AP2211-2014(43248)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  Ponente   

AP2211-2014   

Radicación     n°     43248   

(Aprobado Acta No.  119)   

Bogotá,        D.C.,        treinta   (30)   de   abril   de   dos   mil  catorce  (2014).   

V   I   S   T   O  S   

Decide la Sala sobre la admisibilidad de las  demandas  de  casación  presentadas  por  los  defensores  del Cabo Juan Carlos  Cortés  Rojas  y  de los Soldados Profesionales Lewis Américo Palacios Copete,  José  Berardo  Guzmán y Enor Enrique Rodríguez Moreno, miembros del Ejército  Nacional,  contra  la  sentencia dictada por la Sala Penal del Tribunal Superior  de  Medellín,  por  cuyo  medio confirmó la proferida por el Juzgado Veintiuno  Penal  del  Circuito  de  la  misma  ciudad, que los condenó como coautores del  delito de homicidio en persona protegida.    

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

                                      

         1.  Los primeros fueron sintetizados por  el ad quem de la siguiente manera:   

En  horas de la mañana del día 18 de mayo  de  2004,  tropas del grupo de Caballería Mecanizado No.4 “JUAN DEL CORRAL”  y  del Batallón No. 10 “ATANASIO GIRARDOT”, reportaron la muerte en combate  de  dos  presuntos  milicianos  de las FARC que a la postre fueron identificados  [como]  JOSÉ NEFTALÍ POSADA ÚSUGA y FABIO DE JESÚS PIEDRAHITA BETANCUR. Pese  a  la  versión  oficial,  testigos  señalaron  que  tanto  POSADA  ÚSUGA como  PIEDRAHITA  BETANCUR,  eran  campesinos  de  la región y que esa mañana fueron  abordados  por  efectivos  del Ejército Nacional, quienes luego de golpearlos y  tildarlos  de guerrilleros, procedieron a darles muerte en cercanías a la finca  en la cual trabajaban.       

2. El 20 de mayo  de  2004,  el  Juzgado  Veintidós  de  Instrucción  Penal Militar de Medellín  inició  indagación  preliminar por la muerte violenta de José Neftalí Posada  Úsuga  y  Fabio  de  Jesús  Piedrahita  Betancur, en la que dispuso practicar,  entre  otras  pruebas,  el  testimonio  de  los militares que participaron en la  respectiva operación.   

3. Posteriormente,  habiendo  asumido la investigación el Juzgado Veinticinco de Instrucción Penal  Militar  ante  la  Cuarta  Brigada  del Ejército Nacional, se vinculó mediante  indagatoria  al  Mayor  de  esa fuerza John Alexander Sandoval Díaz, a quien en  proveído  adiado  28  de  enero  de 2006, se abstuvo de afectarlo con medida de  aseguramiento   por  el  delito  de  homicidio  del  que  fueron  víctimas  los  supranombrados.   

Asimismo,  se  recibió  indagatoria  a los  Soldados  Profesionales  José Berardo Guzmán y Lewis Américo Palacios Copete,  y  al  Sargento  Carlos Medardo Cuesta Pizarro, miembros del Ejército Nacional.   

4. Por solicitud  de  la  Procuraduría  General  de  la  Nación  el  proceso  fue  remitido a la  Fiscalía,  cuyo  conocimiento avocó la Fiscalía 10 Especializada de la UNDH y  DIH  el  9  de  febrero  de  2009, que recibió ampliación de indagatoria a los  sindicados  Guzmán,  Palacios  Copete,  Sandoval  Díaz  y  Cuesta  Pizarro,  y  vinculó  a  través  del  mismo  medio al Teniente del Ejército Nacional Edwin  Leonardo Toro Ramírez.    

5.   Mediante  resolución  fechada  17  de  septiembre  de  2010,  fue  definida la situación  jurídica  de  los  antes mencionados con detención preventiva sin beneficio de  libertad,    como    coautores    del    delito    de   homicidio   en   persona  protegida.   

         6.  En  resolución calendada 8 de marzo  de  2011,  la  Fiscalía modificó la calificación jurídica por la cual había  afectado  con medida de aseguramiento a los incriminados José Berardo Guzmán y  Lewis   Américo   Palacios   Copete,   de  homicidio  en  persona  protegida  a  favorecimiento  respecto  de  la  conducta  punible de homicidio, manteniendo la  detención  preventiva sin beneficio de excarcelación impuesta. Posteriormente,  mediante  resolución  de 1º de septiembre de la misma anualidad, revocó dicha  determinación,      dejando     vigente     la     primigenia     calificación  jurídica.         

         7.  El  8  de marzo de 2011, se declaró  cerrada  parcialmente  la  investigación  en  relación con los sindicados John  Alexander  Sandoval  Díaz, Edwin Leonardo Toro y Carlos Medardo Cuesta Pizarro.   

         8.  El 1º de abril de 2011 la Fiscalía  17  Especializada  UNDH  y  DIH,  acusó a los procesados antes mencionados como  coautores  del  delito  de  homicidio  en persona protegida (art. 135 del C.P.).   

         9.  Materializada  la  orden  de captura  librada  contra  el Soldado Profesional Enor Enrique Rodríguez Moreno y el Cabo  Juan  Carlos  Cortés  Rojas,  miembros  del Ejército Nacional, y escuchados en  indagatoria,   mediante   resoluciones   adiadas  1  y  3  de  agosto  de  2011,  respectivamente,  les  fue  resuelta  la  situación  jurídica  con  detención  preventiva  sin  beneficio de libertad como coautores del delito de homicidio en  persona protegida.     

         10.  En  resoluciones  calendadas  2  de  septiembre,  25  de  noviembre y 2 de diciembre de 2011, la Fiscalía dispuso la  libertad   de  los  sindicados  Guzmán,  Cortés  Rojas  y  Rodríguez  Moreno,  respectivamente, por vencimiento de términos.     

         11.  Clausurado  el 5 de octubre de 2011  el  ciclo  instructivo en relación con los aquí procesados Juan Carlos Cortés  Rojas,  Lewis  Américo  Palacios  Copete,  José Berardo Guzmán y Enor Enrique  Rodríguez  Moreno,  mediante  resolución  fechada  6  de  marzo  de  2012,  la  Fiscalía  17  Especializada  UNDH y DIH acusó a los citados como coautores del  delito  de  homicidio en persona protegida (art. 135 del C.P.), y dispuso librar  en  su  contra sendas órdenes de captura; decisión que apelada por la defensa,  fue   confirmada  en  proveído  de  14  de  mayo  de  2012  por  la  Fiscalía 40 Delegada ante el Tribunal  Superior de Bogotá, fecha en que cobró ejecutoria.   

         12. Los días 22, 26 y 28 de marzo 2012,  fueron  capturados  y  puestos  a  disposición  de  la presente actuación, los  acusados  Rodríguez  Moreno, Guzmán y Cortés Rojas, en tanto que el procesado  Palacios  Copete,  se  encuentra  privado  de  la  libertad  por  cuenta de otra  autoridad judicial.   

         13. La etapa del juicio correspondió al  Juzgado  Promiscuo  del Circuito de Ituango (Antioquia), a donde inicialmente se  envió  el  proceso, pero a instancia de la Fiscalía, esta Corporación en auto  fechado  29  de  agosto de 2012, ordenó el cambio de radicación y la remisión  del expediente al funcionario de igual categoría de Medellín.   

         14.  Repartido  el proceso al Juzgado 21  Penal  del  Circuito  de  Medellín,  y  agotadas  las audiencias preparatoria y  pública  de  juzgamiento,  el  21  de junio de 2013 dictó sentencia, en la que  condenó  a  los  procesados  como  coautores del delito de homicidio en persona  protegida (art. 135 del C.P.), de la siguiente manera:   

         (i)  Juan  Carlos Cortes Rojas a las penas principales de 384 meses  de  prisión y multa de 2.133 SMLMV, y a la accesoria de inhabilitación para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  término  de  20  años.   

         (ii)  Lewis  Américo Palacios Copete, José Berardo Guzmán y Enor  Enrique  Rodríguez  Moreno  a  las penas principales de 380 meses de prisión y  multa  de  2.133 SMLMV, y a la accesoria de inhabilitación para el ejercicio de  derechos y funciones públicas por el término de  20 años.   

         De  igual  forma,  les  negó  los  mecanismos  sustitutivos  de la  suspensión  condicional de la ejecución de la pena y la prisión domiciliaria,  y  condenó  a  los  acusados  solidariamente  al  pago de perjuicios morales en  cuantía equivalente a 200 SMLMV.    

         15.  Apelado el fallo por los defensores  de  los  procesados,  la Sala Penal del Tribunal Superior de Medellín, mediante  sentencia    calendada    16    de    septiembre    de    2013,   lo   confirmó  integralmente   

         16.   Los   defensores   de  todos  los  implicados    interpusieron    en   la   oportunidad   legal   el   recurso   de  casación.   

SÍNTESIS DE LAS DEMANDAS  

         1.   Demanda   formulada   en   nombre   de   Juan  Carlos  Cortés  Rojas.   

         

         Con    fundamento    en    las    causales   primera   –cuerpos primero y segundo–,   y   segunda,   previstas  en  el  artículo  207 de la Ley 600 de 2000, el demandante propone dos glosas contra la  sentencia  del  Tribunal, una principal por violación directa e indirecta de la  ley  sustancial,  y otra subsidiaria por incongruencia con los cargos formulados  en la resolución acusatoria.   

         Primer  cargo.  Denuncia que el fallador  de  segundo  grado  incurrió  en  violación  directa  de  la  ley por falta de  aplicación  de  los artículos 7º inciso 2º y 232 inciso 2º de la Ley 600 de  2000,  así  como  del  artículo  6º  inciso 2º, literal b), del Protocolo II  adicional  de  los  Convenios  de  Ginebra;  lo  cual conllevó a la aplicación  indebida del artículo 135 del Código Penal.     

         Agrega  el  censor que los falladores de instancia reconocieron que  había  duda sobre quiénes habrían sido los autores de los homicidios de José  Neftalí  Posada  Úsuga y Fabio de Jesús Piedrahita Betancur, y al efecto cita  los  apartes  de las sentencias de primer y segundo grado donde considera que se  plasmó la situación anotada.   

         Luego,  afirma,  lo  correcto  era  aplicar  la  duda a favor de su  representado,  de  conformidad  con  los  artículos  7º  y  232 del Código de  Procedimiento  Penal  de  2000,  y  el  canon  6º  inciso  2º, literal b), del  Protocolo  II  adicional  de  los  Convenios  de  Ginebra, absolviéndolo de los  cargos  formulados en la acusación, no obstante lo cual fue condenado a título  de  coautor por el mero hecho de pertenecer al Ejército Nacional y haber estado  presente  en el lugar del suceso, por lo tanto los sentenciadores incurrieron en  la  exclusión  evidente  de  dichas normas.         

         Añade  que  correlativamente  los  jueces  de  instancia aplicaron  indebidamente  los  artículos  29 y 135 del Estatuto Punitivo, puesto que si no  tenían  certeza  sobre  quién  era el autor o autores de la muerte violenta de  Posada  Úsuga y Piedrahita Betancur, no era procedente emitir condena en contra  de  su  defendido  como  coautor  del  delito de homicidio en persona protegida,  «puesto que es requisito, de la esencia, tener autor  individualizado  y  el no tenerlo, como en este caso, no permite dar aplicación  a dichas normas».     

         Yerro  cuya  trascendencia  estima  el recurrente, radica en que de  haber  aplicado  las  normas llamadas a regular el caso, a consecuencia de haber  reconocido  la  duda sobre la responsabilidad penal de su representado, éste no  habría   sido   condenado,   sino   absuelto   del   cargo   formulado   en  la  acusación.   

         Dentro  de la misma censura, el libelista propone un «cargo   subsidiario   al   cargo   principal,   dentro   del  grupo  principal»,  por  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  por  error  de hecho, determinado por falso raciocinio, en relación  con  dos  aspectos,  a  saber:  (i)  las reglas de la experiencia que aplicó el  Tribunal  en  la  valoración  de la indagatoria del procesado Cortés Rojas; y,  (ii)  las reglas «de la hermenéutica para determinar  la  coautoría».         

         En  cuanto a lo primero, señala que los falladores de instancia no  creyeron  la versión de los hechos investigados, narrada por su prohijado en la  última  salida procesal, simplemente porque calló la verdad durante seis años  y nada dijo en sus primeras declaraciones.    

         Asegura   que  el  juez  colegiado  desconoció  la  «regla    de    raciocinio    y    de   la   experiencia»,  según la cual callar por un tiempo la verdad y posteriormente  decidirse  a  revelarla,  en nada resta credibilidad a lo que se narra, en apoyo  de  lo  cual cita jurisprudencia de la Corte Constitucional (C-621/98) y de esta  Corporación  (Rad.  33118  de  15 de mayo de 2013), concluyendo que de acogerse  tal  manera  de  razonar  se  desconocerían  las  reglas de la experiencia y se  establecería  otra  en  el  sentido  de «nunca poder  creer  a los desmovilizados de justicia y paz», amén  que  lo  que  hizo  su  defendido al dar su propia versión sobre los hechos fue  ejercer  el  derecho  de  defensa, garantía constitucional que le asiste a todo  procesado.     

            Con   relación   al   segundo   aspecto,   manifiesta  que  los  sentenciadores   de  instancia  acudieron  a  la  jurisprudencia  como  criterio  auxiliar,  basándose  en  el  fallo  de  tutela  SU-1184  de  2001  de la Corte  Constitucional  y  en el salvamento de voto expresado por una de las Magistradas  que  integran  esta  Sala, en la sentencia proferida el 26 de septiembre de 2012  dentro  del  radicado  No.  32636,  para  concluir  que  como  el «Ejército   Nacional   tiene   posición   de   garante»  y  el  acusado  Cortés  Rojas  es  uno de sus miembros, debía  responder  penalmente  como «coautor por posición de  garante  institucional»,  en relación con la muerte  de los ciudadanos Posada Úsuga y Piedrahita Betancur.     

