32742(25-08-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.º 32742  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº  267  

Bogotá  D.C., veinticinco (25) de agosto de  dos mil diez (2010)   

V    I   S   T   O  S   

La  Sala  resuelve sobre los presupuestos de  lógica  y  debida  fundamentación  de  la demanda de casación que por la vía  excepcional   presenta   el   apoderado   de   la   parte   civil,  en  representación de NARCISO JORGE FABIO  QUINTERO.     

H E C H O S  

El           ad-quem  los  relató  de  la  siguiente  manera:   

“Se contraen a  lo  ocurrido  el día 11 de abril de 2004, siendo aproximadamente las 5:00 de la  tarde,  cuando  en la vía panorama, entre los municipios de San Marcos y Yumbo,  en  la  entrada  de  la  Compañía  Colgas,  colisionan el vehículo particular  automóvil,  identificado  con las placas APD-467, marca Chevrolet, modelo 1984,  conducido  por  quien  dijo  llamarse Zandro Córdoba, con una motocicleta marca  Suzuki,  modelo  1993,  distinguida  con  las  placas  OTY-87, maniobrada por el  señor   Narciso   Quintero,   quien   resultó   lesionado  y  en  consecuencia  incapacitado   por  el  término  de  40  días  con  secuelas  médico  legales  consistentes   en   deformidad   física  que  afecta  el  rostro  de  carácter  permanente,  así como perturbación funcional del órgano de la masticación de  carácter permanente.”   

A N T E C E D E N T E S  

1. Por los hechos anteriormente referidos,  el  Fiscal  55  Local  de  Yumbo  (Valle  del  Cauca),  a través de resolución  del    5    de   septiembre   de   2005,   acusó a  ZANDRO CÓRDOBA DORADO por el  comportamiento   punible  de  lesiones  personales  culposas,  el  cual  generó  incapacidad  para trabajar de 40 días, deformidad física permanente que afecta  el  rostro  y  perturbación  funcional  permanente  (artículos  111,  112  inciso  2º,  113  inciso 3º y 114 inciso 2º, en concordancia con el 117 de la  Ley   599   de   2000,  referente  a  la  unidad  punitiva).   La  anterior  determinación  no  fue  recurrida,  motivo  por  el  cual  cobró  ejecutoria    el    20    de    septiembre    de    2005.   

2.    La   etapa   de   la   causa  fue  adelantada  por  el  Juez  Segundo  Penal  Municipal de Yumbo, quien, tras correr el traslado del artículo  400  de  la Ley 600 de 2000 a través de auto del 3 de octubre de 2005, celebrar  la  audiencia  preparatoria  el  6 de diciembre del mismo año y surtir la vista  pública  el  9  y 18 de julio de 2007, profirió fallo  de  primera  instancia el 19 de junio de 2008 a través  del    cual   condenó   a  ZANDRO  CÓRDOBA DORADO a las  penas  principales  de  9  meses  de  prisión,  multa equivalente a 27 salarios  mínimos  legales mensuales vigentes y suspensión por término de un año de su  licencia  de  conducción  y a la accesoria de inhabilitación para el ejercicio  de  derechos y funciones públicas por término igual al de la pena privativa de  la  libertad,  como  autor  responsable  de  la  conducta  punible  de  lesiones  personales  culposas  por  la  que  fue  acusado  (conforme el artículo 117 del  Código  Penal, la punibilidad fue fijada según el artículo 114 inciso 2º del  Código  Penal,  por  ser la perturbación funcional permanente el resultado que  acarrea      la      sanción     más     grave).      El     a-quo,  además, condenó al procesado al  pago  de  los  perjuicios  derivados  de  la  conducta punible y le concedió el  subrogado   de   la   suspensión   condicional   de   la   ejecución   de   la  pena.   

La anterior determinación fue apelada por el  defensor   del   procesado;   fue   así   que   a   través   de   fallo  de  segunda instancia del 19 de mayo  de   2009,   el  Juez  18  Penal  del  Circuito  Adjunto  de  Cali  revocó  en  su  integridad  la  decisión  recurrida  y,  en consecuencia, absolvió al procesado, decisión contra la cual  el  apoderado  de  la parte civil interpuso y sustentó oportunamente el recurso  extraordinario de casación.   

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

El recurrente orienta la demanda por la vía  discrecional   y,  en  tal  virtud,    propone    tres   cargos,   así:   el   primero   por   falso  juicio  de  identidad, el cual hace  recaer  en  el  cercenamiento  del  informe  de tránsito; a través del segundo  reprocha  un falso raciocinio,  por  omitir  el  sentenciador  una  regla  de  la  lógica,  y  el  último  por  falso  juicio  de existencia,  debido  a  la  omisión  del  testimonio del guarda de tránsito que elaboró el  croquis del accidente.    

A  través de los cargos formulados aspira a  que  la Sala profundice su jurisprudencia sobre prejudicialidad, “pues  la  sentencia acusada se refiere a esta figura jurídica para  indirectamente    con    ésta    implementar   errores   de   hecho”,  como también a que proteja la garantía al debido proceso del  ofendido.   

Alega   que  los  vicios  de  apreciación  probatoria  denunciados  condujeron  al  juzgador  a  aplicar  indebidamente los  artículos  1º,  2º,  29  y  229  de  la  Constitución Política sobre debido  proceso  y  acceso  a  la  administración  de  justicia,  25  de la Convención  Americana  de  Derechos Humanos, 18 de la Declaración Americana de los Derechos  y  Deberes  del  Hombre, artículos 238 y 277 de la Ley 600 de 2000, así como a  omitir  la aplicación de los artículos 109, 129, 135 de la Ley 769 de 2002 que  se  refieren al cumplimiento de las señales de tránsito, y artículos 114, 120  y 121 de la Ley 599 de 2000.   

Sus argumentos son los siguientes:  

Primer  cargo:  falso  juicio  de  identidad   

A  través  de  la  causal  de casación que  describe  el  cuerpo  segundo  del  numeral 1° del artículo 207 del Código de  Procedimiento  Penal  de  2000,  en  consonancia con el 205, inciso tercero, del  mismo  estatuto,  el  casacionista  denuncia  que  el  sentenciador incurrió en  cercenamiento    y    tergiversación    del    informe    de    tránsito   No.  01-5260.   

Así,   tras  detallar  el  contenido  del  documento  y  reprochar  que  el  ad-quem   apreciara  que  carece  de  elementos  que  le  permitan  obtener  convicción  para  emitir  un juicio de condena, el libelista aduce que es claro  el    cercenamiento    de    la    prueba    documental,    pues    –alega-     ésta    sí    contiene  “detalles     de    las    circunstancias    del  hecho”  como  el lugar del impacto de los vehículos  colisionados  (la  puerta delantera derecha del automóvil), el cual difiere del  establecido  a  través  de  la prueba testimonial y fotográfica. Fue gracias a  este   cercenamiento   que   el   ad-quem  omitió el verdadero valor probatorio del documento y terminó por  desconocer las normas sustanciales antes enunciadas.   

Segundo cargo: falso raciocinio.  

El  libelista  reprocha  que  el juzgador de  segundo  grado  no  hubiera  aplicado  correctamente  los  principios de la sana  crítica   “a   los  testimonios  parcializados  y  arreglados”  de  Carmen Tulia Escobar Cardona, Jairo  Humberto  Castro  Falla y del agente de tránsito Fanor Sánchez Zuleta, quienes  con  sus  mentiras –asegura  el censor- hacen más evidente la responsabilidad del procesado.   

En  sustento  del  reproche  formulado,  el  recurrente  denuncia  que  el sentenciador violó la regla de la lógica, según  la  cual,  “el  testimonio  viciado  de nulidad por  mentira  o  parcialidad  se  convierte  en  indicio  grave contra quien pretende  favorecerse con éste”.   

A  dicha  conclusión  arriba tras acudir al  testimonio  del  funcionario  de tránsito Sánchez Zuleta y extractar de él la  parte  donde  expresó  que aquello que vio cuando llegó al lugar del accidente  no  coincide  con  el contenido del croquis. Enseguida, reprocha que el juzgador  hubiese   apreciado   que   esas   atestaciones,   unidas  al  argumento  de  la  prejudicialidad,  le  restaban credibilidad al dicho del guarda de tránsito que  elaboró el croquis Jhon Jairo Ricaurte Cano.   

Así mismo, critica que el Juzgado Penal del  Circuito  no advirtiera las contradicciones en que incurrió el mentado Sánchez  Zuleta:   la  primera  de  ellas,  porque  en  su  declaración  “hace  presumir que fue testigo presencial del accidente”,  cuando  lo  cierto  fue  que  llegó  después  de ocurrido el  choque.  Y  la  segunda,  al afirmar que sobre la vía no había señalización,  cuando  del  informe de tránsito se infiere lo contrario. De allí que el falso  testimonio  de  Sánchez  Zuleta  deba  apreciarse  como  prueba  indiciaria  de  responsabilidad en contra del procesado.   

Y   agrega que, como servidor público,  el  mencionado  funcionario de tránsito debía saber que el informe contiene un  aparte  donde  figura  el  lugar  del impacto, que según la ley las señales de  tránsito  que  existen  en  la  vía  son  obligatorias  y que el escenario del  accidente pudo haber sido modificado.    

A  partir  del  anterior  razonamiento,  el  recurrente  aduce  que  “nos  encontramos  ante  un  testimonio  viciado  de nulidad por la evidente mentira y parcialidad que, lejos  de  restarle valor a las pruebas de cargos, lo que hace es vitalizarlas, pues es  indicio      grave      de     responsabilidad     del     procesado”.   De  suerte que –asegura  el libelista- el falso juicio de identidad denunciado en el  cargo  anterior  y  la  omisión de valoración conjunta de la prueba fue lo que  condujo  al  juzgador  a  concederle  credibilidad a las mentiras del declarante  Sánchez  Zuleta  y,  por  lo  tanto, a no aplicar el principio de lógica antes  detallado,  con  lo  cual  incurrió  en  falso  raciocinio  pregonado  en  este  cargo.   

Enseguida,  el demandante pasa a ocuparse de  las  declaraciones  de  Jairo  Humberto  Castro  Falla  y  Carmen  Tulia Escobar  Cardona,  y demanda que “deben ser valorados bajo la  misma  óptica  jurídica del testimonio de Fanor Sánchez Zuleta, pues también  son  mendaces  y  parcializados  y por lo tanto indicantes de la responsabilidad  del procesado”.   

De  las  atestaciones del primero, alega que  incurrió  en  contradicción al describir el automotor que le cedió la vía al  vehículo  que  conducía el procesado, y critica que hubiera asumido la defensa  de  este último al atribuirle al motociclista la responsabilidad del choque por  desplazarse por la berma.   

Y  de la declaración de la segunda, asegura  que  “no podía decir otra cosa más allá de lo que  a    él    convenía   para   exculpar   su   conducta   imprudente”,   dado   que   el  procesado  ha  sido  su  taxista  de  tiempo  atrás.   

Tercer cargo: falso juicio de existencia por  omisión.   

El  libelista  denuncia  que  el juzgador no  hubiese  apreciado el testimonio del guarda de tránsito que elaboró el informe  Jhon  Jairo  Ricaurte  Cano,  quien  se  ratificó  sobre  el contenido de dicho  documento.  En su declaración, el funcionario expresó que nadie se presentó a  declarar  al  momento  de  elaborar  el croquis, que la prelación de la vía la  llevaba  la  motocicleta,  y  que  luego  de  realizado  el  informe llegó otra  patrulla de auxiliares.   

Así mismo, reprocha que el sentenciador, en  lugar  de  analizar la explicación del ofendido sobre las causas del accidente,  apreció  que  éste  denunció  penalmente al guarda que elaboró el croquis, y  que  ello unido a la falta de datos exactos en el informe, a la declaración del  funcionario  Sánchez  Zuleta  y  a  las  versiones  de  los testigos, permitía  restarle   credibilidad  al  informe  de  tránsito.  De  suerte  que  con  este  razonamiento  que califica de insustancial, y al no precisar cuál ha debido ser  el  manejo  adecuado  de  la  prueba  testimonial,  el juzgador de segundo grado  incurrió  en  un  falso  juicio de existencia por omisión, el cual le impidió  advertir la coherencia de la prueba de cargo.   

Así,  el  casacionista  concluye  que,  al  contrastar  la explicación que suministró inicialmente el procesado cuando fue  abordado  por  la autoridad, con la versión del ofendido, se dilucida con total  claridad  que la duda probatoria que alegó el fallador no existe, pues la causa  eficiente   del   incidente   la   aportó   el   primero  cuando  se  atravesó  imprudentemente en la vía por la que transitaba el motociclista.   

Con  apoyo  en los anteriores argumentos, el  recurrente  pide  a  la  Corte  que  case la sentencia demandada y, en su lugar,  confirme en su integridad la decisión de primera instancia.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Competencia.  

1.  Sea lo primero advertir que a la Sala le  asiste  competencia  para  resolver  sobre los requisitos de admisibilidad de la  demanda  de  casación, conforme con lo señalado en el artículo 75-1 de la Ley  600 de 2000, en asocio con el 205 del mismo Estatuto.   

Presupuestos  de  la  casación  por  vía  discrecional     y     carga     argumentativa    que    le    corresponde    al  demandante.   

2. Vale destacar, además, que en el presente  asunto  solamente  procede  la  casación discrecional,  en  los términos del inciso 3º del artículo 205 del  Código  Penal,  toda  vez  que no se cumple el presupuesto de la cuantía de la  pena  correspondiente  al  delito  por  el que fue condenado el procesado.   Así,  el  comportamiento  punible  de  lesiones  personales  en su modalidad de  perturbación  funcional  permanente  tiene  legalmente fijada  una pena de  3   a  8  años, rango que se reduce a un mínimo de 7 meses y 6 días y un  máximo  de  24  meses,  por  razón de la disminución que opera por haber sido  imputado  a  título  de  culpa  (artículo  120  del Código Penal).  Así  mismo,  el fallo no fue dictado por un tribunal de distrito judicial sino por el  Juez 18 Penal del Circuito Adjunto de Cali.   

