30145(29-07-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  30145   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

                            Magistrada Ponente:   

MARÍA    DEL    ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

          Aprobado Acta N° 207.   

Bogotá  D.C.,  julio veintinueve (29) de dos  mil ocho (2008).   

VISTOS  

Se pronuncia la Sala en punto de la admisión  del  libelo de casación presentado por el defensor del incriminado NELSON  BARRAGÁN  ORTIZ, contra el fallo  de  segundo  grado  proferido por el Tribunal Superior de Cúcuta el 24 de enero  de  2008,  confirmatorio  del  dictado por el Juzgado Segundo Penal del Circuito  Especializado  de  la  misma ciudad el 17 de noviembre de 2005, mediante el cual  condenó  al  mencionado,  entre otros, como autor penalmente responsable de los  delitos  de  secuestro  extorsivo agravado y homicidio agravado en la persona de  Luís     Eduardo    Acevedo    Ortega.      

   

HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

Lo primeros fueron declarados por el fallador  de segunda instancia de la siguiente forma:     

“(N)os  informan los autos que el día 22  de  junio  de 1994 se encontraba Eduardo Acevedo Ortega en el predio rural de su  propiedad  denominado  La  Pedregosa,  en  compañía  de  su hermano Guillermo,  cuando  fueron  interceptados  por  un grupo conformado por aproximadamente ocho  sujetos  armados,  quienes  intimidándolos  al  esgrimir  armas  de  fuego  que  llevaban  consigo,  lo  obligaron  a  subir al vehículo de su propiedad tomando  rumbo  desconocido, no sin antes encerrar a los moradores de la finca dentro del  inmueble  allí ubicado y dejando en manos de Guillermo un casete, contentivo de  las  instrucciones  a  seguir para la liberación del plagiado, cual era el pago  de   la   suma   de  $  700.000.000  y  omitir  dar  aviso  a  las  autoridades,  comunicaciones  que  después  mantuvieron los delincuentes con la familia tanto  en  forma  escrita como telefónica, hasta llegar a entrevistarse personalmente,  proponiendo   los  familiares  el  pago  de  $  50.000.000  y  después  de  las  pertinentes  negociaciones  aceptaron  los secuestrados fijar su exigencia en la  cantidad  de $ 80.000.000 y a pesar de recibirlos no cumplieron con su parte del  trato,  ya  que no liberaron al secuestrado, de cuya suerte no volvió a tenerse  conocimiento.        

Aproximadamente  dos  años más tarde, los  miembros  del  GAULA  se  encontraban  investigando  el  secuestro  de Noemí de  Peterson,  logrando  la captura de Guillermo Amorocho y Luís Francisco Jiménez  en   el  momento  de  mantener  comunicación  telefónica  con  sus  familiares  negociando  el valor de su liberación, decidiendo el primero de los mencionados  colaborar  con  la justicia y al efecto, luego de negar cualquier participación  de   su  parte             en  éste  y  el  otro  secuestro, admitió, en ocasión de la ampliación de la  diligencia,  su  participación  y  la de Arnulfo Sanabria, Pablo Alberto Pinto,  Vicente  Sanabria  y  NELSON  BARRAGÁN ORTIZ, tanto en ese secuestro como en el  que  aquí  es  materia  de  juzgamiento y en el del señor Pablo Márquez, así  como  informa  que  al  señor  Luís  Eduardo  Acevedo Ortega lo eliminaron los  encargados  de  su  custodia  porque  se  les  rebeló,  indicando  el  lugar en  donde   reposaban  su restos mortales, los que en efecto fueron hallados en  un  paraje escondido ubicado en la vía que de La Garita conduce la municipio de  Chinácota  (Norte  de  Santander),  dando  así  inicio a la investigación que  ahora     culmina”.   

Con base en los hechos referidos, se dispuso  la  apertura  de  instrucción  penal  a  la cual fueron vinculados Guillermo  Amorocho  Santamaría, Luís Francisco Jiménez, Arnulfo  Sanabria,  Pablo Alberto Pinto, Vicente Sanabria Mejía y NELSON BARRAGÁN ORTIZ  —este último como persona  ausente—,  a  quienes  se  resolvió  su  situación  jurídica  con  medida de aseguramiento de detención  preventiva, sin beneficio de excarcelación.   

Clausurada la etapa instructiva, se calificó  su  mérito  el  25  de  febrero  de 1999 con  resolución de acusación en  contra de los sindicados, de la siguiente forma:   

Respecto  de  los  procesados  Arnulfo     Sanabria     y  Luís Francisco Jiménez como autores de  las  conductas  punibles de secuestro extorsivo agravado (art. 268 del D. L. 100  de  1980,  subrogado por el 1° de la Ley 40 de 1993 y num. 3° del 270 del D.L.  100  de  1980)  y homicidio agravado (art. 323 del D. L. 100 de 1980, modificado  por  el  29  de  la  Ley  40  de  1993  y  num.  2°  del  324  del  D.L. 100 de  1980).            

En relación con los sindicados Pablo    Alberto   Pinto   y  Vicente  Sanabria  como  autores de las  conductas  punibles  de  secuestro extorsivo agravado (art. 268 del D. L. 100 de  1980,  subrogado por el 1° de la Ley 40 de 1993 y nums. 3°, 9°, 10° y 11 del  270  del D.L. 100 de 1980) y concierto para secuestrar (art. 5° de la Ley 40 de  1993).     

Respecto      de      Guillermo  Amorocho Santamaría como autor  del  hecho  punible  de  secuestro extorsivo agravado (art. 268 del D. L. 100 de  1980,  subrogado por el 1° de la Ley 40 de 1993 y num. 3° del 270 del D.L. 100  de 1980) y,   

Con     relación    a    NELSON  BARRAGÁN  ORTIZ como autor de las  conductas  punibles  de  secuestro extorsivo agravado (art. 268 del D. L. 100 de  1980,  subrogado  por el 1° de la Ley 40 de 1993 y nums. 3°, 9°, 10, y 11 del  270  del D.L. 100 de 1980) y homicidio agravado (art. 323 del D. L. 100 de 1980,  modificado  por  el  29 de la Ley 40 de 1993 y nums. 2° y 7°  del 324 del  D.L.    100    de   1980).            

