AP1543-2015(44553)

2015

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              República    de    Colombia              

Corte Suprema de Justicia  

         

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MAGISTRADO PONENTE  

AP1543-2015  

Radicación 44553  

Aprobado en acta No. 110  

Bogotá.  D.C, veinticinco (25) de marzo de  dos mil quince (2015).   

         Decide  la  Corte  si  son  admisibles  las  demandas  de casación  presentadas  por  los defensores de Teresa   y   Ruth  Arteaga  Pabón,  Roberto  Murcia  Rondón  y  Rosario  Arteaga  de  Murcia, contra la sentencia proferida el  10  de  junio  de  2014  por la Sala de Decisión Penal del Tribunal Superior de  Bucaramanga,  mediante la cual revocó parcialmente la del Juzgado Primero Penal  del  Circuito  de  la  misma  sede,  que los absolvió de los cargos de estafa y  alzamiento   de   bienes,   para  en  su  lugar  condenarlos  por  esta  última  conducta   

HECHOS  

Así fueron narrados en la decisión que se  recurre:   

         “Consta  en  los registros que para el  27  de  septiembre  de  2007,  Roberto Murcia Rondón  y  Víctor  Ricardo  Solano Vargas, constituyeron una  unión  temporal  denominada “Zarahemla Propiedad Horizontal” que tenía por  objeto  la  construcción de un edificio en el lote ubicado en la carrera 17 No.  42/02/06/28  de la ciudad de Bucaramanga de propiedad del primero, a su vez para  el  desarrollo  del proyecto en comento el 19 de mayo inscribieron en la Cámara  de   Comercio   la   sociedad   comercial   limitada   denominada   “Zarahemla  Ltda.”   

         “Ante  problemas  suscitados  entre  los  socios y a petición de  Murcia  Rondón,  el 14 de  noviembre  de 2008 en el centro de Conciliación y Arbitraje  de la Cámara  de  Comercio  de  Bucaramanga los socios suscribieron un acta de conciliación a  través  de  la  cual  se  llegó  a un acuerdo parcial en el que Víctor Solano  Vargas   cedía  su  participación  en  la  sociedad  de  hecho  y  pagaba  una  obligación  existente  con  el  señor Fabio Bueno por valor de $ 32.125.000; y  Roberto  Murcia  reembolsaría  por concepto de aportes la suma de $ 170.000.000  representada  en  una  camioneta  marca  Nissan Pathfinder modelo 2006 de placas  CCL875  avaluada  en  $  100.000.000, el pago de una acreencia hipotecaria por $  40.000.000,  y  la  cancelación  en  efectivo  de  $  30.000.000 en tres cuotas  mensuales.   

         “En   vista   de  que  Roberto  Murcia  Rondón   no   cumplió  con  lo  pactado  en  dicha  conciliación;  el  31  de  diciembre  de  2008 enajena un local y un lote de su  propiedad   a   la  señora  Teresa  Yolanda  Arteaga  Pabón,  el  8 de enero de 2009 vende la totalidad de  sus  cuotas  de  interés  social  en  la sociedad Zarahemla Ltda por valor de $  2.500.000     a    Ruth    del    Carmen    Arteaga  Pabón,  y  el  13  de  enero  de  2009 a la sociedad  Zarahemla  Ltda,  el  lote  ubicado  en  la  calle  42  número  16 –  126  y  cra. 17 No. 42 –  02/04/06/28,  el  arquitecto Solano  Vargas  decide  denunciarlo  penalmente  por  estafa  y alzamiento de bienes.”   

         

ACTUACION PROCESAL  

         1.-  El  14  de  junio  de 2011, ante el  Juzgado  Veintidós  Penal  Municipal  de Bucaramanga con Función de Control de  Garantías,  la  Fiscalía le imputó a Roberto Murcia  Rondón   la   comisión  del  delito  de  estafa  y  alzamiento    de    bienes,    agravados    por    la    cuantía   (artículos   247,   253   y  267  del  Código  Penal),    y    a    Rosario    Arteaga   de  Murcia,      Teresa  Yolanda  y  Ruth del Carmen  Arteaga  Pabón,  las  mismas  conductas a título de  cómplices, cargos que no fueron aceptados por él y las imputadas.   

2.-  Los días 27  de  febrero  de  la  misma anualidad, 21 de septiembre de 2012, 20 de mayo, 4 de  junio  y  6  de  agosto  de  2013, se realizaron en el Juzgado Primero Penal del  Circuito   de  Bucaramanga  las  audiencias  de  formulación  de  acusación  y  preparatoria,  y  el  6  de  agosto  de 2013 se inició la audiencia pública de  juzgamiento  que concluyó el 16 de enero de 2014, fecha en que se dio a conocer  el  sentido  absolutorio  del  fallo,  plasmado en la sentencia del 7 de febrero  siguiente.   

         3.-  Al resolver el recurso de apelación  interpuesto  contra  el  fallo  de  primer  grado  por  la Fiscalía, la Sala de  Decisión  Penal  del Tribunal Superior de Bucaramanga, mediante providencia del  10  de  junio  de  2014,  revocó  parcialmente  la  decisión, en el sentido de  condenar  a  los  acusados  por  el  delito  de alzamiento de bienes por el cual  fueron absueltos, así:   

A  Roberto Murcia  Rondón,  a  las  penas  principales  de  16 meses de  prisión,  multa  de  13.33  salarios mínimos legales mensuales vigentes y a la  accesoria  de interdicción de derechos y funciones públicas por el mismo lapso  de la pena principal.   

A Rosario Arteaga  de    Murcia,    Teresa  Yolanda  y  Ruth del Carmen  Arteaga  Pabón  a las penas principales de 8 meses de  prisión,  multa de 6.66 salarios mínimos legales mensuales y a la accesoria de  inhabilitación  para el ejercicio de funciones públicas por el mismo tiempo de  la pena principal, como cómplices del delito mencionado.   

Confirmó  la  absolutoria por el delito de  estafa.   

         4.-  Dentro  de  la instancia legal, los  defensores  de los acusados interpusieron el recurso extraordinario de casación  y   presentaron   las   demandas   correspondientes.   

DEMANDAS DE CASACIÓN  

         1.- Demanda a nombre de Teresa y Ruth Arteaga Pabón.   

         Señala  que  con  el  recurso  pretende  reivindicar el derecho al  debido  proceso  y  la  garantía  a ser juzgado conforme a las leyes previas al  acto  que  se imputa, axiomas que en su criterio se materializan en el principio  de  tipicidad y en el instituto de la autoría y participación, postulados que,  al  igual que los artículos 22 y 253 del mismo estatuto, fueron quebrantados en  la sentencia que impugna.   

         A  partir  de  ese  enunciado, formula dos cargos con fundamento en  las   causales   primera   y  tercera  del  artículo  181  de  la  Ley  906  de  2004.   