3.  Ahora  bien,  antes  de  entrar  a  la  verificación  de  los  presupuestos  de  admisibilidad  de  la demanda, se hace  imperioso  recordar  que, como de antaño lo tiene dicho la Sala, cuando se  trata  de  derribar  la  presunción  de  acierto  y legalidad de la sentencia a  través  del  mecanismo  de  la  casación  discrecional, el  libelista,  en  estricto  acatamiento  de  la  ley  y  la  jurisprudencia  de la  Corporación,  debe  cumplir  con  las  especiales cargas establecidas para este  medio de impugnación extraordinario.   

Así, recuérdese que, cuando de la casación  excepcional  se  trata,  el  demandante debe exponer, así sea de manera sucinta  pero  clara  y  suficiente,  qué es lo que pretende con el recurso, teniendo en  cuenta  que  solamente  procede  para  el desarrollo de la jurisprudencia o para  garantizar los derechos fundamentales.   

En tratándose del primer punto, esto es, el  desarrollo    de    la    jurisprudencia,   el   casacionista  debe  mencionar  en  la  demanda  si  con  la  impugnación  de  la  sentencia  de  segunda  instancia  persigue  que  la Corte  unifique  posturas  conceptuales, actualice la doctrina o aborde un tópico aún  no  desarrollado,  precisando,  en  todo  caso,  la  manera  en que la decisión  solicitada  tiene  la  utilidad simultánea de brindar solución al asunto y, al  mismo tiempo, servir de guía a la actividad judicial.   

Y,    respecto    de   la   protección  de los derechos fundamentales,  el  demandante  en  casación  está  obligado  a desarrollar una argumentación  lógica,  dirigida  a evidenciar el desacierto, siendo necesario, por una parte,  que  identifique  con precisión la garantía que estima vulnerada e indique las  normas  constitucionales  que  la  contienen  y,  por  la otra, que demuestre su  violación  en  la  sentencia,  a  través  del quebrantamiento de la estructura  básica del proceso o la violación de un derecho fundamental.   

Es  así  que  a  la  Sala,  al estudiar los  presupuestos  de  admisibilidad de la demanda de casación, le compete constatar  que  el  recurrente  formule  el  reparo  con estricta  sujeción  a las exigencias de lógica y argumentación suficiente definidas por  el  legislador  y  desarrolladas  por  la  jurisprudencia,  con el propósito de  evitar  que  esta  herramienta  excepcional  se  convierta en una instancia más  dentro  del  proceso,  o  bien  que  se  desnaturalice  la finalidad del recurso  extraordinario, más aún, cuando éste se intenta por  la vía excepcional.    

Los   mencionados   requerimientos  están  encaminados  a  que  el desarrollo de los cargos formulados en la demanda estén  apoyados  sobre unos mínimos parámetros de lógica y coherencia, de manera que  resulten  inteligibles  en cuanto a precisión y claridad, pues de lo contrario,  como  ya  se  advirtió, no puede la Corte entrar a subsanar tales falencias, en  atención al principio de limitación.   

Es necesario insistir en que para la correcta  demostración  de  los  presupuestos  de  la  casación  excepcional  no  basta  invocar  el último inciso del  artículo  205  de  la Ley 600 de 2000, o adobar el planteamiento casacional con  frases  de  cajón  o  normas  e  instrumentos  internacionales  alusivos  a los  derechos  fundamentales,  como  tampoco es suficiente la mera enunciación de la  necesidad  de  un  nuevo  pronunciamiento  jurisprudencial; por el contrario, es  obligatorio  consultar  y  desarrollar  los  precisos presupuestos que autorizan  acudir  a  dicho instituto y diferenciarlos con nitidez de aquellos que permiten  el recurso extraordinario de casación por la vía común.    

Por   lo  tanto,  no  se  cumple  con  una  debida  fundamentación  del  instituto  excepcional  a  través  de  argumentos que cabrían en una casación  ordinaria,  o  bien  que  no  denotan  nada  diferente a una discrepancia con el  contenido  y  sentido  del  fallo.  Tampoco  el hecho de que se acuda al recurso  extraordinario  en su modalidad excepcional  relega  al demandante de su deber de mostrar claramente los yerros  que  pregona,  como  tampoco  de  los  deberes  de precisión, claridad y debida  fundamentación.   

El caso concreto.  

