40503(24-04-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARÍA   DEL   ROSARIO  GONZÁLEZ MUÑOZ   

Aprobado acta N° 124.  

Bogotá, D. C., veinticuatro (24) de abril de  dos mil trece (2013).   

VISTOS  

Examina la Corte los presupuestos de adecuada  y  lógica  fundamentación  de  la  demanda  de  casación  interpuesta  por el  defensor  de FABIO SAÚL SEVERICHE MERCADO contra  la  sentencia  del  20 de enero de 2012, mediante la cual el  Tribunal  Superior  de  Cartagena confirmó el fallo proferido el 19 de abril de  2010  por  el Juzgado Quinto Penal del Circuito de la misma sede, que condenó a  FABIO    SAÚL    SEVERICHE   MERCADO   a  las  penas  principales  de  48 meses de prisión, 33.33 salarios  mínimos  legales  mensuales  y 48 meses de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas,  como  cómplice  responsable  del  delito de  concusión.   

HECHOS  

Los  resumió  el  Tribunal  de la siguiente  manera:   

“Según  consta  en  la acusación, el Dr.  José  Alfredo  Jaramillo  Matiz  ocupaba el cargo de Fiscal 11 Delegado ante el  Tribunal  de  Justicia  y  Paz con sede en Barranquilla, ampliada su competencia  territorial  al Distrito Judicial de Cartagena, de manera sucesiva en calidad de  encargado,  mientras  duraba  la  incapacidad  médica  de  la  titular  de este  despacho Dra. Inés Palta Muñoz.   

Desde  el  mes de octubre de 2007 a junio de  2008,  cuando  Alfredo Jaramillo Matiz, fiscal, recogió en el vehículo oficial  que  conducía personalmente, en un sitio de la ciudad de Barranquilla al señor  Alfonso  del  Cristo  Hilsaca  Eljadue, conocido como el “Turco Hilsaca”, se  dirigieron  al  restaurante  Búfalo  Gril,  ubicado  en la cra. 51 B No. 79-97,  cerca  al hotel Barranquilla Plaza, de esa misma ciudad, acompañado de Reynaldo  Burgos  y  de  los  hombres  de  seguridad  del  señor  Hilsaca  Eljadue. Allí  manifestó  el  fiscal  Jaramillo  Matiz,  que  estaba recibiendo la versión al  desmovilizado  comandante  paramilitar  Úber  Enrique  Martínez Banquez, alias  “Juancho  Dique”,  quien  habría  sugerido la comisión de graves conductas  criminales  como los asesinatos del abogado Alberto Yaguma, y de las prostitutas  Betsevit  Obviada  Espitia,  Lourdes  Lara Chapman, Ofelia Correa Torres y Hendy  Smith  Pérez,  ocurridos  el  13 de febrero de 2003 en la plazoleta frente a la  “Torre  del  Reloj en Cartagena”, supuestamente ordenados por un comerciante  importante  de  esta  ciudad, lo que conduciría a una determinación en Hilsaca  Eljadue como presunto responsable de los hechos.   

En ese diálogo el fiscal Jaramillo Matiz le  habría   solicitado  una  alta  suma  de  dinero  a  Hilsaca,  inicialmente  de  quinientos  millones  de pesos, a cambio de evitar que el versionista “Juancho  Dique”   expresara   los   hechos  concretos  de  su  responsabilidad  en  los  homicidios,  de  tal  manera  que el fiscal no le insistiría para que ofreciera  los  datos y las circunstancias de esos hechos, sino que desviaría su atención  en otros, a fin de evitar dichas imputaciones.   

El  fiscal  Jaramillo no solamente solicitó  dinero  para sí mismo a cambio de esa actuación ilegal, sino que reconoció la  contribución  que  hiciera un señor llamado FABIO SAÚL SEVERICHE MERCADO; sus  datos  precisos  se  vinieron  a  conocer  al  final de la investigación contra  Jaramillo  Matiz,  porque  gracias a él se hizo el contacto con Alfonso Hilsaca  en  la  ciudad de Cartagena. En virtud a ello requirió constantemente a Hilsaca  para  que  le  diera  también  dinero  al  Dr.  SEVERICHE,  así  como  a  unos  investigadores,    con    quienes   debería   compartir   dicha   cantidad   de  dinero.      

Esa  conversación  fue  grabada por Hilsaca  Eljadue,   quien  se  sintió  extorsionado  por  dicha  petición,  y  los  Cds  contentivos  de  dicho  diálogo  fueron  enviados  a la Fiscalía para poner en  conocimiento  dicha  conducta  penal  en  que pudieran haber incurrido el fiscal  Jaramillo Matiz y otros partícipes”.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1. En audiencia preliminar realizada el 30 de  marzo  de  2009  por  el Juzgado Once Penal Municipal de Cartagena, la Fiscalía  formuló  imputación  a  FABIO SAÚL SEVERICHE MERCADO  por el delito de concusión. El despacho judicial, por  su   parte,   lo   afectó   con   medida   de   aseguramiento   de   detención  domiciliaria.   

2.  Oportunamente,  la  Fiscalía  presentó  escrito   de  acusación  contra  el  antes  nombrado,  atribuyéndoles  el  punible  en mención a título de  cómplice.   

3.  Correspondió  tramitar  la  fase  del  juzgamiento  al  Juez  Quinto  Penal  del  Circuito  de  la  mencionada  ciudad,  funcionario  que  realizó  la audiencia de formulación de acusación los días  27 de mayo y 3 de noviembre del precitado año.   

4. El Juez celebró la audiencia preparatoria  el  10  de diciembre siguiente y llevó a cabo el juicio oral el 4 de febrero de  2010,  a  cuyo  término  anunció  como  sentido  del  fallo  uno  de carácter  condenatorio.   

5. La lectura de la sentencia ocurrió en la  audiencia que realizó el 19 de abril del mismo 2010.   

6.  Contra  el fallo de primera instancia la  defensa  interpuso  el recurso de apelación, por cuya vía el Tribunal Superior  de Cartagena le impartió confirmación.   

7.   Inconforme   con   la  sentencia  del  ad quem, el procesado acudió  al  recurso extraordinario de casación, siendo sustentado en oportunidad por su  defensor.   

