntar del asunto,  y  en  seguida  el  abogado  le  informó  a la mujer que el funcionario cobraba  3.700.000  pesos mas por agilizar el trámite, los que con algún esfuerzo   logró reunir para pagarlos.   

          Días  después,  al  notar  que  no se sabía ningún resultado de  aquellas  gestiones,  Leonor Suárez Ariza concurrió al juzgado de conocimiento  para  enterarse  de la situación, oficina en donde le informaron que el juez si  había  llamado  a  preguntar  sobre  el proceso, pero que en ningún caso y por  ningún motivo se cobraba o recibía dinero por las gestiones.   

          Al  percatarse  de  esta incómoda situación, Leonor Suárez Ariza  le  reclamó  al  abogado  y  a  su  amigo  Rigoberto  el  dinero que les había  entregado,  logrando que le devolvieran buena parte del mismo, el cual según le  comentaron, el juez con quien ella nunca habló, les reintegró.   

ACTUACION  PROCESAL   

          Con  base  en  la  denuncia  formulada  por  la  Juez  30 penal del  circuito,  la  fiscalía séptima delegada ante el Tribunal Superior de Bogotá,  el  16  de junio de 2003 abrió investigación penal contra el juez quinto penal  municipal,  doctor Eduardo Beltrán Farías        (fs.,       24).   

          Después  de  escucharlo  en diligencia de indagatoria (fs.,  51), la fiscalía le resolvió su  situación   jurídica   el  23  de  julio  de  2003,  imponiéndole  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva (fs., 71).   

          El  17  de  junio  de  2004  cerró  la  investigación       (fs.,       259),  y el 1 de septiembre siguiente acusó  al sindicado por la probable comisión del delito de concusión.   

Finalmente, el Tribunal Superior de Bogotá,  luego  de  llevar  a  cabo  las  audiencias preparatoria y pública, condenó al  procesado  a la pena principal de 74 meses de prisión como autor del delito que  le  fuera  imputado  en  la  resolución  acusatoria.   

LA RESOLUCION ACUSATORIA  

La  fiscalía  acusó  al  sindicado  por la  comisión del delito de concusión.   

Indicó,   con   esa  finalidad,  que  la  declaración  de  Leonor  Suárez  Ariza  era  sumamente convincente. En efecto,  señaló  que  ella hizo saber acerca del cobro de una gruesa suma de dinero por  parte  del  abogado  que había contratado, quien a su vez le manifestó que era  para  entregársela  al  juez  que  se  encargaría  de  influenciar  ante el de  conocimiento,  para  agilizar  el  trámite  tendiente  a  obtener  la  prisión  domiciliaria de su esposo.   

Agregó  que  como  efectivamente  el  juez  averiguó  ante  el juzgado sobre el proceso que cursaba en contra del esposo de  la denunciante, entonces   

“dimana  el  indicio  de oportunidad para  delinquir,  ya  que  el  sumariado  se hallaba en especialísimas condiciones de  factibilidad para perpetrar el delito.”   

Expresó,   de   otra   parte,   que  las  averiguaciones que hizo el juez se traducen   

“en    indicio   de   manifestaciones  posteriores,  pues  el hecho de intervenir ante otro despacho judicial, en busca  de  favorecimientos  para  un  procesado,  es  no  solo  contrario a los deberes  funcionales  y  a  la compostura moral obligada en el administrador de justicia,  sino  un signo evidente de interés especial en el resultado del proceso que, en  sana  lógica,  implica  haber  recibido  algún  favor  o  emolumento para así  actuar,    con    mayor    razón    atendida    la    persistencia   en   dicha  actitud.”   

