SP6945-2014(34918)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ MUÑOZ  

Magistrada ponente  

SP 6945-2014  

Radicación N° 34918  

(Aprobado  Acta No.  169)   

Bogotá  D.C.,  junio  cuatro  (4) de dos mil  catorce (2014).   

VISTOS  

Procede la Sala a decidir de fondo el recurso  extraordinario   de  casación  interpuesto  por  el  defensor  de  EFRAÍN  ANTONIO  ACOSTA  PÁEZ  contra la  sentencia  del  16  de  marzo  de 2010, mediante la cual el Tribunal Superior de  Montería  confirmó  el fallo proferido el 16 de marzo de la anualidad anterior  por  el  Juzgado  Tercero  Penal  del  Circuito de la misma sede que condenó al  prenombrado  como  autor  del  delito  de  homicidio  agravado  en la persona de  Daladier        Pardo        Isaza.   

HECHOS  

          Se   declararon   en   la   sentencia  impugnada,  de  la  siguiente  forma:   

El  siete  de  junio  de  dos  mil siete, se  trasladaban  en  una  motocicleta  bóxer  de color gris, Hermel Enrique Padilla  Hernández  y  Daladier  Pardo Isaza con destino al corregimiento de Santa fe de  Ralito,  en  el  municipio de Tierralta, cuando a la altura del cerro denominado  El  Cairo,  presenciaron el atraco de un automotor, que era ejecutado por cuatro  sujetos  que  cubrían  sus  rostros con pasamontañas, sin embargo, al no verse  amenazados  siguieron  su  camino, hasta que fueron sobrepasados y esperados por  los  asaltantes,  dos  de  los  cuales habían descubierto su cara y solo uno de  ellos,    sin    mediar    palabra,    prendió   fuego   en   contra   de   sus  humanidades.   

Como consecuencia de los múltiples impactos  recibidos,  Pardo  Isaza  fallece  horas  más  tarde, a pesar de los desmedidos  esfuerzos  por  salvarle  su vida; de otro lado, Padilla Hernandez, logra actuar  rápidamente  y  huir  ileso  de sus agresores al internarse en una montaña, no  sin  antes  identificar  plenamente  a  uno  de  ellos como alias TOÑO, por ser  conocido   en   el   pueblo   como   miembro   de   la   banda  el  ‘Espelucao’,  más  adelante, se pudo establecer  la  identidad  de  alias  TOÑO,  como  la  de EFRAÍN ANTONIO ACOSTA PÁEZ, hoy  procesado.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

Dispuesta la apertura de investigación penal  por  razón  del suceso narrado, se procedió a vincular, mediante diligencia de  indagatoria,     a    EFRAÍN    ANTONIO    ACOSTA  PÁEZ,  a quien se definió su situación jurídica el  25  de  junio  de  2007  imponiéndole  medida de aseguramiento por el delito de  homicidio.   

          Clausurada  la  instrucción,  la Fiscalía calificó el mérito del  sumario  el  26  de  octubre siguiente, profiriendo resolución de acusación en  contra    de  ACOSTA  PÁEZ  como autor de la conducta  punible de homicidio agravado (arts. 103 y 104-2 del C.P.).   

          Ejecutoriada  la  anterior  determinación,  el  trámite del juicio  correspondió  al  Juzgado  Tercero  Penal  del Circuito de Montería, bajo cuya  dirección  se  surtieron  las  audiencias  preparatoria  y  de  juzgamiento. Al  término  de  esta última, dictó fallo de primero grado el 16 de marzo de 2009  por  medio  del  cual  condenó  al procesado a la pena principal de trescientos  (300)  meses  de  prisión y a la accesoria de inhabilitación para el ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el término de veinte (20) años, al  encontrarlo  autor  penalmente  responsable  del delito por el cual fue acusado.   

También  condenó  al enjuiciado al pago de  perjuicios  materiales  y  morales  en  las sumas determinadas, al tiempo que le  negó el subrogado de la condena de ejecución condicional.   

Contra la anterior determinación, la defensa  interpuso  recurso  de  apelación,  del  cual se ocupó el Tribunal Superior de  Montería   el   16   de  marzo  de  2010,  impartiéndole  confirmación.    

En   desacuerdo   con   la  sentencia  del  ad  quem,  el  mismo sujeto  procesal  promovió,  de  forma  exclusiva,  recurso extraordinario de casación  mediante  el  libelo  correspondiente,  el cual fue admitido el 13 de septiembre  ulterior.   

         

Surtido el traslado de ley, emitió concepto  el  Procurador  Segundo  Delegado  para la Casación Penal, quien deprecó casar  parcialmente       el      fallo      impugnado1.   

LA DEMANDA  

          Formula  una  única  censura  con  soporte  en la causal tercera de  casación  del artículo 207 de la Ley 600 de 2000, al considerar que los fallos  de  primera  y  segunda instancia incurren en falta de motivación, “por  haber  hecho  caso  omiso  de los motivos o razones por los  cuales  se tuvieron en cuenta en ellas, para la dosificación incrementada de la  pena,  sin haber sido razonada y demostrada también en el pliego acusatorio, la  circunstancia  específica de agravación punitiva establecida para el homicidio  en    el    numeral    2do.    del   artículo   104   del   C.P.”.   

          La  referida  situación, aduce el libelista, afectó los principios  de  publicidad y contradicción, consagrados en los artículos 13 y 14 de la Ley  600    de    2000,    con    carácter    de   normas   rectoras,   “enfrentándose  entonces  a  una justicia secreta”  que condujo a la vulneración del derecho a ser oído, establecido  en  el  artículo 8° del Pacto de San José de Costa Rica, y al debido proceso,  consagrado  en  el  artículo  29 de la Carta Política; además, restringió la  posibilidad   de   impugnar,   acorde  con  el  sentido  etimológico  de  dicha  expresión,  que  abarca  la  facultad  de  controvertir, por tornarla imposible  cuando no se exponen las razones sustento de la determinación.   

          En  la sentencia impugnada, añade, el Tribunal cerró ojos y oídos  a  la  alegación de la defensa expuesta para sustentar el recurso de apelación  promovido  contra  el  fallo de primer grado, cifrada, precisamente, en el hecho  de  que  en  el  plenario  no obra ni una sola prueba para fundamentar  que  Padilla   Hernández   fue  testigo  de  un  atraco,  o  que  se siga algún proceso penal por razón de ese  delito  o,  cuando menos, copia de denuncia en ese sentido, simplemente, como se  dijo  en  la referida impugnación, “confiando en la  veracidad  de la versión del señor Padilla Hernández, este hecho es utilizado  por  los  operadores  de  justicia  para  agravar  la  conducta  y para aumentar  significativamente   la   pena   impuesta   al  señor  EFRAÍN  ANTONIO  ACOSTA  PÁEZ”.   

