32605(17-11-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso n.º 32605  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JAVIER ZAPATA ORTIZ  

Aprobado  Acta:  371       

Bogotá,  D.  C,  diecisiete   (17)  de  noviembre de dos mil diez (2010).   

D   E   C   I   S   I  Ó  N   

Con  el  fin  de  verificar  si  reúne  los  presupuestos  que  condicionan  su  admisión,  examina  la  Sala  la demanda de  casación  presentada por el  defensor  de  CARLOS  JULIO  ROJAS QUIROGA1,  contra  el  fallo  expedido  por  el  Tribunal  Superior  de  San  Gil2,     el  cual  confirmó la       sentencia       adoptada  por el Juzgado Primero Penal del  Circuito  de Puente Nacional, que lo condenó a la pena  de   cuatro   (4)   año   de   prisión,    por    el    punible    de    falso  testimonio.   

A N T E C E D E N T E S  

a)   El   10  de  septiembre  de  2004,  el  Tribunal  Superior  de San  Gil,  confirmó  la  sentencia  proferida  por el Juzgado  Penal   del   Circuito   de  Puente  Nacional,  contra  Marco Antonio Quiroga Pérez,  quien  fue  condenado  por  los  delitos de homicidio y  porte  ilegal de armas de fuego de defensa personal, en  calidad  de  autor  material,  según hechos ocurridos el 18 de octubre de 1988;  día   en   el   que   se   produjo  el  deceso   del  señor  Isidro   Sánchez   Pérez   a  manos  de  Marco Antonio Quiroga Pérez,  alias  “tocayo”,  en el  sector   denominado   “dos  caminos”  en  la vía que comunica a los municipios de Jesús María y Sucre  S.,  por  cuanto  existía enemistad entre ambos, a consecuencia de la muerte de  la  hermana de Marco Antonio Quiroga Pérez,    imputada    a    Isidro    Sánchez  Pérez, quien a su vez era su esposa.   

b)   La  segunda  instancia,    además,    ordenó   compulsar   copias   penales,   “a  fin  de  que  se  investigue  si los declarantes Carlos Julio  Rojas  Quiroga,  Ramón  Darío  Ruiz y Ramiro Vargas Cortés, incurrieron en el  delito   de   falso   testimonio”.    

c) En lo tocante al  aquí     recurrente     CARLOS     JULIO     ROJAS  QUIROGA, sostuvo el Juez Colegiado:   

“Desde luego, lo argüido por Carlos Julio  Rojas  Quiroga,  sobrino  del incriminado, en el sentido que cuando el fallecido  se  subió al carro expresó que ese día si iba a matar a Marco Antonio tampoco  es  verídico,  porque  si  se lee la declaración de Hugo Luengas Ardila, ellos  los  dos  fueron  los últimos que se subieron al campero y la única expresión  de   Isidro  fue  ‘tocar  (sic)  que irme de aquí con mi cuñado’,  pero  nunca  lanzó  amenazas  de  muerte.  Lo  aseverado por el  testigo  es  apreciable porque es el mismo conductor del vehículo Jaime Eduardo  Rodríguez  quien  al  folio  113  manifiesta  que  Hugo e Isidro abordaron a la  salida  del  pueblo, esto es, confirma lo aducido por aquél y obviamente que se  hallaba  en  condiciones ideales para haber escuchado la amenaza si en verdad la  hubiera  proferido.  Así  las  cosas pierde fuerza esta especie e igualmente la  relativa  a  que  Isidro  había  ofrecido dinero para que dieran muerte a Marco  Antonio,  toda  vez  que  no  obtuvo comprobación siquiera en mínima parte del  proceso”.   

H    E    C    H   O   S   

El  22 de julio de 2002, ante el Juzgado      Promiscuo      Municipal     de     Jesús     María,  Santander,  rindió  declaración  jurada Carlos     Julio     Rojas     Quiroga3,  con  el  fin  de  esclarecer  las  circunstancias  en  las que falleció Isidro  Sánchez  Pérez.  Sin embargo, la  judicatura  lo  halló  responsable del delito de falso  testimonio,  junto  con otras personas, al demostrarse  que   le   mintió   a   la   justicia  para  favorecer  a  su  tío    Marco  Antonio    Quiroga    Pérez,   alias   “tocayo”.    

A C T U A C I Ó N    P R O C E  S A L   

1. El 16 de agosto de  2006,  la  Fiscalía Primera Delegada ante el Juzgado  Penal   del   Circuito   de  Puente  Nacional,  dictó  resolución  de  acusación  contra  Carlos Julio Rojas  Quiroga,  Ramón  Darío  Ruiz y Ramiro Vargas Cortés,  por   el   punible   de  falso  testimonio.   

