30462(02-12-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 30462  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARÍA   DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ DE LEMOS   

                                  Aprobado acta N° 348.   

Bogotá,  D. C., dos (2) de diciembre de dos  mil ocho (2008).   

VISTOS  

La   Sala   examina   lo   relativo  a  la  admisibilidad   de  la  demanda  presentada  por  el  defensor  de  JHON  JAIME  CALLE  MEJÍA, por cuyo medio  sustentó   el   recurso   de   casación  interpuesto  contra  la  sentencia del 17 de abril de 2008 mediante  la  cual  el Tribunal Superior de Medellín confirmó el fallo proferido el 9 de  julio  del  año  anterior  por el Juzgado Noveno Penal del Circuito de la misma  sede,  que  condenó  al mencionado procesado a la pena principal de 96 meses de  prisión,  así  como  a  la  accesoria  de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  término y un día más, como  responsable del delito de acceso carnal violento.   

HECHOS  

          Los resumió el Tribunal de la siguiente forma:   

          “Historia la foliatura que el sábado 11  de  septiembre  de  2004,  en  la  calle  74  No. 42-18, interior 301 del barrio  Manrique    de    esta    ciudad    (se   refiere   a  Medellín),  a eso de las siete y media de la mañana,  llegó  la señora Luz Estella Arbeláez Román a realizar aseo al lugar, según  lo  acordado  el  día  anterior  con  su  propietario,  señor Jhon Jaime Calle  Mejía,  sujeto  que  en  principio  la recibió amablemente y le indicó lo que  debía  hacer,  mientras  descansaba en su habitación por estar enguayabado. Al  avanzar   la  mañana  el  caballero  empezó  a  proponerle  actos  libidinosos  señalándole  cómo  lo  debía  tratar, porque las “guisas” deben hacer lo  que  les  mande el patrón, propuesta rechazada de inmediato por la mujer, quien  pretendió  irse,  pero el sitio se encontraba asegurado con candado. Más tarde  cuando  ella planchaba, la irrumpió el agresor y la condujo por la fuerza hasta  su  habitación,  donde  con  violencia  la  accedió sexualmente, impidiéndole  salir  hasta  que terminara sus quehaceres, lo que ocurrió a eso de las tres de  la  tarde,  cuando  el  hombre  le  entregó  veinte  mil  pesos  por  el oficio  doméstico y ella se fue del lugar”.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

          Con  base  en  la  denuncia  formulada  por  la señora Luz  Estella Arbeláez Román, el Fiscal 27  Seccional  de  Medellín adelantó inicialmente investigación previa y mediante  resolución  del  21  de  febrero  de  2005 decretó la apertura de instrucción  penal,   en   cuyo   desarrollo   escuchó   en   indagatoria   a   JHON      JAIME      CALLE      MEJÍA,  resolviéndole   la situación jurídica el 2 de marzo siguiente con medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva,  por  el  delito de acceso carnal  violento.   

          El  instructor  dispuso  la  clausura  de la investigación el 11 de  octubre  de  2005 y luego, el 5 de diciembre siguiente, calificó el mérito del  sumario  con  resolución  de  acusación  por  el  ilícito  de  acceso  carnal  violento.  Por  apelación de la defensa, la Fiscalía Séptima Delegada ante el  Tribunal  Superior  de  Medellín  confirmó  la  resolución  calificatoria  en  providencia del 8 de mayo de 2006.   

La etapa del juicio correspondió al Juzgado  Noveno  Penal  del  Circuito  de Medellín, cuyo titular realizó las audiencias  preparatoria  y  pública  de  juzgamiento, tras lo cual puso fin a la instancia  con  la  sentencia que el Tribunal Superior de la misma sede confirmó en virtud  de  la  apelación interpuesta por la defensa, sujeto procesal que luego acudió  al recurso extraordinario de casación.   

LA  DEMANDA   

          El  actor  formula un único cargo contra la sentencia del Tribunal,  en   el  cual  denuncia  la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  por  aplicación  indebida  del  artículo  205  del Código Penal de 2000 y falta de  aplicación  del artículo 7º del Código de Procedimiento Penal del mismo año  y  del  artículo  29  de  la Constitución Política. Tal violación, según el  demandante,  provino  de  errores  de  hecho  por  falsos juicios de identidad y  falsos raciocinios en la apreciación de las pruebas.   

          Al  desarrollar  la  censura,  empero,  hizo alusión a la presencia  únicamente  de  errores  de  hecho por falsos raciocinios en relación con tres  pruebas,   a  saber:  el  testimonio  de  Luz  Estella  Arbeláez  Román, el examen médico legal practicado a  la  prenombrada  y  la  declaración de María Patricia  Acosta  Botero,  errores que sustentó de la siguiente  manera:   

          a)  Falso  raciocinio  en  el testimonio de  Luz Estella Arbeláez Román:   

         

Consideró  que  en  la apreciación de este  testimonio  el  fallador  desconoció  los  artículos  238 y 277 del Código de  Procedimiento  Penal,  los cuales imponen al fallador apreciar las pruebas y, en  particular,  los  testimonios  conforme  a  los  principios de la sana crítica.   

          De  esa  manera, citó algunos apartes del fallo del Tribunal en los  cuales  le asignó entera credibilidad al aludido testimonio, señalando que muy  distinta  es  la  realidad surgida de un análisis crítico de esa declaración.  Para  fundamentar  su aserto, se refirió por separado a las tres intervenciones  juradas  efectuadas por la denunciante a lo largo de la actuación. Así, frente  a  la  primera salida procesal, le cuestionó no haber hecho alusión a los tres  ventanales  de  vidrio  que tiene el inmueble en donde ocurrieron los hechos. En  criterio  del  libelista,  a  través  de esas ventanas, por ser corredizas y no  tener  rejas,  pudo hacer “aspaviento” y  pedir auxilio, para lo cual también contó con la oportunidad de  usar  la  línea  telefónica. Así, añadió, lo enseñan las reglas prácticas  de la experiencia.   

          Le  parece  paradójico, de otra parte, que la ofendida haya logrado  zafarse    en    un    principio    de    las    caricias    y   “manoseos”  del procesado, pero no hubiese  tenido  arrestos  y  entereza  suficiente  para  hacer lo mismo cuando el asalto  sexual  se hizo evidente al punto de terminar en cópula. Ello, en su sentir, es  contrario  a  las  reglas  de la experiencia, “pues a  mayor  desvalor  de  la  agresión  contra  el  bien  jurídico protegido, mayor  intensidad  en  la  respuesta ha de darse”. A título  de  interrogante  el  actor  se  pregunta  cómo es que la denunciante no logró  soltarse  si el agresor debió utilizar al menos una mano para desnudarla, amén  de  no existir una gran desproporción física entre ellos, lo cual, por demás,  es  necesario  que  se presente para que alguien venza la resistencia de otro en  ese tipo de sucesos.   

          Mucho  más  insólito,  en  su concepto, le resulta el relato de la  víctima  cuando  afirma  que  el  procesado  la  sostuvo con una sola mano para  realizarle   diferentes   actos   sexuales   y   cuando   asevera   que   aquél  “apareció  con  condón  incorporado”,   si   para   ello  “es  menester  una  erección    total    para    poder    guarnecer    el   asta   viril   con   el  condón”.   

          Cuestionable  le  parece  la  aseveración  de la afectada según la  cual  el  victimario  luego  del  ataque  sexual se quedó dormido mientras ella  continuó  planchando  la  ropa  como por dos horas, sin utilizar el teléfono y  exponiéndose aquél a cualquier reacción de la víctima.   

          En  relación  con  la  segunda versión, el demandante insistió en  censurar  a la denunciante por omitir hacer referencia a los ventanales, al paso  de  aludir  sí a otros detalles “con pasmosa memoria  fotográfica”. En su criterio, aquélla pudo quebrar  un  vidrio  y  alertar de esa manera a todo el vecindario, máxime si los hechos  ocurrieron  un  día  sábado  cuando  las  personas no trabajan y los niños no  estudian,  “pero no, ella asumió sin más elementos  de  juicio  que  era  inútil  gritar,  hacer  una  algazara  porque  no  tenía  auditorio”.    

