32581(11-11-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 32581  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N°  353  

Bogotá, D. C.,  once (11) de noviembre  de dos mil nueve (2009).   

V I S T O S  

La Corte decide respecto del cumplimiento de  las  exigencias  de  procedibilidad,  logicidad  y  debida  argumentación de la  demanda  conjunta  de  casación  presentada  por  el  defensor  de FELIPE   CARDONA   OSORIO  y  JUAN MANUEL CARDONA ARIAS.   

A N T E C E D E N T E S  

1.   Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segundo grado, así:   

“Dio origen a la  presente  investigación  la denuncia que ante la Fiscalía Seccional de Armenia  instaurara  el  señor  RAÚL RDRÍGUEZ DELGADILLO, a través de la cual puso de  presente  que  el  12  de  diciembre  de  2001,  en compañía de su hermana LUZ  ESTELLA  RODRÍGUEZ  DELGADILLO celebró promesa de compraventa con los señores  ORLANDO   CARDONA   OSORIO   y  JUAN  MANUEL  CARDONA  ARIAS,   padre  e  hijo,  respectivamente,  sobre  el  apartamento  102  del  bloque  4  de la urbanización Las Serranías de Armenia;  acordaron  que  ellos  como  promitentes  compradores  entrarían  a  ejercer el  derecho  de  posesión sobre el bien el 1° de enero de 2002, que cancelarían a  los  promitentes  vendedores  la suma de $4.000.000 por concepto del derecho que  tenían   sobre  el  referido  inmueble  y  además,  se  harían  cargo  de  la  obligación  hipotecaria  que éstos tenían en el entonces Banco Granahorrar; y  que  la  escritura de compraventa correspondiente se suscribiría el 22 de julio  de  2002  en  la  Notaría Tercera del Círculo de Armenia, la cual, por razones  ajenas  a  su  voluntad,  fue pospuesta para el 10 de agosto de 2002.   

“Como   fuera  acordado,  el  1°  de  enero  de  2002 tomó posesión del bien sin reconocerle  derecho  a  nadie  sobre  el mismo, asumió el pago de las cuotas con el banco y  alcanzó  a  entregarles  a  los  promitentes  vendedores la suma de $3.500.000,  quedando  pendiente  únicamente el pago de $500.000 para el día de la firma de  la  escritura,  la  que  no  se  pudo  extender por razón del fallecimiento del  señor  ORLANDO CARDONA OSORIO, justamente el día que se había pactado para el  efecto,     esto     es,     el     10    de    agosto    de    2002”.   

“A  la  semana  siguiente,   agregó   el   denunciante,  fue  contactado  telefónicamente  por  JUAN  MANUEL  CARDONA ARIAS,  quien  le  indicó que no firmaría ninguna escritura porque después de haberse  asesorado,  tenía  conocimiento  que el inmueble hacía parte de la herencia de  su  padre. Posteriormente se enteró que, por reclamación que éste elevara, la  Compañía  de  Seguros  Alfa  S.A. canceló el saldo insoluto de la obligación  hipotecaria  que  el padre de JUAN MANUEL tenía        con       el       Banco       Granahorrar.   

“A  través  de  apoderado   judicial,  el  3  de  diciembre  de  2003,  el  señor  FELIPE  CARDONAS  OSORIO presentó demanda  ejecutiva  en contra de su sobrino JUAN MANUEL CARDONA  ARIAS,  con  el  fin  de hacer efectiva la obligación  contenida  en  letra  de  cambio  que  éste  le había suscrito por un monto de  $5.000.000,  procediendo  el  citado  profesional  del  derecho a solicitar como  medida  cautelar  el  embargo  y  secuestro  del  inmueble objeto de contrato de  compraventa  en  referencia,  la  cual, después de ser decretada por el Juzgado  Quinto  Civil  Municipal  de  Armenia  el  24  de  febrero  de 2004, no pudo ser  registrada   porque   el   bien   se   encontraba  afectado  con  patrimonio  de  familia.   

“Por  escritura  pública  N°  612  suscrita  por  el  denunciado JUAN  MANUEL  CARDONA  ARIAS,  EL  19 DE MARZO DE 2005 EN LA  Notaría  tercera  de  esta  ciudad,  se  canceló  el  patrimonio  de  familia;  circunstancia   que   permitió   que   el  apoderado  del  señor  FELIPE   CARDONA  OSORIO,  a  través  de  memorial  presentado el 10 de mayo de 2005, solicitara nuevamente el decreto del  embargo,  el  cual  ordenó el Juzgado Noveno Civil Municipal de Armenia el día  17  de  los mismos mes y año, despacho judicial al que correspondió el proceso  por reasignación.   

“Ahora, inscrito  el  embargo  en la fecha antes enunciada, el 30 de agosto de 2005 se realizó el  secuestro   del  inmueble  y,  al  día  siguiente,  el  demandado  JUAN   MANUEL   CARDONA  ARIAS  presentó  memorial  en  el  que  manifestó  que  se  daba  por  notificado de la demanda,  precisando     que    no    tenía    excepciones    por    formular”.1   

2.  El Juzgado Quinto Penal del Circuito  de  Armenia,  mediante  sentencia  fechada  el  4  de marzo de 2009,2  condenó  a  Juan Manuel Cardona Arias y a  Felipe  Cardona  Osorio a las  penas  principales  de  4  años  de  prisión  y multa de 200 salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes  y  a  la  accesoria  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el mismo lapso de la pena  privativa   de   la   libertad,   como   autores   del  delito  de  fraude  procesal,  según el artículo 453  del  Código  Penal (Ley 599 de 2000), imputado en la resolución de acusación,  la   cual  cobró  ejecutoria  el  11  de  octubre  de  2007.3  Así  mismo, les concedió la  prisión domiciliaria.   

3.  Apelado el fallo por el defensor de  los  acusados,  la  Sala de Decisión Penal del Tribunal Superior de Armenia, el  12   de   mayo   de   2009,   lo   confirmó   de  manera  integral.4   

4.   Contra  esta  determinación  el  defensor  de  los  procesados interpuso “Recurso    de    casación”.5  Concedida  la impugnación y presentada la correspondiente demanda  conjunta, el proceso fue remitido a esta Corporación.   

LA      DEMANDA     DE   CASACIÓN   

El defensor de Juan  Manuel    Cardona    Arias    y    de   Felipe   Cardona   Osorio,   después  de  identificar  los  sujetos  procesales, de identificar la sentencia impugnada, de  sintetizar  los  hechos  y de relacionar la actuación procesal, al amparo de la  causal   primera   de   casación   y   con   fundamento   en   un  “error  de  derecho por falso juicio de  convicción”,  presenta un  único   cargo  contra  la  sentencia del Tribunal en los siguientes términos:   

Luego de recordar los hechos denunciados por  el  señor  Raúl  Hernando  Rodríguez Delgadillo y de transcribir el contenido  del  artículo  1611 del Código Civil, afirma que la promesa de compraventa que  originó      este      asunto      “quedó  trunca”  por  culpa  del  denunciante,  en  la  medida  en  que él mismo aceptó que por  enfermedad  y por no tener dinero incumplió la cita acordada en la promesa para  la firma de la escritura.   

Agrega  que  el nuevo acuerdo sobre la fecha  para  suscribir  la escritura pública de compraventa del citado inmueble debió  acatar  las  exigencias  contenidas  en  la  promesa  de  contrato, “ya  porque  se  suscribiera  una nueva  promesa  o  porque  se  adicionara  la incumplida, pero ante estas omisiones, el  acuerdo  verbal  de  la  nueva  fecha por sí solo no se erige en una promesa de  contrato,    y    mucho   menos   revive   la   promesa   incumplida”,  según  las  exigencias  que  la ley  civil hace al respecto.   

Ahora  bien,  dice el libelista que el hecho  “insalvable”  del  fallecimiento del señor Orlando  Cardona  Osorio  no  se  constituye en incumplimiento de la promesa, pues, en su  criterio,  la  misma  no tenía validez por razón del inicial incumplimiento de  los  promitentes  compradores, siendo claro que la fijación de la segunda fecha  no reunió las solemnidades que exige la ley.   

Por ello, estima que al carecer de valor o de  validez  la  citada  promesa de compraventa, necesariamente imponía al juzgador  “su   no   valoración  jurídica”, situación que  hubiese  conllevado  a  un  fallo  totalmente  contrario al que hoy es objeto de  impugnación.     No    obstante,    “tanto  fiscalía,  juzgado  de conocimiento y el Tribunal valoraron  la  promesa de contrato de compraventa del bien inmueble, como totalmente valida  jurídicamente,  aún  más,  le dieron el valor de ser un contrato no  una  promesa”.   

Así,  entonces,  asevera  que  la  falta de  validez  jurídica  de la multicitada promesa de compraventa, lo que desconocía  su    defendido   Juan   Manuel   Cardona,            “hacía  totalmente  viable”      que     éste     “realizara  cualquier  negociación con dicho apartamento, y que las  circunstancias  del  proceso  ejecutivo  promovido por su tío en su contra, con  fundamento  en  una  letra  de  cambio,  era totalmente viable y que el mismo no  tenía  como  objetivo,  despojar  de  la  propiedad  al  señor  Raúl Hernando  Rodríguez   Delgadillo…  ”.   

En consecuencia, considera que los eventos de  la  suscripción  de una letra de cambio de Juan Manuel  Cardona   Arias  a  favor  de  su  tío  Felipe   Cardona  Osorio  y  el  posterior  proceso  ejecutivo  con  medida  de  embargo  y  secuestro del bien “son irrelevantes jurídicamente, si se  toman  como  un  engaño  a la Administración de Justicia, para lograr despojar  del  derecho  al  señor  Raúl  Hernando  Rodríguez Delgadillo sobre el citado  bien,  porque  como  ya  se  ha  explicado,  dicho  señor  no tenía fundamento  jurídico  para  reclamar  derechos  sobre  el  bien,  sólo la posesión, y por  tanto,  sospechar  que  el  proceso  ejecutivo  es una patraña para arrebatarle  derechos   a   quien   jurídicamente   no   los   tiene,   se   torna   en  una  ridiculez”.   

Dice  que  los  argumentos  expuestos por el  denunciante  le  parecen  extraños,  pues  en  la  diligencia  de secuestro del  apartamento  no  ejerció ninguna oposición, siendo también extraño que en el  juzgado   hubiese   afirmado  lo  contrario,  es  decir,  que  hubo  oposición,  “cuando   esto   no  es  cierto”,  situaciones  que  pone  de  presente  con  el  fin  de  resaltar  cómo  el  señor Raúl Hernando  Rodríguez     “está  reconociendo  que supuestamente había otras vías para defender sus pretendidos  derechos  sobre el apartamento que posee y que acudió a la jurisdicción penal,  no  tanto para defender sus pretendidos derechos sobre el apartamento, que sólo  es  la posesión, el cual puede defenderlo por la jurisdicción civil de acuerdo  con  los  requisitos  que  la  ley exige para tal figura, sino tercamente seguir  poseyendo  el  apartamento  hasta  lograr  con  el  paso del tiempo instaurar la  demanda   de   pertenencia   del  mismo”. En síntesis, añade:   

“… si  la  promesa  de  contrato  dejó  de  tener validez a partir del  incumplimiento  del  señor Rodríguez Delgadillo, ni no hay promesa, si todo el  negocio  quedó  fue  en unos acuerdos verbales, no suficientes para la ley para  darles  validez  y  ser  exigidos,  paradójicamente,  se puede concluir, que el  señor  Raúl  Hernando Rodríguez Delgadillo, acudió a la jurisdicción penal,  como  se dice vulgarmente para ganar tiempo, y en un futuro cercano despojar por  proceso   de  pertenencia  del  derecho  de  propiedad  al  señor  Juan  Manuel  Cardona Arias; es decir, que  puede  tener  acogida  la hipótesis que quien está cometiendo delito de fraude  procesal,    no   son   los   denunciados,   sino   el   denunciante”.   

A  continuación,  luego  de  reiterar  sus  argumentos  relativos  a  la  falta  de  validez  de  la promesa de compraventa,  asevera  que  el  error  es  trascendente por cuanto que si en las sentencias de  instancia   se   hubiese   dado   la   “valoración  que  la  ley le da, es decir ninguna, pues la misma se  tornó    fallida”,   la  sentencia  hubiese sido absolutoria, surgiendo de esa manera el alegado error de  derecho por falso juicio de convicción.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte Casar el  fallo impugnado y, en su lugar, absolver a sus procurados.   

CONSIDERACIONES    DE   LA   CORTE   

1.   Se hace necesario recordar que los  procesados   Juan  Manuel  Cardona  Arias   y   Felipe  Cardona  Osorio   fueron   condenados  por  la  conducta  punible  de  fraude     procesal     que    describe  abstractamente  el  artículo  453  del Código Penal (Ley 599 de 2000), vigente  para  la  época de los hechos, tipo penal que estatuye una pena privativa de la  libertad   de   cuatro   (4)  a  ocho  (8) años de prisión.   

Ahora  bien, el artículo 205 del Código de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000), normatividad sobre la cual se rigió  esta  actuación,  contempla  que el recurso extraordinario de casación procede  contra   sentencias   de  segunda  instancia  dictadas,  entre  otros,  por  los  Tribunales   Superiores  de  Distrito  Judicial  por  delitos  que  tengan  pena  privativa  de  la  libertad  cuyo  máximo exceda    de    8    años.   

