29755(10-02-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso     n°  29755   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

Aprobado Acta No. 38  

Bogotá  D.  C., diez (10) de febrero de dos  mil diez (2010)   

VISTOS  

Decide  la Sala el recurso extraordinario de  casación  presentado  por  el  defensor  de  FERNANDO  PIÑEROS  ROCHA  contra el fallo del Tribunal Superior  de  Distrito  Judicial  de  Bogotá,  que  confirmó  el  emitido  en el Juzgado  Cuarenta  y  Siete  Penal del Circuito de esta ciudad, por el cual fue condenado  como  autor  responsable  del  delito  de  actos  sexuales abusivos con menor de  catorce años.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

1. El 10 de abril de  2000,  en  el  sector  de  la  avenida  El  Dorado  con  carrera  45 de Bogotá,  deambulando  con  otros  dos infantes fue hallado Y. A.  G.  A., de 9 años de edad, quien según el informe de  policía  indicó  que  “…se  había  escapado del  hogar  razón  social  INSTITUTO DE MENORES DEL NIÑO  DESAMPARADO,  porque  era  objeto  de  maltrato, abuso  físico  por  parte  del centro de capacitación…”,  razón  por  la que fue llevado al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, y  allí,  a  raíz del trámite iniciado para establecer su situación de abandono  y/o  peligro,  el  Defensor  de  Familia  lo escuchó en exposición, en la cual  sostuvo  que  se  evadió de ese lugar porque “…nos  pegaba   un  niño  y  había  una  señora  que  nos  pellizcaba…”    y    “…había   un   padre…  FERNANDO   PIÑEROS…  el  (sic)  nos  obligaba  a  darles  (sic)  besos en la boca y nos tocaba la cola…  sólo  me  tocó la cola el padre y al (sic) le tocaba besarlo en la boca, harto  no sino un piquito…”.   

La Defensora de Familia envió el 28 de abril  de  2000 a la Fiscalía General de la Nación, fotocopias de esa diligencia y de  las  valoraciones  médica,  sociológica,  y psicológica practicadas al menor,  como     denuncia    penal    contra    “FERNANDO  PIÑEROS”1.   

2. Con base en esos  medios  de  prueba  el  4  de  mayo de ese año la Fiscalía inició indagación  preliminar  con  el  fin  de obtener la individualización e identificación del  imputado   y   recibir  el  testimonio  de  Y.  A.  G.  A., y el de su progenitora, concretándose únicamente  el  primer cometido el 2 de mayo de 2001, mediante informe de policía en el que  se  precisó  que  FERNANDO PIÑEROS ROCHA  laboraba como párroco en el “Instituto  Dormitorios  del  Niño  Desamparado”, motivo por el  que  el  13  de  febrero  de 2002 se abrió investigación y se ordenó vincular  mediante  indagatoria al citado clérigo, e insistir en la declaración al menor  ofendido2.   

3. Luego de que el 2  de  abril  de  2002  fuera  oído  en injurada PIÑEROS  ROCHA,  con  base  en  las  pruebas  que  generaron la  indagación  previa,  aquél  fue  afectado  (el 4 de  agosto   de   2003)   con   imposición   medida   de  aseguramiento  de  detención  preventiva  y, después, el 5 de octubre de 2005,  con  resolución de acusación por el delito de acto sexual abusivo con menor de  catorce  años, agravado, de acuerdo con los artículos 305 y 306-2° y 5°, del  Decreto       Ley       100       de       19803,   así  como  con  sentencia  condenatoria,  emitida  el  22  de  junio de 2007 en el Juzgado Cuarenta y Siete  Penal  del Circuito de esta ciudad, en la que le fue infligida pena principal de  cuarenta  y seis (46) meses y  quince   (15)   días  de  prisión  y  la  accesoria de ley por el mismo lapso4,  decisión  que impugnada por  el  defensor  fue  confirmada  por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Bogotá   el   21   de  septiembre  de  dicho  año5.   

LA DEMANDA  

Contra el fallo de segundo grado el defensor  del  condenado  oportunamente interpuso y sustentó el recurso extraordinario de  casación, arguyendo la configuración de los siguientes vicios:   

Primer cargo (principal)  

Con  fundamento  en  la  causal  tercera  de  casación    (Ley    600    de    2000,   artículo  207-3), el recurrente plantea la configuración de una  irregularidad  sustancial que obligaría decretar la nulidad de lo actuado desde  la  resolución  de  cierre  de la investigación, en virtud del desconocimiento  del principio de investigación integral.   

