SP724-2015(44345)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

Magistrado ponente  

SP724-2015  

Radicación Nº 44345  

(Aprobado acta N°  32)   

Bogotá, D.C.,  cuatro (4) de febrero de  dos mil quince (2015).   

I.      V I S T O S   

La Corte resuelve el recurso de apelación  formulado   por   el   defensor   del  procesado  dr.  Fernando   Enrique   Sarmiento   Robayo  contra  el  fallo  del  2 de julio de 2014, por medio del cual el  Tribunal   Superior   de  Cundinamarca,  una  vez  agotado  el  trámite  procesal  ordinario previsto en la  Ley  906  de  2004,  condenó al mencionado como autor  del  delito de peculado por  apropiación  y  coautor de  falsedad   material   en  documento  público.    

II.         H   E   C   H   O  S   

El  dr.  Fernando  Enrique  Sarmiento  Robayo se desempeñó como Juez 2º  Penal  Municipal  de Soacha desde el 23 de mayo de 2002 hasta el 1º de enero de  2007,  fecha  en  la  cual pasó a ostentar el cargo de Juez 2º Penal Municipal  con  funciones  de  control de garantías de la misma localidad. Al pasar de uno  al  otro despacho, los procesos a su cargo fueron reasignados a los juzgados 1º  y  3º  penales  municipales  de  Soacha.  Al  último de los mencionados le fue  repartido  el  expediente seguido contra Luis Fernando Suárez Calderón y Henry  Leguízamo, el cual recibió el 18 de enero de 2007.   

Dentro  de dicho expediente, y con el fin de  obtener  la  excarcelación de los entonces sindicados, fueron constituídos, el  1º  de  febrero  de  2006, los depósitos judiciales números 400100001364895 y  400100001364893,  ambos  por la suma de $3.320.000, sumas que fueron consignadas  por  las  cónyuges de los mencionados, Yennifer Alexandra Aguillón Santamaría  y  Blanca  Norma  Díaz  Romero,  respectivamente.  Los  citados títulos fueron  constituidos  inicialmente  ante  la  Fiscalía 1ª Local de Soacha, pero fueron  convertidos  a  la cuenta del Juzgado 2º Penal Municipal de Soacha, a cargo del  dr.  Sarmiento Robayo, con los  números de identificación enunciados.   

El  dr.  Fernando  Enrique  Sarmiento  Robayo,  sin  ser  ya  titular del  Juzgado  2º Penal Municipal de Soacha, sino del 2º de garantías, y conociendo  que  los  aludidos  títulos de depósitos judiciales pertenecían al expediente  que  había  sido  reasignado  al  Juzgado  3º Penal Municipal con funciones de  conocimiento  del  mismo municipio, resolvió, mediante sendas comunicaciones de  fecha  3  de  marzo de 2009 dirigidas al Banco Agrario de Colombia, autorizar, a  favor  de  María del Pilar Acuña Rodríguez, el pago del valor de los títulos  400100001364895  y  400100001364893,  aduciendo  su  calidad  de  Juez 2º Penal  Municipal  con  función  de  control  de garantías de Soacha. Prevalida de las  órdenes   de  pago,  María  del  Pilar  Acuña  Rodríguez,  sin  que  mediara  autorización  ni  mandato  de  las  consignatarias,  cobró  el  valor  de  los  depósitos judiciales.   

Esta actuación surgió como resultado de la  ruptura  de  la  unidad  procesal dentro de un proceso en el que inicialmente se  investigaron  similares  irregularidades  frente  a  6  títulos  de  depósitos  judiciales.   El   entonces  imputado,  dr.  Sarmiento  Robayo  se  allanó  a los cargos frente a 4 de dichos  títulos,  de  modo  que  la actuación por la vía ordinaria prosiguió por los  restantes      2      títulos,      los      números     400100001364895     y  400100001364893.     

III.          ANTECEDENTES  PROCESALES RELEVANTES   

En audiencia preliminar del 1º  de  marzo de 2011, el Juzgado 2º Penal  Municipal    con    función    de    control    de  garantías   de   Soacha,   a   instancias   de   la  Fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca,  ordenó la captura del dr. Fernando      Enrique      Sarmiento  Robayo,  la  cual se hizo efectiva el día 2 del mismo mes y año.   

El día          3         siguiente,   el   Juez  4º  Penal Municipal con función de control  de   garantías   de   Soacha  legalizó   la   captura   del   dr.   Sarmiento  Robayo   y   avaló   la  imputación  que  le  hiciera la fiscalía   como   autor   de  los  delitos  de  prevaricato     por    omisión,    peculado    por  apropiación   y   falsedad  material  en  documento  público  (artículos 419,  397,   inciso   3º,   y   287  del  Código  Penal),  los  dos  últimos  en  concurso  homogéneo   y   sucesivo.   Los   delitos   mencionados  habrían  recaído  en  6 títulos de  depósitos  judiciales, entre ellos, los identificados  con  los  números  400100001364895 y 400100001364893.   

El  entonces imputado manifestó su deseo de  allanarse  a los cargos; no obstante, en providencia del 13 de abril de 2011, el  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca  declaró la nulidad de lo actuado desde el  acto  de  allanamiento.  La Corte, en auto del 7 de diciembre siguiente, revocó  parcialmente  la  anterior  determinación,  específicamente  en  el sentido de  excluir  de  la  nulidad  lo  referente  a  la actuación seguida por los hechos  correspondientes  a  los 2 títulos antes mencionados, respecto de los cuales se  dispuso  la  ruptura  de la unidad procesal, para que el trámite continuara por  la vía ordinaria.   

El escrito de acusación, por los delitos de  falsedad   material   en   documento   público,  peculado  por  apropiación  y  prevaricato  por  omisión,  fue  presentado  el  9  de  febrero  de 2012. Dicha  calificación  fue  modificada  a través del memorial aclaratorio presentado el  1º  de  marzo de 2012; en él se precisó que los delitos imputados serían los  de   falsedad  material  en  documento  público  y  peculado  por  apropiación  (artículos  287  y  397,  inciso tercero, del Código Penal, modificados por la  Ley 890 de 2004), ambos en concurso homogéneo y sucesivo.   

La  Corte,  en  decisión del 20 de junio de  2012,  declaró  fundado  el  impedimento  manifestado  por  los Magistrados del  Tribunal  Superior de Cundinamarca, drs. William Eduardo Romero Suárez, Augusto  Enrique  Brunal  Olarte  y  Edward  Enrique  Martínez Pérez. El impedimento se  fundó  en  que  los aludidos magistrados hicieron pronunciamientos sobre hechos  similares  al  emitir  la  sentencia anticipada por los 4 títulos de depósitos  judiciales, mencionados en precedencia.   

La  audiencia  de  formulación  de  cargos,  según  la  aclaración  mencionada, tuvo lugar el 29 de agosto de 2012; en ella  se  le  imputaron  al  dr. Sarmiento Robayo   los   cargos   mencionados  en  la  aclaración  del  escrito  de  acusación.  La audiencia preparatoria se celebró el 10 de octubre de 2013 y el  juicio  oral entre el 2 de abril y 28 de mayo de 2014. El 12 de junio siguiente,  el  Tribunal  anunció  el  sentido condenatorio de la sentencia y corrió a las  partes el traslado del artículo 447 de la Ley 906 de 2004.   

Así, en decisión del 2 de julio de 2014, el  Tribunal    Superior    de    Cundinamarca    condenó   al   dr.   Fernando  Enrique  Sarmiento  Robayo a las  penas  principales de 100 meses de prisión, multa por valor de $3.320.000 m/cte  e  inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y funciones públicas por un  término  de  124 meses y 12 días, como autor penalmente responsable del delito  de  peculado  por  apropiación  y  coautor  de  falsedad  material en documento  público,  ambos  en  concurso  homogéneo  y  sucesivo. Así mismo, le negó el  subrogado  de suspensión condicional de la ejecución de la pena y el sustituto  de la prisión domiciliaria.    

El  defensor  del  procesado  oportunamente  formuló  y  sustentó  el  recurso  de  apelación  contra  el la decisión del  Tribunal Superior de Cundinamarca.   

   

IV.      DECISIÓN RECURRIDA   

Frente  a la propuesta de nulidad planteada  por   la   defensa  del  procesado,  según  la  cual  del   auto  de   la   Sala   de   Casación   Penal  del 2 de octubre de 2013 se  infiere  que  se violó el  principio    del    non    bis   in   ídem  porque  los  hechos  aquí  juzgados ya lo fueron en  otro     proceso,    la    Corporación   de   primer   grado  sostiene  que  el  citado motivo     de    invalidez    no    se    materializó.  Lo  anterior,  toda vez que si bien  fue  cierto que en el otro  proceso,  el   número  11001-60-00-711-2011-80012-01, se dictó  sentencia  condenatoria  el  28  de marzo de 2013 contra el ex juez Sarmiento  Robayo por hechos similares  en  su  modus  operandi a  los    que    aquí   se   investigaron,    los    cuales   acaecieron   en   la   misma   época   y   recayeron   sobre   cuatro  títulos  de  depósito  judicial,       lo      cierto      fue que los  hechos     allí     sentenciados    versaron  sobre la apropiación y cobro  fraudulento    de    unos   títulos   de  depósitos judiciales distintos,   que   fueron   pagados   en   fechas   diferentes.   

Por  tanto, dijo el Tribunal, no  se  puede predicar la identidad de  causa,   pues   los  hechos  allí  fallados  y  los  acá  investigados,  aunque  guardan similitudes, se  perpetraron    de    manera    independiente    y  separada, sin que resulte  de recibo la tesis del defensor sobre el delito continuado.   

Sobre   la  materialidad    de    las    conductas  y  la  responsabilidad del procesado,  el  a  quo  llegó      al      convencimiento  más   allá  de  toda  duda  de su configuración.   

Argumentó que  se  demostró que dentro  del    proceso    que    se    adelantaba    ante    el   Juzgado   2º  Penal  Municipal    de    Soacha,    del   que   Sarmiento  Robayo   era   titular,  por  el  delito  de  hurto  calificado  agravado  contra  Henry Leguízamo y Luis  Fernando       Suárez      Calderón,  se  constituyeron  los  títulos de  depósito       judicial       números      400100001364895      y     400100001364893,  cada  uno  por valor de $3.200.000, sumas que fueron consignadas  por       Jennifer      Alexandra      Aguillón  Santamaría   y   Blanca   Norma   Díaz Romero.   

