AP4768-2016(48445)

2016

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

Magistrado ponente  

AP4768-2016  

Radicación Nº 48445  

(Aprobado acta N°  224)   

Bogotá,  D.C., veintisiete (27) de julio de  dos mil dieciséis (2016).   

I.   V   I   S   T  O  S   

La  Sala se pronuncia sobre los presupuestos  de  lógica  y  debida fundamentación de la demanda de casación presentada por  el  apoderado  de  la víctima contra el fallo del 10 de mayo de 2016, por medio  del  cual  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  revocó  la condena impartida en  primera  instancia  a  favor  de  Nubia Ruth Meléndez  Silva    y,    en    su   lugar,   la   absolvió   por   el   delito  de  estafa  agravada.   

II.  H E C H O S  

         

El señor Ramiro Vega Vargas denunció que el  19  de  septiembre  de  2007,  junto  a  su  socio  Luis Omar Romero, acudió al  concesionario  Vehicolda,  ubicado  en  la  avenida  Caracas  con  calle  6ª de  Bogotá,  con el fin de negociar un taxi de placas SGP-469. Allí se entrevistó  con    Nubia    Ruth   Meléndez   Silva,  una  antigua  conocida,  quien  los  remitió al concesionario WM  Automóviles   Ltda.,  sociedad  que  aquella  había  constituido  con  William  Martínez,  en  donde  les  ofrecieron  por  el  citado  vehículo  la  suma  de  $45.000.000, monto superior al ofertado por Vehicolda.   

En WM Automóviles, cuyo representante legal  era  William Martínez, se realizó el negocio que consistía en una permuta, en  virtud  de  la cual el citado Martínez le vendía a Vega el vehículo de placas  SIF-210,  por  un valor de $47.000.000, y a cambio recibía de aquel el carro de  placas  SGP-469 y $2.000.000 adicionales. Esa transacción se concretó el 21 de  septiembre  de  2007.  Tras diversas evasivas, el señor Martínez y su socia no  realizaron  el  traspaso  del automotor que debían entregar. Vega Vargas, luego  de  consultar  el  respectivo  certificado  de  tradición,  descubrió  que los  propietarios  del  carro  que  debía recibir eran Ana Beatriz Molina y Hernando  Páez  Galindo,  personas contra quienes se tramitaba en el Juzgado 32 Municipal  de  Bogotá  un  proceso  ejecutivo,  dentro  del  cual  fue afectado con medida  cautelar el vehículo de placas SIF-210.   

Posteriormente, el automóvil fue traspasado  a  Alberto  Bernal  Collazos;  por  último,  fue  cancelado  el  certificado de  tradición  por  la  destrucción  total del carro, según inscripción del 5 de  febrero    de    2010.   Vega   y   Romero   les   reclamaron   a   Meléndez  Silva y Martínez; este último  les  giró  sendos  cheques  por  valor de $30.000.000 y $15.000.000, los cuales  fueron  impagados  por falta de fondos. Fue así como, según el denunciante, la  señora   Nubia   Ruth   Meléndez  Silva      lo      mantuvo     en     error     para     defraudar     su  patrimonio.         

   

III. ANTECEDENTES PROCESALES  

1. El 10 de abril de 2013, ante el Juzgado 72  Penal  Municipal  con  función  de  control  de  garantías de Bogotá y con la  presencia  de  la víctima Ramiro Vega Vargas y su apoderado, la Fiscalía Local  341    le    imputó    a    Nubia   Ruth   Meléndez  Silva  el  delito de estafa agravada (artículos 246 y  247-4 del Código Penal), cargo que aquella no aceptó.   

El  escrito  de  acusación,  en  similares  términos  a  los  plasmados  en  la imputación, fue radicado el 21 de junio de  2013  por  la  Fiscal  Local  29.  Su  formulación,  ante  el  Juzgado 32 Penal  Municipal  con  función  de conocimiento de esta ciudad, acaeció el 7 de marzo  de  2014.  La  audiencia  preparatoria,  en  la que se celebraron estipulaciones  entre  la fiscalía y la defensa, tuvo lugar el 29 de abril de 2015, y el juicio  oral  el  4  de agosto y 15 de septiembre siguiente. En la última fecha la juez  de  conocimiento  anunció  el  sentido  condenatorio  del  fallo  y  corrió el  traslado del artículo 447 de la Ley 906 de 2004.   

2.  El  juzgado,  en  providencia  del 30 de  noviembre  de  2015, condenó a la procesada Nubia Ruth  Meléndez  Silva a las penas principales de 64 meses de  prisión  y  multa  equivalente  al  valor  de  66,66  salarios mínimos legales  mensuales  vigentes,  así  como  a  la  accesoria  de  inhabilitación  para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas por término igual al de la pena  privativa  de  la  libertad,  como  coautora  del delito por el que fue acusada.  Asimismo,  le  negó el subrogado de la suspensión condicional de la ejecución  de la pena y el sustituto de la prisión domiciliaria.   

Apelada   la  decisión  del  a  quo por la defensa y el apoderado de la  víctima,  fue  revocada  íntegramente  por  el Tribunal Superior de Bogotá en  decisión  del  10  de  mayo  de  2016,  por  medio  de  la  cual absolvió a la  procesada.  En  su contra, el apoderado de la víctima interpuso y sustentó por  escrito el recurso extraordinario de casación.   

IV.  LA  DEMANDA  

Con  el fin de que se reparen los perjuicios  irrogados  a  la  víctima  y  se  apliquen  las  normas procesales vigentes, el  censor,  con  sustento  en la causal tercera de casación acusa la sentencia por  haber  “emitido  falso juicio al omitir, en unas la  apreciación,  en  otras  la distorsión o alteración de la expresión fáctica  de  las  pruebas  documentales  y  testimoniales  allegadas de manera válida al  proceso,      originando      así      un      falso     raciocinio”.   

Sostiene  que  toda  la  realidad  procesal  evidencia  que Meléndez Silva  es   responsable   por   el   delito  de  estafa.  Pregona  que  “por  ajustarse  a  derecho  traigo a esta demanda de casación como  sustento  que  se  endosa  de  la  exposición de presupuestos y recolección de  pruebas  necesarias y útiles analizadas al cedazo razonable en las indicaciones  de  la  sana lógica que llevaron a la condena de la procesada, en conformidad a  la   propuesta   de   la  fiscalía  en  resolución  de  acusación”.   

Enseguida   trascribe  fragmentos  de  las  apreciaciones   contenidas   en   la  decisión  condenatoria  del  a  quo. Insiste en que el Tribunal omitió  la  apreciación  de  unas  pruebas y alteró la expresión fáctica de otras, y  así   originó   un   “falso   juicio”.    

Menciona como prueba afectada el certificado  de  existencia  y  representación de la firma WM Automóviles Ltda; aprecia que  dicha  empresa  fue  la  fachada  para conseguir la confianza de las víctimas y  así  concretar  los  delitos;  resalta  la  escasa  duración  de  la sociedad,  menciona  que  su  capital  no  era real y advierte que esa firma no cumplió la  obligación  de  renovar la matrícula mercantil. Reprocha que ninguna de dichas  apreciaciones fue considerada por el juzgador.   

De  igual  manera,  cita los certificados de  tradición  y  libertad de los vehículos. Estos documentos, dice el demandante,  prueban  que  a  la hoy procesada y a William Martínez solamente les interesaba  negociar  el  cupo  del  taxi;  se  extraña  porque  el  documento  dijera que:  “canceló    la   matrícula   por   destrucción  total”  y  señala  que  hoy un cupo de un taxi vale  alrededor  de  $95.000.000.  Reprocha  que el Tribunal no apreciara lo anterior,  por   lo   que   su   sentencia   “es  antípoda  a  derecho”.   

Reitera  que  el  juzgador  incurrió  en  “el falso juicio” por no  apreciar  la  larga  relación  personal  entre la hoy procesada y su socio, que  ellos  constituyeron  una  empresa  para defraudar incautos, y que fue así como  atrajeron  a  la víctima y le ofrecieron un mejor precio por su vehículo; dice  que  el ad quem hace un falso  juicio  de  este  hecho,  pues  está  probado  con  documentos y testimonios, y  además  viola  el  Estatuto Procesal de las Víctimas y los artículos 11, 380,  404  y  389  de  la  Ley  906  de  2004, “articulado  contenido  real  de  los  elementos  esenciales que conducen a la sana crítica,  unísono        de        documentales       arriba       señaladas”.   

Reprocha  que  el sentenciador dijera que se  trató  de un incumplimiento de contrato; por el contrario, asegura, el dicho de  la  víctima  que, “en términos elementales conduce  a  la  sana crítica”, unido a la escasa duración de  la  empresa  y  las  circunstancias  que  relacionan  a  la hoy procesada con la  defraudación,  son  situaciones  que dejan ver que el denunciante fue despojado  de  su  vehículo,  “acto que originara por terceros  la procesada”.   

Agrega   que   el   fallo  “es   casado  por  sus  premisas  ilógicas,  carente  el  análisis  respecto    de   las   fechas   ontológicas   en   que   se   desarrollan   los  hechos”.  Enseguida, enuncia los hechos acaecidos el  19  y  21 de septiembre de 2007, 29 de julio de 2008 y 28 de octubre de 2010, al  tiempo  que  enfatiza  el  dicho  incriminatorio de Luis Omar Romero Hernández.  Concluye  que  todo  lo anterior demuestra que, durante tres años, Nubia   Ruth  Meléndez  Silva  y  William  Martínez  mantuvieron  en  error  a  Ramiro Vega. Agrega que aquella empleó la  conciliación  para  dilatar  el  tiempo  y  conseguir el despojo del vehículo,  mientras se hacía efectiva la orden de captura.   

Luego de reseñar los elementos de la estafa,  conforme  lo  decantado  por  la jurisprudencia de la Corte, señala que en este  caso  se  acreditan:  insiste en que la empresa WM desapareció 8 meses después  de  creada, que la suscripción de los contratos de compraventa fue el artificio  que  le  dio  visos  de legalidad al negocio y mantuvo en error a las víctimas,  que  estas  realizaron  la  transacción  confiados en que su amiga les ofrecía  garantías  reales y, al final, las maniobras fueron efectivas para que aquellos  entregaran   el   vehículo   que  terminó  chatarrizado,  como  consta  en  el  certificado  de  tradición  correspondiente  a  los  dos  vehículos.  Todo  lo  anterior fue corroborado en la declaración de Ramiro Vega.   

Sobre   “el  devenido    de    la   distorsión   de   la   expresión   fáctica”,  el  censor  menciona  que no es cierto que Ramiro Vega hubiera  recibido  los  documentos  del  traspaso,  sino  que los vio y pudo constatar su  aparente  orden; que el proceso adelantado ante el Juzgado 32 Civil Municipal de  Bogotá   terminó   por   transacción  y  “no  se  relaciona  en  nada  a  lo  concerniente”,  y que el  traspaso  y  cancelación por destrucción total del vehículo de placas SIF-210  fueron  las  maniobras  que  determinaron  el  desplazamiento  patrimonial de la  víctima.   

Reseña  el dicho de la víctima Omar Romero  Hernández  y  asegura que fue omitido en lo relativo al proceso ejecutivo; todo  ello  le habría permitido al sentenciador apreciar que ese proceso ejecutivo lo  desplegaron  los  propietarios  del  vehículo  antes citado como alternativa de  recuperación  del  vehículo  ante  el no pago por parte de William Martínez y  Nubia  Meléndez. Así, dice  el  censor,  para la fecha de la compraventa del taxi este sí estaba pignorado,  no obstante los documentos que le fueron mostrados a Ramiro Vega.   

Todo  lo  anterior impide predicar la duda a  favor   de   la   procesada,   pues   muestra   que   Martínez  y  Meléndez  habían  podido defraudar a los  propietarios  del  citado taxi, como lo hicieron con Ramiro Vega. Critica que el  juzgador  concluyera que no se probó que para cuando se celebró el contrato de  compraventa  el  automotor  estaba  afectado por una medida que lo pusiera fuera  del    comercio;   con   dicho   razonamiento,   el   fallador   “ratifica  la omisión, la distorsión de la expresión fáctica del  elemento  probatorio  allegado  al proceso de manera válida y, por supuesto, el  falso  juicio”. Reitera el contenido del certificado  de  tradición  del  taxi  de  placas  SIF-210  y  el  dicho de Luis Omar Romero  Hernández,  en lo referente a un proceso ejecutivo tramitado ante el Juzgado 32  Penal Municipal.   

Avanza  en  su  discurso, reprochando que el  Tribunal  apreciara que fue precaria la información recogida sobre la propiedad  de  los  vehículos  comprometidos  y  la  cancelación  de  su  matrícula  por  destrucción  total,  con  fundamento en que se debió intentar la comparecencia  de   los  propietarios  inscritos.  Alega  que  “el  ad-quem   apresura   el   juicio,   viciándolo   de   omisión,  distorsión  y  apreciación”.  Critica  que  para  el  Tribunal  no  existiera  concomitancia  entre el engaño y el desplazamiento patrimonial, pues  el  testimonio  de  Omar  Romero “rebosa de claridad  ante  el  falso  juicio que desata el ad quem”, en la  medida  en  que  muestra que el carro estaba pignorado al momento de realizar la  transacción  con  Ramiro  Vega,  y que Meléndez y Martínez le adeudaban a los  propietarios  del  rodante,  así  como  al  ejecutante  José  Álvaro Castillo  Urquijo.   

Así,  el  modus  operandi  de  la  hoy  procesada  y  su  socio William  Martínez  consistía  en  tomar  los  vehículos de los incautos que acudían a  ellos;  a  su  turno,  Omar  Romero  deja ver en su declaración que, vencido el  plazo  para  realizar el traspaso del taxi de placas SIF-210 a Ramiro Vega, supo  por  sus propietarios que WM Automóviles les adeudaba el valor prometido, y que  no  harían  el  traspaso  a  Vega  hasta tanto William Martínez y Nubia Meléndez les pagaran.   

Cita como normas violadas los artículos 2º  de  la  Constitución  Política, 11, 380, 382, 389 y 404 de la Ley 906 de 2004,  “articulado   contenido   real  de  los  elementos  esenciales  que  conducen  a  la sana crítica, por ello, habiendo emitido falso  juicio  al  omitir,  en  unas,  la  apreciación,  en  otras  la  distorsión  o  alteración   de   la   expresión   fáctica  de  las  pruebas  documentales  y  testimoniales  allegadas  de  manera  válida al proceso, originando así, falso  raciocinio”.   

Concluye que “los  fácticos  acontecimientos,  documentales  y  testimoniales  allegados de manera  válida  al proceso, como arriba quedó demostrado son las necesarias y útiles,  que  analizadas  al  tamiz  razonable  de la sana crítica, hubieran impedido al  juzgador  de  segunda  instancia  caer  en  el falso juicio al omitir, algunas y  alterar  la  expresión  fáctica  en  otras.  Contrario,  le hubieran concedido  naturalmente  encontrar  en  ellas  el  conocimiento  del  dolo  cometido por la  procesada,    señora    Nubia    Ruth    Meléndez  Silva,  por  tanto,  confirmar  en pleno la sentencia  emitida  por  el  a quo, eso sí, con agravación de la punitiva, en conformidad  al    petitum    que   hizo   quien   suscribe   en   la   impugnación   contra  aquella”.   

El casacionista le pide a la Sala que case el  fallo  impugnado  y,  en su lugar, confirme la decisión de primer grado, con la  dosificación punitiva solicitada.   

V.    CONSIDERACIONES   DE   LA  CORTE   

La  Sala anticipa su decisión en el sentido  de  inadmitir  la demanda de  casación,  toda  vez  que  su desarrollo argumentativo discurre a través de un  discurso  impreciso  y  falto  de  rigor,  que no permite determinar cuál es el  verdadero  motivo  de  reproche  ni  acredita  circunstancia  alguna que amerite  materializar  alguno  de  los  fines  de  la  casación.  Las  razones  son  las  siguientes:   

La  postulación  del  cargo  se  presenta  ostensiblemente imprecisa.   

Lo  anterior  es  así  por  varias razones:  i)  el censor no identifica  si  el yerro que pregona al amparo de la causal tercera de casación (violación  indirecta  de  la  ley sustancial) configura un error de hecho o de derecho, las  dos   aristas   en   que  se  concreta  la  violación  indirecta;  ii)  por  otra  parte, tampoco señala en  qué  sentido  se  concretó la violación normativa que alega, es decir, si fue  por  aplicación  indebida  del  precepto, exclusión evidente o interpretación  errónea;      iii)  adicionalmente  -y  es  esto lo que genera la mayor confusión del discurso-, el  demandante  se  las  arregla  para  refundir  en  un  solo  reproche  todas  las  modalidades  del  error  de  hecho,  sin  precisar  cuál de todas es la que, en  últimas,  orienta  el  cargo; y, lo más importante, sin atinar a demostrar los  presupuestos  de  ninguno  de  ellos,  como  no  sea  a  través  de su personal  apreciación   de   las   pruebas,   apenas   distinta   a  la  plasmada  en  la  sentencia.   

En  efecto,  el  recurrente, en medio de una  confusa  redacción,  reitera  a lo largo del escrito de demanda que el juzgador  incurrió  en  “falso  juicio al omitir, en unas la  apreciación,  en  otras  la distorsión o alteración de la expresión fáctica  de  las  pruebas  documentales  y  testimoniales  allegadas de manera válida al  proceso,   originando  así  un  falso  raciocinio”.   

La    fórmula    anterior    postula,  simultáneamente  y  en  un  solo reproche, los falsos juicios de existencia, de  identidad  y  el  falso  raciocinio, sin tener en cuenta que, lógicamente, unos  son  excluyentes respecto de otros, cuando, en el mismo cargo, se predican de la  misma  prueba;  así,  una  alegación de falso raciocinio supone necesariamente  que  la  prueba no fue omitida ni supuesta su existencia y, al mismo tiempo, que  el juzgador no tergiversó su contenido.   

Ahonda   la   imprecisión  del  argumento  casacional  la  circunstancia  de  que  el  recurrente no identifique claramente  cuál  o  cuáles  yerros  de  apreciación,  de  todos  los que predica (falsos  juicios  de  existencia,  de identidad y falso raciocinio), recaen sobre cuáles  pruebas;  es  así  como  enuncia  algunas  de  las  pruebas  que  obran  en  la  actuación,  cita  la  apreciación elaborada por el sentenciador y concluye que  “el  ad-quem  apresura  el  juicio,  viciándolo de  omisión, distorsión y apreciación”.   

En  definitiva,  el argumento del censor, en  lugar  de  demostrar  los presupuestos de los yerros que pregona, pretende hacer  prevalecer  su  personal  visión  de  la  prueba  frente  a  la  adoptada en la  sentencia,   razonamiento   que   por  sí  mismo  no  demuestra  ningún  yerro  susceptible de corrección en casación.   

Lo  cierto fue que el fallo, al contrario de  lo  que  asegura el impugnante, no pasó por alto el testimonio de Ramiro Vega y  Óscar  Romero,  tampoco  los  certificados  de tradición de los vehículos, ni  circunstancias  como  la  larga  relación  personal  que existía entre William  Martínez   y   su   socia   Nubia   Ruth   Meléndez  Silva,  solamente  que  no  les otorgó el mérito que  pretende  el demandante, quien tampoco identifica -si acaso se entendiera que su  intención  se  encamina  a  postular  un  falso  raciocinio- cuáles fueron las  reglas   de   la  experiencia,  la  lógica  o  la  ciencia  que  infringió  el  sentenciador,  ni cómo su corrección en esta sede conduciría necesariamente a  una decisión en sentido contrario.   

Si  a  todo  lo  anterior  se  agrega  una  deficiente    integración    de    la   proposición   jurídica   –pues  el  recurrente no incluye dentro  de  las  normas  violadas  aquella  que  consagra el tipo penal de la estafa, ni  identifica  el  sentido  de  la infracción del precepto- y la completa falta de  sustentación  de la petición de dosificación punitiva que solicita, lo que se  tiene  es  un  escrito  del  todo  desenfocado,  que  carece de todo rigor en su  desarrollo  y,  por  lo  tanto,  resulta  inidóneo  para  mostrar a la Corte la  necesidad     de     cumplir     alguno     de    los    fines    del    recurso  extraordinario.     

2. La Corte estima necesario insistir en que  la  sentencia proferida en las instancias llega a esta sede amparada en la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad, razón por la cual no cualquier discurso  resulta  idóneo  para  deshacer  ese supuesto, sino uno ajustado a una debida y  suficiente  argumentación  que  demuestre  la  utilidad  del recurso para hacer  efectivo  el  derecho material y las garantías debidas a los intervinientes, la  unificación  de  la jurisprudencia y la reparación de los agravios inferidos a  las partes.   

Para  el  cumplimiento  de  lo anterior, el  recurrente  debe  identificar claramente, y no entremezclar con otras, la causal  o  modalidad  que  selecciona,  demostrar su materialidad y, lo más importante,  acreditar  su  incidencia en el resultado del proceso, esto es, que la decisión  no  puede  lógicamente  subsistir  al  lado  del  vicio:  esto último le exige  analizar  cuidadosamente  cuáles  son  los fundamentos probatorios y jurídicos  que  soportan  la  decisión impugnada, y demostrar que el error pregonado es de  tal entidad que necesariamente conduce a mutar su sentido.   

Es preciso reiterar que es en las instancias  en  donde  a  las  partes les corresponde proponer al juzgador las formas en que  consideren  deben  ser  apreciadas las pruebas, pero la que finalmente prevalece  es  la  que  adopte el sentenciador en el fallo; es por eso que se afirma que la  sentencia  llega a esta sede extraordinaria amparada por la doble presunción de  acierto y legalidad.   

Por  tanto,  si  se  trata  de denunciar en  casación  la  ilegalidad de la apreciación probatoria adoptada por el fallador  de    instancia,    tal    ejercicio   no   puede   desarrollarse   –como  así  lo  hace  el demandante en  este  caso-  oponiéndole una nueva interpretación de los hechos y las pruebas,  por  más  viable  y  plausible  que  esta  sea,  pues  esta  posibilidad quedó  reservada  a  las  ya agotadas fases procesales destinadas a ese efecto, como lo  son,  entre  otras,  la  presentación de alegatos de conclusión al final de la  audiencia   pública  de  juzgamiento  y  la  apelación  de  la  decisión  del  a quo.   

Para su correcta demostración, es menester  que  el  censor  enseñe de manera fehaciente que la apreciación judicial es el  producto  de  uno  u  otro  error  de  hecho  o  de  derecho,  en  alguna de sus  modalidades  -falsos  juicios de existencia, identidad o falso raciocinio, en el  primer  caso,  o bien falsos juicios de legalidad o convicción, en el segundo-,  sin  entremezclar  ni  confundir  las distintas modalidades, como ocurre en este  caso,  sin desconocer el contenido material del fallo y sin incurrir en el error  común     de     convertir     sus     argumentos     en    un    alegato    de  instancia.       

La  función del demandante en casación es  bien  distinta  a  la que cumple como sujeto procesal en las instancias, pues lo  que  debe  hacer,  si  lo  que  censura  es  la  violación  indirecta de la ley  sustancial,  es  acudir al razonamiento probatorio realizado por el sentenciador  (no  al  suyo  propio)  y demostrar en él un error, de hecho o de derecho, cuya  materialidad  y  real  incidencia  en  la  sentencia  debe  dejar  perfectamente  demostrada.   

Así,  el deber  del  recurrente  extraordinario  no  es  el  de  convencer  a la Corte de que su  personal  apreciación de la prueba es más  viable  que  la  plasmada por el juzgador, sino demostrar que la  conclusión  de  la  sentencia  es  el producto    de   evidentes   errores   de   hecho   o   de   derecho,  cuidándose  de  no  trasladar  a la Sala la carga de  elaborar  el  argumento  que  demuestre  el yerro, pues, como ya se ha dicho, la  decisión   de  instancia  llega  amparada  por  las  presunciones de acierto y legalidad.   

3.  En  estas  condiciones,  la   Corte   inadmitirá   la   demanda   de   casación,  sin que, por otra parte, del estudio de las diligencias encuentre  motivo  que  amerite  superar  sus  falencias  para  asegurar  oficiosamente  el  cumplimiento   de   las  garantías  fundamentales  o  los  fines  del  recurso.   

En contra de esta determinación procede el  mecanismo  de  insistencia,  en  los  términos en que la jurisprudencia de esta  Colegiatura   lo   ha   decantado  (CSJ  SP,  12  de  diciembre  de  2005,  Rad.  25322).   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

VI. R E S U E L V E  

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada por el apoderado de  la víctima.   

Contra  la  anterior  decisión  procede el  mecanismo de insistencia.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase  y  devuélvase al Tribunal de origen.   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Presidente  

JOSÉ FRANCISCO ACUÑA VIZCAYA  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

LUIS ANTONIO HERNÁNDEZ BARBOSA  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

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