AP4352-2015(46321)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Magistrado ponente  

AP4352-2015  

Radicado N° 46321.  

Aprobado acta No. 271.  

Bogotá, D.C., cinco (5) de agosto de dos mil  quince (2015).   

V I S T O S  

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  la  demanda  de  casación  presentada  por el defensor del procesado CÉSAR  AUGUSTO  GÓMEZ SÁNCHEZ,  para la época de los hechos Teniente Coronel al  servicio  de  la  Fuerza  Aérea  Colombiana,   contra  el fallo de segunda  instancia  que profiriera el Tribunal Superior Militar, fechado el 27 de febrero  de  2015,  mediante  el  cual  confirmó  la sentencia emitida por el Juzgado de  Instancia  de  Comando  Aéreo  121,  el  31  de  enero de 2014, condenando a su  representado  legal  a  la pena principal de 4 años de prisión y multa en  cuantía  de  $15.450.000,  en  calidad  de  autor  del  delito  de contrato sin  cumplimiento  de  requisitos  legales.  Además,  se impuso la pena accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos y funciones públicas, por un  lapso   de  cinco  años;  fue  dispuesto  el  pago,  a  título  de  perjuicios  materiales,  de  la suma de $7.757.000; y, se negó al procesado el subrogado de  la suspensión condicional de la ejecución de la pena.   

LOS HECHOS  

Fueron  narrados en el auto que calificó el  mérito del sumario, del siguiente tenor:   

“Por  hechos  ocurridos en el 2002, en el  Grupo  Aéreo  de Oriente GAORI, presuntamente el señor Teniente Coronel CÉSAR  AUGUSTO  GÓMEZ  SÁNCHEZ,  desempeñándose  como ordenador del gasto de GAORI,  celebró  el  contrato  20134-GAORI-2002  con  la  Empresa Despachos y Servicios  Aéreos  Ltda, sin las formalidades de Ley, habiéndose recibido a satisfacción  y  cancelándose  el  valor  correspondiente, donde se produjo la afectación de  los intereses del Estado”.   

DECURSO PROCESAL  

Con  fecha  del 16 de septiembre de 2005, el  Juzgado  121  de  Instrucción Penal Militar, dispuso apertura de investigación  previa por el presunto delito de peculado culposo.   

Luego  de  recoger algunas pruebas, el 10 de  mayo  de 2006, se dispuso apertura formal de instrucción en contra del Teniente  Coronel CÉSAR GÓMEZ SÁNCHEZ, por el delito de peculado culposo.   

El 22 de septiembre de 2006, fue resuelta la  situación  jurídica  de  GÓMEZ SÁNCHEZ, a quien se endilgaron los delitos de  peculado  y  falsedad  en  documento  público,  absteniéndose  la Fiscalía de  imponerle  medida  de aseguramiento. Empero, apelada la decisión, con fecha del  22   de   marzo   de  2007,  el  Tribunal  Superior  Militar  impone  medida  de  aseguramiento  de  conminación, por el delito de peculado culposo, en contra de  CÉSAR AUGUSTO GÓMEZ.   

Empero,  en resolución del 21 de septiembre  de  2007, la Fiscalía sustituye al Teniente Coronel GÓMEZ MEDINA, la medida de  conminación  por detención preventiva, respecto de los delitos de contrato sin  cumplimiento   de  requisitos  legales  y  prevaricato  por  acción.  Ello  fue  confirmado  por  el  Tribunal Superior Militar, en decisión del 13 de noviembre  de 2007.   

El  29  de  enero  de  2008, fue otorgada la  libertad  provisional  a  CÉSAR  AUGUSTO  GÓMEZ  SÁNCHEZ,  por vencimiento de  términos.   

El  26  de  enero  de  2009,  fue cerrada la  investigación.  Consecuentemente,  el  28  de  mayo  de  2009,  se calificó el  mérito  del sumario cesando procedimiento a favor del Teniente Coronel, por los  delitos  de  falsedad  material  en documento público prevaricato por acción y  celebración de contrato sin cumplimiento de requisitos legales.   

Apelada la decisión por el representante del  Ministerio  Público,  con  fecha  del  28  de  septiembre de 2012, la Fiscalía  Tercera  Delegada  ante  el Tribunal Superior Militar, revoca la decisión en lo  que  atañe al delito de contrato sin cumplimiento de requisitos legales, por el  cual  acusa CÉSAR AUGUSTO GÓMEZ SÁNCHEZ; allí mismo dispuso la prescripción  de la conducta punible de peculado culposo.   

Ejecutoriada la resolución de acusación, el  asunto  le  fue  repartido,  para  adelantar  la etapa del juicio, al Juzgado de  Comando  Aéreo 121, despacho que realizó la Corte Marcial los días 16 y 21 de  enero de 2014.   

El fallo de primer grado fue proferido el 31  de  enero de 2014. En contra de este interpuso y sustentó recurso de apelación  la defensa.   

El  27  de  febrero  de  2015,  el  Tribunal  Superior  Militar  emitió la sentencia de segundo grado en la cual se confirmó  el  fallo  de  primera  instancia.  Lo  resuelto  por  el Ad quem fue objeto del  extraordinario  recurso  de  casación interpuesto por la defensa en escrito que  ahora se analiza en su debida fundamentación.    

LA DEMANDA  

1. Cargo primero  

         Con  sustento  en  la  causal primera, cuerpo primero, del artículo  207  de  la Ley 600 de 2000, el demandante acusa a la sentencia de segundo grado  de     violación    directa    de    la    ley    sustancial    “consistente  en  aplicación  indebida  en  la determinación de la  tipicidad subjetiva”   

     En  concreto, el cargo va  encaminado  a  definir  que  el  ad  quem  determinó  el  dolo en el actuar del  procesado    “bajo   reglas   de   responsabilidad  objetiva”.   

    Para demostrar su tesis, el  demandante  comienza por transcribir varios apartados del fallo de segundo grado  y  de  allí  concluye que “no hay la menor duda que  el  juez  colegiado  de Segunda Instancia, siguiendo a pie juntillas lo esbozado  por  la  Primera  Instancia,  entendió  probado  el  dolo  que  atribuye  a  mi  apadrinado   en   la   comisión   del  reato,  al  derivarlo  directamente  del  incumplimiento del deber funcional…”.   

     Estima  que  ello  no  es  suficiente  para  demostrar  el  dolo,  dado  que  el mismo ha de sustentarse en  pruebas.   

    A renglón seguido, diserta  acerca  de  los  delitos de infracción de deber, para concluir que el instituto  apenas  se  utiliza  para establecer autoría, pero no en el cometido de definir  si esta operó dolosa.   

     Agrega que en atención a  desconocer  el efecto de la figura en cita, el Tribunal se relevó de determinar  la  prueba que debe referenciar el dolo (se basó en meras especulaciones ajenas  al  presupuesto  de  certeza),  incluso  pasando por alto las que, en su sentir,  demuestran  que  el mismo no se materializó en la actuación de su representado  judicial,  pues,  además,  ni  siquiera  se  probó  que  pasara  por  alto los  requisitos esenciales del contrato.   

