36460(28-08-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  MUÑOZ   

Aprobado Acta No. 279  

Bogotá  D.C.,  agosto veintiocho (28) de dos  mil trece (2013)   

VISTOS  

Una  vez recibido el concepto del Ministerio  Público,  procede la Sala a pronunciarse de fondo sobre el cargo admitido de la  demanda  de  casación  presentada  por  la defensora del procesado LUIS  EMIRO  SIERRA  PADILLA,  contra  la  sentencia  proferida por el Tribunal Superior de Medellín el 26 de noviembre de  2010,  confirmatoria  de la dictada por el Juzgado Tercero Penal del Circuito de  Bello  el  19  de  mayo de la misma anualidad, por cuyo medio lo condenó, entre  otros,  como  coautor  penalmente  responsable   del delito de homicidio en  persona  protegida, específicamente en el menor Samir  Enrique Díaz Galet.   

HECHOS  

Cerca  de  las  11:30  de la noche del 28 de  marzo  de  2005,  en  el  barrio  La  Gabriela del municipio de Bello, cuando el  joven   Samir   Enrique   Díaz   Galet  descendió  de  un  taxi  y  se  dirigía  a  su  residencia,  fue  interceptado  por  un  grupo  de  militares  adscrito al Pelotón Antiterrorista  Urbano  del  Batallón  de  Infantería  No.  10 Atanasio Girardot del Ejército  Nacional,  con  sede en Medellín, al mando del cabo 3  Elvin   Andrés   Caro   Mesa,  y  compuesto  por  el  dragoneante  LUIS  EMIRO  SIERRA  PADILLA,  el  soldado  profesional  César  Rúa  Bran,    y    los   soldados   regulares  Carlos  Arturo  Gómez  Aguirre,  Ricardo Alonso Higuita Higuita,  John   Esmeider   Sánchez   Sierra,   Eulises   Marín   Castaño  y      Juan      Guillermo      Rojas  Montoya,   quienes  lo  requisaron,  le  quitaron  la  chaqueta  que portaba y luego lo condujeron hasta una cancha de fútbol cercana,  donde  le  dispararon  con  armas  de  uso  privativo  de  las  fuerzas armadas,  causándole  la  muerte.  Ulteriormente  los agresores adujeron que el homicidio  tuvo  lugar en el marco de un enfrentamiento armado entre la patrulla y miembros  de  la  banda delincuencial denominada ‘Los         Triana’.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

La  Fiscalía  Seccional  de  Bello declaró  abierta  la  instrucción,  en  cuyo  desarrollo  vinculó mediante indagatoria,  entre  otros,  a LUIS EMIRO SIERRA PADILLA,    resolviéndole    su    situación    jurídica.   Cerrada   la  investigación,  el  mencionado  ciudadano  fue acusado como autor del delito de  homicidio  en  persona protegida mediante proveído del 8 de septiembre de 2009,  decisión  contra la cual la defensa interpuso recurso de apelación, pero al no  ser  sustentado  en  oportunidad, se declaró desierto con providencia del 24 de  septiembre siguiente.   

Surtida  la  fase de juzgamiento, el Juzgado  Tercero  Penal  del  Circuito de Bello profirió fallo el 19 de mayo de 2010 por  cuyo  medio  condenó,  además de otros, a LUIS EMIRO  SIERRA  PADILLA  a las penas principales de trescientos  setenta  y  dos  (372)  meses  de  prisión,  multa  por valor de 2.000 salarios  mínimos  legales  mensuales  e  inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  por  un  lapso  de dieciséis (16) años y tres (3) meses,  así  como  al  pago  de  la  correspondiente indemnización de perjuicios, como  coautor penalmente responsable del punible objeto de acusación.   

En la misma decisión le fue negado tanto el  subrogado  de  la  suspensión  condicional de la ejecución de la pena, como la  prisión domiciliaria sustitutiva de la intramural.   

Además de otros profesionales, la defensa de  LUIS  EMIRO  SIERRA impugnó  el  fallo  del a quo, recurso  declarado  desierto  por falta de sustentación. Por el mismo motivo se declaró  desierta  la  reposición  interpuesta  contra  la  última  decisión referida.  Mediante  auto  del  30  de  julio de la citada anualidad, se concedió única y  exclusivamente    el   recurso   de   apelación   interpuesto   “por    el    defensor    del   procesado   CARLOS   ARTURO   GÓMEZ  AGUIRRE”.   