Asegura  que  en la actuación los problemas  jurídicos    que    debían    despejarse    consistían   en   “…determinar  si existió o no contacto físico entre el menor G…  A…  y  el  denunciado…”,  de un lado, y de otro,  “…establecer  el  alcance  jurídico  penal de ese  supuesto contacto físico”.   

Con base en ello sostiene que para dilucidar  lo   primero  era  imprescindible,  en  la  instrucción  o  en  el  juicio,  el  interrogatorio  directo  del  infante  por  parte  del  respectivo  funcionario,  recibir  la declaración de la progenitora del niño a efecto de que indicara la  “…fuente   de   su   conocimiento…”  acerca  de  lo  que  adujo  en  relación  con  los hechos a un  investigador  de  policía  judicial,  y  el testimonio del agente que halló al  infante  y  lo dejó a disposición de la autoridad encargada de su protección,  ya  que  lo  narrado ante éste por el impúber no concuerda con lo que después  manifestó   a   los   funcionarios   del   Instituto  Colombiano  de  Bienestar  Familiar.   

Sostiene  igualmente  que  la  falta  de ese  recaudo  probatorio,  en  particular  la  declaración  del  menor, ocurrió por  defecto  del servicio público de administración de justicia, dado que nunca se  verificaron  ni  se  controlaron las actuaciones de los empleados subalternos ni  de  los funcionarios de policía a los que se impartieron las órdenes de ubicar  y  hacer  comparecer  a la víctima, las cuales, agrega, no pasaron de ser meras  formalidades,  lo  cual  implicaría  que  la  judicatura  no  agotó  todas las  posibilidades   que   tenía   a   su   alcance   para   hacer   comparecer   al  ofendido.   

En relación con el segundo aspecto, como el  actor  considera  que  la  tipificación  de  la  conducta  punible endilgada al  procesado  es  “…indeterminada en cuanto no existe  un  catalogo  que  defina cuáles son los actos que pueden considerarse sexuales  distintos   del   acceso   carnal…”,  sostiene  la  necesidad  de  recibir  la  declaración de Nedith Hoyos, de la señora referida  como  “La  madre”  y  de  Julio  Silva,  empleados  del  Instituto para el Niño  Desamparado,  a  efecto  de  refutar la atribución de  responsabilidad  del  procesado, porque el fallo de primer grado, avalado por el  de  segunda  instancia,  se  sustentó en desestimar las explicaciones de aquél  acerca  de los “actos” que  aceptó  realizar  indistintamente  con  los  niños de esa entidad (besos  paternales  en  la  boca  a  iniciativa  de  los  menores y  tocamientos   con   fines   terapéuticos   en   la  cola  y  los  genitales  de  ellos),  aunque  no  específicamente  con  Y.  A.  G.  A.   

Precisa que como los juzgadores no le dieron  credibilidad  a  lo  arguido  por  el  acusado,  básicamente porque tales actos  “…i)  no  son  compatibles  con  la  “agenda tan  apretada  de  un sacerdote”; ii) las tareas terapéuticas son ejercicio propio  de  las  madres  sustitutas;  y  iii)  es “impropio” que Monseñor asuma tan  delicadas  tareas…”,  resultan imprescindibles los  testimonios  de  los  empleados  del Instituto para el  Niño  Desamparado,  con  el  fin  de  aclarar  si  la  conducta  reconocida por el enjuiciado acerca de los tocamientos en el cuerpo de  los  menores era con fines eróticos o de orden terapéutico y humanitario, y si  los  “besos”  prodigados  por  los  infantes surgían por imposición de una tercera persona diferente del  procesado,  como  se  da a entender en uno de los medios de prueba allegados por  el  Instituto  Colombiano  de Bienestar Familiar, lo cual resultaría compatible  con las explicaciones del acusado.   

Segundo cargo (subsidiario)  

Solicita  el  actor,  con base en la causal  tercera  de  casación,  la  nulidad parcial de lo actuado desde la sentencia de  primera  instancia,  habida cuenta que el a-quo no motivó su decisión de negar  el  subrogado  de  la prisión domiciliaria, yerro que como no fue corregido por  el  Tribunal al mantener silencio sobre ese aspecto, hace partícipe al fallador  de segundo grado del vicio cuya reparación solicita.   