         Inferencia  que  califica  de  absurda,  puesto  que  con  ella  el  Tribunal  desconoció las reglas de la lógica, amén que la sentencia de tutela  mencionada  se  refiere  a  una  colisión  de  competencia,  en  tanto  que  el  salvamento  de voto que le sirvió de sustento al juez de primera instancia para  condenar  a  su representado, no es jurisprudencia; luego, afirma el demandante,  que  de  no  haberse  incurrido  en  el  vicio que denuncia, aquél habría sido  absuelto.          

         Segundo   cargo.  De  forma  subsidiaria  señala  el  impugnante  que la sentencia no está en consonancia con los cargos  formulados  en  la  resolución  de  acusación, puesto que si bien la Fiscalía  acusó  por  el  delito  de  homicidio en persona protegida, dicha calificación  jurídica  fue  variada por el representante del ente acusador en la oportunidad  establecida   en  el  artículo  404  del  C.P.P.,  a  la  conducta  punible  de  favorecimiento  de  homicidio, debido a que consideró  que  los  procesados,  excepto Enor Enrique Rodríguez Moreno, no participaron a  ningún  título  en  la  muerte  de  los  ciudadanos Posada Úsuga y Piedrahita  Betancur,      sino      que      se      limitaron      a     entorpecer     la  investigación.         

         Resalta  que  no  obstante lo anterior, los falladores de instancia  no  acataron  dicha variación de la calificación jurídica, optando por emitir  condena   por  el  delito  de  homicidio  en  persona  protegida,  con  lo  cual  desconocieron  que  la  Fiscalía  sustentó  la  nueva  imputación  en que los  procesados,  excepto  Enor  Enrique  Rodríguez  Moreno,  no  participaron en la  muerte  de  las  víctimas,  sino  que solo contribuyeron a entorpecer la normal  marcha de la investigación.        

         

         Estima  que  de  no haberse cometido tal equivocación manifestada,  los  falladores  de instancia habrían condenado a su defendido por el delito de  favorecimiento,  y  no  por  el de homicidio en persona protegida, que tiene una  pena sustancialmente más elevada que el primero.    

         Concluye  solicitando  a  la  Corte  que  case  la  sentencia, para  absolver  al  incriminado  Cortés Rojas del cargo formulado en la acusación, y  subsidiariamente   se   le   condene  por  el  delito  de  favorecimiento.    

         2.  Demanda  formulada  en  nombre de José Berardo Guzmán y Lewis  Américo Palacios Copete.   

         Al   amparo   de   las  causales  tercera  y  primera  –cuerpo       primero–, previstas en el artículo 207 de la  Ley  600  de  2000, el casacionista formula cuatro reproches contra la sentencia  del  ad quem, uno por nulidad, dos por violación directa de la ley sustancial y  el restante por violación indirecta de la norma.   

         Primer  cargo. Manifiesta el actor que la  sentencia  confutada  se  profirió  en un juicio viciado de nulidad, puesto que  los  falladores  de instancia tipificaron la conducta investigada como homicidio  en   persona   protegida,   cuando   en   realidad  se  trata  de  un  homicidio  «ordinario».     

         Luego  de  referirse a las exigencias del tipo objetivo previsto en  el  artículo  135  del  Código  Penal,  así  como  a las características que  definen  el  conflicto armado de carácter interno, el demandante señala que en  el  presente  caso  no  se dan tales requisitos, amén que anota, el día de los  hechos  la  labor  de  sus  defendidos  como  miembros  de  la  patrulla militar  «Corcel  II», consistía  en  verificar  la presencia de personas en un sector de la vereda Chontaduro del  municipio  de Ituango (Antioquia), lo que efectivamente realizaron, retirándose  del  lugar  por orden de su superior, quedando en el sitio el Cabo del Ejército  Nacional  Cuesta  Pizarro  en  compañía  de  las  personas  retenidas, las que  posteriormente aparecieron muertas.      

         Expresa  que  el  yerro  en  la  adecuación típica de la conducta  afecta  todo  el  proceso  por  violación  del artículo 29 Superior, pues ello  tiene  incidencia  en la pena a imponer y los subrogados penales, por lo cual la  única  manera  de  sanear  tal irregularidad es a través de la declaratoria de  nulidad  a partir de la resolución que resolvió la situación jurídica de sus  defendidos  por  el  delito  de  favorecimiento, pues considera el actor, que el  caso  concreto «encuadraría en todas las causales de  que  trata  el artículo 306 del C.P.P.», aunque pide  a    la    Corte    tener    en    cuenta    solo    la    causal   segunda   de  nulidad.         

         Segundo   cargo.  Por  la  senda  de  la  violación  directa  de  la  ley,  el  demandante  acusa  al  Tribunal  de haber  interpretado  de  manera  errónea los artículos 9, 12, 22, 25 y 29 del Código  Penal,  vicio que dice lo llevó a considerar a sus defendidos como coautores de  delito  de  homicidio  en  persona  protegida,  en la modalidad de comisión por  omisión u omisión impropia.      

         Después  de  referirse  al concepto de posición de garante en los  delitos  de  comisión  por  omisión, así como a los elementos que estructuran  esta  modalidad de realización de la conducta punible, afirma el censor, que en  el  caso  de  los  procesados  Guzmán  y  Palacios  Copete  no se cumplen tales  exigencias  típicas,  puesto  que  éstos  no  tenían  mando sobre el Cabo del  Ejército  Nacional  Carlos Medardo Cuesta Pizarro y los soldados que integraban  la  patrulla «Atacador I»,  quienes  inicialmente  retuvieron  a  los hoy occisos; además que en razón del  «principio  de confianza»  que  rige  la actividad castrense, cada quien debe hacer lo que le corresponde y  no  se  puede  cuestionar  una  orden  superior,  como  la recibida ese día del  Capitán  Jhon  Alexander  Sandoval Díaz para se retiraran del lugar, no empece  haberle      informado      sobre      lo      que      sucedía     con     los  civiles.           

         Añade,  que  a  pesar  de  ostentar  sus  defendidos  posición de  garante  de  la  vida  de los ultimados Posada Úsuga y Piedrahita Betancur, las  circunstancias  anteriormente  anotadas  denotan  que  no  tenían  capacidad de  evitar el resultado.   

         El  recurrente  lanza  criticas  personales  al  fallo recurrido en  aspectos  relativos  a  la  imputación  al  tipo  subjetivo,  pues  afirma, sus  defendidos  no  actuaron  con  dolo,  toda  vez  que  no  tenían «condiciones   de   elegibilidad»;  como  tampoco  se  les  puede  considerar coautores impropios; y, por el contrario, se  les  derivó  responsabilidad penal por la mera circunstancia de hacer parte del  escuadrón  militar  que  estuvo  en  el  lugar de los hechos, pero antes de que  éstos   acaecieran,  con  lo  cual  el  Tribunal  quebrantó  el  principio  de  culpabilidad.         

         Tercer  cargo.  Acudiendo  de nuevo a la  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  el libelista denuncia que el juez  colegiado  incurrió  en  la  falta  de  aplicación  o  exclusión evidente del  artículo  7º  de  la Ley 600 de 2000 que consagra el principio de in  dubio  pro  reo, según el cual toda  duda debe resolverse a favor del procesado.      

         A  continuación  se  dedica  el  libelista a analizar la capacidad  demostrativa  de  las indagatorias rendidas por Enor Enrique Rodríguez Moreno y  José  Berardo  Guzmán, de las cuales concluye que existe duda probatoria sobre  la  responsabilidad  de  sus  prohijados  en  el doble homicidio investigado, la  misma  que  afirma, reconoció el ad quem en la sentencia recurrida, ocupándose  de    citar    los    apartes   pertinentes.         

         De  donde  colige  «con gran nitidez el  error  de  hecho por falso juicio de identidad, respecto a la valoración de los  testimonios  mencionados  anteriormente,  falso  raciocinio  en que incurrió el  Tribunal Superior de Medellín».   

         En  ese  orden, pide a la Corte casar la sentencia, para absolver a  los  procesados José Berardo Guzmán y Lewis Américo Palacios Copete del cargo  formulado  en la acusación, y subsidiariamente anular el proceso «desde  la  adecuación  típica o jurídica provisional».   

         Cuarto  cargo.  Formulado  como reproche  «único»   en  demanda  presentada   por  el  impugnante  antes  del  vencimiento  del  término  legal,  complementaria  del  primer  libelo, propone la violación indirecta de la norma  sustancial,  determinada  por  un  error  de  hecho  por  falso raciocinio en la  valoración probatoria.   

         Luego  de  trascribir  apartes  de  la  sentencia  de segundo grado  adiada  16  de  septiembre  de 2013, proferida dentro de la presente actuación,  así  como  del  fallo  de  segunda instancia calendado 13 de diciembre de dicha  anualidad,  emitido  dentro  del proceso adelantado por los mismos hechos contra  John  Alexander  Sandoval  Díaz,  Edwin  Leonardo  Toro y Carlos Medardo Cuesta  Pizarro,  ambos  dictados por el Tribunal Superior de Medellín; el casacionista  afirma  la  existencia  de una «interpretación falsa  por  falso juicio de convicción», pues el mismo juez  colegiado  razonó  de  manera opuesta al determinar la capacidad de persuasión  de  las indagatorias de los procesados Cortés Rojas, Palacios Copete, Guzmán y  Rodríguez  Moreno,  toda vez que en la primera decisión no les asignó ningún  crédito,  mientras que en la segunda le dio plena credibilidad a sus versiones,  al    punto    que    con   fundamento   en   ellas   condenó   a   los   allí  acusados.       

         Estima  el  actor  que si el juez de segundo grado hubiera aplicado  correctamente  las  reglas de la sana crítica, habría concluido la ausencia de  responsabilidad  de  sus  defendidos  en  el  delito  de  homicidio  en  persona  protegida, con la consecuente absolución.     

         Finaliza  reproduciendo  algunos  apartes  de la demanda inicial, y  reitera  la  petición  de  casar  la sentencia para absolver a los incriminados  Palacios Copete y Guzmán.   

         3.   Demanda   formulada  en  nombre  de  Enor  Enrique  Rodríguez  Moreno.   

         Acudiendo   a   las   causales   tercera   y  primera  –cuerpo       primero–, previstas en el artículo 207 de la  Ley  600  de 2000, el casacionista formula tres censuras contra la sentencia del  ad  quem,  una  por nulidad y las dos restantes por violación directa de la ley  sustancial.   

         Primer  Cargo.  Lo  sustenta el actor en  que  la  ruptura  de  la unidad procesal ordenada por la Fiscalía en la fase de  instrucción,  a  consecuencia  de  la  cual se juzgó en forma separada, de una  parte,  a  los  procesados  John Alexander Sandoval Díaz, Edwin Leonardo Toro y  Carlos  Medardo  Cuesta  Pizarro;  y, de otro lado, a los aquí acusados Cortés  Rojas,  Palacios  Copete,  Guzmán  y  Rodríguez Moreno, afectó las garantías  fundamentales debidas a su representado.   

         Afirma  que la anotada situación procesal le cercenó a la defensa  la  oportunidad  de  controvertir  las  pruebas  allegadas  al primer proceso en  mención,  y se desconoció el principio de investigación integral, por lo cual  procede   la   declaratoria  de  nulidad  desde  la  resolución  de  cierre  de  investigación,  de conformidad con el numeral 2º del artículo 306 del C.P.P.,  para   que   «reabierto  el  ciclo  instructivo  se  practiquen       las      pruebas      que      fueron      omitidas».        

         Segundo  cargo. De manera subsidiaria el  demandante  denuncia  la violación directa de la ley sustancial por aplicación  indebida  del  artículo  135  del  Código  Penal,  en la que dice incurrió el  Tribunal  por  error en la calificación jurídica de la conducta, que conllevó  a la exclusión del artículo 103 ibídem.   

         Aduce  que  los  juzgadores de instancia consideraron que la muerte  violenta  de José Neftalí Úsuga Posada y Fabio de Jesús Piedrahita Betancur,  se  produjo  con  ocasión  y  en  desarrollo  de  un conflicto armado, elemento  normativo  del  delito de homicidio en persona protegida, pero se abstuvieron de  explicar   el   sustento   de   tal  aserto.         

         Afirma  que  no  basta  con  que  la  víctima  haga  parte  de  la  población  civil  y el sujeto activo que realiza la acción de matar pertenezca  a  un  grupo armado, para encontrar configurado el delito en cuestión, sino que  es  necesario  que  la  muerte  de  la  persona  protegida  por el DIH ocurra en  desarrollo  de  un  conflicto armado, interno o internacional, y tenga relación  directa  con  éste,  o  como dice la norma, con ocasión del mismo.     

         En  sustento  de  su tesis cita jurisprudencia de esta Corporación  –radicados     No.  29753   de  enero  27  de  2010 y No. 35099 de marzo 23 de 2011–   y   de  la  Corte  Constitucional  –C-048 de 2001 y C-291 de  2007–,   así   como  importante  doctrina  sobre  el  tema,  para concluir que las citadas decisiones  solo  han  abordado  el  estudio  del  ingrediente típico del artículo 135 del  Código  Penal,  referido a que la muerte de persona protegida por el DIH ocurra  en  desarrollo  de  un  conflicto  armado,  dejando de lado el análisis de otro  elemento  típico  relacionado  con  que  aquella  se  presente  con ocasión de  contienda de tal naturaleza.         

         Indica  que  la expresión «con ocasión  de  un  conflicto  armado» comporta un vínculo entre  la  conducta  y  la  anotada  circunstancia,  de  manera  que  a  falta de dicha  relación,  que  el  censor  califica  de  «directa y  necesaria»,  no  es posible afirmar la existencia de  un  crimen de guerra, sino de un delito ordinario cometido en tiempos de guerra,  que  para  el caso sería el tipificado en los artículos 103 y 104 del Estatuto  Punitivo.      

         Resalta  que  en  el asunto particular, los juzgadores de instancia  ninguna  razón  adujeron en relación con el citado elemento normativo del tipo  de   homicidio  en  persona  protegida,  es  decir,  añade  el  recurrente,  no  explicaron  por  qué  el  deceso  de  los ciudadanos Posada Úsuga y Piedrahita  Betancur   se   cometió  «con  ocasión»  del  conflicto  armado,  a  pesar de reconocer la existencia de  este último.   

