SP17470-2015(41587)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

EYDER PATIÑO CABRERA  

Magistrado Ponente  

SP17470-2015  

Radicación N° 41587  

(Aprobado acta N° 446)  

Bogotá,  D. C., dieciséis (16) de diciembre  de dos mil quince (2015).   

MOTIVO DE LA DECISIÓN  

Decide  la  Sala  el  recurso  de  casación  interpuesto   por   la   defensora   de  Johan  Manuel  Rodríguez  Galvis, contra la sentencia proferida el 8  de  abril  de 2013 por el Tribunal Superior de Bucaramanga, que revocó el fallo  absolutorio  dictado por el Juzgado Promiscuo del Circuito de Málaga y condenó  al  procesado  como  autor del delito de fabricación, tráfico y porte de armas  de fuego.   

HECHOS  

Ocurrieron en las horas de la madrugada del 3  de  julio  de  2011,  cuando  miembros  de  la  Policía  Nacional condujeron al  Hospital  Regional  de  Málaga  (Santander)  a  Johan  Manuel  Rodríguez  Galvis  y a Edwin Ferney Salamanca,  para  la práctica de una prueba de alcoholemia, luego de haberlos encontrado en  el   perímetro   urbano,   dentro  de  un  vehículo,  en  avanzado  estado  de  embriaguez.   

Estando  en  aquellas  instalaciones,  los  uniformados   efectuaron   una  requisa  a  Rodríguez  Galvis,  hallando en su poder un arma de fuego calibre  38, sin el respectivo salvoconducto.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1.  El  3  de julio de 2011, ante el Juzgado  Primero  Promiscuo  Municipal  con  funciones  de  control  de  garantías de la  localidad,  se  llevó  a cabo audiencia preliminar de legalización de captura,  formulación  de  imputación por el delito de fabricación, tráfico y porte de  armas  de  fuego,  cargo  que  aceptó  el indiciado, e imposición de medida de  aseguramiento      de      detención      preventiva     en     establecimiento  carcelario1.   

2.  El 1º de septiembre de ese año, cuando  se  llevaría  a  cabo la audiencia de verificación de allanamiento, la titular  del  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de  Málaga  le  aclaró  a Rodríguez  Galvis  que  por  error, en la  audiencia  de  formulación  de  imputación  se  le  informó que la rebaja por  aceptación  era  del 50%, pero en virtud de la modificación introducida por la  Ley    1453   de   2011,   solamente   sería   de   ¼   parte   de   la   pena  imponible.   

Frente  a ello, expresó que no aceptaba los  cargos     y     el    despacho    procedió    a    improbar    la    señalada  manifestación2.   

3.  El escrito de acusación se presentó el  11         de        octubre        siguiente3  y  la respectiva formulación  tuvo  lugar  el  15 de noviembre posterior, por la misma conducta punible objeto  de  imputación,  prevista en el artículo 365 del Código Penal, modificado por  el   artículo   19   de   la   Ley  1453  de  20114.   

La  audiencia preparatoria se realizó el 20  de          enero          de          20125   y   el   juicio   oral   se  desarrolló   en   sesiones   del   30   de   mayo6,   26   de  junio7 y 17 de julio  del    mismo    año,    fecha   en   que   se   anunció   sentido   de   fallo  absolutorio8.   

4.  El  28  de agosto posterior, el despacho  dictó   la   respectiva   sentencia   absolutoria   a   favor  de  Johan    Manuel    Rodríguez    Galvis.   

Así  mismo,  dispuso  compulsar  copias con  destino   a   la  Fiscalía  General  de  la  Nación,  para  la  investigación  correspondiente  a Edwin Ferney Salamanca, y también a la Procuraduría General  de  la  Nación, en relación con la conducta del Fiscal y de los servidores que  adelantaron    el    procedimiento    inicial    de   investigación9.   

5.  El  8  de  abril  de  2013,  el Tribunal  Superior  de  Bucaramanga,  al  conocer del recurso de apelación incoado por la  delegada  de  la Fiscalía, revocó la decisión del A  quo,  y  en su lugar, condenó al procesado como autor  del  delito  de  fabricación,  tráfico  y  porte de armas de fuego. Le impuso,  ciento  ocho (108) meses de prisión y, por el mismo término, las accesorias de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas y la  privación  del  derecho  a la tenencia y porte de armas por el mismo periodo de  la             pena             principal10.   

Le  negó  la  suspensión condicional de la  ejecución de la pena y la prisión domiciliaria.   

También  ordenó  el  comiso definitivo del  revólver  Smith  &  Wesson,  calibre  38  largo, número de identificación  externo  V23705,  número interno 70896, y número de cañón 35208, salvo mejor  derecho   y,   finalmente,   libró   orden   de   captura  contra  Johan    Manuel    Rodríguez   Galvis11.   

6.  Mediante auto del 23 de abril de 2014 se  admitió  la  demanda  de  casación  formulada  por la defensa, por lo cual, se  llevó   a   cabo  la  correspondiente  audiencia  de  sustentación12.   

LA DEMANDA  

La  defensora formula un cargo, con apoyo en  el  numeral  3º del artículo 181 de la Ley 906 de 2004, por error de hecho, en  la modalidad de falso raciocinio.   

1. Refiere que el Tribunal, para dictar fallo  condenatorio,  se  basó esencialmente en los testimonios de los dos patrulleros  que  retuvieron  a  su representado y a Edwin Ferney Salamanca, y despreció los  del médico y el celador del hospital y el del acusado.   

Una  vez  ilustra sobre los principios de la  lógica   y  las  máximas  de  la  experiencia,  asegura  que  el  Ad        quem,        «tomó  lo  que  era manifiestamente mendaz como si fuera cierto y  lo    inverosímil    lo    aceptó    como    natural   y   obvio».   

Apunta, entonces, que aceptó como creíbles  a  los testigos de la Fiscalía, policiales Víctor Pacheco y Óscar Velásquez,  pero  tal  como  lo  reconoció  el juzgado de primera instancia y el Ministerio  Público,  estos  uniformados  entraron  en  una  serie  de  contradicciones que  impiden tenerlos como dignos de crédito.   

Del  relato  de  Pacheco Triana aduce que es  mendaz porque su compañero  narró  cosas  diferentes,  el vigilante del hospital desmintió abiertamente su  dicho,  el  médico afirmó algo que choca con su testimonio y las explicaciones  de   Rodríguez  Galvis  lo  desacreditan.   

Y  es inverosímil  porque  no  es  explicable,  ni corresponde a una sana  reflexión,  que  si  unos  minutos antes los retenidos no eran sospechosos como  para    requisarlos,    pese    a    que    estaban   embriagados   –esa fue la razón para conducirlos al  hospital-  de  un  momento  a  otro  uno de los dos se  vuelva  sospechoso  ‘por su  alto    grado    de    alicoramiento’.   

Frente  al  relato del patrullero Velásquez  Avendaño,  comenta  que,  al  parecer,  asistió  a  una  escena  distinta a la  expuesta  por  su compañero, pues en lo único que coinciden es en «ocultar  maliciosamente  la  entrega  de la chaqueta por parte de  Ferney  a  su  amigo,  y  en  la  reiterada  negación  de que el arma no le fue  encontrada   a   Johan   dentro   de   la  chaqueta,  sino  en  la  pretina  del  pantalón».   

Versiones amañadas con las que «se  buscaba limpiar el nombre de Ferney y atribuirle el porte del  revólver  a  un  hombre  que  no  tenía relación alguna con los poderosos que  manejaron el proceso».   

Según  la  censora,  el  Tribunal  hizo una  valoración  antitécnica  y  carente  de  lógica respecto de las pruebas de la  defensa,  esto  es,  los  testimonios  del  celador  del  hospital  de  Málaga,  Alexander  Suárez  Rojas, y del médico de dicha entidad, Adolfo Gómez Adarme,  porque,   de  lo  contrario,  habría  concluido  que  la  intención  de  ambos  declarantes fue contar la verdad.   

Además,  recuerda que su defendido explicó  que  cuando le tocó el turno del examen a Edwin Ferney Salamanca, éste le hizo  entrega  de  una  chaqueta, y después, cuando salieron los cuatro del hospital,  los  patrulleros  decidieron  requisarlo  y  entonces  él  se bajó del campero  «con  la chaqueta de Ferney en la mano» y dentro de ella se encontró el revólver.   

Es   decir,  sí  tenía  físicamente  el  revólver,    pero    desconocía    que   estaba   dentro   de   la   susodicha  prenda.   

