23670(05-09-06)-1

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 23670  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N°  092  

Bogotá,  D. C., cinco (5) de septiembre de  dos mil seis (2006).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la  demanda  de  casación presentada por el defensor del procesado ADRIAN YOBANY BONILLA AMAYA.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

Los  hechos  fueron  sintetizados  por  el  juzgador de segundo grado de la siguiente manera:   

“El 24 de marzo  de  1999 el Grupo Antinarcóticos de la Policía Nacional montó un operativo de  vigilancia  en  el inmueble ubicado en la carrera 111 Bis N° 76-19, Apartamento  202,  de  Bogotá, al tener información que posiblemente allí se traficaba con  sustancias  psicotrópicas,  por  cuanto  se  veían  entrar  y  salir  personas  sospechosas  y  gran  movimiento de carros lujosos. Por ende, en la citada fecha  se  llevó  a cabo diligencia de allanamiento y registro, hallando en una de las  habitaciones  de la residencia dos maletas de viaje que contenían cada una diez  ‘panelas’  o  bloques  de  una  sustancia  que  resultó  ser  cocaína  en  cantidad  neta  de 19.785  gramos.  A  la  investigación  se  vinculó mediante  declaratoria  de  persona  ausente  al  señor  Adrian  Yobany  Bonilla  Amaya,  quien era el propietario del  inmueble donde estaba el alcaloide”.   

2.     El     Juzgado   Tercero    Penal    del   Circuito   Especializado   de  Descongestión    de   Bogotá,   mediante   sentencia   del    13   de   diciembre   de  2002,   condenó   a    Adrian    Yobany   Bonilla   Amaya   a   las   penas principales de  144   meses   de  prisión  y  multa  de  200  salarios  mínimos  legales   mensuales     y     a     la     accesoria     de   “interdicción       en      el   ejercicio   de  derechos  y funciones públicas por un período igual al de  la  pena  principal”,  como  autor  del  delito  de  tráfico,  fabricación  o  porte  de estupefacientes agravado  (artículos  33,  inciso primero [modificado por el artículo 17 de la Ley 365 de 1997]   y   38,   numeral  3°,   de   la   Ley   30   de   1986)   imputado   en  la resolución de acusación, la  cual cobró ejecutoria el 24 de octubre de 2000.   

3.  Apelado  el  fallo  por el defensor del  procesado,  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  el  25  de  junio  de 2004, lo  confirmó,   con   la  sola  modificación  en  el  sentido  de  “determinar   que   la  pena  accesoria  a  imponer  en  contra  del  sentenciado  corresponde  a  inhabilitación  para  el  ejercicio  de derechos y  funciones  públicas  por  lapso  similar  al  de  la pena principal”,  determinación  contra  la  cual  el  citado  profesional del  derecho interpuso recurso extraordinario de casación.   

LA     DEMANDA     DE   CASACIÓN   

El  libelista  acusa  la sentencia de haber  sido  dictada  en  un proceso viciado de nulidad, por cuanto se violó el debido  proceso  y el derecho de defensa, generándose las causales de invalidación del  art. 306.2.3 del C. de P. P..   

“Cargo  principal”   

Luego  de reiterar que se transgredieron el  debido  proceso  y  el derecho de defensa y de transcribir el artículo 29 de la  Constitución   Política,   en  el  subtítulo  que  denominó  “Demostración  del  cargo”, afirma que  el  artículo  13  del  C.  de  P. P., el cual copia, consagra la oportunidad al  sindicado  de  presentar  pruebas  y  de  controvertir las que se alleguen en su  contra.   

Asevera   que   a  la  investigación  se  incorporaron   varias   pruebas,  tales  como  el  informe  que  suministró  la  Intendente  Clanera  Salinas  Pinilla, quien sostuvo que se realizó seguimiento  al  apartamento  de  su defendido ya que, por labores de inteligencia, se tenía  noticia  de  que allí se guardaba estupefaciente; la diligencia de allanamiento  realizada  el  24  de marzo de 1999; el acta de pesaje, identificación, toma de  muestra  y  destrucción  de  la sustancia hallada, cuyo peso neto fue de 19.785  gramos  de  cocaína,  y,  finalmente,  los  testimonios  de  unos agentes de la  Policía,  quienes  narraron y confirmaron lo ocurrido en dicha fecha, elementos  de   juicio   sobre  los  cuales  se  apoyó  la  responsabilidad  penal  de  su  procurado.   