     Ya  después, se ocupa el  recurrente  de  sustentar  por qué, en su criterio, los requisitos esenciales a  que  alude  la  ley  no  son  postulados  principialísticos o ideales, sino los  propios   del  contrato  específico,  para,  seguidamente,  significar  que  la  violación  de los deberes del servidor público “no  implica  siempre  dolo  sino  que  también  puede  entrañar  culpa”.   

     En  el acápite del cargo  destinado  a  demostrar  la  trascendencia del error, el casacionista entrega su  muy  particular  examen  de  la  prueba  recogida  en el plenario, para de allí  deducir que el acusado no actuó con dolo.   

    Dice el impugnante que con  el  actuar del Tribunal Militar se violaron directamente los artículos 29 de la  Carta  Política;  y,  10, 39, 41, 42 y 395 de la Ley 522 de 1999; concordantes,  estos,   con   los  artículos  15,  18,  24,  25  y  513  de  la  Ley  1047  de  2010.     

    Afirma, en conclusión, que  de    aplicar    estas    normas    correctamente   y   valorando   “de  forma  integral  y  bajo reglas de sana crítica las pruebas  obrantes  en  el  expediente”, se definirá inconcuso  que  no  existe  posibilidad  de demostrar en grado de certeza el comportamiento  doloso del acusado.   

    Pide, entonces, que se case  el    fallo   atacado   emitiendo   sentencia   de   reemplazo,   necesariamente  absolutoria.   

2. Cargo segundo  

         También  por la vía directa, el recurrente señala que el Tribunal  interpretó  erradamente el artículo 410 de la Ley 599 de 2000, que consagra el  delito  de contrato sin cumplimiento de requisitos legales, pues, pasó por alto  que  los  requisitos  esenciales cuyo incumplimiento derivan en el delito, deben  referirse  a  la tramitación, celebración y liquidación del contrato, pero no  a  su  ejecución,  pese a lo cual “el operador  jurídico  terminó  condenando  a  mi  prohijado  por  haber ordenado el pago y  pagado  el  valor  contratado sin que el objeto contractual se hubiese cumplido,  conducta  ajena  a la órbita típica objetiva del reato por el cual se condenó  pues    pertenece    a    la   etapa   de   ejecución   contractual”.   

    Luego de amplísima cita de  lo  motivado  por  el  Tribunal  en  punto  de la definición típica del delito  atribuido  al acusado, el impugnante encuentra dos yerros en ello: (i) omitir la  definición  de los requisitos esenciales del contrato, bastándole con aludir a  los  principios  que informan la contratación estatal; (ii) soportar la condena  en  la  conducta de ordenar el pago del contrato, pasando por alto que ello hace  parte de la ejecución del mismo, ajena al delito examinado.   

     En  soporte  del  primer  punto,  el  demandante  advierte  que  en  la  sentencia  no  se  decantó si la  adecuación  típica  remite  al  incumplimiento de los requisitos legales en la  tramitación  o  la  celebración del contrato, pero tampoco, acota, se definió  cuáles son esos requisitos.   

      A   renglón  seguido,  descarta  que  en  el  trámite  contractual  de menor cuantía realizado por el  procesado,  se  exigiese  contar  con  varias  ofertas e incluso destaca que era  factible  recurrir a una orden de servicios, sin necesidad de firmar contrato ni  obligar  de  garantía, como así lo permitía el artículo 8 del Decreto 855 de  1994.   

     Dice,  con  respecto a la  explicación  brindada por el Tribunal en torno del contenido del artículo 8 en  cita,    que    incurre    en    un    “error   de  derecho”,   pues,  la  norma  remite  a  todos  los  contratos de menor cuantía y no apenas a los de seguros.   

     Después, define los que,  estima,  deben considerarse requisitos de la esencia de un contrato, consignados  en   el   artículo   1502  del  Código  Civil,  que  aluden  a  la  capacidad,  consentimiento libre de vicios, objeto y causa lícitos.   

     Y,  los  específicos del  tipo  de  contratación realizada por el acusado, los limita a un certificado de  disponibilidad presupuestal y la orden de servicios.   

     Sostiene  el casacionista  que  estos  son  los  únicos  requisitos  pasibles  de  reclamar en el contrato  directo  realizado  por el acusado, sin que sea factible acudir a los principios  generales  de  la contratación “pues ello llevaría  a  la  absoluta  indefinición  del  tipo  penal  contrariado (sic) la legalidad  exigida a la tipicidad”.   

      A   continuación,  el  demandante  asume  el  examen  de  los  requisitos  esenciales  y  específicos,  trasladados  al  caso  concreto,  para  derivar  de allí que todos ellos fueron  cumplidos  por  el  procesado  en  el  trámite objeto de verificación, sin que  fueran auscultados a fondo en la decisión atacada.   

    Atinente al segundo aspecto  que  se  reprocha de la sentencia, en cuanto, radicó la conducta ilícita en la  fase  de  ejecución del contrato, ajena al tipo penal, el casacionista destaca,  a  través  de la citación fragmentaria de lo consignado en el fallo de segundo  grado,  que  el  Tribunal  efectivamente  delimitó en el pago de lo contratado,  pese  a  que  no  se  cubrió la prestación por el contratista, el hecho doloso  atribuido al acusado.   

    En tanto, acota, ello hace  parte  de la etapa de ejecución del contrato, lo ocurrido puede configurar otro  delito,  particularmente,  un  peculado,  pero  no  el  endilgado  al procesado.   

    Luego, asume varias de las  afirmaciones  contenidas  en la sentencia impugnada, referidas al incumplimiento  de  requisitos  propios de la celebración del contrato, para desvirtuarlas, ora  por  que las entiende contradictorias, ya en atención a que dichas conclusiones  operaron  “sin  prueba  ni  lógica alguna, eso sí  contrariando  la  prueba  obrante  en el expediente”.   

       Respecto    de   la  trascendencia  del  error,  advera  el  recurrente  que  de  haber  examinado el  Tribunal  “sustancial y probatoriamente”   los   requisitos   esenciales  de  la  contratación,  habría  concluido   en   la   atipicidad   de  la  conducta  por  la  cual  se  formuló  acusación.         

    Pide, por ello, que se case  la    sentencia,    a   efectos   de   reemplazarla   por   una   de   contenido  absolutorio.   

3.     Cargo     tercero     (primero  subsidiario)   

         Por  la  vía  de  la  nulidad,  el demandante sostiene que el fallo  atacado   carece   de   adecuada  motivación  “por  no    considerar  materialmente  el  recurso  de  apelación”.   

     En  este  cometido,  el  impugnante  asevera  que  el  fallo  de  segundo  grado  se  limitó a reiterar,  transcribiéndolo,  lo  expresado  por  el  A  quo, así como el contenido de la  resolución   de   acusación,   para   después   transcribir   jurisprudencia,  “pero  en  ningún  momento abordando materialmente  los  muy  serios  y  sustentados  argumentos  expuestos  por  la  defensa  en el  recurso”.   

