24652(16-05-06)-1

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 24652  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                            DR. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

                            Aprobado Acta N°: 47   

          Bogotá, D. C., dieciséis de mayo de dos mil seis.   

VISTOS  

Conforme  a  las  previsiones de  los  artículos  205  y 212 del C. de P.  Penal,  examina  la  Corte  los  presupuestos  de procedencia y viabilidad de la  demanda  sustento  del  recurso  de  casación  interpuesto  por  el defensor de  GUILLERMO  JARA  LANDÍNEZ,  contra  la sentencia proferida por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Cundinamarca  el  21  de  junio de 2005, confirmatoria de la que emitió el 3 de  noviembre  de  2004  el  Juzgado  Penal  del  Circuito  de Funza, por cuyo medio  condenó  al  procesado a la pena principal privativa de la libertad de 13 años  de  prisión  como  responsable de la conducta punible de homicidio consumado en  la persona del joven Felipe Andrés Hernández Molina.   

SITUACIÓN  FÁCTICA   

Los  hechos  materia de juzgamiento tuvieron  lugar  en  las  primeras  horas de la madrugada del 7 de diciembre de 2003 en la  calle  14  con  carrera  13,  parque principal del municipio de Funza, cuando el  joven  Felipe  Andrés  Hernández  Molina fue ultimado por proyectil de arma de  fuego    que    le    descerrajó   GUILLERMO   JARA  LANDÍNEZ   -a   la  sazón  patrullero  adscrito  al  Tránsito  Municipal  de dicha localidad- con  su  arma de dotación, un revólver Smith & Wesson, calibre  38  largo.                

LA  DEMANDA   

Con  fundamento  en  la  causal  primera, un  único  cargo  dice  formular  el  censor  contra la sentencia recurrida en sede  extraordinaria,  por  violación  indirecta  de  la  ley sustancial por error de  hecho,  al  estimar que el juzgador inobservó las reglas de la sana crítica en  cuanto  no acató los dictados de la lógica en el proceso de valoración de los  medios sustento de la condena.   

En  desarrollo  de  la  censura  y  luego de  cotejar  lo que se afirma en el fallo acerca del dolo como elemento constitutivo  de  la  responsabilidad  del  procesado,  con  el  contenido  testimonial de las  personas  consideradas  como  directas perceptoras de los acontecimientos, aduce  el  actor  que si se siguen las reglas de la sana crítica, con las versiones de  Cristian  Alonso  Giraldo  Rojas,  John Freddy Gualteros Osorio y Alonso Giraldo  Trujillo,  no  es  posible  deducir con certeza aquella modalidad de la conducta  punible  -el  dolo  en el comportamiento del agente-. Una tal situación, debió  conducir al reconocimiento de la duda a favor del acusado, agrega.   

Así,  después  de  transcribir los apartes  pertinentes  de  los  testimonios  que  reprocha,  sostiene  que el de Gualteros  Osorio  no  tenía  por  qué ser considerado soporte del fallo, “por  ser contradictorio en sí mismo” en  cuanto  que,  no  empece  narrar  inicialmente  con  lujo de detalles el momento  culminante  de  la  acción del agresor, termina por afirmar que “directamente    no    vio    cuando    FELIPE    ANDRÉS   resultó  herido.”  Dos  juicios,  uno de los cuales afirma lo  que  el  otro  niega, no pueden ser verdaderos a la vez, por lo que en este caso  si  el  testigo no pudo ver cuando la víctima resultó herida, tampoco pudo ver  cuál  fue  el  actuar  de  JARA LANDÍNEZ.  Por  lo  tanto,  la  deducción del fallador devino errada cuando  sostiene  que  el  justiciable procedió con dolo, intencionalmente, al efectuar  el disparo que acabó con la vida de Hernández Molina.   

Del  mismo  modo  razona en relación con el  testimonio  de  Giraldo Trujillo, quien asevera que el victimario al accionar su  arma  impactó  en  dos  oportunidades  en  la  víctima,  cuando  resulta   evidente  que  conforme  con  el  protocolo  de  necroscopia la muerte de Felipe  Andrés se produjo por un solo impacto de bala.   