         Agrega  que  en todo caso, el homicidio de los antes mencionados no  «obedeció   ni   tuvo   relación  alguna  con  el  denominado  conflicto  armado  que  vive  Colombia»,  puesto  que  la  mera  condición  de  militar  de  su  defendido no es criterio  suficiente  para  sustentar  tal aserto, y de serlo sería tanto como afirmar la  responsabilidad  objetiva;  amén  que,  dice  el libelista, el autor debe tener  conocimiento  de las circunstancias fácticas que determinan tanto la existencia  del  conflicto,  como  la  relación  entre este último y la conducta de matar,  aspectos  que no se acreditaron en el presente proceso como lo exige la Ley 1268  de  2008,  declarada  exequible  mediante  sentencia  C-801  de 2009, pues no se  probó  que el acusado Rodríguez Moreno conociera que su actuar se desarrollaba  en  el  marco de un conflicto armado, como tampoco que la muerte violenta de los  civiles,    fuera    «consecuencia    directa    y  necesaria»    de   una   situación   –conflicto      armado–   que   ignoraba   se   presentaba.   

         Concluye  señalando que en el asunto de la especie se está frente  a  una  situación  aislada de violencia realizada por un grupo de militares, de  los  que no se logró precisar quiénes ocasionaron la muerte a los dos civiles,  ni  se  probó  que  actuaron  con  conocimiento de que su comportamiento podía  catalogarse  como  una  infracción  al DIH, desatino frente al cual, asevera el  impugnante,   el   Tribunal   debió   «variar   la  calificación  jurídica» y no avalar el fallo del a  quo,  que conllevó a que su representado fuera condenado por un delito con pena  superior,  cuando  «la  absolución es la que debió  corresponder  o  incluso llegado el caso un encubrimiento o hasta la complicidad  por     el     ocultamiento    del    hecho    que    ya    conocía».     

         Tercer  cargo.  Acudiendo  de nuevo a la  violación  directa de la ley sustancial, el casacionista manifiesta que el juez  colegiado  incurrió  en error por interpretación errónea del artículo 25 del  Código Penal.   

         Después  de relacionar las consideraciones que al respecto hizo el  Tribunal  en  la  sentencia  recurrida,  así  como de referir los elementos que  integran  el  tipo  de  omisión  impropia, afirma el actor que en el caso de su  representado  no  se probó que éste quisiera el resultado muerte y mucho menos  que  tuviera  mando sobre los agresores que pertenecían a otro batallón,   luego  pese a encontrarse en el lugar de los hechos, no se le podía condenar en  la  modalidad  de  comisión  por  omisión,  pues no tenía manera de evitar el  deceso violento de los civiles.   

         Critica  que  para sostener la mencionada tesis, el ad quem tuviera  en  cuenta  el  informe  del  Capitán  del  Ejército  Nacional  Jhon Alexander  Sandoval  Díaz,  pues sostiene el demandante, dicha prueba no fue analizada por  el  juez  de primer grado, y además se obvió que dicho documento fue elaborado  por   un   mando   castrense,  sin  previa  aprobación  de  los  militares  que  intervinieron  en la operación, por tanto no se puede predicar que su contenido  sea  cierto y, por contera, inferir de él la participación a cualquier título  del       acusado       Rodríguez       Moreno      en      los      homicidios  investigados.         

         Adicionalmente,   anota   el   censor,   el   Tribunal  desconoció  «el  análisis  de  la conformación de las unidades  militares»,  por  lo  que se equivocó al considerar  que  el  procesado Cortés Rojas al momento de los hechos comandaba una escuadra  integrada   por  doce  hombres,  y  no  una  «unidad  mínima»  de  combate  compuesta  por cuatro o cinco  soldados;   además,   afirma  que  el  juez  colegiado  le  dio  «otro  sentido»  al testimonio de Donald  Eduardo  Aguirre, comandante de la escuadra «Atacador  I»,  para  de  él  concluir quién llego primero al  sitio  El Llanón, donde ocurrieron los homicidios de Posada Úsuga y Piedrahita  Betancur.         

         Seguidamente  el  recurrente  retoma  el  tema  de  los  delitos de  comisión   por   omisión   u  omisión  impropia,  y  apoyado  en  doctrina  y  jurisprudencia  de  la  Corte Constitucional, señala que su defendido no estuvo  en  posibilidad  de  impedir  las  muertes de los antes mencionados, aspecto que  dice,  pasaron  por  alto  los  juzgadores  de  instancia, que se abstuvieron de  indicar  de qué manera aquél habría podido cumplir con el deber jurídico que  le  asignan,  «cuando  no  se demostró si tenía la  posibilidad  de  saber  que  al dar vuelta los integrantes de [la] otra escuadra  quitaría    (sic)    la    vida   de   los   conocidos   fallecidos».     

         En  esa  medida,  depreca  de  la  Corte  casar  la sentencia, para  absolver  al  procesado Enor Enrique Rodríguez Moreno del cargo formulado en la  acusación.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.   Conviene  recordar  que  dado  el  carácter  extraordinario  del recurso de casación, al  libelista   compete   elaborar   la   demanda  bajo  los  estrictos  parámetros  contemplados  en  la  ley  y  decantados  por  la  jurisprudencia  de  la Corte.   

Por  tanto,  no  basta  con  afirmar que se  cometió    un    error   in   iudicando     o    in    procedendo,   ya   que   debe  demostrarse  la  existencia  del  vicio  y  su  trascendencia frente al contenido del fallo.   

De acuerdo con la jurisprudencia de la Sala,  es  bien  sabido  que el recurso de casación constituye el medio por el cual se  revisa  la  legalidad  de  la  sentencia. De ahí que el libelo deba cumplir las  formalidades   estatuidas   en   el  artículo  212  de  la  Ley  600  de  2000,  principalmente  enunciar  la  causal y formular el cargo con el cual se pretende  la  infirmación del fallo, señalando de manera clara y precisa sus fundamentos  y  las  normas infringidas, igualmente, evidenciando cómo el vicio in     iudicando    o    in  procedendo conduce a resquebrajar la  providencia.   

Ahora bien, sin desconocer la facultad legal  de  la  Corte  para  casar  la  sentencia  cuando  sea  ostensible  que la misma  transgrede  las  garantías  fundamentales  de  las  partes (art. 216 Ley 600 de  2000),   la   impugnación   extraordinaria   no  es  un  mecanismo  carente  de  rigor.       

Por tanto, el recurso de casación no puede  entenderse  como  una  instancia  adicional  para debatir aspectos que ya fueron  materia  de  controversia, o como facultad ilimitada para revisar el proceso, ni  la  demanda  puede  elaborarse utilizando un discurso de libre composición; por  el  contrario,  dado  el  carácter  extraordinario  y rogado del recurso, está  ligado  a  causales  taxativas que tienen contenidos propios, referidas a vicios  sustanciales o procesales.   

Además, en el desarrollo de cada uno de los  reparos  formulados  se  deben  cumplir  unos  requisitos  mínimos de lógica y  adecuada  fundamentación,  cuyo desconocimiento conlleva a la inadmisión de la  demanda,  como  lo establece el artículo 213 del Código de Procedimiento Penal  de 2000.   

Así,  no resulta atinado solo denunciar la  presencia  del  error que se invoca, sino que al impugnante incumbe demostrar su  existencia  y  cómo  el  mismo tiene la trascendencia suficiente para romper la  doble  presunción  que  cobija a la sentencia de segundo grado y, por lo mismo,  la  necesidad  de  que la Corte intervenga como Tribunal de Casación en procura  de  hacer  efectivo  el  derecho  material  y  las  garantías debidas a quienes  intervienen  en  la  actuación  penal,  reparar  los agravios ocasionados a las  partes con la decisión confutada o unificar la jurisprudencia.   

2.  Previo  al  estudio  de  admisibilidad  de  las demandas de casación, es necesario precisar  que  de  acuerdo con el principio de prioridad, la Sala asumirá en primer lugar  el  análisis  de  los  reproches de nulidad propuestos como principales por los  defensores  de  los  procesados  José Berardo Guzmán y Lewis Américo Palacios  Copete, y Enor Enrique Rodríguez Moreno, respectivamente.   

Así  mismo,  por  razones  metodológicas,  seguidamente  se  procederá  al  análisis conjunto de los cargos de violación  directa  de  la norma por interpretación errónea del artículo 25 del Estatuto  Punitivo,  formulados  igualmente por los defensores de los antes mencionados, y  a  continuación  se referirá la Sala a las censuras que por la misma senda por  falta  de  aplicación  del  artículo  7º  de  la Ley 600 de 2000 –presunción    de    inocencia    e  in        dubio       pro       reo–  exponen  los  defensores  de  Juan  Carlos  Cortés  Rojas,  José Berardo Guzmán y Lewis Américo Palacios Copete;  por   cuanto  tienen  el  mismo  fundamento.         

Finalmente  se  abordara  el estudio de las  demás  glosas  sustentadas  en (i) falta de congruencia de la sentencia con los  cargos  formulados en la acusación, (ii) aplicación indebida del artículo 135  –error    en    la  calificación  jurídica–  y (iii) violación indirecta por falsos raciocinios, en su orden.   

3. De entrada la  Corte  advierte  que los libelos no reúnen los requisitos de lógica y adecuada  fundamentación  que  exige  el  recurso  extraordinario,  lo  que  conduce a su  inadmisión, como a continuación se explica.   

3.1 De la nulidad.  

Si  bien la Sala ha dicho que la nulidad es  menos  exigente  en  su  demostración  que  las otras causales de casación, lo  cierto  es  que  impone  al censor proceder con precisión, claridad y nitidez a  identificar   la   clase   de   irregularidad   sustancial   que   determina  la  invalidación,  señalar  si  se  trata  de  un vicio de estructura o garantía,  plantear   sus  fundamentos  fácticos,  indicar  los  preceptos  que  considera  conculcados  y  expresar  la  razón  de  su quebranto, así como especificar el  límite de la actuación a partir de la cual se produjo el vicio.   

Asimismo,  compete al casacionista informar  la  cobertura  de  la  invalidez,  evidenciar que procesalmente no existe manera  diversa  de restablecer el derecho afectado y, lo más importante, comprobar que  la   anomalía   denunciada   tuvo  injerencia  perjudicial  y  decisiva  en  la  declaración   de   justicia   contenida  en  el  fallo  impugnado  –principio              de  trascendencia–, dado que  el  recurso  extraordinario  no  puede  fundarse  en especulaciones, conjeturas,  afirmaciones   carentes   de   demostración   o   en  situaciones  ausentes  de  quebranto.   

3.1.1 Primer cargo  por  nulidad  de  la  demanda formulada a nombre de los procesados José Berardo  Guzmán y Lewis Américo Palacios Copete.   

El  actor  la  soporta  en  un  error en la  calificación   jurídica   de   la   conducta   investigada,   puesto  que  los  sentenciadores  de instancia la tipificaron como homicidio en persona protegida,  cuando    en    realidad    se    trata    de    un   homicidio   «ordinario».   

         Sea  lo  primero  señalar  que  el  demandante  no  acierta  en la  postulación  del reproche, pues en vigencia de la Ley 600 de 2000, bajo la cual  se  cometieron  los  hechos  investigados,  un  yerro  de  tal naturaleza genera  nulidad  solo  en  aquellos  eventos  en los que no sea viable a la Corte dictar  sentencia  de  reemplazo,  esto  es,  cuando  la  nueva  calificación hace más  gravosa  la situación del acusado, o no siéndolo altera el núcleo fáctico de  la  acusación o implica cambio de la competencia y ésta no se puede prorrogar.   

         En  caso  contrario, como acontece en el asunto analizado, el vicio  denunciado  debió  formularse  por  vía de la causal primera de casación, por  cuanto  la  conducta  de homicidio simple es menos gravosa para los acusados que  la  de  homicidio  en  persona  protegida;  no  comporta  una  variación  en la  imputación       fáctica       –matar      a      otro–;  y,  ambos  delitos  son de competencia de los Jueces Penales del  Circuito.     

         En  ese  orden,  le correspondía al censor, al amparo de la causal  prevista  en  el numeral 1º del artículo 207 del C.P.P., acreditar si el error  en  la  calificación  jurídica  de  la  conducta  punible  se  originó  en la  violación      directa      de      la      ley     sustancial     –aplicación   indebida,   exclusión  evidente  o  interpretación  errónea–,  o  si lo fue por la violación indirecta de la norma por errores  de  hecho  –falsos juicios  de  existencia,  identidad o raciocinio–    o    de   derecho   –falsos    juicios    de    legalidad    o   convicción–;    evidenciando    además    la  trascendencia  del  vicio  en  la declaración de justicia contenida en el fallo  confutado.   

         Sin  embargo,  más  allá de enunciar la presunta equivocación de  los  falladores  de  instancia  y expresar su criterio personal en el sentido de  que  en  el  asunto  examinado  no  concurren los elementos del tipo objetivo de  homicidio  en  persona  protegida,  el  recurrente se queda corto, por cuanto no  explica  de manera razonada por qué no se dan éstos, y en cambio sí concurren  los  que  tipifican  el delito de homicidio simple; tampoco señala que clase de  irregularidad  es la que se presenta en el caso particular, no indica las normas  que   considera  infringidas,  ni  cómo  éstas  fueron  desconocidas  por  los  falladores  de  instancia, con lo cual deja sin demostración el supuesto en que  funda la nulidad.    

         En tal medida, no prospera el cargo.   

3.1.2 Primer cargo  por  nulidad  de  la  demanda  formulada  a  nombre del incriminado Enor Enrique  Rodríguez Moreno.   

         Considera  el  libelista que en la presente actuación se afectaron  las  garantías  debidas  a  su representado, a consecuencia de la ruptura de la  unidad  procesal  ordenada  por  la  Fiscalía  en  la fase de instrucción, que  determinó  que  se  juzgara  en  forma  separada,  por  un  lado,  a  los aquí  procesados,  y  de  otro, a los también acusados Jhon Alexander Sandoval Díaz,  Edwin  Leonardo  Toro  y Carlos Medardo Cuesta Pizarro; lo cual dice, impidió a  la  defensa  del incriminado Rodríguez Moreno controvertir las pruebas aducidas  en  la actuación adelantada contra estos últimos y se desconoció el principio  de investigación integral.      

