23495(09-11-06)

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 23495  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado  Ponente   

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

Aprobado acta número 128  

Bogotá.  D.C., nueve de noviembre de dos mil  seis.   

Decide  la  Corte  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  la  defensa  de Andrés Felipe Osorio  Bedoya,  contra  la  sentencia proferida el día 25 de  octubre  de  2004  por  el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Medellín,  mediante  la cual confirmó la del Juzgado quinto penal del circuito de la misma  sede,  que  condenó  al  recurrente  como  autor  de  los  delitos de homicidio  agravado, homicidio tentado agravado y hurto calificado y agravado.   

HECHOS  

          Así    pueden    narrarse    los    hechos    juzgados    en    las  instancias:   

          El  día  lunes  14  de  abril  de  2003,  Humberto de Jesús Castro  García,  acompañado  de  su  empleado  Argemiro  Gómez  Gómez,  llegó en su  vehículo  al  sector de Loreto en la ciudad de Medellín, estacionó su carro y  se  bajó  con el objeto de averiguar la dirección del sitio en el cual pensaba  adquirir  algunos  elementos  necesarios para su labor. En eso, unos jóvenes se  acercaron  con  el  objeto  de brindarle ayuda y partieron con él a recorrer el  sector,  mientras  su acompañante se quedaba al cuidado del vehículo. Momentos  después,  regresó  uno  de  ellos,  quien  convidó a Argemiro Gómez Gómez a  acercarse  hasta  el  lugar  en  donde  se  encontraba  su patrón, siendo en el  trayecto  intimidado con una arma de fuego y forzado a entrar al sótano ubicado  en el número 32 A 18 de la calle 35 de la ciudad.     

          En  el  apartamento,  Argemiro  Gómez encontró a su amigo sometido  por  muchachos  que  portaban  armas  de  fuego y lo indagaban por su presencia,  mediante  un  interrogatorio  que  terminó  cuando decidieron salir del lugar y  ejecutar  a  Humberto  de  Jesús  Castro  en  plena vía pública, no sin antes  despojarlos  de  sus  pertenencias.  Antes  de  que  hicieran  lo mismo con él,  Argemiro  Gómez  Gómez alcanzó a huir, siendo seguido por uno de los jóvenes  hasta  el  sitio  en donde encontró refugio, sin ser herido pese a los disparos  que le hizo el agresor.   

          La  presencia oportuna de los agentes del orden permitió que Gómez  Gómez  les  diera  a  los  uniformados la información necesaria para lograr la  inmediata    captura   de   Andrés   Felipe   Osorio  Bedoya,    a    quien   la   víctima   –  y  otras  personas más –  reconocieron  en el acto como uno de  los autores del comportamiento.    

         

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

          Con  base  en  la  información  acerca  de  la  muerte  violenta de  Humberto  de Jesús Castro, la Fiscalía 155 de la Unidad de Reacción Inmediata  de  Medellín,  abrió investigación previa el 14 de abril de 2003 (fs.,  1),  y  el 16 del mismo mes y año  investigación  penal,  luego  que  las  autoridades de policía aprehendieran a  Andrés Felipe Osorio Bedoya,  instantes    después   de   haberse   ejecutado   el   homicidio   (fs., 13).   

          El  16  de  abril  siguiente, la fiscalía 156 seccional escuchó en  diligencia   de   indagatoria   a   Osorio  Bedoya  (fs.,  14)  y  el 21 de abril la décima seccional le impuso,  al  resolverle  la  situación  jurídica, medida de aseguramiento de detención  preventiva  por  la  probable  comisión  del  delito  de homicidio (fs., 25).   

          El   14  de  mayo  del  mismo  año  se  amplió  la  diligencia  de  indagatoria  del sindicado, en la cual se le imputó, además de la conducta por  la  cual  le fuera resuelta su situación jurídica, la comisión de los delitos  de   homicidio   tentado,   hurto  calificado  y  agravado  y  secuestro  simple  (fs.,  91), comportamientos  por  los  cuales,  el  5 de  junio    del    mismo    año,    la    fiscalía    le    impuso    medida   de  aseguramiento.   

          El  7  de  julio  la  fiscalía  décima  cerró  la  investigación  (fs.,   181),   la   cual  calificó  el  8  de  agosto  de 2003 acusando a Osorio  Bedoya  por  la  comisión de los delitos de homicidio  simple,  homicidio  tentado,  secuestro  simple,  hurto  calificado y agravado y  porte   ilegal   de   armas   (fs.,  223).   