DECISION IMPUGNADA  

          Después  de  analizar  las  pruebas  que  obran  en el proceso, el  Tribunal  concluye  que  el  plan  se fraguó en el despacho del Juez, pues solo  después  de  que  el  abogado  y  Rigoberto  Galindo  entraron a la oficina del  funcionario      –  con    quien    Leonor    Suárez    Ariza    nunca  conversó  –,  fue  que  salieron con la noticia de que se necesitaba de algún  dinero  para  hacer  las  diligencias relacionadas con la libertad del esposo de  Leonor Suárez, pues   

          “…  aunque  en  lo transcrito se dice que Rigoberto Galindo fue  quien  hizo  la  petición  en  nombre  del  servidor  público, del texto de la  declaración   de   Leonor  Suárez  Ariza  se  desprende  que  aquel  obró  en  contubernio  con  el  togado,  pues  algunas  veces  usa  la  forma  del  dativo  pronominal               ‘les’  para  referirse    a    ellos,    como    se   observa   al   declarar.   ‘yo  le  dije  al abogado que me iba a  hablar  con mi esposo … para saber si él me daba el si o el no … me dijeron  que  yo  tenía  que  decidirme  porque  no daban plazo sino hasta las dos de la  tarde…   

          “Esto  indica que el plan y el acuerdo de voluntades surgieron en  el  despacho  del  funcionario judicial. Si el convenio solo incumbía a los dos  visitantes  y  en perjuicio de la honra del servidor público, no lo fraguarían  frente  a  él  ni  en  la  secretaría  donde  podían  ser  escuchados por los  empleados.”   

          Resalta  que el juez intervino en la elaboración del plan y que no  fue  un  acuerdo  exclusivo del abogado y de su acompañante, pues si primero se  exigió     una     cuota     de     dinero    no    muy    alta    –  dice  el  Tribunal  –  y  luego  de una mas significativa, es porque existió un acuerdo  común que no se puede soslayar.   

          “Esa  exploración para saber la reacción de Leonor y determinar  lo  que  se  haría a continuación, en cuya valoración y decisión gastaron 20  minutos,  permite  inferir la intervención del juez quinto penal municipal para  acordar la petición de una suma mayor.”   

         

          Concuerda  con  la  fiscalía  en  que  el  Juez,  por  su especial  vinculación  con  el  cargo,  tuvo la oportunidad de delinquir, pues esa es una  condición  merced  a  la  cual  le  resultaba  mas  o menos fácil perpetrar el  delito,   y  de  otra parte, las llamadas para averiguar acerca del proceso  revelan  el  indicio de manifestación posterior e indican que el juez no hacía  un  favor, sino que con ellas cumplía el compromiso a que ilegalmente se había  comprometido.   

          En  síntesis,  según  el  Tribunal,  el  juez  abusando del cargo  solicitó  una  suma  indebida de dinero a través de terceros a una persona que  estaba  en  una  situación  angustiosa, y creía que era obligante, por aquello  del “metus publicae potestatis”. En efecto,   

          “Claramente   –  se  refiere  el Tribunal a la señora -, se  aprecia  que era sabedora de que la solicitud provenía de un funcionario que no  era  el  competente  para adoptar determinación alguna en la actuación seguida  contra  su  compañero permanente y el temor a su investidura la llevó a dar el  dinero.  Aunque  contra  ella no se seguía proceso alguno se infiere que tenía  miedo  de  que  él  le  pudiera causar algún perjuicio, pues la sola petición  indebida  indicaba  un  abuso  de  poder  público  o  del ejercicio del cargo y  nuevamente podía realizar otra clase de abuso.”   

          En conclusión,   

          “El  doctor  Luis  Eduardo  Beltrán  Farías  con conocimiento y  voluntad  efectuó los hechos. El dolo se desprende de la forma como realizó la  conducta,   con   abuso   de  las  funciones  asignadas  al  cargo  y  solicitar  indebidamente    a    un    particular   una   suma   que   no   tenía   porque  entregarle.”   

FUNDAMENTOS DE LA IMPUGNACION  

          A  juicio del recurrente, la decisión que se impugna se afianza en  la  declaración  de  Leonor Suárez Ariza (quien dijo  que  nunca  tuvo  el  menor  contacto  con  el juez, ni lo conoció)  y  en  lo  que  el Tribunal denomina indicios de oportunidad para  delinquir  y  de  manifestaciones  posteriores  al delito, que en verdad son mas  especulaciones   que  raciocinios,  como  lo  es  también  aquella  afirmación  consistente  en  decir  que  fue  en el despacho del juez que se fraguó el plan  para  hacerse  a  una suma de dinero a costa de una mujer desesperada por lograr  la libertad de su esposo.   