         Primer  cargo:  violación directa de la  ley sustancial por aplicación indebida.   

         Considera  que se aplicó indebidamente el artículo 30 del Código  Penal  que  define  la  teoría  de la participación, y el 253 de la Ley 599 de  2000, que tipifica el delito de alzamiento de bienes.   

         Después  de  transcribir  los  hechos, señalar que los acepta tal  cual  fueron  expuestos  en la sentencia y reflexionar acerca de la técnica del  recurso,  aduce  que  la  conducta  de  Teresa Yolanda  Arteaga      Pabón,  consistió    en    adquirirle    a    Roberto   Murcia   Rondón,  dos  bienes  inmuebles  por idéntico valor, mediante la escritura pública otorgada el 31 de  diciembre  de 2008, comportamiento que, a juicio del Tribunal, estuvo encaminado  a ayudarle a su cuñado a insolventarse.   

         Al  reflexionar  sobre  el  desvalor  de  dicha  contribución,  el  Tribunal  sostuvo  que  “no surge elemento de juicio  que  revele  que  ellas  obraron por virtud de un acuerdo previo para cometer el  ilícito,  en  cambio  lo  que  surge  es que prestaron una ayuda a Murcia  Rondón para lograr su cometido,  estos   es,   insolventarse   con   ánimo   de   no   pagar  a  la  víctima  y  perjudicarlo.”     Empero,    sostiene    el  demandante,  siendo  de la esencia de la complicidad la existencia de un acuerdo  previo,  es  obvio  que  el  juzgador  aplicó indebidamente el artículo 30 del  Código  penal,  pues  en  criterio  del  Tribunal no se configuró ese convenio  anterior a la ejecución de la conducta.   

En ese sentido, estimó equivocadamente que  el  acuerdo  y  la  ayuda conforman un solo acto y por eso la escritura pública  que    suscribió    la   señora   Teresa   Yolanda  Arteaga  fue  “catalogada  como  la  ayuda  que  contiene la materialidad de la intervención punible, y al  mismo  tiempo  esa  conducta  es  el  acuerdo propiamente dicho”, pero  no  indicó, como lo exige el artículo 30 del Código Penal,  cuál  la  naturaleza  y  contenido  del  acuerdo,  toda  vez que la complicidad  requiere   que   se   precise   el   contenido   del   convenio  criminal  y  su  desarrollo.   

A  pesar  de  que  el  contexto  fáctico  permitiría  colegir  que  el  acuerdo  y la ayuda se plasmaron en el momento de  suscribir  la  escritura,  nada  de  ello  expresó el Tribunal y si las pruebas  demuestran,  como lo dijo el juez de instancia, que la procesada no intervino en  el  surgimiento  de  la  acreencia  inicial,  mal  puede atribuírseles fines de  perjuicio,  por  lo  cual también erró el Tribunal al aplicar el artículo 253  del  Código  Penal  con  fundamento  en  la mera adquisición de los bienes por  parte de la acusada.   

En  cuanto a Ruth  del  Carmen  Arteaga  Pabón  se refiere, Roberto  Murcia Rondón le cedió el 8 de  enero  de  2009 el capital social que tenía en la sociedad Zarahemla Ltda, así  como   Víctor   Solano   lo   hizo   a  favor  de  la  esposa  de  Murcia  Rondón en el mes de diciembre de  2008.   

Tal  comportamiento  también se consideró  ilegal.  Sin embargo, asegura el demandante, respecto de la señora Ruth  del Carmen Arteaga Pabón concurren  argumentos   adicionales   que   demuestran   la  aplicación  indebida  de  las  disposiciones  que  regulan la complicidad. En efecto, la dama concurrió el mes  de  enero de 2009 a suscribir el documento de cesión de acciones, de manera que  temporalmente  no  existe  conexión causal entre su conducta y la defraudación  final  que  se  atribuye  Murcia  Rondón.   

Por  lo mismo, en una y otra situación, el  Tribunal  aplicó  indebidamente  los artículos 30 y 253 de la Ley 599 de 2000,  de  manera  que es imperioso, al casar el fallo, que se absuelva a las acusadas.   

Segundo     cargo:     Infracción  indirecta  de  la  ley  sustancial,  por  incurrir  el  Tribunal en un error de hecho por falso raciocinio.   

Al  respecto, sostiene que el alzamiento de  bienes  es  un  delito  doloso  en  cuya realización pueden concurrir autores y  partícipes.   

En   relación  con  ese  tema,  dice  el  demandante,  el  Tribunal  se  refirió al momento consumativo de la conducta, y  luego,  con  base  en la prueba documental, a sus orígenes y especialmente a la  sucedido  en la audiencia de conciliación celebrada el 14 de noviembre de 2008,  diligencia  en  la  cual se acordó que Víctor Ricardo Solano Vargas cedería a  Rosario  Arteaga  de Murcia  su  participación  en la sociedad de hecho que surgió al conformarse la unión  temporal     Zarahemla,     y     Roberto    Murcia  Rondón,  por  su parte, cancelaría a Ricardo Solano  Vargas   a   título   de    indemnización,  plusvalía  u  otro  concepto  susceptible  de  reclamación,  170  millones  de pesos, en la forma indicada en  dicho pacto.   

El  4  de  diciembre  del mismo año,   Murcia Rondón notificó al  centro  de  conciliación  del  incumplimiento  de  una cláusula del convenio e  informó  que  no  pagaría  los  10 millones de pesos mensuales a los cuales se  comprometió,  situación  que  llevó  a  que se citara nuevamente a las partes  para  establecer una nueva fecha para la entrega de materiales de construcción,  sin  que  se  hubiera llegado a un acuerdo sobre ese tema, según se reportó en  el informe del 12 de diciembre de 2008.   

El  18  de  diciembre  siguiente,  mediante  escritura  pública  número  1591 de esa fecha, Víctor Solano Vargas cedió en  venta   a   Rosario  Arteaga  de  Murcia  las  cuotas partes que aquél tenía en la Sociedad Zarahemla por  un  valor  de  $  2.500.000  pesos,  como  correspondía a su compromiso. Por su  parte,   mediante   escritura  pública  6612  del  31  de  diciembre  de  2008,  Roberto      Murcia      Rondón     vendió   a   Teresa   Yolanda  Arteaga  Pabón,  por  un  valor  de  52 millones de pesos, el  local  101  del  edificio  María  del Carmen, ubicado en la calle 36 número 24  –  55,   por  igual  suma  el lote número 1 del proyecto Montearroyo, al tiempo que, por medio de la  escritura  pública  59  del  8  de  enero  de 2009, vendió la totalidad de las  cuotas  de  interés  social  de  la  sociedad  Zarahemla  por  un  valor  de  $  2.500.000.   