         

          Sobre  esa  misma  versión, el censor destacó cómo la inspección  judicial  practicada  al  inmueble  desvirtuó  la manifestación de la ofendida  conforme  a  la cual no pudo salir de allí porque una reja con candado y cadena  se   lo  impidió,  elementos  que  no  se  encontraron  durante  la  mencionada  diligencia.    Con   esto,   en   su   opinión,   surge   una   “mentira  de  a puño, que resta crédito a todo lo dicho, pues quien  miente en lo menos, miente en lo más”.   

          Tras  comentar  que  la  denunciante reiteró su dicho en la tercera  oportunidad  en  la cual declaró, el libelista procede en seguida a puntualizar  las  inconsistencias  e  incoherencias presentadas en diversas intervenciones de  la  prenombrada.  Es  así  como  refirió  que  en  sus versiones se encuentran  diferencias  insalvables,  al  punto de hacerse contradictorio su testimonio. De  igual  manera,  añadió,  la denunciante es errática cuando dejó de aludir al  hecho  significativo  de  la  existencia  de  ventanales  y,  en  cambio, evocó  detalles nimios.   

En  su  criterio,  de  otra  parte,  ninguna  circunstancia  antecedente o subsiguiente da firmeza al dicho de la ofendida. En  este  punto  puso  de presente cómo el procesado “es  un  hombre serio, honesto, trabajador, sin reproches disciplinarios, con más de  veinte  (20)  años  de  labor continua en una empresa de trayectoria regional y  nacional,  que  igualmente  ha  realizado estudios en procura de una superación  personal  y  laboral”.  Al respecto se dolió porque  mientras  los falladores analizaron la conducta de la víctima para dar seriedad  a  su  dicho,  no  hicieron  lo  mismo  con  la personalidad y forma de vida del  acusado.   

          Después  de  reiterar  acerca de la presencia de contradicciones en  el  dicho de la denunciante, las cuales edifica a partir de los cuestionamientos  ya  reseñados que efectúa a su relato, el casacionista concluye que todos esos  aspectos  debieron  conducir  a los juzgadores a no otorgarle credibilidad o, al  menos,   a   generar  dudas  acerca  de  la  forma  como  se  desarrollaron  los  acontecimientos,   las   cuales   imponían   el   proferimiento   de  un  fallo  absolutorio.   

          b) Falso raciocinio en la prueba pericial:   

          Consideró  que  el  ad  quem incurrió  en falso raciocinio en la apreciación del examen médico  legal   practicado   a   la  denunciante  Luz  Estella  Arbeláez  Román  cinco días después de ocurrir los  hechos,  peritazgo en el cual se le dictaminó la inexistencia de lesiones. Como  consecuencia  de  ese  error,  según  el  libelista,  el Tribunal concluyó que  “es  habitual que actos de esta índole no dejen ese  tipo de huellas, como se conoce en las ciencias forenses”.   

          Para  el actor, si el fallador hubiera examinado dicho dictamen a la  luz  de  los  principios  científicos de la medicina forense habría concluido,  contrariamente,  que  un  ataque  sexual con empleo de la fuerza física siempre  deja  “huellas  detectables  allende  los  cinco (5)  días,  máxime  cuando  se  habla  de  un  mordisco  en  el  labio –según   lo   declarado   por  María  Patricia  Acosta  Botero…-  y  que  la  quejosa  se  lamentaba de dolor en las  piernas y los genitales”.    

          Con  el  propósito  de  sustentar  el error, el censor transcribió  apartes  del instructivo diseñado para practicar el examen sexológico forense,  material  presentado  por  el Instituto de Medicina Legal en su página web. Con  base  en  este documento, el demandante sostiene que cuando se presentan asaltos  sexuales  mediante  el  empleo  de  violencia física necesariamente se producen  lesiones   asociadas   a   dichas   maniobras,   cuyas  heridas  “perduran  por  lo  menos  ocho  (8)  días  si  son  leves,  que  no  desaparecen  de  un  día para otro, que están presentes a los cinco (5) días,  lapso  que  medió  entre  el suceso y el examen clínico forense”.  Ello  tanto más, según el censor, cuando en el presente caso se  habla  de  un mordisco en el labio, zona de difícil cicatrización por tratarse  de una mucosa.   