    Seguidamente, el demandante  resume  los  que fueron ejes fundamentales de la apelación presentada contra el  fallo   de  primera  instancia,  para  de  allí  extractar  que  dichos  cargos  “NUNCA   se  contestaron  de  fondo,  jurídica  y  fácticamente”.   

     A  fin  de  soportar  su  postura,  el  recurrente  transcribe  algunos  apartados  de lo consignado en el  fallo  de  segundo  grado,  específicamente  los  párrafos  en que remite a lo  sostenido  por  el A quo o la Fiscalía en la acusación, reiterando de ello que  el Ad quem nunca efectuó un análisis propio de lo controvertido.   

      Luego,   define  temas  específicos  a  los  cuales,  acota,  no  hizo  alusión el fallador de segundo  grado.   

    Entre ellos, el tópico de  la  nulidad,  que,  dice  el  impugnante,  no fue examinado por el ad quem en lo  referido  a  la  anfibología de la acusación; el de la ausencia de dolo; el de  la  atribución  penal  por  pagar el contrato, pese a que se trata de un asunto  propio  de la ejecución del mismo, ajeno al tipo penal; y, el de los requisitos  esenciales  del contrato, distintos de los principios que rigen la contratación  estatal.   

     Después  de  referenciar  jurisprudencia  de  la  Corte  referida al deber de motivar las decisiones y los  efectos  de  su  omisión,  el  casacionista  sostiene que el yerro del Tribunal  afectó   el   derecho   de   defensa   y   debido   proceso,   lo  que  conduce  indefectiblemente a la nulidad de la sentencia.   

    En atención a lo referido,  depreca  que  se case el fallo para ordenar la nulidad en cuestión, devolviendo  el  asunto al Ad quem a efectos de que de nuevo expida el fallo de segundo grado  con respuesta efectiva de lo apelado por la defensa.   

4.     Cargo     cuarto     (segundo  subsidiario)   

         Ahora  por  el  camino  de  la  violación  indirecta  de la ley, el  demandante  sostiene  que  se  presentó  un  error  de  hecho en la valoración  probatoria   “POR   FALSO   JUICIO  DE  EXISTENCIA  COSISTENTE    (sic)    EN    FALSA   APRECIACIÓN   DE   LA   PRUEBA”.   

     En torno de lo propuesto,  aclara   el   recurrente   que   se   trata  de  que  el  Tribunal  “afirmó   como   ciertos   hechos   completamente   carentes  de  prueba”.   

      Así,   entiende   el  casacionista  que  lo  sostenido  respecto  a  que  en la Cámara de Comercio se  determinó  embargado  al  contratista;  que  el procesado sabía no cumplido el  objeto  del  contrato;  o  que  al  firmar  el contrato sabía que no se habían  cubierto  los  requisitos  legales  esenciales,  pese a lo cual incluso pagó el  servicio; carece de prueba.   

      Añade   que  aún  de  encontrarse  embargada  la  empresa  contratista,  ello no constituía causal de  inhabilidad o incompatibilidad.   

    

     Por último, controvierte  que  de  verdad  su  asistido  judicial  pudiera  conocer del incumplimiento del  contrato  previo  a ordenar su pago. Para el efecto, transcribe lo dicho por uno  de  los  testigos al respecto, agregando que ni siquiera se conoce si el acusado  firmó  el  certificado  061,  pues,  él  lo  desconoce y la prueba pericial es  contradictoria.   

      En   torno   de   la  trascendencia  del  vicio,  el demandante manifiesta que de no haber ocurrido el  mismo  y  si  el  Tribunal  hubiese  examinado  a conciencia la prueba recogida,  habría  concluido,  tanto  que estaba presumiendo el dolo, como la inexistencia  de los requisitos esenciales del contrato.   

     Solicita,  acorde  con lo  anotado,   que   se   case  el  fallo  y  en  su  lugar  sea  emitida  sentencia  absolutoria.        

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

     La  demanda  de  Casación,  como  ya  amplia  y  reiteradamente  lo  ha  venido  significando  esta Corporación, no representa un simple alegato de instancia ni  tiene  como finalidad ofrecer una nueva oportunidad para que se contrapongan los  argumentos   de  las  partes  a  efectos  de  obtener  satisfacción a sus pretensiones.   

     Precisamente  por  su  connotación  de  mecanismo extraordinario, el recurso de  casación   implica   para  el  demandante  la  carga  procesal  de  fundamentar  adecuadamente  su  postulación,  dentro  de precisos  requisitos  que  obedecen  a  principios  lógicos  y  jurídicos                universales,  en el entendido que a esta  sede  arriba  el  fallo  prevalido de un doble carácter de acierto y legalidad,  solo   destronable   a   partir   de  la  definición  precisa  y  objetivamente  fundamentada,  de  que  la  sentencia  comporta un yerro de tal magnitud, que su  manifestación  en  el proceso asoma ostensible y tiene por sí misma   la   virtualidad   de   obligar  la  revocatoria    de    lo    decidido    o,   cuando   menos,   su   modificación  trascendente.   

     No  es  posible,  por  lo  anotado,  acometer  la  crítica  de  lo  decidido  por  el  ad quem a partir de  singulares  apreciaciones dogmáticas o probatorias, por demás interesadas, que  en  sí  mismas no verifican la materialidad de un yerro que por lo ostensible y  trascendente se asume de fácil determinación.   

     De  la  misma  manera, pese a lo  consignado  en  el  cargo  de  nulidad por el demandante, no es la casación una  tercera  instancia  para  seguir  debatiendo temas suficientemente resueltos por  los  falladores  de  primero  y  segundo  grados.  Mucho  menos,  si en lugar de  controvertir  los  específicos motivos por los cuales la pretensión fue negada  allí,  para  ver  de  encontrar  en  ellos  el  vicio propio del extraordinario  recurso,  el fundamento de la causal halla soporte en  el empecinamiento discursivo derrotado.   

     Además,  en  aplicación  del principio de lealtad, al demandante le es exigido  presentar  los  cargos  con  plena corrección fáctica, en el entendido que los  hechos  soporte  de lo discutido efectivamente corresponden a lo que contiene el  expediente y las decisiones tomadas al interior del mismo.   

           Conforme   las  pautas  generales  citadas,  la  corte abordará el examen de los tres cargos propuestos  por el casacionista.   

    

1. Cargo primero     

     Es  claro  para  la  Sala que el  demandante  desconoce los mínimos rudimentos de la causal de violación directa  de  la  ley  aducida, o busca referenciar el  cargo  apenas  como  soporte  formal  al  típico  discurso  de  instancia,  ajeno  a  la  sede  casacional,  se reitera, en el cual entroniza su  particular  visión  de la prueba por sobre la más autorizada del Tribunal, que  llega  a esta sede prevalida  de una doble connotación de acierto y legalidad.   

      Al   demandante   es  necesario  aclararle que la causal aducida es por entero refractaria a cualquier  tipo  de  discusión  fáctica o probatoria, pues, precisamente, se controvierte  exclusivamente  la  forma  en que las pruebas y los hechos asumidos como ciertos  por   el   Ad   quem,   se  acomodan  a  la  norma  a  ellos  aplicada.   

    La esencia de la discusión, como  puede  adivinarse  con  lo  anotado,  emerge  enteramente  dogmática, para cuyo  efecto  asoma indispensable asumir el examen profundo de la norma sustancial que  se  dice  dejada  de  aplicar,  inadecuadamente  aplicada  o  tergiversada en su  contenido  objetivo,  a efectos de demostrar que los hechos que asume ciertos el  Tribunal,  no  encuentran  cabal  acomodo en la norma elegida o discurren, en su  efecto, de manera diferente a como lo entiende esa corporación.   

     Lejos  de  tomar  en  consideración  una  norma  en  concreto  y  proceder  a  su auscultación para de allí referenciar el error de  selección  o interpretación de su contenido, el recurrente de manera genérica  sostiene  que  el  dolo debe estar probado “en grado  de  certeza  con  base  en  el  análisis  integral y bajo las reglas de la sana  crítica,  de  las  pruebas  legalmente  aducidas a la actuación, proscribiendo  toda  forma  de  responsabilidad  objetiva”, con lo  cual  el  discurso deriva hacia una inaceptable propuesta probatoria que desdice  de la causal.   

     No  se desconoce que en  líneas  iniciales  el  cargo  se  ocupa  de  estudiar  lo concerniente al deber  objetivo de cuidado y sus efectos.   

      Pero  es  claro  que  el  análisis  así  realizado  se  ofrece etéreo y ajeno a una norma sustancial en  particular    –jamás  delimitada   y   examinada  en  su  contenido  amplio-  que  permita  determinar  efectivamente  materializado  el  vicio de aplicarla inadecuadamente, dejarla de  aplicarla o tergiversar su  contenido.   

     Pero,  además,  cuando asume el  tópico  del  deber objetivo de cuidado, bien poco examina sobre su naturaleza y  efectos,  eludiendo  cualquier  examen dogmático o autorizado del instituto, al  punto  de  realizar  afirmaciones  carentes  de  soporte  o,  cuando  menos, sin  referencia normativa, jurisprudencial o doctrinaria concreta.   

     Incluso,  el  recurrente  acepta  que  perfectamente  la  vulneración del deber  objetivo  de cuidado puede asumir forma culposa o dolosa, solo que, sostiene, el  Tribunal  se  contentó con señalar esa vulneración, que apenas remite  a  la  autoría  pero  no  al  tipo  de  responsabilidad, sin especificar en dónde  radica la asunción del hecho como conocido y voluntario.   

     Lejos   de   ello,   la  sola  lectura  del  fallo  de  segundo  grado  advierte  ajena     a     la  realidad  la  omisión  referida  por  el demandante,  pues,  de  manera clara, amplia y suficiente, el ad quem examinó lo referido al  deber  objetivo  de cuidado, pero no se quedó allí, para sostener que esa sola  infracción  configura  el  tipo  de responsabilidad atribuible al acusado, sino  que  estableció  expresamente  que  en  el caso concreto la violación al dicho  deber  operó  no  por  descuido  o  negligencia,  sino  con pleno conocimiento,  consciencia y voluntad del acusado.   

     A este  efecto,  dado que las sentencias de primero y segundo grados se integran como un  todo  para  el  análisis de los argumentos soporte de la decisión –en  cuanto  no se opongan entre sí-,  en  la  sentencia  proferida  por el A quo se hace un detallado análisis de las  razones  que  soportan  atribuir  a  título doloso el hecho al acusado, no solo  porque  contravino  el  deber  objetivo  de cuidado, como postula el impugnante,  sino   porque   su  comportamiento  en  los  momentos  previos  concomitantes  y  posteriores  a  la  celebración  del  contrato, lo significan consciente de que  eludía  requisitos esenciales en su configuración y con voluntad dirigida a la  ejecución del ilícito.   

     Ello  fue  retomado  por  el  Tribunal en el fallo de  segundo  grado,  para responder a crítica en similar sentido a la aquí surtida  presentada  por  la  defensa,  a  lo  cual  añadió sus propias consideraciones  (omitidas convenientemente por el recurrente) en 8 folios.   

       Apenas   a   título  ejemplificativo,  para  no  tornar  engorrosa  la decisión transcribiendo en su  integridad  las  ocho páginas, en el fallo se leen, entre otras, las siguientes  consideraciones:   

   

            -“…pues  no  obra siquiera una acción por parte del Oficial Superior vinculado a todo el  proceso  de esta contratación, en la que ni siquiera estableció supervisor del  contrato,  que  refleje  preocupación  alguna  por  el  acatamiento  de  los pluricitados requisitos legales esenciales, todo lo cual  reafirma  que  no  quiso  con  conocimiento  y  voluntad  ejercer  el rol que le  competía”   

      -“…consciente    y  voluntariamente  no quiso percatarse del acatamiento de los mismos,  no por  descuido  sino  porque  no  actuó como lo correspondía, ya que de lo contrario  hubiera  advertido  por  lo  menos  una  de  las  múltiples irregularidades que  enturbiaban  dicha  celebración,  hasta  el punto que no le importó dejarla al  garete  en  su afán por avanzar con rapidez para que se ejecutaran las partidas  presupuestales  sin  importarle  el  desmedro  del  bien  común,  al pagarle al  contratista    sin   verificar   si   el   objeto   del   contrato   se   había  cumplido”.   

    -“…y  en  un  todo  el  principio  de  legalidad,  cuando sin la observancia del mismo, dio origen a una  defraudación  del  erario  público,  por  cuanto se realizó el desembolso del  pago  del  precitado contrato sin que se hubiese dado cumplimiento al objeto del  mismo  y  aunado a lo anterior, el hecho de haber efectuado dicho acto jurídico  con  una  empresa  que  se encontraba embargada e impedida para contratar con el  Estado,    lleva    indefectiblemente   a   concluir,   que   en   el   anterior  proceder  se actuó con conciencia y conocimiento, o  sea  encuentran  inmersos los elementos  cognitivo y volitivo que impone el  dolo”.   

    Debe aclarar la Corte que  en  tratándose de la causal primera de casación, cuerpo primero, referida a la  violación  directa  de  la ley, lo obligado de precisar es específicamente que  los  hechos  asumidos  ciertos  por  el  Tribunal  no  se  acomodan  a  la norma  aplicada, o se acomodan a  otra  diferente,  o  si  bien,  se  asientan  en  la  utilizada, sus efectos son  distintos.   

     Para el caso estudiado, la manera adecuada de demostrar el yerro  implicaría  demostrar  que  el ad quem aceptó que la conducta ejecutada operó  culposa,  pero  pese  a  ello  hizo  valer  la  norma  que determina responsable  penalmente al acusado, a título de dolo.   

      Como   es   claro,  independientemente   de  la  justeza  que  ello  contenga,  que  las  instancias  derivaron  del  comportamiento del procesado un actuar típicamente doloso, esto  es,  advirtieron que actuó con conocimiento y voluntad, de ninguna manera puede  asumirse        materializado        el        yerro       propuesto.   

     Y,  si lo buscado es desvirtuar esas  afirmaciones   o   la   evaluación  probatoria  que  les  sirvió  de  soporte,  evidentemente  el  cargo se desnaturaliza y muta hacia los errores de hecho o de  derecho,   desde  luego,  ajenos   a   la   tesis  buscada  defender  por  el  demandante  y  menesterosos   de   un   discurso   acorde  con  la  naturaleza  y  finalidades de estas causales.   

     En  contrario, luego del proemio que  representó  aludir  al  deber  objetivo  de cuidado, el recurrente se ocupó de  entregar  su  muy  particular  e interesada visión de lo que la prueba recogida  arroja,  en  típico  alegato  de instancia que ningún error determina, no solo  porque  se  muta  el  cargo,  sino en atención a que  nunca  se  demuestra  la existencia de errores de hecho o de derecho  -propios  de  la  casación- en el  análisis  realizado  por  las  instancias,  con  lo  que  la  alegación  opera  inane.   

    Como  es  evidente que el cargo no cubrió los presupuestos básicos de argumentación  intrínsecos  a  él,  pero  además,  que  comporta  falta  de  rigor fáctico,  ineludible se alza su inadmisión.   

    

1. Cargo segundo     

      Lo  primero  que  cabe  aclarar  al  casacionista,   es   que   si  lo  planteado  es  la  violación  directa  de  la ley sustancial, de ninguna manera puede señalar que  el  Tribunal,  al interpretar los ingredientes que conforman el delito objeto de  atribución  penal,  incurrió  en  un  “clarísimo  error       de  derecho”,  en  tanto, este tipo de yerros atienden  no  a la verificación del alcance de una norma específica, sino a la legalidad  o   no   de   la   prueba  recogida  –falso  juicio  de  legalidad  por  entender  inválida  una prueba  legalmente  recabada,  o  por  asumir  válida  la  que  no  se  produjo  con el  cumplimiento  de  las  exigencias constitucionales o legales-, o a errores en la  aplicación  de determinada tarifa legal –falso   juicio   de  convicción-.   

      Ahora  bien,  el  demandante  establece  dos  vías  diferentes  de  interpretación  errada  de la ley sustancial, en particular, el  ingrediente  normativo  del tipo penal examinado, que atienden a la asunción de  lo  que  debe  entenderse  por  requisitos  sustanciales  del  contrato  y  a la  determinación  de  que  el  delito se materializó en la fase de ejecución del  mismo, ajena a la protección de la norma.   

        En  ambos  casos,  empero,  el  demandante  presenta  una  visión  sesgada  y  descontextualizada  de lo que fue objeto de consideración por parte  del  Tribunal,  pasando por alto controvertir, en su esencia, los argumentos que  soportaron la confirmación de la condena.   

    Al efecto, es necesario  precisar,   para   abordar   el   primer   tópico  en  discusión  –requisitos     esenciales    del  contrato-,  que  este  también  fue  un punto específico de ataque por vía de  apelación  y respecto del mismo se explayó ampliamente el Ad quem, presentando  su  visión  de lo que debe estimarse consustancial a la contratación, con cita  jurisprudencial amplia y suficiente que respalda su tesis.   

      Desde   luego               que el  recurrente  puede  tener  su  particular criterio en  torno  de  lo que debe entenderse esencial o no a la  contratación con el Estado.   

     Pero, en tratándose de acudir  al     mecanismo  extraordinario  de  casación,  el  cual  le  exige  argumentación  profunda  y  suficiente  para  demostrar  el error ostensible y trascendente del fallador, no  basta con entronizar esa postura, sino que se obliga  controvertir a fondo la tesis del fallador.   

    Como en este caso dicha  tesis  se  halla  fundada en expresa jurisprudencia de la Sala, cuando menos, el  recurrente  debió  acudir  a  la  argumentación  que  allí  se  plasma,  para  demostrar el error protuberante que contiene.    

      Nunca,   empero,   lo  expresado  pacífica  y reiteradamente por la Sala, ampliamente consignado en la  decisión   de   segundo  grado,  mereció  crítica  o  examen  por  parte  del  impugnante,  debiendo  aclararse,  al respecto, que si bien, la presentación de  una  propuesta  diferente  puede  entenderse,  en  sentido lato, oposición a la  misma,  ello  no es suficiente en sede de casación, visto que, se reitera, este  no   es  escenario  para  plantear  alegatos  propios  de  instancia,  dado que  reclama    demostrar    la    materialización    de   un   vicio   evidente   y  trascendente.   

     Entonces,  como la Corte sigue  siendo    del    criterio   de   que   efectivamente      los      principios      constitucionales     y  legales        –legalidad,        moralidad,  transparencia,      publicidad,      selección  objetiva  y eficiencia, entre otros- hacen parte del  grupo  de  requisitos  esenciales  propios  de  cada  contrato  celebrado con el  Estado,   y   el   demandante   jamás  definió    por    qué   esta   postura   representa   ostensible  tergiversación  de  lo  que  sobre  el  delito  de contrato sin cumplimiento de  requisitos         legales        consagra  el  artículo  410 del C.P., insustancial se ofrece este  apartado del segundo cargo.     

     En  torno  del segundo aspecto  postulado     en     el     cargo    –hacer  radicar  la conducta punible  en  un  estadio  del  contrato,  ejecución,  ajeno a la protección de la norma  penal-,  es  necesario precisar la absoluta falta de rigor fáctico que contiene  la  afirmación  del impugnante, pues, precisamente porque el punto también fue  objeto  de  impugnación  en  sede  de  apelación  del  fallo  de primer grado,  el  ad  quem  se  refirió expresamente a él, hasta  concluir  de  forma clara y específica que la atribución penal hace referencia  a la celebración del contrato, pero no a su ejecución.   

        Esto    dijo    el    Ad  quem1:   

      “La  defensa  se confunde al asegurar que la Sentencia datada el 31  de  enero  de  2014  se  cimentó  sobre  la base de  irregularidades  y  omisiones  endilgadas  a  su  patrocinado  en  la  etapa  de  Ejecución  Contractual  de  la  cual  afirma  que  no  es resorte del delito de  Contrato  sin Cumplimiento de Requisitos Legales, toda vez que fue claro para el  A    –quo   que   la  inobservancia  de  los  requisitos  legales  esenciales  que  se le atribuyen al  señor  CR.  (r)  CÉSAR  AUGUSTO  GÓMEZ SÁNCHEZ lo fue en la celebración del  contrato  201347 GAORI 2002 fechado 06 de diciembre de 2002 por su condición de  Ordenador  del  Gasto,  que  dimanaba del cargo en que fungió para la época de  los   hechos   como  Segundo  Comandante  del  Grupo  Aéreo  de  Oriente  GAORI  –resolución  N°  006  del  Comando  de  la  Fuerza  Aérea Colombiana datada 08 de Enero de 2002   “por  la  cual  se destina por Ascenso a un personal de Oficiales de la Fuerza  Aérea   Colombiana”-   a   quien    se   le  delegó  las  funciones  de  Contratación                  de                  dicha                  Unidad  Militar              -Resolución  N°  0128  del  Ministerio  de Defensa  Nacional     calendada     15     de     febrero     de     2002    –“por  la  cual  se  delegan,  se  asignan  y  coordinan funciones y competencias relacionadas con la Contratación  de  Bienes  y  servicios  con  destino  al  Ministerio de Defensa Nacional y sus  Unidades Ejecutoras”.   

