36901(30-11-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso nº 36.901  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

         

MAGISTRADO PONENTE  

AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN  

APROBADO ACTA N°. 425-  

Bogotá,  D.C.,  treinta (30) de noviembre de  dos mil once (2011).   

MOTIVO DE LA DECISIÓN  

Examina  la  Sala  las  bases  jurídicas  y  lógicas  de la demanda de casación presentada por la defensora de Nelson  Fabián Barrera Sánchez contra la  sentencia  proferida  el  24  de  febrero de 2011 por la Sala Penal del Tribunal  Superior  de  Medellín, que confirmó parcialmente la condena impartida el 8 de  octubre  de  2010  por  el  Juzgado  Noveno Penal del Circuito de esa ciudad, al  hallarlo  penalmente  responsable,  en  calidad  de  autor,  del delito de hurto  continuado,  agravado,  en concurso heterogéneo con el de falsedad en documento  privado en concurso homogéneo.   

HECHOS     Y     ACTUACIÓN    PROCESAL  RELEVANTE   

1.  Entre los años 1997 y 2005, Nelson  Fabián  Barrera  Sánchez laboró  al  servicio  de  la  empresa Creatum Accesorios S.A., con domicilio en Sabaneta  (Antioquia), desempeñando el cargo de jefe de cartera.   

Durante    los   años   20031   a   2005,  acudiendo  a  la  falsificación  de  documentos  y  valiéndose de su cargo, en  varias  ocasiones se apoderó de diversas sumas de dinero, que para la época de  la denuncia ascendieron a $32.810.041.   

Aunque  hizo  un  acuerdo  con  la  empresa,  comprometiéndose  a pagar el valor de $70.000.000, únicamente canceló las dos  primeras cuotas en cuantía de $5.000.000 cada una.   

2. Los hechos fueron denunciados el 11 de mayo  de  2006  por  el  representante  legal  de la firma2,  razón  por la que el 16 del  mismo  mes  y año la Fiscalía 67 Seccional de Envigado, dispuso la apertura de  investigación                 previa3.   

3.  El  5  de  febrero  de  2007,  el órgano  instructor   declaró   formalmente  abierta  la  investigación  y  ordenó  la  vinculación  mediante  indagatoria  de Nelson Fabián  Barrera                   Sánchez4.   

4. El 23 de octubre del mismo año, se llevó  a  cabo  diligencia  de formulación de cargos para sentencia anticipada pero el  investigado        no        los       aceptó5.   

5.  El 30 de octubre de 2007 se clausuró  el            ciclo            instructivo6.   

6.  El  mérito  del sumario se calificó con  resolución  de  acusación  del  18  de abril de 2008 en contra de Nelson  Fabián  Barrera  Sánchez, quien  fue  llamado  a  responder  como autor del injusto de hurto continuado, agravado  por   la   confianza,  en  concurso  con  43  falsedades  en  documento  privado  (artículos  31,  239  y  241.2  del  Código Penal)7.   

7.  Esta  determinación fue recurrida por la  defensa  y  confirmada  por  la  Fiscalía  Tercera  Delegada  ante  el Tribunal  Superior  de  Medellín  el  20  de  octubre de 20098.    

8.  El juicio correspondió al Juzgado Noveno  Penal  del Circuito de Medellín, despacho que avocó el conocimiento del asunto  el      23      de     noviembre     de     20099.   

9. La audiencia preparatoria se surtió el 28  de           mayo          de          201010.   

10.  El  17  de  junio  de 2010, el procesado  presentó    escrito   mediante   el   cual   aceptó   los   cargos11.   

11.  En  consecuencia,  mediante  sentencia  anticipada  del  8  de octubre de 2010, Nelson Fabián  Barrera  Sánchez fue condenado en los términos de la  acusación  a la pena principal de treinta y cinco (35) meses y veintitrés (23)  días  de  prisión,  a  la  accesoria  de  inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas por el mismo término de la sanción privativa  de  la libertad y al pago de $60.000.000 por concepto de perjuicios materiales y  costas  y  agencias  en  derecho.  Del  mismo  modo, le concedió la suspensión  condicional   de   la   ejecución   de   la   pena12.   

12.  Inconforme  con  el  fallo  de  primera  instancia,  el  representante de la parte civil interpuso recurso de apelación,  y  el  24  de  febrero  de  2011  fue  confirmado por la Sala Penal del Tribunal  Superior  de  Medellín,  pero  con  la modificación en el sentido de imponer a  Barrera  Sánchez la pena de  cuarenta  y un (41) meses y diez (10) días de prisión y revocar la suspensión  condicional   de   la   ejecución   de   la   pena13.   

13.  La    defensa    técnica    interpuso14   y   sustentó15  el recurso  extraordinario de casación.   

14.   El   asunto   fue   remitido   a   la  Corte.   

LA DEMANDA  

Una vez la demandante identificó los sujetos  procesales  y  la  sentencia  impugnada,  realizó  una  síntesis de los hechos  objeto  de  juzgamiento  y de la actuación procesal y solicitó “LA              INVALIDACIÓN  O  CASACIÓN”16 del fallo de  segundo  grado, para en su lugar, dejar en firme el de primera instancia o hacer  “las  declaraciones  impetradas  en los respectivos  cargos  y  se unifique la jurisprudencia”17.   

A continuación, al amparo del numeral 1º del  artículo  207  de  la  Ley  600  de  2000  postula  un  único cargo y acusa la  sentencia   de   ser   “violatoria   de   una  ley  sustancial”18  y  vulnerar la prohibición  de reforma en peor.   

En desarrollo del reproche, tras precisar que  fueron  dos  los  motivos  de  inconformidad formulados por la parte civil en el  recurso  de  apelación  contra el fallo de primer grado: i) la dosificación de  la  pena  y  ii)  la  concesión  del subrogado de suspensión condicional de la  ejecución  de  la  pena,  hace  un  cuadro  comparativo en el que sintetiza las  consideraciones de los juzgadores frente a esos dos aspectos.   

De  esta manera, hace evidente que la pena de  35  meses  y  23  días  de  prisión  que el A quo le impuso a su prohijado fue  modificada  a  petición  de  la  parte  civil  por  el  Tribunal  para  tasarla  definitivamente  en  41  meses  y  10 días, aduciendo razones de gravedad de la  conducta  y  las  consecuencias  que  para  la empresa perjudicada se derivaron.  Estos  motivos  fueron suficientes para negarle la suspensión condicional de la  ejecución  de la pena –por  el    factor    objetivo-    y    la    prisión    domiciliaria    –por         el         elemento  subjetivo-.   