         No  empece  que  el  fundamento  fáctico  de  la  glosa denunciada  aparece  diáfano  en  la  actuación,  el  impugnante  no  demuestra  que  ello  constituya  una  irregularidad  sustancial,  mucho  menos  que se hayan afectado  garantías      fundamentales      –derecho    de   defensa   e   investigación   integral–  de  su representado, ni las razones  que  llevaron  a  su quebranto, así como tampoco cuál fue la trascendencia del  vicio  alegado  en  la  declaración  de  justicia  contenida  en  los fallos de  instancia.       

         En  efecto,  habiendo adelantado la Fiscalía la investigación por  la  muerte  violenta  de  los  ciudadanos  Posada  Úsuga y Piedrahita Betancur,  dentro  de  la  cual  fueron  vinculados como sindicados Jhon Alexander Sandoval  Díaz,  Edwin  Leonardo Toro, Carlos Medardo Cuesta Pizarro, Juan Carlos Cortés  Rojas,  Lewis  Américo  Palacios  Copete,  José Berardo Guzmán y Enor Enrique  Rodríguez  Moreno;  mediante  resolución  calendada  8  de  marzo  de 2011, se  declaró cerrada parcialmente en relación con los tres primeros.   

         Cabe  anotar  que  ello  obedeció a que existiendo varias personas  vinculadas  al  proceso,  la  Fiscalía  estimó que en relación con algunas de  ellas  concurrían  las circunstancias –prueba         necesaria         para         calificar–  para  cerrar  la  investigación, y  así   procedió,   según   lo   autoriza  el  artículo  394  del  Código  de  Procedimiento  de  2000, lo cual generó la ruptura de la unidad procesal por la  causal prevista en el numeral 2º del artículo 92 ibídem.   

         Ahora  bien,  la anotada ruptura de la unidad procesal per  se no genera nulidad a menos que se  afecten  garantías  fundamentales,  como  lo  señala  el  artículo  89  de la  normativa  procedimental  en  cita,  luego  en  orden  a  demostrar  la supuesta  anomalía  que  anuncia el casacionista, le correspondía la carga de indicar de  qué  manera  dicha circunstancia procesal afectó el derecho a la defensa de su  prohijado,  concretamente en cuanto al derecho de contradicción, y cómo con el  cierre  parcial  se desconoció el principio de investigación integral (art. 20  C.P.P.),  conforme  al  cual  el  funcionario judicial debe investigar con igual  celo  tanto  lo  favorable  como  lo desfavorable a los intereses del procesado;  labor  argumentativa  que  resigna  desarrollar  el  actor en el libelo, dejando  huérfana             de            demostración            la            glosa  ensayada.          

         Agréguese  que  hasta  el  cierre parcial de la investigación que  cobijó  a  los  procesados Jhon Alexander Sandoval Díaz, Edwin Leonardo Toro y  Carlos  Medardo  Cuesta  Pizarro,  el  defensor  del procesado Rodríguez Moreno  participó  activamente  en  la  petición  y  práctica  de  pruebas dentro del  proceso  hasta  ese  momento  adelantado contra todos los acusados, amén de que  tuvo  la oportunidad de solicitarlas en la etapa del juzgamiento, como en efecto  ocurrió,  decretándose  en  la  audiencia  preparatoria, a instancia suya, las  declaraciones  de  los  militares que participaron en la operación que terminó  con  la  muerte  de  las  víctimas,  así  como  la prueba traslada del proceso  radicado    No.    2012-0492,   originado   en   la   ruptura   de   la   unidad  procesal.   

         En   esa   medida,   al  margen  de  no  haber  realizado  esfuerzo  argumentativo  alguno  a fin de demostrar el reparo formulado, tampoco le asiste  razón  al  actor,  puesto  que  ni aquél demuestra, ni la Corte advierte que a  consecuencia  del  pluricitado cierre parcial de la investigación y la obligada  ruptura  de  la  unidad procesal, se hubiera limitado o restringido a la defensa  del   incriminado   Rodríguez  Moreno  el  derecho  a  presentar  pruebas  y  a  controvertir         aquellas         aducidas         por        el        ente  acusador.          

         Igual  acontece  con  el  presunto desconocimiento del principio de  investigación  integral,  que  el  demandante apenas enuncia pero no desarrolla  acorde  con  las exigencias que reclama una glosa de ese jaez, valga decir, como  lo  tiene  decantado  la  jurisprudencia de la Sala, a saber, indicar el medio o  los  medios  de  convicción omitidos, demostrar la procedencia de su práctica,  establecer  su  conducencia,  pertinencia  y  utilidad,  señalar  cuál  es  el  beneficio  que reportan para el acusado y, en punto de trascendencia, evidenciar  cómo  la  prueba  o pruebas relegadas por el funcionario judicial, valoradas en  conjunto  con  aquellas  que  fueron  tenidas  en  cuenta  como fundamento de la  sentencia  confutada,  tienen  la potencialidad de modificar las conclusiones de  tal  decisión,  pues  no  cualquier  carencia  probatoria quebranta el precepto  rector  en  cuestión  (CSJ  AP, 11 Jul. 2007, Rad. 27778; CSJ AP, 11 Dic. 2013,  Rad.    42191;    y,    CSJ    AP,    26    Feb.   2014,   Rad.   39035,   entre  otros).               

         Sin   embargo,  como  se  anunció,  ninguna  de  estas  exigencias  cumplió  el  libelista,  pues  se  limitó  a  expresar que dicha irregularidad  afectó  de  nulidad  la  actuación,  con  la  pretensión  de que por esa mera  afirmación  sea  tenida  como cierta la referida proposición, incurriendo así  en el vicio lógico de petición de principio.   

         En consecuencia, no prospera la censura.   

         3.2   De   la   violación   directa   de  la  ley  sustancial  por  interpretación errónea.   

Conviene  recordar  que reiteradamente esta  Corporación  ha  sostenido  que  cuando  se  acude  a la senda de la violación  directa   de  la  ley  sustancial,  el  casacionista  debe  aceptar  los  hechos  declarados  en  el  fallo  recurrido  y  abstenerse de cuestionar la valoración  probatoria  realizada por los sentenciadores de instancia, por lo cual el debate  se  circunscribe  a  la  aplicación del derecho, sin que tengan cabida aspectos  relacionados  con  la  credibilidad  de  los  elementos de juicio o el acontecer  fáctico  (CSJ AP, 9 May. 2012, Rad. 37987; CSJ AP, 10 Jul. 2013, Rad. 41411; y,  CSJ AP, 11 Dic. 2013, Rad 42737; entre otras).   

         

En esa medida, la labor de demostración del  vicio  deberá  estar  sustentada  en evidenciar que el juzgador seleccionó una  norma  que  no  era  la  llamada  a  gobernar  el asunto (aplicación indebida),  omitió  otra  que sí resolvía los extremos de la relación jurídico procesal  (falta   de   aplicación   o   exclusión  evidente)  o,  habiéndola  escogido  correctamente,  le  dio  un alcance interpretativo que no se deriva del texto de  la  ley,  es  decir, le atribuyó un sentido jurídico que no tiene o le asignó  efectos contrarios a su real contenido (interpretación errónea).   

         En  tratándose de este último sentido de violación, el ejercicio  argumentativo  del  recurrente  debe  abordar cuando menos dos aspectos, uno que  ilustre  sobre cuál es el alcance y efectos fijados al precepto, acudiendo para  ello  a criterios de autoridad o doctrinales, más no a su personal comprensión  de  la  norma;  y otro, que evidencie cómo aquellos fueron desconocidos por los  falladores  de  instancia  en la sentencia impugnada (CSJ AP, 11 Dic. 2013, Rad.  37039).         

3.2.1  Segundo  y  tercer cargo  de  las  demandas  formuladas  a  nombre  de los procesados José  Berardo  Guzmán  y  Lewis  Américo  Palacios Copete, y Enor Enrique Rodríguez  Moreno, respectivamente.   

         La  queja  por violación directa de la norma sustancial, la fundan  los  censores  en  que el ad quem interpretó de manera errónea el artículo 25  del  Código  Penal, vicio que lo llevó a concluir que lo procesados realizaron  la  conducta  punible  juzgada en la modalidad de comisión por omisión, cuando  en  realidad  en  el  caso  de  sus  defendidos  no se reúnen los elementos que  integran  el  tipo  de  omisión impropia, concretamente porque no se probó que  éstos  quisieran  el  resultado  muerte  de  los  dos  civiles  y  que tuvieran  capacidad  de  evitar el resultado, por el contrario se demostró que no tenían  mando  sobre  el Cabo del Ejército Nacional Carlos Medardo Cuesta Pizarro y los  soldados   que   integraban  la  patrulla  «Atacador  I»  que  comandaba  el precitado, bajo cuya custodia  estaban  los hoy obitados, ni materialmente estaban en posibilidad de oponerse a  sus propósitos criminales.         

         Un  primer aspecto a destacar, es que los recurrentes se apartan de  las  exigencias  de  lógica  y  adecuada fundamentación que impone el reproche  propuesto,  pues  sin  ambages  se  dedican a criticar la valoración probatoria  hecha  por  los  sentenciadores  de  instancia,  como  cuando el defensor de los  acusados  Guzmán  y Palacios Copete afirma que no se probó que éstos actuaron  con  dolo,  ni se demostró que obraron en coautoría o que tenían capacidad de  evitar  el  resultado muerte de los civiles; o cuando el apoderado del procesado  Rodríguez  Moreno  se  muestra  en  desacuerdo  con el poder suasorio que en el  fallo  recurrido  se  le  asignó al informe del capitán del Ejército Nacional  Jhon  Alexander  Sandoval  Díaz,  y la supuesta distorsión en que incurrió el  juez  colegiado  al  estimar  el  testimonio  de Donald Eduardo Aguirre; lo cual  resulta suficiente para inadmitir la censura.   

         Haciendo  abstracción  de  tales  falencias, de entrada observa la  Corte  que  los libelistas parten de un supuesto equivocado, en tanto desconocen  la  realidad  del  proceso,  toda vez que el ad quem, contrario a lo considerado  por  el  juzgador  de  primer grado, no encontró que los acusados realizaran el  delito  de  homicidio en persona protegida en la modalidad de omisión impropia,  esto  es,  que  el resultado muerte de los ciudadanos Posada Úsuga y Piedrahita  Betancur  se  produjera  a consecuencia del no actuar de los incriminados, y que  estos  tuvieran  el deber jurídico concreto y la posibilidad cierta de evitarlo  –posición     de  garante–,   dada   su  condición  de  miembros  del Ejército Nacional cuya obligación constitucional  es  defender  la  vida  de  la  población  civil  (arts.  2º y 217 de la Carta  Política).   

         En  efecto,  el  Tribunal  razonó  de  manera  diferente  pues del  análisis  probatorio  concluyó  que  los  militares  aquí procesados, quienes  conformaban  la  patrulla  denominada   «Corcel  II», fueron quienes con dominio del hecho accionaron  sus  armas  sobre  la  humanidad  de  los  inermes campesinos ocasionándoles la  muerte,  es  decir, que obraron por acción en la medida que realizaron conducta  positiva  que  cegó  la  vida  de  los  mencionados,  desconociendo con ello la  prohibición  implícita  en  el  supuesto de hecho previsto en el artículo 135  del Código Penal.   

         Así  se  extrae sin ambages de las motivaciones que sobre el punto  se  consignaron en la sentencia impugnada, que vale la pena citar para responder  al  cuestionamiento  formulado  por  los  casacionistas. Dijo el juez colegiado:   

Frente  al  panorama expuesto, encuentra  la  Sala que hay claros y probados indicios que permiten  concluir  que  los  militares  juzgados  efectivamente participaron en el actuar  ilícito. En primer lugar, su efectiva participación  en  las  actividades operacionales que le (sic) 18 de mayo de 2004 se llevaron a  cabo  en  la  Finca  El  Llanón de la vereda Chontaduro del municipio de Itango  (sic)  y  concretamente, su arribo a dicho lugar como integrantes de la Escuadra  Corcel  2  cerca  de  la  vivienda  de José Neftalí Posada Úsuga cuando él y  Fabio de Jesús Piedrahita Betancur aún estaban vivos.   

Como  segundo  hecho,  es  indiscutible  el  contenido   del  informe  presentado  por  el  Comandante  Sandoval  Díaz  Jhon  Alexander  el 19 de mayo de 2004 sobre los resultados de la operación efectuada  el  día  anterior. En dicho informe se anota como personal destacado a cada uno  de  los  procesados  relacionando  la  munición  gastada por aquellos. (…) el  hecho   de  que  aquél  haya  destacado  allí  los  nombres  de  estos  cuatro  uniformados  exclusivamente y la munición gastada, es un indicio concreto de su  participación,  pues  de  no  ser  así, dicho Comandante hubiera relacionado a  otro  personal,  más  aun  cuando  aparentemente  éste  era  conocedor  de  la  oposición  que  presentó  desde un inicio el Cabo Tercero Cortés Rojas, y por  su  experiencia  y  grado,  debía  saber  que  al  consignar  estos  datos  tan  específicos  [así]  como  los  nombres del personal y las municiones gastadas,  ello  podría  ser  objeto  de  verificación  por  sus superiores, por  lo  que no duda la Sala que efectivamente estos datos obedecen  a  la  realidad, es decir que los acusados participaron en el hecho y dispararon  sus armas de dotación.   

Como  tercer  punto,  las versiones que los  procesados  dieron  cuando  decidieron  según  ellos contar la verdad, deja ver  ciertos  aspectos que no permiten darles entera credibilidad y por el contrario,  nos  llevan a concluir que se trata de una coartada que se fue elaborando con el  paso  del  tiempo,  nutriéndose  de  cada  aspecto  que  los  declarantes  iban  agregando  con  base  en  las  pruebas  que recaudaba la Fiscalía. (Negrilla no  original)              

         Surge   patente,   entonces,   que   la  glosa  formulada  por  los  recurrentes  se  soporta  en  una  lectura sesgada del fallo confutado, pues aun  cuando  es  innegable  que  el  ad  quem se refirió con amplitud al tema de los  delitos  de comisión por omisión, así como a la jurisprudencia constitucional  y  de  esta Corporación relacionada con la anotada modalidad de realización de  la  conducta  punible,  los  argumentos  esgrimidos  al  respecto  no  fueron el  fundamento    de    la    condena    –ratio       decidendi–  ,  sino  que  se  plasmaron  en  la  motivación  a  manera de un  obiter     dicta    o  «dicho   de  paso»,  de  naturaleza  complementaria de la decisión, sin que el juzgador de segundo grado  reconociera  bajo  ninguna  óptica  que  el  delito  de  homicidio  en  persona  protegida     se    cometió    por    la    conducta    omisiva    –omisión     impropia–  de  los militares aquí procesados,  según  quedó  evidenciado con la cita trascrita en párrafos anteriores.    