A través de sentencia del 26 de noviembre de  2010  el Tribunal Superior de Medellín se ocupó únicamente de la impugnación  propuesta     por    el    defensor    de    Gómez  Aguirre,  confirmando  la  decisión  del a  quo.  Varios  defensores interpusieron  recurso  de  casación,  entre  ellos  la  abogada  de  confianza de LUIS EMIRO SIERRA PADILLA.   

Con auto del 1º  de  julio  de  2011,  esta  Corporación   dispuso  admitir  el  primer  cargo  de la demanda de casación  presentada   por  la  citada  profesional,  oportunidad en la cual se inadmitieron los otros reproches, así  como   los  libelos  presentados  a  nombre  de  Juan  Guillermo  Rojas Montoya, Ricardo Alonso Higuita Higuita, John Esmeider Sánchez  Sierra,   Eulises   Marín  Castaño  y  Carlos  Arturo  Gómez Aguirre; en virtud  de  ello,  se  surtió  el  traslado  pertinente al Ministerio Público para que  rindiera  su  concepto,  el  cual  fue recibido en la  Secretaría de la Sala.   

LA DEMANDA  

          En  el  cargo  admitido  refiere  la  defensora que la sentencia fue  dictada  en un juicio viciado de nulidad, toda vez que su asistido fue acusado y  condenado  por  el  tipo  penal  establecido  en  el  artículo 135 del estatuto  punitivo,  esto  es, homicidio en persona protegida, cuando en realidad se trata  de  un  homicidio común, dado que el menor ultimado hacia parte de una banda de  delincuentes,  sin  que  la  conducta  guarde  relación causal con el conflicto  armado   que   caracteriza   los   delitos   contra   el  Derecho  Internacional  Humanitario.   

A partir de lo expuesto, solicita a la Corte  la   nulidad  de  lo  actuado  “desde  la  fase  de  investigación  cuando  se hizo por parte del ente fiscal la adecuación típica  de  la  conducta  desplegada  por  los  militares  en  el  sub  lite”.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

          Inicialmente  puntualiza  la  Procuradora  Tercera  Delegada para la  Casación  Penal  que  el  Derecho  Internacional  Humanitario  se  aplica a los  conflictos  armados  internos  o  internacionales,  en  cuyo  marco son personas  protegidas   los  heridos,  enfermos  o  náufragos,  el  personal  sanitario  o  religioso,  los  prisioneros  de  guerra,  la  población  civil,  las  personas  colocadas  fuera  de  combate,  el  personal  de  la  Potencia  Protectora,  los  parlamentarios  y personas que los acompañen y el personal de Naciones Unidas y  personal asociado.   

          Advera  que  en  el  caso  de  conflictos  armados  internos rige el  Protocolo  Adicional  II  a  los  Convenios  de Ginebra de 1949 y señala que el  homicidio  en  persona  protegida  ocurre  con  ocasión de un conflicto armado,  cometido  por  un  sujeto activo en principio no calificado, pero que debe estar  involucrado  en  el  combate,  como  los  militares,  policías, paramilitares y  guerrilleros.   

Precisa  que la ominosa práctica de matar a  civiles  indefensos  con  el  fin  de  mostrarlos  como delincuentes abatidos en  operaciones  de  guerra  (falsos  positivos)  encuadra  en  la  descripción del  homicidio en persona protegida.   

          Al  analizar el caso concreto manifiesta la Delegada que en Colombia  existe  un  conflicto  armado,  según  fue  reconocido  en la Ley 1448 de 2011,  motivo  por  el  cual se debe aplicar el Derecho Internacional Humanitario a los  combatientes.   

          Conforme  a  las  pruebas al grupo militar le fue ordenado desplegar  tareas  de  registro  en  varios barrios y la periferia de la Cárcel Bellavista  del  municipio  de  Bello,  a  fin  de  detener  actividades narcoterroristas de  organizaciones  armadas  ilegales,  proceder  que  debía  sujetarse  al Derecho  Internacional  Humanitario  por tratarse de una orden vinculada con el conflicto  interno.   

          Si  la víctima para el 28 de marzo de 2005 era menor de edad, quien  regresaba  a  su  casa  luego  de  visitar  a  su  novia, momento en el cual fue  requerido  por  la  autoridad militar, para luego trasladarlo a una cancha de la  localidad  y  dispararle  sin justificación alguna, es claro que no era miembro  de  las  fuerzas  armadas  ni  de  grupos armados irregulares, sin que se debata  aquí  el status de la banda de los Triana  como  grupo  insurgente o de delincuencia común, pues no es a uno  de sus integrantes al que se le imputa la violación del DIH.   

Concluye  que  los  militares  violaron  la  prohibición   de   atacar   la  población  civil  (artículo  13  –  2  del  Protocolo  Adicional II), de  manera  que  no  hay  vicio  alguno en la adecuación típica de la conducta que  motivó el diligenciamiento.   

          Entonces,  la  Delegada  sugiere  a  la  Corte no casar la sentencia  impugnada.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Como   la   censora  cifra  su  aspiración  casacional  en  que la conducta imputada a su procurado no corresponde al delito  de  homicidio  en  persona  protegida,  sino  al punible de homicidio común, es  pertinente  recordar  que  en  la  exposición  de  motivos  del proyecto de ley  presentado  por  el  entonces  Fiscal  General  de  la  Nación, que a la postre  culminó  con  la  expedición  de  la  Ley 599 de 2000, sobre el título de los  “Delitos contra personas y bienes protegidos por el  derecho     Internacional     Humanitario”,    se  expuso:   

“Con ocasión del  conflicto  armado  interno  que   padece   Colombia,   muchas  de  las  conductas  vulneratorias    (sic)    o   amenzadoras  (sic) de Derecho Humanos, constituyen a  la  vez  violaciones  al Derecho Internacional Humanitario. Son ellas acciones u  omisiones  con  las  cuales  quienes participan directamente de las hostilidades  –   los   combatientes         –  incumplen  los deberes o quebrantan  las  prohibiciones  que  les  ha  impuesto  el artículo 3º común a los cuatro  Convenios    de    Ginebra    y    el    protocolo    II   adicional.   

          “Estos  crímenes  de  guerra presentan  una  más  intensa  y  múltiple  lesividad  frente  a  otras conductas punibles  comunes,  dado  que  con  ellas se atenta, no solamente contra bienes jurídicos  tales  como la vida, la integridad corporal de personas protegidas, la dignidad,  la  libertad  individual, el derecho a un debido proceso legal, sino que además  ofenden  ese  interés  jurídico autónomo que es el  derecho  internacional  de  los conflictos armados. En  la  propuesta  legislativa se incluye un capítulo especial denominado Conductas  punibles  contra  personas  y  bienes  protegidos  por  el Derecho Internacional  Humanitario,  que  agrupa  una serie de tipos que describen y penalizan aquellos  comportamientos  que representan las más graves infracciones a esa normatividad  internacional  que  Colombia  se  comprometió  a respetar y aplicar”1 (subrayas fuera de texto).   

    

A  su vez, el artículo 135 de la Ley 599 de  2000 dispone:   

“Homicidio  en  persona   protegida.   El  que,  con  ocasión  y  en  desarrollo    del    conflicto   armado,   ocasione   la   muerte   de   persona  protegida  conforme  a  los Convenios Internacionales  sobre  Derecho  Humanitario  ratificados por Colombia, incurrirá en prisión de  treinta  (30)  a  cuarenta  (40)  años,  multa  de  dos mil (2.000) a cinco mil  (5.000)  salarios mínimos legales mensuales vigentes, e inhabilitación para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  de  quince  (15) a veinte (20)  años.   

“Parágrafo.  Para  los  efectos de este artículo y las demás normas del presente título se  entiende  por  personas protegidas conforme al derecho  internacional humanitario:   

1.  Los  integrantes  de  la  población civil.   

2.  Las  personas  que no participan en hostilidades y (…)   

8. Cualquier otra persona que tenga aquella  condición  en  virtud de los Convenios I, II, III y IV de Ginebra de 1949 y los  Protocolos   Adicionales   I   y   II   de   1977   y   otros   que  llegaren  a  ratificarse” (subrayas fuera de texto).   

