SP12183-2015(45550)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Magistrada ponente  

SP12183-2015  

Radicación N° 45550  

Aprobado Acta No. 314  

Bogotá,    D.C.,    nueve   (9)   de   septiembre   de   dos   mil   quince  (2015).   

VISTOS  

Derrotado  el  proyecto  presentado  por  el  Ponente  inicial,  la Sala Mayoritaria, de oficio, examina si al procesado JAMES  ALBERTO  CHAVES  ILES,  condenado en las instancias por el Juzgado 5° Penal del  Circuito  de  Popayán  y  el Tribunal Superior de ese Distrito Judicial, que lo  hallaron  penalmente  responsable  del delito de fabricación, tráfico, porte o  tenencia  de  armas  de fuego, accesorios, partes o municiones, se le vulneraron  sus garantías fundamentales.   

HECHOS  

Por   información   suministrada   a  las  autoridades  policiales,  se  tuvo conocimiento sobre la existencia de una banda  delincuencial  dedicada  al  hurto  de  pasajeros  del  transporte  de  servicio  público  intermunicipal  en el sector de Pan de Azúcar, del municipio de Rosas  (Cauca),  bajo la modalidad de atraco con armas de corto alcance tipo revólver,  escopetas  y  artesanales  (changón),  cuyos  integrantes  residían en la vía  Panamericana, concretamente, en la vereda Pan de Azúcar.   

Como   consecuencia   de  las  labores  de  verificación  y  vecindario,  en  las  que  se logró determinar el lugar donde  moraban  algunos  de  ellos,  la Fiscalía ordenó el allanamiento y registro de  varias  viviendas,  y  el  23  de  febrero  de  2012 funcionarios de la policía  judicial  se hicieron presentes en el inmueble de James  Alberto  Chaves  Iles,  en el que hallaron, debajo del  colchón  de la cama de una de las habitaciones, una pistola calibre 7.65, marca  Browing, un proveedor y tres cartuchos.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1.   En   audiencia  preliminar  del  día  siguiente,  el  Juzgado  Promiscuo  Municipal  de  Rosas  impartió legalidad al  allanamiento  y  procedimiento  de  registro  y  filmaciones;  a  la  captura de  James Alberto Chaves Iles y a  la  imputación que, en su contra, formuló la Fiscalía 1ª Local por el delito  de    fabricación,  tráfico,  porte o tenencia de armas de fuego,  accesorios,   partes   o   municiones,   en   la   modalidad   de   tener.   

Impuso al nombrado medida de aseguramiento de  detención  preventiva en establecimiento carcelario1.   No   obstante,   el  5  de  diciembre  posterior, el Juzgado 4° Penal Municipal con funciones de control de  garantías  de Popayán la sustituyó por la del sitio de residencia2   

2.  En  igual sentido, se radicó escrito de  acusación    el    11    de    abril    de   20123  y su formulación se llevó a  cabo  el  1°  de  junio  de ese año ante el Juzgado 5° Penal del Circuito con  funciones    de    conocimiento    de    Popayán4.   

3. La audiencia del juicio oral inició el 24  de    septiembre    de   la   referida   anualidad5  y  finalizó el 30 de mayo de  2014,  con  anuncio de sentido de fallo condenatorio6.   

4.  La  providencia se dictó el 25 de julio  ulterior  y en ella se impuso a CHAVES ILES 9 años de prisión e igual término  para  las  accesorias  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  y  privación  para  el  derecho  a la tenencia y porte de  armas7.   La   Juez   decretó  el  comiso  de  la  pistola  calibre  7,65  milímetros, marca Browing.   

5.  Apelada la sentencia por la defensa, fue  confirmada  el  16  de  septiembre  siguiente  por  el  Tribunal Superior de ese  distrito                   judicial8.   

6.  El  defensor  de  la  acusada  interpuso  recurso  de  casación  y  presentó  la  demanda  correspondiente,  la cual fue  inadmitida  por  esta  Sala  en proveído del 10 de junio del año en curso. Sin  embargo,  se  habilitó  el  recurso  para  examinar  la  posible violación del  principio de legalidad de la pena.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  En  auto del pasado 10 de junio, la Sala  encontró  necesario «analizar la posible afectación  del  principio  de legalidad de la pena, en concreto, al imponer la accesoria de  privación   del   derecho   a   la  tenencia  y  porte  de  armas».   

2.  Tal  como  se  narró  en  el  acápite  anterior,   el  Juzgado  5°  Penal  del  Circuito  de  Popayán,  en  sentencia  ratificada   por   el   Tribunal   Superior,   impuso  al  acusado  9  años  de  prisión9  e  igual término para la accesoria de privación del derecho a la  tenencia y porte de arma.   

Al  adelantar  esa labor, se constata que el  a   quo  no  consignó  un  motivación  específica para fijar dicha sanción y, adicionalmente, no acudió  al  sistema de cuartos regulado en el artículo 61 del Código Penal10.   

2.1.  En  cuanto  al primer aspecto, la Sala  Mayoritaria  ha  sostenido  que, si bien los jueces tienen el deber de sustentar  el  monto  que  imponen  por  las  penas  principales  y accesorias -salvo   la   inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  en  los  casos  en que su duración corresponda a la de la  pena  privativa  de  la  libertad-,  lo cierto es que,  tratándose  de  la privación del derecho a la tenencia y porte de arma, cuando  se  procede  por  delitos  de fabricación, tráfico y porte de armas de fuego o  municiones  de  defensa  personal o de uso privativo de las Fuerzas Armadas, esa  obligación  se  entiende cumplida con la declaración en la sentencia de que el  procesado  fabricó,  traficó o portó armas de fuego o municiones sin   permiso   de  autoridad  competente  (CSJ SP 17166-2014, rad. 42536).   

Así  lo  corroboró  recientemente  en  CSJ  SP-2636-2015,  rad. 43881), decisión en la cual, recordando lo consignado en el  fallo acabado de citar, sostuvo:   

La  Sala  concluyó  nuevamente  que  era  necesario  recordar a los Jueces el deber de sustentar la fijación de las penas  principales  y  accesorias,  salvo  la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas en los casos en que su duración corresponda a  la de la pena privativa de la libertad.   

Mayoritariamente,  a la par, se estableció  como  criterio  general  que en casos de fabricación, tráfico y porte de armas  de  fuego  o  municiones  de  defensa personal o de uso privativo de las Fuerzas  Armadas   –sea  que  se  impute   sólo  esa  conducta  punible  o  en  concurso  de  delitos—,  se  entiende cumplida la garantía  de  motivación  de  la  imposición  de la sanción accesoria de privación del  derecho  a  la tenencia y porte de armas, con la declaración en la sentencia de  que  el procesado fabricó, traficó o portó armas de fuego o municiones “sin  permiso  de autoridad competente”. En otras palabras, la declaración judicial  de  que ajustó su comportamiento a cualquiera de las conductas descritas en los  artículos  365  o  366  del  Código Penal (también al artículo 367 ibídem),  constituye   suficiente   fundamento  para  privar  del  mencionado  derecho  al  condenado.  Se  rectifica  con  este  criterio,  entonces,  el  plasmado  en  el  precedente  jurisprudencial del 16 de diciembre de 2014 (CSJ SP 17166-2014, Rad.  42536).   

No  está de más advertir que esos delitos  de  peligro  común,  que  pueden ocasionar graves perjuicios a la comunidad, se  sancionan  cada  vez con mayor severidad en cuanto se constituyen en presupuesto  obvio  de  la violencia nacional. Ese aumento de la punibilidad, a la vez, está  inscrito    –no   hay  duda—  en  políticas de  desarme  de  la población claramente orientadas a contrarrestar la criminalidad  asociada  a  la  utilización  de  armas  de  fuego  (o químicas, biológicas o  nucleares),  la  cual  se  muestra  como  uno  de  los principales problemas que  obstaculizan el desarrollo del país.   

No  resulta  sensato,  en  ese contexto, en  casos  de  condena  por  delitos  de  fabricación,  tráfico y porte de armas y  municiones,  exigir  para  la imposición de la pena de privación del derecho a  la  tenencia  y  porte  de  armas  de  fuego  una fundamentación adicional a la  declaración  de  existencia  de la conducta punible. Simple y llanamente porque  se  plantea  lógica,  necesaria y proporcional su deducción en tales casos. No  se  entendería  que  a quien se reprocha penalmente fabricar, traficar o portar  armas  de  fuego o municiones, o armas químicas, biológicas o nucleares, no se  le   despoje   del   derecho   a   poseerlas   por  el  tiempo  que  permita  la  ley.   

Por consiguiente, tal como se ha procedido en  ocasiones    anteriores    (ver    CSJ   SP8055-2015,   rad.   4549411),  no  se  excluirá,  en  este  caso, la sanción accesoria de privación del derecho a la  tenencia y porte de arma.   

2.2.  Ahora  bien,  en  relación  con  el  término  de  esa  sanción  accesoria,  esto  es,  el de  9  años  impuesto  a  JAMES  ALBERTO   CHAVES   ILES,   sí   se   advierte   violación   al   principio  de  legalidad.   

En  efecto,  con tal proceder se desatendió  que  el  artículo  51  del  Código  Penal,  al  ocuparse  de  la  “Duración     de     las     penas     privativas    de    otros  derechos”,  estableció  que  la  restricción  de  que se trata va de uno (1) a  quince  (15)  años.  Así mismo, que esta Corporación ha considerado que, para  su  imposición, el juzgador  debe  atender las directrices legalmente establecidas para ello, esto es, acudir  al  sistema  de cuartos previsto en el canon 61 ibidem  (CSJ  SP16880-2014,  10  dic.  2014,  rad. 42432; CSJ  SP17166-2014,  16  dic.  2014,  rad. 42536; CSJ SP3441-2015, 25 marzo 2015, rad.  45317 y CSJ SP4322-2015, 16 abr. 2015, rad. 45399)   

En  ese  orden,  la  Corte  debe corregir el  yerro.  Para  ello, lo correcto es dividir el monto máximo de la sanción entre  cuatro  y  luego  sí,  atendiendo los parámetros empleados por el a  quo  al  momento de establecer la pena  privativa      de      libertad,     ubicarse  en  el  extremo  inferior  del mínimo, que en este evento  corresponde a un (1) año.   

Por  consiguiente,  se  casará  oficiosa  y  parcialmente  el  fallo  de  segundo  grado  para  fijar  la  pena  accesoria de  privación   del   derecho   a   la   tenencia   y  porte  de  arma  en  un  (1)  año.   

En   lo  demás,  el  proveído  no  sufre  modificación alguna.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia, administrando justica en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

Casar  oficiosa  y parcialmente la  sentencia  proferida  por la Sala Penal del Tribunal Superior de  Popayán  el  16 de septiembre de 2014, en el sentido de fijar en un (1) año la  pena  accesoria de privación del derecho a la tenencia y porte de arma de fuego  que debe purgar JAMES ALBERTO CHAVES ILES.   

En lo demás el fallo se mantiene.  

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

(Salvamento parcial de voto)  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria  

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

         Con  el respeto de siempre por la opinión mayoritaria de la Sala, y  acorde  con  las  manifestaciones  que  expresamos  durante  la  discusión  del  respectivo  proyecto, nos permitimos reiterar que no compartimos la decisión de  casar  de  oficio  y  parcialmente la sentencia de segundo grado en razón de la  vulneración   del   principio  de  legalidad,  como  consecuencia  de  que  los  falladores  de  instancia  no  hubieran  aplicado  el  sistema  de cuartos en la  determinación    concreta    de    la    pena   accesoria   de   «privación  del  derecho  a la tenencia y porte de arma».   

         Las    razones    de   nuestro   disenso,   son   en   esencia   las  siguientes:   

         1.  La  decisión  que  se  adoptó por la  mayoría  tiene  como  argumento  central  que  el  juzgador  debe  atender  las  directrices  legalmente establecidas para la determinación de la pena, esto es,  acudir  al sistema de cuartos previsto en el artículo 61 del Código Penal, del  cual  no  se  exceptúan  las  sanciones  accesorias,  como que la norma en cita  ninguna  distinción  hace al respecto, y dado que la restricción del derecho a  la  tenencia y porte de armas se establece entre dos extremos que van de uno (1)  a   quince   (15)  años,  según  el  artículo  51  ibídem.      

         2.  Sin  embargo,  en la providencia de la  que  respetuosamente nos apartamos se dejan de lado los temas relativos (i) a la  naturaleza  y  fines  de  las  penas  accesorias  y  (ii)  a razones de justicia  material,  concretadas en el principio de proporcionalidad de la sanción penal.  En  este último aspecto, sin perjuicio de lo dispuesto en el art. 61 del CP, se  ofrece  adecuado  inaplicar  el  sistema  de  cuartos en la dosificación de las  penas  accesorias,  habida  cuenta  que  tal  labor  ha  de  entenderse  como un  ejercicio   de   ponderación   motivada, delimitado por lo dispuesto en el art. 51 ídem.   

         2.1  En  cuanto  al  primer  aspecto, cabe  anotar  que las penas restrictivas de otros derechos (art. 43 C.P.) son aquellas  que   privan   o   restringen  a  su  titular  del  ejercicio  de  facultades  o  prerrogativas  distintas a la libertad personal o a su peculio. Dichas sanciones  pueden  ser  principales  cuando  así  se consagren en el respectivo tipo penal  (art.   35   ídem)   o   accesorias,  cuando  no  obren  como  tales  (art.  34  ejusdem).       

         Del  artículo  52  de  la  codificación  citada  se  extrae que la  aludida  clase  de  penas solo pueden ser aplicadas por el juez (i) con ocasión  de   la  imposición  de  una  pena  principal  y  (ii)  siempre  que  entre  la  realización  del  delito  y  el  contenido  de  la  pena  accesoria  exista una  «relación directa», valga  decir,  se  verifique  un  vínculo  estrecho  entre  su contenido y la conducta  punible cometida.   

         De  otro lado, si bien originalmente el legislador consideró que en  quien  recaía  una condena de prisión era indigno y, por tanto, estableció la  restricción  para  el  ejercicio  de  algunos  de  sus  derechos  políticos y,  principalmente,   para   desempeñar   cargos  públicos,  lo  cual  explica  la  existencia    de   ciertas   penas   accesorias   denominadas   obligatorias   o  «automáticas»12,  aquella  visión  evolucionó  hacia  un  concepto preventivo13, cuyo propósito es conjurar  el  riesgo  de reiteración de delitos que de forma directa tengan relación con  determinadas  actividades  o  derechos, finalidad que sustenta la aplicación de  las     llamadas    penas    accesorias    discrecionales    o    «facultativas»14.   

        Sobre     cómo     se     determinan  cuantitativamente   las   penas  accesorias,  cabe  destacar  que  dos  aspectos  permiten  concluir  que  en  ese  ejercicio  no tiene  cabida   el   sistema   de   cuartos  –art.      61      C.P.–,   el   cual  está  previsto  para  la  individualización  de  las  penas principales, ellos  son:  (i) la función primordial que cumplen las penas  accesorias  difiere  de  la  que  tienen asignada las  penas  principales;  y, (ii) el margen de apreciación  reglado  del  que  goza el  sentenciador,  según se extracta de los arts. 52 inc.  1º  y 59 ídem, lo faculta  para  imponer  o  no  en  cada  caso las penas accesorias que estime necesarias,  así  como  para  fijar el  término  de  duración de  las mismas.   

        2.1.1     En     relación  con  el  primer  punto,  cabe  destacar  que, en términos   generales,  en  la  concepción  dogmática   del  Código  Penal  de  2000,  la pena en sentido amplio cumple varias funciones, tales como,  «prevención general,      retribución     justa,  prevención    especial,    reinserción     social    y    protección    al  condenado»15, por lo que puede afirmarse  que  no  se  adscribe  a  una  tesis  en  particular,  valga  decir,  ni  a  las  teorías  absolutas que propenden porque el fin de la  pena   es  únicamente  la  retribución      o      compensación  en  razón de la comisión  del delito, ni a aquellas denominadas relativas que consideran a  la  pena  como  un  medio  para  conseguir  un  fin, es decir,    que   tiene   propósitos      exclusivamente    preventivos   orientados   a  evitar  que  se  cometan  delitos  en  el futuro, sino que se  ubica  dentro  de las concepciones mixtas, que son aquellas que buscan conciliar  las  dos  anteriores,  aceptando  la  idea  retributiva, pero sin desligarla del  cumplimiento   de   fines   preventivos,   bien   sea   generales   o especiales16.     

       Ahora,  como  se  señaló     párrafos    atrás,   las   penas   accesorias,   en   cuya  imposición  e individualización el juez goza de  un  margen  de  apreciación  motivado,  no  hay una  determinación  legislativa  absoluta  del  aspecto  cualitativo.    Éste    es   flexible,   al   punto   que   corresponde   al   juzgador  determinar  en  qué      casos     resulta     necesaria     su  imposición,  atendiendo  a las particularidades del  asunto  concreto,  obviamente  respetando  las  pautas  establecidas  en  la ley  –art.   52,   inc.  1º  C.P.–         y        considerando        que        aquéllas  tienen  una marcada finalidad          preventiva17,  en  tanto  que  con  su  aplicación     se     pretende    precaver    la  afectación   futura  de  bienes  jurídicos     concretos     mediante     la    restricción      de      derechos     o     prerrogativas,    distintas    a    las   que   resultan   limitadas   con   la  aplicación     de     la     sanción     principal     –con  injerencia en la libertad personal  y     el     patrimonio     económico–.     

       En  otras  palabras,  si  bien las penas en general, principales y  accesorias,   obedecen  a  unos  específicos  fines  consagrados   en   el   artículo   4º  del CP, dada la particular naturaleza  y  función que aquéllas  cumplen,   itérese,  fundamentalmente  utilitarista  mediante  la  prevención del delito, demandan en su  determinación  la  existencia  de  un estrecho nexo  entre  el  injusto penal y el derecho que se busca restringir, de donde     se     sigue     que     su  afectación   emergerá  necesaria  solo en la medida en que surja patente que la restricción   de   los   derechos  que  conlleva  la  imposición  de  las  penas principales, resulta insuficiente para prevenir,  en      el     caso     particular,     el     comportamiento     delictivo18.   

       Por   tanto,   sin   desconocer   que  las  penas  principales  de  prisión  y  multa,  así  como    las    restrictivas   de   otros   derechos   cuando   están  previstas  como  tales,  amén de la  función  de retribución  justa   que  apareja  la  realización  del  delito,  también  cumplen  fines  preventivos  –generales  y   especiales–,  bien  puede    suceder   en   determinados   casos   que   la   limitación   de   la   libertad   y   el   patrimonio,   producto   de   la  sanción principal, no sean medidas suficientes para  proteger  ciertos  bienes  jurídicos  de ulteriores  conductas  desviadas por parte del condenado. En tal  virtud,  la concreta armonización de las finalidades  preventivas   de   la   pena   con   el  principio  de  proporcionalidad  (arts.  3º    inc.   1º   y  4º  del  CP),  impone  la  necesidad de ampliar esa  cobertura    con   la   aplicación   de sanciones adicionales.   

       Al respecto la doctrina ha considerado que:   

[E]s imprescindible que el hecho cometido  por  el  autor  permita justificar la necesidad de agregar medidas que cubran la  mayor  gravedad  o  exigibilidad  del comportamiento inicialmente sancionado,   a   través   de  efectos  diferentes  a los que producen las penas principales, y que no sean contemplados  por  ellas,  para  precisar  una adecuada proporción  entre  la sanción y el delito, y, en todo caso, para  brindar   una   mayor   protección  a  los  bienes  jurídicos   vulnerados   no   protegidos  directamente  por  la  norma  penal.19   

      

       En  esa  medida,  resulta coherente con las finalidades de la pena  principal,    mencionadas    ut   supra,  que  en  su  individualización  se  acuda  al sistema de cuartos previsto en el artículo  61  del  Código  Penal,  puesto  que  la  determinación  concreta de aquella  obedece  primordialmente  a  factores  objetivos que tienen relación  con  el  injusto  típico, siendo su  límite el grado de culpabilidad, lo que explica que  en   la   fijación   del   marco   de  punibilidad  se deban tener en cuenta  circunstancias  modificadoras de los extremos mínimo  y  máximo de la sanción  prevista  para el respectivo tipo básico o especial,  tales    como    las   causales   específicas   de  agravación y atenuación  punitiva,   la   tentativa,   la   complicidad,   la  ira  o  intenso  dolor, entre otras, que no resultan  aplicables    a   los   límites   que   fijan   la  duración  de las penas accesorias, pues nada tienen  que   ver   con  el  propósito  que  éstas persiguen.     

       En         efecto,         la        finalidad        preventivo-especial   de   las  penas  accesorias,  se  relaciona directamente con el abuso  del  derecho  que  se  pretende  restringir para evitar futuras afectaciones del  bien   jurídico   protegido,   lo  cual  exige  un  análisis  diverso  en  el  que  no  tienen  cabida  factores   objetivos   como  los  atrás  enunciados  respecto    de    la  individualización   de  la  pena  principal,  sino  primordialmente  subjetivos,  relativos a la persona del autor, pero no desde la  óptica  de  su  peligrosidad, concepto abiertamente  contrario   a   los   principios   que   orientan   el   derecho   penal   y  su  consecuencia               jurídica   en  un  Estado  Social  y  Democrático  de Derecho, sino a partir de los fines  de  la  pena,  particularmente  el  de  prevención,  según    se   desprende   del   artículo    4º    del   Código Penal.        

       En  tal  sentido,  la  doctrina  considera  primordial  que  en el  proceso      de     individualización  judicial  de  la  pena,  el sentenciador tenga  como   norte   de   su   actividad,   en  general,   los   fines    de    la   pena   y,   en    particular,   un   propósito          específico,    que    en    el   caso   de  las  sanciones      facultativas     que     afectan     otros     derechos        es        marcadamente  preventivo-especial,    según   quedó   visto,   y   a   partir   de   tal   entendimiento,   fije   la  sanción.   

       Sobre  el punto, el tratadista Eduardo Demetrio Crespo, en su obra  «Fines  de  la Pena e Individualización  Judicial  de  la  Pena»20,  sostiene:   

Aunque ello sea  bastante  obvio  a  tenor  de  lo  ya  dicho  hasta  ahora,  sobre  todo  en  el  análisis    del    concepto   de   «factor    final    de    la   I.J.P21»,  no  es  recurrente  señalar que los  fines   de   la   pena   son   el   presupuesto  fundamental  de  la  I.J.P.  La  determinación  de  qué  fines   persigue   la   pena,  en  qué  momento y con qué intensidad en cada  momento  de la intervención del sistema penal, es la  clave  a  partir de la cual se obtiene respuesta tanto a la cuestión  de  la  dirección valorativa de los  factores  reales  que  concurren en la I.P.J., como a  la   del   peso   de   los   mismos  en  la  pena  final  a  imponer22. Creo que  no  es  exagerado decir que la racionalización de la  I.J.P.  debe  empezar  por clarificar la cuestión de  los   factores   finales   de   la  I.J.P.,  ya  que  dependiendo   de   qué   fin   de   la   pena   se  tome     como    punto    de    referencia,    la  individualización de la pena por el juez en el caso  concreto    puede    conducir    a    resultados    muy   diferentes.23        (Negrilla   y   subraya   fuera  del  texto  original)           

       Siendo  ello así, emerge razonable que  el  juzgador  disponga  de  cierta  discrecionalidad  –siempre  motivada–   en   la  determinación cuantitativa de las penas accesorias,  en  orden  a  materializar  su fin primordial de naturaleza preventivo-especial,  sin  estar  sometido  a  factores  puramente objetivos que en no pocas ocasiones  tornan     inane    la    restricción    de   otros   derechos,   en   tanto   su   propósito    es   proteger   un   interés  jurídico  específico de  futuras  afectaciones  mediante  efectos  distintos  a  los  que produce la pena  principal  y  que  ésta no alcanza a cobijar; no de  otra  manera  se  explica  que  la inhabilitación para el ejercicio de derechos  y    funciones    públicas   (art.   43-1   C.P.)  esté   prevista  en  algunos  tipos  penales  como  sanción   principal   y   en   otros   acceda   a  ésta,   o   que   a   la   prohibición  de  consumir  bebidas alcohólicas o  sustancias            estupefacientes  o  psicotrópicas  (art. 43-8  ejusdem)    el    legislador    no    le    haya   fijado   duración.          

       2.1.2   En   cuanto   a   la  segunda  cuestión,  valga decir, la atinente al ejercicio de  ponderación  aplicable  por  el juzgador en orden a  establecer  la procedibilidad de la pena accesoria en  el      asunto     particular     –factor    cualitativo–,   lo   que   se   advierte   es   una   armonización        del        principio  de  legalidad  de  la  pena  con el de proporcionalidad  –el      cual  también    ostenta    la    categoría  de  principio  rector  y  garantía  fundamental24-,  habida cuenta que, a diferencia de  lo  que  ocurre  con  las  penas  principales,  las cuales han sido reguladas de  manera  absoluta por el legislador en la parte especial para cada delito, frente  a   las  primeras  hay  un  margen  de  apreciación  judicial     reglado     que,     atendiendo  a  los  factores  generales previstos en el inciso primero  del  artículo  52 de la Ley 599 de 200025,  determina   en   qué  casos  resulta  necesaria  la  imposición    de    una   restricción   o   prohibición   de   derechos,  adicional   a   la   que   comportan  las  penas  principales.        

       Ahora,  la limitación del principio de  estricta   legalidad   de   la   pena   en   punto  de  la  elegibilidad  de  la  sanción  accesoria  facultativa,  se explica en que  «no  en  todos  los  casos es justificado, desde el  punto    de    vista    de   la   prevención,   la  proporcionalidad   y   la  necesidad  de  la  pena,  preestablecer  efectos  agregados  a  los contemplados por las penas principales  frente  a  un  determinado  hecho  punible,  sin considerar las circunstancias y  características      concretas      de      su  realización»26.   

   

       En  esa  medida,  si la ley atribuye al  juez  la  facultad  reglada  de  imponer  o  no cierta pena accesoria, cuando la  restricción  de otros derechos se ofrezca necesaria  para   cumplir   sus   fines   preventivo-especiales  de  protección   del   interés  jurídico,  también emerge razonable que en  su                    determinación   cuantitativa   aquel  tenga  la  posibilidad,  atendidas  las  particularidades  del caso, de fijar la  cantidad   de  sanción  que,  de  acuerdo  con  los  principios  de proporcionalidad y razonabilidad, se requiera para que se obtenga  el  propósito perseguido,  sin que en esa labor deba acudir al sistema de cuartos.   

       En   efecto,   tal   como  se  indicó  párrafos  atrás,  las  reglas  contenidas  en  los  artículos  60 y 61 del  Código  Penal  para  la  determinación  del  marco  de  punibilidad  y la individualización  de la pena, responden principalmente  a    factores    objetivos   relacionados   con   el   injusto   típico,  que  no son aplicables a las penas accesorias, pues no cabe  duda  que  los  extremos  mínimo  y máximo  de estas últimas no se modifican  porque   concurra   una   causal   específica   de  agravación   o  atenuación  punitiva,  que  se  predican  del tipo básico o especial, tampoco cuando  el  delito  es tentado, ni frente a ellas se  pueden  considerar   circunstancias    tales    como   la   influencia   de   profundas      situaciones      de    marginalidad,    ignorancia    o  pobreza    extremas  –art.      56  C.P.–,  o  la  ira  e  intenso  dolor  –art. 57  ídem–,   entre   otras,   lo   cual   se   explica   en   que   el  fin  preventivo–especial de  las  sanciones  accesorias  obedece  a  factores  subjetivos de la conducta, que  corresponde  al  juez  valorar para fijar el monto de  la   pena   atendiendo,   verbi  gratia,  el  criterio legal de la intensidad del abuso del derecho en la  realización  del  delito,  contenido  en el art. 52  inc. 1º del CP.   

       Lo  anterior  no  significa que la cantidad de sanción  accesoria  quede librada al capricho  o  arbitrariedad  del  juzgador, pues éste, en todos  los   casos,   deberá   exponer  en  la  sentencia  «la   fundamentación  explícita    sobre    los    motivos    de    la  determinación  cualitativa  y  cuantitativa  de  la  pena», como lo ordena el  inciso  segundo  del  artículo  52 del Código  Penal, en concordancia con el  artículo  59  ibídem,  labor  en  la  cual tendrá especial cuidado en velar  porque  se cumplan los principios de necesidad, proporcionalidad y razonabilidad  que   orientan   la  imposición  de  las  sanciones  penales,      según     el     artículo  3º  ibídem, y teniendo  en  cuenta las circunstancias del caso particular.        

       De  esa  manera se garantizan el debido proceso sancionatorio y el  principio    de    estricta    jurisdiccionalidad27,     según   el   cual   la  actividad  judicial  debe  ser  comprobable  y  verificable,   aspectos   que  se  reflejan  en  la  motivación   de  la  sentencia  y  que  obviamente  comprenden  la  determinación de la pena en sentido  general.   

           Consecuente   con   lo   anterior,  consideramos  que  en  la  aplicación cualitativa y  cuantitativa  de las penas accesorias de que trata el  artículo  52  del Estatuto Punitivo, debe primar el  fin  preventivo especial,  así  que no tiene cabida el sistema de cuartos que,  según   quedó  visto,  está   diseñado  para  fijar   las   penas  principales,  en  tanto  éstas  sí     tienen     una     regulación  absoluta  en  cada tipo penal, dado  los  efectos  que de antemano le señaló  el  legislador  a  la  sanción de la  conducta  punible,  fundado  en  razones de política  criminal.      

         3.  Por último, pero no menos importante,  cabe  destacar  que  la decisión mayoritaria de la cual nos apartamos desconoce  el  principio  constitucional  de  proporcionalidad,  desde  la  perspectiva del  mandato  de  protección  suficiente, el cual está relacionado con el postulado  de     vigencia     de     un     orden     justo28   y,   por   ende,  con  el  imperativo  del  Estado  de  promover  ese  orden  y  el  deber  de investigar y  sancionar  las infracciones a la ley penal, imponiendo  penas   condignas  con  el  grado  del  injusto  y  de  culpabilidad,  pero sin dejar de lado la función que aquellas han de cumplir en  cada caso.         

         De  tal  forma  que  si  como  lo  ha  reconocido esta Corporación,  «los fallos de la judicatura están inspirados en un  principio  de  justicia,  como lo ha dejado entrever la doctrina constitucional,  por     ejemplo     en     la     sentencia     C-366     de    2000»29,    dicho   postulado   se  quebranta  en  casos  como  el  presente,  donde  la  función  de  prevención    especial   que   orienta  primordialmente  la  imposición  de  las  penas  accesorias  queda  fuertemente  menguada.   

         En  efecto,  el  fin preventivo especial de las sanciones accesorias  facultativas  queda  comprometido  porque  si  a  quien  es declarado penalmente  responsable  del  delito de fabricación, tráfico, porte o tenencia de armas de  fuego  (art.  365  C.P.),  se le impone la pena mínima privativa de la libertad  prevista  en  la  ley  –9  años–,  en  ese  orden,  siguiendo  el  sistema  de cuartos, termina por aplicársele el extremo ídem de  la  pena accesoria, valga decir, un año de privación del derecho a la tenencia  y  porte  de  armas, sin detenerse a examinar las particularidades del caso que,  en  determinados  eventos,  verbi  gratia,  cuando  el arma que se porta ilegalmente se usa para cometer otro  delito,   aconseja   restringir   el   respectivo  derecho  en  un  quantum   superior   al   mínimo   que  resultaría  de  aplicar la regla prevista en el artículo 61 del Código Penal,  en  orden  a precaver la afectación futura de bienes  jurídicos           concretos.     

Con todo comedimiento,  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

Magistrado  

SALVAMENTO  PARCIAL  DE VOTO A LA SENTENCIA  SP12183 de 2015(Rad.: 45550)   

Con  el  habitual respeto por la decisión  mayoritaria,     salvo     parcialmente    mi    voto    en    los    siguientes  términos:   

Aunque  estoy  de  acuerdo  con  la Sala en  cuanto  que  en  esta  ocasión  hubo  menoscabo  de las garantías del acusado,  James     Alberto    Chaves    Iles    porque  en el proceso de dosificación punitiva de la pena accesoria  de  privación  del  derecho  a  la  tenencia  y porte de arma se desconoció el  principio  de  legalidad,  toda vez que el juzgador ha debido aplicar el sistema  de  cuartos,  conforme  a  lo  dispuesto  en  el artículo 61 del Código Penal,  discrepo  de  la  decisión  habida cuenta que la imposición de esa sanción no  tuvo  ninguna  motivación  específica en las sentencias de instancia y tampoco  era posible extraerla de la exhibida para el injusto penal.   

En ese orden, lo debido era casar oficiosa  y     parcialmente    el    fallo    de    segundo    grado    y    excluir,   de  la  condena  impuesta  a  Chaves  Iles, la referida  sanción.   

Es   que,  por  expreso  mandato  de  los  artículos  52 y 59 del Código Penal, la imposición de una pena accesoria debe  estar  precedida de una justificación, así sea mínima, de las razones por las  cuales  ella  se  hace  necesaria en el caso concreto. Por consiguiente, soy del  criterio  que  es  obligado  para  el  juez  consignar  en  el fallo los motivos  «de  la determinación cualitativa y cuantitativa de  la pena».   

A  mi  juicio,  se  ha  debido  mantener la  postura  de  la  Corte,  plasmada en CSJ SP, 11 may. 2011, rad. 34614, reiterada  luego en CSJ SP, 11 dic. 2013, rad. 41543, en donde se sostuvo:   

…no  es posible confundir la motivación  acerca  de  la  realización  del  injusto con la motivación relacionada con la  imposición  de  la  pena.  La  primera  atañe  a  las pruebas que sustentan la  manifestación  en  el  mundo  exterior de una conducta típica y antijurídica,  mientras  que  la  segunda  concierne  al  reproche  personal (manifestada en la  sanción  punitiva)  que  debe  hacérsele  al  autor  de  dicho comportamiento,  situación  que  en cada evento implica el análisis de una serie de principios,  fines y valores distintos.   

(…)  

De  esta  manera,  la  motivación  de  la  imposición  de  la  pena,  ya  sea  principal  o  accesoria,  tendría  que ser  diferente  e  independiente  a  la  sustentación de la ejecución del ilícito,  tanto en uno como en otro caso.   

En mi parecer, así se proceda por un delito  de  porte  de  armas  de  fuego  de  defensa personal, es inadmisible privar del  derecho  a tener armas sin que exista un porqué, pues ello implica crear reglas  de  excepción  al  deber de motivar, a pesar de que no fueron concebidas por el  legislador,  quien  ninguna  diferenciación  o  categorización hizo, y, por el  contrario,  fue  exigente, como debe serlo en un Estado de Derecho, en punto que  las decisiones se hallen sustentadas.   

La  motivación es una garantía del debido  proceso,  en  especial,  del derecho de defensa del procesado, y permite ejercer  el  de  contradicción. Por ende, la inexistente motivación del juez en torno a  la  imposición  de  una determinada medida, infringe esos derechos y lesiona el  derecho de todo ciudadano a una garantía judicial efectiva.   

Considero, con el acostumbrado respeto, que  la  exigencia  de  previa  motivación judicial para aplicar una medida no puede  condicionarse  a  la  poca  o  escasa  lesividad  de  aquella.  El mandato legal  (artículos  52  y  59  del  Código  Penal)  es  claro  y  general.  No  admite  excepciones de ninguna índole.   

Fecha   ut  supra.   

EYDER PATIÑO CABRERA  

    

1  Folios 3 a 5 del cuaderno 1.   

2  Folios 34 y 35 Id.   

3  Folios 1 a 4 del cuaderno 2.   

4  Folios 17 y 18 Id.   

5  Folios 47 a 49 Id.   

6  Folios 92 y 93 Id.   

7  Folios 11 a 22 del cuaderno de la Corte.   

8  Folios 121 a 138 Id.   

9  El  mínimo del primer cuarto.   

10  Folio 10 del cuaderno de la Corte (obra el fallo de primer grado).   

11  De fecha 1° de julio.   

12  Art.  52,  inc. 3º, C.P.; art. 16 C. Co.; art. 163 de la Ley 685 de 2001 y art.  24 Ley 1257 de 2008.   

13  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

14  Art. 52, inc. 1º, C.P.   

15  Art. 4º Código Penal.   

16  Morrillas  Cueva  Lorenzo,  Teoría  de las consecuencias jurídicas del delito,  Madrid, 1991, pág. 18.   

17  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán  Harold  Mauricio,  El sistema de  individualización  de  la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001,  pág. 260.   

18  Ídem, pág. 337.   

19  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena en el derecho penal  colombiano, Medellín, 2001, pág. 337.   

20  Ediciones Universidad de Salamanca, 1ª Edición: mayo de 1999.   

21  Individualización Judicial de la Pena.   

22  «Hirsch, Günter, «Vorbemerkungen…», Op.cit, p.  9;   Gribbohm,   Günter,   «Vorbemerkungen…»,  Op.cit,  p.  103».    

23  Página 73.   

24  Cfr.,  C.S.J.  SP.  27/02/13,  rad.  33254 y 24/06/15, rad. 40.382, entre otras.   

25  «Art.   52.   Las   Penas  accesorias.  Las  penas  privativas  de  otros  derechos,  que  pueden imponerse como principales, serán  accesorias  y  las  impondrá  el  Juez  cuando  tengan relación directa con la  realización  de  la  conducta  punible,  por  haber  abusado  de  ellos o haber  facilitado  su  comisión,  o cuando la restricción del derecho contribuya a la  prevención  de  conductas  similares a la que fue objeto de condena».   

26  Posada  Maya  Ricardo  y  Hernández  Beltrán Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena en el derecho penal  colombiano, Medellín, 2001, pág. 339.   

27 En  SCC  C-272  de  1999,  sobre  dicho  principio  y  el  de estricta legalidad, el  Tribunal  Constitucional refirió que «ciertamente,  la  Corte  estima  que  el  proceso  penal, en cuanto  manifestación  del  poder  punitivo  del  Estado,  se  encuentra sometido a los  principios    de    estricta    legalidad    y    jurisdiccionalidad»,  y  en  cita  de  pie  de  página añadió que «mientras  que  el  primero  de  estos principios determina que los  delitos  se  encuentren  inequívocamente  consagrados  en  una  ley  que exista  previamente  a  la  conducta  humana  que,  conforme  a  esa  ley,  se considera  delictuosa,  el  segundo requiere que las acusaciones en contra del acusado sean  sometidas  a  una  estricta  verificación  judicial  y  puedan  ser ampliamente  controvertidas    por   el   imputado.   Sobre   la  significación  y  alcance  de  estos  principios  en  el Estado democrático de  derecho  contemporáneo,  véase  Luigi  Ferrajoli,  Derecho  y  Razón, Madrid,  Trotta,     1995,     pp.    34-38,    94-97,    373-385,    603-623».   

28 SCC  T-429 de 1994 y SCC C-306 de 2012, entre otras.   

29 CSJ  SP, 29 jul. 2009, rad. 28725.     

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