41088(03-07-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARÍA   DEL   ROSARIO  GONZÁLEZ MUÑOZ   

                                  Aprobado acta N° 208.   

Bogotá, D. C.,  tres  (3)  de  julio de dos mil trece (2013).   

VISTOS  

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de   la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  JESÚS  ARMANDO VILLAMARÍN SANDOVAL contra  la  sentencia  del 19 de noviembre de 2012 mediante la cual el Tribunal Superior  de  Popayán  confirmó  la  condena  emitida  el 7 de septiembre de 2009 por el  Juzgado  Cuarto  Penal  del  Circuito  Adjunto  de  igual  sede,  imponiendo  la  corporación  de segundo grado al procesado, en definitiva, la pena de 156 meses  de  prisión  y  la accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas por el mismo lapso, por el delito de homicidio. En la misma  decisión  declaró  la  prescripción  de  la acción penal en relación con el  ilícito  de  fabricación,  tráfico  o  porte  de  armas  de  fuego de defensa  personal.   

HECHOS  

          Los resumió el Tribunal de la siguiente forma:   

          “El  5 de diciembre de 2004, en horas de  la  madrugada, en la gallera La Campiña, vereda Chiribio, municipio de Sotará,  Cauca,  de propiedad de Eduardo Moriones, fue muerto con arma de fuego el señor  Julián  Quiñónez  Muñoz,  sindicándose  de  tales  hechos  al señor JESÚS  ARMANDO VILLAMARÍN SANDOVAL”.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1.  La  instrucción  penal  respectiva  se  inició  el  mismo  5  de  diciembre  de  2004,  en  cuyo desarrollo se vinculó  mediante  indagatoria  a  JESÚS  ARMANDO  VILLAMARÍN  SANDOVAL,  a quien la Fiscalía Seccional de Popayán,  el  13 de los mismos mes y año, le resolvió la situación jurídica con medida  de    aseguramiento    de    detención    preventiva    por    el   delito   de  homicidio.   

2.  Clausurada  la  instrucción,  mediante  interlocutorio  del  28  de  marzo  de  2005 el fiscal investigador calificó el  mérito  del  sumario, profiriendo resolución de acusación contra VILLAMARÍN  SANDOVAL,  por  los ilícitos  atribuidos en la medida de aseguramiento.   

3.  Por  vía  de  apelación,  la Fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior de Popayán, en decisión del 15 de julio  del precitado año, confirmó el pliego acusatorio.   

4.  La  fase  del  juicio estuvo a cargo del  Juzgado  Cuarto  Penal  del  Circuito  de  Popayán, despacho judicial que en su  momento  realizó las audiencias preparatoria y pública de juzgamiento, tras lo  cual  puso  fin a la instancia con la sentencia del 7 de septiembre de 2009. Por  apelación  proveniente  de  la  defensa el Tribunal Superior de la misma ciudad  confirmó   la  condena  por  el  delito  de  homicidio,  mientras  declaró  la  prescripción  de  la  acción  penal en lo atinente al punible de fabricación,  tráfico     o     porte    de    armas    de    defensa    personal.   

5.  Por  lo  anterior  el  referido  sujeto  procesal  acudió  al recurso extraordinario de casación, presentando en tiempo  el respectivo libelo.   

LA  DEMANDA   

          El  impugnante  formula  un  único  cargo  contra  la sentencia del  Tribunal,  el  cual apoya en el cuerpo segundo de la causal primera de casación  de  la  Ley  600 de 2000, a cuyo amparo denuncia la incursión en error de hecho  derivado de falso juicio de identidad.   

          Para  sustentar  el reproche transcribe los apartes de los fallos de  primera  y  segunda  instancia en los cuales se valoraron las pruebas de cargo y  de   descargo,  resaltando  que  mientras  el  a  quem  no    apreció   el   testimonio   de   Jimmy  Alegría  Carvajal, el a  quo  hizo  lo  propio  respecto  de  la  declaración  de  Eduardo  Moriones Muñoz.   