3.  Las  anteriores  precisiones  resultan  pertinentes  en  este  caso, dado que desde ya la Sala debe anticipar su postura  en  el  sentido  de  que  inadmitirá  la  demanda de casación, toda vez que su  contenido  incumple  con  los  presupuestos  de  debida  fundamentación que son  exigibles  cuando  se  acude  a  esta sede por la vía discrecional, y porque en  lugar  de  acreditar  con  suficiencia  la  violación  al  debido  proceso o la  necesidad  de  emitir  un  pronunciamiento jurisprudencial, se limita a enseñar  una  discrepancia  con  la  apreciación  probatoria  del sentenciador, forma de  razonamiento  inocua,  pues  la  decisión que pone fin a las instancias llega a  esta   sede   amparada   por  la  doble  presunción  de  acierto  y  legalidad.   

En   efecto,   el   libelo   –a través de argumentos propios de las  instancias-  se  limita  a  pregonar la necesidad de que la jurisprudencia acoja  sus  particulares teorías de apreciación de la prueba y así se satisfagan los  intereses  de  la parte civil, petición que sustenta valiéndose de un discurso  que  se  orienta  a  través  de  la  denuncia  de  errores de hecho en sus tres  modalidades,  con  los  cuales  aboga  porque a los medios de convicción se les  conceda    un    poder    suasorio    distinto    al    que   les   otorgó   el  sentenciador.   

Ahora  bien, como el impugnante postula tres  cargos  a  través  de  los  cuales  denuncia  la  existencia de cada una de las  modalidades  del error de hecho, resulta pertinente insistir en que este último  es,  junto  al  error  de  derecho,  una  de  las formas en que se manifiesta la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  y  se  configura de tres formas  posibles,     así:     el     falso    juicio    de  identidad  –consistente  en  la distorsión o alteración por el sentenciador de  la  expresión  fáctica  del  elemento  probatorio,  lo  que  se enuncia con la  conocida  expresión,  según  la cual, a la prueba se  le   hace   decir   lo  que  materialmente  no  dice-;  falso  juicio  de  existencia  –esto es, la declaración  de  un  hecho  probado con base en una prueba inexistente, o bien la omisión de  la  apreciación  de  una  prueba  allegada  de  manera válida al proceso- y el  falso raciocinio –o   sea,  la  fijación  de  premisas  ilógicas  o  irrazonables  por  desconocimiento de las pautas de la lógica, la  experiencia, la ciencia o el sentido común-.   

La  invocación  de  uno cualquiera de estos  errores  exige que el cargo se desarrolle con sujeción a las directrices que de  antaño  ha desarrollado la Sala, en especial, aquella que hace relación con la  trascendencia  del yerro, es decir, que el mismo haya tenido incidencia  en  el  sentido  del  fallo  censurado,  en  el  entendido  de  que éste bien puede  subsistir  al  lado  de la anomalía, si ésta no tiene la aptitud para derribar  su sustento probatorio.   

Por  otra parte, el censor tiene el deber de  evitar  que  el  alegato  casacional  se convierta en el enfrentamiento entre su  personal  apreciación probatoria y la  del juzgador, en razón de que esta  última,  gracias  que  llega  a  esta sede amparada por la doble presunción de  acierto  y  legalidad, prevalece ante la del sujeto procesal. En otras palabras,  la  sola  formulación en la demanda de casación de una apreciación probatoria  -por  muy  viable  y  ajustada  que esta sea- no es por si misma suficiente para  demostrar  un  dislate  en  la  interpretación  del  sentenciador,  como no sea  –insiste la Corporación-  que  venga  acompañada  de  un  razonamiento  encaminado  a acreditar de manera  fehaciente la violación de las máximas de la sana crítica.   

4.    A    través    del   primer  cargo, el casacionista censura que  el  juzgador  tergiversó el contenido del informe de tránsito, al apreciar que  dicho  documento  no  ofrecía  claridad  sobre  la ocurrencia de los hechos -en  particular  en lo referente al lugar en el que el automóvil recibió el impacto  de  la  motocicleta-,  pues  lo  encontró  inconsistente frente al dicho de los  testigos y del funcionario de tránsito Fanor Sánchez Zuleta.   

La  mera  enunciación  del reproche permite  observar  a  las  claras que el demandante confunde la materialidad de la prueba  con   lo   que  de  ella  se  deduce  –es  decir,  confunde  la  prueba  con  lo  probado- y, por lo tanto,  termina  denunciado la apreciación probatoria elaborada por el fallador, con lo  que se aparta ostensiblemente de la vía de ataque ensayada.    