El  citado  expediente  fue  asignado  al  Juzgado   3º  Penal  Municipal  con  funciones  de  conocimiento   de   Soacha,   pues   a   partir  del  1º  de  enero  de  2007  el Juzgado 2º  Penal  Municipal  de  Soacha mutó en  juzgado  de  control  de garantías. Así,    el    dr.   Fernando            Enrique    Sarmiento   Robayo,  como  Juez  2º Penal Municipal con  función      de  garantías  de  Soacha,  careciendo  de  toda competencia para ello y en lugar  de  convertir  los  títulos a la cuenta del despacho  que      asumió     el     conocimiento     del  expediente,               resolvió  mantenerlos  en  su poder y  más          adelante          autorizó         su  pago a  favor   de   María   del  Pilar  Acuña         Rodríguez,   pese   a  no  tener  el  conocimiento  del  proceso,   el   cual   se  hallaba  radicado  en otro Despacho Judicial  desde el 18 de enero de 2007.   

Los  títulos  fueron,    entonces,    reclamados    por    Acuña  Rodríguez, sin que en el  expediente      penal     obrara     autorización de los legítimos    beneficiarios    para    que  aquella   cobrara  los  títulos.   

Jennifer  Alexandra  Aguillón,   esposa  del  entonces  procesado  Suárez  Calderón  y  a  la  vez  consignataria  de  uno de los títulos,  declaró     que    tiempo    después  de  intentar  ella  misma cobrar el  título,  sin  que  éste  apareciera   en  los  despachos  judiciales,  en  el  año  2010 hizo presencia  en       su       residencia       María  del  Pilar  Acuña,   quien   le   manifestó  que  le  había  hecho  el favor de cobrar el título,    le   entregó   el     dinero     y    la   hizo   suscribir   un  documento  en  el  que  manifestaba  su  aceptación     a    la    devolución.            Añadió      que      ella     nunca  autorizó    a    la    mencionada    Acuña        Rodríguez  para  cobrar  el título.     Su    versión  fue  corroborada  por  su esposo, quien no conoció  todos  los  detalles,  por  hallarse  privado de la libertad.   

La Corporación  de  primer  grado  apreció  que  el  documento  que  aportó     Blanca     Norma     Díaz    Romero,    consignataria    del    otro    depósito  judicial  y esposa del entonces procesado Leguízamo,   sobre   el  recibo  de  $3.200.000  de  parte  de  María  del  Pilar  Acuña tiene  inconsistencias    en    su    fecha   (9   de   mayo   de   2009),   pues   esa  devolución  acaeció en  2010  y,  en  todo  caso,  no  contiene autorización  alguna    a   favor   de   la   mencionada   Acuña  Rodríguez.  Además, la  deponente     fue     dubitativa     respecto    de    la    verdadera  fecha  de  suscripción     del    aludido    documento,  en  el  que,  además,  se  menciona  el  recibo  a satisfacción del valor de un  título judicial identificado con un número diferente.   

Sobre  el  testimonio  de  María   del  Pilar  Acuña      Rodríguez,     la     Corporación    a  quo llama  la  atención  sobre sus  múltiples    inconsistencias    que   le   restan  credibilidad:   la   manera   irregular   en   que   aquella  buscó      y      accedió     a     la  información  privilegiada sobre los títulos  del  juzgado  que supuestamente iban a prescribir, la falta  de     precisión     sobre    el    conocimiento   que  tenía,      a      través    de   “dos   amigos”, de las  consignatarias   de   los   títulos,  la  época y  fechas  en que ocurrieron los hechos, la identidad de  las  personas  que  le  colaboraron en el trámite de  las   autorizaciones   en   el  juzgado,    la   forma   indebida   en   que  pretendió introducir al  juicio   una   supuesta   autorización   para   el  cobró  de los depósitos  judiciales,    y    la   participación     del     juez     Sarmiento      Robayo.     

Respecto  de los argumentos defensivos, la  Corporación     a  quo                   desestimó  que  la acción  del  funcionario judicial pudiera justificarse por obrar           simplemente          como          “firmón”   de   lo   que   elaboraban  sus  dependientes,     o    bien    por    la  omisión del Consejo Superior de la  Judicatura  consistente  en  no  cancelar  la cuenta del Juzgado 2º    Penal    Municipal   de   Soacha  -despacho  del  que  el  procesado   era   titular   cuando   se   constituyeron   los  depósitos-,      al     tiempo     que  advirtió que no existía  urgencia  en  hacer  efectivos  dichos títulos, pues  esto  debe  hacerse  no  5  años después   de   su  constitución,  sino  2  después  de  terminado  el proceso penal, lo que el  entonces  juez  debía saber.      

V.              EL  RECURSO   

La      defensa      reclama    la    nulidad    de    todo    lo    actuado   por   la  violación    al    principio   del   non    bis    in    ídem.           Además,  que  se  revoque la sentencia  impugnada  y,  en su lugar, se absuelva al procesado.  Por  último, que se le conceda a su asistido alguno  de   los   mecanismos   sustitutivos   de   la   pena   de   prisión.   

Respecto  de  lo  primero,  alega  que los  hechos  por  los  que  fue condenado el dr. Sarmiento  Robayo  fueron  decididos  en    otro   proceso.  Señala  que  inicialmente  al  hoy  procesado se le  imputó  la  apropiación  de  dineros  pertenecientes  a 6 títulos judiciales;  respecto  de  4 de ellos aquel aceptó cargos, mas no  por  los  2 restantes (cada uno de estos por         cuantía,        de  $3.200.000),    por  considerar    que    su    pago    estuvo    ajustado    a   derecho.  Así, el  Tribunal  dispuso  que por estos últimos se siguiera  el     trámite    ordinario.    Así,  por  los  4  títulos  el  ex  juez  Sarmiento   Robayo  fue  condenado    a    la   pena   de   71   meses   de  prisión  en fallo del 28  de  marzo de 2013, que se  encuentra en firme.   

Agrega  que en el auto del 2 de octubre de  2013,  mediante  el  cual se resolvió el impedimento  de   un   magistrado   del   Tribunal   de  Cundinamarca  dentro  de     un     proceso    adelantado  contra  el  mismo  juez por  la   apropiación  del  valor     correspondiente     a     otros      28      títulos    judiciales,   la   Sala   de  Casación Penal “se dio  a  la  tarea  de  hacer ahora sí un estudio de fondo  sobre  los  hechos”  y  afirmó  que  los hechos  referentes  a  los  28  títulos  son  los  mismos o  similares   a   aquellos  por  los  que  se  produjo  sentencia   condenatoria   respecto  de  4  títulos  judiciales,   pues   el  modus  operandi,     la    identidad    del    procesado,    la    época   de  las  autorizaciones  y  los  pagos,           así          como   la  prueba son los mismos.   

En conclusión,  asegura,      el     episodio     fáctico  aquí  sentenciados  ya  fueron  imputados  y  objeto   de   juzgamiento   en   otra  actuación,  razón   por   la   cual   se   violó   el   principio   del   non  bis  in  ídem,  argumento que no  se  le  permitió exponer a la defensa en el curso de  la    causa.   Alega   que   lo   que   se   tiene  aquí  es  el  deseo del  Tribunal  de  proferir  sentencias  a  diestra  y  siniestra  en  contra del dr.  Sarmiento    Robayo,  desconociendo   así  la  cosa  juzgada.   

Califica  de  absurdo  el razonamiento del  Tribunal  en  cuanto afirmó que no se trataba de los  mismos  hechos, por cuanto los de este proceso versan  sobre   títulos   judiciales   diferentes   en  su  número  y cuantía. Dice  que  es absurdo que se tramite una investigación por  cada  título,  más aun  cuando  “desde la misma  imputación    de    los    hechos,    estos    en  ningún  momento  fueron  imputados  como    diferentes,   sino   como   los   mismos   hechos,  y  no  entiende  esta  defensa  por  qué     ahora     se     quiere     ver    dicha  imputación fáctica como  diferente…  Por  ello  hemos  sostenido la tesis de que dicha conducta se enmarca  es dentro de la  figura  del  tipo  continuado…  y  que      así      debió  imputarse  en  su moment6o y no tratar de venir a corregir todos  los   errores,   inoperancia   y   negligencia  del  ente  fiscal…   Por  qué  la  fiscalía      no     solicitó  jamás  la conexidad de los procesos  si era su deber legal hacerlo?”.   

En conclusión,  insiste  en que se trata  de    los    mismos    hechos   y   han   debido   tratarse  como  un  delito  continuado  porque  existe  identidad  de  sujeto,  objeto  y  causa; por tanto,  dice,  al  igual  que  la  nulidad cabe también la  causal    de    preclusión   de   que   trata   el  artículo     332,     numeral    1º,     de     la    Ley    906    de  2004.     

Por  otra  parte,  niega  que  su asistido  tuviera responsabilidad en los hechos.   

Menciona  que  Jennifer  Alexandra  Aguillón  declaró   haber  consignado  la  suma  de  $3.200.000  como  caución  de excarcelación    de   su   esposo,   dijo     que    luego    supo    que  podía    reclamar    ese    dinero   y   a   ello  procedió,                agregó que  conoció  a  María  del  Pilar           Acuña          Rodríguez         y    esta   le   cobró   el   dinero  del  título.  El dicho de la deponente, asegura el  recurrente,  se contrae a  incriminar     a     Acuña    Rodríguez,    no    trae    convicción        sobre       la  comisión  de los delitos  investigados,  menos  aun  de la responsabilidad del  procesado   a   quien   ni   siquiera  menciona;      además,   es   contradictorio   al   igual  que  el  de  su  esposo,  quien terminó   por   reconocer   que  su  cónyuge  acudió a los  servicios  de  una  tramitadora para  cobrar         el         título.   

Además,  en   una   declaración  extrajuicio   la  misma  declarante                afirmó  que    contactó   a  María   del   Pilar   Acuña  Rodríguez         para   que   le   cobrara  el  dinero  de  la  caución,     suma     que    recibió    a  satisfacción a cambio de  una    comisión   de  $150.000.   Alega  que,  al  contrario  de  lo  que  apreció el Tribunal, esa  declaración     extrajuicio     sí  fue  debidamente  reconocida  por la  propia  Acuña Rodríguez  y  que, de haber intentado  su  aducción a través de  la   declarante   Aguillón,   esta   y  su  esposo  hubieran   negado   su   contenido.   Que         el         Tribunal        hubiera        afirmado   que   el   documento   en  mención,  que  no  ha  sido  tachado  de  falso, se  refería       a       un       título      de     depósito   judicial  identificado  con  un  número  distinto  y  no  a  aquel que fue objeto de  investigación     constituye     una     apreciación    apresurada    y  sesgada.   

El     apelante    descalifica    la  declaración   de   la  investigadora  del     CTI     Mónica    Alexandra  Cortés.     Alega    que   esta   deponente,  aparte de traer al proceso documentos que prueban la  condición  de  servidor  judicial  del  procesado,  que   los  títulos  se  encontraban   bajo   su   custodia,   que   emitió  órdenes  de  pago  y  que  inspeccionó  el proceso penal dentro del cual se constituyeron las cauciones,  en  realidad  no  tuvo un conocimiento directo de los  hechos.    Su   dicho   no   prueba   que   el   entonces   juez   Sarmiento  Robayo  se  hubiera  apoderado  de  los  dineros que  tenía  en custodia, sino, por el contrario, que fue  cobrado   por  María  del  Pilar  Acuña.   

Critica   que   la   aludida  declarante  “no   hizo   el  más  mínimo         esfuerzo         en  investigar  en  el  juzgado  donde  siempre                estuvieron      materialmente     los  títulos,  que  no  era  otro que el juzgado segundo  penal  Municipal de Soacha con función de control de  garantías…  no porque  el  acusado  lo  quisiera  sino  por negligencia y desacato de la ley del propio  Consejo    Seccional    de    la    judicatura   de  Cundinamarca”.   

Sobre      esto     último,  explica que si bien es cierto que los procesos que estaban  en  el  juzgado 2º penal municipal de Soacha pasaron  al  3º penal de conocimiento de la misma localidad,  también  lo  es  que  ello  no ocurrió  con  los  títulos  judiciales,   pues   “para   hacer   la  cancelación    de    cuentas    y    hacer    la  conversión  de  los  mismos,  se  tenía     que     hacer    un    procedimiento    especial”,            según  lo  ordena  el  parágrafo del  artículo  3º de la Ley  1676  de  2002).  No  obstante,  el  Consejo  de  la  Judicatura      no     cumplió,     omisión      que     no     le     impedía     tramitar  “conversiones,  pagos y prescripciones decretadas,  previo   el   establecimiento   de   un   mecanismo  de  restricción         efectuado         por        el        banco”.  Es  por  lo anterior,       asegura,      que      una  investigación  seria ha  debido  indagar  en  el  juzgado  de  origen  por el  paradero de los títulos.   

Sobre  el  testimonio  de  Blanca  Norma  Díaz     Romero,  señala que aquella nunca  refirió        siquiera       conocer           al         procesado;       afirmó      que   autorizo   a  María   el  Pilar  Acuña  para  realizar  el cobro de los dineros, los que recibió   a  antera  satisfacción.  Considera  el apelante que   las   críticas   que  le  hace  el   Tribunal   a   dicha   declaración,  en  el  sentido de que es mentirosa  porque   su  autora  no  precisó  la  fecha  en  que  autorizó    el   cobro   o   cuánto  pagó  por la gestión,  están  fuera  de  contexto,  pues  para  la  época  de  la  declaración  los hechos  habían  ocurrido 5 años  atrás.   

Lo  importante,  dice,   fue   que   la   declarante   Díaz      Romero     autorizó    a    María   del  Pilar  Acuña,  que   esta   cumplió   el       encargo      y      aquella  recibió     su     dinero;    además,        reconoció  expresamente  el documento en el que  hace constar el recibo del dinero.   

Esta   deponente   desvirtúa  la  afirmación  contradictoria  de  Jennifer  Aguillón,  pues  deja  claro  que las dos  autorizaron   a  la  tramitadora  María  del  Pilar  Acuña    para    cobrar    los    títulos,        misión  que  esta cumplió según lo contratado.   

Avanza   el  impugnante      con      el     análisis   de   los   testimonios,   diciendo   que   Luis   Fernando  Suárez    Calderón  terminó por apoyar las declaraciones mendaces de su  esposa    Jennifer    Aguillón,   así    como    la   acusación   de   la  Fiscalía,     y  negó  lo  dicho en su propia entrevista.   

Estima  injusto  que  el Tribunal hubiera  calificado    de   mentirosa   y   contradictoria   la   declaración     de     María    del    Pilar  Acuña; esta declaró que  tramitó  en legal forma  los   dineros   de   las   cauciones,  que  ninguna  relación  tuvo  con  el  procesado      Sarmiento      Robayo  y  que  este  no  tuvo  responsabilidad alguna en delitos que ni  siquiera   ocurrieron.   Asegura  que  la  deponente  desvirtuó  lo dicho por  Jennifer             Aguillón.   

El    impugnante    señala   que   no   se   configuró   el   delito   de   peculado  por  apropiación,  toda  vez   que   no   existe   prueba   de   que   el   entonces   juez  Sarmiento  Robayo se hubiera apropiado  o  recibido  dinero  alguno;  por  el  contrario,  lo  que se probó  fue  que  las  consignatarias,  que  ni  siquiera  conocieron al  procesado,  lo  recibieron a satisfacción.   Tampoco   se   demostró  que  el  funcionario  judicial  se  hubiera  apropiado  del  dinero  en  provecho  de  un  tercero.   

Tampoco   se   materializó  el  delito  de  falsedad  material  en documento público,    a   lo   sumo   el   de   falsedad   ideológica.      Asegura      que     el     documento     público  falsificado  brilla  por  su  ausencia   y   no   se  probó que sobre el mismo  se  hubiera cometido una  falsedad  material.  Dice que si acaso los    documentos   falsificados   fueran   las  órdenes   de   pago   de  los  títulos  judiciales,  de  todos  modos    allí    no   se   configuró     una    elaboración   material;  lo  que  argumentó  el  Tribunal  fue  que  en ellos se transmutó la verdad,  conducta  que corresponde  a una falsedad ideológica.   

Alega    que   no   es   cierto,   al  contrario    de    lo   que   expresó  el  a quo,  que  el servidor judicial no tuviera facultad legal para ordenar los pagos, pues  el   artículo  3º  del  Acuerdo  1676  del  18  de  diciembre  de  2002       le  permitía    tramitar    conversiones,   pagos   y  prescripciones    ya    decretadas.   Además,  el  Consejo  Seccional  de la  Judicatura incumplió sus  obligaciones,  “dejando al procesado a la deriva y  expuesto  a  situaciones como la que es objeto de esta investigación”.  Se  pregunta,   entonces,   cómo  fue  que  si  ya  no  tenía  facultades se le  exigía  la  custodia  y  prescripción     de     los     títulos        que        tuvieran  vocación para ello.   

Solicita  que, en caso de que se confirme  el  fallo  de  primera  instancia,  se  le  conceda  al  procesado  “alguno    de    los    mecanismos  sustitutivos  de  la pena privativa de la libertad…  un    subrogado   penal   que   podría  ser  de  la  prisión  domiciliaria”.  Lo  anterior, porque así lo permite  el   artículo  38  de  la  Ley  1709  de  2014  y,  además,  porque  los fines de la pena se satisfacen  dado   el   arraigo   del   procesado   y  su  buen  comportamiento  individual, familiar y social. Agrega  que  con  su  libertad  la  sociedad no se pone en peligro y, de todos modos, el  procesado  lleva ya bastante tiempo recluido por los  mismos hechos.   

VI.     CONSIDERACIONES  DE LA CORTE   

El  asunto  sometido al estudio de la Corte  por  vía  del  recurso  de  apelación  se  contrae,  en esencia, a establecer:  i)  si  se  configura  la  nulidad  alegada,  por violación al principio de non  bis  in  ídem y, en caso negativo, ii) si los delitos  que  se  le atribuyen al procesado se materializaron y si por su comisión se le  puede deducir responsabilidad penal.   

La  Corte  anticipa  su  conclusión  en el  sentido  de  que confirmará el fallo recurrido. Las razones son las siguientes:   

1.  Respecto  del primero de los argumentos  planteados  por  el  impugnante,  dígase  que  la  nulidad  alegada  carece  de  fundamento.   

1.1. En efecto, los 4 títulos de depósitos  judiciales  por  cuyas  irregulares  autorizaciones de pago fuera sentenciado en  otro   proceso   el   entonces   juez,  dr.  Sarmiento  Robayo, son bien diferentes a aquellos 2 sobre los que  versa  esta  actuación.  Los 4 títulos, sobre los que ya existe una sentencia,  son los siguientes:   

TITULO  JUDICIAL NUMERO             

FECHA DE LA  ORDEN DE PAGO             

FECHA  DE  COBRO TITULO JUDICIAL             

VALOR  

400100001356863             

5   de  marzo  de  2009             

5   de  marzo  de  2009             

$2.000.000  

400100001256293             

24  de  febrero  de  2009             

1º  de  abril  de  2009             

$381.500,00  

400100001276837             

11  de  marzo  de  2009             

12  de  marzo  de  2009             

$381.500,00  

400100001409649             

5   de  marzo  de  2009             

6   de  marzo  de  2009             

$418.000,00  

En  contraste,  los títulos cuyas ilegales  autorizaciones    de    cobro    motivaron    este   proceso,   se   identifican  así:   

TITULO  JUDICIAL NUMERO             

FECHA DE LA  ORDEN DE PAGO             

FECHA  DE  COBRO             

VALOR  

400100001364895             

3   de  marzo  de  2009             

3   de  marzo  de  2009             

$3.200.200  

400100001364893             

3   de  marzo  de  2009             

3   de  marzo  de  2009             

$3.200.200  

Así  pues, aun cuando hubiese sido similar  el  modus operandi empleado  por  el  procesado  para  concretar  los  cobros  irregulares de los títulos de  depósitos  judiciales  involucrados  en  cada  caso, lo cierto es que no existe  identidad  de  causa,  en  la  medida  en que la numeración, cuantía, fecha de  cobro  y  legítimos  beneficiarios  de  los  títulos  sobre los que versa esta  actuación  son  diferentes,  como  también son distintas varias de las pruebas  (documentales y testimoniales) que obran en cada caso.   

No  es  cierto,  entonces, que el fallo que  condenó    al   dr.   Sarmiento   Robayo  de  manera anticipada por las irregulares autorizaciones de cobros  de  los  4  títulos  arriba  mencionados  lo hubiera condenado también por los  hechos  que  rodearon la autorización y cobro de los 2 títulos investigados en  este  proceso,  menos  aún  por  los  que  se  refieren  al  cobro  de otros 28  depósitos judiciales.   

1.2.  Ahora  bien,  que  a  las  conductas  investigadas  se  les  hubiera  dado  la  calificación  jurídica  de  concurso  homogéneo  y sucesivo de delitos y no -como lo pide el impugnante- la de delito  continuado,  es  un asunto que define la fiscalía, pues es a la parte acusadora  a  quien  de  manera exclusiva y excluyente le compete determinar de qué manera  habrá   de   presentar   los   hechos   en  el  juicio,  sin  que  por  regla  general en su selección de uno  u  otro  instituto  dogmático  la  otra  parte  -la  defensa-  tenga injerencia  alguna.   

Lo  anterior,  ha precisado la Corte, no es  óbice  para  que  en  casos muy excepcionales, en los que la acusación resulta  manifiestamente    ininteligible    –lo  que  no  es  aquí  del  caso-, al juez le está dado abordar su  contenido  material.  Así  lo  ha  dicho  la  Sala  (CSJ,  SP,  auto de segunda  instancia del 14 de agosto de 2013, rad. 41375):   

“el anterior  recuento  no  es  óbice  para reconocer la eventual  materialización      de      hipótesis   de  extrema  connotación  que  pueden   dar   lugar   a   requerir  del  juez  una  intervención     en     el     trámite,   también   extraordinaria   y  excepcional,  en  caso de culminar la formulación de  acusación   y   evidenciarse  que  no  cumple  con  ningún       presupuesto       mínimo  de  entendimiento.  Si  en  el proceso de formación  del  conocimiento,    fácticamente   deviene   en   un  despropósito     por    confusa,    contradictoria,  manifiestamente  improcedente, que implique en la  práctica,  en  términos  de  racionalidad  y razonabilidad, que no existe, es decir, que enerva cualquier  probabilidad  de  agotar un juicio por tratarse de un  absurdo,  en  eventos  enmarcados  en  lo insólito e  inaudito,  puede excepcionalmente el juez requerir su  aclaración formal a unos lineamientos que habiliten  su  comprensión. Pero esto, se resalta, solo ante un  escenario  que conjure la finalidad del juicio por la  presencia  de  aspectos  objetivos  que  conlleven  a  que  sea inútil    su    realización.  En  otras  palabras,  si es diáfano  que  la acusación es su punto de partida, demarcando  el  ámbito  en  el que se ha de desarrollar, de ser  esta      ininteligible      e     improcedente,  ningún  sentido tendría  debatir  circunstancias  que  no  cuentan con la capacidad de ser asimiladas por  los    convocados   a   su   discusión  (En ese sentido puede confrontarse  en  lo  pertinente,  Rad.  34022,  sentencia  de  8 de junio de 2011,   Rad.   40739,   auto   de  6  de  marzo  de  2013).        También    la   dinámica   del   sistema  colapsaría,      si      se      somete     la  administración  de  justicia  a  un  desgaste  por  controversias   inanes   debido   a  su  ostensible  inviabilidad”.    

“Esta  perspectiva,  desde  luego,  no  aplica  para  inmiscuirse  en  la calificación  jurídica  de  los  hechos  efectuada  por  la  Fiscalía, titular de la acción  penal,  pues,  ya se anotó, el modelo procesal adoptado por la Ley 906 de 2004,  no  prevé control judicial a la acusación y la lógica del sistema funciona en  el      antagonismo      ante      un      tercero      imparcial”.   

Así, el argumento del recurrente, según el  cual  a la conducta ha debido dársele el tratamiento de delito continuado, pasa  por  alto  que  la  calificación  de  los  hechos  es  un  acto  de  parte  que  autónomamente  adopta  la Fiscalía en ejercicio de su función acusadora; como  acto  de  parte  que  es no puede, en principio, ser cuestionado por la defensa.  Esta  puede  formular las observaciones y pedir las aclaraciones del caso frente  al  escrito  de  acusación  en  la oportunidad procesal debida, esto es, en los  términos  del  artículo  339  de  la  Ley 906 de 2004, mas no para reclamar la  mutación de la calificación jurídica de la acusación.   

Ahora  bien, no es del caso afirmar que por  haber   incurrido   en   la   alegada   inconsistencia   la  acusación  resulte  manifiestamente  incomprensible,  improcedente  o  incapaz de permitir el normal  trámite  del juicio. Ante tal panorama, será entonces la Fiscalía quien asuma  el  éxito  o fracaso de su postura, según la manera en que decida presentar la  acusación.  Lo anterior, porque la sanción para una acusación mal planteada y  sustentada,  como sucede con cualquier acto de parte, no es otra que su falta de  prosperidad,  por no decir su fracaso.  En esas condiciones, la adecuación  típica  que  la  Fiscalía  haga  de  los  hechos investigados y su tratamiento  dogmático  es  de  su fuero y, por regla general, no puede ser censurada ni por  el  juez  ni  por  las  partes  (CSJ,  SP, auto del 16 de mayo de 2007, radicado  27218,   reiterado   en   decisión   del   6   de   febrero   de   2013,   rad.  39892).   

En  estos  términos  lo  ha  precisado  la  jurisprudencia:   

“La acusación es un acto de parte, de  la  Fiscalía,  y  por  tanto  el  escoger qué delito se ha configurado con los  hechos  jurídicamente relevantes consignados en el escrito de acusación supone  precisar  el  escenario  normativo  en que habrá de desarrollarse el juicio, el  cual  se  promueve  por  excitación  exclusiva  de  la  Fiscalía General de la  Nación  a  través  de  la radicación del escrito de acusación (razón por la  que  el único autorizado para tipificar la conducta punible es la Fiscalía, de  acuerdo  con  lo planteado por el artículo 443); acto que como se dijo no tiene  control  judicial,  y en cambio sí sustenta todo el andamiaje de la dinámica y  la  lógica  argumentativa  y  probatoria que se debatirá en  el juicio”  (CSJ,  SP,  auto  del 6 de mayo de 2009, rad. 31538,  postura  reiterada  en  sentencia de segunda instancia del 14 de agosto de 2013,  rad. 41375).   

Así  las  cosas,  la  selección  por  la  Fiscalía  de  la figura del concurso de delitos y no de la conducta unitaria es  un  asunto  que  puede  dar  lugar  a un argumento dogmático susceptible de ser  discutido  en las instancias, mas no es por sì mismo suficiente para configurar  los   presupuestos  que  permiten  la  intervención  del  juez  para  mutar  la  acusación.  En todo caso, la ubicación dogmática adoptada por el acusador, en  la  medida  en  que  no  muta  sustancialmente  la  realidad  fáctica objeto de  imputación, es la llamada a regir la acusación.   

1.3.  Ahora  bien,  al  contrario de lo que  asegura  el  apelante,  el  auto del 2 de octubre de 2013, a través del cual la  Corte  resolvió  declarar  fundado  el impedimento que manifestó un magistrado  del  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca,  no  tiene  el  alcance  que aquel le  pretende  asignar,  esto  es, el de demostrar que los hechos sobre los que versa  este  proceso  ya  fueron decididos en otro expediente tramitado contra el mismo  procesado  y  que  a  estas  alturas  cuenta  ya con una sentencia anticipada en  firme.   

Lo  anterior es así, porque la providencia  aludida  tenía  como único objeto no el de resolver sobre las consecuencias de  un  posible  doble  juzgamiento, sino definir si sobre el Magistrado que propuso  su   impedimento   en   el   proceso   seguido   contra   el   dr.  Fernando  Enrique  Sarmiento  Robayo, en su  condición  de Juez 2º Penal Municipal con función de control de garantías de  Soacha,  recaía  algún  motivo  que  afectara  su  imparcialidad  a la hora de  decidir.  En  dicha  actuación  -en  la  que  se  suscitó la manifestación de  impedimento-  se  le  atribuía al entonces funcionario judicial haber impartido  órdenes    de    pago    de    28   títulos   de  depósitos   a  favor  de  María  del  Pilar  Acuña  Rodríguez  -persona  que los habría cobrado sin contar con la autorización de  los  consignatarios-  cuando ya no tenía la competencia para disponer de ellos,  pues  los  expedientes  de  los  que  hacían  parte  fueron  repartidos a otros  despachos judiciales.   

El  motivo de impedimento surgía porque el  aludido  Magistrado  suscribió  la sentencia anticipada del 28 de marzo de 2012  mediante  la  cual  el  Tribunal  Superior de Cundinamarca condenó al mismo dr.  Sarmiento  Robayo por hechos  similares:  haber autorizado el pago, como Juez 2º Penal Municipal con función  de  control  de  garantía  de  Soacha,  de  otros 4  títulos  de  depósito  judicial a favor de la citada  Acuña Rodríguez.    

Así, en la providencia del 2 de octubre de  2013,  la  Corte  concluyó  que  por  la  similitud  de  las circunstancias que  rodearon  los  hechos  investigados  en  uno  y otro caso (el ya fallado sobre 4  títulos  y  el  proceso  en  curso  por  otros  28) las apreciaciones y juicios  expresados  por el Magistrado en la sentencias anticipada tendrían la capacidad  de   afectar  su  imparcialidad  para  resolver  el  expediente  en  el  que  se  investigaban  las irregulares autorizaciones de pago de los 28 títulos. Así lo  expresó  la  Corte:  “en  uno  y  otro  caso  las  circunstancias  modales de la conducta son las mismas, así como también lo son  algunos    de    los    fundamentos   probatorios”.   

Es en ese contexto en que debe entenderse el  razonamiento  de  la  Corte  cuando,  en  el mencionado auto del 2 de octubre de  2013,   expresó   que   los   hechos   en   uno  y  otro  caso  “se    corresponden”   o   constituyen  “los  mismos  hechos”;  tales  afirmaciones  no  significan que la sentencia anticipada que versó sobre  los  4  títulos  tuviera  la  virtud  de subsumir o englobar todos los casos de  irregulares  autorizaciones  de  cobro  de  depósitos  judiciales  del  extinto  Juzgado 2º Penal Municipal de Soacha.   

En  el  auto  aludido  no  se  dice que los  peculados  por apropiación y falsedades documentales objeto de esta actuación,  esto  es,  las  conductas  que  condujeron  al  cobro  irregular de los títulos  números   400100001364895   y  400100001364893,  ya  hubieran  sido  objeto  de  investigación,  fallo  o decisión de fondo en aquellos otros dos procesos (los  que  versaron  sobre  4  títulos  y  el  que  aún  está en curso por otros 28  títulos).  Menos  aún puede afirmarse, como así lo sugiere el recurrente, que  los  aludidos  2  títulos deben entenderse incluidos en el caso ya fallado, por  el  hecho  de  que en el inicio de aquel proceso esos 2 títulos de que trata el  presente  expediente fueron imputados junto a los otros 4 depósitos judiciales.   

Aunque es cierto que esto último en verdad  ocurrió,  también lo es que como consecuencia de allanarse el dr. Sarmiento  Robayo  a  la  imputación  por  razón  de  las  órdenes  de  pago  correspondientes  solamente  a  4  de los 6  títulos,  se abrió paso la ruptura de la unidad procesal, con el fin de seguir  en  esta  actuación  el  trámite  ordinario  frente  a  los otros 2 depósitos  judiciales.   

Dicho de otra manera, la manifestación del  procesado  de  allanarse  a  la  imputación  por  los  hechos que condujeron al  irregular  cobro  de  los  4  títulos,  y  no  a  la imputación de los delitos  originados  en el cobro de los otros 2 títulos (por considerar que los primeros  sí  fueron  ilegales  pero  los  demás  no), es una de las razones que permite  afirmar  que  estos  últimos  hechos, por la propia manifestación del entonces  imputado,  son  bien  distintos  a aquellos por los que ya existe una condena en  firme.   

Así  las  cosas,  la  providencia del 2 de  octubre  de  2013  solamente  admitió que el conocimiento de las circunstancias  modales  y  pruebas  obrantes  en  un  proceso  tramitado por la vía anticipada  generaba  el  impedimento  de  uno  de  los Magistrados del Tribunal Superior de  Cundinamarca  para  decidir un proceso por unos hechos similares, no idénticos,  contra  el  mismo  aforado. Por tanto, la decisión que resolvió el impedimento  que  surgía  de  la  confrontación de esas dos actuaciones procesales, ninguna  incidencia  tiene  para  afirmar  que  los  hechos que aquí se juzgan ya fueron  decididos de fondo.   

1.4.  En  conclusión,  no  se configura la  nulidad  por  la  violación a la prohibición de doble juzgamiento que alega el  apelante.   

2.  Respecto  de la materialización de los  delitos  por  los  que fue acusado el procesado, y su responsabilidad por ellos,  la prueba es contundente.   

Esta   da   cuenta   de   las   ilegales  autorizaciones   para   el  cobro  de  los  títulos  de  depósitos  judiciales  identificados  con  los números 400100001364895 y 400100001364893 suscritas por  el  dr.  Fernando Enrique Sarmiento Robayo,  en  su  condición  de  Juez  2º Penal Municipal con función de  control  de  garantías de Soacha, así como de las torpes maniobras posteriores  encaminadas   a   darle   apariencia   de   legalidad   a   lo   que  nunca  fue  legítimo.   

2.1.  En  lo  que  tiene  que  ver  con  la  materialidad  del  delito  de  falsedad  en  documento  público,  dígase, en primer lugar, que evidentemente  el   dr.   Sarmiento  Robayo  carecía  de  competencia  para autorizar el cobro de los títulos de depósitos  judiciales;  estos  documentos  hacían parte de expedientes que estuvieron a su  cargo,  mientras  se  desempeñó  como  Juez  2º Penal Municipal de Soacha. No  obstante,  perdió  poder  de  disposición de los mismos cuando su despacho (el  Juzgado  2º  Penal  Municipal  de Soacha) se convirtió en el Juzgado 2º Penal  Municipal  con  funciones  de control de garantías de la misma localidad y, por  tanto,  todos  los expedientes del extinto despacho (y naturalmente los títulos  judiciales  que  en  ellos  obraban) fueron reasignados a los juzgados 1º y 3º  penales  municipales  de  Soacha.  En  particular, el expediente del que hacían  parte  los  aludidos  títulos  números  400100001364895  y 400100001364893 fue  radicado   a   partir  del  18  de  enero  de  2007  en  el  Juzgado  3º  Penal  Municipal.      

Así   las   cosas,   surge   nítida  la  incompetencia  del  dr.  Sarmiento  Robayo,   cuando,   siendo  Juez  2º  Penal  Municipal  con  función  de  garantías  de  Soacha, pero aprovechando que injustificadamente aún conservaba  en  su  poder  varios  de  los títulos que hacían parte de los expedientes que  anteriormente  tenía  a  su  cargo  como  Juez Penal Municipal y que, como tal,  todavía  tenía  su firma registrada ante el Banco Agrario, resolvió autorizar  el  pago  de  tales  depósitos,  a  través de sendas comunicaciones en las que  invocó  su  calidad de Juez 2º Penal Municipal de Soacha, cargo que obviamente  ya no ostentaba desde más de dos años atrás.   

Es  así,  entonces,  como  se configura el  delito  de  falsedad  material  de  documento público, pues el dr. Fernando  Enrique Sarmiento Robayo elaboró  íntegramente  unos  documentos  públicos  (las  órdenes de pago contenidas en  sendos  oficios números 2009-0105 y 2009-0106 del 3 de marzo de 2009, dirigidos  al  Banco  Agrario  de Colombia); todo en dichas comunicaciones, a excepción de  la  identificación de los depósitos judiciales,  es falso: el despacho de  origen  (Juzgado  Segundo  Penal  Municipal  de  Soacha)  dejó  de  existir; la  providencia  judicial  que  sirve  de  fundamento  para  autorizar  el  pago fue  inventada;  los  sellos  empleados  para  darles  apariencia  de legalidad a los  oficios  corresponden  a  un  despacho  para  entonces  inexistente  y,  lo más  relevante,  el  funcionario  que  ordena  el  pago no tiene la calidad que alega  (Juez  2º  Penal  Municipal  de  Soacha),  ni  mucho  menos la competencia para  autorizar el pago.   

No  se  trata  de documentos legítimos que  hubiesen  sido  expedidos  por el funcionario judicial competente, en los cuales  se   hubiera  consignado  uno  u  otro  dato  contrario  a  la  verdad,  lo  que  correspondería  a  la falsedad ideológica, sino a la elaboración total de los  documentos,  circunstancia  que  sin  duda  permite  afirmar que se trata de una  falsedad    material    y    no   apenas   ideológica,   como   lo   alega   el  apelante.   

Ahora  bien,  la  defensa  sostiene que las  órdenes  de  pago  impartidas  por  el  dr.  Sarmiento  Robayo  se justifican porque el Consejo Superior de la  Judicatura  omitió su deber de indicarle cómo debía proceder con los títulos  judiciales,  una vez fue suprimido el Juzgado 2º Penal Municipal de Soacha y se  convirtió en despacho de control de garantías.   

La  exculpación  alegada  carece  de  todo  fundamento,  y  hasta  paradójico  resulta  que  el  apelante la sustente en el  contenido  del  Acuerdo  PSAA  1676  del 18 de diciembre de 2002, emitido por el  Consejo   Superior   de   la   Judicatura,   que   regula   el   “manejo     adecuado     y     eficiente    de    los    depósitos  judiciales”,  pues  de  su  contenido se extraen los  lineamientos  para el trámite de dichos documentos, reglas que el hoy procesado  ha  debido  cumplir.  Lo anterior, claramente permite ver que su actuación como  funcionario judicial fue manifiestamente dolosa.   

Dicha  norma,  en  sus  artículos tercero,  sexto y noveno, dispone lo siguiente:   

“TERCERO.-         CANCELACIÓN.  Las  cuentas  serán  canceladas  por  el  titular  del  despacho  judicial  objeto  de  reubicación,  traslado,  fusión,  transformación o supresión, Para el efecto, su secretario  elaborará   el  inventario  de  los  depósitos  judiciales,  determinará  los  entregados   y   no   cobrados   y   conciliará   la   cuenta,  y  el  funcionario  judicial ordenará la cancelación y conversión  de  los  depósitos,  en  los términos del numeral  décimo   del   presente   Reglamento,   cuando   ello  sea  posible”.   

   

“El juez del  despacho  objeto  de  la  medida  de  reordenamiento, antes de que ésta se haga  efectiva,  remitirá  a  la  dirección  ejecutiva  seccional de administración  judicial  o a la oficina de coordinación administrativa o a la de coordinación  administrativa   y  de  servicios  judiciales  que  corresponda,  copia  de  los  documentos   de   que   trata   el  inciso  anterior,  los  extractos  bancarios  respectivos,  los  libros  de  títulos  y  depósitos  judiciales  y,  en medio  magnético,  la  información que repose en el módulo de depósitos judiciales,  para  que  esa  dependencia realice el seguimiento correspondiente, a  fin  de  que en la cuenta cancelada no quede ningún depósito  judicial”.   

   

“La  confirmación  de  que  tratan  los  numerales  once  y  diecinueve del presente  Reglamento,  cuando  se trate de depósitos judiciales entregados y no cobrados,  correrá  a  cargo de las dependencias a que se refiere el inciso anterior y con  base  en  la información de novedades de personal y reordenamiento de que trata  el   numeral   segundo  de  presente  Reglamento”.   

   

“PARÁGRAFO.  El  Banco  sólo  podrá  atender  la  solicitud de  cancelación  después  de  recibir  la  información  de  que  trata el numeral  segundo  del  presente Reglamento, la cual se hará efectiva cuando en la cuenta  no  exista saldo. En el entretanto establecerá un mecanismo de restricción que  únicamente  permita  la  realización  de  conversiones, pagos y prescripciones  decretadas”.   

“SEXTO-.  ORDEN  DE PAGO. Únicamente podrá disponerse de los  depósitos  judiciales  en  virtud  de  providencia  judicial,   comunicada   al  Banco  por  medio  de  oficio”.   

   

“El oficio  será  suscrito con la firma completa, antefirma, huella del magistrado o juez y  del  secretario,  en  los  términos  de  los  artículos 103 y 111 del C.P.C, y  elaborado  según  el  Formato  DJ04, que hace parte del presente Reglamento, el  cual   se   entregará   al   interesado  o  a  su  apoderado,  quienes  firmarán las copias en señal  de recibo”.   

   

“Cuando  hubiere  título  o  títulos, éstos se anexarán al oficio que ordene el pago,  sin diligenciamiento alguno”.   

   

“PARÁGRAFO.- La orden de pago de los  depósitos     judiciales     por     embargo    de    alimentos    –cuota  alimentaria,  se expedirá  por  el  funcionario judicial, por una sola vez, según el Formato DJ05 que hace  parte  del  presente Reglamento, la cual conservará su vigencia mientras no sea  modificada o revocada”.   

“NOVENO.-  CONVERSIÓN.   Cuando  una  suma  depositada  deba  transferirse  a un proceso diferente que cursa en otro despacho judicial o en el  mismo  que ordenó su constitución, el depósito se  modificará  en los términos que ordene el funcionario judicial a cuya orden se  constituyó inicialmente”.   

   

“La orden de  conversión  se  expedirá  según  el Formato DJ07, que hace parte del presente  Reglamento”.   

   

“También se  aplicará  la conversión en el caso de procesos que  deban  trasladarse  de  un  despacho  a  otro por aplicación de normas legales,  medidas  de  reordenamiento  o  de descongestión que  afecten     la     capacidad     de     disposición     de    los    depósitos  judiciales”.   

   

“El  depósito   inicial  se  cancelará  en  virtud  de  la  conversión”.   

   

“Cuando  hubiere  título  o  títulos  éstos  se  anexarán  al  oficio respectivo, sin  diligenciamiento      alguno”     (la     Corte  subraya).   

Pues   bien,   vistos   los  lineamientos  normativos  anteriores  surge  nítido  que  el  entonces  juez dr. Sarmiento  Robayo  omitió el cumplimiento  de  sus  deberes,  pues en virtud de la transformación del despacho del que era  titular  debió  disponer  la  cancelación  y  conversión  de  los títulos de  depósitos  judiciales  con  destino al proceso que fuera radicado en el Juzgado  3º  Penal  Municipal  con  función  de  conocimiento de Soacha. Ello es claro,  porque  la  norma exige que en la cuenta cancelada del juzgado que desaparece no  debe quedar ningún depósito judicial.   

Así mismo, las órdenes de pago han debido  producirse  en  virtud de una providencia judicial, providencia que no existía,  como  el  entonces  juez  Sarmiento Robayo  bien  lo sabía. La decisión de fecha 21 de noviembre de 2008 que  se  cita  en los oficios que contienen las órdenes de pago nunca fue proferida,  como  era  de  conocimiento del hoy procesado, y no podía existir pues para esa  fecha    había    dejado    de    cumplir    funciones   en   el   desaparecido  despacho.   

Por tanto, en gracia a discusión, si acaso  fuese  cierto  -como  lo  alega  el  apelante-  que  el  Consejo Seccional de la  Judicatura  faltó  a  su  deber  de comunicar oportunamente al Banco Agrario el  reordenamiento  de  los  despachos judiciales de Soacha -hecho que la defensa no  demuestra-   de   todos   modos   es   lo   cierto   que  el  juez  Sarmiento  Robayo  no podía conservar los  títulos  de  depósitos  judiciales  en su poder, porque los expedientes de los  que  hacían  parte  ya  habían  sido  reasignado  a otros despachos; menos aun  podía  disponer  su  cobro,  pues  dichos documentos deben necesariamente obrar  dentro  de  la  actuación  respectiva,  y  es  el  juez  a cuya disposición se  encuentre  el  proceso  a  quien  compete,  mediante  providencia,  autorizar su  pago.   

Lo   anterior  tiene  un  claro  respaldo  normativo,  pues  el  Decreto  1798 de 1963, en sus artículos 4º y 5º, ordena  precisamente  que  “los  funcionarios  de  la Rama  Jurisdiccional  o  de Policía mantendrán en custodia y bajo su responsabilidad  los  títulos  o  comprobantes de depósito, dejando  constancia  en  el  expediente respectivo” (artículo  4º);  además,  que:  “los  depósitos no podrán  moverse  sino en virtud de providencia dictada en el  expediente  respectivo  y  comunicada al depositario  por  medio  de  oficio,  que  se  entregará  al interesado previa constancia de  recibo” (art. 5º).    

Así  las  cosas,  resulta  claro  que  si  “en    el    expediente   respectivo”,  que  se hallaba radicado en el Juzgado 3º Penal Municipal con  función  de  conocimiento, no existía constancia de la autorización del cobro  de  los  títulos, ni providencia que así lo dispusiera, entonces el movimiento  de    los    depósitos    judiciales   ordenado   por   el   dr.   Sarmiento   Robayo,  como  titular  de  un  juzgado   distinto  a  aquel  legitimado  para  administrar  los  títulos,  fue  abiertamente irregular.    

Ninguna  de estas exigencias fue satisfecha  en   este  caso,  gracias  al  comportamiento  deliberadamente  ilegal  del  dr.  Fernando    Enrique   Sarmiento   Robayo,   quien   -se   insiste-   mediante  la  elaboración  íntegra de espurias órdenes de pago se  apoderó,  con  ocasión  del  ejercicio  de  sus funciones y en beneficio de un  tercero,  en  este  caso  de  María del Pilar Acuña Rodríguez, de los dineros  representados en dichos documentos.   

2.2.  Esta  última  afirmación  permite  avanzar  hacia  la  materialidad del delito de peculado  por  apropiación (en este caso, a favor de un tercero)  y   la   responsabilidad   del  dr.  Fernando  Enrique  Sarmiento  Robayo,  conforme los argumentos planteados  por el apelante.   

Este  alega, en síntesis, que no    se    configuró        el       peculado       por       apropiación  porque no existe prueba de que el  entonces    juez    Sarmiento   Robayo  se  hubiera  apropiado  o recibido  dinero  alguno,  para  sí  o  para  un tercero. En  contraste,   lo   que   se   probó  fue  que  las  consignatarias,   que  ni  siquiera  conocieron  al  procesado,    recibieron    su    dinero a satisfacción.   

Pues  bien,  lo anterior es parcialmente  cierto:  en  efecto, no  se   tiene   noticia  de  que  el  hoy  procesado  hubiera  recibido  el  dinero  representado    en    los   títulos   ilegalmente  autorizados  para  su  cobro;  las  consignatarias  no  aseguraron  conocer   al   servidor   judicial;   y   es   verdad,    en   fin,   que   estas   al  final  recibieron  el  dinero  que  pagaron  por  las  cauciones de sus esposos.   

Pero  son verdades a medias que terminan  por  distorsionar  lo  que en realidad ocurrió: que  el     juez     Sarmiento     Robayo,     con     ocasión  de  su  cargo,  impartió ilegales  autorizaciones   de   cobro   de   los   depósitos  judiciales;  que  María  del      Pilar      Acuña     Rodríguez,  sin  haber sido previamente  autorizada  por  las  consignatarias,  fue designada  por  el  entonces  juez  para  cobrar los títulos y  efectivamente  así lo  hizo;    que    más    de   un   año  después de haberse concretado el  irregular  cobro de los  depósitos  judiciales,  y  luego  de  que  una  de  las  consignatarias  intentara  sin  éxito             recuperar             la            caución         pagada,       la      mencionada  Acuña Rodríguez se le  apareció   casual  y  providencialmente   para   asegurarle   que   “le  había      hecho      el     favor”  de  cobrar  el  título,  cuya suma venía a entregarle,  previa   la   suscripción  de  una  constancia  de  entrega       a       satisfacción       con       la    que    pretendía legalizar la torcida maniobra.   

Lo  cierto  fue,    entonces,  que  el  dr.  Sarmiento  Robayo,  tal como se le  atribuyó      en      la      audiencia     de  formulación      de      acusación,  sin  tener  la competencia legal  para    ello,    autorizó   el   cobro   de   los  títulos  judiciales  a  favor de un       tercero      -María  del   Pilar   Acuña-,  persona que carecía de  autorización o mandato  para realizar esa operación.   

Su  obrar  fue  claramente  doloso, pues  como       juez       penal       sabía  que  ya no tenía    competencia    para    disponer   de   los   títulos,   que   estos  debían  hacer  parte     del     expediente    correspondiente;  tenía   conocimiento  también   de   que  solamente  el  funcionario judicial a cargo del proceso (el Juez 3º  Penal  Municipal  con  funciones  de  conocimiento  de  Soacha)  podía     disponer     su     cobro, y que para autorizar el pago a una  persona    que    no    fuera    el    propio    consignatario    debía     mediar     un  poder  o autorización  a  un  tercero;   también  conocía  que  la  providencia  judicial  invocada  como fundamento de la  autorización      no      existía.   

Que    la    consignataria   de   la  caución,   Jennifer   Alexandra   Aguillón  Santamaría,      no      autorizó   previamente  a  María  del Pilar Acuña para el cobrar el  título,    se   desprende   claramente   de   su  declaración,    rendida    en    la    audiencia  pública,              así:   

“Fiscal:       quién     es    María    del    Pilar  Acuña?                 Testigo:  la  he  visto  un  par  de  veces,   mas   no  la  conozco.  Fiscal:  Usted  tuvo  algún  contacto    con    esa    señora?  Testigo: cuando ella me  buscó     en     mi     casa.     Fiscal:   y   con  qué  propósito  la  fue  a buscar a la  casa?  Testigo: con el  propósito   de   entregarme   la   plata   de  mi  título.                Fiscal:  Usted  había  autorizado  a  esa  señora  para  que le cobrara la plata de  ese          título?          Testigo:     no.     Fiscal:  María del Pilar Acuña  fue  la  que constituyó eso que Usted llama fianza?  Testigo:     No.  Fiscal:  Quién  constituyó esa  fianza?  Testigo:  yo.  Fiscal:     le  explicó  la  señora  María      del     Pilar     Acuña,  cuál  es  la  razón  para  irle  a entregar a Usted una  plata        sin        haberla       Usted       autorizado?       Testigo:  Ella  me  dijo que ella me  había  hecho  el  favor  de  haberme  retirado esa  plata.  Fiscal: Ella le  solicitó    la    firma   de   algún   documento?   Testigo:      si.     Fiscal:  Usted  qué le firmó?            Testigo:  Yo  le  firmé  una  carta  en  la  notaría, donde  decía    que   yo   estaba   conforme   con   la  devolución    de    la    plata.    Fiscal:        ella        le  solicitó  algo  más a  Usted?   Testigo:  la  autenticada  en  la  notaría,  no  más…”   

    

La   testigo   asegura   que   igual  procedimiento,      y     el     mismo     día,  realizó    Acuña  Rodríguez  con Blanca  Norma  Díaz Romero, la  otra  consignataria.  Así  lo declaró:   

“Fiscal:         Conoce   Usted   a   Blanca  Norma  Díaz Romero?…  cuál  es  la razón  para conocerla?  Testigo:         sí…         ella  es  la  cuñada de Henry, un  amigo  de  mi  esposo… con Henry, mi esposo estuvo  preso  una  vez  ,  la  vez  del  título, entonces  Blanca   Norma   fue  conmigo  y  con  el  abogado, cuando consignamos la plata de los títulos.           Fiscal:         Quiere          decir    que    Blanca    también  consignó  plata?                 Testigo:         sí   claro,  para  que  su  esposo  pudiera  salir.  Fiscal:  Usted    tiene   conocimiento   de   que   Blanca  Díaz   Romero   haya   logrado   el   pago   del  título?                Testigo:         la         señora  María  del   Pilar   también   le   entregó   plata   a   ella.   Fiscal:         y      ella      cómo         ubicó    a    Blanca    Díaz?         Testigo:  yo   la   llevé  a  la  casa  de  Henry,  y  Henry  llamó  a Norma, y ahí  le   entregaron   la   plata.   Fiscal:  fue usted la que puso en contacto  a   María  del  Pilar  con  Blanca:  Testigo:  si.  Fiscal:  y qué  paso?                Testigo:         ese    día   la   señora    María    el    Pilar    le  entregó     la    plata,    también  le  hizo  una  cartica  y  se  la  hizo  firmar.  Fiscal:         Usted        le       dio       alguna       comisión?            Testigo:         no.           Fiscal:         antes  de que usted fuera a buscarla,  ¿Usted   la   había  firmado    algún   documento   para   que   ella  gestionara    ante    el   juzgado   el    pago    del    título   que  había                constituído?          Testigo:   yo  nunca  la  había  visto,  hasta el día que ella fue  a         mi        casa.        Fiscal:  ella  la  sorprendió  en  su  casa  con el dinero?  Testigo:  sí. Fiscal:      y     Usted,     entonces,  accedió    a    firmar   un   documento?    Testigo:  si.         Fiscal:  y  acto  seguido,  Usted la lleva  donde  Blanca? Testigo:  si.   Fiscal:         El  procedimiento de María del Pilar  cuál fue? Testigo:         entregarle   la  plata  a  Blanca  y  entregarme    la   plata   a   mí.   Fiscal:         Tenía   conocimiento   que  Blanca  autorizara  a la señora  María  del  Pilar  para cobrar ese título?          Testigo:         no,  porque  ellos ni sabían que eso  se         podía        reclamar…           Fiscal:         quién   le   redactó   el   contenido   de   esa  carta?  Testigo:  la    señora    María    del   Pilar.      

Queda  claro, entonces, que no existió por  parte  de  las consignatarias de los dos depósitos judiciales una autorización  previa  a favor de María del Pilar Acuña para que esta cobrara su valor y que,  además,   pudiera   sustentar  las  órdenes  de  pago  emitidas  por  el  juez  Sarmiento     Robayo.   

Y  sin  bien  es  cierto  que  una  de  las  evidencias  aportadas  por la defensa fue un escrito de autorización a favor de  Acuña  Rodríguez  de  fecha  enero  27  de  2009,  aparentemente  firmada  por  Aguillón  Santamaría,  para que aquella cobrara el título número 3777531, no  lo  es  menos  que  dicho  escrito  no  fue  reconocido  por quien supuestamente  impartió  la autorización y, en todo caso, su fecha no corresponde a la época  en  que,  según la citada declarante, ocurrieron los hechos, esto, es alrededor  de  noviembre  de  2010; y ni siquiera el número del título corresponde al que  fue  cobrado,  por  lo que, aun cuando pudiera tenerse como debidamente aducido,  escaso mérito tendría para sustentar la tesis de descargos.   

     

Nótese  cómo  frente  a  la  declaración  rendida  bajo  juramento  por  Jennifer  Aguillón Santamaría, el contenido del  documento  extendido  ante  la  Notaría Segunda del Circuito de Soacha, escrito  que  la  defensa pretende se tenga como sustento de la autorización que se echa  de  menos,  resulta  acomodaticia  y,  por  lo  mismo,  deleznable. Así dice el  documento:   

“Yennifer  Alexandra  Aguillón…  en  mi  calidad de depositante del título judicial No.  377753,  por  valor  de  tres  millones trecientos vente mil pesos ($3.320.000),  para  efectos  de  aclarar  los  hechos  que  en  dicha entidad (se refiere a la  Fiscalía  General  de  la  Nación)  se  investigan,  dejo  de manifiesto que a  principios  del  año  2009,  me  contacté  la  señora María del Pilar Acuña  Rodríguez…  Con  ayuda  de  unos amigos que la conocían para que me ayudaran  para  el  cobro  de dicho título a cambio de una pequeña comisión, lo cual me  pareció  cómodo  y  evitarme hacer todas esas vueltas ya que yo no contaba con  el  tiempo suficiente porque tenía mi hijo de brazos y estaba un poco delicado.  Yo  accedí  y  autoricé con un escrito para que en mi nombre y representación  lo  cobrara.  Pero  ocurrió  que  como había transcurrido más de un año y no  tenía  noticias  de  ella,  fue  que  me acerqué al juzgado en donde estaba el  título,  para  saber qué había pasado con mi plata. Luego de lo anterior dejo  en  claro  que  en  recientes  días  ella  me  contactó,  a raíz de que se le  presentó  este  problema,  haciéndole saber que antes le había sido imposible  ubicarme,  pero  como  esto  ya le fue posible, procedió a entregarme mi dinero  descontando  su  comisión  de  ciento cincuenta mil pesos ($150.000) que era lo  pactado  con  ella  por  su  favor. Por todo esto hago saber que ya me encuentro  satisfecha  con  respecto  a  mi  dinero,  y que ya desisto de cualquier acción  penal  o  civil  contra  la  señora  María  del Pilar Acuña Rodríguez, en el  evento  que  esta  conducta haya podido encarnar algún delito. En constancia de  lo  manifestado  se  firma  en  Soacha,  Cundinamarca, el día 5 de noviembre de  2010”.      

El escrito así notarizado, que ni siquiera  alcanza  la  condición  de  declaración  extrajuicio,  pues  fue  recibido sin  formalidad   alguna,   se  contradice  con  el  dicho  de  la  propia  Aguillón  Santamaría.  Ésta,  en  su declaración rendida bajo juramento en la audiencia  pública  de  juzgamiento,  nada  dijo  de  un  conocimiento  previo  de  Acuña  Santamaría   a   través   de  unos  supuestos  amigos  comunes  que  nunca  se  identifican,  menos  aún  que  previamente  hubiera extendido una autorización  para  recuperar  el  valor  de  la  fianza,  ni  que más de un año después de  impartir  esa  supuesta  autorización  ninguna  noticia  tuviera  del  trámite  adelantado.   

No  cabe  duda  que  la testigo, con tal de  recuperar  una importante suma de dinero que ya había dado por perdida, ningún  inconveniente vio en suscribir el aludido documento.   

Obsérvese   que  lo  relevante  para  la  deponente  -en  eso  fue  insistente  a  lo  largo de su declaración- fue que a  través  de aquel escrito recuperó su dinero. En contraste, en lo que tiene que  ver  con  los  supuestos  amigos  a  través  de  los  cuales  conoció a Acuña  Rodríguez,  los  alegados  quebrantos de salud de su hijo para aquella época o  el  transcurso  de  más  de un año sin saber de la intermediaria, nada dijo; y  otras  circunstancias,  tales  como el pago de una comisión, la suscripción de  una  autorización  previa  o  un conocimiento anterior de la mencionada Acuña,  las negó enfáticamente en la audiencia pública.   

No  sobra  advertir  que  el  documento  en  cuestión  no  fue  reconocido  por  quien  lo  suscribió,  esto  es, la propia  Jennifer  Aguillón  Santamaría, de suerte que su contenido no puede de ninguna  manera  tenerse  como  una expresión veraz de los hechos allí manifestados. En  consecuencia,  el aludido escrito ninguna idoneidad formal y material tiene para  asignarle mérito a su contenido.   

Más  deleznable  para  soportar  la  tesis  defensiva  resulta  la  fotocopia simple de un escueto manuscrito, supuestamente  signado  por  la  consignataria  Blanca Norma Díaz Romero, en el cual se lee lo  siguiente:    “Mayo    9    de   2009,   Soacha,  Cundinamarca.  Yo  Blanca  Norma  Díaz  Romero…  recibo  la  suma de tres millones trecientos veinte mil  pesos  m/tc  (3.320.000),  por  concepto  del pago del título judicial 3777350,  cobrado   por  la  señora  María  del  Pilar  Acuña.  Recibo  este  dinero  a  satisfacción,  y  manifiesto  que  cuyo  dinero  fue  cancelado  y recibido por  mí”.   

Aun   cuando   el  anterior  escrito  fue  reconocido  en  el  juicio  por la signataria, quien en voz alta hizo lectura de  él,  lo  cierto  es  que  esa  prueba  documental por parte alguna menciona una  autorización  previa  para  realizar  el  cobro  del  título  (cuyo número de  identificación  también  está  errado);  en  contraste,  solamente refiere el  recibo  del  dinero  “a  satisfacción”,  pero no precisa que hubiera sido en cumplimiento de un mandato  anterior.   Es más: la declarante precisa, luego de leer el documento, que  no  tuvo en cuenta la fecha, es insistente en que de fechas no se acuerda, y que  el  documento  no  lo  elaboró  ella  misma, sino que se lo llevó ya redactado  María del Pilar Acuña y ella se limitó a firmarlo.   

Así  las  cosas,  frente a tan ostensibles  inconsistencias,  cabe concluir que la autorización para el cobro del depósito  judicial  no  se  probó,  pues  resulta  más  que  evidente  que  su presencia  solamente  se  invoca ahora como estrategia defensiva para tratar de componer la  torcida maniobra.   

Es  verdad  que  la  deponente Díaz Romero  manifestó  en  el juicio que sí hubo un mandato previo para realizar el cobro,  pero  dicha  aseveración  resulta  poco  creíble,  pues  nada  recordó  de su  contenido,  y  ni  siquiera  de  la fecha o época en que lo suscribió; en todo  caso,  su  versión  se  opone a la vertida en el juicio por Jennifer Aguillón,  quien  asegura  que  respecto de Blanca Norma Díaz Romero la maniobra realizada  por  Acuña  Rodríguez ocurrió igual que en su caso, esto es, que un día, sin  más,  se  le apareció a devolverle el dinero de la fianza, previa suscripción  de  un  documento  de  recibo  a  satisfacción. Más aun, Aguillón Santamaría  precisa   que   del  lado  de  Díaz  Romero  “ni  sabían    que    eso    se    podía reclamar”.   

En  conclusión,  ninguna  idoneidad  para  sustentar  los argumentos defensivos tienen los amañados documentos presentados  por la defensa.   

Tampoco  contribuye  a  sustentar  la tesis  defensiva  el testimonio de Luis Fernando Suárez Calderón, esposo de Aguillón  Santamaría,  pues  negó  enfáticamente  que  hubiera  autorizado a María del  Pilar  Acuña  Rodríguez  para  cobrar el depósito judicial; además, precisó  que   poco   sabe   de   los   hechos,   pues   se   hallaba   privado   de   la  libertad.   

A  su  turno,  el  testimonio de María del  Pilar  Acuña  no  consigue  justificar  la  actuación  del hoy procesado, pues  resulta  imprecisa  y  contradictoria  en  su  contenido,  en  particular cuando  refiere  que  conoció  a  Jennifer  Aguillón  a través de dos amigos, de cuya  identificación  o  paradero nada precisa; no coincide con lo manifestado por la  última  de las mencionadas en lo que tiene que ver con la forma en que conoció  a  Blanca  Norma  Díaz  Romero  y  la  fecha  en  que  las  dos  consignatarias  supuestamente  le  otorgaron  una  autorización  para  cobrar  los títulos, al  tiempo  que  fue  evidente  cómo  a  toda  costa pretendió desvincular al Juez  Sarmiento   Robayo  de  las  irregularidades  investigadas  y  solamente  al  final  debió admitir que aquel  firmó las autorizaciones que ella cobró.   

En fin, su declaración no resulta imparcial  por  ser ella misma investigada por hechos similares, amén de que la mencionada  Aguillón  Santamaría  refiere que fue inducida por la propia Acuña Rodríguez  a  declarar,  “si por casualidad alguien la llamaba  o  le  preguntaba”,  circunstancias   sobre  lo  ocurrido  alrededor del cobro de los títulos y la supuesta autorización que no  corresponden  a  la  verdad,  tales  como  la  forma  en  que se conoció con la  tramitadora;  así  mismo,  dijo  la testigo que fue advertida para declarar que  fue  Acuña  quien se habría ofrecido a cobrar los títulos.  Al respecto,  adujo  Aguillón  Santamaría  que  “ella  (Acuña  Rodríguez)  me dijo que yo tenía que decir que lo que pasaba era que yo estaba  rabona   y   que   de  pura  rabonada  yo  había  ido  allá  (al  juzgado)  al  molestar” (sic).   

