AP1208-2015(41034)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

EYDER PATIÑO CABRERA  

Magistrado ponente  

AP1208-2015  

Radicación N° 41034  

(Aprobado  Acta No.  63)   

Bogotá D.C., dieciocho (18) de febrero de dos  mil quince (2015).   

VISTOS  

Se pronuncia la Corte frente a los recursos de  apelación   presentados   por  el  fiscal,  la  procuradora  y  la  defensa  de  Juan  de  Dios Solano Solano,  contra  la  sentencia proferida por el Tribunal Superior de Bucaramanga el 18 de  septiembre  2012,  mediante  la  cual condenó a este último, a las penas de 48  meses  de prisión, 66,66 salarios mínimos legales mensuales de multa, pérdida  del  cargo  como  Juez  Segundo  de  Menores de la citada capital y, 80 meses de  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones públicas. Le negó,  el  subrogado  de  la condena de ejecución condicional pero al mismo tiempo, le  otorgó  la prisión domiciliaria. Todo lo anterior, al hallarlo responsable del  delito de prevaricato por acción agravado.   

CUESTIÓN FÁCTICA  

Del escrito de acusación se infiere que el 20  de  abril  de  2011,  José Jeans Marbel Zamora Insignares presentó1  hábeas  corpus en favor de su padre José  Marbel  Zamora Pérez, quien se encontraba privado de la libertad desde el 29 de  octubre  de 2008, fecha en la que fue capturado para que cumpliera la pena de 19  años  de  prisión  por los delitos agravados de terrorismo y hurto calificado,  que  le  impuso  la  Sala  Penal del Tribunal Superior de Cundinamarca, mediante  sentencia  condenatoria  de  segunda  instancia emitida el 4 de octubre de 2001.  Que  dejó  intacta esta Sala el 18 de noviembre de 2004, al conocer del recurso  de casación.   

El   trámite  de  la  mencionada  acción  constitucional  correspondió  al  Juzgado  Segundo  de Menores de Bucaramanga a  cargo    del    doctor    Juan    de   Dios   Solano  Solano,  funcionario que el 21 de abril del mismo año  avocó   conocimiento   y   dispuso   como   única   prueba,   entrevistar   al  preso.   

El referido juez concedió el amparo el 22 de  abril  de 2011, por lo que ordenó la libertad de José Marbel Zamora Pérez, al  considerar  que  se  encontraba  privado  de  la  libertad con violación de las  garantías  constitucionales o legales, ya que no se le comunicó oportunamente,  acerca  de  las  autoridades que emitieron la sentencia y la orden de captura en  su contra.   

ACTUACION PROCESAL RELEVANTE  

         El   16  de  junio    de    2011,  la     Fiscalía  52  Delegada  ante el Tribunal  Superior    de   Bogotá  concurrió   al  Juzgado  Primero  Penal Municipal de Bucaramanga con Funciones  de  Control  de  Garantías  Ambulante,  en  donde  le  formuló  imputación  al  doctor  Juan de Dios Solano  Solano,  por  el delito de  prevaricato  por  acción  agravado, no prosperando su  solicitud de medida de aseguramiento.   

         El   13  de  julio    siguiente       se      presentó  el escrito de acusación y,  el     25  de  agosto de  la    misma    anualidad,   tuvo   lugar  el  respectivo acto oral en el Tribunal  Superior  de Bucaramanga, en  donde  el  ente de persecución penal acusó  a  Solano  Solano,     por    el  reato    anteriormente  mencionado.   

         El   27  de  septiembre  de   2011,  se  realizó    la    vista    preparatoria;  la  instalación  del  juicio  tuvo  lugar  el  15 de febrero de  2012    y,     su     culminación,  el  14  de  agosto  siguiente,  cuando se anunció el sentido del  fallo condenatorio.   

DECISIÓN APELADA  

         

          En   sentir  del  Tribunal,  las  exigencias  para  la  emisión  de  sentencia  condenatoria,  fueron satisfechas en el sub  lite.   

          Con  el fin de hacer ver que no fue obstáculo infranqueable para el  acusado  percatarse  del  cabal cumplimiento de las normas en lo relacionado con  la   privación   de  la  libertad  de  José  Marbel  Zamora  Pérez,  se  vale  primeramente,  de  la  declaración  rendida por la Juez Cuarta de Ejecución de  Penas  y  Medidas  de  Seguridad de Bucaramanga, Nelly Ortiz Monroy a cuyo cargo  estaba dicho recluso.   

          Apegado  a  ese testimonio asume que en el Centro de  Servicios  Judiciales,  reposaban  los  datos  para  localizar  a  los jueces y bien podía  exigirlos  a esa sede y comunicarse con la testigo, quien correría a atender su  llamado  tal  y como ella misma lo sostuvo, pero no quiso requerirla a sabiendas  de  que ese despacho judicial vigilaba la condena del reo, aserción que hace la  primera  instancia  con  fundamento en la entrevista que el acusado le practicó  al  recluso,  donde  aparece  que  le  preguntó,  si  de ese juzgado le habían  entregado datos acerca de su condición de condenado.   

          Para   el   órgano   colegiado,   Andrés  Luna  Osorio  colega  de  Solano  Solano,  denotó  la  misma  actitud  solidaria  al argüir en el juicio que si a él lo llamaran para  auxiliar  a  un  par  suyo  que estaba resolviendo una situación como la que le  correspondió al implicado,  respondería a ese llamado.   

          Así  que,  si  el  enjuiciado  no  se  dirigió  al  lugar en donde  reposaba  el  expediente  a  efectos  de  inspeccionarlo,  como  lo  señala  el  artículo  5  de  la  Ley  1095  de  2006,  es  porque deliberadamente tomó esa  decisión  con  la  cual, además, quebrantó el debido proceso de la mencionada  funcionaria,  en  tanto que abandonó su deber de integrar el contradictorio con  ella  al  ser  la  titular  de  la  oficina  judicial responsable de ejecutar la  sanción del recluso en mención.   

          La  primera  instancia  advierte,  de  otro  lado,  que Solano  Solano  renuncio  a  la opción de  ilustrarse  por  medio  de  la  página web acerca de la situación jurídica de  Zamora Pérez.   

          Explora  el  sentenciador  de primer nivel, si en la cárcel pudo el  procesado  llenarse  de  motivos  para  negar  la  libertad  de  Zamora Pérez y  concluye  que  sí,  porque  si  acaso las aseveraciones de los dragoneantes del  Inpec  que  lo  atendieron,  señores              Diego  Gaviria  y  Uriel  Rojas  fueron  demeritadas  en el juicio oral por observase contradictorias con las obrantes en  el  proceso  en  donde  se disciplinó por los mismos hechos al justiciable, fue  él  mismo  quien, tanto en la entrevista como en el proveído prevaricador hizo  constar  que  se  le puso en posesión de los dos tomos o carpetas que conforman  la  cartilla  biográfica  del  encarcelado y no de uno, como luego lo sostiene.   

          Siendo  por  tanto,  indudable  que  se  percató  de  la  verdadera  condición  del  condenado  y,  entonces, emerge especulativa la afirmación que  hizo  en  el  interlocutorio objeto de reproche, en el sentido de que nadie puso  en  conocimiento  del  interno  qué autoridad falló en su contra ni qué otra,  vigilaba su pena.   

          Así,  hace  énfasis el a quo  en  que  la decisión que emitió Juan de  Dios  Solano  Solano,  contraría  la  ley  de  manera  protuberante.  También, en que la adoptó deliberadamente, al punto que aplicó  una  causal de libertad a las claras improcedente, todo lo cual estuvo precedido  de  su negativa a acopiar otras pruebas e integrar el contradictorio, acciones y  omisiones  demostrativas  del  dolo  pues  como  antiguo funcionario judicial de  carrera    y    con    experiencia    en    la   resolución   de   hábeas   corpus,  sabía  acerca  de  la  inviabilidad  de  liberar  al recluso Zamora Pérez y, sin embargo, le concedió  la libertad.   

          Para  fijar  la  pena,  tomó  los  extremos  del  tipo  básico  de  prevaricato  activo  y  le  hizo  el incremento por el agravante que describe el  artículo  415  del  Código  Penal,  por lo que convirtió aquellos en 48 y 192  meses.  Acto  seguido,  construyó  el  primer cuarto de movilidad entre 48 y 84  meses  de  aflicción  y ante la ausencia de causales de mayor punibilidad, pero  reparando  en la concurrencia de la de menor, dada a la carencia de antecedentes  del   incriminado   y   considerando  que  éste  había  tenido  un  desempeño  intachable,  lo  cual  lleva  a  restarle  intensidad  al  dolo y a morigerar la  gravedad  de  la  conducta, irroga, en cuanto a la prisión, el mínimo ya visto  y,  a  ello,  apareja  multa  equivalente  a  66,66  salarios  mínimos  legales  mensuales  e inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas  durante  80  meses,  lo  mismo  que  la  pérdida del cargo como Juez Segundo de  Menores de Bucaramanga.   