2.  El 15  de  abril  de  2008,  la Fiscalía     Delegada,    confirmó  la anterior decisión, con base  en  la  apelación  realizada  por el abogado de Ramón  Darío Ruiz y Ramiro Vargas Cortés.   

3. El 23 de enero de  2009,   el  Juzgado  Penal  del  Circuito  de  Puente  Nacional        (Santander),        condenó    a    los     procesados  Carlos  Julio  Rojas  Quiroga,  Ramón  Darío  Ruiz y  Ramiro  Vargas  Cortés, a la pena principal, para cada  uno,  de  cuatro  (4)  años  de  prisión,  al encontrarlos penalmente responsables del delito de imputado de  falso  testimonio.  Y,  como  accesoria,  la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas, por el mismo lapso.   

4.  El  13 de abril  siguiente   2009,   El   Tribunal  Superior  de  San  Gil,  confirmó  la  decisión  judicial  aludida,  por  apelación  elevada por el  inculpado   Calos   Julio  Rojas  Quiroga y su defensor.   

5.  El mismo sujeto  procesal,    a    nombre   de   Calos   Julio   Rojas  Quiroga, inconforme con el fallo referido, lo impugnó  y,  a  su  turno,  mediante la presentación del respectivo libelo, sustentó el  recurso de casación, que hoy examina la Corte.   

D   E   M   A   N   D  A   

Bajo  la  égida  de  la  Ley 906 de 2004, el  recurrente   atacó   el   fallo   expedido   por   el   Tribunal,  “toda   vez  que  ésta  resulta  ser  más  favorable  para  los  intereses  de  mi  asistido  frente  a  la  ley  600  de 2000 vigente para dicho  momento”.   

Siendo  ello  así, invocó el artículo 181,  inciso  3  de  la  primera normatividad citada, “por  considerar   la   sentencia   acusada  violatoria  de  la  ley  sustancial,  por  apreciación   errónea,   por   error  de  hecho  en  la  apreciación  de  las  pruebas”  y, sustentó dos censuras, de la siguiente  manera:   

Cargo primero.  

1)    Indicó  “que  el  error  de hecho en la apreciación de las  pruebas  se  basa  entre otros en concederle a un elemento probatorio un alcance  distinto  al  que  legalmente  le asiste”, apoyado en  una   sentencia   de   la   Corte   Constitucional4 (S-590 de 2005).   

2)  Advirtió  que  “a  partir  de  una lectura juiciosa”  de los testimonios de Luengas   y   Quiroga,  éstos  no “contradicen en su esencia”  lo  manifestado  por  el  imputado,  en  donde  las instancias, le  “conceden  a  estas declaraciones un alcance que no  tiene,  fundamentándose  en  estos  (sic)  para  pregonar  la falsedad de aquel  (sic)”.   

3) Trasladó apartes  de  algún  “testimonio”,  al  parecer  el  de su mandante y del fallo de primera instancia; luego, extrajo  del  mismo  las  afirmaciones  principales. Idéntico procedimiento utilizó con  las   declaraciones   de   Hugo  Luengas  y   Heli   Alberto   Quiroga.   Y  de  allí,  concluyó:  “como  se  observa  el  Ad quem al igual que el A quo incurren en manifiesto error de hecho  al  momento  de  apreciar  dichas  probanzas”.    

En     su     concepto     “ninguna  de  las  afirmaciones  hechas  en  los  testimonios  de  Luengas  y  Quiroga  Téllez  se  puede  acreditar  falsedad de las afirmaciones  hechas  en  el  testimonio  de  Rojas  Quiroga”, por  tanto,  consideró  que  se  produjo  un  falso  juicio de identidad5  “toda  vez  que  el juzgador acreditó la falsedad del testimonio  de  mi  defendido  a  partir  de  dos  pruebas  que desde ningún punto de vista  acreditaban dicha falsedad”.   

Bajo     el     título    “¿que    (sic)   es   lo   que   (sic)   la   prueba   realmente  acredita?”, expuso: en atención al análisis de las  declaraciones    de    Hugo   Luengas   y   Heli   Alberto   Quiroga,  se  dijo  que  los  dos  se encontraban en una cantina ingiriendo  licor  y  cuando  terminaron  abordaron  el vehículo destinado para el servicio  público  donde  también se hallaba el procesado Marco  A.  Quiroga;  este  último,  en  todo  el trayecto le  discutió   a  Isidro  quien  “no  le contestó nada pues estaba muy embriagado e  iba  con  la cabeza agachada y que Quiroga accionó un arma de fuego causándole  la muerte a Isidro”.   

En un nuevo apartado, el libelista tomó otro  título  de la jurisprudencia anotada: “que (sic) es  lo   que  (sic)  el  juzgador  acreditó  erróneamente  de  ella”,  para  explicar  el  yerro,  en tanto las instancias, “acreditan   erróneamente  la  falsedad  del  testimonio  de  mi  prohijado”,  para  lo cual transcribe un párrafo de  tales providencias y, en seguida anotó:   

“Nótese en este  aparte  que el juzgador edifica en mi prohijado responsabilidad por el actuar de  otros  investigados,  estandarizando sus atestaciones, midiéndolos con la misma  tabula   rasa   y  ubicándolos  en  un  mismo  análisis  colectivo,   soslayando   el   hecho   de   que   en   cuanto   –infiere   al   testimonio   de   mi  asistido no se observó incongruencia alguna toda vez  que  en su único testimonio, este se limitó a declarar que el finado le había  hecho  una  manifestación,  que  del  acontecer homicida no sabia nada y que se  había  enterado de que este le había ofrecido dinero a Alirio Luengas para que  le causara la muerte a su tío en época anterior”.     

Acto  seguido,  el  libelista  eligió  otro  párrafo   de   la   sentencia   condenatoria   en  donde  se  desechan  algunas  declaraciones  para  ofrecerle  credibilidad  a  la  expuesta  por  Hugo    Luengas    Ardila,   “quien   verdaderamente   expuso  una  realidad  fáctica  ajustada  a como sucedieron los hechos… circunstancia esta  que  permite  colegir  la  mentira  radicada  en  cabeza de ROJAS QUIROGA con el  ánimo  de colocar en el camino de la investigación pequeñas triquiñuelas que  llevan a favorecer a su tío”.   

Ante  lo  sostenido por el Tribunal, el actor  concluye:   

“¿Acaso  el  testigo  no  podía  omitir  algunos  detalles,  como  un  casual  encuentro con anticipación a los hechos?,  ¿Acaso  no  es posible que el encuentro se haya presentado en algún momento en  el  cual el finado estaba solo?; ¿Acaso mi defendido dijo que la manifestación  se  la  había  hecho  el  finado  a voz alta? ¿La manifestación no se la pudo  hacer  personalmente sin que nadie más escuchara?… ¿Acaso por la sola razón  de  que  en  un  testimonio  no  se  mencione  un  hecho  anterior  a los hechos  verdaderamente     relevantes    esto    significa    que    este    hecho    no  sucedió?”.    

Para   rematar,   afirmó:   “Lo  que  se  ve aquí es claramente un falso juicio de identidad  en  el  cual  se da por acreditado la falsedad del testimonio de mi prohijado en  virtud  de  una  prueba  que  no  tenia la calidad ni  idoneidad      para     acreditarlo”.   

Y, retomando el aparte puntualizado aquí, en  la página 6, último párrafo, de este auto, sostuvo:   

“En  este  texto  también  se  observa  de  manera palmaria el yerro por parte del juzgador en  cuanto   infiere  el  alcance  conferido  a  tan  singular  elemento  de  prueba  edificando  una  falsedad  del  testimonio  de  mi  defendido  colegiada  (sic),  concluida,  deducida  de  unas probanzas que jamás detentaban la idoneidad para  acreditar  tal ente infraccional (sic)”.   

Para  el  actor  se  conculcó los derechos y  garantías  fundamentales,  como  el “debido proceso  probatorio…               “horadándose  las reglas sustanciales  del   proceso   en   cuanto   atañe   a  la  adecuada  valoración  del  acerbo  probacional   (sic)”.  Por lo tanto, en su sentir, se hace necesario casar la  sentencia  recurrida  y,  en  su defecto, “CASAR     PARCIALMENTE  el  injusto  fallo  impugnado,  para  en  su  lugar  ABSOLVER     A     CARLOS     JULIO    ROJAS    QUIROGA”.   

Cargo Segundo.  

Por  la  égida  de  la  Ley  906 de 2004, el  memorialista   insiste  en  presentar  un  nuevo  ataque  por  el  procedimiento  acusatorio, para ello, se refirió al artículo 181, numeral 1º.   

Lo exhibió de la siguiente manera:  

“El  ad  quem,  incurre  en error de derecho por violación directa, por aplicación indebida de  una   norma  legal  debido  a  falso  juicio  de  convicción  al  dar  errónea  aplicación   al   artículo   11   de   la   ley   599   del   2000”.   

Luego,    transcribió    el    artículo  correspondiente   a   la  antijuridicidad  material6   y,   como   su   protegido  jurídico,  indicó  a  la  justicia  no  saber absolutamente nada de los hechos  objeto  de  investigación,  jamás  manifestó  los  pormenores  que pasaron al  interior  del  automotor,  ni  menos  aún  trató  de justificar la conducta de  Marco  Quiroga  acusado  por  homicidio;  por lo que “de  aceptar  la  falsedad en el testimonio de mi prohijado, se debería concluir que  esta  era  inocua, toda vez que no representaba medio idóneo par atentar contra  la  recta  administración de justicia, debido a que en su contexto nada se dijo  del  momento  en que sucedieron los hechos; careciendo  por  esta razón de antijuridicidad, elemento esencial para que proceda reproche  alguno”.   

Todo, por cuanto, repite, a su defendido no le  consta  nada  de  lo  sucedido, menos aún, se puede configurar alguna causal de  exculpación  de  responsabilidad  por el dicho de su mandante, tampoco se puede  deducir  la  circunstancia  de  menor  punibilidad  como  lo es la ira o intenso  dolor,  ni  establece  ausencia de responsabilidad el ofrecimiento de dinero por  parte  de Isidro para matar al  hoy procesado.   

Trasciende   lo   expuesto,   por   cuanto,  “el  testimonio  rendido por el señor Carlos Julio  Rojas  Quiroga carece de antijuridicidad, no solo por que (sic) como es obvio no  lesionó  el  bien  jurídico  tutelado,  sino  por  que  (sic)  ni  siquiera se  verificó  que  lo  pusiera efectivamente en riesgo”;  motivo  por  el  cual,  aquí también –en  criterio  del  libelista-  se  vulneró  el  debido proceso y el  derecho a la libertad.   

Por  tanto,  es indispensable que el fallo se  case,  para  reparar los agravios inferidos a los intervinientes, proveniente de  una  “equivoca valoración de rudimentos de rancia y  añeja ortodoxia”.    

Citó como normas violadas, los artículos 2,  6,  15,  29  de  la  Constitución Política; 11, 442 y 7, 232, 234 y 238 de las  Leyes 599 y 600 de 2000.   

Solicitó   casar   parcialmente  el  fallo  recurrido, en donde se ordene la absolución de su mandante.   

C O N S I D E R A C I O N E S  

1.  La Corte  advierte que los ataques formulados  por  el  defensor  del hoy condenado CARLOS JULIO ROJAS  QUIROGA, no reúnen los  mínimos presupuestos de  coherencia  y lógica-argumentativa descritos por la jurisprudencia para admitir  la  demanda,  pues  alegó  errores  por vía directa e indirecta, como punto de  partida  para  lograr  la  infirmación  de  la  decisión  cuestionada,  en  el  desarrollo  y  demostración  de los reparos, el recurrente incurrió en graves,  múltiples  y exacerbadas falencias, las cuales atentan contra la filosofía que  inspira el recurso extraordinario de casación.   

2. Menos aún puede  entenderse  las  censuras  como nuevas rutas para confeccionar escritos de libre  importe  y, ensayar, por ese camino, derrumbar la doble presunción de acierto y  legalidad  inherente  a  las  conclusiones contenidas en los proveídos; tampoco  consiste   en   añadir   un   cúmulo  de  ideas  disgregadas,  fragmentadas  y  deshilvanadas  en  el  libelo  en  búsqueda  de  fines  jurídicos subjetivos o  hipotéticos  para  asegurar  un  posible  éxito,  tal como lo plasmó el   impugnante.   

3. Como metodología,  la  Sala  abordará  el  estudio de los cargos en bloque, estableciendo aquellos  puntos  más preponderantes, a fin de determinar de manera precisa los desatinos  de  mayor  impacto,  con  el  objeto  de  brindarle  al  profesional del derecho  suficiente  claridad  en  torno  a  los dislates presentados en su ataque.    

4.  Son  múltiples,  exacerbados   y  complejos los errores revelados en la demanda.   

Primero: el punible  por  el  que  fue  sentenciado  su  prohijado  oscilaba  entre  4  y  8 años de  prisión.   

Por  ello,  al  demandante,  le  era exigible  presentar  el  libelo por vía discrecional   –en  este  caso-,   por   cuanto   el  injusto  por  el  que  se  condenó  a  CARLOS  JULIO  ROJAS  QUIROGA, –falso      testimonio7   

–   se  consumó  el 22 de julio de 2002, bajo el trámite de la Ley 600  de  2000  y,  como  ya  se  indicó,  tal guarismo  no  supera lo establecido para la casación común, según  lo consagraba el artículo 205 de esa codificación:   

“La   casación   procede   contra  las  sentencias  proferidas  en  segunda  instancia  por los Tribunales Superiores de  Distrito  Judicial  y el Tribunal Penal Militar, en los procesos que se hubieren  adelantado  por  los  delitos que tengan señalada pena privativa de la libertad  cuyo   máximo   exceda  de  ocho  años,  aún  cuando  la  sanción  impuesta  haya  sido  una  medida de  seguridad”.   

Por  otro  lado, la Ley 599 de 2000, entró a  regir  un  año  después,  el  24  de  julio  y,  los hechos objeto de estudio,  tuvieron  ocurrencia, el día que declaró Carlos Julio  Rojas  Quiroga,  esto  es, el 22 de julio de 2002; por  tanto,  le  aplica  el  Código  Penal  -Ley 599-, sin modificaciones, según se  puede constatar en el artículo 442:    

“El   que   en  actuación  judicial  o  administrativa,  bajo la gravedad del juramento ante autoridad competente, falte  a    la    verdad    o    la    calle   total   o   parcialmente,   incurrirá  en  prisión de cuatro (4) a ocho (8) años”.   

Segundo: siendo ello  así,  la  lógica  argumentativa  exigida  para  tal  eventualidad –casación  discrecional-,  guarda aún  mayores  requerimientos  tanto legales como jurisprudenciales, que la ordinaria,  con   el   inmediato   objeto   de  persuadir  a  la  Corte  para  aceptar  unos  planteamientos  que,  en  principio,  no  proceden para determinadas actuaciones  extraordinarias;  por  tanto,  la  debida  sustentación  debe  ir  avalada  por  situaciones   de   flagrantes  vulneraciones  a  los  derechos  constitucionales  fundamentales  o  a  la  imperiosa  necesidad  de desarrollar la jurisprudencia,  casos   en   los   cuales,   al  demandante  se  le  brinda  la  oportunidad  de  manifestarlos,   a   condición   de   apropiarse  de  una  verdadera  temática  casacional.   

Tercero: tal como se  constató  el  defensor  olvidó  sustentar como lo exige la jurisprudencia y lo  consagra  la  ley, los motivos para admitir el libelo contenidos en el artículo  205,  inciso  3  de  la Ley 600 de 2000, al disciplinar que la Sala discrecionalmente podrá admitir demandas  de  casación  contra  sentencias  expedidas  por  funcionarios  diversos  a los  Magistrados de Tribunales:   

“… cuando lo considere necesario para el  desarrollo  de  la  jurisprudencia o la garantía de los derechos fundamentales,  siempre que reúna los demás requisitos exigidos por  la ley”.   

Se  hace  imperioso,  entonces,  motivar  y  discernir     que     se     consumó    en    instancias    una    vulneración     a    las    garantías    fundamentales,  puntualizadas  en  alguno de los sentidos expresados por la ley y  la  jurisprudencia; desde luego, deberá realizarse tal labor intelectual, en el  mismo  contexto  del  libelo  pero  delimitándolo  en un capítulo aparte, para  después,  atarlo  coherentemente  a  la  argumentación propia de una casación  ordinaria:  presupuestos  que  no  se  satisfacen  por solo hecho de expresar un  listado  de defectos para luego derivar de ellos defectos, muchos de los cuales,  no  colman el interés programado normativamente para la vulneración del debido  proceso.   

Entraña      el      desarrollo   de   la  jurisprudencia,  una  ponderación  aquilatada  de las tesis jurídicas que en juicio del togado deban  ser  perfeccionadas y mejoradas, naturalmente, tomando como punto de partida los  criterios  jurisprudenciales  que  se  pretenden  modernizar  y,  como es obvio,  aterrizados al caso cuestionado.   

El  olvido  de este presupuesto, -como en el  caso  en  estudio- trae en forma inexorable el rechazó inmediato de la demanda;  sin  embargo,  para  redundar  en  garantías,  la  Sala  se  ocupará  de otros  ítems.   

Cuarto: de lleno se  refirió   a   la   Ley   906  de  2004:  “toda  vez  que ésta resulta ser más  favorable  para los intereses de mi asistido frente a la ley 600 de 2000 vigente  para        dicho        momento”.   

Desde ningún punto de vista jurídico, puede  el  recurrente  motivar  el recurso extraordinario de casación, cuyos hechos se  perpetraron  en vigencia de una ley, con otra, extraña a los mismos. Por tanto,  no  podía  sustentarlo,  por  obvia  y  simple  lógica, con base en el sistema  acusatorio,  pues  los  actos  antijurídicos, jamás ocurrieron en su vigencia,  con  base  en  el  artículo  530  de  la  Ley 906 de 2004, que informa sobre la  selección  programática,  para  su  aplicación,  en  los  diversos  Distritos  Judiciales del país:   

“Una  segunda  etapa  a partir del 1º de  enero  de  2006  incluirá  los distritos judiciales de Bucaramanga, Buga, Cali,  Medellín,  San  Gil,  Santa  Rosa  de  Viterbo,  Tunja  y Yopal”.    

Quinto: la demanda  se  encuentra  inundada de suposiciones, conjeturas y figuraciones, inadmisibles  en  sede  extraordinaria, en tanto, con tal proceder, se vulneran los postulados  de  claridad,  objetividad y no contradicción que la rigen, por ejemplo, cuando  sostuvo, en el primer ataque:    

“¿Acaso  el  testigo  no  podía  omitir  algunos  detalles,  como  un  casual  encuentro con anticipación a los hechos?,  ¿Acaso  no  es posible que el encuentro se haya presentado en algún momento en  el  cual el finado estaba solo?; ¿Acaso mi defendido dijo que la manifestación  se  la  había  hecho  el  finado  a voz alta? ¿La manifestación no se la pudo  hacer  personalmente sin que nadie más escuchara?… ¿Acaso por la sola razón  de  que  en  un  testimonio  no  se  mencione  un  hecho  anterior  a los hechos  verdaderamente     relevantes    esto    significa    que    este    hecho    no  sucedió?”.   

Como  se  puede apreciar son innumerables los  desatinos   al  presentar  como  argumentos  opiniones  abstractas  sin  ninguna  posibilidad  de  transformar  el fondo del asunto de acuerdo a sus pretensiones.   

Sexto:  infringió,  además,   el   principio  de  autonomía  que rige la casación, en el entendido que con los presupuestos de  una  causal  no  se  puede  sustentar  otra.  Eso  fue precisamente lo que aquí  sucedió,  pues  el  actor,  demando  un falso juicio de identidad y lo explicó  como     si     se    tratara    de    un    falso    raciocinio    –desde  luego,  este también exento de  las  pautas  requeridas  por  la  jurisprudencia-,  pues  lo argumentó sobre un  cúmulo   de   con  inferencias,  tal  y  como  quedó  atrás  se  estableció.   

En  consecuencia,  el  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad,  debe   ser   motivado   teniendo   en   cuenta,  precisamente,  la  identidad   de   las   pruebas;  las  que  –por  esta  vía-  pueden  socavarse  de tres formas distintas e incompatibles: a)  por   falso   juicio   de  identidad      por      tergiversación,  al  cambiarle  el juzgador el sentido  literal   al   medio   probatorio,   b)  falso      juicio      de      identidad      por      adición, consistente en que se le añade  a   la   prueba   aspectos  fácticos  no  comprendidos  en  ella,  c)   falso   juicio   de  identidad  por  cercenamiento,  exteriorizándose  cuando  se  exime del  contexto    probatorio   hechos   o   circunstancias   esenciales   –incluidos    ,    como   es   obvio,  objetivamente  en  el  medio-  que  al  haber  sido  suprimidos,  desquician  la  decisión del juzgador.   

En las tres modalidades se muda textualmente  la  prueba  para  ponerla a decir lo que ella, en su propia naturaleza no dice o  enuncia,  vicio  que conlleva a la declaratoria de una verdad fáctica diversa a  la  revelada por los falladores; este supuesto fue olvidado por el actor en toda  su  amplitud,  pues no se trata de extraer conjeturas con el fin de constatar un  desatino  judicial  sino  demostrarle  a  la  judicatura  el  error en su exacta  dimensión objetiva, para luego explicitar la trascendencia.   

Nada  de lo expuesto realizó el profesional  del  derecho,  menos  aún  se refirió a algún sentido del yerro denunciado y,  como  si fuera poco, en todo el contexto de la demanda, lo único que atacó fue  la  credibilidad  que los juzgadores le brindaron a las pruebas, pero como ya es  notorio en su escrito, sin ninguna temática casacional.   

Octavo:   Igual  sucedió  con  la  segunda censura, pero los yerros son aún mayores, los cuales  se observan también desde el inicio, cuando afirmó:    

“El  ad  quem,  incurre  en error de derecho por violación directa, por aplicación indebida de  una   norma  legal  debido  a  falso  juicio  de  convicción  al  dar  errónea  aplicación   al   artículo   11   de   la   ley   599   del   2000”.   

Aquí nuevamente vulneró el anterior axioma  de  autonomía, pues anunció un desafuero por vía directa y lo combinó con un  falso  juicio  de  convicción,  propio  de un yerro de derecho, por la ruta del  segundo   cuerpo   de  la  causal  primera,  lo  cual  es  insostenible  por  lo  contradictorio  del  planeamiento;  más  fatal  se  muestra,  si se le adiciona  violación  al  debido  proceso, como lo hizo el memorialista.      

Noveno:    al  seleccionar  un  error  de  derecho  por  la vía directa, no le es permitido al  togado revalorar los medios probatorios, como cuando indicó:   

“…   el  testimonio   rendido  por  el  señor  Carlos  Julio  Rojas  Quiroga  carece  de  antijuridicidad,  no  solo  por  que  (sic)  como  es  obvio no lesionó el bien  jurídico  tutelado,  sino por que (sic) ni siquiera se verificó que lo pusiera  efectivamente  en  riesgo”.  (Todos los subrayados fuera de texto).   

Décimo: se relaciona  con   el   postulado   de   trascendencia,  pues  en  su  ataque  el  libelista  no  expuso, como lo exige la  jurisprudencia,  las  consecuencias  de  las violaciones a la ley sustancial por  él     demandadas     contra    el    fallo    del    Tribunal.    Con    tal    proceder    adecuó  sus  propuestas  al  sofisma  de        petición        de        principio8,  el  cual  enseña,  en  sus  diversas  manifestaciones  epistemológicas,  que no se puede dar por probado lo  que  tiene  que  probar,  dejando  en  el limbo la parte más fundamental de las  censuras, como es la trascendencia.       

En efecto: el defensor ignoró por completo el  postulado  de  trascendencia,  el  que exclusivamente trabajó con reflexiones individuales e hipotéticas, con  esa  omisión  sustancial, dejó anodina la eficacia de las censuras. Motivo por  el  cual,  el  daño  propuesto  se  muestra  efímero,  por  cuanto  el aludido  principio  jamás se acredita con la repetición de los argumentos diseñados en  la   parte   motiva   del   libelo   –como  en  el presente caso- y menos aún dándolos por acreditados o  excluyéndolos  en  forma total o parcial de la argumentación; la demostración  del   yerro   evocado,   será,  pues,  el  reflejo  latente  de  la  violación  correlacionándola   en   su   esencia   con   un   precepto   del   Bloque   de  Constitucionalidad,  la  Constitución  o   la  norma  llamada a regular el  caso:  nada  de lo expuesto realizó el jurista, razón por la cual, aunado a lo  fundamentado    por    la    Sala    en    esta   decisión,   se   inadmitirá  la demanda elevada a favor de  CARLOS     JULIO     ROJAS     QUIROGA.    

Así   las  cosas  y  como  quiera  que  el  recurso   extraordinario  de  casación  está  regido, entre otros, por el  principio de limitación, las  deficiencias  de  la demanda jamás podrán ser remediadas por la Corte, pues no  le  corresponde  asumir  la  tarea  cuestionable  propia  del  recurrente,  para  complementarla,  adicionarla  o  corregirla,  máxime  cuando es antiquísimo el  criterio  de  la  Sala,  de  ser un juicio lógico-argumentativo regulado por el  legislador  y  desarrollado  por  la jurisprudencia, con el propósito de evitar  convertirla en una tercera instancia.   

La  Sala advierte y lo repite ahora: no es un  alegato  deshilvanado  y  fuera  de  contexto  jurídico  con el que se pretenda  derrumbar  la  legalidad  de un proceso. Se requiere un mínimo esfuerzo lógico  argumentativo  a  tono  con  la ley y la jurisprudencia, en donde paso a paso se  vaya  derrumbando  la credibilidad otorgada por los falladores a las pruebas, si  se  selecciona  la  vía  indirecta;  o quizás la directa, cuando el recurrente  exponga  con  una temática jurídica contundente que las instancias desbordaron  la  aplicación  o  interpretación  del  derecho  en relación con los hechos y  pruebas aceptadas, entre otras alternativas.   

Otro   de   los   postulados   del  recurso  extraordinario        de        casación        es        el       dispositivo,  con el cual, lo acometido en  el  libelo  convoca  inexorablemente  a  su delimitación. Sin que pueda ni deba  hacerse,  una readecuación de las censuras y sus fundamentos, para así cumplir  con  la  forma  y  luego  de  fondo,  dictar  la sentencia correspondiente. Esto  concitaría  a  actuar  en  dos  extremos  excluyentes y exclusivos, en donde se  unificarían   las  pretensiones  contenidas  en  el  escrito  con  el  criterio  jurídico  de  la  Sala al enmendarlas, perfeccionarlas y, desde luego, dejarlas  trascendentes  para  fallar  en  consecuencia. Por tanto, si se admite un libelo  que  incumpla elementales presupuestos de lógica y debida argumentación, no se  combate  ningún  agravio sino se promueve la impugnación, usurpando facultades  inherentes  a las partes, en una actuación penal, lo cual es inadmisible.    

Por  esta  potísima razón, se insiste en la  consagración  de  algunos  requerimientos  sin  los  cuales el recurso se torna  inane  y  queda  convertido  en  un  simple  alegato  de  instancia –como  en  el  caso de análisis- donde  sólo  impera la exclusiva voluntad del demandante, más no se exponen de manera  trascendente  la  injuria, vilipendio o afrenta a la ley, la  Constitución  o al Bloque de Constitucionalidad.   

No     es    que    la    “técnica”  por  si  misma tenga como  fin  enervar  los derechos adquiridos a los intervinientes o sujetos procesales,  ni  pueda reflexionarse siquiera que los yerros conducen a la Corte a desconocer  situaciones  fáctico-jurídicas  de  mayor  relevancia;  por  tanto, si la Sala  entra  a  solucionar  todos  los  defectos  contenidos en el libelo –admitiéndolo-  se  le irrogaría a la  Judicatura  un  poder  absoluto  y  arbitrario al reconfeccionarlo y adecuarlo a  posturas  argumentativas  decantadas  por los intervinientes en el proceso, para  luego  entrar  a decidir el problema de fondo: lo cual es absurdo, inconveniente  e incorrecto.   

Se  verifica,  entonces,  que  el  recurrente  presentó  una  alegación  producto  de  su propia percepción del derecho, los  hechos  y  las  pruebas  contra lo afirmado por los funcionarios judiciales, sin  ninguna   prevalencia  en  la  lógica-jurídica  requerida  para  sustentar  la  censura,  con lo cual sus pretensiones se alejan de la filosofía que irradia el  instituto casacional.   

Por  otra  parte,  no  se  advierte  que  con  ocasión  a  la  sentencia  impugnada  o  dentro  de la actuación hubiese existido violación de derechos o  garantías  de  los  sentenciados,  como  para superar los defectos y decidir de  fondo,  según  lo impone la preceptiva consagrada en el artículo 116 de la Ley  600 de 2000.   

Finalmente,   estudiado  el  ataque,  sólo  conjeturas,  suposiciones  y especulaciones identifican las censuras, sin que se  hubiese  presentado  una  motivación coherente con la propuesta extraordinaria,  circunstancia     por     la    cual,    la    Corte  inadmitirá    el    libelo    presentado   por   el  defensor   a   nombre   de  CARLOS     JULIO     ROJAS     QUIROGA.   

Con fundamento en lo expuesto, la Sala    de    Casación    Penal    de    la   Corte   Suprema   de  Justicia,   

R   E   S   U   E   L  V  E   

Primero: Inadmitir  la  demanda  de  casación  presentada  a  nombre  de  CARLOS  JULIO  ROJAS QUIROGA,  en virtud de lo argumentado en párrafos precedentes.   

Segundo:  Contra la  presente decisión no procede recurso alguno.   

Tercero:  Cópiese, notifíquese y cúmplase.   

MARÍA    DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

Comisión de servicio  

                  

JOSÉ       LEONIDAS       BUSTOS  MARTÍNEZ                                   SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

Permiso  

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                                               AUGUSTO                                J.                                IBAÑEZ  GUZMÁN                   

Permiso  

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                          JULIO        ENRIQUE    SOCHA     SALAMANCA                                                                                                                     

JAVIER        ZAPATA   ORTIZ   

                                                                           

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

                   Secretaria   

    

1 Las  instancias   también   declararon   penalmente   responsables   a  Ramón    Darío   Ruiz   y  Ramiro  Vargas Cortés. (No recurrentes  en casación).   

2  Las  sentencias  condenatorias  de  primera y segunda  instancia  fueron  proferidas  el   23  de enero  y   13   de   abril   de  2009, respectivamente.   

3  También  fueron  condenados  por  el delito de falso  testimonio,   Ramón  Darío  Ruiz  y  Ramiro  Vargas  Cortés (no recurrentes en casación).   

4  “La  causal tercera recoge supuestos de violaciones  de  derechos o garantías fundamentales por el manifiesto desconocimiento de las  reglas  de producción y apreciación de la prueba sobe la cual se ha fundado la  sentencia”.   

5 Citó  la  jurisprudencia   número  22.106 de 26 de enero de 2006, para apoyar su ataque.   

6  Apoyó   su   tesis  en  una  decisión  de  esta  Sala:  radicado  23.483    de    19    de    enero   de  2006.   

7  Disciplinaba  el  artículo  442  de  Ley 599 de 2000:  “El  que  en  actuación  judicial  o  administrativa,  bajo  la  gravedad  del  juramento  ante autoridad  competente,  falte  a  la  verdad o la calle total o parcialmente, incurrirá en  prisión de cuatro (4) a ocho (8) años”.   

8  ARISTÓTELES,  “Tratado  de la Lógica” (EL ORGANÓN), Primeros Analíticos,  Editorial  Porrúa,  Número  124,  año 2004, México D.F., Pág. 191; allí el  gran  filosofo  enseña:  “Por tanto, si incurrir en  una  petición  de principio consiste en demostrar únicamente por sí misma una  cosa  que  por  sí  misma no es evidente, y si no se la demuestra, ya porque el  objeto  que ha de demostrarse y los objetos mediante los que se quiere demostrar  son  igualmente desconocidos, ya porque se atribuyen cosas idénticas a un mismo  término,  o el mismo término lo sea a cosas idénticas, siempre resulta que en  la  figura  media  y  en  la  tercera  se puede igualmente incurrir de estas dos  maneras  últimas  en  una  petición de principio”.     

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