33048(05-08-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.º 33048  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                                     Aprobado       Acta       No.251                                                                                                Magistrado  Ponente:   

                                     Dr.      JOSE      LEONIDAS     BUSTOS  MARTINEZ   

Bogotá  D.  C.,  cinco  de agosto de dos mil  diez.   

Se   pronuncia   la  Corte  sobre   la  admisibilidad  de  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  Leonardo    Narváez    Ballesteros    contra  la  sentencia dictada por el Tribunal Superior de Bogotá el  13  de  marzo  de  2009,  mediante la cual confirmó la proferida por el Juzgado  Diecinueve  Penal  Circuito  de  la  misma  ciudad  el  10 de marzo de 2008, que  condenó  al procesado por los delitos de hurto agravado y falsedad en documento  privado.   

Hechos.  

El  16 de mayo de 2003, en la Notaría 19 del  Círculo  de Bogotá, GERARDO ANDRES VALDERRAMA CIENDUA, en condición de cajero  suplente,  recibió  el  pago  de  la  factura  032174  por  valor  de $269.295,  correspondiente  a  la escritura 3182, suma que, en el cuadre de caja diario, se  registró  como  ya  cancelada,  utilizando  para  el  efecto  otros  documentos  notariales  (minutas de preliquidación) que no guardaban correspondencia con el  acto  que  había  generado  el  pago.  Adelantada  una  revisión  contable, se  detectaron  veinticuatro (24) casos más, en los que intervino el cajero titular  LEONARDO NARVAEZ BALLESTEROS,  quien  realizó  los  cuadres  de caja respectivos. La defraudación ascendió a  $5’149.421.   

Actuación  procesal  relevante.   

1.  La  fiscalía  inició investigación por  estos   hechos,   vinculó   al  proceso  mediante  indagatoria  a  LEONARDO   NARVAEZ   BALLESTEROS   (cajero  titular),  GERARDO  ANDRES  VALDERRAMA  CIENDUA  (cajero  suplente), JUAN CARLOS  RUBIANO  BORJA  (contador) y CLAUDIA MARCELA MONTAÑA GOMEZ (auxiliar contable),  y  el  21  de noviembre de 2005 calificó el sumario con acusación para los dos  primeros  como  autores de los delitos de hurto agravado y falsedad en documento  privado,  para  el  tercero  como  cómplice  de  los  referidos  delitos, y con  preclusión  de  investigación  respecto  de  la  última.  La Delegada ante el  tribunal  revisó  por  apelación  este  pronunciamiento y lo confirmó el 4 de  marzo de 2006.     

2.  Rituado  el juicio, el Juzgado Diecinueve  Penal  del  Circuito de Bogotá, en decisión de 10 de marzo de 2008, condenó a  los    procesados    LEONARDO   NARVAEZ   BALLESTEROS  y   GERARDO   ANDRES  VALDERRAMA  CIENDUA  a  la  pena  principal  de  38  meses de  prisión  y la accesoria de inhabilitación en el ejercicio derechos y funciones  públicas   por  igual  término,  como  autores  responsables  de  los  delitos  imputados  en  la  acusación,  y  les  otorgó  la  prisión  domiciliaria.  En  relación   con   el  procesado  JUAN  CARLOS  RUBIANO  BORJA  dictó  sentencia  absolutoria.1   

3.   Los   defensores   de   LEONARDO  NARVAEZ  BALLESTEROS  y  GERARDO  ANDRES  VALDERRAMA  CIENDUA  apelaron  estas  condenas  con el fin de obtener su  absolución,  pero  el  Tribunal  Superior de Bogotá, mediante el suyo de 13 de  marzo  de  2009,  que  ahora  la  defensa  de  LEONARDO  NARVAEZ  BALLESTEROS recurre en casación, la confirmó  en          toda         sus         partes.2   

La         demanda.   

Con  fundamento  en  la causal prevista en el  numeral  tercero del artículo 207 de la Ley 600 de 2000, el demandante acusa la  sentencia  impugnada  de haber sido dictada en un juicio viciado de nulidad, por  inobservancia   del  principio  de  investigación  integral.  Como  normas  violadas   cita   los   artículos   250  de  la  Constitución  Nacional  y  20  (investigación  integral),  234  (imparcialidad del funcionario en la búsqueda  de  la  prueba)  y  331  (apertura  de  la  investigación)  de  la  Ley  600 de  2000.   

Argumenta  que  el implicado y la defensa, en  sendas  oportunidades  procesales, solicitaron al instructor la práctica de una  prueba  grafológica  con el fin de probar que LEONARDO  NARVAEZ   BALLESTEROS   no   fue  quien  utilizó  la  “preliquidación”   o   minuta  número  7592  para  hacerla  aparecer  como  correspondiente  a la escritura 3182, ni quien escribió con su puño y letra en  el  documento  la  expresión  “ESC  #3182”, y por tanto, que mal pudo éste  haber incurrido en los hechos punibles que se le imputan.   

A pesar de estas peticiones, realizadas por el  procesado  al  finalizar  su  indagatoria  (folios 73/1) y por su defensor en el  escrito  de  contestación  de  la  demanda  de  parte  civil (folios 249/1), la  referida  prueba  jamás  fue  ordenada, surtiéndose una investigación de vía  única,  es  decir,  orientada  exclusivamente  por  la  prueba  indiciaria  que  desfavorecía  a  los  acusados, la que llevó al tribunal a dar por sentado que  “fueron  los  cajeros  quienes hicieron directa o a  través  de  otra  persona, las anotaciones manuscritas falsas en las minutas de  preliquidación”.   

Con esta prueba la defensa material y técnica  buscaban  acreditar  que  LEONARDO NARVAEZ BALLESTEROS  no  fue  la  persona  que incurrió en las anotaciones  manuscritas  falsas,  y  desvirtuar  de  esta  manera  la  imputación que se le  formulaba,  anulando los efectos probatorios de la prueba indiciaria que servía  de    fundamento    para    afirmar    su   responsabilidad   en   los   delitos  reprochados.   

De haberse decretado la prueba grafológica, y  evidenciado  que  el  procesado  no  fue al autor de las anotaciones manuscritas  falsas,  necesariamente se habría desvirtuado el poder suasorio de los indicios  aducidos  en  su  contra, puesto que el investigador hubiese tenido la necesidad  de  plantearse  otra  hipótesis  acerca de los responsables de la falsedad y el  hurto,  porque  el  bloque de indicios no puede jamás llegar a producir certeza  de    la    responsabilidad    frente   a   la   contundencia   de   la   prueba  grafológica.   

Sostiene,   después  de  referirse  a  los  conceptos  de  conducencia,  pertinencia y utilidad de la prueba, que la pericia  tenía  la  aptitud  probatoria  de  acreditar  que  el  procesado  LEONARDO  NARVAEZ  BALLESTEROS  no  fue el  autor  del  manuscrito  realizado en la “preliquidación” obrante a folios 7  del  cuaderno  original  uno,  pues,  como  lo demostrará en el capítulo de la  trascendencia,  esta prueba conduce por antonomasia a establecer, directamente o  por  descarte,  que  su  representado  no fue el autor de las grafías que se le  atribuyen por vía inferencial.   

Destaca  que,  en el presente caso, era de la  esencia  del  proceso  determinar  de qué puño y letra provenían las grafías  “ESC   #3182”.   A  LEONARDO  NARVAEZ  BALLESTEROS  se  le  cuestiona por la legalización de la escritura  3182,  imputación que éste niega contundentemente (fls.7 del cuaderno original  1).  Y  si esta legalización es la que contiene la anotación manuscrita “ESC  #3182”  es  no  sólo  pertinente  y  conducente,  sino  razonable y necesario  decretar la prueba grafológica .   

Nótese  cómo, el otro procesado (VALDERRAMA  CIENDUA)  acepta  haber  recibido los $269.245 por concepto de la escritura 3182  (fls.24  del  cuaderno original 1), durante la hora del almuerzo de NARVAEZ   BALLESTEROS.  Por  lo  que  las  grafías  citadas  bien  pudieron  haberse  originado  en  el  puño  y letra de  cualquiera  de  los  procesados.  De  aquí  que  se  predique  la pertinencia y  conducencia  de  la prueba, para establecer en grado de certeza, mas no por vía  inferencial   contingente,  quién  fue  el  autor  material  de  las  grafías.   

Dicho  en  otros  términos,  en  el  proceso  campeaba  la  duda respecto de quién pudo ser el autor de la conducta falsaria,  por  lo  que  lo  conducente  era  arribar  al  grado  de certeza acerca de este  tópico,  al  que solamente se podría acceder por la vía de la prueba técnica  solicitada,  la  cual, como es sabido, de haberse atendido su petición, hubiera  confirmado  el  autor  de  la  misma,  ya  sea  por  vía  directa  mediante  la  confirmación  de  su  origen en cualquiera de los procesados, o por descarte de  uno de ellos, o inclusive de ambos.   

Sostiene  que  esta  irregularidad  vicia  la  actuación  procesal desde los albores de la investigación, cuando se solicitó  la  práctica  de  la  prueba,  y  que  por  esta  razón debe anularse desde la  clausura  del  ciclo  investigativo,  no existiendo alternativa procesal ninguna  que   posibilite   su   enmienda,  ni  motivo  alguno  que  enerve  sus  efectos  invalidatorios,   acorde   con  los  criterios  o  principios  que  orientan  la  declaración    de    las    nulidades    y   su   convalidación   en   materia  penal.       

Agrega,  en  alusión  a  los  fines  de  la  casación,  que lo buscado, en primer lugar, se relaciona con la necesidad de la  defensa  de  la Constitución y la ley procesal, desconocidas por las sentencias  de  instancia  al haber sido desatendidos los mandatos de los artículos 29 y 50  del  canon  superior  y  20, 234 y 331 del estatuto procesal penal, y en segundo  lugar,  la  reparación  del  agravio  inferido  por la vulneración del derecho  fundamental al debido proceso probatorio.   

En el análisis de la trascendencia del cargo,  sostiene  que de practicarse la prueba echada de menos, y ser apreciada conforme  a  los  lineamientos  de  los  artículos  232, 235 y 238 de la Ley 600 de 2000,  existiría  una  alta probabilidad de descartar al procesado como autor material  de  los  escritos   redargüidos  de falsos, dada la aptitud probatoria que  posee  esta  prueba.  Y descartada su participación en dicho comportamiento, la  declaración   de   justicia  tendría  que  darse  en  términos  absolutamente  contrarios a los declarados en la sentencia impugnada.   

Lo  anterior,  porque  si  el  sentenciador  confronta  la  prueba técnica con el restante arsenal probatorio, concretamente  con  los  testimonios  e  indicios  sin  vocación  ni  aptitud  probatoria para  acreditar  la  autoría  de  la falsedad (delito medio) y el hurto (delito fin),  estaría   obligado   a   declarar   la  ausencia  de  certeza  respecto  de  la  responsabilidad  de  NARVAEZ  BALLESTEROS como   autor   de   los   punibles  imputados,  por  campear  en  el  informativo,  cuando  menos,  la  duda  razonable  acerca  de  este  tema  de la  dogmática penal (culpabilidad).   

Afirma que el “fontanar probatorio” está  constituido  por  la  prueba  documental,  las injuradas de los encartados y los  testimonios  de  JAIME  LEGUIZAMON  (fls.  262-266/1)  y  YENNY  PATRICIA  VIDAL  (fls.6-9  del  cuaderno  de  copias),  así  como  por  la  inspección contable  (fls.34-45  del  cuaderno  de  copias  2),  el  cual,  confrontado  con el poder  suasorio  y/o vocación probatoria de la prueba pericial no decretada, perdería  la  entidad  jurídica necesaria para declarar con certeza la materialidad de la  infracción y la responsabilidad del procesado.   

El  primero  de los referidos testigos, quien  para  entonces  fungía como auxiliar de protocolo y asistente de liquidaciones,  declara  que  NARVAEZ  Y  VALDERRAMA  eran las únicas personas autorizadas para  recibir  dinero  de  los  usuarios,  pero que a él no le consta que los cajeros  fueran  las  personas que alteraron las preliquidaciones que se utilizaron en la  defraudación.  Y  el  segundo, quien se desempeñaba como auxiliar contable, se  limita  a  describir  las  irregularidades  halladas  en  algunos  trámites  de  escrituración,  asegurando  no  tener  idea  de  quiénes fueron los autores de  dichas irregularidades.   

Estos  deponentes,  por tanto, no suministran  elementos  de  juicio  que puedan sustentar en grado de certeza los presupuestos  fundamentales  para condenar. Y la abundante prueba documental obrante se limita  a  informar  y  acreditar  acerca  de  los  documentos  que fueron supuestamente  alterados  y  utilizados  para consumar el delito fin, cual era el hurto, lo que  muestra  su  carácter  meramente  informativo,  sin vocación probatoria alguna  respecto   de  la  materialidad  del  delito  y  la  responsabilidad  penal  del  procesado.   

La  prueba pericial practicada, por su parte,  tuvo  como objetivo realizar una inspección contable a efectos de determinar si  hubo  faltante  o  defraudación  y  el  sistema  utilizado  para lograrlo. Esta  prueba,  efectivamente   determinó  que hubo una defraudación en cuantía  superior  a  cinco  millones  de  pesos, encontrándose limitada a este aspecto,  pero  carece de capacidad probatoria para acreditar la materialidad del delito y  la responsabilidad penal que los sentenciadores pregonan.   

Y la prueba indiciaria a partir de la cual se  predicó  la  certeza  de  la materialidad del hecho y la responsabilidad de los  acusados  se  halla  conformada  por  los  llamados  puntualmente  en los fallos  indicios  de presencia, oportunidad e interés. Los juzgadores, no obstante, sin  precisar  si  se  trataba  de  indicios contingentes, necesarios, graves, leves,  concordantes,  consonantes  o  concomitantes,  y  sin  realizar  previamente  un  ejercicio  dialéctico  sobre  su ponderación, valoración y poder suasorio, se  limitan  a  concluir  que  “fueron  los  cajeros  quienes hicieron directa o a  través  de  otra  persona  las anotaciones manuscritas falsas en las minutas de  preliquidación    como   mecanismo   para   encubrir   las   apropiaciones   de  dinero”.   

Esto  muestra  que  la prueba inferencial que  sirvió  para  declarar  acreditada  la  materialidad  y  responsabilidad  está  constituida  por  razonamientos  indiciarios  de carácter contingente, que como  tales  no  tienen  la  vocación  o  aptitud de acreditar en grado de certeza el  objetivo  dogmático  que  perseguía  el  proceso, pues el indicio contingente,  como  lo  tiene  reconocido  la  jurisprudencia  y  la  doctrina  reinantes,  se  caracteriza  porque   sólo ofrece un margen de probabilidad, y porque, por  tanto, sólo puede  aportar duda.   

Aborda a continuación el tema del concurso de  delitos  y  de  su  conexidad,  para  destacar  que  en  el  evento que ocupa la  atención  de  la  Sala  se  presentan  estas  dos  situaciones:  La falsedad en  documento  privado, como delito medio, utilizado para obtener la defraudación a  la  Notaría,  y  el  hurto,  como  delito  fin,  “los cuales unidos entre sí  conforman  una  unidad  inescindible,  de  tal  manera  que  la suerte jurídica  (materialidad  y  responsabilidad)  que  corra  la  falsedad, insalvablemente la  corre el hurto”.   

Se  trata  en  este  caso  de  una  conexidad  ideológica  o teleológica, en la cual una de las conductas punibles se conecta  con  la  otra  en  relación de medio (falsedad) a fin (hurto). Se falsificó el  documento  denominado  “preliquidación” (delito medio), a efectos de lograr  la  apropiación  o  hurto  (delito  fin).  Sobre  este  fenómeno jurídico, la  doctrina  ha  asumido  que  esta estrecha relación e inescindible coordinación  constituye  un solo hecho, toda vez que lo relevante para el derecho penal es el  propósito  final  (en  este  caso  la  defraudación  hurto)  y  que  en  tales  condiciones  sicológicas  la conducta medio queda absorbida en la conducta cuyo  fin se propuso.   

Esta  dependencia  de las conductas objeto de  verificación  judicial  se  observa  en  el  proceso  cuando en la sentencia de  primera  instancia  se resume la posición de la fiscalía afirmando que “para  la    apropiación    fue   necesario   modificar  ilícitamente  los  soportes contables de los dineros que  ingresaban  a  la  caja”.  Y  en  sus consideraciones cuando afirma “resulta  claro  indicar que la finalidad del sujeto activo era desfalcar el patrimonio de  la  entidad”,  o  cuando  más  adelante sostiene que los documentos alterados  fueron    “una    situación    utilizada    como  medio  para  justificar algunos ingresos diarios”. Y  en  otros  apartes  del fallo de segunda instancia, que el demandante reproduce.   

Para la judicatura está claro, por tanto, que  en  el  caso  analizado  se  presentó  el  fenómeno  jurídico del concurso de  delitos,  que  unidos  entre sí formaron lo que la doctrina y la jurisprudencia  denominan  conexidad  teleológica, y que como unión inescindible se encuentran  conectados  de  medio a fin. En consecuencia, de no haber mediado la falsedad en  los  soportes  contables  o preliquidaciones, la apropiación que era el fin, no  se   hubiese   podido   consumar.  De  ahí  que  se  predique  la  tan  mentada  inescindibilidad entre esas dos conductas.   

Enfatiza que el hurto, en el caso particular,  no  era  posible  consumarlo sin el concurso medio del delito de falsedad. Entre  estas  dos  conductas  se  presentaba una relación inescindible de medio a fin,  que  para  efectos de la decisión a tomar “necesariamente la suerte jurídica  de   una   va   inexorablemente  unida  a  la  de  la  otra”.  Por  tanto,  el  desconocimiento  de  la investigación integral, secundaria a la no realización  de  la  pericia grafológica, afecta necesariamente la actuación procesal en lo  que  tiene  que  ver con el delito de hurto, lo que equivale a precisar que toda  ella se halla afectada de nulidad.   

Alude,  finalmente,  al principio de libertad  probatoria,  para  sostener  que  este postulado no opera respecto del delito de  falsedad  ya  que  dada  la  naturaleza  de la infracción, es imperioso para el  legislador  atender  las  modernas  orientaciones  de  la  investigación, en el  sentido  de  que por norma general en aspectos técnicos como el aquí debatido,  se  debe acudir al apoyo de las ciencias auxiliares del derecho, y acudirse a la  prueba  pericial,  por  ser la idónea para establecer, aclarar o despejar dudas  acerca  de  su  origen  y  autoría,  así  como  la materialidad de la conducta  punible.   

La  teoría  de  la  prueba  enseña  que los  aspectos   técnicos   en   materia   de   investigación  deben  necesariamente  acreditarse   acudiendo  al  experto  en  el  oficio,  ciencia,  tecnología,  o  especialidad,  mediante  prueba  pericial,  como  era  lo  indicado  en  el caso  examinado,  en  aplicación  de  lo  dispuesto  en el artículo 249 del estatuto  procesal  penal,  que  perentoriamente  ordena  que cuando se trata de verificar  aspectos   técnico   científicos,   el   funcionario  judicial  debe  decretar  necesariamente la prueba técnica.   

De  esto  se  sigue  que  “el  principio de  necesidad  de  la prueba en el presente evento excluye  la    observación   del   principio   de   libertad  probatoria”,  y que a los juzgadores les era vedado, probatoriamente hablando,  acreditar  la  materialidad  de  la  infracción  y  la  responsabilidad  de los  procesados  acudiendo antitécnica e inidóneamente a la prueba indiciaria, toda  vez  que  la  vía  probatoria  inferencial  no era la idónea para verificar la  acción  falsaria,  sino,  exclusivamente,  la  pericia  grafológica, más aún  cuando  el  juzgador  nunca  tuvo  claridad  acerca de quién fue el autor de la  acción.   

Concluye diciendo que las declaraciones de los  fallos   hubiesen  sido  distintas  de  no  haberse  incurrido  en  la  omisión  denunciada,  porque  la  presunción  de  acierto y legalidad que los ampara, se  presentaría   desvirtuada,   en  razón  a  que  la  prueba  echada  de  menos,  confrontada  con  el  restante  arsenal  probatorio  en  un  correcto  ejercicio  dialéctico   de   valoración,   aporta   ausencia  de  certeza  acerca  de  la  responsabilidad   de   LEONARDO  NARVAEZ  BALLESTEROS  en  el  punible  de falsedad, lo cual conduciría a un  fallo totalmente diferente, en aplicación del in dubio pro reo.   

SE        CONSIDERA:   

La  Corte  ha  venido  sosteniendo  en  forma  reiterada  que  la  admisión  a trámite de la demanda de casación requiere el  cumplimiento  no  sólo  de  los  requisitos formales de claridad, concreción y  debida  fundamentación  impuestas  por  la  lógica  del  error planteado, sino  también,   la   satisfacción   de  unos  presupuestos  mínimos  de  idoneidad  sustancial,  que  insinúen  necesaria  su intervención para la realización de  uno cualquiera de los fines del recurso.   

En el caso analizado el demandante plantea una  nulidad  por  violación  del   principio  de  investigación integral, por  considerar  que  los funcionarios judiciales que conocieron del asunto omitieron  atender  los  llamados  del  procesado  y  la  defensa  de  realizar  una prueba  grafológica  con  el  fin  de establecer si la expresión “ESCR #3182”, que  aparece  puesta  sobre  la minuta 07592, atravesando diagonalmente el documento,  corresponde  al  puño  y  letra  de  Leonardo Narváez  Ballesteros.   

Para que una omisión probatoria, como la que  se  denuncia,  surta efectos invalidatorios, no basta mostrar que existió. Más  allá  de  ello,  es  preciso  demostrar  que la prueba que se dejó de recaudar  guarda  relación  con los hechos juzgados, que su práctica está permitida por  el  ordenamiento jurídico, que su aporte era importante para la definición del  asunto,  y  que tenía aptitud probatoria para modificar las conclusiones de los  fallos  en  sus  ámbitos  fáctico  o  jurídico.  Es  decir,  que cumplía las  condiciones   de   pertinencia,   conducencia  y  utilidad  requeridas  para  su  ordenación  y  práctica, y además, que era trascendente para la solución del  asunto.    

El  demandante se ocupa de analizar a espacio  cada  una  de estas exigencias, pero en el intento de acreditar la trascendencia  de  la  omisión  denunciada  se  dedica  a  descalificar la valoración que los  juzgadores  hicieron  de  la  prueba indiciaria, la aplicación del principio de  libertad  probatoria y el reconocimiento de la existencia del concurso de hechos  punibles,  en  el  marco de un análisis que nada tienen que ver con los efectos  probatorios  del  error  propuesto,  sin demostrar la existencia de estos nuevos  errores, en la forma exigida por la lógica del recurso propuesto.   

Esta  mixtura argumentativa hace que el cargo  se  torne  incomprensible,  pues frente a esta pluralidad de propuestas no logra  establecerse  si la pretensión de invalidación la deriva el casacionista de la  falta  de recaudo de la prueba grafológica, o de la indebida apreciación de la  prueba  indiciaria,  o  de  una equivocada aplicación del principio de libertad  probatoria,  o  de  la  imputación indebida de la figura del concurso de hechos  punibles,  o de una errónea comprensión de las consecuencias jurídicas de una  de  las  formas  de  conexidad,  falencias  que  por  su naturaleza exigían ser  planteadas y demostradas en cargos separados.   

Si  lo pretendido era demostrar que la prueba  grafológica   echada   de   menos   tenía  la  virtualidad  de  descartar  las  conclusiones  de  los juzgadores sobre la existencia de lo delitos de falsedad y  hurto  imputados  al  procesado  y  su  responsabilidad  en  los  mismos, debió  limitarse   a    efectuar   esta   acreditación  frente  a  los  análisis  probatorios  realizados  en los fallos de instancia, sin tener que acudir a otro  tipo  de  argumentaciones para sacar adelante la propuesta de ataque, porque una  mixtura  de  esta  índole  lo único que evidencia es que el cargo, de suyo, no  era apto para el logro de los fines buscados.   

El  procedimiento  argumentativo  que  debe  seguirse  en  estos casos es muy similar al que corresponde llevar a cabo cuando  se  alega  un  error  de existencia por omisión. El demandante debe limitarse a  mostrar  la  trascendencia  de la prueba echada de menos frente a la valoración  que  los  juzgadores realizaron de los medios probatorios existentes, sin entrar  en  cuestionamientos  adicionales, pues lo que se busca probar es que de haberse  incorporado  la  prueba,  las  conclusiones probatorias habrían sido distintas,  aún  respetando  los  marcos  de  valoración  que sirvieron de referente a los  juzgadores.      

Si  adicionalmente  a  ello  el  casacionista  considera  que  las  instancias  incurrieron  en  otros  errores, de contenido y  naturaleza  distinta,  es  deber  suyo  proponerlos  y  desarrollarlos de manera  independiente,  en la forma requerida por la lógica de la causal planteada, sin  entremezclarlos,   como   equivocadamente  lo  hace  el  libelista  en  el  caso  examinado,  donde  junto  al error in procedendo plantea plurales desaciertos de  naturaleza  in  iudicando, tanto jurídicos como probatorios, porque esto atenta  contra  los  principios  de  autonomía  y  no contradicción, con implicaciones  nefastas  en  las  exigencias  de  claridad  y  concreción que deben acompañar  también su fundamentación.       

Un  desacierto  más  en el planteamiento del  cargo  se  evidencia  en  la  formulación  de  su  cobertura  fáctica, pues el  demandante  se  limita  a sostener que la prueba grafológica era necesaria para  establecer    la   procedencia   de   la   anotación   “ESC#3182”,   puesta  transversalmente  en  la  minuta  07592, que dio origen a la investigación, sin  referirse,  para nada, a los otros actos fraudulentos que fueron descubiertos en  las  revisiones  contables  posteriores  y  que  hicieron  también parte de los  hechos  investigados,  donde  se utilizó igual procedimiento, omisión que hace  que la censura se torne incompleta.       

Al   margen  de  estas  inconsistencias  de  carácter   formal,   suficientes   de   suyo  para  inadmitir  la  demanda,  el  casacionista  se  equivoca  cuando  sostiene  que  la  prueba  grafológica  era  necesaria  para  la  definición del asunto porque la materialidad del delito de  falsedad  sólo es posible acreditarla con prueba técnica, y cuando asegura que  el  acervo  probatorio  que  los  juzgadores tuvieron en cuenta para declarar la  existencia  del  ilícito  y  la  responsabilidad  del  procesado  en los hechos  habría  perdido  consistencia  conclusiva  de  haberse  practicado  la referida  pericia.   

El  artículo  237  de  la  Ley  600  de 2000  incorpora  dentro  de  los  principios generales de la prueba el de libertad    probatoria,   que   permite  acreditar  con  cualquier  medio  los  elementos  constitutivos  de  la conducta  punible,  la  responsabilidad  del  procesado,  las  causales  de  agravación y  atenuación  punitiva, las que excluyen la responsabilidad, y la naturaleza y la  cuantía  de los perjuicios, a menos que la ley exija prueba especial, es decir,  que   establezca expresamente una limitante, situación que la normatividad  procesal  no  contempla  para los delitos de falsedad y que tampoco cabe deducir  del  contenido  del  artículo  que define la procedencia de la prueba pericial,  como lo plantea el casacionista.   

La   Corte  no  desconoce  que  este  medio  probatorio  puede  resultar en algunos casos trascendente, e inclusive necesario  para  definir  o  dilucidar  controversias  de carácter técnico o científico,  pero  no  por  eso,  ni  por  el   hecho de tratarse de situaciones de esta  índole,  puede  admitirse  la  introducción  de  aranceles  probatorios que la  normatividad  no  prevé,   como el que pretende incorporar el casacionista  al   sostener   que   el   principio   de   libertad   probatoria   no   opera   respecto  del  delito  de  falsedad,   en  su  afán  por  nutrir de razones las alegaciones orientadas a  probar  que  la  pericia  grafológica era obligatoria para la acreditación del  hecho punible y la responsabilidad del procesado.   

Ante  la  ausencia,  entonces,  de  una norma  expresa  que exija para la acreditación del delito de falsedad en documentos la  práctica  de  una  pericia  grafológica, o que le niegue eficacia probatoria a  los  otros medios de prueba para la acreditación de este hecho, nada se opone a  que  la  materialidad  del   ilícito  o  la  responsabilidad del procesado  puedan    demostrarse    con    cualquier    medio   de   prueba   (confesión,   testimonios,   prueba  pericial,  prueba  documental,  prueba  circunstancial).  Lo importante es que los que  sean  invocados  para  declarar  estos  aspectos  no  dejen  duda  acerca  de la  existencia  del  delito, ni de la intervención en ellos de la persona que está  siendo juzgada.   

Las   otras  afirmaciones  del  demandante,  relativas  a que en el caso estudiado la práctica de la prueba grafológica era  trascendente  para la acreditación de la materialidad del delito de falsedad en  documentos  y  para  establecer  si las anotaciones manuscritas puestas sobre la  minuta   07592   correspondían   a   la  autoría  del  procesado  Leonardo  Narváez  Ballesteros, porque la  prueba  allegada  al informativo, de contenido esencialmente indiciario, no eran  de  suyo  suficiente  ni  consistente  para declarar con certeza estos aspectos,  carecen también de fundamento.   

En  desarrollo de las actividades diarias, la  Notaría  generaba  unos  documentos  llamados  preliquidaciones  o  minutas  de  preliquidación,  que  son liquidaciones anticipadas de servicios notariales que  se  encuentran pendientes de perfeccionar, generalmente porque la documentación  no  se  halla  completa.  Los  liquidadores  elaboraban  la preliquidación y el  usuario  pasaba  a  la  caja,  donde  hacía  el  pago  anticipado del servicio.  Después,  cuando  el  acto se perfeccionaba, se generaba la factura, cuyo valor  se  compensaba  con  la  minuta de preliquidación. Si los valores diferían, se  cancelaba la diferencia.   

Aprovechando  esta  situación,  los cajeros,  cuando  un  usuario se acercaba a pagar una determinada factura en efectivo, por  un  acto  que  no  había  sido  objeto de preliquidación, recibían el pago, y  después,  en  el  cuadre  de  caja,  que se realizaba diariamente por el cajero  titular,  sustraían  el  dinero  cancelado  en  efectivo,  y  en su lugar, como  soporte  contable,  introducían  la  copia  de  una  minuta de preliquidación,  generalmente  por  un valor similar, para compensar el faltante, colocando sobre  la  factura  en manuscrito el número de la minuta, y en la minuta el número de  la    factura,    para    hacer   creer   que   pertenecían   al   mismo   acto  notarial.   

La  falsedad  que  se  les  imputa  se  hace  consistir,   por   tanto,   en   colocar   recíprocamente   en   la  minuta  de  preliquidación  el número de una factura correspondiente a otro acto notarial,  y  en  la factura respectiva el número correspondiente a la minuta utilizada, y  en   usar  estos  documentos  en  los  cuadres  de  caja,  comportamientos  cuya  demostración  no  requería  de  una prueba grafológica, ni de ninguna otra de  este  tipo,  porque bastaba confrontar los documentos involucrados (minutas,  facturas  y  cuadres de caja), y  analizar  los  resultados de los balances contables realizados por la Notaría y  por la fiscalía, para establecer su existencia.   

Los  eventuales  resultados negativos de esta  prueba  tampoco  tenían  la  virtualidad  de  variar  las conclusiones sobre la  responsabilidad   del   procesado   Leonardo  Narváez  Ballesteros  en  los  hechos,  a  las que llegaron los  juzgadores,  porque  la  investigación  estableció que en condición de cajero  titular  realizó la mayor parte de las operaciones diarias de cuadre de caja en  las  que  se  formalizaron  las defraudaciones investigadas, y esto, de suyo, lo  comprometía  en el delito de falsedad, independientemente de que hubiese sido o  no  el  autor  de  los  anotaciones  manuscritas  puestas  sobre los documentos.   

En   síntesis,  la  demanda  de  casación  presentada  por  el defensor del procesado no cumple los requerimientos mínimos  de  orden  formal  y  sustancial  requeridos  para  su admisión a trámite. Por  tanto,  en aplicación de lo previsto en el artículo 213 de la Ley 600 de 2000,  se  la  inadmitirá  y  se ordenará devolver el proceso a la oficina de origen,  previo  pronunciamiento  oficioso  con el fin de proteger el derecho fundamental  al debido proceso.   

Casación      oficiosa.   

El balance contable realizado por la Notaría  determinó  que  los  dineros sustraídos ascendían a la suma de $5’894.825.3  Con  el fin de verificar esta  información  y  determinar  el monto exacto de la apropiación, se realizó una  pericia  contable  por  una  funcionaria  adscrita  a  la  Unidad  de Contadores  Judiciales  de  la  Fiscalía,  que  concluyó  que  el  balance  contable de la  Notaría  presentaba algunas inconsistencias, y que la suma total no justificada  ascendía     realmente     a     $5’149.421.4   

El  juez de primera instancia, al tasar en la  sentencia   los   perjuicios   causados  con  el  delito  contra  al  patrimonio  económico,    fijó    el    monto    de   lo   apropiado   en   $5’894.825, es decir, en el señalado por  el  balance  de  la  Notaría, y reconoció por concepto de intereses la suma de  $6’684.140, para un total  de  $12’578.965. Esta suma  la  convirtió  luego  a salarios mínimos legales mensuales de ese año (2008),  obteniendo    como    resultado   27.2   salarios.5   

Como esta liquidación se aparta de lo probado  en  el  proceso,  en el que pericialmente se estableció que el monto real de lo  apropiado     ascendía     a     $5’149.421,  la  Corte,  en  aplicación de la facultad oficiosa que le  otorga  el  artículo  216  de la Ley 600 de 2000, casará parcialmente el fallo  impugnado  para  fijar  en  dicha  suma  el  monto  de  la  defraudación,  y en  $5’838.926 el valor de los  intereses6,  para  un  total  de  $10’988.347,  que  convertidos  a  salarios  mínimos  de la fecha de la  decisión    (2008),    arroja   23.81   salarios.7    

    

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA DE  JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL,   

RESUELVE:  

1.   Inadmitir  la demanda de casación presentada por el defensor del  procesado  Leonardo  Narváez  Ballesteros.   

2. Casar parcialmente, de oficio, la sentencia  impugnada,  para  fijar en 23.81 salarios mínimos legales mensuales vigentes el  monto  de los perjuicios causados con el delito contra al patrimonio económico.  En lo demás, el fallo se mantiene incólume.   

Contra   esta   decisión   no   proceden  recursos.      

     

NOTIFIQUESE    Y    CUMPLASE.   

MARIA    DEL    ROSARIO    GONZALEZ   DE  LEMOS   

JOSE       LEONIDAS       BUSTOS  MARTINEZ            SIGIFREDO   ESPINOSA  PEREZ   

                      

ALFREDO            GOMEZ  QUINTERO                     AUGUSTO                                J.                                IBAÑEZ  GUZMAN                      

                                                                                         

JORGE        LUIS       QUINTERO  MILANES               YESID RAMIREZ BASTIDAS    

JULIO        ENRIQUE       SOCHA  SALAMANCA       JAVIER ZAPATA ORTIZ   

                              

                                                  Teresa Ruiz Núñez   

                                                     SECRETARIA   

    

1  Folios 1-29 del cuaderno original 3.   

2  Folios 3-21 del cuaderno del tribunal.   

3  Folios 112 y 113 del cuaderno original 1.   

4  Folios 34-46 y 92-98 del cuaderno original 2.   

5  Página 25 del fallo.   

6 Este  incremento  se hace proporcionalmente, siguiendo los mismos criterios tenidos en  cuenta por el juez de instancia.   

7  El  salario    mínimo    para    el    2008    ascendía    a    461.500   (Decreto  4965/2007.     

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