SP4327-2015(43870)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE          SUPREMA            DE  JUSTICIA   

SALA         DE            CASACIÓN  PENAL   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado ponente  

SP4327-2015  

Radicación No. 43870  

(Aprobado Acta No. 134)  

Bogotá,  D.C., dieciséis (16) de abril de  dos mil quince (2015).   

Procede  la  Sala a emitir sentencia con el  propósito  de  determinar  si  en  este  asunto  se  vulneraron  las garantías  fundamentales   de   los   procesados   Alberto  y  Héctor  Alirio  Sánchez  Peña, de conformidad con lo  resuelto  al  inadmitir  la  demanda  de  casación  interpuesta por su defensor  contra  el fallo del Tribunal Superior de Bogotá, confirmatorio del dictado por  el  Juzgado Tercero Penal del Circuito de la misma ciudad, por cuyo medio fueron  condenados  como  coautores  de las conductas punibles de receptación agravada,  fraude procesal y falsedad en documento privado.   

HECHOS    Y    ACTUACIÓN   PROCESAL  RELEVANTES:   

Estos    aspectos    fueron  sintetizados por la Sala, en pretérita  ocasión, de la siguiente manera:   

Según  denuncia  presentada por la señora  Martha  Cecilia  Hernández Vásquez el 11 de diciembre de 2002, entre las 12:00  y  las  12:20  del  día,  en…  la  carrera  9ª  con calle 114 de esta ciudad  [Bogotá],  le  hurtaron  el  automóvil  Mazda  323  de  placa  BAW  905  de su  propiedad, avaluado en la suma de $7.500.000.   

Posteriormente, el 31 de octubre de 2005, el  referido  rodante fue recuperado y dejado a disposición del… Fiscal 86 Local.  Es  de  anotar  que  el  rodante se encontró parqueado en la casa… del señor  Jorge  Enrique Bautista Prieto, ubicada en la vereda “Flores” [del municipio  de  Guasca  (Cundinamarca)],  quien  al  respecto  manifestó que [el vehículo]  estaba  allí  por  encargo de “un conocido” en respaldo de una deuda y para  su  reparación,  concretando  que  llevaba  aproximadamente  dos  años  en ese  lugar…  [e  informando  que  de  él  se  hizo cargo] el señor Héctor Alirio  Sánchez   Peña,   quien   se   comprometió   a   cancelar   el  valor…  del  parqueadero.   

Días después [el 24 de noviembre de 2005],  los  señores  Alberto  y Héctor Alirio Sánchez Peña, a través de abogado…  radicaron   ante  la  citada  Fiscalía  solicitud  de  entrega  del  automotor,  valiéndose  para  ello  de  un  poder  carente  de  autenticidad, presuntamente  otorgado  por  Martha  Cecilia Hernández en condición de propietaria legítima  del  rodante,  con  el cual indujeron en error al servidor público, logrando la  entrega provisional y luego definitiva del automotor.   

Aproximadamente  en  el  año  2006,  los  hermanos  Sánchez  Peña  vendieron el vehículo al señor Walter Yesid Higuera  Cruz en la suma de $6.000.000.   

Finalmente,  el  7  de  mayo  de  2009, las  autoridades  de policía dieron captura a Walter Higuera cuando transitaba en el  aludido  automotor…  por la calle 73 con carrera 76 de esta capital [Bogotá],  a  petición  de Martha Cecilia Hernández… [quien lo observó en dicho sector  cuando estaba conduciendo otro vehículo].   

Con  fundamento  en  el  anterior acontecer  fáctico,  el  20  de  octubre  de  2010,  en  el Juzgado Cincuenta y Seis Penal  Municipal  con  Funciones de Control de Garantías de Bogotá, una vez Alberto y  Héctor  Alirio Sánchez Peña fueron declarados en contumacia, la Fiscalía les  formuló  imputación  como  coautores  de los delitos de receptación agravada,  fraude procesal y falsedad en documento privado.   

El 11 de mayo de 2011, en el Juzgado Tercero  Penal  del  Circuito  con  Funciones de Conocimiento de Bogotá, se acusó a los  hermanos  Sánchez  Peña  por  los  ilícitos  de receptación agravada, fraude  procesal   y   falsedad   en   documento   privado   (arts.   447   —inc.          2º—,    453    y    289    del   C.P.,  respectivamente).   

Tramitado el juicio oral, el 7 de octubre de  2013  se  condenó a los procesados Alberto y Héctor Alirio Sánchez Peña como  coautores  de  las  conductas punibles por las que fueron acusados, a quienes se  les  impuso  las  penas  principales  de  105  meses  de  prisión, multa de 210  salarios   mínimos   legales  mensuales  vigentes  e  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  término de 62 meses.  Además,  se  les negó la suspensión condicional de la ejecución de la pena y  el mecanismo sustitutivo de la prisión domiciliaria.   

Ese fallo fue apelado por el defensor de los  inculpados  y,  el  17  de  marzo  de  2014,  el Tribunal Superior de Bogotá lo  confirmó en su integridad.   

Contra  esa  determinación el apoderado de  los enjuiciados presentó recurso de casación.   

Mediante auto del 21 de enero de 2015, esta  Corporación  inadmitió  la  demanda  y  a  su  vez  dispuso  que eventualmente  promovido  el  trámite  del mecanismo de insistencia, volviera la actuación al  Despacho  del  Magistrado  ponente,  a  fin  de  pronunciarse  sobre  la posible  violación  de  garantías  fundamentales, en concreto al dosificar la pena, por  tanto, se procede a examinar tal situación.   

CONSIDERACIONES    DE    LA   CORTE   

Cuestión   previa:  

Es preciso señalar que, de conformidad con  el  criterio  fijado  por  la  Sala,  CSJ  AP, 23 ago. 2007, rad. 28059, en este  asunto  no se dispuso llevar a cabo la audiencia de sustentación prevista en el  inciso  final  del  artículo  184  de  la Ley 906 de 2004, por cuanto tal vista  pública  se  encuentra  reservada  para  que  las partes se pronuncien sobre la  demanda  y  en el sub judice  ella  se  inadmitió.  En  esa  medida,  la  misma  resultaba  improcedente  por  elemental  sustracción  de  materia,  postura  que consulta lo sostenido por la  Corporación en la oportunidad identificada, donde expresó:   

Es   de  anotar  que  no  se  dispone  la  celebración   de  audiencia  de  sustentación,  pues  si  de  acuerdo  con  lo  establecido  en  el  inciso  final  del  artículo 184 de la Ley 906 de 2004, el  debate  dialéctico que allí se concibe debe darse dentro de los “límites de  la  demanda”,  es  de  entender  que  la realización de dicha diligencia solo  procede  cuando  se  produzca su admisión. En ese caso, dígase adicionalmente,  son  las  partes  las  que fijan los temas a tratar, lo cual no acontece cuando,  como  en  este  asunto,  se  inadmite  el libelo, sin que los sujetos procesales  hayan  advertido  la posible vulneración de garantías fundamentales, porque en  ese  último  evento  es  la  intervención  exclusiva de la Sala la que resulta  impulsando  el  trámite para su eventual corrección, en cuyo marco no cabe, se  repite, espacio para el debate entre las partes.   