Tercer cargo (subsidiario)  

Finalmente, con carácter subsidiario a los  dos  anteriores,  al  abrigo  de  la causal primera de casación, cuerpo primero  (Ley   600  de  2000,  artículo  207-1),  el  memorialista  denuncia  la  violación  directa  de  la  ley  sustancial  por  indebida  aplicación del artículo 61 de la Ley 599 de 2000, y  la  consecuente  falta  de  aplicación  del artículo 61 del Decreto Ley 100 de  1980,  norma que, indica el censor, debió ser acatada por los juzgadores ya que  era  la que estaba vigente al tiempo de los hechos y resultaba más favorable al  procesado en la tarea de dosificación punitiva.   

De  acuerdo  con lo anterior, el demandante  considera  que  si  hubiera  acudido  el  a-quo  a  los  criterios  de tasación  previstos  en  la  norma que reclama como inaplicada, la fijación de la pena de  prisión  no habría superado el límite mínimo de treinta y dos meses previsto  para  la  conducta punible, dado que en la acusación no se atribuyeron causales  genéricas  de  intensificación  punitiva,  sentido en el que solicita casar el  fallo  impugnado  y,  consecuencialmente,  otorgar  al  acusado  la  suspensión  condicional de la condena.   

CONCEPTO DE LA PROCURADURÍA  

El  Procurador  Primero  Delegado  para  la  Casación  Penal  solicita no casar el fallo objeto de impugnación, con base en  lo siguiente:   

Respecto  del  cargo principal en el que se  depreca  la  nulidad  por  violación  al  principio de investigación integral,  señala  que  apreciada de manera objetiva la realidad fáctica que enseñan las  pruebas,  los  elementos  de  persuasión  que  echa  en  falta el actor en nada  varían  el sentido del fallo, toda vez que los obrantes llevan a la convicción  necesaria,  más  allá  de  toda  duda razonable, acerca de la ocurrencia de la  conducta punible y la responsabilidad del procesado en la misma.   

Acerca  del  cargo  subsidiario  de nulidad  desde  el fallo de primer grado porque no se motivó la negación de la prisión  domiciliaria,  el  agente  del  Ministerio  Público sostiene que la pretensión  carece  de  sustento, toda vez que si bien los fundamentos de hecho y de derecho  expuestos  al  respecto no son del todo pertinentes, sí son suficientes, aunque  no  cuantiosos, para deducir claramente la necesidad de no conceder el subrogado  en cuestión.   

Y en cuanto al último reproche, subsidiario  de  los  dos  anteriores, atinente a la indebida aplicación del artículo 61 de  la  Ley  599  de  2000  y  la falta de aplicación del 61 del Decreto Ley 100 de  1980,  el  Delegado  de  la Procuraduría señala que la razón no está de lado  del  censor,  ya  que  en  materia  de  dosificación  de la pena en el régimen  derogado  la  discrecionalidad  del funcionario era más amplia, y a pesar de no  concurrir  causales  genéricas  de  agravación,  nada  lo  obligaba  a imponer  únicamente  el  mínimo  de la sanción del respectivo delito, e incluso podía  acercarse  al  máximo  según  la  graduación  de  la intensidad del dolo y la  gravedad de la conducta, etc.   

Por último señala que en el caso de autos,  según  criterio  sentado  en  la  jurisprudencia,  como la sanción impuesta al  procesado  por la conducta punible de la que fue acusado no superó los límites  del  primer  cuarto o cuarto mínimo de movilidad, ninguna violación se produjo  del  principio de favorabilidad, el cual, por el contrario, fue dinamizado en la  tasación realizada por el juzgador.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  Es  preciso  aclarar  que  en  este  caso  el  recurso  de  casación  procede  por  la  vía  excepcional,   y  no  por  la  ordinaria  como  equivocadamente  lo  propuso  el  recurrente.   