          Frente  a  los  subrogados  penales,  negó  el  concerniente  a  la  suspensión  condicional  de  la  condena  ante  la  insatisfacción  del factor  objetivo.  Le  concedió  al procesado la prisión domiciliaria, toda vez que el  mínimo  de  la sanción privativa de la libertad es menor a cinco años, aparte  de  que  siempre  ejerció recta y probamente su función judicial y se destacó  por  ser  cumplidor  de sus deberes laborales sobresaliendo como defensor de los  derechos  de  la  comunidad  al  servicio  de  la  justicia. Por eso, señala el  Tribunal,  no  se debe inferir que constituye un riesgo para la comunidad ni que  incumplirá  las  obligaciones  consustanciales  al  otorgamiento del sustituto,  para  cuyo  disfrute  así  mismo,  le  impuso  un  salario mínimo de caución.   

         

LOS RECURSOS  

Fueron  presentados  por  la  Fiscalía,  la  Procuraduría  y la defensa técnica del doctor Juan de  Dios Solano Solano.   

1.-  Apelación a cargo del ente acusador.   

Los  aspectos  que  cuestiona  del  fallo de  primera  instancia,  se  contraen  a  i)  la  dosificación punitiva y, ii) a la  prisión domiciliaria concedida al acriminado.   

     

i. Respecto de la dosimetría penal.     

          Entiende  que  se  trata  de  un  delito  grave,  el prevaricato por  acción;  por  tanto,  el  tratamiento que merece debe ser severo, el cual no se  vio  reflejado  en  el  monto del castigo que fijó el juez plural, toda vez que  ese  fue  el  resultado de entremezclar dicho criterio dosificador con el de los  antecedentes  penales,  cuya  carencia,  en  el  caso del acusado, determinó la  imposición  del  mínimo  y,  ello,  se  torna  incoherente con la decisión de  éste,    porque    por    su    medio    favoreció    a   un   “terrorista  miembro del sanguinario grupo insurgente autodenominado  FARC”  sin  que  pueda  decirse  que  su  recaptura  impidió   la   afrenta   al   bien   jurídico   o   la  causación  del  daño  real.   

          En  su sentir, la intensidad del dolo con el que actúo Juan  De  Dios Solano Solano, se deriva del  manejo    dado    al    habeas   corpus,  puesto  que  dejó de valorar debidamente las pruebas indicativas  de  la  legal  privación  de la libertad de José Marbel Zamora Pérez, actitud  reveladora  de  su  voluntad  encaminada  a  violar  la  Constitución y la ley.   

          Suplica  así,  revocar el numeral segundo de la parte decisoria del  fallo   impugnado,  para  incrementar  las  penas  con  las  que  se  gravó  al  imputable.   

          ii). En cuanto al sustituto otorgado.   

          Considera     suficiente    reproducir    jurisprudencia2  acerca de la  materia  y  reiterar  la  gravedad  del  reato  en  que  incurrió  Solano   Solano  sumando,  igualmente,  el  proceder  suyo  centrado  en  dilatar  el  juicio mediante el repetido cambio de  defensor,  brindando  en  una  de cuyas ocasiones un espectáculo bochornoso, ya  que  interrumpió la audiencia manifestando que su abogado renunciaba, en razón  de  lo  cual,  la  diligencia  debía suspenderse. Sin que todo ello bastase, al  darse  la  lectura del fallo impetró nulidad y condicionó la interposición de  la    apelación    a    que   el   Tribunal,   primero   le   decidiera   dicha  inquietud.   

          Asegura  que  el comportamiento evocado, es posterior al delito pero  aun  así,  debe  tenerse  en  cuenta  y  preverse el cumplimiento por parte del  sentenciado  de  las obligaciones que demanda la gracia concedida por la primera  instancia.   

          Pide  a  la  Corte,  tomar  en  cuenta  las  dificultades  en que el  procesado  sumió  al  Tribunal  cuando  leyó  el  fallo y a partir de ahí, en  cumplimiento  de  su labor pedagógica, ilustre a magistrados y jueces a efectos  de que sepan actuar ante dichas circunstancias.   

          Añade   a  la  anterior  solicitud,  revocar  el  fallo  en  cuanto  concierne  a  las  penas impuestas y a la concesión de la prisión domiciliaria  y, en su lugar, elevar las primeras y negar ésta.   

2.-  Apelación a cargo del Ministerio Público.   

          La  procuradora  se  concentra en las circunstancias que rodearon la  toma  de  la  decisión  que  se  cuestiona,  pues la jurisprudencia3  sugiere  que  ese  ámbito  sea  abordado. Por eso, antes que nada, recuerda que todo sucedió  en  medio  de  la  vacancia  judicial  de  semana  santa,  época en que ningún  conocimiento  se  tenía acerca del juzgado que vigilaba la pena de José Marbel  Zamora  Pérez,  persona  que  resultó  beneficiada  con  el  proferimiento  de  Solano Solano.   

          Repara  en  que Nelly Villamizar Uribe, Andrés Luna Osorio e Isidro  Caballero  Gómez,  manifestaron  que  durante  ese  receso  solo  permanece  en  disponibilidad    para   habeas   corpus  y  tutelas  el  juzgado  que  haya  sido  seleccionado  del  grupo  conformado  por  los  de  ejecución de penas y de menores; los demás, no abren  sus  puertas  y  sus  titulares  lo  mismo  que los empleados simplemente quedan  liberados   de  estar  atentos  a  cualquier  eventualidad.  Adicionalmente,  se  ignoraba  si en el Centro de Servicios Administrativos se llevaba un listado con  los  números  telefónicos  de  quienes laboraban en los despachos primeramente  mencionados.   

          Esas  aseveraciones,  la  llevan a tener por cierto que el procesado  enfrentaba                dificultades4,  como  la  del  cierre de los  juzgados  de  penas,  situación  que  le  obstaculizó  el  conocimiento  de la  actuación  judicial  contra Zamora Pérez. Ante ese percance, no le quedó más  alternativa  que  decidir  con  base  en los documentos que tuvo a su alcance ya  que    se  los  proporcionó  la  cárcel,  a  donde  arribó,  además,  a  entrevistarse  con  el  preso; siendo así, mal puede decirse que su providencia  fue caprichosa o apoyada en apreciaciones probatorias sesgadas.   

          Refiere  que,  en  lo  relacionado con el aspecto subjetivo del tipo  nada  se  probó,  dado  que  Fiscalía  y  Tribunal,  examinaron  la  decisión  cuestionada  sobre la base de ser contraria la ley, sin ubicarse, como debe ser,  en  el  momento  en  que  se  emitió  la  misma  y  analizar las circunstancias  presentes   ahí.   Acometiendo   a   la   inversa   esa   labor,   el  Tribunal  inaceptablemente  ponderó  nuevos  elementos;  entre  ellos,  el  relativo a la  reactivación  de  los  quehaceres  del  despacho que vigilaba la pena de Zamora  Pérez,    lo    que   aprovechó   para   acceder   al   conocimiento   de   la  situación.   

          Recuerda  que ningún elemento probatorio introducido al juicio oral  permitió  establecer  que  Solano  Solano,  conocía la real situación jurídica de Zamora Pérez, como para  decir  que  decidió el asunto puesto a su consideración de manera caprichosa o  conforme a su interés personal, es decir, que actuó de mala fe.   

          De  otra  parte,  manifiesta  su discrepancia con la aplicación del  agravante  contenido  en el artículo 415 del Código Penal a las actuaciones de  habeas  corpus,  ya  que la  normativa  omitió  enumerarlas. Igualmente, en razón a que su acreditación en  el caso concreto, se echa de menos.   

          Expresamente,   la   procuradora   solicita  la  revocatoria  de  la  sentencia  de  primer  grado  para  que,  en  su  lugar,  se  absuelva al doctor  Juan  de  Dios Solano Solano;  de  no  ser  así,  que  la  misma  se  ajuste  al  orden jurídico en cuanto al  agravante reseñado.   

          3.- Disenso de la  defensa técnica.   

          La  representante  del  acusado  censura  el  fallo del a  quo, porque éste, sin que concurriese,  vislumbró  acreditada  la  tipicidad  subjetiva,  advirtiendo  además, que ese  elemento   típico   es   imposible  extraerlo  de  la  decisión  que  se  dice  prevaricadora.   