LA  DEMANDA   

          El  impugnante  formula  cuatro cargos contra el fallo del Tribunal,  los  dos  primeros  con apoyo en la causal segunda de casación de la Ley 906 de  2004  y  los  otros  dos al amparo de la causal tercera de la misma disposición  legal,  esto  es,  violación indirecta de la ley sustancial. A continuación se  resumen cada uno de los reproches:   

          PRIMER CARGO:   

          Predica  la  existencia  de  nulidad  por  violación del derecho de  defensa  y  del debido proceso, porque a pesar de que el procesado se encontraba  en   detención  domiciliaria,  el  INPEC  no  realizó  ningún  esfuerzo  para  trasladarlo  a  la  sede del Tribunal el día en que se celebró la audiencia de  lectura  de  la  sentencia  de  segunda  instancia,  tal como lo requirió en su  momento dicha corporación.   

          Considera  que  la  presencia  del procesado en todas las audiencias  que  se lleven a cabo en la etapa del juzgamiento es obligatoria, de acuerdo con  lo  dispuesto  en los artículos 149 y 339 de la Ley 906 de 2004, a menos que el  aludido renuncie a ese derecho.   

          En   su   opinión,   la   irregularidad   en  mención  trajo  como  consecuencia,  en primer lugar, el no conocimiento directo por parte del acusado  de  la  sentencia  y  su consiguiente notificación en estrados, única forma de  publicidad  de  las  decisiones  emitidas  en  audiencia, criterio en cuyo apoyo  alude  a  dos  precedentes  de  la  Corte  Suprema.  En  segundo  lugar,  la  no  oponibilidad  del  fallo  al aludido porque no pudo comparecer por fuerza mayor.  En  tercer  término,  el  quebrantamiento  del derecho de defensa, en cuanto la  notificación  en estrados se le quiso suplir con una simple comunicación. Y en  cuarto  lugar,  la  imposibilidad  para  el  procesado  de  presentar el recurso  extraordinario de casación en el curso de la audiencia.   

          En  suma,  para  el  demandante,  la ausencia del acusado en el acto  procesal  de lectura de la sentencia genera nulidad por dos vías, de una parte,  en  cuanto  violación  del  debido  proceso que exige del juzgador expresar los  motivos  de  su  pronunciamiento  y, de la otra, por vulneración del derecho de  defensa  en  la  medida  en  que  sólo conociendo los argumentos contrarios, la  defensa puede proponer una evaluación diferente.   

          Estima  que  la  anomalía  sólo  puede  repararse  invalidando  la  decisión  de segunda instancia, a fin de repetir la audiencia, ahora sí con la  asistencia  del  procesado,  quien  de  esa  manera  tendrá  la  oportunidad de  solicitar  adición  y  ampliación de la sentencia y al mismo tiempo manifestar  su deseo de interponer el recurso extraordinario de casación.   

          SEGUNDO CARGO:   

          Aduce  también  la  presencia  de  causal  de nulidad, esta vez por  defectos  de  motivación, en cuanto el Tribunal no respondió todos los motivos  de alzada.   

            Al  respecto  sostiene  que  el  ad quem  incurrió en deficiente o incompleta motivación, pues  no  se  refirió  a dos de los puntos objeto del recurso de apelación, a saber:  (i)  el  tema  de  las  exigencias  propias  del  delito  de  complicidad  en la  concusión  y (ii) el tema de la supuesta ayuda en el orden natural de ese mismo  punible.   

          Sobre  el  primero de esos aspectos, recuerda cómo en su momento la  defensa  puso  de  presente  que  no  hay  complicidad  de delito sino delito de  complicidad,  por cuya razón su demostración requiere dos supuestos, en primer  lugar,  la consumación o tentativa del delito principal y, en segundo término,  la  demostración  independiente del hecho típico, antijurídico y culpable. Al  respecto,  cuestiona  al  fallador  por  no  establecer cuál fue la específica  conducta  que  constituyó  el  acto de contribución, es decir, si una llamada,  una   conversación,   una   reunión   y,   en  tal  caso,  entre  “quién    o   quién”,   cuándo   y  dónde.   

          En   la  apelación,  añade,  se  dijo  también  que  el  acto  de  contribución  no  podía  ser  un  comportamiento  casual,  de manera que si se  trató  del  encuentro en el Tiger, debían mediar entonces tres supuestos, esto  es:  (i)  que  no  fuera  casual,  (ii)  que el procesado supiera las apetencias  ilícitas  de  Jaramillo Matiz  y  por  tanto  haya  preparado  el  encuentro  para la colaboración y (iii) que  aquél   supiera   de  antemano  que  Reynaldo  Burgos  era         amigo        de        Hilsaca “y como  tal  pudiera  servir  de  puente  para llegar a él”.  Considera  que  sobre  estos  aspectos  no  hubo respuesta alguna en el fallo de  segundo grado.   

          Así,  tras  reproducir  apartes  de  la  mencionada  decisión,  se  pregunta  cómo  el Tribunal admite que el conocimiento previo concerniente a la  amistad  entre  Burgos  e  Hilsaca  no  provino  de  la  única  prueba  de  la  cual  podría  sostenerse,  sino  probablemente de otras  fuentes,  aun  cuando  sin  indicar  cuáles.  Tampoco,  agrega,  responde si el  encuentro  fue  o  no casual, y si lo primero, cómo algo casual pudo significar  un  acto  de contribución a un punible y, es más, convertirse en delito por el  sólo  hecho  de  conocerse  la  existencia  de  la  reunión celebrada entre el  insaciable     fiscal     e     Hilsaca?.   

          Sobre  el  segundo tema que, en sentir del demandante, no respondió  el  ad quem, en su oportunidad  demostró,  dice,  “cómo  no  era nunca por sentido  natural  castigar  a  quien ayuda a un ciudadano particular a buscar a un fiscal  que   ese   mismo   ciudadano   que   ayuda   al   fiscal   a   buscar   a  otro  particular”.  En  ese  sentido,  sostiene  que  ser  cómplice  de  alguien,  dentro de las estructuras lógicas objetivas de WELZEL,  significa  prestar colaboración específicamente a ese alguien, por cuya razón  no  será lo mismo prestarla a quien luego aparece como víctima que prestarla a  quien después será un victimario.   

          Por  eso,  agrega,  explicaba  en  su  momento  que fue Hilsaca  quien  buscó  al fiscal, y si en  esa  cadena  se  colocó  al  procesado,  éste  quedó  arrimado al lado de las  víctimas,  mas no del victimario. Insiste: no es lo mismo ayudar a Hilsaca   y   a  Burgos    a   contactar   al   fiscal   Jaramillo, pues en tal caso la ayuda no es  sino  para  esos  últimos, de manera que la complicidad sería frente a éstos.  De  otra  parte,  dice,  si  antes  de  la escena del acusado está Burgos,  no  es lógico que se penalice la  causa  más  lejana, mientras la próxima no sea punible, es decir, Burgos  inocente,  en  tanto se castiga al  procesado  que  es  la  cadena  más lejana. Sobre esta temática, reitera, nada  expresó el Tribunal.   