Por  último,  mediante  escritura pública  número  81  del  13 de enero de 2009, enajenó a favor de la sociedad Zarahemla  por   206  millones  de  pesos,  el  lote ubicado en la calle 42 número 16  – 126.   

Ante  el incumplimiento de las obligaciones  surgidas  en  el  acta de conciliación, Solano Vargas demandó judicialmente la  satisfacción   de   las   mismas,   pretensión   que   fue   fallada   en   su  favor.   

Con base en esa secuencia fáctica, dice el  recurrente,   el   Tribunal   concluyó   que  Murcia  Rondón  se insolventó con el fin de perjudicar a su  acreedor,  y  estimó  que era especialmente demostrativo del fraude el hecho de  que  después  que  Solano Vargas cedió sus derechos en la sociedad Zarahemla a  la    esposa    de    Murcia    Rondón,  éste  transfiriera  la  totalidad de sus bienes a su cónyuge y  cuñadas.   

Respecto   de   la   participación   de  Teresa    Yolanda    y  Ruth    del   Carmen   Arteaga   Pabón,  reitera que, según el Tribunal, no se probó el acuerdo previo,  pero  si la ayuda para consumar el fraude, con lo cual la responsabilidad de las  procesadas  se sustentó en dos indicios: la relación temporal entre la entrega  de  bienes  por parte de Solano Vargas y la posterior enajenación de bienes por  el  deudor a su esposa y cuñadas, y el irrisorio valor supuestamente pagado por  los inmuebles y las acciones enajenadas.   

En  todo  ello,  asegura  el demandante, el  Tribunal  vulneró las “reglas de apreciación de la  prueba   indiciaria”,  situación  que  condujo  al  quebrantamiento   indirecto   de  los  artículos  22,  30  y  253  del  Código  Penal.   

En  su  criterio,  el error se plasma en la  inferencia,  al estimar que el breve tiempo transcurrido entre la cesión de las  acciones  por parte de Víctor Solano Vargas y la enajenación de los bienes por  Murcia  Rondón, constituye  un  hecho  indicador   de  la complicidad, contrariando lo expuesto en otro  aparte  de  la  misma  decisión,  en  el  sentido de que no existía prueba del  acuerdo previo, sino una ayuda para lograr la defraudación.   

De otra parte, es un contrasentido y vulnera  las   reglas   de   la   lógica,   afirmar   que   las   hermanas  Teresa    Yolanda    y    Ruth   del   Carmen  Arteaga  Pabón  no  intervinieron  en  el  bosquejo de los términos de la conciliación, pero si en  la  defraudación  al  prestar  una  colaboración  para lograr el alzamiento de  bienes,  cuando  de la compraventa de los inmuebles y de la cesión del capital,  se    infiere    una    conclusión    contraria   a   la   elaborada   por   el  juzgador.   

         El  segundo error recae en la inferencia que elaboró el Tribunal a  partir  del  precio  pagado por las acciones. En este sentido, no tuvo en cuenta  que  el valor que canceló Ruth del Carmen   Arteaga   de   Pabón   fue   el   mismo   que   días  antes  había  pagado  Rosario  Arteaga  de  Murcia  a  Víctor  Solano  por  un  número igual de acciones, de manera que dicha adquisición que  no  tiene  reparos desde el punto de vista legal se apreció como indicio de una  contribución ilícita.   

        De  otra parte, sin elementos de juicio, el Tribunal estimó que el  valor  pagado  por los inmuebles no correspondía al valor real del mercado, sin  reparar  que  el  precio  consignado en las escrituras es superior al catastral.  Empero,  se  dijo  que  no  se justificaba que un bien inmueble adquirido por un  valor  de 206 millones, sirviera luego de garantía de una obligación adquirida  por  valor  de  860  millones  con  Nimer  Holguín,  condenando con ese tipo de  reflexiones a quienes actuaron de buena fe en un negocio lícito.   

        Pide,  en  consecuencia,  casar  la  sentencia  y  absolver  a  las  acusadas de los cargos por los cuales fueron juzgadas.   

        2.-  Demanda  a  nombre de Roberto Murcia Rondón y Rosario Arteaga  de Murcia.   

        Primer  cargo:  Infracción directa de la  ley   sustancial   por  aplicación  indebida  del  artículo  253  del  Código  penal.   

        Luego  de  una  extensa  alusión  a la técnica del recurso,   transcribe  el artículo 253 de la Ley 599 de 2000, recuerda lo que ha expresado  la  jurisprudencia  acerca  del delito de alzamiento de bienes, y reproduce, con  la  aclaración de que no los controvertirá, la casi totalidad de los medios de  prueba que obran en la actuación.   

        A  continuación,  asegura  que  el  conflicto  tiene  origen en el  acuerdo     suscrito     entre    Roberto    Murcia  Rondón  y Víctor Solano García, del cual surgieron  obligaciones   recíprocas,   algunas  de  ellas  incumplidas  por  la  presunta  víctima,  por  lo  cual, si se atiende la descripción del delito de alzamiento  de  bienes,  es  evidente  que el juzgador seleccionó  “erradamente  la  norma  a regular el factum, pues la presunta víctima no era  la    única    acreedora,    pues    se   insiste,   el   señor   Murcia    Rondón    era    igualmente  acreedor.”   

        Señala  que  el  principio  de reciprocidad demanda que las partes  cumplan  lo  pactado  y  que las obligaciones sean claras, expresas y exigibles.  Sin  embargo,  ante  el  incumplimiento  de  Víctor  Solano  García,  como  se  demostró  con  la  carta que el acusado dirigió al centro de conciliación, no  podía  exigírsele  que  fuera fiel a un acuerdo al cual no estaba obligado por  causa de la transgresión del compromisario.   

         En ese sentido, el Tribunal ignoró que  nadie  está en mora de cumplir lo pactado mientras el otro no lo haga. Así las  cosas,  no  se  demostró  la  condición de acreedor de Víctor Solano García,  ingrediente  normativo  del  tipo que al no haberse probado, da al traste con la  tipicidad de la conducta.   

        Enseguida,   analiza   una  de  las  obligaciones  contraídas  por  Roberto   Murcia  Rondón consistente en transferir  la  propiedad  de  un vehículo que no poseía. Aduce, en ese sentido, que dicho  vehículo  fue  ofrecido  por Amparo Rodríguez como parte de pago de la promesa  de  compraventa de los locales 4 y 5 del Edificio Zarahemla, de manera que hasta  tanto  no  se  cumpliera dicha promesa –       cuestión       que       no      ocurrió      –     la     transferencia     era  imposible.   

