SP12969-2015(44595)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

Magistrado Ponente  

SP12969-2015  

Radicación Nº 44595  

(Aprobado mediante Acta No. 334)  

Bogotá, D.C., veintitrés (23) de septiembre  de dos mil quince (2015).   

VISTOS  

La  Corte resuelve los recursos de apelación  interpuestos  contra la sentencia de agosto 1° de 2014, por medio de la cual la  Sala  de  Justicia  y  Paz  del  Tribunal  Superior  de Barranquilla condenó al  postulado  LUIS  CARLOS  PESTANA  CORONADO,  alias  “El  Cachaco”, a la pena  principal  de  480  meses  de  prisión,  como  responsable  de  los  delitos de  concierto   para   delinquir   agravado,  utilización  ilegal  de  uniformes  e  insignias,  homicidio en persona protegida, deportación, expulsión, traslado o  desplazamiento  forzado  de  la  población  civil, secuestro y hurto calificado  agravado.   

En  la  misma  providencia  sustituyó  la  sanción  impuesta por la alternativa de 8 años de prisión de que trata la Ley  975  de  2005, adoptó determinaciones varias y resolvió sobre las pretensiones  indemnizatorias de las víctimas.   

ANTECEDENTES   

         

1. Como quiera que  la  construcción  y  dilucidación  del  contexto  histórico  contenido  en la  sentencia  de  primer  grado no fue objeto de reparo por ninguna de las partes y  sobre  el  particular  no  existe ninguna controversia, la Sala se abstendrá de  referirlo  en  extenso,  máxime  en cuanto fue presentado de manera detallada y  pormenorizada en dicha providencia.   

Basta reseñar para los actuales fines que el  Bloque  Norte  de  las  Autodefensas Unidas de Colombia, del que hizo parte LUIS  CARLOS  PESTANA  CORONADO,  inició  sus  operaciones  en  el  año  1999  en el  departamento  del  Atlántico  bajo  la  dirección de Salvatore Mancuso Gómez,  primero, y de Rodrigo Tovar Pupo, después.   

Desde  ese  año,  la  aludida  estructura  criminal,  que  estuvo  integrada  por  catorce  frentes,  inició un proceso de  consolidación  y  expansión  en  desarrollo  del  cual adquirió influencia en  varios   departamentos   del   país,  principalmente  Atlántico,  La  Guajira,  Magdalena y Cesar.   

2.  El procesado se  desmovilizó  colectivamente  entre  los  días  6  y  10 de marzo de 2006 en el  municipio  de  Valledupar. El 18 de diciembre de esa anualidad solicitó ante el  gobierno  nacional  su  inclusión  en el proceso transicional establecido en la  Ley  975  de 2005 y mediante oficio de 21 de diciembre de 2007 fue postulado por  el entonces Ministro del Interior y de Justicia para tal efecto.   

3. La versión libre  de  PESTANA  CORONADO  se agotó en varias diligencias celebradas los días 24 y  25  de  noviembre de 2008, 19 de octubre de 2009, 10 de febrero, 21 de mayo y 11  y 12 de agosto de 2010 y 8 de marzo de 2011.   

4.  En  audiencias  celebradas  los  días  15 y 16 de junio de 2010 y 2 de febrero de 2011 ante una  Magistrada  con  Función  de  Control  de  Garantías  del Tribunal Superior de  Barranquilla,  la  Fiscalía  58  de  la  Unidad  Nacional  de Justicia y Paz le  formuló  imputación  al  incriminado  por  el concurso de delitos de homicidio  agravado,    concierto   para   delinquir   agravado,   fabricación,  tráfico  y  porte  de armas y municiones de uso privativo de las  Fuerzas  Armadas,  hurto calificado agravado, utilización ilegal de uniformes e  insignias  y  deportación,  expulsión,  traslado  o  desplazamiento forzado de  población civil.   

En  la misma oportunidad, PESTANA CORONADO  aceptó  su  responsabilidad  de  manera  libre,  consciente  y voluntaria y fue  afectado   con   medida   de   aseguramiento   privativa   de   la  libertad  en  establecimiento carcelario.   

5.  La actuación  fue  remitida  a la Sala de Conocimiento de Justicia y Paz del Tribunal Superior  de  Barranquilla, que llevó a cabo audiencia de formulación y legalización de  cargos entre el 16 y el 19 de septiembre de 2013.   

En concreto, la Fiscalía formuló contra el  incriminado los siguientes cargos:   

Hecho 1: Concierto  para  delinquir  agravado  y utilización ilegal de uniformes e insignias, ambos  en  calidad  de  autor, conforme los artículos 340, inciso 2°, y 349 de la Ley  599 de 2000:   

         

Se  le  atribuyó a PESTANA CORONADO haberse  concertado  con  otras  personas  para cometer delitos, integrando la estructura  criminal  de las A.U.C. Se limitó el ámbito temporal del delito entre el 17 de  diciembre de 2001 hasta la fecha de su desmovilización.   

En desarrollo de esa conducta punible y como  quiera  que  hacía parte de la estructura militar de la organización, utilizó  uniformes  e  insignias  similares  a  los usados por la fuerza pública (primer  corte, récord 35:00 y siguientes).   

Se  abstuvo de formular cargos por el delito  de  fabricación, tráfico y porte de armas y municiones de uso privativo de las  Fuerzas  Armadas,  como  quiera  que  éste  es  subsumido por el concierto para  delinquir.   

Hecho 2: Homicidio  en  persona protegida en concurso homogéneo, deportación, expulsión, traslado  o  desplazamiento  de  población civil, secuestro y hurto calificado y agravado  en  concurso  homogéneo,  todos  en  calidad  de  coautor,  de  acuerdo con los  artículos  135,  159,  168,  239,  240  inciso 2° y numeral 1° y 241, numeral  10°, de la Ley 599 de 2000.   

En  condición  de integrante de las A.U.C.,  PESTANA  CORONADO  participó  en  la incursión que ese grupo armado hizo en la  población  de La Jagua de Ibirico y el corregimiento de Casacará, municipio de  Codazzi,  departamento  del  Cesar,  en la madrugada del 2 de diciembre de 1997.   

En  desarrollo  de  esa  ocupación,  dieron  muerte  a  Ilmer  Antonio  Rodríguez  Hoyos,  Jorge  Rodríguez  Hoyos y Diomar  Quintero  Navarro,  Pedro  Luis  Fontanilla  Vides,  Jorge  Niño Parra, Orlando  Enrique   Araujo   Carrillo,  Manuel  Puentes  Jaimes  y  Luis  Alfonso  Serrano  Durán.   

Adicionalmente, retuvieron a Norberto Amador  Ávila,  a  quien  amarraron  de  pies  y manos y, luego de transportarlo en una  camioneta  por  aproximadamente  25  minutos,  lo liberaron en inmediaciones del  aludido corregimiento.   

En   esa   misma   ocasión   robaron  dos  motocicletas,  dos  armas  de  fuego  y  una  suma  de dinero que hallaron en la  vivienda de los hermanos Rodríguez Hoyos.   

Como  consecuencia  del temor infundido a la  población  por  esos  hechos,  un grupo de familiares de las víctimas directas  abandonaron  sus  viviendas  y  sus  pertenencias,  sin  que a la fecha se tenga  noticia de su regreso (segundo corte, récord 13:00 y siguientes).   

Hecho 3: Homicidio  en  persona  protegida,  definido  en  el  artículo  135 de la Ley 599 de 2000.   

En  la tarde del 19 de noviembre de 1998, en  el  corregimiento  de Mandiguilla, municipio de Chimichagua, Cesar, el postulado  PESTANA  CORONADO,  en  cumplimiento de la orden que en ese sentido le impartió  un  superior, asesinó con disparos de arma de fuego a Juan de la Cruz Martínez  Monterrosa,  a  quien  le  atribuyeron  ser  colaborador de la guerrilla (cuarto  corte, récord 1:48:00 y siguientes).   

Hecho  4: Homicidio  en  persona  protegida,  definido  en             el  artículo  135  de  la  Ley  599  de  2000.   

En la misma fecha y lugar, esto es, el 19 de  noviembre  de  1998  en el municipio de Chimichagua, Cesar, el aquí incriminado  dio  muerte  a Federico Gildardo Radd Romero mediante disparos de arma de fuego,  cuando  éste  realizaba  labores  de soldadura en frente de su residencia, pues  fue  señalado de colaborar con grupos subversivos (quinto corte, récord 7:00 y  siguientes).   

6. El incidente de  reparación  integral  se  llevó a cabo en una única  sesión, celebrada el 9 de junio de 2014.   

En esa ocasión se  presentaron  solicitudes  de  reparación de distinta  índole  respecto  de más de un centenar de víctimas. No obstante, como quiera  que  la  inconformidad  frente  a  la  sentencia  de primer grado está referida  con   exclusividad  a  lo  decidido  en  relación  con  algunas  de  ellas,  la  Sala  limita  la  reseña  de  lo  sucedido  en  esa  diligencia  estrictamente  a     lo   que  fue  objeto   de  impugnación.   

6.1  La apoderada  judicial  del  núcleo  familiar  de  Luis  Alfonso  Serrano Durán, Jorge Niño  Parra,  Federico  Gildardo  Raad  Romero  pidió  reparación  a  favor  de  las  víctimas  indirectas  del homicidio tanto   por   los   daños  materiales  como  inmateriales  padecidos          (quinto corte, a partir del récord 0:30).   

En relación con los hermanos y sobrinos de  Raad     Romero,     reclamó    i)    $220.715.108    y    $143.535.932  por  concepto  de  lucro  cesante  presente  y futuro, respectivamente; ii) 500 salarios mínimos mensuales legales  vigentes   por  concepto  de  «daño  a  la  vida»;  iii) 250 salarios mínimos mensuales legales vigentes  por  concepto  de  daño  a  la  vida en relación y iv) medidas de satisfacción de distinta índole, tales  como  acceso  a programas de capacitación, obtener disculpas del postulado y el  compromiso  de  no  repetición  y la construcción de un monumento en su honor.   

En lo que tiene que ver con los hermanos   y  hermanas  de  Jorge  Niño  Parra,  pidió  i)  $3.000.534.402 y $2.029.138.756 a  título  de  lucro  cesante presente y futuro, respectivamente; ii) 250 salarios  mínimos  mensuales  legales vigentes por concepto de perjuicios inmateriales y;  iii) las mismas medidas de satisfacción aludidas previamente.   

Finalmente,  en  punto  a  los  hermanos  y  hermanas   de   Luis   Alfonso  Serrado  Durán,  solicitó  i)  $238.156.880  y  $192.062.000  por  lucro  cesante  presente  y futuro; ii) 250 salarios mínimos  mensuales  legales  vigentes  por  «daño a la vida»  y  iii)  las  medidas  de satisfacción referidas con  anterioridad.   

6.2  La apoderada  judicial  de los familiares de Ilmer y Jorge Rodríguez Hoyos reclamó, respecto  de  sus hermanos y sobrinos,  100  salarios mínimos mensuales legales vigentes por concepto de daños morales  ocasionados     como     consecuencia     de    su  asesinato.   

Además,   respecto  de  todos  aquéllos  perjudicados  que  se  vieron  obligados  a abandonar sus lugares de residencia,  esto  es,  en  condición  de  víctimas  directas  del delito de desplazamiento  forzado,   pidió   reparación   en   diferentes   cuantías  oscilantes  entre  $112.577.217.5   y   $306.528.423.24  –  por  daños  materiales –  y  100  salarios  mínimos  mensuales legales vigentes por daños  inmateriales (cuarto corte, récord 1:18:00 y siguientes).   

6.3    El  representante  del grupo familiar de Manuel Puentes Jaimes pidió que se otorgue  a  sus  hermanos   y  hermanas  reparación  en  cuantía  de  100 salarios  mínimos  mensuales  legales  vigentes  para  cada uno de ellos, por concepto de  daños  morales ocasionados como consecuencia del homicidio del primero nombrado  (quinto corte, récord 31:00 y siguientes).   

Además, respecto de todos los miembros  del  núcleo  reclamó  indemnización  por  valor de 100  salarios   mínimos  mensuales  legales  vigentes,  en  tanto  fueron  víctimas  directas del delito de desplazamiento forzado.   

6.4  Finalmente,  elevó  sus  pretensiones  el  mandatario  de  los familiares de Orlando Enrique  Araujo     Carrillo,    Pedro    Luis    Fontanilla  Vides,  Juan de la Cruz Martínez y algunos parientes  de   Federico   Gildardo   Raad   Romero   (cuarto   corte,  récord  1:50:00  y  siguientes).   

En  beneficio  de  William  Enrique Camargo  Cuevas,  hijo  de  Orlando  Enrique  Araujo  Carrillo,  pidió  i)  100 salarios  mínimos   mensuales   legales  vigentes  por  concepto  de  perjuicios  morales  ocasionados  por  el  homicidio  de  su  padre;  ii)  igual cantidad de dinero a  título  de  «daño moral transmisible» y;    iii)    $88.718.208   por   lucro  cesante.   

Reclamó también que se reconozca a cada uno  de  los  hermanos de Araujo Carrillo un total de 300 salarios mínimos mensuales  legales  vigentes  por  concepto  de  daño  moral ocasionado por «la    muerte…el    secuestro…y    la   tortura»   del difunto.   

Finalmente,  pidió  para  los  hermanos  y  sobrinos  de  Pedro  Luis  Fontanilla  Vides  100  salarios  mínimos por daños  morales  y  otro  tanto  por  daños  psicológicos que le fueron infligidos por  razón del homicidio del nombrado.   

7.   Mediante  sentencia  de agosto 1° de 2014, el Tribunal resolvió sobre la responsabilidad  penal   de   PESTANA   CORONADO   y  las  pretensiones  indemnizatorias  de  las  víctimas.   

SENTENCIA RECURRIDA  

          Como  quiera  que  las  inconformidades  de  los  recurrentes están  vinculadas  exclusivamente  con  la  determinación  adoptada  por  el  Tribunal  respecto  de  la  indemnización  de los daños y perjuicios cuya indemnización  reclamaron  las  víctimas,  la Sala centra la reseña del fallo en los aspectos  objeto de impugnación.   

1.  El  Tribunal  partió  por  explicar  extensa  y  detalladamente  el  contexto  histórico  de  violencia  en  el  que  fueron  creadas  las  A.U.C.,  así  como  el proceso de  creación,  consolidación  y  expansión  del Bloque Norte de esa organización  criminal.   

2.  Posteriormente,  se   pronunció  sobre  los  cargos  que  le  fueron  formulados  al  postulado;  determinación  que  no  adoptó  en  la  audiencia  correspondiente,  sino  que  difirió  al  fallo,  con fundamento en lo decidido por esta Sala en providencia  que transcribió extensamente.   

En  ese sentido y luego de disertar sobre el  derecho  internacional  humanitario y la categoría de conflicto armado interno,  les  impartió  legalidad  en los mismos términos en que fueron presentados por  la  Fiscalía,  en  tanto  concluyó  que  se ajustan adecuadamente a los hechos  demostrados  y  se  cumplen los requisitos formales previstos en el artículo 10  de la Ley 975 de 2005 para dicho efecto.   

3. Tras examinar los  límites  punitivos  correspondientes  a  cada una de las conductas punibles por  las  cuales se elevaron cargos contra PESTANA CORONADO, el a quo coligió que la  sanción  más grave es la asignada al delito de homicidio en persona protegida,  que por lo tanto tomó como base para la dosificación punitiva.   

Efectuado  el  análisis  correspondiente,  estimó  apropiado  cifrar  la  pena  en  480  meses de prisión, multa de 7.100  salarios   mínimos   mensuales  legales  vigentes  e  inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y funciones públicas por igual término.   

No  obstante,  conforme  lo previsto en los  artículos  3°,  24  y  29 de la Ley 975 de 2005, sustituyó la sanción por la  alternativa de 8 años.   

4. En lo que tiene  que  ver  con  la indemnización de los perjuicios solicitada por las víctimas,  tras  discurrir  extensamente  sobre  los derechos a la verdad, la justicia y la  reparación    y    el    contenido   de   cada   una   de   esas   categorías,  consideró:   

4.1  Que  Janeth  María   Quintero   Clavijo   no   cumple  los  requisitos  establecidos  en  la  normatividad   vigente   para   ser   considerada   víctima,   pues  aunque  su  representante  le atribuyó la condición de perjudicada indirecta por la muerte  de  Ilmer  Antonio  Rodríguez  Hoyos  en condición de ex compañera permanente  suya,  lo  cierto es que las pruebas aportadas demuestran para el momento de los  hechos     llevaban    cinco    años    «de    no  convivir».   

4.2  Que  tampoco  existen  elementos  suasorios  para  tener como víctimas a Julio Enrique Araujo  Ariza,  William  Enrique  Marín  Carrillo,  Felicia  Isabel  Espinoza Carrillo,  Guillermina   Espinoza  Carrillo  y  Hermes  de  Jesús  Marín  Carrillo,  cuya  acreditación   como  tales  pretendió  su  mandatario  en  el  desarrollo  del  incidente de reparación integral.   

4.3   Dicho  lo  anterior,   el   Tribunal  indicó  que  si  bien  en  el  proceso  de  justicia  transicional  existe cierta flexibilidad probatoria que obra en beneficio de las  víctimas,  ello, como lo ha sostenido esta Corte, no implica que los perjuicios  cuya  reparación  reclaman  aquéllas  no  deban  estar  demostrados  de manera  suficiente,  tanto respecto de su existencia misma como de su cuantía, salvo en  punto  al daño moral subjetivado, frente al cual sólo se exige la prueba de lo  primero.   

Agregó que, de acuerdo con el artículo 5°  de  la  Ley 975 de 2005, modificado por el artículo 2° de la Ley 1592 de 2012,  «existe   una   presunción  legal  que  cobija  al  cónyuge,  compañero  o  compañera  permanente y familiares en primer grado de  consanguinidad…o  primero  civil de la víctima», de  modo   que  los  restantes  familiares  que  pretendan  ser  indemnizados  deben  demostrar la ocurrencia del daño.   

Con  fundamento  en  esas consideraciones y  luego  de  reseñar  los  elementos  cognoscitivos  aportados por las víctimas,  procedió  a  examinar  las  pretensiones  de  cada  una de ellas; análisis que  presentó en un esquema que la Sala sintetiza así:   

VÍCTIMA DIRECTA: LUIS ALFONSO SERRANO DURÁN  (HECHO N. 2)  

VÍCTIMAS  INDIRECTAS             

   

CONSIDERACIÓN            

   

DECISIÓN  

– Luz Enith  Serrano Durán (hermana).   

– Dinael Serrano Durán (hermano).  

–    Ciro    Antonio    Serrano   Durán  (hermano).   

–    John    Geiler    Serrano    Durán  (hermano).   

– Huber Serrano Durán (hermano).  

–    Elgar    Javier    Serrano   Durán  (hermano).             

Los  reclamantes  demostraron  el parentesco en segundo grado, pero debían probar el  daño  moral  porque  respecto de ellos no se presume, no obstante lo cual no lo  hicieron.             

No se reconoce  reparación   por   daño  moral  ni  material  «por  insuficiencia    probatoria».    No   ofrece   más  sustentación.  

– Adiela Durán Rivera  (madre).   

– Virgilio Serrano (padre).            

Demostraron   el  parentesco  en  primer  grado,  de  modo  se  presume  la  existencia  del daño  moral.             

Reconoce  reparación  por daño moral y material respecto de la progenitora.   

La niega para el padre, pues aquél falleció  y  «no  se  procedió  a  la  sucesión  procesal en  audiencia»,    de    modo    que    «no podrá ser objeto de reparación».  

El Tribunal  agregó:   «En  este  hecho  la  apoderada  judicial  solicita  reparación  por daño de la vida en relación, sin embargo éste debe  ser  probado  como  lo  ha  expresado  la Corte Suprema de Justicia, ello no fue  debidamente  probado  razón  por  la  cual la Sala debe proceder a denegar esta  pretensión».  

VÍCTIMA  DIRECTA:  FEDERICO  G. RAAD ROMERO  (HECHO NO. 4)  

VÍCTIMAS  INDIRECTAS             

   

CONSIDERACIÓN            

   

DECISIÓN  

– Luis Beltrán Queruz  Romero (hermano).   

– Ramiro Pérez Romero (hermano).  

– Milandy Raad Romero (hermano).            

Demostraron   el  parentesco  en  segundo grado, pero debían probar el daño porque no se presume  y no lo hicieron.             

No   se   reconoce  reparación   por   daño  moral  ni  material  «por  insuficiencia probatoria».   

No   se   reconoce   reparación   por  el  desplazamiento forzado.  

María Cristina Romero  Pérez (madre).             

Demostró el parentesco  en primer grado, de modo se presume la existencia del daño moral.             

Reconoce indemnización  por daño moral.   

Niega   reparación   por  daño  material  «al  no  demostrarse  relación  de  dependencia y/o  relación económica».   

No  se reconoce reparación por el delito de  desplazamiento forzado.  

– Enrique Queruz Amaris  (sobrino).   

–     Yorgelis     Queruz     Amaris  (sobrina).   

–    Daniel    Eduardo   Queruz   Amaris  (sobrino).   

– Lenith Queruz Amaris (sobrina).  

– Ariel Queruz Amaris (sobrino).  

–     Luz     Dary    Queruz    Amaris  (sobrina).   

–   Laudith   Cristina   Queruz   Amaris  (sobrina).   

–  Ramiro Alfonso Pérez Quintero (sobrino).   

–    Silvis    Paola   Pérez   Quintero  (sobrina).   

–     Jackelin     Pérez     Quintero  (sobrina).   

–     Yuiseth     Pérez     Quintero  (sobrina).   

–  Diana  Carolina  Raad  Matute  (sobrina).   

–   Lenit  Paola  Raad  Matute  (sobrina).   

–    Yoanis    Yanibeth    Raad   Matute  (sobrina).   

–    Carmen    Yadira    Raad    Matute  (sobrina).   

–     José     Luis    Raad    Matute  (sobrino).   

–     John    Edison    Raad    Romero  (sobrino).             

Como  quiera  que  el  daño  moral  sólo  se  presume  respecto del cónyuge, compañero o compañera  permanente   y  parientes  en  primer  grado  de  consanguinidad  o  civil,  les  correspondía  a  los interesados probar la existencia del perjuicio, lo cual no  ocurrió.             

Niega reparación por  daño   material   y   material  «por  insuficiencia  probatoria».   

Niega  indemnización  por  desplazamiento  forzado.  

–  Claudia  Patricia  Blanco Blanco (compañera permanente).   

– Marlon José Raad Blanco (hijo).  

Hellen     Cristina     Raad    Blanco  (hija).             

Probaron,  mediante  declaración  extraprocesal ofrecida por Blanco Blanco, que ésta era compañera  permanente  de  la  víctima,  como  también  el  parentesco en primer grado de  Marlon José y Hellen Cristina.   

            

Se    reconoce  indemnización por daños morales y materiales.  

Añadió la  Corporación:  «En  este hecho la apoderada judicial  solicita  reparación  por daño de la vida en relación, sin embargo éste debe  ser  probado  como  lo  ha  expresado  la Corte Suprema de Justicia, ello no fue  debidamente  probado  razón  por  la  cual la Sala debe proceder a denegar esta  pretensión».  

VÍCTIMA  DIRECTA:  JORGE NIÑO PARRA (HECHO  NO. 2)  

VÍCTIMAS INDIRECTAS            

   

CONSIDERACIÓN            

   

DECISIÓN  

– Dagoberto Niño Parra  (hermano).   

–     Ruth    Esther    Niño    Parra  (hermana).   

– Yolanda Niño Parra (hermana).  

–    Freddy    Alonso    Niño    Parra  (hermano).   

– Celena Niño Parra (hermana).  

– Jackelyn Niño Parra (hermana).  

– Lucila Niño Parra (hermana).            

Se   demostró  el  parentesco  en segundo grado, pero no la existencia del daño moral, que debían  probar  porque  respecto  de ellos no se presume. Tampoco aportaron prueba sobre  la existencia de perjuicios materiales.             

Niega  indemnización  por   perjuicios   morales,   materiales   y   daño  a  la  vida  en  relación  «por insuficiencia probatoria».   

Concede  reparación  por  el desplazamiento  forzado.  

Zenaida Sarabia Abril  (compañera permanente).             

Demostró la existencia  de la relación marital, por ende, se presume el daño moral.   

Acreditó la existencia de daños materiales.             

Concede indemnización  por daños materiales y morales.   

De  igual  modo, reconoce reparación por el  desplazamiento forzado.  

– María Graciela Parra  García (madre).   

– Cosme Niño Logo (padre).            

Demostró el parentesco  en   primer   grado,   por   ende,   se   presume   la   existencia   del  daño  moral.   

No  obstante, «no  se  aportó  prueba  si quiera sumaria que demostrara la relación o dependencia  económica con la víctima para demostrar el daño material».             

Otorga indemnización  por daños morales.   

Niega la pretensión frente a los perjuicios  materiales  y  daño  a  la  vida  en  relación «por  insuficiencia probatoria».   

Otorga  reparación  por  el  desplazamiento  forzado.  

Jorge Alexander Niño  Sarabia (hijo).             

Aunque  se  probó el  parentesco   en  primer  grado  respecto  de  la  víctima  directa, no fue  aportado el poder para su representación judicial.             

Niega cualquier forma  de    reparación    «en   atención   a   indebida  reparación».  

Eli  Yohana  Niño  Sarabia (hija).             

   

La  peticionaria  acreditó  la relación de  parentesco en primer grado, por lo que el daño moral se presume.   

También probó el daño material, pues para  la  época  de  los  hechos  era  menor  de  edad  y  dependía  económica  del  padre.             

   

Reconoce indemnización por daños morales y  materiales,   así   como   la   reparación   por  el  desplazamiento  forzado.   

Niega  reparación  por  daño  a la vida en  relación          «por         insuficiencia  probatoria».  

VÍCTIMA  DIRECTA: JUAN DE LA CRUZ MARTÍNEZ  MONTERROSA (HECHO. 3).  

VÍCTIMAS  INDIRECTAS             

CONSIDERACIÓN             

DECISIÓN  

–  Santiago Martínez  Peña (hijo).             

El  peticionario  no  aportó  el  registro  civil, por lo que, en ausencia de prueba idónea sobre el  parentesco,   no   es  posible  presumir  el  daño  moral  ni  reconocer  daño  patrimonial alguno.   

Como no se demostró el parentesco, no puede  tenerse  por  acreditado  que  el  desplazamiento  de  Martínez Peña haya sido  consecuencia de la muerte de Martínez Monterrosa.             

Niega  toda  forma de  reparación,  tanto  por  daños materiales como inmateriales e, incluso, por el  desplazamiento.  

– Ana Albertina Peña  Quiroz (compañera permanente).   

–    Yadis   Manuel   Monterrosa   Peña  (hijo).             

Acreditó la condición  de  compañera sentimental de Martínez Monterrosa, lo cual permite presumir los  daños    morales    sufridos.    También    probó   haber   sido   desplazada  forzadamente.             

Reconoce  reparación  por    daño    moral.    Concede    indemnización    por   el   desplazamiento  forzado.  

–  Zenith  Martínez  Ramírez (hermana).             

No  se  demostró  la  relación  de  parentesco  con el difunto porque no se allegó registro civil de  nacimiento.             

Niega  reparación  «por insuficiencia probatoria».  

VÍCTIMA  DIRECTA:  DIOMAR  QUINTERO NAVARRO  (HECHO NO. 2)  

VÍCTIMAS  INDIRECTAS             

CONSIDERACIONES             

DECISIÓN  

–  Osneider  Quintero  Rodríguez (hijo).   

–   Yeidis   Paola   Quintero   Rodríguez  (hija).   

–  Omaira  Rodríguez  Gelvis  (compañera  permanente).             

Demostraron el vínculo  de  parentesco  de  primer grado y la relación marital, lo que permite presumir  el perjuicio moral.   

Probaron la causación de daños económicos  y también que fueron víctimas de desplazamiento forzado.             

Reconoce indemnización  por  daños  morales  y  materiales y por los ocasionados por el desplazamiento.  

VÍCTIMAS DIRECTAS: ILMER Y JORGE RODRÍGUEZ  HOYOS      (HECHO NO. 2)  

VÍCTIMAS  INDIRECTAS             

CONSIDERACIONES             

DECISIÓN  

–   Carmela  Hoyos  Sepúlveda (madre).   

– Efraín Rodríguez Meza (padre).            

Se   acreditó  el  parentesco  permisivo  de  presumir  el  daño  moral; también la ocurrencia de  daños materiales.             

Concede reparación por  daños morales y materiales, así como por el desplazamiento.  

–  Marina  Rosario  Rodríguez Hoyos (hermana).   

–     Nancy     Rodríguez     Hoyos  (hermana).   

–   Efraín  Rodríguez  Hoyos  (hermano).   

–  María  de  los Ángeles Rodríguez Hoyos  (hermana).   

–     Rosalba     Rodríguez     Hoyos  (hermana).   

–     Carmela     Rodríguez     Hoyos  (hermana).   

–     Geovany     Rodríguez     Hoyos  (hermano).             

Se   demostró  el  parentesco  en  segundo grado de consanguinidad, pero no la ocurrencia de daños  morales o patrimoniales.   

Se acreditó la ocurrencia del desplazamiento  forzado.             

Niega  indemnización  por  perjuicios  morales  o  materiales  ocasionados a raíz de la muerte de sus  hermanos          «por         insuficiencia  probatoria».   

Reconoce  reparación  por el desplazamiento  forzado.  

– María Digneri Peña  Lázaro (compañera permanente).   

–  Noralba  Becerra  Quintero  (compañera  permanente).   

–   Sheila   Johanna   Rodríguez   Peña  (hija).   

–  Jorge Leonardo Rodríguez Becerra (hijo).   

–  Liceth  Paola  Rodríguez Becerra (hija).             

Acreditada  mediante  declaración  extra juicio la existencia de la relación marital y el parentesco  en  primer  grado,  el  daño  moral se presume. Se probó también el perjuicio  moral y la ocurrencia del desplazamiento forzado.             

Se reconoce reparación  por  daños  morales y económicos, como también por el desplazamiento forzado.  

–  Zenaida  María  Rodríguez Hoyos (sobrina).   

–   Claudia   Patricia   Rodríguez  Hoyos  (sobrina).             

Aunque   probaron  mediante  la  respectiva  copia  del registro civil de nacimiento el vínculo de  parentesco  con  los difuntos, no demostraron la ocurrencia del daño moral, que  no puede presumirse, ni económico.             

Niega reparación por  daños  morales  o  patrimoniales  «por insuficiencia  probatoria».   

Se   reconoce   indemnización   por   el  desplazamiento forzado.  

VÍCTIMA  DIRECTA:  MANUEL  PUENTES  JAIMES  (HECHO NO. 2)  

VÍCTIMAS  INDIRECTAS             

CONSIDERACIONES             

DECISIÓN  

– Uriel Puentes Jaimes  (hermano).   

–   Rosalba   Puentes   Jaimes  (hermana).   

– Samuel Puentes Jaimes (hermano).  

– Jairo Puentes Jaimes (hermano).  

–  José  Luis  Puentes  Jaimes  (hermano).             

Fue   probada   la  relación  de  parentesco  en  el  segundo  grado  de consanguinidad, pero no la  ocurrencia  de  un  daño  moral.  Tampoco  se demostró que fuesen víctimas de  desplazamiento forzado.             

No concede reparación  por  daño  moral  o  material  ni  por  desplazamiento  forzado  «por insuficiencia probatoria».   

Sólo  respecto de José Luis Puentes Jaimes  reconoció la reparación por desplazamiento forzado.  

Manuel   Puentes  (padre).             

Se   acreditó  el  parentesco en primer grado y la existencia de daños materiales.             

Otorga reparación por  daños materiales y morales.   

No concede indemnización por desplazamiento  forzado.  

VÍCTIMA DIRECTA: PEDRO LUIS FONTANILLA VIDES  (HECHO N. 2)  

VÍCTIMAS  INDIRECTAS             

CONSIDERACIONES             

DECISIÓN  

– Leonidas Isabel Vides  de Ángel (madre).   

–   Luis   Alberto   Fontanilla   Barros  (padre).             

Se   demostró  el  vínculo  de  parentesco  en  primer  grado,  de  modo que el perjuicio moral se  presume.   No   se   acreditó  la  existencia  de  afectaciones  patrimoniales.   

Los medios suasorios aportados dan cuenta de  que fueron víctimas de desplazamiento forzado.             

Otorga reparación por  daño  moral,  no así con el perjuicio material «por  insuficiencia probatoria».   

Reconoce   indemnización  por  daño  por  desplazamiento forzado.  

–   Francia  Elena  Fontanilla Vides (hermana).   

–    Sixta    Tulia   Fontanilla   Vides  (hermana).   

–    Omar   Enrique   Fontanilla   Vides  (hermano).   

–     Yulieth     Fontanilla     Vides  (hermana).             

No  se  demostró  la  ocurrencia  de  daños morales derivados del fallecimiento, los cuales no pueden  presumirse   por   razón  del  vínculo  de  parentesco  que  los  une  con  la  víctima.   

Acreditaron   haber   sido   desplazados  forzosamente de su lugar de vivienda.             

Niega reparación por  daños  morales  y  económicos  por  «insuficiencia  probatoria».   

Concede indemnización por el desplazamiento  forzado del que fueron víctimas directas.  

–  Julio  Humberto  Fontanilla Vides (hermano).   

–  Ruth  Yarelis Fontanilla Vides (hermana).   

–   José   Antonio   Fontanilla   Vides  (hermano).   

–   Vitelma  de  Jesús  Fontanilla  Vides  (hermana).   

–    Amira    Rosa    Fontanilla   Vides  (hermana).   

–     Andrés     Fontanilla     Vides  (hermano).   

–   Ángela   Mercedes   Fontanilla  Vides  (hermana).             

No  se  demostró  la  ocurrencia  de  daños morales derivados del fallecimiento, los cuales no pueden  presumirse   por   razón  del  vínculo  de  parentesco  que  los  une  con  la  víctima.   

Tampoco  que  hubiesen  sido  víctimas  de  desplazamiento forzado.             

Niega reparación por  daños  morales  y  económicos  por  «insuficiencia  probatoria».   

No  otorga  reparación  por  desplazamiento  forzado.  

VÍCTIMA  DIRECTA:  ORLANDO  ENRIQUE  ARAUJO  CARRILLO      (HECHO N. 2)  

William Enrique Camargo  Cuevas (hijo).             

Como quiera que no se  demostró  el  vínculo  de  parentesco  con  la víctima directa, no es posible  reconocer indemnización alguna.             

No  reconoce  ninguna  reparación         «por        insuficiencia  probatoria».  

–  Fernando  Octavio  Araujo Hugues (hermano).   

–    Álvaro    Junior   Araujo   Hugues  (hermano).   

–   Yaneth   del   Socorro  Araujo  Hugues  (hermana).   

–    Álvaro   Enrique   Araujo   Hugues  (hermano).   

–    Rocío    Isabel    Araujo   Hugues  (hermana).   

–     Mallerlin     Araujo     Ariza  (hermano).   

–    Mirtha    Cecilia    Araujo   Ariza  (hermana).   

–    Elvira    Esther    Araujo    Ariza  (hermana).   

–  Robert  de Jesús Araujo Ariza (hermano).   

–    Jorge    Luis    Araujo    Hugues  (hermano).   

–    Rafael    Ignacio   Araujo   Hughes  (hermano).   

–   Piedad   de   Jesús   Araujo   Hugues  (hermana).   

–  Julio  Enrique  Araujo  Hugues (hermano).   

–   William   Enrique   Espinoza  Carrillo  (hermano).             

Se probó la relación  de  parentesco,  pero no la existencia real de un daño moral susceptible de ser  indemnizado.             

No reconoce daño moral  «por insuficiencia probatoria».  

Julio  Enrique Araujo  Ramírez (padre).             

Se   demostró  el  vínculo  de  parentesco  en  primer  grado,  lo  cual permite presumir el daño  moral.    Sin    embargo,   no   se   probó   la   ocurrencia   de   perjuicios  materiales.             

Concede indemnización  por   daños  morales.  La  niega  respecto  de  las  afectaciones  económicas.  

OTRAS VÍCTIMAS  

Edilsa   Rangel  Campo.             

Aunque se alegó que se  vio  forzada  a  desplazarse  como consecuencia del homicidio de Juan de la Cruz  Martínez  Monterrosa,  de cuyo hermano, Miguel, dijo ser compañera permanente,  no se probó ese vínculo ni el parentesco entre uno y otro.             

Niega  indemnización  por el desplazamiento forzado.  

Sindy   Torregrosa  Mejía, hija de Martín Torregrosa Jaraba.             

Se probó el vínculo  de  parentesco  entre  Sindy  y  Martín,  por cuyo homicidio fue sentenciado el  postulado   ante   la   justicia  ordinaria.  Se  demostró  también  que  como  consecuencia de ello, la nombrada debió desplazarse.             

Otorga reparación por  daños morales y materiales por el homicidio.   

Se ordena la acumulación de lo decidido por  la sentencia proferida ante la jurisdicción ordinaria.  

Norberto Amador Ávila,  víctima directa de secuestro.             

Se   demostró  la  ocurrencia  de la privación de la libertad, lo cual, conforme la jurisprudencia  de esta Sala, da lugar a presumir los perjuicios.             

Reconoce  reparación  por   daños   morales   y   materiales,   así   como   por  el  desplazamiento  forzado.  

4.4 Esclarecido lo  anterior,  procedió  a la liquidación de las respectivas indemnizaciones, para  lo  cual  expuso  las  fórmulas  con  fundamento en las cuales tasó los daños  patrimoniales,   esto  es,  el  daño  emergente  y  lucro  cesante  presente  y  futuro.   

En  punto  a  los  perjuicios inmateriales,  precisó  que  aplicaría  los  topes  establecidos en la jurisprudencia de esta  Corporación, así:   

     

i. Homicidio:  100  salarios  mínimos  mensuales  legales vigentes por  concepto  de  daño  moral subjetivado para el cónyuge, compañero o compañera  permanente,  padres  o  hijos  de  la  víctima;  50%  de  ese  valor  para  los  hermanos.   

ii. Desplazamiento  forzado:  $17.000.000  para cada miembro del núcleo  familiar, sin que exceda de $120.000.000 por grupo.   

iii. Secuestro:  30  salarios mínimos mensuales legales vigentes para la  víctima directa.     

Con esas pautas y específicamente en lo que  tiene que ver con el objeto de la alzada, resolvió:   

4.4.1 En relación  con   el  núcleo  familiar  de  Luis  Alfonso  Serrano  Durán,  otorgar  a  la  progenitora,  Adiela  Durán Rivera, 100 S.M.M.L.V. por daño moral. Negar, como  ya  se  reseñó,  la  reparación  a  ese  título  respecto  de  sus hermanos.   

4.4.2  Respecto de  la  familia  de  Jorge Niño Parra, conceder 100 S.M.M.L.V por concepto de daño  moral  a los padres, la compañera permanente y la hija del difunto; negar, como  quedó  expuesto,  la  reparación  a  ese  título  para  los hermanos y demás  familiares.   

En   lo   que   tiene   que  ver  con  el  desplazamiento  forzado,  dispuso  el  pago  de $13.333.333 para cada uno de los  miembros  del  núcleo  familiar de Niño Parra, esto es, sus padres y hermanos,  como  quiera  que  el  límite  total  de  la  indemnización  en  este ámbito,  insistió, es de $120.000.000.   

A  la  compañera  permanente y la hija del  occiso les reconoció $17.000.000.   

4.4.3  En punto a  los  familiares  de Manuel Puentes Jaimes, condenó al pago de 100 S.M.M.L.V por  concepto   de  daño  moral  causado  a  su  padre,  Manuel  Puentes.  Negó  la  pretensión respecto de sus hermanos.   

De igual modo, otorgó a José Luis Puentes  Jaimes  indemnización  por  valor  de $17.000.000 por su condición de víctima  directa de desplazamiento forzado.   

4.4.4 Frente a los  parientes   de   Diomar  Quintero  Navarro,  concedió  100  S.M.M.L.V  para  su  compañera  permanente  y  sus  dos  hijos,  respectivamente, por los perjuicios  morales infligidos.   

Por  haberse visto forzados a abandonar sus  respectivos  lugares  de habitación, concedió $17.000.000 para cada uno de los  perjudicados,  esto  es,  Omaira Rodríguez Gelvis y sus hijos Yeidis y Osneider  Quintero Rodríguez.   

4.4.5 En relación  con  la  víctima  Norberto  Amador  Ávila, el a quo reconoció reparación por  valor de $17.000.000 en razón del desplazamiento forzado.   

4.4.6   A  los  familiares  de  Orlando Enrique Araujo Carrillo respecto de los cuales encontró  probado   el  daño  moral,  les  otorgó  indemnización  en  cuantía  de  100  S.M.M.L.V   

4.4.7  A  quienes  demostraron  haber sufrido perjuicios como víctimas indirectas del homicidio de  Pedro Luis Fontanilla Vides, otorgó 100 S.M.M.L.V.   

Además,  a  los  miembros  de  su  núcleo  familiar  que  probaron  haber  sido  desplazados les reconoció, por ese hecho,  $17.000.000 respectivamente.   

4.4.8  En punto a  los  familiares  de  los hermanos Ilmer y Jorge Rodríguez Hoyos que acreditaron  haber  sufrido  daños  morales  por la muerte de los nombrados, la Corporación  les concedió por ese concepto 100 S.M.M.L.V.   

En igual sentido y a modo de reparación por  los  daños  sufridos  como consecuencia del desplazamiento forzado, condenó al  pago  de  i)  $17.000.000  para  María  Digneri  Peña  Lázaro, Sheila Johanna  Rodríguez  Peña, Noralba Becerra Quintero, Jorge Leonardo Rodríguez Becerra y  Liceth  Paola  Rodríguez  Becerra,  de  un lado, y ii) $10.909.090 para Carmela  Hoyos  Sepúlveda,  Efraín  Rodríguez  Meza,  Marina  Rosario, Nancy, Efraín,  María  de  los  Ángeles, Rosalba, Carmela, Geovany, Zenaida y Claudia Patricia  Rodríguez  Hoyos,  en atención al límite de $120.000.000 por núcleo familiar  fijado por la jurisprudencia de esta Sala.   

4.4.9  A  Yadis  Manuel  Monterrosa  Peña  y  Ana  Albertina  Peña  Quiroz,  hijo  y compañera  permanente  de  Juan  de  la  Cruz  Martínez  Monterrosa,  respectivamente, les  concedió,  además de la reparación por los daños patrimoniales sufridos, 100  S.M.M.L.V  a  cada  uno por el homicidio del nombrado, así como $17.000.000 por  el desplazamiento forzado del que fueron víctimas.   

4.4.10  Para  las  víctimas  indirectas  de  la  muerte  de Juan de la Cruz Martínez, el Tribunal  concedió  100  S.M.M.L.V.  por  concepto  de daño moral, así como $17.000.000  como  indemnización  por  el desplazamiento forzado a quienes demostraron haber  sufrido esa situación.   

4.4.11 En relación  con  los familiares de Federico Gildardo Raad Romero, estimó apropiado fijar el  monto de la reparación por daño moral en 100 S.M.M.L.V.   

4.5  De otro lado,  el  a  quo  adoptó  medidas  de  satisfacción  «en  general  para  todas  las  víctimas  acreditadas  y reconocidas», concretamente,  impuso  a  PESTANA  CORONADO  el  reconocimiento  de  responsabilidad  y  perdón  público,  así  como  la  realización de actos de  alcance público.   

De  igual  manera,  ordenó  «para  todas  las  víctimas  quienes solicitaron la rehabilitación  como   medida  de  reparación»  la  realización  de  valoraciones  psicológicas  y,  de ser el caso, de tratamientos apropiados para  mermar los padecimientos causados.   

En punto a las peticiones de «fomento  al  empleo, subsidios para la construcción o mejoramiento  de  vivienda  (y) acceso preferencial al SENA» y otras  solicitudes  similares,  dispuso  varias  medidas que en aras de la brevedad, en  tanto no fueron objeto de reparo, la Sala se abstiene de reseñar.   

4.6  En punto a la  solicitud  de la Procuraduría General de la Nación referente al reconocimiento  de  un  daño  colectivo ocasionado como consecuencia del actuar del postulado y  su  consecuente reparación, el a quo estimó que ello no es procedente, pues en  el  caso examinado «no existe un sujeto colectivo que  deba ser reparado».   

LAS IMPUGNACIONES  

          La  sentencia  de  primera instancia fue recurrida por varios de los  representantes  de  las  víctimas, únicamente en relación con lo decidido por  el    Tribunal   respecto   de   las   indemnizaciones   reclamadas.   

           1.    La  representante  judicial  de  las  víctimas indirectas de los homicidios de Luis  Alfonso  Serrano  Durán y Jorge Niño Parra y de algunos familiares de Federico  Gildardo  Raad  Romero,  por  vía  de  la  apelación, pide que la decisión de  primer  grado sea revocada «en solo lo concerniente a  los  perjuicios inmateriales y materiales si es el caso ocasionados con el daño  en   los   homicidios…a   los   hermanos  y  demás  familiares».  En  su  lugar,  que  se  les  reconozca  el  resarcimiento  en los  términos en que fue solicitado (fs. 5 y siguientes).   

          Luego  de  reseñar  brevemente  el  fallo  confutado en lo que a la  responsabilidad   civil   del   postulado   respecta,   indicó  que  el  a  quo  «no  reconoció  daños  materiales  ni inmateriales  para  los hermanos de la víctima directa por insuficiencia probatoria ya que no  era  suficiente  el  registro  de nacimiento que sólo lo acredita como víctima  dentro del proceso, lo mismo que para los sobrinos».   

          Lo  anterior,  pues  en  criterio de esa Corporación la presunción  del  daño  sólo  opera  en  beneficio  del  cónyuge,  compañero o compañera  permanente  y  parientes  en  primer  grado  de  consanguinidad o civil, no así  frente a los hermanos y sobrinos.   

          No  obstante,  indicó, la Corte Interamericana de Derechos Humanos,  cuyas  decisiones  son  aplicables  en los procesos seguidos por delitos de lesa  humanidad  o  contra  el D.I.H., ha sostenido que en los casos de «muy    cercanos    familiares   a   la   víctima»,   como  sucede  con  los hermanos y sobrinos, la prueba del parentesco  es  suficiente  para  tener  por  acreditado el daño moral, pues «un  vínculo  estrecho  de  familia  presupone  la existencia de un  dolor compartido».   

          1.1  De  acuerdo con lo expuesto, aseveró  que  en  el caso de Luz Enith, Dinanel, Ciro Antonio, John Geiler, Huber y Elgar  Serrano  Durán,  se demostró suficientemente su parentesco con su hermano Luis  Alfonso,  pero  además,  una  carta  suscrita  por  su  madre Adiela que no fue  valorada  por  el  a  quo, en la que da cuenta de «el  sufrimiento de toda la familia».   

          Agregó   que   los   distintos   formatos  de  registro  de  hechos  atribuibles  a grupos armados ilegales diligenciados por los hermanos del occiso  revelan  que  entre  aquéllos  y  éste  existía  una relación de convivencia  cercana,  de  modo  que «hay pruebas suficientes para  otorgar la indemnización».   

          1.2  Igual  sucede,  alegó,  con Yolanda,  Freddy  Alonso,  Celena,  Jackelin, Lucila, Dagoberto y Ruth Esther Niño Parra,  hermanos  de  Jorge  Niño  Parra, respecto de quienes fue probado igualmente el  parentesco    y    «el   sufrimiento   emocional»  sufrido,  esto  último,  a través de los formatos de  registro  de  hechos  atribuibles  a  grupos  armados  ilegales  y  la  denuncia  presentada  ante  las  autoridades  competentes  luego  de  ocurrido  el  hecho.   

          1.3  Finalmente,  en  relación  con  Luis  Beltrán  Queruz  Romero  y  Milandy y Osnidio Raad Romero, hermanos de Federico  Gildardo  Raad Romero, la recurrente adujo que, más allá de haberse probado el  parentesco  y  la  relación  de  proximidad  existente entre ellos mediante los  formatos  de  registro  de  hechos  atribuibles  a  grupos armados ilegales, fue  aportada  la  matrícula  mercantil  de  la empresa “Hermanos Raad”, lo cual  demuestra  que  «son  campesinos  con  vocación  de  empresarios  que  se  unieron  para  generar  ingresos  para  toda  la familia»  y  se constituye en «prueba  para establecer el daño emocional ocasionado a los hermanos».   

          2.   La   profesional   del  derecho  que  representa  los  intereses  de  los familiares de Ilmer y Jorge Rodríguez Hoyos  pidió   la   revocatoria   de   la   sentencia  de  primera  instancia  en  dos  aspectos.   

          De  una parte, en tanto negó la indemnización por daño moral para  los  hermanos  y  sobrinos  de  los  nombrados;  de  la otra, porque si bien les  reconoció  reparación  en  condición  de víctimas directas de desplazamiento  forzado,  al  tasar  su  monto acudió a un criterio jurisprudencial de abril de  2011  que,  por  haberse  erigido  años  atrás,  debe  actualizarse  (fs. 21 a  27).   

          2.1  En relación con lo primero, aseveró  que  la  decisión  confutada  comporta la violación del principio de igualdad,  pues  «en anteriores sentencias de Justicia y Paz se  tuvo  en  cuenta  la presunción del daño moral en los hermanos», pero   además,   que  exigir  prueba  de  tales  perjuicios  a  sus  representados               «resultaría  revictimizante».   

          Agregó  que  el  sufrimiento  padecido  por  los  familiares de los  difuntos  hermanos  Rodríguez  Hoyos  «es  un hecho  notorio».   

          En  esa comprensión, luego de transcribir plurales pronunciamientos  de  distintas  autoridades judiciales de diferente especialidad y jerarquía, la  apelante  aseguró que sus mandantes «sufrieron en su  fuero  interno…por  los  hechos  ocurridos  en  la  pérdida de sus familiares  cercanos»,  de  lo  cual constituye prueba suficiente  «la      aproximación      a      los     entes  públicos»,   pues   «no  tendría   sentido   realizar   actos   de   declaración   de   los   hechos  y  hacer  uso  del  derecho de  postulación   cuando   no   se   tiene  ningún  sentimiento  por  la  víctima  directa».   

          2.2  En  relación con el segundo punto de  inconformidad,  esto  es,  el  monto  de  la  indemnización  ordenada  por  las  afectaciones  ocasionadas  como consecuencia del desplazamiento forzado, indicó  que  el  Tribunal la tasó con soporte en lo decidido por esta Sala en decisión  de  abril  27  de  2011,  fecha  desde  la  cual «han  transcurrido  aproximadamente 4, lo cual nos indica que debió actualizarse…lo  que  nos daría una suma superior a (la)…que se les reconoció en la sentencia  impugnada».   

          2.3     Adicionalmente    pidió,    sin  sustentación  previa, que se fije «el plazo para que  la  Comisión  de  Reparación  haga  los  pagos correspondientes» a las indemnizaciones decretadas.   

          3.   El  representante  judicial  de  los  familiares  de  Manuel  Puentes Jaimes y de algunos de los familiares de Juan de  la  Cruz  Martínez  Monterrosa  y  Martín  Alonso  Torregrosa Jaraba pidió la  revocatoria  de la sentencia de primera instancia en los mismos aspectos (fs. 28  a 32).   

          3.1  El  recurrente  adujo que el Tribunal  negó  la indemnización del daño moral sufrido por Jairo, Samuel, José Luis y  Uriel  Puentes Jaimes, hermanos del difunto, por considerar que su existencia no  fue probada.   

          No  obstante,  alegó,  fueron  allegadas  pruebas  que  el a quo no  valoró  y que dan cuenta del «dolor y la congoja que  produjo  (en  ellos)  la  muerte violenta, injusta e inexplicable» de la víctima directa.   

          En  ese  sentido, aludió al registro de hechos atribuibles a grupos  armados  ilegales  que  diligenció  cada uno de los hermanos, lo cual demuestra  que  «a  pesar del tiempo, tienen vivo en su memoria  la  ocurrencia  del  hecho  que  le  arrebató  a  su miembros familiar (sic)»,  como    también    que    quieren    «saber  la  verdad  del  porqué  o las razones que motivaron a este  grupo    irregular…    (a)    tomar   la   determinación   de   quitarle   la  vida».   

          También   se  aportó  el  registro  civil  de  nacimiento  de  los  reclamantes,  el  cual  permite inferir el «dolor que  aun  guardan en su corazón» porque de lo contrario no  se  entendería  que  se  hayan  tomado  el  trabajo  de probar el parentesco, y  «la  ficha  socioeconómica  de  la  defensoría del  pueblo,  ente  a  donde acudieron…para solicitar la representación dentro del  proceso…y  que  demuestra  el  interés  de querer saber la verdad, justicia y  reparación».   

          En  todo  caso, agregó el opugnador, la decisión confutada resulta  violatoria  del  derecho  a  la  igualdad,  pues,  como  se  dice  en idénticos  términos   en   la   apelación   reseñada   precedentemente,   «en  anteriores  sentencias  de  justicia y paz se tuvo en cuenta la  presunción   de  daño  moral  en  los  hermanos»  y  «resultaría     revictimizante»    exigir prueba de ello.   

          3.2  De  otro  lado, censuró la decisión  del  Tribunal en tanto «liquidó el daño causado con  motivo  del desplazamiento sufrido por las víctimas con base en la sentencia de  fecha  27  de abril de 2011», pues desde esa fecha han  transcurrido   cerca   de   4   años  y,  por  lo  tanto,  dicho  monto  debió  actualizarse.   

          4.   Por  último,  el  apoderado  de  los  familiares  de  Orlando  Enrique  Araujo  Carrillo,  Pedro  Luis  Fontanilla  Vides  y de algunos parientes de  Federico  Fernando  Raad  Romero y Juan de la Cruz Martínez Monterrosa reclamó  la  revocatoria  del  fallo  de  primera  instancia  en  varios puntos (fs. 34 a  39).   

          4.1   En   primer  lugar,  el  recurrente  manifestó  que  el  a  quo  negó  la  condición de víctima a William Enrique  Camargo   Cuevas,  hijo  de  Orlando  Enrique  Araujo  Carrillo,  aduciendo  que  «la  documentación  anexada  y  recibida  ante  la  Fiscalía no fueron allegados al proceso (sic)».   

          Ello,  sin  embargo,  es  equivocado, pues la omisión en que en ese  sentido   incurrió   la  Fiscalía  no  puede  perjudicar  a  la  víctima;  en  consecuencia,   «le   corresponde  a  la  fiscalía  corregir  la  omisión», máxime si se tiene en cuenta  que  «la víctima indirecta goza de la presunción de  que la prueba está en el expediente».   

          En  ese  orden, si los medios suasorios que sustentan la pretensión  fueron  entregados  oportunamente  a la Fiscalía, no puede exigirse al afectado  «presentar dos veces la misma prueba».   

          Por  lo  anterior,  pidió que se ordene la reparación para Camargo  Cuevas  en  los  términos solicitados en la oportunidad procesal oportuna, para  lo  cual  aportó  como  prueba  una  copia  auténtica  de su registro civil de  nacimiento.   

          4.2  De  otro  lado, censuró la sentencia  recurrida  «en relación al no reconocimiento de los  daños  morales»  respecto de los hermanos de Orlando  Enrique  Araujo  Carrillo,  Pedro  Luis  Fontanilla  Vides  y  Juan  de  la Cruz  Martínez  Monterrosa,  así  como  del sobrino de Federico Gildardo Raad Romero  que representa.   

          Lo  anterior, pues el Tribunal, al adoptar esa decisión, perdió de  vista  que  el  artículo 5° de la Ley 1448 de 2011 establece la presunción de  buena  fe,  como  también  lo  dispuesto en el artículo 27 del Decreto 3011 de  2013,  inciso  3°,  a  cuyo  tenor  «el relato de la  víctima constituye prueba sumaria de la afectación causada».   

          En  ese  orden, las narraciones de las víctimas indirectas debieron  ser  tenidas  en cuenta por el a quo como prueba suficiente de las pretensiones;  «omisión  esta que debe corregirse en el recurso de  alzada y conceder las indemnizaciones solicitadas».   

          El  recurrente manifestó que si bien «la  sala  penal  del honorable Consejo de Estado (sic)» ha  sostenido  que  los  daños  morales  sólo  pueden presumirse frente a hermanos  mayores,  lo  cierto es que esa tesis es violatoria del principio de igualdad y,  en  todo  caso,  esta  Corte, concretamente en decisión proferida en el proceso  radicado   35.637,   consideró   que   «solo  basta  demostrar    el   parentesco   con   las   víctimas   directas»   para  reconocer  la  reparación a los parientes en segundo grado de  consanguinidad.   

          Así,  además  de  desconocer  el  precedente,  el  fallo censurado  comportó   un   trato   discriminatorio  contra  sus  mandantes  «dada  su  evidente  condición  de  desventaja  dentro  del proceso  transicional»,  como  quiera  que en éste las reglas  probatorias  deben  flexibilizarse,  máxime  que «la  Corte  Penal Internacional de derechos humanos (sic) en diferentes sentencias ha  reiterado   sobre   la   indemnización   de   los  daños  inmateriales  a  los  familiares…en     segundo     grado    de    consanguinidad».    Agregó   que,  en  esa  lógica,  los  daños  sufridos  deben  ser  considerados como un hecho notorio que no requiere demostración.   

          De  acuerdo  con  lo  expuesto,  pidió que se ordene la reparación  reclamada  para  los  hermanos  y  sobrinos  de las víctimas directas a quienes  representa.   

          4.3  Sin  sustentación  o  argumentación  alguna,  pidió «fijar plazo para que la comisión de  reparación  haga  los pagos correspondientes…por cuanto el magistrado ponente  en su parte resolutiva no lo estableció».   

NO RECURRENTES  

Una  profesional  del  derecho  adscrita al  Sistema  Nacional  de  Defensoría  Pública,  en  condición  de  representante  judicial  de  algunas víctimas, intervino como no recurrente para solicitar que  se  acceda  a  lo  reclamado  por  los apelantes en el sentido de «reconocerle   a   los   hermanos   la   presunción»  de existencia de daño moral (fs. 54 a 56).   

Alegó  que  la  Carta  Política  atribuye  plenos  efectos  jurídicos a los tratados y convenios internacionales aprobados  y  ratificados por Colombia relacionados con la protección de derechos humanos,  por  lo  cual  debe aplicarse el criterio de la Corte Interamericana de Derechos  Humanos,  conforme  al cual «se puede presumir que la  muerte de una persona ocasiona a sus hermanos un daño moral».   

Adveró  que «en  sentencia  del  17 de julio de 1992 (sic)», el Consejo  de  Estado  recogió  el  criterio  según  el  cual  esas afectaciones sólo se  presumen  respecto  de  hermanos  menores,  para  sostener en su lugar que dicha  exoneración  probatoria  opera para «parientes hasta  el   segundo   grado   de   consanguinidad   y   primero  civil»,  tal como lo indicó en fallo de septiembre 25 de 2013.   

         

CONSIDERACIONES  

Competencia.  

Al tenor de los artículos 23 y 26 de la Ley  975  de  2005,  este  último  modificado  por el artículo 27 de la Ley 1592 de  2012,  en  armonía  con lo establecido en el numeral 3° del artículo 32 de la  Ley  906  de  2004,  esta  Sala  es  competente  para  resolver  las apelaciones  interpuestas   contra  la  sentencia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de  Barranquilla.   

        Dicha  competencia  se  halla limitada al objeto de la inconformidad  exteriorizada     por     los     recurrentes,     esto     es,     «a    los   tópicos   esencialmente  planteados  por  el  impugnante,  de  conformidad  con  los  argumentos precisos  presentados    en    su    apoyo,    sean    estos   fácticos,   jurídicos   o  probatorios»1,   de  tal  suerte  que  el  ad  quem  sólo  está  facultado para examinar el acierto de la  providencia  atacada  en  los  puntos  frente  a  los  cuales quienes apelan han  manifestado disenso.   

        En  contraste,  en  punto  a  las  consideraciones,  apreciaciones y  conclusiones  contenidas  en  la  decisión de primer grado que no son objeto de  censura,  se  entiende la conformidad de las partes, de manera que no es posible  para  el superior «abordar  de  nuevo  todos  y  cada  uno  de  los elementos que componen la definición de  existencia   del  delito  y  responsabilidad  penal…ni  tampoco  reclamar  que  también  en reiteración a lo efectuado por el A quo, examine individualmente y  en    su    conjunto    la   totalidad   del   acopio   probatorio»2.   

         En  ese  orden  de  ideas,  la  Sala  emprenderá  el  examen de los  recursos  con  respeto  al principio de limitación, sin extender el análisis a  aspectos  no  impugnados  y  no  vinculados  inescindiblemente con la materia de  impugnación.   

Sobre  la  prescripción  de  la  acción  penal.   

Importa precisar inicialmente, en atención  a  la  fecha de los hechos cuya comisión se atribuye a PESTANA CORONADO, que de  acuerdo  con el reiterado criterio de la Corporación, en el proceso de justicia  transicional  no  opera  el término prescriptivo de la acción penal que, en el  contexto     del     procedimiento     penal     ordinario,     determina     su  extinción.   

La  Sala  ha  sostenido,  con fundamento en  jurisprudencia  de la Corte Constitucional y la Corte Interamericana de Derechos  Humanos,  que en el marco del proceso previsto en la Ley 975 de 2005 el término  prescriptivo  de la potestad punitiva del Estado es inoperante, pues tratándose  de  un  sistema  de  enjuiciamiento  criminal  sustentado en la voluntad libre y  autónoma   del    incriminado   de   someterse   y   contribuir   con   la  materialización  de  los  derechos de las víctimas, ha de entenderse que éste  «renuncia   a   la  prescripción  de  esa  acción  penal»3.   

Más  adelante  y  con mayor desarrollo, la  Corporación precisó:   

«…es  necesario  tener  presente que la  justicia  transicional  es de excepción, que aspira a dar una respuesta no solo  a  los  problemas  de  violaciones  sistemáticas o generalizadas a los Derechos  Humanos,  sino  a  todos  los  demás  delitos  cometidos  como consecuencia del  accionar  de  grupos  armados organizados al margen de la ley y hacer efectivos,  al  mayor  nivel  posible,  los  derechos  a  la  verdad,  la  justicia  y  la reparación de las víctimas,  teniendo  como  límite  la  medida  de  lo  que  resulte  conducente al logro y  mantenimiento de la paz social.   

(…)  

Bajo  estos supuestos, es claro que cuando  el   postulado   previo   a   la   diligencia   de  versión  libre,       ratificó      en  forma  expresa  ante  la  Unidad de  Justicia   y   Paz   de   la   Fiscalía  General  de  la  Nación  su   acogimiento   al   procedimiento   y   beneficios   de  ésta  ley,  puso  de  presente  su  compromiso  y  voluntad  inquebrantable  dirigida  a contribuir con la paz y la reconciliación a través  de  aportes a la verdad, a la justicia y a la reparación para obtener la rebaja  señalada,  siendo inconsecuente con esa premisa y con la naturaleza y objeto de  la  Ley  975  de  2005  pensar  en  la  posibilidad  de  alegar  la figura de la  prescripción,  pues  si el desmovilizado de forma libre se postuló para que lo  cobijaran  los  beneficios  de  la  ley,  coherentemente ha de entenderse que al  aceptar  los  cargos  renuncia de manera tácita a la  prescripción  hasta el momento en que se profiera la  decisión                definitiva»4.   

En  esa  comprensión,  decantada  como  se  encuentra  la  inviabilidad  de reclamar el fenecimiento de la acción penal por  el  paso  del  tiempo en los procesos regidos por la Ley 975 de 2005, la Sala se  abstendrá   de   efectuar  consideraciones  adicionales  sobre  el  particular.   

Consideración previa.  

Como  sustento  de sus pretensiones, uno de  los  apelantes  acompañó al escrito impugnatorio copia auténtica del registro  civil  de  nacimiento  de  uno  de  sus  poderdantes,  que  pidió apreciar como  elemento suasorio demostrativo de la reclamación.   

No  obstante,  la Sala no tendrá en cuenta  dicho  documento  para  la  resolución  de  la apelación correspondiente, como  quiera  que  la  decisión  sobre  la  responsabilidad  civil  del postulado, la  ocurrencia   de   los  daños  indemnizables  y  el  monto  de  las  respectivas  reparaciones  debe adoptarse exclusivamente, como se sigue de lo dispuesto en el  artículo   23  de  la  Ley  975  de  2005,  con  fundamento  en  «la  prueba ofrecida por las partes» en la  oportunidad  procesal  prevista  para  ese  efecto,  esto  es,  el  incidente de  reparación integral.   

De  lo  contrario, esto es, de admitirse el  aporte   de   medios   cognoscitivos   con   posterioridad  a  esa  oportunidad,  resultarían  conculcados  los  derechos de defensa y contradicción de la parte  contra  la  cual  se  aducen  y  de  los  demás intervinientes, pues se verían  desprovistos  de  la  oportunidad  de  pronunciarse sobre su legalidad y mérito  suasorio,   y   dichas  pruebas  quedarían  además  marginadas  del  análisis  efectuado por la primera instancia.   

Súmase a lo anterior que los artículos 179  y  siguientes  de la Ley 906 de 2004, a los que remite el artículo 26 de la Ley  975  de  2005  como fundamento normativo del trámite del recurso de apelación,  no   prevén   la  posibilidad  de  aportar  pruebas,  sino  únicamente  la  de  exteriorizar   las  razones  de  orden  fáctico,  jurídico  y  probatorio  que  sustentan la inconformidad con lo decidido.   

En  ese  sentido,  la Sala ha sostenido, en  criterio  referido al juicio oral pero aplicable a cualquier situación procesal  que  suponga  debate  probatorio,  que  el  artículo 179 precitado «no establece  ninguna  oportunidad  procesal  para  la  exhibición  de  elementos  materiales  probatorios  o  evidencia  física no incorporada»5          oportunamente.   

En  consecuencia,  se  reitera,  la Sala se  abstendrá  de  valorar  la  prueba  extemporánea  presentada  por  uno  de los  recurrentes.   

Efectuada  la  precisión  previa, la Corte  encuentra   que   las   censuras   de   los   recurrentes,   aunque  presentadas  independientemente  por  cada  uno  de  ellos,  están  sustentadas  en  algunas  consideraciones    similares    que,    por    lo    mismo,    admiten    examen  conjunto.   

Por lo tanto, la Corporación i) estudiará  lo  relacionado  con  la  presunción  de  existencia  del daño respecto de los  hermanos  y  sobrinos  de las víctimas directas; ii) de ser necesario, esto es,  de  concluirse  que  dicha  exoneración  no  les  es  aplicable, analizará si,  contrario  a  lo  decidido  por  el  Tribunal,  los  peticionarios  probaron  la  ocurrencia  de  perjuicios  de  esa  índole respecto de aquéllos apelantes que  censuraron  la  valoración probatoria efectuada por el ad quem; iii) examinará  lo  atinente  al monto de la reparación fijada por el a quo en beneficio de las  víctimas  directas  de  desplazamiento para, finalmente, iv) pronunciarse sobre  la  solicitud  de  fijación  de un término para el pago elevada por uno de los  apelantes.   

Sobre  la  presunción  del  daño  moral  respecto de los hermanos de las víctimas directas.   

Constituye  punto  de partida para resolver  las  censuras  de  los  recurrentes el artículo 5° de la Ley 975 de 2005, cuya  redacción  original  disponía,  en  cuanto interesa resaltar para los actuales  fines,  que  «se  tendrá  por víctima al cónyuge,  compañero   o   compañera   permanente,   y   familiar   en  primer  grado  de  consanguinidad,  primero  civil  de  la  víctima  directa,  cuando a esta se le  hubiere dado muerte o estuviere desaparecida».   

Esa  disposición  fue  modificada  por  el  artículo  2°  de  la Ley 1592 de 2012, que sin embargo la mantuvo idéntica en  lo  que  a  ese  punto  respecta,  con la adición en el sentido de precisar que  «también serán víctimas los demás familiares que  hubieren   sufrido  un  daño  como  consecuencia  de  cualquier  otra  conducta  violatoria  de  la ley penal cometida por miembros de grupos armados organizados  al margen de la Ley».   

Por  su  parte,  el artículo 3° de la Ley  1448     de     2011     dispone     en     la    materia    que    «son víctimas el cónyuge, compañero  o  compañera  permanente,  parejas del mismo sexo y familiar en primer grado de  consanguinidad,  primero  civil  de  la  víctima  directa,  cuando a esta se le  hubiere  dado  muerte  o estuviere desaparecida. A falta de estas, lo serán los  que     se    encuentren    en    el    segundo    grado    de    consanguinidad  ascendente».   

La  Corte  Constitucional,  al  estudiar la  conformidad  del  artículo  3°  de la Ley 1448 de 2011 con la Carta Política,  entendió      que      aquél      «permite    presumir    la   ocurrencia   de   daño»,  siempre que se acredite «la existencia  de   un  determinado  parentesco»,  en  concreto,  el  primero  de  consanguinidad  o civil, o la condición de cónyuge o compañero o  compañera       permanente,       «así  como la circunstancia de que a la llamada víctima directa  se    le    hubiere   dado   muerte   o   estuviere   desaparecida»6.   

Ello,  desde luego, no implica que respecto  de  los  hermanos de la persona asesinada o desaparecida no pueda ser reconocida  la  condición  de víctimas, sino que, como lo entendió esa Corporación, para  ese   efecto   «deberán  acreditar       el       daño       sufrido»7, como quiera que el mismo, por  expresa voluntad del legislador, no se presume.   

En idéntico sentido, esta Sala ha sostenido  con    fundamento    en    las   disposiciones   reseñadas   que   «existe   una   presunción   legal  de  daño  moral  en relación al cónyuge, compañero  permanente  y familiares en primer grado de consanguinidad o primero civil de la  víctima, conforme lo establece el segundo inciso del  artículo   5   de   la   Ley   975   de  2005  y  lo  ha  reafirmado  la  Corte  Constitucional»8.   

En otra providencia, esta Corporación, con  fundamento  en  lo resuelto por la Corte Constitucional en la decisión aludida,  discernió  que  «también podrían hacerse reconocer  como   parte  en  el  proceso  de  justicia  y  paz  los  abuelos,  los  hermanos,  los  tíos y los primos  que  cumplan  con  aquella  exigencia»,   esto  es,  «que   en  todo  caso  acrediten   el   daño  causado  con  el  delito»9.   

Más  recientemente,  la  Sala  reiteró el  criterio  conforme el cual la presunción legal establecida en las disposiciones  aludidas no se extiende a los hermanos del perjudicado directo:   

«Si la persona  afectada  es  el  cónyuge,  compañero  o  compañera  permanente o familiar en  primer  grado  de  consanguinidad  de  la  víctima  directa  de  los delitos de  homicidio  o desaparición forzada, esto es, padres o  hijos,  se  presume  la  afectación  moral  y,  por ello, con la prueba del parentesco puede acreditarse  la  calidad  de  víctima  y  el  daño  inmaterial  dada  la  presunción legal  establecida      en     su     favor»10  (la subraya no aparece en el original).   

Ahora,  en  sentencia  de abril 27 de 2011,  proferida  con ocasión de la denominada masacre de Mampuján, esta Sala aplicó  la  presunción  de  daño  moral  en beneficio de los hermanos de las víctimas  directas de delitos de homicidio.   

No   obstante,   con   posterioridad   al  proferimiento  de  esa decisión se suscitaron dos cambios jurídicos relevantes  que hacen inaplicable ese criterio en la actualidad.   

De  una  parte,  la promulgación de la Ley  1592  de  2012,  cuyo  artículo  2°  modificó  el 5° de la Ley 975 de 2005 y  expresamente  precisó  que  «serán  víctimas  los  demás   familiares   que   hubieren   sufrido   un  daño  como  consecuencia  de cualquier otra conducta  violatoria  de  la ley penal cometida por miembros de grupos armados organizados  al  margen  de  la  Ley»,  con  lo  cual  se  excluye  normativamente     dicha     exoneración    probatoria    respecto    de    los  hermanos.   

De  otra,  la  emisión  de  la sentencia C  –   052   de  2012  ya  referida,   por   medio   de   la  cual  la  Corte  Constitucional  declaró  la  exequibilidad  de  lo previsto en el artículo 3° de la Ley 1448 de junio 10 de  2011  – también posterior  al   fallo   de  esta  Corporación  –  y  avaló  la constitucionalidad de la presunción en los precisos  términos  en  que  fue  legislativamente  establecida,  es  decir,  con alcance  exclusivo  para  el  cónyuge, compañero o compañera permanente y parientes en  primer grado de consanguinidad o civil.    

Recuérdese  que  constituye razón para la  inaplicación     de     un     determinado    precedente    que    «sobrevengan  cambios  normativos  que  hagan     incompatible    el    precedente    con    el    nuevo    ordenamiento  jurídico»11,   tal   como   sucede  en  el  caso  examinado.   

Con igual orientación, los apelantes aducen  que  el  Consejo  de  Estado ha sostenido que la presunción de la existencia de  daño   moral   por   la   muerte   de   una   persona   se   extiende   a   sus  hermanos.   

En  efecto y, a modo de ejemplo, el órgano  de  cierre  de  la  jurisdicción  contencioso  administrativa,  en sentencia de  unificación de 28 de agosto de 2014, consideró:   

«Así  las cosas, tenemos que el concepto  de  perjuicio  moral  se  encuentra  compuesto  por el dolor, la aflicción y en  general   los  sentimientos  de  desesperación,  congoja,  desasosiego,  temor,  zozobra,  etc.,  que  invaden  a  la  víctima  directa  o indirecta de un daño  antijurídico, individual o colectivo.   

En  consecuencia,  para la reparación del  perjuicio  moral  en  caso de muerte se han diseñado cinco niveles de cercanía  afectiva  entre  la víctima directa y aquellos que acuden a la justicia calidad  de  perjudicados  o  víctimas  indirectas,  los  cuales  se  distribuyen  así:   

Nivel  No.  1.  Comprende  la  relación  afectiva,  propia  de  las  relaciones  conyugales  y  paterno-  filiales  o, en  general,   de  los  miembros  de  un  mismo  núcleo  familiar  (1er.  Grado  de  consanguinidad,  cónyuges  o  compañeros permanentes o estables). A este nivel  corresponde el tope indemnizatorio de 100 SMLMV.   

Nivel  No.  2. Donde se ubica la relación  afectiva  propia  del segundo grado de consanguinidad o civil (abuelos, hermanos  y  nietos).  A  este nivel corresponde una indemnización equivalente al 50% del  tope indemnizatorio.   

Nivel  No.  3.  Está  comprendido  por la  relación  afectiva  propia  del  tercer grado de consanguinidad o civil. A este  nivel   corresponde   una   indemnización   equivalente   al   35%   del   tope  indemnizatorio.   

Nivel  No.  4. Aquí se ubica la relación  afectiva  propia  del  cuarto  grado  de  consanguinidad  o  civil. A este nivel  corresponde     una    indemnización    equivalente    al    25%    del    tope  indemnizatorio.   

Nivel  No.  5.  Comprende  las  relaciones  afectivas  no  familiares  (terceros damnificados). A este nivel corresponde una  indemnización equivalente al 15% del tope indemnizatorio.   

(…)  

Así las cosas, para los niveles 1 y 2 se  requerirá  la  prueba  del estado civil o de la convivencia de los compañeros.  Para  los  niveles  3  y  4,  además,  se  requerirá la prueba de la relación  afectiva,  y  finalmente,  para  el  nivel  5  deberá  ser probada la relación  afectiva»12.   

Pero sobre ese criterio deben preferirse las  comprensiones  que  en  la  materia  han  desarrollado  esta  Sala  y  la  Corte  Constitucional,   básicamente   porque   en   el  proceso  transicional  existe  normatividad   que   de   manera   especial   regula  las  condiciones  para  el  reconocimiento  de  la  calidad  de víctima, así como los presupuestos para la  acreditación  del  daño  sufrido por los perjudicados indirectos de los hechos  dañosos objeto de condena.   

En   efecto  y  como  quedó  visto,  los  artículos  5°,  2°  y  3°  de  las Leyes 975 de 2005, 1592 de 2012 y 1448 de  2011,  que  deben  aplicarse  preminentemente  en  razón de su especialidad por  encima  de  las  disposiciones que en otros contextos regulan la responsabilidad  civil  y  la responsabilidad del Estado, de manera expresa e inequívoca limitan  aplicabilidad  de la presunción de existencia de los perjuicios a los parientes  en el primer grado de consanguinidad.   

En  ese  sentido,  la  Corte insiste en que  dichos   preceptos,   cuya   exequibilidad   fue   declarada   por  el  Tribunal  Constitucional,  con irrefutable claridad exigen como presupuesto para reconocer  como   víctimas   a   «los   demás  familiares»  del   afectado  directo,  esto  es,  todos  menos  el  cónyuge,  el  compañero  o compañera permanente y los que se encuentren en el  primer   grado   de  consanguinidad,  «que  hubieren  sufrido  un  daño»  como  consecuencia  del  delito;  preceptos  que,  por  el  contrario,  no regulan los  asuntos  en los que el Consejo de Estado decide conforme el criterio esbozado en  precedencia.   

Ahora,  los  recurrentes  aducen  que  debe  aplicarse  al  presente  asunto  lo  decidido  por  la  Corte  Interamericana de  Derechos    Humanos   en   distintas   sentencias13, en las que ha entendido que  «se  puede  presumir  que  la  muerte de una persona  ocasiona  a  sus  hermanos  un  daño  moral», pues la  Carta   Política   otorga   efecto   vinculante  a  los  tratados  y  convenios  internacionales   y,   en  consecuencia,  «la  Corte  Suprema   de   Justicia   en   su  Sala  Penal  debe  incorporar  este  criterio  jurisprudencial por Bloque de Constitucionalidad».   

Sobre  el  particular, la Sala considera lo  siguiente:   

De  acuerdo  con  el  artículo  93  de  la  Constitución      Política,      «los  tratados  y  convenios  internacionales  ratificados  por  el  Congreso,  que  reconocen los derechos humanos y que  prohíben  su  limitación  en los estados de excepción, prevalecen en el orden  interno».   

De   igual   modo,   que   «los  derechos  y deberes consagrados  en   esta   Carta,   se   interpretarán   de   conformidad   con   los  tratados  internacionales  sobre derechos humanos ratificados  por Colombia».   

Claro,  pues, que la Carta Política otorga  i)  efectos  vinculantes, en tanto normas integrantes del ordenamiento jurídico  nacional,  a los tratados y convenios internacionales aprobados por el Congreso,  siempre  que reconozcan derechos humanos y limiten su prohibición en estados de  excepción;  ii)  efectos  interpretativos  a  los  restantes instrumentos sobre  derechos humanos ratificados por Colombia.   

Aunque  nada  dice  el texto constitucional  sobre  el  valor  atribuido  a  los  pronunciamientos  del  órgano judicial del  sistema   interamericano   de   protección   de   derechos  humanos,  la  Corte  Constitucional  tiene  dicho,  en  criterio  acogido  por  esta Sala14,   que  «la jurisprudencia de las instancias internacionales  de   derechos   humanos,   tal  como  de  la  Corte  Interamericana   de   Derechos   Humanos,  tiene  una  especial      relevancia      constitucional      en     cuanto     constituye  una pauta hermenéutica para interpretar el alcance de  esos  tratados,  como  la  Convención  Americana  de  Derechos     Humanos,     y     por     ende    de    los    propios    derechos  constitucionales»15         (negrilla fuera del texto).   

Ahora bien, al Tribunal Constitucional, como  órgano  encargado  de  la guarda de la supremacía de la constitución al tenor  del  artículo  241  Superior,  le corresponde ejercer el control concentrado de  constitucionalidad  de las normas de rango legal; mismo que adelanta mediante su  confrontación  con  las  de  jerarquía superior que conforman el parámetro de  revisión.   

Dicho parámetro no se construye únicamente  con   los  preceptos  contenidos  en  la  Carta  Política;  por  el  contrario,  la  revisión  de  constitucionalidad  de los asuntos  sometidos  a  su competencia, debe realizarse no sólo frente al texto formal de  la  Carta  sino  también  frente  a  otras  disposiciones a las que se atribuye  jerarquía   constitucional -bloque  de  constitucionalidad  estricto  sensu»,  más        concretamente,        «aquellos  tratados  y  convenios  internacionales  ratificados  por  Colombia  que  reconocen derechos humanos (i) y, que prohíben su limitación en  estados       de       excepción       (ii)»16,        los  cuales,  a su vez, son interpretados por la Corte conforme a la  jurisprudencia  de  los  órganos  judiciales  internacionales  autorizados para  desarrollar su adecuada hermenéutica.   

Uno de los instrumentos internacionales que  integran  el  parámetro  de  control  que  debe ser considerado por el Tribunal  Constitucional  para resolver sobre la exequibilidad o inexequibilidad de normas  legales  es,  desde  luego,  la  Convención Americana de Derechos Humanos, cuyo  verdadero  alcance  es a su vez determinado a través de la jurisprudencia de la  Corte   Interamericana   de   Derechos   Humanos,   que   es   la   Corporación  convencionalmente    estatuida    para    interpretarlo    con    criterio    de  autoridad.   

Como  ya  se dijo, la Corte Constitucional,  mediante  sentencia  C  –  052  de  2012,  examinó  la  exequibilidad  del artículo 3° de la Ley 1448 de  2011,  específicamente  en  cuanto  limita la presunción del daño moral a los  miembros  más  cercanos  del  núcleo  familiar  de  la víctima directa de los  delitos   de  homicidio  o  desaparición  forzada;  también,  en  sentencia  C  –  370 de 2006, declaró  ajustado  a  la  Carta  el  aparte del artículo 5° de la Ley 975 de 2005 en su  redacción  original,  que consagraba idéntica exoneración probatoria respecto  del  cónyuge,  el  compañero  y  la  compañera  permanente y los parientes en  primer grado de consanguinidad.   

Al adoptar esas determinaciones, el máximo  órgano  de  la  jurisdicción  constitucional no sólo confrontó los preceptos  demandados  con  las  disposiciones  constitucionales pertinentes, sino también  con las normas convencionales relevantes.   

Así  se  advierte  a  partir  de la simple  lectura  de las sentencias de constitucionalidad aludidas, en las que se observa  que  al estudiar la exequibilidad de las normas demandadas, ese Tribunal valoró  su  contenido  a  la  luz  de  la  Convención, de la jurisprudencia de la Corte  Interamericana de Derechos Humanos y de la Carta Política.   

En ese orden, si el órgano autorizado para  decidir  sobre  la  exequibilidad  de las disposiciones legales resolvió que la  limitación  de la presunción de ocurrencia del daño moral a los miembros más  cercanos  del  núcleo  familiar no se opone ni al texto constitucional ni a los  estándares  internacionales  aplicables,  mal  podría ahora la Sala ejercer un  nuevo  control  de constitucionalidad sobre los artículos que así lo disponen,  que  es lo que en últimas subyace a la pretensión de los apelantes al reclamar  que  en  su  interpretación se incorporen decisiones de la Corte Interamericana  de Derechos Humanos.   

Lo anterior, porque los fallos que profiere  la   Corte   Constitucional   en   ejercicio   de  la  función  de  control  de  constitucionalidad  concentrado,  al  tenor  del  artículo  243  de  la  Carta,  «hacen  tránsito  a cosa juzgada constitucional»,  lo  cual  «impide   volver   a   revisar  la  decisión  adoptada»17,  incluso   en   ejercicio   del   control   difuso  de  constitucionalidad.   

Puesto  de  otra  forma,  los  recurrentes  pretenden  de  la  Sala  el agotamiento de un examen de constitucionalidad de lo  previsto  en  los  artículos  5°,  2° y 3° de las Leyes 975 de 2005, 1592 de  2012  y  1448  de  2011  mediante su confrontación con la Convención Americana  sobre  Derechos Humanos y la jurisprudencia de la Corte Interamericana para que,  por  esa  vía,  se  extienda  el alcance de la presunción de daño moral allí  establecida.   

Pero  con ello soslayan que dicho examen ya  fue  adelantado  y  resuelto  por  la  Corte  Constitucional con efectos de cosa  juzgada,  lo  cual hace imposible realizar una nueva valoración en ese sentido.   

Así  las cosas y, en síntesis, de acuerdo  con  la  normatividad  aplicable,  cuya  conformidad con la Carta Política y el  ordenamiento  internacional  fue  declarada  por  el Tribunal Constitucional, la  presunción  de ocurrencia del daño respecto de víctimas indirectas de delitos  de  homicidio  y  desaparición forzada en el contexto del proceso de Justicia y  Paz   sólo  se  aplica  respecto  del  cónyuge,  el  compañero  o  compañera  permanente   y   los   parientes   en   primer   grado   de   consanguinidad   o  civil.   

Se  encuentran  por ende excluidos de dicha  exención  probatoria  los  demás  familiares  del  perjudicado  directo, entre  ellos,  los  hermanos y, desde luego, los sobrinos, de tal suerte que, a efectos  de  acceder  a  la  reparación  reclamada,  unos  y  otros  tienen  la carga de  demostrar   tanto  el  parentesco  como  la  real  ocurrencia  de  un  perjuicio  indemnizable.   

En consecuencia, la Sala confirmará en este  punto  la  sentencia  de  primer grado. Por lo tanto, a efectos de establecer la  corrección  o  incorrección  de  la  sentencia de primer grado, examinará, de  conformidad  con  los  alegatos de los recurrentes, si en el curso del incidente  de  reparación  integral demostraron haber sufrido daños atribuibles a PESTANA  COLORADO  susceptibles  de  indemnización,  para  lo  cual  valorará de manera  discriminada  los  medios  de  conocimiento  aportados  para  ese efecto por los  distintos apoderados judiciales.    

Sobre la demostración de los daños en el  caso concreto.   

1.  En  relación  con Luz Enith, Dinnael,  Ciro  Antonio,  John  Geiler,  Huber  y Elgar Javier Serrano Durán, hermanos de  Luis Alfonso Serrano Durán.   

La  representante de las aludidas víctimas  indirectas  alega  que,  contrario a lo considerado por el Tribunal, las pruebas  aportadas  resultan  suficientes  para  afirmar  que  aquéllas sufrieron daños  materiales  e  inmateriales,  esto  es,  morales  y a la vida en relación, como  consecuencia del fallecimiento violento de su hermano.   

Como  sustento de dicha pretensión, fueron  aportados los siguientes elementos cognoscitivos:   

     

a. Registro  civil  de  nacimiento  de  Luis Alfonso Serrano Durán (f.  14).     

     

a. Registros  civiles  de  nacimiento  de  Elgar  Javier,  Huber,  Ciro  Antonio,  Luz  Enith,  Dinnael  y  John  Geiler  Serrano  Durán  (fs. 16 y  siguientes).     

     

a. Copia  de  la  cédula  de  ciudadanía  de  los nombrados (fs. 22 y  siguientes).     

     

a. Registro  civil  de  defunción  de  Luis Alfonso Serrano Durán (f.  30).     

     

a. Declaración  jurada  rendida  por  Adiela  Durán Rivera, madre del  difunto,  ante  la  Notaría  Única  del Círculo de Codazzi el 2 de octubre de  2013, en la que aseveró:     

«Manifiesto…que  mi hijo fallecido al momento de su fallecimiento  tenía  cinco  (5) hectáreas de frijol producido 125 quintales valor de quintal  30.000…sus  hermanos  ELGAR JAVIER SERRANO DURÁN y HUVER (sic) SERRANO DURÁN  se  desempeñaban  como  jornaleros…con  su  padre, LUZ ENITH se dedica ama de  casa,  CIRO  ANTONIO,  DINAEL  (sic)  y  JOHN  GEILER  estudiaban» (f. 33).   

     

a. Certificación  expedida  el  7  de  diciembre de 2011, en la que la  Junta  de  Acción  Comunal  de  la  vereda  Mayusa  acredita que «Luis   Alfonso   Serrano   Durán…trabajaba   en   la  finca  La  Medallita…devengando   dos   salarios…en   el   año   1997»   (f. 35).     

     

a. Declaración  jurada  rendida  por  Adiela  Durán  Rivera  el  2 de  octubre  de 2013 ante la Notaría Única del Círculo de Codazzi, cuyo contenido  es el siguiente:     

«Luis Alfonso  Serrano   Durán…fue   fallecido   violentamente   en   el   corregimiento  de  Casacará…se  encontraba  en  estado  de  SOLTERÍA…ni  convivía  en unión  extramatrimonial…con  ninguna persona…cuando ocurrieron los hechos convivía  con sus padres y hermanos» (f. 36).   

     

a. Hoja  de  cálculo  contentiva  de  la estimación del lucro cesante  ocasionado por la muerte de la víctima (fs. 37 y siguientes).     

     

a. Registros  de  hechos  atribuibles a grupos organizados al margen de  la  ley diligenciados por cada uno de los hermanos del occiso, así como por sus  progenitores.     

     

a. Escrito  sin  fecha  ni  destinatario,  firmado  por  Adiela  Durán  Rivera, en el que manifiesta:     

«Nosotros los  familiares  pedimos que aunque sea por un instante se pongan en el lugar de cada  familiar  y  tengan compasión de nosotros ya que en ese tiempo no lo tuvieron y  nos  digan  por qué lo hicieron y quién estaba tras de todo esto, cuál fue el  motivo de este atropello tan grande…   

No  entendemos  por qué nos dejaron este  vacío  tan  grande que aún no alcanzamos a llegar… la compañera y todos los  familiares  comenzamos  a  vivir nuevamente una pesadilla…buscamos la ayuda de  médicos   y   psicólogos  desde  allí  mi  compañera  no  aparado  (sic)  de  sufrir…» (c. 117660).   

     

a. Entrevista  rendida  por  Luz Enith Serrano Durán ante la Fiscalía  el  23  de  marzo  de 2010. Indicó que para el momento de los hechos ni ella ni  sus  demás  hermanos  vivían en Casacará, donde residía y fue asesinado Luis  Alfonso.     

Perjuicios inmateriales.  

Ninguna   duda  ofrece  la  relación  de  parentesco  existente  entre  el  occiso  y  los reclamantes, que fue demostrada  mediante  los  respectivos registros civiles de nacimiento que dan cuenta de esa  circunstancia.   

Dicho  lo anterior, la Sala debe partir por  observar  que  Adiela  Durán  Rivera,  en  declaración  jurada rendida el 2 de  octubre  de  2013,  aseguró  que  para  el  momento de los hechos, Luis Alfonso  «convivía con sus padres y hermanos».   

No  obstante  lo  anterior,  los  relatos  vertidos  en  los  respectivos  registros de hechos atribuibles a grupos armados  por  cada  uno  de  los  hermanos  de  la  víctima  directa  y sus progenitores  controvierten  esa  afirmación,  pues allí se indica que mientras Luis Alfonso  residía  en  Casacará,  su  familia  lo hacía en el corregimiento de Mingueo,  municipio de Dibulla, departamento de La Guajira.   

Lo  mismo  manifestó  Luz  Enith  en  la  entrevista  de  marzo  23  de 2010, en la que adujo expresamente: «ni yo ni mi familia vivíamos en esa población».   

En ese orden, aunque la recurrente alega que  los    aludidos    medios   suasorios   dan   cuenta   de   que   «había  una  convivencia  cercana  con la víctima», no   es   ello   lo  que  objetivamente  se  sigue  de  las  pruebas  recaudadas.   

En el escrito signado por la progenitora de  Luis   Alfonso   de   fecha  y  propósito  desconocidos,  aquélla  atribuye  a  «todos  los  familiares»  haber   sufrido   «una   pesadilla»  como consecuencia del deceso de su hijo.   

Pero nótese que ninguno de los hermanos del  fallecido   da  cuenta  de  que  lo  sucedido  le  haya  causado  «dolor,   sufrimiento,   tristeza,   angustia,   miedo»18,  manifestaciones  de  perjuicio  moral  subjetivado, ni  haber         padecido         «repercusiones  económicas»19   como   consecuencia   de  sentimientos  negativos  de  esa  índole,  es  decir, haber sufrido daño moral  objetivado.   

Nada  dijo sobre el particular Luz Enith al  rendir  entrevista, ni los demás hermanos de la víctima directa al diligenciar  los  formatos  de  hechos  atribuibles  a grupos armados ilegales, en los que se  limitaron a relatar la forma en que sucedieron los hechos.   

Por  demás,  el  escrito  sin  calenda  ni  destinatario  firmado  por  Adiela  Durán  Rivera, con fundamento en el cual la  recurrente  afirma  demostrado  «el  sufrimiento de  toda    la    familia»,    resulta   cuando   menos  contradictorio,  pues  mientras  allí  se  hace  mención  a que «la  compañera y todos los familiares»  vivieron   una  pesadilla  como  consecuencia  de  lo  acaecido,  en  declaración  el  2  octubre  de  2013 ante la Notaría Única de  Codazzi  por  la  misma  Durán  Rivera adveró que para la época de los hechos  «se      encontraba      en      estado      de  SOLTERÍA»       y      no      «convivía     en     unión    extramatrimonial…con    ninguna  persona».   

Esa   inconsistencia,   sumada   a   las  deficiencias  formales  del  escrito  –  carece  de  fecha, destinatario, lugar de suscripción – mengua su  mérito  suasorio e impide otorgarle la credibilidad reclamada por la opugnadora  para   efectos   de  tener  por  acreditado  el  daño  moral  cuya  reparación  solicita.   

Es más:  

La recurrente alega, en sustento del pedido,  que  «en la carpeta de la víctima indirecta DINNAEL  SERRANO  DURÁN  en  el  relato  de los hechos del Formato de Registro de Hechos  Atribuibles…hay  una  exteriorización  de  la confusión en que se encontraba  por  la muerte de su hermano y de la convivencia cercana con él»; pero  de  la  revisión  de  esa  pieza  documental se desprende una  realidad diferente.   

En  efecto,  el  nombrado  Dinnael  Serrano  Durán manifestó en esa oportunidad:   

«Para la época  de  los  hechos  yo  era  menor  de  edad, mi papá me comentó que el día 2 de  diciembre  de 1997 mi hermano Luis Alfonso se encontraba en el bar Las Pampas de  Casacará…llegó   un   grupo  de  hombres  armados  y  vestidos  con  prendas  militares…lo cogieron a la fuerza…y lo mataron…   

Mi  hermano se dedicaba a la recolección  de  café  en  esa  región.  En  esos  momentos  yo vivía con mis padres y mis  otros  hermanos  acá en  Mingueo».   

Véase,  pues,  que  las  alegaciones de la  apelante  no  se  ajustan a lo probado en el proceso, pues en dicha declaración  no  se da cuenta de sentimientos de confusión, angustia o dolor, ni se consigna  que  para  el  momento de la comisión del delito Luis Alfonso conviviera con su  hermano menor de edad.   

En  ese orden, la peticionaria no acreditó  la  existencia  de  perjuicios morales sufridos por los hermanos de Luis Alfonso  Serrano Durán como consecuencia de su deceso.   

De  las  pruebas  reseñadas  tampoco  se  desprende  que  el  homicidio haya ocasionado una afectación al plan de vida de  sus  hermanos,  como  para tener por probada la causación de un daño a la vida  en  relación  que  deba  ser  indemnizado,  entendido  éste  como «una  modificación  sustancial en las  relaciones   sociales   y   desenvolvimiento   de   la  víctima  en  comunidad,  comprometiendo  su  desarrollo personal, profesional o familiar, como ocurre con  quien  sufre  una lesión invalidante a consecuencia de la cual debe privarse de  ciertas        actividades        lúdicas        o       deportivas»20.   

Ninguno de los medios de prueba acopiados da  cuenta  de  una  tal  circunstancia,  esto es, de que la muerte violenta de Luis  Alfonso          haya         perjudicado         el         proyecto         de  vida             –   laboral,   social,  económico, deportivo o académico – de uno o más de sus hermanos.   

En  ese sentido, importa reiterar que, como  acertadamente  lo  coligió  el  a  quo  a  partir del precedente de la Sala, el  criterio  de flexibilidad probatoria que se predica respecto de las víctimas de  graves  violaciones de derechos humanos en el contexto del proceso de Justicia y  Paz  «no puede equipararse  a  ausencia de prueba», de tal suerte que «los  aspectos  pecuniarios que se pretende sean reconocidos deben  estar     acreditados     con     suficiencia»21.   

Echada  de  menos  la  demostración de los  perjuicios  cuya  reparación  se  pretende,  no queda solución distinta que la  confirmación del fallo confutado en este punto.   

Perjuicios materiales.  

Aunque  la recurrente aduce que las pruebas  presentadas   demuestran   que   Luis   Alfonso  Serrano  Durán  «aportaba  los  ingresos para sus hermanos y padres», lo   cierto   es   que   dicha   aseveración   carece   de  asidero  demostrativo.   

La  peticionaria  allegó  la  declaración  rendida  por  Adiela  Durán  Rivera, madre del difunto, ante la Notaría Única  del  Círculo  de  Codazzi  el  2  de octubre de 2013, en la que aseveró que el  nombrado,  al  momento  de los hechos, «tenía cinco  (5)   hectáreas   de   frijol   producido   125   quintales  valor  de  quintal  30.000»,  como también la  certificación  de  7  de  diciembre  de  2011, a través de la cual la Junta de  Acción    Comunal    de   la   vereda   Mayusa   señala   que   «Luis   Alfonso   Serrano   Durán…  trabajaba  en  la  finca  La  Medallita… devengando dos salarios…en el año 1997».   

Esos  medios de conocimiento, a no dudarlo,  permiten  colegir  que  Luis  Alfonso,  al  momento  de  su  deceso, era persona  laboralmente  activa  y  recibía  ingresos,  lo  cual, en ausencia de cónyuge,  compañero  o  compañera  permanente  e  hijos,  determinó  el  a quo conceder  reparación   económica   por   daños   patrimoniales   en   beneficio  de  su  progenitora.   

Pero  de  ello no se sigue que sus hermanos  dependieran  económicamente  del  difunto,  menos  aún  por  cuanto,  como  lo  manifestó  la  misma  Durán  Rivera  en  la  declaración  recién  reseñada,  «ELGAR  JAVIER SERRANO DURÁN y HUVER (sic) SERRANO  DURÁN se desempeñaban como jornaleros».   

Véase,  por  demás,  que  ninguno  de los  hermanos  adujo  depender  económicamente  de  Luis  Alfonso al diligenciar los  registros  de  hechos  atribuibles a grupos armados, y tampoco lo hizo Luz Enith  en la entrevista rendida ante la Fiscalía el 23 de marzo de 2010.   

Así las cosas, como no se demostró que los  hermanos  de  la  víctima  directa  hayan  sufrido un perjuicio económico como  consecuencia  de  los  hechos  objeto  de  condena,  no  hay lugar a conceder la  reparación reclamada.   

2.  Sobre  Yolanda, Freddy Alonso, Celena,  Jackelyn,  Lucila,  Dagoberto y Ruth Esther Niño Parra, hermanos de Jorge Niño  Parra.   

La  opugnadora  considera  que  el Tribunal  erró  al  concluir  que  las  pruebas  aportadas  resultan  insuficientes  para  «otorgar  la  indemnización  por  los daños a los  hermanos  de  la  víctima  directa», pues se probaron  tanto   «el  sufrimiento  emocional»  –  daño  moral  –  como  «las pérdidas  económicas»       –   perjuicio  material -.   

En soporte de ello, presentó los siguientes  medios de conocimiento:   

     

a. Copia  de  la  cédula  de  ciudadanía  de  los nombrados (fs. 31 y  siguientes).     

     

a. Partida  de  bautismo  y registro civil de nacimiento de Jorge Niño  Parra (f. 31).     

     

a. Partida de bautismo de Celena Niño Parra (f. 32).     

     

a. Registro  civil  de  nacimiento  de  Lucila, Dagoberto, Ruth Esther,  Freddy    Alonso,    Yolanda    y    Jackelyn    Niño    Parra    (fs.   33   y  siguientes).     

     

a. Hoja  de  cálculo  contentiva  de  la estimación del lucro cesante  ocasionado por la muerte de la víctima (fs. 42 y siguientes).     

     

a. Registros  de  hechos atribuibles a grupos armados diligenciados por  los hermanos de Jorge.     

     

a. Denuncia  presentada  por  María  Graciela Parra de Niño, madre de  Jorge,  presentada  ante  la  Alcaldía  del  Codazzi, Cesar, el 2 de octubre de  2009,  en  la  que  notició  los  hechos  objeto  de  condena en los siguientes  términos:     

«Yo vivía en el  corregimiento  de  Casacará,  jurisdicción  del municipio de Agustín Codazzi,  estaba           con          mi          esposo…y          mis          hijos  Yolanda…Yackelin…Jorge…Lucila…Celena…Freddy Alonso…Dagoberto…Ruth  Esther…y  mis  nietos…ingresó  un grupo fuertemente armado identificándose  como  las  autodefensas  unidas  de  Colombia…comenzaron  a sacar gente de las  casas  y  a mí me sacaron a mi hijo tumbando la puerta…delante de nosotros lo  cogieron,  lo  amarraron  y  lo  montaron  en  una  camioneta  y se lo llevaron,  nosotros  con  la  pena  empezamos  a  averiguar  pero  nadie nos daba razón de  él…el  día  3 de diciembre…nos llamaron del municipio del Copey que había  un  señor  aquí  en la morgue del hospital y que podría ser mi hijo, entonces  yo  viajé  a  la  ciudad del Copey con dos hijos míos…cuando me lo mostraron  dije  que  era  mi  hijo,  sentí  un  dolor  profundo por la forma como murió,  salvajemente       torturándolo…»       (c.  158623).   

     

a. Entrevista  rendida  por  Ruth  Esther Niño Parra el 19 de marzo de  2010  ante la Fiscalía General de la Nación. Reiteró, en términos similares,  el relato de lo sucedido efectuado por su progenitora (c. 158623).     

Perjuicios inmateriales.  

En  primer  lugar,  debe  señalarse que no  existe  ninguna duda respecto del parentesco existente entre la víctima directa  y  sus  hermanos  Lucila,  Dagoberto,  Ruth  Esther,  Freddy  Alonso,  Yolanda y  Jackelyn  Niño Parra, el cual fue acreditado mediante los respectivos registros  civiles de nacimiento.   

Distinto ocurre con Celina Niño Parra, cuyo  registro civil de nacimiento no fue aportado.   

En    ese    sentido,    la   Sala   ha  sostenido:   

«Aunque   en  materia  penal  rige  el  principio  de  libertad  probatoria,  consagrada tanto en el artículo 237 de la  Ley  600  de  2000,  como  en  el  373  de  la  Ley  906  de  2004,  frente a la  acreditación  procesal del parentesco, es claro que existe una tarifa legal, en  la  medida  en  que por tratarse este de un asunto ligado al estado civil de las  personas, debe demostrarse con el registro civil respectivo.   

Incluso,    dicha   exigencia   está  expresamente  consagrada en el Decreto 315 de 2007, por el cual se reglamenta la  intervención  de  las  víctimas  durante  la investigación en los procesos de  justicia  y  paz  de  acuerdo con lo previsto en la Ley 975 de 2005, pues, en el  artículo  4° se señala que para demostrar el daño directo, deberán aportar,  entre   otros   documentos,   “Certificación  que  acredite  o  demuestre  el  parentesco  con  la  víctima,  en los casos que se requiere, la que deberá ser  expedida por la autoridad correspondiente”.   

(…)  

En conclusión, la certificación expedida  por  la  autoridad  correspondiente  a  que  alude  la  normatividad procesal de  justicia  y paz para la acreditación del parentesco, no es otra que el registro  civil  respectivo,  el  cual  se  erige  como la prueba idónea para el efecto y  resulta  ser  el  documento  indispensable  para  que  los familiares puedan ser  reconocidos      como      víctimas»22.   

          Ese  criterio ha sido compartido por la Corte Constitucional, que en  sentencia  T – 501 de 2010  indicó  que  «para las personas nacidas a partir de  1938  el  estado civil sólo puede probarse mediante el correspondiente registro  civil según el Decreto 1260 de 1.970».   

          De  acuerdo  con  la  documentación  allegada,  Celena  Niño Parra  nació  el  9  de abril de 1961, de tal suerte que su parentesco con la víctima  directa   sólo   podía   ser   acreditado   mediante  el  respectivo  registro  civil.   

          No  obstante,  como el Tribunal coligió erradamente que la nombrada  acreditó  «la  relación  filial  con  el occiso»  y  ello  no  fue objeto de impugnación, no es posible  modificar en ese punto la decisión.    

          A  pesar  de  ello,  sucede  que de todas maneras la peticionaria no  acreditó  la  ocurrencia  de  daños morales sufridos por los hermanos de Jorge  Niño Parra.   

          En  efecto,  contrario  a lo aseverado por la recurrente, los medios  cognoscitivos  obrantes  en  la  carpeta no dan cuenta del sufrimiento emocional  padecido  por  aquéllos  como  consecuencia del deceso de su hermano, ni de una  relación  particularmente estrecha permisiva de colegir la ocurrencia del daño  cuya reparación se solicita.   

            En  la denuncia presentada por María Graciela Parra de Niño el 2  de   octubre   de   2009,  aseguró  que,  en  condición  de  madre  de  Jorge,  «(sintió)  un  dolor  profundo  por  la forma como  murió»,  lo  cual  revela el sufrimiento infligido a  aquélla, a quien en efecto se le concedió la reparación.   

          Pero  en  ausencia  de prueba que así lo demuestre, el padecimiento  de  la  madre  no extenderse a los hermanos del difunto, especialmente porque no  afirmaron  haber  soportado  sentimientos  de  esa  índole  en  los respectivos  registros de hechos atribuibles a grupos armados.   

Los  elementos  de  prueba contenidos en la  carpeta  tampoco soportan la alegación de la recurrente en el sentido de que se  acreditó  «la  clase  de  relación» que  los  reclamantes «sostenían con su  hermano».   

Lo  cierto  es  que  ninguno de ellos adujo  convivir  con  el  occiso  ni tener con él una relación de especial cercanía.  Ello no se sigue de las pruebas allegadas.   

La  Sala  insiste  en  que  el  menor rigor  probatorio  exigible  de  las víctimas en el contexto del proceso de Justicia y  Paz  no puede entenderse como la posibilidad de conceder pretensiones totalmente  desprovistas   de   prueba,   cuya  realidad  es  simplemente  afirmada  por  la  peticionaria sin asidero demostrativo suficiente.   

En   ese  orden,  los  argumentos  de  la  opugnadora  carecen  de  la  entidad  necesaria para derruir el fallo confutado,  pues  asistió  razón al Tribunal al concluir que no se demostró la ocurrencia  del perjuicio moral respecto del cual se reclama la indemnización.   

Perjuicios materiales.  

La  recurrente  aduce que Jorge Niño Parra  «sostenía  a toda la familia, incluyendo su mujer,  sus hijos, sus padres y hermanos».   

En  ese  sentido,  la Sala encuentra que en  varios  de  los formatos de registro de hechos atribuibles a grupos armados, los  hermanos   de   la   víctima   directa   manifestaron   que  era  aquél  quien  «sostenía toda la familia».   

No obstante, esa alegación, con fundamento  en  la  cual  la  apelante  pide  el reconocimiento de la reparación por daños  materiales, aparece infirmada en la actuación.   

En efecto, al verificarse el contenido de la  denuncia  presentada  el  13 de diciembre de 1997 por la progenitora del occiso,  se observa que en esa oportunidad indicó:   

«…nosotros  decidimos  desplazarnos  de  ahí  de  Casacará y venirnos para el municipio de  Agustín   Codazzi,   dejando  todo  abandonado…la  tienda   que  teníamos  dentro  de  la  casa,  unos  animales   criando  como  chivos,  cerdos  y  gallinas,  todo  esto  lo  dejamos  abandonado  ya  que  era el único patrimonio con que  contaba    yo    y    mi    familia,   de   ahí   trabajábamos…fue  duro  comenzar    nuevamente    a   trabajar con mis hijos…».   

Véase  que  lo  dicho  en esa ocasión por  María  Graciela  controvierte lo aseverado por la apelante en el sentido de que  era Jorge quien veía económicamente por sus hermanos.   

Por el contrario, de ese relato se desprende  que  el occiso no era el único miembro de la familia que laboraba en el aludido  negocio,  pero  además,  que el núcleo derivaba adicional sustento del trabajo  común que desarrollaban con la crianza de animales.   

Desde  luego,  de la denuncia reseñadas se  desprende,  a no dudarlo, la materialización de un perjuicio económico sufrido  por  los  hermanos  del  difunto,  pero  no  fue  ocasionado por el deceso de la  víctima  directa,  sino  por el posterior abandono de sus propiedades y bienes,  esto  es,  por  el  delito  de  desplazamiento  forzado del que aquéllos fueron  víctimas,  hecho  por  el  cual  el  fallo  recurrido  efectivamente ordenó la  reparación.   

Así  pues,  como también en este punto el  fallo   recurrido   se  ajusta  al  material  probatorio,  no  hay  lugar  a  su  revocatoria.   

3.  Sobre  Luis  Beltrán  Queruz  Romero,  Milandy  Raad  Romero  y Osnidio Raad Romero, hermanos de Federico Gildardo Raad  Romero.   

La  impugnante  advera  que  los  elementos  cognoscitivos  acopiados  permiten  tener por probado que los referidos hermanos  de  Federico  Gildardo  sufrieron daños morales como consecuencia de su deceso,  especialmente   porque   se  demostró  que  habían  constituido  una  sociedad  comercial,  lo  que  es  revelador  de  «un grado de  confianza y vínculo muy cercano».   

Aportó,   a   efectos  de  sustentar  su  pretensión, los siguientes medios suasorios:   

     

a. Registro  civil  de  nacimiento de Federico Gildardo Raad Romero (f.  29).     

     

a. Acta  de  bautismo  de  Luis  Beltrán  Queruz Romero y Milandy Raad  Romero (fs. 30 y 32).     

     

a. Copia  de  la  cédula  de  ciudadanía de los reclamantes (fs. 44 y  siguientes).     

     

a. Formulario  de matrícula mercantil  de empresas asociativas de  trabajo  correspondiente  a  la sociedad “Hermanos Raad, Empresa Asociativa de  Trabajo”, suscrito por Milandy Raad Romero (f. 62).     

     

a. Primer  folio  del certificado de existencia y representación legal  de  la  sociedad  “Hermanos  Raad”  expedido  el  28 de marzo de 1995 por la  Cámara de Comercio de Valledupar (f. 64).     

     

a. Hoja  de  cálculo  contentiva  de  la estimación del lucro cesante  ocasionado por la muerte de la víctima (fs. 66 y siguientes).     

     

a. Certificado  expedido  por  el SENA, de fecha 30 de de mayo de 1996,  según  el  cual  «Osnidio Raad Romero participó en  la   acción   de   formación   “conceptos   generales  de  microempresa”»  (f. 65).     

     

a. Declaraciones  juradas  rendidas  por Alfonso Rodríguez González y  Miguel  Orozco Paba el 30 de agosto de 2007 ante la Notaría Única del Círculo  de  Chimichagua,  en  las  que atestan que «Federico  Gildardo  Raad  Romero…era  hermano  del  señor LUIS BELTRÁN QUERUZ ROMERO»  (c. 363050, fs. 9 y 10).     

     

a. Formatos   de  registro  de  hechos  atribuibles  a  grupos  armados  ilegales diligenciados por los reclamantes.     

Perjuicios inmateriales.  

De  entrada se advierte que no fue allegado  el  registro  civil  de  nacimiento de Osnidio Raad Romero, pieza documental que  era  necesaria  para demostrar su relación filial con la víctima directa, pues  en   su   documento   de   identidad  consta  que  nació  el  20  de  junio  de  1961.   

Ello  conduce necesariamente a descartar la  pretensión  indemnizatoria  elevada  por  la  apelante respecto de aquél, pues  echada  de  menos tal condición no hay lugar a decretar reparación a su favor,  máxime  que  el  a  quo  efectivamente se abstuvo de reconocerle indemnización  alguna  y  por  lo  tanto,  en  ese  punto  la  providencia deberá confirmarse.   

Tampoco se entregaron los registros civiles  de  nacimiento  Luis  Beltrán Queruz Romero y Milandy Raad Romero, que también  resultaban  inexorables  para probar su parentesco con Federico Gildardo, porque  uno  y  otro nacieron, conforme se advierte en sus cédulas de ciudadanía, el 9  de octubre de 1945 y el 18 de marzo de 1960, respectivamente.   

No  obstante,  como el a quo consideró que  aquéllos  acreditaron  el vínculo familiar y ello no fue objeto de recurso, la  Sala no puede revisar en ese aspecto la decisión de primer grado.   

Sin perjuicio de lo anterior, la Sala estima  que,  contrario  a  lo  alegado  por  la  recurrente,  los  elementos  de juicio  recaudados  resultan  insuficientes para afirmar que Luis Beltrán Queruz Romero  y  Milandy  Raad Romero sufrieron daño moral como consecuencia del deceso de la  víctima directa.   

Que los dos nombrados participaran junto con  Federico  Gildardo  como socios de una persona jurídica no es una circunstancia  que  permita  inferir,  sin más, la ocurrencia de tales perjuicios, los cuales,  si  no  se  presumen  de los hermanos, menos pueden suponerse de quienes ejercen  conjuntamente una determinada actividad comercial.   

Por  demás,  esa  circunstancia, la de ser  socios,  no  implica  fatalmente, como lo afirma la mandataria, la existencia de  un  especial  vínculo  afectivo, como que ello se enmarca en el contexto de las  relaciones    comerciales    y    económicas,    mas    no    sentimentales   y  afectivas.   

Véase  que  en los respectivos formatos de  registro  de  hechos  atribuibles  a  grupos  armados  ilegales  Luis Beltrán y  Milandy  se limitaron a relatar las circunstancias en que ocurrió el homicidio,  pero   no  dieron  cuenta  de  haber  sufrido  padecimientos  emocionales  o  un  particular  afligimiento  como consecuencia de ello, lo cual tampoco se sigue de  los demás elementos cognoscitivos.   

En  ese orden, como ninguna prueba sustenta  la  pretensión  que en este sentido eleva la opugnadora, la decisión recurrida  será confirmada.   

Perjuicios materiales.  

La  apoderada  judicial  de  Luis  Beltrán  Queruz  Romero  y  Milandy  Raad  Romero asevera que el formulario de matrícula  mercantil    aportado    a    las    diligencias    es   prueba   «para  establecer…las  pérdidas…materiales por el homicidio de  la  víctima  directa»;  en  ese  sentido,  adujo  al  sustentar  su  pretensión  en  desarrollo del incidente de reparación integral  que  era  Federico Gildardo quien «aportaba todas las  ideas  y  el  dinero»  para  el  funcionamiento de la  empresa.   

Pero  lo  cierto es que de la revisión del  material  probatorio  no  se  desprende  la  realidad  de  tal afirmación, pues  ningún   medio  suasorio  revela  que,  como  consecuencia  del  homicidio,  el  funcionamiento  de  la  empresa  se haya visto truncado o entorpecido, por ende,  que se hayan causado afectaciones económicas a sus socios.   

Que   fuese   Federico   Gildardo   quien  contribuyese  exclusivamente  con  ideas  para  el  negocio  es algo que aparece  desvirtuado  en la carpeta contentiva de la actuación, en la que se advierte, a  partir   de   la   certificación  expedida  por  el  SENA,  que  «Osnidio  Raad  Romero  participó  en  la  acción  de  formación  “conceptos generales de microempresa”».   

De ello puede entenderse razonablemente que  el  difunto  no  era  el  único  de  los  hermanos  encargado  de hacer aportes  intelectuales  al negocio, pues uno de los aquí reclamantes adelantó cursos de  capacitación con ese preciso propósito.   

Además,  en el certificado de existencia y  representación   legal  de  la  empresa  “Raad  Hermanos”  se  observa  que  «por   Acta  de  constitución  y  aprobación  de  Estatutos…fue elegido Director Ejecutivo MILADI RAAD ROMERO».   

No  es claro, pues, que la orientación del  negocio,  como  lo  aduce  la  apelante,  dependiera  para su éxito de Federico  Gildardo.   

En ese documento se consigna también que el  capital  de la empresa fue constituido mediante aportes en industria y en dinero  efectuado  en  idénticas  proporciones por Milady, Osnidio y Federico Gildardo,  lo  que  a  su  vez  descarta  que fuese este último el principal contribuyente  financiero de la empresa.   

Así las cosas, echada de menos prueba sobre  la  ocurrencia  de  los  daños  económicos  reclamados,  la  pretensión de la  recurrente deberá despacharse desfavorablemente.   

4.  En  relación  con  Claudia  Patricia,  Zenaida  María,  Marina  Rosario,  Nancy,  María  de  los  Ángeles,  Geovany,  Carmela, Efraín y Rosalba Rodríguez Hoyos.   

La profesional  del  derecho  que  representa  a  las  víctimas indirectas referidas censura el  fallo   de   primer   grado   «en   cuanto  al  no  reconocimiento  de…daño  moral»  como consecuencia  del   homicidio   cometido   en   perjuicio   de   Ilmer   y   Jorge  Rodríguez  Hoyos.   

Aduce   que   el   Tribunal   no  valoró  adecuadamente   los   elementos   suasorios   aportados   que   demuestran   que  aquéllas   «sufrieron   en   su   fuero   interno  sentimientos    como    angustia,   desespero   (y)   tristeza»,   a saber:   

     

a. Copia de la cédula de ciudadanía de los reclamantes.     

     

a. Formatos   de  registro  de  hechos  atribuibles  a  grupos  armados  diligenciados por las víctimas.     

     

a. Registro   civil   de   defunción   de  Ilmer  y  Jorge  Rodríguez  Hoyos.     

     

a. Registro      civil     de     nacimiento     de     Ilmer     Hoyos  Rodríguez.     

     

a. Registros  civiles de nacimiento de Geovany, Zenaida María, Claudia  Patricia,  Carmela,  Efraín,  María  de  los  Ángeles, Nancy y Marina Rosario  Rodríguez Hoyos.     

     

a. Denuncia  de  los  hechos,  presentada el 3 de noviembre de 2009 por  Geovany Rodríguez Hoyos ante la Fiscalía General de la Nación.     

Inicialmente, debe señalarse que si bien se  echan  de  menos  los  registros  civiles  de  nacimiento  de  Rosalba  y  Jorge  Rodríguez  Hoyos,  lo que en principio imposibilitaría tener por demostrado el  parentesco  respecto  de  ellos, el Tribunal lo tuvo por probado y, como ello no  fue  objeto  de  impugnación, la Sala se abstendrá de cualquier consideración  sobre el particular.   

Ahora,  los  medios  de prueba allegados no  demuestran  la ocurrencia de daños morales susceptibles de ser reparados, salvo  en  lo  que  respecta  a  Geovany  y  Efraín  Rodríguez Hoyos, hermanos de las  víctimas  directas,  en  cuyo beneficio se concederá la reparación reclamada.   

En efecto:  

Ninguno  de  los  formatos  de  registro de  hechos  atribuibles  a  grupos armados da cuenta de que las víctimas indirectas  de    los   homicidios   hayan   padecido   «dolor,  sufrimiento,   tristeza,   angustia,   miedo»   como  consecuencia de ello.   

Su  representante  judicial  se  limitó  a  aportar  medios  suasorios  relacionados  con  el parentesco existente entre los  perjudicados   directos   y  sus  hermanos,  pero  ningún  esfuerzo  probatorio  adelantó   para  acreditar  la  realidad  de  los  perjuicios  que  les  fueron  ocasionados.   

Aunque  la  recurrente  aduce  que  prueba  suficiente   de   la   existencia   de  los  daños  morales  es  «la  aproximación  a  los entes públicos, la Fiscalía General de  la   Nación…y  la  Defensoría  del  Pueblo»,  esa  alegación no es de recibo para la Sala.   

De  una  parte, porque se fundamenta en una  evidente  falencia  lógica  de  petición  de  principio,  consistente  en  que  «quien emite una premisa  aspira   sea   tenida   como   cierta  con  su  sola  proposición»23.   

Ello   se  observa  con  claridad  en  la  argumentación  de la apelante, pues solicita que las pretensiones elevadas ante  la  judicatura sean tenidas como prueba de sí mismas, de su realidad, contenido  y  alcance,  con lo cual pierde de vista, además, que el propósito del proceso  penal,  concretamente  en  lo que al incidente de reparación integral respecta,  no  es  otro  que,  precisamente,  lograr  la demostración de las reclamaciones  indemnizatorias  allí  ventiladas  mediante  el  aporte  de elementos de prueba  suficientes para tal fin.   

En  ese  sentido, el artículo 23 de la Ley  975  de  2005,  que  regula  dicho incidente, exige que la víctima «indique  las pruebas que hará valer  para  fundamentar sus pretensiones» y dispone que la  decisión  que  se  adopte  sobre  el  particular  se  tomará con fundamento en  «la prueba ofrecida por las partes».   

A más de lo anterior, el argumento de la  opugnadora   encierra   un   absurdo   lógico   adicional;   de   admitirse  el  planteamiento,  sería  necesario  concluir que cualquier persona que acude a la  administración  de  justicia  para reclamar indemnización de cualquier índole  tendría  sólo por ello derecho a su reconocimiento, pues de lo contrario, como  lo  alega  aquélla,  «no tendría sentido realizar  actos   de   declaración   de   los   hechos   y   hacer  uso  del  derecho  de  postulación».   

Tal    noción    comportaría    la  desnaturalización  del  proceso  judicial  en  lo que a la determinación de la  responsabilidad  civil  atañe,  pues  su  fin no es otro que el de discernir la  realidad y legitimidad de las pretensiones que allí se debaten.   

         La  Sala  tampoco  comparte  el  aserto de la opugnadora según el  cual  el daño moral ocasionado a los familiares de los  difuntos  hermanos  Rodríguez  Hoyos  «es  un hecho  notorio».   

          El   hecho   notorio,   conforme  la  jurisprudencia  de  la  Corte,  «es    aquél    que    por    ser    cierto,           público,          ampliamente  conocido  y  sabido por el  juez  y  el  común  de  los ciudadanos en un tiempo y espacio local, regional o  nacional  determinado,  no requiere para su acreditación de prueba… en cuanto  se   trata  de  una  realidad  objetiva  que  los  funcionarios  judiciales  deben  reconocer,  admitir  y  ponderar  en  conjunto  con  las pruebas obrantes en la actuación, salvo que su  estructuración   no  se  satisfaga  a  plenitud»24         (subraya fuera del texto).   

La  definición  misma  se opone a la del  daño  moral,  que  se  estructura  en razón de los padecimientos emocionales y  anímicos   internos,   subjetivos   y   personales  del  individuo, de modo que no constituyen ni pueden  constituir     realidades     objetivas,     menos     aún,     de     público  conocimiento.   

En  ese  orden,  no  existen  fundamentos  probatorios  suficientes  para  acceder a lo solicitado respecto de Claudia  Patricia,  Zenaida María, Marina Rosario, Nancy, María de  los Ángeles, Carmela, y Rosalba Rodríguez Hoyos.   

Distinto  sucede  con  Geovany  y  Efraín  Rodríguez  Hoyos,  de  quienes  es  posible inferir, con soporte en las pruebas  allegadas,  padecimientos  sentimentales  internos ocasionados como consecuencia  del deceso de sus hermanos Ilmer y Jorge.   

Específicamente, se cuenta con la denuncia  presentada  por el primero nombrado ante la Fiscalía General de la Nación el 3  de   noviembre   de   2009,   cuyo   contenido,   en   lo   pertinente,   es  el  siguiente:   

«…me fui para  donde      mi      otro      hermano,     Efraín  Rodríguez,  a  contarle  lo  sucedido,  con él nos  fuimos  en  la  camioneta de él en la casa donde ocurrieron los hechos…llegó  un  barbachero…y dijo que en el puente de sororia habían (sic) 3 muertos, nos  fuimos  con  mi  hermano…  a ver los muertos y eran  mis    hermanos   y   otra   persona…a  mi  hermano  Jorge  le  faltaban  pedazos  de labio,   los   mataron   con  tiros  de  fusil,  nosotros  de  la  desesperación le(s) amarramos  las  cabezas  ya  que  se  las  habían destruido por completo…» (c. 325537).   

Ese  relato, en lo esencial, fue ratificado  tanto  por  Geovany  como por Efraín al diligencias sus respectivos formatos de  hechos atribuibles a grupos armados ilegales.   

La  narración allí contenida da cuenta de  la  aflicción  emocional  sufrida  por  los  prenombrados como consecuencia del  deceso  de  Ilmer  y  Jorge,  descrita  específicamente  por  uno de ellos como  «desesperación»;           padecimiento  sin  duda constitutivo de perjuicio moral, el cual fue  definido   por  el  Consejo  de  Estado  en  sentencia  de  unificación  citada  previamente  como  «el  dolor,  la  aflicción  y en  general           los           sentimientos           de           desesperación,  congoja,  desasosiego,  temor, zozobra, etc».   

Así  las  cosas,  la  Sala  considera  que  respecto  de  Efraín y Geovany Rodríguez Hoyos existe un mínimo de prueba que  permite  tener  por  acreditado  el  daño  moral  sufrido  por  uno y otro como  consecuencia del homicidio de sus hermanos.   

En razón de lo anterior, concederá a cada  uno  de  ellos  la suma de 100 salarios mínimos mensuales legales vigentes como  reparación  por ese concepto, esto es, 50 salarios mínimos por cada uno de los  fallecidos;  monto  que  corresponde al criterio plasmado por la Sala en CSJ SO,  27  abr. 2011, rad. 34.547 y que fue acogido por el Tribunal a quo sin reparo de  las partes e intervinientes.   

5.  Sobre Jairo, Samuel, José Luis y Uriel  Puentes Jaimes, hermanos de Manuel Puentes Jaimes.   

Alega   el  apelante  que  «abundan  pruebas…que son manifestaciones del pesar, el dolor y la  congoja»  padecidos por sus mandantes por razón de la  muerte  de  su hermano Manuel, por lo cual pide que se ordene la reparación los  perjuicios morales reclamados.   

A  efectos  de  sustentar  esa pretensión,  aportó:   

     

a. Formatos   de  registro  de  hechos  atribuibles  a  grupos  armados  ilegales diligenciados.     

     

a. Entrevista  rendida  por José Luis Puentes Jaimes el 21 de enero de  2009 ante la Fiscalía General de la Nación.     

     

a. Denuncia  de  los hechos presentada por José Luis Puentes Jaimes el  4  de  noviembre  de  2009  ante  la  Alcaldía  de  Codazzi,  en la que puso en  conocimiento de la autoridad el homicidio de su hermano.     

     

a. Copia   de   la   cédula   de   ciudadanía   de  los  reclamantes.     

     

a. Registro  civil  de  nacimiento de Jairo, Samuel, Uriel y José Luis  Puentes Jaimes.     

     

a. Registro civil de defunción de Manuel Puentes Jaimes.     

          Como   acertadamente   lo   coligió  el  Tribunal,  los  medios  de  conocimiento  presentados  como  fundamento  de  la  solicitud  no demuestran la  ocurrencia  del  daño  moral cuya reparación se reclama en esta sede, esto es,  de  los  padecimientos  sufridos  por  Jairo, Samuel, Uriel y José Luis Puentes  Jaimes como consecuencia de la muerte violenta de su hermano.   

          En  la denuncia elevada por el último nombrado el 4 de noviembre de  2009, aquél aseveró:   

«…ese día las  autodefensas  mataron  a  cinco personas, entre eso estaba mi hermano…después  se  dirigieron  a  la  casa  donde  vivía  yo y me dijeron que si yo no quería  correr  con  la  misma  suerte, me fuera de…Casacará, entonces yo cogí todas  mis  cosas  y dejé todo abandonado…a mí me dejó triste porque pedí todo lo  que  yo  había conseguido, en un abrir y cerrar de ojos…no pude ir al sepelio  de    mi    hermano…me    tocó    desplazarme…y   comenzar   nuevamente   a  trabajar…».   

          Aunque  en  ese  relato  José  Luis ciertamente dice haber padecido  aflicciones  emocionales  que define como tristeza, las mismas, como se sigue de  su  simple  lectura,  están  referidas  al  desplazamiento  forzado del que fue  víctima  y  no al fallecimiento de Manuel, concretamente, a que se vio obligado  a    «(dejar)   todo   abandonado»   y   «(perdió)   todo  lo  que…había  conseguido».   

          En  punto  a  lo  decidido  por el Tribunal sobre ese particular, es  decir,  en  relación  con los perjuicios sufridos por la familia Puentes Jaimes  como   consecuencia  del  desplazamiento,  el  apelante  no  manifestó  ninguna  inconformidad.   

         

Tampoco  en la entrevista rendida por José  Luis,  de  fecha  21  de  enero  de  2009,  se advierten elementos de juicio que  permitan acceder a la indemnización solicitada.   

En  esa  ocasión,  el nombrado relató las  condiciones  de tiempo, modo y lugar que rodearon la comisión del delito y dijo  querer  «saber  por  qué  mataron a (su) hermano»,  pero  tampoco describió circunstancias vinculadas con  la materialización del perjuicio moral.   

Similar   sucede   con   las  narraciones  contenidas  en  los  respectivos  formatos  de  registro de hechos atribuibles a  grupos  armados,  que  dan  cuenta  de  la  muerte  de Manuel, pero no contienen  elementos   de   juicio  que  permitan  tener  por  ocurridas  las  afectaciones  emocionales de las víctimas indirectas del homicidio.   

En  suma, ante la precariedad probatoria en  relación  con  la  pretensión  elevada  por el mandatario de los ofendidos, no  queda solución distinta que la confirmación del proveído.   

Resta  indicar  que el recurrente alega que  «el  hecho  de  tomarse  el  trabajo»  de   acudir  ante  las  autoridades  judiciales  para  sustentar  la  pretensión   indemnizatoria  es  prueba  suficiente  de  los  daños  causados;  argumento  que  ya  fue objeto de análisis de la Sala en acápite precedente al  cual se remite ahora.   

6.  Sobre  la  situación  de  William  Enrique  Camargo Cuevas, hijo de Orlando Enrique Araujo  Carrillo.   

En criterio del apelante, el a quo erró al  negar  la  reparación  solicitada  para William Enrique Camargo Cuevas, hijo de  Orlando  Enrique Araujo Carrillo, considerando que los daños no se demostraron,  pues  «las  pruebas  fueron  aportadas en su debido  tiempo ante la Fiscalía».   

En ese sentido, la Corte debe señalar que,  conforme  lo prevé el artículo 23 de la Ley 975 de 2005, la carga de demostrar  la  ocurrencia  de los perjuicios y el monto de su reparación está radicada en  «la  víctima  o…  su  representante   legal   o   abogado   de   oficio»  –  no  la  Fiscalía  – a  quienes  corresponde,  en  desarrollo  del  incidente  de  reparación integral,  «(expresar)   de   manera  concreta  la  forma  de  reparación  que  pretende,  e  (indicar)  las  pruebas  que  hará  valer  para  fundamentar sus pretensiones».   

Consecuente  con  ello,  la disposición en  cita  establece  que  el  respectivo  Tribunal  decidirá  sobre  el  particular  «la prueba ofrecida por  las partes».   

Así las cosas, es claro que las omisiones  demostrativas  que  determinaron  una  decisión desfavorable a los intereses de  William  Enrique  Camargo  Cuevas – esto es, que «no  se  encuentra  debidamente  probado  (sic)  la  relación filial con la víctima  directa,  por  cuanto  no  se aporta registro civil de nacimiento» –  no  son  imputables a la Delegada de la Fiscalía General de la Nación.   

Que  con  anterioridad  al  incidente  de  reparación  integral  el  abogado  haya  entregado a la Fiscalía los medios de  conocimiento  echados de menos nada tiene que ver con la carga probatoria que le  era exigible en el curso de esa diligencia.   

En  efecto,  el  artículo  3° del Decreto  301125 dispone:   

Para  intervenir  en  el  proceso  penal  especial  de  justicia  y  paz las víctimas deberán  acreditar  previamente  esa  condición  ante  el  fiscal  delegado  mediante su  identificación  personal  y  la  demostración  sumaria del cumplimiento de los  requisitos  establecidos  en  el artículo 5° de la Ley 975 de 2005, modificado  por  el  artículo  2°  de  la  Ley  1592  de  2012.  El  proceso  de  acreditación  puede tener lugar en  cualquier  fase del proceso, con anterioridad al incidente de identificación de  afectaciones causadas (hoy incidente de reparación integral)».   

Con   claridad   se   advierte  que  la  acreditación  de  la  condición  de  víctima  ante la Fiscalía General de la  Nación  efectuada con anterioridad a incidente de reparación de ninguna manera  exime  a  los  perjudicados y sus apoderados de la carga de acreditar los daños  sufridos  a  efectos  de  lograr  su  reparación,  pues  tiene  como propósito  exclusivo habilitar su intervención en el proceso.   

En  consecuencia,  no es admisible que el  apelante  pretenda  excusar  el  incumplimiento  de  la  carga  de probar que le  asistía  trasladándola a la Fiscalía, cuando sin lugar a duda se desprende de  la  normatividad  vigente  que  es  a  la víctima, a través de su apoderado, a  quien   corresponde   presentar   los  elementos  de  juicio  que  sustentan  la  pretensión indemnizatoria.   

Ahora  bien,  incluso  de  admitirse,  en  gracia  de  discusión,  que  los documentos aportados por el recurrente ante la  Fiscalía  por fuera del trámite del incidente de reparación integral debieron  ser  valorados  para  efectos  de  decidir sobre las reparaciones reclamadas, de  todas   maneras   no   habría   lugar   a   revocar   el  fallo  confutado.  Se  explica:   

A   las  diligencias  fue  allegado  un  documento  en  el  que  consta  que  el  apoderado  judicial  de Araujo Carrillo  entregó   a  la  «Fiscalía  de  Justicia,  Paz  y  Reparación»    de   Valledupar,   entre   otras,  «copia  del registro civil de nacimiento de William  Enrique Camargo Cuevas».   

No obstante lo anterior, el representante  del  nombrado  también aportó una declaración jurada rendida el 6 de julio de  2014  ante  la  Notaría  Única  del  Círculo  de  Codazzi,  Cesar,  en la que  Francisco   Mamerto   Espinoza   Ortiz   y   Armando   Luis   Gámez  Rodríguez  aseveraron:   

«Conocemos de  vista,  trato  y  comunicación  al señor William Enrique Camargo Cuevas, desde  hace  varios, y por ese conocimiento que tenemos de él sabemos y nos consta que  es   hijo   legítimo  de  ORLANDO  ENRIQUE  ARAUJO  CARRILLO,  quien  falleció  violentamente  el día 02-12 de 1997…él convivió con la señora ANA SANTIAGA  CAMARGO  VUEVAS, con quien lo crearon a él, quien no  alcanzó     a     registrarlo»     (f. 17).   

Esa  información  fue  ratificada por el  propio  opugnador  en  la  audiencia de incidente de reparación integral, en la  que manifestó:   

«…anexo como  prueba…declaración  extra juicio…donde queda demostrado la calidad de hijo,  ya  que  éste  no  fue  registrado por la víctima,  Orlando  Enrique  Araujo  Carrillo…» (quinto corte, récord 1:10:00).   

Entonces, si está demostrado – y así lo  admite  el  recurrente  –  que  en  el  registro  civil de nacimiento de William  Enrique  Camargo Cuevas no figura Orlando Enrique Araujo Carrillo como su padre,  no  se  comprende  qué  perjuicio  le  ocasionó la conducta de la Fiscalía en  cuanto  se  abstuvo de aportar ese documento a la actuación, pues carecería de  valor probatorio para acreditar el parentesco entre uno y otro.   

Así  pues,  como  le  asistió razón al  Tribunal  al  considerar  que  no  se  demostró el vínculo de filiación entre  Camargo  Cuevas  y  la  víctima directa, la Sala ratificará en ese acápite el  fallo confutado.   

7. Sobre los hermanos y sobrinos de Orlando  Enrique  Araujo Carrillo, Pedro Luis Fontanilla Vides, Juan de la Cruz Martínez  Monterrosa y Federico Gildardo Raad Romero.   

El  apelante  pide  la  revocatoria  de  la  sentencia  de  primer  grado  en  cuanto negó la reparación solicitada por las  víctimas  indirectas  de  los  nombrados, para lo cual presenta, conjuntamente,  tres argumentos:   

     

a. El  Tribunal  debió  tener  por  prueba suficiente de los daños el  relato  de los perjudicados contenido en los respectivos formatos de registro de  hechos  atribuibles  a grupos armados, porque de acuerdo con el artículo 27 del  Decreto  3011  de  2013 dicha narración «constituye  prueba  sumaria  de  las afectaciones causadas», pero,  además,  por  respeto  al principio de buena fe establecido en el artículo 5º  de la Ley 1448 de 2011.     

     

a. Debe  presumirse el daño moral sufrido por los parientes en segundo  grado de consanguinidad de las víctimas directas de homicidio.     

     

a. Los  perjuicios sufridos por los perjudicados indirectos constituyen  un  hecho  notorio  que,  por lo mismo, no requiere ser probado, máxime que las  reglas  probatorias  deben  flexibilizarse  en  beneficio de las víctimas en el  proceso de justicia transicional.      

Los planteamientos del recurrente reseñados  en  los  literales  B  y  C fueron objeto de examen en acápites precedentes, de  modo  que  la  Sala  se  remite  para  su  réplica  a las consideraciones allí  esbozadas.   

En  lo  que  tiene que ver con el argumento  exteriorizado  por  el  recurrente  en el literal A, conforme el cual constituye  prueba  suficiente  del  daño  sufrido  el relato consignado en los formatos de  registro  de  hechos  atribuibles  a grupos armados, la Corte parte por señalar  que  el  artículo  27  del  Decreto  3011  de 201326 dispone:   

«Artículo    27. Incidente    de  identificación       de       las       afectaciones      causadas. Una vez aceptados los cargos por los  postulados,  la  Magistratura  dará  inicio  al incidente de identificación de  afectaciones   causadas,  indicándoles  a  todas  las  víctimas  cuál  es  el  propósito  del  incidente,  cómo es su participación y la del postulado en el  mismo,  y  cuál  es  el  procedimiento  que se adelantará. Acto seguido, se le  dará  la  palabra  a  las  víctimas  o  en  su  defecto  a sus representantes,  que  procederán a narrar y relatar de forma libre y  espontánea   su   versión   de   las  afectaciones  causadas  por  el  patrón  de macrocriminalidad identificado.  Las  víctimas  podrán  manifestar  si  consideran  que  ostentan  la  condición  de sujeto de  reparación colectiva.   

   

El   incidente  de  identificación  de  afectaciones  causadas  es  una medida de contribución al esclarecimiento de la  verdad  y  de satisfacción de las víctimas, en los términos del artículo 139  de  la Ley 1448 de 2011. Durante el incidente la Sala de Conocimiento escuchará  las  narraciones de las víctimas sobre las afectaciones causadas por el patrón  de macrocriminalidad.   

   

El  incidente  presupone  un  espacio  de  respeto  y redignificación de  la  víctima. Del incidente se dejará soporte  fílmico o auditivo que se incorporará al expediente.   

   

El relato de la víctima constituye prueba  sumaria  de  las  afectaciones  causadas. Este relato  será   tenido   en   cuenta   por   la  Sala  para  el  análisis  del  patrón  de macrocriminalidad en  la  sentencia.  En  todo  caso,  el  hecho  de que la  víctima  decida no participar activamente en el incidente de identificación de  las  afectaciones causadas no repercutirá negativamente en su derecho a acceder  a  la  reparación  por vía administrativa de manera preferente, de acuerdo con  las disposiciones contenidas en el presente decreto.   

   

La magistratura reconocerá públicamente  la  importancia  de  las  intervenciones  realizadas  por  las víctimas para el  esclarecimiento del patrón de macrocriminalidad».   

Del  tenor  de  la  disposición aludida se  desprenden  con  claridad dos razones por las cuales el planteamiento del censor  no puede ser acogido.   

En  primer  lugar, la norma no atribuye los  pretendidos  efectos  probatorios  a  lo  dicho  por  los  perjudicados  en  los  respectivos  formatos  de  registro de hechos atribuibles a grupos armados, como  erradamente  lo  entiende  aquél,  sino  a  la  narración  que  de lo sucedido  hicieren   en   el   desarrollo  de  la  audiencia  de  identificación  de  las  afectaciones causadas a las víctimas.   

En contraste, conforme al artículo 3º del  Decreto  citado,  los  tantas  veces  referidos  formatos  de registro de hechos  atribuibles  a  grupos  armados tienen como propósito acreditar sumariamente la  condición  de  víctima  de  los  perjudicados  para  permitirles  «intervenir   en  el  proceso  penal  especial  de  justicia  y  paz», en consecuencia, es  claro  que  ello  no  comporta  una  exoneración  o  sustitución  de  la carga  probatoria  que  les  asiste  respecto  de  los  perjuicios  cuya indemnización  reclaman.   

De otro lado, el argumento del recurrente no  es  admisible  porque  la  disposición  en  que  se  fundamenta  reglamenta  el  artículo   23   de  la  Ley  1592  de  2012,  que  estatuyó  el  incidente  de  identificación  de  las  afectaciones  causadas a las víctimas y sustituyó el  incidente  de reparación integral, regulado en el artículo 23 de la Ley 975 de  2005.   

No  obstante,  ese  precepto  fue declarado  inexequible      por      la     Corte     Constitucional     C     –   284  de  2014,  en  la  que,  con  fundamento  en  la  categoría  de  la reviviscencia, entendió que «las  normas  de  la  Ley  975 de 2005 que regulan el incidente de  reparación  integral,  que  son  derogadas  implícitamente…deben recobrar su  vigencia».   

 En  suma,  con  ocasión  del  proferimiento de esa providencia, el incidente de identificación  de  las  afectaciones  causadas  a  las  víctimas desapareció del ordenamiento  jurídico  y  recobró  vigencia el artículo 23 de la Ley 975 de 2005 original,  que estatuye el incidente de reparación integral.   

El asunto no es simplemente formal, porque a  uno y otro incidente subyacen lógicas diferentes.   

Véase  que  en  vigencia  del incidente de  identificación  de  las  afectaciones causadas a las víctimas, la normatividad  vigente      disponía      que     «bastará  con  la prueba sumaria para fundamentar las afectaciones  alegadas  y  se  trasladará la carga de la prueba al  postulado,  si este estuviere en desacuerdo»; además,  la  norma  señalaba  que  dichas  afectaciones  «en  ningún  caso  serán  tasadas»   porque una vez  proferido  el  fallo,  correspondía  a  «la  Unidad  Administrativa   Especial  para  la  Atención  y  Reparación  Integral  a  las  Víctimas  y/o  a  la Unidad Administrativa Especial de Gestión de Restitución  de  Tierras Despojadas» incluir a las víctimas en los  registros  correspondientes  y  realizar los pagos en las cuantías establecidas  para la reparación administrativa.   

Distinto   sucede   en  el  incidente  de  reparación  integral,  en  el  que  el  artículo  23  de  la  Ley  975 de 2005  expresamente  demanda  que  la  víctima,  a través de sus apoderados, acredite  probatoriamente  las  pretensiones  indemnizatorias  elevadas, de modo que no es  posible    tenerlas    por    demostradas   con   el   simple   relato   de   lo  sucedido.   

En  ese  orden, no podía el a quo, como lo  pretende  ahora el apelante, dar por probada la ocurrencia de los daños morales  con  fundamento  exclusivo  en las manifestaciones contenidas en los formatos de  registro   de   hechos   atribuibles   a   grupos   armados   al  margen  de  la  ley.   

Súmase a lo anterior que, de todas maneras,  al  revisarse  dichos  documentos  se  advierte  que  contienen  una  narración  objetiva  de  los  hechos  atribuidos  a PESTANA CORONADO, cuya ocurrencia no es  objeto  de  controversia,  pero no dan cuenta de la materialidad u ocurrencia de  daños  morales  concretos  en  perjuicio  de  los  familiares  de las víctimas  directas.   

Resta  agregar  que  la  Sala no soslaya el  principio  de  buena  fe, consagrado no sólo en el artículo 5º de la Ley 1448  de  2011,  sino  también  en  el  artículo 83 de la Carta Política y que, por  ende, irradia todas las actuaciones judiciales y administrativas.   

No  obstante,  lo  anterior  no comporta la  exoneración  de  la  carga  probatoria  que asiste a quienes concurren ante las  autoridades  para  reclamar  la  reparación  por  los  daños que afirman haber  padecido.   

Tanto  es  así, que el precitado artículo  5º    de   la   Ley   1448   de   2011,   aunque   dispone   que    «el  Estado  presumirá la buena fe  de   las   víctima»,   establece   también   que  «la  víctima  podrá  acreditar  el daño sufrido, por cualquier medio legalmente aceptado».   

          De  ello  se sigue entonces con total claridad que la presunción de  buena  fe no comporta desde ninguna óptica que las reclamaciones efectuadas por  los perjudicados no deban ser suficientemente demostradas.   

          Así  las  cosas,  como  ningún  yerro  se advierte en la sentencia  recurrida, también en este acápite será confirmada.   

Sobre  la  tasación  de  los  perjuicios  ocasionados por el delito de desplazamiento forzado.   

Tres   de  los  recurrentes  censuran  la  sentencia  de  primer  grado  porque  para calcular el monto de las reparaciones  decretadas   por   los  daños  ocasionados  como  consecuencia  del  delito  de  desplazamiento  forzado,  el  Tribunal  aplicó los montos y baremos fijados por  esta  Sala  en  sentencia  de  abril  27  de  2011, radicado 34.547, que estiman  desactualizados  como quiera que desde entonces han transcurrido cerca de cuatro  años.   

En  efecto, el Tribunal en el caso presente  resolvió,   con   referencia   expresa   a  ese  precedente,  que  «cada  persona  desplazada  de un mismo núcleo familiar recibirá  una  cuantía  de  17  millones de pesos, con un máximo por núcleo familiar de  120 millones de pesos».   

Pero esa determinación se fundamenta en una  comprensión   errada  de  lo  decidido  por  esta  Corporación  en  la  citada  providencia,   en   la  que  acogió  «el  criterio  plasmado  por  el  Consejo  de Estado en los casos de  desplazamiento  forzado  en  los  cuales ha fijado 50  S.M.M.L.V.   como   indemnización»   por    perjuicio    moral    ocasionado    por   el   desplazamiento  forzado.   

Así,  el  valor  de  la reparación no fue  fijado  por  la Corte en $17.000.000, como erradamente lo entendió el Tribunal,  sino  en  50 salarios mínimos mensuales vigentes, que actualmente corresponden,  conforme al Decreto 2731 de diciembre 30 de 2014, a $32.217.500.   

Ahora,  en  el  fallo  aludido,  la  Corte  también    aseveró    que    dicho    valor   debía   aparecer   «morigerado   de   acuerdo   a   la   extensión   de  cada  grupo  familiar»,   esto   es,  «con un máximo por núcleo familiar de 120 millones  de pesos».   

Pero  dicho  tope,  que en esa ocasión fue  fijado  en  una suma absoluta y no en unidades de valor constante, también debe  actualizarse para evitar desigualdades materiales.   

En  efecto,  por  razón de la devaluación  natural  de la moneda, $120.000.000 a la fecha presente representan una cantidad  real  de  dinero  considerablemente  inferior  que para el año 2011, pues dicha  suma, hoy en día, está revestida de un menor poder adquisitivo.   

En  esa  comprensión,  de admitirse que el  límite  máximo  de  la  indemnización  por  grupo  familiar  permanece  igual  después  de  transcurridos  más  de cuatro años, se estaría prodigando a los  reclamantes  un  trato  discriminatorio,  sin  que existan razones de hecho o de  derecho  que lo justifiquen, respecto de quienes fueron reparados por idénticos  hechos hace algunos años.   

Para  solucionar  la  distorsión  aludida,  basta  tener  en  cuenta  que  para  el  año  2011, $120.000.000 correspondían  a   224  salarios  mínimos  mensuales  vigentes,  los  cuales  a  la fecha  equivalen  a  $144.334.400.  Ambas  cifras  representan,  como  consecuencia del  efecto inflacionario, idéntica cantidad real de dinero.   

De  acuerdo  con  lo  expuesto,  la  Sala  modificará   la   sentencia   recurrida   para   ajustar  la  cuantía  de  las  indemnizaciones  otorgadas  por  daños  morales ocasionados como por razón del  delito  de  desplazamiento  forzado  de  la  forma  que se explica seguidamente,  teniendo  en  cuenta  que cada una de las celdas ubicadas en el margen izquierdo  corresponde a un mismo grupo familiar:   

VÍCTIMA             

MONTO  DECRETADO POR EL TRIBUNAL             

MONTO  CORREGIDO POR LA SALA             

TOTAL  POR  GRUPO FAMILIAR  

– Dagoberto  Niño Parra.   

– Ruth Esther Niño Parra.  

– Yolanda Niño Parra.  

– Freddy Niño Parra.  

– Celena Niño Parra.  

– Jackelyn Niño Parra.  

– Lucila Niño Parra.  

– María Graciela Parra García.  

– Cosme Niño Logo.            

$13.333.333  c/u.             

$16.037.155   

c/u.            

$144.334.400.  

–  Zenaida  Sarabia  Abril.   

– Eli Yohana Niño Sarabia.            

$17.000.000  c/u.             

$32.217.500  c/u.             

$64.435.000.  

– Ana Albertina Peña  Quiroz.   

– Yadis Manuel Monterrosa Peña.            

$17.000.000  c/u.             

$32.217.500  c/u.             

$64.435.000.  

–  Osneider Quintero  Rodríguez.   

– Yeidis Quintero Rodríguez.  

– Omaira Rodríguez Gelvis.            

$17.000.000  c/u.             

$32.217.500  c/u.             

$96.652.500.  

– María Digneri Peña  Lázaro.   

–     Sheila    Johanna    Rodríguez  Peña.             

$17.000.000  c/u.             

$32.217.500  c/u.             

$64.435.000.  

–  Noralba  Becerra  Quintero.   

–     Jorge    Leonardo    Rodríguez  Becerra.   

–   Liceth   Paola   Rodríguez  Becerra.             

$17.000.000  c/u.             

$32.217.500  c/u.             

$96.652.500.  

–  Carmela  Hoyos  Sepúlveda.   

– Efraín Rodríguez Meza.  

–     Marina    Rosario    Rodríguez  Hoyos.   

-Nancy Rodríguez Hoyos.  

– Efraín Rodríguez Hoyos.  

–   María  de  los  Ángeles  Rodríguez  Hoyos.   

– Rosalba Rodríguez Hoyos.  

– Carmela Rodríguez Hoyos.  

– Geovany Rodríguez Hoyos.  

– Zenaida Rodríguez Hoyos.  

–    Claudia    Patricia    Rodríguez  Hoyos.             

$10.909.000  c/u.             

$13.121.309  c/u.             

$144.334.399.  

–  Leonidas  Isabel  Vides de Ángel.   

–     Julio     Alberto    Fontanilla  Barros.   

– Francia Elena Fontanilla Vides.  

– Sixta Tulia Fontanilla Vides.  

– Omar Enrique Fontanilla Vides.  

–  Yulieth  Fontanilla  Vides.             

$17.000.000  c/u.             

$24.055.733  c/u.             

$144.334.400.  

Norberto   Amador  Ávila.             

$17.000.000.             

$32.217.500.             

$32.217.500.  

José  Luis  Puentes  Jaimes.             

$17.000.000.             

$32.217.500.             

$32.217.500.  

Precisado lo anterior, la Sala debe señalar  que  los  apoderados  judiciales de los familiares de Jorge Niño Parra y Diomar  Quintero  Navarro  no  interpusieron recurso contra la sentencia del Tribunal en  lo    que    al   monto   de   la   reparación   por   desplazamiento   forzado  respecta.   

No  obstante  lo  anterior, la decisión de  ajustar  su  cuantía en ese punto se adoptará, conforme al esquema precedente,  respecto  de  todas  las víctimas en cuyo favor fue decretada la indemnización  por   daño   moral   ocasionado  por  el  desplazamiento  forzado  –    cuarenta   en   total   –   con  independencia  de que su apoderado no hubiese apelado en ese concreto ámbito el  fallo de primera instancia.   

Lo anterior, pues aunque la competencia del  juzgador  de segundo grado está limitada al objeto de impugnación, se extiende  a    aspectos   que,   sin   ser   recurridos,   le   están   inescindiblemente  ligados.   

En  ese  orden,  no  podría modificarse la  magnitud  de  los  pagos  sólo  respecto  de  los perjudicados cuyos apoderados  controvirtieron   la  decisión  del  Tribunal  sin  extender  los  efectos  del  pronunciamiento a la situación de los no recurrentes.   

Resta  agregar  en  este punto que el a quo  negó   las  pretensiones  de  varios  de  los  perjudicados  que  pidieron  ser  indemnizados  por  los  daños sufridos por el delito de desplazamiento forzado,  ello   no   fue  objeto  de  recursos,  pues  las  apelaciones  se  limitaron  a  controvertir  los  montos  de  las reparaciones en aquéllos casos en que fueron  decretadas,  pero  además,  únicamente respecto del daño moral, de modo que a  ello se limita el análisis de la Sala.   

Sobre  el  plazo otorgado para realizar el  pago de las condenas.   

Por último, dos de los apelantes piden por  vía  de  apelación que se adicione el fallo de primera instancia para fijar el  plazo  con  que cuenta «la comisión de reparación»  para   realizar  los  pagos  correspondientes  a  las  diferentes indemnizaciones ordenadas.   

La Sala no accederá, por dos razones, a la  solicitud.   

En primer lugar, porque el término con que  cuentan  las  entidades  públicas para efectuar pagos de dicha naturaleza está  regulado  en  una  disposición  legal  de  orden  público,  de  modo que no le  corresponde al fallador establecerlo.   

En  efecto, el artículo 299 de la Ley 1437  de 2011 dispone:   

«Artículo  299.  De  la  ejecución  en  materia  de  contratos  y  de condenas a entidades  públicas. Salvo  lo establecido en este Código para el cobro coactivo a favor  de  las  entidades  públicas, en la ejecución de los títulos derivados de las  actuaciones  relacionadas  con  contratos celebrados por entidades públicas, se  observarán  las  reglas  establecidas en el Código de Procedimiento Civil para  el proceso ejecutivo de mayor cuantía.   

Las   condenas  impuestas  a  entidades  públicas  consistentes  en  la liquidación o pago de una suma de dinero serán  ejecutadas  ante  esta  misma  jurisdicción  según  las  reglas de competencia  contenidas  en  este  Código,  si dentro de los diez (10) meses siguientes a la  ejecutoria   de   la   sentencia   la   entidad   obligada   no   le   ha   dado  cumplimiento».   

De  otro lado porque, incluso de no existir  dicha  normatividad,  la  fijación  judicial  del  plazo  para  el pago podría  comprometer  o  menoscabar  los  derechos  de  víctimas  constituidas  en otros  procesos  cuyas  indemnizaciones,  de  haber  sido reconocidas con anterioridad,  deben entonces ser canceladas preferentemente.   

Bastan las consideraciones precedentes para  desestimar la solicitud impetrada en ese sentido.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, Administrando Justicia en  nombre de la República de Colombia y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE:  

1.  CONFIRMAR  la     sentencia    de    primera    instancia  objeto  de impugnación, de  conformidad  con la parte motiva de esta providencia,  pero con las siguientes modificaciones:   

1.1. MODIFICAR  el   fallo  de  primer  grado,  en  el  sentido  de  CONDENAR  a  LUIS  CARLOS  PESTANA  CORONADO,  y  solidariamente   a   los   demás   miembros   del  Bloque  Norte,  al     pago    de    100  salarios  mínimos  mensuales legales  vigentes      a     favor     de     Efraín  y  Geovany  Rodríguez  Hoyos,  respectivamente,  por concepto de indemnización por los daños morales sufridos  como  consecuencia  del  homicidio  de  sus  hermanos  Ilmer y Jorge Rodríguez Hoyos.   

1.2. MODIFICAR  la   sentencia   recurrida,   de  acuerdo  con  las  consideraciones  consignadas  en  este  fallo,  en  cuanto tasó el monto de las  indemnizaciones   reconocidas   a   las   víctimas   directas   del  delito  de  desplazamiento forzado.   

En    consecuencia,    CONDENAR  a  LUIS  CARLOS PESTANA CORONADO, y solidariamente a los demás miembros del Bloque  Norte   de   las  A.U.C.,  a  pagar  los  siguientes  valores:   

    

Víctima             

Daño  Moral             

Daño  Emergente             

Lucro  Cesante             

Desplazamiento  

Homicidio             

Secuestro  

Adiela   Durán  Rivera             

$61.600.000             

N/A             

$4.392.204             

$416.082.058             

N/A  

María  Parra  de  Niño             

$61.600.000             

N/A             

$4.392.204             

$61.600.000             

$16.037.155  

Cosme   Niño  Lobo             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

N/A             

$16.037.155  

Yolanda   Niño  Parra             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$16.037.155  

Freddy Alonso Niño  Parra             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$16.037.155  

Celena   Niño  Parra             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$16.037.155  

Jackelyn  Niño  Parra             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$16.037.155  

Lucila   Niño  Parra             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$16.037.155  

Dagoberto  Niño  Parra             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$16.037.155  

Ruth  Esther Niño  Parra             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$16.037.155  

Zenaida  Sarabia  Abril             

N/A             

N/A             

$137.614.630             

$61.600.000             

$32.217.500  

Ely    Niño  Sarabia             

N/A             

N/A             

$71.040.614             

$61.600.000             

$32.217.500  

Sindy Paola  Torregrosa Mejía             

$61.600.000             

N/A             

$4.419.135             

$143.026.876             

N/A  

Manuel  Puentes             

$61.600.000             

N/A             

$4.392.204             

$152.888.532             

N/A  

José Luis Puentes  Jaimes             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$32.217.500  

Omaira  Rodríguez  Gelvis             

$61.600.000             

N/A             

$4.392.204             

$109.204.388             

$32.217.500  

Osneider Rodríguez  Quintero             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

$36.469.668             

$32.217.500  

Yeidys  Quintero  Rodríguez             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

$39.486.476             

$32.217.500  

Norberto  Amador  Ávila             

N/A             

$18.480.000             

N/A             

N/A             

$32.217.500  

Julio Enrique Araujo  Ramírez             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A  

Leonidas  Isabel  Vides de Ángel             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

N/A             

$24.055.733  

Julio   Alberto  Fontanilla Barros             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

N/A             

$24.055.733  

Francia   Elena  Fontanilla Vides             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$24.055.733  

Sixta   Tulia  Fontanilla Vides             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$24.055.733  

Omar   Enrique  Fontanilla Vides             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$24.055.733  

Yulieth Fontanilla  Vides             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$24.055.733  

María Digneri Peña  Lázaro             

$61.600.000             

N/A             

$4.392.204             

$108.890.363             

$32.217.500  

Sheila  Johana  Rodríguez Peña             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

$108.890.363             

$32.217.500  

Noralba  Becerra  Quintero             

$61.600.000             

N/A             

$4.392.204             

$72.788.733             

$32.217.500  

Liceth   Paola  Rodríguez Becerra             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

$72.788.733             

$32.217.500  

Jorge  Leonardo  Rodríguez Becerra             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

$72.788.733             

$32.217.500  

Claudia  Patricia  Rodríguez Hoyos             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$13.121.309  

Zenaida  María  Rodríguez Hoyos             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$13.121.309  

Marina  Rosario  Rodríguez Hoyos             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$13.121.309  

Nancy  Rodríguez  Hoyos             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$13.121.309  

María  de  los  Ángeles Rodríguez Hoyos             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$13.121.309  

Carmela Rodríguez  Hoyos             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$13.121.309  

Geovany Rodríguez  Hoyos             

100  S.M.M.L.V.             

N/A             

N/A             

N/A             

$13.121.309  

Efraín Rodríguez  Meza             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

N/A             

$13.121.309  

Carmela  Hoyos  Sepúlveda             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

N/A             

$13.121.309  

Efraín Rodríguez  Hoyos             

100  S.M.M.L.V             

N/A             

N/A             

N/A             

$13.121.309  

Rosalba Rodríguez  Hoyos             

N/A             

N/A             

N/A             

N/A             

$13.121.309  

Ana Albertina Peña  Quiroz             

$61.600.000             

N/A             

$3.797.949             

$173.846.331             

$32.217.500  

Yadis  Monterrosa  Peña             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

N/A             

$32.217.500  

Cristina  Romero  Pérez             

$61.600.000             

N/A             

$4.392.204             

N/A             

N/A  

Claudia  Blanco  Blanco             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

$104.385.945             

N/A  

Heilen   Raad  Blanco             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

$52.192.972             

N/A  

Marlon   Raad  Blanco             

$61.600.000             

N/A             

N/A             

$52.192.972             

N/A  

2.  Contra  esta  decisión  no  procede  ningún recurso.   

Notifíquese   y   cúmplase.   

JOSÉ         LUIS   BARCELÓ               CAMACHO   

JOSÉ   LEONIDAS   BUSTOS   MARTÍNEZ   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO       FERNÁNDEZ CARLIER   

GUSTAVO    ENRIQUE   MALO   FERNÁNDEZ   

EYDER   PATIÑO   CABRERA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS      GUILLERMO     SALAZAR  OTERO   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1 CSJ  AP, 9 jul. 2014, rad. 43.557.   

2  Ibídem.   

3 CSJ  AP, 28 may. 2008, rad. 29.560.   

4 CSJ  SP, 6 dic. 2012, rad. 37.048.   

5 CSJ  SP, 12 may. 2010, rad. 32.180.   

6  Sentencia  C  –  052 de  2012.   

7  Ibídem.   

8 CSJ  SP, 6 jun. 2012, rad. 35.637.   

9 CSJ  SP, 17 abr. 2013, rad. 38.508.   

10 CSJ  SP, 30 abr. 2014, rad. 42.534.   

11  Corte  Constitucional,  sentencia  T  – 446 de 2013.   

12  Consejo  de  Estado,  Sala  de  lo Contencioso Administrativo, Sección Tercera.  Sentencia de 28 de agosto de 2014, rad. 26.251.   

13  Así,   por   ejemplo,   en  las  sentencias  “Panigua  Morales  y  otros  vs.  Guatemala” y “Villagrán Morales y otros vs. Guatemala”.   

14  CSJ SP, 30 abr. 2014, rad. 42.534.   

15  Sentencia  SU  – 254 de  2013.   

16  Sentencia  C  –  200 de  2002.   

17  Sentencia  C  –  061 de  2010.   

18  CSJ SP, 12 nov. 2014, rad. 43.484.   

19  Ibídem.   

20  CSJ SP, 17 abr. 2013, rad. 40.559.   

21  CSJ SP, 6 jun. 2012, rad. 38.508.   

22  CSJ SP, 17 abr. 2013, rad. 40.559.   

23  CSJ AP, 29 ene. 2014, rad. 41.620.   

24  CSJ  SP,  12  de mayo de 2010, Rad. 29799. Citado en CSJ SP, 5 de junio de 2014,  Rad. 35.113. Reiterado en CSJ AP, 18 mar. 2015, rad. 44.540.   

25  Hoy  contenido  en  el  artículo  2.2.5.1.1.3  del Decreto compilatorio 1069 de  2015.   

26  Hoy  correspondiente  al  artículo 2.2.5.1.2.2.15 del Decreto compilatorio 1069  de 2015.     

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