Impugnada en apelación la anterior decisión  directamente     por     el    procesado    Arnulfo  Sanabria,  la  Fiscalía  Delegada ante el Tribunal de  Bogotá la confirmó el 24 de mayo de 1999.   

El  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Cúcuta dictó sentencia anticipada el 16 de marzo de 2001 en  contra  del  acusado  Arnulfo  Sanabria  por  razón  de  su  aceptación  de  los  cargos  contenidos  en el  llamamiento  a  juicio,  condenándolo  a las penas principales de cuarenta (40)  años  de  prisión  y multa por valor de 90 salarios mínimos legales mensuales  vigentes  y a la accesoria de interdicción de derechos y funciones por el lapso  de   diez   (10)  años,  como  autor  penalmente  responsable  de  los  delitos  aceptados.   

          El  mismo  despacho judicial, dictó sentencia el 17 de noviembre de  2005,  por  cuyo  medio  condenó  a  los  demás  procesados, en los siguientes  términos:   

A   Guillermo  Amorocho   Santamaría  a  las  penas  principales  de  veintitrés  (23)  años  y  cuatro  (4)  meses de prisión y multa por valor de  2.916,66  salarios  mínimos legales mensuales vigentes como autor del delito de  secuestro extorsivo agravado.   

A los justiciables  Luís     Francisco    Jiménez    y    NELSON   BARRAGÁN   ORTIZ  a  las  penas  principales  de  treinta  y dos  (32) años y nueve (9) meses de prisión y  multa  por  valor  de  3.500  salarios  mínimos legales mensuales vigentes como  autores  de  los  delitos  de  secuestro extorsivo agravado y homicidio agravado  y,   

A    los    sindicados    Pablo    Alberto   Pinto   y    Vicente    Sanabria    Mejía  a las penas principales de treinta  y  cuatro   (34) años y nueve (9) meses de prisión y multa por valor  de  3.500  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes  como autores de las  conductas  punibles  de  secuestro  extorsivo  agravado,  homicidio  agravado  y  concierto para secuestrar.   

En  la misma decisión, condenó a todos los  procesados  a  la  pena  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y funciones  “por  un  lapso  de  tiempo  igual  al  de  la pena  principal,  conforme  a  lo  regulado  en  los  artículos  44  y 51 del código  penal”  al  tiempo  que  los  condenó  al  pago  de  perjuicios  de  conformidad con las sumas indicadas en la providencia, les negó  el  subrogado  de  la  condena  de  ejecución  condicional y el sustituto de la  prisión domiciliaria.   

          Recurrida   la   sentencia   exclusivamente   por  el  defensor  del  procesado    NELSON   BARRAGÁN   ORTIZ,  el  Tribunal  Superior de Cúcuta la confirmó mediante fallo del  pasado 24 de enero.      

          Contra  la  sentencia anterior, el mismo  sujeto  procesal  interpuso  recurso  extraordinario  de casación, para lo cual  presentó  demanda,  sobre  cuya  admisibilidad  se  ocupa  la Sala.     

LA  DEMANDA   

          El  defensor del sindicado BARRAGÁN ORTIZ  plantea dos reproches contra el fallo impugnado.   El  primero  de ellos tiene como sustento la causal tercera del artículo 207 de  la  Ley  600  de  2000,  al  estimar  que  la sentencia fue dictada en un juicio  viciado  de  nulidad  por  afectación del derecho de defensa;  el segundo,  por  su  parte,  tiene  asidero  en la causal primera de la misma preceptiva por  “violación  directa  de  preceptos  probatorios de  orden  sustancial  y  constitucional  llamados  a regular la apreciación de los  testimonios”.   

          A  fin  de  precaver  la repetición de los argumentos en los cuales  basa  su  pretensión el demandante, en el siguiente acápite la Sala comenzará  por  sintetizar  su contenido y, acto seguido, expondrá su criterio relativo al  cumplimiento  de  los  presupuestos  de  admisibilidad.   Más adelante, en  aparte  independiente,  se  expondrán  las  razones  que  conducen  a la Sala a  decretar  la  prescripción  de  la  acción  penal  y  a casar oficiosamente la  sentencia  a favor de Pablo Alberto Pinto y     Vicente     Sanabria  Mejía, sujetos  procesales no recurrentes en casación.    

1.  Primer cargo. Violación del derecho  de defensa:       

Para  el actor la sentencia está viciada de  nulidad  por  “la  falta  absoluta  de  la  defensa  material    y   parcial   de   la   defensa   técnica   de   NELSON   BARRAGÁN  ORTIZ”.   

En  sustento de su pretensión, sostiene que  el  Tribunal  dejó de advertir que “no existió una  verdadera  defensa técnica o material dentro del procedimiento que ejerciera al  menos  un  remedo  de  contradicción  a  las  imputaciones  sostenidas  por  la  Fiscalía  General  de  la  Nación  a  través  de sus delegados”,  vulnerándose  el  inciso  cuarto  del  artículo  29 de la Carta  Política y los artículos 8° de la Ley 600 de 2000 y 906 de 2004.   

Como  la necesidad de defensa surge desde el  momento   mismo  en  que  emanaron  imputaciones  delictivas  en  contra  de  su  representado,  en  este  caso  desde cuando en la ampliación de indagatoria del  procesado     Guillermo    Amorocho    lo  incriminó  como  uno de los autores de los hechos investigados,  era  necesario,  desde  su  punto  de vista, escuchar a su defendido en versión  libre   y  garantizarle  el  derecho  a  solicitar  su  propia  indagatoria,  de  conformidad  con  lo  establecido  en  el  artículo  336  del estatuto procesal  penal.   

Sin embargo, añade el casacionista, nada en  concreto  se  realizó para comunicar a su prohijado que en su contra se surtía  una  verdadera  persecución  penal,  sin  que  resulte  válido  argumentar  su  presencia  actual,   porque  un  hecho  no es demostrativo del otro, cuando  apenas  se  vino  a  enterar de la imputación con el proferimiento del fallo de  primer grado.   

Tampoco  es  pertinente  alegar,  como  lo  consignó         el         a-quo,  que la falta  de  defensa  fue  propiciada  por el sindicado al marginarse del enjuiciamiento,  pues  no  obran  comunicaciones  a  su  domicilio  ni órdenes de allanamiento o  registro  al  mismo con el objeto de requerirlo personalmente, de cuya práctica  se pueda inferir que se garantizó efectivamente su defensa.   

Además,  en la resolución de la situación  jurídica  de su representado no se sabe con certeza si contó o no con defensor  de   oficio   “y   no  es  porque  ello  se  halla  (sic)  hecho sino porque su  actuación  es  tan  apenas  nominal que sus argumentos son absolutamente nulos,  totalmente    inexistentes,   ni   siquiera  el  más  mínimo  interés  o  preocupación  por  ejercer  su cargo, y no se puede decir ahora que simplemente  asumió  una  postura  pasiva  válida  para  la  actuación, pues en el caso en  particular,   eran   muchas  las  cosas  que  debían  alegarse,  empezando  por  desacreditar   la  calidad  de  testigo  directo  que  le  dio  la  Fiscalía  a                       Amorocho  Santamaría,  en  cuanto  a la participación de NELSON  BARRAGÁN  ORTIZ,  como autor del cuidado del secuestrado Eduardo Acevedo Ortega  y  su posterior asesinato”.   

     

Esta  situación,  a  su  juicio,  configura  “desconocimiento del debido proceso por afectación  sustancial   de   su   estructura   constituyéndose   así   en  una  verdadera  nulidad”,   la   cual  ha  menester  enmendar  para  preservar  la supremacía del derecho sustancial mediante la casación del fallo  impugnado.   

Consideraciones de la Sala:  

Como   lo   ha   reiterado  en  múltiples  oportunidades  la  Sala,  si  bien la propuesta sustentada en la nulidad goza de  mayor  flexibilidad  en su formulación, en todo caso debe cumplir un mínimo de  presupuestos  para  ser  atendida  en esta sede, en cuanto sólo se admitirá la  demanda  si  contiene  una  exposición  lógica  y  debidamente  argumentada en  procura de su demostración.   

Por   ello,   se  exige  del  casacionista  identificar  claramente el motivo sobre el cual gira la irregularidad advertida,  la  causal  de  nulidad  procedente como consecuencia de ese defecto, las normas  sustento  de  su pretensión, la trascendencia que genera bien en el marco de la  estructura  del  proceso  o  en  el  de las garantías fundamentales de quien la  invoca   y  el  momento  procesal  a  partir  del  cual  se  debe  invalidar  la  actuación.           

          Dicha  pretensión,  además, está necesariamente conectada con los  principios  que orientan la declaratoria de las nulidades, a saber: taxatividad,  instrumentalidad  de  las  formas,  trascendencia, protección, convalidación y  residualidad, previstos en el artículo 310 de la Ley 600 de 2000.   

En  consecuencia,  únicamente si la censura  reúne  los  anteriores  condicionamientos  se podrá concluir que satisface los  requisitos      previstos      en      el     artículo     212     ibídem,  para  así admitirla a voces de  lo dispuesto en el siguiente artículo del mismo estatuto.    

La  censura  objeto de estudio no cumple con  los requisitos indicados, en consideración a lo siguiente:   

En   primer   lugar,   porque   involucra  pretensiones  disímiles  de manera simultánea, para empezar: el debido proceso  y  el  derecho  de defensa, las cuales, como lo ha dicho la Sala, si bien pueden  quebrantarse  en  forma  coetánea,  no  así  con  sustento  en  los argumentos  expuestos  por  el  censor, al advertir, por una parte, que a su representado se  le  conculcó  el ejercicio material de defensa y estuvo desprovisto de adecuada  asistencia  profesional  durante  el  proceso y, de otra, al aludir “desconocimiento  del  debido  proceso por afectación sustancial  de   su   estructura”,  proposiciones  que,  por  no  compaginar,  ha  debido  postular en cargos independientes a fin de salvaguardar  el principio de autonomía que regenta esta sede.   

Igual ocurre cuando el demandante entremezcla  la  violación  del  derecho  de  defensa material y técnica como si fueran una  misma,  pues  si bien integran un todo, tienen matices propios y, por ende, para  su  demostración  ha  menester  exponer  sus  fundamentos a través de censuras  independientes  con  el  objeto  de  evitar  confusiones argumentativas, como se  verifica  en  la censura, máxime si a ello se suma que individualmente ostentan  la   entidad  de  destronar  la  legalidad  de  la  sentencia.   Sobre  las  especiales  características del derecho de defensa en sus dos facetas, ha dicho  la Corte:   

“(N)ecesario es en verdad colacionar tales  definiciones  en  procura  de  recordar  que constituye supuesto inherente a una  concepción  garantista  del  derecho  de  defensa  en  su binaria expresión de  material  y  técnica  y  en  tanto  ha  de ser definitivamente comprendido como  legalizador  y  legitimador  del  contradictorio  en la actuación penal -por la  primera-,  el  deber  de  posibilitar  que  a  la persona inculpada le sea dable  directamente  entrar  a suministrarle a la justicia su versión sobre los hechos  que  se  le  imputan,  o  de  participar  solicitando  la práctica de pruebas o  elevando  en general peticiones en su beneficio o a impugnar aquellas decisiones  que  estime  le  son adversas, pero también -en su segunda manifestación, esto  es,  la letrada-, que ese ejercicio defensivo esté amparado con la designación  de  un  profesional  del  derecho  a quien corresponde en forma plena, continua,  ininterrumpida   y  siempre  actualizante,  velar  por  la  protección  de  los  intereses  de  la  persona  investigada,  que  supone  no  solamente una seria y  permanente  vigilancia  del  proceso  penal,  sino la dinámica participación a  través  de los medios idóneos previstos en las normas procesales para hacer en  cada  caso  real  la  concreción  de  la  garantía  de  defensa”1.   

Así las cosas, es claro que el demandante ha  debido,  en  orden  a evitar inmiscuir aspectos de diversa naturaleza dentro del  mismo   reparo,   sacrificando   su   claridad  y  precisión,  postularlos  por  separado.      

En  segundo lugar, el actor tampoco concreta  el  efecto  preciso  de  la  nulidad  invocada o, dicho de otro modo, el momento  procesal  a  partir  del  cual a su juicio debió invalidarse la actuación como  consecuencia  del   yerro  procesal  atribuido,  falencia  que,  como ya se  consignó,   incide   igualmente   en   la   determinación   de   inadmitir  la  censura.   

En   tercer  lugar,  conduce  a  la  misma  conclusión  el  hecho  de  que el argumento orientado a sustentar la violación  del  derecho  de  defensa material de NELSON BARRAGÁN  ORTIZ    no   es   consecuente   con   la   realidad  procesal.   

Ciertamente,  según  el  libelista,  para  garantizar  de  manera  efectiva  el derecho de defensa material de BARRAGÁN  ORTIZ  ha debido escuchárselo  en  versión  libre  o  en  indagatoria, de conformidad con lo establecido en el  artículo  336  del estatuto procesal penal, pero al efecto no se libró ninguna  comunicación  ni  se  evacuó  actuación  alguna  en  orden  a  noticiarle  la  incriminación penal existente en su contra.   

Esa  aseveración  del  actor  riñe  con la  realidad  procesal,  pues  el  examen  del  expediente  arroja  que,  una vez el  procesado  Guillermo Amorocho Santamaría incriminó,   entre   otros,   a   NELSON  BARRAGÁN  ORTIZ  en  el  plagio y posterior muerte de  Luís Eduardo Acevedo Ortega  durante  su  ampliación  de  indagatoria  efectuada el día 13 de septiembre de  1996   dentro   del   proceso   seguido   por   el   secuestro  de  Noemí               Amaya2  y  luego,  el  1°  de  octubre  posterior, en desarrollo de diligencia de la misma  índole     dentro     de     esta     actuación3,  los  funcionarios  del  ente  investigador  desplegaron  todos  los  esfuerzos  razonables  para  conseguir su  comparecencia  a tenor del trámite previsto en el artículo 34 del Decreto 2790  de  1990,  adoptado como legislación permanente por el Decreto 2271 de 1991, en  concordancia  con  el  artículo  356 del Dto. 2700 de 1991, normativas vigentes  para ese entonces.   

Empero,   como  no  fue   posible   su  captura y estaba plenamente  individualizado,   acto   seguido  se procedió a emplazarlo mediante edicto fijado hasta  el      18     de     noviembre     subsiguiente4 en la secretaría común de la  de la Fiscalía.   

Y  como  resultó  igualmente infructuoso el  anterior  procedimiento  para  lograr  la  comparecencia  del  referido, no hubo  alternativa  distinta  a  la  de declararlo persona ausente según las referidas  previsiones  legales,  mediante resolución de fecha 25 de noviembre de la misma  anualidad,  quien vino a manifestarse solo hasta cuando se profirió el fallo de  primer  grado  allegando  memorial  a  través  del  cual  otorgó  poder  a  un  profesional del derecho para el apersonamiento de su defensa.   

En  ese  orden  ideas,  surge  evidente  la  alteración  de la realidad procesal por parte del casacionista con el objeto de  sustentar    una    inexistente    violación    del    derecho    de    defensa  material.   

Otro tanto ocurre con su pretensión dirigida  a  sustentar  el desconocimiento del derecho de defensa técnica de BARRAGÁN   ORTIZ,  pues  la  discusión  propuesta  se  centra  en  cuestionar,  desde  un  punto  de vista genérico, la  estrategia  empleada  por el profesional que tuvo a su cargo la defensa oficiosa  de  BARRAGÁN  ORTIZ.    

Bastante  se  ha  dicho  por la Corte que el  cuestionamiento  a  la  labor  de  un  profesional  que  precedió  en  la labor  defensiva  no  ostenta  por  sí  misma  la  idoneidad  de  erigir  menoscabo  de  la garantía, salvo que se  trate  del  desamparo  absoluto de la gestión, el cual no se logra verificar de  conformidad  con  los  argumentos  expuestos  por el casacionista, de los cuales  únicamente  se  infiere  su  desacuerdo  con  la  estrategia  desplegada por su  antecesor.   

Lo  anterior,  porque  su  inconformidad  se  reduce   a   cuestionar,  desde  una  perspectiva  ex  post,   el   hecho   de   que  no  fue  más  activa,  circunstancia  de  la  cual  no  es  viable  inferir vulneración a la garantía  impetrada.    

Al  respecto,  la  Sala  ha recalcado que la  estrategia  de  defensa  varía dependiendo del estilo de cada profesional, dado  que   no   existen   fórmulas   uniformes  o  estereotipos  al  respecto.   Simplemente,  se  reitera,  cada  defensor diseña la estrategia que a su juicio  resulta  más  adecuada y que se ajusta mejor a su estilo, de modo que la simple  disparidad  sobre ese punto no tiene la entidad de socavar el derecho de defensa  técnica.   

    

Máxime lo anterior cuando el único aporte  del  censor  para  demostrar  la  trascendencia del reparo, no obstante señalar  inicialmente  que “eran muchas las cosas que debían  alegarse”, se concretó a que ha debido “desacreditar  la  calidad  de  testigo  directo  que  le  dio la  Fiscalía  a  Amorocho  Santamaría,  en  cuanto  a  la participación de NELSON  BARRAGÁN  ORTIZ,  como autor del cuidado del secuestrado Eduardo Acevedo Ortega  y  su posterior asesinato”, pero sin precisar cómo y  por  qué  ello  tenía incidencia para infirmar el juicio de responsabilidad en  contra de su prohijado frente a las conductas punibles atribuidas.   

Las falencias indicadas son suficientes para  colegir  que  el  cargo  objeto  de  estudio  no se adecua a los presupuestos de  lógica y argumentación exigidos para su admisión.   

2.   Violación  directa  de preceptos  probatorios   de  orden  sustancial  y  constitucional  llamados  a  regular  la  apreciación    de    los    testimonios.   

A   juicio  del  actor,  la  apreciación  probatoria  del juzgador vulneró lo artículos 234 de la Ley 600 de 2000, sobre  la  imparcialidad  del  funcionario  en  la  búsqueda  de  la prueba; 277 y 282  ibídem,  en  punto  de los  criterios   para   la   apreciación   del   testimonio   y;   232  ejusdem,  que  trata  el  principio de la  necesidad de la prueba.   

El  yerro se produjo específicamente en la  valoración  de  la  única prueba de cargo del proceso, esto es, del testimonio  único     rendido     por    Guillermo    Amorocho  Santamaría  “pues  pasa  discrecionalmente  por  alto  que se trata de un testimonio de oídas…al menos  en  lo  que tiene que ver con mi protegido NELSON BARRAGÁN ORTIZ”.   

Si  bien  en el proceso obran pluralidad de  pruebas  demostrativas  de  la  tipicidad  de  las conductas y seguramente de la  responsabilidad  de  los  demás  procesados,  agrega,  no  así  en  cuanto  al  compromiso  de su defendido porque al respecto sólo se cuenta con el testimonio  de  oídas  del referido, el cual “no proviene de su  conocimiento  directo,  pues de su declaraciones no se infiere que él (Amorocho  Santamaría),  lo  hubiere visto o apreciado por sus propios sentidos, lo que lo  convierte  en  un  testimonio  de  oídas,  y lo que hace el fallador es suponer  certeza,   cuando   en   verdad   no   se   puede   llegar   a   este  grado  de  convencimiento”,  en  especial  frente a la claridad  ofrecida  por  este  deponente  en  su  ampliación  de  indagatoria  del  12 de  septiembre de 1996 sobre esa condición.   

Según   el   actor,  se  vulneraron  los  artículos   referidos   “aunque  indirectamente”  al  considerar  a  dicho  deponente  como “testigo  presencial”, situación que  condujo  a  no satisfacer lo normado en relación con la sanidad de los sentidos  a  través  de  los cuales obtuvo la percepción y ello fundamentalmente porque,  reitera,  no  existió  dicha percepción, con lo cual, además, se resquebrajó  el  equilibrio  en  la  búsqueda  de  la  prueba  al  que  estaba  obligado  el  sentenciador,  conforme  a  lo  dispuesto en el artículo 234 del mismo estatuto  procesal y, como corolario, el 232, sobre la certeza para condenar.   

Por  otra parte, sostiene, el testimonio de  Amorocho   Santamaría  no  informa  sobre  la  fuente  de su conocimiento, por lo que se torna “obsoleto  e  inocuo”,  a más que su  percepción  de  los hechos es nula por desprenderse del supuesto conocimiento y  percepción de otro.   

Por   tratarse,  entonces,  de  una  mera  referencia  o  un  simple  comentario, de su contexto nada se puede inferir para  edificar un reproche penal.   

Sostiene,   a   continuación,   que  los  sentenciadores  erraron  de  hecho “aunque de manera  indirecta” al violar los mismos preceptos señalados  previamente.   

Acto  seguido,  en  el  aparte “sobre  los  infundados  motivos  de  credibilidad”   señala   que   ella  no  surgía  de  esta  probanza,  en  tanto  “radica    en    la    percepción”,  a  lo  cual  se  suma  que  se  trata de un confeso secuestrador,  persona  ignominiosa  que  se  aprovechó de la confianza depositada por su jefe  inmediato  quien  lo  nombró  capataz  de  su finca y que ha mentido durante la  actuación en múltiples oportunidades.   

Con  sustento  en  lo  anterior,  depreca  “la  anulación  del  fallo de segunda instancia en  particular  en  lo  atinente  al numeral primero de la parte resolutiva del  fallo  que dice CONFIRMAR  integralmente la sentencia recurrida de fecha 17  de      noviembre      de      2005”.      

Consideraciones de la Sala:  

Esta censura no se ajusta a los presupuestos  de  lógica  y  debida  argumentación  para  su  admisión,  por los siguientes  motivos:   

En primer lugar, el actor no expresa con la  indispensable  claridad,  acorde  con  lo  establecido  en  el  numeral  3° del  artículo  212  del  ordenamiento adjetivo, la causal de casación fundamento de  la censura.   

Así,  nótese cómo en principio refiere a  la   violación   directa   de   la  ley  sustancial,  para  lo  cual  alude  al  desconocimiento  de  los artículos 232, 234, 277 y 282 de la Ley 600 de 2000 y,  más  adelante, respecto de las mismas preceptivas, pregona violación indirecta  derivada de error de hecho.   

Ante  tal  contradicción  no  se  sabe con  certeza  cuál  es  el  motivo  de  casación  que  origina su disentimiento, en  contraposición  a  lo  normado  en  el citado numeral 3° del artículo 212 del  mismo estatuto procesal penal que exige total claridad al respecto.   

Esta  incorrección  reviste  de  la  mayor  importancia  en orden a desentrañar la causal de casación invocada, tanto más  si  se  tiene  en  cuenta  que  son  antagónicas,  por  ser  presupuesto  de la  violación  directa  de la ley aceptar los hechos y su valoración probatoria de  la  forma  como fueron plasmados en la sentencia, al cabo que precisamente sobre  esos   aspectos   se   centra   el   debate   en   la   causal   de   violación  indirecta.   

En segundo lugar, ya sea uno u otro motivo,  es  de  su  esencia demostrar la violación de normativas de índole sustancial,  connotación  de  la  cual  carecen  las  preceptivas  legales  referidas por el  censor,  a  saber, como ya se precisó, los artículos 232, 234, 277 y 282 de la  Ley  600 de 2000, en tanto se trata de normas que simplemente enseñan criterios  de  valoración  probatoria y no definen conductas delictivas o hacen referencia  a  la  punibilidad  o  a  la  responsabilidad,  como  de  manera reiterada lo ha  precisado  la  Corte  al reseñar cuáles son de índole sustancial, de modo que  las  citadas  sólo  sirven como medio o instrumento para arribar a los fines de  las sustantivas         

En  tercer  lugar,  pese  a  la  confusión  advertida  en  punto  de precisar la causal esgrimida, a través de su propuesta  lo  único  evidenciable es el propósito de discutir en torno a la apreciación  de  la  prueba  desde  su  estricto  criterio  personal,  en  contraposición al  expuesto  de  forma  coincidente por los falladores de instancia, actitud con la  cual  no  sólo  desconoce  que  la sentencia arriba a esta sede precedida de la  doble  presunción  de  acierto y legalidad, para cuya destrucción no basta con  contraponer  su  criterio, sino que ese ensayo se aparta de la esencia del medio  extraordinario   de  casación  por  no  constituir  una  prolongación  de  las  instancias.     

Además, las críticas que en este reproche  dirige    en   contra   de   la   apreciación   del   dicho   de   Guillermo  Amorocho  Santamaría  por los  juzgadores  de  instancia,  cifradas  exclusivamente en su falta de credibilidad  por  la  carente  percepción  directa  de  los  hechos  transmitidos,  ponen de  manifiesto  un total desconocimiento del criterio de la Sala en relación con la  validez  que  ofrece el testimonio de oídas.  En decisión reciente, sobre  ese particular, se precisó:   

“Si   bien   es   cierto   ‘el  testigo  de oídas, lo único que  puede  acreditar  es  la  existencia de un relato que otra persona le hace sobre  unos  hechos  (…)  y  que generalmente ese concreto elemento de convicción no  responde   al   ideal  de  que  en  el  proceso  se  pueda  contar  con  pruebas  caracterizadas   por   su   originalidad,  que  son  las  inmediatas’,  tampoco  ‘implica lo anterior que  dicho  mecanismo  de verificación deba ser rechazado;  lo  que  ocurre  es  que frente a las especiales características en precedencia  señaladas,  es  necesario  estudiar  cada caso particular, analizando de manera  razonable  su  credibilidad  de  acuerdo  con  las  circunstancias  personales y  sociales  del deponente, así como las de la fuente de su conocimiento, si se ha  de  tener  en  cuenta  que  el  testigo  de  oídas  no fue el que presenció el  desarrollo  de  los  sucesos  y  que  por ende no existe un real acercamiento al  hecho   que   se   pretende  verificar’    (Sentencia    de    segunda   instancia,   29   de   abril   de  1999…)”5   

(subrayas   fuera  de  texto).   

De  cualquier  forma,  lo  cierto  es  que  realmente  los  juzgadores  no  valoraron  esta  probanza  como un testimonio de  oídas  sino  directo,  por  tratarse  de uno de los integrantes de la banda que  participó  en  el  secuestro del señor Luís Eduardo  Acevedo   Ortega  y  de  otras  personas  más,  quien  decidió   voluntariamente   delatar  a  sus  compañeros  de  actuar  criminal,  aportando   datos   que  no  sólo  permitieron  la  individualización  de  los  patícipes   sino  localizar  el  cadáver  del  plagiado,  coincidiendo  en  su  narración,   en  este  caso  particular,  con  lo  aseverado  por  Guillermo  Acevedo, hijo del secuestrado,  presente en el momento de su ocurrencia.   

Basten  las anterior falencias para colegir  el  incumplimiento  de  los  presupuestos  de  admisibilidad  de  esta  censura.   

Lo  expresado  en los acápites anteriores,  conduce  a  que  no  exista  duda  en  el sentido de que el censor no sujetó el  libelo  a  los  cánones  que  gobiernan  la postulación y demostración de las  censuras  que  presenta  contra el fallo de segundo grado y, como de acuerdo con  el  principio  de limitación que gobierna el trámite casacional la Corte no se  encuentra  facultada para enmendar las falencias de aquel, de conformidad con lo  dispuesto  en  el  artículo 213 de la Ley 600 de 2000, se impone la inadmisión  de esta demanda.     

1. Prescripción de la acción penal  de  la  conducta  de concierto para secuestrar endilgada a favor de Pablo    Alberto   Pinto   y  Vicente  Sanabria,  no  recurrentes  en  casación:     

Como  atrás quedó reseñado, en el pliego  acusatorio   de   fecha  febrero  25  de  1999  a  los  sindicados  Pablo    Alberto   Pinto   y     Vicente     Sanabria,  no  recurrentes  en  casación,  se les  imputó  en  calidad  de  autores  las conductas punibles de secuestro extorsivo  agravado  (art.  268 del D. L. 100 de 1980, subrogado por el 1° de la Ley 40 de  1993  y nums. 3°, 9°, 10° y 11 del 270 del D.L. 100 de 1980) y concierto para  secuestrar  (art.  5°  de  la  Ley  40  de 1993), cargos respecto de los cuales  ninguna  variación  introdujo  la  resolución  acusatoria de segunda instancia  dictada  por  la  Fiscalía  Delegada  ante el Tribunal de Bogotá el 24 de mayo  siguiente.   

Por estas mismas conductas fueron condenados  los    aludidos   en   los   fallos   de   primera6 y segunda instancia.  Sin  embargo,  advierte  la  Sala  que  respecto de la acción penal por el delito de  concierto  para  secuestrar  por la cual fueron acusados ha operado el fenómeno  de la prescripción.   

En efecto, según lo establece el artículo  83  de la Ley 599 de 2000 (que corresponde al artículo 80 del anterior estatuto  penal),  en la etapa instructiva la acción penal prescribe en un término igual  al  máximo  de  la pena establecida en la ley, sin que sea inferior a cinco (5)  años.    En  la  etapa  de  la  causa,  por  su  parte,  tal  término comienza a contarse a partir de  la  ejecutoria  de  la  resolución de acusación por un tiempo igual a la mitad  del  establecido  para  la  fase de instrucción, pero en ningún caso puede ser  inferior a cinco (5) años.   

         La  conducta  punible  de  concierto  para  secuestrar  por la cual  fueron  acusados  los  procesados Pablo Alberto Pinto  y       Vicente  Sanabria  se  sancionaba,  para  la  fecha  de  los  hechos,  en el artículo  5°  de  la  Ley  40 de 1993, con  una   pena   de  cinco  (5)  a  diez  (10)  años  de  prisión.   

         Posteriormente,  esa  misma  infracción  se reprimió en el artículo 340, inciso  segundo,  de la Ley 599 de  2000,  con  seis  (6) a doce (12) de prisión, quantum  que  se mantuvo con el artículo 8° de de la Ley 733  de  2002,  pero que se incrementó con el artículo 19  de  la  Ley  1121 de 2006, a  un  margen  de  ocho (8) y  dieciocho (18) años de prisión.   

Significa      lo     expuesto          que,  para  los  efectos    de    la    prescripción    de   la   acción   penal   en  la  fase  del  juicio  por  este  delito,  resultan   favorables  las    disposiciones  anteriores    a    la  última   ley   en  cita,  en   tanto   arrojan  un  término    de    cinco   (5)   años   de    prescripción   de   la   acción   penal   en   la    fase    del   juicio,        tras        interrumpirse  el plazo con la ejecutoria  de          la         resolución         de  acusación.      

A  partir de esa fecha, esto es, del 24 de  mayo  de 1999, data en la cual se dictó la resolución de acusación de segunda  instancia  confirmatoria  de  la  de  primer grado, se  reitera,  ha trascurrido con  creces    el   término  favorable     de  prescripción  de cinco (5) años, de conformidad con  las  glosas  indicadas, cuyo cumplimiento se concretó  el  24  de  mayo de 2004,  valga  decir  mucho antes de que el proceso arribara a  la  Corte para su correspondiente examen e, incluso, con antelación a cuando se  profirieron  los  fallos de instancia de fechas 17 de  noviembre de 2005 y 24 de enero de 2008.   

La          circunstancia   descrita   impone  el  decreto   de   cesación   de   procedimiento   por  extinción   de   la   acción  penal  respecto     de     esta    conducta  punible  a  favor  de  los  procesados  Pablo   Alberto   Pinto  y  Vicente Sanabria y, consecuentemente,  a  marginar de la dosificación punitiva establecida  en   el  fallo  la  pena  impuesta  en  su  contra  por  tales  comportamientos,  a    lo    cual   se   procederá   en   capítulo  posterior.   

4.  Casación oficiosa.  

Dos son las razones que conducen a la Sala a  casar  oficiosamente  el fallo impugnado. En primer lugar, por la violación del  principio  de congruencia respecto de los procesados no recurrentes en casación  Pablo    Alberto    Pinto    Niño    y    Vicente    Sanabria   y,  en  segundo  orden,  en  lo  relativo  a la duración de la pena  accesoria  de  inhabilitación en el ejercicio de derechos y funciones públicas  impuesta   a   todos   los   procesados.  Temáticas  que  se  desarrollarán  a  continuación:   

4.1.  Desconocimiento  del  principio  de  congruencia  respecto de los procesados no recurrentes en casación Pablo  Alberto  Pinto  Niño y Vicente Sanabria Mejía:   

Además  del  advenimiento  del  fenómeno  extintivo  de  la  acción  penal  por  la  conducta  punible  de concierto para  secuestrar  a  favor  de  estos  sindicados,  según  se señaló en el acápite  anterior,  observa  la  Sala que respecto de estos mismos procesados se vulneró  el  principio  de  congruencia  entre  la  resolución de acusación y el fallo,  razón por la cual se impone la casación oficiosa de este último.   

Sea  lo  primero señalar que aun cuando se  trata  de sujetos procesales no recurrentes en casación, conforme a criterio de  esta                   Corporación7, nada impide la determinación  de  casar  oficiosamente  el fallo si se encuentra afectación de sus garantías  fundamentales.   

Pues bien, de acuerdo con criterio uniforme  de  la  Sala  se ha reiterado que el principio de congruencia tiene lugar cuando  se  afecta  la  estructura  lógica  del  proceso,  en cuanto el fallo introduce  nuevas  conductas  punibles,  agrega circunstancias específicas o genéricas de  agravación,  desconoce  las  específicas  de  atenuación tenidas en cuenta al  momento  de  calificar  o  hace  más  gravosa  la  forma de intervención en el  delito,  en cuyo caso se impone un nuevo fallo que se sujete al marco fáctico y  jurídico de la acusación.   

          Sobre  esta  base,  sin  dificultad  alguna  se infiere que, en este  asunto,  la sentencia desbordó el marco de la resolución de acusación, cuando  es  evidente  que  atribuyó  a  los  procesados Pablo  Alberto   Pinto   Niño   y  Vicente  Sanabria  Mejía  la  conducta  de  homicidio  agravado  no  imputada  jurídicamente  en  las acusaciones de primera y segunda  instancia.   

          Esta  circunstancia produjo efectos concretos en la pena a imponer a  los  mencionados, como se extrae del proceso de dosificación punitiva elaborado  por  el  a-quo y avalado por  su  superior,  al  expresar  que por razón de esta conducta, concurrente con la  estimada  más  grave  de   secuestro extorsivo agravado, se incrementó la  pena en cuatro (4) años de prisión.   

En  consecuencia,  según  se  anunció, se  torna  imperativo casar parcialmente el fallo impugnado, en tanto la atribución  de  la  referida  conducta  punible influyó en la individualización de la pena  principal  privativa  de la libertad impuesta a dichos procesados, procedimiento  que se efectuará en el acápite final de esta providencia.   

4.2.  Duración  de  la  pena  accesoria de  inhabilitación  en  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas impuesta a  todos los procesados:   

No se remite a duda que la totalidad de las  infracciones  por  las  cuales  se  procede  tuvieron ocurrencia en vigencia del  anterior  Código Penal, esto es, del Decreto Ley 100 de 1980, en cuyo artículo  44    se   establecen   diez   (10)   años   como   límite   máximo   de   su  duración.   

A  pesar  de  lo  anterior,  en el fallo de  primera  instancia,  sin  que  nada  se  advirtiera al respecto en el de segundo  grado,  se  impuso esta pena accesoria “por un lapso  de  tiempo  igual al de la pena principal”, violando,  en  consecuencia, el principio de legalidad de la pena por imponerla desbordando  los  límites  cuantitativos  dispuestos  en  la  norma  vigente y aplicable por  favorabilidad.   

Corolario  de lo anterior, corresponde a la  Sala  restablecer  oficiosamente el daño causado y por ello se dispondrá casar  parcialmente  el  fallo en cuanto atañe a esta pena accesoria, para en su lugar  establecer su duración en diez (10) años.   

Resta  señalar  que  la  referida sanción  está  llamada  a  operar  de  hecho  mientras dure la pena principal y, una vez  cumplida  ésta,  empezará  a  ejecutarse  por  el término de diez (10) años,  conforme   la  preceptiva  del  artículo  52  del  Decreto  Ley  100  de  1980,  disposición  que,  según  ha  tenido ocasión de referir esta Sala8    guarda  coincidencia temática con el artículo 53 de la Ley 599 de 2000.   

5.   Redosificación  de  la  pena  a  imponer   a   los   procesados   no   recurrentes   en   casación  Pablo  Alberto  Pinto  Niño y Vicente Sanabria Mejía:   

En  consideración  a  lo  expuesto  en los  puntos  3  y  4.1.  de  esta  providencia, procede la Sala a redosificar la pena  impuesta  a  los  procesados Pablo Alberto Pinto Niño  y    Vicente   Sanabria  Mejía, no recurrentes en casación.   

Al dosificar la pena correspondiente a estos  sindicados  el  a-quo expuso  lo siguiente:   

“(L)a  pena  más  grave es la calculada  para  el  delito  de   secuestro extorsivo agravado, es decir 28 años  de  prisión  y  3.500  SMLM  de  multa…  y  en  la  referente  a  la  que  deben  descontar  Pablo  Alberto Pinto Niño y  Vicente  Sanabria  Mejía,  se  les  incrementará  en  cuatro  años por el delito de homicidio agravado y dos años  más  por el delito de concierto para secuestrar y por  consiguiente,  la  pena  principal  que  debe  descontar cada uno de ellos queda  así:…   Pablo  Alberto  Pinto  Niño  y  Vicente  Sanabria  Mejía  34  años y  nueve  meses  de  prisión y multa por valor de   3.500   salario   mínimos   establecidos  para  el  año  1999”  (subrayas           fuera           de           texto).       

Así  las  cosas,  basta con marginar de la  pena  los  cuatro  años  impuestos  por  el  delito  de  homicidio agravado, no  imputado  en  la  resolución  de acusación, y los dos años por la conducta de  concierto   para   secuestrar,   cuya  acción  penal  se  encuentra  prescrita,  para  un total de pena a imponer para estos procesados  de   veintiocho   (28)   años   y   nueve  (9)  meses  de  prisión.              

Conviene  precisar,  igualmente,  que  en  relación  con la pena pecuniaria ninguna incidencia tiene la decisión adoptada  por  cuanto  la  única  conducta  concurrente  en  contra  de  estos procesados  sancionada con esa pena es el secuestro extorsivo agravado.   

Finalmente,  importa  señalar que lo aquí  establecido  tampoco  tiene  repercusión en punto de la condena en perjuicios y  en  lo  expuesto  para  sustentar la negativa a otorgar el subrogado penal de la  suspensión  condicional  de  la ejecución de la pena y el sustitutivo penal de  la prisión domiciliaria.   

    

         En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

1.  INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  del  procesado  NELSON  BARRAGÁN  ORTIZ, por los argumentos manifestados en la  parte motiva de esta providencia.   

          2.        DECLARAR   prescrita   la  acción  penal  derivada  de  la  conducta  punible de concierto para secuestrar atribuida a los  procesados  Pablo  Alberto  Pinto  Niño y Vicente Sanabria Mejía.   

          3.        ORDENAR, en consecuencia, la cesación del  procedimiento   adelantado   contra   dichos   procesados   por   el  mencionado  delito.   

4.      CASAR      oficiosa  y parcialmente el fallo de segundo grado, para reducir a  diez  (10)  años  la  pena  accesoria  de  inhabilitación para el ejercicio de  derechos   y   funciones   públicas   respecto  de  todos los procesados y en  el  de  suprimir  de  la imputación delictiva a los  procesados  Pablo  Alberto  Pinto Niño y  Vicente Sanabria Mejía  el  delito  de homicidio agravado, de  conformidad con la argumentación precedente.   

5.           PRECISAR  que,  por  razón  de la prescripción que aquí se decreta y la casación oficiosa en  el  sentido  de  suprimir de la imputación el delito de homicidio agravado, las  pena  principal  a  imponer  a  los  procesados  Pablo  Alberto   Pinto   Niño   y  Vicente  Sanabria  Mejía  por  el delito de secuestro  extorsivo  agravado se reduce a veintiocho (28) años y  nueve    (9)    meses    de    prisión.              

          Contra  esta  providencia  sólo  procede  el recurso de reposición  respecto de la declaratoria de prescripción de la acción penal.   

Notifíquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ   LEONIDAS   BUSTOS  MARTÍNEZ                       ALFREDO       GÓMEZ       QUINTERO             

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS        AUGUSTO                         J.                        IBÁÑEZ  GUZMÁN                  

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                              YESID  RAMÍREZ  BASTIDAS                  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                  JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria    

1  Sentencia de fecha mayo 27 de 2004, rad. 17687.   

2 Fol.  284 del c.o. 1.   

3 Fol.  338   ibídem.   

4 Fol.  108 ejusdem.   

5  Sentencia   del   26   de   enero   de   2006,  rad.  21791.   

6 Valga  aclarar  que  en  la  parte  resolutiva  del  fallo  de  primer  grado por error  involuntario   se   hace   referencia   a   la  conducta  de  “concierto  para  extorsionar”;  sin embargo, en la considerativa las reflexiones giran en torno  del delito correcto por el cual fueron acusados estos procesados.   

7 Cfr.,  entre otros, auto de fecha 12 de mayo de 2004, rad. 20114.    

8Cfr.  sentencia de casación de fecha 26  de abril de 2006, rad. 24687-     

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