        En  ese  orden, aclara que con los testimonios de Amparo Rodríguez  y  Armando  Rojas se probó el incumplimiento de la constructora y la no entrega  del  automotor  que  a  la  postre  el  procesado debía entregar como parte del  acuerdo,  situación que le sirve de apoyo para reflexionar sobre la aceptación  social  del  riesgo  inherente a las relaciones comerciales y para señalar, con  fundamento  en  esa  noción, que solo el riesgo no permitido que se concreta en  la  producción  del  resultado  es  relevante  para  el  derecho penal, algo de  impensable consideración frente a la situación juzgada.   

        Acota   que   el   Tribunal   no  analizó  las  obligaciones,  sus  características,  el  concepto  de  acreencia  y  el  vínculo  jurídico entre  acreedor  y  deudor,  y  por  tal  razón “ni de las  pruebas  observadas por el tribunal ni de las que obran en el proceso se observa  la  existencia  de  una  conducta punible, y que dada esta objetividad, de haber  sido  observada  por  el fallador de segunda instancia, no se hubiera violado la  norma.”            En  efecto:  del  acta de conciliación no se infiere el alzamiento  de  bienes  ni  el  propósito  de fraude; la carta que remitió el procesado al  centro  de  conciliación  tampoco  es prueba de ello y los negocios posteriores  sobre  sus  bienes  muebles  e inmuebles acreditan un negocio jurídico lícito,  mas no una finalidad delictual.   

        Solicita,  con  base  en  esas  reflexiones,  que  se  reconozca la  infracción   del   principio  de  tipicidad  y  por  lo  tanto  se  absuelva  a  Roberto  Murcia  Rondón y  Rosario  Arteaga  de Murcia  de los cargos que les fueron imputados.   

        Segundo  cargo:  Acusa  la sentencia por  infracción  directa de la ley sustancial por aplicación indebida del artículo  253  del  Código Penal, y falta de aplicación del artículo 7 de la Ley 906 de  2004.   

        Después  de  transcribir  apartes  de la decisión del Tribunal en  los  cuales  concluyó que no se configuraba ninguna duda que debiera reconocer,  cita  en  extenso  pronunciamientos  de la Sala relacionados con el principio de  presunción  de  inocencia  y la carga de la prueba, y reproduce las principales  pruebas  que  obran  en  el  proceso: el contenido del acta de conciliación, la  carta  dirigida  a  la Cámara de Comercio de Bucaramanga por el procesado en la  cual  denuncia  el  incumplimiento  parcial  de Víctor Solano, los contratos de  compraventa  de  las  cuotas  en la sociedad Zarahemla y de los bienes inmuebles  del  acusado,  menciona  los  procesos ejecutivos adelantados en su contra y las  hipotecas  a  Nimer  Holguín  otorgadas  por  Rosario  Arteaga de Murcia.   

           

Luego   se  refiere  al  tipo  penal  de  alzamiento  de  bienes,  precisa  la conducta y destaca la finalidad fraudulenta  que  la  anima, para concluir que de acuerdo con el artículo 7 de la Ley 906 de  2004,  a  la  fiscalía  le  corresponde  probar que el acusado se alzó con los  bienes  con la finalidad de defraudar a Víctor Solano, acreditando por lo menos  que  “existió  una venta ficticia, una donación o  un  crédito ficticio, entre otros medios probatorios que si tienen la capacidad  para   probar   los   elementos   del   tipo  penal  endilgado.”  En  tal  sentido,  asegura,  ha  debido  probar  que  existía  una  obligación  clara  y  exigible – aspecto que no se infiere de una conciliación  con  compromisos  incumplidos  -,  luego  acreditar  el  alzamiento de bienes, y  posteriormente  que  dicha  conducta  se  ejecutó  con  el  fin de defraudar al  acreedor.   

        Considera,  en  ese  margen  que  “los  elementos  probatorios  que  reposan  en  el  proceso  no tienen la capacidad de  probar  los  elementos  (sic)  que  configuran  el  tipo  penal de alzamiento de  bienes”,  por  lo  cual,  la  fiscalía  no  logró  desvirtuar la presunción de inocencia.   

         

Solicita,   en  consecuencia,  casar  la  sentencia y absolver a los acusados por atipicidad de la conducta.   

        Tercer  cargo: Violación indirecta de la  ley  sustancial  como consecuencia de haber incurrido el fallador en un error de  hecho por falso juicio de existencia por omisión.   

        Después  de  referirse  con  amplitud  a  la causal y técnica del  recurso, refiere que el Tribunal señaló lo siguiente:   

“En  el  caso  de trato solo se logró  probar  a  través  de  documentos  dado  que ninguno de los testigos que fueron  oídos    en    el    juicio    oral    refirió    algo    sobre   este   hecho  objetivo.”   

          Empero,  asegura el demandante, no tuvo en cuenta los testimonios  de  Amparo  Rodríguez,  Armando  Rojas  Manosalva,  Claudia  Patricia  Barbosa,  Guillermo  García,  Carlos Jiménez Bravo, Rubén Fernández Villamizar, Ismael  Sánchez  Calderón,  Jesús María Arias, Luis Niño Rojas, Mabel Jaime Sierra,  Luis   Méndez  Largo,  Luis  Cabarcas  Gómez,  Diego  Andrés  Ortiz,  Álvaro  Sánchez,  María  Serrano  de Sandoval y Consuelo Rincón Chinchina, los cuales  tienen la aptitud de modificar los fundamentos del fallo.   

        Anota  que  con  las  declaraciones  de Amparo Rodríguez y Armando  Rojas  se  prueba  que  la  camioneta  que  debía entregar el acusado a Víctor  Solano   no  fue  traspasada  a  la  sociedad  Zarahemla  y  que  por  lo  tanto  Roberto   Murcia  Rondón no podía cumplir con lo  acordado,  como  lo imponía la inexigible conciliación. Asimismo, recuerda que  Claudia  Patricia  Rojas,  esposa  de  Víctor  Ricardo Solano, indicó que a su  marido  se le adeudaba 170 millones de pesos por concepto de obras civiles y que  la   camioneta   mencionada   no   le   fue  entregada  al  señor  Robert  Murcia  Rondón, de lo cual no se  deduce, en criterio del demandante, ninguna defraudación.   

        Resalta  que  el  abogado  Carlos  Alfredo  Jiménez Bravo declaró  acerca   de   los  comentarios  que  le  hizo  Murcia  Rondón en relación con los problemas que tenía por  el  incumplimiento  de  su socio Víctor Ricardo Solano y de la asesoría que le  prestó  para  propiciar  un  acuerdo,  en  el cual se incluyó la entrega de un  vehículo  que para ese momento no tenía en su poder, testimonio con el cual se  demuestra,  junto  a los otros medios de prueba, que la conciliación tenía una  cláusula imposible de cumplir.   