          Asevera,  que  en  el  fallo  ninguna  afirmación  concerniente  al  conocimiento   previo   -por   tanto,   fundante   del  dolo-,  de  Solano  Solano  acerca  de  la  situación  jurídica  de  José Marbel Zamora Pérez se hizo, pues cimienta el reproche que  le  dirige  a aquel en las omisiones en que incurrió en aras de saber que dicho  recluso  se  encontraba  privado de la libertad en cumplimiento de una sentencia  que  lo  condenó  a 19 años de prisión, siendo aquellas: i) pasar por alto la  inspección  a  la  actuación  mediante la cual se vigilaba la ejecución de la  pena  y,  ii) omitir la integración del contradictorio con el juez que cumplía  ese  cometido,  reflexión  que,  en  todo  caso, cuanto da a entender, no es la  concurrencia  de  la  dualidad  integradora  del  tipo  subjetivo,  sino  que su  defendido    actuó    bajo    el    influjo   de   la   culpa   leve.   Explica  también:   

i) Ninguna norma y, menos, el artículo 5 de  la  Ley  1095 de 2006, torna imperiosa la inspección a las diligencias en donde  se   originaron   los   hechos   alegados   en   la   acción   de  hábeas   corpus,  mal  podía  así,  la  instancia,  cuestionar  el  hecho  de  que  su  defendido  no hubiese llevado a cabo esa labor en el Juzgado  Cuarto de Ejecución de Penas de Bucaramanga.   

ii) Aparte de la carencia de norma imperativa  al  respecto,  las  circunstancias le obstaculizaron al implicado realizar dicha  diligencia  judicial,  habida  cuenta de que el asunto se generó en medio de la  semana  mayor  –el jueves  santo  lo  recibió,  fallándolo  al día siguiente, viernes santo-, cuando los  funcionarios  disfrutaban  de  vacaciones  y, por lo tanto, los juzgados estaban  clausurados   durante   ese   tiempo,   sin  la  alternativa  para  Solano  Solano  de comunicarse con el juez  vigilante  de la pena de Zamora Pérez, pues no tenía su teléfono y tampoco la  facultad  de  imponerles  que  regresara  a abrir su despacho y le facilitara el  diligenciamiento,  razón de más para entender lo inocuo que resultaba vincular  al juez ejecutor de la pena.   

iii)  Fue  así  como  el fallador de primer  grado  dedujo  el  elemento  objetivo de la ilicitud, sin tener en cuenta que el  juez  Andrés  Luna  Osorio  y  el  secretario  del  acusado,  Isidro Caballero,  adujeron  que  en  un  caso  de  esos  es  improbable  que se pueda consultar el  expediente  y,  que,  definitivamente, no hubo forma de acceder al mismo, aparte  de  que  los  jueces  de ejecución estuvieron ausentes durante la semana santa,  especialmente  jueves  y  viernes, aseveraciones que compartió Nelly Villamizar  Uribe, juez primera de ese ramo.   

iv)  Es  falso  que  el  procesado accediese  totalmente  a  la  información  de  Zamora Pérez que reposaba en la Cárcel de  Palogordo  y,  por  lo tanto, al documento contentivo de la notificación acerca  de  la  autoridad  que  ordenó  su  captura, pues Diego Gaviria fue claro en su  relato  dentro  del  proceso disciplinario, el mismo que se allegó al presente,  de  que  se  puso a disposición del juez el cuaderno de 377 folios, nunca el de  297  y  éste  por  su  parte,  en el acta de la declaración que le tomó en el  reclusorio  al  beneficiario  de  la acción constitucional, nunca consignó que  tuvo  en  su  poder  dos tomos de dicho asunto, como lo consigno el Tribunal; lo  que  escribió,  se  contrae  a  que le permitieron la carpeta identificada como  Tomo I, 3024 y Tomo II, 3024.   

v)    El   a  quo,  al  indicar  que  voluntariamente  Juan  de  Dios Solano Solano se resistió a  vincular  a  las  diligencias  al  Juzgado  Cuarto  de  Penas,  ya  que  era  su  obligación  garantizarle  el  derecho  al contradictorio por su supuesto rol de  violador  de  la  garantía  referida  a la libertad, incurrió en la falacia de  apelación  a  la ignorancia, observando que esa actuación que echa de menos no  cuenta   con   más  soporte  que  el  referido  a  la  práctica  judicial;  la  legislación    reglamentaria    de    la    acción   constitucional,   no   la  exige.   

vi) En la sentencia se consigna, al amparo de  la  testificación  de  la  Juez  Cuarta de Penas, que en el Centro de Servicios  Judiciales,  se  cuenta  con  los  teléfonos  de  los  funcionarios, lo cual es  ampliamente  conocido; sin embargo, ello ninguna regla de experiencia constituye  como  tampoco  argumento  sólido,  en  tanto  que  allí  no  tienen cabida los  servidores  extraños  a la rama penal, como lo es el caso del justiciable, pues  obedece  a  un  juez de menores, quien dicho sea de paso, nunca se había valido  de    esa    dependencia    en    procura   de   resolver   otros   hábeas  corpus. Así que, el hecho de que  tampoco  lo  hiciera  ahora,  en manera alguna sirve para involucrar la mala fe.  Que  mal  puede  perderse de vista, el incumplimiento de la Fiscalía concretado  en  acreditar  que  el  Centro  de Servicios de Ejecución de Penas, durante ese  lapso operó.   

vii)  Es necesario reflexionar acerca de que  el  enjuiciado  por  sus  propios  medios y afrontando toda clase de situaciones  adversas;  tales  son:  el mal estado de la vía, la inseguridad que caracteriza  el  trayecto,  cuyo recorrido toma más de 90 minutos, se vio forzado a ir hasta  la  cárcel de Palogordo a entrevistar a Zamora Pérez, lo mismo que al examinar  los  documentos  relacionados con su reclusión, ya que ninguna otra alternativa  le  dejó el hecho de haberse cerciorado del cierre de los juzgados por vacancia  judicial.   

viii)  “Falacia  de  petición  de  principio…  la  inferencia  que del dolo hizo la Sala Penal  conlleva  implícitamente  su  propia  corroboración,  sin  que  en realidad se  realizara  un  cotejo  analítico  de  la  situación  fáctica  para arribar al  convencimiento  más allá de la duda razonable acerca de la intención positiva  de  causar  la  conducta  delictiva, dando por probado con la mera constatación  objetiva  del  tipo  penal,  el  aspecto  subjetivo  de  la conducta”,  lo  cual apoyó en la experiencia y el conocimiento de asuntos  penales  que  ha  tenido  a  cargo  el  acusado,  pero  se ofrece lacónica para  sustentar una condena.   

La  jurista aprovecha la aseveración que se  plasma  en  el fallo, centrada en que el procesado al avocar el conocimiento del  hábeas  corpus nada sabía  sobre  la  autoridad  que  ordenó  la privación de la libertad del accionante,  como  la  referida  a que “los errores iniciales no  fueron  superados” con el fin de estructurar el error  invencible  en la conducta de su asistido, toda vez que ninguna oportunidad tuvo  de   contar   con   los  medios  e  información  necesaria  que  le  permitiera  superarlo.   

Finalmente, reprueba que la primera instancia  eche  de menos en la actuación finiquitada por su prohijado, el requisito de la  inmediatez,   cuando  el  hábeas  corpus  se  puede ejercitar en cualquier tiempo; igual, le parece extraño  que  dicha  autoridad  sea  del  parecer  de que Solano  Solano introdujo una causal de libertad improcedente y  contraria  a  la  ley, puesto que, anota, el auto del implicado está sustentado  en  el  artículo  303.1 del Código de Procedimiento Penal de 2004, que ninguna  discriminación contempla para capturados condenados o no.   

Por   eso   la  decisión,  afirma,  está  sustentada   normativa   y   argumentativamente   conforme  a  la  autonomía  e  independencia  del  juez.  Así  mismo, critica que se califique de lacónico el  auto  que  dictó  el  sentenciado  en  pos  de  iniciar el trámite y se tengan  reservas  de  su  actuar  desde  ese momento, como si de ello pudiera surgir que  Solano   Solano  tenía  la  intención  de  liberar a Zamora Pérez, individuo al que ni siquiera conocía y  cuya  liberación  fue  solicitada ante un Juzgado de Bogotá teniendo en cuenta  que la acción constitucional se presentó en dicha ciudad.   

          Solicita  revocar  la  sentencia  de  primer  grado, y absolver a su  defendido  por atipicidad de la conducta. Denota ulteriormente, que el   aquo  se  equivocó  al  deducir  el  agravante  en  tanto  que de haberse realizado el actuar proscrito, lo sería en  una    acción    de    hábeas   corpus,  actuación  que  el  artículo  415  del Código Penal, pasó por  alto.   

CONSIDERACIONES  

La  Corte  procederá,  en  asunción de las  facultades   expresadas  en  el  artículo  32.3  de  la  Ley  906  de  2004,  a  pronunciarse  de  fondo  frente  a los recursos interpuestos contra la sentencia  condenatoria  emitida  por  la  Sala Penal del Tribunal Superior de Bucaramanga,  respecto    del    doctor   Juan   de   Dios   Solano  Solano.   

En   procura  de  ese  cometido,  la  Sala  elaborará  un  trabajo  analítico  en punto de los elementos del delito por el  que   se   procede   en   relación   con   el   sub  judice  y, dentro del mismo, sopesará las reflexiones  que  han  dado  a  conocer a través de las impugnaciones, la procuraduría y la  defensa,  puesto  que  dicen  relación con el sentido de la decisión y por ser  patente  su  identidad  temática;  individualmente,  abordará  las de la parte  acusadora,  ya  que, en manera alguna, persiguen idéntico fin. Claro está, las  materias  cuyo  nexo  con  las  anteriores resulte inseparable, merecerán igual  tratamiento.   

1.-Acerca   de  las  impugnaciones  de  la  procuraduría y la defensa técnica.   

La conducta punible que determinó la condena  que  se  revisa,  es  la  denominada  prevaricato por acción, contemplada en el  artículo 413 de la Ley 599 de 2000, en estos términos:   

“El  servidor  público  que  profiera  resolución, dictamen o concepto   

manifiestamente   contrario  a  la  ley,  incurrirá en prisión…   

          Acerca  del  ingrediente  manifiestamente contrario a la ley ínsito  en  la  norma, la jurisprudencia ha entendido que de él se valió el legislador  para  denotar  la  importancia  de  que  no sea la divergencia entre la ley y la  decisión  a  analizar  el aspecto a cuestionar a través del derecho represivo;  más  que  eso,  es la inmediatez con la que se pueda detectar esa disonancia la  que  provoca  la  crítica,  pues  si  dicho  descubrimiento  se  retarda porque  involucra  una  actividad  intelectual  de  compleja  estirpe, el componente que  aquí   se   trata   de   explicar   carecería  de  adecuación  al  respectivo  evento.   

          Es  decir,  si  la detección se da apenas con breve y desapasionado  examen,  por  tanto, sin recurrir ni siquiera a la media medida de los análisis  que  se  utilizan  en  diferente  escenario  para  tratar  de  obtener  un  dato  concluyente, la exigencia legal surgirá de manera irrebatible.   

          Mientras  no suceda así, mal podría recaer sobre el acto demandado  el  estigma  de  rutilantemente ilegal y, consecuentemente, catalogar la acción  de  típica.  En ese aspecto, en manera alguna pueden incidir las circunstancias  en  que  se  vio  envuelto el justiciable para tener el conocimiento que demanda  una  decisión ajustada a la ley y en son de actuar conforme al mismo, como bien  la defensa lo pondera.   

          En  el  sentido  ya  visto,  ha  desembocado el estudio que la Corte  realizó, en alguna ocasión.   

que   la   contradicción   entre   lo  demandado   por la ley y lo resuelto sea notoria, grosera o “de tal grado  ostensible»  que  se  muestre de bulto con la sola comparación de la norma que  debía  aplicarse…  que  para  hablar  de  prevaricato es necesario establecer  cuándo  los  argumentos  del servidor, dentro de un campo determinado, resultan  aceptables,  pues  una interpretación loable frente a las singulares trazas que  ofrece  un  caso  puede  permitir  el  rechazo  del  prevaricato…  que  si  el  comportamiento  del funcionario no está acompañado de razones justificatorias,  es  decir,  acordes con los hechos y con el precepto legal, si obedece a su mero  capricho,  el  acto  es  manifiestamente contrario a la ley (ibídem); y que tal  delito  se  configura  si  el  servidor  público  profiere  concepto, dictamen,  resolución,  auto  o  sentencia  manifiestamente apartado de la norma jurídica  aplicable  al  caso,  haciendo  prevalecer  su  capricho sobre la voluntad de la  disposición  legal, lo que significa comparar el mandato legal contentivo de la  norma  con  lo  hecho  por  el  funcionario.(CSJ SP, 27  Sept. 2002, Rad.17680)   

         

          Se  procederá,  de  acuerdo a las anteriores notas orientadoras, si  puede  extraerse  ese  elemento típico, de la providencia que el 22 de abril de  2011,  en  su  condición  de Juez Segundo de Menores de Bucaramanga, emitió el  doctor   Juan   de   Dios  Solano  Solano,  comportante  de  la  decisión  de  dejar en libertad inmediata a  José  Marbel  Zamora  Pérez,  beneficiario  en  dicho evento, de la acción de  hábeas corpus.   

          Conviene  recordar, que el recluso en cuestión, se encontraba en la  penitenciaria  de Palogordo de Girón –  Santander,  descontando  pena  a  consecuencia de la sentencia que  emitió  la  Sala Penal del Tribunal Superior de Cundinamarca el 4 de octubre de  2001,  por cuyo medio lo condenó a 19 años de prisión y 130 salarios mínimos  legales  como  autor  de  los  delitos  de  terrorismo y hurto calificado, ambos  agravados,  que  perpetró como militante de la guerrilla de las Farc en Bogotá  y  poblaciones aledañas en el año 1995. En el fallo de casación de esta Sala,  calendado  18  de  noviembre  de 2004, no obra cambio alguno en la situación de  dicho  procesado;  luego, a partir del mismo, de esa manera como fue finiquitado  en segunda instancia, el asunto quedó consolidado.   

          El   artículo   28   de   la   Constitución   Política,  señala.   

        “Toda  persona es libre. Nadie puede ser molestado en su persona  o  familia,  ni  reducido  a  prisión  o  arresto, ni detenido, ni su domicilio  registrado,  sino  en  virtud  de  mandamiento  escrito  de  autoridad  judicial  competente,  con  las  formalidades legales y por motivo previamente definido en  la ley.   

        “La    persona   detenida   preventivamente   será   puesta   a  disposición  del juez competente dentro de las treinta y seis horas siguientes,  para   que  éste  adopte  la  decisión  correspondiente  en  el  término  que  establezca la ley.   

        En  ningún  caso podrá haber detención, prisión ni arresto por  deudas, ni penas y medidas de seguridad imprescriptibles”.   

          El  texto Constitucional acabado de copiar, lleva a concluir que, si  cumplidas  36  horas  de  haberse  producido  la  detención  preventiva  de una  persona,  sin  que  haya  sido  puesta  a disposición del juez que debe proveer  acerca  de  su  privación  de  la  libertad,  irrebatiblemente surge ilegal esa  restricción  del derecho fundamental. Así mismo, que en tanto la privación de  la  libertad  haya sido promovida por un mandato de autoridad judicial facultada  para  ello  y  estén conforme a la ley las razones que impulsaron tal orden, la  legalidad  de  la limitante a dicho derecho, fluye per  se.   

          Cuando  se  captura  a determinado individuo para el cumplimiento de  una  condena,  el  panorama evidentemente adquiere matices diversos y habrá que  individualizar  la normativa que los contiene dentro del mismo procedimiento que  haya  gobernado  la  actuación  de  donde  derivó  el sentenciamiento, pues se  estima  que  ello  es esencial en procura de emitir pronunciamiento frente a una  pretensión liberadora a través de la correspondiente acción.   

          A  ese  respecto, impera acotar que el proceso seguido contra Zamora  Pérez,   es   decir,   el  destinatario  de  los  beneficios  del  hábeas  corpus resuelto por Solano  Solano, estuvo gobernado por la Ley  600 de 2000, que en su artículo 351 indica:   

“El  capturado  mediante  orden  escrita  será  puesto  inmediata  y directamente a disposición del funcionario judicial  que ordenó la aprehensión.   

“Si  no  es  posible,  se  pondrá  a su  disposición  en  el  establecimiento  de  reclusión del lugar y el director le  informará  inmediatamente  o  en la primera hora hábil siguiente, por el medio  de  comunicación  más  ágil,  dejando  las  constancias  a que haya lugar”.   

        El  cumplimiento  de  esos  protocolos  no admitía discusión en el  evento  que revisó el acusado en aras de proferir la decisión por la que se le  cuestiona.   

          El  mismo  interno  le  confesó  a  Solano  Solano  que  su  captura  estaba  relacionada  con una  condena  a  19  años  de  prisión, por los delitos de terrorismo y hurto y que  así  se lo hizo saber el Ejército al momento de aprehenderlo. Al mismo juez de  hábeas    corpus,   le  manifestó,  seguidamente,  que  al  momento  de  la  captura,  lo  colocaron  a  disposición  del  Das, organismo que lo entregó al Inpec y fue recluido en una  celda  o  calabozo  de  la  Cárcel  de Picaleña, en donde estuvo hasta el 9 de  noviembre,   fecha  en  que  se  produjo  su  traslado  a  la  Penitenciaria  de  Palogordo.   

          Esa  reseña,  lleva  a  concluir  que  Zamora Pérez llevaba varios  años  en  condición  de  recluso  carcelario y que si su derecho a la libertad  estaba   comprometido,   ello   encontraba   justificación   en   la  sentencia  condenatoria  que  de  vieja  data  pesaba  en su contra, cuya pena no se había  extinguido.  Así  mismo,  que  los  delitos atribuidos a él, merecían castigo  penitenciario.   