Sobre       la    legalidad   de   la   pena:   

El   artículo  29  de  la  Constitución  Política,  en  concordancia  con el artículo 6º, tanto del Código Penal como  de  la  Ley  906  de 2004, consagra el principio de legalidad, de acuerdo con el  cual,  “Nadie podrá ser juzgado sino conforme a las  leyes  preexistentes al acto que se le imputa, ante juez o tribunal competente y  con   observancia   de   la   plenitud   de   las   formas   propias   de   cada  juicio”.   

Este  postulado  cuenta  con un plus que se  concreta  en:  (i)  la legalidad de los delitos, pues a nadie se le puede juzgar  por  una  conducta punible que previamente no se haya establecido como tal en el  ordenamiento  jurídico;  (ii) el agotamiento del trámite respectivo debe estar  previamente  definido, así como el o los funcionarios encargados de adelantarlo  y;  (iii)  la  pena correspondiente a la infracción ha de determinarse antes de  la  comisión del comportamiento, a efectos de que sea posible imponerla a quien  resulte declarado responsable en el juicio respectivo.   

Frente  a  este  último  aspecto, conviene  advertir  que  el  principio  de  legalidad involucra, según se desprende de lo  dispuesto  en  el  artículo  35  del  Código  Penal,  las  penas  “principales”, esto es, “la  privativa de la libertad de prisión, la pecuniaria de multa  y  las  demás  privativas  de  otros  derechos, que como tal se consagren en la  parte  especial” del estatuto en cita e, igualmente,  las  “accesorias” a que  se   refiere   el   artículo   52   en  concordancia  con  el  43  ibídem.   

Así  mismo, en desarrollo del principio de  legalidad   de   la  pena,  se  han  establecido  un  conjunto  de  “límites”,       “reglas”      y     “criterios”  a  efectos  de  poderla  determinar  frente  a  cada  caso  concreto,  acorde  con  lo  previsto  en  los  artículos 34 a 62 del Estatuto Punitivo.   

Se   tiene   que   en   el   sub   judice   se   procedió  por  las  conductas  punibles  de  receptación  agravada,  fraude  procesal y falsedad en  documento  privado previstas en la Ley 599 de 2000, para las que, de acuerdo con  la   época   de   la  comisión  de  los  hechos,  se  prevén  las  siguientes  penas:   

Artículo  447.  Receptación                       (Modificado  por                              los  artículos  4º  de la  Ley    813    de    2003   y   45  de  la                              Ley  1142  de  2007).  El  que sin  haber  tomado  parte  en  la  ejecución de la conducta punible adquiera, posea,  convierta  o transfiera bienes muebles o inmuebles, que tengan su origen mediato  o  inmediato en un delito, o realice cualquier otro acto para ocultar o encubrir  su  origen  ilícito,  incurrirá  en prisión de cuatro (4) a doce (12) años y  multa  de  seis  punto  sesenta  y  seis  (6.66)  a  setecientos cincuenta (750)  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes,  siempre  que  la  conducta no  constituya delito sancionado con pena mayor.   

Si  la  conducta  se  realiza  sobre  medio  motorizado,   o   sus  partes  esenciales,  o  sobre  mercancía  o  combustible que se lleve en ellos; o sobre elementos destinados a  comunicaciones   telefónicas,   telegráficas,  informáticas,  telemáticas  y  satelitales,  o  a  la  generación,  transmisión,  o distribución de energía  eléctrica  y gas domiciliario, o a la prestación de los servicios de acueducto  y  alcantarillado,  la pena será de seis (6) a trece  (13)  años  de  prisión  y  multa  de  siete  (7) a setecientos (700) salarios  mínimos legales mensuales vigentes.   

Si la conducta se realiza sobre un bien cuyo  valor  sea  superior  a mil (1.000) salarios mínimos legales mensuales vigentes  la pena se aumentará de una tercera parte a la mitad.   

Artículo     453.     Fraude      procesal     (Modificado  por el  artículo  11 de  la                              Ley  890  de  2004).  El  que  por  cualquier  medio  fraudulento  induzca  en error a un  servidor  público  para  obtener  sentencia,  resolución o acto administrativo  contrario  a  la  ley,  incurrirá en prisión de seis  (6)  a  doce  (12)  años,  multa  de  doscientos  (200)  a mil (1.000) salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes  e  inhabilitación  para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  de  cinco  (5)  a  ocho (8) años.   

Artículo   289.  Falsedad  en  documento  privado (Modificado por el artículo 14 de la Ley 890  de  de  2004).  El  que falsifique documento privado que pueda servir de prueba,  incurrirá,  si lo usa, en prisión de dieciséis (16)  meses  a  nueve  (9)  años.  (subrayas fuera del texto original)   

Ahora  bien,  en  el fallo de primer grado,  pues  el  Tribunal  guardó  silencio  sobre  el particular, en relación con la  dosificación de la pena, se concluyó lo siguiente:   

Bajo  esos  tópicos  y  como quiera que se  procede  por  un  concurso  de  delitos,  se  partirá del delito más grave, de  conformidad  con  el  artículo  31 del Código Penal, es decir, la receptación  agravada,  y  se  impondrá  a  cada  uno de los acusados la pena de 75 meses de  prisión,  aumentada  en  30  meses  por  el concurso con los punibles de fraude  procesal      y      falsedad      en     documento     privado     —a  razón de 20 meses por el fraude y  10    meses    por    la    falsedad—, lo que arroja un resultado de 105 meses de prisión.   

En  lo que respecta a la multa, se partirá  de  la más grave, correspondiente al delito de fraude procesal. En ese orden de  ideas  y siguiendo los mismos parámetros, se impondrá a cada procesado la pena  de  multa  en  cuantía  de  205  salarios  mínimos legales mensuales vigentes,  aumentada  en 5 salarios por el concurso con el delito de receptación, quedando  en 210 salarios mínimos legales mensuales vigentes.   

Igualmente,   se   les  condenará  a  la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por un  término de 62 meses.   

Así  las cosas, se observan varios errores  en  la  dosificación  de  la  pena,  los  cuales  se procederá a identificar y  establecer si es posible entrar a corregirlos.   

Aclarando  de  entrada que no se encuentran  reparos  frente  a  la  individualización  de la pena de prisión, no ocurre lo  propio  respecto  de la multa y la inhabilitación para el ejercicio de derechos  y funciones públicas.   

En  cuanto  hace  referencia  a  la pena de  multa,  el primer yerro que se evidencia surge del hecho de aplicarle las reglas  del concurso de que trata el artículo 31 de la Ley 599 de 2000.   