     “No debe olvidarse que  el  Ordenador  del  Gasto  en las fases de  celebración  y  liquidación  interviene, pues ha de tener en  cuenta  que la primera modalidad del tipo penal alude expresamente a tramitar el  acuerdo  de  voluntades  sin  observancia  de sus requisitos legales esenciales,  mientras  que  en  los  dos  restantes  el  contenido de la prohibición se hace  consistir   en   no  verificar  el  cumplimiento  de  los  presupuestos  legales  esenciales  en  cada  fase,  distinción fundada en la forma desconcentrada como  actualmente  se  cumple  la  función  pública  en las entidades estatales. Las  etapas  previa y de ejecución encomendadas al personal de nivel Ejecutivo y las  de  celebración  y  liquidación al Ordenador del Gasto, labor que este ejecuta  comprobando  el cumplimiento de las formalidades legales en la etapa previa, por  ser  el funcionario autorizado por la Carta Política y la ley para disponer, en  este    caso,   de   los   recursos   a   él   encomendados   (…)”   

               Ahora,   la  transcripción  que  trae  el  demandante  respecto de manifestaciones del ad quem referidas a la orden que dio  el  acusado  de  pagar  el  contrato  –entendidas  por  él  como parte de la ejecución del mismo y, por  ello,   ajenas   al  delito-  pese  a  que  no  se  cumplió  su  objeto,  opera  descontextualizada,  dado  que  el  tema  no  se  trató para delimitar allí la  actuación  contraria  a  la  ley,  sino  en  el  cometido  de  examinar todo el  comportamiento    del   procesado   –previo,    concomitante   y   posterior   al   delito-   en   aras   de   derivar   su  responsabilidad dolosa.   

     Así  expresamente  lo  dejó sentado el Ad quem en la sentencia  atacada2:   

              “Por  lo  tanto, si en la celebración del Contrato 201347 GAORI  2002  fechado  06  de Diciembre de 2002, no se cumplieron los requisitos legales  esenciales,  lo fue porque señor CR. (r) CESAR AUGUSTO GOMEZ SANCHEZ consciente  y  voluntariamente  no  quiso  percatarse  del acatamiento de los mismos, no por  descuido  sino  porque  no  actuó como le correspondía, ya que de lo contrario  hubiese  advertido  por  lo  menos  una  de  las  múltiples irregularidades que  enturbiaban  dicha  celebración,  hasta  el punto que no le importó dejarla al  garete  en  su afán por avanzar con rapidez para que se ejecutaran las partidas  presupuestales  sin  importarle  el  desmedro  del  bien  común,  al pagarle al  contratista    sin   verificar   si   el   objeto   del   contrato   se   había  cumplido.”    

     Indiscutible  que  la conducta  por  la  cual se condena al procesado dice relación  exclusiva  con la celebración del contrato, carece de soporte fáctico el cargo  propuesto   por   el  demandante,  en  tanto,  resulta  inoficioso  examinar  si  efectivamente  la  ejecución  del  contrato  hace  parte  o  no  del tipo penal  –y,  por  ende,  si se  tergiversó  el  contenido  de  la norma, conforme la causal aducida- cuando ese  momento   contractual  no  fue  el  que,          consideraron          las         instancias,  perfiló  el desconocimiento de los  requisitos esenciales.   

       En    suma,   ora  porque  se  verifican inexistentes  los  hechos  que soportan la doble crítica consignada en el cargo, o   atendida   la   carencia   de  argumentación  o  controversia  suficiente,     inescapable     se    erige    su  inadmisión.   

    

1. Cargo tercero (primero subsidiario)     

        De  entrada  debe  manifestar  la  Corte cómo lo postulado por el  recurrente  se  erige  completamente artificioso, fruto de presentar el fallo de  segundo grado de manera descontextualizada y fragmentaria.   

     Lejos  de  contener  la  sentencia  emitida  por  el  Ad  quem,  el  yerro omisivo que de ella predica el  impugnante,  su  atenta  lectura  verifica  todo  lo  contrario, esto es, que de  manera  amplia,  profunda y si se quiere exhaustiva, fueron abordados al detalle  todos  y  cada  uno  de  los  motivos de inconformidad, al punto que, para mayor  precisión  en  la  respuesta,  se  subdividió cada tema general en sus aristas  particulares, que se destacaron y respondieron.   

     En  este  sentido,  para  comenzar  apenas  por el aspecto  meramente  cuantitativo,  el demandante pretende que  se  estime  argumento  sustancial  del  cargo,  transcribir  de  forma selectiva  algunos  apartados  de  la  parte  motiva del fallo cuestionado, hasta completar  cuatro  folios,  cuando  es  lo  cierto  que  el  Tribunal  utilizó, solo en la  motivación   que   resuelve   los   cargos   formulados   en   la  apelación,  setenta y seis folios (de  la página 58 a la 136).   

     Es  evidente que lo transcrito  no  solo  se verifica descontextualizado, sino irrisorio para de allí extractar  la  falta  de  motivación,  en  cuanto,  no  representa ni siquiera el seis por  ciento  del  amplio bagaje argumental de que se valió el ad quem para responder  a las cuestiones planteadas por el apelante.   

    Desde luego, el que se valga la  segunda  instancia  de  un amplio apartado argumental no significa, per  se, que  efectivamente   haya   motivado   adecuadamente  la  sentencia,  o  que  hubiese  respondido   a   todas   las   cuestiones   neurálgicas   planteadas   por   el  impugnante.      

      Pero,   si   la   tesis  del  recurrente  se  basa,  en lo fundamental, en transcribir los que estima aspectos  salientes   del   fallo   atacado,   ya   la   comparación   cuantitativa  adquiere  sentido,  en  tanto,  demuestra  que  esos  no  fueron  los  únicos temas o aspectos que nutrieron la  motivación de la sentencia.    

     Ahora, en lo particular,  para   la  Corte  se  observa  evidente  el  sesgo  que  en  el  cargo  pretende  introducir el recurrente  cuando,  sin  más, aduce que el fallador ad quem se limitó, en su respuesta de  la     apelación,     a     transcribir     lo    argumentado    por   el   A   quo,  complementado  con  transcripciones de la jurisprudencia de la Corte.   

   

     Y,  claro,  si  se  toma  apenas   lo   que   en  el  cargo  se  transcribe  de  la  decisión  confutada,  perfectamente     podría     verificarse    que    así    ocurrió.   

     Empero,  esas  otras setenta y  dos    páginas    que    dejó    de   relacionar   el   impugnante, contienen lo que en el cargo echa de  menos,   esto   es,  la  particular,   expresa   y   concreta   visión   que  de  lo  apelado  tiene  el  Tribunal.   