          En  consideración  a  lo  expuesto,  estima,  se  desconocieron del  estatuto  procesal  penal  los  artículos  13,  alusivo al deber de motivar las  providencias;  170-4,  atinente  a  la  redacción  de la sentencia al exigir el  análisis  de  los  alegatos  y  la  valoración  jurídica  de  las pruebas, y,  finalmente,  el  306-2,  que  consagra esta circunstancia como causal de nulidad  por  violación  del  debido  proceso,  constitutivo  del principio de legalidad  estipulado   en   el   6°  del  mismo  ordenamiento,  con  carácter  de  norma  rectora.   

          De  ese  modo,  recalca que “el apelante  defensor  de  EFRAÍN ANTONIO ACOSTA PÁEZ se quedó sin saber qué eco hubieran  podido  tener, en segunda instancia, sus prolijas y sustanciales protestas sobre  la  no  razonada  y  comprobada  existencia  de  la  circunstancia agravante que  tuvieron  en  cuenta  los  jueces  singular y plural para imponer una pena de 25  años de prisión…”.   

Acorde   con  lo  expuesto,  no  se  puede  considerar  que exista un fallo pleno de segunda instancia, situación que torna  jurídicamente  viable  el  recurso  extraordinario por defectos de motivación,  como  se  reconoció en los fallos de casación de marzo 25 de 1999, rads. 11729  y  15997;  de  julio  4  de  2002,  rad.  18364  y  en  la sentencia de la Corte  Constitucional   C-641  de agosto 13 de 2002; así mismo, en las sentencias  de  esta  Sala  de octubre 25 de 2001, rad. 14646; 24 de noviembre de 2005, rad.  24323;  25 de mayo de 2006, rad. 22043; abril 3 de 2008, rad. 27237; abril 30 de  2008,  rad.  24604  y  junio  18  de 2008, rad. 29187; igualmente, en el auto de  julio  10  de  2008,  rad.  29588 y en las sentencias de agosto 19 de 2008, rad.  25252,  septiembre  2  de 2008, rad. 22076; octubre 6 de 2009, rad. 30492; junio  17  de  2009,  rad. 31643 y junio 17 de 2009, rad. 31517, de cuyo contenido, sin  excepción, transcribe apartes.   

Acto  seguido,  se  ocupa  del  “dónde,   cuándo   y   cómo  se  presentaron  las  violaciones  constitucionales    y    legales    cuyo    basamento    teórico    acabo    de  exponer”,   para,   inicialmente,   referir   a  la  resolución  de  acusación:  “teniendo como razón  suficiente  para  acusar  prácticamente los mismos argumentos tenidos en cuenta  para  detener”,  como lo demuestra transcribiendo un  aparte  de  esa  providencia  que  estima pertinente para reforzar su análisis,  inserto   con   carácter   de   conclusión  frente  al  análisis  de  algunos  testimonios.   

Luego,  recuerda  cómo  en  el  acápite de  “calificación jurídica provisional”  la  Fiscalía  imputó  la agravante en cuestión, pero, prosigue,  “no  se  pronunció positiva ni negativamente sobre  la  existencia  o no de la circunstancia de agravación punitiva reseñada en el  numeral  segundo  del  artículo  104  del  c.p.  esto  es,  nada dijo de que la  conducta   de  EFRAÍN  ANTONIO  ACOSTA  PÁEZ  se  haya  cometido  ‘para  preparar,  facilitar o consumar  otra  conducta  punible;  para  ocultarla,  asegurar su producto o la impunidad,  para  sí  o  para  los  copartícipes’…”.   

De  esa forma, colige respecto de esta pieza  procesal  que:  “faltó total y absoluta motivación  sobre   la   acreditación   probatoria  de  tal  circunstancia  de  agravación  específica del homicidio”   

Lo  mismo ocurrió, sostiene, en el fallo de  primer  grado,  pues  en  la parte considerativa de dicha decisión “en  ningún  momento  se  refirió a las pruebas y ni expuso las  razones”  en  las que se sustentó la atribución de  dicha  agravante, no obstante lo cual, añade, fue tenida en cuenta al dosificar  la  pena  al  punto  que  su  defendido  fue condenado a una pena de 25 años de  prisión  y  no, como debía ser, a 13, por su responsabilidad por el punible de  homicidio simple.   

Lo  anterior,  advierte,  consecuente con el  hecho   de   que   la   agravante   presenta   varias   hipótesis  “que   deben  ser  explicadas  y  demostradas  en  la  sentencia,  debiendo   decidirse  el  juzgador  por  la  que  resulte  probatoriamente   demostrada”.   

Así,  encuentra  que,  con  apoyo  en  un  doctrinante  nacional, si se trata de la primera hipótesis -preparar, facilitar  o  consumar  otra  conducta punible- se presenta el homicidio como delito medio,  en  cuyo  caso  es  irrelevante  que  el  hecho  punible propuesto llegue o no a  perfeccionarse  efectivamente,  bastando  la preexistencia de tal finalidad para  que    surja   la   causal   de   agravación,   al   punto   que   “si  el  delito fin se produce efectivamente, a lo menos en grado  de  tentativa,  habrá  concurso  de  hechos  punibles,  ya  que la agravante no  comprende  ni incrimina la obtención de resultado ulterior; tan solo reprime la  finalidad de la acción homicida”.   

En  ese orden, dice, la preparación de otro  hecho  punible  se  ubica como un caso de incriminación de actos preparatorios,  dada la entidad del medio utilizado.   

Si  es  la  segunda  hipótesis,  esto  es,  “ocultar,  asegurar  el  producto  o la impunidad de otro hecho punible, delito  o  contravención”, también es irrelevante que tales  objetivos   se   consigan  efectivamente,  aunque  el  acto  ya  no  será   preparatorio  sino que presupone la anterior consumación de otro hecho punible,  “con  lo  cual  se observa una relación efectual o  consecuencial,    en    cuanto    el   homicidio   es   consecuencia   de   otra  infracción”.   

          De  esta  forma,  al  incriminarse en la presente norma tan sólo la  finalidad  del agente, si ella se obtiene configura tipo penal autónomo, por lo  que se está frente al concurso material de conductas punibles.   

          Siguiendo   al   mismo  autor  nacional,  señala  que  en  las  dos  hipótesis   la   expresión  “conducta  punible”  se     debe     entender     como     “hecho  típico”, prescindiendo, para  efectos  del  surgimiento  de la agravante, de los aspectos de antijuridicidad y  culpabilidad.   Por  lo tanto, “la causal tiene  efecto  si  el  agente  mata  a  otro  con la finalidad de preparar, facilitar o  impedir  la  investigación  de  otro  hecho que ha sido o va a ser realizado al  amparo  de  una  causal  de  justificación  o  de inculpabilidad”.   

          Lo  cierto  es  que, para el actor, ninguna de las dos posibilidades  fue  objeto de estudio, demostración y deducción en la decisión censurada; no  obstante,        insiste,        “el   defensor   público  de  EFRAÍN ANTONIO ACOSTA PÁEZ,  en  su  escrito de sustentación de la  impugnación  vertical del fallo de primer grado, para sustentar su solicitud de  revocatoria  de  la  sentencia  condenatoria  y reemplazarla por la absolución,  consideró  importante  ese  aspecto, como lo plasmó en un párrafo del escrito  presentado”, el cual transcribe.   