         Y  así  lo  reafirma  el Tribunal cuando, previo a referirse a las  consideraciones  expuestas  por  el  a  quo que lo llevaron a estimar probada la  responsabilidad  de  los  acusados  en  la conducta juzgada bajo la modalidad de  comisión  por  omisión,  y  con  la  exclusiva  intención  de mostrar que tal  postura  jurídica  del  fallador  de primer grado no resultaba irracional en la  hipotética  situación  de  que los militares incriminados no hubieran sido los  autores materiales de los homicidios, señaló lo siguiente:   

En   gracia   de   discusión,  si  se  aceptara  exclusivamente  que  los  procesados no fueron  quienes  accionaron  sus  armas  de  dotación  contra los civiles, y  pese  a  que  encuentra  la Sala que la conducta de los acusados  debe  valorarse  por  acción, no se apone (sic) esta  sustentación  a  la  que  acogió  el  fallador  [de  primer  grado]  sobre  su  responsabilidad     derivada     de     la     posición    de    garante    por  institución. (Negrilla fuera de texto)   

         En  ese orden, las disquisiciones expresadas por los demandantes en  torno  al  delito  de omisión impropia resultan inanes en orden a evidenciar el  yerro  que  denuncian  pues,  se  itera,  apuntan  a  derruir la legalidad de la  sentencia  por  interpretación  errónea  de  una norma sustancial –inciso  2º del art. 25 del C.P.- que  no  fue  tenida  en cuenta por el ad quem como argumento central de la decisión  de  confirmar,  por las razones allí expuestas, la condena impuesta en el fallo  de  primera  instancia,  que  sea  oportuno recordar, junto al de segundo grado,  cuando  éste refrenda a aquel, en sede del recurso extraordinario conforman una  unidad inescindible.            

Así   las   cosas,   no   prosperan  los  cargos.   

         3.3  De  la  violación  directa  de la ley sustancial por falta de  aplicación.   

         Reitera  la Sala lo dicho al abordar el estudio del cargo anterior,  valga  decir, que cuando el censor opta por la senda de la violación directa de  la  ley  a  fin  de  derruir  la  legalidad  de  la  sentencia, en este caso por  exclusión  evidente  del  artículo  7º de la Ley 600 de 2000, que consagra el  principio  de  presunción de inocencia e in dubio pro  reo,  y  la  correlativa  aplicación  indebida  del  artículo   135  del  Código  Penal,  debe  aceptar  los  hechos  declarados  y  abstenerse   de   cuestionar   la   valoración  probatoria  realizada  por  los  sentenciadores  de  instancia,  pues  se trata de un juicio sobre la aplicación  del  derecho  donde,  dadas las exigencias de lógica y adecuada fundamentación  del  reproche, no tienen cabida elucubraciones relacionadas con la prueba.    

         Conviene  rememorar  lo  que  ha  dicho  esta Corporación cuando a  través  del  recurso  extraordinario se pretende atacar la sentencia de segundo  grado por desconocimiento del principio anotado, así:   

En  el segundo cargo, la defensa postula la  violación  directa  de  la ley que recoge el principio y derecho fundamental de  la presunción de inocencia.   

(I)  La  infracción de ese postulado puede  hacerse  por  una  de  dos  vías:  la  violación directa, caso en el cual debe  acreditarse  que  dentro  de  las argumentaciones de los jueces se reconoció el  instituto, pero no se aplicó la consecuencia en el derecho.   

Si  bien el impugnante escogió este motivo  de  casación,  lo  cierto  es que no lo desarrolló ni, menos, lo demostró, en  tanto  no  verificó  con  las  citas  textuales  respectivas, que dentro de los  argumentos  de  los  fallos  de  instancia  los  jueces  dieron por sentado que,  finalizado  el  debate  público,  aquel  postulado  no  fue  desvirtuado por la  Fiscalía,  lo  cual,  además,  la  defensa  no  podía hacer, como que, por el  contrario,  las  razones  probatorias  y  jurídicas  de  los  fallos censurados  apuntan  a  lo  contrario,  esto es, a que aquella presunción fue desvirtuada y  con  certeza  se  acreditaron  la  tipicidad  del delito y la responsabilidad el  acusado.   

(II) La segunda vía, que no fue la escogida  por  el  recurrente,  es  la  de  la violación indirecta, pero ello comporta la  carga  de  demostrar  a  la   Corte  que los jueces de instancia dejaron de  aplicar  el  principio  señalado  a  través  de una apreciación errada de los  medios de prueba.   

Ello  exige,  además,  indicar la prueba o  pruebas  valoradas erróneamente y, para cada una  de ellas, precisar si el  yerro  cometido fue de hecho o de derecho y la especie de falso juicio en que se  incurrió:  si  de  existencia,  identidad o raciocinio (en el caso del error de  hecho),  o  de  legalidad  o convicción (para el yerro de derecho). (CSJ AP, 3 Jul. 2013, Rad. 41602)   

En  esa  medida,  como  en  el asunto de la  especie  la trasgresión del pluricitado principio se postula por la senda de la  violación  directa,  corresponde  al  recurrente objetivizar en la decisión de  segundo  grado  aquellos  apartes en los que el Tribunal concluyó que la prueba  allegada  al  proceso  no  derruye la presunción de inocencia del acusado, o en  los  que  reconoció  la  duda  probatoria  a  su  favor,  en  relación  con la  existencia  del  delito  o  su responsabilidad, no obstante lo cual, el fallador  dejó    de   aplicar   la   consecuencia   legal   correspondiente.     

3.3.1  Primer  y  tercer  cargo  de las demandas formuladas a nombre de los procesados Juan Carlos  Corté  Rojas,  de  una parte, y José Berardo Guzmán y Lewis Américo Palacios  Copete, de otra.   

         Si  bien en orden a demostrar el vicio denunciado, ambos libelistas  se   ocupan   de   citar  aquellos  apartes  del  fallo  impugnado  en  los  que  supuestamente  los  jueces de instancia reconocen la existencia de duda sobre la  responsabilidad  de  los  incriminados  arriba mencionados en el delito juzgado,  convenientemente lo hacen de manera descontextualizada.   

         En  efecto,  se  señala  por  el  abogado  de Cortés Rojas que el  fallador  de  primer  grado se inquirió sobre quién o quiénes, concretamente,  fueron  los  militares  que  causaron  la muerte a los dos civiles, si los de la  escuadra    denominada    «Atacador   I»  o  aquellos  que  integraban  el  grupo  llamado «Corcel   II»,   puesto   que   en  sus  diferentes   versiones,   si  bien  de  manera  soterrada  se  responsabilizaron  mutuamente  de  tal acto violento, no hay una sindicación directa; en tanto que  el   Tribunal   reconoció   que   era   motivo  de  discusión  la  específica  participación  que  tuvieron  los  acusados  Cortés  Rojas,  Palacios  Copete,  Guzmán y Rodríguez Moreno en tales hechos.   

         Por  su  parte,  el  defensor  de los procesados Guzmán y Palacios  Copete  además  de  citar  los  mismos  apartes  del fallo de primera instancia  señalados  en  precedencia, se concentra en estimar desde su particular óptica  la  capacidad  de  persuasión  de  las  versiones injuradas de los incriminados  Rodríguez  Moreno  y  Guzmán,  para  concluir la existencia de duda probatoria  sobre    la   responsabilidad   penal   de   sus   defendidos   en   el   delito  juzgado.      

         Pues  bien,  de  la  revisión objetiva de los fallos de instancia,  observa  la  Corte  que  en  ningún  aparte  de las motivaciones los juzgadores  dieron  por  sentado  que el postulado de la presunción de inocencia no hubiera  sido  desvirtuado  por  la  Fiscalía,  ni reconocieron la existencia de duda en  relación  con  la materialidad del delito o la responsabilidad de los militares  incriminados.     

         Por  el  contrario,  en  una  y  otra decisión, aunque fundados en  razones  probatorias  y  jurídicas  diversas,  tanto  el a quo como el Tribunal  concluyeron  que  había certeza sobre los elementos de la conducta punible y el  compromiso  penal  de los acusados en su realización; y para evidenciarlo basta  citar  los  apartados  de  las  sentencias  impugnadas  donde  se  plasma  dicho  aserto.     

Así, el juzgador de primer grado, luego de  valorar  la  prueba  a  fin  de  reconstruir  el  devenir  del suceso criminal y  referirse  a los elementos del delito de comisión por omisión, en particular a  la  posición  de  garante  que  en abstracto tienen los miembros de las Fuerzas  Militares,  específicamente  en  lo  que  concierne  a  proteger la vida de los  ciudadanos,  que  también  encontró  demostrada  en  concreto  respecto de los  militares   procesados,   sin   ambigüedades  señaló:       

Con  la  anterior  claridad  conceptual,  y  teniendo  como  plenamente  acreditado,  que  en  desarrollo  de  una operación  militar  se obtuvo información por fuente humana, que en una vivienda cercana a  donde  estaba  la  tropa, se encontraban unos presuntos milicianos, en virtud de  lo  cual a las 5:45 de la mañana del 18 de mayo de 2004, como lo indició (sic)  el  CT.  SANDOVAL  en su indagatoria del 8 de julio de 2009, (folio 62 C No. 4),  se  le  dio  la  orden  a  dos  equipos  de  combate  de ir a registrar al sitio  señalado  por  [alias]  “pecho  de  lata”  con  el  fin  de  capturar a los  milicianos,  es  a  partir  de  acá,  en  nuestro  criterio,  que  surgió para  comandantes  y  subalternos  su  deber  de garantizar la vida de quienes como es  sabido  en  efecto  fueron  privados de su libertad, no otros que JOSÉ NEFTALÍ  POSADA  ÚSUGA  y  FABIO  DE  JESÚS  PIEDRAHITA  BETANCUR, y si éstos luego de  haberse  cumplido  el cometido inicial de su retención, aparecen luego muertos,  es  porque  los  militares omitieron el cumplimiento de su deber, bien porque no  impartieron  la  orden  con  claridad,  no  tomaron  los controles de rigor para  evitar  cualquier abuso, o simple y llanamente dejaron que las cosas continuaran  su  curso  y  uno  o varios de sus pares matase con sus armas de dotación a los  dos ciudadanos.   

Los  aquí  procesados  CORTÉS, PALACIOS,  GUZMÁN  y  RODRÍGUEZ, de acuerdo a sus propias manifestaciones, (…), son los  que  con  el  conocimiento  pleno  de la orden encomendada de ir a verificar una  información  para  dar con la captura de unos presuntos milicianos, llegaron al  sitio  donde,  según  ellos,  ya se encontraba [el Cabo] CUESTA en poder de dos  civiles  retenidos  ilegalmente,  esto es que su presencia allí, lo es antes de  su  muerte…, en el presente caso, que el conocimiento [de la conducta punible]  fue  anterior,  como  vuelve  y  se  insiste, al punto que los procesados con su  actitud  omisiva  permitieron de manera efectiva esa consumación, de tal manera  que  frente  a  los  homicidios  les  cabe responsabilidad por lo que dejaron de  hacer  o  permitieron  que  otro  u otros hicieran, responsabilidad que de igual  manera  cobija  la  conducta  omisiva  de  RODRÍGUEZ que estando allí presente  omitió    su    deber    de    protección    a   esos   ciudadanos.        

         Por   su   parte,   aun   cuando  el  Tribunal  consideró  que  la  responsabilidad  de  los  militares  incriminados  surge  de haber realizado por  acción  la  conducta punible de homicidio en persona protegida, valga decir, de  haber  desplegado  conducta  positiva  que  ocasionó el resultado muerte de los  civiles,  que  no  en  la modalidad de omisión impropia, sus argumentos tampoco  dejan  resquicio  de  duda  en  cuanto  a  la responsabilidad penal de aquellos,  frente                       a                      lo                      cual  indicó:                 

Ahora, como último punto, el cambio de sus  versiones  después  de  seis  años,  el  admitir  haber  mentido en anteriores  oportunidades,   cuando   incluso  [los  procesados]  habían  reconocido  haber  disparado  sus  armas  de  dotación,  no  encuentra  sustento  alguno, y por el  contrario,  unido  a  los  aspectos  ya  mencionados,  solo  permite llegar a la  conclusión  de  que  siempre  han mentido pretendiendo cubrir la participación  activa  que  tuvieron  en  los homicidios, pues de ser cierta la tesis final que  expusieron  en  la  vista  pública,  no  hubieran  callado  por  tanto  tiempo,  resultando  bastante cuestionable que solo hayan decidido decir la verdad cuando  toda  la  prueba  recolectada dejaba ver la inexistencia del enfrentamiento y de  las bajas en combate.        

Concluye  entonces  la  Sala  que  en  el  homicidio  de  los  dos  civiles,  participaron  las  dos  escuadras  enviadas a  registrar  la  finca El Llanón, es decir, tanto la tropa de Atacador 1, como la  de  Corcel  2,  sin  que  tenga trascendencia cual (sic) llegó primero, pues lo  cierto es que ambas estaban allí.        

Resulta  evidente  entonces,  que  en  los  fallos   recurridos   los   juzgadores   de  primer   y  segundo  grado  no  consideraron  siquiera  remotamente  la existencia de duda probatoria a favor de  los  militares  acusados,  o  la  imposibilidad,  valorada en conjunto la prueba  recaudada,  de  desvirtuar  la  presunción  de  inocencia;  de  donde  el yerro  denunciado por los demandantes queda sin sustento.   

Cabe  destacar,  además, que del discurso  del  defensor  de  los  procesados  Guzmán  y Palacios Copete surge patente que  plantea  un  debate frente a la valoración de la prueba, pues en el fondo está  en  desacuerdo  con  la  estimación que de las indagatorias de los incriminados  Rodríguez  Moreno  y  Guzmán  hizo  el  Tribunal,  ya  que  considera  que  de  habérsele   otorgado   credibilidad  a  sus  versiones  quedaba  demostrada  la  existencia   de   duda   probatoria   sobre  la  responsabilidad  penal  de  sus  representados  en  el delito juzgado; argumentación que rompe las exigencias de  lógica  y adecuada fundamentación de la censura que formula, pues debió optar  por  la  vía  del  error  de hecho en la apreciación de la prueba, y no por la  senda   de   la  violación  directa  de  la  ley.        

         Por tanto, no prosperan los cargos.   

3.4  De  la  falta  de  congruencia  de la  sentencia frente a los cargos formulados en la acusación.   

En  la sistemática de la Ley 600 de 2000,  la  acusación  delimita  los  aspectos  personal (sujetos), fáctico (hechos) y  jurídico  (calificación  jurídica)  a  debatir  en el juicio, respecto de los  cuales  la  sentencia  debe  guardar  plena  concordancia, so pena de desconocer  garantías  fundamentales  del  procesado,  verbi gratia, el derecho de defensa,  luego  el  juzgador  no podrá proferir condena contra persona distinta a la del  acusado,  ni  por hechos diferentes a aquellos que conforman el núcleo fáctico  de  la  imputación,  es  decir,  los que tiene relevancia jurídico penal, como  tampoco  el juicio de reproche podrá emitirse por delito diverso a aquel por el  cual  se  acusó  (CSJ  SP,  26  Mar. 2009, Rad. 30936).       

        No  obstante,  la  Sala  ha  reconocido  que  si  bien los aspectos  personal  y  fáctico  del  pliego  de  cargos  son  inmutables, pues no resulta  respetuoso  de  las  garantías  fundamentales  del  procesado  sorprenderlo con  hechos  respecto  de  los  cuales no tuvo oportunidad de defenderse, no acontece  similar  situación  con  el  aspecto  jurídico,  pues  el  sentenciador  está  facultado  para  proferir  condena por conducta punible diferente a la señalada  en  la  acusación,  siempre  que  ésta  resulte más favorable al acusado y no  desconozca    en    lo    esencial    el   supuesto   de   hecho   en   que   se  sustenta.       

También ha dicho la Corporación que en el  procedimiento  penal  que  rigió  esta  actuación,  la  acusación  es un acto  complejo  conformado  por  la resolución acusatoria y el trámite de variación  de  la  calificación  jurídica de la conducta punible previsto en el artículo  404  de  la  normativa  en comento, el cual procede a instancia del fiscal o del  juez,   únicamente  cuando  estimen  que  la  fijada en la acusación debe  alterarse,  bien  por prueba sobreviniente o por prueba antecedente, advirtiendo  que  en  este último evento la mutación debe estar determinada por un error en  la  imputación  jurídica,  ya sea porque se seleccionó mal la norma llamada a  regular  el  caso,  se  interpretó  equivocadamente  o  se hizo una valoración  desafortunada  de  la prueba, a condición de que se respete, sin excepción, el  núcleo   fáctico   de   la   imputación   (CSJ   SP,   8   Nov.   2011,  Rad.  34495).   

Ahora   bien,  si  la  mutación  de  la  calificación  jurídica no comporta agravar la situación del procesado porque,  por  ejemplo,  el  ente  acusador considera que la condena procede por un delito  menos   grave,   se   pretende  reconocer  una  circunstancia  atenuante  de  la  responsabilidad  o  degradar la forma de participación en la conducta punible o  el  tipo  subjetivo,  no procede acudir al referido mecanismo procesal, sino que  así  deberá  expresarlo  el  fiscal es sus alegatos de conclusión (CSJ AP, 14  Feb. 2002, Rad. 18457).       

Finalmente, si se acude a la variación de  la  calificación  jurídica, el juzgador estará facultado para dictar condena,  tanto  por  aquella  especie  delictiva  deducida  en la acusación, como por la  conducta  punible más gravosa que se propuso en el mencionado trámite, sin que  en   uno  u  otro  caso  ello  conlleve  al  desconocimiento  del  principio  de  congruencia (CSJ SP, 8 Nov. 2011, Rad. 34495).      

3.4.1    Segundo    cargo  de  la  demanda  formulada  a  nombre  del  procesado Juan Carlos  Cortés Rojas.   

El  censor  afirma  que  en  la  sentencia  confutada  se desconoció el principio de congruencia, puesto que los falladores  de  instancia no acogieron la variación de la calificación jurídica planteada  por  la  Fiscalía en la oportunidad señalada en el artículo 404 de la Ley 600  de   2000,  cuyo  representante  mutó  de  homicidio  en  persona  protegida  a  favorecimiento  de  homicidio  con  el  argumento de que los procesados, excepto  Enor  Enrique  Rodríguez Moreno, no participaron a ningún título en la muerte  de  los  ciudadanos Posada Úsuga y Piedrahita Betancur, sino que se limitaron a  entorpecer la investigación.         

De  entrada  advierte la Corte que ninguna  razón  le asiste al recurrente para sostener que entre la sentencia confutada y  la  resolución  acusatoria  no  se  guarda  la  correspondencia  necesaria para  predicar  su  congruencia  en  el  aspecto jurídico, pues conforme a las reglas  interpretativas  decantadas  en  la  jurisprudencia  citada párrafos atrás, el  juez  está  habilitado para acoger en el fallo cualquiera de las calificaciones  jurídicas,  valga  decir,  la  que  se  endilgó  en  la  acusación  o aquella  propuesta  en  la  variación de la calificación jurídica provisional, pues es  criterio  de la Sala que la consonancia que echa de menos el libelista involucra  ambas situaciones.      

De  otra  parte,  conviene  señalar  que  atendidos  los argumentos expuestos por el fiscal del caso, en orden a sustentar  la  petición  de  variación  de  la  calificación  jurídica  de homicidio en  persona  protegida  a  favorecimiento  de  homicidio, en razón a que, según su  apreciación  de  las  pruebas,  los  acusados  no habían realizado la conducta  descrita  en  el  artículo  135  del  Código  Penal,  sino  la  prevista en el  artículo  446  ibídem,  por  cuanto se limitaron a obstruir la investigación;  bajo  ninguna consideración podía ser acogida por los juzgadores de instancia,  por  cuanto  ello  comporta  modificar el núcleo fáctico de la imputación, ya  que  en  el  plano  ontológico  no  es lo mismo dar muerte a un congénere, que  desplegar   actos   tendientes   a  encubrir  a  los  autores  de  una  conducta  punible.           

         Por lo anterior, no prospera el reproche.   

         3.5  De  la violación directa de la ley sustancial por aplicación  indebida.   

         Como  previamente  lo  expresó  la Sala al emprender el estudio de  las  glosas  que los impugnantes formularon acudiendo a la violación directa de  la  ley  sustancial,  en  tales eventos corresponde al  casacionista  acoger  los  hechos  y  las  pruebas,  tal  cual fueron declarados  aquellos  y  valoradas  éstas por el juzgador, pues el debate se da en el plano  meramente  jurídico,  en el caso de la especie, en lo relativo a la aplicación  de una norma frente a un específico supuesto fáctico.   

         La  aplicación  indebida  de  un  precepto  se  origina  cuando el  sentenciador  se  equivoca  al  calificar  jurídicamente  los hechos o habiendo  acertado  en  su  adecuación,  desatina al elegir la norma correspondiente a la  calificación  jurídica  impartida,  es pues un error de selección (CSJ AP, 26  Feb. 2014, Rad. 42902).   

        Ahora,   a  fin  de  evidenciar  la  aplicación  indebida  de  una  determinada   disposición,   el  esfuerzo  ha  de  orientarse  a  constatar  la  defectuosa  adecuación  del supuesto fáctico probado respecto de la hipótesis  contemplada   en   el   respectivo   precepto   (CSJ  AP,  13  Nov.  2013,  Rad.  41683).   

         3.5.1   Segundo   cargo  de  la  demanda  formulada a nombre del procesado Enor Enrique Rodríguez Moreno.   

         Aduce  el  actor  que  el  Tribunal  incurrió  en  un  error en la  calificación  jurídica  de  los  hechos  declarados  como probados en el fallo  confutado,  pues  los  tipificó  como  homicidio en persona protegida (art. 135  C.P.),  cuando  realmente  se  estaba frente a un homicidio agravado (art. 104 y  104  ibídem),  a  un  encubrimiento  o, incluso, a una complicidad en el delito  contra el Derecho Internacional Humanitario.   

         Su  planteamiento  se  centra  en  que el tipo penal por el cual se  emitió  condena  contiene ingredientes normativos que en el caso concreto no se  estructuran,  tales  como  que  la  muerte  de persona protegida por el DIH debe  acontecer  «con ocasión y en desarrollo de conflicto  armado»,  y  aun  cuando los juzgadores de instancia  reconocieron  la  existencia  de  un  conflicto armado en Colombia, nada dijeron  respecto  de  que  la  muerte  de los dos civiles tenga relación «directa   y   necesaria»   con   dicha  contienda.   

         Si  bien  el  demandante postula de manera acertada el reproche, no  sucede  igual  con  su  demostración  en  la cual se queda corto, puesto que se  limita  a  citar  importante  jurisprudencia  y  doctrina, para luego, sin más,  concluir  que  en el caso particular los hechos investigados no se adecúan a la  hipótesis   comportamental  prevista  en  la  norma  que  estima  indebidamente  aplicada.    

         Adicionalmente,  en  el  desarrollo de su discurso se refiere a una  falta  de  motivación de la sentencia recurrida, como cuando señala que frente  a  los  referidos  elementos  normativos del tipo nada dijeron los juzgadores de  instancia,  a  pesar  de  lo  cual  los dieron por demostrados; y veladamente se  refiere  a  la  valoración  probatoria,  puesto que afirma, no se probó que su  defendido  conociera  que  su actuar se desarrollaba en el marco de un conflicto  armado,  ni  que  la  muerte  de  los  civiles  fuera consecuencia directa de un  enfrentamiento  de  esa  naturaleza, toda vez que ignoraba que tal situación se  presentaba;  con  lo  cual  el  censor  se aparta de las exigencias de lógica y  adecuada         fundamentación        que        impone        la        queja  ensayada.        

         Al  margen  de lo anterior, no le asiste razón al recurrente en su  pretensión  de  que  en  el  asunto  de  la especie los falladores de instancia  incurrieron  en  un  error en la calificación jurídica, derivado de considerar  el  hecho  juzgado como homicidio en persona protegida, y no un homicidio común  o,    en    fin,    conducta    punible   distinta   a   la   primera   de   las  señaladas.   

         Al  efecto resulta conveniente al caso que se resuelve, referir con  amplitud  el criterio de la Sala plasmado en el fallo CSJ SP, 28 Ago. 2013, Rad.  36460;  donde  en  un caso con similar sustrato fáctico, en el que un civil fue  muerto  por un grupo de militares que realizaba un patrullaje en el municipio de  Bello  (Antioquia), haciéndolo aparecer luego como una baja ocurrida en combate  sostenido  con  una  banda  criminal,  al  resolver  el  problema  jurídico que  gravitaba  en  torno a si tal homicidio lo era en persona protegida o se trataba  de           un           delito           común,          expresó          lo  siguiente:           

A su vez, el artículo 135 de la Ley 599 de  2000 dispone:   

“Homicidio en persona protegida. El que,  con  ocasión  y  en desarrollo del conflicto armado,  ocasione  la  muerte  de  persona protegida conforme a  los   Convenios   Internacionales  sobre  Derecho  Humanitario  ratificados  por  Colombia,  incurrirá  en  prisión de treinta (30) a cuarenta (40) años, multa  de  dos  mil  (2.000)  a  cinco  mil (5.000) salarios mínimos legales mensuales  vigentes,  e inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas  de quince (15) a veinte (20) años.   

“Parágrafo.  Para  los  efectos de este  artículo  y las demás normas del presente título se entiende por personas    protegidas    conforme    al    derecho   internacional  humanitario:   

1.  Los  integrantes  de  la  población civil.   

2.  Las personas  que no participan en hostilidades y (…)   

8. Cualquier otra persona que tenga aquella  condición  en  virtud de los Convenios I, II, III y IV de Ginebra de 1949 y los  Protocolos  Adicionales  I  y  II  de 1977 y otros que llegaren a ratificarse”  (subrayas fuera de texto).   

Al analizar los elementos estructurales de  dicho  delito  se  tiene  que  se trata de la muerte causada a una persona en un  marco  específico,  esto  es,  “con  ocasión  y  en desarrollo del conflicto  armado”.   

1.           El   conflicto   armado   interno  en  Colombia   

Si bien en alguna oportunidad se discutió  si  en  Colombia  existía  o  no  un  conflicto armado interno en los términos  señalados   por   los   cuatro   Convenios   de   Ginebra  de  19491  y  los  dos  protocolos       adicionales       de      19772, que conforman la más amplia  noción  de  Derecho  Internacional Humanitario, hoy en día, en especial con la  promulgación  de la Ley 1448 del 10 de junio de 2011,  se  reconoce  expresamente  la  existencia  de  una  tal  contienda,  según  se  establece   con  toda  claridad  en  algunas  de  sus  disposiciones.   

(…)  

Así  las  cosas,  sentado  está  que  en  Colombia  hay  un  conflicto  armado  interno,  expresamente  reconocido  por el  legislador,  así como por esta Colegiatura en múltiples decisiones3.   

(…)  

3.          La violación del Derecho Internacional  Humanitario   

Tal  como  ha sido reseñado a espacio por  esta                   Colegiatura4,     la     jurisprudencia  internacional   ha   proporcionado   distintos   criterios  para  determinar  la  existencia  de  un  nexo  cercano  entre  un determinado hecho o situación y el  conflicto  armado  internacional o interno en el que ha tenido lugar, tales como  la  calidad  de  combatiente del perpetrador, la condición de no combatiente de  la  víctima,  el hecho de que la víctima sea miembro del bando opuesto, que el  acto  pueda  ser  visto  como  un  medio  para  lograr los fines últimos de una  campaña  militar, o cuando el acto haya sido cometido como parte de los deberes  oficiales  del  perpetrador,  o  en  el  contexto  de dichos deberes5.   

