38904(26-06-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado      Ponente:   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Aprobado Acta No. 195  

Bogotá, D. C., veintiséis (26) de junio de  dos mil trece (2013).   

VISTOS:  

La  Sala  resuelve  el  recurso  de casación  interpuesto  por  los  defensores  de  los  procesados Naibel Cecilia Amaya Gil,  José  Rudesindo  Chaustre  Ramírez,  Henry  Quevedo  Flórez, Liliana Ramírez  Arenas  y  Silvia  Liliana  Tamayo  Rozo  contra  la  sentencia proferida por el  Tribunal  Superior de Cúcuta, que revocó la absolutoria dictada por el Juzgado  Primero  Penal del Circuito de la misma ciudad y los condenó como autores de la  conducta punible de homicidio culposo.   

HECHOS:  

1.    Los  primeros    fueron    reseñados    por    el    ad  quem,  conforme  los había sintetizado el fallador de  primer grado, quien lo hizo en los siguientes términos:   

“El niño E.M.M. sufría del síndrome de  «Arnold  Chiari», que corresponde a una anomalía congénita con malformación  de  la  columna  vertebral  y de la médula espinal, acompañada de hidrocefalia  mielomeningocele,   parálisis   total   y   deformidad   de   las  extremidades  inferiores.   

Por  la  misma  enfermedad  que sufría [el  menor]  E.M.M., de 10 años de edad para el año 2002, continuamente era llevado  a  los  médicos  generales  de  la  empresa prestadora de salud Coomeva, siendo  atendido así:   

El  día  5  de  agosto de 2002, el médico  Henry  Quevedo  Flórez  lo  atendió  por sintomatología urinaria, solicitando  parcial  de  orina  y  cuadro  hemático  y  recuento  de  plaquetas.  Al examen  cardiopulmonar  no describió signos patológicos en pulmones y los exámenes de  laboratorio confirmaron sospecha infecciosa urinaria.   

El  12  de  agosto  de  2002,  [se lleva a]  consulta  de  nuevo [al niño] por cuadro de dificultad respiratoria, náuseas y  frialdad,  encontrando  el médico general [Carlos Adrián Villán Ramírez] que  lo  atendió,  que  hablaba  con  dificultad y presentaba hipoventilación basal  derecha,  y  diagnósticó  neumonía, solicitando cuadro hemático, radiología  de  tórax  urgente y valoración por pediatría. El 13 de ese mismo mes y año,  el  pediatra  José  Rudesindo  Chaustre Ramírez lo valora con [los siguientes]  resultados:   C.H.:  5.800  leucos,  Hb:  14.3,  Hto.:  40.4.  Segmentados  58%,  linfocitos  42  y  V.S.G. 22/52, mientras que el informe radiológico conceptuó  que   existía  probable  proceso  neumónico  evolutivo.  El  médico  Chaustre  Ramírez  encontró  al  menor  en  buen estado general sin signos de dificultad  respiratoria,  auscultó campos pulmonares con MV (murmullo vesicular) ruido sin  agregados.  F.R.  18  por  minuto  y  el resto del examen físico sin patología  evidente  excepto  secuelas neurológicas. [Diagnosticó] «Dx.: I.R.A. no N.»,  esto    es,   infección   respiratoria   aguda   no   neumótica   y   formuló  acetaminofén.   

El 23 de agosto de 2002, el niño es llevado  nuevamente  a  consulta  y  lo  atiende la médica Naibel Cecilia Amaya Gil, por  cuadro  de  disnea,  taquipnea,  dolor  toráxico,  encontrando  al  paciente en  alerta,  hidratado  en  aceptable estado, buena ventilación pulmonar sin ruidos  sobre  agregados.  Hace  diagnóstico  de  síndrome de dificultad respiratoria,  solicitando  RX  de  tórax, y formula dexametasona ampolla y nebulizaciones con  berodual.   

El  menor vuelve a consulta el 25 de agosto  de  2002,  siendo  valorado  por  la médica general Silvia Liliana Tamayo Rozo,  porque  presentaba  dolor  de  espalda y dificultad para respirar con lumbalgia,  taquipnea,    sin    tos    ni    picos    febriles.    Hizo   diagnóstico   de  lumbalgia-meningocele,   y   se   formuló   ácido  ascórbico,  acetaminofén,  cefalexina y nebulizaciones con solución salina y fluimucil.   

El 11 de octubre de 2002, el niño E.M.M. es  llevado  a  consulta con dolor de cabeza matutino y dolor abdominal, es atendido  por  la  médica  general  Liliana  Ramírez  Arenas,  encontrando  en el examen  cardiopulmonar  sin  alteraciones,  abdomen blando y diagnóstico cefalea, colon  irritable  y  parasitosis,  formula naproxeno, dieta, coproscópico y parcial de  orina.   

El  17 de octubre de 2002, por consulta que  hizo  el  padre  del  menor  al  doctor  Rafael  Alberto Fandiño Prada, médico  especializado  en  neurocirugía,  éste  ordenó la internación en la clínica  «San  José»,  por  presentar  el niño E.M.M. cefalea occipital cervical de 8  días  de evolución y por episodios de hipertensión del cuello, encontrándose  para  ese  momento,  alerta, afebril y sin signos de dificultad respiratoria. El  niño  al  día  siguiente  a  la  hospitalización  se  agravó  en  su  salud,  falleciendo  en  dicho centro asistencial el 25 de octubre de 2002, a eso de las  ocho  de  la  noche,  y  como  el  abogado Eduardo Martínez Chipagra, padre del  occiso,  informó  a  la Fiscalía el indebido proceso médico en el tratamiento  de  su  hijo,  se  practicó  necropsia  al cadáver, para después la Fiscalía  Sexta  de  la  Unidad  de Vida y otros, el 3 de enero de 2005, al considerar que  como  el legista en su testimonio aducía que había «una causalidad directa en  el  presente caso y la misma neumonía en su estado final produce shock séptico  que  fue  lo  que  inmediatamente  puso  fin  a  la vida del menor», dispuso la  apertura   de   la   instrucción,  vinculándose  a  la  investigación  a  los  enjuiciados  Henry  Quevedo  Flórez,  José Rudesindo Chaustre Ramírez, Naibel  Cecilia   Amaya   Gil,   Silvia   Liliana   Tamayo   Rozo   y  Liliana  Ramírez  Arenas”.   

ACTUACIÓN    PROCESAL    RELEVANTE:   

Abierta  formalmente la investigación en la  oportunidad  atrás  anotada,  se  admitió la demanda de constitución de parte  civil   presentada   directamente  por  Eduardo  Martínez  Chipagra1 y se escuchó  en  indagatoria  a  los implicados José Rudesindo Chaustre Ramírez2, Henry Quevedo  Flórez3    y    Liliana    Ramírez    Arenas4,  mientras  que Naibel Cecilia  Amaya  Gil  y Silvia Liliana Tamayo Rozo fueron vinculadas mediante declaratoria  de             persona            ausente5.   

Clausurada   la   instrucción6,  el  8  de  agosto  de 2006, en la Fiscalía Sexta Seccional adscrita a la Unidad de Delitos  contra    la    Vida    y   Otros   de   Cúcuta,   se   profirió   resolución  acusatoria7   contra   Naibel  Cecilia  Amaya  Gil,  José  Rudesindo  Chaustre  Ramírez,  Henry  Quevedo  Flórez,  Liliana  Ramírez  Arenas  y Silvia Liliana  Tamayo  Rozo,  como  presuntos  autores del delito de homicidio culposo, la cual  quedó   ejecutoriada   el  18  de  julio  de  20088,  al  ser  confirmada  en  la  Unidad   de   Fiscalías  Delegadas  ante  el  Tribunal  Superior  de  la  misma  ciudad.   

La   etapa   de   la  causa  correspondió  adelantarla  al Juzgado Primero Penal del Circuito de Cúcuta, donde admitida la  demanda  de  constitución  de  parte civil presentada a nombre de Elsa Patricia  Mendoza  Acevedo  y  María  Piedad  Yáñez Mendoza9,  se  celebró  la  audiencia  preparatoria10,  agotándose  la  vista  pública  en  varias sesiones11,  así  que  rechazado  el  impedimento  planteado  por  su  titular,  el 15 de septiembre de  201012  se absolvió a los procesados de la conducta punible por la que se  los convocó a juicio.   

Impugnada  la  sentencia  por  la parte civil  promovida  por  Eduardo  Martínez  Chipagra  y  el representante del Ministerio  Público,  el Tribunal Superior de Cúcuta, con providencia del 13 de septiembre  de    201113,  la revocó y condenó a Naibel Cecilia Amaya Gil, José Rudesindo  Chaustre  Ramírez,  Henry  Quevedo  Flórez,  Liliana  Ramírez Arenas y Silvia  Liliana  Tamayo  Rozo, a las penas principales de 2 años de prisión y multa de  20  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes, así como a la accesoria de  inhabilitación  de  derechos  y funciones públicas por el mismo término de la  sanción  la  privativa  de  la libertad, al hallarlos autores del delito por el  que  se  los acusó, a quienes se les concedió la suspensión condicional de la  ejecución de la pena.   

Así   mismo,   fueron  obligados  a  pagar  solidariamente,  por  concepto  de  perjuicios morales y respecto de cada una de  las  víctimas14,  la  suma  equivalente  a  100 salarios mínimos legales mensuales  vigentes para la época de los hechos.   

Contra  esa  sentencia  los defensores de los  condenados  presentaron  en  tiempo  sendas  demandas  de  casación15  y la parte  civil  promovida  por Eduardo Martínez Chipagra, como no recurrente, se opuso a  las      pretensiones      allí     consignadas16.   

Allegada  la actuación a esta Corporación,  el  apoderado de la procesada Liliana Ramírez Arenas solicitó la extinción de  la   acción   penal  por  indemnización  integral17,  consignando  lo  que  a su  juicio  y a prorrata consideró que ésta debía pagar, y admitidas las demandas  de  casación  formuladas  por  los  defensores de los procesados Naibel Cecilia  Amaya  Gil,  José  Rudesindo  Chaustre Ramírez, Henry Quevedo Flórez, Liliana  Ramírez  Arenas  y  Silvia  Liliana Tamayo Rozo, el apoderado de la parte civil  allegó    escrito    insistiendo    en    que   no   se   case   la   sentencia  impugnada18,  adjuntado  copia  de  un  par  de  decisiones,  tras  lo cual, la  Procuradora  Tercera  Delegada  para  la  Casación  Penal  emitió  el concepto  respectivo,  por  lo que ahora se procede a adoptar la decisión de fondo que en  derecho corresponda.   

LAS   DEMANDAS:  

Libelo  radicado  a nombre de Naibel Cecilia  Amaya Gil, Henry Quevedo Flórez y Silvia Liliana Tamayo Rozo:   

Está  compuesto por censuras donde se alega  la  nulidad  de  lo actuado y la violación indirecta de la ley sustancial, cuyo  contenido es el siguiente:   

Primer   cargo:  

Al  amparo de la causal tercera de casación  consagrada  en el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, el censor denuncia que la  sentencia  de segunda instancia se dictó con desconocimiento del debido proceso  y  del derecho de defensa, por cuanto el Tribunal no tuvo en cuenta los alegatos  que    expusieran    los   inculpados   y   sus   abogados   en   la   audiencia  pública.   

Al respecto aduce el demandante, que si bien  el  ad  quem  al  final del  fallo                    impugnado19, hizo alusión a que estando  en  turno  el proceso para proferir la sentencia respectiva se allegaron algunos  escritos  de  los sujetos procesales, los cuales consideró extemporáneos y por  ello  guardó  silencio  sobre  su  contenido, lo cierto es que en el caso de su  representada  Silvia Liliana Tamayo Rozo, su vocero allegó oportunamente, el 28  de  julio  de  2010,  un  alegato  en  la  audiencia pública, el que se omitió  remitir   a   segunda   instancia   por   el  juez  a  quo,  ocurriendo  exactamente lo mismo con el suyo, el  cual radicó el 29 de julio siguiente.   

Agrega que el 11 de agosto de 2010, presentó  un  nuevo  escrito  en  el  que  reiteró  la  postura  fijada  en sus alegatos,  precisando  que  tanto  en  ésta  como  en  aquella  oportunidad,  realizó  un  detallado  estudio  de  la  prueba,  tras  lo cual concluye que frente a los dos  memoriales  presentados  el  Tribunal  guardó  silencio,  a pesar de que era su  deber  analizarlos.  Además,  indica  que  el  21 de octubre de 2010 allegó un  escrito  para  controvertir el sustento del recurso de apelación presentado por  la  parte  civil y el representante del Ministerio Público, el cual tampoco fue  tenido en cuenta.   

Luego  de hacer referencia al alcance de los  memoriales   antes   mencionados,   expresa   que   la  omisión  denunciada  es  trascendente,  pues, de no haberse presentado, el Tribunal habría confirmado el  fallo  absolutorio  de primer grado, por cuanto es imposible que el menor E.M.M.  sobreviviera  con  neumonía  entre  el 12 de agosto y el 17 de octubre de 2002,  por  tanto,  los  acusados  no  tuvieron  responsabilidad  en  su muerte, ya que  cumplieron  con  los  protocolos  de la medicina y las exigencias que en general  les     demandaba    la    lex    artis.   

Una  vez recuerda que el artículo 170 de la  Ley  600  de  2000  exige  que  en  la sentencia se analicen los alegatos de las  partes,  solicita  casar  la sentencia y que se declare la nulidad de lo actuado  desde  el  fallo  de  segundo  grado,  a  efectos de que se tengan en cuenta los  alegatos inicialmente aludidos.   

Segundo   cargo:  

Con  fundamento  en  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo  segundo,  prevista  en  el  artículo  207  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  el  libelista  acusa  la  sentencia de haber incurrido en  errores  de  hecho  por  falso  juicio de existencia por omisión al apreciar la  prueba,  lo  cual  condujo  a  la  aplicación  indebida  del  artículo 109 del  Estatuto Punitivo.   

En  ese  sentido,  sostiene  que el Tribunal  dejó  de  valorar  el  concepto  del  Comité  Ad hoc de Coomeva integrado para  analizar  la  atención  prestada al menor E.M.M. por los galenos procesados, el  cual  indicó  que  la  conducta  adoptada  por  estos  médicos fue pertinente,  “de acuerdo con los hallazgos clínicos anotados en  la  historia  clínica  y  a  los  resultados  de  los exámenes paraclínicos y  radiológicos”; adicionalmente, que los dos reportes  de  rayos  X  “no  [se]  corresponden con un cuadro  neumónico  activo  al  momento de realizarse estos”.  En  donde  igualmente  el pediatra con amplia experiencia en neumología Álvaro  Ernesto  Ramírez  Morelli,  precisó que un “cuadro  neumónico  no cursa con una evolución lenta sino que es muy agresivo y lo hace  en  muy  corto  tiempo,  luego  si  el  diagnóstico  desde  el  comienzo  de la  evolución  de  la enfermedad hubiese sido neumonía basal derecha, y no hubiese  recibido  el  tratamiento  adecuado, las complicaciones de ese manejo inadecuado  hubiesen  sido  casi  inmediatas desde la primera consulta. Concepto este que es  avalado  por  todos  los  asistentes  al  Comité”20   

Así  mismo, el recurrente señala que allí  finalmente  se  concluyó  lo  siguiente:  (i) que la atención prestada por los  médicos  generales  y el pediatra cumplió con los criterios de calidad para un  paciente;  (ii) que a partir de los hallazgos clínicos descritos en la historia  clínica  por los facultativos, en los reportes de rayos X y en los exámenes de  laboratorio  existentes  antes  de  la  hospitalización,  no  se  encontró  un  criterio  para  remitir  al  menor al neumólogo; y (iii) que el diagnóstico de  neumonía   basal   derecha   solamente   se  hizo  evidente  cuando  aquel  fue  hospitalizado.   

Por  tanto, el censor señala que tal prueba  demuestra:  (i) que no hubo evidencia de que el menor padeciera de neumonía con  anterioridad  al  17  de octubre de 2002, fecha de su hospitalización; (ii) que  la  atención de los médicos tratantes fue oportuna y acorde con la signología  clínica  que  presentaba el paciente en las respectivas consultas; (iii) que es  imposible  que el niño sufriera de neumonía desde agosto de 2002 y muriera por  evolución  de esa misma patología el 25 de octubre siguiente, pues ésta tiene  un  desarrollo  de  pocos  días;  y  (iv) que no existe relación de causalidad  entre   la   conducta   de   los   médicos   procesados   y   la   muerte   del  paciente.   

De  otra  parte,  expresa  que  por igual se  omitió  apreciar el contenido de la investigación disciplinaria adelantada por  el  Tribunal  de  Ética  Médica  del  Norte  de  Santander contra los médicos  acusados21,     la     cual     se     archivó22,  pues  una vez se advirtió  que  “el  tratamiento  ambulatorio  que recibió el  paciente  fue  el  indicado  en  su  momento,  de  acuerdo  a la signología que  presentaba…”  y  “esto  es  así  porque los motivos de consulta fueron atendidos, como se desprende del  curso  de  la  historia clínica, sin que pueda prosperar el argumento de que el  niño  tuvo  una  pulmonía  de  dos  meses  que  pasó  desapercibida  para los  médicos,  o  mucho  menos  [que  se]  hubieran negado a tratarla”,  se  concluyó:  (i)  que  la atención al niño fue acorde con la  lex  artis;  (ii)  que  en  medicina  “la  clínica”  prima  sobre  las  ayudas  diagnósticas; (iii) que la neumonía sugerida por el  doctor  Gustavo Salgar Villamizar fue descartada por el pediatra José Rudesindo  Chaustre  Ramírez;  (iv)  que  cuando  el  doctor Rafael Alberto Fandiño Prada  atiende  al  niño  el  17 de octubre de 2002 no observa afección respiratoria;  (v)  que  es  el 18 de octubre siguiente, a eso de las 7:40 a.m., que el médico  que  lo revisa advierte el cuadro de afección respiratoria y dispone conducirlo  a  la unidad de cuidados intensivos; (vi) que la hepatización roja es parte del  proceso  evolutivo  de la neumonía en su primera fase; y (vii) que “la  crisis  final  de  las  dolencias  de base que acompañan al  paciente  van  a  determinar  su muerte, pues estaba predispuesto su organismo a  ellas    y    en    un    estado    de    salud   que   no   podía   sortearlas  favorablemente”.   

Así  mismo,  el  demandante  señala  que  también  se  dejó de apreciar el contenido de la investigación administrativa  de  la  Oficina de Vigilancia y Control Institucional Departamental de Salud del  Norte             de            Santander23,   la   cual  también  fue  archivada24  porque  los  galenos  implicados  actuaron  con  sujeción  a  los  protocolos médicos.   

Expresa,   entonces,   que  las  referidas  investigaciones  demuestran:  (i)  que el menor no sufría de neumonía antes de  su  hospitalización del 17 de octubre de 2002, (ii) que los médicos inculpados  procedieron  con  estricta  sujeción  los  protocolos  médicos; y (iii) que no  existe  relación  de  causalidad  entre  la  conducta de éstos y la muerte del  paciente.   

Así mismo, el defensor aduce que se olvidó  estimar   el   testimonio   de   Manuel   Ignacio  Guardiola  Plazas25,  médico  integrante  del  Comité Ad hoc de Coomeva, quien declaró que en ninguna de las  valoraciones  que  se  le realizaron al menor se describió por los facultativos  que   lo   atendieron   “un  cuadro  de  dificultad  respiratoria    que    hiciera   sospechar   la   presencia   de   una   posible  neumonía”,  como  tampoco  ello  se  deduce  de  la  lectura  de  los  estudios  radiográficos  conforme se registró en la historia  clínica.  Además,  dicho  deponente  resaltó  que  el  doctor Álvaro Ernesto  Ramírez   Morelli   expresó  la  imposibilidad  de  que  existiera  “una  neumonía  de  dos  meses  de  evolución  sin haber sido  diagnosticada  y  manejada  adecuadamente, ya que de haber sido así el paciente  se  hubiese  complicado  mucho antes”, quien a su vez  evocó  las  conclusiones del neurocirujano que revisó la historia clínica, es  decir,  Alberto  Ochoa, y después sostuvo que la atención que se le brindó al  niño   fue  de  calidad  y  que  “ninguno  de  los  hallazgos    clínicos   y   complementarios   justificaban   la   remisión   a  neumología”.    Adicionalmente,    subrayó   que  “el  médico que ordenó la hospitalización fue el  neurocirujano,  lo  que demuestra que el principal compromiso era neurológico y  no  pulmonar,  amén de que en el informe radiológico  del  12  de  agosto de 2002 suscrito por el doctor Gustavo Salgar Villamizar, no  se   “expresa   la   presencia  de  consolidación  neumónica  alguna  y  con  fecha  del  mismo  día  hay un reporte de un cuadro  hemático  que  no  muestra  leucocitos  ni  neutrofilia,  [lo]  que  unido a la  valoración  médica  donde  tampoco  hay  hallazgos  clínicos  que le hicieran  sospechar,  es  que  en  últimas [esto] lo que demuestra [es] que el menor a la  fecha no presentaba neumonía”.   

En  esa medida, el actor anota que la prueba  en  mención  demuestra: (i) que en la historia clínica no aparecen fundamentos  indicativos  de  que  el paciente debía ser remitido al neumólogo; (ii) que es  imposible   que   el   menor   E.M.M.  hubiese  sobrevivido  con  una  neumonía  inadecuadamente  tratada desde el mes de agosto de 2002 y que falleciera por esa  misma  patología el 25 de octubre siguiente; (iii) que la atención prestada al  niño  por  los  facultativos,  entre  ellos sus representados, fue “oportuna  e  integral”; y (iv) que no  existe  relación  de causalidad entre la conducta de los procesados y la muerte  del paciente.   

En  otro sentido, el censor cuestiona que se  haya  ignorado  la  declaración  de  José Armando Carrillo Mendoza26, médico que  también  integró  el  Comité  Ad  hoc  de Coomeva, quien afirmó que el niño  E.M.M.  fue  atendido  adecuadamente en todo lo que requirió y que “en  ninguna  de las páginas de la historia clínica se describe  un  episodio  de  dificultad  respiratoria y, mucho menos algún cuadro clínico  como  el  narrado  por el padre del menor”, de manera  que  con  tal  medio  de  persuasión  se  demuestra  la  atención adecuada que  recibió  el  paciente y que en la anamnesis no aparece la afección que indicó  el         progenitor         de        éste27.   

Por igual el libelista advierte que se dejó  de  apreciar  la  versión  de  Antonio María Arias28, quien transportaba al menor  al  colegio, el cual sostuvo se le “hizo raro cuando  me  dijeron  que  se  había  muerto  el  niño  porque  en realidad no se veía  enfermo…   me  decía  anoche  casi  no  pude  dormir  porque  estudié  hasta  tarde”,  relato  con el que se constata que el niño  no  se  encontraba  en la situación de grave enfermedad que en lo quiso colocar  su  progenitor  desde  el  mes de agosto de 2002, pues como lo dice Juan de Dios  Buendía                    Arias29,    quien    también   lo  transportaba, asistió a estudiar en el mes de octubre siguiente.   

Así mismo, el actor denuncia que se omitió  valorar  el  dicho  de  Alba  Yolanda  Otero  Motta30,  Coordinadora Médica de la  IPS  Asistencia  en  Salud  Integral  S.A., quien indicó que el padre del menor  E.M.M.  iba  a  su  oficina  a  tramitar  las  órdenes  que se generaban por la  atención   del   paciente,  a  quien  jamás  se  le  negó  ningún  servicio,  interconsulta,  ayuda  diagnóstica  o  examen  de laboratorio dispuesto por los  galenos,  la  que  a su vez aclaró que no tenía competencia para determinar la  hospitalización  de los pacientes o su remisión al especialista, pues su labor  se  reducía a darle curso a las órdenes de los facultativos. Además, precisó  que  contrario  a  lo  afirmado por el padre del niño, no es cierto que el 9 de  octubre  de 2002 le hubiera dicho que solicitara cita pese a que el menor estaba  muy  enfermo  o que ante su insistencia se la hubiera programado para el día 11  siguiente,  pues  las consultas prioritarias operan las 24 horas del día, o que  hubiese  instruido  a  la  recepción  de  la sede para que se le insinuara a la  médico   tratante  (Silvia  Liliana  Tamayo  Rozo)  que  no  dispusiera  de  la  internación  del  niño.  Testigo  que por igual enfatiza: (i) que “es  falso”  que  la coordinación se  inmiscuyera  en  la  hospitalización  de  los  pacientes  o  en su remisión al  especialista;  (ii)  que  “es  falso”  lo  de la llamada, pues incluso en la coordinación para la época  no  había  extensión  telefónica;  pero  además,  (iii)  que las citas se le  ubicaban  al  menor  aún  cuando  no  hubiesen  en el momento; de manera que el  censor  anota que con tal testimonio se demuestra que jamás se le negó ningún  servicio al niño.   

También  cuestiona  que se haya ignorado la  declaración  de  en  Érika  Yazmín  Ramírez Meza31,  quien  adujo  que  cuando  atendió  al  menor  E.M.M.  el  9  de  octubre de 2002, ni éste ni su padre la  consultaron  porque  tuviera alguna afección respiratoria, sino por una cefalea  de  “6  días”, de modo  que  al  examinar el niño lo encontró “afebril con  signos   vitales   normales,   sin   dificultad   respiratoria…   el   sistema  cardiopulmonar  normal  sin signos sobreagregados, al examen neurológico estaba  normal…  en  general estaba en buenas condiciones”,  de   manera   que   no   tenía   ningún  síntoma  que  ameritara  tratamiento  hospitalario,  ni  era necesario que en ese momento lo auscultara un neumólogo,  deponente  que es creíble, si se observa que la Fiscalía se negó vincularla a  la  investigación  a  pesar  de  la  insistencia  del progenitor del menor, por  tanto,  con  este  elemento  de  convicción  se  comprueba  que no es cierto lo  afirmado  por  el  padre del niño acerca de que cuando la referida deponente lo  atendió,  éste  presentara “dolor en el toráx, la  espalda,  manifestando  que  no  podía  respirar” o  “una  respiración  muy  rápida, con aleteo nasal,  movimiento  reiterativo  de  las  fosas  nasales durante la respiración [y] sus  labios  y  los  dedos  adquirían una coloración azul, poco apetito decaimiento  general,    con    vómito    algunas    veces”32.   

Adicionalmente,  el  defensor predica que se  omitió   apreciar  el  testimonio  de  Érika  Andrea  Romero  Luna33,  fisioterapeuta  que  atendió al menor los días 1, 2, 5, 6, 8, 9 y 12 de agosto  de      2012      por      una      “dificultad  respiratoria”  que  se  identificó  en  la historia  clínica      como      “enfermedad     pulmonar  restrictiva”,  de  manera  que si para esa época se  hubieran  presentado  los  síntomas  que  refirió  el  padre  del  menor,  con  seguridad  la  citada  habría  dejado  constancia de ello, siendo lo cierto que  para  el  mes  en  mención  el  niño  no  presentaba el cuadro descrito por su  progenitor,  ya  que  por  el  contrario,  la  testigo  indicó  que inició las  terapias  el 1 de agosto y que “al examen físico se  abscultaban  (sic) abundantes  secreciones  por  deficiente  mecanismo  de tos, dentro del tratamiento se daban  recomendaciones  y plan casero para estimular la tos, [a quien] se le realizaron  7  seciones”  (sic), por lo que con esta declaración  se  demuestra  que el estado de salud del menor no era el señalado por su padre  y  que  el paciente no estaba afectado de neumonía o bronconeumonía y de allí  el tratamiento en casa y no la hospitalización.   