Al  analizar  los elementos estructurales de  dicho  delito  se  tiene  que  se trata de la muerte causada a una persona en un  marco  específico,  esto  es,  “con  ocasión y en  desarrollo del conflicto armado”.   

          1.        El conflicto armado interno en Colombia   

Si bien en alguna oportunidad se discutió si  en  Colombia  existía  o  no  un  conflicto  armado  interno  en  los términos  señalados   por   los   cuatro   Convenios   de   Ginebra  de  19492  y  los  dos  protocolos       adicionales       de      19773,  que conforman la más amplia  noción  de  Derecho  Internacional Humanitario, hoy en día, en especial con la  promulgación  de  la  Ley  1448  del  10 de junio de  2011,    se   reconoce  expresamente  la  existencia  de una tal contienda, según se establece con toda  claridad en algunas de sus disposiciones, como sigue:   

(i)          Desde el mismo título se manifiesta que  la    citada    legislación    tiene    por   objeto   dictar   “medidas  de  atención,  asistencia  y  reparación  integral a las  víctimas  del  conflicto  armado interno   y   se   dictan  otras  disposiciones  (subrayas fuera de texto).   

(ii)          En  el  artículo  3º se establece que  “se consideran víctimas, para los efec­tos de esta ley, aquellas personas que  individual  o  colectivamente  hayan  sufrido  un  daño  por hechos ocurridos a  partir  del  1º  de enero de 1985, como consecuencia de infracciones al Derecho  Internacional  Humanitario  o  de  violaciones graves y manifiestas a las normas  internacionales  de  Derechos  Humanos,  ocurridas con  ocasión  del  conflicto  armado  interno” (subrayas  fuera de texto).   

          (iii)                     El   artículo   144  alude  a  “los   archivos   sobre   violaciones   a  los  derechos  humanos  e  infracciones   al   derecho  internacional  humanitario  ocurridas  con    ocasión    del    conflicto    armado   interno”        (subrayas        fuera       de       texto).   

          (iv)                     El  artículo  145 se refiere a las acciones en  materia  de  memoria histórica, dentro de las cuales se entienden comprendidas:  “4. Fomentar a través de los programas y entidades  existentes,         la         in­vestigación       histórica       sobre      el      conflicto    armado   en   Colombia   y  contribuir  a  la  difusión  de  sus  resultados” y  “5.   Promover   actividades   participativas   y  formativas  sobre  temas relacionados con el conflicto  armado  interno,  con enfoque diferencial”        (subrayas        fuera       de       texto).   

(v)          Por  su  parte, el artículo 149 indica  que  “El  Estado colombiano adoptará, entre otras,  las  siguientes  garantías  de no repetición: d) La prevención de violaciones  contempladas  en  el  artículo  3° de la presente Ley, para lo cual, ofrecerá  especiales  medidas  de  prevención  a los grupos expuestos a mayor riesgo como  mujeres,    niños,   niñas   y   ado­lescentes,   adultos   mayores,   líderes  sociales,  miembros  de  organizaciones  sindicales,  defensores  de  derechos  humanos  y  víctimas  de  desplazamiento  forzado,  que  propendan  superar  estereotipos que favorecen la  discrimi­nación,   en  especial   contra   la   mujer   y   la   violencia   contra  ella  en  el  marco  del  conflicto  armado”  (subrayas fuera de texto).   

         (vi)                     El  parágrafo del artículo 181 preceptúa que  “Para  los  efectos  del  presente  Título  serán  considerados  también  víctimas,  los niños, niñas y adolescentes concebidos  como  conse­cuencia de una  violación  sexual  con ocasión del conflicto armado  interno”  (subrayas  fuera  de  texto).   

(vii)            Finalmente, el artículo 197 se  ocupa   de   la   “financiación   de  medidas  de  aten­ción  y reparación  integral  a  las  víctimas de violaciones a los derechos humanos e infracciones  al  derecho  internacional  humanitario,  con ocasión  del  conflicto  armado  interno” (subrayas fuera de  texto).   

Así las cosas, sentado está que en Colombia  hay  un  conflicto  armado  interno,  expresamente reconocido por el legislador,  así   como   por   esta   Colegiatura   en   múltiples  decisiones4.   

2.                La     noción     de     persona  protegida   

En el cometido de dar alcance a la noción de  “persona  protegida” que  se  menciona  en el artículo 135 de la Ley 599 de 2000 puede observarse, que el  mismo   precepto  señala  que  dicha  condición  se  constata  “conforme  a los Convenios Internacionales sobre Derecho Humanitario  ratificados  por  Colombia” y más adelante delimita  con  interpretación  auténtica,  en cuanto realizada  por  el  mismo  legislador,  que  “se  entiende por  personas protegidas conforme al derecho internacional  humanitario”,    entre    otras,   “Los   integrantes   de   la   población  civil”  y  “Las personas  que   no   participan   en  hostilidades (subrayas fuera de texto).   

          En  cuanto  atañe  al  desarrollo del precepto analizado se observa  que el artículo 3º común a los Convenios de Ginebra consagra:   

“En  caso  de  conflicto    armado   que   no   sea   de   índole  internacional  y que surja en el territorio de una de  las  Altas  Partes  Contratantes  cada una de las Partes en conflicto tendrá la  obligación   de   aplicar,  como  mínimo,  las  siguientes  disposiciones:  1)  Las  personas  que  no participen directamente en las  hostilidades,  incluidos  los miembros de las fuerzas  armadas  que  hayan  depuesto  las armas y las personas puestas fuera de combate  por  enfermedad,  herida,  detención  o  por cualquier otra causa, serán,    en    todas    las    circunstancias,    tratadas    con  humanidad,   sin   distinción   alguna  de  índole  desfavorable  basada  en la raza, el color, la religión o la creencia, el sexo,  el nacimiento o la fortuna o cualquier otro criterio análogo.   

“A este respecto,  se prohíben, en cualquier tiempo y lugar, por lo que  atañe  a  las personas arriba mencionadas: a) los atentados contra la vida y la  integridad  corporal, especialmente el homicidio en todas sus formas,   las   mutilaciones,  los  tratos  crueles,  la  tortura  y  los  suplicios;  b) la toma de rehenes; c) los atentados contra la dignidad personal,  especialmente  los  tratos humillantes y degradantes; d) las condenas dictadas y  las   ejecuciones   sin   previo  juicio  ante  un  tribunal  legítimamente  constituido,  con  garantías  judiciales     reconocidas     como     indispensables     por    los    pueblos  civilizados” (subrayas fuera de texto).   

De  otra  parte, el Protocolo II Adicional a  los Convenios de Ginebra en su artículo 1º dispone:   

“1. El presente  Protocolo,  que  desarrolla  y  completa  el  artículo 3 común a los Convenios de  Ginebra  del  12  de  agosto  de  1949, sin modificar sus  actuales  condiciones  de  aplicación, se aplicará a  todos   los  conflictos  armados  que  no  estén  cubiertos  por  el  artículo 1   del  Protocolo  adicional  a  los  Convenios  de Ginebra del 12 de agosto de 1949 relativo a  la  protección  de  las  víctimas  de  los  conflictos armados internacionales  (Protocolo  I)  y  que  se  desarrollen  en  el  territorio  de  una  Alta  Parte  contratante  entre  sus  fuerzas  armadas  y fuerzas armadas disidentes o grupos  armados  organizados  que,  bajo  la dirección de un  mando  responsable,  ejerzan  sobre una parte de dicho territorio un control tal  que  les  permita  realizar  operaciones  militares  sostenidas  y concertadas y  aplicar el presente Protocolo.   

“2. El presente  Protocolo  no  se  aplicará  a  las  situaciones  de  tensiones  internas  y de  disturbios  interiores,  tales  como  los  motines,  los  actos  esporádicos  y  aislados   de   violencia  y  otros  actos  análogos,  que  no  son  conflictos  armados” (subrayas fuera de texto).   

Definida  la  normativa internacional que se  ocupa  de  identificar a las personas protegidas por las Convenciones de Ginebra  y  sus  protocolos  adicionales, es pertinente acudir al denominado principio      de      distinción5,   según  el  cual,  resulta  imperativo  proteger  a la población civil de los efectos de la contienda, pues  ésta  sólo  debe  involucrar  a  los  combatientes  y hacia ellos es que deben  dirigirse  las  acciones  de debilitamiento, de modo que siempre será necesario  distinguir  entre  combatientes  y  no  combatientes,  a fin de asegurar que los  últimos  no  se  verán  afectados  por  las  operaciones propias del conflicto  armado.   

En  el  numeral  1º  del  artículo  13 del  Protocolo  Adicional  II  se establece el principio de  protección  de  la  población civil en los siguientes  términos:   

“La  población  civil  y  las  personas  civiles  gozarán  de  protección  general  contra los  peligros  procedentes  de  operaciones  militares”, y  precisa  que “para hacer efectiva esta protección,  se  observarán  en  todas  la  circunstancias las normas siguientes”,  que  tratan  de  sub-reglas  específicas  en  las  cuales  se  desarrolla el principio de distinción.   

          Son  combatientes  quienes   forman   parte  de  las  fuerzas  armadas  o  de  los  grupos  armados  irregulares,  o  toman parte en las hostilidades, motivo por el cual no gozan de  las  protecciones  dispuestas  por el Derecho Internacional Humanitario para los  civiles, es decir, no tienen el status de personas protegidas.   

Son           civiles  y como tales personas protegidas  por  el  Derecho  Internacional Humanitario, quienes reúnen dos condiciones: La  primera,  no  ser  miembros  de  las  fuerzas  armadas  u organizaciones armadas  irregulares  en contienda, y la segunda, no tomar parte en las hostilidades, sea  de  manera  individual  (personas civiles) o colectiva (población civil). Desde  luego,  si  los civiles intervienen directamente en las contiendas, de inmediato  pierden  las  garantías derivadas del principio de distinción mientras dure su  participación  en  el  conflicto  (numeral  3º  del artículo 13 del Protocolo  Adicional II).   

          En  forma  contundente  respecto  del tema analizado, el numeral 2º  del artículo 13 del Protocolo Adicional II establece:   

“No serán objeto  de  ataque  la  población  civil  como tal, ni las personas civiles”.   

         

Adicional  a los principios de distinción y  de  protección de la población civil, amén de afianzarlos, se ha dado paso en  el    ámbito    internacional   al   principio   de  precaución,  en  virtud  del  cual  se  exige  a  los  combatientes  que  en  el  desarrollo  de  las  acciones  militares sean en todo  momento  diligentes  y actúen con sumo cuidado para no involucrar a civiles, es  decir,  adopten  las  medidas  de  precaución necesarias para evitar al máximo  perjuicios  a  quienes  por no tener la condición de combatientes, son personas  protegidas por el Derecho Internacional Humanitario.   

En  virtud  de dicho principio es necesario:  Constatar  que  los  objetivos  susceptibles de ataque son militares, elegir los  medios  y métodos a fin de minimizar daños incidentales a la población civil,  proteger   a   los   civiles  del  ataque,  dar  aviso  anticipado  –  siempre que sea posible –  para  que  las  personas  ajenas  al  conflicto  se  resguarden, preferir objetivos militares de aquellos que permitan  descartar  fundadamente  la  ausencia  de  daños  a  civiles,  evitar ataques a  objetivos    militares   ubicados   en   áreas   densamente   pobladas,   entre  otras.   

          La  importancia de los citados principios es de tal magnitud, que ha  sido  entendido por la Asamblea General de las Naciones Unidas, así como por el  Estatuto  del  Tribunal  Penal  Internacional  para Ruanda, la Carta de la Corte  Especial  para  Sierra  Leona,  el Tribunal Penal para la Antigua Yugoslavia, la  Corte  Interamericana de Derechos Humanos, el Estatuto de Roma de la Corte Penal  Internacional  y  la  Comisión Interamericana de Derechos Humanos, entre otros,  que   hacen   parte   del   ius   cogens,  en cuanto prohibición absoluta de índole consuetudinaria que no  precisa   de   su   positivización   para   su   valía,   materialización   y  exigencia.   

          3.        La violación del Derecho Internacional Humanitario   

Tal como ha sido reseñado a espacio por esta  Colegiatura6,   la   jurisprudencia  internacional  ha  proporcionado  distintos  criterios  para determinar la existencia de un nexo cercano entre un determinado  hecho  o  situación  y el conflicto armado internacional o interno en el que ha  tenido  lugar,  tales  como  la  calidad  de  combatiente  del  perpetrador,  la  condición  de  no  combatiente  de la víctima, el hecho de que la víctima sea  miembro  del  bando  opuesto,  que  el  acto  pueda ser visto como un medio para  lograr  los  fines  últimos de una campaña militar, o cuando el acto haya sido  cometido  como  parte de los deberes oficiales del perpetrador, o en el contexto  de             dichos             deberes7.   