          A  renglón  seguido  pasa  a indicar las pruebas que los falladores  cercenaron,  empezando  por mencionar al Tribunal, al cual atribuye distorsionar  los  testimonios  rendidos por Wilson Andrés Ordóñez  Capote     y    Eduardo  Moriones.  Así, en relación con el primero, dice que  el  juzgador  dejó  de  apreciar  las  afirmaciones  del  deponente,  en cuanto  expresó  que  entraron  al  bailadero  cuando  la  víctima  ya  estaba herida,  habiendo   el  señor  Eduardo  Moriones  momentos  después  pedido  el  favor  al  procesado  de llevarlo al  médico;   añade   que   el   ad  quem  no  tuvo  en  cuenta  tampoco  la  manifestación  del testigo en el  sentido   de   considerar   falsa   la   imputación   hecha   por  Dionela     Delgado    a    ARMANDO VILLAMARÍN.   

          Respecto   del   testimonio   de   Eduardo  Moriones,  censura  a  la colegiatura de segundo grado  por  no  apreciar  afirmaciones  suyas  tales como que cuando salió a buscar un  carro  para  socorrer  al  herido  en  ese momento entraba al lugar ARMANDO   VILLAMARÍN,   sin   que  éste  estuviera  discutiendo  con  alguien y, en todo caso, nadie comentaba algo sobre  lo ocurrido.   

          Considera   que   si   el   sentenciador   hubiese  considerado  las  aseveraciones     cercenadas    de    las    declaraciones    de    Ordóñez    Capote    y    Moriones  Muñoz, no había podido arribar  a la certeza acerca de la responsabilidad del acusado.   

          Por  su parte, según el demandante, el juez de primer grado mutiló  las  declaraciones  de  Wilson Andrés Ordóñez Capote  y  Yimmy  Andrés  Alegría  Carvajal. Respecto del primero, dice, dejó de valorar  la  manifestación  acorde  con  la  cual  al  momento del disparo se encontraba  dentro  del  carro  con ARMANDO VILLAMARÍN,  y  aun  cuando  después  se  dirigieron a la caseta, no entraron  nunca  a  la  misma, lugar donde éste le pasó el frontal del pasacintas.    

          En  cuanto  a  la  deponencia  de  Alegría  Carvajal,  atribuye  al a quo  no  tener  en cuenta lo dicho por él en el sentido de  que  luego  de  recibir  el  disparo  trató  de auxiliar al herido, y cuando lo  sacaba  del  lugar  el dueño del establecimiento le pidió el favor de llevarlo  al  hospital  a  un  señor  que  en  ese  momento  entraba,  quien  accedió al  requerimiento, ante lo cual lo subieron al vehículo del procesado.   

          Para  el  libelista,  igualmente, de haberse considerado los apartes  cercenados   de  dichos  testimonios  no  se  habría  arribado  a  la  certeza,  situación  que  obligaba  a  aplicar  el  principio in  dubio pro reo.   

          Dicho  principio,  en  su  sentir,  tiene la virtud de generar dudas  sobre  los  elementos divergentes que se aprecian entre los testimonios de cargo  y  de  descargo.  Así,  por  ejemplo,  le  parece causante de incertidumbre que  mientras  los  primeros  ubican  al  procesado  dentro del lugar de los hechos e  incluso  como  quien  disparó  contra la víctima, el otro grupo de declarantes  afirmen    lo    contrario,    como   también   que   en   tanto   Dionela  Delgado  declare  haber escuchado  que   un  sujeto  a  quien  le  decían  “Armando”  fue  quien  disparó, Eduardo  Moriones  manifieste que nadie comentaba quién hizo el  disparo.   

          A  ese  respecto,  considera  el  impugnante  bastante dudoso que si  alguien  dispara  contra  otro,  luego se preste a llevarlo al Hospital, sin que  nadie  le  recrimine  su  actitud,  ni siquiera el hermano de la víctima, ni le  vean  arma  alguna,  a  excepción  de  Dionela Delgado  y  el  propio  Iván  Darío  Delgado  Muñoz  (sic),  en  una gallera abarrotada de  personas.   