En  efecto, el funcionario judicial ponderó  el  contenido  del  documento frente a lo dicho por los testigos del accidente y  por   el   guarda   de   tránsito   Sánchez  Zuleta.   Ese  ejercicio  de  contrastación  lo  resolvió  el  juez  penal  del  circuito  en  el sentido de  inclinarse  por  la  prueba  testimonial  y  los documentos fotográficos.   Surge  nítido,  entonces,   que  en  ello no existe la tergiversación que  propone  el  demandante,  sino  una interpretación probatoria que no se sale de  las facultades que le asisten al juez.   

Ahora bien -y a riesgo de incurrir la Corte  en  una  apreciación  probatoria  de  instancia-, al revisar el contenido de la  prueba  documental  a la que alude el impugnante y confrontarla con otros medios  de  convicción, en verdad se aprecia que mientras en una de sus partes el autor  del  croquis  trazó  un  circulo sobre la parte delantera derecha del plano que  representa  la  vista superior del vehículo, enseguida elaboró un dibujo donde  la  motocicleta se halla frente a la parte trasera del automotor.  La falta  de  claridad  sobre  la  precisión  del  croquis  aumenta al acudir a la prueba  fotográfica  en la que se ve que el impacto no ocurrió en la parte trasera del  carro,  ni  en  la  delantera, sino en la mitad; la duda termina por reafirmarse  con  el  dicho  del  testigo  Jairo  Humberto Castro Falla quien aseguró que el  contenido  del  croquis –en  particular   lo   referente   a   la   posición   de   los  vehículos-  no  es  correcto.      

Significa lo anterior que en el razonamiento  del  sentenciador  no  existió la tergiversación que denuncia el casacionista,  sino  una  apreciación  probatoria distinta a la del sujeto procesal impugnante  que  es  lo  que,  en  últimas, éste termina por censurar.  Además de lo  anterior,  resulta  claro  que  el  recurrente  se  centra  en  la crítica a la  apreciación  judicial del informe de tránsito, pero omite enseñar en el cargo  la  verdadera  trascendencia  del  yerro  que  pregona frente a la totalidad del  soporte  probatorio de la sentencia; de allí que, aún cuando hubiera atinado a  demostrar  una  tergiversación  del  medio  de  convicción,  de todos modos la  censura  carecería de trascendencia, debido a que no le demuestra a la Corte la  verdadera  idoneidad  del  hipotético  yerro  para  mutar el sentido del fallo.   

En   conclusión,   el  razonamiento  que  desarrolla  el  primer  cargo  de  la  demanda  no  es  más que una crítica al  análisis  probatorio  elaborado por el juez de segunda instancia, motivo por el  cual   no   es   idóneo   para   acreditar  una  violación  a  las  garantías  fundamentales,  o bien la necesidad de emitir un pronunciamiento jurisprudencial  sobre algún tema determinado.   

Como corolario de lo anterior y conforme lo  anticipó   esta   Colegiatura,   el   cargo  no  será  admitido  a  esta  sede  extraordinaria.   

5.    Por    medio   del   segundo  cargo, el demandante alega que el  fallador  incurrió  en  un falso raciocinio, porque al apreciar los testimonios  “mendaces      y      parcializados”  de  Carmen Tulia Escobar Cardona, Jairo Humberto Castro Falla y  del  agente  de  tránsito  Fanor  Sánchez  Zuleta  no aplicó la máxima de la  lógica  conforme  la cual “el testimonio viciado de  nulidad  por  mentira  o  parcialidad se convierte en indicio grave contra quien  pretende favorecerse con éste”.   

El  desarrolla argumentativo del cargo deja  ver fácilmente sus falencias:   

En   primer  lugar,  es  necesario  hacer  precisión  en  cuanto a lo injurídico que resulta afirmar que un testimonio se  halla  afectado  por  un  vicio de nulidad. Una tal afirmación desconoce que la  nulidad  se  refiere a las anomalías que recaen sobre la estructura esencial de  la  actuación  procesal, es decir, que afectan la normalidad de aquellas etapas  del  proceso  que  se  constituyen  en  presupuesto  de  validez para las etapas  subsiguientes1.    

Los  medios  de  prueba  son,  en  cambio,  elementos  de  juicio  que  justifican  el  sentido  de  las decisiones, pero no  componentes   esenciales   de  la  estructura  procesal.  Es  por  eso  que  las  irregularidades  que las afectan conducen a su inexistencia mas no a su nulidad,  a  no  ser  que, como en el único caso de la indagatoria, junto a su condición  de  prueba  testifical  también  tenga  la  de  acto de vinculación procesal y  mecanismo de defensa.   

Por si fuera poco lo anterior, resulta igual  de   desatinado   sostener   que   el   contenido   de  la  prueba  –en  este  caso las atestaciones de los  declarantes,  las  cuales  el censor califica de mentirosas- tenga la aptitud de  generar  nulidad.  Dígase,  entonces,  que  la  veracidad  o  mendacidad de las  manifestaciones  del  deponente,  así como el mérito de su versión, es asunto  que  corresponde determinar al funcionario judicial, bajo los lineamientos de la  sana  crítica. Dicho dentro modo, las mentiras del testigo tienen incidencia no  en  la legalidad y validez de la prueba sino a la hora de su apreciación.    

Y si de lo que se trata es de cuestionar en  sede  de  casación  un  yerro  en  la  aducción  de  los  elementos  de juicio  probatorios,  lo que se impone es, entonces, invocar en esta sede extraordinaria  la  violación  indirecta de la ley sustancial, por vía del error de derecho en  la  modalidad  de  falso juicio de legalidad, forma de censura que no enuncia ni  desarrolla  el casacionista, y que tiene por objeto corregir la ilegalidad en la  aducción del medio de convicción.   

El  yerro  de razonamiento reseñado es tan  ostensible  que  por  sí  mismo  justificaría  la  inadmisión  del  cargo; no  obstante,  la  Corporación no puede pasar por alto, además, que aquello que el  censor  invoca  como  una  máxima de la lógica no es en realidad tal, sino una  apreciación  personal  de  la  prueba,  mediante  la  cual busca privilegiar el  mérito  de  unas  ciertas  pruebas  sobre el de otras, según los intereses del  sujeto   procesal   impugnante,  en  franca  discrepancia  con  la  ponderación  judicial,   pero   sin   demostrar  de  manera  fehaciente  de  qué  manera  el  sentenciador erró en la apreciación del conjunto probatorio.   

Más  aún,  el razonamiento que propone el  libelista,   al  pretender  hacer  valer  como  una  regla  de  apreciación  su  particular  manera  de  interpretar  el  dicho de los testigos, se acerca más a  aquella  modalidad  del  error  de  derecho  que  resulta ser el falso juicio de  convicción,  de  por sí bastante raro en un sistema probatorio que, como el de  la Ley 600 de 2000, ha desterrado el sistema de la tarifa legal.   

Finalmente,  aún cuando a la Sala le fuera  dado  -no  sin  enorme  dificultad  y desconociendo el principio de limitación-  hacer  caso  omiso  de  los  yerros  de  razonamiento reseñados, de todos modos  habría  de  concluir  que  los argumentos que propone el censor en contra de la  apreciación  judicial  de  los  testimonios  de Escobar Cardona, Castro Falla y  Sánchez  Zuleta  no  son  sino apreciaciones personales que, por sí mismos, no  son  idóneos  para  acreditar en esta sede extraordinaria un dislate ostensible  de raciocinio.   

Es  así  que la crítica orientada a hacer  ver  que  el funcionario de tránsito supuestamente no conocía las señales que  ordenan  el tráfico vehicular o que la testigo Escobar Cardona depuso de manera  parcializada  para  favorecer al conductor que regularmente la transportaba, son  posturas  probatorias  que, por demás, no encuentran soporte en la actuación y  su  mera  enunciación  carece  de  incidencia  en  el  sentido  de la decisión  recurrida.   

En conclusión, por adolecer de una indebida  fundamentación, el segundo cargo será inadmitido a esta sede.   

6.    A    través   del   tercer  cargo,  el  casacionista  alega un  falso  juicio  de  existencia  por  omisión el cual, según dice, recayó en el  testimonio  del  guarda de tránsito que elaboró el informe Jhon Jairo Ricaurte  Cano.   

Pues  bien,  basta  una  revisión  de  la  providencia  recurrida  para  advertir rápidamente que no existe la omisión de  apreciación  probatoria  denunciada.   En  efecto,  surge  nítido  que el  fallador  se  ocupó  del  testimonio  que el impugnante estima omitido.  Y  así lo plasmó:   

“El guarda que  rindió  el  informe  de  tránsito,  en  ratificación  del  mismo  señaló su  asentimiento   a  todo  lo  consignado  en  el  mismo  exponiendo:  ‘si   claro,   así   lo   dice   la  demarcación’  cuando se  le  preguntó  si  consideraba  que la maniobra efectuada por el conductor de la  motocicleta,  adelantando  por  el  lado  izquierdo  a los vehículo que iban de  norte  a  sur, era lícita… El guarda de tránsito Jhon Jairo Ricaurte Cano se  ratificó  nuevamente  de  su  informe  de accidente e indicó que él no había  visto    el    accidente,    que    él    llegó   a   atenderlo”.   

De  suerte,  pues, que el falso juicio de  existencia  por  omisión que pregona el demandante carece de materialidad. Cosa  distinta  es que el sentenciador no lo hubiera apreciado de manera conveniente a  los   intereses   del  sujeto  procesal.   Recuérdese  cómo  –y   así   mismo   lo   entiende   el  recurrente-  el  juez  penal del circuito concluyó que la falta de información  precisa  en  el informe, la declaración del agente de tránsito Sánchez Zuleta  y  las  versiones de los testigos le permitían restar poder suasorio al aludido  documento;  dicha conclusión la apoyó, además, en la denuncia penal formulada  por  el  procesado  en  contra  de  quien  elaboró el croquis, precisamente por  razón    de    las    supuestas    imprecisiones    que    en    él   aparecen  consignadas.   

Los  elementos  de  juicio  así reseñados  condujeron  al  juzgador  a  no  acoger las explicaciones del guarda de tráfico  Ricaurte  Cano.   Lo cierto es, entonces, que el falso juicio de existencia  por  omisión  no  se  produjo,  y aquello que el libelista termina por censurar  –una vez más-  es en  realidad  la  apreciación  probatoria  del  juez de segundo grado, por no haber  otorgado  un  poder  de  convicción  distinto  al testimonio de Ricaurte Cano y  haberlo  encontrado  corroborado  por  las  explicaciones del ofendido.  La  Sala  insiste en que -según consta en la providencia recurrida y se observa del  contenido  probatorio  del  proceso-   el juez penal del circuito en verdad  tomó  en  consideración  el  medio  de  convicción  que reseña el censor, no  obstante  lo  cual, tras ponderarlo junto al conjunto probatorio, consideró que  la  versión  del  ofendido  y la del funcionario de tránsito solamente arrojan  duda sobre la causa que desencadenó el siniestro.   

Por lo tanto, lo intrascendente del discurso  del    recurrente    impide    admitir    el    tercer   cargo   a   esta   sede  extraordinaria.   

La   Sala  reitera  y  confirma  así  su  apreciación  inicial  en  el  sentido  de que los argumentos que desarrollan la  demanda  no  se  acercan a la demostración de los presupuestos de admisibilidad  de  la  casación  por la vía discrecional, sino que se limitan a presentar una  discrepancia  probatoria, cual si se tratara de un razonamiento de instancia, lo  que  es  del  todo inidóneo para acreditar la violación al debido proceso o la  necesidad de emitir un nuevo pronunciamiento jurisprudencial.   

7.  Por  último, la Corporación encuentra  que   el  demandante  deja  apenas  enunciada  la  necesidad  de  que  un  nuevo  pronunciamiento    jurisprudencial    profundice    en    el    tema    de    la  prejudicialidad.   No  obstante,  el  libelo  omite todo desarrollo de esta  petición,  pues  no  explica  cómo  fue  que esta figura tuvo incidencia en el  sentido  de  la  determinación  recurrida,  de qué manera debe pronunciarse la  Colegiatura,  cuál  es la oscuridad legal o doctrinal que es necesario precisar  y,  lo  más  importante,  cómo  el pronunciamiento que se le requiere tiene la  doble  misión  de cubrir un vacío legal o conceptual y, a la vez, corregir una  violación al debido proceso en este caso particular.    

Tampoco la Sala encuentra la utilidad de un  pronunciamiento  sobre  el  asunto  propuesto  y  aprovecha  para  recordarle al  casacionista  que  ya  se  ha referido al mismo en los autos de única instancia  del  27  de  octubre  de  2008,  radicación  No. 29549 y 11 de febrero de 1998,  radicación No. 12291, entre otras decisiones.   

Conclusión.  

7.  La  demanda  de  casación  por la vía  discrecional  presentada  por  el  apoderado de la parte civil no cumple con los  presupuestos  para  acceder a esta sede extraordinaria debido al desconocimiento  del  principio  de  debida fundamentación que rige este recurso extraordinario,  motivo  por  el  cual –como  lo anticipó la Corte- todos sus cargos serán inadmitidos.   

8.  Para  terminar,  se  advierte  que  del  estudio  del  proceso  no  se  vislumbra  violación de derechos fundamentales o  garantías  de  los  sujetos  procesales que amerite el ejercicio de la facultad  oficiosa  de  índole legal que al respecto le asiste a la Sala para asegurar su  protección.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

        R E S U E L V E   

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

INADMITIR   la   demanda  de  casación  presentada    por   el   apoderado   de   la   parte  civil,    en    representación   de   NARCISO   JORGE   FABIO  QUINTERO.   

Contra  esta  decisión  no  procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

MARÍA    DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

JOSÉ     LEONIDAS     BUSTOS  MARTÍNEZ                                                                                                      SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                                                    AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANES                                                        YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

JULIO  ENRIQUE  SOCHA     SALAMANCA                                                       JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Sentencia de casación de 9 de febrero de 2006. Radicación 20201.     

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