          Mediante  providencia  del  16  de  septiembre de 2003, la Fiscalía  trece  delegada  ante  el Tribunal Superior de Medellín, al resolver el recurso  de  apelación  interpuesto  por la defensa, confirmó la decisión (fs., 260).   

         

          El  juez  quinto  penal  del  circuito,  a  quien le fue asignado el  asunto,  realizó  las  audiencias  preparatoria (fs.,  277)   y   pública  (fs.,  289).   

En  esta  última,  con  fundamento  en  el  artículo  404  de  la  ley  600  de  2000, la fiscalía varió la calificación  jurídica  con  relación al delito de homicidio, al considerar que el consumado  y  el  tentado  debían agravarse por el estado de indefensión de las víctimas  (fs., 298).   

          El  19  de  diciembre de 2003, de conformidad con el artículo 14 de  la  ley  733  de  ese  año, el Juzgado remitió el proceso al Juzgado penal del  circuito  especializado,  pero  como  quiera  que  éste  anuló  lo actuado con  relación    al    delito    de    secuestro   (fs.,  311), en decisión que el Tribunal Superior avaló, el  expediente se remitió nuevamente al Juzgado de origen.   

          El  23  de  julio  de  2004,  el  Juzgado  quinto penal del circuito  condenó  a  Andrés  Felipe Osorio Bedoya  a  la  pena  principal de 40 años de prisión y a la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  funciones públicas por 20 años, como  coautor  de  los  delitos  de  homicidio agravado, homicidio tentado agravado, y  hurto  calificado  y  agravado,  y  lo  absolvió  por  el porte ilegal de armas  (fs.,     364).    

          El  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de Medellín, mediante  la suya del 25 de octubre de 2004, confirmó la decisión.   

DEMANDA DE CASACION  

          La  demandante  propone  tres  cargos contra la sentencia de segunda  instancia.   

          En  el  primero,  invoca  la  nulidad  de  la  sentencia  por  falta  de  motivación (causal tercera).   

          En  ese  orden, después de recordar que las sentencias de instancia  conforman  una  unidad,  la demandante sostiene que el juez de primera instancia  motivó  la  sentencia  sofísticamente al desconocer ostensiblemente los medios  de   prueba,  tema  que  advierte  podría  considerarse  como  un  supuesto  de  infracción  indirecta de la ley, pero que a su juicio no lo es, por su evidente  trascendencia.   

          Observa  que  en la sentencia se relacionan las pruebas que obran en  el  proceso  y  se  rememoran  las circunstancias fácticas en que se produjo la  muerte  de  Humberto  de Jesús Castro, siempre de la mano de la declaración de  Argemiro  Gómez  Gómez,  quien  acompañaba al occiso y fue también objeto de  disparos  con  arma de fuego que no hicieron blanco en su humanidad.           

          La   declaración   de   Gómez   fue   primordial  para  atribuirle  responsabilidades  al  procesado,  pero  el  tribunal no tuvo en cuenta, dice la  demandante,  que  cuando el testigo se refirió al agresor, destacó que llevaba  un  cabestrillo  de  color  crema en la mano y no uno de color verde como el que  portaba  el  sindicado cuando fue capturado. A pesar que las características de  esta  prenda  resultaron esenciales para establecer la identidad del autor de la  conducta,   al   juzgador  no  le  pareció  de  mayor  importancia  que  en  su  declaración   el   testigo   hiciera   referencia   a   una   prenda  de  color  diferente.   

          Además,  el  testigo  no  fue fiel a su  narración  inicial,  pues  en ella dijo que un ligero contacto con el procesado  le  bastó para identificarlo, pero luego aseveró que lo tuvo de frente durante  un  buen  tiempo,  resaltando que algo que lo distinguía era la prenda de color  crema  o  café que llevaba en la mano, aspectos a los cuales el tribunal no les  prestó  mayor atención, pese a lo esenciales que resultaban para establecer la  veracidad del declarante.   

          No  puede perderse de vista, además, que Gómez Gómez les informó  a  los policías que uno de los autores del homicidio tenía el brazo enyesado y  llevaba  un  cabestrillo  en la mano – como lo informó el Sargento Odilio Ruíz  Arias   -,   confundiendo   a   los   agentes,  que  capturaron  a  Andrés  Osorio  Bedoya,  quien  coincidencialmente tenía una fractura  en el brazo pero no una prenda del color que refirió el testigo.   