A  juicio de la censora lo decidido por el Ad  quem  es  arbitrario,  injusto  y contrario al análisis de la juez unipersonal,  quien  después  de  valorar  la  personalidad  del  sentenciado le brindó otra  oportunidad.   Agrega  que,  tanto  el  procesado  como  la  defensa  se  vieron  sorprendidos  con  el incremento punitivo, ya que la parte civil “es  un  impugnante único y (…) no es procedente la modificación  del  fallo  agravando  la pena y sus consecuencias porque se estaría reformando  en       peor”19.   

Cita  en extenso la sentencia T-533 de 2001 y  concluye   que   se   violó   el   referido   postulado   que   “prohíbe  al  juez  ad  quem  o  de segunda instancia modificar una  providencia  apelada en perjuicio del apelante único. En este caso sólo había  apelado  la  parte  civil. No podía por tanto el juez de segundo grado empeorar  la   situación   de   [su]   prohijado”20.    En  idénticos  términos  edifica  la trascendencia del cargo, la que señala se ve  reflejada en la parte resolutiva del fallo acusado.   

Solicita  casar  la  sentencia  impugnada  y  proferir  la  de  reemplazo  que  corrija  el  error  denunciado  y  confirme la  sentencia de primera instancia.   

CONSIDERACIONES  

1.    De    la    inadmisión    de   la  demanda.   

De  conformidad  con  el  artículo  213  del  Código  de Procedimiento Penal del 2000, la Sala inadmitirá la demanda, porque  no  reúne  los  presupuestos ni cumple con las exigencias mínimas previstas en  el artículo 212 del mismo Estatuto.   

Bien  sabido es que el recurso extraordinario  de  casación  debe  ser  elaborado  por  quien  demuestre  interés  jurídico,  respetando  las  formalidades técnico jurídicas previstas en la ley, según se  trate  de  cada una de las causales establecidas en el artículo 207 del Código  de  Procedimiento Penal, pues lo pretendido con este mecanismo extraordinario es  socavar  la  doble  presunción de acierto y legalidad que reposa sobre el fallo  de segundo grado.   

Es así que la demanda debe ser íntegra en su  formulación,  suficiente,  clara  y  precisa  en  su  desarrollo y eficaz en la  pretensión.  Por  ello,  está sometida al rigor de los principios que soportan  la  impugnación extraordinaria (prioridad, autonomía, claridad, precisión, no  contradicción,  entre  otros)  y  a  las  pautas  lógicas que respecto de cada  sentido de error ha decantado la jurisprudencia.   

La  proposición  de los cargos exige escoger  adecuadamente  la  causal  y el sentido de la violación y, concretar el disenso  en términos de suficiencia y trascendencia.   

Cuando se escoge como ruta de ataque la causal  primera,  el  casacionista  está obligado a identificar si el reproche se funda  en  el  cuerpo primero o segundo del numeral 1º del artículo 207 de la Ley 600  de  2000,  es decir, si lo demandado es la infracción directa o indirecta de la  ley  sustancial,  respectivamente,  para luego expresar la modalidad específica  de yerro.   

Ahora,  si  lo  predicado  es  la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial, corresponde al demandante, identificar si el  vicio  de  apreciación  probatoria  es  de  hecho o de derecho y el sentido del  error,  es decir, si el defecto se originó en los denominados falsos juicios de  existencia   -por   omisión   o   suposición-,   de   identidad   –por   adición,   tergiversación   o  cercenamiento- y de raciocinio, ó de legalidad y convicción.   

En  cambio,  si  lo procurado es denunciar el  quebranto  de  la  ley  sustancial  por la ruta directa, el libelista debe hacer  completa  abstracción  de  lo  fáctico y probatorio y, en ese sentido, admitir  los  hechos  y  la  apreciación  de  los  medios de convicción fijados por los  sentenciadores,  de  manera  tal  que  le  corresponde desarrollar el reproche a  partir  de  un  ejercicio  estrictamente  jurídico,  en  el  que  establezca la  vulneración   del  precepto  normativo  en  el  caso  concreto,  por  medio  de  cualquiera  de  las tres modalidades de error: falta de aplicación, aplicación  indebida o interpretación errónea.   

Mientras  que  la  falta de aplicación opera  cuando  el  juzgador  deja  de  emplear  el  precepto  que  regula el asunto, la  aplicación  indebida, deviene de la errada elección por el sentenciador de una  disposición  que  no  se ajusta al caso, con la consecuente inaplicación de la  norma  que  recoge  de  forma  correcta el supuesto fáctico. La interpretación  errónea,  en  cambio,  parte de la acertada selección de la norma aplicable al  asunto  debatido,  pero conlleva un entendimiento equivocado de la misma, que le  hace producir efectos jurídicos que no emanan de su contenido.   

En  todos  los  casos,  se  debe acreditar la  trascendencia  del  defecto  en  el  fallo,  pues no todo yerro tiene la entidad  necesaria para socavar la decisión de segunda instancia.   

La  concreción del error en los términos de  esta   clasificación  es  necesaria  si  se  considera  que  cada  una  de  las  modalidades  está  gobernada  por  una  metodología argumentativa distinta que  atiende  los  principios  de  precisión,  claridad y debida fundamentación que  rigen el recurso extraordinario.   

La  libelista  no  acató  las  previsiones  lógicas recién enunciadas.   

En  efecto, aunque transcribió la expresión  del  numeral  1º  del  artículo  207  del  Código  de Procedimiento Penal que  señala:   “[c]uando  la  sentencia   sea  violatoria  de  una  norma  de  derecho  sustancial”  y  precisó que la ruta escogida es la de la violación directa  de  la  ley sustancial, omitió señalar la modalidad concreta de defecto, valga  decir,  si  la  infracción  se  produjo  por  aplicación  indebida,  falta  de  aplicación  o  interpretación  errónea  del  artículo 31 de la Constitución  Política,  lo  que  resultaba  indispensable  de  cara  a  la demostración del  yerro.   

Así  mismo,  quebrantó  el  principio de no  contradicción  cuando a la par que pidió la invalidación de la actuación, lo  que  supone  la  postulación  de una nulidad, también solicitó la emisión de  fallo de reemplazo para confirmar el fallo de primera instancia.   

Estas  pretensiones  formuladas  al tiempo se  repelen,  ya que en el primer caso, la eventual prosperidad del reproche demanda  retrotraer  la  actuación  a  la  fase  procesal  en  que  se haya proferido la  irregularidad  sustancial  para que subsanado el defecto se reinicie el proceso,  mientras  que en el segundo evento, la Corte casa la sentencia acusada emitiendo  otra de reemplazo en la que corrige el defecto endilgado.   

Además,  es claro que cuando lo procurado es  denunciar  la  transgresión  del  canon  31  constitucional, desarrollado en el  artículo  204  de  la Ley 600 de 2000, por desatención de la prohibición a la  reforma  en  perjuicio,  siendo  normas  de contenido esencialmente sustancial y  cuyo    quebranto    comporta    un    defecto    in  iudicando, su correcta alegación se debe hacer por la  ruta  de  la  causal  primera,  en  el  sentido  de  violación  directa pues de  prosperar  el reproche, únicamente, se afectaría la sentencia sin extender sus  efectos  a  alguna  fase procesal previa y, no, mediante la alegación de yerros  in  procedendo que, como se  sabe, corresponde al tercer motivo casacional.   

A  la  cadena  de  defectos  argumentativos  detectados,  se  suma  la profunda confusión dogmática que exhibe la libelista  respecto    del    principio    no   reformatio   in  pejus,  pues  si  bien  comprende  que  este postulado  “prohíbe  al  juez  ad quem o de segunda instancia  modificar  una  providencia apelada en perjuicio del apelante único”21,  contrariando  el predicado  del  inciso segundo del artículo 31 Superior y de la jurisprudencia de la Corte  Constitucional  y  de  la  Corte  Suprema de Justicia -que incluso cita-, olvida  que,  esta  garantía esencial se predica como es lógico, a favor del condenado  que  ejerce  el  recurso  vertical  con  la  esperanza  de  lograr una decisión  favorable   a   sus   pretensiones   –que  por  lo  tanto, nunca podrá ser menos ventajosa o lo que es lo  mismo,  más perjudicial que la que ya obtuvo en primera instancia- y no, de las  otras partes o sujetos procesales (no recurrentes).   

En  realidad, la esencia de este axioma es la  de  servir de límite al poder punitivo del Estado para garantizar al recurrente  único  que ha obtenido una decisión adversa en primer grado, la posibilidad de  acceder  a  la  segunda instancia libre de cualquier temor de ver desmejorada su  situación.   

No  es este el caso, pues no fue Nelson  Fabián Barrera Sánchez – persona  aquí  condenada  por  los  delitos  de hurto continuado, agravado y falsedad en  documento  privado-  quien  a  través  de  su defensora interpuso el recurso de  apelación  pretendiendo  por  ejemplo,  la  absolución  o  la exclusión de un  agravante  o una pena más benigna, como para que, por virtud de la prohibición  de  reforma  peyorativa,  se hubiera activado una barrera de protección a favor  del  sentenciado  para  impedir  que el Tribunal pudiera hacerle más gravoso el  juicio de reproche y la sanción penal correspondiente.   

Recuérdese que fue la parte civil en calidad  de  apelante  único  quien  promovió  la  alzada, habilitando en principio con  ello,  la  probabilidad  de  que  aquél  fuera  sentenciado en condiciones más  gravosas que las deducidas en primera instancia.   

Ahora, distinto sería, que la abogada hubiera  alegado  y  probado que este sujeto procesal no tenía legitimidad para impugnar  el  fallo,  porque  en  ese  caso,  evidentemente  el  Tribunal no solo estaría  impedido  para  agravar  la  pena  del  sentenciado,  sino  para emitir fallo de  segundo  nivel,  se  insiste,  no  en  razón  de  la  prohibición  de  reforma  peyorativa  sino  por  virtud de la ausencia de interés jurídico para recurrir  en  apelación  de la parte civil. No obstante, nada expresó la peticionaria en  este sentido   

Siendo  lo  anterior  así,  no  hay  lugar a  admitir la demanda.   

2.  La casación oficiosa.  Ausencia de  interés jurídico de la parte civil para recurrir en apelación.   

2.1.  Siendo  el  recurso  extraordinario  de  casación  un  control  constitucional  y  legal  de  las  sentencias de segunda  instancia,  a  la  Sala  de  Casación  Penal de la Corte Suprema de Justicia le  corresponde   salvaguardar   los   derechos   fundamentales   de  las  partes  e  intervinientes  en los procesos penales. En vigencia de esa tarea debe velar por  el  respeto  irrestricto  de sus garantías esenciales en aras de posibilitar la  efectividad de las mismas.   

En aplicación de tal compromiso y en el marco  del  estado  social  y democrático de derecho, cuando quiera que se advierta la  existencia  de  alguna  trasgresión sustancial de los derechos constitucional o  legalmente  reconocidos, deberá remediarla oficiosamente aunque el censor no lo  advierta en su libelo.   

Este  es  el  caso,  pues  la  recurrente  no  presentó  ningún cargo que permitiera poner en evidencia el error del Tribunal  al  conocer  del  recurso  de  apelación promovido por la parte civil contra la  sentencia  de  primer  grado, quien carecía de interés jurídico para deprecar  una  condena  más  drástica  en  contra  de  Nelson  Fabián  Barrera  Sánchez;  sin embargo, la Sala debe  ocuparse  del  asunto  de  manera oficiosa con el fin de impartir justicia en el  caso  concreto  y darle alcance al principio de legalidad y al derecho al debido  proceso.  Las razones son las que a continuación se exponen.   

El   clásico   interés   exclusivamente  resarcitorio  que  le  asistía  a la víctima o perjudicado con una infracción  penal   dentro  del  proceso  de  esta  especie,  fue  revaluado  por  la  Corte  Constitucional  en  las  sentencias  C-228 de 2002 y C-899 de 2003, de forma tal  que  ese  concepto  tradicional se llenó de contenido con la posibilidad cierta  de  que la parte civil tuviera la facultad de perseguir la verdad, la justicia y  la reparación.   

Sin embargo, esa doctrina estableció ciertos  límites  a  la  pretensión de la parte civil, para evitar que su intervención  tendiera a favorecer cualquier ánimo de venganza o revancha.   

Es así como en la sentencia del 10 de agosto  de  2006,  radicación 22.289, la Sala de Casación Penal se ocupó de precisar,  a   tono   con   la   jurisprudencia   constitucional  que,  más  allá  de  la  indemnización      económica     –que  incluso  puede no ser reclamada-, la parte civil tiene interés  para  buscar la verdad y la justicia dentro del proceso penal, con la condición  de   que  acredite  el  daño  concreto  ocasionado  con  el  injusto.  Por  ser  enteramente  pertinente  al caso, la providencia se transcribe en extenso en sus  apartes más sobresalientes:   

“(…)    el    problema   jurídico  que  debe  resolver  la  Sala  para  determinar  si  el cargo  está llamado a prosperar o  no,  es  el relativo a si en los eventos en los cuales el proceso penal concluye  con  sentencia condenatoria,  subsiste  interés  en la parte civil para impugnarla  con  el propósito de que se agrave la pena impuesta o  se   modifique   su  forma  de  ejecución,  acudiendo  para ello a la invocación  de  los  valores  de  verdad  y  justicia,  cuando  quiera  que  la  pena  impuesta  o el otorgamiento de un  sustituto   penal   o   un   subrogado   específico  no   satisfaga   sus  expectativas.  O  si,  por  el  contrario,  tal  pretensión  ha   de   estimarse   ilegítima,  a  partir  de  la  consideración   de   que   la   sentencia   por  su  carácter declarativo de la responsabilidad penal del  procesado  y sancionatorio en virtud de la imposición  de    la    pena,    satisface    tales    interés  superiores.   