          En   posterior   capítulo,  que  dice  destinar  para  efectuar  la  valoración  conjunta  de  la  prueba,  tanto  la  de cargo como la de descargo,  incluyendo  los  pasajes  que,  en  su  sentir,  se  cercenaron, el casacionista  transcribe  el  fundamento  apreciativo expuesto en los fallos a los testimonios  de   Dionela   Delgado   e  Iván    Darío    Quiñónez    Muñoz,  a  cuyo  término  resume  los  aspectos  de  esas  declaraciones  considerados  por  los juzgadores. Cumplido ello, nuevamente reseña los apartes  de  las  deponencias  de descargo objeto, en su criterio, de cercenamiento, tras  lo  cual  insiste  en  que con tales contenidos las afirmaciones de Dionela     Delgado    e    Iván  Darío Quiñónez carecen de certeza  para demostrar la responsabilidad del procesado.   

          Señalando  una  vez  más  que  en  este  caso  resultaba imperioso  aplicar  el  principio  in  dubio  pro reo,  pues  existen  aquí  elementos  divergentes  que  no  se  pueden  disolver,  demanda  casar  la sentencia impugnada para, en su lugar, absolver al  procesado    respecto    del    delito    de    homicidio   simple   objeto   de  imputación.   

ALEGATO   DEL   NO  RECURRENTE   

            En  su  condición de sujeto procesal no  recurrente,  la  Procuradora 153 Judicial II en materia penal solicita dar curso  a  la  demanda incoada, pues la misma cumple cabalmente los requisitos previstos  en  el  artículo  212 de la Ley 600 de 2000. Es así como, añade, el libelista  identifica  los  sujetos  procesales y la sentencia impugnada, analiza el suceso  materia  de  juzgamiento  y  concluye  adecuadamente  en  la  descripción de la  actuación   procesal,   en  el  interés  jurídico  que  le  asiste  y  en  la  enunciación de las censuras.   

          Y  en  cuanto  al  yerro  planteado,  considera  que  el  impugnante  describe  lo  enunciado  por las instancias sobre la prueba cuestionada, refiere  el  valor  suasorio  otorgado  a  la  misma  por los falladores, da cuenta de la  forma,  sentido o contenido del cercenamiento, expone los efectos jurídicos que  el  error  produjo en las decisiones y concluye demostrando la trascendencia del  cargo.   

             

PARA   RESOLVER   SE  CONSIDERA   

         

         Acorde  con lo establecido en el artículo  213  del  Código de Procedimiento Penal de 2000, bajo cuyo imperio se ritúa el  presente  asunto,  corresponde a la Corte calificar la demanda de casación para  determinar  si  reúne  o  no los requisitos contemplados en la ley. Uno de esos  presupuestos  está  establecido  en  el  numeral 3º del artículo 212 ibídem,  conforme  al  cual  en  el libelo se debe enunciar la causal y formular el cargo  con  indicación  clara  y  precisa  de  sus  fundamentos y de las normas que el  demandante estime infringidas.   

          Según  criterio  reiterado  de  la  Sala,  el cumplimiento de dicho  presupuesto  impone  al  actor la carga de efectuar una labor de fundamentación  lógica  y  coherente,  en tal forma que los cargos formulados correspondan a la  causal  invocada  y  se  orienten  a  demostrar que el sentenciador incurrió en  vicios   in   procedendo  o  in  iudicando, de acuerdo con  el  motivo  de  casación seleccionado, para lo cual, además, se hace necesaria  la  satisfacción  de  las  pautas  de sustentación que la jurisprudencia de la  Corte  tiene  establecidas frente a la estructuración de cada uno de los yerros  demandables por la vía extraordinaria en mención.   

          Además,  en la postulación de  las  censuras  al  actor le  es  imperioso  respetar  el  principio de corrección material,  conforme  al  cual  las  razones,  fundamentos  y  contenido  del  ataque  deben  corresponder  en  un  todo  con la realidad procesal1   

.  

En el caso objeto de examen, advierte la Sala  que  el  demandante  no  cumple  dichos  requisitos  de  fundamentación  de  la  demanda.   

En  efecto, en el  único      cargo      formulado     denuncia  la incursión en error de hecho  por  falso juicio de identidad frente a la valoración  de   algunas   de  las  pruebas  incorporadas  a  la  actuación.   

          Como  lo tiene dicho la jurisprudencia de la Sala, el referido yerro  se  estructura  cuando  el  fallador,  al  apreciar  la  prueba,  distorsiona su  contenido  fáctico  para  hacerle  decir  lo  que ella no expresa, en cuanto la  cercena, adiciona o translitera.   

Su adecuada sustentación le exige al censor  identificar  el medio sobre el cual recayó el dislate, realizar un cotejo entre  su  contenido  y aquel que le atribuye el fallador, precisando los apartes donde  se   presenta   la   distorsión   y   luego   acreditar  la  trascendencia  del  yerro.   

          El  actor,  empero, no satisface la referida carga de sustentación,  pues  aun cuando menciona los elementos de prueba, así como los pasajes que, en  su  sentir, el juzgador cercenó de las mismas, es lo cierto que la postulación  no  se corresponde con los fundamentos de los fallos de instancia, pues en ellos  sí se apreciaron tales apartes.   

          Según  el  actor,  el  Tribunal omitió valorar las afirmaciones de  Wilson    Andrés    Ordóñez    Capote,  acorde con las cuales cuando sonó el disparo se encontraba fuera  del   lugar  de  los  hechos  junto  a  JESÚS  ARMADO  VILLAMARÍN   SANDOVAL,   con   quien,  precisamente,  pretendía  ingresar  a  dicho sitio con ocasión de lo ocurrido, momento en que  Eduardo  Moriones  pidió el  favor al antes mencionado de llevar el herido al hospital.   

          Situación  muy  diversa,  empero,  revela el fallo del ad  quem,  como se aprecia en el siguiente  fragmento del mismo:   

          “El  señor  Wilson  Andrés  Ordóñez  Capote  corrobora algunas  afirmaciones            de           aquel2,   pero   contradice   otra,  ya  que  si bien indica que permaneció con el señor  ARMANDO  VILLAMARÍN,  en  el  carro  de  este  (sic),  aún  después  que  se dañara el pasacintas, agrega  que  escuchó  un  disparo  “de  adentro  de  la casa”, cuando ellos estaban  “dentro   del   carro”,   en  tanto  que  ARMANDO  VVILLAMARÍN  sostiene  que  el  disparo  lo  escuchó cuando iban entrando a la  gallera,  aunque coincide en que este momento ARMANDO le dijo “vamos a mirar y  cuando  estábamos  entrando  la multitud salía… del bailadero”       (subraya      la      Corte)3.   

          Argumenta  el  censor  que  la  corporación  de  segunda instancia,  respecto      del     testimonio     de     Eduardo  Moriones, dejó de considerar aseveraciones tales como  que  cuando  salió  a  buscar  un carro para socorrer al herido, en ese momento  entraba   al   lugar   ARMADO  VILLAMARÍN.  Tampoco  este cuestionamiento consulta los fundamentos del fallo,  como se observa a continuación:   

          “Por   su  parte,  MAURO  GENTIL  SOLANO  corrobora  que  una  vez  producido  el  disparo,  él  y otras personas salieron de la caseta, observando  que  ARMANDO  VILLAMARÍN  iba  entrando  entre  el  circo y el salón de baile,  preguntándole  qué había pasado, solicitándole luego Eduardo Moriones al hoy  acusado  hiciera  el  favor  de  llevar  al  herido  al  hospital.  Este  corrobora haber hecho tal solicitud al acusado, aclarando que  él  no  se percató de la ocurrencia de los hechos, pero cuando la gente salió  corriendo  del  bailadero, fue a averiguar, encontrando a Julián Quiñónez que  era  su  primo,  sentado  en  una  banca, herido y cuando salía para la calle a  conseguir  un  carro  “iba entrando ARMANDO VILLAMARÍN adentrico (sic)    de   la   gallera…”     (subraya    nuevamente    la  Corte)4.   