De  acuerdo con el artículo 218 del Decreto  2700  de  1991,  modificado por el 35 de la Ley 81 de 1993, y reformado a su vez  por  el  1° de la Ley 553 de 2000, la cual entró en vigor desde el 13 de enero  de  ese  año —recuérdese  que    los    hechos    datan    de    abril    de    ese   entonces—, la casación era viable,   

“…contra   las   sentencias   (ejecutoriadas)6 proferidas en  segunda  instancia  por  los  Tribunales  Superiores  de  Distrito Judicial, (el  Tribunal  Nacional),  el  Tribunal Penal Militar y el Tribunal Superior que cree  la  ley  para  el  conocimiento  de la segunda instancia de los procesos por los  delitos  de competencia de los jueces penales de circuito especializados, en los  procesos  que  se  hubieren adelantado por los delitos  que  tengan  señalada pena privativa de la libertad cuyo máximo exceda de ocho  años,  aun cuando la sanción impuesta haya sido una  medida de seguridad.   

”La casación se  extiende  a los delitos conexos, aunque la pena prevista para estos sea inferior  a la señalada en el inciso anterior.   

”De  manera  excepcional,  la  Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, discrecionalmente,  puede  admitir  la  demanda  de casación contra sentencias de segunda instancia  distintas  a  las  arriba  mencionadas, a solicitud de cualquiera de los sujetos  procesales,   cuando   lo   considere   necesario   para  el  desarrollo  de  la  jurisprudencia  o la garantía de los derechos fundamentales, siempre que reúna  los      demás      requisitos      exigidos     por     la     ley”     (negrillas     ajenas     al  texto).   

Tal disposición la reprodujo, en términos  semejantes,  el  código  penal adjetivo que derogó el citado régimen a partir  del  25  de  julio  de  2001,  es  decir,  la  Ley  600 de 2000, en su artículo  2057.   

Y  como según el  Código   Penal   que   regía   en   la   época   de  los  sucesos8,   la  pena  máxima  para  la conducta punible de actos sexuales con menor de catorce años,  agravada,  era  de  siete (7)  años  y  seis  (6) meses de  prisión,  resulta evidente que el recurso extraordinario de casación procedía  en   los   términos   señalados   en   el   inciso  tercero  de  las  aludidas  disposiciones.   

No obstante, la Sala al declarar ajustada la  demanda  dispensó  el  equivocado  discernimiento  del recurrente acerca de ese  aspecto,  como  lo  ha  hecho  en  otras  ocasiones9,  debido  a que al observar el  fundamento  de  los cargos propuestos, orientados a la nulidad de lo actuado por  faltas  al  derecho  de  defensa  como  expresión  de  un  debido  proceso, y a  restaurar  la garantía de aplicación de la ley penal más favorable, no admite  duda  que  tal substrato cumple la condición prevista en los aludidos preceptos  para  la procedencia del recurso extraordinario por vía discrecional, ya que de  asistirle  razón  al  casacionista  en cualquiera de los reproches, lo obligado  sería la reparación de la garantía conculcada.   

En  efecto, obsérvese que el actor aspira a  quebrar  la presunción de legalidad y acierto que ampara a los fallos de primer  y  segundo  grado, integrados como unidad jurídica inescindible, con base en un  cargo  principal y dos subsidiarios. En aquél solicita la nulidad desde el auto  que  ordenó  el  cierre  de la investigación debido a la violación del debido  proceso,  en  su  componente  del  derecho  de  defensa, por desconocimiento del  principio  de  investigación  integral,  y  en  estos propone, de una parte, la  invalidación  de los fallos de primero y segundo grado por falta de motivación  respecto  de  la  negativa  a  conceder  la prisión domiciliaria; y de otra, la  casación  parcial  por  violación  directa de la ley sustancial, a causa de la  indebida  aplicación  del  artículo 61 de la Ley 599 de 2000, y la consecuente  falta  de  aplicación favorable de los artículos 1 y 61 del Decreto Ley 100 de  1980, cuestionamientos que la Sala abordará en el mismo orden.   

2.  Respecto de la  pretensión   relacionada  con  la  nulidad  por  violación  del  principio  de  investigación  integral,  es  oportuno  recordar que éste fue instituido en el  artículo   250   de   la   Constitución  Política  de  Colombia  —antes   de   la   reforma  del  Acto  Legislativo    Nº    03    de   2002—,  como  obligación  a  cargo  de  los funcionarios, y no como mera  facultad  o  discrecionalidad, además que en el régimen procesal por el que se  adelantó  esta causa igualmente fue consagrado como norma rectora obligatoria y  prevalente,   y  como  fundamento  de  interpretación  del  ordenamiento  penal  adjetivo   (Ley   600   de   2000,  artículo  20  y  24).   

Dicha  garantía  constitucional y principio  rector  de  la  Ley  600  de  2000,  se  encuentra íntimamente ligado con el de  imparcialidad  del  funcionario  en  la  búsqueda  de  la  prueba  y  con el de  oficiosidad10,  de  acuerdo  con  los  cuales  el operador judicial (fiscal  o  juez), en la determinación de  la    verdad    real    (artículo   234),  está  compelido  a  ordenar  la incorporación de los medios de  convicción  que  tengan la capacidad de ofrecerle el conocimiento cierto acerca  de  lo  que  es  objeto  de  debate  en  el  proceso11,    actividad    en   cuyo  desarrollo  debe dilucidar con igual celo tanto los aspectos favorables como los  desfavorables a los intereses del procesado.   

El  principio  de  investigación  integral  además  de  estar  vinculado  con el de oficiosidad en la práctica de pruebas,  también  lleva  implícito,  como  expresión  de  la  garantía de defensa, el  derecho  a  la  prueba, de rango constitucional, toda vez que quien es sindicado  de  una  conducta  punible, entre otras prerrogativas, le asiste la de presentar  pruebas   y  controvertir  las  que  se  alleguen  en  su  contra  (artículo    29),   derecho   igualmente  consagrado   en   la  Carta  Internacional  de  Derechos  Humanos  (artículo  11), el Pacto Internacional de  Derechos  Civiles y Políticos (artículo 14-3, b, c y  e),  en  la  Declaración  Americana de los Derechos y  Deberes   del   Hombre   (artículo  XXVI)   y   en   la   Convención  Americana  de  los  Derechos  Humanos  (artículo 8).   

Esas  son  las  razones  por  las  que  el  incumplimiento  del  principio  de investigación integral, desde la perspectiva  de  la  Constitución y del sistema de investigación y enjuiciamiento de la Ley  600  de  2000,  puede  constituir  irregularidad sustancial que atenta contra el  debido  proceso,  por  desacato  de los servidores del referido mandato superior  (artículo  250  C.  P.)  y  de  las  normas  que,  haciendo parte del Bloque de  Constitucionalidad,  lo desarrollan, así como de lo señalado en los artículos  20  y 234 del Código de Procedimiento Penal (Ley 600 de 2000), en los cuales se  hace   énfasis  en  que  al  funcionario  judicial  le  corresponde  buscar  la  “verdad  real”,  para lo  cual   le   corresponde   averiguar   con   igual   celo  tanto  “las  circunstancias  que  demuestren  la  existencia  de la conducta  punible,  las que agraven, atenúen o exoneren de responsabilidad al procesado y  las      que      tiendan      a      demostrar     su     inocencia”   

Como  en  el  presente  caso  el  reproche  principal  del  actor radica en el desconocimiento del comentado principio, dada  su  inescindible  relación  con  el  debido proceso-derecho de defensa, la Sala  reitera    que,    según    constante    criterio   jurisprudencial12, un vicio de  tal  alcance  no se estructura a partir de la escueta enunciación de un listado  hipotético  y  subjetivo de pruebas que: a) dejaron de practicarse (solicitadas   y/o   negadas);   b)   el  demandante  piense  han debido realizarse (inactividad  probatoria  de  los  sujetos  procesales),  c)  fueron  pedidas  por  la defensa (decretadas y no practicadas:  evento  que  debe  ser  atacado  como  violación  al derecho de defensa y no al  principio  de  investigación integral), o d) en verdad  demostraban  los  hechos  materia  de  investigación o juzgamiento (no  requeridas  ni  ordenadas  por  los  funcionarios).   