        Señala,   de   igual  manera,  que  Guillermo  García,  quien  se  constituyó  en  socio  ante  el fracaso del proyecto, refirió las dificultades  económicas  de  todo orden, y mencionó que a partir del año 2010 se firmó un  acuerdo  de  participación,  fecha  en  la  cual  los dueños del proyecto eran  Roberto Murcia Rondón       y       Rosario  Arteaga  de  Murcia,  a quienes  adquirió  el  lote  y  proyecto,  destacando  que  sobre el predio existía una  hipoteca  que  debió  cancelar el acusado, lo cual, en opinión del demandante,  demuestra que no existía ánimo de defraudar a nadie.   

        En  fin, recurre a otros testimonios, como los de Rubén Fernández  e  Ismael  Sánchez, para resaltar con base en su dicho, que existían problemas  en  relación  con la aprobación de la licencia de construcción del edificio y  el  último  refiere  que  participó  de  la  venta  de  apartamentos  de dicho  proyecto,  obteniendo  honorarios  a  su  favor  que  le  fueron  cancelados por  Roberto   Murcia  Rondón, de lo cual el demandante  infiere que no existía ánimo de defraudar a sus acreedores.   

        Se  refiere,  además,  a  lo expresado por otros testigos, y entre  ellos  destaca  la  declaración  de  Mabel  Liliana Jaime, ingeniera experta en  estructuras,  quien indicó que Roberto Murcia Rondón  le  pago  sus  honorarios  por  la  asesoría  que le  prestó  en  el  área de su especialidad, y discurre ampliamente sobre el mismo  tema  con  el  fin  de concluir que el ánimo de defraudar que se le atribuye al  acusado en la sentencia no se demostró.   

        Se  detiene  luego  en  las reflexiones del Tribunal respecto de la  conciliación,  y  concluye  que de dicho documento no se infiere participación  alguna    de   la   señora   Rosario   Arteaga   de  Murcia  en  el  delito  endilgado.  De  este medio de  prueba  e  incluso de la carta que remitió el acusado en su momento, informando  acerca  del  incumplimiento  del supuesto acreedor, no se infiere participación  alguna  de  la  señora  Arteaga de Murcia,  y  mucho  menos  por  haber recibido de la supuesta víctima, en  cumplimiento    del    acuerdo,    las    cuotas    partes    en    la   empresa  Zarahemla.   

Tampoco,  dice, se ofrece admisible que de  la  venta de un local en el Edificio María del Carmen por 51 millones realizada  mediante   escritura  pública  del  6612  del  31  de  diciembre  de  2008  por  Roberto  Murcia,  y  de la  venta  del  lote  donde  se ubica la construcción del edificio por valor de 206  millones  de  pesos  realizada el 13 de enero de 2009, se infiera la complicidad  que    se    atribuye    a    Rosario   Arteaga   de  Murcia.   

A  renglón  seguido  sostiene  que de los  procesos   ejecutivos   propuestos   por   Solano   García   contra  Roberto  Murcia  Rondón, en los cuales  la  jurisdicción  civil  precisó  que  la  obligación consistía en pagar 100  millones  de  pesos  y  no  la  entrega de un vehículo, tampoco se demuestra el  alzamiento   de   bienes   o   la  participación  de  la  señora  Rosario   Arteaga  de  Murcia  en  dicho  ilícito,  como tampoco del hecho de haber hipotecado, el 19 de mayo de 2009, el  inmueble  en  que  se construía el edificio Zarahemla a Nimer Holguín Suárez.   

Concluye   indicando   cuáles  son  los  elementos  dogmáticos de la complicidad y admite que la colaboración puede ser  concomitante,  pero  censura  que aun cuando se diga que hubo ayuda, el Tribunal  no haya sustentado dicha afirmación.   

Pide,  con  base  en lo anterior, casar el  fallo   en   relación  con  la  complicidad  que  se  atribuye  a  Rosario Arteaga de Murcia.   

Cuarto  cargo.  Violación  indirecta  de  la  ley  por  error  de  hecho  por  falso  juicio de  existencia por suposición.   

El  error  que denuncia se configura, a su  juicio,  al  suponer la prueba del hecho indicador a partir del cual se pretende  configurar el indicio que acreditaría la complicidad.   

El    Tribunal    concluyó   que   el  señor  Murcia Rondón, con  la  colaboración de su cónyuge y cuñadas, se insolventó para perjudicar a su  acreedor,  traspasando  sus  bienes  después  de que el señor Solano Vargas le  entregó  a  Rosario  Arteaga  de Murcia las  acciones  que  poseía  en la sociedad Zarahemla, hecho que en  criterio   del   Tribunal  se  constituye  en  indicador  de  la  defraudación.   

Sostiene  que  el  error  se  configura al  suponer  que  el  precio pagado por Rosario Arteaga de  Murcia a su esposo por la compra del bien inmueble es  irrisorio,  juicio  que se hace con fundamento en la comparación entre el costo  sufragado     por    la    señora    Arteaga    de  Murcia, y el valor infinitamente superior por el cual  posteriormente  hipotecó  el inmueble, tema que debe estar debidamente probado,  sin  que  lo  esté,  pues  lo  que  se acreditó con las declaraciones de Diego  Andrés  Ortiz  y  Mabel  Liliana  Jaime,  es  que  el  edificio  presentaba una  situación  que  indicaba  que  su  precio  no  podía  ser  superior  al  de la  venta.   

Si  no  se  hubiese supuesto la prueba del  hecho  indicador,  no  habría  proferido  el Tribunal la sentencia de condena a  título  de  cómplice. Pide, por lo tanto, casar la sentencia y declarar que la  conducta es atípica.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

        Primero:  Antes  de resolver de fondo el  tema  acerca  de  la  admisibilidad  de  las  demandas, conviene precisar que de  acuerdo  con  el  artículo  253  del  Código Penal, el delito de alzamiento de  bienes  tiene asignada una pena máxima de 54 meses de prisión. Ello significa,  para  el  presente caso, que según los artículos 86, inciso 1º, de la Ley 599  de  2000,  modificado  por el 6º, de la Ley 890 de 2004, y 292 de la Ley 906 de  2004,  el término de prescripción, después de formulada la imputación, es de  tres  años,  significando  lo anterior que la sentencia de segunda instancia se  dictó  cuatro días antes de la fecha límite, suspendiéndose nuevamente dicho  lapso  por  cinco  años al haberse proferido la sentencia de segunda instancia,  de   acuerdo   con   lo  dispuesto  en  el  artículo  189  de  la  Ley  906  de  2004.   

Segundo.  Con la  sentencia  de segunda instancia culmina el juicio y la relativa libertad con que  cuentan  los  sujetos  procesales  para  formular solicitudes de la más diversa  índole,  solicitar  práctica  de  pruebas,  enseñar argumentos e impugnar las  decisiones judiciales.   