          Tampoco   es   cierto   que   el   a  quo  hubiese  dejado  de  estimar  los  segmentos  de  las  declaraciones   de  Wilson  Andrés  Ordóñez  Capote  y  Yimmy  Andrés  Alegría  Carvajal,  aludidos  por el demandante. Así, sostiene  que  en  relación  con  el  primero no apreció la manifestación acorde con la  cual  al  momento  del  disparo  se encontraba dentro del carro con ARMANDO  VILLAMARÍN, y aun cuando después  se  dirigieron  a  la caseta, no entraron nunca a la misma, lugar donde éste le  pasó el frontal del pasacintas.    

          Y   en   lo   concerniente   a   la   deponencia   de   Alegría  Carvajal, le atribuye no tener en  cuenta  lo dicho por él en el sentido de que luego de recibir el disparo trató  de   auxiliar   al   herido,  y  cuando  lo  sacaba  del  lugar  el  dueño  del  establecimiento  le  pidió  el favor de llevarlo al hospital a un señor que en  ese  momento  entraba, quien accedió al requerimiento, ante lo cual lo subieron  al vehículo del acusado.   

          Muy   diversa  es  la  realidad  que  ofrece  el  fallo  de  primera  instancia.  En efecto, sobre el testimonio de Ordóñez  Capote señaló lo siguiente:   

          “…  en  su  declaración  manifiesta  que llegó a la gallera de  Chiribio  aproximadamente  a  las ocho y media o nueve de la noche del sábado 4  de  diciembre  de  2004…  que  allí  vio  a  JESÚS  ARMANDO VILLAMARÍN, que  estuvieron  jugando  gallos  y tomando trago, que el procesado poco entraba a la  caseta  a  bailar  y  posteriormente  se  fue  con él hacia su carro a escuchar  música  pero  el  pasacintas se dañó y JESÚS ARMANDO VILLAMARÍN tiró de un  cable  y  sacó  la  pantalla,  que cuando estaban en el vehículo escucharon un  disparo  y  ARMANDO  le dijo que fueran a mirar y al ingresar a la caseta vieron  un  herido sentado en una banca que lo estaban auxiliando y seguidamente EDUARDO  MORIONES  dueño  del  establecimiento, le pidió el favor que llevara al herido  al  hospital.  Indica  que aproximadamente tres minutos antes de haber escuchado  el   disparo  antes  del  disparo  (sic)  también  oyó un alboroto como de pelea. Sobre la versión de Iván  Darío  Quiñónez  respecto  a que vio a JESÚS ARMANDO VILLAMARÍN con un arma  en  la  mano,  el  declarante  indica  que  su amigo no tenía arma… Desmiente  igualmente  lo dicho por Dionela Delgado respecto a la ubicación de VILLAMARÍN  al momento de los hechos…”.   

          Y    en    relación    con    la   declaración   de   Alegría     Carvajal     expresó    el  juez:   

          “En  diligencia  de  audiencia  pública  se recibe declaración a  Yimmy  Andrés  Alegría  Carvajal,  quien  expone  que  la  madrugada  del 5 de  diciembre  de  2004  se  encontraba  en  la  gallera  de  Chiribio por cuanto lo  contratan  para  ser  juez  en las peleas de gallos y que hacia las cuatro de la  madrugada  se presentó una pelea entre el occiso y un muchacho que era agredido  con  un  machete  y  seguidamente éste agredía igualmente a otro joven quienes  ingresaron  a  la  caseta  de  baile y de allí salieron corriendo tumbando unas  costaletas    (sic),   que  escuchó  una detonación y vio caer a Julián Quiñónez primero en una banca y  luego  al  suelo  y  procedió  a atenderlo, que el señor Moriones le pidió el  favor  a  una persona que estaba entrando para que llevara al herido al hospital  y  que  él  lo  ayudó a sacar hasta el carro…”5.   

          Debe  precisarse  que  los  falladores no se limitaron a reseñar el  contenido  de  las  declaraciones  antes mencionadas sino a consignar el mérito  probatorio  que  juzgaron  pertinente asignarles. Así, el Tribunal, entre otras  disertaciones, reflexionó:   

          “De  acuerdo con esta exposición, entonces, la manifestación del  hoy    acusado   en   el   sentido   que   “íbamos   dentrando   (sic)  cuando se escuchó un alboroto y que  un  pelito (sic) y se escuchó  un  tiro  y  yo le digo a Wilson vamos a asomarnos”, no resulta cierta, ya que  Eduardo  Moriones  lo  ubica entrando a la gallera, transcurrido el lapso de que  se  ha  dado  cuenta,  y  al  confrontar  con  la  de  los testigos Iván Darío  Quiñónez  y  Dionela Delgado resulta perfectamente posible  que el señor  JESÚS   ARMANDO  VILLAMARÍN,  como  lo  afirma  ésta,  y  lo  respalda  aquel  (sic), señalando que vio al  hoy  acusado,  con  el arma en la mano, inmediatamente luego de oír el disparo,  permite  establecer  que  accionó  el  arma  homicida y luego se movilizó a un  sitio   cercano,   en   donde  fue  visto  por  Eduardo  Moriones”6.    

          Por   su  parte,  el  a  quo  razonó        de       la       siguiente       manera:                

          “Observamos  que  las  declaraciones  que  pretenden  favorecer al  procesado,  no  lo sacan avante ante el cúmulo de graves contradicciones acerca  de  las  circunstancias  anteriores  y  concomitantes con los hechos…, pues es  inexplicable  que  los  testigos  desde  sus  posiciones  dentro de la caseta de  baile,  no  hayan  visto  quién  disparó el arma de fuego que hirió a Julián  Quiñónez,  pues según consta en el proceso la sala de baile no tenía más de  siete  metros de largo por tres o cuatro metros de ancho, es decir en un espacio  tan  reducido  donde  según cuentan los declarantes había alrededor de treinta  personas  y  nadie  vio nada. Los testigos de descargo, obviamente mienten, y la  coartada  esgrimida por el acusado no es de recibo de este despacho, máxime que  como  lo  expuso en su indagatoria se encontraba fuera del inmueble que sirve de  ruedo  para  la  pelea  de  gallos  y bailadero, escuchando música con su amigo  Wilson  Andrés  Quiñónez  y  que  en dicho lugar escuchó la detonación o el  disparo  cuando  procedía  a  ingresar nuevamente al establecimiento, cuando lo  cierto  es  que  como lo afirman varios testigos el volumen del equipo de sonido  del  local  era  bastante  alto,  y  muchas  personas incluyendo a sus testigos,  aseguran  haber  escuchado  como un planazo sobre una mesa cuando se encontraban  dentro  del  establecimiento  a  pocos  metros  de  la  caseta de baile donde se  produjo  el  impacto  de  arma  de  fuego,  entonces  resulta  imposible como lo  manifiesta   el  señor  VILLAMARÍN  SANDOVAL  que  desde  el  sitio  donde  se  encontraba  pudiera  alcanzar  a  escuchar  el  mencionado  disparo, y éste por  supuesto  que  lo  escuchó  porque  estaba dentro del bailadero y fue él quien  empuñó  el arma y disparó contra la humanidad de Julián Quiñónez, así sus  amigos  pretendan  hacerlo  aparecer  ajeno  a  los hechos y lo sitúen en lugar  distinto  al  sitio de ocurrencia del insuceso…”7.   

             Es   necesario   recordar   aquí   la  jurisprudencia  de  la Corte acorde con la cual no se incurre en falso juicio de  identidad  cuando a pesar de no apreciarse expresamente alguno o algunos apartes  de  las  pruebas, el sentenciador asume el análisis del aspecto o aspectos cuya  omisión    se    aduce,    dándoles    el    mérito   suasorio   que   estima  pertinente8.   