También  ha  precisado  la jurisprudencia  extranjera,  en  casos  de  comisión  de crímenes de guerra, que es suficiente  establecer   que   “el   perpetrador   actuó  en  desarrollo  o  bajo     la    apariencia    del    conflicto    armado”6  (subrayas fuera de texto), y  que  “el  conflicto no debe necesariamente haber sido la causa de la comisión  del  crimen, sino que la existencia del conflicto debe  haber   jugado,   como  mínimo,  una  parte  sustancial  en  la  capacidad  del  perpetrador  para  cometerlo,  en su decisión de cometerlo, en la manera en que  fue   cometido   o   en   el   objetivo  para  el  que  se  cometió”7    (subrayas    fuera    de  texto).   

(…)  

Como  se  declaró  en  las  instancias,  conforme  a  la  valoración  de  las pruebas puede concluirse que la muerte del  menor  Díaz Galet correspondió a un proceder de las autoridades contrario a su  posición  de  garante,  correspondiente  a  uno  de  los  denominados “falsos  positivos”.   

No  hay duda que la oprobiosa práctica de  los  llamados  falsos  positivos,  en  virtud de la cual miembros de las fuerzas  armadas  causan  la  muerte  a ciudadanos inermes ajenos al conflicto armado, en  cuanto  carecen  del carácter de combatientes por no formar parte de los grupos  institucionales  y  no  institucionales involucrados en la contienda interna, ni  participar  de  la  misma,  para después mostrarlos ante la opinión pública y  sus  superiores  como bajas de un grupo armado ilegal en supuestos escenarios de  combate  y  a partir de ello obtener beneficios como permisos, felicitaciones en  la  hoja  de  vida  o  ascensos,  se  encuentra  íntimamente  vinculada  con el  conflicto  armado  interno,  pues  éste es condición necesaria para que tengan  lugar tales desmanes.   

En  efecto, es claro que si es en el marco  de  dicha  situación  de anormalidad que se exhiben como triunfos los referidos  montajes  de  operaciones  bélicas, cuando en verdad se ha ocasionado la muerte  de  personas  civiles,  generalmente de escasos recursos, desarmadas, en parajes  solitarios,  lejos de su contorno y sin la posibilidad de conseguir ayuda alguna  que  las  pueda  salvar,  sin dificultad se advierte la estrecha relación entre  tales  graves  procederes  ilegales  y  su ocurrencia con ocasión del conflicto  armado  interno,  máxime  si los miembros de las fuerzas armadas conocen de las  obligaciones  que  en  su  condición  de  combatientes  les son exigibles en el  ámbito  de  la estricta guarda del Derecho Internacional Humanitario, y que les  prohíbe  en  forma  rotunda  involucrar  a  civiles como objeto de sus acciones  armadas.   

         3.5.2    Conforme    a    las   reglas  interpretativas  consignadas  en  la jurisprudencia citada, surge patente que en  el  asunto de la especie concurren las exigencias típicas del artículo 135 del  Estatuto  Punitivo,  para  calificar  el hecho juzgado como homicidio en persona  protegida.   

         En  efecto,  los  falladores de instancia declararon probado que la  muerte  de  los  ciudadanos  José  Neftalí  Úsuga  Posada  y  Fabio de Jesús  Piedrahita  Betancur,  no  se  produjo  en  un  combate  entre las patrullas del  Ejército     Nacional     denominadas     «Corcel  II»    y    «Atacador  I»,  de  un  lado,  y un grupo de subversivos de las  FARC,  de  otro,  como inicialmente lo sostuvieron los militares involucrados en  el luctuoso suceso.   

         A  esa  conclusión  arribaron  luego de estimar los testimonios de  Gerardo  Areiza,  Germán  Elías  Areiza  Piedrahita  y  Dorian Nicolás Tapias  Restrepo,  quienes  manifestaron que el día de los hechos se hallaban con José  Neftalí  desyerbando un cultivo, cuando apareció una patrulla del Ejército en  la  que  iba  un  hombre  encapuchado que señaló al mencionado, procediendo de  inmediato  los  uniformados  a  propinarle golpes y lanzarle amenazas de muerte,  luego  de  lo  cual  se  lo  llevaron  y  al rato escucharon los disparos que le  cegaron  la  vida y la de Fabio de Jesús, quien casualmente se encontraba en la  casa de habitación del primero.   

         Tampoco  hay  asomo  de  duda  en  cuanto  a que las muertes de los  arriba  citados se produjeron en desarrollo del conflicto armado, puesto que los  procesados  se  encontraban  desarrollando  una  operación  militar  denominada  «Motilón»,    orden  táctica  «Marfil», cuyo  objetivo  era  realizar  un  registro  en  la vereda Chontaduro del municipio de  Ituango  (Antioquia),  con  el  fin de localizar unos milicianos de las FARC que  supuestamente  se  encontraban  en  una  vivienda  del  sector  conocido como El  Llanón,  según lo declaró el capitán John Alexander Sandoval Díaz, al mando  de la  maniobra.                  

         Y  en  cuanto  al  nexo  que  debe existir entre el conflicto y los  homicidios,  conforme  al  criterio  de  la  Corte  y  la  jurisprudencia de los  Tribunales  Penales Internacionales, es evidente que el caso particular se trata  de  un  montaje  bélico  que  encaja  perfectamente  en  la  práctica  de  los  denominados     «falsos     positivos»,   en  los  cuales  «el  perpetrador  actuó   en  desarrollo  o  bajo  la  apariencia  del  conflicto    armado»8          (subrayas  fuera  de  texto),  y  dicha  situación tuvo incidencia  sustancial  en  la  capacidad  del  perpetrador  para  cometerlo,  en  su decisión de cometerlo, en la manera en que fue cometido o en  el  objetivo  para  el  que se cometió”9  (subrayas  fuera  de texto), pues fue precisamente este escenario  el    que    posibilitó   la   ocurrencia   de   tales   desafueros.   

         En   ese   orden,  determinado  el  carácter  de  civiles  de  las  víctimas,  en  tanto  ni  eran  combatientes,  ni  participaban en el conflicto  armado  interno  que  vive  el  país  y, por ende, objeto de protección por el  Derecho  Internacional  Humanitario,  la  conducta  de  los  procesados  que los  ultimaron  se  adecua  al supuesto previsto en el artículo 135 de la Ley 599 de  2000, por el cual fueron condenados.   

         En consecuencia, no prospera el cargo.   

         3.6  De  la  violación  indirecta  de  la ley sustancial por falso  raciocinio.   

La  Sala  reitera  que  por  esta  vía se  quebranta  indirectamente  la  ley  sustancial,  cuando existiendo legalmente la  prueba  y  pese  a  ser  valorada  en  su  integridad,  se le asigna un poder de  convicción  que  desconoce  los postulados de la sana crítica, vale decir, las  reglas  de  la  lógica,  las  máximas  de  la  experiencia  o  las leyes de la  ciencia.     

         En  consonancia  con  lo  anterior,  el censor no puede quedarse en  meros  enunciados,  sino  que  a él corresponde la carga de indicar el medio de  conocimiento  sobre  el  cual  recae  el  yerro,  qué  dice objetivamente, qué  mérito  demostrativo  le  asignó  el  juzgador  en  el  fallo atacado, cuál o  cuáles  fueron  las  reglas de la lógica, las máximas de la experiencia o las  leyes  de  la ciencia desconocidas por el fallador en la apreciación probatoria  y  cómo  debieron ser correctamente aplicadas, así como su trascendencia en la  producción  de  una  decisión arbitraria, al extremo que de no haber incurrido  en  tal  error habría determinado un fallo sustancialmente opuesto al declarado  en  la  decisión  impugnada,  con indicación de la norma de derecho sustancial  que  consecuencia de ello resultó excluida o indebidamente aplicada (CSJ SP, 23  Nov.  2000,  Rad.  10479; CSJ AP, 18 Ago. 2010, Rad. 33919; CSJ AP, 6 Ago. 2013,  Rad. 41368; y, CSJ AP, 20 Nov. 2013, Rad. 42344; entre otros).   

Sobre  el  concepto  de las máximas de la  experiencia,  punto  medular  que  se discute en las glosas examinadas, conviene  recordar que esta Corporación ha sostenido que:   

En  su carácter de tesis hipotéticas por  su  contenido, de las cuales se esperan que produzcan consecuencias en presencia  de  determinados  presupuestos,  se  construyen  sobre hechos y no sobre juicios  sensoriales,  cuya  cualidad  es  su  repetición frente a los mismos fenómenos  bajo  determinadas condiciones (CSJ, SP, 21 Jul. 2004,  Rad. 17712).   

         De  otro lado, en cuanto al contenido y alcance de las reglas de la  experiencia, la Sala ha señalado:   

Ahora  bien,  la  experiencia es una forma  específica  de  conocimiento  que se origina por la recepción inmediata de una  impresión.  Es  experiencia  todo  lo  que  llega o se percibe a través de los  sentidos,  lo  cual supone que lo experimentado no sea un fenómeno transitorio,  sino   un   hecho   que   amplía   y   enriquece   el   pensamiento  de  manera  estable.   

Del   mismo  modo,  si  se  entiende  la  experiencia  como  el  conjunto  de  sensaciones  a las que se reducen todas las  ideas  o  pensamientos  de  la  mente,  o bien, en un segundo sentido, que versa  sobre  el  pasado,  el  conjunto  de  las  percepciones habituales que tienen su  origen  en la costumbre; la base de todo conocimiento corresponderá y habrá de  ser  vertido  en dos tipos de juicios, las cuestiones de hecho, que versan sobre  acontecimientos  existentes  y  que son conocidos a través de la experiencia, y  las  cuestiones de sentido, que son reflexiones y análisis sobre el significado  que se da a los hechos.   

Así,  las  proposiciones  analíticas que  dejan  traslucir  el conocimiento se reducen siempre a una generalización sobre  lo  aportado  por  la  experiencia, entendida como el único criterio posible de  verificación  de  un  enunciado  o  de  un  conjunto  de enunciados, elaboradas  aquéllas  desde una perspectiva de racionalidad que las apoya y que llevan a la  fijación  de  unas  reglas  sobre  la  gnoseología,  en  cuanto el sujeto toma  conciencia  de  lo que aprehende, y de la ontología, porque lo pone en contacto  con el ser cuando exterioriza lo conocido.   

(…)  

Atrás  se  dijo  que la experiencia forma  conocimiento  y  que los enunciados basados en ésta conllevan generalizaciones,  las  cuales  deben  ser  expresadas  en  términos racionales para fijar ciertas  reglas  con  pretensión  de  universalidad,  por  cuanto,  se agrega, comunican  determinado  grado  de  validez  y  facticidad,  en un contexto socio histórico  específico.   

En ese sentido, para que ofrezca fiabilidad  una  premisa  elaborada a partir de un dato o regla de la experiencia, ha de ser  expuesta,  a modo de operador lógico, así: siempre o casi siempre que se da A,  entonces  sucede  B.  (CSJ  SP,  21  Nov.  2002, Rad.  16472)   

3.6.1    Primer    cargo  de  la  demanda  formulada  a  nombre  del  procesado Juan Carlos  Cortés Rojas.   

         Con  absoluto  desconocimiento de los principios de autonomía y no  contradicción,   dentro  de  la  censura  por  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  el  libelista  formula  un   «cargo  subsidiario   al   cargo   principal,  dentro  del  grupo  principal»  por  violación  indirecta  por  error  de hecho derivado de un  falso  raciocinio en (i) la valoración de la indagatoria de su defendido y (ii)  las  reglas  «de la hermenéutica para determinar la  coautoría».   

         En  relación  con el primer aspecto se duele que los falladores de  instancia  no  otorgaran  credibilidad a la versión de su representado, vertida  en   su   última  salida  procesal,  esto  es,  en  la  audiencia  pública  de  juzgamiento,    simplemente    porque    vino    a   decir   la   «verdad»  seis  años  después  de  los  hechos y la calló durante sus primeras declaraciones.    

         Sin  embargo,  nada  más  dice  el impugnante, con lo cual resigna  demostrar  la  glosa  que  postula,  en  cuyo desarrollo le incumbía indicar la  regla  o  reglas de la lógica, las máximas de la experiencia o las leyes de la  ciencia  desconocidas  por  los juzgadores en la apreciación probatoria y cómo  debieron  ser  correctamente aplicadas, así como su trascendencia en la condena  proferida  contra  su  prohijado, nada de lo cual asume, limitándose a señalar  que  mentir  o  callar  la verdad, y posteriormente decidirse a revelarla, no es  razón  suficiente  para demeritar la capacidad suasoria del testimonio, pues si  no,  afirma,  se  establecería  una  regla  en  el  sentido  de  «nunca   poder   creer   a   los   desmovilizados   de   justicia  y  paz».    

         

         Es  necesario  precisar  que  el  criterio  al  que  se  refiere el  demandante,  expresado  por  esta  Corporación  en la decisión CSJ SP, 15 May.  2013,  Rad.  33118,  en relación con la capacidad de persuasión de la versión  del  desmovilizado  en el marco de la ley de justicia y paz, que inicialmente no  acepta  su  responsabilidad  en la actividad delincuencial del grupo paramilitar  al  que  perteneció, ni delata a otros cabecillas y, en general, calla u oculta  la  verdad  durante varios años, para luego develarla en otro proceso judicial,  ello  no  merma  su  credibilidad,  ni  la  veracidad  de  su  contenido, puesto  que:      

Al  contrario,  la regla de la experiencia  indica  que  no  siempre quien ha cometido un delito lo acepta ante la justicia.  Es  más,  generalmente  se  admite  que  ante  la  carga que tiene el Estado de  demostrar  la  responsabilidad,  quien  está comprometido en un hecho delictual  usualmente niega su vinculación con los actos que se le imputan.   

         Cabe  anotar  que el anterior raciocinio no quebranta las reglas de  la  sana  crítica,  puesto  que se edifica sobre la base de que la declaración  del  testigo  que ha faltado a la verdad, ocultado o distorsionado, cuando dicha  actitud  encuentra  una explicación razonable y, además, es corroborado en sus  atestaciones  por  otros  medios de convicción, no pierde poder de persuasión,  como  sí  lo  sería  cuando  no  hay  manera  de justificar su inicial actitud  procesal       o       ante       la       ausencia       de      prueba      de  corroboración.         