También    deviene    “contradictorio   en   sí   mismo”  el  testimonio  de  Giraldo  Rojas, asegura el censor, y por esa razón no puede ser  tenido  en cuenta para estructurar el dolo en el actuar del procesado. El citado  testigo,  quien  compareció  al  proceso  en  dos  oportunidades, en su primera  intervención  sostuvo  que JARA LANDÍNEZ  al  apearse del automotor en que marchaba realizó dos disparos al  aire  y  otro  de  frente  a  la  víctima; en tanto que en la segunda varía su  versión  y afirma que inicialmente le disparó a él en sendas ocasiones, luego  al  aire  y  seguidamente a Felipe Andrés. Así, en la primera, “se  puede  ver el dolo”, mientras que en  la   segunda   “no   es   tan   claro.”   De  una  tal  manera,  no  se  tiene  certeza  “cómo  ocurrió realmente el disparo homicida, esto hace aflorar la  duda  de  si realmente GUILLERMO JARA LANDÍNEZ disparó con intención de matar  a   FELIPE   ANDRÉS   o   si   fue   una   maniobra   de   reflejo.”   

La trascendencia del yerro que el demandante  le  atribuye  al Tribunal estriba en que, de haberse aplicado de manera correcta  las  leyes  de la lógica, es decir, si se hubiese entendido que los testimonios  sustento  de  la  condena  contradicen  la  verdad  real, el fallo no se hubiera  proferido  por  homicidio  doloso sino culposo, en cuanto que de los testimonios  censurados  lo  que  aparece  claro  es que existe duda de que el justiciable al  dispararle   al   hoy   difunto   lo   hubiera  hecho  de  manera  voluntaria  o  dolosa.   

Dejó  de aplicar pues el fallador, la norma  sustancial  que  impone  que la duda debe resolverse al favor del procesado Art.  7º  del  C. de P. Penal, y por ende los Arts. 22 y 23 del Código Penal. Esa la  argumentación  del  actor  para  solicitar  de  la  Corte  casar  la  sentencia  impugnada  y  en  su  lugar  proferir  el correspondiente fallo sustitutivo, por  medio  del  cual  se  declare  que  ante  la  presencia  de la duda en el actuar  intencional    de    su   defendido,   éste   es   responsable   de   homicidio  culposo.                 

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

La  casación  no  puede confundirse con una  tercera   instancia,   pues  a  diferencia  de  los  recursos  ordinarios,  este  corresponde  a un medio de impugnación que por ser de naturaleza extraordinaria  y  en  esencia  de carácter rogado, impone al demandante el cumplimiento de una  serie de cargas que están debidamente señaladas en la ley.   

Se  trata pues, de un recurso reglado, en el  que,   aparte  de  las  condiciones  básicas de procedencia, oportunidad y  legitimidad,  se  demanda  la satisfacción de otras como las causales que caben  aducirse  y  la  sustentación en los términos previstos en la ley. Por eso, la  exigencia  contenida  en  el Art. 212-3 del C. de P. Penal como requisito formal  de  la presentación del libelo, referida a la indicación clara y precisa de la  causal  en  que  se  apoya  y  los  fundamentos de la misma, resulta de especial  importancia  a  la  hora  de examinar su admisibilidad, no sólo porque es en la  proposición  de  los  respectivos cargos en donde el casacionista debe proceder  conforme  a  la  dialéctica de este recurso a elaborar un juicio serio sobre la  legalidad  de  la sentencia, sino porque en su desarrollo le corresponde indicar  las  razones  de  hecho  o  de  derecho  en  que  fundamenta  la  razón  de sus  afirmaciones,  las  cuales  deben  bastarse a si mismas de cara al contenido del  fallo  y  de la actuación delimitando a la Corte el alcance de la decisión que  se  pretende, claro está, sin perjuicio de la facultad oficiosa contenida en el  artículo  216  ibídem, lo  que  implica  que cada censura, por sí sola, debe ser suficiente para propiciar  la ruptura de la sentencia.   

          Ahora,  en  torno  a  lo  que  es  materia de reproche por parte del  demandante  en razón de este asunto, el falso raciocinio como una de las formas  que  pueden  asumir  los  errores de hecho en la apreciación de las pruebas, se  produce  porque  el  juzgador  al contemplar el elemento de convicción sobre el  cual  va  a  fundar la sentencia, le asigna un mérito persuasivo que contradice  las  pautas  de  la  lógica,  las  leyes  de  la  ciencia  o las máximas de la  experiencia.   

Su demostración impone, entonces, tener que  confrontar  la  forma  como  los  juzgadores  apreciaron la prueba que se afirma  indebidamente  valorada, y demostrar -que no criticar, disentir, o discutir- que  sus  apreciaciones  son  arbitrarias  o  irrazonables,  y que el desacierto tuvo  incidencia  trascendente  en  el  contenido  o  sentido del fallo. De no hacerse  así,  el  cargo será inocuo, porque la sentencia de segundo grado se encuentra  amparada  de  la  doble  presunción  de  acierto  y  legalidad, y por tanto, el  análisis  que  los  juzgadores  hayan  hecho  de  los medios de prueba, tendrá  prevalencia     sobre     la    valoración    que    realicen    los    sujetos  procesales.   

          Por  ello  tiene dicho la jurisprudencia de la Sala, que el error de  hecho  por falso raciocinio no surge de la disparidad de criterios entre el Juez  y  los  sujetos  procesales  en torno a la forma como debe ser  valorado el  mérito   probatorio  de  una  determinada  prueba,  sino  de  la  transgresión  manifiesta  por parte del Juzgador de las reglas de la sana crítica en su tarea  de     estimación     probatoria.    De  ahí  que  iterativa  y  pacíficamente  siga sosteniendo que la  postulación  de  un  tal  vicio  implica  para la parte que lo alega, tener que  “indicar  qué  dice  de  manera objetiva el medio,  qué  infirió  de  él  el  juzgador, cuál mérito persuasivo le fue otorgado,  señalar  cuál  postulado  de  la  lógica,  ley  de la ciencia o máxima de la  experiencia   fue   desconocida,   debiéndose   señalar  cuál  es  el  aporte  científico  correcto,  la  regla  de  la  lógica  apropiada,  la máxima de la  experiencia  que  debió  tomarse  en  consideración  y  cómo,  y  finalmente,  demostrar  la  trascendencia del error, indicando cuál debe ser la apreciación  correcta  de  la  prueba  o  pruebas  que  cuestiona  y que habría dado lugar a  proferir  un  fallo sustancialmente distinto y opuesto al ameritado.”  -Cfr.  Sentencia  de  casación  de  junio  6 de 2002, Rdo. N°  11.451-.   

          Todo  lo dicho no significa cosa distinta a que la demostración del  vicio  argüido  no  se logra contraponiendo a la valoración que los juzgadores  hicieron  de  la  prueba,  la  que  en  criterio  personal del censor debió ser  acogida,  como  se  hace  en  la  demanda  bajo  examen.  Por  consiguiente,  el  desarrollo  del  cargo debió tener como referente el contenido de la sentencia,  porque  es a partir de lo que allí se dijo, y no de las convicciones personales  del actor, que debe construirse el ataque.   

          Así,  de la propia transcripción que el actor hace de la sentencia  acusada,  claramente  se  evidencia  que  el  Tribunal  dedujo  el  dolo  en  el  comportamiento    del   agente,   “en   su   doble  connotación  de consentimiento y voluntad”, a partir  de  lo  que  sobre lo acontecido expusieron los testigos presenciales del hecho,  pues  de  las  citas  que  de  igual manera se hacen en el libelo de los apartes  pertinentes  de  las  exposiciones  censuradas, el actor admite que su defendido  fue  visto,  después  de  descender del automóvil en que marchaba, disparar al  aire  para  luego  “apuntar  a  alguien”.   

