35775(09-03-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso n.º 35775  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARÍA    DEL    ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

          Aprobado Acta N° 078.   

Bogotá D.C., marzo nueve (9) de dos mil once  (2011).   

VISTOS  

          Se  pronuncia  la  Sala  acerca de la admisibilidad de la demanda de  casación   presentada   por  los  defensores  de  los  procesados  JAVIER      EUGENIO      NARVÁEZ      SEPÚLVEDA      y   ELVIA  LOZANO AGUADO  contra la sentencia proferida por el Tribunal Superior de Buga, de  fecha  octubre  14  de  2010,  mediante  la  cual  confirmó la dictada el 12 de  febrero  anterior  por  el  Juzgado Cuarto Penal del Circuito de Palmira que los  condenó  por  el  delito de contrato sin cumplimiento de requisitos legales. En  la  misma  decisión  condenó  a  Tito  Nelio  Cuero  Murillo  por  el  punible de prevaricato por omisión.   

ANTECEDENTES  

Los  hechos  que dieron origen a la presente  actuación   fueron   sintetizados   por   el   a-quo  de la siguiente forma:   

“Por  escrito  calendado  el  3  de  septiembre de 2002, la señora Stella Ramírez de Borrero,  ciudadana   residente   en   el   municipio   de   La   Candelaria  (Valle)  y  presidente de la ‘Red    de   Veedurías   Ciudadanas  Candelaria   Honesta’,  formuló  denuncia  penal  contra  la doctora ELVIA LOZANO AGUADO, alcaldesa del  municipio,  por  la  presunta  comisión  del delito de celebración indebida de  contratos y/o fraccionamiento de contratos.   

En el acápite correspondiente a los hechos,  anuncia  la denunciante que el 22 de agosto de 2001 y el 16 de abril de 2002, la  señora  alcaldesa celebró con los señores Gonzalo Alexandro Ortiz y Guillermo  Mancera,  seis  contratos,  cinco de ellos el mismo día 16 de abril de 2002 que  fragmentó de la siguiente forma:   

1.  Contrato  número  010  de agosto 22 de  2001.   

Contratista:     Gonzalo    Alexandro  Ortiz   

Objeto:   remodelación   y  enlucimiento  CEAC   

Adjudicación: Resolución N° 682 de agosto  22 de 2001.   

Valor: $ 71.164.368.  

2.   Contrato   No.008  de  abril  16  de  2002.   

Contratista: Guillermo Mancera  

Objeto:   adecuación   y   enlucimiento  CEAC   

Adjudicación:     Resolución    N°  153.   

Valor del contrato: $ 57.089.616  

3.  Contrato  No.  009  de  abril  16  de  2002.   

Contratista:   Gonzalo   Alexandro  Ortiz   

Objeto:     cerrajería     metálica  CEAC   

Adjudicación: Resolución N° 154 de abril  16 de 2002.   

Valor del contrato: $ 52.924.570  

4.  Contrato  No.  010  de  abril  16  de  2002.   

Contratista:   Gonzalo   Alexandro  Ortiz   

Objeto: sistema eléctrico CEAC  

Adjudicación: Resolución N° 155 de abril  16 de 2002.   

Valor del contrato: $ 37.105.541  

5.   Contrato   No.011  de  abril  16  de  2002.   

Contratista:   Gonzalo   Alexandro  Ortiz   

Objeto:   remodelación   y  enlucimiento  CEAC   

Adjudicación:  

Valor del contrato: $ 69.941.541  

6.  Contrato  No.  012  de  abril  16  de  2002.   

Contratista:   Gonzalo   Alexandro  Ortiz   

Objeto:   adecuación   y   enlucimiento  CEAC   

Adjudicación:  Resolución  N°..  de  abril 16 de 2002.   

Valor del contrato: $ 70.197.462.  

La denunciante pretende que se investigue si  la  doctora  ELVIA  LOZANO  DE  AGUADO cometió algún delito al suscribir cinco  contratos  para  la  misma obra, el mismo día 16 de abril de 2002, cuando el 22  de  agosto de 2010 había suscrito uno con el mismo objeto, violando el régimen  de             contratación”.   

Con  fundamento  en la anterior notitia        criminis,  se  dispuso la correspondiente apertura  de  investigación,  a  la  cual  fue  vinculada ELVIA  LOZANO    DE    AGUADO,   así   como   JAVIER   EUGENIO   NARVÁEZ   SEPÚLVEDA,  director  administrativo de planeación del mencionado municipio, y Tito  Nelio  Cuero  Murillo,  jefe  de la  oficina jurídica del mismo ente territorial.      

          Cerrado  el ciclo instructivo, se impartió calificación al mérito  del  sumario  el  17 de enero de 2005 con resolución de acusación en contra de  los       tres       procesados      “como presuntos coautores responsables  de  los  delitos  de  contrato sin cumplimiento de requisitos legales y peculado  por             apropiación”.   

          Contra  la  anterior decisión se interpuso recurso de reposición y  en  subsidio apelación. El primero fue resuelto el 21 de febrero de 2005, en el  sentido  de  no  reponer  la providencia, y el segundo lo fue el 18 de noviembre  del  mismo año por la Unidad de Fiscalía Delegada ante el Tribunal de Cali, en  el  de  confirmar parcialmente lo decidido para mantener la acusación en contra  de  los sindicados “por el  delito   de   contrato   sin   cumplimiento  de  requisitos  legales”    y    en   el   de   “decretar la nulidad parcial del punto  primero  de  la  resolución  003  del  17 de enero de 2005, en relación con el  injusto  de  peculado  por apropiación a partir inclusive del auto de cierre de  investigación  para que se proceda de conformidad en razón de lo anotado en la  parte   motiva,   en   consecuencia  se  rompe  la  unidad  procesal”.   

Ejecutoriada  la  anterior  decisión,  se  asignó,  en  orden  a adelantar la fase del juicio, al Juzgado Cuarto Penal del  Circuito  de  Palmira,  ante el cual se tramitaron las audiencias preparatoria y  de  juzgamiento,  a  cuya  finalización  dictó,  el  12  de  febrero  de 2010,  sentencia    de    primer    grado    mediante    la   cual   condenó   a   los  procesados   ELVIA  LOZANO  DE  AGUADO  y   JAVIER  EUGENIO  NARVÁEZ  SEPÚLVEDA  como  autores  penalmente  responsables  del delito de  contrato  sin  cumplimiento  de  requisitos  legales  a las penas principales de  cuatro  (4)  años  de  prisión,  multa  por  valor  de cincuenta (50) salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes a la fecha de los hechos e inhabilitación  en  el  ejercicio de derechos y funciones públicas por un período de cinco (5)  años.   