Sin  embargo,  sostiene que “no   fue   tenido   en   cuenta   y   no  fue  valorado”  por los juzgadores el contrato de arrendamiento que legalmente  suscribió  el  procesado  Bonilla  Amaya  con  anterioridad  al  allanamiento,  es decir, el 10 de marzo de  1999,  “corroborado además por los testigos Miguel  Ángel      Montaño      y      Néstor     Fernando     Betancourt”.   

Agrega  que  en  este  asunto  también  se  desconoció       la       “presunción      de  inocencia”, pues no se explica cómo a su defendido  se  le  tilda  de  responsable  del  delito por el hecho de no tener habitado su  apartamento,  “máxime  si no se tiene en cuenta lo  aseverado  por  el  administrador  del  conjunto  residencial, quien sostuvo que  efectivamente  el  implicado  se  presentó  a  la administración el día 10 de  marzo    de    1999   cancelándole   los   meses   que   le   debía   por   la  administración”.   

Estima  que  a  favor de su representado se  debió  aplicar  el  principio  de  la  duda,  como  así lo solicitó de manera  juiciosa  el  Procurador 26 Judicial Penal al momento de presentar su alegato de  conclusión  previo  a  la calificación del mérito del sumario, solicitando la  preclusión  de  la investigación, para lo cual procedió a transcribir casi la  totalidad del mencionado documento.   

“Cargo  accesorio”   

Después  de  citar  el  artículo  20  del  Código  de Procedimiento Penal y de afirma que la sentencia impugnada violó el  principio  de investigación integral, en el acápite que llamó “Demostración  del  cargo” sostiene que  del  análisis efectuado a todas la pruebas aducidas al proceso, se concluye que  “faltó  por  parte  del  ente  acusador edificar o  traer,  mejor,  a  la  foliatura  prueba documental que pudiera demostrar que el  contrato  de arrendamiento adjuntado y argumentado por el procesado, fuera falso  o,  como  se  dijera en la sentencia, que se trataba de una coartada”.   

Considera   que   era   indispensable  la  realización  de un examen pericial que indicara si el contrato de arrendamiento  era  o  no  auténtico  o si el mismo fue “preparado  con  posterioridad a la diligencia de allanamiento”,  pues,   en   su   criterio,  con  una  simple  evidencia  o  un  simple  indicio  “no   se   puede  tener  probado  que  determinado  documento   privado   sea  simulado  o  apócrifo”,  máxime  cuando  en el expediente obra la cartilla decadactilar del arrendatario  Javier  Giovanni  Pinzón  Gómez,  la  cual hubiese permitido corroborar que la  firma  plasmada en el contrato coincide con la que plasmó al momento de obtener  su documento de identidad.   

Refiere  que  al  no  existir  prueba  que  demuestre  la  falsedad  del mencionado contrato de arrendamiento, el mismo debe  tenerse   como  verídico  y cierto, situación que conlleva a concluir que  era  necesaria  la  citada  prueba  pericial,  elemento de juicio que de haberse  practicado otra hubiese sido la suerte de su defendido.   

Así mismo, estima que el testimonio de Hugo  Ramírez  Meneses,  administrador  del  conjunto  residencial  donde se ubica el  apartamento     de     propiedad     del     procesado,    es    “coherente,  conteste  y concordante con la actividad legal y normal  desempeñada  por  mi defendido, esto es, que siempre se apegó a la verdad y no  se  encuentra  en su narración asomo de duda o de querer terciar para alguna de  las  partes  en litis; sin embargo su testimonio no tuvo el suficiente análisis  conforme  a las reglas de la sana crítica por parte del funcionario”.   