Con      tal      propósito,    bien    está      comenzar      por     recordar     que     la      Corte  Constitucional,   al  precisar  por  vía  de  control  constitucional en el año  2002    el    ámbito   de   protección  de  los  derechos de la parte civil dentro del proceso penal, se  ocupó  de  puntualizar  algunas pautas para    la   interpretación  de los conceptos de verdad, justicia y  reparación, a que entonces  se    hizo    referencia.    Además,    si    bien  dejó   en   claro   que   el   interés   de   la  parte  civil  podía  estar  motivado   por   el   logro   de   todos   los  fines  o  de  alguno  de  ellos,  también  es  cierto  que,  paralelamente,  introdujo  algunas  restricciones al ejercicio de las facultades  de     la     parte     civil,     (…)   

Así  las cosas,  indudable   se   ofrece   concluir   que   la  Corte  Constitucional   orientó  la  intelección  de  la  norma  revisada  por  vía de  control  constitucional a reconocer la posibilidad de  que  la  víctima  o  el  perjudicado  con el delito,  puedan  concurrir  a la actuación penal en procura de  lograr  cualquiera  de  los  intereses  por  los  que pueden abogar –verdad,        justicia       o  reparación-,               aún  en  los  eventos en que  la reparación pecuniaria se encuentre  satisfecha  o  no  sea objeto de reclamación, caso en  el  cual  no  desaparece  su  interés,  siempre     que     acredite     “un  daño concreto” que se le  haya   causado   con   el   delito,   en   virtud  del  cual  se  justifique  su  intervención en defensa de  la verdad o la justicia.   

A   su   turno,   en   la   sentencia  de  constitucionalidad  C-899  de  2003,  cuando  la  misma  corporación  se  ocupó  de resolver la demanda de  inconstitucionalidad  promovida  contra  varias  disposiciones  de la Ley 600 de  2000,  entre  ellas  las  que regulan lo relativo al  “rechazo     de    la    demanda”,     la    “extinción    de    la   acción   penal   por  indemnización        integral”     y  los “efectos de la cosa  juzgada    penal    absolutoria”   –  artículos 38, 42, 48, 52, 55 y 57-,  precisó   el   marco   de   aplicación  de  la nueva doctrina constitucional  sobre      los      derechos     de     la     parte     civil,     (…)   

(…)  

Siguiendo  los  precedentes  que  vienen de  referirse,  razonable  es  concluir que la jurisprudencia constitucional al paso  que  reconoce  que  a la parte civil le asisten dentro del proceso penal además  del  derecho  a  la  reclamación  de  la  indemnización  de perjuicios, los de  conocer  la  verdad y realizar el ideal de justicia, también llama la atención  sobre   cómo  estos  últimos  admiten  restricciones  razonables,  tales  como  condicionar  la  presencia  de  la parte civil en el proceso penal a que no haya  intentado  la  reparación  pecuniaria  ante  la  jurisdicción  civil  y  a que  acredite la causación de un perjuicio directo.   

Así  mismo,  se  enfatiza  en la sentencia  C-899  de  2003  que  la  circunstancia  fundamental  que legitima la concurrencia de la parte civil en el  proceso  penal  es  su  interés  indemnizatorio,  quedando  sometido, como todo  sujeto  procesal,  a  los  mandatos legales previstos para la tramitación de la  acción  penal  y  para  la  terminación  normal  o  anormal del procedimiento,  resultándole  incompatible  a  sus intereses que discuta unos y otros aspectos,  so  pretexto  de  que  ellos  hacen  nugatorio  su  derecho  a  la verdad o a la  justicia,  mas  cuando  en  este  precedente se hace especial énfasis en que la  satisfacción  de  los  derechos  a la verdad y a la justicia no puede servir de  excusa  para  convertir  el  proceso penal en un mecanismo exclusivo de venganza  privada.   

Y  pese a que en la sentencia C-228 de 2002  se  admitió  como  posible que las víctimas y los perjudicados concurrieran al  proceso  penal  sólo  para el logro de la verdad o de la justicia, mientras que  en  la  sentencia  C-899  de  2003  se  afirmó  que  la  doctrina  de  la Corte  Constitucional  “no  ha  evolucionado  hasta considerar que estos -la verdad y  justicia-  puedan  desplazar  la  pretensión  indemnizatoria” (Cfr. Sentencia  C-899  de  2003),  es  lo  cierto  que  ambos  precedentes  coinciden en punto a  sostener  que  en  los  eventos  en  los  cuales  la  intervención  de  la parte civil está motivada en la defensa de sus derechos a  la  verdad  o  a  la  justicia,  debe  acreditar  un  daño concreto que se le haya causado, en virtud del  cual     se    justifique    la    defensa    de    tales    valores.   

Lo  anterior  constituye  razón suficiente  para  concluir  que  en estas materias, surge para el  juez  el  ineludible deber de ponderar, en cada caso en particular, si frente al  derecho  a  la  verdad o a la justicia que invoca el apoderado de la parte civil  para  legitimar  su  interés,  existe  o no un daño  concreto,  real  y  específico, esto es, si esta en  juego  su  derecho  a conocer lo que sucedió y a precaver que la conducta quede  en  la  impunidad,  como para habilitarlo a promover un recurso o una actuación  determinada.   

Es bajo un tal entendimiento, que esta Sala  ha  señalado que cuando la intervención  de  la  parte  civil  dice  justificarse  en  la necesidad  de  defender  la  verdad  o la  justicia,   se  requiere,  para  concordar  con  el  contenido  y  alcance  de las decisiones indicadas, que el recurrente señale en  forma  expresa  la fuente de ese interés,  y  cuál  derecho constitucional en  particular  le  ha  podido ser vulnerado, o lo que es  igual,  que  acredite  que  como  consecuencia  de la conducta punible objeto de  investigación  y juzgamiento, sus derechos sufrieron  un  perjuicio directo, real y específico.   -Cfr.  Auto  del 22 de junio de  2005, radicado 22102-.   

Particularmente,  para  lo  que interesa en el asunto de la especie, si  la   parte   civil   apela  un  fallo  de  carácter  condenatorio  invocando la necesidad de que se ampare su derecho a la verdad o a  la  justicia,  es apenas natural que precise cuál es  el       agravio      concreto      que      tal  determinación    le   ha   causado,   es   decir,  cómo  el fallo sancionatorio afecta uno de aquellos  derechos,  puesto  que, como también es de elemental  rigor  entender,  en  principio una determinación de  dicha  naturaleza  está  llamada  a  realizar  esos  intereses  superiores que  podrían   legitimar   su  intervención procesal.   