          Por  manera que, en su criterio, el ad quem  no  podía  con  apoyo  en  el  dictamen médico legal  arribar  a  conclusión  diferente  a  la  de la inexistencia de violencia en la  relación sexual sostenida entre la denunciante y el procesado.   

          c)  Falso  raciocinio  en  la declaración de María Patricia Acosta  Botero:   

          El  error,  para  el  casacionista,  surgió  cuando el sentenciador  concluyó  con  fundamento  en  el testimonio de María  Patricia   Acosta   Botero   que  la  denunciante  se  encontraba  lastimada,  corroborando  de  esa  manera lo manifestado por ésta y  descartando  la  tesis  defensiva  conforme  a  la  cual  el  acceso  carnal fue  consentido.   

          Sin      embargo,      en      su      concepto,     “diseccionando  este  testimonio  de  la señora María Patricia, que  nunca  cercenándolo  que es diferente”, se encuentra  que  ésta  observó  a la quejosa tres días después de los hechos, notándole  los signos de violencia.   

          Al  respecto,  al actor le resulta imposible que tres días después  la  afectada  “no presente señal o huella externa de  lesión.   Es  entonces  donde  surge  un  falso  juicio  de  raciocinio  en  la  apreciación  de  este  testimonio,  para señalar que corrobora el ejercicio de  fuerza  física  para  doblegar  la voluntad de la víctima, desconociéndose de  contera una prueba científica que señala lo contrario”.   

          En   punto  a  la  trascendencia  del  cargo,  señaló  que  si  el  sentenciador   no  hubiese  incurrido  en  los  errores  de  apreciación  antes  mencionados,  necesariamente  hubiera  concluido que el testimonio de la señora  Arbeláez  Román  no ofrece  entera  credibilidad,  surgiendo  así dudas del orden racional y no producto de  la  simple  especulación  o  invención,  las  cuales  impedían  descartar  la  exculpación  presentada  por  el  procesado,  por cuya razón solicita casar la  sentencia  impugnada  para,  en  su  lugar,  proferir  fallo  absolutorio  en su  favor.   

PARA   RESOLVER   SE  CONSIDERA   

         Por  el  carácter  extraordinario  del  recurso  de  casación,  su  sustentación  requiere el cumplimiento de una exigente carga argumental, sin la  cual la demanda esta llamada a ser irremediablemente inadmitida.   

          Tales  requisitos  de  adecuada  y  lógica  fundamentación  están  previstos  en  el  numeral  3º  del  artículo 212 del Código de Procedimiento  Penal  de  2000  y se relacionan con la acertada enunciación de la causal y con  la  correcta  formulación  del  cargo,  para  lo cual se deben indicar en forma  clara  y  precisa  sus  fundamentos,  así  como  las  normas  que se consideran  infringidas.  A  esos  presupuestos,  los  cuales  operan de manera general para  todas  las  causales, es necesario añadir las directrices que la jurisprudencia  de  la  Corte,  a efectos de la cabal comprensión de los reproches denunciados,  ha  establecido  en  forma  particular  respecto  de  cada uno de los motivos de  casación.   

         Por  eso,  cuando  como  acontece en el único cargo formulado en la  demanda  objeto  de  examen,  se denuncia la incursión en un error de hecho por  falso  raciocinio,  el cual se presenta cuando el juzgador en la valoración del  conjunto  probatorio  desconoce  de  manera ostensible los principios de la sana  crítica,  es  deber  del  actor  identificar  la prueba o pruebas indebidamente  apreciadas,  indicar  cuál fue el postulado de la lógica, la ley de la ciencia  o  la  máxima  de  la  experiencia  desconocidas  y  cuál principio de la sana  crítica,  en  su  defecto,  debió  aplicarse  y  por  qué,  tras  lo  cual le  corresponde  acreditar las implicaciones del error en el sentido de la decisión  atacada.   