         Al  contrario de lo sucedido en la actuación que suscitó el fallo  de  esta  Corporación  traído  a colación por el casacionista, en el caso sub  examine  el  ad  quem  no  encontró  prueba  que  corroborara  el  dicho de los  procesados,  en el sentido de que cuando llegaron al lugar de los hechos los dos  civiles   posteriormente  asesinados  se  encontraban  en  poder  del  Cabo  del  Ejército  Nacional  Carlos  Medardo  Cuesta  Pizarro, Comandante de la patrulla  denominada  «Atacador I»,  a  quien supuestamente recriminaron cuando les informó que iba a «dar  de  baja»  a  los campesinos, como  tampoco  la  halló  sobre  que  de ello informaron a su superior, Capitán John  Alexander Sandoval Díaz.      

         Así  se  desprende  de  los  razonamientos  del  Tribunal,  que al  respecto señaló:   

Sin duda alguna, las pruebas recogidas a lo  largo  del  proceso dejan ver varios escenarios que se oponen entre sí, pues no  puede  obviarse  que  pese  a  la  presunta  admisión de algunos hechos por los  militares  aquí  juzgados, a quienes ellos señalan como directos responsables,  en  sus indagatorias niegan cualquier participación, e incluso [el Cabo] Carlos  Medardo  Cuesta  Pizarro, afirma que fue la tropa de Cortés Rojas la que llegó  primero  al  lugar  de  los  hechos  y que cuando él y sus soldados llegaron ya  estaban las personas muertas.   

(…)  

En principio nada se dijo sobre una fuerte  discusión  entre  los  Cabos  Cortés  Rojas  y  Cuesta  Pizarro,  ni sobre los  reportes  que  el primero hacía al Comandante Sandoval Díaz por radio, tampoco  se  explicó  el  motivo  por el cual el soldado Enor Rodríguez había decidido  quedarse  y  sobre  la  forma  como se encontraron con el Comandante para llegar  hasta  el  lugar,  no  hay  uniformidad  al respecto ni mucho menos sobre lo que  ocurrió   después,  si  efectivamente  ellos  fueron  quienes  registraron  la  vivienda  o  simplemente  se  quedaron  prestando la seguridad, siendo aún más  evidente  la construcción de esta coartada cuando en un principio los indagados  implicaron  directamente al soldado Enor Rodríguez en el homicidio y aseguraron  incluso   que   él   se  había  atribuido  una  de  las  bajas,  pero  ya  con  posterioridad,  trataron  de  excusar  a  este  uniformado  revelando que él se  quedó  para  tratar  de  convencer a Cuesta Pizarro de que no procediera con la  ejecución;  última  versión  que  confirma este soldado cuando afirma que por  ser  paisano  del  Cabo Cuesta trató de convencerlo, pero que al no ser posible  da  la  vuelta;  afirmación  esta  que  es desvirtuada por el mismo Cabo cuando  manifiesta  no  saber  quién  es  esta  persona  y  explica que tampoco resulta  creíble  que  un soldado se haya quedado desobedeciendo la orden de un superior  inmediato.            

(…)  

Ahora, como último punto, el cambio de sus  versiones  después  de  seis  años,  el  admitir  haber  mentido en anteriores  oportunidades,   cuando   incluso  [los  procesados]  habían  reconocido  haber  disparado  sus  armas  de  dotación,  no  encuentra  sustento  alguno, y por el  contrario,  unido  a  los  aspectos  ya  mencionados,  solo  permite llegar a la  conclusión  de  que  siempre  han mentido pretendiendo cubrir la participación  activa  que  tuvieron  en  los homicidios, pues de ser cierta la tesis final que  expusieron  en  la  vista  pública,  no  hubieran  callado  por  tanto  tiempo,  resultando  bastante cuestionable que solo hayan decidido decir la verdad cuando  toda  la  prueba  recolectada dejaba ver la inexistencia del enfrentamiento y de  las bajas en combate.        

En  esa  medida, conforme a las anteriores  citas,  se  advierte que la valoración probatoria realizada por el sentenciador  de  segundo  grado  no  se  ofrece  caprichosa,  arbitraria  o absurda y, por el  contrario,  asoma  respetuosa  de  los  postulados  de  la  sana  crítica, cuyo  quebranto  no  logra  demostrar  el  actor,  de  una  parte, debido a las graves  falencias  de  lógica  y adecuada fundamentación en que incurre al desarrollar  la  censura  ensayada;  y,  de otro lado, porque su discurso se reduce a afirmar  que  en  el  fallo  recurrido  se  desconocieron  aquellas  máximas, lo cual no  resulta  acompasado  con  la  realidad  del  proceso,  como quedó atrás visto.   

         En  cuanto  a  la  infracción  a  las  reglas de la «hermenéutica    para    determinar    la    coautoría»  de  los  procesados  en  el  delito juzgado, los argumentos que  expone   el   demandante  en  orden  a  demostrar  el  yerro  alegado,  resultan  incoherentes  y  absurdos,  pues  no  indica  cuáles  son  tales postulados, si  reúnen  los  requisitos  de  universalidad  permanencia y reiteración para ser  catalogados   como  máximas  de  la  experiencia,  la  lógica  o  la  ciencia;  centrándose  el censor en hacer una crítica personal a la circunstancia de que  los  sentenciadores  de instancia acudieran a la jurisprudencia constitucional y  al  salvamento  de  voto  expresado  por  una  Magistrada de esta Sala, a fin de  sustentar  la  tesis  de  que el delito se cometió en la modalidad de comisión  por   omisión,   pero   prescinde   de   enseñar  de  qué  manera  se  violó  indirectamente  la  norma  sustancial,  que tampoco se ocupa de indicar, dejando  ausente                   de                   demostración                  el  reproche.              

         Así las cosas, no prospera el cargo.   

3.6.2    Cuarto    cargo  de  la demanda formulada a nombre de los procesados José Berardo  Guzmán y Lewis Américo Palacios Copete.   

         Denuncia  el  recurrente que el ad quem incurrió en error de hecho  por  falso raciocinio, por cuanto valoró de manera disímil las indagatorias de  los  procesados  Cortés  Rojas,  Palacios  Copete, Guzmán y Rodríguez Moreno,  habida  cuenta  que en la sentencia proferida dentro de esta actuación el 16 de  septiembre  de  2013,  no les asignó ningún crédito, mientras que en el fallo  emitido  el  13  de  diciembre  de  la misma anualidad en el proceso que por los  mismos  hechos  se adelantó separadamente contra Jhon Alexander Sandoval Díaz,  Edwin  Leonardo  Toro y Carlos Medardo Cuesta Pizarro, le dio plena credibilidad  a  sus  versiones,  al  punto  que  con base en ellas condenó a estos últimos.   

         No  obstante  referirse  el  libelista a un tema relacionado con la  valoración  probatoria  de  determinados medios de prueba, lo cual en principio  permitiría  calificar de acertada la postulación de la censura por la senda de  la  violación  indirecta  de  la ley sustancial, originada en un error de hecho  por  falso  raciocinio,  es lo cierto que la inconformidad del impugnante radica  en  que  en  sendas sentencias proferidas en dos actuaciones adelantadas por los  mismos  hechos,  el  fallador  estimó  de  una manera distinta las indagatorias  rendidas  por  los aquí procesados, lo que en últimas tiene más relación con  el  respeto  por  el precedente judicial, que con un error en la apreciación de  la  mencionada prueba por desconocimiento de las reglas de la sana crítica y la  persuasión racional.            

         Ahora  bien,  ningún desarrollo hace el casacionista en torno a la  glosa  ensayada,  limitándose a exponer escuetamente que el juzgador de segundo  grado   incurrió  en  el yerro alegado porque no aplicó correctamente los  postulados  de la sana crítica, con lo cual el actor cae en el vicio lógico de  petición  de  principio,  pues  pretende  que  con  la  sola enunciación de la  premisa  la  Corte  tenga  por  cierta  su  afirmación, cuando le correspondía  indicar  cuál  fue  la  regla  de la experiencia, principio lógico o ley de la  ciencia  que  desconoció  el  Tribunal al valorar las indagatorias rendidas por  los  militares,  cómo  debieron  ser  correctamente  aplicadas,  así  como  su  trascendencia  en  la sentencia emitida en este proceso, que no en el adelantado  contra  lo  demás  militares  vinculados  a  la  actuación  original,  pues el  presente  recurso  de  casación  se  contrae  a  examinar  la  legalidad  de la  sentencia  de  segundo  grado  proferida dentro de la presente actuación por el  Tribunal  Superior  de  Medellín  el  16  de  septiembre  de  2013, y no a otra  decisión.              

         Si  el  propósito  era  alegar  el  desconocimiento del precedente  judicial  por  parte del juez colegiado, el demandante debió acudir a la causal  de  nulidad  prevista en el numeral 3º del artículo 207 de la Ley 600 de 2000,  pues  en  el  fondo  una  irregularidad  de  ese jaez compromete el principio de  igualdad   –art.   5º  ibídem–,  el cual exige  que  supuestos  fácticos  iguales  se  resuelvan  de  la  misma  manera  y, por  consiguiente,  con la misma consecuencia jurídica; en cuya demostración debía  acudir  a  las  reglas  de  lógica y adecuada fundamentación previstas para la  causal primera de casación.         

         De  acuerdo  con la jurisprudencia de esta Corporación, en orden a  demostrar  un  vicio  de  la  naturaleza anotada, incumbe al censor la siguiente  carga argumentativa:   

La lógica casacional indica que cuando se  plantea  en  esta  sede un ataque por desconocimiento de un precedente judicial,  como  el  que  se  propone  en  esta  demanda, es deber de quien lo postula, (i)  demostrar  la existencia del precedente, (ii) señalar la regla jurídica creada  o  la  interpretación  fijada  a  través  del mismo, (iii) probar su carácter  vinculante,  (iv)  acreditar  que  los  supuestos  fácticos  del nuevo caso son  idénticos  a  los  del  anterior,  y  (v),  demostrar  que no se está ante una  situación      que     justifique      su     desconocimiento.(CSJ  AP,  9  Oct. 2013, Rad.39346)    

         Al  margen  de  que  el  libelo no reúne ninguna de las anteriores  exigencias,  agréguese  que  la sentencia de segunda instancia emitida el 13 de  diciembre  de  2013 por el Tribunal Superior de Medellín, en el proceso que por  los  mismos  hechos  a  los  aquí  juzgados  se adelantó contra Jhon Alexander  Sandoval  Díaz,  Edwin  Leonardo Toro y Carlos Medardo Cuesta Pizarro, no puede  calificarse como precedente judicial.   

         En  efecto,  entre  otras razones, aquel pronunciamiento se emitió  con  posterioridad  a  la  decisión cuya legalidad aquí se cuestiona a través  del  recurso  extraordinario;  fue  proferido  por  un  Sala  de Decisión Penal  diferente  a  la que emitió el fallo de segundo grado en el caso de la especie;  y,   principalmente,  porque  las  decisiones  proferidas  en  sede  de  segunda  instancia  por  los  Tribunales Superiores no constituyen precedente, condición  que  solo es predicable de las dictadas por los máximos tribunales de justicia,  entre  ellos la Corte Suprema (CSJ AP, 11 Dic. 2013, Rad. 39449 y CSJ AP, 9 Oct.  2013, Rad.39346).   

   

Evidenciadas  las  graves  falencias  de  lógica   y   adecuada  fundamentación  en  que  incurren  los  recurrentes  al  desarrollar  las  censuras  ensayadas, ninguna de las  cuales  tiene la capacidad de derruir la dual presunción de legalidad y acierto  que   cobija   la   sentencia   confutada,   se  inadmitirán  las  demandas  de  casación.    

         4.  Resta  señalar  que no se vislumbra  vulneración  de  garantías  que imponga superar los defectos de la demanda, en  orden  a  intervenir  oficiosamente  para  asegurar  su protección, conforme lo  prevé el artículo 216 de la Ley 600 de 2000.   

         En  mérito  de  lo  expuesto,  LA CORTE  SUPREMA   DE   JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN  PENAL,   

RESUELVE  

INADMITIR  las  demandas  de  casación  presentadas  por  los  defensores  del Cabo Juan Carlos  Cortés  Rojas  y  de los Soldados Profesionales Lewis Américo Palacios Copete,  José  Berardo  Guzmán y Enor Enrique Rodríguez Moreno, miembros del Ejército  Nacional.   

         Contra esta decisión no procede ningún recurso.   

        Cópiese,  comuníquese  y  cúmplase.  Devuélvase  al Tribunal de  origen.   

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTINEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1  Colombia  aprobó  tales  Convenios  mediante  la  Ley 5ª de 1960, con vigencia  desde el 8 de mayo de 1962.   

2  Colombia  adhirió  al  Protocolo I mediante la Ley 11 de 1992 y entró en vigor  el  1º  de marzo de 1994. También adhirió al Protocolo II mediante la Ley 171  de 1994.   

3 Cfr.  Sentencias  del  21  de  julio  de 2004. Rad. 14538; 15 de febrero de 2006. Rad.  21330;  12 de septiembre de 2007. Rad. 24448; 27 de enero de 2010. Rad. 29753; y  24 de noviembre de 2010. Rad. 34482, entre otras.   

4  Sentencia del 23 de marzo de 2011. Rad. 35099.   

5  Tribunal  Penal  para  la  Antigua  Yugoslavia,  caso  del  Fiscal vs. Dragoljub  Kunarac  y  otros,  sentencia  de  la  sala  de  apelaciones  del 12 de junio de  2002.   

6  Ídem.   

7  Tribunal   Penal   para   la   Antigua   Yugoslavia,   casos   de   Fiscal   vs.   Enver   Hadzihasanovic   y  Amir  Kubura,   sentencia   del   15   de   marzo   de   2006,  y  Fiscal  vs.  Sefer  Halilovic, sentencia  del 16 de noviembre de 2005.   

8  Ídem.   

9  Tribunal   Penal   para   la   Antigua   Yugoslavia,   casos   de   Fiscal   vs.   Enver   Hadzihasanovic   y  Amir  Kubura,   sentencia   del   15   de   marzo   de   2006,  y  Fiscal  vs.  Sefer  Halilovic, sentencia  del 16 de noviembre de 2005.     

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