Lo  anterior,   si se tiene en cuenta  que  las  expectativas de la parte civil por conocer  la  verdad  y  porque  la  conducta  no  quede en la  impunidad,   en   principio   se  satisfacen  con  el  proferimiento  del  fallo  condenatorio,    tanto    porque    constituye   un  pronunciamiento  conclusivo  al  que  se arriba sólo  cuando  de  las  pruebas  recaudadas  a  lo  largo  del  proceso se llega  a  la  certeza  sobre  la  real  ocurrencia  de la conducta  punible  objeto  de  reproche y de la responsabilidad del acusado, como porque a  consecuencia  de  una  tal  declaración deviene imperativa la imposición de la  pena correspondiente.   

Dentro de este contexto también  debe  decirse  que  sólo  excepcionalmente  podría llegar a  considerarse  que,  pese  al carácter condenatorio  del  fallo proferido en las instancias, éste  podría  no realiza los intereses  superiores   de   la   verdad   y   la  justicia  cuya  satisfacción      constituye      aspiración  legítima  de  la  parte  civil,  evento  en el cual  adquiriría      pleno      interés   jurídico  para  reclamar    su   modificación  en  los  aspectos  puntuales  que le causan agravio,   como  podría  suceder  cuando  el  fallador  ha  reconocido  la  existencia  de  alguna  circunstancia atenuante de  punibilidad   que  la  parte  civil  halla  improbada  con  la  consecuencia  de  desdibujar  la  verdad de lo ocurrido y de propiciar  un  fallo injusto, por ejemplo, declarando que el procesado realizó  la  conducta  punible  bajo  estado de ira o intenso dolor o por  razones  de  marginalidad,  ignorancia o pobreza extremas, que en criterio de la  víctima    o    el  perjudicado  no  concurren y, por ello, no era dable  reconocer.   

Sin  embargo,  no  es  esta última  hipótesis la que se verifica en  el   caso   que  ocupa  la  atención  de  la  Sala.  Para   llegar   a  tal  conclusión,  suficiente  resulta  con  acudir a los  argumentos  esgrimidos  por el apoderado de la parte  civil   en   el   memorial   a   través  del  cual  sustentó   el   recurso  de  apelación  contra  la  sentencia  condenatoria  de primera instancia, para  advertir  la  ausencia de demostración del perjuicio  o     agravio     que    la    pena    impuesta    a    la    procesada      y     la     forma     de  ejecución del fallo adverso le hubieran causado, en  forma  tal  que  con  fundamento  en  un  tal  acontecer  procesal  pudiera  argumentar    pleno    interés   jurídico  que  lo  habilitara  para  cuestionar  tales  aspectos de la  sentencia   de   primer   grado  y  no  propiciar  una  intervención que antes  que  irrumpir  como un adecuado ejercicio del derecho de postulación,  traduzca  más  un  ánimo  retaliatorio, bajo el supuesto de que como la impuesta no es  “ejemplarizante” ello  podría    constituir,    en    teoría,     una    invitación  a  los  servidores  públicos   para   “seguir”    defraudando   el   patrimonio  público. (…)   

(…)  

Por    el    contrario,   acceder  a  reconocerle  interés para  reclamar  una  pena más severa o para insistir en la  revocatoria  del  referido  subrogado  penal,  sólo  evidencia      la     incursión     en  el  tema vetado por el precedente constitucional en el cual se  buscó  sustento  para  esa intervención  procesal,  esto  es,  el  de convertir su actuación  en  un  medio  a  través  del cual  sólo     se     pretende    el    castigo    del  procesado.   

De    suerte    que,    aun      cuando      la      nueva  dimensión  de  la  parte  civil  dentro del proceso  penal  implique  que  pueda  entrar  a  discutir la legalidad o el acierto de la  sentencia      condenatoria     de     primera     instancia     mediante     la  interposición  del recurso de apelación,    cuando    quiera    que    de    manera    ponderada     se    advierta    que    a  través suyo no se realizan los intereses superiores  a  la  verdad  o la justicia es claro que en el presente asunto tal no es lo que  acontece,  dado  que  los  reproches  no  aparecen  directamente asociados a una  determinación    que    hiciera   negativo el derecho a conocer la verdad o  a que se hiciera justicia.   

En esta materia, no puede perderse de vista  que  es  al  legislador  a quien compete en el proceso de definición  de  las  conductas  prohibidas  determinar sus correspondientes  consecuencias  punitivas,  de suerte tal que la pena  prevista  para  cada  delito  es  en si misma representativa de la mayor o menor  gravedad  que  esa conducta, atendiendo la naturaleza del bien jurídico   que   lesiona   y   el   mayor   o   menor   ámbito  de  protección que se estime ha  de   otorgarse  al  bien  jurídico objeto de tutela.   

Es  también en  ese  mismo  ámbito legislativo en donde se define en  qué  proporción  puede  verse  disminuida  la  pena  básica prevista para el  delito,   en  virtud  del  comportamiento  del  procesado  en  el  curso  de  la  actuación,   como  sucede  con  las  rebajas  previstas  por confesión,  por     reparación    del   daño  o  por  aceptación  de los cargos,  instrumentos  que indudablemente constituyen un estimulo para disuadir al sujeto  pasivo  de  la  acción  penal  a que coopere con la  administración        de        justicia,  temas todos cuya legitimidad  no  puede  quedar en entredicho bajo el pretexto de que desdicen de la justicia,  entendida  bajo  la  lógica  de  que ésta  se  satisface con la privación de  la libertad del infractor.   

En     esa     dirección,  no encuentra la Sala una  razón a la que se pueda acudir para  sostener  que  los  derechos  a  la  verdad  o  a  la justicia legitiman aquella  intervención    de    la    parte    civil   cuyo  propósito   único  se  orienta  a  lograr la agravación de la pena impuesta  por  el juez, por razón de no compartir el término  fijado  para  su  duración  por  estimarlo  laxo, o  porque   en   su   criterio   no   sirve   a   los   fines   retributivos  o  de  prevención            general.   

En  efecto,  no  cabe  duda  que  la  pena  está  llamada a cumplir varias funciones, siendo al  juez  al que compete establecer en cada caso concreto  cómo  ha  de ser fijada, con apoyo en los criterios  que  el  legislador define para su determinación, de  forma  tal  que  dicho  resultado traduzca en el necesario equilibrio entre esas  diferentes  funciones  a  las  que  la sanción penal  sirve.   

Si  la  pena  se  impusiera  bajo  la sola  consideración  avalorada  de  la  gravedad  de  la  conducta   como  género,  sin  atención   a   las   especificidades   en   que  se  ejecutó  en cada caso concreto, sobrarían las  previsiones  del  legislador  de  establecer  para  las  distintas conductas punibles unos límites   mínimos   y  máximos       de       punibilidad.  Bastaría  entonces  con  que  se  fijara  para cada  delito    una    sanción   fija,   única e inamovible.   

Los criterios que recoge el estatuto penal  para   determinar   la   pena,   están  llamados  a  garantizar   que   ésta  responda  a  las  particularidades dentro de las cuales se verificó  la  infracción  de  la  ley  penal,  siendo  de  resorte  del juez establecerla, a través  de  un  procedimiento  reglado  en la ley penal, expresamente establecido en los  artículos   54   a   62   de   la  Ley 599 de 2000.   

De  manera  que,  si  en  ese ejercicio al  juzgador  al  examinar  la  conducta  en concreto encuentra que no reviste mayor  gravedad,   que   no   generó  un  daño  sensible al bien jurídico tutelado,  que  sólo concurren circunstancias atenuantes de la  punibilidad  o  que fue baja la intensidad del dolo,  no   cabe   duda  que  le  asiste  facultad  para  establecerla  en  su  extremo  mínimo,  porque  en  tal  evento ninguna ilegalidad  resultaría predicable de ese ejercicio.   

Así mismo, en  caso  presentarse  un concurso de conductas punibles,  el  juez  debe  seguir  los  criterios  establecidos  por  el  artículo    31    del    Código   Penal  según  los  cuales  el  sentenciado  ha  de  quedar  sometido  a  la  pena  que corresponda al delito más  grave    según   su   naturaleza   “aumentada   hasta   en   otro   tanto,   sin   que  fuere  superior  a la suma aritmética de  las   que   corresponden   a   la  respectivas  conductas  punibles  debidamente  dosificadas  cada  una  de  ellas”, de forma que el  incremento  lo  puede  disponer  por  un término que  podrá  ir  desde un día  hasta   una  proporción  no  igual  a  la     condigna     sanción    que  correspondería  al  delito  concursante  de  menor  gravedad,  por  manera  que  proceder en el sentido que la norma indica no puede  ser   asumido   como   una   vulneración  al  valor  “justicia”.   

En igual medida, la viabilidad de conceder  la     suspensión  condicional  de  la  ejecución de la pena, cuando la  impuesta  al  procesado  permite  acceder  a  ese  subrogado, no sólo  puede  tener  como  referente  la  gravedad  del delito, o las  circunstancias    en    las    cuáles   este   se  cometió, sino también y  con  mayor  énfasis “la  buena conducta anterior del procesado, las actitudes  posteriores  al hecho delictivo que tiendan a detener sus efectos perjudiciales,  la   indemnización  y  la  presentación  voluntarias,  como  elementos  expresivos  de  una personalidad  positiva  del  acusado”-  Cfr.     Sentencia     de    casación   del   8  de  febrero  de  2000,  radicado  11203-.”            (Subrayas   simples   del   texto   original,   dobles   de   esta  providencia).   

Como nítidamente se expresa en el precedente  citado22,   es   claro   que   en  aquellos  asuntos  en  los   que  la  investigación       y       juzgamiento       de       un      delito      termina      -por      la      vía    normal   o   anticipada-  con  sentencia  condenatoria,  la parte civil no siempre  tiene interés   para   impugnarla,   sobre   todo  si  lo  hace con    el    exclusivo   propósito  de  que  se  irrogue una  sanción     más  gravosa    y    se   niegue   cualquier    sustituto    o    subrogado   al  penado, pues los     valores    de    verdad    y  justicia, no tienen   relación  intrínseca  con  el  monto de pena o el modo  de     ejecución    de    la    sentencia.    En  verdad,  siempre  que  la  adecuación  típica sea  la  correcta y la sanción  penal       se       determine      discrecionalmente         dentro  de  los  límites    punitivos   y   los  criterios  de  individualización      consagrados      por     el  legislador,  los  fines  superiores        reseñados       quedarán  satisfechos    con    la    declaración   de   responsabilidad   penal  del  procesado    por    el    juzgador    y      la      imposición       de       la      pena  correspondiente.   

2.2.  En el caso  que  nos ocupa, justamente  fue  la  cantidad  de  pena  impuesta a Barrera       Sánchez    y    la    concesión    de   la   suspensión  condicional  de  la ejecución de la  pena  por  el  juez de primera instancia,    los  que  motivaron a la parte  civil    a    incoar  el  recurso de apelación  que       a       su      vez      ocasiónó  que       el       Tribunal       modificara  el  fallo  de primer nivel  en     sentido     desfavorable     al procesado.   

El   representante   de  la  parte  civil  invocó   razones   de  retribución        justa        –daño  causado,   cuantía  de  lo  apropiado y renuencia a restituirlo-       y      de      prevención   general   y   especial  (“las  personas  que  conocen   de   este   caso   y   el   mismo  sentenciado  aprenderán   lo  siguiente:  “si  careces  de  antecedentes  penales,  puedes  apropiarte de los bienes ajenos, sin importar la  cuantía,  lo importante  es  no  utilizar  la  violencia, sino tu carisma para ganarte la confianza de la  víctima  y  tu inteligencia para engañarlo    y    poder    apropiarte    de    sus   bienes”23)        para  clamar  por   una  pena  severa  –respecto a   la   infracción   básica  y  las concursantes- que     consultara     las   circunstancias   de  agravación  genéricas  descritas  en  los  numerales  5 y 6 del  artículo  58 del Código  Penal  y  el  número de  falsedades   (43)   en   que  incurrió el enjuiciado.   

Así  mismo,  abogó  por la     revocatoria     del  subrogado  concedido al     sentenciado     porque    le    producía    “rechazo    e   indignación”24  que al analizar el factor  subjetivo  la   A  quo  afirmara  que  si  bien  el  comportamiento  estaba  prohibido legalmente no es de  los  que  genera  conmoción en la colectividad y que  tampoco   se   causó  un  sensible  daño    al   bien   jurídico     protegido,    cuando  lo  cierto  es  que  esta  clase de conductas estremecen   con   frecuencia   a  la  comunidad  y  el  monto  de  lo apropiado fue superior a $70.000.000,   lo   que   convierte   a   Barrera  Sánchez   en  un  ladrón  de  cuello  blanco  “que   no  hurta  por  necesidad,  sino  por  afán  de  enriquecimiento  y  ambición,  y  que  por  tanto  requiere tratamiento  penitenciario para que retribuya de alguna manera lo  que decidió no restituir  de        manera        efectiva”.   

De   estos   argumentos   no  se  infiere  una   lesión  concreta  de   los  derechos  a  la  verdad o a la justicia  de  la  parte  civil. En  cambio,  el ánimo           vindicatorio  para  con  el procesado,  es  expreso  al punto que  pretende        la       imputación     de     dos     causales    de  agravación  genéricas  que  no  fueron  deducidas  en  el  pliego  de  cargos  y  que  por razón     del     principio     de  congruencia,  no podrían  ser       endilgadas       válidamente      al  sentenciado.   

Así  pues,  existiendo  condena  en  los  términos       exactos       de       la       acusación,   la  que  además  recoge cabalmente el comportamiento desplegado por Barrera       Sánchez,     lo    cierto    es    que   la   pretensión   de  la  parte  civil  no  podía  invadir  el  ámbito  de  discrecionalidad  de  que  goza  el  juzgador  para  tasar la pena –al     tenor     de    los    artículos   59   a   61   de   la   Ley   599  de  2000-, y para pretender a  toda   costa   la  privación  de  la  libertad  del  condenado.   

Se equivocó por  lo    tanto    el    Tribunal    al    reconocerle  interés  jurídico a la  parte     civil     y    darle    curso    a    la  impugnación               para            agravar       la       pena       del      sentenciado,      revocar     por   el  factor  objetivo  el  acceso  a  la  suspensión  condicional  de  la ejecución de la  pena  y negar la   prisión   domiciliaria  por  el  carácter  subjetivo.   

2.3. Como consecuencia de lo anterior, en aras  de  restablecer  las  garantías  conculcadas  por  el  Ad quem al encartado, lo  procedente  sería reconocer plena vigencia a la sentencia de primera instancia,  sino  fuera  porque  la  Sala  observa  dos situaciones que afectan el ejercicio  dosimétrico realizado por el A quo.   

En  verdad, de un lado, se tiene que tal como  lo  evidenció  el  juez  plural,  la  falladora  erró al establecer el quantum  punitivo  para el delito base: hurto continuado, agravado por la confianza, pues  a  los  límites previstos para esta infracción, le hizo el incremento descrito  en  el  artículo  14 de la Ley 890 de 2004, de una tercera parte a la mitad, el  cual  solo  está  autorizado  para las conductas punibles ejecutadas y juzgadas  bajo el amparo de la Ley 906 de 2004.   

Y de otra parte, la sentenciadora inadvirtió  que  una  de  las  43  falsedades  en  documento  privado  en  que  incurrió el  enjuiciado,  concretamente  la  que  recayó  en  el recibo de caja No. 4344 por  valor  de  $2.754.451,  de  25  de  abril  de  200425,    prescribió    en   la  instrucción26,  lo  cual  impedía  emitir  juicio  de  reproche  alguno por este  comportamiento e imponer la pena correspondiente por el mismo.   

Ciertamente, si la referida infracción penal  lesiva  del  bien jurídico de la fe pública se cometió en la fecha indicada y  la  resolución  que  calificó  el  mérito del sumario en segunda instancia se  profirió  el  20  de  octubre de 2009, es claro que para ésa época ya habían  transcurrido      los     seis     (6)     años27 que por virtud del artículo  83  del  Código Penal constituían el término máximo de prescripción durante  la    fase   investigativa   para   el   delito   de   falsedad   en   documento  privado.   

Ahora bien, la pena a descontar por el penado  en  relación  con  el  delito  de  hurto  no se debía tasar inicialmente entre  treinta   y  dos  (32)  a  ciento  ocho  (108)  meses  de  prisión  sino  entre  veinticuatro  (24)  y  setenta  y  dos (72) meses, para a continuación hacer el  incremento  por  el  agravante  específico  consagrado  en  el  numeral 2º del  artículo   241  del  Código  Penal  –sin  la modificación introducida por el artículo 51 de la Ley 1142  de    200728-  de  una  sexta  parte  a  la  mitad, lo cual arroja como extremos  punitivos, veintiocho (28) a ciento ocho (108) meses de prisión.   

Enseguida,  se  debe establecer el ámbito de  movilidad  y  a  partir  de  esta  cantidad (80 meses), determinar los cuartos e  individualizar  la  pena dentro del cuadrante respectivo, que para el caso es el  primero,  por  cuanto  solo  concurre como circunstancia de menor punibilidad la  ausencia de antecedentes penales.   

Primero             

Segundo             

Tercero             

Cuarto  

28    meses-48  meses             

48  meses, 1 día-68  meses             

68  meses, 1 día-88  meses             

88  meses 1 día-108  meses  

Como  en  el  caso  de  la  especie, por este  delito,  la  juez  le  impuso  al  enjuiciado el monto mínimo de la infracción  –que con el incremento de  la  Ley  890 era equivalente a treinta y dos (32) meses-, ese mismo criterio, se  debe  tener  en cuenta para fijar la sanción privativa de la libertad imponible  por   el   reato   de   hurto  agravado,  esto  es,  veintiocho  (28)  meses  de  prisión.   

Como  este  delito se imputó en la modalidad  continuada  descrita en el artículo 31 ejusdem, corresponde hacer el incremento  adicional   de   una   tercera   parte   sobre   la   sanción   individualmente  considerada29,  para un total de pena, por la infracción básica, de 37.33 meses  de  prisión30.   

A  esta  cantidad,  se  debe hacer el aumento  punitivo en razón del concurso de falsedades.   

Con tal fin, a los once (11) meses que el juez  unipersonal  fijó  como  imponible  por  las  43 conductas de ese tipo, se debe  descontar  la  proporción de sanción equivalente a una de ellas, lo que arroja  un  monto  definitivo de 10.74 meses, cantidad que en todo caso queda reducida a  9.54  meses  por  virtud  del  principio de proporcionalidad respecto del delito  base.   

Lo  anterior,  arroja una pena de prisión de  46.87  meses,  a  los  que se debe hacer un descuento de la tercera parte (15.62  meses)  en  tanto el procesado se acogió a sentencia anticipada antes de que se  iniciara  la  audiencia  pública  de  juzgamiento,  lo  que  da  como resultado  definitivo  una  sanción  de  31.24  meses  de  prisión, o lo que es lo mismo,  31   meses   y   2   días  de  prisión.   

Como  quiera  que  la  pena  es inferior a la  determinada  por  la  juez  unipersonal,  se  mantienen  incólumes  las razones  aducidas  por  la  falladora  para  concederle  la suspensión condicional de la  ejecución de la pena.   