En  esas condiciones, en el evento que ocupa  la  atención  de  la  Sala,  resulta   evidente concluir que el recurso de  casación     común  no  procedía, toda vez que  la  conducta  punible  por  la que fueron condenados los procesados Juan  Manuel  Cardona  Arias y Felipe  Cardona  Osorio  contemplaba  pena  máxima  de  prisión de ocho (8) años, es decir, máximo de sanción privativa  de  la  libertad que no supera ese guarismo.    

Por  consiguiente,  no cabe duda que en este  asunto sólo procedía la casación discrecional y no la común.   

Así  mismo, se advierte que el libelista no  interpuso        el        recurso        de        casación       excepcional, pues revisado el manuscrito a  través  del  cual  manifestó  la  inconformidad contra la sentencia de segundo  grado  y  examinada  la  demanda, se avizora que no hizo mención expresa a este  discrecional  medio  de  impugnación, motivo por el cual la Sala, en virtud del  principio  de  limitación,  no  puede  entrar  a  reemplazar al censor en estos  aspectos,   razón  suficiente  para  concluir  en  la  inadmisión  del  libelo  presentado.   

2.  No obstante, si la Corte entendiese  que  el  defensor  de los procesados acudió de manera implícita a la casación  discrecional  en  aras de la garantía de los derechos fundamentales, situación  que  se  podría  deducir  cuando  alegó  una  errada valoración de la prueba,  aspecto  atinente  al  derecho fundamental del debido proceso, de todos modos el  único   cargo   formulado  carecen  de  la claridad y la precisión que la ley exige para su admisibilidad.   

En  efecto,  ante  todo  se  hace  imperioso  recodar  que  la  casación es un recurso de naturaleza extraordinaria y rogada,  motivo  por  el  cual  el  legislador estatuyó las causales por las que resulta  procedente  atacar  la presunción de acierto y legalidad con que viene amparada  la  sentencia a esta sede. De igual manera, dada las citadas características de  la  impugnación,  también  la  legislación  procesal  contempla  los mínimos  presupuestos  formales que debe cumplir el escrito, cuya inobservancia conduce a  su inadmisión.   

En  el  evento  que ocupa la atención de la  Sala,  es  claro  que  la  demanda  conjunta de casación presentada a nombre de  Juan  Manuel  Cardona Arias y  Felipe  Cardona Osorio carece  de  la  claridad  y  precisión  requeridas,  al  punto  que la hipótesis allí  planteada   no  es  más  que  una  abierta  disparidad  de  criterios  con  las  conclusiones  adoptadas  en  el  fallo  de segundo grado, sin que se evidencie y  demuestre la trascendencia del yerro denunciado.   

Así, mírese cómo, en primer lugar, si bien  es  cierto que el actor invocó la causal primera de casación como sustento del  único   cargo  formulado,  también  lo es que no precisó la vía de la trasgresión de la ley sustancial,  es  decir,  si  fue  de manera directa o indirecta, sin dejar pasar por alto que  tampoco  señaló  cuáles  fueron  las  normas  sustanciales  quebrantadas y su  sentido, esto es, exclusión evidente o aplicación indebida.   

Del  mismo  modo,  si bien se infiere que el  ataque  lo  perfila  por  los  senderos  de  la  violación  indirecta de la ley  sustancial  generada  en  un  supuesto  error  de  derecho  por  falso juicio de  convicción,  de  todos modos olvidó que esta clase de yerro parte del supuesto  de  que  la prueba erradamente apreciada tiene predeterminado en la ley un valor  demostrativo.  Así,  incurre  el  juzgador  en  este error cuando le niega a un  determinado  medio  de  convicción  el valor que la ley le asigna, o le concede  una  fuerza  persuasiva  que  no se encuentra legalmente regulada, imponiéndose  como  carga demostrativa al censor, consecuente con los postulados casacionales,  el  deber  de  indicar las normas que regulan el medio de prueba y le asignan un  específico  valor  o  se  le  lo  niega, camino que no emprendió, como tampoco  demostró  que el juzgador haya asignado, en este caso, un valor a la prueba que  la ley no establece.    

Por  el  contrario,  observa  la Sala que la  inconformidad  del censor radica en la estimación probatoria que el juzgador le  otorgó   a   los  medios  de  prueba  y  de  los  cuales  dedujo  el  grado  de  responsabilidad  de los procesados en la conducta punible de fraude procesal por  la  cual  fueron  condenados, contraposición de criterios que no es susceptible  de  ser  atacada  en  esta  sede,  por cuanto dentro del sistema de apreciación  probatoria  que  rige, el juzgador goza de libertad para justipreciar los medios  de convicción allegados al proceso.   