          Esa  conclusión,  emerge  además,  de la boleta de detención 012,  que   el   30  de  octubre  de  2008  el  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Cundinamarca  le  remitió  al  Director  del Establecimiento  Penitenciario  y Carcelario de Picaleña, en la que le solicita mantener privado  de  la libertad a José Marbel Zamora Pérez en virtud de la condena que por los  delitos   de   “homicidio   agravado  y  secuestro  extorsivo”  le  impuso  el  4 de octubre de 2001, el  Tribunal  de  dicho  distrito judicial. Es de acotar que si dicho documento luce  poco  afortunado  en  cuanto  a los reatos que motivaron el sentenciamiento, esa  inconsecuencia  en  nada  invalida  el  aspecto esencial para decidir la acción  constitucional, referente a que el individuo ya estaba condenado.   

          Lo  ya  colegido,  se  asienta aún más en el oficio 6051 del 31 de  diciembre  de  2008  por  cuyo  medio  el  despacho  judicial que remitió el ya  reseñado,  le  informa al Asesor Jurídico del Establecimiento Penitenciario de  Ibagué  que  Zamora  Pérez  fue  absuelto en primera instancia, y condenado en  segunda,  el  4  de  octubre  de  2001, por los delitos de terrorismo agravado y  hurto  calificado  y  le  impuso 19 años de prisión y 130 salarios mínimos de  multa,  al  paso  que  mantuvo la absolución por homicidio agravado y secuestro  extorsivo.  Se  consignó, aparte de lo anterior, que la Sala de Casación Penal  de  la Corte Suprema de Justicia, dejó incólume lo decidido por el Tribunal de  Cundinamarca, según fallo del 18 de noviembre de 2004.   

          Puede  decirse,  que,  en términos generales, la misma información  recibió  a  través  del  ofició  652  que el mentado juzgado especializado le  allegó  con idéntica fecha a la del anterior, la dirección del reclusorio que  albergaba    a   Zamora   Pérez,   al   momento   en   que   se   decretó   su  libertad   

          Se  sabe,  adicionalmente, merced a los conocidos documentos, que la  condena  del  encarcelado se encontraba debidamente ejecutoriada y, la autoridad  de prisiones, informada conforme a la exigencia legal.   

          Con  suficiencia  acreditan las anteriores piezas procesales que, el  mayor  interesado  en  la  acción  constitucional, no se encontraba ilegalmente  privado  de  la  libertad;  consecuentemente,  ninguna razón para asumir que el  mandato  superior número 28 había sido quebrantado obraba y, tampoco, se daban  las  supuestos  del canon 30 ni del 1º de la Ley 1095 de 2006 que determinan la  procedencia    del    hábeas    corpus.   Así,   es  sencillo  señalar  que  una  decisión  en  sentido  contrario,   habla   por   sí   sola   de   la  ilegalidad  en  la  cual  está  incursa.   

          Con  una  selección  normativa  jamás  explicada en la providencia  tachada  de  irregular  y  sin  nexo  o  identidad  alguna con las disposiciones  traídas   a   colación,  se  concedió  el  hábeas  corpus    a    José   Marbel   Zamora   Pérez   y,  consecuentemente, se le liberó.   

          Encuentra  la  Sala  que el artículo 303 de la Ley 906 de 2004, que  trata  de  los derechos del capturado fue el utilizado para quebrar la legalidad  de  la  privación  de  la  libertad del interno en mención y, entre sus varios  enunciados,  el que respecta a la necesidad de informarle al capturado acerca de  la autoridad que emitió la respectiva orden.   

          En  la providencia en análisis se reconoce con sustento en el dicho  del  recluso  que  a éste se le enteró en el instante de la captura que pesaba  sobre  si  una  condena  de  19  años  de  prisión por terrorismo y hurto. Sin  embargo,  reprocha  que  nada  se le hubiese comunicado en punto del funcionario  que  ordenó  su aprehensión, de lo cual culpa a la cárcel y al Juzgado Cuarto  de  Ejecución  de  Penas  de Bucaramanga y los estigmatiza de violadores de las  garantías  constitucionales  o  legales, concluyendo como imperiosa la libertad  del condenado.   

          El  hecho  de  que  se  hubiera aplicado un precepto que alude a los  derechos  del  capturado,  en  manera  alguna  demerita  lo  ya precisado, en el  sentido  de que la privación de la libertad de Zamora Pérez encontraba asiento  en  las  normas legales puestas de presente en antelación, sin que se avizorara  además, resquebrajamiento de postulado Superior con dicha medida.   

          Ello  es  así, porque el artículo 533 de la Ley 906 de 2004, en su  primer   enunciado   –la  Corte  Constitucional sin observación alguna, lo declaró exequible, tal y como  se  destaca  de  la  sentencia  C-708 de 2005-, dispone que ese cuerpo normativo  regirá  para los delitos cometidos con posterioridad al 1º de enero de 2005 y,  dentro  el  mismo,  es  que  haya  lugar  el canon 303 acogido como sustento del  interlocutorio  objeto de examen que, se repite, ninguna opción de adecuarlo al  asunto le asistía.   

          En  suma, la decisión consistente en cuestionar la privación de la  libertad  de  José  Marbel  Zamora  Pérez y, a la par, librarlo de ese lastre,  adoptada   por   el   Juez   Segundo   de  Menores  de  Bucaramanga,  se  ofrece  manifiestamente   ilegal,   reflexión  que  dimana  del  cometido  ya  agotado,  consistente  en  contrastar  y claro, muy superficialmente, el proferimiento con  las  normas  pertinentes  y los elementos de juicio obrantes en el expediente de  hábeas corpus.   

          Huelga  constatar  si  el signatario de dicha providencia, es decir,  el  doctor  Juan  de  Dios  Solano  Solano,  sabía  si  lo  que  negó  ahí  mismo, o sea, que Zamora Pérez  estaba  privado  de  la  libertad  porque  existía  fundamento legal para ello,  realmente  y,  de  manera  clara,  lo  tenía  presente  ya  que ello fue cuanto  determinó   las   discrepancias   de   la  procuradora  y  la  defensa  con  la  condena.   

          Cuando  sondeó  al  interno,  según  la  facultad  deferida por el  artículo  5 de la Ley 1095 de 2006, éste muy claro le insinuó que en 1996 fue  capturado  y  salió  con  libertad  condicional en 2001 y así se mantuvo hasta  octubre de 2008, porque fue recapturado.   

          Una  y  otra  vez,  el  reo  le  dijo que había sido condenado y la  fuente  de  ese  conocimiento,  según  expuso,  fue el mismo ejército, pues al  capturarlo  así  se  le  indicó, a la vez que le informaron – los militares -,  que  se  le  había  sentenciado  a  19  años  de  prisión  por los delitos de  terrorismo y hurto.   

          Que  hubiera  expresado  en  otras  partes  de  su entrevista que la  condena  fue por homicidio y hurto, porque el reclusorio así se lo comunicó en  una  hoja que se anexó a la petición, o bien que se haya referido a diferentes  autoridades  judiciales  como  las dispensadoras de dicha determinación, lo que  Zamora    Pérez    le    dejó    claro   a   Solano  Solano  es  que él correspondía a una persona que ya  había sido condenada por un despacho judicial.   

          Otro  medio que le facilitó esa clase de entendimiento es el oficio  6051  antes  mencionado. Ello es así, toda vez que al ponérselo de presente al  condenado  manifestó:  “documento  en  el  que se  expone     a     grosso    modo    la    situación    jurídica    del    aquí  interrogado”5   no  puede  rechazar  pues,  que  fue  así.   

          Ahora  bien,  la  plural  apelación en contra de la declaratoria de  responsabilidad   penal,   además   la  plagan  ámbitos  relacionados  con  la  insuficiente  información  que  la  Cárcel  de  Palogordo  puso  en  manos del  justiciable  y  es  cuando  entra  en  escena la tesis de que de dos cuerpos que  componían  la cartilla biográfica de Zamora Pérez, solo uno le facilitaron y,  preciso,  el  que  quedó oculto, comportaba los insustituibles datos para negar  la liberación.   

          También,  la  improbable  opción  de  que  el  Juzgado  Cuarto  de  Ejecución  de  Penas y Medidas de Seguridad de Bucaramanga, le proporcionara un  relato  de  la  situación  jurídica  de  Zamora  Pérez,  cuya  condena estaba  vigilando,  puesto  que  la  situación  se  presentó  en  medio de la vacancia  judicial  de  semana santa y, en razón de ello, es que el procesado ni siquiera  hizo el intento de vincular a ese despacho judicial.   

          Es  sabido  que  la cartilla biográfica de un interno constituye el  historial  que  de  él se lleva en el centro de reclusión y se va nutriendo de  todos  los  documentos  que  se  originan  en  diferentes  partes  o en la misma  cárcel,  y que tienen que ver con el penado. De manera que, esa herramienta, es  la  idónea  para extraer la información que el establecimiento carcelario debe  rendir   a   las  autoridades  que  así  se  lo  soliciten,  incluso  al  mismo  condenado.   

          Es    lógico    entonces,    que    el    juez    de   hábeas  corpus  requiera  de  ella  para  empaparse  de  la  situación del encarcelado, o ampliar, incluso constatar, las  manifestaciones   que  hubiera  hecho  éste  sobre  el  mismo  aspecto  en  sus  entrevista  -en  caso de que haya llevado a cabo una diligencia tal- o cuanto se  hubiese  plasmado  como fundamento de la petición o, si opta además, por pedir  un  informe  sobre  la  materia,  es  común que la autoridad penitenciaria solo  recurra a ese archivo con el fin de rendirlo.   

          Indudablemente  que,  cuanto  tenía  que  saber  el juez, lo supo a  cabalidad  por  las  vías tanto comentadas y, entre ellas, se ubica la cartilla  biográfica   puesto   que   de   ahí   dimanó   el   notable   oficio   6051,  independientemente de que se la prestasen completa o incompleta.   

          Es  poco  consistente  esto  último, o sea el préstamo parcial del  mentado  archivo  como  para  tenerlo por hecho, en tanto que, si el justiciable  quien  más  que  nadie era el llamado a hacer precisión al respecto, consignó  en  el  acta de entrevista que se le permitió la carpeta identificada como Tomo  I,  3024  y  Tomo  II 3024 y, adicionalmente, en el auto acusado de prevaricador  plasmó  que  le fue puesta a disposición la carpeta en dos cuadernos, acotando  luego,  en el mismo documento: “…en los tomos I y  II     que    pusiera    a    disposición    de    este    Despacho”6,  es  porque,  realmente  de  cuanto  gozó  para  enterarse de las  circunstancias  ciertas  en  que  se encontraba recluido Zamora Pérez fue de la  totalidad de la cartilla biográfica.   

          En  donde  no  estuviera  fundada en esos tres momentos, sino en uno  como  lo  hace la defensa, tan tajante manifestación resultaría arriesgada. No  puede   quedar   al   margen  de  estas  disquisiciones,  el  hecho  de  que  el  interlocutorio  objeto  de  rechazo,  ningún malestar del implicado relacionado  con la prueba recopilada, irradia.   

          Quedó   clarificado   que   el  juez  se  sirvió  de  la  cartilla  biográfica  en  su  integridad.  Es por ello que se torna baladí la discusión  tendiente  a  defender  la  hipótesis  del documento entero o la contrapuesta y  alimentarla  con  las  contradictorias  versiones de quienes en su condición de  miembros  del  Inpec,  atendieron  en  la  cárcel  al acusado, valga decir, los  dragoneantes  Uriel  Rojas y Diego Gaviria, quienes en el procesos disciplinario  contra    Solano   Solano  arguyeron  que  dicho  historial  estaba  integrado  por un solo cuerpo y, en la  audiencia  de  juicio  oral,  sostuvieron que abarcaba dos, sin entregar razones  atendibles acerca de esa ambivalencia.   

          Extraña  así  mismo, que se quiera ubicar al procesado en un medio  judicial  en donde nadie lo auxilió facilitándole la respectiva actuación del  Juzgado  Cuarto  de  Ejecución  de Penas y Medidas de Seguridad de Bucaramanga,  planteándose  con un dejo de oportunismo que la falta de socorro precipitó que  su decisión estuviese desapegada de la ley.   

          La  impresión  mal  podría ser diferente, teniendo por cierto que,  no  es  que  le  haya  sido negada la colaboración, ni que el despacho judicial  llamado  a  presentarle  un  reporte  sobre  la  situación jurídica del reo se  hubiese  desentendido  de  su obligación. Lo evidente es que el acusado ninguna  exigencia  en  ese  punto  realizó, nada de eso pidió, pues de principio a fin  estuvo  conforme  con  hacer  valer  como  prueba  para  decidir el hábeas   corpus,   la   entrevista  del  recluso.  A  otra  conclusión  es imposible arribar, luego de haber repasado el  auto  con  el  que dio inicio al trámite liberatorio, que muestra que aparte de  la anterior diligencia, ninguna otra dispuso.   

          De  qué  vale  que  unos  jueces  del  ramo  hubiesen hablado de lo  desalentador    que    resulta    asumir    hábeas  corpus  en épocas vacacionales de la Rama Judicial en  Bucaramanga,  porque  debido  a  la  falta  de  coordinación y de disposiciones  precisas,    por    poco    no    se   localizan   las   personas   –funcionarios  o  empleados- que deben  facilitar  un  expediente  o  brindar  una información que contemplan necesaria  para  decidir  dicho  asunto,  cuando  en esas circunstancias en lo más mínimo  estuvo  inmerso Solano Solano;  sencillamente,  su  “plan metodológico”  ninguna  alusión  hizo  a  la  autoridad  judicial  de penas y  medidas de seguridad, como fuente de prueba para su caso.   

          A  propósito,  al funcionario se le enjuicia, de ninguna manera por  omitir  integrar  el  contradictorio  con  la  juez  vigilante de la condena del  preso,  como  en  algunos pasajes del fallo impugnado se aprecia y lo critica la  defensa,  más  que  por  ello,  por  dictar  una  providencia  proscrita por la  ley.   

          Impera  tener  presente  que la argumentación de la defensa irrumpe  ambivalente  al  entender  congruente  con  las  preceptivas  legales  y con los  principios   de   autonomía   e  independencia  judicial  la  decisión  de  su  representado,  lo  cual  no  le  impidió  decir  a la vez, que lo dispuesto por  Solano   Solano   fue   la  consecuencia  de  la  imposibilidad de tener acceso a la cartilla biográfica en  toda  su  extensión  y  al  expediente mediante el cual se vigilaba la condena.  Dígase  que, de esa forma, primero defiende la decisión, porque la nota normal  desde  la  perspectiva de lo jurídico e inmediatamente, justifica el actuar del  juez y si esto hace, es porque evidentemente, la concibe irregular.   

          De  manera  que  disciernen  mal  las  impugnantes si para ellas, el  justiciable  estuvo  marginado  por  las  circunstancias  de  saber la verdadera  situación jurídica del interno.   

          Huelga  constatar  si  el signatario de dicha providencia, o sea, el  doctor   Juan   de   Dios  Solano  Solano,  sabía  que  se apartaba de la ley al declarar la procedencia del  hábeas  corpus en relación  con  José  Marbel Zamora Pérez y, si consciente de ello, voluntariamente tomó  la   decisión,   pues   en   tal   caso  quedaría  al  descubierto  su  doloso  comportamiento  y,  se  acreditaría,  de  manera definitiva, la tipicidad de la  conducta.   

          Es  de imprescindible demostración el mentado componente subjetivo,  puesto  que  el  delito  de  prevaricato  por  acción,  ninguna  otra modalidad  conductual tolera.   

          Ante  ello,  en  el  estadio  cognoscitivo  del  dolo,  es indudable  conforme  se  acaba  de despejar, que el doctor Juan de  Dios  Solano  Solano,  estaba  al  tanto de que Zamora  Pérez  obedecía  a un preso que ninguna razón le asistía para quejarse de su  restricción  del  derecho  a  la  libertad  y,  en  consecuencia, sobre él, en  derecho,   no   podía   recaer   decisión  favorable  alguna  de  hábeas corpus.   

          Es  el  razonamiento  lógico que deriva después de observar que el  procesado  es  juez  desde antes del 19 de octubre de 2006, ya que en esta fecha  no  es  que  se  le  hubiese nombrado, sino que se le trasladó como titular del  Juzgado Segundo de Menores de Bucaramanga.   

          Desde   luego,   su  antiguedad  como  abogado  y  como  funcionario  judicial,  de  todas  formas  se  considera suficiente para que hubiese dominado  intelectivamente  dicho  aspecto  que, entre otras cosas, se enmarcaba dentro de  los  casos  sencillos;  no era más que observar el artículo 28 Constitucional,  el  mismo  al  que  aludió en su decisión, premisa mayor para las resultas del  asunto  y enfrentarlo a las bases fácticas comentadas por el interesado y a los  demás  documentos  que en pretéritas páginas se comentaron en orden a expedir  un pulcro pronunciamiento.   

          Pleno  de conocimiento que decidir en el sentido expuesto entrañaba  claro   quebranto  a  la  ley,  Juan  de  Dios  Solano  Solano,  puso todo de su parte por perseverar en dicho  cometido,  lo  cual  se constata de su proceder centrado en la entronización de  una  norma  que pudo catalogar de totalmente impertinente para el asunto, porque  el  proceso  penal  contra  José  Marbel  Zamora Pérez, de acuerdo a lo que le  confió,  atendía  a  los esquemas de la Ley 600 de 2000 y no a la 906 de 2004,  por  ser así, y porque ésta en su artículo 533 expresamente hizo imperiosa su  aplicabilidad  desde  el primero de enero de 2005, sin que al efecto tengan nada  que ver sus directrices sobre gradualidad en su implementación.   

          De  suerte  que, apelar a esa clase de estrategia, tópico en el que  en  lo  más mínimo repararon las recurrentes, es decir, regular el asunto bajo  las  premisas  del  artículo  303  de la normatividad recién enunciada, lo que  lleva  a  colegir  lógicamente, es que percatado el implicado de que las normas  llamadas  a  resolver  el asunto antes que promover la liberación se proponían  obstaculizarla,  estando  del  lado  contrario  su  pretensión, buscó una que,  dándole  un  manejo  antojadizo, le permitió imprimir la cuestionada decisión  y, ello, es resueltamente demostrativo del dolo de su actuar.   

          Concurrentes  se  muestran  entonces,  las  exigencias  del fallo de  condena,  expuestas  en  el  artículo 381 del Código de Procedimiento Penal de  2004.   

          Ahora    bien,    el    artículo    415    del    Código    Penal,  dispone:   

Circunstancia de agravación punitiva. Las  penas  establecidas  en  los  artículos  anteriores se aumentarán hasta en una  tercera  parte  cuando  las  conductas  se  realicen en actuaciones judiciales o  administrativas  que  se adelanten por delitos de genocidio, homicidio, tortura,  desplazamiento  forzado,  desaparición forzada, secuestro, secuestro extorsivo,  extorsión,  rebelión,  terrorismo,  concierto  para  delinquir, narcotráfico,  enriquecimiento  ilícito,  lavado  de  activos,  o  cualquiera de las conductas  contempladas en el título II de este Libro.   

          Al  respecto,  ha  de  indicarse  que  esa modalidad agravante opera  siempre  que  el  funcionario  judicial  obre  en conexión inmediata con algún  asunto  relacionado con cualquiera de esos ilícitos, lo que de suyo implica que  la  decisión  tachada  de  ilegal  debe  producirse dentro de la actuación que  curse  por  cualquiera de las conductas punibles que hacen parte de la lista que  se  acaba  de presentar aquí, siendo indiferente que la misma se materialice en  cualquiera  de  las  instancias  o  en  desempeño de la función casacional. Es  decir,  esa  severa  circunstancia  no  ata  a  quien  de alguna manera emite un  pronunciamiento  por  fuera de ese concreto plenario y, sin embargo, sus efectos  sí se producen allí.   

          Esta  Corporación  retoma el análisis y la argumentación expuesta  hace  más  de  dos  lustros para darle vida a una decisión en el sentido antes  demarcado,  pues  si bien el tema fue tratado posteriormente en otros proveídos  verbi  gratia 23933 del 7 de  julio  de  2008  y  34339  del 26 de enero de 2011, lo cierto es que mal podría  perderse  de  vista  el  complejo estudio que se realizó en la providencia a la  que  se hace alusión, en donde se desecha el agravante en aquellos casos que no  obedecen  estrictamente  al  panorama  que  expone el artículo 415 del estatuto  punitivo.   

          Tal fue la exposición que se presentó aquella vez:   

          El  tema es complejo porque nadie podría negar la relación entre  la  actuación  del  juez  de tutela y los efectos de su decisión en el proceso  penal,  sobre  todo  si  como  ahora  ocurre,  el  juez constitucional dejó sin  vigencia  prácticamente  toda las decisiones que limitaban la libertad personal  del  sindicado.  Esa  conexión  es,  por  supuesto, impecable desde el punto de  vista  causal,  pues  no  cabe  la  mas mínima duda que existe una relación de  causa  a  efecto  entre  una  y  otra  decisiones.  Sin  embargo,  como  para la  imputación  jurídica  no  basta  la  sola  causalidad (artículo 9 del código  penal),  es  menester  acudir  a  otras  fuentes,  tales  como  el  principio de  legalidad  de  los  delitos  y  de  las penas, el de tipicidad y la estructura y  sentido  de la agravante, para establecer si ella se aplica a la conducta que se  juzga.   

        En   el   artículo   413  del  código  penal  se  estructura  el  prevaricato  sobre  la  base  de  un  diseño  que  incluye  las manifestaciones  antijurídicas   de   los   servidores  públicos  que  profieren  resoluciones,  dictámenes   o  conceptos  manifiestamente  contrarios  a  la  ley,  sin  hacer  distinciones  de  ninguna  clase,  y solo en el artículo 415 del mismo texto se  reafirma  la  gravedad  de  la  conducta  para  aquellos  casos en los cuales la  conducta   que  se  define  en  el  tipo  básico,  se  realiza  “en             actuaciones     judiciales     o     administrativas     que    se  adelanten” por delitos tales como el de homicidio.  Es,  pues, una agravante específica, claramente enfocada a destacar el plus que  es   propio  del  desvalor  de  acción  de  aquellos  funcionarios  que  tienen  a  su  cargo actuaciones  judiciales   relacionadas   directamente  con  la  investigación y juzgamiento de conductas que comportan  una  especial  gravedad,  mas  no  de aquellas que circunstancialmente se puedan  ocupar de temas vinculados con la actuación penal.   

        En   tal   razón,  la  Corte  graduará  la  pena  excluyendo  la  agravante.               (CSJ.SP,       15      Sept.      2004,  Rad.22549).   

          A  pesar  de  todo lo ya dicho, la punibilidad ninguna modificación  puede  sufrir  en el presente evento como consecuencia de la nueva calificación  jurídica  de  la  conducta punible. Ello es así, porque el incremento que hizo  el  a quo, aparece reflejado  en  el  extremo  máximo, lo cual se torna correcto. Adicionalmente, la sanción  ulteriormente  tasada,  se  plegó al mínimo del primer cuarto, que es el mismo  con intensificación o no.   

          Se  acotará  entonces  en la parte resolutiva, acerca de la calidad  de  simple  del  delito de prevaricato por acción por el que se procede en este  evento.   

          2.- De la apelación de la Fiscalía.   

          A  propósito  de  la  intensificación  de la pena pedida por dicha  parte  recurrente, la Sala observa que el Tribunal la fijó dentro de los cauces  legales  pertinentes,  para  lo cual tomó en cuenta que se trataba de un delito  de  prevaricato  por acción agravado acorde con el canon 415 del Código Penal,  aspecto  que  irradia de la sanción finalmente impuesta; es más, se refirió a  algunos  de  los  criterios  dosificadores  contenidos  en el inciso tercero del  artículo  61  ejúsdem y, el  resultado  de  esa  ponderación,  gravitó  en favor de la escogencia del monto  inferior del primer cuarto.   

          Debe  concederse  entonces,  que  la  primera  instancia  le  dio un  correcto  manejo  a  su  poder discrecional al cumplir el trascendental cometido  referido    a    la    individualización    del    castigo    que   merece   el  imputable.   

          No  se  pierda  de vista, tampoco, que en la audiencia prevista para  sugerir  la sanción que debe ser impuesta, el fiscal ningún comentario hizo al  respecto;  se ocupó tan solo, de los subrogados. Luego, deviene en inalterable,  lo  decidido  por  el  a quo  sobre la materia en cuestión.   

          Otra  de  las  finalidades  que persigue el fiscal impugnante, es la  revocatoria  de  la  prisión  domiciliaria  que  le  otorgó  el  Tribunal,  al  procesado.   

          La  concesión,  en  cuanto  al aspecto objetivo, el cual no demanda  más  que  la  comparación  entre la clase y el mínimo de pena del reato y, el  quántum  señalado  en  la  norma  que  contempla  el beneficio, se aviene a lo que sobre la materia precisa  el  artículo 38 de la Ley 599 de 2000, mas el precepto enmarca otras exigencias  que  demandan juicios de valor; particularmente, acerca del desempeño personal,  laboral,  familiar o social del sentenciado y que deben llevar a concluir que no  colocará  en  peligro  a la comunidad como tampoco, evadirá el cumplimiento de  la pena.   

          En  la sentencia que se examina, se acometieron esos aspectos de una  manera  muy superficial, al punto que solo se consignó que al acusado le asiste  una  preocupación  por  las reivindicaciones laborales del sector justicia y ha  batallado  orientado  por esa consigna, sin dejar de lado que su desempeño como  funcionario judicial había sido intachable.   

         Menos,  se  hizo  algún  intento  por  mirar  más  allá  de  esos  caracteres   y  conciliarlos  con  aquellos  ámbitos  integradores  del  factor  cualitativo-normativo,  con  las funciones de la pena dispuestas en el artículo  4º  ibídem; ante todo, las  de  prevención  general  y retribución justa, cuya observancia surge imperiosa  no  solo  al  momento de la individualización del castigo intramural. También,  en   el   de  su  ejecución  como  tal  o  bajo  la  figura  de  la  reclusión  domiciliaria.   