Por  lo expuesto, solicita a la Corte casar  la  sentencia  impugnada y, en consecuencia, declarar la nulidad de lo actuado a  partir, inclusive, del cierre de la investigación.   

CONSIDERACIONES   DE   LA   CORTE   

1.   Advierte  la  Sala que la demanda  presentada  a  nombre  del  procesado  Adrian  Yobany  Bonilla  Amaya no reúne los requisitos de claridad y  precisión   que  para  ser  admitida  establecen  las  normas  que  regulan  la  casación.   

Teniendo  en cuenta que el actor fundó las  dos  censuras  en la causal  tercera  de  casación,  se  hace  necesario  reiterar  que, como lo ha dicho la  jurisprudencia  de  la  Corte,  la  nulidad como motivo para atacar, por vía de  casación,  el fallo de segunda instancia, en “orden  a  la  técnica  propia  de  este  medio  extraordinario de confrontación de la  legalidad  de  las  sentencias, comporta los mismos niveles de exigencia que son  inherentes  a las demás causales dada su especial naturaleza, lo cual significa  que  de  modo  insoslayable  debe  especificarse  la  causal o motivo de nulidad  concurrente,  demostrando  el  carácter sustancial del vicio o la irregularidad  acusados  y  particularmente  la etapa o el momento procesal a partir de la cual  se  hace imperativa la anulación, explicando justificativamente las razones por  las   cuales   no   media   alternativa   diversa   que   la   de  invalidar  lo  actuado”.1   

Por  consiguiente, tratándose del cargo de  nulidad  la demanda no es un escrito de libre confección, toda vez que también  debe ajustarse a los presupuestos formales para su admisibilidad.   

De igual manera, en virtud del principio de  trascendencia  que gobierna la declaratoria de nulidad, según la cual, no basta  con  denunciar  irregularidades  o  que  éstas efectivamente se presenten en el  proceso,  sino  que  se  hace  indispensable  demostrar  que aquellas inciden de  manera  concreta  en  el quebranto de los derechos de los sujetos procesales, se  hace  necesario  que  el  actor evidencie un perjuicio en el yerro in procedendo  denunciado,  pues,  caso  contrario,  la  Corte,  por  razón  del  principio de  limitación, no puede entrar a complementar al censor.   

En    esas   condiciones,   observa     la     Sala     que     el     primer   cargo  se  quedó  en   el   simple   enunciado,   pues   el  demandante  no  demostró  cómo  las  irregularidades  invocadas  incidieron  de manera ostensible en las conclusiones  de   la   sentencia   atacada,   al   punto   que   de   no   haberse   cometido  necesariamente      el      fallo     habría     sido   favorable  a  los  intereses  del procesado.   

En  otras  palabras,  constituía una carga  para  el  libelista  indicar  a  la  Corte  cómo el hecho de no “haber   sido   tenido   en  cuenta”  o  “no  haberse  valorado”  por  parte  del sentenciador el contrato de arrendamiento que se dice suscribió  Adrian    Yobany    Bonilla    Amaya   con  Javier  Giovanni  Pinzón  Gómez,  o  el  no  “haber  tenido  en  cuenta  lo  aseverado  por  el administrador del  conjunto  residencial” conllevó a  la evidente  violación  tanto  del debido proceso como del derecho de defensa del procesado,  yerro  que necesariamente de no haberse cometido, por lo menos, el fallo habría  sido favorable a los intereses procesales de su defendido.   

Además,  no  ilustró a la Corte cómo las  mencionadas  irregularidades  afectaron  seriamente las garantías fundamentales  del     procesado     Bonilla    Amaya,  es  decir,  no  indicó  y  mucho  menos  demostró cómo la ley  procesal  penal  edifica  la estructura del proceso a partir de la valoración o  estimación  de  los  mencionados  elementos  de  juicio,  aspecto  que  de  ser  desconocido  por  el  funcionario  judicial  genera un yerro que, sin discusión  alguna,  vulnera dicha estructura y, correlativamente, el derecho de defensa del  sindicado,  sin  dejar  pasar  por  alto  que confundió la garantía del debido  proceso  con  la  de la defensa, olvidando que han sido claramente diferenciadas  por  la  ley  y  la  jurisprudencia,  pues  en la primera hipótesis se está en  presencia  de  un  vicio  de estructura mientras en la segunda de garantía, sin  desconocer  que  hay  eventos  excepcionales  en  que  con  la  irregularidad se  quebrantan  los  dos  derechos,  pero  sin  que  demuestre  que éste sea uno de  ellos.   