          Según   el   actor,   el   fallador  tampoco  hizo  mención  a  la  aseveración  efectuada por Jaramillo Matiz   en  el  sentido  de  habérsele  ocurrido  hacerle  la  petición  dineraria  a  Hilsaca  cuando  éste  le  preguntó  “cómo  le  puedo  ayudar”?,  omisión  ocurrida pese a que la defensa cuestionó al  fallador  de  primera  instancia  de  qué  forma se puede hablar de complicidad  frente a un comportamiento concusivo sin pasado, sin historia.   

          Considera  que  la única forma de reparar el agravio es invalidando  el  fallo  de  segundo  grado,  a  fin  de  que  el  Tribunal atienda la razones  expuestas por la defensa.   

          TERCER CARGO:   

          El  libelista  denuncia  al  fallador por incurrir en error de hecho  por falso raciocinio.   

          Para  sustentarlo cita en extenso precedente jurisprudencial de esta  Corporación  en  relación  con  la  prueba  indiciaria  y  luego  reseña  los  elementos  probatorios  con  los  cuales  el  Tribunal fundamentó la sentencia,  precisando el alcance dado por éste a cada una de esas probanzas.   

          A   renglón  seguido  emprende  la  tarea  de  demostrar  cómo  el  ad   quem,   según  dice,  “quebró  las  leyes  del raciocinio lógico y de la  experiencia”     al    valorar    las    referidas  pruebas.   Así,  sobre  el  testimonio    del    investigador    Orlando   Ayala  Avendaño,  estima  que  el mismo no representa apunte  indiciario alguno ni a favor ni en contra del procesado.   

          En  relación  con la prueba pericial relativa a la transliteración  de     la    conversación    sostenida    entre    el    fiscal    Jaramillo    Matiz    y   los   señores  Alfonso    Hilsaca    y  Reynaldo  Burgos, replica que  la  conclusión  del  Tribunal,  según  la  cual  la  alusión por parte de los  contertulios  al nombre de FABIO SEVERICHE es  indicativa  de  la  complicidad, vulnera el principio lógico de  identidad,  pues  la  mención  que  se  hace  es para decir que se le debe algo  “por lo que sea”, lo cual  no  está  asegurando  nada  específico,  sino  que  se trata de una referencia  genérica, abstracta e indeterminada.   

          Además,  añade,  en  la  misma conversación se afirma que hay que  mentirle,  pues  “entre  menos personas involucremos  mejor”,  situación  de  la  cual  se  infiere  que  Fabio   era  tratado  como  extraño,  es  decir,  se  admite  allí  que éste no estaba involucrado en los  hechos.   

          En  su  criterio, de otra parte, si lo extraído de la conversación  es  que  el  acusado  ayudó  a  Jaramillo a    buscar   a   Hilsaca,   se  maltratan  las  leyes de la lógica cuando se afirma que es este  último,   y  no  Jaramillo,  quien  le  debe  a Fabio. Más  aún,  considera  contrario  a las leyes de la experiencia pensar que todo aquel  mencionado  en  ese  escenario  es  cómplice,  pues  igual  ocurriría  con los  investigadores    respecto    de    quienes   el   ex   fiscal   hizo   también  alusión.   

          De  lo anterior el actor dice extraer varias razones de lógica y de  principios  jurídicos  de  las  ciencias  penales, a saber: (i) si la relación  entre   autor   y  cómplice  es  de  ayuda,  no  es  posible  que  Jaramillo   Matiz   persiga   engañar  y  desconocer  a su supuesto cómplice, (ii) el ex fiscal estaba pidiendo para él,  contexto  en  el  cual  buscaba  todos  los  argumentos  que creía posible para  sostener  un  precio  y  justificarlo,  según  así  lo indican las leyes de la  experiencia   y  la  lógica,  (iii)  Jaramillo  Matiz  estaba inmerso en un delito, y como tal afirmaba cosas  falsas,  (iv)  el  silencio  de  los  contertulios  sobre  el supuesto aporte de  Fabio  nada  significa, pues  las  leyes de la experiencia indican que los temas entre conversadores se tratan  de  acuerdo  con  su importancia, (v) si se pide que el cómplice sea pagado por  el  otro  como  un  servicio  para éste, se debe concluir que la ayuda fue a su  favor  y  no  de  quien  solicita  el  dinero, y (vi) de haber existido actos de  complicidad,  en  la conversación se habrían mencionado de manera específica,  conforme lo indican las leyes de la lógica y del sentido común.   

          De  esa  manera,  es de la opinión que de la referida conversación  no  se  pueden  extraer  con certeza los aspectos necesarios para condenar, esto  es,  cuál  fue  el  aporte,  a  quién  se  prestó éste y cuándo sucedió el  mismo.   

         En     lo     concerniente    al    testimonio    de    Reynaldo  Burgos,  estima  el casacionista  que  ninguna  de  las conclusiones del Tribunal están legitimadas por las leyes  de  la  lógica y la experiencia. Así, si se admite que la reunión fue casual,  resulta  absurdo  que  se  afirme  que se trató de un acto programado, pues una  cosa  no puede ser y no ser al mismo tiempo. Por eso, añade, si a partir de ese  encuentro  casual  los  dos  nuevos  amigos  se  intercambian sus teléfonos, la  lógica  indica  que  no  requieren de un tercero para hablar entre ellos, y que  todo   lo   ocurrido   de  allí  en  adelante  no  puede  manchar  “de    delito    todo   lo   pasado”.   

         Para  el  censor, no es cierta la aseveración del testigo según la  cual  el  procesado  mostró  molestia  por  la  grabación.  Más  aún,  en su  criterio,  la  lógica  indica  que  si una persona está involucrada en un acto  delictivo  que  le  ha sido grabado, no muestra un poquito de molestia, sino que  con  vehemencia censura el acto. De todas maneras, es del concepto que de allí,  por  tratarse  de  una referencia subjetiva, no puede generarse certeza en uno u  otro sentido.   