          En   su   criterio,   no   son   suficientes  esos  elementos  para  responsabilizar  a  su  defendido  de una conducta que no cometió y la cual fue  obra  de  otros  a  quienes la fiscalía curiosamente no investigó. Si acaso lo  único  que  puede  reprochársele  al juez es haber obrado de buena fe al haber  averiguado  por  la  suerte de un asunto en el que estaba interesado su amigo de  Universidad. Pero eso no es delito ni algo que se le parezca.   

          Pide,  en  consecuencia,  revocar  la  decisión y absolver al juez acusado.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          La  Sala  revocará  la  decisión  de instancia por las siguientes  razones:   

          Primero:  El juicio de tipicidad consiste  en  adecuar  una  conducta  a un tipo penal y no en buscarle un tipo penal a una  conducta, lo cual por supuesto es distinto.   

En    ese    proceso   –   en  el  primero,       desde      luego      –,   el   juez   debe   respetar   la  ontología,  finalidad y axiología de la conducta, el desvalor que expresa y el  bien  jurídico  que  afecta,  pues  se  trata de valorar comportamientos que se  manifiestan  en  una  realidad  social  concreta  frente  a  un  tipo  penal  en  particular,  para  lo  cual  es necesario establecer dos verdades: una fáctica,  relacionada  con  la  verificación  del  supuesto  de  hecho, y otra jurídica,  comprobable  a  través  de  la  interpretación  de  enunciados  normativos que  califican  la  conducta  o el hecho como delito y del cual el sujeto sería o es  autor.       1          (artículo    232    de    la    ley   600   de   2000).   

No   ocurre   lo  mismo  con  la  segunda  perspectiva.  En  efecto,  cuando  se  le busca un tipo penal a una conducta, se  desdeña  de  la  ontología y axiología del comportamiento y del contenido que  expresa  el bien jurídico en conflicto, como lo hizo el Tribunal, para concluir  sin  mas, porque eso le parecía, que estaba bien asumir desde la perspectiva de  la  concusión,  la  similitud  que pudiese encontrar entre esa definición y la  actuación  del  juez  –  la   realmente   ocurrida,   consistente  en  llamar  telefónicamente   al   juzgado   para   averiguar   de   un  asunto   –,  como  también en su momento lo pensó el instructor.   

Pues bien:  

Aun  cuando  la  conducta  a  la  cual  se  referirá  la  Sala,  en  principio  dice  relación con el bien jurídico de la  administración  pública,  lo  cierto es que, de cara a la situación concreta,  el  proceso  de interferencia no se expresa en contra de ese bien considerado en  abstracto,  sino  en relación con la administración de justicia en particular,  con sus valores y principios.   

En   ese   orden,   recuérdese   que  la  administración  de  justicia  como  bien  jurídico  instrumental  –  parte del  omnicomprensivo    de    administración    pública  –, puede entenderse como  la  potestad  que  tiene  el Estado para resolver, sin interferencias de ninguna  clase,  los  conflictos  sociales  que  se  generan  en  la sociedad, o como una  garantía  procedimental  hacia  los  miembros  de  la sociedad que aspiran a la  solución  pacífica  de  los  conflictos mediante la aplicación de justicia en  derecho.   

Como  tal,  bien  se  puede  afectar  esa  relación   social,   cuando   un  servidor  público  (un  juez,  para  el caso),  constriñe  o  induce  a  alguien a dar o prometer al  mismo  servidor  o  a  un  tercero,  dinero  o cualquier otra utilidad indebida,  abusando   de   la   función   o   del   cargo   que   desempeña  (artículo  404  ley 599 de 2000). Cuando  prevalido  de  su autoridad sojuzga al ciudadano para que le entregue la dádiva  que de otra forma se le negaría.   

Por supuesto que la Sala no busca anticipar  que  el  acusado  hubiese  incurrido  en ese tipo de desvíos, sino decir que el  juzgador  no  puede  desconocer  la  esencia  de  la  conducta e interpretar los  enunciados  normativos  para  acomodar  los  comportamientos  a una descripción  típica  que  no  corresponde  a  la  que  se  expresa  en  la realidad, pues lo  importante  es encontrar compatibilidades entre la manera como se exterioriza la  conducta  y  el  tipo  penal,  como  garantía  de  realización  del  juicio de  tipicidad   

Segundo:  Está  demostrado  que  Laura  Suarez  Ariza  entregó a Rigoberto Galindo y al abogado  César  Augusto  Hernández  cuatro millones de pesos, y así mismo que aquellos  le  manifestaron  que  el  dinero  lo  pedían para pagarle al Juez Beltrán  Farías  para  que intercediera  ante  el juzgado en donde había sido condenado el esposo de la denunciante, con  el  fin de que se enviara con prontitud el expediente ante el juez de ejecución  de   penas  en  procura  de  tramitar  rápidamente  la  solicitud  de  prisión  domiciliaria    (fs.,  18).   

Lo  que  no está probado es que hubiese un  concierto  entre  el juez y el abogado, y el amigo del abogado, para influir por  dinero  ante  un  funcionario judicial –  la Corte no lo cree o al menos, como se  verá,  no  existe prueba de ese supuesto –. Apenas está acreditado que el juez  llamó  al  juzgado dos veces y que se refirió al asunto, como lo aceptó en la  diligencia    de   indagatoria,   y   los   empleados   de   ese   despacho   lo  confirmaron.   

Pero el indicio que surge de este hecho es  por  esencia  equívoco y contingente, y por tanto leve, pues de él no se sigue  que  el  funcionario  hubiese  participado  del  acuerdo  y exigido dineros a un  particular,   pues   el   “nexo   entre   el   hecho   indicador  (la  llamada  telefónica) y el indicado  (la  exigencia  de  dinero)  constituye  apenas  una  de las varias posibilidades que el fenómeno ofrece.”  2   

Si  de  no  dejar  dudas  de su gravedad se  trataba,  se requería que esté “fundado en razones serias y estables, que no  deben  surgir de la imaginación ni de la arbitrariedad del juzgador, sino de la  común    ocurrencia    de    las    cosas.”    3   

Por  eso,  cabe  preguntarse  si basta para  tener  por  consumado  el ilícito de concusión, con que el doctor Beltrán   Farías  hubiese  llamado  al  juzgado  penal  del  circuito  para  averiguar  cuándo  se enviaría el proceso  contra  Ernesto  Rincón  Cruz al de ejecución de penas, y si esa comunicación  era  suficiente  para demostrar que obró de acuerdo con el abogado Hernández y  Rigoberto Galindo.   

En la providencia que se impugna se dijo con  ese fin que   

“aquel obró en contubernio con el togado,  pues  algunas  veces  (la  testigo Leonor Suárez Ariza) usa la forma del dativo  pronominal               ‘les’  para  referirse    a    ellos,    como    se    observa   al   declarar   ‘yo  le  dije  al abogado que me iba a  hablar  con mi esposo … para saber si él me daba el si o el no … me dijeron  que  yo  tenía  que  decidirme porque no pagaba esa plata porque no daban plazo  sino hasta las dos de la tarde…”   

Aparte de lo dicho, el Tribunal no advierte  otros  elementos  de  juicio  que permitan acreditar con grado de certeza que el  doctor      Beltrán      Farías     hubiese    solicitado   –   él   solo   o   con   la  ayuda  de  otros   –  dinero  para  interceder ante un juzgado del cual no era titular,  lo  cual  era  indispensable  teniendo  en  cuenta  que  está  probado  que  el  funcionario  no  conversó  con  la mujer, ni le hizo exigencia alguna, ni mucho  menos  le  ofreció  sus  servicios, de manera que por esa razón el Tribunal no  encontró  otra  opción  que  inferir  que el juez, por su posición destacada,  tenía la oportunidad de delinquir.   