A partir de ese momento, el único medio de  impugnación  procedente es la casación, que  según  el  artículo 181 de la Ley 906 de 2004, es un recurso  extraordinario  que  procede  contra  sentencias proferidas en segunda instancia  por  delitos  cuando  se afectan derechos o garantías fundamentales por errores  de  hermenéutica,  desconocimiento  de  la  estructura  del  debido proceso por  afectación  sustancial de su estructura o de garantías debidas a cualquiera de  las  partes,  o por el manifiesto desconocimiento de las reglas de producción y  apreciación de la prueba sobre la cual se funda la sentencia.   

        De  ello  se  infiere que la casación es un recurso judicial   que  por su contenido y finalidad no fue diseñado para juzgar al procesado cuya  situación  jurídica  ya  fue  definida  por  los  jueces de instancia, sino la  legalidad  del  fallo,  de  allí  que su presentación no quede al arbitrio del  recurrente,  quien además de cumplir con los requisitos formales de la demanda,  está  en  el  deber,  como lo imponen los artículos 180 y 181 de la Ley 906 de  2004,  de  acreditar  la  finalidad  que  persigue  y  de acuerdo con ese perfil  seleccionar    la    causal    y   sustentar   clara,   precisa,   coherente   y  autosuficientemente los cargos.   

        En  ese  orden,  la  Sala  debe rechazar la demanda cuando  no  cumple  las  exigencias  formales  y  sustanciales que el recurso impone, ya sea  porque  el  actor  carece de interés para acceder al trámite, no selecciona la  causal  o no elabora el cargo conforme al principio de sustentación suficiente,  aspectos  que  la  Corte  puede  pasar  por alto cuando pese a sus deficiencias,  observa  la necesidad de ocuparse del recurso para cumplir una cualquiera de las  finalidades supremas del recurso.   

Tercero. Formal y  materialmente  las demandas carecen de la claridad, precisión y coherencia para  ser admitidas.   

Para  empezar, sin reparar en el principio  de  prioridad, los demandantes plantean reproches sin el necesario orden lógico  que  impone  su  cobertura  o  amplitud.  Al  menos,  han  debido  postular como  principales  los relacionados con la violación indirecta de la ley y luego como  subsidiarios   los   de   infracción   directa,   pues  aquellos  implican  una  controversia  de  mayor  amplitud  al  no  aceptar  los hechos, frente a los que  tratan  temas  de  mera  hermenéutica.  Con  todo, la Corte hará caso omiso de  dichas    imprecisiones,    y    señalará   por   qué   sustancialmente   son  contradictorios, incompletos e intrascendentes.   

        Respecto  del  primer cargo por  infracción  directa, la Corte tiene  establecido  que  cuando la demanda de casación se dirige a  denunciar que  el   Tribunal   incurrió   en   violación  directa  de   normas   de   derecho  sustancial  (en  este  caso por aplicación indebida de los artículos 30 y 253  del   Código  Penal),  el  censor  debe  acoger  los  supuestos  fácticos  y  las  pruebas,  tal  cual  fueron  declarados aquellos y  ponderadas  éstas  por  el  juzgador,  y presentar su disenso en el ámbito del  estricto  raciocinio  jurídico, pues si para discrepar se acude a la facticidad  y  los  medios  que  la  establecen, la ley tiene reservada la vía indirecta de  violación,  por  errores  de hecho o de derecho en la apreciación de la prueba  (CSJ   AP,   del   9   de  mayo  de  2007,  Radicado  27330).   

        En  ese  sentido, pese a que el demandante se refirió con amplitud  a   la   técnica   del  recurso,  incurre  precisamente  en  el  desacierto  de  controvertir  el supuesto fáctico y la apreciación de los medios de prueba que  hizo  el  Tribunal. Así, censura al juzgador por haber inferido de la escritura  pública     suscrita     por     Teresa    Yolanda  Arteaga  la  ayuda inherente a la complicidad, siendo  que,  a  su  juicio,  de  ese dato, y de la no intervención de la acusada en la  diligencia  de conciliación, impide que se hable de complicidad en el delito de  alzamiento de bienes.   

         Como  se  comprende, la propuesta, como  fue   diseñada,   no  refleja  un  problema  de  pura  hermenéutica,  pues  al  controvertir  la  apreciación  y  alcances de los medios de prueba en relación  con  la  aplicación  de  una norma de derecho sustancial, ingresa en temáticas  propias  de la infracción indirecta que requieren un discurso y fundamentación  diferente a la de la causal seleccionada.    

        Ahora  bien,  es  evidente  que  el  delito de alzamiento de bienes  surge  con posterioridad a la suscripción del acta de conciliación, tanto así  que  por  eso el acusado fue absuelto por el delito de estafa. Por tal razón el  Tribunal  diseñó  el  fallo de acuerdo con lo que sucedió con posterioridad a  ese  hecho,  señalando  lo  que  en  seguida se indicará, con el propósito de  diferenciar  al  autor  del partícipe, en aparte que desde luego no menciona el  recurrente:   

        “El  cómplice, en cambio, copera en la realización del hecho en  diversas  formas  y  en  diferentes  circunstancias  de  tiempo  y aun de lugar,  favoreciendo  con su conducta en diversos grados, un delito determinado, peor no  ejecuta  el  ilícito  por  sí  mismo.  El  cómplice  simplemente  ayuda  a la  ejecución  del  hecho  punible,  sin realizarlo por sí o por medio de otro, ni  siendo   el  causante  –  doloso  y  eficaz – que el  autor material se determine a obrar.”   

        De  dicha premisa ha debido partir el demandante para sustentar por  qué,  en  esas  condiciones,  el  Tribunal aplicó indebidamente las normas que  definen  la  complicidad, al considerar, de una parte, que la ayuda posterior en  la  ejecución  de  la  conducta delictual es esencial a la participación en el  hecho  de  otro,  y  que,  la  alusión  al  acuerdo previo se emplea  para  descartar la autoría y no la complicidad.   

        Al  referirse a la situación de Ruth del  Carmen  Arteaga  las  imprecisiones  se  tornan  más  agudas,   pues   respecto  de  ella  cuestiona  la  relación  causal  entre  su  comportamiento  y el resultado, con lo cual definitivamente irrumpe en temas que  no  guardan  coherencia con la causal seleccionada, y por lo tanto, el tema deja  de  presentarse  como  un  asunto  de interpretación normativa para mudar a una  discusión  probatoria,  lo  cual  da  al  traste  con  la  sustentación que el  extraordinario recurso exige.   

        En  cuanto  al  segundo cargo   por   infracción  indirecta  por  error  de  raciocinio  en  la  apreciación  del  indicio,  como  bien  se  dice  en la demanda, el yerro puede  recaer en la prueba del hecho indicador o en la inferencia.   