Agrega que lo anterior se explica porque: i)  la  chaqueta  es  un  gabán  que  no  le sirve a su defendido, pero sí a Edwin  Ferney  Salamanca,  que  es  muy  alto y acuerpado; ii) la chaqueta es de cuero,  pesada  y  con  cierres,  tiene el cuello alto y ancho y en el agarre del cierre  ostenta  aviones;  iii)  no  pertenece  a  su  asistido  porque  carece de bienes para comprarla y nada lo liga  con  aviadores  ni  capitanes;  iv)  en  cambio,  Salamanca trabaja como jefe de  seguridad  de un capitán aviador y desapareció de Málaga una vez el procesado  se allanó a cargos.   

Asegura  que  el  arma  no  le fue hallada a  Rodríguez   Galvis  en  su  pretina,  porque nunca tuvo dinero para comprarla y suponiendo que aquella noche  la  hubiera portado, mucho tiempo le quedó para esconderla mientras esperaba en  el parqueadero, si se creyera la versión de los policías.   

En punto de la trascendencia del yerro, aduce  la  impugnante,  entre  otros  aspectos,  que si el Ad  quem  no  hubiera  creído en las explicaciones de los  patrulleros,  habría  concluido  que  éstos,  de  forma amañada, ocultaron la  entrega de la chaqueta a su prohijado.   

Y  si  hubiera  estudiado  integralmente  la  prueba,  habría  notado  que lo relativo a las maniobras que los empleadores de  Edwin    Ferney    Salamanca   hicieron   dentro   del   proceso,   «solo  explican  que el tenedor del revólver era Ferney, pero que  a  todo  el  mundo  en  el  contexto de Málaga le convenía que el delito no lo  cometiera  él,  a  fin  de  que  el  hombre  de  la  poderosa  familia  quedara  limpio»   

Un  análisis  completo  del asunto, permite  advertir  que  surgen  dos versiones diametralmente opuestas: la que dice que el  revólver  fue encontrado en la chaqueta que en ese momento tenía el procesado,  aceptada  por el Ministerio Público y la primera instancia, y la que afirma que  el  arma  se  hallaba  en  la  pretina  de  Rodríguez  Galvis, aceptada por el Tribunal.   

2. De otra parte, advierte la letrada serias  inconsistencias  en  relación con el revólver, la cuales impidieron establecer  si  el  que  se trajo a la audiencia fue el mismo que la policía incautó en la  madrugada  del 3 de junio de 2011, si quien lo portaba es el hoy condenado y, en  caso    tal,    «si    éste    sabía    que   lo  tenía».   

Dice  que  la  mismidad  está desacreditada  porque  no se conoció quiénes tuvieron contacto con el arma, antes que llegara  al  perito  técnico,  pues de los policiales, Velásquez Avendaño fue quien la  incautó,  Pacheco  Triana  el  que  la entregó al perito y Díaz Revelo el que  realizó el estudio técnico.   

Ninguno  de  ellos  tramitó  el formato, ni  diligenció   las   constancias   relativas   a   su  recolección,  embalaje  y  rotulación,    ni    el    registro    de   continuidad   de   la   cadena   de  custodia.   

Adicionalmente,  el arma incautada no tenía  marca,  mientras  que  la  examinada  era  una  Smith  &  Wesson, claramente  visible, según lo reconoció el experto de la SIJIN.   

De lo anterior deriva que el arma decomisada  al  enjuiciado es diferente a  la  que  fue  sometida  a peritaje y que resultó apta para disparar, sin que se  pueda  decir  que  los  patrulleros  se  equivocaron,  dada su experiencia en la  materia.   

Lo ocurrido, a su modo de ver, fue que en el  proceso  se  cambió  el  revólver,  con  el  afán de favorecer a Edwin Ferney  Salamanca.   

Este aspecto resulta relevante jurídicamente  porque  se  desconoce  si  el  revólver  decomisado  al procesado era apto para  disparar.   

3.  Además  de  lo  anterior, la demandante  dedica  un  capítulo  a  explicar cómo se intentó manipular la investigación  por  parte  de  los  empresarios  en el ramo de la construcción, Andrés Camilo  Pieschacón  y  Edward  Manuel  Hernández  Moreno,  éste  último  capitán de  aviación,  empleadores  de  Edwin Ferney Salamanca, quien les servía como jefe  de seguridad.   

Comenta, al respecto, que cuando su defendido  se  encontraba  en  las  instalaciones de la SIJIN, aquellos llegaron allí y el  capitán  habló  con  el  Fiscal  de  nombre  Wilson,  a quien le pidió que le  colaborara  con  el  detenido  a  cambio  de  pasajes en su avioneta privada, de  Málaga  a  Bucaramanga  y  viceversa,  al tiempo que le insistía que no se les  podía   manchar  su  nombre;  le  dio  el  número  de  teléfono  «y  fue cuando el Fiscal le dijo a la policía que le colaboraran,  a ver si ellos también colaboraban».   

Todo  ello  en  presencia  de  una  tía del  acusado.   

En  la  noche,  cuando  se  desarrollaba  la  audiencia  de  imputación,  el mencionado capitán llegó con un abogado que se  sentó   al   lado  de  Rodríguez  Galvis   a   quien   le   dijo  ‘chino  firme (el acta de incautación del revólver) y acepte que ya  nos   vamos  y  yo  lo  saco  de  esto’.   

Toda  esa ayuda solo se explica por el afán  de  que  el  procesado aceptara el porte de arma y dejar en limpio el nombre del  capitán, su familia y su empleado de confianza.   

Por  esa  razón,  Edwin Ferney Salamanca no  volvió  a  aparecer  y la Fiscalía se desentendió del testigo más importante  del  proceso  e  incluso,  en  la  audiencia preparatoria se le negó al acusado  traerlo a juicio.   

4.  Concluye la censora que los testigos de  la  defensa,  únicos  que  dicen  la verdad, indican que su asistido sí tenía  físicamente  la  chaqueta y que dentro de ella estaba el arma, pero ignoraba la  presencia  de la misma, y como la prenda pesaba tanto, resulta lógico que no la  advirtiera.   

Ello   significa   que   su  conducta  es  «atípica   por   ausencia   de  dolo»;  así  lo  entendió  el  juez  de  conocimiento  y  el Ministerio  Público, y por ello fue absuelto en primera instancia.   

Por   último,  explica  que  la  inicial  aceptación  de  cargos  por  parte  de su asistido, no implica que él fuera el  tenedor  del  arma  y  además  esa  manifestación obedeció a una maniobra del  defensor   de   ese   momento   y   no   a   la   realidad   histórica  de  los  hechos.   

Y, el fracaso del allanamiento es imputable  a  la  Fiscalía por haber suministrado un dato equivocado en cuanto a la rebaja  de pena.   

Solicita  se case la sentencia del Tribunal  y, en su lugar, se dicte fallo absolutorio a favor de su asistido.   

AUDIENCIA   DE  SUSTENTACIÓN.   

1. La defensora del procesado hizo énfasis  en  tres  aspectos  que  mencionó  en  el  libelo:  i)  la manipulación que se  presentó   en   el  transcurso  del  proceso,  por  parte  de  los  empresarios  constructores  que  llegaron al municipio de Málaga, para que su buen nombre no  quedara  en  entredicho,  toda vez que el arma de fuego, objeto de este proceso,  se  encontraba  en  la  chaqueta de quien fungía en ese momento como su jefe de  seguridad,  esto  es,  Edwin  Ferney  Salamanca;  ii)  la manera sospechosa como  desapareció  este  sujeto  y, por consiguiente, la imposibilidad de escuchar su  declaración  en el juicio oral; y, iii) la diferencia entre el arma incautada y  la  que  se  llevó  a  juicio,  pues  la primera no tenía marca, ni número de  serial,  mientras  que  la  otra  sí  los presentaba. Además, no obra registro  acerca  del  policial que encontró el arma, ni del que la recolectó, embaló y  rotuló.   

2.  La  señora Fiscal Cuarta Delegada ante  esta  Corporación,  refiere  inicialmente  que  los  policías,  al  momento de  incautar  el  arma,  la  identificaron  con  el  serial  que  aparece  interna y  externamente,  en  tanto que el perito que acudió al juicio hizo un examen más  profundo  y  se  refirió  al  color,  la  marca  y  la  aptitud  del  arma para  disparar.   

Agrega que la recurrente alude a situaciones  no  alegadas  durante el juicio, con la finalidad de que la Corte los analice y,  en  concreto, ninguno de los testigos que menciona corroboró la tesis de que el  arma  fue  hallada  en el bolsillo de una chaqueta y lo referente a la cadena de  custodia.   

Por  último, el Tribunal determinó que se  trataba de la misma arma que fue incautada.   

Pide   que   no   se  case  la  sentencia  impugnada.   

3.  El  señor  Procurador Segundo Delegado  para  la  Casación  Penal,  advierte  que  el  Tribunal soporta su decisión de  condena  en  el  informe  policial  y  en  los relatos del subintendente Víctor  Pacheco  Triana  y  del  agente  Oscar  Johan  Velásquez Avendaño, que estimó  creíbles,  quedando  demostrado  que  la  madrugada  del 3 de julio de 2011, el  procesado  portaba  un  arma  de  fuego  calibre  38,  apta  para  disparar, sin  salvoconducto.  En  tanto  que desestimó los testigos de la defensa porque, uno  de  ellos,  no  le generó credibilidad y el otro no estuvo presente en el lugar  de  los hechos y, por ende, no alcanzaron a desvirtuar la tesis de la Fiscalía.   

En  consecuencia,  no  se puede predicar un  yerro por falso raciocinio.   

Por  todo lo anterior, solicita no casar la  sentencia recurrida.   

CONSIDERACIONES  

1. La Sala se anticipa a señalar que en la  valoración  de  las  pruebas cuestionadas en el libelo, en el marco de un error  de  hecho  por  falso  raciocinio,  no  se  avizora  el  desconocimiento  de los  parámetros  de la sana crítica, concretamente, de los principios de la lógica  y  las  máximas  de la experiencia, expresamente mencionados por la impugnante,  acorde  con  el  criterio  de los representantes de la Fiscalía y el Ministerio  Público, en su condición de no recurrentes.   

2. En primer lugar, la censora aduce que el  fallador  aceptó como creíbles los testigos de la Fiscalía, pero, tal como lo  reconoció  el  A  quo  y el  Ministerio   Público,  los  policiales  Víctor  Pacheco  y  Óscar  Velásquez  entraron  en  la  serie  de  inconsistencias, que impide tenerlos como dignos de  crédito.   

2.1. Ese razonamiento obliga a recordar que  la    jurisprudencia    de    esta   Corporación   tiene   dicho,   de   tiempo  atrás13,  que las contradicciones en que incurra un mismo testigo, o varios  de  ellos  entre  sí, no constituye razón de peso para desvirtuar su capacidad  suasoria,  pues,  justamente, el funcionario judicial tiene la carga de examinar  el  contenido  de  las diferentes declaraciones y, con apoyo en las reglas de la  sana  crítica,  establecer  los segmentos que le merecen credibilidad y cuáles  no.   

2.2. En ese sentido, observa la Sala que en  el  análisis  de los relatos de los uniformados, relacionados con el momento en  que    se   realizó   la   captura   de   Rodríguez  Galvis,    el  razonamiento  del  Ad quem  no  refleja  nada  distinto  a  la  verificación objetiva de esos  contenidos     y     su     confrontación     con    los    restantes    medios  probatorios.   

Así,  una  vez  el  fallador  extracta los  apartes  en los que Pacheco Triana y Velásquez Avendaño informan la razón por  la  cual,  estando  en  la  parte  de urgencias del hospital de la localidad, el  segundo   de   los   nombrados   decide   requisar   al  procesado  –por  la  incomodidad  o el movimiento  sospechoso  que  éste  realiza-, y que el arma le fue  hallada  en  la  parte  de  atrás  de  la pretina del pantalón, concluye en la  idoneidad  de  esos  testimonios  para  establecer  la responsabilidad penal del  procesado.   

De lo anterior se deriva que los motivos de  inconformidad  expuestos  por  la demandante, están claramente relacionados con  el  grado  de  credibilidad  conferido  por el juzgador, porque sin enfrentar la  estructura  argumentativa  de  la  decisión  que intenta desquiciar, en orden a  comprobar  su grotesca contradicción con las premisas que regulan el sistema de  apreciación  probatoria,  simplemente recrimina que, en lo único que coinciden  los   captores  es  en  «ocultar  maliciosamente  la  entrega  de la chaqueta» por  parte de Edwin Ferney Salamanca a su defendido.   

Esas  expresiones, en realidad, obedecen al  exclusivo  propósito  de  hacer valer una teoría defensiva carente de respaldo  probatorio  porque,  en  la foliatura, nada informa que con las versiones de los  policiales  «se buscaba limpiar el nombre de Ferney y  atribuirle  el  porte  del  revólver a un hombre que no tenía relación alguna  con  los  poderosos  que manejaron el proceso», según  lo aduce la actora.   

Es  que,  al  escuchar  el  registro de los  testimonios  de  los  policiales, se percibe que éstos aluden exclusivamente al  procedimiento  que adelantaron a partir del momento en que observaron, dentro de  un    vehículo,    cerca    de    una   licorera   a   Salamanca   –conductor- y  Rodríguez Galvis en aparente  estado  de  embriaguez, así como lo acontecido con posterioridad en la sección  de  urgencias  del  hospital  de Málaga, a donde acudieron con los aprehendidos  para obtener la prueba de alcoholemia del primero de ellos.   

Sobre este último aspecto, en concreto, el  subintendente Víctor Pacheco Triana señaló:   

Si,  estando  con el conductor en la parte  interna  de  urgencias, descendió del vehículo el otro acompañante, ya que el  vehículo   clase   campero  estaba  en  el  parqueadero,  frente  a  urgencias,  transcurrió  un  tiempo  que  no le sabría decir exactamente cuántos minutos,  se  acercó  un  joven  a  la  puerta  de urgencias a  indagar  y a preguntar por su compañero ya que había  transcurrido  siempre  un  tiempo considerable y no salía su compañero, él se  acercó   a   preguntar,  yo  me  le  acerqué  y  mi  compañero  le notó una incomodidad en su pretina del pantalón, y es donde él  genera  la  alarma,  mi  compañero,  y me dice cuidado mi cabo, perdón vamos a  requisar  a este ciudadano, y de una vez él se acerca, lo requisa y le halla el  arma  de  fuego  la  cual  está  documentada  en los  documentos                    ….14       (subraya      la  Sala).   

Por  su  parte,  Oscar Velásquez Avendaño  dijo:   

Johan  hasta  ese momento yo ni sabía que  Johan  iba  dentro  del  vehículo, como le digo, el vehículo lo habían dejado  afuera  del  hospital, cierto, entonces Johan llegó a  la  puerta  de  urgencias  a  indagar  por  el señor que habíamos llevado a la  prueba  de  embriaguez, ahí es cuando él está en la  puerta  cuando  yo  salgo y veo que mi cabo el señor subintendente Pacheco trae  al   señor   hacia   el   interior   de   urgencias   nuevamente,  veo  que Johan se está acomodando algo como que hace un movimiento  sospechoso,   y   es  cuando  decido  requisarlo  y  le  encuentro  el  arma  de  fuego15.   

Vistas   en   conjunto   las   anteriores  exposiciones,  dejan  claro  que  los  policiales  ingresaron al hospital con el  conductor    para    la    prueba    y,    pasado    un   tiempo,   Rodríguez  Galvis, quien se había quedado  dentro  del  vehículo  en el parqueadero, se  acercó  a  urgencias  a  preguntar  por Edwin Ferney Salamanca,  momento  en el cual el uniformado Velásquez Avendaño advierte la incomodidad o  el movimiento sospechoso y procede a la requisa.   

Si  bien  en  el  relato  de algunos de los  episodios,  emergen ciertas diferencias, en lo sustancial, esto es, en el motivo  que  generó  la  requisa  del  procesado  y el hallazgo del arma de fuego en la  parte  de  atrás de la pretina del pantalón, las versiones de Pacheco Triana y  Velásquez   Avendaño,   guardan   uniformidad,   tal   como  lo  advirtió  el  Tribunal:   

Para  esta Magistratura los testimonios de  los  policiales  captores  que  sustentan  la teoría de la Fiscalía resultan a  todas  luces  creíble  (sic)  pues  está  (sic)  lejos  de  contradicciones  e  intereses  distintos  a  decir  la  verdad  de los hechos pues con el (sic) solo  buscan  cumplir  un  deber  laboral, moral y aportar claridad en la causa penal;  quedando  entonces  claro  que  el señor Johan Manuel  Rodríguez  Galvis la madrugada del 3 de julio de 2011  portaba  un arma de fuego calibre 38L, apta para disparar, sin la documentación  que  la  misma  requiere, pruebas que no dejan duda acerca de la realización de  este   comportamiento  delictivo  pues  si  bien  es  cierto  la  defensa  quiso  desvirtuar  la  tesis  del  ente  fiscal  no lo logró, dado que al realizar una  valoración  integral de la prueba, encuentra esta Sala responsabilidad penal al  encausado   por   el   delito   de   porte   de  armas  de  fuego…16.   

Por  consiguiente,  ningún  vicio  puede  enrostrarse  al  juez  plural  por  razonar de esa manera, pues, en realidad, no  surge  motivo  de  peso  que  lleve a considerar mendaces los testimonios de los  uniformados  y  tampoco se deriva de ellos la intención de ocultar información  relacionada  con  la entrega de la chaqueta, ni el hallazgo, dentro de ella, del  arma incautada, como es la pretensión de la defensa.   

2.3. Con la misma dialéctica opositora, la  impugnante  controvierte  la  manera como se examinó el testimonio de Alexander  Suárez   Rojas,   celador   del   hospital,   pues   atribuye  al  Ad  quem  una  valoración antitécnica y  carente   de   lógica,   pero   sin  precisar  el  parámetro  de  apreciación  desconocido.   

De  igual  modo, asevera que el fallador no  hizo   una  crítica  al  relato  suministrado  por  el  médico  Adolfo  Gómez  Adarme.   

Al  respecto,  la  Sala  verifica  que  los  aludidos  exponentes, no acreditan la premisa de la defensa, porque a ninguno le  consta  que  el  arma  fue  hallada  en  la  chaqueta de Edwin Ferney Salamanca.   

Distinto  a la versión de los uniformados,  el  vigilante  Suárez Rojas asegura que a urgencias ingresaron cuatro personas,  los  agentes  y  los  capturados, para el examen de alcoholemia, y que Salamanca  entregó  una  chaqueta negra al procesado. Sin embargo, su tangencial relato no  ilustra  con  claridad,  las  circunstancias  que  rodearon el desarrollo de los  hechos.   

Así lo entendió el Tribunal al referir lo  siguiente:   

Ahora  bien  al  creer  que  fue afuera de  urgencias  donde  se  realizó la requisa que sustenta la teoría del caso de la  defensa,   ésta   pierde   su   peso,   pues  siendo  testigo  directo  de  las  circunstancias  que  atañen  este  (sic)  proceso  sería  una  de las personas  idóneas   para   indicar   como   (sic)   sucedieron   los   hechos17.   

En efecto, al escuchar el audio que contiene  el  relato del testigo en cita, lo primero que se advierte es la imprecisión en  sus  respuestas,  al  punto  que  no  generan  certeza  de  lo  que  dijo  haber  percibido.   

Repárese  que  el  declarante,  luego  de  informar  que  en  el  parqueadero  de la entidad hospitalaria no había luz, al  momento  de  responder  si  vio  a  los  policiales  requisar  a los ciudadanos,  señaló:  «afuera doctora, afuera esto, yo veía que  le   estaban   mirando  la  chaqueta  que  llevaba  Edwin,  estaban  mirando  la  chaqueta»18.   

Y  más  adelante,  cuando  el  agente  del  Ministerio  Público  le pidió que precisara lo referente al punto de distancia  donde  dijo  que  el uno le entregó una chaqueta al otro, indicó: «pues  doctor  yo  estaba  ahí en urgencias cuando ingresaron los  cuatro,  entonces  el  otro  muchacho le entregó la chaqueta a él, le entregó  una   chaqueta   negra,   él  tenía  un  gabán»19.   Y   al   responder   si  posteriormente  fue  que  se  hizo la requisa de la policía, dijo: «doctor  ellos salieron y yo creo que fue afuera eso»20.   

Consecuente  con  esa realidad, el Tribunal  razonó  que  el relato del vigilante no sirve de sustento a la teoría del caso  de  la  defensa,  en  la  medida  que  no  recordó haber presenciado la requisa  realizada  fuera  del  centro  hospitalario  donde,  al  decir de la defensa, se  incautó el arma en la chaqueta que llevaba el procesado.   

2.4.  De  otra  parte,  la Sala no advierte  cómo   el   relato  del  médico  Adolfo  Gómez  Adarme  podría  alterar  las  conclusiones     del    Ad    quem,    pues,  en  verdad, nada le consta acerca de lo ocurrido la madrugada  de  autos y, en esas condiciones, no puede dar fe de las afirmaciones defensivas  expuestas  por  el  encartado  y  reiteradas  con posterioridad por su apoderada  judicial.   

El  audio  que  contiene  la narración del  galeno,  permite  verificar  que,  en  punto de los aspectos sustanciales en los  cuales  la  defensa  soporta  su  teoría, nada puede asegurar, pues no recuerda  bien  si en aquella calenda realizó uno o dos dictámenes de embriaguez, aunque  sí asegura que examinó a Edwin Ferney Salamanca.   

A la pregunta de la juez, de si en concreto  fue testigo de alguna requisa, respondió:   

No,  o  sea  visualmente no fui testigo de  eso,  sé  por lo que alcancé a escuchar dentro de los pasillos del servicio de  urgencias  eso  se  estaba  haciendo  en  urgencias  sí,  pero  no  lo  vi pues  personalmente,   solamente   alcancé   a  escuchar  las  cuestiones21.   

Es  decir, se trata de un testigo de oídas  que,  a  lo sumo, da cuenta, porque lo escuchó, que tal procedimiento se estaba  haciendo  en  urgencias y, siendo así, su relato debilitaría la hipótesis que  la  defensa  pretende  hacer  valer,  esto  es,  que  el registro a Galvis  Rodríguez  se realizó afuera, en  el parqueadero del hospital.   

En suma, de las señaladas declaraciones no  emerge  que  el  revólver objeto de este proceso, hubiese sido encontrado en la  precitada  chaqueta  y  no  en  la pretina del pantalón del procesado, y, tanto  menos,  la  intención  de los policiales en ocultar la aludida información, so  pretexto     de     «limpiar    el    nombre    de  Ferney».   

De  haber  sido  así,  la  Sala  encuentra  inexplicable  que,  desde  un  comienzo,  el  procesado  no hubiese hecho alguna  manifestación  para  aclarar lo sucedido. Basta revisar el acta de captura y de  incautación          de          elementos22,  que  al  ser suscritos por  Rodríguez  Galvis, muestran  objetivamente  su  conformidad  con  las anotaciones allí impuestas, esto es el  buen  trato que recibió del personal que realizó el procedimiento de captura y  el  motivo  de la incautación, consistente en no haber presentado el respectivo  salvoconducto.   

Tampoco, en el transcurso de las audiencias  preliminares,  elevó  alguna  expresión  de  protesta,  pese  a las reiteradas  advertencias,  por  parte  del juez de control de garantías, primero, en cuanto  al  contenido  de  la imputación formulada por la Fiscalía y, luego, acerca de  las  implicaciones  del  allanamiento  a  cargos,  el  cual  admitió  de manera  voluntaria.   

De  igual  forma,  en  la  audiencia que el  juzgado  de  conocimiento  improbó  el  allanamiento  a  cargos,  contó con la  posibilidad  de  hacer sus reclamos, cuando se le indicó que la rebaja solo era  de  una cuarta parte de la pena, y no de la mitad, como erradamente se le había  informado,   pero   Rodríguez   Galvis  únicamente  expresó  que  sí había entendido lo que se le estaba  comunicando23  y  que,  entonces,  no  aceptaba los cargos formulados24.   

3.  Súmese  a  todo  lo  expuesto,  que la  casacionista  se  aparta de las motivaciones que condensan el juicio de reproche  contra    su   defendido   y,   a   cambio,   se   apoya   en   sus   personales  convicciones.   

Obsérvese  que  sin  estar  acreditada  la  entrega  de  la  chaqueta  a su asistido, por parte de Edwin Ferney Salamanca, y  tanto  menos  el  hallazgo  del arma en esa prenda, según quedó visto, aduce a  una  serie  de  argumentos  destinados  a  explicar  las  razones por las cuales  Rodríguez Galvis desconocía  que  el  artefacto se encontraba en ella, tales como la talla y características  de  la  chaqueta  o  gabán,  a la imposibilidad económica de su defendido para  comprarla   y   a   que   nada   lo   relaciona   con  capitanes  de  aviación,  etc.   

3.1.  Las  anteriores  inferencias  de  la  censora,  que  tienen  como  único  soporte  las  explicaciones de Rodríguez  Galvis, desconocen el principio  de  corrección  material  que rige en casación, porque al tratar de imponer su  propio  raciocinio,  consistente  en haberse estructurado un error de tipo en el  actuar     de    su    defendido    –bajo  el  supuesto  que  tenía  físicamente  la chaqueta de Edwin  Ferney  y  que  dentro de ella estaba el arma, pero que ignoraba la presencia de  la  misma-,  termina  por  elaborar  premisas que nada  tocan  con  los  razonamientos  del juzgador y lógicamente impiden verificar la  existencia   del   yerro   de   apreciación   probatoria  que  le  atribuye  al  sentenciador.   

3.2.  Desatino  que  más  adelante  cobra  fuerza,  porque  al  refutar  la  falta  de  un examen integral de la prueba, en  realidad  procura  hacer  énfasis  en un asunto que no fue siquiera debatido en  las  instancias,  referido a las supuestas manipulaciones que los empleadores de  Edwin  Ferney  Salamanca hicieron dentro del proceso, las cuales, según apunta,  «solo  explican  que  el  tenedor  del revólver era  Ferney,  pero  que a todo el mundo en el contexto de Málaga le convenía que el  delito  no  lo  cometiera  él,  a  fin  de que el hombre de la poderosa familia  quedara limpio»   

En  ese  sentido,  la  censora  orienta sus  argumentos  a  mostrar que, por todos lados, se quiso atribuir responsabilidad a  su  prohijado  y  favorecer  a  su  compañero  de farra, pero esa hipótesis no  encuentra acomodo en el contexto probatorio.   

Tanto   es   así,   que  Camilo  Andrés  Pieschacón  y  Edward  Manuel  Hernández  Moreno,  a  la  sazón,  patrones de  Salamanca,  quienes  acudieron  al  juicio  oral  a declarar como testigos de la  defensa,  coincidieron  en  afirmar  los  problemas que tuvieron con su empleado  porque  se  fue  debiéndoles  una  suma  de  dinero,  por  lo cual tuvieron que  demandarlo y que no han podido localizarlo.   

Por  consiguiente, resulta inadmisible que,  para  desestructurar las bases del fallo confutado, la recurrente pretenda hacer  valer  otra  explicación  de  los hechos, orientada a evidenciar una componenda  contra  su  defendido  y  su  consecuente  inocencia,  todo ello por fuera de lo  debatido en juicio.   

4.  Por  último,  en  relación  con  las  inconsistencias  de  la  cadena  de  custodia  que  la letrada advierte, se debe  recordar  que las irregularidades presentadas en su trámite, no son suficientes  para  desacreditar  la autenticidad del elemento material probatorio o evidencia  física,  porque  su  demostración también puede hacerse mediante otros medios  de convicción.   

En el caso concreto, la ausencia de formato  y  constancias  relativas  a la recolección, embalaje y rotulación del arma de  fuego  y  del registro de continuidad, referidos por la censora, no emergen como  aspectos   relevantes  para  concluir  que  el  arma  incautada  a  Rodríguez  Galvis  es  distinta  a la que  examinó el perito de la SIJIN.   

Sobre  el particular se verifica que, tanto  en  el  reporte  de  iniciación  FPJ-1-,  suscrito por el Subintendente Víctor  Pacheco                    Triana25,   como   en   el  acta  de  incautación  de  elementos,  signado  por  el  policial  Oscar Johan Velásquez  Avendaño26  y  en el informe ejecutivo –FPJ-3-, firmado por el investigador de  la    SIJIN,    Luis    Antonio    Díaz    Ravelo27,  se  describe  en  iguales  términos  el  elemento,  esto  es,  arma  de fuego clase revolver, calibre 38L,  cachas  de madera color café, sin marca, número interno 70896, número externo  V23705, sin cartuchos o vainillas para el mismo.   

Este  servidor  de  policía  judicial,  al  practicar  inspección  judicial,  consignó  la  siguiente  descripción  en el  informe  Investigador  de  Campo  -FPJ-11-:«una (sic)  arma  de  fuego  tipo  revolver  marca  Smith  wesson  (sic) de fabricación usa  calibre   38L   especial   con  capacidad  para  6  cartuchos  numero  (sic)  de  identificación  externo  V23705  y  numero  (sic) interno 70896 numero (sic) de  cañón   35208   color   niquelado,   cachas   de  madera  en  buen  estado  de  conservación…»28.   

De  la anterior referencia se deriva que la  mismidad  del arma está acreditada porque, se insiste, su descripción coincide  con  la  recibida  por  el experto y la registrada en los formatos suscritos por  los  uniformados  Pacheco  Triana  y  Velásquez  Avendaño,  los  cuales fueron  incorporados al juicio a través de sus testimonios.   

Y,  si  en  el dictamen aparecen como datos  adicionales     –no  diferentes-  que la marca del revólver es Smith &  Wesson,  de  fabricación  USA  y  con  número  de cañón 35208, ello obedece,  según   lo   aclaró   el   mencionado   técnico,   a   que   al  «recibir  el  arma  la  revisé y es donde me doy cuenta que tiene  marca  Smith  Wesson  y es de fabricación USA, por la cacha, la cacha de madera  en  una  de las ehh tiene un logotipo que dice USA»29.   

Agrega la demandante, en su crítica, que no  se  conoció  quiénes  tuvieron contacto con el arma, antes que fuera entregada  al perito técnico.   

Contrario   a   esos   reclamos,   existe  uniformidad,  por  parte de los agentes captores, en cuanto al procedimiento que  adelantaron  desde  el  momento  en que el agente Velásquez Avendaño halló el  arma,  por  lo  cual  elaboró  el  acta de incautación; luego fue dejada en la  SIJIN  para  efectos  de  la  respectiva  experticia,  siendo  recibida  por  el  patrullero Díaz Ravelo, quien practicó el examen correspondiente.   

Así las cosas, tampoco surge motivo de peso  que  permita  inferir,  como  lo  hace  la  actora,  que se cambió el revólver  incautado  a  su  defendido  y,  menos  probable  fluye  que ello se hizo con la  finalidad  de  favorecer  a  Edwin  Ferney  Salamanca y a su empleador, pues esa  prédica,     según     quedó     visto,     carece     de    todo    sustento  demostrativo.   

5. Se concluye que el Tribunal no incurrió  en  algún  desacierto  de  valoración  probatoria  al momento de establecer la  responsabilidad penal del procesado.   

6.   Casación  oficiosa.   

Observa la Sala que en la imposición de la  pena  accesoria  de  privación  del  derecho  a la tenencia y porte de arma, el  Tribunal  impuso  el  mismo  monto  de la pena de prisión, esto es, ciento ocho  (108)  meses  o  nueve  (9)  años, lo cual desconoce el principio de legalidad,  toda vez que el   

artículo  51 del Código Penal consagra una  duración de uno (1) a quince (15) años.   

Al respecto, bastante se ha insistido en la  necesidad  de  atender  a las directrices legalmente establecidas en el canon 61  ejusdem,  que  consagra  el  sistema de cuartos para la individualización de la pena.   

La  corrección  del  desacierto  comporta  dividir  el  monto  de  la  sanción  entre  cuatro,  para obtener el ámbito de  movilidad  y,  enseguida, establecer la cantidad correspondiente, conforme a los  parámetros  empleados  por  el  fallador  en  la  determinación de la sanción  corporal.   

Como   quiera   que,  en  este  caso,  el  Tribunal  se  ubicó  en el  primer  cuarto  de movilidad y de él escogió el extremo inferior, la cifra que  corresponde  a  la  sanción accesoria de privación del derecho a la tenencia y  porte de arma, es de un (1) año.   

En  ese  sentido  se  casará  de  oficio y  parcialmente la sentencia de segunda instancia.   

En mérito de lo expuesto, En mérito de lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia  en  nombre  de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

         PRIMERO.            DESESTIMAR  el  cargo  formulado contra la  sentencia recurrida.   

SEGUNDO.  CASAR    OFICIOSA    Y   PARCIALMENTE   la  sentencia del Tribunal Superior de Bucaramanga, en el sentido de  fijar  en  un (1) año la pena accesoria de privación del derecho a la tenencia  y  porte  de  arma  impuesta  a Johan Manuel Rodríguez  Galvis.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

GUSTAVO  ENRIQUE  MALO  FERNÁNDEZ   

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

         Con  el respeto de siempre por la opinión mayoritaria de la Sala, y  acorde   con   las  manifestaciones  que  expresé  durante  la  discusión  del  respectivo  proyecto,  me permito reiterar que no comparto la decisión de casar  de  oficio  y  parcialmente  la  sentencia  de  segundo  grado  en  razón de la  vulneración   del   principio  de  legalidad,  como  consecuencia  de  que  los  falladores  de  instancia  no  hubieran  aplicado  el  sistema  de cuartos en la  determinación    concreta    de    la    pena   accesoria   de   «privación  del  derecho  a la tenencia y porte de arma».   

         Las    razones    de    mi    disenso,    son    en    esencia   las  siguientes:   

         1.  La  decisión  que  se  adoptó por la  mayoría  tiene  como  argumento  central  que  el  juzgador  debe  atender  las  directrices  legalmente establecidas para la determinación de la pena, esto es,  acudir  al sistema de cuartos previsto en el artículo 61 del Código Penal, del  cual  no  se  exceptúan  las  sanciones  accesorias,  como que la norma en cita  ninguna  distinción  hace al respecto, y dado que la restricción del derecho a  la  tenencia y porte de armas se establece entre dos extremos que van de uno (1)  a   quince   (15)  años,  según  el  artículo  51  ibídem.      

         2.  Sin  embargo,  en la providencia de la  que  respetuosamente  me  aparto  se  dejan de lado los temas relativos a (i) la  naturaleza  y fines de las penas accesorias y (ii) razones de justicia material,  concretadas  en  el  principio de proporcionalidad de la sanción penal. En este  último  aspecto,  sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo 61 del C.P., se  ofrece  adecuado  inaplicar  el  sistema  de  cuartos en la dosificación de las  penas  accesorias,  habida  cuenta  que  tal  labor  ha  de  entenderse  como un  ejercicio   de   ponderación   motivada, delimitado por lo dispuesto en el artículo 51 ídem.   

          2.1  En  cuanto  al  primer  aspecto, cabe  anotar  que las penas restrictivas de otros derechos (art. 43 C.P.) son aquellas  que   privan   o   restringen  a  su  titular  del  ejercicio  de  facultades  o  prerrogativas  distintas a la libertad personal o a su peculio. Dichas sanciones  pueden  ser  principales  cuando  así  se consagren en el respectivo tipo penal  (art.   35   ídem)   o   accesorias,  cuando  no  obren  como  tales  (art.  34  ejusdem).       

          Del  artículo  52  de  la  codificación  citada  se  extrae que la  aludida  clase  de  penas solo pueden ser aplicadas por el juez (i) con ocasión  de   la  imposición  de  una  pena  principal  y  (ii)  siempre  que  entre  la  realización  del  delito  y  el  contenido  de  la  pena  accesoria  exista una  «relación directa», valga  decir,  se  verifique  un  vínculo  estrecho  entre  su contenido y la conducta  punible cometida.   

          De  otro lado, si bien originalmente el legislador consideró que en  quien  recaía  una condena de prisión era indigno y, por tanto, estableció la  restricción  para  el  ejercicio  de  algunos  de  sus  derechos  políticos y,  principalmente,   para   desempeñar   cargos  públicos,  lo  cual  explica  la  existencia    de   ciertas   penas   accesorias   denominadas   obligatorias   o  «automáticas»30,  aquella  visión  evolucionó  hacia  un  concepto preventivo31, cuyo propósito es conjurar  el  riesgo  de reiteración de delitos que de forma directa tengan relación con  determinadas  actividades  o  derechos, finalidad que sustenta la aplicación de  las     llamadas    penas    accesorias    discrecionales    o    «facultativas»32.   

         Sobre     cómo     se     determinan  cuantitativamente  las penas accesorias, cabe destacar  que  dos  aspectos  permiten  concluir  que  en ese ejercicio no tiene cabida el  sistema  de  cuartos –art.  61   C.P.–,   el  cual  está  previsto para la individualización  de  las penas principales, ellos son: (i) la función   primordial  que  cumplen  las  penas  accesorias  difiere  de la que tienen asignada las penas principales; y, (ii) el  margen      de      apreciación     reglado  del  que  goza el sentenciador,  según   se   extracta   de   los   artículos           52,   inc.  1º,  y  59 ídem,   lo   faculta   para   imponer   o   no   en  cada  caso  las  penas    accesorias    que    estime    necesarias,  así    como    para   fijar   el   término     de    duración    de    las  mismas.   

        2.1.1     En     relación  con  el  primer  punto,  cabe  destacar  que, en términos   generales,  en  la  concepción  dogmática   del  Código  Penal  de  2000,  la pena en sentido amplio cumple varias funciones, tales como,  «prevención   general,  retribución     justa,     prevención   especial,   reinserción     social    y    protección    al  condenado»33, por lo que puede afirmarse  que  no  se  adscribe  a  una  tesis  en  particular,  valga  decir,  ni  a  las  teorías  absolutas que propenden porque el fin de la  pena   es   únicamente  la  retribución  o  compensación en razón     de    la    comisión  del delito, ni a aquellas denominadas relativas que consideran a  la   pena   como   un   medio  para  conseguir  un  fin,  es  decir,  que  tiene  propósitos               exclusivamente  preventivos              orientados   a    evitar        que         se          cometan       delitos      en         el         futuro,      sino    que  se  ubica  dentro  de las  concepciones  mixtas,  que son aquellas que buscan conciliar las dos anteriores,  aceptando  la  idea  retributiva,  pero sin desligarla del cumplimiento de fines  preventivos,   bien  sea  generales  o  especiales34.     

        Ahora,   como   se   señaló          párrafos  atrás,  las penas accesorias,  en  cuya  imposición e individualización   el   juez   goza   de  un  margen  de  apreciación  motivado,  no hay una determinación  legislativa  absoluta  del aspecto cualitativo. Éste  es     flexible,    al    punto    que    corresponde    al    juzgador  determinar  en  qué     casos    resulta    necesaria    su    imposición,   atendiendo   a  las  particularidades  del  asunto  concreto,  obviamente   respetando   las   pautas   establecidas  en  la  ley  –art.   52,   inc.  1º,           C.P.–     y     considerando     que  aquéllas    tienen   una   marcada   finalidad     preventiva35, en tanto  que  con  su  aplicación  se  pretende  precaver la  afectación   futura  de  bienes  jurídicos     concretos     mediante     la    restricción      de      derechos     o     prerrogativas,    distintas    a    las   que   resultan   limitadas   con   la  aplicación     de     la     sanción     principal     –con      injerencia      en     la  libertad personal y el patrimonio económico–.     

       En  otras  palabras,  si  bien las penas en general, principales y  accesorias,   obedecen  a  unos  específicos  fines  consagrados   en   el   artículo   4º        del        C.P., dada la  particular    naturaleza   y   función     que     aquéllas     cumplen,  itérese,  fundamentalmente utilitarista mediante la  prevención    del    delito,   demandan   en   su  determinación  la  existencia  de  un estrecho nexo  entre  el  injusto penal y el derecho que se busca restringir, de donde se sigue  que   su   afectación  emergerá  necesaria  solo en la medida en que surja  patente  que  la  restricción  de  los derechos que  conlleva  la  imposición  de las penas principales,  resulta  insuficiente  para  prevenir,  en el caso particular, el comportamiento  delictivo36.   

       Por  tanto,  sin  desconocer  que  las  penas    principales    de    prisión   y   multa,  así  como las restrictivas de otros derechos cuando  están   previstas   como  tales,  amén     de     la     función     de  retribución     justa     que     apareja     la  realización   del   delito,   también        cumplen        fines       preventivos       –generales     y     especiales–,    bien   puede   suceder   en   determinados   casos   que   la  limitación de la libertad y el patrimonio, producto  de   la   sanción   principal,   no  sean  medidas  suficientes  para  proteger ciertos bienes jurídicos  de    ulteriores    conductas    desviadas    por    parte    del   condenado.     Por    tal           razón,         la         concreta  armonización  de  las finalidades preventivas de la  pena    con    el   principio   de   proporcionalidad   (arts.   3º,       inc.      1º, y 4º del  C.P.), impone la necesidad de ampliar esa  cobertura   con   la   aplicación   de   sanciones  adicionales.   

        Al respecto la doctrina ha considerado que:   

[E]s imprescindible que el hecho cometido  por  el  autor  permita justificar la necesidad de agregar medidas que cubran la  mayor  gravedad  o  exigibilidad  del  comportamiento inicialmente sancionado, a  través   de   efectos  diferentes  a los que producen las penas principales, y que no sean contemplados  por  ellas,  para  precisar  una adecuada proporción  entre  la sanción y el delito, y, en todo caso, para  brindar   una   mayor   protección  a  los  bienes  jurídicos    vulnerados    no    protegidos  directamente  por  la  norma  penal.37   

      

       En  esa  medida,  resulta coherente con las finalidades de la pena  principal,    mencionadas    ut   supra,  que  en  su  individualización  se  acuda  al sistema de cuartos previsto en el artículo  61    del    Código    Penal,   puesto   que   la  determinación   concreta   de   aquella   obedece  primordialmente   a   factores   objetivos   que   tienen   relación  con  el  injusto  típico, siendo su  límite   el   grado   de  culpabilidad,  lo  que  explica  que  en  la  fijación del marco de punibilidad se deban tener en  cuenta    circunstancias   modificadoras   de   los   extremos   mínimo     y     máximo     de    la  sanción   prevista   para   el   respectivo   tipo  básico  o  especial,  tales  como  las causales      específicas      de     agravación     y  atenuación  punitiva, la tentativa, la complicidad,  la  ira  o  intenso  dolor,  entre  otras,  que  no  resultan  aplicables  a los  límites   que   fijan   la   duración  de  las  penas  accesorias,  pues  nada  tienen  que ver con el  propósito que    éstas   persiguen.     

       En         efecto,         la        finalidad        preventivo-especial   de   las  penas  accesorias,  se  relaciona directamente con el abuso del derecho que se pretende  restringir   para   evitar   futuras  afectaciones  del  bien  jurídico    protegido,    lo    cual    exige    un   análisis  diverso  en  el  que  no tienen  cabida  factores objetivos como los atrás enunciados  respecto   de   la  individualización  de  la  pena  principal,  sino  primordialmente  subjetivos, relativos a la persona del autor,  pero   no  desde  la  óptica  de  su  peligrosidad,  concepto  abiertamente  contrario  a  los  principios  que  orientan  el derecho penal y su consecuencia  jurídica en un Estado Social y Democrático  de  Derecho,  sino  a  partir  de  los  fines  de  la  pena,  particularmente  el de prevención, según    se   desprende   del   artículo  4º   del                 Código  Penal.        

        En  tal  sentido,  la  doctrina  considera  primordial  que  en el  proceso  de  individualización judicial de la pena,  el   sentenciador   tenga    como    norte    de    su   actividad,   en  general,   los   fines  de  la pena y,  en           particular,           un          propósito      específico,    que    en    el   caso   de  las  sanciones    facultativas   que   afectan   otros   derechos   es   marcadamente  preventivo-especial,    según   quedó   visto,   y   a   partir   de   tal   entendimiento,   fije   la  sanción.   

        Sobre   el   punto,   el   tratadista   Eduardo  Demetrio  Crespo,  en  su obra «Fines de la  Pena    e   Individualización   Judicial   de   la  Pena»38, sostiene:   

Aunque ello sea bastante obvio a tenor de  lo  ya  dicho hasta ahora, sobre todo en el análisis  del    concepto    de    «factor   final   de   la  I.J.P39»,  no es recurrente señalar  que  los  fines de la pena son el  presupuesto    fundamental    de    la   I.J.P.   La   determinación  de  qué fines persigue la pena, en  qué  momento  y con qué  intensidad  en  cada  momento de la intervención del  sistema   penal,  es  la  clave  a  partir  de  la  cual  se  obtiene  respuesta  tanto     a     la  cuestión     de     la     dirección  valorativa  de  los factores reales que concurren en la I.P.J.,  como  a  la  del  peso  de  los  mismos  en  la pena final a imponer40. Creo que  no  es  exagerado decir que la racionalización de la  I.J.P.      debe      empezar     por     clarificar     la     cuestión  de  los  factores finales de la  I.J.P.,   ya  que  dependiendo  de  qué   fin   de   la  pena  se  tome  como  punto  de  referencia,  la  individualización de la pena por el juez en el caso  concreto    puede    conducir    a    resultados    muy   diferentes.41        (Negrilla  y  subraya  fuera  del texto  original)           

        Siendo  ello así, emerge razonable que  el     juzgador     disponga    de    cierta    discrecionalidad    –siempre     motivada–  en  la  determinación  cuantitativa  de  las penas accesorias, en orden a materializar  su  fin primordial de naturaleza preventivo-especial,  sin  estar  sometido  a  factores  puramente objetivos que en no pocas ocasiones  tornan  inane  la  restricción de otros derechos, en  tanto     su    propósito    es    proteger    un  interés    jurídico  específico de futuras afectaciones mediante efectos  distintos   a   los  que  produce  la  pena  principal y que ésta no alcanza a  cobijar;  no  de  otra  manera  se  explica  que  la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas  (art. 43-1 C.P.) esté prevista  en  algunos  tipos  penales como sanción principal y  en   otros   acceda  a  ésta,   o   que   a   la   prohibición  de  consumir  bebidas alcohólicas o  sustancias  estupefacientes  o  psicotrópicas (art.  43-8   ejusdem)   el   legislador   no   le   haya  fijado  duración.          

       2.1.2   En   cuanto   a   la  segunda  cuestión,    valga    decir,   la   atinente   al  ejercicio de ponderación  aplicable  por  el  juzgador  en orden a establecer la procedibilidad de la pena  accesoria  en  el  asunto  particular –factor    cualitativo–,   lo   que   se   advierte   es   una   armonización        del        principio    de    legalidad    de    la    pena    con    el   de  proporcionalidad             –el    cual    también  ostenta  la  categoría de principio  rector    y    garantía   fundamental42-,  habida  cuenta  que, a diferencia de lo que ocurre con las penas principales, las cuales  han  sido  reguladas  de  manera absoluta por el legislador en la parte especial  para  cada  delito,  frente  a  las  primeras hay un  margen   de   apreciación  judicial  reglado  que,  atendiendo  a  los  factores  generales  previstos  en  el  inciso  primero  del  artículo  52  de  la  Ley  599  de 200043,  determina   en   qué  casos  resulta  necesaria  la  imposición    de    una   restricción   o   prohibición   de   derechos,  adicional   a   la   que   comportan   las   penas  principales.        

       Ahora,  la limitación del principio de  estricta   legalidad   de   la   pena  en  punto  de  la  elegibilidad    de    la   sanción   accesoria  facultativa,  se  explica  en  que  «no en todos los  casos  es  justificado,  desde  el  punto  de vista de la prevención,  la  proporcionalidad  y la necesidad de la pena, preestablecer  efectos   agregados   a   los   contemplados  por  las  penas  principales  frente  a un determinado hecho punible, sin considerar las  circunstancias  y  características  concretas de su  realización»44.   

   

       En  esa  medida, si la ley atribuye al juez la facultad reglada de  imponer   o   no   cierta  pena  accesoria,  cuando  la  restricción   de   otros  derechos  se  ofrezca  necesaria     para     cumplir     sus     fines     preventivo-especiales    de  protección  del interés  jurídico,   también  emerge   razonable   que   en   su   determinación  cuantitativa  aquel  tenga  la  posibilidad,  atendidas las particularidades del  caso,   de   fijar  la  cantidad   de  sanción  que,  de  acuerdo  con  los  principios  de proporcionalidad y razonabilidad, se requiera para que se obtenga  el  propósito perseguido, sin que en esa labor deba  acudir al sistema de cuartos.   

       En   efecto,   tal   como  se  indicó  párrafos               atrás,  las  reglas  contenidas  en  los  artículos    60    y   61   del   Código  Penal  para la determinación del  marco  de  punibilidad  y la individualización de la  pena,  responden principalmente a factores objetivos relacionados con el injusto  típico,   que   no  son  aplicables  a  las  penas  accesorias, pues no cabe  duda  que  los  extremos  mínimo  y máximo  de estas últimas no se modifican  porque   concurra   una   causal   específica   de  agravación o atenuación  punitiva,   que  se  predican  del  tipo  básico  o  especial,      tampoco      cuando      el      delito     es     tentado,  ni  frente  a  ellas  se   pueden   considerar   circunstancias   tales   como la   influencia   de   profundas   situaciones   de marginalidad,  ignorancia   o   pobreza   extremas  –art.     56     C.P.–,     o     la     ira     e     intenso     dolor    –art.      57     ídem–,  entre  otras,  lo  cual  se  explica  en  que el fin  preventivo–especial de  las  sanciones  accesorias  obedece  a  factores  subjetivos de la conducta, que  corresponde  al  juez  valorar  para  fijar  el  monto  de  la  pena atendiendo,  verbi gratia, el criterio  legal  de  la  intensidad del abuso del derecho en la  realización   del   delito,   contenido   en   el  artículo  52, inc.  1º,  del  C.P.   

       Lo  anterior  no  significa que la cantidad de sanción   accesoria  quede  librada  al  capricho  o  arbitrariedad  del  juzgador,   pues   éste,   en   todos  los  casos,  deberá   exponer   en   la   sentencia   «la   fundamentación  explícita  sobre los motivos de la  determinación  cualitativa  y  cuantitativa  de  la  pena», como lo ordena el  inciso  segundo  del artículo 52 del Código    Penal,    en   concordancia   con   el   artículo  59  ibídem,  labor  en  la cual  tendrá  especial cuidado  en  velar  porque  se  cumplan  los  principios de necesidad, proporcionalidad y  razonabilidad  que  orientan  la  imposición de las  sanciones   penales,   según  el  artículo      3º     ibídem,   y   teniendo   en   cuenta   las  circunstancias  del  caso  particular.        

       De  esa  manera se garantizan el debido  proceso  sancionatorio y el principio de estricta jurisdiccionalidad45,  según  el  cual  la  actividad  judicial  debe  ser  comprobable    y    verificable,    aspectos    que    se    reflejan    en   la  motivación   de  la  sentencia  y  que  obviamente  comprenden      la     determinación de la pena en sentido general.   

           Consecuente   con   lo   anterior,  considero  que  en  la  aplicación  cualitativa y cuantitativa de las penas  accesorias  de que trata el artículo 52 del Estatuto  Punitivo,    debe    primar   el   fin   preventivo  especial,  así  que  no  tiene  cabida  el  sistema  de  cuartos  que,  según  quedó   visto,   está  diseñado para fijar las penas principales, en tanto  éstas  sí  tienen  una  regulación  absoluta  en  cada tipo penal, dado los  efectos  que  de  antemano  le  señaló  el  legislador a la sanción de la conducta punible, fundado en  razones de política criminal.    

         3.  Por último, pero no menos importante,  cabe  destacar  que  la  decisión mayoritaria de la cual me aparto desconoce el  principio  constitucional  de proporcionalidad, desde la perspectiva del mandato  de  protección  suficiente,  el  cual  está  relacionado  con  el postulado de  vigencia       de      un      orden      justo46   y,   por   ende,  con  el  imperativo  del  Estado  de  promover  ese  orden  y  el  deber  de investigar y  sancionar  las infracciones a la ley penal, imponiendo  penas   condignas  con  el  grado  del  injusto  y  de  culpabilidad,  pero sin dejar de lado la función que aquellas han de cumplir en  cada caso.         

         De  tal  forma  que  si  como  lo  ha  reconocido esta Corporación,  «los fallos de la judicatura están inspirados en un  principio  de  justicia,  como lo ha dejado entrever la doctrina constitucional,  por     ejemplo     en     la     sentencia     C-366     de    2000»47,    dicho   postulado   se  quebranta  en  casos  como  el  presente,  donde  la  función  de  prevención    especial   que   orienta  primordialmente  la  imposición  de  las  penas  accesorias  queda  fuertemente  menguada.   

         En  efecto,  el  fin preventivo especial de las sanciones accesorias  facultativas  queda  comprometido  porque  si  a  quien  es declarado penalmente  responsable  del  delito de fabricación, tráfico, porte o tenencia de armas de  fuego  (art.  365  C.P.),  se le impone la pena mínima privativa de la libertad  prevista  en  la  ley  –9  años–,  en  ese  orden,  siguiendo  el  sistema  de cuartos, termina por aplicársele el extremo ídem de  la  pena accesoria, valga decir, un año de privación del derecho a la tenencia  y  porte  de  armas, sin detenerse a examinar las particularidades del caso que,  en  determinados  eventos,  verbi  gratia,  cuando  el arma que se porta ilegalmente se usa para cometer otro  delito,   aconseja   restringir   el   respectivo  derecho  en  un  quantum   superior   al   mínimo   que  resultaría  de  aplicar la regla prevista en el artículo 61 del Código Penal,  en  orden  a precaver la afectación futura de bienes  jurídicos           concretos.     

Con todo comedimiento,  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  

    

1 Folios  3 y 4 de la carpeta anexa.   

2 Folios  9 y 10 Ib.   

3 Folios  11 a 13 Ib.   

4 Folios  17 y 18 Ib.   

5 Folios  21 a 26 Ib.   

6  Folios40 a 42 Ib.   

7 Folios  44 y 45 Ib.   

8 65 a  73 Ib.   

9 Folios  75 a 87 Ib.   

10  Folios 158 a 171 Ib.   

11  Folios 90 a 122 Ib.   

12  Folios 38 y 39 Cuaderno de la Corte.   

13 Cfr  CSJ  AP,  9  oct.  2013,  rad.  40768  y  CSJ AP, 6 abr. 2005, rad. 23154, entre  otras)   

14  Récord: 34:47 a 35:42 audio 3 del juicio oral.   

15  Récord: 02:15:10 a 02:15:45 Ib.   

16  Folio 162 de la carpeta anexa.   

17  Folio 164 Ib.   

18  Récord: 1:25:02 a 1:25:20 Ib.   

19  Récord: 1:36:03 a 1:36:22 Ib.   

20  Récord: 1:36:27 a 1: 36 31 Ib.   

21  Récord: 1:54:20 a 1:54:40 audio 4 del juicio oral.   

22  Folios 60 y 54, respectivamente, carpeta anexa.   

23  Récord 5:57 audiencia del 11 de septiembre de 2011.   

24  Récord: 06:49 Ib.   

25  Folio 63 de la carpeta anexa.   

26  Folio 54 Ib.   

27  Folios 58 y 59 Ib.   

28  Folio 57 vto Ib.   

29  Récord: 01:36:41 a 01:37:01 audio 3 del juicio oral.   

30 Art.  52,  inc.  3º,  C.P.;  art. 16 C. Co.; art. 163 de la Ley 685 de 2001 y art. 24  Ley 1257 de 2008.   

31  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

32 Art.  52, inc. 1º, C.P.   

33 Art.  4º Código Penal.   

34  Morrillas  Cueva  Lorenzo,  Teoría  de las consecuencias jurídicas del delito,  Madrid, 1991, pág. 18.   

35  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

36  Ídem, pág. 337.   

37  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena en el derecho penal  colombiano, Medellín, 2001, pág. 337.   

38  Ediciones Universidad de Salamanca, 1ª Edición: mayo de 1999.   

39  Individualización Judicial de la Pena.   

40  «Hirsch, Günter, «Vorbemerkungen…», Op.cit, p.  9;   Gribbohm,   Günter,   «Vorbemerkungen…»,  Op.cit,  p.  103».    

41  Página 73.   

42  Cfr.,  C.S.J.  SP.  27/02/13,  rad.  33254 y 24/06/15, rad. 40.382, entre otras.   

43  «Art.   52.   Las   Penas  accesorias.  Las  penas  privativas  de  otros  derechos,  que  pueden imponerse como principales, serán  accesorias  y  las  impondrá  el  Juez  cuando  tengan relación directa con la  realización  de  la  conducta  punible,  por  haber  abusado  de  ellos o haber  facilitado  su  comisión,  o cuando la restricción del derecho contribuya a la  prevención  de  conductas  similares a la que fue objeto de condena».   

44  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena en el derecho penal  colombiano, Medellín, 2001, pág. 339.   

45 En  SCC  C-272  de  1999,  sobre  dicho  principio  y  el  de estricta legalidad, el  Tribunal  Constitucional refirió que «ciertamente,  la  Corte  estima  que  el  proceso  penal, en cuanto  manifestación  del  poder  punitivo  del  Estado,  se  encuentra sometido a los  principios    de    estricta    legalidad    y    jurisdiccionalidad»,  y  en  cita  de  pie  de  página añadió que «mientras  que  el  primero  de  estos principios determina que los  delitos  se  encuentren  inequívocamente  consagrados  en  una  ley  que exista  previamente  a  la  conducta  humana  que,  conforme  a  esa  ley,  se considera  delictuosa,  el  segundo requiere que las acusaciones en contra del acusado sean  sometidas  a  una  estricta  verificación  judicial  y  puedan  ser ampliamente  controvertidas    por   el   imputado.   Sobre   la  significación  y  alcance  de  estos  principios  en  el Estado democrático de  derecho  contemporáneo,  véase  Luigi  Ferrajoli,  Derecho  y  Razón, Madrid,  Trotta,     1995,     pp.    34-38,    94-97,    373-385,    603-623».   

46 SCC  T-429 de 1994 y SCC C-306 de 2012, entre otras.   

47 CSJ  SP, 29 jul. 2009, rad. 28725.     

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