Pues  bien,  aun  cuando  el  Tribunal,  al  ponderar  las  pruebas  incorporadas a la actuación, no hizo mención expresa a  particulares  fragmentos  de algunas de ellas, sometió a valoración el aspecto  al  cual se refieren esos apartes, orientados todos a corroborar la exculpación  esgrimida   por   el   procesado  en  el  sentido  de  ser  ajeno  al  acontecer  delincuencial,  pues  se  encontraba fuera del lugar donde ocurrieron los hechos  cuando  se  accionó  el arma. Desde luego, otra cosa es que le haya asignado un  alcance persuasivo diverso al pretendido por el censor.   

          En  ese sentido, surge claro que a lo largo del reproche el actor no  hace   sino  cuestionar  la  apreciación  de  las  pruebas  efectuada  por  los  falladores,  equivocando  así la vía adecuada para estructurar el ataque, pues  ese  tipo  de  reparos  deben  orientarse  por el sendero del error de hecho por  falso  raciocinio,  por  supuesto, demostrando la vulneración de los principios  de  la  sana  crítica,  integrados  por  las  reglas  de  la  experiencia,  los  postulados lógicos y las leyes de la ciencia.   

El  libelista  no procede de esa manera sino  que  se  limita,  en  realidad,  a postular su propio enfoque acerca del mérito  suasorio  arrojado  por  las pruebas, el cual opone al criterio expuesto por los  falladores,  pretendiendo  de  la  Corte  prefiera  el suyo y desestime el de la  judicatura.  Olvida  que ese tipo de discrepancias probatorias no son admisibles  en  sede  de  casación, dada la doble presunción de acierto y legalidad de que  está revestida la sentencia impugnada.   

Más aún, el demandante, en algunos apartes  del  libelo,  censura  al  Tribunal por omitir la apreciación del testimonio de  Yimmy   Andrés   Alegría   Carvajal   y  al  juez  por  hacer  lo propio con respecto a la declaración de  Eduardo  Moriones Muñoz, con  lo  cual  resulta  deslizando  el discurso hacia los terrenos del error de hecho  por  falso  juicio  de  existencia, desatendiendo el principio de autonomía que  rige  en  esta  sede extraordinaria, acorde con el cual el desarrollo del ataque  se debe corresponder con el motivo de casación enunciado.   

De  todas  maneras,  debe  señalarse que el  impugnante  pasa  por  alto  que  en  materia  de  casación  opera  también el  principio  según  el cual los fallos de primera y segunda instancia constituyen  una   unidad   inescindible   en   todo   aquello   que   no  se  opongan  entre  sí.   

Atendida,   por   tanto,   la   defectuosa  confección  de  la  demanda,  que  pone  de  presente el no cumplimiento de los  presupuestos  de  lógica  y  adecuada fundamentación exigidos en esta sede, la  Corte la inadmitirá.   

          Al  margen  de  lo  anotado,  la  Sala no avizora la vulneración de  garantías  fundamentales,  que le impongan intervenir oficiosamente, en orden a  preservar su intangibilidad.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

INADMITIR   la  demanda  de  casación  interpuesta por el defensor de  JESÚS ARMANDO VILLAMARÍN SANDOVAL.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ       LUIS       BARCELÓ  CAMACHO              FERNANDO   ALBERTO   CASTRO   CABALLERO            

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ               GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ   

LUIS  GUILLERMO  SALAZAR OTERO                     JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1 Cfr. Auto del 2  de mayo de 2012, radicación 26846.   

2  Se  refiere     a     JESÚS    ARMANDO    VILLAMARÍN  SANDOVAL.   

3  Página 24 del fallo de segunda instancia.   

4  Página 25 ibídem.   

5  Páginas 20, 21, 27 y 28 del fallo de primera instancia.   

6  Página 27 del fallo de segundo grado.   

7  Páginas 32 y 33 del fallo de primer grado.   

8 Cfr.  Sentencias  del   3 y 24 de octubre de 2002, radicaciones 15927 y 15298. En  el  mismo  sentido  auto  del  30  de  mayo  de  2007,  radicación 27174,   sentencia  del 1º de noviembre de 2007, radicación 25236 y sentencia del 21 de  julio de 2009, radicación 32099.     

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