        En  este  caso,  debe  advertirse  que  al  contrario  del anterior  sistema  procesal,  en  el Código de Procedimiento Penal actual no se define el  indicio  como  medio  de  prueba,  lo cual no significa que el juzgador no pueda  inferir  de  un  hecho  probado  el  que se busca establecer. En ese juicio, por  supuesto,  puede  infringir  la  sana  crítica,  sea por apreciar erróneamente  medios  de  prueba  tendientes  a  probar el hecho indicador, o porque sintetiza  inferencias  con  desconocimiento de los postulados de la lógica, las reglas de  la  experiencia o las leyes de la ciencia. (C.S.J. A.P  del  26  de  noviembre  de  2014,  radicado  44.807).   

Pues bien:  

Tratándose  de  un cargo con el cual se  pretende   atacar  la  sentencia  por  el  manifiesto  desconocimiento  de  las reglas de apreciación de la  prueba  sobre la cual se funda la decisión, el discurso no puede convertirse en  una  exhibición  de  buenas  o  mejores  razones  a  las  del juzgador, pues la  alusión  al  manifiesto desconocimiento de las reglas de apreciación coloca la  discusión  en  un  plano  de  mayor  nivel de argumentación al empleado en las  instancias.   En   ese  sentido,  es  claro  que  los  razonamientos  en los cuales  se  soporta  la  decisión  condenatoria   no   pueden   controvertirse   negando   su   validez      con     base     en     simples  enunciados,  sin  proponer  axiomas    que    correspondan    a   la   regla   o  principio    que    se  dice  vulnerados  y  omitiendo  confrontar  adecuadamente  los  hechos demostrados  para   explicar   cómo  operan   en   el   caso  planteado.   

        En  la  sustentación  del  cargo  no  se ofrece ninguna razón que  corresponda  a  ese  tipo  de argumentación y el discurso que se exhibe refleja  simplemente   una   visión   muy   particular  acerca  del  tema  juzgado  para  contraponerlo  al del juzgador. En ese sentido, no se menciona cuál regla de la  sana   crítica   infringió   el   Tribunal   al  considerar  que  Ruth  y Teresa  Arteaga  Pabón actuaron como cómplices, confundiendo  los  términos  de  la  sentencia  y  los  supuestos  fácticos, toda vez que el  demandante  no  logra  diferenciar entre los actos que el Tribunal analizó para  descartar  la  estafa  y  la  secuencia  de hechos posteriores a la audiencia de  conciliación,  que  es  en  donde  se  materializa  la  defraudación contra el  acreedor  y  se  presta  el  auxilio  o  la  ayuda  tendiente  a lograr ese fin.   

        Cuarto.  La  demanda presentada a nombre  de  Roberto Murcia Rondón y  Rosario    Arteaga    de    Murcia    es    similar    en    deficiencias    de   argumentación   a   la  anterior.   

        En    el    primer   cargo  por  infracción  directa  de la ley, el demandante incurre en el  error  de  controvertir  los  supuestos  de  hecho,  pues  discute  la relación  jurídica    existente    entre    Roberto   Murcia  Rondón  y  Víctor Solano, bajo la consideración de  que  éste  último  no  cumplió la conciliación y por lo tanto la obligación  era  inexigible.  Esta  exposición  pone en tela de juicio la coherencia que se  exige  en esta materia, debido a que pese a que la infracción directa supone la  aceptación  de  los hechos y el beneplácito a la apreciación de los medios de  prueba,  el  demandante  los controvierte tajantemente al incorporar una visión  diferente  del supuesto fáctico, de tal modo que el cargo no puede ser admitido  a trámite.   

        En  todo  ello,  y  para que no quede duda del desacierto, conviene  señalar  que  el  Tribunal,  con  apoyo  en  las decisiones de la jurisdicción  civil,    declaró    que    las    obligaciones   a   cargo   de   Roberto   Murcia   eran   absolutamente  exigibles,  de  manera  que  los actos de enajenación de todos sus bienes a sus  cuñadas  y  esposa,  inmediatamente después de que Víctor Solano cumplió con  sus compromisos, reflejan la voluntad de defraudar a su ex socio.   

        Cambiar  estas reflexiones para introducir unos supuestos fácticos  diferentes  no  corresponde a la lógica de la causal y por lo mismo el cargo no  puede ser admitido en esta sede para su estudio.   

        El    segundo    cargo    por  infracción  directa  es  un apéndice del primero, y presenta  iguales   o   mayores   deficiencias   que  el  anterior  en  su  sustentación.   

        En  efecto,  luego  de  transcribir la totalidad de las pruebas que  obran  en  el expediente, el  demandante   insiste  en  discutir  el  fundamento  fáctico,  pero  esta vez alegando que no se probó el  supuesto  de hecho de las normas que describen el delito de alzamiento de bienes  y la complicidad.   

        En  ese  propósito es reiterativo en sostener que no se probó que  existiera  una  obligación  clara, expresa y exigible a cargo del acusado, tema  ya  referido  y  que  el  Tribunal  declaró  probado con base en las sentencias  proferidas  por  el  Juzgado  Tercero Civil del Circuito de Bucaramanga el 31 de  mayo  de  2011  y  por  la  Sala Civil Familia del Tribunal Superior de la misma  sede,  el 20 de octubre del mismo año. En ese orden, el demandante estaba en el  deber  de  ser fiel a las premisas del Tribunal, acatar el supuesto fáctico que  declaró   probado   y   la   apreciación   de   las   pruebas   que   hizo  el  fallador       (principio       de      crítica  vinculante), con el fin de mostrar que la aplicación  de la ley para ese supuesto no fue la correcta.   

        Sin   embargo,   como  se  ha  indicado,  el  demandante  prefirió  controvertir  el  supuesto  fáctico,  irrumpiendo  en  temas ajenos a la causal  seleccionada   con   argumentos  incompatibles  con  el  método  que  se  exige  tratándose   de   infracciones   directas  de  la  ley.  En  consecuencia,  las  deficiencias  formales  y  materiales  señaladas, conducen a la inadmisión del  cargo.   

        El  tercer  y  cuarto cargos  por  infracción  indirecta de la ley tampoco se pueden admitir a  trámite.   

La  dogmática del recurso por infracción  indirecta  de  la  ley  por  haber incurrido el juzgador en errores de hecho por  falso  juicio  de  existencia (numeral 3 del artículo  181  de  la  Ley  906  de  2004), refiere en términos  generales  que  cuando  se  trata  de  esta  clase  de  yerros, al demandante le  corresponde  acreditar  que  el juez supuso una prueba que no obra en el proceso  (falso      juicio      de     existencia     por  suposición),   o   no  apreció  otra  que  si  fue  incorporada  válidamente  al expediente (falso juicio  de  existencia  por  omisión), señalando, según sea  el  caso,  su  contenido y lo que el medio expresa, o cuál supuso y que dijo el  juzgador  de  él,  y en ambos casos, realizar un nuevo análisis de las pruebas  que  obran  en el proceso, con el fin de acreditar la trascendencia e incidencia  del  yerro denunciado en el sentido de acreditar que ese error condujo a aplicar  una  norma  extraña al debate o a excluir otra que resultaba pertinente con los  hechos objeto de controversia.   