Por   manera  que,  la  Sala  casará de  oficio   el  fallo  impugnado  proferido   por   el   Tribunal   Superior   de  Medellín, por cuyo medio  incrementó      la      pena      principal  de prisión, le revocó   la   suspensión  condicional  de  la ejecución de la  pena   a  Barrera        Sánchez  y  no  le  otorgó      la  prisión   domiciliaria  -determinación      última      que      también     se  incluyó    en    sus    ordenaciones-,   para   en   su  lugar,           dejarlo      sin      valor;             declarará la prescripción   de   la   acción  penal  derivada  de   un  delito  de  falsedad  en  documento  privado  –cometido  el 25 de abril  de  2003-  y  decretará  en  su  favor  la  cesación de procedimiento por esta  infracción    penal;   así   mismo   declarará la  vigencia  de  los  numerales  primero,  tercero  y siguientes de la sentencia de  primera  instancia  en  tanto  en  ellos  se declaró responsable a Nelson  Fabián  Barrera  Sánchez por los  delitos  de  hurto  continuado,  agravado  por  la  confianza y 42 falsedades en  documento  privado,  se lo condenó a la pena accesoria por el mismo término de  la  sanción  privativa  de  la  libertad,  se  le  otorgó  el  subrogado de la  suspensión  condicional  de la ejecución de la pena, se lo declaró civilmente  responsable  por los daños ocasionados a la parte civil en los términos y bajo  las  condiciones  previstas  en el respectivo fallo y se lo condenó en costas y  agencias  en derecho, pero modificará el numeral segundo del mismo proveído en  el  sentido  de  imponerle la pena de treinta y un (31) meses y dos (2) días de  prisión.   

Finalmente,  la  Sala  no  observa flagrantes  violaciones  de derechos fundamentales distinta a la recién advertida, causales  de  nulidad,  ni  motivos  que  conduzcan  a  la necesidad de un pronunciamiento  profundo   frente   al   expediente   en   razón   de  las  finalidades  de  la  casación.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

Primero.  Inadmitir  la  demanda  de  casación  presentada  a  través de apoderada por Nelson  Fabián  Barrera  Sánchez, contra  la  sentencia  del 24 de febrero de 2011, dictada por la Sala Penal del Tribunal  Superior de Medellín.   

Segundo.   Casar  de  oficio  la  sentencia  impugnada proferida por el  Tribunal  Superior  de  Medellín,  por  cuyo  medio  incrementó la pena principal de prisión,       le       revocó      la  suspensión  condicional de la ejecución   de   la   pena   a   Barrera       Sánchez     y     no    le    otorgó    la  prisión                 domiciliaria        -determinación   última  que  también     se     incluyó     en    sus  ordenaciones-,   para  en  cambio, dejarla sin  valor.   

Tercero.  Declarar   prescrita   la  acción   penal   derivada  de  un  delito  de  falsedad  en  documento  privado  –cometido  el 25 de abril  de  2003-,  por  el  que  fue procesado Nelson Fabián  Barrera  Sánchez  y, por consiguiente, decretar en su  favor la cesación de procedimiento por esta infracción penal.   

Cuarto.             Declarar    la  vigencia  de los numerales primero, tercero y siguientes de la sentencia de 8 de  octubre  de  2010  proferida  por  el  Juzgado  Noveno  Penal  del  Circuito  de  Medellín,  en  tanto en ellos se atribuyó responsabilidad penal a Nelson  Fabián  Barrera  Sánchez por los  delitos  de  hurto  continuado,  agravado  por  la  confianza y 42 falsedades en  documento  privado,  se lo condenó a la pena accesoria por el mismo término de  la  sanción  privativa  de  la  libertad,  se  le  otorgó  el  subrogado de la  suspensión  condicional  de la ejecución de la pena, se lo declaró civilmente  responsable  por los daños ocasionados a la parte civil en los términos y bajo  las  condiciones  previstas  en el respectivo fallo y se lo condenó en costas y  agencias en derecho.   

Quinto. Modificar el  numeral  segundo  del  mismo  proveído  en el sentido de imponer a Nelson  Fabián  Barrera  Sánchez la pena  de treinta y un (31) meses y (2) dos días de prisión.   

Contra  esta  providencia no procede recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase  

JAVIER ZAPATA ORTIZ  

JOSÉ LUIS BARCELÓ  CAMACHO   

            

JOSÉ  LEONIDAS  BUSTOS  MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO  CASTRO CABALLERO   

            

SIGIFREDO ESPINOSA  PÉREZ  

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ MUÑOZ   

                      Comisión de servicio   

            

AUGUSTO J. IBÁÑEZ  GUZMÁN  

LUIS  GUILLERMO  SALAZAR OTERO   

            

JULIO ENRIQUE SOCHA  SALAMANCA  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1  En  este  año,  se cometió una sola falsedad el 25 de abril de 2003. Las restantes  entre los años 2004 y hasta el 11 de octubre de 2005.   

2 Cfr.  folios 1-16 del cuaderno principal.   

3 Cfr.  folio 233 ibídem.   

4 Cfr.  folio 260 ibídem.   

5 Cfr.  folios 319-320 ibídem.   

6 Cfr.  folio 321 ibídem.   

7 Cfr.  folios 338-352 ibídem.   

8 Cfr.  folios 378-384 ibídem.   

9 Cfr.  folio 391 ibídem.   

10 Cfr.  folio 411 ibídem.   

11 Cfr.  folios 417-419 ibídem.   

12 Cfr.  folios 422-427 ibídem.   

13 Cfr.  folio 443-456 ibídem.   

14 Cfr.  folio 464 ibídem.   

15 Cfr.  folios 478-490 ibídem   

16 Cfr.  folio 481 ibídem.   

17  Ibídem.   

18  Ibídem.   

19 Cfr.  folio 9 de la demanda a folio 486 ibídem.   

20 Cfr.  folio 12 de la demanda a folio 489 ibídem.   

21 Cfr.  folio 12 de la demanda a folio 489 ibídem.   

22  Reiterado  en  auto  del  6 de junio de 2007, radicación 27.278, auto del 27 de  junio  de  2007, radicación 27.177, auto del 24 de octubre de 2007, radicación  24.561.   

23 Cfr.  folio 438 del expediente.   

24  Ibídem.   

25 Ver  al  respecto,  el  dictamen pericial que obra a folio 258 del cuaderno principal  del expediente.   

26  Fenómeno que tampoco percibió el Tribunal.   

27 De  conformidad  con  el  artículo  289  del Código Penal el delito de falsedad en  documento  privado  tiene  prevista  pena  de  prisión  de  uno  (1) a seis (6)  años.   

28 No  vigente para la época de los hechos.   

29 En  este  punto  se  impone  recordar  que el incremento por el delito continuado se  “debe  concebir  dentro  de  la sistemática de la  dosificación  punitiva de acuerdo con su verdadera naturaleza, esto es, no como  un  modificador de los límites punitivos, sino como instrumento apto para tasar  la  pena  de  manera  proporcional al daño causado con la conducta, buscando en  todo  caso,  una  mayor  severidad  de  la  sanción,  sin  que su acreditación  modifique  la  descripción típica, con la virtualidad de ampliar su contenido,  pues  la  modalidad  del  delito continuado además de ser común para distintas  conductas  punibles,  en  su estructura normativa no da lugar a la afectación o  modificación  de  la  forma  como  cada  tipo  penal  específico  describe  un  comportamiento.” (Sentencia del 27 de julio de 2011,  radicación 35.656.   

30 No  los 42 meses que había establecido la juzgadora de primer grado.     

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