          Pero  el  Tribunal,  continúa,  de  cara  a  las tres situaciones y  planteamientos  defensivos  esbozados  para  sustentar  la  apelación contra el  fallo    anterior,    se    ocupó    únicamente   de   examinar   “si  existe  la  prueba en el grado de  certeza,  requerida  para  condenar al procesado, en cuanto a su responsabilidad  en  la  comisión  de  los  hechos,  debido  a  que la ocurrencia material de la  infracción  penal,  está demostrada en el plenario y la misma no fue objeto de  repudio por el recurrente”.   

         Es     decir,    dice,    sólo   se   ocupó   “conforme  a  su  argumentación       judicial,      (del)  autor  material  de  la muerte de  Daladier   Pardo   Isaza,   sin   más   consideraciones,  esto  es,   quien  lo  mató,  dónde      y  cómo, y en ese cometido se  propone  acreditar  que  el  autor  de  esta muerte lo es EFRAÍN ANTONIO ACOSTA  PÁEZ,   sin   tocar   para   nada  los  móviles   de   este   punible,   esto  es,  por  qué se le dio muerte a aquel”.   

          Para  el  opugnador,  entonces,  con  el  mero testimonio rendido en  diferentes  oportunidades  por  Hermel Enrique Padilla  Hernandez,      sin  transcribir en el texto del fallo el aparte pertinente  de   esa  declaración,  se  incurre  en  petición  de  principio,  pues se da por acreditada la autoría de  estos  hechos  en  la  persona  del  sentenciado  cuando precisamente era lo que  debía demostrarse.   

          Por  lo anterior, colige que no existe en el texto de la providencia  del   Tribunal,   como   tampoco  en  la  del  fallador  singular,  “el  análisis  y  juicio de valor en el que se concluya cuál es  el  nexo  de causalidad entre el atraco de que se habla por el testigo principal  y  único, fundamento de la sentencia condenatoria, y el homicidio perpetrado en  la humanidad de Daladier Pardo Isaza”.   

          Menos  aún,  prosigue,  se  consigna  cuál  la  parte del conjunto  probatorio  revisado  de donde se extrae la comprobación de la circunstancia de  agravación  referida:   “la  prueba o pruebas  ajustadas  a  las  exigencias  del  artículo 232, 1 de la Ley 600, a las que se  acudió  y  valoró,  con  la capacidad de ofrecer la  certidumbre  sobre  el  surgimiento  de  la agravante  específica  reglada  en  el numeral 2 del artículo 104 del c.p. en la conducta  de  EFRAÍN  ANTONIO  ACOSTA  PÁEZ  al dar muerte Daladier Pardo Isaza, todo lo  cual  da  nacimiento  a  una falta de motivación que, como ha quedado soportado  con  precedentes  judiciales,  genera  nulidad por violación al debido proceso,  contradicción y publicidad”.   

         

          Así  fue cómo, insiste, de nada valió la apelación de la defensa  contra  el  fallo  de primer grado, al punto que “el  silencio   que  obtuvo  como  respuesta  de  inmediato  violó  varios  derechos  fundamentales,  como  -en  gran  medida-  el  debido  proceso,  el  acceso  a la  administración  de  justicia,  contradicción,  publicidad,  defensa,  tal como  prolijamente  quedo visto en la parte teórica que antecedió al examen concreto  del presente caso”.   

Con fundamento en lo anterior, solicita casar  el  fallo  impugnado  y,  en su lugar, se dicte la nulidad del proceso a partir,  inclusive,  del fallo de primer grado, “a fin de que  este  y  el  que  lo  revise  (en  el  supuesto casi seguro de que haya alzada),  cumplan  con  la  obligación constitucional y legal de motivar la decisión que  tomen respecto de mi poderdante”.   

CONCEPTO       DEL       MINISTERIO  PÚBLICO           

Comienza  por  destacar la importancia de la  motivación  en  las  decisiones  judiciales  a  partir  de  una  breve  reseña  histórica  de  sus  orígenes,  advirtiendo  cómo si bien en el plano nacional  actualmente  no  existe  un postulado superior que de forma explícita ordene la  motivación  de las sentencias como antes lo hacía el artículo 163 de la Carta  Política  de  1886,  la  doctrina constitucional se ha encargado de desarrollar  ese  deber,  al  igual  que  el  legislador,  en  particular  por  medio  de los  artículos  55  de  la  Ley Estatutaria de la Administración de Justicia y 13 y  170 del Código de Procedimiento Penal.   

De  ello también se ha ocupado, puntualiza,  el  Bloque  de Constitucionalidad, al tenor de lo dispuesto en los artículos 11  de   la   Declaración   Universal   de  los  Derechos  Humanos;  14  del  Pacto  Internacional   de   Derechos   Económicos,  Civiles  y  Culturales;  8  de  la  Convención   América   sobre   Derechos   Humanos   y   74   del  Estatuto  de  Roma.   

En  cuanto  al  planteamiento  concreto  del  censor,  encuentra  inicialmente  que  en el proceso de individualización de la  pena  el  Juzgado  seleccionó  el  marco punitivo en relación con el delito de  homicidio  agravado, aspecto confirmado por el Tribunal Superior al pronunciarse  en segunda instancia.   

Sobre   el   particular,  señala  que  en  tratándose  de  circunstancias  específicas  de agravación de una determinada  conducta  punible,  “siempre se ha sostenido que es  imprescindible  que  en  la  actuación se encuentren debidamente demostradas, y  que  su  atribución  en  el  Pliego  de  Cargos esté precedida de la necesaria  motivación  y  valoración  jurídico-  probatoria, toda vez que como elementos  integrantes  del  tipo básico en particular, requieren de las mismas exigencias  de  concreción  y  claridad,  con  el  fin de que el procesado no albergue duda  frente  al  cargo  que  enfrentará  en  el  juicio  o respecto de consecuencias  punitivas  en  los eventos en que decide voluntariamente aceptar responsabilidad  con  miras  a  una  sentencia  anticipada,  pues aquellas delimitan en cada caso  concreto  los extremos mínimo y máximo de la sanción a imponer”.   

En  ese  orden,  afirma que asiste razón al  casacionista,  pues  si  bien en la resolución de acusación se hizo mención a  que  procedía  por el punible de homicidio agravado con fundamento en la causal  segunda  del  artículo  104  del Código Penal, “lo  cierto  es  que  ninguna explicación se ofreció respecto a los motivos por los  cuales    se    consideraba    estructurada   dicha   circunstancia   de   mayor  punibilidad”.   