Al  sustentar  el error de hecho por falso  juicio   de   existencia   por   omisión   que   corresponde   al  tercer  cargo, transcribe los testimonios  que  en  su  opinión no apreció el Tribunal, con el propósito de acreditar la  incidencia  que  dichas  declaraciones  tendrían  en decisión que se sustentó  básicamente en medios de prueba documentales.   

La  deficiencia  en  la  sustentación del  cargo  es  ostensible.  En  efecto,  después de transcribir los testimonios que  echa  de  menos,  con  cierta  dosis  de  autarquía aísla cada medio de lo que  expresan  los demás, y no los coteja con la prueba documental que constituye la  base  del  fallo  impugnado,  estando  en  el  deber  de  indicar  mediante  una  apreciación  contextualizada  de la prueba, incluida la que se dice omitida por  el  fallador,  por  qué  de  haber  sido  valorada  y no excluida, la decisión  habría sido distinta.   

Insiste  en  que  con las declaraciones de  Amparo  Rodríguez  y  Armando Rojas se acredita que la camioneta que el acusado  debía  entregar  a  Víctor  Solano  Vargas,  tal cual se plasmó en el acta de  conciliación  celebrada el 14 de noviembre de 2008, no la recibió y que por lo  tanto  no  podía  cumplir  con  los  términos  pactados.  Pero no demuestra su  trascendencia,  sobre todo por no analizarlas en conjunto con lo decidido por la  Sala   Civil  Familia  del  Tribunal  Superior  de  Bucaramanga,  autoridad  que  consideró  que  si  la  obligación  de dar no se puede satisfacer, el acreedor  puede     demandar    su    cumplimiento    por    compensación    (artículo       495       del      Código      Civil).   

        En  ese  ámbito,  tampoco  logra  acreditar la trascendencia de la  declaración  del  abogado  Carlos  Jiménez,  quien  asesoró  al acusado en la  diligencia  de  conciliación,  o  las  de  Ismael Sánchez y Rubén Fernández,  quienes  mencionaron  las  dificultades  en  el  trámite  de aprobación de los  planos  de  construcción  del  edificio  Zarahemla e incluso el de la ingeniera  Mabel  Liliana  Jiménez,  experta  en  estructuras,  y  como  esos  testimonios  indicarían  que  las  normas que tipifican el delito de alzamiento de bienes no  fueron  acertadamente  adjudicadas,  siendo  que no se refieren al núcleo de la  conducta,  sino  a  temas  que no tienen que ver con el eje temático del delito  que se imputa.   

Es evidente que el desacierto al sustentar  el  cargo  es  de una magnitud inocultable, debido a que no logra identificar el  supuesto  fáctico  y  la imputación jurídica, y la relación de pertinencia y  conducencia  de  las  pruebas  con esos temas, razón por la cual deambula en el  examen  de  medios  de  prueba  que  no  guardan  relación  con lo esencial: la  ejecución  de  maniobras  fraudulentas  realizadas  para  insolventarse  con el  propósito de perjudicar a Víctor Solano.   

Lo  mismo  ocurre  con  el  cuarto  cargo. En efecto, sugiere que el  Tribunal  supuso que el precio pagado por la señora Rosario Arteaga de Muria es  irrisorio  y  que  infirió  de ese hecho que la enajenación era indicativa del  fraude realizado contra el acreedor.   

El  cargo,  tal como fue expuesto confunde  los  términos.  En efecto, al catalogar de irrisorio el precio y deducir de ese  supuesto  que  la  adquisición en esas condiciones era indicativa de la ayuda o  la  colaboración  para  consumar  el  fraude,  el  Tribunal lo hizo después de  comparar  el  precio  pagado  por la venta del inmueble entre esposos y el valor  que  recibió  luego la acusada por la hipoteca del mismo bien. En consecuencia,  lo  que ha debido atacar el demandante es la inferencia por la vía del error de  raciocinio,  sin  caer  en  el equívoco de considerar que el juez presumió una  inferencia  y  que  ello  constituye  un  inaceptable  error por falso juicio de  existencia  al  suponer  la prueba del hecho indicador, aspecto que por supuesto  tampoco demuestra.   

Dicho en otras palabras: en la formulación  del  cargo  no  distingue  entre  los supuestos, fundamentos y consecuencias del  error  de  hecho por falso juicio de existencia y el alcance que el Tribunal les  confirió  a los medios de prueba que apreció en la decisión, pues frente a lo  primero  su  constatación  es  por  esencia objetiva, y en cuanto a lo segundo,  subjetivo  y  de  raciocinio  si  se  trata  de  un problema de argumentación o  incluso  objetivo,  pero  no  por  omisión o suposición de la prueba, sino por  vía  del falso juicio de identidad, toda vez que el demandante se refiere a una  conclusión   que   se   deriva   de   pruebas   que  fueron  valoradas  por  el  juzgador.    

Quinto.   Lo  expresado  permite  indicar  la  contradicción, falta de claridad, coherencia y  precisión  en  la  formulación  de  los  cargos;  por  lo tanto, las falencias  anotadas  indican  que  la demandas deben inadmitirse, más aun si no se observa  que se conculcaron garantías que debe preservar oficiosamente.   

Finalmente,   contra   la  decisión  de  inadmitir  la  demanda  de  casación  presentada  por  la  defensa  procede  el  mecanismo  de  insistencia previsto en el inciso segundo del artículo 184 de la  Ley  906  de  2004,  para  lo cual se deben seguir los parámetros fijados en el  Auto del 12 de diciembre de 2005, radicado 24.322.   

DECISION  

En mérito de lo expuesto, la Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de Casación Penal,   

RESUELVE:  

Inadmitir  la  demandas   de   casación   presentadas   en   representación  de  Teresa  y Ruth  Arteaga   Pabón,  Roberto  Murcia  Rondón y Rosario Arteaga de Murcia, contra el  fallo de segunda instancia indicado en esta decisión.   

De  conformidad  con  lo  dispuesto  en el  artículo  184  de  la  Ley  906  de  2004,  es  facultad  del demandante elevar  petición de insistencia.   

Comuníquese y Cúmplase  

JOSE LUIS BARCELO CAMACHO  

JOSE LEONIDAS BUSTOS MARTINEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ  CARLIER   

MARÍA DEL ROSARIO  GONZÁLEZ               MUÑOZ   

GUSTAVO  ENRIQUE  MALO FERNÁNDEZ   

EYDER  PATIÑO  CABRERA   

PATRICIA    SALAZAR    CUÉLLAR   

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia   Yolanda  Nova  García   

Secretaria  

    

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