En fin, con apego en errores in procedendo y  argumentando    que   el   contrato   de   arrendamiento   fue   “legalmente   suscrito”,  el  cual  se  encuentra  “corroborado  por  los  testigos  Miguel  Ángel  Montaño  y  Néstor  Fernando Betancour”, o  que  en  este  asunto  debió  aplicarse  el  principio  de  la  “duda”,   como  así  lo  planteó  el  Ministerio  Público  al  momento de la calificación del mérito del sumario, o  que    aquél   elemento   de   juicio   “no   fue  valorado”,  pretende  el casacionista cuestionar la  responsabilidad  del  procesado, lo que constituye un desvío hacia los senderos  del  cuerpo  segundo  de  la  causal  primera,  desconociendo  el  principio  de  autonomía,  según  el  cual,  al  interior  de  un  mismo  cargo  no se pueden  entremezclar ataques correspondientes a causales distintas.   

Si  lo pretendido por el censor era mostrar  cómo  en  verdad  los  juzgadores  de   instancia,  en  el   proceso   de   evaluación   individual  y  mancomunada  de   los   medios  de  convicción,  omitieron  valorar  tanto  el  contrato  de  arrendamiento  como  la  declaración del administrador del conjunto residencial  en  el  cual  se  ubicaba  el  apartamento de propiedad del procesado, tal yerro  debió  plantearlo, como se dijo, por los senderos de la violación indirecta de  la  ley sustancial, por error de hecho generado en un falso juicio de existencia  por  omisión,  camino  que  en  ningún momento emprendió y, menos, demostró.   

Además, como también lo ha dicho la Corte,  la  simple  discrepancia  de  criterios  en  torno  a la credibilidad positiva o  negativa  que  ha  debido dársele a las pruebas, no constituye yerro demandable  en  casación,  salvo  que  en  la  actividad  probatoria se hayan vulnerado los  postulados en que se sustenta la sana crítica.   

En  definitiva,  la  labor demostrativa del  cargo  la centró en presentar una personal valoración del multicitado contrato  de  arrendamiento,  sin  que en manera alguna evidencie un error en la actividad  probatoria,  menos  aún cuando en el siguiente cargo el propio libelista admite  que  dicho documento fue tenido en cuenta por el sentenciador, quien al respecto  concluyó     “que    se    trataba    de    una  coartada”,  aspecto  este que contradice su inicial  afirmación,    según    la    cual,    tal   contrato   no   fue   objeto   de  valoración.   

En  consecuencia,  se  avizora  que  en  la  formulación  de  la  primera  censura hay inseguridad, poniendo en evidencia la  falta     de     claridad,      precisión    y    coherencia    para    su  admisibilidad.   

Idéntica  suerte  corre  el  segundo  cargo,  pues  si bien es cierto  que  alega la vulneración del principio de investigación integral, por cuanto,  en  su  criterio,  era  indispensable  que  el  contrato  de arrendamiento fuera  sometido  a un examen pericial que indicara si el mismo era o no “auténtico”,   es   decir,   si   fue  “preparado  con  posterioridad  a  la diligencia de  allanamiento”,  de  todos modos la censura quedó a  mitad  de  camino,  en  la  medida  en  que carece de la necesaria trascendencia  derivada  de  su oposición a la lógica del fallo, para demostrar de esta forma  que  de  haber  sido  practicada  la prueba echada de menos hubiera impuesto una  orientación distinta, labor que evidentemente no emprendió.   