También  ha  precisado  la  jurisprudencia  extranjera,  en  casos  de  comisión  de crímenes de guerra, que es suficiente  establecer  que “el perpetrador actuó en desarrollo  o  bajo la apariencia del conflicto armado”8  (subrayas  fuera  de texto), y que “el  conflicto  no  debe  necesariamente  haber  sido  la  causa  de la comisión del  crimen,  sino  que  la  existencia del conflicto debe  haber   jugado,   como  mínimo,  una  parte  sustancial  en  la  capacidad  del  perpetrador  para  cometerlo,  en su decisión de cometerlo, en la manera en que  fue   cometido   o   en   el   objetivo  para  el  que  se  cometió”9 (subrayas fuera de texto).   

          4.        El caso concreto   

          Se  encuentra  suficiente probado que aproximadamente a las 11:30 de  la  noche  del  28  de  marzo  de 2005, el joven Samir  Enrique  Díaz  Galet  fue muerto por personal militar  adscrito  al  Pelotón Antiterrorista Urbano del Batallón de Infantería No. 10  Atanasio  Girardot  del  Ejército Nacional, con sede en Medellín, al mando del  Cabo    Elvin    Andrés    Caro   Mesa,   el   dragoneante  LUIS  EMIRO  SIERRA  PADILLA,   el   soldado   profesional   César  Rúa  Bran  como conductor, y los  soldados  regulares  Carlos  Arturo  Gómez  Aguirre,  Ricardo  Alonso  Higuita  Higuita, John Esmeider Sánchez Sierra, Eulises Marín  Castaño  y  Juan  Guillermo Rojas Montoya. La víctima  resultó   muerta   como  consecuencia  de  múltiples  heridas  provocadas  por  proyectiles  de  armas  de  fuego de uso privativo de las fuerzas armadas, en un  terreno  llano  utilizado  como  cancha  de  fútbol,  ubicado  en  el barrio La  Gabriela del municipio de Bello.   

Aunque  los militares adujeron que la muerte  del  menor  se  produjo  en desarrollo de un combate contra miembros de la banda  delincuencial   de  ‘los  Triana’ que dijeron opera  en  el sector donde ocurrieron los sucesos, dicha justificación fue desvirtuada  por  el testigo Carlos Daniel Arenas Baena,  quien  se  percató  que el joven Samir  Enrique  Díaz  descendió  de  un  taxi  y luego, sin  mediar   enfrentamiento   alguno,    fue  abordado  por  militares  que  lo  requisaron  y  le  quitaron  la  chaqueta  que  llevaba,  para  luego proceder a  empujarlo,  ultrajarlo y obligarlo a ir hasta una cancha de fútbol, desde donde  se escucharon minutos después tres o cuatro detonaciones.   

          Como  se  declaró  en  las instancias, conforme a la valoración de  las   pruebas   puede   concluirse   que   la   muerte  del  menor  Díaz  Galet  correspondió a un proceder  de  las  autoridades  contrario a su posición de garante, correspondiente a uno  de  los  denominados  “falsos positivos”.   

No hay duda que la oprobiosa práctica de los  llamados  falsos  positivos,  en  virtud  de  la  cual  miembros  de  las  fuerzas  armadas causan la muerte a  ciudadanos  inermes  ajenos al conflicto armado, en cuanto carecen del carácter  de  combatientes  por  no  formar  parte  de  los  grupos  institucionales  y no  institucionales  involucrados  en  la  contienda  interna,  ni  participar de la  misma,  para después mostrarlos ante la opinión pública y sus superiores como  bajas  de  un  grupo armado ilegal en supuestos escenarios de combate y a partir  de  ello  obtener  beneficios como permisos, felicitaciones en la hoja de vida o  ascensos,  se  encuentra íntimamente vinculada con el conflicto armado interno,  pues   éste   es   condición   necesaria   para   que   tengan   lugar   tales  desmanes.   

En efecto, es claro que si es en el marco de  dicha  situación  de  anormalidad  que  se  exhiben como triunfos los referidos  montajes  de  operaciones  bélicas, cuando en verdad se ha ocasionado la muerte  de  personas  civiles,  generalmente de escasos recursos, desarmadas, en parajes  solitarios,  lejos de su contorno y sin la posibilidad de conseguir ayuda alguna  que  las  pueda  salvar,  sin dificultad se advierte la estrecha relación entre  tales  graves  procederes  ilegales  y  su ocurrencia con ocasión del conflicto  armado  interno,  máxime  si los miembros de las fuerzas armadas conocen de las  obligaciones  que  en  su  condición  de  combatientes  les son exigibles en el  ámbito  de  la estricta guarda del Derecho Internacional Humanitario, y que les  prohíbe  en  forma  rotunda  involucrar  a  civiles como objeto de sus acciones  armadas.   

Razón le asiste a la defensa al señalar que  no  toda  muerte  de  personal  civil  a  manos  de militares puede tenerse como  homicidio  en  persona protegida, siempre que no tenga vínculo con el conflicto  armado.  No obstante, ello no fue lo acaecido en este asunto, pues fue el teatro  de  dicho  conflicto el que sirvió para la puesta en escena que culminó con la  muerte    del    menor    Samir    Enrique    Díaz  Galet,  aduciendo ulteriormente sus victimarios que se  trató  de  una  situación  de  combate  con  grupos  armados  al  margen de la  ley.   

          Lo  expuesto resulta suficiente para concluir que la víctima, al no  tener  la  condición  de combatiente, ni participar en las hostilidades propias  del  conflicto  armado  interno colombiano, tenía el carácter de civil, y como  tal,  gozaba  del  status  de  persona  protegida  por  el Derecho Internacional  Humanitario,  de  manera que, tal como lo señaló la Procuradora Delegada en su  concepto,  la  conducta de los militares que dispararon sus armas causándole la  muerte,   configura   sin   duda   alguna   una  violación  grave  del  Derecho  Internacional  Humanitario, y como tal, se adecua al artículo 135 de la Ley 599  de   2000,   por   el   cual   fueron   condenados10,   motivo  por  el  cual  la  casación propuesta no está llamada a prosperar.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

NO   CASAR   la  sentencia impugnada.   

Contra  esta  providencia no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ  CAMACHO                           FERNANDO   ALBERTO   CASTRO  CABALLERO   

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ MUÑOZ                                 GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ   

LUIS  GUILLERMO  SALAZAR  OTERO              JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1  GÓMEZ  MÉNDEZ  Alfonso.  Exposición de motivos del  proyecto  de  Código  Penal. Fiscalía General de la  Nación. Bogotá. 4 de agosto de 1998.   

2  Colombia  aprobó  tales  Convenios  mediante  la  Ley 5ª de 1960, con vigencia  desde el 8 de mayo de 1962.   

3  Colombia  adhirió  al  Protocolo I mediante la Ley 11 de 1992 y entró en vigor  el  1º  de marzo de 1994. También adhirió al Protocolo II mediante la Ley 171  de 1994.   

4 Cfr.  Sentencias  del  21  de  julio  de 2004. Rad. 14538; 15 de febrero de 2006. Rad.  21330;  12 de septiembre de 2007. Rad. 24448; 27 de enero de 2010. Rad. 29753; y  24 de noviembre de 2010. Rad. 34482, entre otras.   

5 Cfr.  Sentencia C-291 de 2007.   

6  Sentencia del 23 de marzo de 2011. Rad. 35099.   

7  Tribunal  Penal  para  la  Antigua  Yugoslavia,  caso  del  Fiscal vs. Dragoljub  Kunarac  y  otros,  sentencia  de  la  sala  de  apelaciones  del 12 de junio de  2002.   

8  Ídem.   

9  Tribunal   Penal   para   la   Antigua   Yugoslavia,   casos   de   Fiscal   vs.   Enver   Hadzihasanovic   y  Amir  Kubura,   sentencia   del   15   de   marzo   de   2006,  y  Fiscal  vs.  Sefer  Halilovic, sentencia  del 16 de noviembre de 2005.   

10 En  sentido similar sentencia del 23 de marzo de 2011. Rad. 35099.     

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