En  la  misma sentencia también condenó al  implicado   Tito   Nelio  Cuero  Murillo,  como  autor  responsable del delito de prevaricato por omisión a  las  penas  principales  de  dos  (2) años de prisión, multa por valor de diez  (10)  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes a la fecha de los hechos e  inhabilitación  en  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas por un  período de cinco (5) años.   

Declaró, igualmente, que los dos primeros en  mención  no  tenían  derecho  al subrogado de la suspensión condicional de la  ejecución  de  la  pena y al sustitutivo de la prisión domiciliaria, al tiempo  que   concedió   el   primer   beneficio   a   Cuero  Murillo.   

Esta decisión fue adicionada, mediante auto  del  18  de  marzo  ulterior,  en  cuanto  se  dispuso  condenar en perjuicios a  ELVIA   LOZANO   AGUADO,   JAVIER  EUGENIO  NARVÁEZ  SEPÚLVEDA  y  Tito  Nelio  Cuero  Murillo,  a  pagar las cantidades de 500, 400 y  100       salarios       mínimos       legales      mensuales      “vigentes  al  momento  de  cometer el  ilícito”,  respectivamente.   

En desacuerdo con la anterior determinación,  los   defensores   de   LOZANO  AGUADO  y   NARVÁEZ   SEPÚLVEDA   interpusieron  recurso de apelación, sobre el cual se pronunció el  Tribunal  Superior  de Buga, confirmando el fallo mediante providencia del 14 de  agosto de 2010.   

Dentro  del  término  de  ejecutoria  de la  providencia,  los  mismos  sujetos procesales promovieron recurso extraordinario  de  casación,  que  posteriormente  sustentaron mediante el allegamiento de las  respectivas  demandas,  cuyo estudio de admisibilidad asume la Sala a través de  este proveído.   

     

LAS DEMANDAS  

El  defensor  de  JAVIER  EUGENIO  NARVÁEZ  SEPÚLVEDA postula un único  cago  fundamentado  en  la causal primera prevista en el artículo 207 de la Ley  600  de  2000,  por haber incurrido en “errores  de  hecho  y  de  derecho,  tanto  en  la  apreciación  e  interpretación  de  las  pruebas,  como  en  el  desconocimiento  de las normas  contenciosas    administrativas,    constitucionales    y    de    contratación  pública”.  Por su parte,  el  representante  de ELVIA LOZANO AGUADO  formula  dos  cargos con sustento en la causal tercera de la misma  preceptiva,  al  encontrar  que  el  fallo  se  dictó  en  un juicio viciado de  nulidad.   

Para  mejor  comprensión  y  con  el fin de  evitar  la  reiteración innecesaria, en el siguiente acápite considerativo, se  sintetizará  el  contenido  de  los  cargos  y,  de inmediato, se expresará el  criterio de la Sala sobre su admisibilidad.   

1.  Único cargo de la demanda a nombre  de  JAVIER  EUGENIO  NARVÁEZ SEPÚLVEDA. Violación indirecta de la ley sustancial:   

1.1. Planteamiento:  

Para  el censor en la sentencia se incurrió  en  errores de hecho y de derecho en la apreciación de las pruebas “como  en  el  desconocimiento  de las  normas   contenciosas   administrativas,  constitucionales  y  de  contratación  pública”;  esto  último  refiriéndose  a  los  artículos 211 de la Constitución Política y 12 y 25 de  la  Ley  80  de  1993 “que  llevaron  a  concluir  al  ad  quem  un  falso juicio de raciocinio (sic),   afectando   o   vulnerando   en  consecuencia   derechos   fundamentales   del   bloque   de  constitucionalidad,  constitucionales    y    legales   de   mi   prohijado   NERVÁEZ   (sic)  SEPÚLVEDA:   como son los de  su  presunción  de  inocencia,  de  su  sagrada libertad, de su dignidad, entre  otros..”.   

Lo  anterior, señala, porque de conformidad  con  las  normativas  de la Ley 80 de 1993, la celebración contractual está en  cabeza  del  funcionario  ordenador  del  gasto,  en  este caso, de la alcaldesa  ELVIA  LOZANO  AGUADO  y de  quien  la  coadyuvaba  en  tales  labores,  es decir, del director de la oficina  jurídica  de  la entidad territorial Tito Nelio Cuero  Murillo,   mas  no  de  su  defendido  como  director  administrativo  de  planeación  del  municipio, pues sus funciones son de orden  técnico  económico,  como  se desprende del numeral 4° del Decreto 0132 de 16  de julio de 2001.   

Acto seguido, en el acápite de “las    pruebas   testimoniales   de  descargos     desconocidos     (sic)    o   ignoradas   por   el   juzgador  de  segundo  grado”,  luego  de transcribir fragmentos de  las  injuradas  de  ELVIA  LOZANO  AGUADO,  Tito Nelio Cuero Murrillo y  de  su  defendido,  así  como  de  la sentencia de primer grado,  señala  que  “desconocen  los    juzgadores    colegiados    de    la   segunda   instancia   (sic)  la  prueba,  sobre  las  funciones  públicas   de   los  señores  ELVIA  LOZANO  AGUADO,  Tito   Nelio   Cuero   Murrillo;   ex  director  jurídico,    y   JAVIER   EUGENIO   NARVÁEZ   SEPÚLVEDA;   ex   director   de  planeación;   obrantes  en  el documento probatorio Decreto No 0132 del 16  de       julio       de       2001”.   

Ello  porque,  añade,  de  acuerdo  con  el  referido  carácter  técnico  económico  de su función, conceptuaba acerca de  los  precios  de  los  materiales,  la viabilidad o no de las obras, idoneidad o  experiencia  del  contratista y realizaba interventoría a las obras, pero no le  correspondía  verificar  si  los  contratos  celebrados  cumplían o no con los  requisitos legales.   

En  el  apartado  siguiente,  referido  a la  “falta de apreciación de  la   prueba   testimonial   por   los   juzgadores   colegiados  de  la  segunda  instancia”,  expresa  que  “se desprende tanto de la  prueba  testimonial obrante en las sumarias como de la consideraciones aplicadas  por  el ad- quo, que las funciones públicas contractuales propias de la oficina  jurídica,  tal  como lo consagra el Decreto N° 0132 fueron delegadas de manera  verbal,  por  vías  de hecho, por la ex alcaldesa, a la oficina de planeación,  en   cabeza   del   ingeniero  JAVIER  NARVÁEZ  SEPÚLVEDA;   debiendo  en  consecuencia   por   ello   el   ad-quo   absolver  a  mi  patrocinado  NARVÁEZ  SEPÚLVEDA”.   

