23788(22-09-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  23788   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                            DR. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

                            Aprobado Acta Nro: 71   

Bogotá,  D.C.,  veintidós de septiembre de  dos mil cinco   

VISTOS  

          Se  pronuncia  la  Sala  en  relación  con  el aspecto formal de la  demanda    de    casación   formulada   por   el   defensor   de   RUBÉN  DARÍO  GARCÉS  CANO,  contra  el  fallo  dictado  el  31  de  enero  del año en curso por el Tribunal Superior de  Pereira,  que  confirmó  integralmente  la  condena  de  300  meses de prisión  impuesta  al  procesado  por  el  Juzgado  Único  Promiscuo  del Circuito de La  Virginia,  Risaralda,  como  responsable  de  la  conducta  punible de homicidio  agravado.   

HECHOS  

          A  José  María  Garcés Garcés se le dio muerte violenta el 23 de  julio  de  2003,  al  ser acometido con arma corto-punzante cuando se dirigía a  laborar  en  el  turno  de  la  noche al Ingenio Risaralda, empresa para la cual  prestaba sus servicios.   

Iniciadas las primeras pesquisas por miembros  del  CTI, se pudo establecer a través de la prueba testimonial recaudada que el  autor  material  del  crimen  había  sido  Jorge Mario  Galeano  Arroyave,  quien  en  su injurada confesó la  comisión  del  hecho  y  señaló,  en  calidad  de determinador, a  RUBEN  DARIÓ  GARCÉS  CANO,  hijo  del  interfecto,  entre  quienes,  según  se  afirma  en  el  prontuario,  existían  enconadas divergencias por problemas monetarios.     

LA  DEMANDA   

Cargo        único.   

Al  amparo  de  la  causal  primera,  cuerpo  primero,  acusa  el  actor  a  la  sentencia recurrida en sede extraordinaria de  haber  violado  directamente  la  ley sustancial “por  exclusión  evidente” del artículo 7º de la Ley 600  de   2000   y   “aplicación   indebida”    del    Art.    20   del   mismo   estatuto,   “esto  es,  por  no  haber  investigado  tanto  lo  favorable como lo  desfavorable  a  los  intereses  del  imputado  hoy  condenado (…)”   

En  desarrollo  de  la  censura, sostiene el  actor  que  no  obstante  obrar  en la actuación las pruebas solicitadas por la  defensa,    “estas   no   se   tuvieron   de   buen  recibo”  por parte de los juzgadores de instancia al  tergiversarse  la existencia de su contenido en relación con el hecho revelador  de  la  trama  urdida en contra de su defendido, situación que le significó su  condena,  pues  con  total  desconocimiento  de los principios que rigen la sana  crítica  -experiencia,  lógica  y  ciencia-,  arbitraria  y caprichosamente se  valoró  la  prueba  acopiada haciéndose patente la transgresión del principio  rector  de presunción de inocencia, en cuanto se imposibilitó el ejercicio del  derecho de controversia probatoria.   

Luego   de   relacionar   las   diferentes  modalidades  del  error  de  hecho  y  de explicar en qué consisten cada una de  ellas,  afirma  que  el  Tribunal  incurrió  en tales vicios -falsos juicios de  existencia   por   omisión  de  prueba,  falso  juicio  de  identidad  y  falso  raciocinio-,  para  cuya  demostración  cita los segmentos del fallo atacado en  donde,  según  su  criterio,  se  materializan  los  defectos  de  apreciación  probatoria  denunciados,  seguidamente  critica  la  posición  asumida  por  el  Tribunal   al   tener   como   responsable   de    los  hechos  materia  de  investigación  a  su  asistido,  prestándole  crédito  a simples versiones de  oídas,  sin  reparar en que quienes acusadoramente señalan al sentenciado como  protagonista  del  acontecimiento  delictivo, inventaron esa historia sólo para  verlo privado de su libertad.   

En  suma,  alrededor del procesado se tejió  toda  una  conspiración,  urdida  desde los mismos albores de la investigación  por  los  propios  miembros  del  CTI  que  a  su  cargo  tuvieron  las primeras  pesquisas,  cuya  labor  exclusivamente  se  centró  en  mostrar  los supuestos  resultados  positivos  del  operativo  pertinente, sin parar mientes en el daño  que     podría    causársele    a    futuro    al    procesado    y    a    su  familia.               

Casar el “injusto  fallo  impugnado” y en su lugar absolver al procesado  del   cargo   por   el   cual   se   le   condenó,   es   la   aspiración  del  demandante.   CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          De  entrada  se advierte el mayúsculo desatino del demandante en la  postulación  de  la  censura,  no  sólo porque la enunciación del reproche no  corresponde  con  su  desarrollo, sino también porque al interior del mismo, en  indebida  mixtura  y  como si se tratara de un escrito de libre factura, plantea  yerros  de  diversa  índole, situación que ameritaba su formulación en cargos  separados  y  de  manera  subsidiaria.  Estas  falencias sólo muestran un total  desconocimiento  de  la  técnica  casacional,  lo  que de suyo impide cualquier  vocación  de  éxito  en  la  aspiración  de  quebrar un fallo que goza de los  atributos de acierto y legalidad.   

          Así,  de  la denuncia de la violación directa de la ley sustancial  que  al  auspicio  de la causal primera, cuerpo primero, le atribuye al juzgador  -la  cual  hace  consistir  en  la  vulneración del principio de investigación  integral,  cuyo  desconocimiento  como  garantía fundamental debe postularse al  amparo  de  la causal tercera, por tratarse en el evento planteado en la demanda  de  la  afectación  del derecho de defensa dizque por haberse impedido el libre  ejercicio  del  derecho  de  contradicción-,  pronto  pasa  el actor a esgrimir  falencias  de  apreciación  probatoria  propias  de  la violación indirecta; y  dentro  de  este sentido de transgresión a la ley sustancial, la incursión por  parte  del  fallador  en  las  tres  especies  del error de hecho, lo cual   predica de las mismas pruebas.   

          Resulta  mayúsculo  el  desacierto del actor en la escogencia de la  causal  invocada  para  enrutar el ataque, porque en la violación directa de la  ley  sustancial  se  da  por  descontado  que el demandante renuncia a cualquier  polémica  sobre  los  aspectos fácticos del caso, estándole igualmente vedado  entablar  debates  en  relación con el examen probatorio que se supone admitido  en  la  forma  como  el  fallador  lo  asumió.  De esta manera rehusó el actor  centrar  el  debate  en  el  plano  de lo estrictamente jurídico, conforme a la  causal invocada.   

          Empero,  si se deja de lado esos defectos de técnica, el demandante  tampoco  logra ser coherente bajo la égida de los errores de hecho que postula.   

Ciertamente,  el  censor  le  atribuye  al  Tribunal  haber  incurrido en un “error de existencia  por  omisión” en cuanto se negó a descalificar los  testimonios  incriminatorios  de quienes señalan al procesado como determinador  de  la  muerte  de  su padre, empero, a renglón seguido, lo critica por haberle  dado  mérito  a  esa  prueba  de  cargo  no empece a que se trataba     de     simples     versiones    de  oídas.   

          Del  mismo modo, el actor le atribuye al juzgador haber incursionado  en   un   falso   juicio   de   identidad  por  haber  desechado  la  pretextada  confabulación  urdida  contra su cliente, conspiración que en su criterio tuvo  como  origen  no  los  móviles  que  esos  testigos  de  cargo  destacan en sus  exposiciones  -diferencias  económicas  entre  padre  e  hijo,  es decir, entre  víctima  y  victimario-,  sino el apoderamiento de las pertenencias del occiso.  No   obstante,  ninguna  tergiversación  o  distorsión  en  relación  con  el  contenido  material  de  la prueba censurada al punto de que el fallador la haya  puesto  a  decir  cosa  diferente a lo que se deriva de su contexto, acredita el  impugnante extraordinario.   

          Finalmente,  se  duele el casacionista de que con desconocimiento de  la  sana crítica el sentenciador hubiese apreciado el mérito de las pruebas de  cargo,  empero  no  logra  señalar  y menos demostrar de que manera existió la  transgresión  a  los  postulados  de  la lógica, las leyes de la ciencia o las  reglas  de  la  experiencia  o  sentido  común,  para  terminar solicitando, en  extraño  pedimento, “se case el proceso por omisión  o    suposición    de   prueba.”      

          Cuando   se   plantea  en  casación  errores  de  apreciación  por  desconocimiento  de las reglas de la sana crítica en la valoración del mérito  persuasivo  de  las pruebas, reiteradamente ha sostenido la jurisprudencia de la  Sala  que se impone para el actor la obligación de demostrar que los juzgadores  se  apartaron caprichosamente de los postulados de la lógica, los principios de  la  ciencia,  o  las  reglas  de  la  experiencia, y que este error condujo a la  declaración  de  una  verdad  fáctica  distinta  de  la que revela el proceso.   

Adicionalmente  a  la  demostración  de  la  existencia  material  del yerro, debe ser acreditada su trascendencia, labor que  implica  revalorar  en  su  conjunto  y de manera objetiva la prueba allegada al  proceso,  con  el  propósito  de  hacer  evidente que un estudio acorde con las  reglas  de  la  sana  crítica  habría  llevado a los juzgadores de instancia a  tomar  una  decisión  distinta  de  la impugnada.        

Luego  entonces, no se trata de enfrentar el  criterio  de  valoración  probatoria  del  impugnante  al  del juzgador, con el  equivocado  propósito de  hacerlo prevalente, puesto que, como lo ha hecho  explícito  la  Sala y ahora lo itera, en primer término, el error de hecho por  falso  raciocinio  surge  del  desconocimiento de las reglas de la sana crítica  por  parte  del  juzgador, y no del hecho de que el funcionario se aparte de los  criterios  de  valoración  probatoria  de  los sujetos procesales; y en segundo  lugar,  porque  el examen probatorio y las premisas conclusivas de los fallos de  segunda  instancia  prevalecen  sobre los realizados por las partes, se insiste,  por   encontrarse   amparados   de   la   doble   presunción   de   acierto   y  legalidad.   

En suma,  al censor le bastó con decir  que  el  sentido  de  la decisión habría sido favorable a los intereses de los  enjuiciados,   sin   desplegar   el   más   mínimo   esfuerzo   por  demostrar  inequívocamente,  de  una  parte,  los  yerros  que  denuncia  y,  de otra, por  desvirtuar  los  restantes  argumentos  del  fallo, los cuales fragmentariamente  cita.   

Por   modo   que,   ante   el   manifiesto  incumplimiento  de  los  requisitos  formales básicos previstos en el artículo  212   del  Código  de  Procedimiento  Penal,  la  demanda  sometida  al  examen  preliminar de la Sala debe ser inadmitida.   

          Por  último,  ha  de  señalarse  que revisada la actuación, no se  observó  la  presencia de ninguna de las hipótesis que permitirían a la Corte  obrar  de  oficio  de  conformidad  con  el  artículo  216  de  la  Ley  600 de  2000.   

En  mérito  a  lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  Sala  de  Casación Penal,   

RESUELVE  

          INADMITIR   la   demanda   de   casación  presentada  por  el  defensor  de RUBÉN DARÍO GARCÉS  CANO.  En consecuencia, se declara desierto el recurso  extraordinario   concedido    en   razón   de   este   asunto,  conforme  a  las  motivaciones  plasmadas  en  el  cuerpo de este  proveído.   

Contra  este auto no procede recurso alguno,  en  virtud  a  lo  dispuesto  en  los Arts. 213 y 187, inc. 2º de la Ley 600 de  2000.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  despacho de origen. Cúmplase.   

MARINA PULIDO DE BARÓN  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ              ALFREDO GÓMEZ  QUINTERO                       

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO                ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

Comisión de servicio  

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                  YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS   

MAURO           SOLARTE  PORTILLA                 JAVIER ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

          Secretaria   

    

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