No  cabe  duda, entonces, que de la llamada  telefónica   4,  mediante  la  cual  el  funcionario  averiguó  sobre  el asunto  –     pues  no  existe  evidencia  de  que  hubiera intervenido con otros  fines   –,  el  Tribunal  no  podía  construir con pretensión de verdad el  indicio  grave  que  descompone  la presunción de inocencia, por las diferentes  explicaciones  que  ese  hecho  admite  y  que  como tal lo tornan esencialmente  ambiguo.   

Menos  suponer, que no inferir, que el juez  por  su  posición  funcional, tenía entre sus manos una buena oportunidad para  infringir  la ley, en el marco de un regla general según la cual son los jueces  por  la  posición  que  desempeñan,  quienes  tienen  mejores oportunidades de  transgredirla.   

Semejante regla general de la experiencia es  por  lo menos exótica, pues la creencia es la contraria, que son los jueces los  que  mejor  encarnan  el  ideal  de  transparencia  y honestidad que la justicia  reclama.   

Tercero:  De otra  parte,  si  la  prueba  de  indicios  tiene  como finalidad interpretar un hecho  conocido  en  su  conexión con otros debidamente probados, ese propósito no se  logra  cuando  se  supone  la  conclusión,  por  fuera  incluso  del  entramado  probatorio  que  el  juez está obligado a observar 5.   En   éste   caso,   sin  considerar  que  la testigo  dijo –     ¡    y    todos    !              –  que el juez nunca tuvo contacto con  ella,  que  no  lo  conocía,  que  no  realizó  nocivas interferencias ante el  juzgado  y  que  quienes  recibieron  el  dinero  fueron  los  mismos  que se lo  volvieron,  pese  a  que  en  principio  negaron  haber  realizado  ese  tipo de  exigencias  y  haber  recibido  el  dinero  que  luego  reintegraron  casi en su  totalidad  (fs.,  40 y 47).   

De  otra  parte,  si  el abogado y su amigo  negaron,  como  se dijo, haber exigido dinero para entregárselo al juez, pese a  que  luego  lo  volvieron,  queda  la  duda  acerca  de  la  participación  del  funcionario  en  ese  plan  y si el dinero lo pidieron para ellos, utilizando al  juez  con  ese  propósito,  máxime si no fueron vinculados a la investigación  para    que    explicaran    una    conducta   que   se   ofrece   evidentemente  ilícita.   

Ahora,  no  está  bien  que  un  juez  se  interese,  por  iniciativa  propia  o ajena, en un asunto que se tramita en otro  despacho,  y  que  haga incluso averiguaciones que a otros les corresponde. Pero  de  allí a considerar que esa es una manifestación posterior a la comisión de  un  delito  hay  una  gran  diferencia, pues ese suceso que nadie niega que haya  ocurrido  y  que  se  relaciona  mas con la disciplinario que con lo penal, bien  puede  tener  otras  explicaciones,  como  la  de  que  ciertamente se hacía un  favor.   

En fin, se trata de un hecho aparente y por  esencia  ambiguo,  que no se puede tener como hecho indicador, pues este reclama  la   coherencia   con   lo   real,   con  lo  efectivamente  probado    (artículo    286   ley   600   de  2000).   

Si acaso, entonces, esa actuación del juez  puede  constituir una falta disciplinaria. Por lo tanto, la Corte solicitara que  la    jurisdicción    disciplinaria   investigue   lo   que   a   ese   injusto  corresponda.                   6   

Cuarto:  En  este  engranaje  falta  algo  que  lleva  a  la  duda y por supuesto a la absolución.  Talvez  que del juez se dijera que acostumbraba a recibir dinero por los asuntos  que  se  tramitaban en su juzgado, lo cual con razón el Tribunal desestimó por  ser  un  rumor,  pero lo que quizá de haberse probado hubiese permitido inferir  que actuó en consecuencia a esa forma conocida de actuar.   