Igual  ocurrió,  prosigue,  con el fallo de  primer  grado,  en  tanto se procedió a dosificar la pena de conformidad con la  imputación  jurídica  correspondiente  al  punible de homicidio agravado, pero  “sin  ofrecer  las  razones que daban sustento a la  aplicación  de  la  causal  de  agravación  en comento, determinación que fue  confirmada  por  el  Tribunal Superior de Montería, sin que tampoco el juzgador  colegiado ofreciera argumento alguno en relación con el tema”.   

Recuerda,  en ese orden de cosas, que cuando  el  grado  o quantum punitivo  impuesto  no  se  corresponde  con la ley o se desconoce la legalidad de la pena  surge  un  motivo  para casar el fallo en salvaguarda de los derechos esenciales  de  los  procesados,  en  este  caso  del debido proceso y de la prevalencia del  derecho   sustancial,   particularmente  del  principio  de  motivación  de  la  pena.   

Con fundamento en lo expuesto, depreca casar  parcialmente  el fallo impugnado y, en su lugar, redosificar la pena impuesta al  condenado,    prescindiendo    de    la    causal    de   agravación   punitiva  atribuida.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Razón asiste al casacionista y al Ministerio  Público  al  destacar  la  importancia  de  la  motivación  de  las decisiones  judiciales,  sólo admisible dentro de un verdadero Estado Social y Democrático  de  Derecho,  donde  los  jueces  están  supeditados  al  imperio de la ley, en  contraposición  a lo que impera en los llamados estados de corte autocrático y  totalitario,  en  los  cuales  los  mandatarios,  por  encarnar  una  especie de  representación  divina  en lo terrenal o por haberse impuesto ante el colectivo  por  fuera  de  los  canales  de  participación  ciudadana, se sustraen, por lo  general,  a  brindar  las razones que sustentan sus determinaciones, de ahí que  sus  decisiones  pueden tornarse arbitrarias o caprichosas y carentes de control  alguno; por tal razón, se puede afirmar con TARUFFO:   

La motivación es, pues, una justificación  racional  elaborada  ex post respecto de la decisión, cuyo objetivo es, en todo  caso,    permitir    el   control   sobre   la   racionalidad   de   la   propia  decisión.   

Estos  principios  generales  son  válidos  también  en  referencia  a  la  valoración de las pruebas y al juicio sobre el  hecho.  No  cabe  duda,  en  realidad,  de que también la motivación sobre los  hechos   es   necesaria,   como   la  motivación  sobre  el  derecho  aplicado,  precisamente   como  garantía  de  racionalidad  y  de  controlabilidad  de  la  valoración        de        las       pruebas2.          

Precisamente en un esfuerzo por justificar la  adscripción  hacia  el  anunciado  modelo  de  Estado,  el  artículo 230 de la  Constitución  Política  colombiana estipula que los jueces están sometidos al  imperio  de  la ley, al cabo que el 229 garantiza a los asociados el acceso a la  administración  de  justicia.  Por  su  parte,  el  artículo  29  ejusdem  prevé  que  las  actuaciones de  esta  índole  se  surtan  conforme a un debido proceso, en cuyo interior puedan  ejercer   debidamente   el   derecho  de  defensa,  teniendo  como  una  de  sus  manifestaciones  más  importantes  el  derecho  de  contradicción,  entendido,  según   este   texto   constitucional,   como   la   facultad  de  “presentar  pruebas  y  a  controvertir las que se alleguen en su  contra;      a     impugnar     la     sentencia     condenatoria”.   

Todo ese cúmulo de garantías se cristaliza,  si  y  sólo  si, el funcionario judicial expone las razones o argumentos en los  cuales  se  basa  para  adoptar  sus decisiones, como así también lo reconocen  instrumentos  internacionales  ratificados  por  Colombia,  por  ejemplo,  en el  literal  a) del numeral 3º del artículo 14 del Pacto Internacional de Derechos  Civiles  y Políticos de Nueva York (Ley 74 de 1968) y el b) del numeral 2º del  artículo  8º de la Convención Americana de San José de Costa Rica (Ley 16 de  1972).   

          El  imperativo  de  motivar las decisiones para los jueces, además,  cumple  un  doble  papel,  según  lo  tiene  dicho esta Colegiatura   (CSJ   SP,   sep.   28   2006,   rad.  22041):   

“(i) endoprocesal: en cuanto permite a las  partes  conocer  el  pronunciamiento sirviendo de enlace entre la decisión y la  impugnación,  a  la  vez  que  facilita la revisión por el tribunal ad quem; y  (ii)  función  general  o extraprocesal: como condición indispensable de todas  las  garantías  atinentes  a las formas propias del juicio, y desde el punto de  vista   político   para   garantizar  el  principio  de  participación  en  la  administración  de  justicia,  al  permitir  el  control social difuso sobre el  ejercicio del poder jurisdiccional”.   

En  consecuencia, las decisiones tomadas por  los  funcionarios  judiciales  siempre  deben  estar acompañadas de las razones  jurídicas  que  les  brindan  sustento, como lo exige el artículo 55 de la Ley  270  de 1996, Estatutaria de la Administración de Justicia, en cuanto impone al  juez  el  deber  de  hacer  referencia a los hechos y asuntos propuestos por los  sujetos  procesales,  y  en  los  artículos  3°  de  la  Ley  600 de 2000, con  carácter  de  principio  rector,  de  acuerdo  con el cual el funcionario está  obligado  a  motivar  las  medidas  que  afecten  derechos  fundamentales de los  sujetos  e  intervinientes  procesales, así como en los artículos 170 y 171 de  la  misma  obra,  referidos  a  los  requisitos  de  las  sentencias  y  de  las  providencias  judiciales,  respectivamente,  disposiciones  a las a que también  hace  alusión  el  censor y el Ministerio Público, a la vez reproducidas en el  numeral 4 del artículo 162 de la Ley 906 de 2004.   

   

Entonces,  si se advierte que las decisiones  judiciales  adolecen  de  defectos en su motivación, ello revierte en menoscabo  del   debido  proceso  y  del  derecho  de  defensa  que  necesariamente  impone  corrección,  como así lo ha dispuesto esta Colegiatura en múltiples ocasiones  a  través  de  una  línea jurisprudencial invariable sobre el punto, entre las  cuales  obran,  entre muchos, los referentes traídos a colación por el censor.   

De   acuerdo   con   esa   vasta   línea  jurisprudencial,  los  defectos  de  motivación  de  las decisiones judiciales,  pueden ser de la siguiente índole:   

         

          (i)  Ausencia absoluta de motivación, (ii) motivación incompleta o  deficiente,  (iii)  motivación  ambivalente  o  dilógica  y  (iv)  motivación  falsa.   También  ha  dicho,  de  manera  reiterada, que las tres primeras  constituyen        errores    in  procedendo    y    la   última   uno   in iudicando.   

          En  la primera modalidad, el fallador no expone las razones de orden  probatorio  ni  los  fundamentos jurídicos en los cuales sustenta su decisión;  en  la  segunda,  omite analizar alguno de los aspectos señalados o los motivos  aducidos  son  precarios;  en  la  tercera,  las contradicciones que contiene la  motivación  impiden  desentrañar  su verdadero sentido o las razones expuestas  en  ella  son contrarias a la determinación adoptada en la resolutiva; y, en la  cuarta,  la motivación del fallo se aparta abiertamente de la verdad demostrada  en el proceso.   

Ahora  bien,  también  ha  sido  criterio  reiterado  de esta Sala que no toda deficiencia argumentativa ostenta la entidad  de  viciar  de  nulidad el acto respectivo, sino sólo aquella que efectivamente  vulnera  las  garantías en mención tornando imposible su control, controversia  o  contradicción  por  los  sujetos procesales. Así, de tiempo atrás se viene  señalando que (CSJ SP, 2 sep. 1998, rad. 9913):   

No cualquier deficiencia argumentativa en la  fundamentación  de  una decisión judicial es de suyo suficiente para viciar de  nulidad   el   acto  procesal.  La  Corte  ha  venido  sosteniendo  que  solo  cuando no existe materialmente motivación, o existiendo  es   incompleta,   equívoca  o  ambivalente,  siendo  necesaria  para  el  aseguramiento  de  las  garantías fundamentales del debido  proceso   o  el  derecho  defensa,  es  posible  su  estructuración.   

La normatividad procesal, tomando en cuenta  la  naturaleza  jurídica  de la decisión que debe ser objeto de proferimiento,  predetermina  en  algunos casos su contenido formal, señalando los aspectos que  deben  ser  analizados  en  ella,  con  miras  a  consolidar una fundamentación  adecuada,  que  responda a su sustancialidad, como acontece, por ejemplo, con la  medida  de aseguramiento, la resolución de acusación y la sentencia (arts.180,  389    y    442    C.P.P.)    (subrayas   fuera   de  texto).   

Este  criterio fue reiterado recientemente.  Así,     en     CSJ     SP,     29     ene.     2014,     rad.     40931,    al  indicarse:       

Si bien existen algunas imprecisiones en la  redacción  de  la  sentencia,  ello no conlleva a que  carezca  de  debida  motivación  al  vislumbrarse  en  forma  idónea sus bases  fácticas y jurídicas.   

(…)  

En síntesis, el hecho de que la recurrente  no  comparta  el  estilo  conceptual  plasmado  en  la  decisión  impugnada, la  argumentación  allí  contenida  o que ésta no cumpla con sus expectativas, no  significa  que  esté  viciada  de  un  defecto  en su motivación, toda vez que  tal  irregularidad  solo puede predicarse de aquellas  providencias  en  las  que,  se insiste, no se precisan ni visualizan razones de  orden  probatorio  y fundamentos jurídicos, falencias  que  del  recuento efectuado en precedencia es palmario que no concurren, ya que  la  exposición  realizada  en  la  sentencia permite  discernir   el   sustento   de   las   determinaciones  adoptadas  en  su  parte  resolutiva.  En  tales  condiciones,  se  negará  la  petición    de    nulidad    impetrada    por    la   impugnante   (subrayas fuera de texto).   

Y,   aún   más   cercano,  también  se  desarrolló en CSJ SP, 9 abr. 2014, rad. 43363, donde se dijo:   

La Corte parte por advertir que, en efecto,  la  sentencia  proferida  por  el  Tribunal  no es un  dechado  de concreción o especialidad, de cara a los elementos que gobiernan la  definición   de   existencia   del   delito   y   consecuente   responsabilidad  penal.   

Empero,  ello no  significa  que  efectivamente  la  decisión  comporte la irregularidad de hondo  calado  denunciada  por el impugnante, pues, aunque la levedad pueda representar  adjetivo  adecuado  para la misma, allí alcanza, así fuese de forma genérica,  a  perfilarse  la existencia de argumentos que clara e indubitablemente refieren  la  materialización  del delito en todas sus aristas y la determinación de las  razones que conducen a estimar responsable a la acusada.   

(…)

Y  si  bien,  el  fallo no contempla  apartados  específicos  para referirse expresamente a cada uno de los elementos  que  configuran  la conducta culposa objeto de condena, es claro que el contexto  general  de  su  motivación  advierte de la postura adoptada por el Tribunal al  respecto,  sin  que pueda aducirse oscuridad u omisión trascendente a partir de  las  cuales pregonar que se violentó el debido proceso o se impidió el derecho  de  defensa  en  su  doble  connotación  de  saber  las razones de la condena y  posibilitar  su adecuada controversia.

(…)

En  tratándose  de  decisiones  del  tenor  de  las  sentencias,  lo  que  de  su  contenido  se  espera, en punto de  motivación,  es  que  cubra cabalmente la obligación  de  definir  con  claridad  y  suficiencia  cuáles  son  las razones fácticas,  jurídicas  y  probatorias que conducen a estimar cubiertos los presupuestos que  permiten  advertir,  para  el caso de condena, materializado el delito contenido  en  la  acusación  y  demostrada  la  responsabilidad del procesado.   

Para cubrir esos mínimos de sustentación  son  tantos  los  estilos  como  jueces  se encargan de la función, sin que sea  posible  establecer  criterios  rígidos  o  inamovibles  a partir de los cuales  definir  decantado  el  mejor modo, así pueda establecerse que en algunos casos  no   se   satisfacen   todas   las   expectativas   del   destinatario   de   la  decisión.   

Por   ello,  establecido  que  el  fallo  examinado  cumple  con   mínimos  de motivación y no afecta el derecho de  defensa,   se   impone  negar  la  nulidad  deprecada  por  el  defensor  de  la  procesada  (subrayas fuera de texto).   

Se  sigue  de  lo  anterior  que  de cara a  escrudiñar  en  la  motivación  de las decisiones judiciales lo verdaderamente  relevante  es  que  se aporte o informe acerca de las razones de orden fáctico,  jurídico  y  probatorio  sustento  de  cualquiera  de  sus  extremos, y que, de  evidenciarse  defectos  en  su  presentación,  ellos no resulten lesivos de las  garantías al proceso como es debido y del derecho de defensa.   

Con  el  anterior  marco  referencial  se  procederá  a  dar respuesta al reclamo del actor contenido en la única censura  que  instaura  en  el libelo, cuya pretensión, se recuerda,  encuentra eco  en el Ministerio Público.   

En  tal  sentido, es necesario recordar que  para  el  demandante  tanto  la resolución de acusación como las sentencias de  instancia  evidencian  falta  absoluta de motivación en relación con la única  circunstancia  de  agravación  específica del delito de homicidio imputada, no  otra  que  la  del  artículo  104, numeral 2, del C.P., prevista para cuando la  aludida   infracción  se  comete  “para  preparar,  facilitar  o  consumar  otra  conducta  punible;  para  ocultarla,  asegurar  su  producto  o  la  impunidad,  para  sí  o  para los copartícipes”.   

Sin  embargo, la revisión objetiva de cada  una  de  estas  providencias  permite  a  la  Sala  arribar  a  una  conclusión  distinta:          

Así, en cuanto respecta a la resolución de  acusación,  es  necesario  empezar  por  destacar  que la aludida agravante fue  imputada  jurídicamente,  con  lo  cual  se  cumple uno de los presupuestos que  viabiliza   su   aplicación.   Ciertamente,   en   su   acápite  de     “Calificación     Jurídica    Provisional”,    se  precisó:   

De  la  conducta  punible  por  la cual se  procede  trata  el  Libro  II,  Titulo  I,  Capitulo  II, Del Homicidio, bajo la  genérica  denominación  de  DELITOS  CONTRA  LA VIDA Y LA INTEGRIDAD PERSONAL,  artículos  103 y 104 numeral 2 del Código Penal, que  consagra  una  sanción  de  25 a 40 años de prisión  (subraya  fuera  de texto)3.   

Lo  mismo  se  debe  decir  en  torno  a su  imputación  fáctica  y  probatoria  por  las  múltiples  referencias  que  se  encuentran    en    su    parte    motiva    o    apartado    de    “Fundamentos      Legales     y     Consideraciones     de     la  Fiscalía”,  las  cuales  desdicen  al demandante en  cuanto  a  que  no  obra  ninguna disquisición de tal índole para sustentar la  existencia  del “atraco” previo al homicidio por el que se procede y en cuya  comisión     habría    intervenido    el    aquí    procesado    EFRAÍN ACOSTA PÁEZ:   

La  investigación  por  tales  hechos  se  inicia  con  fundamento  en  el  informe policivo que da cuenta de la muerte del  señor  Dalaider (sic) Pardo  Isaza,   el  día  7  de  Junio-07  a  eso  de  las  00:45  horas,  después  de que un grupo delincuencial que se tomó la vía que de  Tierralta  conduce  a  Santa  Fe  de  Ralito, atracando a los transeúntes entre  ellos  los  señores  Luis  Heder Andrade Díaz, Roberto Manuel Urango Márquez,  Giovanni  Enrique Pérez Hernández y Helmer Enrique Padilla Hernández, quienes  en  entrevista sostenida con los agentes del orden dieron cuenta de datos de uno  de  los  presuntos  autores  materiales  del  ilícito  (subraya  fuera  de texto)4.   

Luego,  el  ente  acusador  concentró  su  atención  en  el  análisis  del testimonio de Hermel  Enrique  Padilla  Hernández, lo cual se ofrece apenas  razonable   si  en  cuenta  se  tiene  que  es  el  único  testigo  directo  en  responsabilizar    a    ACOSTA    PÁEZ,    alias   “Toño”,   de  la  muerte  de Pardo Isaza, al referir que  acompañaba  a  este último al momento de la agresión que segó su vida, de la  cual, además, también fue objeto:   

La   Fiscalía   Local   de   Veintidós  (sic)  de  Tierralta,  dio  apertura  a  investigación  formal,  ratificó  el testimonio del señor Helmer  Enrique  Padilla  Hernández  quien anota que la única persona que les disparó  fue  alias  TOÑO,  de  resto los otros tenían armas en las manos pero ellos se  quedaron  quietos.  Al ser preguntado por los posibles  móviles   de   los   hechos,   dijo:   ‘yo  pienso  que fue porque como ellos  estaban  atracando  un furgón 300 de estaca, y nosotros pasamos en el momento y  ellos  nos  siguieron  y  nos  adelantaron,  y  mi  amigo  Daladier quien venía  manejando  se  les  pegó  atrás, ellos como que se asustaron y nos esperaron y  fue  allí cuando comenzó Toño a dispararnos,” F- 11  c.o.    (subraya    fuera    de   texto)5.   

Este testimonio mereció al representante de  la   Fiscalía   de   la   mayor  credibilidad,  pues  “presenció  los  hechos en forma directa, está alejado de interés alguno en  perjudicar  al  aquí  sindicado,  no  había  ninguna  relación  entre  ellos,  distinguía  muy  bien al encartado al punto que dijo que era muy conocido en el  pueblo;  reafirmó su dicho en tres oportunidades pese a las amenazas que según  él             ha            recibido”6.   

Luego, y tras valorar algunos testimonios de  descargo  a  lo  cuales minó credibilidad, el calificador se ocupó del vertido  por  Roberto  Manuel Urango,  respecto de quien expresamente advirtió:    

Vemos  que  este  testigo da cuenta de los  hechos  que  fueron la causa de la muerte   de   Dalaider   (sic)   Pardo,  él  fue víctima, pero la escena donde él participa no es  la  misma  del homicidio, pues el obitado y su compañero Hermel Enrique Padilla  no  fueron  víctimas  del  hurto,  sino  que  fueron  agredidos  por  haber  visto  la  comisión  del  hurto  y seguir detrás de los  asaltantes    a    quien    conocían   (sic)      (subraya      fuera     de  texto)7.   

Es  decir  que  el  fundamento  fáctico  y  probatorio  para  deducir  en la resolución de acusación la causal específica  de  agravación  cuestionada,  refulge claramente del crédito otorgado al dicho  del    único    testigo    de   visu   del  homicidio  al  referir que el motivo de la agresión derivó de  haber  presenciado  momentos  antes  un  hurto  en el que habría participado el  procesado,  cuya  existencia  se  refrendaba  por  el  testimonio  de una de las  víctimas  de la primera ilicitud, no otro que Roberto  Manuel  Urango;  suficiente  ello,  considera la Sala,  para  sustentar  su  imputación, pues, como atrás se consignó con cimiento en  criterio  jurisprudencial,  en  tal  propósito  no  es  preciso  de un derroche  argumentativo,  ni  del  pormenorizado análisis dogmático de los elementos que  estructuran los diferentes institutos jurídicos.   

A  lo  anterior añádase que tan se dieron  conocer  los  fundamentos de la imputación de la agravante en la resolución de  acusación  que la defensa, en su intervención durante la audiencia pública de  juzgamiento,  pretendió  desvirtuar ese soporte fáctico y probatorio, esto es,  la    percepción   por   parte   del   occiso   y   el   testigo   Hermel    Enrique    Padilla    de   la  participación  del  implicado  en  el  hurto,  con  el objetivo de conseguir su  inocencia   frente   al   ilícito   que   aquí   se   investiga,  mediante  la  descalificación  de  lo  aseverado por Roberto Manuel  Urango  Márquez, manifestando la defensa al respecto:  “en  su declaración el señor Roberto es muy claro  en  afirmar  que  dentro de las 4 personas encapuchadas que realizaban el atraco  no  estaba  EFRAÍN ACOSTA, no se entendería como un amigo que fue atracado por  otro         quisiera         favorecerlo”8.   

Ello  corrobora que no es cierta la alegada  ausencia  absoluta de motivación de la circunstancia específica de agravación  en  la  acusación,  pues,  de  haber  sido  así, no se explica el ataque de la  defensa  durante  dicha  diligencia precisamente contra el móvil del homicidio,  por haber presenciado la conducta anterior.    

Igualmente  desatinado resulta pregonar que  en  la  misma  incorrección se incurrió en las sentencias de instancia, según  pasa a verse:   

Así, en lo que concierne a la sentencia de  primer  nivel,  porque  ello  se  visualiza desde el mismo relato de los hechos,  donde    se   declara   como   cierto   que   el   homicidio   de   Daladier  Pardo Isaza tuvo por causa haber  sido testigo del atraco inicial, véase:   

Los  mismos  se  contraen a que cuando, el  día  7  de  junio  de  2006 (sic), la víctima se trasladaba en una motocicleta  hacia  el  corregimiento  de Santa Fe de Ralito en el municipio de Tierralta, en  compañía   del   señor   Helmer   Enrique  Padilla  Hernández,  fueron  testigos del atraco que cuatro sujetos con pasamontañas le  hacían  a  una  automotor (sic), siguieron su camino,  mas  tarde  fueron  sobrepasados  por los sujetos que  perpetraban  el  atraco,  de  los  cuales  dos  de  ellos  se habían quitado el  pasamontañas,  más  adelante  fueron  esperados por los mismos sujetos quienes  sin  medir  palabras  les  dispararon  en  varias  ocasiones  impactando a Pardo  Isaza,  quien  falleció  como  consecuencia  de esas  heridas;  Padilla  Hernández alcanzó a lanzarse de la motocicleta y emprendió  la  huida  siendo acosado por los disparos que le hacían  los sujetos, sin  que  ninguno  de ello impactara su cuerpo, logrando internarse en una montaña y  evadiendo  a  sus  perseguidores.  El  señor  Helmer Enrique Padilla Hernández  reconoció  a  uno  de los sujetos que le dispararon con el alias de Toño; más  tarde  se  pudo  establecer  que  alias  Toño  respondía  al nombre de EFRAÍN  ANTONIO    ACOSTA    PÁEZ    (subrayas   fuera   de  texto)9.   

Lo   anterior  soporta  en  términos  de  imputación  fáctica  la  causal  de agravación discutida por declarar el nexo  evidente  entre  la  percepción  del hurto por parte de la víctima y el ataque  posterior  en  su  contra;  además, porque ello se corresponde con el análisis  emprendido  en  la parte motiva, en la que también, a diferencia de lo expuesto  por   el   censor   y   el   Ministerio  Público,  se  exponen  los  argumentos  jurídico-probatorios  que  sostienen  su  atribución,  según  pasa  a  verse:   

En  efecto,  el a  quo,  como  también  lo  hizo  el  instructor  en  la  calificación  del  mérito  sumarial,  ahonda  en el testimonio de Helmer  Enrique  Padilla  Hernández,  en  tanto  sus  aportes  para la reconstrucción de los hechos son indiscutibles, no  sólo   porque   fue  testigo  directo  de  la  agresión  que  cobró  la  vida  de  Daladier  Pardo  Isaza,  sino  porque,  junto  con  el  occiso,  también fue víctima de ella y sólo la  destreza  que  tuvo  para  internarse en la maleza, como él mismo lo relata, lo  salvó  de  correr la misma suerte de su compañero con quien se transportaba en  el mismo vehículo.   

De  esa forma se aprecia cómo en relación  con   el   móvil  del  ataque  que  terminó  con  el  deceso  de  Pardo     Isaza,    el    a  quo  destaca  de  esta declaración lo  siguiente:   

En  declaración posterior rendida ante la  Fiscalía  22  de  Tierralta,  el  día  12 de junio de 2.007, el señor Padilla  Hernández,  se  ratifica  de  la  declaración  anterior y agrega: ‘…Yo  pienso  que  fue porque como ellos estaban atracando un furgón 300 de estaca, y  nosotros  pasamos  en  el momento, y ellos nos siguieron y nos adelantaron, y mi  amigo  Daladier,  quien  venía manejando se les pegó atrás, ellos como que se  asustaron,   y   nos   esperaron,   y   fue   allí   cuando  comenzó  Toño  a  dispararnos..’… (subraya  fuera              de             texto)10.   

Luego, el juzgador emite un juicio de valor  sobre  el  testimonio  del  mencionado, exaltando su coherencia, espontaneidad y  coincidencia,   esta  última  característica  evidenciada  de  sus  diferentes  salidas  procesales,  dándose  por  sentado que el móvil del homicidio radicó  precisamente  en  el hecho aludido de haber presenciado el atraco, sumado a que,  por  ser conocido en la región, era identificable. Así lo aseguró el juzgador  en el siguiente párrafo:   

El haber pasado por ese sitio y  observar  cuando unos sujetos, con pasamontañas, atracaban a un  camión,  haber sido alcanzados por esos sujetos, cuando dos de ellos ya venían  sin   pasamontañas,  entre  ellos  el  procesado,  quien  era  conocido  en  la  zona,   y   tratar   de   seguirlos  de  cerca,  son  circunstancias  que  indican  sin  lugar  a  dudas, el  interés  del  acusado  EFRAÍN  ANTONIO  ACOSTA PÁEZ, precisamente por ser muy  conocido  en  la  región  e  ir sin pasamontañas, en  darle  muerte  al  señor  Daladier Pardo Isaza y a su compañero Hermes Enrique  Padilla  Hernández y así no dejar testigos del atraco del camión que acababan  de   cometer   (subraya  fuera  de  texto)11.   

Es evidente, entonces, que en esta decisión  la  atribución  de  la  causal tuvo abrigo en lo dicho por el testigo único de  visu, lo cual abarca, desde  luego,  que  el  motivo de la agresión ulterior en contra suya y de la víctima  fatal   fue   haber  presenciado  momentos  antes  el  atraco  a  un  vehículo,  circunstancia  que,  sin duda, se recoge en la causal de agravación específica  del homicidio deducida en su contra.   

Ahora, la Sala no comparte el argumento del  censor  según  el  cual  la  motivación,  para  tenerla por suficiente, debió  comprender  un  análisis  meticuloso  de  las  dos  hipótesis  que contiene la  causal,  porque  conforme  al  criterio reseñado de esta Colegiatura ello no es  imprescindible  para  edificar  una  adecuada  motivación,  pues  lo  realmente  importante  es  que se brinden las razones jurídico probatorias que la soportan  sin  que  para  tal cometido deba acudirse a complejas o extensas disquisiciones  sobre la materia.   

En ese orden de ideas, de la argumentación  fáctica,  jurídica  y probatoria expuesta se extrae que la hipótesis concreta  del   numeral   2  del  artículo  104  del  Código  Penal  aplicable  al  caso  sub exámine es la referente  a  que el homicidio se perpetró “para asegurar la impunidad” de la conducta  fin,   esto  es  el  hurto,  del  que,  como  ya  se  ha  precisado,  da  cuenta  principalmente  el  testigo  Helmer  Enrique  Padilla  Hernández,   sin   que   tenga  incidencia  para  su  atribución  que dicho comportamiento punible se haya consumado o no, pues no es  objeto    del    presente    diligenciamiento    ni    fue    imputado   en   la  acusación.   