En  efecto,  si  bien  el  artículo 31 del  Estatuto Punitivo preceptúa:   

Concurso de conductas punibles.   El   que   con  una  sola  acción  u  omisión  o  con  varias  acciones  u omisiones infrinja varias disposiciones de  la  ley  penal  o varias veces la misma disposición,  quedará  sometido  a  la que establezca la pena más  grave  según  su  naturaleza,  aumentada  hasta  en  otro  tanto, sin que fuere  superior  a  la  suma  aritmética  de  las  que  correspondan a las respectivas  conductas   punibles  debidamente  dosificadas  cada  una  de  ellas.    (subrayas    fuera    del   texto  original)   

Por  igual  se  tiene  que la pena de multa  tiene  una  regulación  especial,  la  cual  debe  aplicarse  en  atención  al  principio  de hermenéutica lex specialis derogat legi  generali,  el cual es consagrado en el Código Civil,  así:   

Artículo 10. Incompatibilidad y prelación  normativa  (Subrogado  por el artículo 5º de la Ley  57  de 1887). Cuando haya incompatibilidad entre una disposición constitucional  y una legal, se preferirá aquélla.   

Si  en  los  Códigos  que  se  adoptan  se  hallaren  algunas  disposiciones  incompatibles  entre sí, se observarán en su  aplicación las reglas siguientes:   

1) La disposición  relativa   a   un   asunto   especial   prefiere   a   la  que  tenga  carácter  general;   

2) Cuando las disposiciones tengan una misma  especialidad  o  generalidad,  y  se  hallen  en un mismo Código, preferirá la  disposición  consignada  en  artículo  posterior;  y si estuvieren en diversos  Códigos  preferirán,  por  razón  de éstos, en el orden siguiente: Civil, de  Comercio,  Penal.  Judicial,  Administrativo, Fiscal, de Elecciones, Militar, de  Policía,   de   Fomento,   de   Minas,   de   Beneficencia  y  de  Instrucción  Pública.   

Por  tanto, visto el artículo 39 de la Ley  599 de 2000, que en punto de la multa consagra:   

La  pena  de  multa  se  sujetará  a  las  siguientes reglas.   

1.   Clases   de   multa.   La   multa   puede   aparecer  como  acompañante  de  la  pena  de  prisión,  y en tal caso, cada tipo penal consagrará  su  monto,  que  nunca será superior a cincuenta mil (50.000) salarios mínimos  legales   mensuales   vigentes.   Igualmente  puede  aparecer  en  la  modalidad  progresiva  de unidad multa, caso en el cual el respectivo tipo penal solo hará  mención a ella.   

(…).  

4.     Acumulación.    En  caso de concurso de conductas punibles o acumulación de penas,  las    multas   correspondientes   a   cada   una   de   las   infracciones   se  sumarán, pero el total no podrá exceder del máximo  fijado   en   este   artículo   para   cada   clase   de   multa.  (subrayas fuera del texto original)   

De   esto  se  sigue,  que  como  en  el  sub  lite,  de los delitos  por  los que se procedió, los de receptación agravada y fraude procesal tienen  multa  como  acompañante de la pena de prisión, el primero, de “siete  (7)  a setecientos (700) salarios mínimos legales mensuales  vigentes”   y,   el   segundo,   de   “doscientos   (200)   a  mil  (1.000)  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes”, es  claro  que  se  han  debido sumar tras la respectiva individualización frente a  cada                   infracción1,  mas no como equivocadamente  lo  hizo  el  juzgador  de primer grado quien, con fundamento en el artículo 31  del  Código  Penal,  concluyó  que se debía elegir la conducta punible con la  pena  de  multa  más grave, en este caso la prevista para el ilícito de fraude  procesal  e  incrementarla  teniendo en cuenta la pena de multa contemplada para  la infracción de receptación agravada.   

En   efecto,   si   en  el  sub  lite,  en  gracia de discusión, se  dosificara  la  pena de multa con sustento en el artículo 31 del Código Penal,  entonces  ésta  hipotéticamente  sería  bien distinta a la que resultaría de  aplicar    el   artículo   39   ibídem,  pues  la  norma citada en primer término, prevé que en caso de  concurso  de  delitos,  inicialmente se debe tener en cuenta la pena más grave,  que  en  este caso sería la de prisión prevista para el delito de receptación  agravada,  que va de 6 a 13 años, conducta punible de la cual también tendría  que  tomarse la pena de multa, pues si se aplicara la de la otra infracción que  concursa  y  que  también  tiene  pena  de  multa  (fraude procesal2),  como  lo  hizo  la  primera  instancia, se incurriría en la creación de una lex tertia in malam partem.   

Por  tanto, bajo la lógica equivocada del  juzgador  de  primer  grado,  si  se aplicara lo previsto en el artículo 31 del  Estatuto  Punitivo,  en  particular  cuando  dice  que identificada la pena más  grave     se     aumenta     “hasta    en    otro  tanto”,  entonces  la  multa  en  este  asunto solo  podría  incrementarse en esa proporción (otro tanto) una vez fijada dentro del  primer  cuarto  (que  fue  el  elegido  por  el juez a  quo)  y  que  se  concretó  en  5  salarios mínimos  legales  mensuales, incluso por debajo del mínimo legal, pues es de 7 salarios,  así  que  supuestamente  la pena de multa, reitérase, siguiendo la visión del  funcionario  judicial  de  primer  grado, sería de 10 salarios mínimos legales  mensuales,  como  resultado de intensificarse “hasta  en  otro  tanto” y no de 210 salarios mínimos como  finalmente la fijó.   

Empero,  como  lo  correcto  es  que  de  conformidad  con  lo  preceptuado  en  el  artículo  39  de la Ley 599 de 2000,  “en  caso  de  concurso  de conductas punibles o de  acumulación   de   penas,  las  multas  correspondientes  a  cada  una  de  las  infracciones  se  sumarán”, se tiene que en el caso  de  la  especie  se  ha  debido  determinar  dicha  pena,  para  los  delitos de  receptación  agravada  y  fraude procesal, identificando inicialmente el cuarto  mínimo   frente   a  cada  uno  de  tales  ilícitos  y  luego  proceder  a  su  adición.   

Dejando  de lado lo anterior, lo cierto es  que  se  evidencia  que  en  relación  con  la  pena de multa para el delito de  receptación  agravada,  el  primer  cuarto  oscila  entre  7  y 180.25 salarios  mínimos      legales     mensuales     vigentes3,  así  que  como  la pena de  multa  que  legalmente  era posible imponer para dicha infracción era de por lo  menos  7  salarios mínimos y no de 5 como lo hizo el juzgador de primer grado y  lo  avaló  el  Tribunal,  de  esto  se sigue que se desconoció el principio de  legalidad  de  la  pena  de  multa,  no  obstante, en este momento no es posible  corregir  tal  irregularidad,  en  concreto  en  aplicación  del  principio  de  non  reformatio  in  pejus,  pues  el  procesado  funge  en el sub lite como único impugnante.   