Así,  añade, incurrió este funcionario en  error     de     derecho     por    “falso           juicio           de          raciocinio”  al  condenar  a  su defendido por el  ilícito  mencionado,  pues la materialización de los contratos por parte de la  Oficina     de     Planeación     “jamás   surgieron   (sic)  a    vida    jurídica,    no   gozan   de   valides   (sic)     legal     su    (sic)  actuaciones  públicas sobre dicho  contrato”.         

En  el  capítulo  subsiguiente,  denominado  “error  de  derecho  por  falso     juicio    de    raciocinio”,  advierte  que  su  prohijado  intervenía  en  el trámite de los  contratos  celebrados  por  el  municipio sin requerir de un acto administrativo  del   burgomaestre  ya  que  su  participación  derivaba  directamente  de  las  funciones que le correspondían por el cargo que ejercía.   

Además, en este caso actuó como interventor  de   los   contratos,   según   se  desprende  de  lo  dicho  por  ELVIA  LOZANO  AGUADO,  Tito  Nelio  Cuero Murillo, JAVIERE EUGENIO  NARVÁEZ,  Milton  Fabián  Lenis,  Esperanza  Sambobi,  pero  también  intervino  en  la  fase  precontractual,  lo cual comprendió la  elaboración   de   los   contratos   “los  que  luego remitía a la oficina jurídica, y después pasaban  al  despacho  del alcalde para su firma”.   

Es  decir  que,  colige,  la responsabilidad  descansa  en  los  otros  dos  procesados, porque fueron ellos quienes omitieron  cumplir  los  requisitos  esenciales  para  contratar  las obras destinadas a la  remodelación  y enlucimiento del Centro Experimental Agropecuario de Candelaria  (CEAC),  pues  no realizaron la licitación pública a la que estaban obligados,  optando por el fraccionamiento del contrato.   

Por  lo  anterior, concluye, se incurrió en  “falso   juicio   de  raciocinio  (sic) o juicio de  sentencia  errónea y aventurada por claro reconocimiento del juzgador colegiado  de    la   normatividad   que   regula   las   funciones   públicas”,   máxime   si   no   contó   con  autorización  escrita,  a  través de un acto administrativo, para “materializar          dichos  contratos”.   

          Con  fundamento  en  lo  expuesto,  depreca casar el fallo impugnado  “para  que  en  su lugar  dicte  el  que en derecho y justicia corresponda o se efectúe las declaraciones  (sic)    impetrada   en  respectivo  y  único  cargo,  y se cumpla la importante función de unificar la  jurisprudencia  nacional”   

          1.2. Consideraciones de la Corte:   

Se  inadmitirá  este  libelo  en  cuanto no  satisface  los  presupuestos  establecidos  en el artículo 212 de la Ley 600 de  2000;  en  especial  porque  la  propuesta carece de lógica y coherencia, pues,  como  lo ha señalado de forma reiterada la Sala, en virtud del carácter rogado  del  recurso extraordinario de casación, no le corresponde descifrar propuestas  contradictorias, ambiguas o ambivalentes.   

En  tal dirección, empiécese por precisar  que  el censor acude a la causal primera de casación, contemplada en el numeral  segundo   del   artículo   207   ibídem, por violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  al  encontrar  que el juzgador incurrió en  errores  de  hecho y de derecho en la apreciación probatoria y como es evidente  que  el  censor  no  tiene  claridad  sobre  el particular, bien está evocar su  naturaleza,  así  como  la  carga  argumentativa  que,  acorde  con su esencia,  corresponde  emprender a quien pretenda demostrarlos, para tenerlos por adecuada  y  formalmente  presentados,  según  directrices sentadas de manera reiterada y  pacífica por la Sala.   

La causal de violación indirecta de la ley  sustancial  se  presenta  por  la incorrecta apreciación probatoria derivada de  los  denominados  errores  de  hecho  y  de derecho. Los primeros se originan en  falsos   juicios   de   existencia,   falsos   juicios  de  identidad  y  falsos  raciocinios;   los segundos, por su parte, en falsos juicios de legalidad y  de  convicción.  Sobre  su esencia y forma de ataque es preciso tener en cuenta  lo siguiente:   

–  El  falso  juicio  de  existencia  tiene  ocurrencia  cuando un medio de prueba es excluido de la valoración que efectúa  el  juzgador  no obstante haber sido allegado al proceso en forma legal, regular  y  oportuna  (ignorancia  u omisión) o porque el juzgador lo crea a pesar de no  existir  materialmente  en el proceso (suposición o ideación), otorgándole un  efecto trascendente en la sentencia.   

Para   demostrarlo  el  recurrente  está  obligado  a  identificar  el  medio de prueba que en su criterio se omitió o se  supuso,  a  establecer la incidencia de esa omisión o suposición probatoria en  la  decisión  que se controvierte y en favor del interés que se representa -lo  cual  comporta la necesidad de demostrar que el fallo atacado no se preserva con  otros  elementos  de  juicio-  y  a  constatar  de  qué  forma se violó la ley  sustancial  con  ese  defecto de apreciación, ya sea por falta de aplicación o  por aplicación indebida.   

–  El falso juicio de identidad se verifica  cuando  el  juzgador tergiversa o distorsiona el contenido objetivo de la prueba  para  hacerla  decir  lo  que  ella  no  expresa  materialmente.  También se ha  expuesto  que  en  esa modalidad de desacierto en la apreciación de las pruebas  igualmente  incurre el juzgador cuando toma una parte de la prueba como si fuera  el  todo,  en tanto ello constituye una forma de distorsión pues, en su proceso  de  valoración se le suprimen apartes trascendentes, omitiendo de esa manera su  apreciación integral.    

En  esencia,  se  trata  de  un  yerro  de  contemplación   objetiva  de  la  prueba  que  surge  luego  de  confrontar  su  expresión  material  con  lo  que  consigna  el  sentenciador  acerca  de ella,  deformación  que,  además,  debe  recaer sobre prueba determinante frente a la  decisión adoptada.   

Desde  esa  perspectiva,  resulta necesario  para  quien  propone  esta clase de error, ante todo, individualizar o concretar  la  prueba  sobre  la  cual recae el supuesto yerro; luego, evidenciar cómo fue  apreciada  por el fallador señalando de qué forma esa valoración tergiversa o  distorsiona  su contenido material, esto es, puntualizando la  supresión o  agregación  de  su  contexto  real  para  de  allí  inferir que en realidad se  alteró  su sentido.  Acto seguido, se debe establecer la trascendencia del  yerro  frente  a  lo  declarado  en  el  fallo,  es decir, concretar por qué la  sentencia  debe  mutarse  a favor del demandante, ejercicio que lleva inmersa la  obligación  de  demostrar  por qué el fallo impugnado no se puede mantener con  fundamento  en  las  restantes  pruebas que lo sustentan. Y, finalmente, se debe  demostrar  que  con el defecto de apreciación se vulnera una ley sustancial por  falta de aplicación o aplicación indebida.   