          Sin   parar  mientes  en  esas  contradicciones,  el  Juzgado,  para  reafirmar  la  imputación,  recurrió  a  una  premisa  falsa,  según la cual,  algunos  de  los  vecinos del sector habrían reconocido al procesado cuando fue  capturado,  pero cuidó de no  mencionar  los testimonios de los agentes del orden que contradicen esa versión  y  la  ponen  en tela de juicio, como que, por ejemplo, el sargento Odilio Arley  Núñez  manifestó que solamente Gómez Gómez fue quien señaló al sindicado,  cuando no el agente Jesús Niño Muñoz, quien expresó:   

          “como  estábamos  cerca  del  lugar  de  los hechos del homicidio  pasamos  por  allí  y  una  persona  se  lanzó  encima y le dijo: ‘éste  es el asesino, que éste fue el  que   lo   mató   (…)   el   señor   me   imagino   que   era   uno  de  los  ofendidos.’  ”   

           No   menos   contradictorias  son  las  declaraciones  de  los  agentes  Leonardo David Beltrán y de Luis Carlos Ortega  Cortés,  pues  mientras el primero dijo que el ofendido fue quien reconoció al  homicida,   el   segundo   manifestó   que  fueron  dos  personas  las  que  lo  hicieron.   

          En conclusión,   

          “el  fallador  incurrió  en una motivación de tipo sofístico al  analizar  las  probanzas  que  hacían  relación  al  supuesto  señalamiento y  reconocimiento   de   Andrés  Felipe  Osorio  Bedoya  por parte del testigo de cargo Argemiro Gómez Gómez,  pues  como  se  signó  anteriormente,  el  fallador  se  apartó  del contenido  objetivo  de  las  pruebas,  bien sea porque las considera intrascendentes o las  toma  parcialmente,  con  lo  cual  las desconoce abiertamente, arribando así a  conclusiones diversas sobre la verdad material.”   

          De  otra  parte,  ninguna  importancia le merecieron al juzgador las  declaraciones  de  María  Eduvina Chalarca y de Yurani Pérez Agudelo, personas  que  afirmaron  que  el  procesado  estuvo  con  ellas  a la hora en que se dice  ocurrió  el  homicidio,  por  lo cual no puede ser cierta la versión de Gómez  Gómez,  quien  dijo  que  pudo  reconocer  al  sindicado  porque siempre estuvo  presente mientras duró su transitoria retención.   

          En  consecuencia,  la  argumentación sofística del fallo conduce a  que  se  decrete  la nulidad de la sentencia y a que la Corte provea el fallo de  reemplazo.   

          En    el    segundo    cargo,  la  demandante  acusa  la  sentencia  de  ser  ilegal  por  haber  incurrido  el  juzgador  en  errores  de hecho en la apreciación de las pruebas  (causal primera).   

          Aduce  que  al  estimar  el testimonio de Argemiro Gómez Gómez, el  tribunal  no  tuvo en cuenta las contradicciones en que incurre el testigo y que  afectan su credibilidad.   

En  perjuicio  de  las  reglas  de  la  sana  crítica    –    dice  –  ,  no percibió que el  testigo  se  refirió  a  una persona que portaba una venda de color crema en la  mano,  y  que la capturada tenía una verde; tampoco advirtió que en la primera  declaración  destacó  que  el  sindicado lo acompañó hasta el sitio en donde  estaba  su  patrón,  y  en  la  segunda  que el procesado estuvo en el sitio de  retención,  en  donde  “nos  miraba  y  se reía, y movía la mano que tenía  envuelta  el trapo, se reía, nos miraba y se reía y salió con nosotros”, lo  cual enseña las graves contradicciones en que incurrió.   

          Aparte   de   ello,  otras  contradicciones  accidentales  dejan  en  entredicho  el  testimonio del principal testigo de cargo, como quiera que en la  primera  versión  dijo  que el occiso saludo a un moreno y que esa fue la causa  de  una  primera agresión, pero en la segunda señaló que el occiso reconoció  a los agresores y que esa fue la razón del incidente.   

          Pese   a   esas   contradicciones,   desconociendo   las  reglas  de  interpretación  del  testimonio  y  las de la ciencia y la lógica, el Tribunal  apreció como cierta una declaración que no lo es.   

          Erró   también  el  Tribunal  al  distorsionar  y  tergiversar  el  testimonio  del  subintendente  Luis  Carlos  Ortega  Torres.  En éste caso, el  agente,  contra  toda  evidencia,  refirió  que  el testigo hizo mención a una  persona  que portaba una venda verde, como la que llevaba la que capturó, y que  otras  personas,  distintas  a Gómez Gómez, señalaron que el retenido fue uno  de  los  autores  de la conducta. No obstante, el Tribunal no tuvo en cuenta que  la  declaración  del agente es contraria al resto de declaraciones que obran en  el  proceso,  y  por ello le confirió credibilidad, cayendo de esa manera en el  error de identidad denunciado.   

         

          Por  último,  el  fallador incurrió en un error de hecho por falso  juicio  de  existencia  al  ignorar  que el procesado, como él lo afirmó, y lo  corroboraron  María  Eduvina  Chalarca  y  Yurani  Pérez  Agudelo,  no  estuvo  presente  en  el  lugar de los hechos a la hora en que se ejecutó el homicidio,  por encontrarse en la casa de las testigos.   

          La  tesis del Tribunal según la cual el procesado pudo estar en los  dos  sitios  a la vez atendiendo la dinámica de los acontecimientos, no pasa de  ser  un  sofisma mediante el que se desconoce el alcance de las declaraciones de  las testigos, en perjuicio de la inocencia del procesado.    

         

Tales  errores,  a  juicio de la demandante,  llevaron  al  juzgador  a  declarar  una  verdad  distinta  a  la que el proceso  enseña,  de  manera que se impone casar la sentencia y dictar la absolutoria de  reemplazo.   

          En     el    tercer    cargo,  con  apoyo  en  la  causal  segunda,  la  demandante  denuncia la  infracción  al  principio  de congruencia, al haber sido condenado el sindicado  por  los  delitos  que  le  fueron  imputados en la resolución acusatoria, pero  deduciéndole  agravantes  no  consignadas  en  el pliego de cargos (obrar  en  coparticipación criminal), lo  cual  le  permitió  al  juzgador  graduar  la pena en el ámbito de los cuartos  medios y no en el primero, como en realidad corresponde.   

CONCEPTO DE LA PROCURADORA  TERCERA DELEGADA   

PARA   LA   CASACION  PENAL   

          La  sentencia,  a  juicio  de  la  Procuradora,  se  debe casar para  corregir  la  infracción  al  principio  de congruencia que es evidente y en lo  cual  le  asiste razón a la impugnante; no así por los cargos restantes que se  deben desestimar.   

          El  primero,  porque  en  lugar  de  demostrar  la  vulneración  de  garantías  fundamentales –  como  la  causal  que  escogió lo impone -, la recurrente se dedica a denunciar  supuestos  errores  en  la apreciación probatoria, sin referencia alguna con la  causal  aducida. Por esa razón concentra buena parte de su estudio al análisis  del  color del cabestrillo y a cuestionar que el juzgador no hubiera tratado con  suficiencia  el  tema,  como muestra de la ausencia de motivación, pero termina  aceptando que al tribunal ese punto no le pareció trascendente.   

          En  lo  demás,  la demandante se detiene a explicar, desde su punto  de  vista,  la  que  considera  ha  debido  ser  la apreciación correcta de los  testimonios  rendidos  en  el  proceso y que a su juicio no podían cimentar una  sentencia de condena.   

          El  segundo,  porque la recurrente asume el estudio de los medios de  prueba  desde su punto de vista y por eso no logra explicar de dónde surgen los  errores  de  hecho denunciados (falso raciocinio, falso  juicio    de    identidad    y    falso    juicio   de   existencia),  de manera que  lo  único  que  queda  claro  de  su exposición es la reiteración que hace de  pequeños  detalles  inherentes  a  las  declaraciones,  a  partir de los cuales  pretende   que   se   declare   que   la   razón  no  está  de  parte  de  los  tribunales.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          La  Corte,  tal  como lo solicita el Ministerio Público, casará la  sentencia  por infracción al principio de congruencia y hará las declaraciones  que  de  ese  reconocimiento  se  derivan, al tiempo que desestimará los demás  cargos propuestos en la demanda.   

          Cargo       primero.      Nulidad    por    motivación    aparente   o   sofística   de   la  sentencia.   

          Desde  una  perspectiva constitucional, el debido proceso se concibe  como  un  limite  al  poder  punitivo  del  Estado,  y  como  un método para la  preservación  de  las  garantías  constitucionales  de los sujetos procesales,  entre  las  cuales  se  incluye  la  debida  fundamentación de las resoluciones  judiciales.1   

          La  fundamentación  de las resoluciones judiciales, como expresión  del  núcleo del derecho al debido proceso y de cortapisa a la arbitrariedad del  poder  punitivo, encuentra en la fuerza persuasiva de la argumentación judicial  la  fuente  de su legitimidad, al punto que bien se puede expresar que no existe  decisión  sin  argumentación.  Tanto  lo  será,  que en guarda del derecho al  debido  proceso  y  de  la adecuada motivación de las decisiones judiciales, la  Corte  en  sede  de casación ha trazado una sólida línea jurisprudencial para  solucionar  desviaciones  que  atentan  contra  la  seguridad  y  certeza de las  decisiones.   2   

          Pues  bien, de la mano de exigencias formales y materiales que hacen  de   una   sentencia   una   decisión   judicial  3,  en  Estados democráticos el  análisis  de  los  supuestos fácticos y la consideración de los argumentos de  los  sujetos procesales y de las razones por las cuales se estima que una o más  normas  jurídicas  asumen el supuesto que se juzga, se consideran esenciales en  la construcción de la respuesta judicial.   

          En ese sentido,   

          “Si  el proceso es la respuesta que el estado da a la realización  de  hechos  supuestamente  delictivos,  es  obvio  que  la  sentencia  que es su  conclusión,  debe  hacer un estudio de la realidad probatoria que acredita esos  hechos  y  su  atribución al procesado y el examen jurídico indispensable para  encontrar   la   correspondencia   entre   los   hechos  y  el  ordenamiento.”  4   

          Cuando  eso  no  ocurre  porque  la sentencia presenta defectos como  acto  procesal,  la  Corte  ha entendido que la sentencia es nula, ya sea porque  carece  totalmente  de  motivación,  porque  siendo  motivada  es  dilógica  o  ambivalente o porque su motivación es incompleta.   

          “Existe   ausencia   absoluta  de  motivación   –   se tiene acordado –  cuando no se precisan las razones de  orden  probatorio  y  jurídico  que  soportan  la  decisión; la motivación es  ambivalente  cuando  contiene  posturas  contradictorias  que impiden conocer su  verdadero  sentido;  y  será  precaria  o incompleta, cuando los motivos que se  exponen  no  alcanzan  a  traslucir  el  fundamento  del  fallo.” 5   

          A  éstas, que han sido consideradas tradicionalmente como vicios de  procedimiento,  debe  agregarse,  como  lo  asumió  la  Corte, en la gramática  propia  de  los  vicios  de  motivación,  la aparente o falsa o sofística, que  afecta la sentencia no como acto procesal, sino como decisión.   

En  ese  sentido, la Sala entendió que la  motivación aparente o sofística,   

         

“es  inteligible, pero equivocada debido a  errores  relevantes  en  la  apreciación de las pruebas, porque las supone, las  ignora,  las  distorsiona,  o  desborda  los  límites  de  racionalidad  en  su  valoración. 6   

          Dijo así mismo, que   

“La  Corte  entiende  que  una  cosa es la  sentencia  como  acto  procesal, y otra como decisión. De igual manera, que las  tres  primeras  hipótesis  (ausencia de motivación,  motivación   deficiente   y   motivación  equívoca)  afectan    la    sentencia   como   acto,   y   que   la   cuarta   (falsa  motivación)  afecta la sentencia  como  decisión. También entiende que las tres primeras constituyen en estricto  rigor  técnico  un  error  in  procedendo, y la cuarta un error in iudicando, y  consecuencialmente,  que la vía de ataque de las primeras es la causal tercera,  y   de   la   última   la   primera   cuerpo   segundo.”    7   

          De  estas precisiones, al menos desde el punto de vista técnico, se  puede  advertir,  en  estricto  sentido,  que  el cargo propuesto bajo la causal  seleccionada   no   respeta  la  ortodoxia  del  recurso,  pues  la  motivación  sofística  sólo  se  corrige mediante una solución de carácter procedimental  por    la    vía    de   la   causal   tercera   8,   

“con  el fin de resolver aquellos casos en  los  cuales  los  sujetos  procesales no denuncian el error, o lo hacen en forma  deficiente,  y  se  hace  necesario  ajustar  la  decisión  a  la legalidad, en  cumplimiento  de  las  finalidades  del recurso.” 9      

          Aparte  de  esta  consideración instrumental, de lo que se acaba de  indicar  se puede concluir que la motivación aparente, falsa o sofística, a la  cual  alude  la  demandante, es un defecto sustancial que impide la comprensión  clara     y     explícita     del     fallo     10.  O  de otro modo, un defecto  mayor   que  desconoce  la  integridad  probatoria  e  impide  la  aproximación  razonable  a  la  verdad como cometido del proceso penal. Es, si se quiere, algo  más  que  un  error  de  hecho  o de derecho en la estimación probatoria y por  supuesto    algo    mucho    más    que    una    pequeña    incongruencia   o  contradicción.   

          Desde  ese  punto  de  vista  el cargo no está llamado a prosperar.  Claro,  porque  la  demandante  evoca  incongruencias menores en la apreciación  probatoria  y  no defectos que impidan comprender el sentido de la imputación y  de   sus   consecuencias.  En  últimas,  el  reproche  se  queda  en  alusiones  reiterativas  a  una venda que portaba el sindicado en su mano y que resultaría  esencial  para  deducir  su ausencia de responsabilidad, pero sin considerar que  en  el  fallo  de  primer  grado,  como  unidad jurídica, el juez señaló como  primordial  el  reconocimiento  que hizo la víctima del procesado.   

          Dijo:   

“Aquí  debe  revelarse  que la acusación  vertida  en  disfavor  del  sindicado  proviene de un testigo ocular directo, el  señor  Argemiro  Gómez Gómez, el cual tiene porque conocer lo relatado, pues,  fungió  víctima  de  la banda criminal y estuvo retenido por varios minutos en  el  apartamento  del  sótano,  teniendo  oportunidad  de  ver de cerca y por un  amplio  lapso  a los captores, particularmente al procesado, de quien (fs., 55):  “yo  recuerdo  muy  bien  su  cara  porque  en la pieza se paró mucho rato en  frente  mío  (…)  y  él  nos  miraba  y  se reía y moví la mano que tenía  envuelta el trapo.   

          Continuó:   

          “Capturado  el  implicado  apenas instantes después de ejecutarse  los  hechos,  necesariamente en la mente de la víctima estaba fresca su imagen,  con  referencia  directa  a  sus  rasgos fisonómicos, aspecto físico general y  vestiduras,  que  para  nada  pudieron variar en tan breve lapso, minimizando al  extremo  las  posibilidades  de  error o confusión por el paso del tiempo o las  variaciones en la apariencia del sujeto a reconocer.”   

          Y concluyó,   

          “Impoluto,  entonces,  el  testimonio  del  señor  Gómez Gómez,  éste  por si mismo, dadas las circunstancias en que operó, sirve de sustento a  la  definición  de  autoría  y  responsabilidad  penal, en el entendido que la  persona   presentada  ante  él  por  los  agentes  de  policía,  efectivamente  participó  en  los hechos, conforme la discriminación que de su actividad hizo  el testigo ocular.” (fs., 382)   

          A  todo  ello  el  juzgado  agregó que el patrullero Leonardo David  Beltrán,  quien traslado al sindicado hasta el lugar en donde yacía una de las  víctimas  del  atentado,  pudo  percatarse  que un clamor general decía que el  capturado  era  uno  de  los autores, y Carlos Ortega Torres, también agente de  policía,  reafirmó ese concepto, al señalar que en medio de la aglomeración,  un  hombre  de  mas  o  menos  25  años  se  acercó  al procesado           y le increpó  la muerte recién ocurrida.   

          Para cerrar el círculo, el juzgado advirtió:   

          “Y,  si  se  dijera que lo relatado apenas obedece al deseo de los  uniformados  por sustentar aún más el vínculo penal que surge de lo declarado  por  el  subordinado  laboral  del  hoy  occiso,  ello  recibe  un claro soporte  testifical  de  manos  de  la señora María del Pilar Henao González, la cual,  debe  destacarse,  fue  citada  por  el  señor  defensor,  y quien advierte que  efectivamente,  instalado  el  justiciable  dentro de la patrulla policial (fs.,  66):  ‘la gente decía que  él    había    sido.’  ”   

          Si  la motivación falsa o sofística se  manifiesta  como  una  argumentación  evidentemente equivocada debido a errores  superlativos  en  la  apreciación de las pruebas, ya sea porque el juzgador las  supone,  ignora,  distorsiona,  o  desborda  los  límites de racionalidad en su  valoración,  la  que  ahora  se  cuestiona  no  lo  es,  de una parte porque el  análisis  probatorio  la  hace  racionalmente intelegible, y de otra, porque se  construye  a  partir de la fuerza persuasiva del testimonio de la víctima y del  reconocimiento  expreso  que  hizo del procesado, lo cual se explica a partir de  la    manera    como    el    testigo    percibió   los   hechos   – y los padeció -.   

          Ahora,  que  la  venda que portaba el sindicado sea de un color o de  otro,   es   un   aspecto  circunstancial  que  nada  le quita al impecable argumento del juzgado, y por el  contrario,  lo  que indica es que la recurrente pretende magnificar ese supuesto  para  imponer  sus particulares y subjetivas conclusiones. De manera que ni aún  siquiera  por  la  vía de la infracción indirecta de la ley, que es algo menos  que    una    argumentación   sofística,   el   cargo   estaría   llamado   a  prosperar.   

          Segundo       cargo.      Errores de hecho en la apreciación de las pruebas.   

          Desde   la   perspectiva   propuesta   el  cargo  es  en  sí  mismo  inabordable,  pues  como  con  acierto  lo  destaca  el  Ministerio Público, la  demandante  persiste en su personal criterio acerca de detalles circunstanciales  que  Argemiro  Gómez Gómez – principal testigo y a la  vez  ofendido –  dio  a  conocer  y en las supuestas contradicciones de los agentes  que  intervinieron  en las primeras indagaciones, quienes afirmaron que en medio  de   la   aglomeración   de   gente,   una  o  mas  personas  identificaron  al  sindicado.   

          Esas  situaciones  que se moldean como manifestaciones de errores de  raciocinio  y  de  identidad, respectivamente, se constituyen en manifestaciones  personales  que no indican, de una parte, cuál fue la máxima de la experiencia  que  el Tribunal infringió, y no demuestran, desde una perspectiva objetiva, la  manera    cómo    el   juzgador   distorsionó   las   declaraciones   de   los  agentes.   

         

          Lo  mismo  ocurre  con  el  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia  respecto  a  la  coartada elaborada con base en las declaraciones de  María  Eduvina  Chalarca  y  Yurani  Pérez  Agudelo,  con  las que se pretende  demostrar que el sindicado no estuvo en el lugar de los hechos.   

Aparte de que la recurrente no indica en que  consiste  el  error  ni  su  trascendencia,  y si se trata de un falso juicio de  existencia  por  omisión  o suposición de la prueba, adviértase que no es que  el  Tribunal  no hubiese apreciado las declaraciones, sino que entre la tensión  que  ofrecen las distintas versiones, optó por creerle al testigo directo, dada  la  forma  como  percibió  los  hechos  y  obtuvo  su conocimiento acerca de la  presencia y actuación del sindicado.   

          Al respecto en la instancia se dijo:   

          “Por  último,  en  lo que a pruebas de descargo compete, si de lo  manifestado  por el señor Argemiro Gómez Gómez, se desprende que el sindicado  no  siempre  estuvo  presente  en  el  apartamento  cuando se les hizo cautivos,  ingresando  allí  después  de haberlo hecho él, nada obsta para que, tal cual  depone  una  de  las  jóvenes  amigas  suyas  y  la  Señora  Eduvina Chalarca,  peluquera,  tuviese tiempo para visitar un rato a las primeras y solicitar de la  última  un turno en su local, conocido que las distancias entre el lugar de los  hechos  y  la  vivienda  de las damas en mención, incluso la del sindicado, son  mínimas    y    permiten    el    desplazamiento    rápido    entre   unas   y  otras.”   

         

           De  manera  que  es  evidente  que  la  recurrente  formuló  equivocadamente  la censura, pues al haberse apreciado las  pruebas  en  sistemática,  el  cargo  ha debido plantearse, si tal era el caso,  como  un  problema de falso raciocinio, pues se trataría es de mostrar como las  inferencias  que  el  juzgador  extrajo de las declaraciones contradecirían las  reglas  de la sana crítica, y no que el juzgador supuso la prueba o ignoró las  existentes.   

          El cargo no prospera.   

          Tercer       cargo.      Infracción  al  principio de congruencia.            

          Al  individualizar  la  pena, el juzgado señaló que tratándose de  un  concurso de conductas, la pena debía imponerse tomando en consideración la  señalada  para  el  delito  mas  grave,  aumentada  hasta en otro tanto por las  demás  que  concurren  (artículo 31 de la ley 599 de  2000).  En  ese orden, para establecer la pena para el  delito  básico,  consideró  que era posible graduar la sanción en los cuartos  medios,   al   haberse   ejecutado  la  conducta  en  coparticipación  criminal  (artículo  58-10  de la ley 599 de 2000);   sin   embargo,   esta   agravante  no  se imputó en la acusación, como no sea para agravar  exclusivamente la conducta de hurto.   

