41944(11-09-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  MUÑOZ   

Aprobado Acta No. 302  

Bogotá  D.C., Once (11) de septiembre de dos  mil trece (2013).   

VISTOS  

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de   la   demanda  de  casación  instaurada  por  la  defensa  de  LUIS   EDUARDO   SOTO   DÍAZ  contra  la  sentencia  del  22 de marzo de 2013 proferida por el Tribunal Superior de Neiva,  por  cuyo  medio  confirmó  la  dictada  el  11 de julio de 2012 por el Juzgado  Primero  Penal  del Circuito de Garzón, que lo condenó a la pena de seis años  de   prisión,  multa  de  cincuenta  salarios  mínimos  mensuales  vigentes  e  interdicción  de  derechos  y  funciones públicas por cinco años, al hallarlo  responsable  del  delito  de  violación  del régimen legal o constitucional de  inhabilidades    en    concurso    con   falsedad   ideológica   en   documento  público1.   

                          HECHOS   

Entre  los  años  2001  y 2002 LUIS  EDUARDO  SOTO  DÍAZ,  alcalde  del  municipio  de  Altamira  (Huila), emitió dieciséis (16) órdenes de trabajo en  favor  del  señor  José  Daín  Tello  por  un  valor  de veintiséis millones seiscientos cincuenta y seis  mil  pesos  ($26’656.000)  para  ejecutar  obras  de mantenimiento del alumbrado público. No obstante, las  referidas  obras fueron ejecutadas y cobradas por Luis  Alberto  Rivas  Montero,  quien  se  desempeñaba como  concejal de dicha localidad.    

ACTUACIÓN PROCESAL  

Los  sucesos  narrados  en  precedencia  condujeron   a   la   apertura   de   instrucción2  en  contra  de  LUIS    EDUARDO    SOTO    DÍAZ,   Arturo   Fajardo   y  Luis Alberto Rivas Montero3, a quienes se  vinculó  mediante  indagatoria,  siendo  calificado  el mérito del sumario con  resolución  de  acusación el 27 de febrero de 2009, decisión impugnada por la  defensa  y modificada por la Fiscalía Tercera Delegada ante el Tribunal el día  21   de   febrero   de  2011,  en  el  sentido  de  que  frente  a  SOTO  DÍAZ  los cargos atribuidos son los  de  violación  del  régimen legal o constitucional de inhabilidades y falsedad  ideológica en documento público.   

          La  etapa  del  juicio le correspondió al Juzgado Primero Penal del  Circuito  de  Garzón,  despacho  que adelantó las audiencias preparatoria y de  juzgamiento,  a  cuyo  término,  el  11  de  julio  de  2012,  profirió  fallo  condenatorio  por  los  punibles  mencionados en el pliego acusatorio de segunda  instancia.   

          Inconforme   con   la   providencia  anterior,  la  defensa  de  los  procesados  interpuso  recurso  de  apelación,  el  cual  fue  resuelto  por el  Tribunal  Superior de Neiva el 22 de marzo de 2013, impartiéndole confirmación   

En  desacuerdo  con  esta determinación, el  apoderado  de  LUIS  EDUARDO  SOTO  DÍAZ  interpuso y sustentó, mediante demanda, recurso extraordinario de  casación, cuya admisibilidad procede a analizar la Sala.   

LA DEMANDA  

          Con  apoyo  en  el  numeral  1  del  artículo  207  del  Código de  Procedimiento  Penal,  el  actor  formula un único cargo, acorde con el cual el  fallo  de  segundo  grado incurrió en falso juicio de convicción al considerar  reunidos  los  requisitos  para proferir sentencia condenatoria, “dando  por demostrado la existencia de culpabilidad dolosa por mera  relación  de  causalidad  proscrita  por  el  artículo  9 de la Ley Sustancial  Penal”, vulnerando en forma directa el artículo 232  ibídem.   

          A    continuación    identifica    como    pruebas    indebidamente  justipreciadas  los testimonios de Ricardo Gasca Díaz  y    Tiberio    Aroca  González y las certificaciones de cumplimiento de las  órdenes  de  trabajo,  a  partir  de  los cuales el a  quo   coligió   que  SOTO  DÍAZ  conocía  de  la  falsedad  consignada  y  era  consciente  de  que quien ejecutaba las obras era Luis  Alberto Rivas Montero.   

          Enseguida  afirma: “el fallo atacado por  vía  de  casación al darle el valor de certeza en cuanto al elemento subjetivo  del  dolo  a  las  dos  declaraciones  establecidas  anteriormente  y  la prueba  documental,  lo  hace  prescindiendo  de  la propia declaración de LUIS ALBERTO  RIVAS  MONTERO…,  quien  al  aceptar su responsabilidad es claro al afirmar la  ajenidad  del  alcalde en lo sucedido y de las mismas explicaciones rendidas por  LUIS  EDUARDO  SOTO  DÍAZ…,  quien afirma que siempre tuvo la convicción que  las  órdenes  de  trabajo  se  expedían a nombre del señor JOSÉ DAÍN TELLO,  porque  era  la persona que ejecutaba los trabajos y que su firma aparece en las  certificaciones  porque  sencillamente era un documento soporte de la cuenta que  elaboraba    otra    dependencia    para    su    respectiva   firma”.      

          Por  último,  sostiene  que  el  valor  probatorio  otorgado  a los  aludidos  medios  de convicción se fundó en que, por tratarse de un pueblo, le  era  fácil  al  alcalde  conocer  que quien realmente ejecutaba los trabajos de  alumbrado  público  era  el  concejal  Rivas Montero,  cuyo  argumento  considera  irrelevante  por cuanto el  citado  funcionario  se  acogió  al  instituto  de la colaboración eficaz para  reducir   su  pena,  y,  sin  embargo,  señaló  la  ajenidad  de  SOTO   DÍAZ   respecto   del   ilícito  investigado.  Así mismo, porque en la estructura municipal existen dependencias  encargadas  de  la  gestión administrativa, por manera que el alcalde firma los  contratos por disponerlo la ley.   

         

          Con  fundamento  en  lo  anterior  solicita  casar el fallo y, en su  lugar, dictar el de reemplazo que corresponda.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          Al  tenor  de  lo previsto en el numeral 3° del artículo 212 de la  Ley  600  de  2000,  la  demanda  de  casación  deberá  contener  “La  enunciación  de  la  causal  y  la  formulación del cargo,  indicando  en  forma  clara  y  precisa  sus  fundamentos  y  las  normas que el  demandante estime infringidas”.   

La presentación de la demanda de forma clara  y  precisa en los términos de esta preceptiva legal, ha dicho reiteradamente la  Corte,  supone la carga para quien la suscribe, en atención al carácter rogado  del  recurso extraordinario, de esbozar una argumentación razonable, coherente,  comprensible,  lógica  y  suficiente  en  orden a lograr derrumbar el fallo del  cual  se  disiente,  tras  demostrar  que ha incurrido en errores que afectan su  constitucionalidad o legalidad.   

         

El  actor opta por invocar la causal primera  del  artículo  207  de  la  Ley  600 de 2000, al amparo de la cual aduce que el  fallo  incurrió  en  un falso juicio de convicción que propició la violación  directa  de  los  artículos  9  y  232 de los Códigos Penal y de Procedimiento  Penal.   

El   cargo  así  planteado  contiene  una  imprecisión  conceptual en la medida que no distingue, como debía hacerlo, que  la  preceptiva  en  la  cual  apoya  la  censura está compuesta por dos apartes  perfectamente  diferenciables.  El  cuerpo  primero,  relativo  a  la violación  directa  de la ley, y el segundo segmento, referente a la vulneración indirecta  de la misma.   

Así,  cuando se intenta la postulación del  reproche  por  la  ruta  de  la  violación  directa  de  la  ley sustancial, el  libelista  debe  hacer  completa  abstracción de lo fáctico y probatorio y, en  ese  sentido,  admitir los hechos y la apreciación de los medios de convicción  fijados  por los sentenciadores, de manera tal que le corresponde desarrollar el  reproche  a partir de un ejercicio estrictamente jurídico, en el que establezca  la  vulneración  del  precepto  normativo  en  el  caso  concreto, por medio de  cualquiera  de  las tres modalidades de error: falta de aplicación, aplicación  indebida  o interpretación errónea y, seguidamente, demuestre la trascendencia  del yerro en el sentido de la decisión impugnada.   

Por el contrario, la violación indirecta de  la  ley,  aunque  conduce  al  mismo  fin, se configura cuando la infracción se  concreta  por  la  inadecuada  valoración  probatoria  originada  en errores de  derecho  o de hecho, siendo los primeros el falso juicio de legalidad y el falso  juicio  de  convicción  y  los  segundos,  el falso juicio de existencia, falso  juicio de identidad y el falso raciocinio.   

   

Siendo   ello  así,  el  libelista  omite  considerar  los  presupuestos de lógica y debida fundamentación que demanda la  trasgresión  directa  e  indirecta  de  la  ley  sustancial  al mezclar los dos  conceptos,  toda  vez  que  en la enunciación del reproche aduce la infracción  directa  de  la  ley,  pero  en  el  desarrollo  del  mismo  pregona el error de  valoración probatoria denominado falso juicio de convicción.   

Esta  falencia lógica evidencia la falta de  rigor  del libelo en tanto la violación directa aducida no es compatible con el  yerro  de  apreciación  probatoria  señalado  como soporte del cargo, tal como  quedó  explicado.  Con todo, profundizando en el reparo, puede considerarse que  la  finalidad  del  actor  fue  proponer  el  desconocimiento  de  las reglas de  valoración  probatoria  por  parte de los falladores a través del falso juicio  de convicción.   

Pues bien, dicho yerro se materializa cuando  se  valora una prueba haciendo abstracción del predeterminado crédito otorgado  por  la  ley  a la misma, en cuyo caso al actor le compete identificar el medio,  en  su  concepto,  indebidamente  justipreciado,  con la indicación del mérito  otorgado  a  la  probanza y el valor fijado por la ley para, a partir del cotejo  entre una y otra, establecer su distanciamiento.   

Entonces,  resulta claro que en su ataque el  actor  no  sigue  las  anteriores directrices por cuanto se limita a identificar  los  medios  de  convicción  que  considera  mal  valorados, pero no detalla el  mérito  otorgado  en  la  sentencia impugnada ni señala el valor fijado por la  ley  para  cada  uno de ellos. Por ende, tampoco realiza el cotejo entre el peso  otorgado  por  los  falladores  a dichas pruebas y el establecido en la ley para  evidenciar su distanciamiento.   

De esta manera, el libelista se limita   a  manifestar  su  inconformidad  con  la  valoración del Tribunal ad  quem  en tanto no consideró i) que el  concejal  involucrado  en  los  hechos  excluyó  de  toda responsabilidad al ex  alcalde  y,  ii)  que en la estructura administrativa municipal existían varias  dependencias  encargadas  de los diferentes trámites, limitándose el procesado  a firmar las órdenes de trabajo por disponerlo así la ley.   

No  obstante,  esos  aspectos  sí  fueron  considerados  en  los  fallos  censurados, sólo que fueron desestimados por los  juzgadores  de  instancia.  Así,  por  ejemplo, el ad  quem señaló,   

“Por lo anterior,  la  afirmación  de  Luis Alberto Rivas Montero sobre la ajenidad del alcalde en  lo  sucedido…resulta  desvirtuada  con  los testimonios referenciados, los que  valoró  el  juez  de  instancia  en  su  conjunto, meditaciones que comparte la  Sala…”.   

En  ese  contexto,  la demanda casacional es  utilizada  para  confrontar  el criterio personal e íntimo del actor en torno a  la  valoración  de  las  referidas  pruebas  con  el  expuesto  en la sentencia  impugnada,  actitud  que,  sin  duda,  no tiene cabida en esta sede por no estar  concebida  como  tercera  instancia  y  porque tampoco logra desvirtuar la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad  que  gobierna  al fallo, para lo cual es  preciso  demostrar  yerros  trascendentes  en la apreciación de las pruebas con  incidencia  en la ley sustancial, cuando de la causal de violación indirecta de  la ley sustancial se trata.   

Por  tanto,  acorde  con  lo  expuesto  en  precedencia,  resulta  claro  que  el único reparo contenido en el libelo no se  sujeta  a  los cánones que gobiernan la postulación y demostración de errores  en  esta sede, situación que impone su inadmisión, máxime cuando el principio  de  limitación  propio del trámite casacional impide a la Corte enmendar tales  falencias,  pues, además, no se evidencia la necesidad de superarlas en procura  de  cumplir  alguno  de  los  fines  del recurso extraordinario, previstos en el  mencionado    artículo    180   ibídem.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE  

          INADMITIR   la   demanda   de   casación  presentada  por  la  defensa  de  LUIS  EDUARDO  SOTO  DÍAZ,  por  las  razones  consignadas  en la anterior  motivación.   

          Contra esta providencia no procede recurso alguno.   

Notifíquese y cúmplase,  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ  CAMACHO                           FERNANDO   ALBERTO   CASTRO  CABALLERO   

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ                    GUSTAVO      ENRIQUE      MALO  FERNÁNDEZ           

LUIS       GUILLERMO      SALAZAR  OTERO                       JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1  De    igual    forma,   condenó   a   ARTURO  FAJARDO  a  cuatro  años y seis  meses  de  prisión  e  inhabilidad  para  el  ejercicio de derechos y funciones  públicas  por  un lapso  de cinco años como autor del concurso homogéneo  de delitos de falsedad ideológica en documento público.   

2 El 30  de septiembre de 2004.   

3 El 29  de    mayo    de    2007,    Luis   Alberto   Rivas  Montero   se   acogió   a   sentencia   anticipada,  oportunidad  en  la  cual  aceptó los cargos de violación del régimen legal o  constitucional   de  inhabilidades  e  incompatibilidades,  abuso  de  confianza  calificado y falsedad personal.     

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