La coherente formulación de una censura como  la   propuesta,   también  lo  ha  dicho  la  Sala13,   obliga   al   actor   a  relacionar  en concreto las pruebas que se dejaron de practicar, a indicar cuál  es  la  aptitud  probatoria de las mismas y a demostrar de manera específica la  trascendencia  de  lo  omitido,  frente  a  la  totalidad del acervo probatorio,  trascendencia  cuya  medida no es la de la prueba en sí misma considerada, sino  la  que  deviene  de  su  oposición  a  la lógica del fallo, pues, sólo si lo  desquicia  imponiendo  una orientación distinta de la que el mismo contiene, el  cargo  podría  prosperar;  en  otras  palabras,  se  abrirá paso a la nulidad,  siempre  y  cuando  la prueba o pruebas dejadas de practicar por la negativa       o       negligencia  del  funcionario  judicial,  tengan  incidencia  favorable en la situación del procesado, bien sea en cuanto  al  grado de responsabilidad deducida o frente a la sanción punitiva que le fue  impuesta  o  porque  los medios de convicción omitidos lograrían desvirtuar la  existencia    de    la    conducta    ilícita    o    reportar   circunstancias  favorables.   

Empero,  un  ejercicio dialéctico con tales  alcances,   esto   es,  orientado  a  establecer  circunstancias  favorables  al  procesado,  tanto  respecto  de  la  materialidad del comportamiento, como de su  responsabilidad,  se  enmarca  dentro de los presupuestos establecidos en la ley  para  decretar  y  practicar  pruebas,  es  decir,  que éstas sean conducentes,  pertinentes   y   no  superfluas  o  inútiles.  “La  conducencia  supone  que  la práctica de la prueba es permitida por la ley como  elemento  demostrativo  de  la específica temática de que trata la actuación.  La   pertinencia  apunta  a  que  el  medio  probatorio  se  refiera  directa  o  indirectamente   a  los  hechos  y  circunstancias  inherentes  al  objeto  cuya  demostración  se  pretende,  es  decir,  que  resulte  apto  y  apropiado  para  acreditar  un tópico de interés al trámite, y la no superfluidad se orienta a  que  la prueba sea útil, en cuanto acredite un aspecto aún no comprobado en la  actuación”14.   

Y ello es así porque la consagración de un  derecho  constitucional  a  la prueba, ligado con el principio de investigación  integral,  no  se  traduce  en  un  derecho  absoluto y automático, dado que su  ejercicio  está regulado por el legislador, sin que por ello pierda efectividad  la citada garantía.   

Si bien el ordenamiento procesal (Ley  600  de  2000) consagra el principio  de  libertad  probatoria  (artículo 237),  ello  no  implica  que  el  funcionario judicial esté obligado a  recaudar  todas  las  imaginables,  pues el mismo estatuto adjetivo (artículo  234) ordena practicar aquellas  necesarias  para acreditar la existencia de la conducta punible, las que agraven  o  atenúen  la  responsabilidad  del imputado, o las que tiendan a demostrar su  inocencia,  y  con  base  en  esos  mismos  fines  está  facultado (artículo   235)   para   rechazar  las  legalmente  prohibidas  o  ineficaces,  las que versen sobre hechos notoriamente  impertinentes y las manifiestamente superfluas.   

Desde esa perspectiva, el operador jurídico,  dentro  de  sus facultades de director de la investigación penal, en materia de  ordenación  de pruebas y en desarrollo de los criterios de economía, celeridad  y  racionalidad,  puede  disponer  de  oficio  o  a  petición  de  los  sujetos  procesales  la  práctica de las pruebas que considere necesarias para acceder a  la   verdad   que   se   intenta   reconstruir   a  través  del  proceso,  mas,  recíprocamente  es  válido afirmar que la no realización de las que considere  razonada  y fundadamente inocuas, superfluas o intrascendentes a los fines de la  investigación,  o  de  las que a pesar de haber sido decretadas no pudieron ser  realizadas  por  circunstancias  ajenas  a  los  administradores de justicia, no  puede  originar menoscabo de los derechos de quien ha solicitado su realización  o insistido en ella.   

Finalmente, importa destacar que, conforme a  los  criterios  que  orientan  la  declaración  de  nulidad,  quien demanda ese  efecto,  como  en  el  presente  evento,  por  desconocimiento  del principio de  investigación  integral,  debe estar dispuesto a demostrar que no ha dado lugar  con  su  actitud  a  que  se  genere  el motivo invalidante, de suerte que si se  alegó  que hubo cercenamiento al derecho de defensa por omisión probatoria, el  impugnante  debe  acreditar  que el procesado estuvo huérfano de la posibilidad  de  defenderse,  que  la  defensa  técnica  representada  por el abogado que lo  asistió  en el trámite, tuvo vedados o limitados los mecanismos para solicitar  pruebas,  controvertir  las  que  se  adujeron  en  su  contra  e  impugnar  las  decisiones de fondo que valoraron esos medios de prueba.   

Todo  lo  anterior  resulta  inherente  a la  naturaleza  de  la causal seleccionada, pues no puede aceptarse que por vía del  especial  recurso de casación se acuse la sentencia de segunda instancia de ser  fruto  de  un  proceso  signado  por  la  precariedad  probatoria  y  la inercia  investigativa,  sin  que  se  exprese  con  claridad la quiebra del principio de  imparcialidad,  con  el correlato de claras limitaciones al derecho de defensa y  con   las  consecuencias  de  esos  vicios  en  términos  de  significación  y  trascendencia.   

3.  En  el  caso  concreto  el  demandante  enmarca  su pretensión acerca del desconocimiento del  principio   de  investigación  integral  advirtiendo  que  a  lo  largo  de  la  actuación  “…el problema jurídico se concretó a  determinar  si  existió  o  no  contacto  físico entre el menor G… A… y el  denunciado,  y  a establecer el alcance jurídico penal de ese supuesto contacto  físico”.   

Dentro    de    ese    “preciso   contexto”  considera  que  la  declaración  de  la  víctima,  de su progenitora, la señora Mercedes Álvarez  Castillo,  del  agente  de  la  Policía  Nacional  que  lo condujo al instituto  Colombiano   de   Bienestar  Familiar,  y  de  los  empleados  del  Instituto   para   el  Niño  Desamparado,  específicamente,   Nedith  Hoyos,  Julio  Silva  y  la  persona  referida  como  “la    Madre”,   eran  conducentes,  pertinentes  y útiles para “establecer  la  verdad real sobre los hechos”, como efectivamente  así  lo  entendieron tanto el fiscal como el juez en las etapas de instrucción  y  juzgamiento,  respectivamente,  al  ordenar  la práctica de aquellas, de las  cuales,  sin  embargo,  desistieron  para  adoptar  sin  su recaudo el pliego de  cargos   y   el   posterior  fallo  condenatorio  con  el  que  fue  gravado  el  procesado.   

Pues  bien,  siguiendo el esquema argumental  propuesto,  ha  de ocuparse la Sala, en primer lugar, de la censura en relación  con  la omisión de los tres primeros testimonios, ya que según lo expuesto por  el   actor   (apartados:  4.1.1.1.2.,  4.1.1.1.5.,  y  4.1.1.1.7.4.,   de  la  demanda),  aquellos  ofrecían  solución  a los dos aspectos del problema jurídico planteado, en tanto que los  restantes  sólo  brindarían  claridad  acerca del segundo, en la medida en que  fueron  desestimadas  por  los juzgadores las explicaciones del acusado respecto  de  los  contactos  físicos  que  indistintamente  reconoció  realizar con los  niños internos en el instituto.   

3.1.  Ante  todo  impera  recordar  que  en materia penal rige el principio de libertad probatoria  (Ley  600  de  2000,  artículo  237. Decreto 2700 de  1991,   artículo   253),  de  acuerdo  con  el  cual  “Los elementos constitutivos de la conducta punible,  la  responsabilidad  del  procesado,  las  causales de agravación y atenuación  punitiva,  las  que  excluyen  la responsabilidad del procesado, la naturaleza y  cuantía  de los perjuicios, podrán demostrarse con cualquier medio probatorio,  a  menos  que  la  ley  exija  prueba  especial, respetando siempre los derechos  fundamentales”.   

Del  anterior  mandato  se  desprende que en  asuntos  penales  no  hay tarifa probatoria, y que por lo mismo la acreditación  de  los  aspectos  que son objeto de debate en el proceso no dependen del aporte  de  un cierto número de testimonios, pericias, documentos, etc., además que la  ley  no otorga a los diferentes elementos de persuasión un grado de convicción  predeterminado,  ya  que  lo  exigido  por aquella es que toda providencia esté  fundamentada  en  pruebas  legales,  regulares  y  oportunamente  allegadas a la  actuación,    condiciones    que    permiten    al   funcionario   (juez  o fiscal) su valoración conjunta y  de  acuerdo  con  las  reglas  de  la  sana  crítica,  con el fin de adoptar la  decisión  que  en  derecho  corresponda  (Ley 600 de  2000,  artículos  232,  233  y 238. