AP5718-2016(48379)

2016

Asistente Jurídico Inteligente

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GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Magistrado ponente  

AP5718-2016  

Radicado N° 48379.  

Aprobado acta No. 274.  

Bogotá, D.C., treinta y uno (31) de agosto de  dos mil dieciséis (2016).   

V I S T O S  

Decide la Corte sobre la admisibilidad de la  demanda  de  casación presentada por el representante de la parte civil, contra  la  sentencia  de  segunda  instancia  proferida  por  el  Tribunal Superior del  Distrito  Judicial  de  Popayán,  el  26  de  febrero de 2016, que confirmó la  emitida  el  21 de octubre anterior por el Juzgado Segundo Penal del Circuito de  Santander  de  Quilichao,  a  través de la cual absolvió a la acusada PRAXEDES  ROCHA DE FAJARDO del delito de Fraude procesal.   

HECHOS  

La  situación  fáctica reseñada por el Ad  quem,  corresponde  a  aquella  que  el  juzgador de primer grado resumió de la  siguiente manera:   

De acuerdo al voluminoso expediente se tiene  que  el  señor  ROQUE  ROCHA ASTUDILLO, el 18 de abril del año 2005, denunció  penalmente  a su hermana PRAXEDES ROCHA DE FAJARDO, por los presuntos delitos de  fraude procesal y abuso de condiciones de inferioridad.   

Dice  que  su  padre  Maximiliano  Rocha,  adquirió  mediante  escritura  pública  No.  35  de  fecha 11 de septiembre de  1953,   celebrada ante la Notaria Única de Caldono, Cauca,  un predio  rural  de aproximadamente ocho (8) hectáreas y tres mil metros cuadrados,   registrada  en  la oficina de registro de instrumentos públicos de Santander de  Quilichao  con  matrícula  inmobiliaria  No 132-3871,  pero al fallecer no  dejó  testamento de ninguna índole, sobreviviendo la señora ROSALIA ASTUDILLO  en    calidad    de    cónyuge    y    diez   hijos   concebidos   dentro   del  matrimonio.   

Pero a pesar de existir estos descendientes,  su  hermana  PRAXEDES  ROCHA  DE FAJARDO, mediante apoderado de confianza doctor  ALFONSO  LIBORIO  CIFUENTES VILLANI,  demandó y tramitó la sucesión ante  la  Notaría  Pública de Caldono,  incluyéndose como sucesora junto a sus  dos  hijos  José  Libardo y Héctor Daniel Fajardo Rocha,  al igual que su  hermana  JESUSA  ROCHA ASTUDILLO,  quien padece retardo mental congénito y  el   señor   HENRY  MAYA,  concurriendo  todos  como  cesionarios  de  derechos  sucesorales    adquiridos    al    pasado    de    manos   de   los   legítimos  herederos.   

Es  de  anotar  que  quienes  acuden  en el  proceso  como  parte civil señalan no haber cedido sus derechos herenciales, al  paso  que  establecen  la ausencia de capacidad mental de Jesusa Rocha Astudillo  para  enajenar;   en  ese  contexto  aducen que la sucesión declarada  por  Notario  fue elevada finalmente a escritura pública 202 del 2 de noviembre  de 2004.”   

DECURSO PROCESAL  

1. El 20 de octubre  de  2005,  la  Fiscalía  3ª  Seccional  de  Santander  de  Quilichao profirió  Resolución  de  apertura  de  instrucción,  recibiendo  indagatoria a PRAXEDES  ROCHA  DE FAJARDO como presunta autora de los delitos de fraude procesal y abuso  de condiciones de inferioridad.    

2.  El cierre  de la investigación aconteció el día 4 de febrero del año 2009.   

3.   El 26 de  marzo  de  ese  mismo  año  se emitió Resolución de preclusión a favor de la  encartada  por el delito de fraude procesal,  decisión frente a la cual la  parte civil interpuso recurso de apelación.    

3.1.  Desatada  la  alzada,  la  Fiscalía  Delegada  ante el Tribunal Superior de Popayán, el 7 de  abril  de  2011,  decretó la nulidad de la actuación a partir del cierre de la  investigación,   por   cuanto   «la   resolución  de  preclusión  de la investigación proferida por la  primera  instancia  a favor de la procesada PRÁXEDES ROCHA FAJARDO, solo por la  hipótesis  delictiva  de fraude procesal, -sin que se hubiera pronunciado sobre  el    delito   de   abuso   de   condiciones   de   inferioridad-…»   

4.   Mediante  decisión  del  4  de  febrero  de  2013,  la  Fiscalía resolvió la situación  jurídica  de  ROCHA DE FAJARDO, adoptando determinaciones tales como: (i)   la  no imposición de medida de aseguramiento en contra de la sindicada, (ii) la  prescripción  de  la  acción  penal  del  delito  de  abuso  de condiciones de  inferioridad  y (iii) la cancelación de las escrituras públicas corridas en la  Notaria  Única  de  Caldono  (Cauca)  y  sus  correspondientes registros, entre  ellas,  la  número  202 del 2004, a través de la cual se liquidó la sucesión  del causante Maximiliano Rocha González.   

5.  El anterior  proveído  fue confirmado por la Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior de  Popayán el 19 de julio del mismo año.   

6.   El  7 de  octubre  de 2013 se efectuó el cierre de investigación y el 16 de mayo de 2014  se  emitió  Resolución  de  acusación contra PRAXEDES ROCHA DE FAJARDO,   como posible autora del delito de fraude procesal.   

7.   Ante  el  Juzgado  Segundo Penal del Circuito de Santander de Quilichao se llevaron a cabo  las  audiencias  preparatoria  -19  de enero de 2015- y pública -28 de julio de  ese  mismo  año-  y  al  cabo  de ésta última, el 21 de octubre siguiente, se  emitió sentencia de carácter absolutorio a favor de la procesada.   

   

8.  Recurrido  el  anterior  fallo  por  la  parte  civil,  el  26  de  febrero de 2016 el Tribunal  Superior    del    Distrito    Judicial    de   Popayán   profirió   sentencia  confirmatoria.   

9.   Contra  la  anterior  decisión,  el  apoderado  de  la  parte  civil  presentó  demanda de  casación.   

SÍNTESIS   DE   LA  DEMANDA   

Luego de hacer una recapitulación textual de  los  apartes  que en el fallo de segundo grado soportaron la confirmación de la  decisión   absolutoria,  el  censor  efectuó  una  extensa  relación  de  los  «medios  suasorios  a través de los cuales quedaron  establecidos  varios  hechos  incuestionables…», los  cuales,   puntualiza,   se  constituyen  en  «hechos  indicadores»  de  los  que,  a  su  turno,  surge  la  inferencia  razonable  de  que la procesada -conocedora de que su título fue el  producto  de  una  simulación,  por  medio  de  la  cual José Domingo Trujillo  Chávez  transfirió  en  cabeza  suya  y  de su disminuida hermana Jesusa Rocha  Astudillo,  el  inmueble  que  era  de  único dominio del fallecido Maximiliano  Rocha  González-  logró  impulsar  la  sucesión  notarial,  sin  reconocer el  derecho   que   le   asistía   a   los   restantes   hermanos,   «máxime  que su señora madre le sobrevivió a su progenitor, y por  ende,  a  ella  se  le  deferían  unos  derechos, bien por gananciales, ora por  porción  conyugal,  que  debía  después  de  su  muerte,  trasmitirse  a  sus  herederos,  que  no  confundirse  con los bienes de la acriminada y de su prole,  sin  siquiera encontrarse determinado el modo en que ello se produjo.»   

         

Lo anterior, aduce el impugnante, explicaría  por  qué algunos de los descendientes –y  no  todos  como  lo  expuso  el Tribunal- quienes aceptaron haber  negociado  sus  derechos,  incluso  antes  del trámite sucesoral, al momento de  rendir   sus   testimonios   continuaban  reclamando  su  participación  en  la  sucesión.   

Menciona    que    el    «dislate»  del  Tribunal  se  evidenció  cuando  infirió  que  no  militaba  prueba de los medios artificiosos, ni de la  responsabilidad  de  la  procesada,  lo  cual fue el resultado de la ausencia de  contemplación  del  artículo  238  de  la  Ley 600 de 2000, que lo obligaba al  análisis  del  acervo  probatorio  bajo  los  criterios  de  la  sana crítica,  falencia  con  la  que transgredió «los mandamientos  de   orden   sustancial   consagrados  en  los  artículos  2,  13,  229  de  la  Constitución  Política,  1040  el  Código  Civil,  y  66  de  la  Ley  600 de  2000…»,  despojando  a  sus  representados  de  la  posibilidad  de reclamar sus derechos herenciales respecto de sus ascendientes y  de  obtener el restablecimiento de las garantías transgredidas, contrariando, a  su  turno,  la  máxima  según  la  cual  el  delito  no  puede  ser  fuente de  derechos.   

Igualmente,  acentúa  el  demandante que la  falta  de contemplación de la norma adjetiva condujo al Ad quem a desconocer el  actuar  doloso  de  la  procesada en la comisión del delito de fraude procesal,  «dado    que    ésta,  como  se  desprende de todas las probanzas, actuó de  manera  mal  intencionada  y  pretendiendo obtener, por la vía y los torticeros  instrumentos  utilizados,  una  decisión  favorable a sus propios intereses y a  los de su parentela…»   

Respecto de la ausencia de responsabilidad de  la  procesada  en  la  conducta  de  Fraude  procesal, critica el censor que tal  conclusión  fue  construida  a  partir  de  falsas  inferencias  producto de la  ausencia  de  valoración  de  gran  cantidad  de  los  medios suasorios que, en  coincidencia  con  el estudio psiquiátrico practicado a Jesusa Rocha Astudillo,  confluyen  en  determinar  su  incapacidad  para comprender y auto determinarse,  siendo,  que «no fue aquel dictamen, como erradamente  lo  concibe  el  Tribunal,  el único medio que apuntó en tal sentido; pues, al  mismo  se  suman  la  prueba  testimonial,  la  documental, la indagatoria de la  inculpada,  y  las  deducciones  lógicas  que se desprenden probados de la mera  inercia;  como que jamás podría concebirse que una persona en sus cabales, sea  el  instrumento propicio para despojarse así misma de sus bienes, sin que ésta  llegue  siquiera  a resistirse, y de su hacer se pretenda predicar legitimidad y  legalidad;  que  de  no ser por una de dos razones, a saber, la mediación de un  temor  invencible,  ora  la  alienación de su capacidad intelectiva.»   

Precisa  el  censor que el retardo mental de  Jesusa  Rocha  Astudillo, probado en la actuación, fue el foco de atracción de  la  procesada,  quien,  junto con su prole, ha sido la única beneficiaria de la  herencia  dejada  por el causante Maximiliano Rocha González, hasta el punto de  despojar  a  la  “desvalida”, del único bien que le correspondía, luego de  haber   culminado   el    irregular  trámite  de  la  sucesión  notarial,  «cuya  titular del despacho, contrario a lo deducido  por  los  jueces  de instancia, quedó desprovista de toda credibilidad a partir  del  cúmulo  de  irregularidades  y  omisiones  que  signaron  los actos en que  directamente intervino…»   

Finalmente, considera el demandante que de no  haberse  presentado las irregularidades destacadas en precedencia y de valorarse  las  pruebas  acorde  con  las  reglas  de la sana crítica, la decisión que ha  debido  adoptarse era de sentido condenatorio, en salvaguarda de los derechos de  las  víctimas  a  obtener  verdad,  justicia  y reparación, motivo por el cual  solicita casar el fallo.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

       

1. Cuestión preliminar  

Previo  a  emprender  el  estudio  del cargo  postulado  por  el  censor,  debe hacerse hincapié en cómo la Corte, de manera  pacífica  y reiterada, ha advertido la necesidad de que la demanda de casación  comporte  un mínimo rigor lógico, jurídico y argumental, pues, no se trata de  hacer  valer  una  especie  de  tercera  instancia  que  sirva de escenario para  controvertir  aspectos  ya  debatidos  ante  los falladores de primero y segundo  grados,   para   tratar  de  anteponer  el  particular  criterio  o  valoración  probatoria  del  demandante,  entre  otras razones, porque a esta sede arriba la  decisión   judicial   con  una  doble  connotación  de  acierto  y  legalidad.   

Con   todo,  esa  presunción  puede  ser  desvirtuada   a  través  de  discernimientos  claros,  lógicos,  coherentes  y  fundados,  derivados  del  compromiso  de  demostrar  la  violación  en la cual  incurrió  el fallador, suficiente para echar abajo el contenido de verdad de la  sentencia,  en  el  entendido  que,  de  no haberse materializado el yerro, otra  sería la decisión, siendo  precisamente  esa  trascendencia  la que habilita a la parte para que recurra al  mecanismo extraordinario de impugnación.   

         Contrariando  tan  claros  postulados, en la demanda que se examina  el   recurrente  pretende  entronizar  su  particular  visión  de lo que los medios de prueba ofrecen, sin  siquiera  delimitar  efectivo  algún  tipo  de  yerro,  pues, la manifestación  referida  a  que  se  trata, lo controvertido, de un presunto error de hecho por  falso   raciocinio,   no  supera la simple formulación retórica, circunstancia  que  de manera ineludible  conduce   a  enunciar  con  antelación  la  decisión  de  inadmitir  la demanda  respecto  al  insular cargo  propuesto por el censor.   

         En   ese   contexto   el  principio  de  limitación  que rige en casación le impide a la  Sala  corregir  las deficiencias anotadas, en tanto, no le corresponde asumir la  carga  argumentativa  exclusiva  del  recurrente  para complementar, adicionar o  enmendar  el  libelo, toda vez que, se itera, el recurso de casación no es otra  instancia  ordinaria;  su  finalidad  es promover un juicio técnico y jurídico  contra  la  sentencia  que  pone  fin  a  un  proceso,  en  orden a demostrar su  ilegalidad.   

2.      Cargo     único.     Falso  raciocinio   

          Considera  el  censor  que  si  el  Ad  quem hubiese observado en la  valoración  de  las  pruebas  las  reglas de la sana crítica, el sentido de la  decisión  habría sido condenatorio, toda vez que de lo medios suasorios emanan  hechos  indicadores  de  los  que se puede inferir que Praxedes Rocha de Fajardo  promovió  el  trámite  sucesoral  a  sabiendas  de que su título de propiedad  surgió   de   una  actuación  simulada  y  valiéndose  de  su  «desvalida»    hermana,   Jesusa   Rocha  Astudillo,   quien   padece  de  retardo  mental  comprobado  en  el  curso  del  proceso.   

          De  entrada, sobresale la confusión argumentativa en la que incurre  el  libelista,  cuando  al  pretender  sustentar  el  error  de  hecho por falso  raciocinio  en  la  valoración  de  las  pruebas, aborda matices propios de los  postulados  que  gobiernan  la  estructuración  de un yerro por falso juicio de  existencia  por omisión, remitido a que no advirtieron los juzgadores de primer  y   segundo  grados  la  presencia  de  elementos  constitutivos  de  la  prueba  indiciaria  con  los  cuales,  en  su  particular  criterio,  se  evidenciaba la  responsabilidad  de la acusada en la comisión del delito de fraude procesal por  el que finalmente fue absuelta.   

          De  tal  manera  que  si  la  vía  de  ataque emprendida apuntaba a  advertir  la  omisión  sobre  la  construcción  de  indicios con los cuales el  sentenciador  pudo  arribar  a  la  certeza sobre la responsabilidad para emitir  sentencia  condenatoria,  era deber del libelista cumplir con el siguiente rigor  demostrativo:   

(…)  lo primero  que  debe  acreditar el censor es la existencia material en el proceso del medio  con  el  cual  se evidencia el hecho indicador, la validez de su aducción, qué  se  establece  de  él,  cuál  mérito  le  corresponde, y luego de realizar el  proceso  de  inferencia  lógica  a  partir  de  tener acreditado el hecho base,  exponer  el  indicio  que  se  estructura  sobre  él,  el valor correspondiente  siguiendo  las  reglas de experiencia, y su articulación y convergencia con los  otros   indicios   o  medios  de  prueba  directos.1   

         

          Derrotero  que a todas luces fue inadvertido por el censor, quien de  manera  indiscriminada  elaboró  un  plexo  de  sucesos  que  se  desprenden de  diferentes  pruebas  que se acopiaron en el decurso procesal, tales como: (i) el  camino  que siguió la transferencia del bien objeto de disputa desde el momento  en  que se produjo el deceso de Maximiliano Rocha González, (ii) los resultados  que  arrojó  la  valoración  efectuada  por  el  Instituto  de Medicina Legal,  respecto   del  estado  psiquiátrico  de  Jesusa  Rocha  Astudillo,  (iii)  las  manifestaciones     que     algunos     de     los    deponentes    –sin   especificar  quienes-  elevaron  acerca  de  la ajenidad de la prenombrada en la negociación que culminó con la  transferencia  del  bien  de  su  propiedad,  y  (iv) el contrato que la acusada  efectuó  con  el  profesional  del derecho que adelantó la sucesión notarial,  sin   que   todos   los  descendientes  fueran  llamados  a  participar  de  ese  trámite.     

          Salvo  el insular enunciado de corresponder los anteriores sucesos a  «hitos»  o «hechos   indicadores»,  de  los  que  es  «dable comprender el alcance de otros tantos sucesos  que   resultaron   informados   mediante  la  prueba  reclutada»,  y  de  relacionar  que a partir de lo depuesto por la procesada y su  sobrina  María Eucaris Rocha, se desprende el móvil que impulsó la actuación  sucesoral  y  la  posterior adquisición global del terrero objeto de contienda,  el  demandante  no  hace  el menor esfuerzo por enseñar, de manera específica,  cuál  es  el  hecho  indicador  o  indicante,  debidamente  acreditado  por  el  medio   de   persuasión  obrante  en el proceso, del  cual  razonadamente,  según los postulados de la sana  crítica,  se  infería  la  existencia de otro hecho  (indicado),  hasta  ahora  desconocido     y     que    interesaba   al  objeto  del  proceso,  bien  para  comprobar  la  materialidad  del  ilícito,  ora acerca  de la responsabilidad de la incriminada.   

         En  la  sustentación  del yerro omisivo  que atribuye al   fallador,   bajo   la   connotación   de   suplir   la   tarea  valorativa   que   debió  emprender  el  funcionario,  ha de tener en cuenta el  demandante que:   

(…)  en materia  de    prueba    indiciaria,    además    de    la   acreditación   del   hecho  indicante,  de  la debida inferencia racional fundada  en  los  postulados  de  la  sana  crítica,  y  del  establecimiento  del hecho  desconocido  indicado,  cuando son varias las construcciones de ese orden, es de  singular  importancia  verificar  en  el  proceso  de  valoración  conjunta  su  articulación,  de  forma tal que los hechos indicadores sean concordantes, esto  es,  que  ensamblen  entre  sí  como piezas integrantes de un todo, pues siendo  éstos  fragmentos  o  circunstancias accesorias de un único suceso histórico,  deben  permitir  su  reconstrucción  como hecho natural, lógico y coherente, y  las  deducciones  o  inferencias  realizadas  con  cada  uno han de ser a su vez  convergentes,  es decir, concurrir hacia una misma conclusión y no hacia varias  hipótesis de solución.   

La  valoración  integral del indicio exige  entonces   al   juzgador  contemplar  todas  las  posibilidades  confirmantes  e  invalidantes  de  la  deducción,  pues  rechazar  cualquiera  de  las que puede  ofrecer  un hecho indicador, desestimándolo expresa o tácitamente sólo porque  el  juez  ya  tiene  sus  propias conclusiones sin atención a un juicio lógico  integral,  es  alentar  un exceso de omnipotencia contrario al razonable acto de  soberanía  judicial  en  la evaluación de la prueba, que consiste precisamente  en   el   ejercicio   de   una   discrecionalidad   reglada  en  la  estimación  probatoria.   

De  ahí  que  en  la  apreciación  de los  indicios  el juzgador, como ocurre con todos los medios de prueba, debe acudir a  la  sana  crítica,  para establecer el nivel de probabilidad o posibilidad y en  tal  medida  señalar  si  son  necesarios o contingentes (graves o leves), y su  relación    con    los    demás   medios   de   prueba   que   obran   en   la  actuación.   

La    connotación    de    necesarios,  contingentes-graves  o  contingentes-leves,  no  corresponde a nada distinto del  control  de su seriedad y eficacia como medio de convicción que en ejercicio de  la  discrecionalidad reglada en la valoración probatoria realiza el juez, quien  después  de  contemplar  todas  las hipótesis confirmantes e infirmantes de la  deducción,  establece jerarquías según el grado de aproximación a la certeza  que  brinde  el  indicio,  sin  que  ello  pueda  confundirse  con una tarifa de  valoración preestablecida por el legislador.   

Se  trata  de  una ponderación lógica que  permite  al  funcionario  judicial  asignar  el  calificativo que corresponde al  indicio,  bien  de necesario cuando el hecho indicado se releva como conclusión  unívoca  e inequívoca a partir de la inferencia fundada en el hecho indicante,  de   contingente-grave   si   constituye   el   efecto   más   probable,  o  de  contingente-leve,    si    se    muestra    apenas   como   una   entre   varias  probabilidades.2   

          Ahora  bien, si la Sala hiciera abstracción de la confusión en que  incurre  el  censor  a la hora de ilustrar el yerro bajo la violación indirecta  de  la  ley  sustancial, pues, se recuerda, entremezcla las modalidades de falso  juicio  de  existencia  y falso raciocinio, y se adoptara la crítica del censor  únicamente  al  tenor  de  la  última  especie  de  error,  el  fracaso  de su  exposición      también      deviene      palpable     conforme     pasa     a  explicarse.      

              

         Resulta  necesario  recordar  lo  que de  manera   pacífica  y  reiterada  ha  dicho  la  Sala  respecto  de  la  forma  de  demostrar los errores de  hecho   y,   particularmente,  el  falso  raciocinio  propuesto3:   

Los   errores  probatorios  de  hecho,  a  diferencia  de  los  de  derecho,  obligan  a  quien los invoca a aceptar que la  prueba  respecto  de  la  que  los  alega fue reconocida por el funcionario como  legal,  regular  y  oportunamente allegada al proceso, toda vez que lo discutido  constituye  vicios  fácticos  que  se  desarrollan  en  tres modalidades: falso  juicio de existencia, falso juicio de identidad y falso raciocinio.   

Incurre  en  falso  juicio de existencia el  fallador  que  omite  apreciar el contenido de una prueba legalmente aportada al  proceso  (falso  juicio de existencia por omisión), o cuando, por el contrario,  hace  precisiones  fácticas  a  partir  de un medio de convicción que no forma  parte  del proceso, o que no pertenecen a ninguno de los allegados (falso juicio  de existencia por suposición).   

El  falso juicio de identidad se diferencia  del  anterior en que el juzgador sí tiene en cuenta el medio probatorio legal y  oportunamente  practicado,  pero,  al  aprehender  su  contenido,  le  recorta o  suprime   aspectos  fácticos  trascendentes  (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento),  o le agrega circunstancias o aspectos igualmente relevantes que  no  corresponden  a  su  texto  (falso  juicio  de identidad por adición), o le  cambia  el  significado  a  su expresión literal (falso juicio de identidad por  distorsión o tergiversación).   

La  acreditación  de  un  falso  juicio de  existencia  o  de  un falso juicio de identidad, por tratarse de vicios objetivo  contemplativos,   es   en  extremo  elemental.  En  el  primer  caso  basta  con  identificar  el  contenido  de  la  prueba omitida y el lugar en el que ésta se  halla  adosada  a  la  actuación,  o  con  señalar  la precisión fáctica que  corresponde  a  un medio de prueba extraño a la actuación o que no pertenece a  alguno  de  los  legalmente  aportados;  y  en  el segundo, es suficiente con la  comparación  de lo que de manera fidedigna revela la prueba, con la síntesis o  aprehensión  que  su  contenido  hizo  el funcionario, en aras de evidenciar el  cercenamiento, la adición o la tergiversación de su texto.   

Finalmente,  el falso raciocinio difiere de  los  anteriores  en  que  el  medio  de  prueba  existe  legalmente y su tenor o  expresión  fáctica  es aprehendida por el funcionario con total fidelidad, sin  embargo,   al   valorarla,  al  sopesarla,  le  asigna  un  poder  suasorio  que  contraviene  los  postulados  de  la  sana  crítica, es decir, las reglas de la  lógica,  las  máximas  de  la experiencia o sentido común, o las leyes de las  ciencias,  y  en  tales  eventos  el  demandante corre con la carga de demostrar  cuál  postulado  científico,  o cuál principio de la lógica, o cuál máxima  de  la  experiencia  fue desconocido por el juez, e igualmente tiene el deber de  indicar  cuál  era  el  aporte  científico  correcto,  o  cuál  el raciocinio  lógico,  o  cuál  la  deducción  por  experiencia  que  debió aplicarse para  esclarecer el asunto.   

No sobra destacar que, adicionalmente, como  es  sabido,  bien  se  trate de errores de derecho o ya de hecho, tras demostrar  objetivamente  el dislate, es perentorio acreditar su trascendencia o, lo que es  lo  mismo, que de no haberse incurrido en él, la declaración de justicia hecha  en  sentencia  habría  sido  distinta  y  favorable  a  la  parte  que alega el  respectivo desaguisado.   

         Postura     que,     en     relación  con    el    puntual  yerro   aducido   por   el   libelista,  recientemente  ha sido reiterada         por la Sala así:   

(…) si la demanda  de  casación  que  se propone en el objetivo de desvirtuar la doble presunción  de  acierto  y legalidad bajo la cual se ampara el fallo se conduce por la senda  de  la  violación indirecta de la ley sustancial por error de hecho derivado de  un  falso raciocinio, significa que el cuestionamiento lo es en relación con el  poder  suasorio  que  el juzgador le haya asignado a los medios de convicción y  por  ende  su postulación y acreditación exige demostrar que el fallador en el  ejercicio  intelectual  que demanda la determinación del mérito persuasivo del  medio,  o  la obtención de una conclusión probatoria de carácter inferencial,  desconoció  los  principios  de  la lógica, las reglas de la experiencia o los  postulados  de  la ciencia que condujeron a ignorar la sana crítica, puesto que  en  esta  sede  y  por  ninguna  de  las  sendas  de  ataque puede ser objeto de  discusión  la  disparidad de criterios entre el fallador y el impugnante acerca  del   valor  probatorio  que merece un determinado medio de convicción, lo  cual  tiene  su  razón de ser en la aludida doble presunción habida cuenta que  el  análisis  probatorio  realizado por el juzgador se halla privilegiado sobre  la  valoración  que  realicen  los sujetos procesales, de modo que aun éste se  evidencie  como  más científico o mejor razonado no podrá primar sobre el del  juzgador,  en  tanto  no  se  demuestre  que  el del segundo fue obtenido por la  incursión  en  alguno de los errores trascendentes en esta extraordinaria sede,  tanto  más  si  dentro de un sistema de libre apreciación racional como el que  nos  rige, para los fines de desarrollar y fundamentar un cargo en casación por  errores  en  la  valoración  de  la  prueba,  le  está  vedado  al  recurrente  conducirse  bajo  los parámetros de unas instancias ya superadas, por cuanto de  lo  que  se  trata  en  esta  sede  es de cuestionar el juicio del juzgador y su  sujeción  a  la legalidad en el proferimiento de la sentencia y en la manera en  cómo evaluó el acervo probatorio.   

Por  eso  a  través de la formulación del  falso  raciocinio  debe evidenciarse el absurdo de los razonamientos probatorios  del  sentenciador,  no los de las pruebas en sí mismas, sin perder de vista que  lo  que interesa no es construir otra explicación de los hechos, a partir de la  prueba  que  el  demandante  examina en perspectiva diferente a la del juzgador,  sino  demostrar  que  definitivamente  en  el  fallo  cuestionado  no  hubo  ese  despliegue  elemental  de  la  lógica,  la ciencia o la experiencia común, que  conforman  la  sana  crítica  o  persuasión  racional,  como  que  no  son las  elucubraciones  subjetivamente  lanzadas por el recurrente las que desquician lo  que está acreditado debidamente en la sentencia.   

En  ese  orden  el  falso  raciocinio  se  caracteriza  por  plantear  un  problema  de argumentación que tiene por objeto  demostrar  que  en  la  expuesta  como  apreciación  de  las  pruebas  el  juez  infringió  las  reglas de la sana crítica. Por eso dicha falencia, se reitera,  no  se  acredita  con la simple confrontación de un criterio quizá mejor, más  razonado  o  más  científico-jurídico  que  el  del sentenciador, si en éste  escogida  como  fue  la  citada  vía, no se demuestra el absurdo derivado de la  infracción   a   las   pluricitadas   reglas   o   su   grosera   y  manifiesta  transgresión.4   

               

        Acorde        con        los        anteriores        axiomas,          al  recurrente  le  era  exigible  determinar en concreto cuál  regla  de la experiencia, postulado de la lógica o principio científico fue el  inadecuadamente  utilizado  por el Tribunal, cuál es el correcto y cómo incide  ello  en  el  examen  de  la  prueba,  para  cuyo  efecto,  en punto obligado de  trascendencia,  debió  también realizar un examen conjunto de todos los medios  suasorios,  eliminado el yerro, a fin de demostrar objetivamente que sin este ya  no  se  sostiene la decisión absolutoria.   

En  lugar  de  ello,  el demandante, asumiendo el  típico  alegato  de instancia ajeno a la sede casacional, ocupó amplio espacio  en  reseñar  apartados  del  haz  probatorio que, analizado desde su particular  interés,  confluye  en  desvirtuar  la  tesis  del juez colegiado relativa a la  ausencia  de  pruebas  que  condujeran  a  predicar  la  responsabilidad  de  la  procesada  en la comisión del delito por el cual fue convocada a juicio, y así  reiterar  la  petición  de condena que ha elevado en las demás instancias bajo  la misma fórmula argumentativa.    

        La       orfandad       en      la  demostración  del yerro en que habría incurrido el  Tribunal,  se  hace  más  evidente cuando el libelista pretende, a partir de la  insular   visión   de   lo   que  enseñan  algunas  de   las   pruebas   allegadas   a  la  actuación,  vr.  gr.  el testimonio de María Eucaris Rocha y lo  expuesto     por     la    procesada    en    su    indagatoria,    señalar  que el Tribunal tuvo que haber vislumbrado la certeza no  solo   del  hecho  delictivo,  sino  del  comportamiento doloso de Praxedes   Rocha,   quien  «actuó de manera mal intencionada y  pretendiendo  obtener, por la vía y los torticeros instrumentos utilizados, una  decisión  favorable a sus propios intereses y a los  de  su  parentela,  en desmedro de los derechos de terceros, en este caso de sus  consanguíneos,  entre  ellos,  su  hermana  desvalida,  sin  pudor  alguno, con  alevosía y premeditación…»   

         

        Esa   forma   de   argumentar,   debe  reiterarse,  apenas  representa  un intento de confrontar la propia e interesada  visión  de  lo ocurrido y de lo que arrojan las pruebas, con la más autorizada  del  Tribunal,  pasando por alto que, también se recalca, a esta sede arriba el  fallo  de  segundo  grado  prevalido  de  una  doble  connotación  de acierto y  legalidad que lo blinda de este tipo de ataques.   

                        Lo  evidente  es  que  en  el  esfuerzo  valorativo  del impugnante, ostensiblemente  sesgado  por  su  pretensión, no acierta a evidenciar la existencia de un vicio  propio  de  la  casación,  de  tanto  calado,  que obligue revocar la decisión  condenatoria.    

                      Contrario    a  las falencias    que    pretende   ilustrar   el  casacionista,  la  Corte  verifica  que  en sede de segunda instancia, el Tribunal, luego de aterrizar el  motivo  de disenso expuesto por la parte civil que, valga aducirlo, se asemeja a  la  insatisfacción desglosada en la demanda casacional, tras analizar el acervo  probatorio   determinó   de   manera   contundente  que  no  militaban  en  la  actuación  elementos de  juicio  que  comprometieran  la  participación  de  la  procesada en los hechos  denunciados,     así     fuese     como     determinadora,  para  hacerse  al  bien  objeto  de  controversia  y  mucho  menos aprovechando la disminuida condición mental de su  hermana  Jesusa  Rocha.   Así  razonó  el  Ad  quem:   

(…)  resulta  que  examinado  el  legajo  con  detenimiento, en ninguno de sus apartes aparece  demostrada  la  responsabilidad  penal  de la señora PRAXEDES ROCHA DE FAJARDO,  por  el  contrario,  si  lo  que ataca es lo sucedido con su hermana JESUS ROCHA  ASTUDILLO,  en  la medida que sufre de un leve retardo mental, quienes realmente  deben  explicar  los  pormenores  de  la  venta  del  inmueble son la hija de la  implicada  y  su esposo, quienes dicen haber comprado con todas las formalidades  legales.   

Ahora, se ataca el hecho de que la señora  JESUSA,  padece  de  un  retardo  mental poco (sic)  y  por  ello  no estaba legitimada para vender su inmueble de la forma en que lo  hizo,  empero,  olvida  el  impugnante  que  obra una declaración de la señora  María  Cecilia  Mosquera,  Notaria  única del circulo de Caldono, Cauca,   quien  refiere  que  permitió  la  elevación  del negocio a escritura pública  porque  nada  vio  de  extraño  en  el comportamiento de la señora JESUS ROCHA  ASTUDILLO,  solo  que  no  podía firmar, pero ello se solucionó con la persona  que firmó a ruego.   

Si   ello   es   así,  dónde  entonces  radica  el compromiso penal que se le adjudica a la  señora   PRAXEDES   ROCHA   DE   FAJARDO?   Dice   el   letrado  que  la  misma  “orquestó”,  todo el comportamiento criminal, queriendo ello significar que  tal  vez  se  refiere a la figura de la determinación, no obstante, ni siquiera  existen  serios  indicios  de  su participación en la susodicha venta, más que  los  testimonios de sus hermanos que refieren saber sobre las manifestaciones de  la   actora   en   el   sentido  de  que   se   quedaría   con   todo   lo   de   su   padre,  pero  nada  más.   

Ninguna prueba legal existe en el infolio  sobre  la voluntad o la acción volitiva de la actora orientada a hacerle firmar  la      documentación     irreal     a     su     hermana     JESUSA,  aprovechando  su  estado  mental,  máxime,  cuando  la  comprobación del estado emocional o comportamental de una  persona   que   acude   a  una  notaria  para  realizar  un  acto  legal,  está  a  cargo del funcionario  notarial  y  en  este  caso,  la Notaria dijo no denotar nada extraño y que por  ello  aprobó  que  se  firmara  la  enajenación sin  ninguna novedad.   

De esta manera, evidentemente lo que desea  el  censor  es  que  supongamos el compromiso penal de la actora con base en los  dichos  de  sus  hermanos,  empero,  ello no es posible en el campo de lo penal,  pues  aquí  se requiere de la demostración sería, concreta y contundente, que  no  solo  apunte a la ocurrencia del hecho, sino también la responsabilidad del  actor,  de  tal  forma  que,  si  se quiere, incluso podría decirse que gaseoso  aparece  el  suceso  denunciado, pues ningún acto fraudulento o engañoso se ha  podido  demostrar  en  este proceso, contrario sensu se determinó que todos los  hermanos  cedieron  sus  derechos  de  herencia y que además, su hermana JESUSA  ROCHA  ASTUDILLO,  vendió  con un acto leal y legal, lo que le correspondía de  la  herencia,  sin  que  previamente  haya  sido  declarada  interdicta  para la  realización  de  ese  tipo  de  acciones  legales.   En estas condiciones,  siendo  claro  que  de cara a la responsabilidad de la señora PRAXEDES ROCHA DE  FAJARDO,  no  existe  prueba  alguna que acredite la refutación del impugnante,  imposible  deriva  para  la Sala revocar la decisión, tal como lo fuera pedido,  toda  vez  que  no existe comprobación alguna que avizore su compromiso en este  caso,  por  el  contrario,  al  parecer es un duelo de hermanos por sus derechos  herenciales,  lo  cual  debió  ventilarse  más bien por el campo civil-familia  atacando  la  presunta  simulación  de  los  actos  de  venta  o  impugnando la  sucesión  intestada  para entrar a participar el resto de consanguíneos que no  fueron  incluidos  en  ella,  más  no,  tachar  de  fraudulentas  acciones  que  verdaderamente  se  llevaron  a  cabo bajo la legalidad, y lo que es más grave,  denunciando  a  la  ciudadana  que  no  aparece,  en  ninguna  de las probanzas,  comprometida   con   los   reatos   de   los   que   se   le  acusa.          

       Debe reiterar  la  Corte  que en el anterior fragmento valorativo no  advierte,    ni    el  demandante  lo perfila, algún tipo de error profundo o trascendente que obligue  dejar sin efectos lo resuelto.   

   

En suma,  como la Sala no observa, del  examen  realizado a los fallos y el trámite procesal, algún tipo de violación  de  garantías  que  reclame su intervención oficiosa, y evidente se observa la  impropiedad  de  lo  alegado por el recurrente, necesaria se alza la inadmisión  de la demanda.      

En  mérito  de lo expuesto, la        Corte        Suprema       de       Justicia,  Sala de Casación Penal,   

RESUELVE  

1.  INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  apoderado  de  la  parte  civil, en  seguimiento   de   las   motivaciones   plasmadas   en   el   cuerpo   de   este  proveído.   

2. Contra este auto  no  procede  recurso alguno, conforme lo disponen los artículos 213 y 187, inc.  2, de la Ley 600 de 2000.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  tribunal de origen. Cúmplase.   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

JOSÉ FRANCISCO ACUÑA VIZCAYA  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

LUIS ANTONIO HERNÁNDEZ BARBOSA  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria    

1  Radicados  12832  del  22  de  agosto  de  2002  y  42237 del 13 de noviembre de  2013.   

2 CSJ  SP3397-2014, marzo 19 de 2014, Rad. 38.793.   

3 Auto  del 10 de octubre de 2007, radicado 22.597.   

4 CSJ  AP3251-2016, mayo 25 de 2016, Rad. 44028.     

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