A su vez, cabe indicar que frente al delito  de  fraude  procesal,  la  determinación  de  la  pena  de  multa se ajustó al  principio  de  legalidad, pues el artículo 453 de la Ley 599 de 2000 prevé que  tiene  una  que  va de 200 a 1.000 salarios mínimos legales mensuales vigentes,  de  manera que el primer cuarto, que fue el elegido por el juzgador a   quo,  oscila  entre  de  200  y  400  salarios                   mínimos4,  así  que  el  funcionario  judicial,  al  fijar  para  tal  conducta  punible  una  multa  de  205 salarios  mínimos, lo hizo dentro de los límites legales.   

En  esa  medida,  en gracia de discusión,  siguiendo  los  parámetros  legales  y  atendiendo  al  criterio  fijado por el  juzgador   de   primera   instancia,   en   el   sub  judice la pena de multa debió ser de 2125   salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes,  mas  no  de  210 salarios mínimos como  finalmente  se  determinó, empero, conforme quedó expuesto, es este momento no  es  posible  restaurar  el principio de legalidad en razón de que se debe hacer  prevalecer   la   garantía   de  non  reformatio  in  pejus.   

De  otra parte, en cuanto hace relación a  la  pena de inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas,  se  observa  que  se  erró  al  proceder a su individualización, por tanto, se  entra  a  evidenciar  la  irregularidad  cometida  y  a determinar si es posible  corregirla.   

El   artículo   52  del  Código  Penal  preceptúa:   

Las  penas  accesorias.  Las penas  privativas  de  otros  derechos, que pueden imponerse  como  principales,  serán accesorias y las impondrá  el  juez  cuando  tengan  relación  directa  con la realización de la conducta  punible,  por  haber  abusado de ellos o haber facilitado su comisión, o cuando  la  restricción  del derecho contribuya a la prevención de conductas similares  a la que fue objeto de condena.   

En  la imposición de las penas accesorias  se  observará estrictamente lo dispuesto en el artículo 596.   

En  todo  caso,  la  pena  de  prisión  conllevará  la  accesoria  de  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas, por un tiempo igual al de la pena a que accede  y hasta por una tercera parte más, sin exceder el máximo fijado  en  la Ley, sin perjuicio de la excepción a que alude el inciso 2 del artículo  517   

. (subrayas fuera  del texto original)   

Como  en  la  norma recién transcrita se  consagra  que  “la  pena de prisión conllevará la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas,  por  un  tiempo  igual  al  de  la  pena a que accede”,    es    necesario    recordar    que    en    el    asunto  de  la especie, la pena privativa de la libertad se impuso  de  la  siguiente manera: para el delito más grave, esto es, el de receptación  agravada,  en  75  meses, respecto de la conducta punible de fraude procesal, se  fijó  en  20  meses y, frente a la falsedad en documento privado, se determinó  en  10  meses,  para  un total de pena privativa de la libertad de 105 meses; al  paso  que  la  pena de inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones  públicas se fijó en 62 meses.   

Así  las cosas, es evidente la presencia  de  errores en la determinación de la pena de inhabilitación para el ejercicio  de derechos y funciones públicas.   

En  efecto, inicialmente se debe señalar  que  en  el  sub judice el  delito  más  grave,  vista  la  pena de prisión asignada en la Ley 599 de 2000  para  cada  uno  de  los  delitos  que  concursan,  es  la  establecida  para la  receptación  agravada  (que va de 6 a 13 años de prisión), como acertadamente  lo   concluyó   el   juzgador   a  quo.   

Ahora, el delito de fraude procesal tiene  como  pena  principal  la  de  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y  funciones  públicas de 5 a 8 años, mientras que los de receptación agravada y  falsedad  en  documento  privado,  que  también  concursan,  prevén  la  misma  sanción pero como accesoria.   

Sobre  el  particular  entonces  resulta  oportuno  traer  a  colación lo que la Corte ha concluido en punto de la manera  de  dosificar  la  pena  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de derechos y  funciones públicas cuando concurre como principal y accesoria.   

Conviene señalar que en reciente decisión  (CSJ  SP,  19  mar. 2014, rad. 38793), la Sala estableció que en los eventos de  concurso  de  conductas  punibles  en  los cuales la sanción de inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones públicas  concurre  como  principal  en  relación  con  alguno  o  algunos delitos y como  accesoria  respecto  de  otro  u  otros, en orden a individualizarla corresponde  aplicar  las  reglas señaladas para la dosificación de la pena establecidas en  el  artículo  31 de Estatuto Punitivo, pues en últimas se trata de un concurso  de  penas accesorias, del mismo modo que cuando convergen pluralidad de penas de  prisión.   

La Corporación expresó:  

Impera   aclarar   que   respecto   de  éste  procesado  la pena  de  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas está  llamada  a  ser  impuesta  bajo dos modalidades: como principal, por un lapso de  diez        (10)       años       —según  la   estimación  atrás  reseñada—   en   el   delito  de  desaparición  forzada,       y       como       accesoria,  por  una duración de veinte  (20)  años de conformidad con los artículos  51  y  52 de la Ley 599 de 2000, frente al concurso con los  otros   delitos   contra  la  vida  por  los  cuales  se  le  halló responsable.   

Tratándose  entonces  de una misma sanción que está   prevista   en   diferente  grado  y  magnitud  en  los  delitos  concurrentes,   para   su  adecuada  tasación  debe  acudirse  a  las reglas de dosificación en los casos  de   concurso   de  conductas  punibles  (Ley  599  de  2000,  artículo  31),  y  con  base  en  esos criterios, de acuerdo  con  los  cuales  el sujeto agente  queda  sometido  a la del delito que “establezca la  pena  más grave según su  naturaleza,   aumentada   hasta  en  otro  tanto”,  habrá  de  preferirse la inhabilitación  de  derechos  y  funciones públicas  en  modalidad  principal,  por   diez  (10)  años,  incrementada  —por los  demás   comportamientos   que  la  consagran  como  accesoria—  en  otra  cantidad   igual,   para   un   gran   total   de  veinte  (20)  años.     (CSJ    SP,    4 jun. 2014, rad. 42737)   

En  esa medida, como quiera que el delito  más  grave en el caso de la especie es el de receptación agravada, si se tiene  en  cuenta que su pena de prisión va de 6 a 13 años, mientras que al de fraude  procesal  se le asigna en la ley una sanción privativa de la libertad de 6 a 12  años,  pero  tiene  pena  principal  de  inhabilitación  para  el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  de 5 a 8 años, y el de falsedad en documento  privado  tiene  consagrada  una  sanción  de  16  meses  a 9 años de prisión;  entonces  el  ejercicio  de  dosificación  punitiva  correcto,  respecto  de la  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y funciones públicas, debió ser  el siguiente:   

En  relación  con la conducta punible de  receptación  agravada,  teniendo  en  cuenta  que  el  juzgador de primer grado  acudió  al  primer  cuarto  de  que trata el artículo 61 del Código Penal, es  claro  que  el  mismo  va  de  72  meses  a 93 meses8,  mientras  que  frente  al  delito  de  fraude  procesal,  como frente a él se prevé una pena principal de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas de 5 a 8  años,  el  primer cuarto oscila entre 60 y 69 meses9,  mientras  que en relación  con  el  ilícito  de  falsedad  en documento privado, el referido primer cuarto  abarca      de      16      a      39      meses10.   