Los  fundamentos  de la sentencia de primer  grado,  dígase  de otro lado, se entienden integrados a la de segunda instancia  por  virtud  del  fenómeno  de  la unidad inescindible que opera entre las dos,  máxime  cuando no existe contradicción entre lo decidido y argumentado en cada  una de ellas.   

Ahora,  es  verdad,  según  lo sostiene el  libelista,  que  la defensa al sustentar el recurso de apelación planteó, como  segunda  inquietud,  el  tema relacionado con la falta de prueba para corroborar  que  el  deponente  Helmer Enrique Padilla  fue testigo del  atraco.   En   orden   a  sustentar  esa  postura,  se  limitó  a  señalar  lo  siguiente:   

En segundo lugar, en cuanto a que el señor  Padilla  Hernández  fue testigo de un atraco, tampoco existe ni una sola prueba  de  la  ocurrencia  de  tal  hecho,  ni  siquiera  se  menciona  por parte de la  Fiscalía  la existencia de algún proceso penal que se siga por ese delito ante  alguna  autoridad,  o  por  lo  menos  copia  de  una  denuncia formulada por el  supuesto  hurto,  sin  embargo,  y  confiando en la veracidad de la versión del  señor  Padilla  Hernández,  este  hecho  es  utilizado  por  los operadores de  justicia  para  agravar  la  conducta y para aumentar significativamente la pena  impuesta  al  señor  EFRAÍN  ANTONIO  ACOSTA PÁEZ12.   

Al  sopesar  el argumento se observa que el  casacionista  exagera cuando califica, de forma insistente, que el planteamiento  de  la  defensa  sobre  el  particular se basó en “prolijas y sustanciales”  proposiciones,  en tanto se limitó a controvertir la credibilidad otorgada a lo  aseverado   por  Helmer  Enrique  Padilla  Hernández  en  cuanto  a  la  existencia  del  atraco,  a  partir de que (i) no hay ni una sola  prueba  que  lo  corrobore,  (ii)  no  se  menciona por parte de la Fiscalía la  existencia  de  algún  proceso  penal  que  se  siga por ese delito ante alguna  autoridad  y  (iii) ni siquiera obra copia de denuncia formulada por el supuesto  hurto.   

Amén  de  la  inconcreción  evidente  del  primer  reclamo,  lo  que  reviste de mayor entidad para descartar el pretendido  vicio  de  motivación  es que el ad quem sí  dio  contestación  a esa propuesta al ratificar el mérito que  emanaba  de  lo expuesto por el multicitado testigo presencial, respecto de cuyo  dicho aludió:   

En  su  deponencia da cuenta que tanto él  como   su   amigo   Daladier,   pasaron   en  moto  por  el  lugar  donde    cuatro   sujetos   encapuchados   estaban   atracando   un  vehículo,   siguieron   su  camino  y  más  tarde  fueron  alcanzados  y adelantados por las personas que  estaban  cometiendo  el  ilícito y se transportaban en moto, entre las que iban  dos  que no llevaban cubierta su cara con pasamontañas y una de ellas era alias  Toño  que  fue  quien  les  disparó  y  al  único  que reconoció13  (subrayas fuera de texto).   

Al  otorgarle crédito a este testimonio y,  contrario   sensu,  minar  credibilidad   a  los  de  la  defensa,  como  igual  lo  hizo  el  a  quo,  según quienes a la hora y fecha  de    los    hechos    ACOSTA   PÁEZ   se  encontraba en otro lugar, validó la afirmación de Padilla     Hernández    en   el  sentido  de  que  el  motivo  de  la  agresión  fue  haber  presenciado  el  delito  previo,  a  lo  que  añadió,  además, estar también  demostrado   ese  supuesto  con  la  declaración  de  Roberto  Manuel  Urango  Márquez,  respecto  de quien  dijo:    

Este  atraco en efecto se realizó, porque  de  ello  habla  un  testigo  que  fue víctima del mismo y es el señor Roberto  Manuel  Urango  Márquez, quien a folios 37 al 39 del  c.o.,  relata  lo  acaecido  de  8 a 9 de la mañana del día 7 de junio de 2007  cuando  cuatro personas, todos encapuchados y armados tres con revólveres y uno  con  machete,  le quitaron sus pertenencias y las de otras personas (subraya     fuera     de     texto)14.   

La  conclusión  posterior  del  Tribunal  también  brinda  repuesta  al  somero  planteamiento  defensivo  sustento de la  apelación  en cuanto a la falta de prueba que verificara la real ocurrencia del  hurto, al paso que avala la postura del juzgador de primer grado:   

Considera la Sala, necesario recordar, que  los   testimonios   no   se   cuentan  sino  que  se  pesan  y  que  la  juez  de  primera  instancia puede  fundamentar  su  decisión,  sobre  la  responsabilidad  o  no del procesado, en  cualquier  medio  probatorio,  en  este caso lo hizo con la declaración rendida  por  Hermel Enrique Padilla Hernández, todo esto a la luz del artículo 237 del  C.P.C.,  bajo  el  concepto  de  la  libertad  probatoria.  Sin  embargo, fue un  análisis  conjunto  de  las  pruebas  la  que  produjo  el  convencimiento a la  funcionaría  judicial  de  que  existía  la  certeza  para  condenar y así lo  señaló         en         su         fallo15.   

De  lo  expuesto  en  precedencia  emerge  diáfano  que  la censura propuesta en la demanda de casación presentada por el  defensor  de  EFRAÍN ANTONIO ACOSTA PÁEZ,  cimentada  en la absoluta falta de motivación de la acusación y  las  sentencias  de primera y segunda instancia, pretensión a la que se adhiere  el  Ministerio  Público, no está llamada a prosperar, motivo por el cual no se  casará el fallo impugnado.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA, Sala de Casación Penal, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

NO   CASAR  la  sentencia  impugnada,  de  conformidad  con los argumentos expuestos en la parte  motiva de esta decisión.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese   y   cúmplase.   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1  El  concepto  fue  recibido en la Secretaría de esta corporación el 17 de marzo de  2014.   

2  TARUFFO,  Michele,  “La  Prueba  de  los  Hechos”.  Editorial  Trotta, 2002,  Madrid, pág. 435.         

3 Pág.  9 de la resolución de acusación.   

4  Pág.            10            ibídem.   

5 Pág.  12 ídem.   

6  Ídem.   

7 Pág.  15 ídem.   

8 Fol.  30 del cuaderno de la causa.    

9 Fol.  34 del c. de la causa.     

10  Fol. 42 ibídem.   

11  Fol. 43 ibídem.   

12  Fol. 53 del c. de la causa.    

13  Pág. 8 del fallo de segundo grado.   

14  Pág.          8          ibídem.   

15  Pág.          10          ibídem.     

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