      Y,   si   el  Ad  quem  encontró      necesario     acudir     a     lo     referido     por  el  A  quo,  transcribiéndolo  en  algunas  ocasiones,  no  es  porque, como señala el  recurrente,  se  escude  en  ello para eludir responder lo planteado.   

      Si   varios  de  los  cargos  contenidos   en   la  apelación  dicen  relación  con  supuestas  omisiones  o  equívocos  en  el fallo de primer grado, desde luego que resulta adecuado, como  motivación  para  responder lo planteado, acudir al texto de la sentencia (como  incluso  se  hace aquí para desvirtuar la adecuación fáctica planteada por el  casacionista),   demostrando  que  ella,  o  no  contiene las contradicciones  planteadas,     o    efectivamente    abordó     el     tópico     que     se    extraña.    

        De  la  misma  manera,  no  puede  hacerse valer la omisión en la  sustentación,  para  criticar  que el A quem al responderla destaque carente de  objeto   su  pronunciamiento,  pues,  precisamente,  ese  deber  de  motivación  reclamado  al  fallador  tiene correlación con similar exigencia para el recurrente.   

        Entonces,    si   el   impugnante   advierte   que   el   Tribunal  despachó una determinada  solicitud   advirtiéndola   carente   de   argumentación  o  demostración  de  trascendencia,  lo propio es que delimite cuál fue dicha solicitud y cómo ella  sí   contenía   esos   elementos,   en  lugar  de  generalizar sobre el punto.   

     La  Sala, precisamente  por  su  amplitud,  no  abordará  la  sentencia,  ni  de ella transcribirá los  amplios  apartados motivacionales que refutan lo expresado por el recurrente, en  los  cuales  no  solo  se  refiere  puntualmente a cada crítica, sino que de su  propia cosecha presenta argumentación que la desvirtúa.   

     Sin  embargo,  cómo  el  recurrente  referenció  que  en  la  sentencia  de  segundo  grado  no  se examinó el tema  concerniente  a la presunta anfibología de la resolución de acusación, por lo  cual  se  deprecó  su nulidad, estima necesario precisar que el fallo examinado  destinó  muy extenso acápite a verificar, en lo procedimental y sustancial, si  de  verdad  la  resolución  de  acusación  contiene las falencias alegadas  por el apelante, comenzando por destacar lo referente al  momento   en   que   puede   postularse  el  vicio,  para  después,  de la página 78 a 89, auscultar de  fondo la pretensión del impugnante.   

     Y si bien, en uno de los  apartados   de   dicha   motivación,   el   ad  quem  resaltó  la  precariedad  argumentativa  del  cargo  planteado  por  la defensa  en la apelación, ello no  fue  óbice  para  proceder  a  examinar  todos  y  cada  uno de los requisitos,  formales  y  materiales,  reclamados  de la resolución de acusación, hasta concluir, luego del detallado  examen,    que    ella    no   comportó   contradicción,   contraevidencia   o  anfibología.       

        En  el  cargo  anterior  la  Corte  transcribió  lo  que  dijo el  fallador  de  segundo  grado  en  torno  de la específica conducta atribuida al  acusado   –referida  a  celebrar  el  contrato  sin  cumplir  con  los  requisitos esenciales y no a las  omisiones  ocurridas  en  la fase de ejecución del mismo-, así que ello releva  de  responder  la  puntual  controversia  planteada  aquí  por  el  demandante,  remitida    a   que   “…respecto   de  que  la conducta de incumplimiento del contrato, orden de pago  y  pago,  hacían  parte  de  la  etapa  de  ejecución  del  contrato  y que no  correspondía  al  delito  imputado  y  que  no  eran imputables a mi defendido,  tampoco   nada  dijo  la  segunda  instancia”.   

     Algo  similar debe anotarse en  lo     concerniente    a    que    “respecto   de   los   requisitos  legales  esenciales  que  fueron  decantados  por  el APELANTE tampoco se pronunció la Segunda Instancia al igual  que  no  lo  hizo  sobre esa exigencia legal de estructuración como ingrediente  normativo  del tipo que determina el proceso de adecuación típica, esto es, la  atipicidad  de  la  conducta,  etc.”; habida  cuenta que en el cargo anterior  se  determinó  fehacientemente  cómo  la  segunda instancia de manera amplia y  expresa        advirtió       corresponder       a       ese       tópico  de  tipicidad  los principios  constitucionales  y  legales  que  rigen la contratación estatal, a cuyo cobijo  estimó  que  fueron  estos  los  desconocidos por el acusado y que, de contera,  ello   configura   el  elemento normativo del tipo.   

    Dado que estos fueron los  únicos  temas  específicos  a  los que aludió en el cargo el impugnante, nada  más  tiene  que  decirse  respecto  de  la  crítica  acerba  que  sin  mayores  precisiones  efectúa  el  casacionista  a  la  motivación del fallo de segunda  instancia,  pues,  se  repite,  la verificación del  contenido  de  la  sentencia  ofrece  un  panorama  asaz diferente, a    partir    del    cual    señalar    sin   ambages   que   se  respondieron,   una  a  una  y  con  suficiencia,  las     cuestiones     fundamentales     de    la  apelación.   

     Como lo argumentado por el recurrente  se  muestra  no  solo  ajeno  a  lo  que  la realidad enseña, sino huérfano de  soporte,   cabe   apenas   la   inadmisión  del  cargo.       

    

1. Cargo cuarto (segundo subsidiario)     

        Al  inicio,  importa precisar al impugnante que la rotulación del  cargo  encierra una contradicción insalvable, pues, si se alega falso juicio de  existencia,  ello  necesariamente  refiere  a que el error radica en no tomar en  consideración  un  elemento suasorio legal, regular y oportunamente allegado, o  en   hacer   radicar   determinado  hecho  en  una  prueba  jamás  allegada  al  informativo; así que mal  puede    significarse    a    la   par     que     hubo    una    “falsa  apreciación”,   dado  que  en  el  segundo  caso la inexistencia del medio  impide  significar  que  la  apreciación  fue  adecuada  o errada, y    en    el    primero,   ni  siquiera  existió  la  dicha  apreciación.   

      Cubierto   el  aspecto  formal,  se  asume que el  demandante  ubica  el yerro en el falso juicio de existencia por suposición, en  el  entendido  que  el  fallador llega a conclusiones  huérfanas de soporte probatorio.   

     No  obstante,  examinadas  las  afirmaciones  que  transcribe el  casacionista  como representativas del error, advierte la Corte que, en torno de  los  hechos, en las sentencias sí se hace referencia a prueba en particular que  los  soporta, sin que en el cargo se demuestre su inexistencia o ajenidad con el  piélago probatorio.   

      Y,   atinente   a  las  inferencias   realizadas  por  el  ad  quem  para  soportar  la  definición  de  responsabilidad,  es  claro  que  si  ello  surge  fruto  de la intelección que  representa  examinar  el  comportamiento  del  procesado, no puede aducirse como  soporte una prueba en particular.   