         En  su  sentir, constituye una especulación judicial afirmar que si  el  acusado sabía de la reunión entre Jaramillo Matiz  e    Hilsaca,   era  porque  debió  ser  cómplice.  Según  las  leyes  de  la  experiencia  y  de  la lógica, concluye, las causas son siempre antecedentes de  sus  efectos,  de  manera  que  únicamente  por  conocer  de la reunión, no lo  convierte  en  cómplice.  Para  ello,  añade,  se  requería un comportamiento  material,  como  el  solicitar  directamente lo que a él le correspondía en la  avaricia  delictiva,  sin  que fuese suficiente el sólo hecho de interesarse en  los resultados de la reunión.   

         Estima   también  contraria  a  las  leyes  de  la  experiencia  la  afirmación  del  Tribunal  acorde con la cual el procesado supo de la cercanía  de  “Burgos con Hilsaca de otra fuente y que por ello  lo  acercó  a  Jaramillo  Matiz,  porque  muchas  veces  el  contacto  no está  interesado  en  darse  a  conocer  como  tal”.  En su  criterio,  contrariamente,  si una persona tiene interés en que se le reconozca  un acto, buscará siempre que se sepa de su realización.   

         Respecto  del  testimonio  de José Alfredo  Jaramillo  Matiz,  es del criterio que si los actos de  complicidad  hubieran  sido  ciertos,  el  declarante  en mención no se habría  “limitado a afirmar sólo una relación física, una  cadena   de   situaciones   materiales”,  pues  las  “leyes  de  la  experiencia  y  la lógica, más las  ciencias  jurídicas  enseñan  que  cuando  un  autor  desea develar los planes  realizados  con  su  cómplice, tendrá mucho más, pero mucho más que declarar  sobrepasando  simplemente  la  relación  causal,  que le llevaría al infinito,  pasando  por  el  mismo  fiscal  general, pues si éste no lo nombra, no habría  podido           haber          conversación          delictiva”.        

         En  su  concepto, de otra parte, hay una  impropiedad  lógica en la conclusión del juzgador según la cual el acta de la  declaración   de   “Juancho  Dique”  recibida   en   Justicia   y   Paz   por   el   fiscal  Jaramillo  Matiz  denota  que  hubo  antes  otras,  aun  cuando  nada se haya dicho sobre el particular. Considera que si no  se  registró  “lo que se decía de Hilsaca es apenas  natural   que   tales   alusiones   nunca   se   encontrarán”.   Bajo  las  leyes  de  la lógica, agrega, no es posible “que  quien  está presto para afirmar lo que ya estaba sucediendo  se  lo  hubiese  callado  hasta casi dos meses después si era que le animaba su  deseo de pedir dinero…”.   

         Finalmente,  en su opinión, si se admite la afirmación del testigo  acorde  con la cual sólo tuvo la idea de cobrar el dinero en dicha reunión, la  cual  nunca  fue  programada  por  Fabio, entonces  las  leyes de la lógica indican que nadie puede responder  por cosas que suceden en el futuro.   

         En  este  mismo  reproche,  el  actor dice atacar adicionalmente dos  hechos   indicadores.   Así,   en  primer  lugar,  aduce  que  el  sentenciador  desconoció  parcialmente  el  testimonio  de Jaramillo  Matiz,  en  concreto,  en  cuanto  afirmó  que  se le  ocurrió  pedir  el  dinero cuando Hilsaca le  preguntó  en  qué  le  puedo  ayudar? De haber considerado tal  aseveración,  concluye,  el  Tribunal  no  podía  sostener  la  existencia  de  complicidad antes de la iniciativa del autor de la concusión.   

         En  segundo  lugar,  cuestiona  al  ad quem  por   tergiversar   el   contenido  del  acta  de  la  declaración   de  “Juancho  Dique”,  porque  si  ese  mismo  día  es  cuando  el  postulado  iba a hacer  confesiones  y  a  delatar a otros personajes, no puede el fallador “especular     sobre     que  antes  de  esa  diligencia  formal  es  cuando ya el declarante  aludió  el  nombre de Hilsaca, dado que es precisamente para ello que se llamó  y  es apenas lógico que el tema no podía ser abordado porque de haberlo hecho,  entonces   no  tendría  sentido  alguno  la  espera  desde  ese  momento  hacia  delante”.    

         El  demandante  termina  ilustrando  acerca  del  significado de las  leyes   de  la  lógica  y  de  la  experiencia  humana  para  concluir  con  lo  siguiente:   

         1)  La  lógica  indica que el acto de hoy persigue una consecuencia  específica  para  el  mañana,  razón  por la cual no puede suponerse, como lo  hace  el  Tribunal,  que  se  puede ser cómplice de una solicitud dineraria que  sólo aparece en ocurrencia al momento de los hechos.   

         2)  Según  las  leyes  de  la  experiencia,  quien  desea que se le  cancele  un  servicio  tiene supremo interés de dar a conocer su acto. Esto, en  su  sentir,  se  opone  al  razonamiento  del  juzgador,  acorde  con el cual es  perfectamente    posible    que    el    contacto   mantenga   en   secreto   su  actuación.   

         3)  Si  las  leyes  de  la  experiencia  enseñan  que en los sitios  públicos  las  personas  se  encuentran,  saludan y relacionan entre sí, hasta  generarse  amistades  y  casamientos, no es extraño entonces que la reunión en  el  Tyger  (sic)  haya  sido  casual  y  allí  hubiese surgido la amistad entre  Burgos   y   Jaramillo.   

         

         4)  Las  leyes  de  la  lógica  indican que el autor requiere de un  cómplice  porque  sabe  que  no  es el dueño del todo, pero si ya Jaramillo    conoce    a    Burgos,  y  éste al primero, ¿“para qué era necesario mi poderdante”?   

         5)  Si  las  leyes  de  la experiencia enseñan que el cómplice por  serlo  es  una  persona  cercana  al  autor  que  ayuda, resulta extraño que el  procesado   haya   llamado   a   Burgos  para   enterarse   de   los  pormenores  de  la  reunión,  y  no  a  Jaramillo Matiz.   

         Sobre  la trascendencia de los errores que menciona, es del criterio  que  de las pruebas referidas por el Tribunal no es factible, ni individualmente  ni  en  conjunto  arribar a una conclusión inferencial en contra del procesado.  En   ese   sentido,   estima  que  la  conversación  transliterada  debió  ser  fortalecida  o  explicada  por  cualquiera  de los contertulios, pero ninguno lo  hizo,   ni   siquiera  Jaramillo  Matiz,  quien  incluso  reconoció  que  él  no  tenía programado efectuar  solicitud  económica  alguna.  En  su  sentir,  la sola circunstancia de que el  procesado  haya  querido  saber  acerca  de  los resultados de la reunión no es  suficiente  para  “obtener  en  grado  de certeza un  indicio  único  y  grave  y  decisivo  de  condena”.   

         CUARTO CARGO:   

         Lo  sustenta  cuestionando a los juzgadores por arribar a la certeza  cuando  las  pruebas  impiden  predicar ese grado de conocimiento. En su sentir,  los  errores  de  hecho  “ya anotados” en  el  peor  de  los  casos  permiten realizar un juicio dubitativo  sobre la responsabilidad del procesado.   

         Para  el actor, en este caso se ignoran los siguientes aspectos: (i)  cuál  fue el aporte físico del acusado, (ii) qué era lo que sabía o conocía  antes   de   la   “reunión   causal”  (sic)  en  el Tyger (sic), (iii) qué era lo que sabía o conocía  de  la  reunión  de  Barranquilla,  (iv)  supuestamente  el  procesado a quién  colaboró,  a  Hilsaca  o  a  Jaramillo  Matiz?  (v) si para la reunión en el Tyger (sic)  ya  se  había recepcionado el testimonio de “Juancho  Dique”?   y   (vi)   si   la  iniciativa  de  cobro  ilícito  se  dio  en  la  conversación,   de   qué   modo   debía   entones   sostenerse   la  supuesta  complicidad?   

         Es   del   criterio   que   sin   la  solución  de  los  anteriores  interrogantes  no podían los falladores sostener una certeza, la cual en verdad  no    se    obtiene    con    las   pruebas   indiciarias   referidas   en   las  sentencias.   

         Predica,  de  esa  manera,  la  violación  indirecta,  por falta de  aplicación,  del  artículo  381  del Código de Procedimiento Penal, norma que  exige  un  conocimiento acerca del delito y de la responsabilidad del procesado,  más  allá  de  toda  duda.               

PARA   RESOLVER   SE  CONSIDERA   

El  estatuto  procesal  penal  expedido mediante la Ley 906 de 2004,  conforme  ocurre  con  el  previsto  en  la  Ley  600  de  2000,  también  exige,  como condición para la  admisión   de  la  demanda  de  casación,  la  satisfacción  de  exigencias   de   lógica   y  adecuada  argumentación,  cuyo  fin  es  permitirle  a  la Corte, a partir de la     coherencia     y    precisión  conceptual   del  libelo,  establecer sin dificultad cuál es el error atribuido  al    sentenciador,    causante   de   la   violación   de   la  Constitución   o   la  ley  o  la  afectación  de  las  garantías  fundamentales de las partes.   

Esos   presupuestos   de  sustentación,  acorde  con  lo establecido  en  los  artículos  183  y  184, inciso segundo de la  precitada  Ley 906 de 2004, giran en torno a la correcta selección de la causal  invocada     y     al     adecuado    desarrollo  de  los  cargos formulados a la sentencia atacada, para  lo  cual  se requiere que cada reproche se sustente de manera separada y que las  razones  aducidas  se  correspondan  con  el yerro denunciado, sin que sea dable  entonces  incluir  en  una  misma  censura conceptos que se opongan entre sí ni  incurrir  en  inconsistencias de argumentación, pues ello atentaría contra los  principios  de  no  contradicción  y  autonomía  que son inherentes al recurso  extraordinario de casación.    

Además,  en  la  estructuración  de  las  censuras  al  demandante  le  es  imperioso respetar el principio de corrección  material,  conforme  al  cual  las  razones,  fundamentos y contenido del ataque  deben   corresponder   en   un   todo   con   la  realidad  procesal1.   

         En  el  caso objeto de examen, advierte la Sala que el demandante no  cumple dichos requisitos de fundamentación de la demanda.   

         En  efecto,  en el primer cargo  plantea  la  existencia  de  nulidad  derivada  de la ausencia del  procesado  en  la  audiencia  de  lectura de la sentencia de segundo grado, cuya  asistencia  era  obligatoria en virtud de encontrarse en detención domiciliaria  y por cuanto nunca renunció a ese derecho.   

Conforme  lo  tiene expresado la Corte, las  censuras  sustentadas  en  la causal de casación orientada a obtener la nulidad  de   la   actuación,  debe  contener,  como  mínimo,  la identificación de la irregularidad, la expresión  clara  de  sus  fundamentos,  el  señalamiento  de  si  se trata de un vicio de  estructura  o  garantía,  la  indicación  de  la  norma  o normas violadas, la  mención  del  momento  procesal  en  donde  se  presentó la anomalía y de las  actuaciones  afectadas  con  la  misma,  así  como  motivar  su trascendencia y  demostrar  a  la  Sala  que la nulidad se erige como el remedio único y extremo  para  enmendar  la incorrección procesal, surgiendo así indispensable el fallo  de casación.   

         En  el  presente  evento, el actor no fundamenta la trascendencia de  la  irregularidad,  de  modo que se abstuvo de demostrar que la misma afectó en  forma   real  y  cierta  las  garantías  del  procesado  o  socavó  las  bases  fundamentales  del  proceso.  Se limita a señalar que éste no tuvo oportunidad  de  interponer el recurso de casación ni solicitar adición o ampliación de la  sentencia,  olvidando,  de  una parte, que fue el propio acusado quien interpuso  en   tiempo   dicha   impugnación   extraordinaria2,  lo  cual hizo un día hábil  después  de  efectuada  la  audiencia de lectura de la sentencia y, de la otra,  que  la  solicitud  de  adición  del  fallo  puede  hacerse,  de acuerdo con el  artículo  311  del  Código  de Procedimiento Civil, dentro de la ejecutoria de  esa decisión.   

         En  consecuencia,  si  lo pretendido con la nulidad es posibilitarle  al  procesado  interponer  un recurso del cual ya hizo uso y, además, acudir al  mecanismo  de  la  adición  que todavía tiene oportunidad de activar, es claro  que el ataque resulta así claramente intrascendente.   

         Más  aún, si en materia de nulidades rige también el principio de  la   instrumentalidad   de  las  formas,  acorde  con  el  cual  no  procede  la  invalidación  cuando  el  acto  tachado  de irregular ha cumplido el propósito  para  el  cual  estaba destinado, siempre que no se viole el derecho de defensa,  no  evidencia  la  Sala  la  necesidad  de  repetir  un  acto  de publicidad (la  audiencia  de  lectura  de  la  sentencia)  cuando  el  fin  para el cual estaba  destinado  se cumplió al enterarse el procesado oportunamente del proferimiento  del   fallo   y,   consecuencialmente,   interponer   contra   él   el  recurso  extraordinario de casación.   

         En    el   segundo   cargo   el  libelista también aduce la presencia de causal de nulidad, esta  vez  sobre  la  base  de incurrirse, según refiere, en motivación deficiente o  incompleta.   

La Corte ha sido reiterativa en señalar que  cuando,  con  el  referido  fundamento, se denuncia la existencia de nulidad, al  demandante  le  corresponde  demostrar  la  presencia  de  uno cualquiera de los  siguientes  vicios:  (i) que el fallo carece totalmente de motivación; (ii) que  siendo  motivado,  es  dilógico  o  ambivalente;  (iii)  que  su motivación es  incompleta;  o  (iv)  que  la  motivación  es aparente o sofística3.     

         En  este caso el censor atribuye a los funcionarios judiciales haber  incurrido  en  motivación  incompleta.  Sin  embargo, encuentra la Sala que, en  realidad,  su  inconformidad  con el fallo surge no por presentar defecto de esa  naturaleza,  sino  porque  no  comparte  los  razonamientos  probatorios con los  cuales el juzgador sustentó la condena.   

Al  respecto,  es  necesario  recordar  el  criterio  de  esta  Corporación  acorde  con  el  cual  no  es lo mismo que una  providencia  judicial adolezca de defectos de motivación, por ausencia absoluta  o  parcial  de  las  razones  de  orden  probatorio  y jurídico que soportan la  decisión,  a  que  la  argumentación traída por el fallador no cumpla con las  expectativas  del  sujeto  procesal, quien la tilda de inadecuada, desacertada o  insuficiente   en   su   fundamentación   fáctica,   jurídica  o  probatoria.   

        Sólo  en  la  primera hipótesis el error será susceptible de ser  atacado  dentro  del  marco  de la causal tercera, mientras que en el segundo el  error  es  de  juicio,  caso  en  el cual debe ser ventilado en el ámbito de la  causal  primera,  demostrando los errores de fundamentación fáctica, jurídica  o   probatoria   que   llevan   a   tildarla   de   inadecuada,   desacertada  o  insuficiente4.   

El   actor,   en  efecto,  sostiene  que  el  Tribunal no estableció  cuál   fue  la  conducta  constitutiva  de  la  contribución,  ni  indicó las  fuentes  a través de las cuales determinó el conocimiento previo del procesado  respecto   de   la   amistad   entre  Burgos         e        Hilsaca,  como  tampoco respondió si el  encuentro  en  el  Tiger  fue  o no casual. Así mismo, añade, no se pronunció  frente  al  argumento  según  el cual quien buscó al  fiscal            fue           Hilsaca,  siendo  el  procesado la causa  más   lejana   de  la  cadena  causal.  Finalmente,  atribuye  al  ad  quem  no hacer mención a  la  aseveración efectuada por Jaramillo  Matiz  en el sentido de habérsele ocurrido hacerle la  petición    dineraria    a    Hilsaca   cuando  éste  le  preguntó  “cómo  le  puedo ayudar”?   

         En  la  argumentación  del  impugnante,  sin embargo, subyace no la  incompleta  motivación  denunciada  sino,  se  insiste,  su  desacuerdo  con la  apreciación   probatoria   del  juzgador,  pues  el  fallo  es  particularmente  explícito  en  determinar,  como  acto  constitutivo  de la complicidad, que el  procesado  realizó  el  contacto  para  que  el  entonces  fiscal  Jaramillo     Matiz    e    Hilsaca   pudieran  reunirse,  conociendo  plenamente  la  intención  del primero, con lo cual descartó la manifestación  defensiva  según la cual la intervención de SEVERICHE  MERCADO  se  limitó  a  presentar  a dos personas sin  conocer  sus  pretensiones.  Sobre  el  particular,  el  sentenciador de segundo  grado   razonó   en   los  siguientes términos:   

         “El  delito  consumado  discurrió  en  una  conversación privada  entre  el ex fiscal Jaramillo Matiz, Reynaldo Burgos y Alfonso Hilsaca. Reunión  que  contó  con  la ayuda del señor FABIO SEVERICHE MERCADO, pues este último  sirvió  de  puente conductor entre Jaramillo Matiz y Reynaldo Burgos, quien era  el  contacto  para  llegar  al objetivo final Alfonso Hilsaca y así concretarse  por  parte  de  Jaramillo  Matiz  la comisión del delito de concusión sobre el  cual  el  cómplice  indiscutiblemente  tenía  el  conocimiento  de  los hechos  constitutivos    del    reato    al    cual   prestaba   ayuda…”5   

Es  cierto  sí  que  el  Tribunal  no hizo  mención  expresa  a la aseveración de Jaramillo Matiz  en el sentido de habérsele ocurrido pedirle el dinero  a  Hilsaca  sólo en el curso  de  la  reunión,  pero  del  contexto de la sentencia se deduce que el fallador  desestimó    tácitamente   ese   aspecto   del   referido   testimonio   para,  contrariamente,  admitir  como  cierta  la  afirmación  del  mismo Jaramillo  cuando  expresó  que  el aquí  procesado  sabía  del tema de la reunión, pues incluso los dos habían hablado  sobre     la     posibilidad     de     pedirle     plata     a     Hilsaca.  Puntualmente,  el  ad       quem      reflexionó      al  respecto:   

“Por  si  fuera  poco,  en su testimonio,  Jaramillo  Matiz  afirma  que  Fabio  sabía  del  tema  de  la reunión y en el  contrainterrogatorio  directo  de  la  defensa,  el  testigo  Matiz (sic)  manifestó  que con Fabio se había  hablado  de  la  posibilidad  de pedirle plata a Hilsaca. Dichas atestiguaciones  encuentran  eco  en el análisis integral del material probatorio analizado bajo  el    cernedor    de    la    sana    crítica”6.   

         Es  claro  así,  se  insiste,  que  la inconformidad del impugnante  recae  sobre  la  apreciación  probatoria del juzgador, cuyo ataque entonces le  correspondía   postularlo   por   vía   diferente,   según   se  precisó  en  precedencia.   

         En    el    tercer   cargo   el    actor    atribuye    al    Tribunal    incurrir    en    falso  raciocinio.   

        Dicho  yerro  se  presenta  cuando el juzgador en la valoración del  conjunto  probatorio  desconoce  de  manera ostensible los principios de la sana  crítica,  integrados  por las reglas de la experiencia, los postulados lógicos  y  las  leyes  de  la  ciencia.  Para  su  demostración,  es  deber  del censor  identificar  la  prueba o pruebas indebidamente apreciadas, indicar cuál fue la  máxima  de  la  experiencia,  el  postulado  de la lógica o la ley científica  desconocidas  y  cuál  principio  de  la  sana  crítica, en su defecto, debió  aplicarse  y  por  qué, tras lo cual le corresponde acreditar las implicaciones  del error en el sentido de la decisión atacada.   

         La  jurisprudencia,  además,  ha  dicho  que  el desconocimiento de  tales  principios  debe  manifestarse  en  forma  ostensible,  pues no cualquier  postulación  probatoria  que el actor contraponga al análisis efectuado por el  fallador  constituye  falso  raciocinio, siendo entonces carga argumentativa del  censor  acreditar  el  carácter  manifiesto del aludido quebranto, es decir, le  corresponde  demostrar  que  las premisas fijadas por los juzgadores a partir de  su   tarea   apreciativa  de  los  elementos  de  convicción  son  abiertamente  contrarias  a  toda  lógica,  a  un  sano y juicioso razonamiento, incapaces de  resistir  el  menor  análisis,  por  lo absurdo o trastocado de las respectivas  conclusiones7.   

         

         Dichos   presupuestos  de  fundamentación  no  fueron  cumplidos  a  cabalidad  por  el  libelista, porque aun cuando identifica las pruebas respecto  de  las  cuales  predica su indebida apreciación e indica el desconocimiento de  algunas  situaciones  constitutivas, en su sentir, de máximas de la experiencia  y  postulados  lógicos,  lo  cierto  es  que  no  se  esfuerza  por suministrar  argumento  alguno  en  orden  a  acreditar  la  vulneración  ostensible  de los  principios  de  la sana crítica en la apreciación probatoria efectuada por los  falladores.   

         Más  aún, en el desarrollo del reproche no respeta el principio de  corrección  material  que,  como  se  dijo  en  precedencia,  implica  para  el  libelista respetar la realidad procesal.   

         Es   así   como   cuestiona  al  ad  quem  por derivar indicio sobre la complicidad del procesado  simplemente   porque   en   la   conversación   sostenida   entre  Reynaldo  Burgos, José Alfredo Jaramillo y  Alfonso  Hilsaca  se señala  que  a  Fabio  se le debe dar  algo  “por  lo  que sea”,  pasando  por  alto  que  en  dicho  diálogo  Jaramillo  demanda  de  manera  específica  la  entrega de dicha  dádiva     “por    el    contacto”,  según  así  lo  puso  de  presente  el  sentenciador de segundo  grado8   

,  luego  el  razonamiento  del juzgador no  devino exclusivamente de la expresión destacada por el demandante.   

         De  igual  manera,  el casacionista acusa al Tribunal por desconocer  el  principio  lógico  de  identidad  sobre  la base de admitir que la reunión  efectuada  en  el  Tiger Market fue causal, no obstante concluir al mismo tiempo  que  se  trató  de  un  acto  programado.  Ya  la  Sala  al  responder el cargo  precedente  transcribió  un  fragmento  de  la  sentencia  en la cual la citada  corporación  descartó  la  pretextada  casualidad de la reunión. A ese aparte  juzga  la  Sala  importante,  para  poner  de  presente  la  inexactitud  de  la  afirmación del censor, reproducir estos otros:   

         “Es  descabellado  sostener que quien presenta a dos personas para  que    se    conozcan    tenga    algo    que    ver    de    los   (sic)  delitos  que  a  posteriori afloren  entre  estos;  contrario  sensu,  quien presenta a dos personas que intercambian  celulares,  ulteriormente  concretan  una  reunión donde se comete un delito, y  del  contenido  integral  de  esa  reunión,  incluyendo  la conducta ilegal, se  conoce   y  muestra  un  interés  por  la  concreción  del  ilícito,  resulta  ineluctable  llegar  al  convencimiento  de  que  la  persona  que  propició el  encuentro     fue     parte     de     la     cadena     causal     –   dolosa   para  ayudar  a  un  acto  penalmente reprochable…”   

         …   

         (Por)  Lo  visto,  se  descarta  cualquier  posibilidad  pretendida  por  la  defensa  en  torno  a que la intervención del  procesado  se  hubiese  limitado  a  presentar  a dos  personas    de    las    cuales   se   desconocía   sus   intereses”9 (subraya la Corte).   

         

Atribuye  también  el  actor  al  fallador  admitir  la  afirmación  del  testigo  Jaramillo Matiz  acorde  con  la  cual  éste solamente tuvo la idea de  pedir  el  dinero  en el curso de la reunión, lo cual no se corresponde con los  fundamentos  de  la  sentencia, pues, como lo dijo también la Sala al responder  el  segundo  reproche,  el  Tribunal  desestimó  tácitamente ese aspecto de la  citada   declaración   al   admitir   como  cierta  la  afirmación  del  mismo  Jaramillo cuando expresó que  el  aquí procesado sabía del tema de la reunión, pues incluso los dos habían  hablado    sobre    la    posibilidad    de   pedirle   plata   a   Hilsaca.   

         En  realidad,  detrás  de  la  postulación  casacional  del  actor  subyace   su  particular  postura  acerca  del  mérito  persuasivo  del  acervo  probatorio  incorporado  al  plenario.  Esa  personal  visión  la  opone  a  la  ponderación  probatoria  de  los juzgadores, pretendiendo de la Corte acepte la  suya   y   deseche   la  del  Tribunal,  en  cuya  apreciación  tuvo  éste  en  consideración  la  mención expresa hecha al acusado en la conversación arriba  referida  como  quien  debía  recibir  pago  por  la contribución prestada, el  interés   que   mostró  con  los  resultados  de  esa  reunión  al  llamar  a  Burgos  para ese efecto y el  malestar  que  exteriorizó  al  saber que dicho diálogo fue grabado por uno de  sus  intervinientes, hechos indiciarios a partir de los cuales halló demostrada  la  responsabilidad  de  FABIO SAÚL SEVERICHE MERCADO  a título de cómplice.   

         Es  claro  que  la  discrepancia  probatoria  así  planteada por el  demandante  no resulta viable en sede de casación, dada la doble presunción de  acierto  y  legalidad  del  fallo  impugnado,  que  impone  dar prevalencia a la  valoración  probatoria efectuada por el juzgador, salvo la incursión en graves  errores  en  esa  labor  funcional, lo cual no aparece demostrado en el presente  evento.   