Por ende, la pena de inhabilitación para  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas, por lo menos debió ser de 115  meses11,  pues  con ello se ajustaba a las previsiones del inciso 3º del  artículo      52     del     Código     Penal12,  con  lo  cual incluso se  respetaba   la   limitación   de   “hasta   otro  tanto”  que  trata  el  artículo  31  del Código  Penal13;  mas  no  una  inhabilitación  de  62  meses como lo dispuso el  juzgador de primer grado y lo confirmó el Tribunal.   

Ahora,   no  obstante  el  desconocimiento  del  principio  de legalidad, ahora no es posible  restaurarlo  como  quiera  que  debe  prevalecer  la  garantía  de non  reformatio  in  pejus, en tanto que  los procesados son únicos impugnantes.   

Con  todo,  debe señalarse que de acuerdo  con    el   anunciado   criterio   de   la   Sala14   

según el cual, cuando concursan conductas  punibles   en   donde  por  lo  menos  una  de  ellas  tiene  prevista  pena  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derecho  y  funciones  públicas  como  principal,  la  inhabilitación  respecto  de  los  otros delitos, que por igual  concursen,  a  pesar  que  de conformidad con lo consagrado en el inciso 3º del  artículo  52  del  Código  Penal  son accesorias, debe entenderse que todas se  reputan como principales.   

Por  tanto, se impone aclarar la sentencia  de  segundo  grado  en  el sentido de que en el asunto de la especie, la pena de  inhabilitación   para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  es  principal,  por  cuanto  el juzgador a quo,     al  determinar  dicha  sanción  (reitérese que el Tribunal no hizo pronunciamiento  alguno  al  respecto),  guardó  silencio  sobre  el particular, en tanto que se  limitó  a  indicar  que  a  los  procesados “se les  condenar[ía]  a  la  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y funciones  públicas  por  un  término  de  62 meses”, sin que  obviamente  hiciera  el  análisis que atrás se dejó expuesto, ni precisara la  modalidad de la pena de inhabilitación.   

Se  ofrece  necesario  mencionar,  que  la  aclaración  que se viene de anunciar, no comporta la vulneración del principio  de  non reformatio in pejus,  pues   así   se   puede   deducir   de   lo  resuelto  por  la  Sala  en  otras  oportunidades15,  amén  de  que la pena de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas, sea  principal   o  accesoria,  tiene  los  mismos  efectos  y  se  cumple  de  igual  manera.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE:   

1.  NO  CASAR  la sentencia de segundo grado.   

2. ACLARAR que la  pena  de  inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas de  62  meses  impuesta  a los procesados Alberto y Héctor Alirio Sánchez Peña es  principal,  de  conformidad  con las razones expuestas en la parte considerativa  de esta providencia.   

3.   PRECISAR  que  en  lo  demás el fallo del Tribunal se mantiene  incólume.   

Contra  esta  decisión no procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

SALVAMENTO  PARCIAL DE  VOTO   

A continuación expreso las razones que me  llevaron  a  salvar  parcialmente  voto  en  el  presente  caso.  Mi  respetuosa  discrepancia  con  la  providencia  adoptada  por  la  Sala  en  este proceso se  concreta  a  los  aspectos  donde  se  hace  prevalecer  el  principio  de la no  reformatio  in  pejus sobre  el  principio  de legalidad para abstenerse de enmendar los yerros cometidos por  los  juzgadores  al  no  imponer  a  los  sentenciados  las  penas  de  multa  e  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  que  realmente les correspondía.   

No  comparto  la postura según la cual el  principio  de  legalidad debe ceder a la reformatio in  pejus, pues en mi concepto, aquel principio es uno de  los  pilares  fundamentales  del  Estado  Social  de  Derecho, sin el cual no es  posible  asegurar  la realización de fines esenciales del Estado, tales como la  convivencia  pacífica y la vigencia de un orden justo, conforme lo establece el  artículo  2º  de  la Constitución Política, de tal forma que el principio de  legalidad  está  llamado  no sólo a lograr los principales fines del Estado de  Derecho sino a evitar el caos y la arbitrariedad.   

En  otras palabras, habrá tranquilidad en  el  seno  de  la  sociedad  si  el Estado, a través de sus funcionarios, actúa  siempre  con  sujeción  a  la ley. Ello, además, constituirá garantía de que  sus decisiones sean justas.   

El ceñimiento a la ley por parte de todas  las  autoridades  públicas  está   consagrado en los artículos 1º, 6º,  121  y  123  de la Constitución Política. Sobre estas normas ha dicho la Corte  Constitucional lo siguiente:   

“Así  las  cosas,  encontramos  que  el  artículo  1 constitucional señala que Colombia es un Estado Social de Derecho,  lo  cual conlleva necesariamente la vigencia del principio de legalidad, como la  necesaria  adecuación  de  la  actividad del Estado al derecho, a los preceptos  jurídicos  y  de  manera  preferente  a  los  que  tienen una vinculación más  directa con el principio democrático, como es el caso de la ley.   

En  el  mismo  sentido,  se  encuentra  el  artículo   6   de   la   Constitución   Política   que,  al  referirse  a  la  responsabilidad  de  los  servidores  públicos  aporta  mayores  datos sobre el  principio   de   legalidad,   pues   señala   expresamente   que:  Los  particulares  sólo  son responsables ante las autoridades por  infringir  la  Constitución y las leyes. Los servidores públicos lo son por la  misma   causa  y  por  omisión  o  extralimitación  en  el  ejercicio  de  sus  funciones”.   Dicha   disposición   establece  la  vinculación  positiva  de los servidores públicos a la Constitución y la ley,  en  tanto  se  determina  que  en  el  Estado  colombiano  rige  un  sistema  de  responsabilidad  que impide a sus funcionarios actuar si no es con fundamento en  dichos mandatos.   

…  

Por su parte, el artículo 121 de la Carta  reitera  el  contenido  del principio de legalidad, al señalar que “ninguna  autoridad del Estado podrá ejercer funciones distintas  de  las que le atribuyen la Constitución y la ley”,  y  el  artículo  123  estipula que existe un sistema de legalidad que vincula a  todos  los  servidores  públicos  y  a  todas  las  autoridades  no  sólo a la  Constitución  y  la ley, sino que la extiende al reglamento, ello para poner de  presente  que  las  autoridades  administrativas de todo orden deben respetar la  jerarquía  normativa  y acatar, además de la Constitución y la ley, los actos  administrativos  producidos por autoridades administrativas ubicadas en el nivel  superior”16.   

La  función  judicial  no  constituye una  excepción  al mandato superior de la necesaria sujeción a la ley. Por ello, en  el  artículo  230 de la Carta se consagra la siguiente perentoria disposición:   

“Los  jueces, en sus providencias, sólo  están   sometidos   al   imperio   de   la   ley”.   

Es  tan  trascendental  para  un Estado la  misión  de  administrar  justicia,  que  el constituyente quiso reiterar en esa  norma  la  necesidad de que los jueces, en el ejercicio de sus funciones, estén  sometidos  a  la  ley.  Sería  inimaginable  lo que podría suceder si no fuera  así.  El  capricho  y  la arbitrariedad prevalecerían. Las decisiones justas y  adoptadas  en derecho desaparecerían del concierto nacional para convertirse en  cosa del pasado.   

En  materia  punitiva,  el  principio  de  legalidad  está  consagrado  en  el  inciso  segundo  del  artículo  29  de la  Constitución   política.   Conforme   a   esa   disposición,  “(N)adie  podrá ser juzgado sino conforme a las leyes preexistentes  al  acto  que se le imputa, ante juez o tribunal competente y con observancia de  las formas propias de cada juicio”.   

Estatuir  que nadie puede ser juzgado sino  conforme  a  las  leyes preexistentes al acto que se le imputa, implica que para  condenar  a  una  persona se requiere que su conducta esté previamente definida  como  delito;  de  la  misma  manera,  que  sólo  puede  imponérsele  la  pena  previamente establecida en la ley.   

El  reconocimiento universal del principio  de  legalidad  no fue pacífico. Su consagración en materia punitiva se le debe  en  gran medida a CESARE BECCARÍA, quien inspirado en el pensamiento iluminista  y  en  reacción  a  los  desafueros  de  la  monarquía,  postuló  el apotegma  “nullum     crimen,     nulla     poena     sine  lege”,      cuyo  fin  estaba  dirigido  a  propender  porque  se  erigieran  como  delito  solamente aquellas conductas que  produjeran   daño   social,  sin  que  pudiese  existir  persecución  por  los  denominados  vicios  o  pecados,  según las definiciones de carácter meramente  moral   que   los   gobernantes   asignaban  ex  novo  a   comportamientos  de  esa  naturaleza17.    

Buscaba  también  que  las  sanciones  no  fuesen                   inhumanas18   y   que   se  aplicaran,  además,  en  forma proporcional al delito cometido19.   

El pensamiento de BECCARÍA se inspiró en  el   contrato  social  de  HOBBES  y  ROUSSEAU,  entre  otros.  Conforme  a  esa  concepción,   los  hombres  vivían  en  un  estado  de  naturaleza  donde  las  constantes   guerras   hacían  imposible  la  convivencia  pacífica.  Por  eso  decidieron  celebrar  un acuerdo, en virtud del cual entregaron a un tercero (el  Estado)  la  potestad  de regular sus vidas. Sin embargo, no entregaron el poder  total,    “sino   la   porción   necesaria   para  ‘mantener   el   buen  orden’”20.  De ahí  que  “con  quien ha realizado un comportamiento que  se  considera violatorio de las normas impuestas en una determinada sociedad, no  se   puede  hacer  lo  que  se  venga  en  gana”21.   

Base  del  modelo  contractualista  fue,  entonces,  la  imposición  de  límites  al  ejercicio del poder del Estado. Su  control  opera  a  través  de  las  leyes  que, en el campo punitivo, presupone  definir  en  éstas  qué  acciones  son  constitutivas  de  delitos  y cuál la  sanción a imponer por su realización.    

Las ideas de los iluministas constituyeron  motor   de  la  revolución  francesa  de  1789,  movimiento  que  llevó  a  la  proclamación,  ese  mismo año, de la declaración de los derechos del hombre y  del  ciudadano,  en cuyos artículos 5º y 6º quedó plasmada la supremacía de  la ley. El siguiente es el texto de esas disposiciones:   

“Articulo  5:  La  ley  puede prohibir las acciones perjudiciales a la sociedad. Todo lo que no  esté  prohibido por la ley no puede ser impedido y nadie está obligado a hacer  lo que la ley no ordena”.   

“Articulo  6:  La  ley  es  la  expresión  de la voluntad general. Todos los ciudadanos tienen  derecho  a  participar  en  su  elaboración,  personalmente  o por medio de sus  representantes.  La ley debe ser igual para todos, tanto para proteger como para  castigar.  Puesto  que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley, cada cual  puede  aspirar  a  todas  las  dignidades, puestos y cargos públicos, según su  capacidad    y    sin    más   distinción   que   la   de   sus   virtudes   y  talentos”.   

A su turno, el principio de la legalidad de  los  delitos  y  de las penas quedó expresado en los artículos 7º y 8º de la  declaración  de  los  derechos del hombre y del ciudadano, cuyos textos son del  siguiente tenor:   

“Articulo  7:  Nadie   puede   ser   acusado,  detenido  ni  encarcelado  fuera  de  los  casos  determinados  por  la  ley  y  de  acuerdo  con las formas por ellas prescritas.  Serán   castigados  quienes  soliciten,  ejecuten  o  hagan  ejecutar  órdenes  arbitrarias.  Todo  ciudadano  convocado  o  requerido  en virtud de la ley debe  obedecer  al  instante;  de  no  hacerlo,  sería  culpable  de  resistir  a  la  ley.   

“Articulo  8:  La  ley  no  debe  establecer  más  penas que las necesarias, y nadie puede ser  castigado  sino  en  virtud de una ley establecida y promulgada con anterioridad  al delito, y aplicada legalmente”.   

La declaración de los derechos del hombre  y  del  ciudadano  inspiró las Constituciones de los países donde se instauró  posteriormente  el  modelo  de  Estado  de  Derecho,  en  el cual, por tanto, el  principio  de legalidad pasó a constituir elemento estructural y fundamente del  mismo.   

A  tono  con  esa  concepción,  la  Corte  Constitucional  colombiana  ha  expresado  que  el  referido principio tiene una  posición  central  en  la configuración del Estado de derecho, en la medida en  que    es    rector   del   ejercicio   del   poder   y   rector   del   derecho  sancionador22.   

        Es  tal  la trascendencia del principio de legalidad en los Estados  democráticos   de   Derecho  y  tan  importante  para  la  convivencia  de  los  ciudadanos,  que  ni aun en los estados de excepción es posible su suspensión.  Así  lo  tiene previsto la Convención Americana sobre Derechos Humanos o Pacto  de      San     José     de     Costa     Rica23,   que   forma  parte  del  denominado   bloque   de  constitucionalidad,  conforme  lo  establecido  en  el  artículo  93  de  la  Carta  Política. En efecto, el artículo 27 de la citada  Convención dispone:   

        “Suspensión             de  garantías.   

         

 1. En caso de guerra, de peligro público  o  de otra emergencia que amenace la independencia o seguridad del Estado parte,  éste   podrá  adoptar  disposiciones  que,  en  la  medida  y  por  el  tiempo  estrictamente  limitados  a  las  exigencias  de  la  situación,  suspendan las  obligaciones  contraídas  en  virtud  de  esta  Convención,  siempre que tales  disposiciones  no  sean incompatibles con las demás obligaciones que les impone  el  derecho  internacional  y  no  entrañen  discriminación  alguna fundada en  motivos de raza, color, sexo, idioma, religión u origen social.   