Otro testimonio que afirma el censor se dejó  de   valorar,   fue   el   de   Claudia   Astrid   Garzón   Barrera34, médica que  atendió  al menor E.M.M. en la unidad de cuidados intensivos de la clínica San  José,  quien refirió que ante el cuadro que señalara el padre de éste, valga  decir,  “dolencia  en  tórax,  espalda  y dolor de  cabeza”,  “se deb[ían]  solicitar  exámenes  básicos como cuadro hemático, rayos X de tórax y que el  resultado  de  los  mismos…  deb[ía ser] valorado por pediatra”,  quien  es  el  llamado a decir si “el  niño  se  queda  o  no hospitalizado y el manejo que se debe dar”,  observándose  que en el proceso se demostró que el 13 de agosto  de  2002,  el  pediatra José Rudesindo Chaustre Ramírez, tuvo en sus manos los  resultados  de  laboratorio  y  la  placa de rayos X tomada al paciente, con los  cuales,  junto  con  el examen físico, concluyó que no era posible colegir que  el      menor      padecía     de     neumonía35,  por tanto, con este relato  se  comprueba  que el manejo dado al menor fue exactamente el mismo que menciona  la testigo y por ende el acertado.   

El  libelista también cuestiona que se haya  ignorado    la    declaración    de    Fernando   Carrasco   Blanco36,  respecto  del  cual  el  Tribunal  solamente  citó  su nombre para respaldar la sentencia  condenatoria,  quien  a  pesar del interés de la parte civil porque respondiera  sus  preguntas  sugestivas  no  lo logró, como cuando lo interrogó para que le  indicara  si  era  verdad que estando en su consultorio adyacente a la unidad de  cuidados  intensivos  en la Clínica San José le dijo que tenía las pruebas de  que  se  trataba  de  “un  proceso  neumónico  mal  cuidado”,   respondiéndole   categóricamente   el  referido     médico    que    “no” le había expresado tal cosa.   

De  otro  lado,  añade  el  actor  que  el  deponente  en  cita,  al  responder  el  interrogatorio  incurrió  en  un error  sustancial,  pues  afirmó  que el 17 de octubre de 2002, al ingresar el niño a  la  clínica  lo  hizo  “en  muy  malas condiciones  generales  con  insuficiencia  respiratoria  aguda  atribuida  en el curso de la  evolución  a  una  neumonía  grave  adquirida  en  la comunidad”,   cuando   lo  cierto  es  que  la  historia  clínica37 enseña que  el    doctor   Rafael   Alberto   Fandiño   Prada38,   quien   determinó   su  hospitalización,  la  dispuso  motivado  en una cefalea de ocho días, quien en  ese   momento   encontró   al   menor   “alerta  y  afebril”,  además ordenó estudios de laboratorio y  en  esa  fecha,  a  las  8:00  p.m.,  lo  valoró  y  lo  encontró “con  un  lenguaje  normal y sin síntomas que hicieran sospechar  en  ese momento una infección respiratoria”. Incluso  el  mismo  galeno  (Fandiño  Prada)  le  aclaró  a  la  parte civil, cuando lo  interrogó      durante      la     instrucción39,  que  estaba  “equivocada”   al   afirmar  que  la  internación  del  menor  había  obedecido a una insuficiencia respiratoria, ya  que  lo  había  sido  por  un  problema neurológico, es decir, una disfunción  valvular.   

Así  mismo,  aduce  el  demandante  que  se  ignoró    el    relato   de   Carlos   Adrián   Villán   Ramírez40, médico que  indicó  que “el diagnóstico de bronconeumonía que  él  hizo  el 12 de agosto de 2002, fue meramente provisional, ya que debía ser  ratificado  o  descartado por el pediatra”, lo que en  efecto  sucedió,  deponente  que  además  expresó  que  la  atención  de los  médicos fue oportuna.   

En  esa  medida,  el censor aduce que de los  distintos  medios  de prueba hasta aquí denunciados como dejados de valorar, se  observa  lo  siguiente  frente  a los procesados Naibel Cecilia Amaya Gil, Henry  Quevedo   Flórez   y   Silvia   Liliana  Tamayo  Rozo:  (i)  que  antes  de  la  hospitalización  de  E.M.M. el 17 de octubre de 2002, lo atendieron en consulta  externa;  (ii) que lo hicieron cumpliendo con los protocolos médicos de acuerdo  a  la  signología  que  aquel  presentaba,  es  decir, se apoyaron en exámenes  tomados  al paciente y fue examinado por un especialista, quien era el llamado a  determinar  su  internación  o  remisión  a  otro galeno experto; (iii) que el  menor  cuando  fue  auscultado  por  los  arriba citados no presentaba el cuadro  clínico  que  indicó su padre, ni padecía neumonía o dificultad respiratoria  indicativa  de ella; (iv) que es imposible que el niño tuviese dicha enfermedad  desde  el  mes  de  agosto  de  2002 y hubiera fallecido por la evolución de la  misma  el  25  de  octubre  siguiente, pues de haber sido así habría fallecido  mucho  antes;  (v)  que  no  incurrieron  en  mala praxis médica; y (vi) que no  existe  ninguna  relación  de  causalidad  entre  la  conducta de los referidos  facultativos y la muerte del menor.   

Expuesto lo anterior, el demandante procede a  confrontar  los elementos de convicción ignorados con los que tuvo en cuenta el  Tribunal   para   apoyar   la  sentencia,  expresando  sobre  el  particular  lo  siguiente:   

(i)  Que  con la necropsia practicada por el  médico   forense   Humberto   Lizcano   Rodríguez41,  se demostró que la muerte  del  niño  E.M.M.  se  produjo  por  causas  naturales,  es  decir  que no hubo  delito.   

(ii)  Que  con  la  historia  clínica  se  comprueba  que  el  niño  fue  atendido el 5 de agosto de 2002 por el implicado  Henry  Quevedo  Flórez,  porque  el  menor  y  su padre refirieron “ardor   al   orinar,  dolor  abdominal  y  fiebre”,  de  modo  que,  contrario  a  lo  sostenido por el progenitor del  niño,  no  es  cierto que para esa fecha éste experimentara la sintomatología  que             aquel            predicó42,   lo  cual  a  su  vez  se  confirma   con   lo   registrado   por   la   terapeuta   Érika  Andrea  Romero  Luna43,  la  que  atendió  al  menor  los días 1, 2, 5, 6, 8, 9 y 12 del  mismo  mes  y  año, y quien recomendó “tratamiento  en   casa”,   así   que   de   haber  existido  la  sintomatología  referida  por  el  progenitor  del  menor, ésta jamás habría  dispuesto  lo anterior; situación que también se constata con el testimonio de  Carlos  Adrián  Villán Ramírez, quien fue consultado el 12 de agosto de igual  anualidad,  pues  el  menor  tenía  “episodios  de  dificultad              respiratoria”44,  de  manera  que  si  bien  diagnosticó  un  proceso  neumónico a nivel de la base del hemitórax derecho,  ello  se  fundó  en  “una  sospecha”,  por  lo  que  solicitó  “confirmar o  descartar  dicha  patología  con claridad”, así que  el  día  13  siguiente,  sin  estar  presente  el  niño, le llevaron su cuadro  hemático   encontrándolo   “normal”  e,  igualmente,  las  placas  de tórax sin lectura, las cuales se  hacía  difícil  interpretar  debido a las malformaciones del niño, por lo que  dispuso  que  fuera  valorado  por  un  especialista45,  lo  que en efecto ocurrió  en  esta  fecha  (13 de agosto), siendo revisado por el pediatra José Rudesindo  Chaustre  Ramírez, el cual concluyó que no tenía neumonía ni bronconeumonía  al         momento         del         examen46 (atención de la que dice el  censor,  el  padre  del  niño no mostró inconformidad alguna), quien (Chaustre  Ramírez)   después   rindió  su  versión  declarando  que  tal  “patología    [neumonía]   no   se   agazapa   con   una   mala  medicación”,  sino  que  evoluciona  en  dos o tres  días  (algunos  textos hablan de siete a doce días), pero nunca dura uno o dos  meses.   

Al  margen  de lo anterior, el actor expresa  que  incluso  la  signología  predicada  por  el  padre del niño se opone a lo  manifestado     por    Antonio    María    Arias47, quien transportaba el menor  al  colegio, por lo que con esto se constata que el niño no se encontraba en la  situación  de  enfermedad  grave en que lo quiso colocar su progenitor desde el  mes  de  agosto  de  2002,  a  lo  que  se  agrega  lo registrado y dicho por la  terapeuta  Érika  Yazmín  Ramírez  Meza,  quien no fue vinculada al proceso a  pesar  de  la  insistencia  del  progenitor  del menor en su condición de parte  civil.   

Prosiguiendo  con  la  historia clínica que  sirve  de  base al Tribunal para la condena, el actor indica que el 23 de agosto  de  2002,  el  niño  fue  atendido  por  Naibel  Cecilia  Amaya Gil, por cuanto  presentaba  “cuadro  clínico  de  4 días dado por  disnea,   taquipnea,   dolo   toráxico,   sin   otro   síntoma”,  y  que  el  día  25  siguiente  fue auscultado por Silvia Liliana  Tamayo  Rozo por “dolor de espalda y dificultad para  respirar”,  así  que  de esto se concluye que no es  cierta  la  sintomatología  referida por el padre del menor, quien en relación  con  la  atención  prestada  por  estas  dos  profesionales  tampoco manifestó  inconformidad  alguna, siendo lo ajustado a la realidad que el menor ingresó el  17  de  octubre  de  2002  a  la  clínica  San  José  por  una cefalea de ocho  días.   

Ahora, sobre la historia clínica el censor  por  igual  refiere  que  en  ella aparece que el 11 de octubre de 2002, Liliana  Ramírez                    Arenas48   valoró   al   menor  por  presentar  dolor  de  cabeza  y  abdominal,  oportunidad  en la que se descartó  “sintomatología     respiratoria”,  con  lo  que nuevamente se concluye que no es cierta la pregonada  por el padre del niño.   

Agrega que en la historia clínica también  obra  que  el  17  de  octubre de 2002, el doctor Rafael Alberto Fandiño Prada,  debido  a  que  el  menor  presentaba: “desde hace 8  días  cefalea,  hoy  cefalea  occipito  cervical  e hiperextensión del cuello,  afebril,   alerta,   se   diagnostica  con  disfunción  valvular”49; ordenó su  hospitalización,  galeno  que incluso atendió al niño desde su nacimiento, de  manera  que  éste  precisó  que  la  internación  del  menor  obedeció  a un  “problema    fundamentalmente    neurológico   y  (disfunción  valvular)  y  que  el  paciente  para  el 17 de octubre de 2002 no  presentaba  fiebre,  estaba alerta y no tenía signología alguna que permitiera  sospechar   la   presencia   de   una   infección   respiratoria”50, por lo que  una  vez  más se demuestra que los síntomas que predicó el padre del niño no  son ciertos.   

En  síntesis,  el  demandante indica que a  partir   de   la   historia   clínica   se  demuestra  que  no  fue  cierta  la  sintomatología  que  expuso el padre presentaba el menor cuando consultó a los  médicos,  quien  además  en  ningún  momento  manifestó inconformidad por la  atención que en esas ocasiones se le brindó a su hijo.   

(iii)  Que  del  dictamen  rendido  por  la  neumóloga   pediátrica   Luz  Libia  Cala  Vecino51 y que fuera tenido en cuenta  por   el   Tribunal,   se  concluye  que  “no  hubo  omisiones,   negligencias   ni   tratamientos   inadecuados  durante  el  manejo  ambulatorio”  del menor, lo cual es coherente con el  contenido  de las pruebas atrás reseñadas. Y si bien fue objetado por la parte  civil,    el   mismo   se   “avaló”  por  la  experticia  de  responsabilidad  profesional  de la Junta  Médica  del  Instituto  Nacional  de  Medicina  Legal y Ciencias Forenses de la  Dirección      Seccional      de      Santander52.   

iv) Que con la experticia de responsabilidad  médica  recién  anotada  y  valorada  por  el  Tribunal,  se  comprueba que la  actuación  de  los  médicos tratantes “se ciñó a  los  principios  de la práctica médica establecida para este tipo de pacientes  y   que  su  actuar  fue  oportuno  y  diligente”  y  “que  el  tratamiento  ambulatorio  que recibió el  paciente  fue  el  indicado  en su momento, de acuerdo a la signología clínica  que  presentaba”,  lo cual armoniza con lo concluido  por  Luz  Libia  Cala  Vecino  y con lo expresado por el perito Humberto Lizcano  Rodríguez  y  los  médicos  Manuel  Ignacio Guardiola Plazas y Álvaro Ernesto  Ramírez Morelli.   

v) Que de lo registrado por Humberto Lizcano  Rodríguez        en        la       necropsia53,  como  de  lo declarado por  éste54,  lo  cual fue valorado por el Tribunal, se tiene que la muerte del  menor  fue “natural”, por  lo  que  de  allí  se  sigue que no hubo delito. Igualmente, que el paciente no  pudo  sufrir de neumonía desde el 12 de agosto de 2002 y morir de la evolución  de  la  misma  patología  el  25  de  octubre  siguiente,  pues  ésta tiene un  desarrollo  que  es  de días, así que el proceso identificado el 18 de octubre  es  “totalmente distinto”  al  del  mes  de  agosto,  deponente  que  también  concluyó  que “no   hubo   negligencia”   de   los  médicos;  lo  cual  a su vez concuerda con las pruebas señaladas en los puntos  iii y iv.   

vi)  Que  con  lo  manifestado  por  Rafael  Alberto           Fandiño           Prada55,  neurocirujano que atendió  al  niño  desde  su  nacimiento,  versión  que  también  fue apreciada por el  ad  quem, se constata que la  hospitalización  del  menor  el  17  de octubre de 2002 obedeció a un problema  neurológico,     sin     que     tal    médico    identificara    “síntomas  que  hicieran sospechar en ese momento una infección  respiratoria”,  lo  cual  igualmente armoniza con el  contenido  de  la  prueba indicada en los numerales iii, iv y v, por tanto, ello  demuestra  que los procesados no incurrieron en responsabilidad médica derivada  de la atención al niño.   

vii)  Que  a  partir  del  dicho de Álvaro  Ernesto           Ramírez          Morelli56,   pediatra   con   amplia  experiencia  en  neumología  e  integrante  del  Comité Ad hoc de Coomeva, por  igual  valorado  por  el  Tribunal,  se  tiene  que la evolución de los cuadros  neumónicos   son   rápidos,  así  que  si  se  diagnostica  al  paciente  una  “neumonía  basal  derecha y no hubiese recibido el  tratamiento  adecuado, las complicaciones de ese manejo inadecuado hubiesen sido  casi  inmediatas  desde  la  primer  consulta”, pues  “una    neumonía    se    complica   en   horas,  días”,  “es un proceso  de  días no de meses”, quien señaló que en el caso  particular  “la  bacteria  ingresó máximo 2, 3, 4  días   antes   al   pulmón  afectado  del  niño”,  aclarando  que  la  afección  presentada  por  el  menor en el mes de agosto es  distinta  a  la  de  octubre y si la medicación suministrada no sirve por igual  aparece  la  fiebre,  el  paciente  se  agrava y su muerte se produce pronto. En  síntesis  precisó  que  nada  tiene que ver lo de agosto con lo de octubre, de  manera  que  el  actor  aduce  que  el contenido de esta prueba por igual guarda  armonía  con  las  indicadas  en  los  puntos  iii,  iv, v y vi, por lo que los  procesados  no  incurrieron  en  responsabilidad  médica  al  atender  al menor  E.M.M.,    por    cuanto    su    fallecimiento    se    produjo    por   causas  naturales.   

viii)  Que  de  la  declaración  de Hender  Eduardo            Garay            Garay57,  por  igual estimada por el  Tribunal,  se  desprende  que  no le consta el tratamiento recibido por el menor  E.M.M.  antes  de ingresar a la unidad de cuidados intensivos de la clínica San  José,  quien  a  su  vez  refirió  que  el  niño  fue sometido a “intubación  orotraqueal”,  así que  el  actor expresa que tal procedimiento propicia el contagio con microorganismos  como  el  “estafilococo”,  el    cual   se   “presenta   en   menos   de   24  horas” según lo refirió el deponente en cita, así  que  si  el  padre  del  menor,  agrega  el  censor,  manifestó  que a éste le  detectaron  “un  cuadro  neumónico  severo  y  una  bacteria        estafilococo        dorado”58  y  Garay Garay advierte que  el   niño   “presentó   complicaciones  de  tipo  neurológico  y pulmonar que ya venía instaurado… está haciendo referencia a  la  presencia  devastadora de una bacteria como la mencionada, la cual atacó la  humanidad  del  paciente  en  fecha  muy reciente a su hospitalización el 17 de  octubre  de  2002”,  lo  que demuestra que no estaba  aludiendo  a  la  presunta  neumonía  del  12 de agosto anterior, sin que pueda  dejarse  de  lado que en la radiografía tomada al niño el 25 de agosto se dijo  que       “el      paciente      no      tenía  bronconeumonía”59.   

Además,  el  demandante  puntualiza que no  obstante  Hender  Eduardo  Garay Garay afirmó que la neumonía hepatizada es un  proceso    que    “puede    durar    hasta    dos  meses”,  citando  como fuente la obra Fundamentos de  Medicina  Interna  de  Harrison, allí se indica que tanto la hepatización roja  como  la  gris  dura cada una de dos a tres días y la consolidación máximo de  dos          a          seis          días60,  así  que el defensor pone  de  presente que sumando todas las etapas se tiene un máximo de 12 días. Anota  el  impugnante  que  en  similar  sentido lo hace el autor citado por el médico  forense    Jaime    Eduardo    Barrera    Cáceres61, experto que a su vez expuso  que  la  muerte  de niño se debió a causas naturales, recordando el demandante  que  en  términos  semejantes  se  pronunció  el  perito  Carlos Eduardo Rueda  Rivas62,  sin  olvidar  que Garay Garay sostuvo que frente al caso concreto  del  menor  E.M.M. “la duración es independiente en  cada  paciente,  depende  del  germen,  de  las  condiciones  del huésped y del  tratamiento  empírico  sin  un  fundamento microbiológico que oriente hacia un  tratamiento   curativo”;  así  que  del  contenido  objetivo  del  testimonio  de  Garay  se  tiene  que  no  se  opone  a la prueba  señaladas  en  los  puntos  iii a vii y por ende la presunción de inocencia de  los procesados se mantiene incólume.   

ix)  Que  con  el testimonio Gustavo Salgar  Villamizar63,  efectivamente  valorado  por  el  juzgador  de  segundo grado, se  comprueba  que  si  bien  el  12  de  agosto  de 2002 conceptuó, al tomarle una  radiografía    de   tórax   al   menor   E.M.M.,   que   tenía   “un    probable   proceso   neumónico   evolutivo”64,   luego  aclaró  ante  la  Fiscalía que la lectura que hizo tenía un importante margen  de  error  en  razón de las deformidades torácicas del paciente y precisó que  la  misma debía ser complementada con la auscultación del paciente y exámenes  de  laboratorio  y  después,  ante  el  Tribunal de Ética Médica, reiteró lo  anterior,  por  lo  cual  el censor afirma que la referida radiografía no puede  tomarse  como  prueba  contundente  de  la  existencia  de  bronconeumonía para  aquella  fecha,  amén  de  que  25 de agosto siguiente, el mismo profesional le  tomó    al   niño   una   nueva   impresión   señalando   que   “no    tenía    bronconeumonía”65,  con lo que en síntesis se  demuestra  que  lo  anterior guarda armonía con lo expuesto en los puntos iii a  viii   y   por   tanto   se   infiere  que  los  procesados  no  incurrieron  en  responsabilidad médica al atender al niño.   

Terminado  el  análisis  que  se  acaba de  reseñar,  el  impugnante  concluye que los procesados Naibel Cecilia Amaya Gil,  Henry    Quevedo   Flórez   y   Silvia   Liliana   Tamayo   Rozo   “no  incurrieron  en  negligencias  ni  tratamientos  inadecuados  durante  el  manejo  ambulatorio  del paciente”, así  que  si  el  Tribunal  no  hubiera  incurrido  en falso juicio de existencia por  omisión  al  apreciar la prueba el sentido del fallo habría sido distinto, por  tanto,  pide  casar  la  sentencia  y  dejar  en  firme la absolutoria de primer  grado.   

Tercer   cargo:  

Al amparo de la causal primera de casación,  cuerpo  segundo,  contemplada  en  el  artículo  207  de la Ley 600 de 2000, el  libelista  denuncia  la  sentencia  de  haber  incurrido en errores de hecho por  falso  juicio  de identidad al estimar los medios probatorios, lo cual condujo a  la aplicación indebida del artículo 109 del Código Penal.   

Al respecto afirma que se incurrió en falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento  del  testimonio  de  Humberto Lizcano  Rodríguez66,  perito  que practicó la autopsia, por cuanto el Tribunal afirmó  que  éste sostuvo que “exist[ió] nexo causal entre  la  neumonía  que  presuntamente fue mal atendida por los médicos procesados y  la    muerte    del   paciente   E.M.M.,   como   lo   respalda…   la   propia  necropsia”,  cuando  en  verdad lo que manifestó el  deponente  en  cita  es que hubo nexo causal entre la neumonía y la causa de la  muerte  del  niño,  toda  vez que fue enfático en señalar que en la atención  prestada  al  menor  por  los procesados no hubo negligencia, de quienes dijo se  sujetaron  a la sintomatología que aquel presentaba y demás afirmó que no era  posible  que  el niño falleciera el 25 de octubre de 2002 de la misma neumonía  que se le diagnosticó el 12 de agosto anterior.   

De  otra  parte, aduce el demandante que se  configuró  un  falso juicio de identidad cuando el ad  quem  estimó  la necropsia, por cuanto a pesar de que  en  ella  se  concluyó  que  la  causa  de  la  muerte  del  menor  E.M.M.  fue  “natural”67, el Tribunal derivó de ella  la  existencia  de  un  delito,  ignorando  que  incluso  en  ésta  no  se hizo  referencia  a  que  existiera  relación  de causalidad entre la conducta de los  procesados y la muerte del niño.   

Así  mismo,  predica  un  falso  juicio de  identidad  por  sectorización  del  contenido de la historia clínica del menor  E.M.M.,  por  cuanto  a  partir de ella el Tribunal concluyó que los procesados  incurrieron  en  infracción al deber objetivo de cuidado generando un riesgo no  permitido  que  condujo a la muerte del niño, pues a pesar de que el radiólogo  Gustavo   Salgar   Villamizar,   el  12  de  agosto  de  2002,  le  diagnosticó  “un     probable     proceso    neumónico    en  evolución”,  los  procesados  no  le  prestaron  la  atención   médica   adecuada,   ignorando   el   ad  quem  que  en  la anamnesis aparece que el ingreso del  menor  a  la  clínica  San  José,  el  17 de octubre siguiente, obedeció a un  problema  neurológico,  es  decir,  cefalea  de  ocho días, sin que presentara  “insuficiencia   respiratoria,   ni   fiebre,   ni  signología   alguna   que  permitiera  sospechar  la  presencia  de  infección  respiratoria”.   

El  actor  también  critica al juzgador de  segundo  grado  por  haberle  mutilado a la historia clínica el hecho de que el  diagnóstico  realizado  el  12  de  agosto de 2002 por el doctor Gustavo Salgar  Villamizar          fue          provisional68,  como  también  que  haya  ignorado  el  resultado  del  cuadro  hemático  de la misma fecha con el que se  descartó  la presencia de una enfermedad infecciosa69 e, igualmente, el reporte de  la    radiografía   tomada   por   el   citado   galeno   el   25   de   agosto  siguiente70,  en  donde  por igual se descartó la presencia de bronconeumonía  en el paciente.   

Así  mismo,  asegura que a pesar de que el  Tribunal,  a  partir  de la historia clínica, cuestionó que el menor E.M.M. no  fue  remitido  a  especialista,  ello  es  fruto de no haber tenido en cuenta el  examen  practicado  por  el  pediatra José Rudesindo Chaustre Ramírez el 13 de  agosto              de              200271,  ni la orden expedida el 25  de  agosto  siguiente por Silvia Liliana Tamayo Rozo72.  Además,  el censor añade  que  el  padre  del  menor  en ninguna de las oportunidades en que se le prestó  atención a su hijo manifestó inconformidad alguna.   

En  esa medida, el censor expresa que si el  juzgador  de  segundo  grado  no  hubiera  cercenado  la  historia  clínica  en  relación  con  la información anotada, habría concluido que los procesados no  son autores del delito imputado.   

Posteriormente,   hace  un  recuento  del  contenido  de  la  historia  clínica  del menor E.M.M. a efectos de mostrar los  síntomas  referidos  por  el  padre  en las distintas consultas, la signología  identificada  por  los  médicos procesados y el tratamiento ordenado por ellos,  con  lo  cual  muestra  que  contrario  a  lo  señalado  por aquel, el niño no  presentó  “una respiración muy rápida, con aleteo  nasal,  movimiento reiterativo de las fosas nasales durante la respiración, sus  labios  y  los  dedos  adquirían una coloración azul, poco apetito decaimiento  general,    con    vómito    algunas    veces”73,  pues en esas oportunidades  solo  evidenció  dificultad  respiratoria,  dolor  toráxico y de espalda, pero  además,  que  durante  el  mes  de  septiembre  de  2002  no  se le prescribió  tratamiento  alguno  y  que  la  hospitalización  del paciente el 17 de octubre  siguiente  ordenada por el doctor Rafael Alberto Fandiño Prada, obedeció a una  cefalea  de  ochos  días,  mas  no  a  una  afección  respiratoria, con lo que  nuevamente  se  descarta  la  sintomatología  mencionada  por el progenitor del  niño,  quien  jamás mostró inconformidad por la atención que se le brindó a  su hijo.   

Adicionalmente,  pone de presente que el 17  de  octubre  de  2002, el doctor Fandiño Prada ordenó el ingreso a la clínica  San  José  del  menor en razón de un problema neurológico, quien “no  presentaba  fiebre,  estaba  alerta  y no tenía signología  alguna    que    permitiera   sospechar   la   presencia   de   una   infección  respiratoria”74,        el  cual  en  su testimonio sostuvo que para determinar el estado de  salud   de   un   paciente   prima   el   examen   físico   sobre   las  ayudas  diagnósticas.   

En  ese  sentido,  el actor recuerda que si  bien  el  doctor  Carlos Adrián Villán Ramírez, quien atendió al niño el 12  de     agosto,     refirió     una     “probable  neumonía”, indicó que ello debía ser confirmado o  descartado        por        el       pediatra75,   médico   que   al  día  siguiente               diagnosticó               un               “broncoespasmo”76,   lo  cual  es  totalmente  diferente  a  la patología sugerida inicialmente, amén de que los exámenes de  laboratorio  tomados  en  aquella  fecha  (12  de  agosto)  arrojaron resultados  negativos     para    un    proceso    infeccioso77 e incluso la radiografía de  tórax  tomada  al  menor  el  25  de  agosto siguiente desechó la presencia de  “bronconeumonía”78   

Volviendo  a  la  declaración  de  Rafael  Alberto  Fandiño  Prada, el censor recuerda que éste afirmó, en relación con  el  menor,  que  “el Arnold Chiari es la patología  que   más  ensombrece  el  pronóstico  de  vida  de  estos  pacientes.  Pueden  presentarse   en   ellos   espasmos   bronquiales,   tos  y  molestias  de  tipo  respiratorio.  El  Chiari,  pese  a  las  cirugías,  en  muchas ocasiones no se  detiene,  puede  generar  dolor  de  cabeza,  el  Chiari es una de las causas de  muerte  súbita.  En  un niño como E.M.M., los síntomas respiratorios se hacen  más  evidentes”. Igualmente, puso de manifiesto que  “estaba  capacitado  para  saber  si  un  paciente  presenta  dificultad  respiratoria,  como  lo  puede  hacer  cualquier  médico,  incluso  una  enfermera.  Agreg[ó]  que  el  paciente  no presentaba dificultad  respiratoria  el  17 de octubre de 2002 y que solo consultó por cefalea y dolor  cervical;  por  ello se ordenó su hospitalización. Aclara que en pacientes con  Arnold  Chiari,  como  es el caso de E.M.M., cuando dicha patología evoluciona,  puede  presentarse  dificultad  respiratoria  sin  que  esto sea demostrativo de  neumonía”.   

En esa medida, enfatiza el demandante que no  es  cierta  la  sintomatología  que  refirió  el  padre  del menor79  y  recalca  que  éste  no ingresó a la clínica San José “con  insuficiencia  respiratoria  aguda atribuida en el curso de la evolución de una  neumonía  grave  adquirida  en la comunidad” como se  afirmó  en  el  proceso  y  agrega  que  tan cierto es ello, que la parte civil  interrogó  sugestivamente  al  doctor  Rafael  Alberto  Fandiño Prada sobre la  razón  por  la  cual  si  en  el  examen  de  entrada  del  niño  “se  encontró  un  paciente  en  malas condiciones, con cianosis  severa…  taquicárdico, normotenso, por qué no aplicaron los tratamientos ese  mismo  día  de  ingreso,  por  qué  esperaron  hasta  el  día siguiente 18 de  octubre,  después  de  la  7:30  de la mañana que el niño empezara a expulsar  líquido  sanguinolento  por  boca y nariz… y el testigo… le dijo a la parte  civil…  que  estaba  equivocad[a],  pues ese no había sido el diagnóstico de  ingreso  del  niño  el  17  de  octubre  de  200[2]  a la clínica San José de  Cúcuta,  pues  en esta fecha el niño no tenía insuficiencia respiratoria y su  internamiento    obedeció   a   un   problema   fundamentalmente   neurológico  (disfunción  valvular)”,  a  lo cual suma el censor  que  incluso  Antonio  María  Arias,  quien  transportaba  al menor al colegio,  expuso  que se le “hizo raro cuando [l]e dijeron que  se  había  muerto  el niño porque en realidad no se veía enfermo… me decía  anoche   casi   no   pude  dormir  porque  estudié  hasta  tarde”                    80.   

Por  tanto,  el  defensor señala que de lo  anterior    se   llega   a   dos   conclusiones,   la  primera,  que  no  es  cierta  la  sintomatología que  sostuvo  el  padre del menor le refirió a los médicos procesados Henry Quevedo  Flórez  el  5  de  agosto  de  2002,  Naibel  Cecilia Amaya Gil el 23 de agosto  siguiente  y Silvia Liliana Tamayo Rozo dos días después, pues en tales fechas  el  motivo  de  la  consulta  fue  el consignado en la anamnesis, mas no por las  razones  que  posteriormente  adujo  el  progenitor  del niño, quien incluso en  momento alguno mostró inconformidad.   

Ahora, una segunda  conclusión  a la que se arriba, señala el censor, es  que  ni  el  12  ni  el  25 de agosto de 2002 el menor E.M.M. tenía neumonía o  bronconeumonía,   patología  que  tampoco  se  evidenció  al  momento  de  su  hospitalización,  así  que  no es posible imputarle una atención inadecuada a  los procesados.   

Afirmado lo anterior, el libelista sostiene  que  vista  la  historia clínica en su contenido objetivo, ella muestra (i) que  el  12  de  agosto  de  2002,  cuando  el doctor Carlos Adrián Villán Ramírez  examinó  al  menor  E.M.M.,  si  bien  le diagnosticó neumonía, lo hizo en el  campo  de  las  meras  posibilidades,  pues  lo  envió al especialista para que  confirmara  o  descartara  dicha  patología,  quien  incluso  al día siguiente  precisó  que el cuadro clínico del paciente tenía que ver con un “broncoespasmo”; (ii) que en la fecha  indicada  (12  de  agosto)  se  tomó  cuadro  hemático al menor con resultados  negativos  para  una  infección;  (iii)  que  el 13 de agosto el pediatra José  Rudesindo  Chaustre Ramírez, vista la radiografía y la prueba de laboratorio y  realizado  el  examen  físico al niño, concluyó que no tenía neumonía; (iv)  que  el  23 de agosto siguiente, Naibel Cecilia Amaya Gil atendió al paciente y  no  le  encontró  cuadro  neumónico; (vi) que dos días después Silva Liliana  Tamayo  Rozo  recibió  en consulta al menor, le diagnosticó lumbalgia postural  meningocele  y  dispuso  su  remisión a pediatría, sin que se sepa si el padre  del  niño  cumplió  con esa instrucción; (vii) que el 9 de octubre nuevamente  fue  atendido por Érika Yazmín Ramírez Meza (no vinculada al proceso) por una  cefalea  de  6  días  y  auscultado  no  se encontró cuadro neumónico alguno;  (viii)  que  el  11  de  octubre fue revisado por Silvia Liliana Tamayo Rozo por  cefalea  y dolor abdominal, sin que para esa fecha existiera motivo que alertara  la  presencia  de  neumonía  en  el  paciente; (ix) que el 17 de octubre Rafael  Alberto  Fandiño  Prada  ordenó  la hospitalización del niño por un problema  neurológico,  quien  dijo  que  no  presentaba  fiebre  ni  sintomatología que  permitiera  sospechar  una  infección  respiratoria;  (x)  que  el motivo de la  consulta  en  cada  caso  fue  el consignado en la historia clínica y no el que  posteriormente  expuso  el  padre  del  paciente,  el  cual  en  ninguna  de las  consultas     manifestó     inconformidad     por     el    servicio    médico  prestado.   

De  otra parte, el defensor denuncia que se  incurrió  en falso juicio de identidad por cercenamiento al valorar el dictamen  emitido   por  la  neumóloga  pediátrica  Luz  Libia  Cala  Vecino81, por cuanto  el  Tribunal  concluyó  que  no  sirve de sustento para desconocer que el 17 de  octubre  de  2002,  cuando  el menor ingresó a la clínica San José, ya estaba  afectado  de neumonía, a pesar de que allí se señala todo lo contrario, amén  de  que  “la  investigación muestra de principio a  fin  que el paciente no tenía neumonía durante el lapso en el que fue atendido  por  los  médicos  procesados  e  incluso  para  el  17  de  octubre de 2002 no  presentaba  ninguna  sintomatología  que permitiera asociar la hospitalización  del  paciente con dicha patología”, como surge de la  historia  clínica  y de los testimonios de Humberto Lizcano Rodríguez (médico  forense)  y  Rafael  Alberto Fandiño Prada, neurocirujano que atendió al menor  desde su nacimiento.   

Además, el demandante aduce que si bien esa  experticia  fue  objetada por la parte civil, su contenido fue ratificado por la  Junta  Médica  del  Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses de  la  Dirección  Seccional  de  Santander el 22 de septiembre de 200582,  de manera  que  dicho  dictamen  demuestra  (i)  que no existe evidencia que entre el lapso  comprendido  entre  el  12  de agosto y el 11 de octubre de 2002 el menor E.M.M.  padeciera  de  neumonía; (ii) que la atención de los procesados fue oportuna y  adecuada;  y  de  allí que contrario a lo afirmado por el Tribunal “no  es  cierto” que hubiera evidencia  de  la existencia de dicha patología con anterioridad al 17 de octubre de 2002;  (iii)  que  en  el dictamen rendido por la neumóloga pediátrica Luz Libia Cala  Vecino83  y  que  fuera  tenido  en  cuenta por el Tribunal, se concluye que  “no  hubo  omisiones,  negligencias ni tratamientos  inadecuados   durante  el  manejo  ambulatorio”  del  menor,  lo  cual es coherente con el contenido de las pruebas atrás reseñadas.  Y   si  bien  fue  objetado  por  la  parte  civil,  el  mismo  se  “avaló”  por  la  experticia  antes  anotada.   

También denuncia falso juicio de identidad  por  mutilación  del  contenido  del concepto de la Junta Médica del Instituto  Nacional   de   Medicina   Legal   del  22  de  septiembre  de  200584, por cuanto  el   Tribunal   se  sirvió  de  él  para  afirmar  que  como  el  “curso  clínico  de  una  neumonía  bacteriana…  [tiene]  una  duración    de    entre    1    y    2   semanas85…  [esto]  no  desdice  la  existencia   de   la   referida   infección  y  su  progresivo  aumento  en  el  paciente”,  cuando  en  lo sustancial lo que refleja  dicha  prueba  es  que era imposible que el menor E.M.M. hubiera estado afectado  de  esa  patología desde el 12 de agosto de 2002 y muriera por la evolución de  la  misma  el  25  de  octubre  siguiente,  sin olvidar que de su literalidad se  desprende  que por el estado del niño tiene un desenlace fatal en pocos días y  que  allí  se  consignó  (i) que los exámenes de laboratorio fueron negativos  para  infección; (ii) que se concluyó que los médicos no encontraron indicios  de  la  existencia  de  neumonía;  (iii)  que  el  17  de  octubre el menor fue  hospitalizado  por  un  problema neurológico confirmado en la necropsia: y (iv)  que la actuación de los procesados fue correcta.   

Así mismo, alega que se incurrió en falso  juicio  de  identidad  por  sectorización  del  testimonio  de Humberto Lizcano  Rodríguez,  quien  practicó  la  necropsia,  toda  vez  que de él se sirve el  juzgador  de  segundo grado para concluir que hubo causalidad entre la neumonía  diagnosticada  el  12  de  agosto  de 2002 y el shock  séptico  que  produjo  la  muerte de menor E.M.M., omitiendo el Tribunal que el  perito  en  cita  fue  enfático  en  señalar  que  la  neumonía aludida en la  autopsia  era  totalmente  distinta  a  la patología por la que fue atendido el  niño  por  los  procesados,  como tuvo oportunidad de referirlo en la audiencia  pública86,  por  tanto, el censor aduce que lo que en realidad se demuestra  con  lo  declarado  por  el  citado es (i) que la muerte del menor se produjo de  manera   “natural”;  (ii)  que cuando le respondió a la parte civil una pregunta acerca de si con el  informe  radiológico  del 12 de agosto de 2002 había quedado al descubierto un  proceso  neumónico evolutivo, lo hizo en el campo de lo hipotético sin admitir  que  en efecto en esa fecha estuviera presente esa patología; (iii) que no hubo  negligencia  por  parte de los procesados en la atención del paciente; (iv) que  el  proceso  evolutivo de la neumonía, teniendo en cuenta la condición física  del niño, es de tres o cuatro días.   

De  otra  parte,  predica  falso  juicio de  identidad  por  cercenamiento  en  relación con el testimonio de Rafael Alberto  Fandiño                    Prada87,  por  cuanto  si bien éste  afirmó  que  el  17  de  octubre  de 2002 ordenó la hospitalización del menor  E.M.M.        debido        a        “problema  neurológico”, a partir de este medio de convicción  no  podía  sostener  el  Tribunal  que  el  paciente  evidenciaba  dificultades  respiratorias,  por cuanto el declarante fue claro en manifestar que el día del  ingreso  a  la clínica “no presentaba insuficiencia  respiratoria,  ni  fiebre,  ni  signología  alguna  que permitiera sospechar la  presencia   de   una   infección  respiratoria”88. Igualmente, el actor indica  que  el  ad quem adicionó la  prueba  al asegurar que al internar al niño no se descartó la presencia de una  “neumonía”, cuando ello  no  se desprende de su contenido, así que como la versión de Fandiño Prada en  su  verdadera  dimensión es coherente con lo aducido por la pediatra neumóloga  Luz  Libia  Cala  Vecino  y  el  médico forense Humberto Lizcano Rodríguez, es  claro  que  de  haber  sido apreciada correctamente el sentido del fallo habría  sido distinto.   

Adicionalmente, se denuncia falso juicio de  identidad  por  sectorización  en  punto  del  testimonio  del pediatra Álvaro  Ernesto           Ramírez          Morelli89,  pues  al apreciar su dicho  el  juzgador  de  segundo  grado  concluyó que no era posible desconocer que la  enfermedad  que  determinó  la  muerte  del menor E.M.M. se desarrolló estando  hospitalizado,  ya  que  obra  evidencia  de existencia con anterioridad a ello,  pues    esto    “no    es   cierto”,  en  tanto  que  la  actuación  muestra de principio a fin que el  niño  no  tenía  neumonía cuando fue atendido por los procesados e incluso el  17  de octubre cuando fue ingresado a la clínica no presentaba sintomatológía  que  permitiera  asociarla  con dicha patología, lo cual guarda armonía con lo  conceptuado  por  la  pediatra  neumóloga  Luz  Libia Cala Vecino, y el médico  forense  Humberto Lizcano Rodríguez. y el neurocirujano Rafael Alberto Fandiño  Prada,  además  de  que el doctor Ramírez Morelli precisó que en atención de  las  condiciones  del niño E.M.M. la neumonía se desarrolla en 24 o 72 horas o  2  o 3 días, todo depende de cada paciente, de manera que nada tiene que ver el  diagnóstico  del  12  de agosto de 2002 con el del 18 de octubre siguiente, por  lo  que el censor sostiene que si se hubiera tenido en cuenta el real alcance de  esta   versión,   se   habría   mantenido  el  sentido  del  fallo  de  primer  grado.   

Así  mismo,  el  demandante denuncia falso  juicio  de  identidad por mutilación frente a la declaración de Hender Eduardo  Garay  Garay90,  por  cuanto a partir de ella el Tribunal sostuvo que la neumonía  había  sido  adquirida en la comunidad y que su proceso de hepatización tomaba  entre  14  días  y  2 meses, lo cual solo fue posible al dejar de lado aspectos  sustanciales  de  esa versión, pues lo de la duración del proceso evolutivo de  aquella  patología se señaló sin ningún soporte científico, en tanto que la  obra  que  citó  el  deponente  en realidad señala que la hepatización roja y  gris  cada  una  dura  de  2 a 3 días y la consolidación va de 2 a 6 días, de  modo  que  máximo  el  proceso  tarda  12  días, concepto que concuerda con lo  expresado  por  el  médico  forense  Jaime Eduardo Barrera Cáceres91, sin olvidar  que  el  testigo  no  conoció  el  estado  del  paciente  con anterioridad a la  hospitalización,  ni la atención que le brindaron los procesados, por lo tanto  la prueba bajo examen no afecta la inocencia de los implicados.   

Para   concluir,  el  defensor  alega  la  consolidación  de  un falso juicio de identidad por sectorización respecto del  testimonio  del radiólogo Gustavo Salgar Villamizar92,   puesto  que  de  él  se  sirvió  el  ad  quem  para  afirmar  que el 12 de agosto de 2012, al tomarle una placa de Rx al menor E.M.M.  le  diagnosticó  un  “probable  proceso neumónico  evolutivo”, ignorando que el citado indicó que ello  debía  ser confirmado o descartado por el pediatra. Además el juzgador omitió  que  el  mismo galeno, al tomarle al niño otra placa el 25 de agosto siguiente,  conceptuó     que     se     encontraba     “sin  bronconeumonía”,  lo  que confirmó en la audiencia  pública93,  de  donde se sigue que de haber apreciado correctamente la prueba  se habría confirmado el fallo de primer grado.   

Así las cosas, el libelista sostiene que de  no  haberse  cometido  los  errores  de  hecho  atrás  denunciados  se  habría  concluido  que  los procesados Naibel Cecilia Amaya Gil, Henry Quevedo Flórez y  Silvia  Liliana  Tamayo  Rozo  prodigaron  una  atención  adecuada, diligente y  respetuosa  de  los  respectivos  protocolos,  pues  cuando  atendieron al menor  E.M.M.  no  tenía  neumonía, por lo que no hay ninguna relación de causalidad  entre  la  conducta  de  los  citados  y la muerte del niño, razón por la cual  solicita   casar   la   sentencia   y   dejar   en  firme  el  fallo  de  primer  grado.   

Libelo radicado a nombre de José Rudesindo  Chaustre Ramírez:   

Cargo   único:  

Al amparo de la causal primera de casación  consagrada  en el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, el impugnante denuncia la  violación  indirecta  de  la ley sustancia derivada de la existencia de errores  de  hecho en la modalidad de falso juicio de identidad al apreciar la prueba, lo  cual  condujo  a  la aplicación indebida de los artículos 23 y 109 del Código  Penal.   

Expresa que si bien el Tribunal le atribuyó  responsabilidad  al  encausado  porque  cuando  atendió  al menor presentaba un  proceso  neumónico  en  evolución que no le trató, deducción que basó en lo  manifestado  por  los  doctores  Luz Libia Cala Vecino y Rafael Alberto Fandiño  Prada,  así  como  en  lo consignado en la experticia del Instituto Nacional de  Medicina  Legal;  el demandante asegura que tal conclusión no es acertada, pues  ello  es  el  resultado  de  haber  incurrido  en  falso juicio de identidad por  tergiversación  al  apreciar  el  contenido de esos medios de convicción, toda  vez  que  el  13  de  agosto  de 2002, día en que el niño fue examinado por el  inculpado,  no  tenía  la  sintomatología  de dicha patología, pues indica el  actor  que  en  esa  fecha  el  doctor Carlos Adrián Villán Ramírez, quien la  había  diagnosticado  inicialmente,  cambió  su  impresión  por  “broncoespasmo”,  luego  de  observar  los reportes de laboratorio.   

Igualmente,   sostiene  que  “no  es  cierto” que cuando el médico  Fandiño  Prada  dispuso la hospitalización del menor el 17 de octubre de 2002,  ello  obedeciera  a  síntomas  de  dificultad respiratoria, pues lo hizo porque  manifestó   un   “episodio  de  cefalea  occipito  cervical  con hiperextensión de cuello, se encontraba alerta y afebril… y sin  síntomas    que    hicieran   sospechar   en   ese   momento   una   infección  respiratoria”, según lo sostuvo ante el Tribunal de  Ética                    Médica94,  después  lo  reiteró  en  semejantes  términos  en  declaración  rendida  ante  la Fiscalía95   y   se  desprende     de     la     historia     clínica96.   

Añade  que por igual el Tribunal incurrió  en  falso  juicio  de  identidad al apreciar el dictamen médico legal del 22 de  septiembre  de  2005,  porque  si  bien  expresó que en él se consignó que el  niño       presentó       una      “neumonía  bacteriana”,  ignoró  que allí también se indicó  que  los  médicos que atendieron al menor se ciñeron  “a  los  principios  de la práctica médica” y que  “su  actuar fue oportuno y diligente”,   así  mismo,  que  “el  tratamiento  ambulatorio  que  recibió el paciente fue el indicado en su momento, de acuerdo  a      la      signología      clínica      que      presentaba”.   

Ahora,  el  libelista  predica  la  misma  modalidad   de   error   de   hecho   frente  al  dictamen  de  Luz  Libia  Cala  Vecino97,  por  cuanto  si  bien  el  Tribunal  tuvo  en  cuenta que aquella  expresó  que  “la  enfermedad  que  determinó  la  muerte    del    menor   se   adquirió   estando   hospitalizado”,  no  hizo referencia a que la misma indicó que por los resultados  del  cuadro  hemático  no  era posible afirmar que las imágenes radiográficas  correspondieran  a  una  neumonía  y,  a  su  vez, se ignoró que la citada era  especializada  en neumología pediátrica y además docente, quien concluyó que  “no   hubo   omisiones,  ni  negligencias  en  los  tratamientos  dados  al  menor”  por  parte  de  los  médicos que lo atendieron.   

Adicionalmente,  recuerda  que los médicos  Humberto  Lizcano  Rodríguez  y  Álvaro  Ernesto  Ramírez  Morelli,  también  sostuvieron  que  el  proceso neumológico se desarrolló cuando el niño estaba  hospitalizado,  tras  lo  cual hace un resumen de la valoración que realizó el  acusado al menor.   

Manifestado  lo  anterior,  arriba  a  las  siguientes  conclusiones:  (i) que la muerte del menor E.M.M. se produjo 2 meses  y  12  días  después de ser atendido por el procesado el 13 de agosto de 2002,  por  lo  que es claro que para ésta fecha no tenía neumonía, como se confirma  con  el  reporte  de  la  radiografía que se le tomó el 25 de agosto siguiente  donde         se         señala         “sin  bronconeumonía”,  el  cual  fue  ignorado  por  el  Tribunal;  (ii)  que  la  atención  brindada por los procesados se ciñó a los  principios  de  la  práctica médica establecida y su actuación fue oportuna y  diligente;  (iii) que el tratamiento que recibió el paciente fue el indicado de  conformidad  con  la  signología  clínica  que  presentaba y según las ayudas  diagnósticas;  (iv)  que  debido  al  daño  neurológico  que  tenía el menor  experimentaba  patologías  respiratorias  repetitivas; (v) que el hemograma que  se  le tomó al paciente no indicaba la presencia de infección bacteriana y sin  embargo  el  Tribunal  toma como cierto el “probable  proceso  neumónico  en  evolución”  indicado en el  reporte  del  radiólogo;  (vi)  que se omitió valorar el reporte radiográfico  del  25 de agosto de 2002 en el cual se consigna respecto del niño “sin  bronconeumonía”;  (vii) que el  menor  es  ingresado  a la clínica San José por orden del doctor Rafal Alberto  Fandiño    Prada    por   “cefalea”,  quien  no  describe sintomatología respiratoria; (viii) que solo  al  día  siguiente  de la hospitalización el doctor Hender Eduardo Garay Garay  refiere  inicio  de  dificultad respiratoria asociada al problema neurológico o  cardiovascular  mas  no  pulmonar de origen infeccioso, el cual solo se sospecha  un    día    después   (19   de   octubre)   y   se   inicia   suministro   de  antibiótico.   

Luego  de  asegurar  que  de acuerdo con lo  expuesto  quedan  evidenciados  los errores del Tribunal, por igual sostiene que  para  condenar  por  el  delito  de  homicidio culposo es necesario demostrar la  violación  del  deber  objetivo  de cuidado, su nexo de causalidad y su nexo de  determinación con el resultado lesivo producido.   

En  esa medida, el censor manifiesta que en  este  caso  no  se evidencia el nexo de causalidad pues (i) con fundamento en el  dictamen  médico  legal,  los testimonios de Rafael Alberto Fandiño Prada, Luz  Libia  Cala  Vecino y Álvaro Ernesto Ramírez Morelli, el fallo del Tribunal de  Ética  Médica  y  “demás pruebas obrantes dentro  del  proceso”, se deduce que no hubo ninguna falta al  deber  objetivo  de  cuidado  e,  igualmente,  que  la atención brindada por el  inculpado  “fue  oportuna,  eficiente,  diligente y  pertinente”; (ii) que el acusado valoró al paciente  el  13  de agosto de 2002, fecha en la cual se había descartado el diagnóstico  de  neumonía  por el doctor Carlos Adrián Villán Ramírez; (iii) el niño fue  examinado   después  por  varios  facultativos  que  no  registraron  signos  o  síntomas  de  neumonía;  (iv)  el  tiempo  entre la fecha en que el enjuiciado  examinó  al  menor y su muerte, no se corresponde con el de la evolución de la  neumonía;  (v)  de  haber  tenido  el  infante  dicha  enfermedad, debido a sus  deformaciones  originadas  en  el  síndrome  de  Arnold Chiari que padecía, no  habría  sobrevivido  dos  meses,  pues  según  el  galeno Ramírez Morelli, la  evolución  es  de  tres  a  cinco días, (vi) el menor no presentaba un proceso  neumónico  cuando  fue  examinado por el enjuiciado, conforme se corroboró con  el  reporte  radiográfico  del  25  de  agosto  de 2002; (vii) los exámenes de  sangre  tenidos  en  cuenta  en  la  consulta  efectuada  por  el incriminado no  mostraban  la  existencia  de infección bacteriana; (viii) el diagnóstico dado  por  el  especialista  Fandiño  Prada  cuando  el  menor  fue hospitalizado, se  asoció  a  una  patología neurológica y no a una respiratoria; (ix) solamente  se  hace  alusión  a dificultades de ese orden un día después de que el menor  fue recluido en la clínica.   

De  otra parte, añade que el doctor Hender  Eduardo  Garay Garay, quien también atendió al niño cuando fue hospitalizado,  expresó  que  el menor ingresó por síntomas neurológicos y no respiratorios,  el  cual,  en la historia clínica, consignó que el paciente había iniciado un  cuadro  de  dificultad  respiratoria  que  dio  lugar  a la necesidad de iniciar  ventilación  mecánica,  siendo  trasladado a la unidad de cuidados intensivos.  Además,  el  actor  recuerda  que  ni  el  padre  del  menor ni sus familiares,  refirieron en las consultas anteriores una afección respiratoria.   

Posteriormente,   hace  referencia  a  la  declaración  del  especialista  Álvaro Ernesto Ramírez Morelli, quien señala  que  si  el  menor hubiese tenido neumonía desde el 12 de agosto de 2002, el 23  de  agosto  siguiente  cuando  fue  valorado por la doctora Naibel Cecilia Amaya  Gil,  habría  estado  grave, por cuanto las consecuencias de esa patología son  inmediatas  al no dársele el tratamiento adecuado, pues un proceso de neumonía  infecciosa bacteriana dura entre dos y cuatro días.   

Agrega que el mismo Ramírez Morelli sostuvo  que  un  proceso  neumónico en fase de hepatización es de días y no de meses,  dependiendo  la  agresividad y el estado inmunológico del paciente, de modo que  va  de  tres  a  cinco  días,  lo  cual  coincide  con  lo  manifestado  por el  facultativo  Campo  Elías Angarita Ramírez, encargado de la unidad de cuidados  intensivos  de  la  clínica  donde  fue  internado  el niño, quien sostuvo que  “si  el  antibiótico  suministrado  no  sirve,  no  enmascara  la  enfermedad,  simplemente ésta sigue evolucionando”.   

De  otro  lado,  insinúa que la enfermedad  padecida  por  el  menor pudo ser adquirida durante su hospitalización, como se  desprende  de  lo  afirmado  por  los  doctores  Luz Libia Cala Vecino y Álvaro  Ernesto  Ramírez  Morelli,  pues  los  registros previos a ella muestran que no  presentó  fiebre,  polimnia,  alteraciones  hematológicas, de manera que estas  últimas  permitieran  predicar  una  neumonía,  por tanto no existe un nexo de  causalidad  entre  la  atención  brindada  por  el  acusado  y  la  muerte  del  menor.   

Así las cosas, solicita casar la sentencia  y absolver al procesado José Rudesindo Chaustre Ramírez.   

Demanda  allegada  a  nombre  de  Liliana  Ramírez Arenas:   

Cargo   único:  

Con  sustento  en  la  causal  primera  de  casación  contemplada  en el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, el recurrente  denuncia  la violación indirecta de la ley sustancial a consecuencia de errores  de  hecho  en  la  valoración  de  la prueba, lo cual derivó en la aplicación  indebida de los artículos 23 y 109 del Código Penal.   

Aduce  que  no  obstante el juez de segunda  instancia  le  atribuyó responsabilidad a la incriminada porque cuando atendió  al  menor  presentaba  un  proceso  neumónico  en  evolución que no le trató,  deducción  que basó en lo manifestado por los doctores Luz Libia Cala Vecino y  Rafael  Alberto  Fandiño  Prada,  así como en lo plasmado en la experticia del  Instituto   Nacional   de   Medicina  Legal;  el  casacionista  afirma  que  tal  conclusión  no  es  acertada,  pues ello es fruto de haberse incurrido en falso  juicio  de  identidad  por  tergiversación  al  valorar  el contenido de dichos  elementos  de  persuasión,  pues el 11 de octubre de 2002, día en que el niño  fue  revisado  por la acusada, no tenía la sintomatología de dicha patología,  en  tanto el actor advera que el 13 de agosto anterior, el doctor Carlos Adrián  Villán  Ramírez,  quien  la  había  diagnosticado  inicialmente,  cambió  su  impresión    por    “broncoespasmo”, luego de observar los reportes de laboratorio.   

Así   mismo,  expresa  que  “no  es  cierto” que cuando el médico  Fandiño  Prada  dispuso la hospitalización del menor el 17 de octubre de 2002,  ello  se  debiera  a  síntomas  de dificultad respiratoria, pues lo hizo porque  manifestó   un   “episodio  de  cefalea  occipito  cervical  con hiperextensión de cuello, se encontraba alerta y afebril… y sin  síntomas    que    hicieran   sospechar   en   ese   momento   una   infección  respiratoria”, según lo sostuvo ante el Tribunal de  Ética                    Médica98,  después  lo  reiteró  en  semejantes  términos  en  declaración  rendida  ante  la Fiscalía99   y   se  desprende     de     la     historia     clínica100.   

Ahora, también asevera que se presentó un  falso  juicio  de  identidad  al  apreciar  el  dictamen médico legal del 22 de  septiembre  de  2005,  pues  si  bien la segunda instancia afirmó que en él se  consignó  que  el  niño  presentó  una “neumonía  bacteriana”, ignoró que allí por igual se precisó  que  los  facultativos  que  valoraron  al  infante  se  ajustaron  “a   los   principios   de  la  práctica  médica”  y  que  “su  actuar  fue  oportuno  y  diligente”,    así    mismo,   que   “el  tratamiento  ambulatorio  que  recibió  el  paciente fue el  indicado   en   su   momento,   de   acuerdo   a  la  signología  clínica  que  presentaba”.   

El recurrente pregona la misma modalidad de  error   de   hecho   en  punto  de  la  versión  ofrecida  de  Luz  Libia  Cala  Vecino101,   pues   a   pesar   de   que   el   ad  quem   tuvo   en  cuenta  que  aquella  expresó  que  “la  enfermedad  que determinó la muerte del menor  se   adquirió   estando   hospitalizado”,  no  hizo  alusión  a  que la misma indicó que por los resultados del cuadro hemático no  era  posible  afirmar  que  las  imágenes  radiográficas correspondieran a una  neumonía,  pero  además  se  soslayó  que  la  citada  era  especializada  en  neumología   pediátrica   y   docente,   quien   concluyó   que  “no  hubo omisiones, ni negligencias en los tratamientos dados al  menor”   por  parte  de  los  facultativos  que  lo  examinaron.   

Así  mismo,  pone  de  presente  que  los  médicos  Humberto  Lizcano  Rodríguez  y  Álvaro  Ernesto  Ramírez  Morelli,  también  afirmaron  que  el proceso neumológico se desarrolló cuando el niño  había sido internado.   

Dicho  lo anterior, expresa que si se tiene  en  cuenta  que  la  acusada  atendió al menor el 11 de octubre de 2002 y éste  había  sido  tratado  anteriormente  de manera satisfactoria por una infección  respiratoria  aguda,  pero  además la “neumonía no  dura  más  de dos meses, contrario a lo afirmado por el señor denunciante y el  Tribunal”,  lo  cual es ignorado por el ad  quem,  de  allí se sigue que no hubo  fallas en la atención del paciente.   

Posteriormente,  pone de presente que ni en  la  consulta realizada previamente el 9 de octubre de 2002 por la doctora Érika  Jazmín  Ramírez  Mesa,  o en la efectuada dos días después por la inculpada,  el  motivo  consistió  en “un síntoma asociado con  problemas  respiratorios”,  sino por dolor de cabeza  en el primer caso y por éste y dolor abdominal en el segundo.   

Luego  recuerda que la hospitalización del  menor  ordenada por el médico Rafael Alberto Fandiño Prada el 17 de octubre de  2002  obedeció  a  que presentaba “cefalea occipito  cervical   e   hiperextensión   del   cuello,   afebril   alerta”,  por  lo cual aduce que nunca se hizo referencia a un “síntoma   respiratorio”  y  de  la  revisión  física  que  adelantó  este  galeno  y  las  dotoras Érika Jazmín  Ramírez   Mesa   y   la   procesada   Liliana   Ramírez   Arenas   tampoco  se  observó.   

Por igual pone de presente que pasaron ocho  días  entre  la  atención realizada el 9 de octubre de 2002 por la facultativa  Ramírez  Mesa  y  6  días  por  la  implicada  Ramíerez Arenas respecto de la  prestada  por  el  especialista  Fandiño  Prada,  sin  presentarse  un síntoma  neumónico,   por   lo   que   de   allí   se   sigue   que   la   “cefalea”    en    aquellas    tres  valoraciones  fue  la  constante  y  también lo fue la ausencia de dificultades  respiratorias.   

Así  mismo, hace referencia a que el 18 de  octubre  de 2002, el doctor Hender Eduardo Garay Garay, en la historia clínica,  registró  que  el  menor había iniciado “un cuadro  de  dificultad  respiratoria”,  razón  por  la cual  dispuso  la necesidad de asistirlo con ventilación mecánica y fue trasladado a  la unidad de cuidados intensivos.   

Reseñado  lo anterior, indica que teniendo  en  cuenta  la  prueba  base  de  la  acusación, se observa que en la necropsia  practicada  al  cadáver  del menor se registró la presencia de un “proceso   neumónico  en  fase  de  hepatización”,  sobre  lo  cual,  a  partir  de  lo  afirmado por el especialista  Álvaro  Ernesto  Ramírez  Morelli, se concluye que: (i) el mismo evoluciona en  corto  tiempo  y es muy agresivo; (ii) si desde el 12 de agosto de 2002 el niño  hubiera  presentado esa patología, para el día 23 del mismo mes y año, cuando  fue   atendido   por   la   doctora   Naibel  Cecilia  Amaya  Gil,  “estaría   grave,  muriéndose”,  en  tanto  sus  consecuencias  son  inmediatas  al  no proporcionarse el tratamiento  adecuado;  (iii)  si bien al paciente se le diagnosticó el 12 de agosto de 2002  una  neumonía y falleció el 25 de octubre siguiente supuestamente por la misma  neumonía,    ello    “es    falso”  por cuanto las complicaciones se presentan en horas o días, entre  dos  y  cuatro;  (iv)  en  las  valoraciones realizadas al niño el 9 y el 11 de  octubre  de  2002,  no  se  hace referencia a un síntoma que permita sugerir un  posible  proceso  neumónico;  (v)  el  TAC  del  18 de octubre de 2002 donde se  diagnostica   una   neumonía  derecha  bacteriana,  no  se  relaciona  con  las  radiografías  tomadas  dos  meses  antes; (vi) un proceso neumónico en fase de  hepatización  es de días y no de meses, dependiendo la agresividad y el estado  inmunológico  del  paciente,  de  modo  que  va de tres a cinco días; (vii) lo  anterior  coincide  con  lo manifestado por el facultativo Campo Elías Angarita  Ramírez,  encargado  de  la  unidad de cuidados intensivos de la clínica donde  fue  internado  el  niño;  (viii)  el  mismo  galeno  señala  que  los agentes  bacterianos  más frecuentes de la neumonía son el neumococo, el estafilococo y  el   neumofulus   influenza,   por  lo  que  se  atacan  con  antibióticos  que  contrarresten  los  tres  y  si no sirven no se enmascara la enfermedad sino que  ésta  sigue  evolucionando;  (ix)  el  examen de esputo mencionado por la parte  civil  en  este  caso no era el indicado para determinar la bacteria que atacaba  al  paciente;  (x)  por  la  agresividad  de la bacteria sospechó una neumonía  nosocomial.   

Añade  que las anteriores afirmaciones del  doctor  Ramírez  Morelli  encuentran  respaldo  en lo afirmado por el Instituto  Nacional  de  Medicina  Legal,  pues  allí se refirió que si bien el niño fue  valorado  por varios facultativos, éstos no encontraron hallazgos clínicos que  confirmaran  la  existencia de un foco neumónico de origen infeccioso, amén de  que  los exámenes de laboratorio tampoco mostraron alteraciones que permitieran  sospechar  la existencia de una infección en curso. Además, el tratamiento fue  adecuado  y  “en  lo  que  respecta  al  proceso de  hepatización,  hace  parte de la evolución de los cuadros neumónicos, pues la  fase  terminal  de  la  neumonía  es  la  resolución  de ésta o la muerte del  paciente”.   

De  otro  lado,  hace  referencia  a que la  enfermedad  padecida  por  el  menor  fue adquirida durante su hospitalización,  como  se  desprende  de lo afirmado por la doctora Luz Libia Cala Vecino, por lo  que  concluye  que  no  hay  lugar  a  predicar que la procesada violó el deber  objetivo  de  cuidado  y  por  tanto  que  exista un nexo de causalidad entre la  atención brindada por ella y la muerte del menor.   

Asegura  el  impugnante  que la ausencia de  nexo  causal  surge  de  que:  (i)  con  fundamento en el dictamen del Instituto  Nacional  de  Medicina  Legal, los testimonios de Rafael Alberto Fandiño Prada,  Luz  Libia Cala Vecino y Álvaro Ernesto Ramírez Morelli, el fallo del Tribunal  de  Ética Médica y “demás pruebas obrantes dentro  del    proceso”,   se   deduce   que   “no     hubo    ninguna    falta    al    deber    objetivo    de  cuidado”  e,  igualmente,  que la atención brindada  por   la   enjuiciada   “fue  oportuna,  eficiente,  diligente  y  pertinente”;  (ii)  la valoración que  realizó  al  niño  el  11  de  octubre  de  2002,  no  fue  debido a síntomas  respiratorios,  pues  lo vio siete días antes de que fuera hospitalizado no por  dificultad  respiratoria;  (iii)  antes  de  que  se  atendiera  al niño por la  procesada,   fue  examinado  por  varios  facultativos  y  ninguno  diagnosticó  neumonía;  (iv)  ni la doctora Érika Jazmín Ramírez Mesa, cuando lo atendió  dos  días  antes  que  la  acusada, como tampoco el especialista Rafael Alberto  Fandiño  Prada,  quien  lo valoró siete días después, refieren la existencia  de  una  infección  respiratoria o señalan que ese fuera el motivo de consulta  de  los  padres; (v) de haber tenido el menor neumonía desde que lo examinó la  inculpada,  en  razón  de  la  enfermedad  de  base  que  padecía,  no habría  sobrevivido  siete  días,  conforme lo expusieron los médicos escuchados; (vi)  por  las  condiciones  del niño, éste pudo presentar un proceso neumónico, el  cual  no tenía cuando lo vio la acusada; (vii) la causa de la hospitalización,  según  lo  indicó  el doctor Fandiño Prada, fue una patología neurológica y  no  una  respiratoria;  (viii)  la primera vez en que se menciona en la historia  clínica  la  dificultad  respiratoria  súbita,  ocurrió  el  18 de octubre de  2002.   

En  esa  medida,  pide casar la sentencia y  absolver a la procesada.   

Alegato      del    no   recurrente:   

Solicita que la sentencia no sea casada por  cuando,  de un lado, no se le violó el debido proceso a los acusados y, de otra  parte,  las  demandas  de casación carecen de un análisis serio y ponderado de  la   prueba,   pues   no   tienen   en   cuenta  la  que  fue  valorada  por  el  Tribunal.   

Luego de resumir el análisis probatorio de  la  sentencia absolutoria de primera instancia, anunció que se enfocaría en la  tarea   que   en   ese   sentido   adelantó   el  ad  quem,  pero continuó cuestionando la apreciación que  de  los  medios  de  convicción  realizó  juzgador a  quo,  tras lo cual señaló que la demostración de la  responsabilidad  de  los  procesados está en el fallo de primer grado (páginas  21  y  22)  cuando  se  afirma  que el niño “venía  padeciendo  una  infección  respiratoria de antaño y la misma se convirtió en  la  falla  respiratoria  aguda  que  presentó  el  menor en forma súbita y que  precipitó  su  muerte  ante la mala praxis médica”,  de  manera que “lo anterior sobrepasa la conclusión  del  juzgado  en  cuanto  que el menor no fue internado en la clínica San José  por  la  enfermedad  respiratoria, ni que tampoco hubiere prueba de que sufriere  de  alguna  neumonía  desde el mes de agosto de 2002, toda vez que analizada la  historia   clínica   así   lo   hace   notorio   y   el   shock   séptico  lo  reafirma”.   

Agrega  que “la  pregunta  que  debió  hacerse  el juzgado, que no se hizo y por la cual guardó  silencio  al  absolver  a  los  enjuiciados es ¿Por qué se presentó esa falla  respiratoria  aguda en forma súbita? La respuesta está en los autos y confirma  el  análisis de la Fiscalía en la acusación, que el proceso neumónico venía  siendo  retrasado ambulatoriamente con medicamentos ordenados «empíricamente»  por  los  enjuiciados  y que ese proceso neumónico se agudizó el 18 de octubre  de    2002”    y    de    allí   la   negligencia  médica.   

De  otra parte, asegura que como el médico  forense  Humberto  Lizcano  Rodríguez sostuvo que la causa de la muerte en este  caso  fue  una  neumonía,  este motivo es el mismo que se diagnosticó el 12 de  agosto  de  2002  por el doctor Carlos Adrián Villán Ramírez, con apoyo en el  reporte  radiográfico  suscrito por Gustavo Salgar Villamizar, quien indicó la  existencia  de “un proceso neumónico”,  lo  cual  coincide  con  los  síntomas referidos por el pediatra  José  Rudesindo  Chaustre Ramírez, quien el 13 de agosto refirió “dificultad    respiratoria”,    la  fisioterapeuta   Érika   Andrea   Romero   Luna,   que   indicó   “infección      espiratoria      restrictiva”     y    las    demás   consultas   que   aludieron   al   “problema respiratorio”.   

Luego  de  reiterar  que  la  enfermedad se  gestó  desde principios de agosto de 2002 y se desencadenó un día después de  la  hospitalización del menor, esto es, el 18 de octubre, por lo que se muestra  partidario  de  una  evolución lenta del proceso neumónico rechazando entonces  la  conclusión del juzgado de primer grado que razonó en sentido opuesto, hace  algunos  cometarios sobre la sana crítica y pide que no sea casada la sentencia  impugnada.   

CONCEPTO      DEL    MINISTERIO   PÚBLICO:   

Una  vez  hace  referencia  a  la protección  constitucional  de  los  derechos de los niños y pone de presente la patología  que   presentaba   el   menor   E.M.M.,   conceptúa   lo  siguiente  sobre  las  demandas:   

Libelo  allegado  en representación de Henry  Quevedo   Flórez,   Naibel   Cecilia   Amaya   Gil   y  Silvia  Liliana  Tamayo  Rozo:   

Primer   Cargo:  

Aduce  que no obstante la primera instancia  omitió  remitir  los alegatos escritos que fueran entregados por los defensores  en  la  audiencia  pública,  lo cierto es que su contenido fue tenido en cuenta  por  el  Tribunal,  pues éstos eran un resumen de los argumentos esgrimidos por  aquellos  en esa oportunidad, por lo cual la queja resulta intrascendente, sobre  todo  si se tiene en cuenta que el ad quem  contó  con  todo  el acervo probatorio y además a lo largo de la  sentencia  analizó los medios de convicción señalados por los abogados de los  procesados,   por   tanto,   estima   que   el   cargo  no  tiene  vocación  de  éxito.   

Segundo    cargo:  

Manifiesta  que  si  bien  el  juzgador  de  segundo  grado  no  mencionó  expresamente  el  concepto  del Comité Ad hoc de  Coomeva  y  las  declaraciones de los médicos que lo integraron, esa situación  es  intrascendente,  por  cuanto  su  contenido  fue valorado y desechado por el  Tribunal,  el  cual  concluyó  que  la  actuación  de  los  procesados  estaba  directamente  relacionada  con  la  muerte del menor, una vez analizó el acervo  probatorio,    tal    como    se    dejó   anotado   al   examinar   el   cargo  anterior.   

Agrega  que  no  obstante  no  se  pueden  desconocer  las  calidades  de  los  expertos  del Comité Ad hoc de Coomeva, es  claro  que  el  Tribunal  les  restó credibilidad, como quiera que los médicos  tratantes  omitieron  remitir  al  menor a especialistas para que le practicaran  los  exámenes  adecuados  de  acuerdo  con  sus  dolencias, sin que sea posible  desconocer  que  la  atención  que  éstos  le  prestaron estuvo acorde con los  protocolos,  pero  en  este caso han debido ser de mayor nivel por la condición  del paciente.   

De  otra  parte, aduce que a pesar de que las  restantes   pruebas   mencionadas   por   el  demandante  no  fueron  señaladas  expresamente  por  el  Tribunal,  por igual esa omisión resulta intrascendente,  por  cuanto  lo  allí  expuesto fue analizado, así las cosas, considera que el  cargo no debe prosperar.   

Tercer    cargo:  

Expresa  que  en  relación  con la necropsia  practicada  por  el  médico forense Humberto Lizcano Rodríguez y el testimonio  de  éste, en efecto el Tribunal incurrió en falso juicio de identidad, pues le  cambió  el  sentido  a  tales  pruebas  para  expresar  que había relación de  causalidad  entre  la  muerte  del  menor y el comportamiento de los procesados,  cuando  en  realidad  esto  no  se desprende de sus expresiones, sin embargo tal  error  resulta  intrascendente,  por  cuanto  la sentencia se sustentó en otros  medios de convicción.   

En cuanto hace relación al falso juicio de  identidad  por cercenamiento del contenido de la historia clínica, aduce que se  trata  de  apreciaciones  personales, pues el Tribunal sí hizo referencia a los  aspectos  añorados  por  el  impugnante,  solo  que  arribó  a una conclusión  opuesta,  es  decir,  que  la  muerte del niño no obedeció a una causa natural  sino  que  fue  consecuencia  de la infracción al deber objetivo de cuidado por  parte de los procesados.   

A  similar  conclusión  llega  respecto  del  dictamen  emitido  por  Luz  Libia  Cala  Vecino,  toda  vez que el sentenciador  consideró  que  el  proceso  neumónico del menor se había gestado antes de su  ingreso  a la clínica, mientras que la citada sostuvo que se produjo durante su  hospitalización.   

Frente  al  concepto  de la Junta Médica del  Instituto  Nacional  de Medicina Legal, indica que si bien a él hace referencia  el  demandante  para  poner  de  presente  el  análisis que allí se hizo de la  neumonía  y  de  la  posibilidad de que se hubiera desarrollado antes del 17 de  octubre  de  2002,  esta  “se trataba de un proceso  crónico,   como   lo   señalaron   varios  de  los  declarantes”,  de  manera  que  en  este  caso  no  es posible predicar error de  hecho.   

Frente  al  falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento  del testimonio de Humberto Lizcano Rodríguez, quien expresó que  la  neumonía detectada en la necropsia nada tenía que ver con la diagnosticada  dos  meses  atrás, aduce que en todo caso allí se hace referencia “a   otros   aspectos”  que  permiten  concluir la mala praxis de los médicos.   

Respecto del falso juicio de identidad alegado  en  punto  del  testimonio  del  neurocirujano Rafael Alberto Fandiño Prada, la  representante  del  Ministerio Público manifiesta que si bien se tergiversó el  contenido  material  de  la  prueba,  pues  el Tribunal adujo, con fundamento en  ella,  que  la  hospitalización ordenada por el citado el 17 de octubre de 2002  se      dispuso      “sin      descartar     la  neumonía”,  siendo  que  en realidad se refirió al  tema  cuando se le preguntó por lo ocurrido el 18 de octubre siguiente, en todo  caso  tal  error carece de incidencia, por cuanto la responsabilidad predicada a  los  procesados  se  sustentó  en  la  falta  de  atención  adecuada  hacia el  menor.   

Frente  a  los conceptos emitidos por Álvaro  Ernesto  Ramírez  Morelli y Luz Libia Cala Vecino, señala que como el Tribunal  los  desechó  por cuanto se sustentaron en la historia clínica, de allí no se  desprende  error  de  apreciación  alguno.  Igualmente,  aduce que respecto del  testimonio  de Hender Eduardo Garay Garay en realidad el libelista no evidenció  un  yerro  de apreciación sino que presenta su opinión, pues el Tribunal tomó  de  él  lo que conoció de la evolución del menor con motivo de su labor en la  unidad de cuidados intensivos.   

De  otra  parte, advierte sobre el testimonio  del  radiólogo  Gustavo  Salgar  Villamizar,  que  en  efecto  el  ad  quem solo tomó parte de su versión y  a  su  vez  omitió  hacer  referencia a la placa que le tomó al menor el 25 de  agosto  de  2002, sin embargo, precisa que en su declaración el testigo en cita  no  afirmó  que  “ese  día  el  niño  estaba sin  bronconeumonía,  sino  que hubo mejoría respecto a la neumonía incipiente del  12              de             agosto”102.   

Así las cosas, la Procuradora Delegada afirma  que  si  bien  el  Tribunal  erró al valorar algunos medios de conocimiento, no  puede  perderse  de  vista  que  le derivó responsabilidad a los procesados por  cuanto  omitieron  prestarle  una  atención  adecuada  al  menor  a pesar de su  condición  física  y  omitieron remitirlo al neumólogo, no obstante que meses  atrás  se  le  había  diagnosticado  “un probable  proceso  neumónico  evolutivo”,  razón por la cual  fue  acertada  la  conclusión  a la que arribó el ad  quem,   según  la  cual  se  demostró  el  nexo  de  causalidad  entre  el  comportamiento  negligente de los médicos y el resultado  muerte, por tanto, el cargo no está llamado a prosperar.   

Demandas  presentadas  a  nombre  de  José  Rudesindo Chaustre Ramírez y Liliana Ramírez Arenas:   

Una  vez  la  representante  del  Ministerio  Público  expresa  que  dichos  libelos  se  analizan  en conjunto por cuanto el  único  cargo  que se propone en cada uno conserva el mismo alcance, señala que  en  relación con el testimonio del neurocirujano Rafael Alberto Fandiño Prada,  si  bien  el  Tribunal  tergiversó su contenido, ello es intrascendente como se  explicó    al    conceptuar    sobre    el   tercer   cargo   de   la   demanda  anterior.   

En  cuanto  hace  referencia al dictamen y la  declaración  de  la  perito  Luz  Libia  Cala  Vecino,  pone  represente que el  juzgador  de  segundo  grado  le  restó  crédito por cuanto se sustentó en la  revisión   de   la   historia   clínica   y   no  en  el  examen  directo  del  paciente.   

En esa medida, concluye que lo buscado por el  demandante  es  imponer su visión frente a la consignada en el fallo, es decir,  que  la  infección  apareció cuando el menor estaba hospitalizado, sin olvidar  que  el  médico  Hender  Eduardo  Garay Garay sostuvo que esa patología era el  producto de su evolución anterior a ser ingresado en la clínica.   

En cuanto hace al nexo de causalidad, expresa  que  sobre  él  ya  se  refirió  al  estudiar  el  último cargo de la demanda  anterior,  de  manera  que  estima  que  los  únicos  cargos  de  las  demandas  presentadas  a  nombre  de  José Rudesindo Chaustre Ramírez y Liliana Ramírez  Arenas, no tienen vocación de éxito.   

CONSIDERACIONES    DE    LA   CORTE:   

Demanda  allegada  en  representación  de  Naibel  Cecilia  Amaya  Gil,  Henry  Quevedo  Flórez  y  Silvia  Liliana Tamayo  Rozo:   

Primer   cargo:  

Como  denuncia  la  violación  del debido proceso y el derecho de defensa en razón  de  que  los escritos que contenían  los  alegatos  expuestos  en  la  audiencia  pública  por   el   vocero   de  la  implicada  Silvia   Liliana   Tamayo  Rozo  y  su  abogado   no   fueron   valorados   por   el   Tribunal   al   conocer   de   la  apelación   contra   la   sentencia,  pues  no  se  remitieron  a esa instancia, de allí se sigue que en  el    fondo    se    está    alegando   que   las  aludidas  garantías  se  vieron     afectadas     por     una     falta     de     motivación.   

En  esa medida, inicialmente es necesario  precisar,   que   de  conformidad  con  lo  dispuesto  en  el  artículo  204  del Código de Procedimiento  Penal,   la   competencia  del  ad  quem  se  contrae  a  los  aspectos que han  sido   objeto   de   impugnación,  así  como  a  aquellos  que  resulten  vinculados inescindiblemente a  ella, pues al respecto la Sala ha expresado:   

“…basta  señalar  que tratándose  de  una  sentencia  de  segunda  instancia,  ha  de  tenerse  en  cuenta que los  fundamentos    de    la    impugnación   son   los   que   fijan   el   radio   de   acción   del   fallador,  pues  de  acuerdo  con  el  artículo  204  de  la  Ley 600 de 2000, en  materia  de  apelaciones  el  juez  de  segunda  instancia  adquiere competencia  únicamente  para  pronunciarse  sobre  los aspectos  impugnados   por   el  apelante  e  igualmente  respecto  de aquellos inescindiblemente asociados a los  mismos,  de  donde  se  deriva  que  cuando  se  censura en casación   la  falta  de  motivación  de  la  sentencia   de   segundo  grado,  la  propuesta  debe  encontrarse  vinculada  a  la     falta    de  motivación    respecto    de    los    temas   de  discusión    planteados    a   través        del        recurso        de        apelación.   

En   ese  contexto,  tratándose   de   un   fallo   de   segunda   instancia,  ha  dicho  la  Sala103,  lo  que  debe  examinarse  en punto a la motivación  es  si la providencia dictada por el  ad  quem  es suficiente por sí sola para explicar la  decisión   que   finalmente   toma  frente  a  las  argumentaciones  del  impugnante,  sea  que  confirme,  revoque  o  modifique la  decisión   revisada,   independientemente  de  las  referencias   que  haga  de  la  sentencia  de  primera  instancia,  o  que  para  desarrollar el discurso  adopte   el   mismo   método   e  idéntico  orden  que  el  utilizado  en  aquella,  o  que se apoye en  similar  prueba  y  se  valore  de  igual  manera  a  como  se  hizo en el grado  inferior.”104   

Lo  anterior  permite  afirmar  entonces,  que si lo añorado por el  demandante  es  que  el  juzgador  de segundo grado no se pronunció  sobre  los  alegatos  expuestos  en la audiencia pública  por  el  vocero  y  el  defensor de la acusada Silvia  Liliana  Tamayo  Rozo,  y para  ello  remite  a  lo  previsto en el artículo  170  del Código de Procedimiento  Penal,   es   claro   que   con   tal  postura  parte  de  un  equívoco,   pues   como   se   viene  de  indicar,  tratándose    de    una    sentencia    de    segunda   instancia,   la  motivación  se  contrae  a lo que ha sido objeto de  impugnación       y       a      aquello    que    resulte    asociado  inescindiblemente  a  ésta,  mas  no a los alegatos  conclusivos  que  las  partes  hayan  realizado  en  el  curso  de  la audiencia  pública.   

La  precisión  anterior,   pone   de   manifiesto   la  intrascendencia  de  la  censura,  pues  evidentemente    no    se   desconoció   el   debido   proceso   y  por  tanto  tampoco  el  derecho  de  defensa.   

Al margen de lo anteriormente expuesto, la  falta  de  incidencia  de lo denunciado por el libelista se confirma si se tiene  en  cuenta  que  en  la  vista  pública105,  el  vocero     de     la     procesada    Sandra  Liliana Tamayo Rozo dio lectura  al  escrito  que  dice  el  demandante  no fue remitido al Tribunal, de donde se  sigue  que  esta  instancia tuvo a su disposición su  contenido   a   través  de  los  registros  de  las  grabaciones de tal audiencia.   

Ahora,    si    se   repara  que  en  el  fallo de primer grado se aceptaron los argumentos  allí  expuestos y la sentencia de segunda instancia  tiene   un   sentido   opuesto,   ello   quiere   decir  que  implícitamente    fueron    rechazados    por    esta    última,  lo  que  se  constituye en motivo adicional para  descartar  el  vicio  in  procedendo que pretende edificar el  censor.   

Y  en  cuanto  hace  relación   al   escrito   allegado   por  el  defensor  de  la  implicada  Tamayo Rozo, se tiene que  se     presentó     una    situación  semejante,  por  cuanto  si  bien  no  se  dio lectura al mismo  en       la      audiencia      pública106,   basta   escuchar  la  intervención  del  abogado  de  la  citada  en  esa  ocasión,  para  percatarse  que  hizo  un  recuento  detallado  de  lo  allí expresado. Por tanto, si los  argumentos  que  allí  se plasmaron fueron acogidos  por  el juzgador de primera instancia y, a su vez, la  sentencia  del ad quem fue  de    condena,   es   claro   que   también   este  último  tácitamente los  apreció  para  arribar a una conclusión diversa a la de la defensa.   

De  otra  parte,  como  se observa que el  escrito   allegado   por   el   apoderado   de   la  inculpada  Sandra  Liliana  Tamayo  Rozo   el   11   de   agosto   de   2010107,   evidentemente   fue  extemporáneo,  pues  la  audiencia  pública  concluyó el 29 de de julio del  mismo      año108,  conforme se observa en  el  acta  respectiva  y en los registros, de allí se  sigue   que   es   incontrastable   que   frente  a  él    no    es    posible    alegar    falta   de  motivación, amén de que  fue  una  reiteración de  lo   referido   en   la  audiencia  pública.   

Así las cosas,  el cargo no prospera.   

Segundo   cargo:  

Como   denuncia   que   el   Tribunal  incurrió     en     la     violación  indirecta de la ley sustancial a consecuencia de haber cometido  errores  de  hecho  en  la apreciación de la prueba,  razón   por   la   cual   se  condenó  a  los  procesados Naibel Cecilia Amaya  Gil,   Henry   Quevedo   Flórez   y   Silvia  Liliana  Tamayo  Rozo  por  el  delito de homicidio culposo,  pero  a su vez se vislumbra que el juzgador de segundo grado, para arribar a tal  conclusión,    sostuvo    que    los   implicados  habían faltado al deber objetivo de cuidado que les  correspondía  asumir  como garantes de la salud del  menor  E.M.M.,  se  impone  recordar   la  postura  de  la  Corte  frente  a  la  temática     de     la    imputación   objetiva   en   materia   de  los  delitos  imprudentes,  para  después  determinar,  frente  al  contenido  de  la  sentencia   impugnada   y   analizados   los  yerros  de  valoración  probatoria  que alega el censor, si hay lugar a casarla.   

Sobre     la     teoría  de  la imputación objetiva frente a  casos   como   el   que   ocupa   la  atención,  la  Sala109 ha precisado:   

“3.1.   La  imputación  objetiva  del  resultado     en     los     delitos    imprudentes.    Responsabilidad    penal  médica.   

3.1.1.  Sobre  la  transición  desde  la  imputación  del  delito  culposo  como una forma de culpabilidad generada en la  imprudencia,  la  negligencia  o  la  impericia  que  regía  en  el  sistema de  responsabilidad  penal  reglado  por el Decreto Ley 100 de 1980 (artículo 37) y  se  apoyaba  exclusivamente en la teoría de la causalidad, hacia la imputación  jurídica  del  resultado  de  los  injustos imprudentes conforme al dogma de la  imputación  objetiva  basado  en  la infracción al deber objetivo de cuidado y  recogido  en  el  actual  canon 23 de la Ley 599 de 2000, la sentencia del 22 de  mayo  de  2008  proferida por esta Corporación, radicación 27.357, resulta ser  apropiada  para  comprender  los  presupuestos  actualmente  necesarios  para la  atribución  penal  del  resultado lesivo de los bienes jurídicos tutelados por  el  derecho  penal,  que  admiten la responsabilidad culposa, la que en su parte  más representativa señala:   

”En  conclusión,  de  acuerdo  con  la  evolución doctrinaria y jurisprudencial del  delito  imprudente, lo esencial de la culpa no reside  en  actos de voluntariedad del sujeto agente, superando así aquellas tendencias  ontologicistas  que  enlazaban  acción  y  resultado con exclusivo apoyo en las  conocidas  teorías  de la causalidad —teoría  de  la  equivalencia,  conditio  sine qua non, causalidad  adecuada,     relevancia    típica—,  sino  en  el  desvalor de la acción por él realizada, signado  por  la  contrariedad o desconocimiento del deber objetivo de cuidado, siempre y  cuando  en  aquella,  en  la  acción,  se concrete, por un nexo de causalidad o  determinación,  el  resultado típico, es decir, el desvalor del resultado, que  estuvo   en  condiciones  de  conocer  y  prever  el  sujeto  activo.   

2.2.  En la doctrina penal contemporánea,  la  opinión  dominante  considera  que  la realización del tipo objetivo en el  delito  imprudente  (o,  mejor  dicho,  la  infracción  al deber de cuidado) se  satisface  con la teoría de la imputación objetiva,  de  acuerdo  con  la  cual  un  hecho causado por el agente le es jurídicamente  atribuible  a  él  si con su comportamiento ha creado un peligro para el objeto  de  la acción no abarcado por el riesgo permitido y dicho peligro se realiza en  el resultado concreto.   

Lo anterior significa que si la infracción  al  deber  de  cuidado  se concreta en el desconocimiento de la norma de cuidado  inherente  a  actividades en cuyo ámbito se generan riesgos o puesta en peligro  de  bienes  jurídicamente  tutelados, es necesario fijar el marco en el cual se  realizó  la  conducta y señalar las normas que la gobernaban, a fin de develar  si  mediante  la  conjunción  valorativa ex ante y ex post, el resultado que se  produjo, puede ser imputado al comportamiento del procesado.   

En    otras   palabras,   frente  a  una posible conducta culposa, el juez, en primer lugar,  debe  valorar si la persona creó un riesgo jurídicamente desaprobado desde una  perspectiva  ex  ante,  es  decir,  teniendo  que  retrotraerse  al  momento  de  realización  de  la  acción  y  examinando si conforme a las condiciones de un  observador  inteligente  situado  en  la posición del autor, a lo que habrá de  sumársele  los  conocimientos  especiales de este último, el hecho sería o no  adecuado   para   producir  el  resultado  típico110.   

En segundo lugar, el funcionario tiene que  valorar  si  ese  peligro  se realizó en el resultado, teniendo en cuenta todas  las circunstancias conocidas ex post.   

2.3.  En  aras  de  establecer  cuándo se  concreta  la  creación de un riesgo no permitido y cuándo no, la teoría de la  imputación   objetiva   integra   varios  criterios  limitantes  o  correctivos que llenan a esa expresión  de  contenido, los cuales también han tenido acogida en la jurisprudencia de la  Sala111:   

2.3.1.   No  provoca  un  riesgo  jurídicamente  desaprobado quien incurre en una «conducta  socialmente  normal  y  generalmente no peligrosa»112,  que  por  lo  tanto no  está  prohibida por el ordenamiento jurídico, a pesar de que con la misma haya  ocasionado   de   manera  causal  un  resultado  típico  o  incluso  haya  sido  determinante para su realización.   

2.3.2.  Tampoco  se  concreta el riesgo no  permitido  cuando, en el marco de una cooperación con división del trabajo, en  el  ejercicio  de  cualquier  actividad  especializada  o  profesión, el sujeto  agente   observa   los   deberes  que  le  eran  exigibles  y  es  otra  persona  perteneciente  al  grupo la que no respeta las normas o las reglas del arte (lex  artis)  pertinentes.  Lo anterior, en virtud del llamado principio de confianza,  según  el  cual «el hombre normal espera que los demás actúen de acuerdo con  los  mandatos  legales,  dentro de su competencia»113.   

(…)  

2.3.3.  Igualmente, falta la creación del  riesgo  desaprobado  cuando  alguien  sólo  ha  participado  con  respecto a la  conducta    de   otro   en   una   «acción   a   propio   riesgo»114,  o una  «autopuesta      en      peligro      dolosa»115.   

(…)  

2.3.4. En cambio, «por regla absolutamente  general  se  habrá  de  reconocer  como  creación  de un peligro suficiente la  infracción  de  normas  jurídicas  que  persiguen  la evitación del resultado  producido»116.   

2.3.5.  Así  mismo,  se  crea  un  riesgo  jurídicamente  desaprobado  cuando  concurre  el fenómeno de la elevación del  riesgo,  que  se  presenta  «cuando una persona con su comportamiento supera el  arrisco  admitido  o  tolerado  jurídica  y socialmente, así como cuando, tras  sobrepasar  el  límite  de  lo  aceptado o permitido, intensifica el peligro de  causación           de           daño»117.“            (Subrayas fuera del texto original).   

Se extrae de esta cita que, más allá del  solo  nexo  de  causalidad  entre  la  acción y el resultado, la atribución de  responsabilidad  en  grado de culpa demanda que el comportamiento imprudente del  sujeto  activo  de  la infracción se despliegue creando o extendiendo un riesgo  no       permitido      o      jurídicamente      desaprobado      —en  relación  con  las  normas  de  cuidado   o   reglas   de   conducta—  y  necesariamente  se  concrete  en  la producción del resultado  típico, lesivo de un bien jurídico protegido.   

Esto, teniendo en cuenta que en vigencia de  la  Ley  599 de 2000 (artículo 9º), «la causalidad por sí sola no basta para  la imputación jurídica del resultado».   

3.1.2.  Ahora  bien,  la  teoría descrita  también  ha  sido  la  postura  reiterada  de  la  Sala en temas atinentes a la  estructuración  de  conductas  punibles  imprudentes  en  el  ejercicio  de  la  profesión  médica.  Así  lo  señaló en sentencia del 28 de octubre de 2009,  radicación  32.582, cuando sostuvo que «la jurisprudencia viene insistiendo en  que  para constatar la causalidad natural se requieren unas pautas mínimas, por  lo  tanto,  jamás  serán  suficientes  para  la  atribución  de  un resultado  antijurídico.   Conforme   con   esto,   una   vez   determinado  el  nexo,  es  imprescindible  confrontar  si  por  causa  del agente se creó o incrementó el  riesgo  jurídicamente desaprobado para la producción del resultado. Conforme a  estos  postulados,  comprobada  la  necesaria causalidad natural, la imputación  del  resultado  requiere además verificar si la acción del autor ha generado o  incrementado  un  peligro  jurídicamente  desaprobado  para  la producción del  resultado lesivo.”   

En efecto, el profesional de la medicina no  es  ajeno  a la eventualidad de ejecutar acciones disvaliosas capaces de afectar  la  salud,  la  integridad  personal  e  incluso  la  vida, lo que ocurre cuando  habiendo  asumido  voluntariamente la posición de garante frente a su paciente,  esto  es,  en  los términos del numeral 1º del artículo 25 del Código Penal,  arrogándose  la  «protección real de una persona (…)», aquél no guarda el  deber  objetivo  de  cuidado que conforme a la lex artis le es inmanente y, como  consecuencia de ello, le causa un daño antijurídico.   

Claramente,   el   aumento   del  riesgo  normativamente  tolerable puede llegar a defraudar la expectativa que en torno a  la  idoneidad  del  galeno  se  debiera  predicar por ser portador de un título  académico  y  de  la  experiencia  que  lo  autoriza y legitima para ejercer la  profesión;  ello,  siempre  y  cuando  la  violación del estándar socialmente  admitido  se realice tras la asunción efectiva de la posición de garante, esto  es,  con el diagnóstico, tratamiento o postratamiento capaz de causar un efecto  nocivo  y  correlacional del bien jurídicamente tutelado, que se habría podido  evitar    —por   ser  previsible—  de haberse  actuado con las precauciones técnicas del caso.   

Es así que, la posición de garante surge  desde  el  primer momento en que el facultativo inicia la atención médica y es  justamente  este el punto de partida desde el cual le es exigible la obligación  de  velar  por  la curación, mejoría o aminoración de la condición aflictiva  de  la  salud  de  su  paciente, hasta el límite de realizar la acción posible  indicada  en  la  lex artis para cada patología, en los términos estrictos del  compromiso       arrogado       de      forma      potestativa      —no   se   requiere   un   contrato  formal—118.   

Sobre  la  posición  de  garantía de los  profesionales médicos Chaia recuerda que:   

«El  médico  no  puede  desprenderse  de  cualquier  forma  del  paciente  a quien ha comenzado a atender, toda vez que la  suerte  de  este  último  se  encuentra  estrechamente vinculada a la práctica  iniciada  por  el  facultativo, quien se ha convertido en el exclusivo conductor  de su proceso de sanación.   

El  galeno asumió un riesgo y debe evitar  la      consumación      de      un      resultado      lesivo     —frustrarlo        es        su  objetivo—  o, al menos,  poner  al  servicio  del  enfermo sus actualizados conocimientos para lograr esa  finalidad.  Esa asunción de riesgo le impone ser él mismo el continuador de la  acción  de  salvamento  emprendida,  cuestión  que  si  interrumpe  de  manera  inadecuada   lo   convierte   en   responsable  del  mayor  riesgo  —y  consecuente resultado— que genere.   

Por  tal  motivo,  si  no  se encuentra en  condiciones  fácticas  o  técnicas de prestar un servicio eficaz para conjurar  el  mal  debe  colocar  al  paciente en un centro de mayor complejidad o ante un  profesional  que, durante el lapso de tiempo que el enfermo se encuentre bajo su  orbita  (sic),  se  entiende  que ha asumido el riesgo de su cuidado119.»120   

Es  de  este modo claro que la obligación  del  galeno  de  actuar  con  el  cuidado  que  el  ordenamiento  le impone para  evitar   la   creación   o   intensificación  de un riesgo  innecesario  —fuera del  admitido  en la praxis— y  la  consecuente realización de un daño relacionado con la fuente de riesgo que  debe  custodiar,  determina  la  asunción  de  la  posición  de garante que se  materializa  en  no  ejecutar  ninguna  conducta  que  perturbe la idoneidad del  tratamiento  médico especializado que la ciencia y las normas jurídicas mandan  en  cada  evento  o,  en otras palabras, en adecuar su comportamiento al cuidado  que   le   es   debido   de   acuerdo   con   las   fórmulas  generales  de  la  actividad.   

De esta manera, si la conducta del médico,  no  obstante  crear  o  aumentar  un riesgo se manifiesta dentro del ámbito del  peligro  que  la  comunidad  normativa  ha edificado como límite a la práctica  médica  respectiva  y,  en todo caso, se produce  el  resultado   infausto    o,     si    consolidado    el   daño  —agravación   de  la  condición        clínica        primaria,        por       ejemplo—  el  galeno  respeta  las  pautas o  protocolos  tendiendo  a  aminorar  los  riesgos  propios  de  la  intervención  corporal  o  psíquica  o,  si  pese  a  la  creación o, incremento del peligro  permitido,  la  acción  comisiva  u  omisiva  no  se representa en un resultado  dañino  derivado  necesariamente de aquella y relevante para el derecho penal o  en  todo  caso,  este  se  realiza  por  fuera del espectro de protección de la  norma,  o  se  constata  que  no había un comportamiento alternativo dentro del  ámbito  de guarda del bien jurídico que hubiera podido impedir la consumación  censurada,  no  habrá  lugar a deducir el delito de omisión impropia, también  llamado de comisión por omisión.   

Para establecer si el facultativo violó o  no  el  deber  objetivo  de  cuidado  y,  con  ello, creó o amplió el radio de  acción  del  riesgo  porque  su  actuar  lo  situó  más  allá  del estándar  autorizado  o  relevante, es imprescindible determinar cuál es el parámetro de  precaución  —protocolo,  norma,  manual,  baremo o actividad concreta conforme a la lex artis121—  que  se  debía  aplicar  al  caso  específico  o  que  hipotéticamente  podría  haber  empleado otro profesional  prudente  —con la misma  especialidad     y     experiencia—  en  similares circunstancias, para enseguida, confrontarlo con el  comportamiento desplegado por el sujeto activo del reato.   

Y es que si hay una actividad peligrosa en  la  que  se  debe  consentir  la  existencia  de  un riesgo permitido, esa es la  medicina.  En verdad, se admite cierto nivel de exposición al daño inherente a  su  ejercicio, en tanto se trata de una ciencia no exacta cuya práctica demanda  para  el  colectivo  social  la  necesidad  de aceptar como adecuada la eventual  frustración  de  expectativas  de  curación o recuperación, siempre que no se  trascienda  a  la  estructuración  de  una aproximación al daño evitable o no  tolerado.   

En esa medida, se debe ser muy cuidadoso al  establecer  si  una  conducta  superó  o  no  el  riesgo  permitido.  Sobre  el  particular,                  Roxin122  señala que este aspecto  marca  el  punto desde el que se avanza a la edificación de la imprudencia. Con  ese  propósito,  si  bien en algunos casos eficiente suele ser la revisión del  cumplimiento   de   las   reglamentaciones   sanitarias  que  rigen  determinada  práctica,  atendiendo el carácter dinámico de esta ciencia y la multiplicidad  de  actividades  terapéuticas  y  asistenciales que para el tratamiento de cada  patología  coexisten,  lo  indispensable  es acudir a los parámetros de la lex  artis    —objetivos,  consensuados,  vigentes y verificables—  y  determinar,  si el método o técnica científica aplicada por  el     galeno,     así     parezca    ortodoxo    o    exótico    —que  no experimental o improvisado y  en    todo    caso    avalado    por    la   comunidad   científica—123, satisfizo la expectativa  de  recuperación,  curación  o aminoración de la aflicción, trazada desde un  inicio  y  si  por  consiguiente,  el  bien  jurídico  protegido  se  mantuvo a  salvo.   

Es de esta manera que en su artículo 16 de  la  Ley  23 de 1981 (por la cual se dictan normas en materia de ética médica),  dispone   que  «[l]a  responsabilidad  del  médico  por  reacciones  adversas,  inmediatas  o  tardías,  producidas  por  efectos del tratamiento, no irá más  allá  del  riesgo  previsto.  El  médico advertirá de él al paciente o a sus  familiares o allegados».   

Y  de  acuerdo  con  el  artículo  13 del  Decreto  3380  del  mismo  año,  se  prevé  que  «[t]eniendo en cuenta que el  tratamiento  o  procedimiento  médico  puede  comportar  efectos  adversos o de  carácter  imprevisible, el médico no será responsable por riesgos, reacciones  o  resultados  desfavorables,  inmediatos  o  tardíos  de  imposible o difícil  previsión  dentro del campo de la práctica médica al prescribir o efectuar un  tratamiento o procedimiento médico».   

Una      lista      —no       exhaustiva,       por  supuesto—   de   las  precauciones  que  con  carácter  general  debe  atender  el  profesional de la  medicina  se  podría  integrar  con  las  obligaciones de i) obtener el título  profesional  que  lo  habilita  para  ejercer  como  médico  y  especialista  o  subespecialista  en  determinada  área, lo que no significa que la posición de  garante  surja  natural  de  la simple ostentación de aquel, pues se demanda la  asunción  voluntaria  del  riesgo,  o  sea de la protección de la persona, ii)  actualizar  sus conocimientos con estudio y práctica constante en el ámbito de  su  competencia,  iii)  elaborar  la  historia  clínica  completa del paciente,  conforme  a  un  interrogatorio  adecuado  y metódico iv) hacer la remisión al  especialista  correspondiente,  ante  la  carencia  de  los conocimientos que le  permitan   brindar   una  atención  integral  a  un  enfermo,  v)  diagnosticar  correctamente  la  patología  y  establecer  la  terapia  a  seguir124,  vi)  informar  con  precisión  al  sujeto, los riesgos o complicaciones posibles del  tratamiento  o  intervención y obtener el consentimiento informado del paciente  o          de          su         acudiente125,      vii)   ejecutar    el    procedimiento    —quirúrgico    o    no—  respetando  con  especial  diligencia  todas  las  reglas  que la  técnica  médica  demande  para  la actividad en particular y, viii) ejercer un  completo  y  constante control durante el postoperatorio o postratamiento, hasta  que  se  agote  la  intervención del médico tratante o el paciente abandone la  terapia.   

Tal como se viene sosteniendo, no basta la  constatación  de  la  infracción al deber objetivo de cuidado para atribuir el  comportamiento  culposo;  tampoco  el  incremento  o  creación  del  riesgo  no  permitido.  Se  insiste,  la  conducta  negligente  del  facultativo  debe tener  repercusión  directa  en  el  disvalor  de  resultado,  pues si la lesión o la  muerte  de la persona sobreviene como derivación de situaciones al margen de la  práctica  médica o por alguna táctica distractora del tratamiento asumida por  parte      del      paciente      —autopuesta   en  peligro  o  acción  a  propio  riesgo—,  no  habría  lugar  a  imputar el  delito  imprudente  al  galeno,  pues  sería a aquél y no a éste, entonces, a  quien  se  debería  atribuir  la  contribución  al  desenlace  transgresor del  interés jurídico tutelado.”   

Puntualizado   lo   anterior,   resulta  necesario   traer   a   colación  los  fundamentos  de  la  sentencia impugnada, en orden a constatar si  ellos  armonizan con la postura jurisprudencial que se viene de señalar.   

En  esa  medida,  se tiene que una vez el  Tribunal  aludió  al  hecho  incontrastable  de  la  muerte   del   menor   E.M.M.   y  refirió  algunas  pruebas con el propósito  de  indicar  que  el motivo de ella fue una neumonía  bacteriana,     concluyó    lo    siguiente    en  relación  con  la época  en que se produjo el deceso:   

“i)  [Que el  niño]  presentaba  dificultades respiratorias antes de su ingreso a la clínica  San  José;  [(ii)]  que  debido  a  sus  padecimientos  por el síndrome Arnold  Chiari,  su  edad  de  10  años  y continuas complicaciones en su salud, era un  sujeto   de   especial   protección,  por  lo  cual  requería  de  tratamiento  prioritario  como de atención, control e intervención por los galenos de turno  adecuada  y debida; iii) que en anteriores oportunidades a la internación en la  clínica  había sido tratado conforme le era exigible a los médicos de turno y  así  se  había  logrado la recuperación de su salud; iv) que al ingresar a la  unidad  de  cuidados  intensivos  (UCI)  su salud estaba tan deteriorada que era  presagiable  su  desenlace  fatal;  v)  que  padecía un proceso infeccioso, que  desencadenó  una  neumonía,  la  que  no fue tratada adecuadamente antes de su  ingreso  a la clínica y ya era tarde su internación en la UCI; vi) y que dicha  neumonía  en  su  estado  final  produce  el  shock  séptico  que  fue  lo que  inmediatamente puso fin a la vida”.   

Expresado lo anterior, puso de manifiesto  la  intervención de los inculpados en los siguientes  términos:   

“De acuerdo con el historial clínico del  paciente,  se  sabe que el 1, 2, 5, 6, 8 y 12 de agosto de 2002, [el menor] E.M.  recibió  atención por la fisioterapeuta Erika Andrea Romero Luna (fls. 57, 58,  71,  72,  73  y  76  C.  1),  consignándose en la hoja de consulta «Enfermedad  pulmonar  restrictiva»;  el día 12 de agosto de 2002 consulta al doctor Carlos  A.  Villán  por «Episodios de dificultad respiratoria» (fl. 77 C. 1); el 5 de  agosto  de  2002,  el  médico  Henry  Quevedo  Flórez,  atendió  al menor por  sintomatología  urinaria,  solicitando  parcial  de  orina y cuadro hemático y  recuento   de   plaquetas.   Al   examen  cardiopulmonar  no  describió  signos  patológicos  en  pulmones;  y los exámenes de laboratorio confirmaron sospecha  de  infección  urinaria (fl. 69 C. 1); el 13 de agosto, lo atendió el pediatra  José  Rudesindo  Chaustre Ramírez, quien consigna en el historial paciente que  consulta  por dificultad respiratoria (fl. 79 C. 1), lo valora con resultados de  RX  de  tórax  y  CH:  5.800  leucos,  Hb:  14.3,  Hto:  40.4. Segmentados 58%,  linfocitos  42  y  V.S.G.  22/52,  sin  signos  de  dificultad  respiratoria, se  auscultan   campos   pulmonares   con  M.  V.  ruido  sin  agregados,  ordenando  acetaminofén (fl. 79 C. 1).   

Se  dice  en  instancia  que  «El informe  radiológico  conceptuó  que  existía probable proceso neumónico evolutivo»,  con  lo  cual  se  hace referencia a la determinación del doctor Gustavo Salgar  Villamizar               —Radiólogo—,  quien  dice  que  el  paciente «presenta enfermedad del espacio  aéreo  alveolar  basal  bilateral  con  mayor  compromiso  derecho y deformidad  congénita…»,  es  decir,  aparte de las complicaciones en su salud, el menor  presentaba  una  dolencia adicional que afectaba su respiración (fl. 79 reverso  C.  1),  lo  que  al valorarse por el doctor José Rudesinto Chaustre conceptuó  como  Dx:  l.R.A  no N, esto es, «infección respiratoria aguda no neumónica»  (fl.79 C. 1).   

El día 23 de agosto de 2002, lo atiende la  médica  general Naibel Cecilia Amaya Gil por cuadro de disnea, taquipnea, dolor  torácico,  conceptuando  «paciente  en  alerta, hidratado en aceptable estado,  buena  ventilación  pulmonar  sin  ruidos sobre agregados. Hace diagnóstico de  síndrome  de  dificultad  respiratoria,  solicitando  RX  de  tórax, y formula  dexametasona  ampolla  y  nebulizaciones con berodual (fl. 83 C. 1). Se consigna  que  el  paciente presentó neumonía hace 8 meses. El día 25 de agosto de 2002  consulta  nuevamente,  ahora  a  la  médica general Silvia Liliana Tamayo Rozo,  porque  presentaba  dolor  de  espalda y dificultad para respirar con lumbalgia,  taquipnea,    sin    tos    ni    pico    febriles.    Hizo    diagnóstico   de  lumbalgia-meningocele,   y   se   formuló   ácido  ascórbico,  acetaminofén,  cefalexina   y   nebulizaciones   con  solución  salina  y  fluimucil  (fl.  84  C.1).   

El 11 de octubre de 2002, vuelve a consulta  con  dolor  de  cabeza  matutino  y  dolor abdominal, es atendido por la médica  general   Liliana   Ramírez   Arenas,  encontrando  en el examen cardiopulmonar, sin alteraciones, abdomen  blando   y   diagnóstico   cefalea,  colon  irritable  y  parasitosis;  formula  naproxeno,  dieta, coproscópico y parcial de orina (fl.86 C.1). [Luego el niño  fue   internado   en   la   clínica   San  José  muriendo  el  25  de  octubre  siguiente]”.   

Acto seguido, el juzgador de segundo grado  expresó    que    por    lo   anterior,   en   la  resolución  acusatoria,  se dijo que los procesados  habían  incurrido  en  mala  praxis médica por cuanto:   

“…el   menor   presentaba   un   cuadro  neumónico  evolutivo  y  ante  las  continuas  consultas a que era llevado, los  médicos  nada  hicieron  en  favor  de  sus  dolencias,  lo  que  permitió  la  evolución  del  germen  que  desencadenó en una sepsis bacteriana que terminó  con  la  vida de la víctima, sin desconocer que recomendaron unos medicamentos,  pero  éstos  dada  la evolución del paciente y deterioro en su salud no fueron  los  pertinentes  para  combatir el proceso infeccioso evolutivo, que como viene  de  verse su progresivo avance dio lugar a la internación del paciente y ello a  su muerte.”   

Manifestado lo anterior, el Tribunal adujo  que  en  el caso particular en efecto “existió  una  infracción  al  deber objetivo de cuidado” por  parte  de  los  enjuiciados,  por  cuanto  el  resultado  muerte  se  produjo  a  consecuencia de que incurrieron en un comportamiento  “no  abarcado  por  el  riesgo permitido”.   

Así  que una  vez  el  ad  quem puso de  presente  la  posición de garantes de los procesados  en     punto     de    la    salud    de    menor    E.M.M.,    señaló       que       “ninguno  de  ellos  le  prestó  una  adecuada    atención”,    lo   que   “aumentó   el   riesgo   permitido”,  conduciendo  a  “la agravación del estado de salud  del  paciente,  al  punto  que generó una serie de acontecimientos de carácter  catastróficos e irreversibles”.   

Expresó,  entonces,   que  la  imputación  del  resultado     podía    “inferirse”   de   lo  siguiente:  (i)  que  por  las  condiciones  de  menor  requería  una  atención  especial;  (ii)  los  implicados  fueron  informados  de  los  padecimientos del  niño,  entre  otros, de su dificultad respiratoria,  frente   a   lo  cual  no  identificaron  su  causa,  recetándole               “meros   paliativos”;  (iii)  desconocieron el diagnóstico  de      la      fisioterapeuta     Érika   Andrea   Romero   Luna,  quien  indicó   que   el  menor  presentaba  “Enfermedad         pulmonar  restrictiva”;   (iv)   que   los   procesados  no  acreditaron  especialidad  en  neumología;  y  (v)  no  optaron  por  optimizar  la prestación   del   servicio  que  requería  el  paciente.   

Adicionalmente,   consignó     que     la     “existencia    de    una   falla   en   la   prestación  del  servicio médico”     también    surgía   de   que   estaba  “probado    en   el   proceso”,   en  relación  con  el menor  E.M.M., lo siguiente:   

“i) [que] no fue sometido a exámenes que  determinaran  su dolencia respiratoria, y el único examen practicado evidenció  una  probable  neumonía,  pero no se verificó a ciencia cierta dicho concepto;  ii)   no   se   suministró   medicina   o  aplicó  procedimiento  eficaz  para  contrarrestar  el proceso infeccioso, pues al no determinarse el mismo mal puede  considerarse  que  sí  recibió  la  atención  debida;  iii) no se remitió en  ningún  momento  a un médico especialista a fin de profundizar en la razón de  ser  de  las  dolencias del paciente; iv) no se prestó la atención necesaria a  las  afirmaciones  del  padre  del  menor  sobre  los  síntomas del paciente…  recuérdese  que el padre refirió a la misma sintomatología del paciente meses  atrás  y  que  el  doctor  Gustavo  Salgar Villamizar [radiólogo] diagnosticó  «probable  proceso  neumónico  evolutivo»  (fl.  69  C.  No. 1), pero que los  procesados  desconocieron  dicha  enfermedad;  examen  ordenado  por  el médico  general  Carlos  Adrián  Villán,  porque  presentaba  episodios  de dificultad  respiratoria;   síntomas   que   dice  el  doctor  Salgar,  que  en  anteriores  oportunidades    se    le    había    atendido    oportunamente   logrando   su  recuperación”.   

Puntualizados  los  fundamentos  de  la  sentencia  impugnada,  en  adelante  se  cotejará la  prueba   obrante   en  el  expediente,  en  orden  a  constatar  si  las afirmaciones y conclusiones consignadas por el Tribunal en el  fallo   encuentran   respaldo   y,   para   el  efecto,  se  tendrá  en  cuenta  el  ataque  casacional  realizado por el demandante,  recordando  sobre  este  aspecto,  que  admitida  la  demanda  sus  inconsistencias  formales  se  dejan de  lado126.   

Con     ese     propósito,  inicialmente se hará referencia  a  la  prueba  pericial,  como en efecto lo hizo el impugnante para denunciar un  falso  juicio de existencia por omisión en punto del  concepto  del  Comité Ad  hoc  de  Coomeva,  quien por igual a lo largo del cargo hizo alusión  a los distintos dictámenes en orden  a   establecer   básicamente  dos  situaciones:  la  primera;  la  causa  de  la  muerte  del  menor  E.M.M.;  y,  la  segunda; si la  atención    médica  prestada   por   los  procesados   fue   oportuna  y  adecuada  a  la  lex  artis.   

En   ese   sentido,  resulta  necesario  señalar  que  inicialmente  se  contó  con  la necropsia realizada en el Instituto Nacional de Medicina  Legal  el  26  de  octubre  de  2002  por  el médico  forense  Humberto Lizcano  Rodríguez al cuerpo del  menor  E.M.M.,  identificada  como  Protocolo  1375-2002,  en la cual, en lo que  importa    para    el    caso    de   la   especie,   se   consignó:   

“4.1.  Descripción       del       cadáver:    preadolescente   con   malformaciones   congénitas   en   la  raquis  dorso  lumbar  principalmente    y    atrofia   de   miembros   inferiores   congénita…”   

(…)   

4.11.  Tórax:  deformidad    anterior    en    forma   de   quilla   de   barco   y   posterior  cifosis…   

(…)   

6.5. Sistema respiratorio  

6.5.1.   Laringe:  secesiones  viscosas  hemáticas en moderada cantidad.   

6.5.2.       Tráquea    y   bronquios:   secreciones  hemáticas,              fétidas.   

6.5.3.  Pulmones:  condensaciones basales  bilaterales      proceso      neumónico        en        fase       de       hepatización.   

(…)   

9.  Análisis  correlación      y      conclusión:   

Paciente con alteraciones morfofuncionales  severas     torácicas    de    la    columna  vertebral y miembros inferiores secundario a meningocele;  presenta     derivación    con    válvula  de  Hakin  ventrículo-cerebral  atrial por hipertensión endocraneana.   

Se   recibe  historia  clínica    que    aporta    el    padre    [del    menor]    en    su  hospitalización     en    la    clínica   San  José  de  Cúcuta  que  dice:  «Fecha  de ingreso:  17.10.02.      Diagnóstico:     síndrome  de  dificultad  respiratoria con expectoración    hemoptoica    y   acrocianosis127,   se   hospitaliza  en  unidad  de  cuidados intensivos para conectarlo a ventilador. El día  19.10.02  hay  evolución  tórpica  con  empeoramiento  de su  cuadro  clínico y se encuentra shock séptico  irreversible  con  síndrome de  disfunción          multiorgánica.     El     día    23    hace  agudización  del  compromiso cerebral cortical y se  confirma       el       24.10.02      muerte      cerebral      clínicamente»   

(…)   

Conclusión:  causa  de la muerte en estudio por medicina legal.”  128 (subraya fuera de texto)   

De  otra  parte,  recibido  el informe de  histopatología     por     el    médico    forense    Humberto   Lizcano  Rodríguez,  complementó la experticia anotando:   

“Se  recibe  reporte       de      histopatología129  de  tejido  pulmonar  y  corresponde  a  proceso  pulmonar neumónico…   

Análisis:   

Se  trata  de  paciente  masculino  de 10  años  de  edad  con secuelas de meningocele dorsal,  deformidad   severa   de   la   caja   torácica  y  parálisis  fláccida con  atrofia  en miembros inferiores. Estuvo hospitalizado  en  UCI  conectado  a  ventilador desde el 17.10.02130          con  evolución    previa   por   infección   respiratoria,   durante   8  días  atrás tratada ambulatoriamente.   

Manera      de     la     muerte:  natural”   

Hasta  aquí  preliminarmente      se      tiene     que     se  identificó  que  la  causa  de  la muerte del menor  E.M.M.   fue   una   neumonía,   por   lo  que  se  indicó   que   la   manera   de   la   muerte  era  natural.   

Ahora,   durante   la   etapa   de   la  investigación     y    a    petición    de    la   Fiscalía,   el  Instituto  Nacional  de  Medicina  Legal  emitió  el  concepto  de responsabilidad  profesional  No. 030-2005-SSN-DNO el 22 de septiembre de 2005, en el cual, en lo  pertinente,       se       señaló:   

“Motivo de la  peritación:   

1.   Si   entre   los   médicos  tratantes  [del  menor] existió  alguna  omisión  o  negligencia que diera  como  resultado  el  fallecimiento  del  mismo,  a quien se le  diagnosticó           neumonía.   

2.  Si  el tratamiento ambulatorio fue el  adecuado.   

3. Aclaración  del  dictamen  pericial  (Protoloco  12375-2002)  y  su  complemento respectivo.  Además    si    el   proceso   neumónico       en       fase       de  hepatización,       descrito       en       la  descripción    (sic)    micropatológica,  es un proceso inicial o terminal de la neumonía.   

4. Información  disponible para el estudio:   

H.C…  protocolo de necropsia…   

5. Otros recursos utilizados:  

Revisión  bibliográfica,             interconsultas  con  especialistas  en  pediatría, neumología y  patología.   

6.         (…)   

7. Resumen del caso:  

[Se     hace    mención     al     contenido    de    la    historia    clínica,  precisando  la  intervención de  cada uno de los procesados].   

(…)   

8. Descripción  del  manejo  esperado  para el caso según las circunstancias de tiempo, modo y lugar:   

Cuando       se       sospechan  bronconeumonías    agudas   en   niños,     el    protocolo    aceptado  sugiere:   

1.  Descartar causas infecciosas (cuerpos  extraños,  falla  cardiovascular,  síndrome    de    inhalación,   asma,  intolerancia medicamentosa).   

2.  Precisar  hasta  donde sea posible el  tipo  de  lesión (bronquial, bronquiolar, alveolar,  intersticial o pleural).   

3.  Tratar  de  evaluar  la  naturaleza  bacteriana o viral.   

4.  Calificar la gravedad y el riesgo. Se  consideran     graves    los    casos    que    se  acompañan   de:   disnea   con   signos  de  lucha  respiratoria,  cianosis,  compromiso  del estado general, asociación  con  convulsiones,  alteración del  estado de conciencia o de otros sistemas.   

5.  Determinar  si  pueden iniciarse solo  medidas   generales,   mientras   se   estudia   el  caso.   

6.  Si es caso  es leve o moderado, se sugiere:   

—  Aumentar  líquidos     orales     o     sistémicos.   

—  Iniciar  terapia respiratoria tendiente a limpieza bronquial.   

—   Usar  antitérmicos si hay fiebre.   

—   Usar  antibióticos   según  gravedad y riesgo.   

—Vigilancia   diaria   (F.C.,   F.R.,  P.A.131,    auscultación   cardiopulmonar,  fiebre, gases arteriales, aumento de peso).   

Si    el    caso    es    ambulatorio  enseñar  al  responsable  los signos principales de  alarma   (signos   de   lucha  respiratoria,  cianosis,  compromiso  del  estado  general).   

Consideramos que en el caso que nos ocupa  se   procedió   de   acuerdo  a  los  mandamientos  anteriores,  respetándose los preceptos del correcto  proceder     médico    (lex    artis).   

9. Análisis y  discusión:   

Paciente  escolar  con  múltiples             malformaciones            neurológicas     y    esqueléticas   que   ocasionaron  alteración  morfológica  en  el  tronco,  lo  cual dificulta la  valoración  médica  y  radiológica.  Lo  anterior  incrementó  el nivel de complejidad del análisis  correlacional  de  la  signología  clínica       con       los       hallazgos      radiológicos           (los     cuales     generalmente     son    inespecíficos)  y  deben  soportarse unidireccionalmente con hallazgos de  laboratorio   y  el  examen  físico.  Durante  las  semanas   anteriores   a  la  hospitalización,  el  niño  fue  valorado  en  varias  oportunidades por  diferentes       médicos       quienes  no  encontraron los hallazgos  clínicos  que confirmaran la existencia de un foco  neumónico   de  origen  infeccioso.  Los  resultados  de  los exámenes de  laboratorio  solicitados  tampoco  mostraron  alteraciones  que  permitieran, al  menos,     sospechar     la     existencia     de  infección        en        curso.   

El   evento   que   llevó       a       la       última  hospitalización  del paciente no está  directamente  correlacionado  con un cuadro respiratorio agudo,  pues   la   signología  se  presentó  indubitada  a  los  2  días de su  ingreso      a      la      clínica.   

La     sintomatología     que    presentó  el  niño en la semana previa a su  fallecimiento,  tiene  relación estrecha con cuadro  neurológico,  pues el  principal    síntoma    fue   la   cefalea   que  posteriormente  se acompañó de meningismo (rigidez  nucal),   signos   estos   que   no   permiten   descartar   un   cuadro  de  hipertensión endocraneana  (en la necropsia se hallaron signos concluyentes de ello).   

Durante  la  hospitalización     en     la    clínica    San  José   recibió  en  nuestro     concepto,     el    manejo    médico  intrahospitalario  adecuado  para el caso, cuyo desenlace era previsible  en razón de la severidad de la  patología    de    base,    el   síndrome  de  Arnold Chiari.   

Las   infecciones   neumónicas     siguen     el    patrón  básico  de  todas las inflamaciones….   Clásicamente  se  han  descrito  cuatro   estadios   de   la   respuesta   inflamatoria:   congestión,      hepatización   roja,   hepatización   gris  y  resolución.   

La      congestión   representa   el   desarrollo   de   la  infección  bacteriana  y  dura  aproximadamente  24  horas…  La  hepatización  roja que sigue,  toma  su  nombre  por  la  extravasación masiva de  hematíes…   El   siguiente   estadio  es  de hepatización gris, que se  presenta  entre  las  48  y  las  72  horas  luego  de  iniciado el proceso y su  coloración parduzca y aspecto seco se adquiere por  la     desintegración    progresiva    de    los  hematíes… El estadio  final    de   resolución   es   lo   que   ocurre  cuando   hay   buena  evolución     y     la     mejoría        del        paciente…  (Patología Estructural y Funcional. Robbins. Edit.  Interamericana)   

10.        (…)   

11.   Respuestas   a   interrogantes  específicos:   

1.  El pleno  de  médicos  forenses  reunidos  en  la  ciudad de  Bucaramanga   el   día   15   de   septiembre  del  corriente año [2005],  luego    de    leído   y   analizado   el   caso,  encontró  que  el  actuar  de  los médicos    tratantes    que    atendieron    al    niño   E.M.M.   se   ciñó   a  los  principios  de  práctica  médica  establecidos para este tipo de pacientes y  que  su  actuar fue oportuno y diligente.   

2. Así mismo  se   estima  que  el  tratamiento  ambulatorio  que  recibió el paciente fue el indicado al momento, de  acuerdo    a   la   signología   clínica  que presentaba, como quiera que  en  tratándose  de  seres  humanos,  prevalece  la  clínica   sobre  los  informe     radiológicos     y     de     ayuda  diagnóstica   (que   son   solo  eso;  una  ayuda  diagnóstica);  dado  que  todos  los individuos no  reaccionan  de  la  misma  forma  en  razón  de su  condición      humana      intrínseca,    que    hace   del   individuo   un   complejo   sistema  termodinámicamente  abierto     cuyas     respuestas     no     son  lineales.   

3. El proceso de hepatización  hace parte de la evolución de los  cuadros  neumónicos,  pues  la fase terminal de la  neumonía     es    la    resolución    de   esta   o   la   muerte   del   paciente.   Su     duración     no     tiene  límites  que se puedan  definir    con    exactitud    en   el   tiempo   (La   bibliografía    consultada    la    establece   en   pocos   días,  menos  de una semana). Ello y la  especial   predisposición  de  estos  pacientes  a  sufrir  afecciones pulmonares, no descartan el hecho  que  el  cuadro  inicial  se haya resuelto y semanas  después    se    haya   iniciado   otro   cuadro  similar.   

La     sintomatología  que  presentó el niño    en    la    semana   previa   a   su   fallecimiento   tiene  relación  estrecha con cuadro neurológico:  cefalea  que  se acompañó de  meningismo    (rigidez    nucal),    signos   que  sugieren  hipertensión  endocraneana,  evidenciada  con  los  hallazgos  de la necropsia.”132  (subrayas fuera de texto)   

La  anterior experticia fue objeto de un  par  de  ampliaciones,  así  que  en  la     primera,    realizada    a  través   del   informe  pericial  médico            legal            con            radicación interna 2009C-04050502199 del  19 de marzo de 2009, se resolvieron los siguientes interrogantes:   

“1.  «Cuál  es  el  lapso  máximo durante el cual se desarrolla un proceso de  neumonía…»   

A.         «Clínicamente   se  ha  descrito  4  estadios  en  la  progresión  de la neumonía:   

1.      Congestión:  ocurre  en  las  primeras  24  horas  de  haberse iniciado la  infección…   

2.  Estadio  de hepatización  roja:  los  alvéolos se llenan de  glóbulos rojos extravasados…   

3.  Estadio  de hepatización  gris:  se suele dar entre el 3º y  el   5º   día   de  evolución…   

4.   Fase   de  resolución:    se    presenta    usualmente   entre   el   7º    y   el   10º   día…»   

Tomado   del   libro   «Neumología».    Autores:    Hernán  Vélez  y  otros,  5ª edición,  Corporación  de Investigaciones Biológicas,   Medellín,  pág. 122.   

B.   «La  neumonía   clásica  cursa en 4 fases…   

Fase    de    congestión:…   Este  estadio  dura  de  24  a 48 horas…   

Hepatización  roja:  de 2 a 4 días de  duración…   

Hepatización  gris:  de 4 a 6 días de  duración…   

Fase    de    resolución:   de   6   a  12  días de duración…   

[Tomado     de]     «Temas       de       Neumonía,  Revisión      sobre      neumonía».   Autores:   Mario  Cornejo  y  Jesús        Salinas,        médicos       infectólogos      y  neumólogos…   

(…)   

2.         «Cuál  es  el  lapso máximo    durante   el   cual   se   desarrolla   un   proceso   de  neumonía  hepatizada  en  pacientes  que presentan  cuadros    clínicos    como    el    del   menor  fallecido.»   

Desde  el  enfoque   estrictamente   médico  no  es  posible  responder  con  exactitud  esa  pregunta,  como  quiera  que  cada  individuo es  diferente de otro, aun cuando padezcan anormalidades similares…   

3.  «Si las  causas  de  muerte  fueron  naturales  o  no  y si tienen o no relación   directa  con  la  enfermedad  congénita del fallecido.»   

Para     este     médico    perito    no    queda    duda    que    el   joven   M.M.  falleció   de   causas  naturales,  dado  que  su  fallecimiento   se   debió   a   una   enfermedad  común   de  difícil  diagnóstico y complejo manejo en razón   a   las  condiciones  previas  y  congénitas     del     paciente.”133   

Ahora,      una     segunda    ampliación  se  realizó  mediante el informe  pericial  médico  legal con radicación  interna  2009C-04050508842 del 12 de junio de 2009134,  en  donde  se  reiteró, con fundamento en la necropsia  del  menor  E.M.M.,  que  la  manera  de  su muerte  había          sido          “natural”,   además,   nuevamente  se  hizo  referencia  a las fases de la neumonía bacteriana y  se    indicó   que   entre   su   fase   inicial  (congestión)  y  la  final (resolución),  se  tarda  de  una  a  dos  semanas,  sin  que  el  perito pudiera determinar cuánto  tiempo   tomó  en  el  caso  del  niño,  toda  vez  que  no era especialista en neumología o pediatría.   

Así mismo,  se  contó con el dictamen de la neumóloga    pediátrica   Luz  Libia  Cala Vecino, quien frente  al   caso   de  la  especie  conceptuó:   

“…analizado    cuidadosamente    el   expediente   clínico      y      de     anatomía  patológica  del  proceso  de  la  referencia puede  concluirse que:   

1.  Se  trata  de  un  niño   con   múltiples  malformaciones  neurológicas,         esqueléticas  y  renales,  que generaron deformaciones muy importantes  de  la  caja  torácica,  capaces  de  modificar  ostensiblemente  la función  pulmonar,  lo  cual  hace  especialmente difícil la  evaluación  clínica  respiratoria    del    paciente,    incluso    para   personal   médico especializado en el campo.   

2.  Como  consecuencia de las   alteraciones   raquimedulares   a   nivel   torácico    descritas,    se    compromete    la    dinámica  respiratoria  (pobre excursión  torácica) lo que favorece la aparición      frecuente      de      atelectasias      difíciles    de    diferenciar    desde    el    punto    de    vista  radiológico    de    la    neumonía.  Para  esta     diferenciación    el    médico   debe  apoyarse  en  las  manifestaciones  clínicas     y     los     exámenes  paraclínicos básicos,  reactantes  de  fase aguda, como el cuadro hemático  y  la  velocidad  de  sedimentación globular entre  otros.   

3.   El  paciente  del  caso,  a  juzgar  por  los registros  clínicos  previos a la hospitalización,  no  presentó  fiebre, polimnia,  signos  de  dificultad respiratoria ni alteraciones  hematológicas             —leucocitosis,     neutrofilia,  cayademia    o    aumento   de   la   velocidad   de   sedimentación— que  permitan   concluir   que   las   imágenes   radiográficas  encontradas  corresponde  a neumonía  y  no  a  atelectasias resultantes de la alteración  de  la  función respiratoria, producto a su vez de  las   malformaciones   y  deformaciones  mencionadas  previamente.  Solamente        durante        la        hospitalización   en   cuidado  intensivo  se  evidenciaron  signos clínicos, paraclínicos    y    radiológicos    que  conjuntamente   sustentan   el   diagnóstico   de  neumonía           bacteriana.   

4.  Por  lo  anteriormente   expuesto  considero  que  no  hubo  omisiones,  negligencias  ni  tratamientos   inadecuados   durante   el   manejo  ambulatorio    de    l    paciente.”135  (subrayas fuera de texto)   

Hasta aquí,  entonces,  la  prueba pericial señala que el motivo  de  la  muerte  del  menor  E.M.M. fue una neumonía  bacteriana   y  que  la  atención  médica  que  se  le  prestó  por  los  procesados   fue   oportuna   y   adecuada   a  la  lex artis.   

Tal      situación  a su vez coincide con lo señalado  por  el Comité Ad hoc136   de  Coomeva  que  se  constituyó   para  revisar  la  conducta  de  los  procesados  —del cual  echa  de  menos  su  valoración el demandante junto  con     los     testimonios    de    Manuel  Ignacio  Guardiola  Plazas y  José Armando Carrillo  Mendoza     que     lo    integraron—, por cuanto en el acta del 30 de  abril  de  2003  que  recogió sus deliberaciones se  indicó,  en  punto  de  lo  pertinente  para  este  caso:   

“Conceptos   

A.    Las    manifestaciones  clínicas  descritas  en  la  queja  por  parte  del  padre  del  niño  en forma  repetida,  «Dolor en el  toráx,  la  espalda,  manifestando  que  no  podía  respirar,  secundariamente  manifestaba  dolores  de  cabeza,  presentando una respiración muy rápida, con  aleteo   nasal,   movimiento   reiterativo  de  las  fosas  nasales  durante  la  respiración,  sus  labios  y  los  dedos  adquirían una coloración azul, poco  apetito,   decaimiento   general,   con   vómito  algunas  veces”137,   no  corresponden  a  lo  encontrado  por  el  Comité en la revisión de la Historia  Clínica  existente,  ya  que  las  anotaciones  escritas  por  los médicos que  valoraron  al  paciente,  en ninguna de ellas se describió un hallazgo como los  descritos en la queja.   

B.  Con  las  manifestaciones  clínicas  descritas  por  parte  del  padre  del  menor…  el cuadro correspondería a un  Síndrome  de  Dificultad  Respiratoria  Aguda, que tanto los médicos generales  como  el  pediatra que valoró al menor, están en capacidad de identificarlo; y  de  haberlo  encontrado  la  conducta  a  tomar  muy  seguramente  hubiera  sido  diferente a la que se adoptó en cada una de las atenciones.   

C. Las conductas  que  tomaron  cada  uno  de  los médicos generales y el pediatra en cuanto a la  atención  el  paciente,  fueron consideradas por el Comité como pertinentes de  acuerdo  a  los  hallazgos  clínicos anotados en la historia clínica  y a  los  resultados  de  los exámenes paraclínicos y radiológicos, cuyos reportes  se encuentran en la Historia del menor.   

D. (…)  

Estos reportes de la Historia Clínica [se  hace  referencia  a  las  radiografías tomadas al menor el 12 y 25 de agosto de  2002],  no  corresponde con un cuadro neumónico activo al momento de realizarse  estos RX.   

E.  Por  parte  del  Dr.  Álvaro Ramírez  Morelli,   se   emite  el  concepto  que  el  cuadro  neumónico  no cursa con una evolución lenta sino que es muy agresivo y lo hace  en  muy corto tiempo, luego si el diagnostico desde el comienzo de la evolución  de  la enfermedad hubiese sido Neumonía Basal Derecha, y no hubiese recibido el  tratamiento  adecuado,  las  complicaciones  de  ese manejo inadecuado, hubiesen  sido  casi  inmediatas  desde  la  primera  consulta.  Concepto este que es avalado por todos los asistentes al Comité.   

Conclusiones  

Por    lo    encontrado    en    la  Historia              Clínica y por lo expuesto y opinado por  los  participantes del Comité, se puede concluir lo  siguiente:   

1.   La  atención   prestada   por   lo   médicos   generales  y  el  especialista  en  pediatría,   cumplen  con  lo  criterios  de  calidad  exigidos  para  la  atención     de     un     paciente.   

2.  Con los  hallazgos   clínicos  descritos  en  la   Historia   Clínica   por   los   médicos   tratantes  junto   a   los   reportes  de  RX  y  Laboratorio  Clínico     existentes,     antes     de     la  hospitalización,   no   se  encontró   un  criterio  para  que  se  hubiese  tomado  la  conducta  de  remisión  al  médico  Neumólogo.   

3.   El  diagnóstico      de      Neumonía   Basal   Derecha   solo   se  hace  evidente  al  momento      de      hospitalizar     al     paciente.”138       (subrayas fuera de texto)   

Reseñada la  opinión  científica  que  obra  en  el  proceso,  se  hace  necesario volver sobre las afirmaciones y  conclusiones    del    Tribunal,    en   cuya   labor   se   traerán   paralelamente   las   críticas  casacionales del censor, en orden a determinar si a  este   último   le  asiste  la  razón.   

Como se dejó  consignado  anteriormente,  el  ad quem  puso de presente que la causa de la muerte del menor E.M.M. fue  una   neumonía   bacteriana,  pero  es  del  caso  mencionar,    que   en   punto   del   tiempo   de  duración  del  proceso  evolutivo  de  la referida  patología,  acudió a  lo    manifestado   por   Hender   Eduardo   Garay  Garay,  médico general  que  atendió  al niño  en     la    clínica    San    José,  quien  dijo  que  esta  se  desarrollaba entre “14 días y 2 meses”.   

Esta  particular   circunstancia   es   importante  abordarla,  por  cuanto  sirve  de  fundamento   al   Tribunal   para   “inferir” la responsabilidad de los  procesados    Henry    Quevedo   Flórez,           Naibel    Cecilia   Amaya   Gil   y  Silvia     Liliana     Tamayo    Gil    en    la    muerte    del   menor,   quienes,   como    cabe   recordar,   lo   atendieron   los   días 5, 23 y 25 de agosto de 2002, respectivamente.   

En  esa  medida,  se  ofrece  oportuno  señalar,  que el demandante cuestionó    la   afirmación   del   galeno  Hender    Eduardo    Garay    Garary   en  punto  de  la  duración  del  proceso   evolutivo  de  una  neumonía  bacteriana, pues evidenció que si  bien      éste  afirmó,   un   su  primer  salida  procesal,  que  podía    abarcar    de    14    días       a       2       meses139  y,  posteriormente, en  una  segunda  oportunidad,  al  ser  interrogado  acerca  de  la  fuente  de ese  criterio,       manifestó       que  se podían consultar “los  libros  de Harrison Medicina  Interna”140,  es  decir,  la  obra  Fundamentos  de  Medicina  Interna de Harrison, se observa que allí  se  indica: “En las primeras 24 h  se      advierte     la     primera     etapa,     la     congestión…   La   segunda   etapa,   [es]  llamada  hepatización  roja      por      el      color     que     asume     el     pulmón…  En  la  tercera  etapa,  o  de  hepatización  gris…  [por]   su   color  pargo  grisáseo…   La   segunda   y  la  tercera  etapas  duran  de  dos  a  tres  días  cada  una,  y  la  consolidación    máxima,   de   dos   a   seis  días”141, de donde se   sigue   que   todo   el   proceso   es   de   días  y no de meses como lo aseguró el  deponente en cita.   

En  efecto, las pericias médico  legales  referenciadas  anteriormente, ponen de presente de  manera  uniforme  que  el proceso evolutivo completo de una neumonía  bacteriana  es de días,  así  que si se tiene en cuenta  que  esa  es  la  causa  de la muerte del niño, por  tanto,   entre   el   25   de   agosto  de  2002,  fecha  de  la  última  atención  de  los procesados  Henry        Quevedo        Flórez,           Naibel    Cecilia   Amaya   Gil   y  Silvia     Liliana     Tamayo    Gil,  y  el  18  de  octubre siguiente,  día  en el que de manera indubitada se presentaron  las   manifestaciones   de  la  mencionada  enfermedad  en  el  menor,  entonces  transcurrió   1   mes   y   23   días142,  de donde se sigue que  no       es       posible       “inferir”  que  el resultado muerte  se   derivó   de  la  infracción del deber objetivo de cuidado por parte  de  los  facultativos en mención, bajo el argumento  de  que  superaron el riesgo permitido a raíz de su  negligencia  en la aplicación de los procedimientos  propios  de la lex artis  al    estar    en   la   condición   de garantes de la salud del menor E.M.M.   

Ahora, no obstante la contundencia de la  fuente   informativa   anotada   (bibliografía  y  dictámenes),    la   postura   del   facultativo  Hender     Eduardo    Garay    Garay,   contrario   a   lo   que   afirma   el   Tribunal,  quien  la  acogió,       no       es       respaldada  por  el  médico legista  Humberto       Lizcano      Rodríguez,  como  en  efecto  lo  pone de  presente  el  demandante, por cuanto este afirmó en  su    declaración   inicial,   que   el   proceso  neumónico bacteriano143   tomaba  “veintiún         días”144, pero  igualmente    precisó,   que   en   un         individuo         que         tenga        “compromisos   de   su   defensa,  inmunológicamente      hablando”     puede    producir          “daños   fatales   en   muy   corto   tiempo,  3,  4  días,  pero  en  una persona con buenos mecanismo de defensa, buena  respuesta   fisiológica   y   buenas  condiciones  anatómicas,   puede  demorarse  varios  días, 8, 14, 21 días      o     más”145. A su  vez,    en    la    vista    pública146,  refirió     que    el    desarrollo    de    la  patología en cuestión  en   una   persona   en  las  condiciones  del  menor  E.M.M.  podía  darse  entre 6 a 7 días    y    en    la    misma   audiencia   manifestó      que      podía  ser  de  2,  3 días, y finalmente  consideró    que    unos    10   días  con un margen de error de 2 días  por    razón   de   las   características  físicas del niño147,  por  lo  que es claro  que   en   definitiva,   ni   era   de  2  meses  como  lo  aseguró  el  galeno  Garay Garay,   ni   de   21   días       como      en      principio      lo      señaló    el   perito   Lizcano     Rodríguez.   

El     concepto    médico  científico  de que el proceso  de   la   neumonía   bacteriana   es  de  escasos  días   es   reiterado   por   el   pediatra   con  más  de  20  años de  experiencia     en    neumología    Álvaro  Ernesto  Ramírez        Morelli,  quien  advirtió  en la audiencia  pública,  que  en  el  caso  del  niño   habría  tomado  máximo      5     días148.   

El  recuento que viene de hacerse acerca  de    la    duración    del   proceso   de   una  neumonía    bacteriana    para   desvirtuar   la  responsabilidad  de  los procesados, por igual sirve  para  rechazar la pertinencia de lo señalado por el  radiólogo   Gustavo  Salgar   Villamizar  el  12  de  agosto       de      2002149,  de  lo  cual  echó mano el Tribunal, pues aquel, luego  de  tomarle una placa radiográfica al menor E.M.M.,  conceptuó               “un  probable proceso neumónico”,   lo   que,  como  se  recordará,  llevó  a  que  fuera  examinado al día   siguiente    por   el  pediatra   José    Rudesindo    Chaustre         Ramírez            —también    procesado—,  el  cual descartó      dicha      patología     y  diagnosticó infección  respiratoria   aguda   no   neumónica150,  tras  auscultar  al  paciente  y analizar el cuadro  hemático que se le tomó.   

Amén de que  el  concepto  del  radiólogo  es  simplemente  una  impresión            diagnóstica,  conforme  lo  denota el impugnante, el radiólogo       Gustavo       Salgar  Villamizar    en    su    declaración  puso  de  presente que su lectura  debía  ser  confirmada  con  otras  ayudas como la  auscultación    directa    del    paciente    y  exámenes      de      laboratorio151,  lo  cual  reiteró  en otra salida procesal152, pero  además,    en    la    vista    pública  precisó que en momento alguno  afirmó    que    el   paciente,   para  el  12  de  agosto de 2002, estaba en malas condiciones o que  efectivamente     tenía    neumonía153.   Es  más,  como  lo  refiere el demandante, el 25 de agosto siguiente el  galeno  en  cita  le  tomó una nueva placa al menor  señalando               “sin   broconeumonía”154,    con    lo    cual  quiso     expresar     que     descartaba    esa  patología.   

Adicionalmente,   el   médico    Carlos   Adrián     Villán    Ramírez,   quien   ordenó  las radiografías, como lo recuerda  el  libelista,  por igual expuso que el diagnóstico  de     neumonía     que    realizó    el   12   de   agosto   de   2012   fue   provisional,   por   cuando   debía   ser  confirmado    o   descartado   por   el   pediatra155,   como   en   efecto  sucedió,    según  quedó     consignado     en     líneas precedentes.   

Entonces,  la  amplia reseña  acerca  de  la  duración  de una  neumonía  bacteriana y el hecho de que el concepto  del     radiólogo  Gustavo      Salgar      Villamizar  simplemente  fuera  provisional,  el  cual,  como  se  vio, fue  descartado   por   el   pediatra  José           Rudesindo           Chauste          Ramírez,   permite   hacer   una  nueva  afirmación,    esto    es,   que   la   eventual  patología  que  se  dijo  tuvo  el menor E.M.M. en  agosto    de   2012,   en   modo   alguno   tiene  relación  con  la que se le descubrió  el  18  de  octubre  siguiente,  es  decir,  un día  después  de ser hospitalizado en  la clínica San José.   

Esta      conclusión,  como  lo sostiene la defensa, encuentra apoyo en el dicho del  médico    legista  Humberto       Lizcano      Rodríguez156,     el     pediatra  Álvaro    Ernesto  Ramírez   Morelli157     y     en     el  radiólogo   Gustavo  Salgar                  Villamizar158,  pero  además  en  el  concepto de  responsabilidad  profesional  No.  030-2005-SSN-DNO del 22 de septiembre de 2005  del     Instituto     Nacional     de    Medicina  Legal159.   

Recapitulando parcialmente, es claro que  si  bien  el  menor  E.M.M.,  como  lo  anota  el ad  quem,   presentaba   dificultades   respiratorias,  contrario  a  lo  que  éste  concluyó,  la  atención  medica  que le fue  prestada     por     los     implicados    Naibel  Cecilia   Amaya  Gil,  Henry        Quevedo        Flórez       y       Silvia   Liliana   Tamayo   Rozo  se  ajustó   a  los  protocolos  de  la  lex  artis, como se señaló   en   los  dictámenes   médico   legales,   en  el  Comité    Ad    hoc   de   Coomeva   y   en   la  decisión    del   Tribunal   de   Ética    Médica   del   Norte   de  Santander,      cuya     valoración  también  echa de menos el actor,  en  donde,  frente  a  lo  que  importa  aquí,  se  arribó a las siguientes conclusiones:   

“1.  La  atención   médica  prestada   al  niño  E.M.M.  fue  acorde  al  alex  artis.   

2.  En  medicina  la  clínica,        el        criterio        del        médico,   prima   sobre   las  ayudas  diagnósticas,  estando  este  en  su  derecho  de  aceptarlas o rechazarlas.   

3.     La     neumonía  que  sugería  como  probable  el  doctor  Gustavo  Salgar  fue  desechada  por  el  pediatra  José           Rudesindo          Chaustre          Ramírez…   

4.   En   las   enfermedades   de  las  características de la  del     niño    M.M.    las    infecciones    a  repetición   no   se   descartan,   siendo   factible   que   superada   una   vuelva   a  producirse  otra.   

5.   Cuando   el  doctor  Rafael      Fandiño  lo  ve el 17 de octubre de 2002 no observa afección respiratoria.   

Solo    el    18   de   octubre  hacia las 7:40 de la mañana  se  advierte,  por  el médico que lo revisa, cuadro  de    infección   respiratoria…”160  (subraya     fuera     de     texto)   

Así mismo,  se    tiene    que    la   probable   neumonía  bacteriana  diagnosticada  el   12   de   agosto   de   2002   se   descartó,  fundamentalmente   porque   a   través  de  las  experticias  y de los especialistas en la materia, se  determinó     que    la    duración  del proceso de dicha patología es  de  días,  el  examen  al  menor  no  la       evidenció,  las  pruebas  de laboratorio no la mostraron, amén   de   que   de  haberla  padecido  efectivamente  para esa época (agosto de 2002) y no  se  le  hubiere  tratado,  con  seguridad  el  niño  hubiese  fallecido  en  aquellas fechas, pues como de manera amplia lo expuso el  pediatra    Álvaro  Ernesto       Ramírez      Morelli          en         la         audiencia         pública161,  si  no  se  trata adecuadamente, la infección  que  se  deriva  de la referida enfermedad continúa  su  camino,  así  que no se agazapa, por lo que el  paciente se agrava en dos o tres días.   

Igualmente,  se tiene que contrario a lo  afirmado  por  el  Tribunal  con  fundamento  en  la  acusación,     no    es    cierto    que    los  procesados  Naibel  Cecilia  Amaya  Gil,   Henry  Quevedo  Flórez       y       Silvia   Liliana   Tamayo  Rozo,  en  relación    con    el    menor,    “no  hicieran  nada a favor de sus  dolencias”,  como tampoco que por ello se produjo  una     “sepsis  bacteriana”   que  condujo  a  la  hospitalización del menor y luego a  su  muerte, pues ha quedado suficientemente expuesto, que el diagnóstico   del   12   de   agosto   del   2002   que   realizara  el  radiólogo   Gustavo  Salgar    Villamizar   se   descartó,   primero   por   el   especialista  que  lo  atendió,  pues  no encontró    signos    o    síntomas    de  él  y  las  pruebas  de  laboratorio  tampoco  lo  evidenciaron,  luego  por  la  prueba  tanto  pericial  como  testimonial  y  la  información aportada al proceso e, incluso, por el  propio      Salgar      Villamizar,    quien    precisó    que   su  impresión  diagnóstica fue provisional.   

Cobra entonces vigencia la postura de la  Sala   señalada  al  comienzo  en  punto de cuándo es posible imputar el  resultado,   cuando  sostiene  que  “frente  a  una  posible  conducta  culposa, el juez, en primer lugar, debe valorar si la persona  creó  un  riesgo  jurídicamente  desaprobado desde una perspectiva ex ante, es  decir,  teniendo  que  retrotraerse  al momento de realización de la acción…  [y]  en  segundo  lugar,  el  funcionario  tiene  que  valorar si ese peligro se  realizó  en el resultado, teniendo en cuenta todas las circunstancias conocidas  ex  post”,  pues  de lo analizado en precedencia, se  constata  que los procesados en forma alguna realizaron un riesgo que llevara al  resultado muerte.   

En  esa  medida,  carecen  de  validez  los  argumentos  del  Tribunal  orientados a poner de presente la negligencia médica  en  torno  de  los  procesados  Naibel Cecilia Amaya  Gil,   Henry  Quevedo  Flórez y Silvia  Liliana  Tamayo  Rozo porque  solo    le    formularon   al   menor   “meros  paliativos”; o que no se tuvo  en  cuenta el diagnóstico de la fisioterapeuta Érika Andrea Romero Luna, de la  cual  precisa  la  defensa que no señaló un estado de la gravedad que lo quiso  presentar  el  padre,  pues  incluso  dispuso  tratamiento  en  casa;  o que los  médicos  no  acreditaron  la  especialidad en neumología, lo cual no es cierto  pues  José  Rudesindo  Chaustre  Ramírez  lo es, pero además, el ad  quem  ignoró  que  para  tratar  las  patologías  que  presentaba  el niño cuando fue atendido por los implicados en  cita  no  la exigía como lo puso de presente la prueba pericial y en particular  el  Comité  Ad  hoc  de  Coomeva;  o  que no se le sometió a exámenes, lo que  tampoco  está  acorde  con  la  realidad  procesal;  o  que  se diagnóstico un  probable    proceso    neumónico,    el   cual   como   quedó   expuesto   fue  descartado.   

Así  las  cosas, el cargo prospera, razón  por  la  cual  se  dejará  en  firme  la  sentencia  de primera instancia y por  elemental  sustracción  de  materia, no se analizará el tercer cargo propuesto  en el libe9lo por la defensa.   

Demanda allegada en representación de José  Rudesindo Chaustre Ramírez:   

Cargo único:  

Como  quiera  que  al  igual  que  en la  censura  que  se  viene  de  analizar,  en  esta  se  denuncia  la  violación   indirecta  de  la  ley  sustancial   a   consecuencia   de   que   el   Tribunal   incurrió    errores   de   hecho   al   valorar   la   prueba,   lo   que  llevó   a   condenar  al  procesado  José     Rudesindo     Chaustre  Ramírez por el delito  de  homicidio  culposo, pero además, se observa que  la  situación  procesal  del citado es la misma de  los  implicados Naibel Cecilia Amaya Gil,   Henry  Quevedo  Flórez       y       Silvia           Liliana           Tamayo           Rozo,   pues   cabe   recordar   que  éstos  atendieron al menor E.M.M. el 5, 23 y 25 de  agosto  de  2002 y aquel lo hizo el día 13 de igual  mes  y  año,  desde ahora se anticipa que frente a  él  también prospera  el  reproche  propuesto  por  su  defensor  contra  la  sentencia impugnada,  de  manera  que  aquí  se  extensiva  la  argumentación expresada al analizar  el  reproche  que  se  viene  de  estudiar,  restando  tan solo señalar  las  particularidades  de este libelo en orden constatar la  pertinencia de un fallo estimatorio.   

En  ese sentido, se evidencia que le asiste  razón  al censor cuando advierte que para el 13 de agosto de 2002, fecha en que  el  procesado  José  Rudesindo  Chaustre  Ramírez  atendió al niño, éste no  presentaba  la  sintomatología  de  una  neumonía, por cuanto los exámenes de  laboratorio  no  daban muestras de que así fuera, como tampoco lo evidenció al  revisión   al   menor,   lo  cual  fue  avalado  por  las  experticias  médico  legales.   

También  le  asiste  razón  al demandante  cuando  aduce  que  si  bien  el  facultativo  Carlos  Adrián  Villán Ramírez  inicialmente  diagnosticó  que  para el 12 de agosto de 2002 y en relación con  el   niño,   se   estaba   ante   una   neumonía162,  al  día  siguiente  le  dictaminó          un         broncoespasmo163.   

Así  mismo,  no  es cierto, contrario a lo  afirmado  por  el  Tribunal, que cuando el neurocirujano Rafael Alberto Fandiño  Prada  dispuso  internar  al  menor  E.M.M.  en  la  clínica  San  José, éste  presentara  “afección de tipo respiratorio o mejor  neumonía”164,    pues   en   realidad  únicamente   refirió   que  ello  obedecía  a  un  problema  fundamentalmente  neurológico,  sin  que  siquiera presentara síntomas que permitieran sospechar  en   ese   momento   una   infección  respiratoria165.   

Adicionalmente,  le acompaña  la razón al censor cuando asegura  que  en  el  dictamen del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses del 22  de  septiembre  de 2005166, se indicó  que  tanto  la  atención  como el  tratamiento  ambulatorio  que  ordenó el implicado  José    Rudesindo  Chaustre  Ramírez fue  el  adecuado  de  acuerdo  con  la  signología que  presentaba  el  paciente  y  que lo propio se desprende de lo conceptuado por la  pediatra   neumóloga  Luz  Libia  Cala Vecino167.   

Por  igual  se  ajusta  a  la  realidad  procesal  la afirmación del actor según  la cual, si bien el 12 de agosto de 2002 el radiólogo       Gustavo       Salgar  Villamizar,  conceptuó  que   el   niño  E.M.M.  presentaba  “un    probable   proceso   neumónico   evolutivo”168,  el  día  25  de  agosto  siguiente  le  tomó  otra  placa y  dictaminó               “sin   bronconeumonía”  169.   

El  libelista  también acierta al sostener  que  el  pediatra  Álvaro  Ernesto  Ramírez  Morelli  puso de presente que era  imposible  que  una neumonía diagnosticada el 12 de agosto de 2002 durara hasta  la  época de la hospitalización del menor, es decir, el 17 de octubre de 2002,  pues  ella  tiene  una  evolución que es de días170, quien además indicó que  si    no    se    suministra    el    antibiótico    correcto   la   enfermedad  continua.   

Ahora,   si   bien   el   demandante  lanzó la hipótesis de  la      que     neumonía     bacteriana     que  presentó  el menor E.M.M. la adquirió   mientras   estaba  hospitalizado,  tal  circunstancia  no  fue  confirmada    en    las    experticias    médico  legales.   

Así  las  cosas,    conforme    se    anticipó   inicialmente,   el   cargo   prospera,   en  consecuencia,  se  dejará    en   firme   el   fallo   de   primera  instancia.   

Demanda  presentada  a  nombre  de  Liliana  Ramírez Arenas:   

Cargo      único:   

En  esta oportunidad también  se  acusa  la  sentencia  de  haber violado de forma   indirecta   la   ley  sustancial,  porque  según    el    impugnante,    el    Tribunal    incurrió  en  errores  de  hecho al momento de estimar la prueba, lo cual  permitió  condenar  a  la  implicada  Liliana  Ramírez  Arenas como autora de  la      conducta     punible     de     homicidio     culposo,     evidenciándose  que  al igual que se  indicó  en  relación  con  el  procesado José  Rudesindo      Chaustre     Ramírez,   la  situación  procesal  de  la  citada  es  la misma que la de los implicados Naibel  Cecilia       Amaya      Gil,      Henry   Quevedo  Flórez    y    Silvia   Liliana   Tamayo  Rozo,  por lo que desde  ahora  se  anticipa  que  frente  a  ella  también  prosperará  el  reproche propuesto por su defensor  contra  el  fallo  impugnado, de manera que aquí se  hacen  extensivas las consideraciones expresadas al analizar el segundo reproche  de     la    demanda    de    los    tres    antes    citados    (Amaya  Gil,     Quevedo  Flórez y Tamayo   Rozo),  restando  tan  solo  señalar  las particularidades del presente libelo,  en orden constatar la procedencia de una sentencia estimatoria.   

Ahora,  como el defensor de la inculpada  Liliana Ramírez Arenas es  el    mismo   del   enjuiciado   José           Rudesindo          Chaustre          Ramírez,  se  observa que algunos de los  argumentos  que  utilizó en el libelo presentado a  nombre  del último, fueron reiterados en la demanda  allegada  en  representación de la primera, por lo  que  no  se  hace necesario repetir lo expresado por  la  Sala al abordarlos, en particular los relativos (i) a que cuando el pediatra  José    Rudesindo  Chaustre  atendió  al  menor  E.M.M.  éste  no presentaba síntomas   de  neumonía;  (ii)  aquel  referido  a  que  si  bien  el  galeno  Carlos Adrián  Villán  Ramírez  inicialmente diagnosticó tal patología, luego le dictaminó  un  broncoespasmo;  (iii)  el  consistente en que cuando el neurocirujano Rafael  Alberto   Fandiño   Prada  ordenó  la  hospitalización  del  niño,  este  no  presentaba  síntomas  de  una  afección  respiratoria  o de neumonía; (iv) el  fundado  en  que  en  el  dictamen del Instituto de  Medicina  Legal  y  Ciencias  Forenses  del  22  de  septiembre  de 2005 y en el  concepto  de  la  pediatra  neumóloga Luz    Libia    Cala    Vecino   se  indicó     que     la     atención    de    la   implicada   Liliana  Ramírez  Arenas  fue  adecuada;  y  (vi) el basado en que no era posible que el Tribunal predicara que  el    proceso    de    una    neumonía    durara  meses.   

De otra parte, conviene agregar que como el  censor  acude  al  argumento según el cual, entre la atención que su prohijada  prestó  al  menor  E.M.M.  y  el  día  en  que fue hospitalizado por orden del  neurocirujano  Rafael  Alberto Fandiño Prada pasaron 6 días, pero además, que  tanto   en   la   atención   que   ella  le  brindó,  como  el  motivo  de  la  hospitalización,  se  refirió  una  cefalea,  de  manera  que no se evidenció  dificultad  respiratoria,  ya  que  ésta  solamente  se  registra el día 18 de  octubre  de  2002,  es decir, al día siguiente de la internación del paciente,  como  lo  señala  Hender  Eduardo  Garay  Garay  en  la historia clínica, ello  amerita  poner de presente la imputación fáctica que se le hizo a la procesada  Liliana    Ramírez  Arenas,    con    el    propósito   de   superar  equívocos    por   razón   de   la   proximidad   de   la   atención   que  le  prestó  al  menor   y     la     manifestación     de     la     neumonía  bacteriana.   

En  efecto,  en la convocatoria a juicio de  primer    grado   se   dedujo   la   siguiente   imputación   fáctica   a   la  implicada:   

“Como bien  se  aprecia,  la  indagada Liliana Ramírez  Arenas,  quien  dice observa al  paciente  M.M.  con  alteraciones  en la morfología  del    tórax    y  además    dice    textualmente:   «era  un  paciente  hidratado,  conciente febril (sic)171, sin  signos   de   dificultad   respiratoria…»,  nos  está      referenciando      qué   tipo   de   diagnóstico  estaba  entregando,  pero  obviamente  ante  la observancia de la morfología  del  tórax, se debió  ordenar entre otros la radiografía  para  ver  cómo  estaban  los pulmones y emitir un  diagnóstico,   pues  recordemos  que  si  atendió  al paciente el 11 de  octubre  y  como bien se aprecia en la diligencia de indagatoria, ya el paciente  tenía    neumonía  emitida  por el médico  Carlos    Adrián  Villán,  tal  como se  reseña    en    la   historia   clínica        por        la       fisioterapeuta       Érika      [Andrea      Romero  Luna],   al   respecto   contesta:  «Aclaro   que   en   ningún  momento  refirieron  sintomatología  respiratoria ni cuadro  crónico   de  ésta,  como   consta   en  el  registro  de  la  historia  clínica,   consultaron   por   cefalea   y  dolor  abdominal»,  lo  que  entonces  nos  está  significando  que  la doctora  Liliana    Ramírez  Arenas,     sí  actuó  con  negligencia con el menor E.M.M., al no  ordenar  la  hospitalización  del menor  a  quien se le había detectado la  enfermedad  neumónica,  tal  como  efectivamente  se  puede detallar, y así  proceder  a  darle  el  tratamiento  debido,  de la cual ya se había   hablado   por   parte  de  los  galenos  doctor  Humberto                Lizcano                Rodríguez       y      otros      ya  mencionados  en  el  presente. Por ello es que esta  Fiscalía  procederá a  decretar     contra     la     doctora    Liliana  Ramírez    Arenas,  Resolución      de      Acusación   por   el   delito   de   homicidio  culposo…”172  (subrayas     fuera     de     texto)   

A su vez, sobre el mismo tópico se señaló  por  la  Fiscalía de segundo grado al desatar la apelación contra el pliego de  cargos, lo siguiente:   

“Y  del  debate   de   esa   prueba   necesaria  [se  alude  a  la  infección  pulmonar  que  se evidenció el 18  de  octubre  de  2002],  no  se  desestima el simple tratamiento ambulatorio que  los médicos citados le  diagnosticaron    al   paciente,   como   médicos  ambulatorios  o  de  consulta oportuna y programada o por turnos, como se conoce  actuaron     las    doctoras    Silvia    Liliana  Tamayo,    Naibel  Amaya   y   Liliana  Ramírez Arenas, ya que  no    obstante    ser    médicas    generales,   y  los  doctores  Henry  Quevedo   Flórez  y  José    Rudesindo  Chaustre,  les  obligaba  ante  lo  expuesto por el  paciente    o    su    acompañante,   el   examen  médico  y  la  observancia  de  los  antecedentes  registrados     en    la    historia    clínica.  Comportándose   de   esta   forma   ajenos   a  la  condición  laboral.  Lo  anterior resulta como consideración  a  que  las  orientaciones  sobre las verdaderas dolencias del  paciente    derivaron   de   oscultaciones   (sic)  por     médicos  particulares  el  15 (sic) de agosto y 17 de octubre  de  2002,  por  Carlos  A.  Villán         y        Rabel     (sic)     Alberto  Fandiño Prada,     con    la    accesoria    del  radiólogo   Gustavo  Salgar   Villamizar;  luego  de  acuerdo  al  protocolo medico los galenos en Coomeva así    fuera    por    una   consulta   oportuna   debían  diagnosticar  la hospitalización  o  especialista  en  busca  de tratamiento y reposo  para            el           paciente”173       (subrayas fuera de texto)   

Así  las  cosas,  es  claro que la imputación fáctica    que   se   le   hizo   a   la   procesada   Liliana  Ramírez Arenas,  fue la misma que se le atribuyó a  los    demás    enjuiciados,    es   decir,   en  síntesis, que a pesar  de   haberse   diagnosticado   neumonía   por  el  médico  general Carlos  Adrían    Villán  Ramírez    y   el  radiólogo   Gustavo  Salgar  Villamizar el 12  de  agosto de 2002, los acusados faltaron a su deber  objetivo   de   cuidado   creando  un  riesgo  no  permitido  que  condujo   a   la   muerte   del   menor   E.M.M.,   lo   cual   se  analizó ampliamente al estudiar el segundo  cargo de la demanda presentada  a  nombre  de  Naibel Cecilia Amaya Gil,   Henry  Quevedo  Flórez       y       Silvia    Liliana    Tamayo   Rozo,  evidenciándose que no fue así.   

Más  allá de lo anterior, y  solo   para   mayor  abundamiento,  no  sobra  recordar  que  las  fases  de  la  congestión    y    de   hepatización  de  una neumonía bacteriana toman  escasos    días,   como   se   sostuvo   en   los  dictámenes   médico  legales  y lo refirieron el forense Humberto Lizcano  Rodríguez   y   el  pediatra    Álvaro  Ernesto       Ramírez      Morelli,      de     suerte  que  si entre la atención prestada  por   la   inculpada   Liliana   Ramírez  Arenas (11 de octubre de 2002) y  la  primera  manifestación concreta de la referida  patología               (18 de octubre siguiente)      transcurrieron  sólo 7  días,  resulta  claro  que   tampoco   era   posible  deducirle,  con  certeza,  responsabilidad  a   la   inculpada,  amén   de   que   ello   no  fue  lo  que  se  le  imputó.   

Ahora,    si    bien    en   el   libelo   que   se  examina  también  se  lanzó la  hipótesis   de   que   la   neumonía        bacteriana        que  presentó  el menor E.M.M. la adquirió   mientras   estaba  hospitalizado,  tal  circunstancia  no  fue  confirmada    en    las    experticias    médico  legales.   

Así  las  cosas,  conforme se advirtió inicialmente, el cargo  prospera,  en  consecuencia,  se  dejará  en firme  el fallo de primera instancia.   

Finalmente,  si  bien  se  observa  que  el  apoderado  de  la  parte  civil formuló denuncias penales contra varios sujetos  procesales  y  los  peritos,  no  hay  constancia  de  que  alguna de ellas haya  prosperado  mediante  decisión con fuerza de cosa juzgada, como para desvirtuar  la  validez  de  las  conclusiones  de  los expertos174.   

De  otra  parte,  durante  el  traslado  al  Ministerio  Público  para  que emitiera el respectivo concepto, el apoderado de  la  parte  civil  allegó  documentación para que fuera tenida en cuenta por la  Sala,  frente  a lo cual es preciso advertir que dentro del trámite del recurso  de  casación  no está previsto un periodo probatorio, razón por la cual no es  posible           su           valoración175.   

Ahora,  el defensor de la implicada Liliana  Ramírez  Arenas  solicitó  la  extinción  de la acción penal por reparación  parcial  de  los  perjuicios,  frente  a  lo  cual  no  hay  lugar a realizar un  pronunciamiento   por   sustracción   de   materia176.   

En mérito de  lo  expuesto,  la  Corte  Suprema de Justicia, Sala de  Casación         Penal,        administrando     justicia     en     nombre    de    la  República y por autoridad de la  ley,   

RESUELVE:   

1.   CASAR  la  sentencia  del  13  de  septiembre de 2011 proferida por el Tribunal Superior de  Cúcuta,  con  fundamento en el cargo segundo formulado en la demanda presentada  a  nombre  de  Naibel  Cecilia Amaya Gil, Henry Quevedo Flórez y Silvia Liliana  Tamayo  Rozo,  así  como  con  sustento  en  la  única  cesura  de los libelos  allegados  en  representación  de  José  Rudesindo Chaustre Ramírez y Liliana  Ramírez Arenas.   

2.   En  consecuencia,  dejar  en  firme el fallo de primera  instancia  dictado  el 15 de septiembre de 2010 por  el  Juzgado  Primero  Penal  del Circuito de Cúcuta  que                absolvió  a  Naibel  Cecilia  Amaya  Gil,  José Rudesindo Chaustre  Ramírez,  Henry  Quevedo  Flórez,  Liliana  Ramírez  Arenas  y Silvia Liliana  Tamayo    Rozo   del  delito  de  homicidio  culposo  por  el  que  fueron  acusados.   

3.   ORDENAR  que   por   conducto   del   juez   de   primera   instancia   se  cancele  todo  requerimiento   y   pendiente   que   los       mencionados        ciudadanos          tengan      por     razón   exclusiva   de   este   proceso  penal,    quien    a    su    vez    devolverá   las   cauciones   que  hubiesen  prestado.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

JOSÉ      LEONIDAS      BUSTOS  MARTÍNEZ   

JOSÉ  LUIS BARCELÓ CAMACHO                  FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO   

MARÍA    DEL    ROSARIO   GONZÁLEZ  MUÑOZ           GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ   

LUIS      GUILLERMO      SALAZAR  OTERO                  JAVIER ZAPATA ORTIZ   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1 Fls.  39 y 40 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

2 Fls.  228 a 234 del C.O. No. 1   

3 Fls.  220   a  225  ídem.   

4 Fls.  214        a        219        ídem.   

5 Fls.  264        y        265        ídem.   

6 Fls.  98 a 133 del C.O. No. 2.   

7 Fls.  98 a 133 ídem.   

8 Fls.  78 a 92 del C.O. No. 3.   

9 Fls.  24 a 27 del C.O. sin número de la parte civil.   

10 Fls.  255 a 270 del C.O. No. 3.   

11  Fls.  1 a 3, 5 a 7, 197 y 198, 227 y 228, 290 y 291 del C.O. No. 5. La audiencia  fue grabada en su totalidad.   

12  Fls. 105 a 152 del C.O. No. 6.   

13  Fls. 86 a 125 del C.O. No. 1 del Tribunal.   

14  Eduardo  Martínez  Chipagra,  Elsa  Piedad  Mendoza  Acevedo  y  María  Piedad  Yáñez Mendoza.   

15  Fls. 16 a 49 y 50 a 85 del C.O. No. 2 del Tribunal y Tomos I y II.   

16  Fls. 91 a 112 del c.o. No. 2 del Tribubal.   

17  Fls. 28 a 37 del C.O. de la Corte.   

18  Fls.      43      y      44      ídem.   

19 Fl.  123 del C.O. No. 1 del Tribunal.   

20  Fls. 277 a 282 de C.O. No. 1 de anexos.   

21  C.O. No. 3 y No. 4 de anexos.   

22  Fls. 86 a 97 del C.O. No. 2.   

23  C.O. No. 1 y No. 2 de anexos.   

24  Fls. 191 a 195 del C.O. No. 1 de anexos.   

25  Fls. 273 a 276 del C.O. No. 1 de anexos.   

26  Fls. 273 a 276 del C.O. No. 1 de anexos.   

27  Valga  decir  “una  respiración  muy  rápida, con  aleteo   nasal,   movimiento   reiterativo  de  las  fosas  nasales  durante  la  respiración  [y]  sus  labios y los dedos adquirían una coloración azul, poco  apetito   decaimiento   general,   con   vómito   algunas  veces”    (fl.    8    del    C.O.    No.    3   de   anexos).   

28 Fl.  261 y vuelto del C.O. No. 1.   

29 Fl.  17 y vuelto del C.O. No. 2.   

30  Fls. 277 a 281 del C.O. No. 1 y 147 a 151 del C.O. No. 3 de anexos.   

31  Fls. 282 a 284 del C.O. No. 1 y 159 a 161 del C.O. No. 3 de anexos.   

32  Fl. 8 del C.O. No. 3 de anexos.   

33  Fls. 290 y 291 del C.O. No. 1 de anexos.   

34  Fls. 148 a 150 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

35  En  respaldo  de  lo  anterior, remite a lo declarado por el doctor Carlos  Adrían  Villán  Ramírez, fl.  121  del  C.O.  No.  3 de anexos y fl. 222 y 223 del C. O. No. 1 de anexos, a lo  afirmado     por    Manuel    Ignacio    Guardiola  Plazas,  fl. 2 del C.O. No. 5 de anexos y fls. 273 a  276  y  a lo sostenido por el Comité Ad hoc de Coomeva, fls. 277 a 282 del C.O.  de anexos No. 1.   

36  Fls. 273 y 274 del C. O. No. 1.   

37  Fls. 93 y 131 del C.O. No. 1   

38  Fls.  152  a  155  del C.O. No. 1 de la parte civil, 256 a 259 del C.O. No. 1 de  anexos y 169 a 173 del C.O. No. 3 de anexos.   

39  Fl. 155 del C. O. No. 1 de la parte civil.   

40  Fl.  121  del  C.O.  No.  3  de  anexos,  en  cc. con  los  fls. 222 y 223 del C.O. No. 1 de anexos y 142 y  143 del C. O. No. 5.   

41  Fls.   17   a  21  y  122  a  126  del  C.  O.  No.  1.   

42  Es      decir,     la     misma     referida   al   denunciar  la  omisión del testimonio de Érika  Yazmín Ramírez Meza.   

43  Ver  constancias  de  las  consultas a fls.  71  a 74 y 76 del C.O. No. 1.   

44  Ver  constancia  de  las  consultas  a fls. 77 y 78  ídem.   

45  Fl.  121  del  C.O.  No.  3  de  anexos, en cc. con  los  fls.  222 y 223 del  C.O.  No.  1  de  anexos y 142 y 143 del C. O. No.  5.   

46  Fl. 79 del C.O No. 1.   

47  Fl.     261     y     vuelto     ídem.   

48  Fls.  214  al 219 del C.O. No.1 y fls. 132 al 134 del  C.O.  No.  3 de anexos.   

49  Fls.   93   y   131   del  C.O.  No.  1.   

50  Fls.   256   al  259  del  C.O.  No.  1   de   anexos,   169   al   172  del  C.O.  No.  3   de   anexos   y   152  a  155  del  C.O.  No.  1 de la parte civil.   

51  Fls. 245 y 246 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

52  Fls. 238 a 244 del C.O. No. 1.   

53  Fls. 17 a 21 del C.O. No. 1.   

54  Fls.  169  a 172 del C.O. No. 1, 241 a 245 del C.O. No. 3 de anexos y sesión de  la audiencia pública del 22 de septiembre de 2009, corte 2.   

55  Fls.  152  a  155 del C.O. No. 1 de la parte civil y 169 a 173 del C.O. No. 3 de  anexos.   

56  Audiencia  pública,  sesión  de  la  tarde del 23 de septiembre de 2009, corte  1.   

57  Fls.  164  a 168 del C.O. No. 1, 101 a 105 del C.O. No. 1 de la parte civil y 65  a 70 C.O. No. 5.   

58  Fl. 98 del C.O. No. 3 de anexos.   

59  Fl. 85 del C.O. No. 1   

60  Fl. 223 del C.O. No. 4.   

61  Fls.      233     a     236     ídem.   

62  Fls.      309     a     311     ídem.   

63  Fls.  123  a  126 del C.O. No. 1 de la parte civil y 139 a 141 del C.O. No. 3 de  anexos.   

64  Fl 69 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

65  Fl. 85 del C.O. No. 1.   

66  Fls.  169  a 172 del C.O. No. 1, 241 a 245 del C.O. No. 3 de anexos y sesión de  la audiencia pública del 22 de septiembre de 2009, corte 2.   

67  Fl. 21 del C.O. No. 1.   

68  Fl. 69 C.O. No. 1 de la parte civil.   

69  Fl. 79 C.O. No. 1.   

70  Fl. 85 ídem.   

71  Fl. 79 ídem.   

72  Fl. 84 ídem.   

73  Fl. 8 del C.O. No. 3 de anexos.   

74  Fls.   256   al  259  del  C.O.  No.  1   de   anexos,   169   al   172  del  C.O.  No.  3  de  anexos  y 152 a 155 del C.O. No.  1      de     la     parte     civil.   

75  Fls.  77  del  C.O. No. 1  y 121 del C.O. No. 3 de anexos.   

76  Fls.  78  del  C.O. No. 1  y 121 del C.O. No. 3 de anexos.   

77  Fl. 80 vuelto del C.O. No. 1.   

78  Fl.  85 ídem.   

79      Valga    decir,    “una  respiración  muy rápida, con aleteo nasal, movimiento reiterativo de las fosas  nasales  durante  la  respiración,  sus  labios  y  los  dedos  adquirían  una  coloración   azul,  poco  apetito  decaimiento  general,  con  vómito  algunas  veces”    (fl.    8    del   C.O.   No.   3   de  anexos).   

80  Fl. 261 y vuelto del C.O. No. 1.   

81  Fls. 245 y 246 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

82  Fls. 238 a 244 del C.O. No. 1   

83  Fls. 245 y 246 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

84  Fls. 238 a 244 del C.O. No. 1 y 309 a 311 del C.O. No. 4.   

85  Fl. 304 del C.O. No. 4.   

86  Registro de la sesión del 22 de septiembre de 2009, corte 2.   

87  Fls.  152  a  155  del C.O. No. 1 de la parte civil, 256 a 259 del C.O. No. 1 de  anexos y 169 a 173 del C.O. No. 3 de anexos.   

88  Fl. 172 del C.O. No. 3 de anexos.   

89  Fl.  281  del  C.O. No. 1 de anexos y registro de la audiencia pública, sesión  del 23 de septiembre de 2009, corte 1.   

90  Fls.  164  a 168 del C.O. No. 1, 101 a 105 del C.O. No. 1 de la parte civil y 65  a 70 C.O. No. 5.   

91  Fls. 233 a 236 del C.O. No. 4.   

92  Fls.   85   del  C.O.  No. 1,  69, 123 a 126 del C.O. No. 1 de la  parte civil y 139 a 141 del C.O. No. 3 de anexos.   

93  Registro de la sesión del 22 de septiembre de 2009, corte 3.   

94  Fl. 172 del C.O. No. 3 de anexos.   

95  Fl. 154 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

96  Fl. 93 del C.O. No. 1.   

97  Fls. 245 y 246 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

98  Fl. 172 del C.O. No. 3 de anexos.   

99  Fl. 144 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

100  Fl. 93 del C.O. No. 1.   

101  Fls. 245 y 246 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

102  Fl. 125 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

103  “Sentencia del 21 de febrero de 2007, radicado No.  25799.”   

104  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal,  providencia del 17 de junio de 2009, radicación No. 31517.   

105  Registro  de  la  sesión  de la tarde del 28 de julio de 2010, corte 1, minutos  31:40 a 1:26:30.   

106  Registro  de  la  sesión  de la tarde del 28 de julio de 2010, corte 2, minutos  00:00 a 52:25.   

107  Fls. 1 a 103 del C.O. No. 6.   

108  Fls. 290 y 291 del C.O. No. 5.   

109  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia del 11 de abril  de 2012, radicación No. 33920.   

110  “Cfr. Molina Fernández, Fernando, Antijuridicidad  penal   y   sistema   de   delito,   J.   M.   Bosch,   Barcelona,  2001,  pág.  378.”   

111  “Cfr.  Sentencias  de 4 de abril,  20 de mayo  de  2003   y  20 de abril de 2006,  Radicaciones Nº 12742, 16636  y 22941, respectivamente.”   

112  “Roxin, Claus, Derecho  penal.  Parte  general.  Tomo  I.  Fundamentos.  La estructura de la teoría del  delito,    Civitas,    Madrid,    1997,   §   24,  45.”   

113  “Sentencia  de  20  de  mayo  de 2003, radicación  16636.”   

114  “Jakobs,  Günther,  Derecho penal. Parte general.  Fundamentos  y  teoría de la imputación, Marcial Pons, Madrid, 1997, pág. 293  y ss.”   

115  “Roxin, Claus, Op. cit. § 24, 45”   

116  “Roxin, Claus, Op. cit., § 24, 17.”   

117  “Sentencia  de 7 de diciembre de 2005, radicación  24696.”   

118  “Conforme  al  artículo  5º de la Ley 23 de 1981  «[l]a    relación    médico-paciente    se    cumple    en   los   siguientes  casos:   

1.          –   Por   decisión   voluntaria  y  espontánea de ambas partes.   

2.          –   Por   acción   unilateral  del  médico, en caso de emergencia.   

3.          –   Por   solicitud   de   terceras  personas.   

4.          –  Por haber adquirido el compromiso  de   atender   a   personas  que  están  a  cargo  de  una  entidad  privada  o  pública.»”   

119  “De  igual manera, quien interrumpe un tratamiento  conducido   por  otro  médico  y  asume  la  conducción  del  tratamiento,  en  definitiva,  está  asumiendo  el  riesgo, haciendo renunciar al paciente a otra  clase  de  protección,  cuestión  que lo hace responsable en los términos del  riesgo  asumido  (JACOBS,  Estudios  de Derecho           Penal, p. 348 y ss.).”   

120  “CHAIA,  Rubén  A. Responsabilidad Penal Médica.  Editorial Hammurabi. Buenos Aires. 2006. p. 71.”   

121  “Entendida como el conjunto de reglas científicas  o  de  la  experiencia  verificables  y  actuales  que  integran el conocimiento  aprobado por la comunidad científica.”   

122  “ROXIN,     Claus.     Derecho     Penal. Parte General. P. 66.”   

123  “De  acuerdo  con  el artículo 12 ejusdem, «[e]l médico solamente empleará  medios   diagnósticos   o   terapéuticos   debidamente   aceptados   por   las  instituciones científicas legalmente reconocidas».”   

124  “En  los  términos  del  artículo  10  de  la Ley 23 de 1981, «[e]l  médico  dedicará  a  su  paciente el tiempo necesario para  hacer   una   evaluación   adecuada   de  su  salud  e  indicar  los  exámenes  indispensables  para  precisar  el  diagnóstico  y  prescribir  la terapéutica  correspondiente».”   

125  Al  tenor  del  artículo  15  ejusdem,  el  médico  debe  pedir el        consentimiento       del  paciente  «para aplicar los tratamientos médicos y  quirúrgicos  que  considere  indispensables  y  que  pueden afectarlo física o  síquicamente,  salvo en los casos en que ello no fuere posible, y le explicará  al     paciente    o    a    sus    responsables    de    tales    consecuencias  anticipadamente».”   

126  Ver  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala de Casación Penal, sentencia del 28 de  octubre de 2009, radicación No. 32582, entre otras.   

127  Este  diagnóstico  se  realizó el 18 de octubre de 2002, ver folio 84 del C.O.  No. 1.   

128  Fls. 17 a 20 del C. O. No. 1.   

129  En  el informe respectivo se consigna: “Pulmón: se  observa   en   tejido  pulmonar  abundante  material  de  edema,  eritrocitos  y  polimorfonucleares   neutrófilos   ocupando   los   espacios   alveolares   con  presencia      además      de      macrófagos como hemosiderina.   

En la luz de los bronquios y bronquíolos,  se  observa abundante material de edema. La vasculatura muestra marcada congestión.   

(…)  

Conclusión:    las    preparaciones  histopatológicas  muestran  a  nivel  pulmonar  cambios  que  corresponde a una  neumonía.” (Subraya fuera de texto, fl. 124 del C. O. No. 1.).   

130  En  realidad  fue  desde  el  18  de  octubre  de  2002, ver fl. 84 del C.O. No.  1   

131  F.C.:   frecuencia  cardiaca;  F.R.:  frecuencia  respiratoria;  P.A.:  presión  arterial.   

132 Fls. 238 a 244 del C.O. No. 1.   

133 Fls. 233 a 236 del C.O. No. 4.   

134 Fls. 309 a 311 del C.O. No. 4.   

135 Fls. 224 y 246 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

136  Integrado,  entre  otros,  por  el  neurocirujano  Alberto    Ochoa,    la   pediatra  Karen  Marthen Turbay y  el   también  pediatra  Álvaro  Ernesto  Ramírez  Morelli  con  alta  experiencia  en neumología (26  años).   

137   Fl.   8   del   C.O.  No.  3  de  anexos.   

138 Fls. 277 a 282 del C. O. No. 1 de anexos.   

139 Fl. 105 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

140 Fl. 65 del C.O. No. 5.   

141 Fl. 223 del C.O. No. 4.   

142  Sin olvidar que con precisión frente al inculpado Henry   Quevedo  Flórez  pasaron  2  meses  y 13 días y respecto de Naibel Cecilia Amaya  Gil 1 mes y 25 días.   

143   Denominada   equívocamente   en   ese   momento  “neumonía  hepatizada”, pues la  hepatización es una de las etapas de la neumonía.   

144 Fl. 170 del C.O. No. 1.   

145 Fl. 244 del C.O. No. 3 de anexos.   

146  Registro  de  la sesión del 22 de septiembre de 2009, corte 2,  minuto 10:05 a 10:35.   

147  Registro  de  la sesión del 22 de septiembre de 2009, corte 2,  minutos 32:20 a 38:50.   

148  Registro  de  la  sesión  de  la tarde del 23 de septiembre de  2009,  corte  1,  minutos  30:30.  También  dijo que podía ser de “2,  3  días” (minuto 17:20)o de  “2   a  4  días”  (minuto 25:40)   

149 Fl. 69 del C.O: No. 1 de la parte civil.   

150 Fl. 79 del C.O. No. 1.   

151 Fls. 123 y 124 del C.O. N. 1 de la parte civil.   

152 Fl. 149 del C.O. No. 3 de anexos.   

153  Registro  de la sesión de la audiencia del 22 de septiembre de  2009, corte 3, minutos 11:15 a 21:00.   

154 Fl. 85 del C.O. No. 1.   

155  Fl.  121  del  C.O.  No.  3  de  anexos, en cc. con  los  fls. 222 y 223 del C.O. No. 1  de anexos y 142 y 143 del C. O. No. 5.   

156  Registro de la audiencia pública, sesión del 22 de septiembre  de 2009, corte 2, minuto 40:05.   

157  Registro  de  la audiencia pública, sesión de la tarde del 23  de septiembre de 2009, corte 1, minuto 1:42:40.   

158  Registro de la audiencia pública, sesión del 22 de septiembre  de 2009, corte 3, minuto 1:13:00.   

159 Fl. 242 del C.O. No. 1.   

160 Fl. 95 del C.O. No. 2.   

161  Registro  de  la  sesión  de  la tarde del 23 de septiembre de  2009, corte 1, minutos 1:06:45 a 1:09:50.   

162 Fl. 77 del C.O. No. 1   

163      Fl.     78     ídem.   

164 Fl. 111 del C.O. No. del Tribunal.   

165  Fls.  93 y 154 del C.O. No. 1, 172  del C.O. No. 3 de anexos.   

166  Fls.  238  a  244  del  C.O.  No.  1  y  309 a 311 del C.O. No.  4.   

167 Fls. 245 y 246 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

168 Fl 69 del C.O. No. 1 de la parte civil.   

169 Fl. 85 del C. O. No. 1   

170  Registro  de  la audiencia pública, sesión de la tarde del 23  de septiembre de 2009, corte 1, minutos 17:20, 25:40 y 30:30.   

171  Ese  signo  en realidad no se consigna en la historia clínica,  por   lo   que  se  debe  entender  “afebril”,  ver  fl.  86  del  C.O.  No.  1.   

172 Fl. 118 del C.O. No. 2.   

173 Fl. 87 del C.O. No. 3.   

174   Al  respecto,  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  proveído  del  15 de diciembre de 1995,  radicación No. 11073.   

175  Ver Corte Suprema de Justicia, Sala  de  Casación  Penal,  decisión  del  18  de  abril  de  2012,  radicación No.  34011.   

176   Confróntese  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  providencia  del  19  de  mayo  de 2004,  radicación No. 21994.     

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