– La última de las modalidades de error de  hecho  es  por  falso  raciocinio,  el  cual se configura cuando el sentenciador  aprecia  la  prueba  desconociendo  las  reglas  de  la  sana crítica, esto es,  postulados     lógicos,     leyes     científicas    o    máximas    de    la  experiencia.   

En   tal   supuesto   le  corresponde  al  casacionista  señalar  qué  dice  concretamente  el  medio probatorio, qué se  infirió  de  él  en  la  sentencia  atacada,  cuál  fue el mérito persuasivo  otorgado  y,  desde luego, determinar el postulado lógico, la ley científica o  la  máxima  de experiencia cuyo contenido fue desconocido en el fallo, debiendo  a  la  par  indicar su consideración correcta e identificar la norma de derecho  sustancial  que indirectamente resultó excluida o indebidamente aplicada.   Finalmente,   deberá  demostrar  la  trascendencia  del  error  expresando  con  claridad  cuál  debe  ser  la  adecuada  apreciación de aquella prueba, con la  indeclinable  obligación  de acreditar que la enmienda del yerro daría lugar a  un   fallo   esencialmente   diverso   y   favorable   a  los  intereses  de  su  representado.   

–  El  error de derecho por falso juicio de  legalidad  tiene  ocurrencia por doble vía.  La primera, también conocida  como  aspecto  positivo,  se verifica cuando a un medio de prueba se le confiere  validez  jurídica  tras  suponer  que  satisface  las  exigencias  formales  de  producción  sin  que  en realidad las cumpla y, la segunda, o aspecto negativo,  se  configura  ante la situación contraria, esto es, porque se considera que no  las reúne, llenándolas.   

En   ambos   casos  se  exige  del  actor  individualizar  la  prueba sobre la cual recae el vicio, especificar cuál es la  formalidad  legal  omitida,  por  lo  que  es  necesario  referir a la norma que  contiene  la formalidad y señalar su trascendencia en relación con el fallo o,  dicho  de  otro  modo,  que  al marginarla y confrontarla con las demás pruebas  cuya  validez  no  se  encuentra  comprometida,  en  caso  de  que  existan, las  conclusiones  y  el  sentido  de  la  sentencia  sufren  modificación de manera  favorable  para  el  interesado.  Si lo decidido no varía, la invalidación del  medio  de  prueba  carece  de  trascendencia  para  casar  el  fallo; pero si la  invalidación  de  la  referida prueba ilegal conduce a una providencia diversa,  el  yerro  se  torna  trascendente e impone casar el fallo y así proferir en su  reemplazo  la  decisión  que se ajuste a la nueva valoración probatoria.   No  escapa  a  su  demostración,  como  es  innato  a  todos  estos  yerros, la  obligación  de corroborar que con el defecto de apreciación se vulnera una ley  sustancial por falta de aplicación o aplicación indebida.   

– El error de derecho por falso juicio de  convicción,  por  su  parte,  se produce al momento en que se valora una prueba  haciendo   caso   omiso   del   predeterminado   crédito   que  la  ley  le  ha  otorgado.   

Con  el fin de demostrar adecuadamente este  yerro,  el  casacionista  debe identificar el medio de prueba que en su criterio  fue  apreciado  contrariamente  al  valor  otorgado  por  la  ley;   luego,  precisar  el  o  los  preceptos  legales  en  virtud  de los cuales se asigna un  específico  valor  probatorio al medio de prueba;  después, determinar la  trascendencia  que  tuvo  la  incorrecta  apreciación del medio de prueba en la  decisión  impugnada  y  en  favor  del interés representado, lo cual comporta,  como  ya  se ha precisado en los supuestos anteriores, la necesidad de demostrar  que  el  fallo  atacado  no  se  mantiene  con  otros elementos de juicio y, por  último,  establecer  la  forma cómo se violó la ley sustancial con el defecto  de   apreciación,   bien   por   falta   de   aplicación   o  por  aplicación  indebida.   

De  esta forma, queda claro que cada uno de  los  errores  de  valoración  probatoria  tiene  sus propias características y  naturaleza  y,  por  lo  tanto,  constituye  un  error  insalvable  de cara a la  claridad  y  precisión  que debe exhibir una censura casacional, entendida como  la   exposición   de   una   argumentación   mínima   y  lógica,  abordarlos  indistintamente,  como  lo hace el censor, peor aún cuando se postulan respecto  de  una  misma  prueba,  pues pueden llegar a ser excluyentes.      

Empero,  más  allá  de que se confunda su  esencia  y de      que se aluda que el falso raciocinio  es  un  error  de derecho cuando, como se acaba de ver, responde a la naturaleza  de  un  error  de hecho, lo verdaderamente incidente para arribar a la anunciada  conclusión  de inadmitir la demanda, es que ella no contiene nada distinto a la  confrontación  abierta  de su criterio personal e íntimo de valoración con el  expuesto por los juzgadores de instancia.   

Tal forma de abordar la censura, como mucho  lo   ha  señalado  la  Corte,  no  compagina  con  ninguna de las causales  previstas  para  casar  el  fallo,  en tanto no está concebida como una tercera  instancia  y  porque  tampoco logra desvirtuar la doble presunción de acierto y  legalidad  que  gobierna al fallo, para lo cual es preciso demostrar, de acuerdo  en   este   caso   con  el  motivo  seleccionado,  yerros  trascendentes  en  la  apreciación de las pruebas con incidencia en la ley sustancial.   

Ante  los  graves  defectos  de  lógica  y  argumentación  reseñados,  razonablemente  se  concluye  que  esta  demanda no  cumple  con  las exigencias contenidas en el numeral 3° del artículo 212 de la  Ley  600  de  2000,  razón  por  la  cual, como se había anunciado en la parte  inicial de este acápite, se impone su inadmisión.   

2.   Demanda  a  nombre  de  ELVIA LOZANO AGUADO:   

2.1.  Primer  cargo.   Causal tercera,  nulidad:   

A  juicio del censor se configura el motivo  invocado  “por concurrir  causal  objetiva  que  impone la terminación del proceso por otra vía, dada la  atipicidad  de la conducta delictual atribuida a ELVIA LOZANO AGUADO”.   