Por otra parte, aun cuando el hoy procesado  pretende  justificar  su  actuación, sus explicaciones resultan débiles frente  al  conjunto  probatorio.  En efecto: aparte de que frente a las actuaciones por  él  desempeñadas  alrededor  de las autorizaciones de cobro de los títulos se  declara     como     “un    firmón”,  es  del  caso  hacer  notar,  además, que sus manifestaciones  sobre   la  necesidad  de  “prescribir”  los  títulos  sobre  los  que versa esta actuación carecen de  fundamento,  pues  dicha necesidad no fue acreditada en este caso y, además, el  entonces  servidor  incurre  en  una  equivocación,  pues  la  prescripción de  títulos  opera dos años después del archivo del proceso y no 5 años después  de  su constitución. Lo anterior impide admitir la justificación planteada por  el procesado.   

No obstante que varios títulos diferentes a  aquellos  que  motivan  esta  actuación  pudieron  estar  en las circunstancias  alegadas   por  el  dr.  Sarmiento  Robayo,  esto es, en riesgo de prescripción, lo cierto es que no es claro  que  los  depósitos  400100001364895  y  400100001364893  lo  estuvieran; y aun  cuando  así  fuera,  de todos modos las autorizaciones para su cobro no podían  hacerse  sino  dentro  de  los  parámetros  dispuestos  por  la  ley  y  por el  funcionario competente.   

No se puede desconocer, entonces, que el dr.  Sarmiento  Robayo, como así  aparece  en  auto del 26 de noviembre de 2009 proferido por el Consejo Seccional  de  la  Judicatura  de  Cundinamarca,  efectivamente  pudo  ser requerido por la  Dirección   Seccional   de  Administración  Judicial  para  que  realizara  la  prescripción  de  ciertos  títulos; pero tal actuación -se insiste- ha debido  ser  cumplida  según la competencia y en los términos fijado por la ley.    

A  lo anterior debe agregarse la evidente y  notoria  inconsistencia  de  las autorizaciones que se pretenden hacer valer, en  un  detalle  tan  relevante  como lo es el equivocado número de identificación  del  título  de  depósito  judicial  redimido,  inconsistencia que deja ver el  afán  de  los  involucrados  en la ejecución de los delitos de remediar a toda  costa  las  consecuencias de sus conductas; además, no se puede perder de vista  que,  según  así lo demostró la investigadora del CTI, en el expediente penal  dentro  del cual se constituyeron los títulos no obraba autorización alguna ni  providencia que dispusiera el pago de los mismos.   

2.3.  Ahora  bien,  de  los hechos del caso  surge  una  circunstancia  que  aparentemente conduciría a concluir que en este  caso  no  se  configura el delito de peculado por apropiación. Se diría que el  juez  Sarmiento Robayo perdió  legalmente  todo poder de disposición de los depósitos judiciales cuando dejó  de  fungir  como  Juez  2º  Penal  Municipal  de  Soacha,  pues los títulos se  hallaban  a  nombre de dicha oficina, y no del Juzgado 2º Penal Municipal   con    función    de   control   de   garantías   de   la misma localidad, despacho cuya titularidad ocupaba el hoy procesado  cuando incurrió en las maniobras ilícitas.   

Visto de esta manera, podría afirmarse,  en  principio,  que  los aludidos documentos no estaban legalmente bajo su cargo  y,  por tanto, que las órdenes de cobro no fueron expedidas en ejercicio de sus  funciones.  Una  conclusión apresurada derivada de este razonamiento sería que  la   conducta   desplegada  por  el  dr.  Sarmiento  Robayo  no  corresponde  al  delito de peculado por  apropiación,  pues  los  títulos  cobrados  no  le  habían sido confiados por  razón  de  las  funciones  propias  de  su  cargo, el de Juez 2º de control de  garantías de Soacha.    

No    obstante    lo    sugestivo  del razonamiento, su validez es apenas aparente, pues sin  duda  el juez Sarmiento Robayo  dispuso  el  cobro  de los títulos no en razón del  cumplimiento  de  sus  funciones  (pues  como  juez de  garantías  no  tenía dentro de sus atribuciones legales ordenar el pago de los  depósitos    judiciales    de    otro    despacho),   pero   sí   con   ocasión  del  ejercicio  de  las  mismas,  supuesto  que  también  consagra  la  norma (artículo 397 del Código  Penal).   

Esto  significa  que  la  circunstancia  de  ejercer  como  Juez  2º  de  garantías, pero teniendo aún registrada su firma  como  titular  del  despacho  que  antes  ocupaba  (disponibilidad jurídica), y  también  el  hecho  de  mantener  la  tenencia  material de los documentos (los  cuales  ha  debido  entregar  al  despacho  judicial en donde estaba radicado el  expediente   correspondiente),   fue   lo   que   le  permitió  al  funcionario  Fernando    Enrique   Sarmiento   Robayo,   desde  su  nuevo  cargo,  aprovechar  la confusión generada por el  reordenamiento  judicial,  y  así  ordenar  el  ilegal  cobro  de  los títulos  valores.   

En otros términos, el hecho de encontrarse  aún  registrada su firma, lo que implicó que todavía no se había desprendido  de  la  disponibilidad  jurídica de tales documentos, y de poseer materialmente  los  títulos,  permite colegir sin esfuerzo alguno que se tipificó a cabalidad  el delito de peculado por el que fue acusado.      

En conclusión, el panorama probatorio así  presentado  no  deja  duda,  más  allá  de lo razonable, de que toda la prueba  apunta  a  la  responsabilidad del dr. Fernando Enrique  Sarmiento  Robayo por la comisión de las conductas por  las que fue acusado.   

2.4. Por último, dígase que, en respuesta  a  otro  de  los  argumentos del recurrente, ninguna irregularidad se configuró  por  no  realizar  la  fiscalía  una inspección en el despacho del Juzgado 2º  Penal  Municipal  con función de control de garantías, cuyo titular era el hoy  procesado,  para  constatar  que los títulos se hallaban en esa oficina y no en  el   Juzgado   3º   Penal   Municipal   con   funciones   de   conocimiento  de  Soacha.   

Dicha  conclusión encuentra justificación  en  que  si  la  práctica de esa diligencia era del interés de la defensa para  sustentar  su  propia  teoría  del  caso,  ella  ha  debido  solicitarla  en la  oportunidad  debida  y  no  achacarle  ahora  su  omisión al ente investigador.   

Recuérdese  que  el sistema procesal penal  acusatorio,  por  su  carácter  adversarial  y  por  la naturaleza rogada de la  práctica  probatoria  que  en  él  se  cumple,  no se rige por el principio de  investigación  integral.  Es cierto que al acusador la asiste la obligación de  poner  en  conocimiento  de la defensa los elementos de juicio que eventualmente  tenga  en  su  poder  que  favorezcan los intereses del procesado, pero no lo es  menos  que  tal  cosa  no  significa  que deba emprender una gestión probatoria  orientada a apoyar la teoría del caso de la contraparte.   

Por  tanto,  contrario  a lo que sugiere el  apelante,  la fiscalía no puede suplir las omisiones defensivas en la solicitud  y práctica probatoria.   

2.5.  Pero además, tampoco el hecho de que  la  tramitadora  María  del  Pilar  Acuña  Rodríguez  hubiera entregado a las  consignatarias  el dinero correspondiente al valor de los títulos de depósitos  judiciales,  tiempo  después  de haber sido irregularmente autorizado su cobro,  tiene  la  virtud  de hacer desaparecer la conducta de peculado, pues esta ya se  había  configurado  y  agotado con el pago de los mencionados títulos. Como ya  se  ha  dicho,  la  devolución  de  los  dineros  fue  el  mecanismo para darle  apariencia de legalidad a lo que nunca fue legítimo.   

3.  Por  último,  la defensa, con  fundamento  en la Ley 1709 de 2014,  reclama    la    concesión    a    favor    del   procesado   de   “alguno    de   los   mecanismos  sustitutivos  de la pena privativa de la libertad…  un   subrogado   penal   que   podría     ser     de    la    prisión  domiciliaria”.   

Pues   bien,   acorde   con  la  norma  citada   (Ley   1709  de  2014,  artículo  22,  que  adiciona  el  38B  de la Ley 599 de 2000), no  es   del   caso   reconocer   el   sustituto  penal  de  la  prisión  domiciliaria,  pues  no se cumple con uno de los presupuestos,  cual       es      la      no      inclusión  de  alguno  de  los  delitos  que  motivan  la  condena  en  la  relación     que     trae    el    inciso    2º   del   artículo 68A de del Código  Penal.  En esta última   norma   se   menciona   la  exclusión  de  todo  beneficio o subrogado a quien  haya    sido    condenado    por    delito    contra    la   Administración       Pública, y el peculado es precisamente uno de ellos.   

Tampoco es procedente el subrogado de la  suspensión condicional de la ejecución  de  la  pena,  pues  concurren varias de las prohibiciones que  consagra   la   misma   Ley  1709  de  2014,  esta  vez  en  su  artículo      29,     modificatorio  del  63 de la Ley 599  de  2000:  la  pena  impuesta de prisión fue de 100  meses,   lapso  que  excede  los  cuatro  años  de  prisión  que consagra  la   norma   para   acceder   al   subrogado;   el  sentenciado,           además,  cuenta  con  antecedentes, pues,  según  él  mismo  lo  refiere,  fue  condenado  por  hechos  similares, en  decisión  del  28  de  marzo  de  2012, proferida por el Tribunal Superior  de Cundinamarca.   

Además, como  ya    se    determinó,   el   dr.   Sarmiento  Robayo  fue condenado por  un   delito  contra  la  Administración   Pública,   el   de   peculado,  circunstancia   que  actualiza     la     prohibición    de  conceder  el  subrogado, en los casos descritos en el numeral  2º     del     modificado     artículo      63      del     Código  Penal.    

En  estas  condiciones,  no  es del caso  entrar  a  determinar  si,  en  virtud  del numeral  3º del artículo 29 de  la  Ley  1709  de  2014,  modificatorio  del  63  de  la  Ley  599 de 2000, y en  atención    a    que    el    aquí  procesado  en  efecto cuenta con un antecedente dentro de los 5  años  anteriores,  existe  o  no  necesidad  de la  ejecución de la pena.   

La    Corte    negará,    entonces,   el   subrogado   de   la   ejecución    condicional    de   la   pena   y   el   sustituto   de   la  prisión domiciliaria.   

4.     En  conclusión,  como así se anunció en precedencia, la  providencia impugnada habrá de ser confirmada.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA  DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley   

R E S U E L V E  

CONFIRMAR   la  sentencia  de  primera  instancia  de  fecha 2 de julio de 2014, por medio de la  cual   el  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca  condenó  al  dr.  Fernando  Enrique  Sarmiento Robayo por los  delitos  de  peculado  por  apropiación    y    falsedad    material   en   documento   público,       en       concurso  homogéneo       y       sucesivo.   

Contra lo aquí resuelto no procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese,  cúmplase  y  devuélvase al Tribunal de origen   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

Presidente  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Impedido  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

Impedida  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

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