          Al  respecto  la  línea  jurisprudencial  sobre  la  materia indica  que   

“Cuando     menos     –   y  esa  es la lectura que debe  hacerse       de       los       textos      jurisprudenciales      –,   las   circunstancias   de   mayor  punibilidad  reclaman  una  fundamentación  acorde con su naturaleza, de manera  que  por mas objetivas que ellas sean no están exentas de juicios de valor, aun  cuando  ciertamente  unas requieran, por su configuración subjetiva, de un plus  adicional,  sin que en todo caso, en unas y otras no sea, hoy por hoy, necesario  la  imputación  fáctica  y jurídica, en atención al marcado perfil normativo  de         la         imputación.”        11   

La  Corte,  en  consecuencia,  casará  la  sentencia   y   excluirá   los  efectos  de  la  infracción  al  principio  de  congruencia,  razón  por la cual redosificará la pena para el delito básico y  hará las proyecciones pertinentes para los que concurren.   

          En  ese  sentido,  el  juzgado,  luego  de advertir que el delito de  homicidio  agravado  se  sanciona  con  pena  de  prisión  de  25 a 40 años de  prisión,  determinó los cuartos medios entre 28 años y 9 meses y 36 años y 3  meses  de  prisión,  y  luego  atendiendo  la  gravedad  de  la conducta que se  manifiesta  en  la  manera  como se ejecutó el hecho, la fijó en 33 años. Por  las  conductas  concurrentes  agregó  7  más,  para  un  total  de 40 años de  prisión.   

          Sin  la agravante genérica, se debe partir de 25 años de prisión,  cifra  que  corresponde al mínimo del primer cuarto, a la cual se deben agregar  42  meses,  que  corresponden  al  14 % que adicionó el juzgado al dosificar la  pena  para la conducta mas grave; y a ella el 12 % que corresponde al porcentaje  para  las  conductas  que concurren. Por lo tanto, la pena principal será de 31  años y 6 meses de prisión.   

DECISION  

Por lo expuesto, La  Corte    Suprema    de    Justicia,    Sala   de   Casación   Penal,  Administrando  Justicia en nombre de la  República    de    Colombia    y    por   autoridad   de   la   ley,   

RESUELVE  

Primero:  No   casar   la  sentencia  recurrida   con   fundamento   en   los   cargos   primero   y   segundo  de  la  demanda.   

Segundo:  Casar  la sentencia respecto  al  tercer  cargo  formulado. En consecuencia, modificar la sentencia de primera  instancia   en   el   sentido   de   fijar  en  31  años  y  6  meses  de  prisión la pena principal para el  procesado  Andrés  Felipe  Osorio  Bedoya.   

En  lo  demás  la  decisión  de  primera  instancia se mantiene.   

Cópiese,  Notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen   

MAURO SOLARTE PORTILLA  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PEREZ              ALFREDO    GOMEZ  QUINTERO                    

           Excusa  justificada   

ALVARO         O         PEREZ  PINZON                 MARINA                                 PULIDO                                 DE  BARON                   

Permiso  

JORGE           QUINTERO  MILANES            YESID  RAMIREZ  BASTIDAS                

JULIO             SOCHA  SALAMANCA                JAVIER ZAPATA ORTIZ   

     Impedido  

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria   

    

1 Cfr.,  sentencias T 558 de 1994 y 339 de 1996.   

2 Corte  Suprema  de  Justicia,  sentencia  del  26  de  abril  de  2006, radicado 23183.   

3  El artículo 170 de la ley 600 de 200, señala que la  sentencia  debe  contener,  para lo que ahora es de interés, entre otros: “1.  Un  resumen  de los hechos investigados, 2. la identidad o individualzación del  procesado,  un  resumen  de  la acusación y de los alegatos presentados por los  sujetos   procesales,   4   el  análisis       de       los       alegatos      y      la      valoración  jurídica de las pruebas en  que     ha     de     fundarse     la     decisión,    5.    la    calificación        jurídica   de   los  hechos  y  de  la  situación  del  procesado,  6. la condena a las penas principal o sustitutiva y  accesorias que correspondan, o la absolución…”   

4 Corte  Suprema   de  Justicia,  sentencia  del  28  de  noviembre  de  1984.   

5Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala de Casación Penal, sentencia del 5 de noviembre de  1997, radicado 9952.   

6 Cfr,  en igual sentido, casación del 4 de septiembre de 2003.   

7Corte  Suprema  de  Justicia,  sala  de  casación  penal, sentencia del 31 de marzo de  2004, radicado 17738.   

8  Cfr,  en  este sentido, sentencia de casación del 22  de mayo de 2003, radicado 29756   

9 Cfr.,  sentencia citada, radicado 17738   

10  Cfr.,  Corte Suprema de Justicia, sentencia del 25 de  octubre    de   2001,   radicado   14647     

11  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de casación penal, sentencia del 21 de abril  de  2005,  Radicado 21356; Cfr., en este sentido, sentencia del 25 de febrero de  2004, radicado 16170.     

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