En  efecto,  el  actor no precisó cómo la  práctica  de la prueba técnica que reclama habría conducido ineludiblemente a  derrumbar  las conclusiones que obtuvo el juzgador al valorar de manera conjunta  las  pruebas  legalmente  aducidas, las cuales le permitieron predicar, en grado  de   certeza,   que   dicho   contrato  no  fue  más  que  una  “coartada”,  a  través  de  la cual el  procesado  pretendía  eludir su responsabilidad frente al delito de tráfico de  estupefacientes por el cual fue condenado.    

Y  en  espera de que ahondara en argumentos  que  condujeran  a  la  demostración  del  reproche,  este   sufre   una   abrupto   desvío   en  el instante   en   que   cuestiona   la  manera  como   fue    valorado    el    testimonio  de  Hugo  Ramírez  Meneses,  administrador    del    conjunto    residencial,     el     cual   califica      de      “coherente,   conteste     y    concordante    con   la    actividad   legal    y    normal    desempeñada    por    mi   defendido,   esto   es,  que  siempre  se  apegó  a la verdad y no se  encuentra  en su narración asomo de duda o de querer terciar para alguna de las  partes  en  litis;  sin  embargo  su  testimonio no tuvo el suficiente análisis  conforme  a las reglas de la sana crítica por parte del funcionario”,  afirmaciones  estas  que, sin duda, se salen de la hipótesis  casacional  seleccionada,  para  adentrarse  en  el  ámbito  del error de hecho  propio de la violación indirecta de la ley sustancial.   

En  fin, como se indicó, no tuvo en cuenta  el  censor  que  el fallo llega a esta sede precedido de la doble presunción de  acierto   y   legalidad,   es  decir,  que  los  hechos  y  las  pruebas  fueron  correctamente  apreciadas  y  el  derecho  acertadamente aplicado, motivo por el  cual  constituye  una  carga  para el demandante entrar a evidenciar el error in  iudicando   o   in   procedendo   invocado,  según  el  caso,  y  demostrar  su  trascendencia  frente  a  las  conclusiones  adoptadas  en  la  sentencia.    

Por  lo tanto, frente a los anotados yerros  de  la  demanda,  se  impone  su  inadmisión,  pues la Corte, en acatamiento al  principio de limitación, no puede corregirlos.   

2.  No obstante, teniendo en cuenta la  época  de  ocurrencia  de  los  hechos  y  como  quiera  que se advierte que al  procesado  se  le impuso la pena accesoria de inhabilitación en el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas por el mismo término de la pena principal, es  decir,  144  meses,  quantum  que  podría  eventualmente  desbordar  el máximo  dispuesto  por  el  legislador  sobre  el  particular,  teniendo  en  cuenta  el  principio  de  favorabilidad,  circunstancia  que comportaría violación de los  derechos   y  garantías  de  Adrian  Yobany  Bonilla  Amaya,  por  ello,  es  necesario  surtir traslado al  Ministerio  Público  para  que  se  pronuncie  al  respecto  y, posteriormente,  proceda  la Sala a dictar la decisión de fondo que en derecho corresponda, como  en  efecto  se  ha procedido en otras oportunidades.2   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA  DE  CASACIÓN  PENAL, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la Ley,   

R E S U E L V E  

1.  INADMITIR  la  demanda  de  casación presentada por el defensor  del  procesado ADRIAN YOBANY BONILLA AMAYA.  En  consecuencia,  se declara desierto el recurso extraordinario  de casación interpuesto.   

2.          Correr  traslado  al Ministerio Público  por  el  término  de 20 días para que conceptúe sobre la posible vulneración  de garantías fundamentales del procesado.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                          ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

Aclaración de voto  

ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN                              MARINA    PULIDO    DE  BARÓN           

         Salvamento parcial de voto   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                YESID      RAMÍREZ  BASTIDAS           

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                        JAVIER ZAPATA ORTIZ                                                     

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

1 Rad.  20046, auto del 11 de febrero de 2004, entre otras.   

2 Ver,  entre  otras,  Autos  del  19  de  agosto  de  2004, rad. 21302,  del 18 de  noviembre   de   2004,  rad.  22082,  y  del  6  de  abril  de  2005,  rad.  22.592.     

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