         2.  La  disposición precedente no autoriza la suspensión de los  derechos   determinados   en   los   siguientes   artículos:   3   (Derecho  al  Reconocimiento  de la Personalidad Jurídica); 4 (Derecho a la Vida); 5 (Derecho  a  la  Integridad  Personal); 6 (Prohibición de la Esclavitud y Servidumbre); 9  (Principio  de Legalidad y  de  Retroactividad); 12 (Libertad de Conciencia y de Religión); 17 (Protección  a  la  Familia);  18 (Derecho al Nombre); 19 (Derechos del Niño); 20 (Derecho a  la  Nacionalidad),  y  23 (Derechos Políticos), ni de las garantías judiciales  indispensables  para  la  protección  de  tales  derechos”  (el subrayado es nuestro).   

De  tal  manera  que  corresponde  a  las  autoridades  públicas  no  sólo  cumplir  las  leyes  sino  velar porque no se  desconozcan.  Esa función, como servidores públicos que son, recae también en  los  jueces  de  la  República.  Por  ello, cuando algún funcionario judicial,  cualquiera  que  sea  su  jerarquía,  advierta la vulneración del principio de  legalidad,  su  deber  es  corregir  dicho  dislate.  No  puede, en modo alguno,  erigirse  en  obstáculo  del  cumplimiento de esa obligación constitucional la  prohibición  de  la  reformatio in pejus consagrada   en  el  inciso  segundo  del  artículo  31  superior.   

La veda de la reforma en peor no constituye  un            derecho            absoluto24,  de  modo  que si entra en  tensión  con el principio de legalidad es necesario ponderarlos para determinar  cuál   de   los   dos   tiene   prevalencia.   “La  ponderación  es…  la  actividad  consistente  en  sopesar  dos principios que  entran  en colisión en un caso concreto para determinar cuál de ellos tiene un  peso  mayor  en  las  circunstancias  específicas, y, por tanto, cuál de ellos  determina    la   solución   para   el   caso”25   

Soy del criterio de que en esa ponderación  es  indispensable  considerar  la  mayor  jerarquía  que  tiene el principio de  legalidad,  en  razón  a  su  carácter  estructural  y  fundante del Estado de  Derecho,  según  quedó visto atrás. Esa mayor jerarquía determina que cuando  entra  en  colisión  con  la  no  reforma  peyorativa,  deba siempre preferirse  aquél.   

En mi opinión, en la definición de cuál  de  los  mencionados  derechos debe prevalecer es indispensable también estimar  el  ámbito  de protección que comprende cada uno de ellos, y así se tiene que  mientras  el  principio de legalidad busca salvaguardar a la sociedad en general  para  garantizar  que  a  quienes  se  aparten del ordenamiento jurídico se les  dispense  el castigo que la propia ley establece para el efecto, el principio de  la  no  reformatio in pejus  tutela  solamente  a  quienes  en asunto sancionatorio ostentan la condición de  únicos apelantes.   

        El  ámbito  de  protección,  por tanto, es más amplio en el caso  del  principio  de  legalidad, pues abarca a toda la comunidad, razón adicional  para  afirmar  su  prevalencia  sobre  el  de  la  prohibición  de  reforma  en  peor.   

        Por  lo  demás,  sabido es que en el moderno constitucionalismo el  proceso  penal  ya  no  se  concibe  como  el  conjunto  de  normas  orientadas,  preferentemente,  a  garantizar  los  derechos  defensivos del procesado. Hoy en  día  constituye  también  presupuesto de legitimación del sistema punitivo el  respeto  de  los  derechos  a  la  víctima a buscar la verdad, la justicia y la  reparación26.   

        En  la resolución de la tensión entre el principio de legalidad y  la  prohibición de la reformatio in pejus,  es  insoslayable, en consecuencia, verificar si con la decisión  judicial  donde  se  aplica  el  segundo de esos principios se vulneran o no los  derechos  de  las  víctimas,  siendo  claro que lo primero acontece cuando, con  evidente  desconocimiento  del  ordenamiento  jurídico,  se impone una pena por  debajo  del mínimo previsto por la ley para el delito cometido. En ese caso, la  víctima no obtendrá la debida justicia por el daño infligido.   

De  ahí  que  cuando  la  pena  impuesta  quebrante  la  legalidad,  es  deber  del  superior  restablecer el ordenamiento  jurídico,  así  el condenado sea el único apelante. Sólo de esa manera puede  afirmarse  que  la decisión judicial está sometida al imperio de la ley y, por  consiguiente,  a los dictados de la Constitución Política. Lo contrario sería  concluir  que  la  Carta,  al  paso  que  exige  a  los  funcionarios judiciales  someterse  a  la  ley,  al  mismo  tiempo fomenta su vulneración. Tal antinomia  resulta   constitucionalmente   inadmisible,   pues  comporta  desconocer  otros  principios   esenciales   para  la  convivencia  ciudadana,  como  la  seguridad  jurídica y la igualdad.   

Se quebranta la seguridad jurídica, porque  sin  los  límites que presupone el principio de legalidad, cada juez adoptaría  sus  decisiones  sin  otro  control  que  sus  consideraciones  subjetivas. Y se  vulnera  el  principio de igualdad, por cuanto los destinatarios de la ley penal  recibirán  un  tratamiento punitivo distinto, sin importar que se encuentren en  las mismas circunstancias fácticas y jurídicas.   

En suma, a nuestro juicio, la Constitución  Política  presupone,  para  la  aplicación del principio de la no reformatio  in  pejus,  que  la pena sea  legal.  Por  ello,  es deber de los jueces restablecer el ordenamiento jurídico  cuando  quiera  que  la  sanción  no  respete  los  parámetros establecidos en  él.   

Los  anteriores  razonamientos constituyen  los   motivos   que  soportan  mi  inconformidad  parcial  con  respecto  a  los  fundamentos de la decisión adoptada por la Sala.    

Con toda atención,  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

Magistrada  

Fecha ut supra.  

    

1 En el  mismo  sentido  CSJ SP, 12 nov. 2002, rad. 14170; CSJ  AP,  18 feb. 2005, rad. 18911; CSJ SP, 27 ene. 2010, rad. 29753; CSJ SP, 13 mar.  2013,  rad.  37858  y  CSJ  SP,  27  oct.  2014, rad.  34282.   

2 Este  delito  tiene  una  pena  de multa que va de 200 a 700  salarios mínimos legales mensuales vigentes.   

3  Lo  que  resulta  de  restarle  7 salarios mínimos legales mensuales a 700 salarios  mínimos,  que  es  el  rango  de  la  pena  de multa prevista para tal   delito  (art.   447   C.P.),  lo  que  arroja  693  salarios  mínimos,  que  viene  siendo  el ámbito punitivo de  movilidad     (art.     61-1    ibídem),  cifra  que  a  su  vez  se            divide  en  4 para  establecer  los  cuartos  (art. 61-2 ídem),  lo  que  da  como  resultado  173.25  salarios                mínimos  a  lo  cual  se  le  suman  los 7  salarios mínimos iniciales.   