     Respecto  del  primer  punto en cuestión, el impugnante asevera  que  en  el  expediente  no  se registra prueba de que la empresa contratista se  encontrase  embargada  para  el momento de celebrarse el contrato de prestación  de servicios con la Fuerza Aérea Colombiana.   

      Al  efecto,  desde  la  resolución     de     acusación    expresamente    se    relaciona3    que  “de la documentación que reposa en el expediente,  emanada  de  la  Cámara de Comercio, se establece que la empresa contratista se  encontraba          embargada”.   

     En el acápite destinado  a   relacionar   todos   los   documentos   allegados   al  proceso  durante  la  investigación,  la  decisión que califica el mérito del sumario, datada el 28  de    mayo    de    2009,    referencia    entre    ellos   el   “Registro  de  la  Cámara  de  Comercio perteneciente a la empresa  BOGOTÁ  DESPACHO  Y SERVICIOS AÉREOS”4.   

    En similar sentido, el fallo de  primer  grado,  al detallar el acervo probatorio recopilado, detalla5:  “A  folio 184 del CO1 CERTIFICADO  DE  EXISTENCIA Y REPRESENTACIÓN legal de la sociedad  BOGOTÁDESPACHO       &       SERVICIOS       AÉREOS       LTDA.”   

           Para       verificar,   incluso,   que   la   empresa   estaba   sometida   a   varios  embargos,  en  el folio 639 del cuaderno original 4,  reposa  el  Oficio 2205 del 5 de diciembre de 2002, por cuyo medio el Juzgado 18  Civil  Municipal  de  Bogotá,  ordena a la Fuerza Aérea que cualquier dinero a  pagar  a  la  empresa  contratista  se  consigne  en  la  cuenta  de  depósitos  judiciales  que  el despacho posee en el Banco Agrario, dada la existencia de un  proceso  singular  en  contra  de BOGOTÁ DESPACHO & SERVICIOS AÉREOS LTDA.   

      Por   último,  a    fin   de   cerrar   el   debate,  efectivamente  en  el  cuaderno original 1,      al      folio      185,      se     anexa     el certificado expedido por la Cámara  de Comercio de Bogotá, en el cual expresamente se anota:   

    “QUE MEDIANTE OFICIO NO. 2215  DEL  21  DE OCTUBRE DE 2002, INSCRITO EL 28 DE OCTUBRE DE 2002 BAJO EL NO. 68503  DEL  LIBRO  VIII,  EL  JUZGADO QUINCE CIVIL MUNICIPAL DE BOGOTÁ D.C., COMUNICÓ  QUE  EN  EL  PROCESO  EJECUTIVO  NO.  020946  DE  RODRIGO GUERRERO ROBAYO CONTRA  BOGOTÁ  DESPACHOS Y SERVICIOS AÉREOS LTDA, SE DECRETÓ EL EMBARGO DE LA RAZÓN  SOCIAL      DE      LA      SOCIEDAD      DE      LA      REFERENCIA”   

    No es necesario efectuar  mayores  precisiones  para  verificar  la  inconsonancia  de  lo afirmado por el  demandante, en este punto.   

     Ahora,  la  crítica  referida  a  que el Tribunal no delimitó una prueba  específica  para  soportar  la afirmación atinente a que el procesado conocía  que  no  se  cumplían  los requisitos esenciales del contrato, desvía el norte  del  cargo  propuesto,  dado  que  jamás  el  fallo advirtió de un elemento de  juicio  específico,  no allegado al expediente, en el cual soportar la tesis de  responsabilidad dolosa.   

     En  el  segundo cargo la  Corte  verificó  cómo a la definición del comportamiento doloso se llegó por  vía  inferencial,  cual  regularmente  sucede  en  estos  asunto,  donde  no  existe  prueba  directa que  registre  el  conocimiento  y  voluntad de ejecutar el delito, por estimar el ad  quem  que la serie de irregularidades insertas en la contratación, e incluso el  comportamiento  posterior  al  ordenar  el  pago  del contrato pese a no haberse  cumplido   su  objeto,  determinan  ese  conocimiento  y  voluntad  propios  del  dolo.       

     Por  manera  que,  resultando  inferencial  la  conclusión,  por  vía de la concatenación de indicios, no es  factible  exigir que se determine fundamentada en un preciso medio de prueba, ni  mucho  menos,  significar  que  a  ello  se  llegó  por el camino de suponer en  concreto   un   elemento  inexistente.   

     En  el tercer punto de disenso  que  contiene  el  cargo,  el  recurrente sostiene que independientemente de que  exista  o  no  la  prueba  del embargo operado sobre la empresa contratista ello  “no   constituía   causal   de   inhabilidad   o  incompatibilidad     para     contratar     con     el     Estado”.   

       Huelga   anotar   que   la  afirmación   en   cita  no  solo  se  aparta   ostensiblemente  de  la  naturaleza  del  cargo  propuesto  –ya  no  se  trata  de  verificar  que  se  hizo  uso de una prueba inexistente, sino de controvertir la  valoración  que  del  medio  se  hizo-,  sino que se  representa  completamente  aislada  y carente de soporte argumental, jurídico o  probatorio,  pues,  nada  más  dice  el  recurrente para soportar su aserto, ni  tampoco examina la trascendencia de ello.   

       Finalmente,    la   controversia  presentada  frente  a  la conclusión del Tribunal que dijo al procesado sabedor  de  que  no  se había cumplido el contrato cuando ordenó el pago del servicio,  deriva  de entrada hacia un tema eminentemente valorativo, por entero ajeno a la  causal  objetiva  de falso juicio de existencia por suposición, en cuanto, para  oponerse   a   la   inferencia   del   Ad   quem,   el  recurrente  acude  a  su  muy  particular  visión de lo que la prueba arroja,  aunque  la  argumentación  no supera el alegato de instancia, pues, en lugar de  demostrar,  ya  ubicado  en  el  falso raciocinio, que el análisis del fallador  vulnera  los  postulados  de la sana crítica en cualquiera de sus tres aristas,  ciencia,  lógica  y  experiencia,  trae a colación  algunos  testimonios  que, dice, soportan  su  tesis  de  inocencia.     

        Las   evidentes  falencias     argumentativas,    sumadas    a  la   inexistencia   de  soporte  fáctico,  obligan  inadmitir   también   este   tercer   y   último  cargo.   

      No   es,   igualmente,  necesario  que  la Corte intervenga oficiosamente, ya que la verificación de lo  tramitado  y  del  contenido de las decisiones de fondo, advierte de pleno apego  por  la  legalidad, razón suficiente, junto con lo anotado en precedencia, para  que se inadmita en toda su extensión la demanda de casación.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de  Casación Penal,   

RESUELVE  

          INADMITIR         la    demanda    de    casación   presentada   por   el     defensor     del          procesado  CÉSAR  AUGUSTO GÓMEZ SÁNCHEZ.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria    

1  Folios107 y 108 del fallo de segunda instancia   

2  Folios 119 y 120 del fallo en cuestión   

3  Folio20 de la resolución expedida el 28 de septiembre de 2012   

4  Folio 1405, del cuaderno original 8   

5  Folio 306 del cuaderno original 10     

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