         Importante  resulta  atender  lo  precisado  en  pasada oportunidad,  sobre cuestión similar a la presente:   

         

Exige   igualmente  la  norma  que  “el  desempeño  personal, laboral, familiar o social del sentenciado permita al juez  deducir  seria,  fundada  y  motivadamente  que  no  colocará  en  peligro a la  comunidad  y  que  no  evadirá el cumplimiento de la pena”, conclusiones que no  pueden obtenerse sin estudiar los fines de la pena.   

El artículo 4° del Código Penal señala  que  la  pena  cumplirá  funciones  de prevención general, retribución justa,  prevención  especial,  reinserción  social y protección al condenado y que la  prevención  especial y la reinserción operan en el momento de la ejecución de  la pena de prisión.   

La  Corte  interpreta que cuando allí se  declara  que  las funciones de prevención especial y reinserción social operan  en  el  momento de la ejecución de la pena de prisión (sea esta domiciliaria o  carcelaria)  no  se  excluyen  las  demás funciones como fundamento de la misma  pena,  sino  que  impide  que  sean  la  prevención  especial y la reinserción  criterios  incidentes  en  la  determinación  o  individualización  de la pena  privativa de la libertad.   

Significa  lo  anterior  que  tanto  para  imponer,  como  para  ejecutar  la  prisión  domiciliaria en sustitución de la  prisión  carcelaria  deben  tenerse en cuenta también las funciones de la pena  que  tienen  que  ver  con la prevención general y la retribución justa.    

Independientemente  de  las  afinidades  teóricas  que se tengan sobre los conceptos básicos que integran las funciones  de  la  pena, la decisión de política criminal del Estado colombiano en cuanto  a  los  principios y los fines de la pena es la adoptada en los artículos 3 y 4  del  Código  Penal.   Desde esa óptica, la función de “retribución  justa”   puede   abordarse   de   manera  general  en  dos  estadios  claramente  diferenciados   del  proceso  penal.   Como  criterio  que  influye  en  la  determinación  judicial  de  la  pena,  en cuanto es en tal momento que se  define  la medida de la retribución y se determina su contenido de justicia, de  mano  de  los  principios  de razonabilidad y proporcionalidad; y, como función  vinculada  a  la ejecución de la pena que no puede ser dejada de sopesar cuando  vaya  a  enjuiciarse  la  adopción  de  providencias  que  anticipen material y  condicionalmente  una  parte  de  la  privación  efectiva  de  la libertad o la  subroguen por un periodo de prueba.   

Igual  cosa  ocurre  con  la  función de  “prevención  general”,  a  través  de la cual se advierte a la sociedad de las  consecuencias  reales  que puede soportar cualquiera que incurra en una conducta  punible:  paradójicamente  el  hombre  se  ve  compelido a proteger la sociedad  mediante  la  amenaza  a  los  individuos que la componen.  Porque el orden  jurídico  es un sistema que opera bajo la formula acción – reacción, supuesto  –  consecuencia  jurídica.  Ese fin de “prevención general” es igualmente  apreciable  tanto  para  la  determinación  judicial  de  la  pena como para el  cumplimiento  de  la  misma,  pues  se previene no solo por la imposición de la  sanción,  sino  y  sobretodo,  desde  la  certeza,  la  ejemplarización  y  la  motivación  negativa  que  ella  genera  (efecto disuasivo), así como desde el  afianzamiento  del  orden  jurídico  (fin  de  prevención  general  positiva).  (CSJ   SP,  28  Nov.  2001,  Rad.  18285)7   

         Siguiendo  esos  parámetros,  la  conclusión a la que se arriba no  puede  ser  otra  que  la  de  despojar  del  beneficio concedido a Juan  de  Dios  Solano Solano, toda vez que  con  su  actuar alejado de la ley, causó un gran impacto en la comunidad al ver  cómo  quedaba  en  libertad  un individuo que sin parar mientes en los estragos  que  pudiera  causar,  ejecutó  actos  que generaron gran zozobra social y, por  eso, había sido condenado.   

         Así  que  la  magnitud del daño que, valiéndose de su investidura  como   juez   de   la   República   propició   a  los  asociados  Solano  Solano,  en manera alguna se puede  subestimar,   como   lo  hizo  el  a  quo  al  limitarse  a  valorar y, tangencialmente, los elementos que le  dan  vida  al  factor  subjetivo de la prisión domiciliaria, la que, se repite,  será revocada en esta instancia.   

         No  sobra  advertir  que la Ley 1709 de 2014, en cuanto al mecanismo  en  estudio,  no  le  profesa  un  mejor  trato al acusado, toda vez que si bien  modificó  el  componente  cualitativo,  mismo  que  en  la  nueva  versión del  subrogado  se  integra  únicamente  con  el  arraigo  del  acusado,  contempló  expresamente  su  improcedencia  para  delitos dolosos contra la administración  pública,  como  es  el  prevaricato  por  acción.  Ello,  se  constata  en los  artículos  23 y 32 de ese plexo normativo. El primero, adicionó el canon 38B a  la  Ley  599  de  2000  y,  el  segundo,  modificó  el  68A del mismo estatuto.   

         Entre  tanto,  ante la pretensión del apelante concretada en que la  Corte  oriente  a los jueces en pos de que se desenvuelvan idóneamente frente a  eventos  de  desorden en las audiencias que presiden, conviene recordarle que el  legislador  previó  esas  eventualidades  y,  tanto  fue  la importancia que le  inspiró  la  materia,  que  desde  los  principios  rectores de la normatividad  procesal  penal  de 2004, se ocupó de ella y, luego, en artículos posteriores,  hizo un poco más de concreción al retomar dicho tópico.   

         De  manera  que, los togados de la Judicatura, deben estarse a ellas  y  utilizarlas  en  bien  de  la  administración  de  justicia, para evitar las  dilaciones  injustificadas de los procedimientos, el irrespeto a su investidura,  el  sorprendimiento o deslealtad, tanto en materia probatoria como en los demás  ámbitos  y  las actuaciones temerarias, entre otras acciones reprobables de las  partes, intervinientes y asistentes a cualquier título.   

         En  suma,  se  revocará  la prisión domiciliaria y, en atención a  ello,  se  instará  al  Tribunal  para  que  oficie  al Inpec con el fin de que  traslade  al  sentenciado  a  un  centro  de reclusión que cuente con pabellón  especial    para    ex    servidores    públicos8,  acerca  de  lo  cual deberá  emitir  el  respectivo  informe.  Así  mismo,  se  confirmará  en lo demás la  sentencia  impugnada,  aclarando  que  se  trata  del  delito de prevaricato por  acción simple el que aquí procede.   

En  mérito  de lo expuesto, la  Sala  de  Casación  Penal  de  la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando justicia en nombre de la República y, por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

Primero. Revocar la  prisión   domiciliaria   a   Juan   de  Dios  Solano  Solano  y, en su lugar, disponer que cumpla la pena en  un centro carcelario, conforme se acotó en la parte motiva.   

Segundo.  Por  la  Secretaría  del  Tribunal, ofíciese lo pertinente al Instituto Penitenciario y  Carcelario   -Inpec-   para   el   traslado   inmediato   del   condenado  a  un  establecimiento   de   reclusión,   debiendo   informar   el  resultado  de  la  diligencia.   

Tercero. Modificar  la  sentencia  proferida  por  la  Sala Penal del Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Bucaramanga  contra  Juan de Dios Solano  Solano,  en  el  sentido  de  que se le condena por el  delito de prevaricato por acción simple.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese, notifíquese y cúmplase  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ MUÑOZ  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1  La  petición  se  presentó  en  esta ciudad, mas el  Juzgado  18  Laboral  del  Circuito,  por  auto  de  la misma fecha –  20  de  abril  de 2011- se declaró  incompetente  para  resolver  y  ordenó  su remisión al Centro de Servicios de  Girón       –  Santander.   

2 Se  trata  de  los  radicados  19949  y  35153  del 15 de septiembre de 2004 y 31 de  agosto   de   2011;   y,   otro   sin  identificar,  fechado  29  de  agosto  de  2012.   

3  Sentencia 33797. No suministra más datos.   

4  A  esa  altura  cita  el  radicado  13628  de  esta  Sala, fechado el 26 de mayo de  1998.   

5  Entrevista   practicada   por   el   acusado  en  la  Cárcel  de  Palogordo  de  Girón–Santander a José  Marbel    Zamora   Pérez.   Fl.   30,   legajador   de   evidencias.   

6  Carpeta de evidencias Fl. 20.   

7  Sentencia  citada  en  la del proceso 34517, dictada por esta Sala el 15 de mayo  de 2013.   

8 Así  lo  estipula el parágrafo del artículo 11 de la Ley 1709 de 2014 que modificó  el artículo 20 de la Ley 65 de 1993.     

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