4  Lo    que    resulta   de   restarle   200  salarios mínimos legales mensuales  a  1.000 salarios mínimos,  que   es   el   rango   de   la   pena   de  multa  prevista  para  dicho    delito   (art.   453  C.P.),  lo  que  arroja 800    salarios   mínimos,  que  viene  siendo  el  ámbito punitivo de movilidad (art. 61-1  ibídem),   cifra   que  a  su  vez  se divide  en  4   para   establecer   los  cuartos  (ídem), lo  que  da como resultado 200  salarios                mínimos  a  los  cuales se les suman los  200 salarios iniciales.   

5  Lo  que  surge  de  tener en cuenta los 205   salarios   mínimos   legales   mensuales  vigentes  que  el  funcionario   judicial   de   primer  grado  acertadamente  dedujo  por el delito de fraude procesal, más  7   salarios   de   la   misma  estirpe,  que por lo menos se han debido fijar para la conducta punible de  receptación agravada.   

6     “Artículo  59.    Motivación   del   proceso   de  individualización   de   la  pena.  Toda  sentencia  deberá  contener  una  fundamentación  explícita  sobre  los  motivos  de  la  determinación cualitativa y cuantitativa de la pena.”   

7     “Artículo  51.  Duración de  las   penas   privativas   de   otros  derechos.  La  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y funciones públicas tendrá una  duración  de cinco (5) a veinte (20) años, salvo en el caso del inciso 3º del  artículo                         52.   

Se  excluyen  de  esta  regla  las  penas  impuestas  a  servidores  públicos  condenados por delitos contra el patrimonio  del  Estado,  en  cuyo  caso  se aplicará el inciso 5º del artículo 122 de la Constitución Política.”   

8  Lo    que   resulta   de   restarle   72  (6  años)  a 156 meses (13 años),  que  es  el  rango  de  pena  de prisión    para    dicho    delito      (art.      446  C.P.),  lo  que arroja 84  meses,  que  viene siendo el ámbito  punitivo  de movilidad (art. 61-1 ibídem),  cifra  que  a  su vez se           divide en 4 para  establecer    los    cuartos    (ídem),   lo   que   da   como   resultado  21  meses,  a  los  cuales se les suman los 72 meses  iniciales.   

9  Cifras   que   surgen   de   restar  60  (5 años)  a   96   (8  años),  que es el rango de la pena  de  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas contemplado en dicho    delito    (art.    453  C.P.),  lo que arroja 36  meses,  que  viene  siendo  el  ámbito  punitivo  de  movilidad (art. 61-1 ibídem),   cifra   que  a    su    vez    se    divide  en  4   para   establecer   los  cuartos  (ídem), lo  que  da  como  resultado 9 meses, a los cuales se les  suman los 60 meses iniciales.   

10  Guarismos     que     salen    de    restarle    16   a   108   meses   (9  años),  que  es el rango de la pena de prisión     para     dicho   delito   (art.   289  C.P.), lo que arroja 92  meses,  que  viene  siendo  el  ámbito  punitivo  de  movilidad (art. 61-1 ibídem),   cifra   que  a    su    vez    se    divide  en  4   para   determinar   los  cuartos  (ídem), lo  que  da  como resultado 23 meses, a los cuales se les  suman los 16 meses iniciales.   

11  Sanción  que  aflora  de  tener  en  cuenta  que la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos y funciones públicas para el  delito  de receptación agravada fue de 75 meses, pues a pesar de que el mínimo  legal  es  de  72  meses,  el  juzgador  de  primer grado resolvió imponer como  privación  de  la libertad 75 meses, pena que a su vez determina el monto de la  inhabilitación,  según  lo  prevé el artículo 52 de la Ley 599 de 2000; a lo  que  se  debe sumar la inhabilitación respecto de la conducta punible de fraude  procesal,  que  fijó  el  juzgador  en 30 meses y; a  todo  lo  anterior se debían adicionar 10 meses más  de  inhabilitación,  pues de ese monto fue el incremento de la pena de prisión  para   el  ilícito  de  falsedad  en  documento  privado  fijado  por  el  juez  a quo.   

12  “En todo caso, la pena  de  prisión  conllevará  la  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones públicas, por un tiempo igual al de la pena a que accede  y  hasta  por  una  tercera  parte  más,  sin  exceder  el máximo fijado en la  Ley…”   

13  Si   se   repara   que   la   pena  más  grave  de  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y funciones públicas se fijó en  75  meses  y  el  otro  tanto  arroja como resultado  150 meses.   

14  CSJ  SP,  19  mar. 2014, rad. 38793, reiterado en CSJ  SP, 4 jun. 2014, rad. 42737.   

15  CSJ    SP,    11    mar.    2009,    rad.  31071 y CSJ SP, 2 may. 2012, rad.  38748, entre otras.   

16  Sentencia C-028 de 2006.   

17  BECCARÍA,  Cesare.  De  los delitos y de las penas.  Estudio  preliminar  de  Nódier  Agudelo  Betancur.  Universidad  Externado  de  Colombia,  pags. XVII y 18. Beccaría rechazó firmemente la idea de que la pena  tuviera       fines      expiatorios.   

18  Estaba  en  desacuerdo  con  la  tortura  y  tratos  crueles,    así    como    con    la    pena    de    muerte    como   sanción  generalizada.   

19  Dentro de sus postulados también estuvo la igualdad  de  las  sanciones.  Decía:  “Si  se destina una pena igual a los delitos que  ofenden  desigualmente  la  sociedad, los hombres no encontrarán un estorbo muy  fuerte  para cometer el mayor, cuando hallen a él unida mayor ventaja” (pág.  20 ob. cit.).   

20  VANOSSI,  Jorge  Reinaldo.  Teoría  Constitucional.  Ediciones Desalma, Buenos Aires, 1975.   

21  BECCARÍA, Cesare. Ob. cit. Pág. XVII.   

22  Cfr.   Sentencias   C-710   de   2001  y  C-530  de  2003.   

23  Aprobado mediante la Ley 16 de 1972.   

24  En   la   sentencia   C-028   de   2006   la  Corte  Constitucional señaló que no hay derechos absolutos.   

25  BERNAL   CUÉLLAR,   Jaime  y  MONTEALEGRE  LYNETT,  Eduardo.  El  Proceso  Penal,  tomo  I,  fundamentos  constitucionales del nuevo  sistema   acusatorio,   Universidad   Externado   de   Colombia,   2004,   pág.  269.   

26  “…la  concepción constitucional de los derechos  de  las víctimas y de los perjudicados por un delito no está circunscrita a la  reparación  material.  Esta es más amplia. Comprende exigir de las autoridades  y  de los instrumentos judiciales desarrollados por el legislador para lograr el  goce  efectivo de los derechos, que éstos sean orientados a su restablecimiento  integral  y ello sólo es posible si a las victimas y perjudicados por un delito  se  les  garantizan  sus  derechos a la verdad, a la justicia y a la reparación  económica  de  los  daños  sufridos, a lo menos”.  Corte           Constitucional,             sentencia C-228 de 2002.     

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