Eso falta, y no es por supuesto poco. Quizá  por  eso  el  Tribunal  resolvió  deducir  indicios  del lenguaje utilizado por  Leonor  Suárez  Ariza  (quien  dice  “les”, para  referirse  a un número plural de personas), e inferir  que  el juez propició el arreglo, en el marco de una suposición que se asemeja  a  un  indicio  pero  que  en  verdad  no lo es. Claro, porque el indicio es una  inferencia  elaborada  sobre  un  hecho  indicador  debidamente probado y no una  deducción afianzada sobre cualquier supuesto.   

          Quinto:  Quizá  si  se hubiese explorado  otras  hipótesis,  como  correspondía, y vinculado al caudillo de la acción y  al  cómplice de la fracasada operación, la cuota de responsabilidad no habría  quedado  en  entredicho. Para establecerla, la Corte compulsará copias para que  la fiscalía investigue lo que a ellos les corresponde.    

Sexto:  La  Sala,  pues,  entiende  la  gravedad  de  la  conducta  y la necesidad inclaudicable de  enfrentar  este  tipo  de comportamientos, pero no es menos cierto que comprende  también  que cuando no existe la prueba necesaria para condenar al acusado, por  grave que sea el comportamiento que se le imputa, lo debe absolver.   

Así procederá. En consecuencia, revocará  la decisión de fecha y origen aquí indicados.   

DECISION  

          Por  lo  expuesto,  La  Corte  Suprema de  Justicia,  Sala de Casación  Penal,   administrando  justicia  en  nombre  de  la  República de Colombia y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

Revocar  la  sentencia  de  fecha  y origen  impugnada.  En  su  lugar,  se  absuelve al doctor Luis  Eduardo  Beltrán  Farías de los cargos que le fueron  imputados.   

Secretaría compulsará copias para efectos  de   llevar   a   cabo   las  investigaciones  penales  y  disciplinarias  aquí  indicadas.   

NOTIFIQUESE y CUMPLASE  

MAURO SOLARTE PORTILLA  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PEREZ              ALFREDO    GOMEZ  QUINTERO         

EDGAR            LOMBANA  TRUJILLO             ALVARO  O  PEREZ  PINZON                

MARINA        PULIDO        DE  BARON           JORGE   QUINTERO  MILANES              

YESID            RAMIREZ  BASTIDAS                JAVIER ZAPATA ORTIZ   

Permiso  

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria   

    

1  Ferrajoli,   Luigi,  Derecho  y  razón,  Editorial  Trotta,  1997,  página  48   

2 Cfr.,  Sentencia del 26 de octubre de 2000, radicado 15610   

3 Idem.   

4 En el  proceso  se demostró con las declaraciones de Hernán Fuentes Baquero, empleado  del  juzgado del circuito (fs., 15), y del secretario Heriberto Tibaduiza Araque  (fs.,  86),  que  el juez Beltrán Farías  llamó  al despacho para preguntar si el asunto se había enviado  al  juzgado  de  ejecución  de  penas, lo cual el mismo procesado aceptó en su  diligencia  de  indagatoria,  explicando que lo hizo a petición de su amigo, el  abogado Augusto Hurtado Molina, como un favor.   

5  “La valoración integral del indicio exige al juez la  contemplación  de  todas  las  hipótesis  confirmantes  e  invalidantes  de la  deducción,  porque  sólo  cuando  la  balanza  se inclina seriamente hacia las  primeras  y descarta las segundas, puede afirmarse la gravedad de una prueba que  por  naturaleza  es contingente.” (Corte Suprema de Justicia, sentencia del 12  de mayo de 2004, radicado 19733)   

6  El  numeral  15  del  artículo  174  de la ley estatutaria de la administración de  justicia   prohibe   a  los  funcionarios  y  empleados  de  la  rama  judicial,  “interesarse  indebidamente,  de cualquier modo que sea, en asuntos pendientes  ante  los  demás  despachos  judiciales  o  emitir  conceptos  sobre ellos.”.     

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