          Tal   carga  argumentativa  no  fue  cumplida  a  cabalidad  por  el  libelista,  porque  aun  cuando  identifica  las  pruebas respecto de las cuales  predica  su indebida apreciación, se abstiene de explicar adecuadamente cuáles  principios de la sana crítica vulneró el juzgador.   

          En   efecto,   en   relación   con  el  testimonio  de  la  señora  Luz Estella Arbeláez Román,  se  limitó  a  señalar de manera genérica que su relato no es creíble porque  la  declarante  alude a actitudes del acusado y de la propia víctima que riñen  contra  las reglas de la experiencia, pero omitió indicar, en concreto, cuál o  cuáles  principios  de esa naturaleza desconoció el Tribunal cuando sometió a  valoración   probatoria   dicho   elemento   de   juicio  y  cuál  o  cuáles,  contrariamente,  debió  considerar  mediante  la  consiguiente explicación del  porqué hubo de proceder el sentenciador de esa manera.   

         

          Obsérvese,  por  vía  de  ejemplo, la siguiente argumentación del  actor  en  la  cual cuestiona a la denunciante no hacer uso de los ventanales ni  del teléfono para pedir auxilio:   

          “…Una  cosa  es que la habitación del  procesado  estuviera  cerrada y seguramente su ventana, pero ahí estaban las de  la  sala y la azotea, amén del teléfono. No se trata de ninguna especulación,  sino  que  es  lo  que enseñan las reglas prácticas de la experiencia que hace  una  persona sometida a una situación similar…”1.    

          Y  repárese  en este otro planteamiento donde censura a la víctima  porque  durante las caricias iniciales repelió fuertemente al agresor, mientras  en  la  arremetida  posterior  de  éste dirigida a obtener la cópula sexual no  hizo mayor resistencia:   

          “Se  luchó  con  entereza  bajo mínima  agresión  o lesión al bien jurídico tutelado, pero fue laxa cuando se escaló  en  el  ataque,  lo  que  hiere  cualquier  lógica,  va contra las reglas de la  experiencia,  pues  a  mayor  desvalor  de la agresión contra el bien jurídico  protegido,   mayor   intensidad  en  la  respuesta  ha  de  darse”2.   

          En  realidad,  con esos razonamientos y en general con los ofrecidos  para  sustentar el comentado error el impugnante no hace sino postular su propia  visión  acerca  del  mérito  probatorio  que  arroja  la  declaración  de  la  afectada,  la  cual enfrenta al trabajo suasorio del ad  quem,  pretendiendo  de  la  Corte  avale  el  suyo  y  rechace,  consecuencialmente,  el  del  fallador.  Olvida  de  esa  forma que la  disparidad  de  criterios  en  esa  materia no es tema llamado a ser debatido en  sede  de  casación,  pues siempre habrá de prevalecer la postura del Tribunal,  dada   la   doble   presunción   de   acierto  y  legalidad  que  acompaña  la  sentencia.    

          Ahora  bien,  en lo relativo al examen médico legal practicado a la  ofendida,  se  observa que el actor atribuye al ad quem  vulnerar   principios  científicos  de  la  medicina  forense,  conforme a los cuales un ataque sexual con empleo de la fuerza física  siempre  deja  “huellas detectables allende los cinco  (5) días”.   

          Sin  embargo,  al  sustentar  el  error el demandante no sólo no es  fiel  a los contenidos del fallo sino que asigna al instructivo diseñado por el  Instituto  de  Medicina Legal para la práctica de los exámenes sexológicos un  sentido diverso al que realmente tiene.   

          En  efecto,  es  claro que el censor descontextualiza la afirmación  del  fallador  cuando  se  refiere  a  las  huellas  de  lesión  dejadas en las  víctimas  en  virtud  de  agresiones  sexuales, pues si se lee detenidamente lo  considerado  al  respecto  por el Tribunal, se arriba a la conclusión de que lo  allí  dicho no es que los ataques de esa naturaleza nunca dejen huellas, según  la  afirmación  atribuida  por  el  casacionista  a  esa Corporación, sino que  cuando  las  heridas  son leves éstas perfectamente pueden desaparecer antes de  los  cinco días de ocurridos los hechos, como sucedió en este caso. En efecto,  obsérvese  lo  expresado  sobre  el  particular  por  el  juzgador  de  segunda  instancia:   

          “Ahora,   respecto  a  la  ausencia  de  huellas  de  violencia  en  el  cuerpo de la dama según dictamen médico legal,  tampoco   es  elemento  suficiente  para  descartar  que  se  actuó  contra  su  consentimiento,  porque  este  examen  fue  practicado  cinco días después del  suceso  y  es  habitual  que actos de esta índole no dejen ese tipo de huellas,  como  se  conoce  en la ciencia forense. Que María Patricia en su declaración,  certificara  que  ella  le  vio  un  mordisco en el labio y que se lamentaba del  dolor  en las piernas y genitales, no es elemento que contribuya a desdibujar la  violencia  porque  el  legista  no percibió tales huellas cinco días después,  porque  del testimonio no se estableció la calidad o  profundidad  de  la  lesión, pero sí deja ver que la  dama   estaba   lastimada,   lo  que  corrobora  su  testimonio”  (subraya  la  Sala)3.    

          Es   cierto,   de   otra  parte,  que  el  instructivo  referido  en  precedencia  habla  de  la  posibilidad de “encontrar  lesiones    o   evidencia   traza   o   biológica   potencial”   después  de  pasar  72  horas de ocurridos los hechos. Sin embargo,  dicho  documento  por  ninguna  parte  indica  que  toda  clase  de lesión, sin  importar  su  naturaleza  e intensidad (leve o grave), deje huella más allá de  cinco  días  y  sólo  desaparezca  a los ocho, como lo sostiene el impugnante.   

          Como  se  observa, el falso raciocinio predicado respecto del examen  médico  legal  se  sustenta sobre bases inexistentes, y de ahí entonces que no  puede tenerse como adecuadamente fundamentado.   

          Finalmente,   en   cuanto  se  refiere  al  testimonio  rendido  por  María     Patricia    Acosta    Botero,  las  falencias  de  sustentación  son todavía mayores, pues aun  cuando  el  actor  sostiene  que  en  su  apreciación  se incurrió en un falso  raciocinio,  guarda  absoluto silencio cuando se trata de indicar cuáles fueron  los  principios  de  la sana crítica vulnerados por el fallador, limitándose a  edificar  el error con el insular argumento consistente en desconocer esa prueba  el  dictamen  médico  legal allegado al proceso, cuando es claro que no es bajo  ese  tipo  de controversias probatorias como se sustenta un error de hecho de la  naturaleza comentada.    

          Siendo  así  la  situación, se impone concluir que el libelista no  satisfizo  los  presupuestos  de  adecuada y lógica sustentación inherentes al  ataque  seleccionado,  razón  por  la  cual  la  Sala inadmitirá la demanda en  cuestión.   

          Al  margen  de  lo  anotado,  la  Corte no evidencia vulneración de  garantías  fundamentales  que  le impongan intervenir oficiosamente, en orden a  preservar su intangibilidad.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

INADMITIR   la  demanda  de  casación  interpuesta por el defensor de  JHON  JAIME  CALLE  MEJÍA,  conforme   a   las  razones  expresadas  en  la  presente  decisión.   

De  conformidad  con  lo  dispuesto  en  el  artículo   187   del   estatuto   procesal   penal,  contra  esta  providencia    no    procede   recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Comisión de servicio  

JOSÉ  LEONIDAS  BUSTOS  MARTÍNEZ                 ALFREDO GÓMEZ  QUINTERO             

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS                AUGUSTO   J.  IBÁÑEZ GUZMÁN                      

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                                              YESID RAMÍREZ  BASTIDAS                       

JULIO       ENRIQUE       SOCHA  SALAMANCA                                             JAVIER      ZAPATA  ORTÍZ   

            TERESA RUIZ NÚÑEZ   

             Secretaria     

1 Fl.  344.   

2 Fl.  345.   

3 Fl. 315.     

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