          Eso  asevera  del testigo John Freddy Gualteros Osorio. Sin embargo,  ninguna  contradicción  se  observa  en  la  exposición  transcrita  que torne  ilógico  o  arbitrario  el  razonamiento  del  juzgador, pues que el declarante  finalmente  no hubiera percibido el concreto momento en que la víctima resultó  herida,  no  significa  que  dicho  elemento  de  prueba  contenga  dos juicios,  “uno   de   los  cuales  afirma  lo  que  el  otro  niega”,  para  con fundamento en el pretextado yerro  sostener  que la inferencia del juzgador contraviene los dictados de la lógica,  en  cuanto  se  funda  en  afirmaciones  contradictorias que en relación con un  mismo hecho suministra el deponente.   

          De  la  misma  manera,  tampoco  se  ve  cómo  pueda descalificarse  aquella  inferencia  del  Tribunal por forjar su convicción en el testimonio de  Alonso  Giraldo  Trujillo,  cuando  éste  advierte  que el agresor se apeó del  automotor     disparando     al     aire,     para     luego     “pegarle”  dos  (2)  tiros  certeros  al  joven  Felipe  Andrés  Hernández Molina, cuando el protocolo de necroscopia lo  que  informa  es  que  la  muerte  del agredido se produjo por un (1) impacto de  bala.  Que  hubiese sido uno o dos proyectiles los causantes del óbito, en nada  desfigura  el  convencimiento  del  fallador acerca del autor del homicidio y la  intencionalidad    con    la    que   dirigió   su   acción   a   obtener   un  resultado.   

          Igualmente,  que  Cristian  Alonso Giraldo Rojas hubiese manifestado  en  su  primera  aparición procesal que el procesado luego de bajarse del carro  en  que  andaba realiza dos disparos al aire y otro de frente al hoy extinto, no  significa  que  su segunda versión de lo ocurrido contradiga la primera, cuando  en   su   última   intervención  señala  que  JARA  LANDÍNEZ primero le dispara repetitivamente a él -al  testigo-  sin  lograr impactarlo, luego al aire para seguidamente hacerlo contra  Hernández Molina.   

          Lo  cierto  del caso es que el autor de los disparos, se repite, fue  el  procesado;  los  alegatos de la defensa encaminados a buscar la degradación  de  la  responsabilidad  de su asistido -de dolo a culpa- no logran desentrañar  la  arbitrariedad  en  los  razonamientos del Tribunal que permitan sostener que  por   la   equivocada  estimación  de  los  elementos  de  persuasión  por  la  inobservancia  de  las reglas de la sana crítica, produjo una condena ilegal en  cuanto  habiendo  mérito  para  el  reconocimiento  de  la  duda,  fulminó  la  instancia      con      fallo      adverso      a      los     intereses     del  reo.                            

En  suma,  la demanda deviene inepta por no  satisfacer  las exigencias formales previstas en el artículo 212-3 del C. de P.  Penal  en  sus atributos de claridad y precisión, por lo que a la Sala sólo le  es  dado  disponer  su inadmisión y declarar por consiguiente la deserción del  recurso.   

Por  último, ha de señalarse que revisada  la  actuación,  no  se  observó  la presencia de ninguna de las hipótesis que  permitirían  a  la  Corte  obrar de oficio de conformidad con el Art. 216 de la  Ley 600 de 2000.   

En  mérito  a lo expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   

RESUELVE  

INADMITIR  la  demanda  de casación presentada a nombre de GUILLERMO  JARA  LANDÍNEZ  por su defensor. En consecuencia, se  declara  desierto el recurso, conforme a las motivaciones plasmadas en el cuerpo  de este proveído.   

Contra este auto no procede recurso alguno,  en  virtud  a  lo  dispuesto  en  los Arts. 213 y 187, inc. 2º de la Ley 600 de  2000.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen. Cúmplase.   

MAURO SOLARTE PORTILLA  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                     ALFREDO GÓMEZ  QUINTERO                       

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO                      ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN                       JORGE                                LUIS                               QUINTERO  MILANÉS              

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                         JAVIER ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

         Secretaria     

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