Además,  pretende  el  censor,  sin éxito,  edificar  un  falso  juicio  de  convicción  inexiste  a  partir de un discurso  argumentativo  en  el  cual  confunde  el  concepto relativo al valor que la ley  penal  eventualmente le puede otorgar a un específico medio de convicción, con  los  requisitos  o las exigencias que el legislador civil ha establecido para la  validez  del  acto  jurídico  de la promesa de compraventa, hipótesis que, sin  discusión,   son   totalmente  disímiles  y  que,  por  lo  mismo,  no  pueden  entremezclarse para apoyar un presunto error probatorio.   

Es por ello que la argumentación del censor  resulta  sofística,  pues  desde su personal perspectiva o, si se quiere, de su  propia   interpretación  legal,  colige  que  la  promesa  de  compraventa  que  suscribieron    Raúl    Hernando    Rodríguez    Delgadillo   y   Juan  Manuel  Cardona Arias “dejó  de  tener  validez  a  partir  del incumplimiento del señor  Rodríguez   Delgadillo”,  para  sobre  dicha conclusión edificar el falso juicio de convicción afirmando  que  como la promesa “dejó  de   tener   validez”,  el  juzgador    no   podía   otorgarle   “ningún        valor”,  pretensión  que  se  aleja  de los presupuestos de la hipótesis  casacional seleccionada.   

Así  mismo,  olvidó  el  libelista  que en  materia  penal,  por  regla general, no se contempla la tarifa legal, además de  que  tampoco  demostró  cómo  en  verdad el juzgador, en este asunto, le dio a  dicha  prueba  documental  un  valor  suasorio  que  la  ley no contempla, ni se  pronunció  sobre  los  restantes  y  plurales  elementos  de convicción que el  sentenciador  tuvo  en cuenta para efectuar, de manera mancomunada, el juicio de  reproche    que    le    permitió    inferir    la   responsabilidad   de   los  procesados.   

En  síntesis,  la  labor demostrativa de la  censura la centró en imponer  su  personal  valoración  de  los  elementos  de  juicio,  concluyendo  que sus  defendidos  no  son  responsable del delito imputado, desconociendo que, como se  indicó,  la  simple disparidad de criterios no constituye error demandable  en  casación,  toda vez que el juzgador, dentro del método de persuasión  racional,   goza   de  libertad  para  apreciar  los  elementos  de  juicio  válidamente  allegados a la  actuación, sólo limitado por las reglas que  estructuran  la  sana  crítica, cuya vulneración se debe dirigir a través del  error  de hecho por falso raciocinio, camino que no emprendió, sin que, en este  caso, el actor haya demostrado error de apreciación alguno.   

En  fin,  olvida  el  libelista que el fallo  llega  a  esta sede precedido de la doble presunción de acierto y legalidad, es  decir,  que  los  hechos  y  las  pruebas  fueron  correctamente apreciadas y el  derecho  acertadamente  aplicado,  motivo por el cual, constituye una carga para  el  demandante  entrar  a evidenciar el error in iudicando  o in procedendo  invocado,   según   el   caso,  y  demostrar  su  trascendencia  frente  a  las  conclusiones adoptadas en la sentencia.   

Por consiguiente, al no reunir la demanda los  presupuestos  de  procedibilidad,  logicidad, claridad y precisión, la Corte la  inadmitirá.   

Por  último,  cabe  señalar que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto  no  se detecta causal alguna de nulidad ni afectación de  derechos fundamentales.   

En  mérito  de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R E S U E L V E  

INADMITIR la demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de FELIPE  CARDONA  OSORIO  y JUAN MANUEL  CARDONA ARIAS.   

Contra  esta  decisión  no  procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen. Cúmplase.   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

         LICENCIA NO REMUNERADA   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                          SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                        MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                                          JORGE   LUIS   QUINTERO   MILANÉS           

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                          JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

                                                                                                                                    

       TERESA  RUIZ NÚÑEZ   

       Secretaria     

1 Ver  folios 2 y 3 del cuaderno del Tribunal.   

2  Folios 285 a 302 del cuaderno original de primera instancia.   

3  Folios 200 y 195 a 199 del cuaderno original de primera instancia.   

4  Folios 3 a 24 del cuaderno del Tribunal.   

5 Folio  25 del cuaderno del Tribunal.     

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