Luego  de  plasmar  algunas glosas sobre la  evolución  legislativa  del  delito  de contrato sin cumplimiento de requisitos  legales  por el cual se condenó a su defendida, destaca que se trata de un tipo  penal  en blanco que deja en manos de la Ley 80 de 1993 la determinación de los  requisitos legales esenciales para contratar.   

Sin  embargo,  añade,  esta  normatividad  tampoco  define  con  claridad  el tema, de suerte que se faculta al intérprete  para  determinarlos.  Destaca así cómo en el salvamento de voto a la sentencia  C-917  de  2001  de  la  Corte  Constitucional,  por  cuyo  medio se declaró la  exequibilidad  de  los artículos 146 y 149 del estatuto represor derogado y 410  y   413  de  la  Ley  599  de  2000,  se  adujo  que  dichas  disposiciones  son  inconstitucionales   en   cuanto   violan  el  principio  de  legalidad  de  los  delitos.   

La controversia, por tanto, para establecer  si  un   contrato  es  legal  o  no  corresponde  a  la jurisdicción de lo  contencioso       administrativo,       de       modo      que      “trasladar entonces la responsabilidad  tanto  del contrato como del contratista -coautores- como lo regula el artículo  52  de  la  Ley  80 de 1993, conduce necesariamente a la vulneración del debido  proceso”.  Ello, por  no  concurrir en la estructura del tipo penal el elemento antijuridicidad, al no  haber  certeza acerca de la violación del bien jurídico de la administración,  máxime si se trata de un delito de mera conducta y no de lesión.   

Tal elemento subjetivo de la antijuridicidad  material,  agrega,  no  se  demuestra  en  la  conducta investigada “por  mucho  que se quiera relievar la  figura   del   fraccionamiento   en   la   contratación  de  marras”,  en  tanto  se  desconoció  que  el  contrato   por  mayor  valor  se  asignó  a  Gonzalo  Alexandro  Ortiz  consistente  en  la  remodelación y  enlucimiento  del  CEAC “y  en  cuanto  a los restantes contratos si bien se adjudicaron al señor Ortiz, es  evidente  que  los  números 9 y 10 correspondía (sic)  a   diferente   objeto   (cerrajería   y   sistema  eléctrico)”.   

Por consiguiente, se aparta de los conceptos  técnicos  emitidos  por  el  ingeniero  Luis Fernando  Libreros   Rentería,  el  profesional  universitario  Fernando Duque Monsalve y la  arquitecta  Elizabeth  Álvarez  Benítez,  los  cuales  arrojan  una  conclusión distinta y, más aún, del  último,  porque  “además  de  cuestionar  el  fraccionamiento,  adiciona  otro  concepto  que  tampoco fue  plenamente  demostrado  en  la  investigación,  pues  indica  que  ‘también    hubo   sobrecosto   por  liquidación  de  mayores  cantidades  de  obra y por el doble pago de tubería,  accesorios      y      mano      de      obra,      entre      otros’…”.   

Recalca   así  que  las  consideraciones  subjetivas      de      los     falladores     de     instancia     “construyen    una   responsabilidad  objetiva  que es ajena al derecho penal”,  pues  “el  delito  por el que se procede debe tener su demostración palmaria en el proceso  penal,  tanto  en  su  existencia  material, como  en la culpabilidad penal  para  que  una persona pueda ser condenada conforme a una ley preexistente y con  la   observancia  a  plenitud  de  las  formas  propias  del  juicio”.   

Lo  anterior, insiste, en cuanto no aparece  demostrado  en  el  caso  sub  exámine  el  elemento  de  la  antijuridicidad material del punible, toda vez  que   “no  es  lógico  concluir  que  el  hecho de aparecer algunos contratos con identidad de objeto y  para  un  mismo  oferente  o  contratista,  constituya per se un fraccionamiento  amañado  o  artificioso”,  pues  para  ello  se  debe  realizar un estudio exhaustivo y analítico a fin de  establecer,     como     lo     ha     dicho     esta     Sala,     “el motivo para que la administración  realizara  varios  contratos. Y este juicio analítico brilla por su ausencia en  la  foliatura,  como  quiera  que  las observaciones que hizo el perito Fernando  Duque  Monsalve  de  la Contraloría Departamental, quien excluyó dos contratos  por  contener  un  objeto  diferente;   pero en relación con los restantes  debía  estar determinada la información técnica por la especificación de los  términos     de    la    ejecución”.   

Especialmente  lo  expuesto,  agrega, si se  tiene  en  cuenta  que  en  una  obra  de construcción de inmueble interactúan  diversos   profesionales,   administradores   de   obra,   maestros,  técnicos,  tecnólogos,   albañiles,   plomeros,  carpinteros,  etc.,  cuyas  labores  son  complementarias,  por  lo  cual  pueden existir contratos independientes sin que  correspondan  a  la  misma  especie,  “por  tanto  no es igual analizar una relación contractual desde el  punto  de vista gramatical, que asumir la labor específica de la ejecución del  contrato,  pues  la  naturaleza jurídica debe buscarse en la labor a ejecutar y  no      en      la      simple      denominación     del     objeto”.   

Sobre   este   punto,   puntualiza,   son  dubitativos  los  informes  técnicos  “que  sirvieron  de  sustento probatorio para edificar los fallos de  condena” al afirmar que la  labor  contratada  por  la  administración  de Candelaria fue una sola pero sin  reparar   que   su   ejecución  demandaba  estadios  diferentes,  comprendiendo  remodelación,  adecuación, sistema eléctrico, hidráulico-sanitario y labores  de     cerrajería,    ya    que    “es  ilógico  pensar  entonces,  que  un  alcalde  va  a invertir $  268.393.017  en  un mismo objeto contractual, o sea remodelar, adecuar y enlucir  cuatro   veces  el  mismo  lugar,  hasta  agotar  la  suma  indicada”.   

De  esta  manera  reitera  su  tesis  de la  atipicidad  relativa  de  la  conducta  punible  endilgada  a su defendida, cuyo  desconocimiento  viola el principio de legalidad de los delitos consagrado en la  Constitución  Política  y  desarrollado en el artículo 6° del Código Penal,  lo     cual     lo    lleva    a    deprecar    de    la    Sala    “revoque  la  condena  impuesta  a  mi  defendida  y  en su reemplazo declare la cesación de procedimiento, al tenor de  lo  dispuesto  en el artículo 39 del Código de Procedimiento Penal”.   