         Aparte  de  lo  anterior,  el  impugnante  incurre en imprecisión y  falta  de  claridad cuando ataca las dos circunstancias que califica como hechos  indicadores,   a   saber:   (i)   desconocimiento   parcial  del  testimonio  de  Jaramillo   Matiz   y  (ii)  tergiversación  del  acta  de  la  declaración del postulado en Justicia y Paz  “Juan  Dique”. Porque no  obstante  los  términos  de  los  referidos  reproches, señala que se trata de  aspectos  que  hacen parte de la prueba inferencial, olvidando el criterio de la  Sala  acorde  con  el  cual  cuando  se  cuestionan  los  hechos  indicadores la  impugnación  solamente  procede,  desde  la perspectiva del error de hecho, por  vía   de   los   falsos   juicios   de   identidad   y   existencia10   

De  manera  que en este caso, atendidas las  referencias  del  actor,  le  correspondía dirigir el ataque por el sendero del  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad,  para  lo cual le resultaba  imperioso  identificar  el  medio  sobre el cual recayó el dislate, realizar un  cotejo  entre  su  contenido y aquel que le atribuye el sentenciador, precisando  los  apartes donde se presenta la distorsión y luego acreditar la trascendencia  del yerro.   

         Pero  es  más,  en  la  presentación  del  primero  de los citados  cuestionamientos  el  censor vulneró el principio lógico de no contradicción,  pues  sostuvo  allí  que  el  juzgador  no  apreció la afirmación del testigo  Jaramillo Matiz en el sentido  de  que  se  le ocurrió pedir el dinero cuando Hilsaca  le  preguntó  ¿en  qué  le  puedo  ayudar?,  pese a  referir  en el mismo cargo que el Tribunal admitió como cierta tal aseveración  al  momento de reprocharle incurrir en falso raciocinio, es decir, mientras para  sustentar   ese  yerro  predicó  su  efectiva  valoración  ahora  sostiene  lo  contrario.   

         De  todas  maneras,  es  preciso  recordar  el  criterio de la Corte  acorde  con  el  cual no se incurre en falso juicio de existencia o de identidad  cuando  a  pesar  de  no  mencionarse expresamente una o varias pruebas o algún  aparte  de  las  mismas,  el  sentenciador  asume  el análisis del aspecto cuya  omisión    se    aduce,    dándole    el    mérito    suasorio   que   estima  pertinente11.  Situación  que  ocurrió  en  el  presente  caso,  pues, como se  expresó  en precedencia, el juzgador desestimó tácitamente la afirmación del  testigo  al  admitir  como cierta la manifestación del mismo declarante, según  la     cual     SEVERICHE    MERCADO    sabía de antemano el objeto de la reunión.   

         Es  de  anotar que frente a la predicada tergiversación del acta de  la     declaración     del     postulado    “Juan  Dique”,  se  echa  de  menos  la satisfacción de la  carga  de  sustentación  a  que se hizo mención en precedencia, entre ella, la  explicación  consistente  en que de no incurrirse en ese yerro el sentido de la  decisión impugnada hubiese sido diametralmente opuesta.   

                   

En  el  cuarto  cargo  el  casacionista acusa al Tribunal de incurrir  en  error  de  hecho  porque  arribó  a  la  certeza  de la responsabilidad del  procesado  cuando  las  pruebas  indican  la  existencia  de dudas acerca de ese  aspecto.   

Se  advierte,  sin  embargo,  que el censor  incurre  en  el mismo desacierto cometido en líneas generales al fundamentar el  cargo  precedente,  pues  pretende  que  la Corte, sin acreditar la presencia de  yerro  de  ninguna  naturaleza  y  simplemente  aduciendo  la  existencia de los  errores   de   hecho   “ya  anotados”,  acoja  su criterio consistente en que las pruebas incorporadas al  plenario  no  logran  demostrar  la  responsabilidad  del acusado, pese a que el  Tribunal  arribó  a  conclusión  diversa, esto es, que aquél contribuyó a la  realización  del  punible,  sirviendo  de contacto entre el servidor público y  Reynaldo    Burgos   para  posibilitar  la  exigencia  dineraria que el primero hizo al señor Alfonso Hilsaca.   

Como,  en  consecuencia,  el  cuarto  cargo  también  exhibe  graves falencias de sustentación, la Sala habrá de inadmitir  la  demanda  objeto  de  examen,  máxime  la  no  presencia  de  circunstancias  vulnerantes  de  garantías  fundamentales, que impongan superar los desaciertos  técnicos para decidir de fondo.   

Se precisará, finalmente, que contra esta  decisión   sólo   cabe   el   mecanismo  de  insistencia,  conforme  lo  tiene  establecido  el  artículo 184 de la Ley 906 de 2004,  cuya  interposición  procede bajo las reglas fijadas  en  jurisprudencia  reiterada  de  la Sala12.   

         En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

         INADMITIR  la  demanda  de  casación    interpuesta    por    el   defensor   de   FABIO  SAÚL  SEVERICHE  MERCADO,  por las  razones expuestas en la anterior motivación.   

        De    conformidad    con    lo   dispuesto   en   el   inciso     segundo    del    artículo  184  de  la  Ley 906 de  2004 y en los términos  referidos    en   el   acápite   final   de   esta   determinación,    contra   la   misma   procede    la   insistencia.   

Notifíquese y cúmplase.  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ       LUIS       BARCELÓ  CAMACHO              FERNANDO   ALBERTO   CASTRO   CABALLERO            

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ               GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ   

                                                                                                                                                                                  IMPEDIDO   

LUIS  GUILLERMO  SALAZAR OTERO                    JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1 Cfr. Auto del 2 de mayo de 2012, radicación 26846.   

2 Folio  80 del cuaderno del Tribunal.   

3  Sentencia del 18 de julio de 2007, radicación 26255.   

4  Cfr.  Auto  del  28  de febrero de 2006, radicación 24783. En el  mismo sentido, auto del 8 de septiembre de 2008, radicación 30069.   

5 Página 31 del fallo de segundo grado.   

6  Páginas 32 y 33 ídem.   

7  Providencia del 29 de junio del 2006, radicado 25.001.   

8  Páginas 21 y 24 de la sentencia del Tribunal.   

9  Páginas 30 y 31 ídem.   

10 Cfr.  auto del 10 de marzo de 2009, radicación 26572.   

11  Cfr. Sentencias del  3 y 24 de octubre de 2002, radicaciones  15927  y  15298.  En  el  mismo sentido auto del 30 de mayo de 2007, radicación  27174,   sentencia  del  1º  de  noviembre  de  2007,  radicación 25236 y  sentencia del 21 de julio de 2009, radicación 32099.   

12  Providencia del 12 de diciembre de 2005, radicación 24322.     

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