2.2. Consideraciones de la Sala:  

Por vía jurisprudencial, se ha señalado de  manera  insistente que la propuesta de nulidad fundamentada en la causal tercera  de  casación del artículo 207 de la Ley 600 de 2000, aun cuando goza de cierta  laxitud   en  su  formulación,  debe  cumplir  unos  mínimos  requisitos  para  entenderla por satisfecha formalmente.   

         

En  ese  orden  de cosas, es preciso que el  casacionista   identifique   claramente   el   motivo  sobre  el  cual  gira  la  irregularidad  advertida,  la  causal de nulidad procedente como consecuencia de  ese  defecto, las normas que apoyan su pretensión, su trascendencia -bien en el  marco  de  la  estructura del proceso o en el de las garantías fundamentales de  quien  la  invoca-  y el momento procesal a partir del cual se debe invalidar la  actuación,  así como la autoridad judicial a quien corresponda el envío de la  actuación para que proceda a su enmienda.   

Lo  anterior,  amén  de  que  el cargo con  fundamento  en este motivo se debe exponer de manera lógica y con un mínimo de  argumentación,  como  surge  de  la  exigencia  contenida en el numeral 3° del  artículo  212  ibídem  al  prever      que      la      demanda      deberá      contener     “la  enunciación  de  la  causal y la  formulación   del   cargo,   indicando   en   forma   clara   y   precisa   sus  fundamentos”.   

Con  ese  norte,  encuentra  la Sala que la  censura  objeto  de  estudio  no  cumple  con  tales exigencias, para lo cual se  comenzará  por  señalar  que  no  encaja  adecuadamente dentro de esta causal.   

En  efecto, como enunciado a desarrollar el  actor  sostiene  que  la conducta es relativamente atípica, aun cuando a la par  pregona  que  también  carece  de  antijuridicidad material y que, por ello, al  aplicarse  en contra de su defendida se vulnera el principio de legalidad de los  delitos,  dejando de lado que pese a constituir cada uno de estos postulados una  garantía  fundamental,  la  vía correcta de ataque, como lo tiene decantado la  Corte,  no  es la causal tercera o de nulidad, sino la primera por violación de  la  ley  sustancial,  dado  que su resquebrajamiento no configura propiamente un  error   de   actividad  procesal  que  invalide  lo  actuado  desde  un  momento  específico    (error   in   procedendo),  cuya  forma  correcta de censura en casación es la nulidad, sino  de  un  error  de juicio del funcionario a la hora de fallar (error in  iudicando)  que no posee la entidad de  viciar  la  actuación y que debe ventilarse en esta sede a través de la causal  primera o de violación de la ley sustancial.   

La  incorrecta  selección  de  la  causal  también  se  refleja  en  la  ambigua  petición  del  libelista al deprecar la  revocatoria    del   fallo  impugnado  para  que,  en  su  lugar,  se  cese  procedimiento  en  favor  de  su defendido con fundamento en el artículo 39 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  cuando a esta altura procesal lo procedente,  con fundamento en las razones esgrimidas, es la absolución.   

De cualquier forma, nótese que la solicitud  consecuente  con  la  invocación  de los apotegmas referidos no apunta hacia un  error  de  actividad,  característico de la propuesta de nulidad, sino hacia el  error  de  juicio  consistente  en  haber  condenado no obstante la conducta ser  atípica, antijurídica o violatoria del principio de legalidad.   

Al  margen  de  esta incorrección que a la  postre  no  tiene  gran  trascendencia si la argumentación de la censura ofrece  claridad  y  suficiencia para sustentar la vulneración de una garantía o de un  error  que  afecta la constitucionalidad o legalidad del fallo, lo cierto es que  ello tampoco se verifica en esta censura, según pasa a verse:   

En primer lugar, porque a pesar del esfuerzo  del  casacionista  no  surge con la indispensable claridad si lo que pretende es  demostrar  que  la conducta de su representada es atípica relativamente, por no  estar  demostrados  los  elementos  del tipo, en este caso el desconocimiento de  los  requisitos  contractuales,  a  lo que parecía inicialmente se orientaba la  propuesta,  o  a  demostrar  su  antijuridicidad  material en tanto despojada de  lesión  o  puesta  en  peligro  del  bien jurídico tutelado, temas que dada su  diversidad  conceptual,  para  facilitar  su  comprensión, ha debido abordar en  cargos  independientes,  a  fin  de  evitar  la  confusión en la que finalmente  incurre.   

Y,  en  segundo  lugar,  siendo  lo  más  relevante,  porque  la  propuesta  lo que en el fondo vislumbra es su desacuerdo  sobre  la  forma  como  fueron valoradas las pruebas por los juzgadores desde su  estricta  percepción personal, en particular la prueba técnica constituida por  los   dictámenes  rendidos  por  el  ingeniero  Luis  Fernando    Libreros    Rentería,   el   profesional  universitario  Fernando  Duque  Monsalve y   la   arquitecta   Elizabeth  Álvarez  Benítez,   coincidentes   en   señalar   que   en  este  caso  hubo  un  claro  fraccionamiento  de  la  contratación  con  el  objeto de evadir los requisitos  legales  que  obligaban a la adjudicación por liquidación y para justificar su  asignación  directa a una misma persona y con el mismo objeto contractual, para  lo  cual  no  sólo  contó  con  oportunidades  dentro del proceso, sino que al  plantearlo  así  no  demuestra error alguno demandable en casación, pues, como  se  señaló  en la respuesta al cargo anterior, esa actitud no se compadece con  la  naturaleza  de este recurso extraordinario ni ostenta la entidad de destruir  la   doble   presunción   de   acierto   y   legalidad   que  ampara  al  fallo  impugnado.   

El reproche se inadmite.  

2.2.  Segundo  cargo.  Causal tercera,  nulidad:   

Al amparo del mismo motivo, el censor afirma  que    la    sentencia    atacada    “se    queda   en   mera   apariencia   de   motivación”,  circunstancia  que afecta, de forma  grave, el debido proceso.   

La vulneración se presentó, según dice,  en  doble  sentido.   Por  una  parte cuando se tasó la pena impuesta a su  defendida  y  al  coprocesado  JAVIER EUGENIO NARVÁEZ  como   responsables   del   delito  de  contrato  sin  cumplimiento   de  requisitos  legales  porque  la  justificación  expuesta  no  contiene  una  determinación  cuantitativa  y  cualitativa de la pena, toda vez  que:   

“No   es  suficiente  que  se  diga que se aplicará la pena mínima, pues el artículo 60  del  Código  penal  le  exige  moverse  entre los límites mínimos y máximos,  examinar  si  existen circunstancias modificadoras de dichos límites, aplicando  las  reglas  que  la  norma exige.  El artículo 61 le obliga a efectuar el  procedimiento  anterior  dividiendo el ámbito punitivo de movilidad previsto en  la  ley en cuartos.  Uno mínimo, dos medios y uno máximo. El sentenciador  sólo  podrá  moverse  dentro del cuarto mínimo cuando no existan atenuantes o  agravantes  o  concurran únicamente circunstancias de agravación punitiva. Tal  procedimiento  conlleva indefectiblemente a una motivación amplia por parte del  fallador  con  la  exposición  de  razones  de  orden  jurídico  en los cuales  (sic)  ha  de  sustentar la  imposición      de     la     pena”.    

Y,  por  otra  parte,  porque lo mismo debe  acontecer  en  relación con los mecanismos sustitutivos de la pena privativa de  la  libertad  “y en este  tópico,  concretamente sobre una eventual prisión domiciliaria, de presentarse  adversas        las        pretensiones       del       casacionista”, por cuanto ni la juez ni el Tribunal  motivaron   su   decisión,   siendo  “censurable  que  el  fallador  diga  que  no  se  cumple el segundo  requisito   del   artículo   38   numeral  2  del  Código  Penal  sin  ninguna  fundamentación  jurídica,  esto  es,  no  se  examina  el  desempeño laboral,  personal  familiar  del sentenciado para deducir que no colocara en peligro a la  comunidad  y  que  no  evadirá  el  cumplimiento  de  la pena, de otorgar dicho  sustituto”.   

A su juicio, las calidades personales de su  defendida,  así  como  su  larga  trayectoria  en  la administración pública,  conquistas    académicas   y   profesionales   merecían   profundo   análisis  “pues  son  tópicos que  exige  el  artículo 38, numeral 2° del Código Penal, y la nula motivación en  este   preciso   aspecto   conduce   a   la   nulidad   del   fallo  de  segundo  grado”.   

Dicha  temática,  recuerda,  tampoco  fue  abordada  por  el  ad quem al  ocuparse   exclusivamente   de   la   figura   que   convocó   a  juicio  a  su  representada.   

Como   quiera   que,  concluye,  quedaron  demostradas   las   bases   de   la   nulidad   impetrada  y  especificadas  las  irregularidades    sustanciales   que   afectaron   el   debido   proceso,   con  desquiciamiento  de  su  estructura,  solicita  se  dicte sentencia de reemplazo  “acorde  con  todos  los  fundamentos       jurisprudenciales       que       he      referido”.   

            

2.2.     Consideraciones   de   la  Corte:               

Habida cuenta el planteamiento del actor va  dirigido  a cuestionar la motivación del fallo frente a dos aspectos:  por  un  lado, el proceso de individualización de la pena y, por otro, la negativa a  otorgarle  el sustitutivo de la prisión domiciliaria, se abordara su estudio de  forma independiente.   

En lo que respecta al primer punto, la Sala  conviene  con  el  actor  en los graves defectos de motivación del fallo;   sin  embargo,  encuentra  que  carece  de interés para elevar esa reclamación,  pues  la  prosperidad  del ataque puede afectar la situación de su defendida si  en  cuenta  se  tiene  que  en  dicho  procedimiento  le  fueron impuestas, así  como    a   los   coprocesados  JAVIER  NARVÁEZ  SEPÚLVEDA   y  Tito  Nelio  Cuero  Murillo, las penas mínimas previstas para cada  una  de  las  conductas  punibles  atribuidas, a saber, las penas principales de  prisión,  multa  e  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones  públicas  por  el  delito  de  contrato sin cumplimiento de requisitos legales,  para   los   dos   primeros,   y   de   prevaricato   por   omisión,   para  el  último.   

Una revisión del tema en los términos que  lo  pretende  el  casacionista  podría derivar en la determinación de una pena  mayor  o,  en  el  mejor  de  los  casos,  de una igual que ningún beneficio le  reportaría,  posibilidad  que  no  se  ve muy clara porque en los fallos, cuyos  criterios  se deben respetar y como más adelante se ahondará, se hizo énfasis  en  la gravedad de las conductas imputadas, siguiendo una línea jurisprudencial  definida  cuando se trata de este tipo de comportamientos delictivos1.   

Recuérdese además que, como ya lo ha dicho  la  Corte, esa mera expectativa o posibilidad de que con la corrección se pueda  ocasionar  desmedro de la situación declarada en el fallo impugnado deslegitima  la  intervención en sede extraordinaria, al punto de constituir, de acuerdo con  la   preceptiva  213  del  estatuto  procesal,  un  motivo  de  inadmisión  del  libelo2.   

Ciertamente, de conformidad con el artículo  213   de   la   Ley   600  de  2000,  “si  el demandante carece de interés o la  demanda  no reúne los requisitos, se inadmitirá y se  devolverá     el     expediente     al     despacho    de    origen”  (subrayas  fuera de texto).   

Se  colige  de  lo  establecido  en  dicha  disposición  que  sólo  se admitirán las demandas presentadas por quien tenga  interés  y,  además de ello, exhiban una adecuada estructura lógica y cuenten  con  una  argumentación  mínima  tendiente  a  ofrecer  las razones de disenso  frente al fallo impugnado.   

En  cuanto  al  primer tópico referido, la  Corte  ha señalado, de manera reiterada, que constituye presupuesto del derecho  a  la  impugnación  el  interés  jurídico del sujeto procesal que pretende, a  través  del  ejercicio  de  los recursos, la reparación de un desmedro causado  con  una  decisión  judicial,  cuando  lo que se persigue es remover, mejorar o  atemperar  una  situación  que  resulta gravosa. Es decir que la actuación del  recurrente  debe  estar  siempre  encaminada  a obtener un beneficio frente a lo  declarado   en   la   decisión   contra  la  cual  se  interpone  el  mecanismo  impugnaticio.   

              

Ahora  bien,  en  cuanto concierne al mismo  yerro  predicable de la negativa a conceder a favor de su defendida ELIA  LOZANO  AGUADO  el sustitutivo de la  prisión  domiciliara  por incumplimiento del requisito subjetivo establecido en  el  artículo  38 del Código Penal sin que ninguna motivación se expusiera por  los  juzgadores  sobre  el  particular,  dígase  que  aun cuando en el acápite  respectivo  del  fallo  de primer grado efectivamente nada se consigna sobre ese  aspecto,  también  lo  es que del contenido de las dos sentencias de instancia,  las  cuales  conforman  una unidad jurídica inescindible, se extraen reiteradas  alusiones  al  desempeño  personal  y  laboral de la implicada de las cuales se  infiere imperativo el tratamiento intramural.   

    

Así,  en la sentencia de primera instancia  se  indica  que  el acto reprochable realizado por la procesada está ligado con  el  fenómeno  de  corrupción,  el  cual,  como lo ha destacado la Sala, por su  enorme  poder  de  descomposición  social,  acentuados para quienes ostentan el  carácter    de    servidores    del   Estado,   amerita   el   más   drástico  tratamiento3:   

“..debemos  decir  que  sobre  la  moralidad  pública como concepto  ético   se   ha   hablado  demasiado  pero  desafortunadamente  la  corrupción  administrativa  es  más  grande  y  supera todas las expectativas, al punto que  algunos  tratadistas  consideran  que éste es un mal de la humanidad, que desde  que  existe el hombre existe la corrupción, que es lo que precisamente pretende  evitarse   penalizando   conductas   como   las   que   nos   ocupan”4.              

Pero  el  análisis  que  se  demanda  fue  realizado  por  el  mismo  funcionario  en  el  acápite  precedente  al  de  la  dosificación punitiva cuando adujo:   

“Las sentencias  C-37  de 1996, C-244 de 1996, C-57 de 1998, C-187 de 1998 y C-444 de 1998 tratan  de  la responsabilidad patrimonial de los agentes del Estado, decisiones que nos  permiten   visionar   la  importancia  que  tiene  un  servidor  público  cuando  realiza actos propios de sus funciones, actos que no  lo  comprometen  como  persona  sino como funcionario, es decir, como Estado por  tener  una  investidura  estatal.  No  le  es dable a los funcionarios públicos  actuar  con  ligereza  o  irresponsabilidad frente a sus obligaciones como tales  porque  es  el  Estado  el  que  se  compromete  a  través  de los funcionarios  públicos  y es el Estado el que responde por los actos de los investidos de los  funcionario  públicos”5          (subraya fuera de texto).   

Acto  seguido, al referir a la modalidad de  la conducta, subrayó que:   

“No tiene pues  este   comportamiento  ninguna  excusa  porque  los  funcionarios  públicos  no  actuamos  en  nombre  propio  sino  en  representación  del  Estado”6   

Sobre   el   mismo  punto,  esto  es,  el  relacionado  con  el  examen  de  las  condiciones personales y laborales, ya no  genéricas  frente  a  los procesados, sino in strictu  respecto  de la doctora ELIA  LOZANO AGUADO, concluyó:   

“…Se ataca a  la  colectividad cuando el funcionario público no observa la Constitución y la  ley.  Todos  los doctrinantes al hablar de los delitos contra la administración  pública,  empiezan  hablando  de la corrupción y las  mujeres,  que éramos símbolo de honestidad y pulcritud en el manejo de la cosa  pública,   hemos  también  caído  en  odiosas  prácticas  como  la  que  nos  ocupa.   Siendo  el sujeto pasivo el Estado, que  es  persona  jurídica  y  es  el  titular  del bien jurídico protegidos por el  legislador,  que  no  es  otro  que  la  Administración  Pública, deben  conductas como éstas ser severamente castigadas…”7(subrayas   fuera  de  texto).   

De  este  análisis  también  se ocupó el  Tribunal, en los siguientes términos:   

“No se soslaya  que  para la época de los hechos objeto de juzgamiento, la señora ELVIA LOZANO  DE  AGUADO había realizado estudios en administración pública, lo que permite  colegir  que  tenía  conocimiento  del  manejo  de  la contratación pública y  sabía  cuando requería de licitación pública, pero a pesar de ello, en forma  libre    y    voluntaria,    omitió    cumplir    esa   obligación…”8.       

Y, más adelante, reseñó:  

“Al  haber  quedado  sin  controversia  que  la  señora  ELVIA  LOZNO DE AGUADO realizó el  comportamiento  de  contratar  sin el cumplimiento de requisitos legales, no hay  duda  que  puso  en  peligro  cierto  y  real  a  la  administración  pública,  específicamente  la  del  municipio  de Candelaria (Valle), donde ejercía como  alcaldesa,  pues con su conducta, el manejo de los recursos económicos de dicho  ente   territorial  no  ofrecía  confiabilidad  ni  credibilidad,  generando  convicción  de  que  se  manejaban  según su capricho,  querer  o  interés…”9(subraya      fuera      de  texto).   

Lo  expuesto demuestra que aun cuando en el  apartado  específico  destinado  al  análisis  del  sustituto  de  la prisión  domiciliara  no  se  expusieron las razones concretas por las cuales se negó el  beneficio  atendiendo  el  factor  subjetivo  exigido  por  el  artículo 38 del  Código  Penal,  en el contexto de las providencias abundan los referentes sobre  el  tema,  lo cual hace que la pretendida nulidad carezca de toda trascendencia,  circunstancia que determina su inadmisión.   

Basten  las  anteriores  precisiones  para  colegir  la  inadmisión  de  las dos demandas presentadas, por  desconocer  los presupuestos legales referidos.   

          Por  consiguiente,  a  ello se procederá, máxime cuando se observa  que  durante  el trámite del proceso o con ocasión del proferimiento del fallo  no  se  incurrió  en  vulneración  de  garantías  fundamentales  que ameriten  protección  oficiosa,  según  la  previsión  contenida  en  el  artículo 216  ibídem.   

               En  mérito  de  lo expuesto, la  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE  

          INADMITIR   las   demandas  de  casación  presentadas    por    los    defensores    de    los   procesados   JAVIER      EUGENIO      NARVÁEZ      SEPÚLVEDA      y   ELVIA  LOZANO AGUADO,   en   virtud   de   las   razones   consignadas  en  la  anterior  motivación.   

          Contra esta providencia no procede recurso alguno.   

Notifíquese   y   cúmplase,   

JAVIER ZAPATA ORTÍZ  

     JOSÉ    LEONIDAS    BUSTOS  MARTÍNEZ                 FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO   

       

         SIGIFREDO ESPINOSA  PÉREZ                     ALFREDO GÓMEZ  QUINTERO                 

      

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS           AUGUSTO J. IBÁÑEZ  GUZMÁN   

     

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                JULIO E. SOCHA SALAMANCA          

       

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Al  respecto  puede  consultarse,  entre  otras,  sentencia de julio 8 de 2009, rad.  30601.      

2 Auto  de septiembre 15 de 2010, rad. 32978.   

3  Sentencia de julio 8 de 2009, rad. 30601.   

4 Fol.  1.439 del cuaderno de segunda instancia.      

5 Fol.  1.447 ibídem.   

6  Ibídem.   

7  Ib.   

8 Fol.  1.529 ib.   

9 Fol.  1.533 ib.     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *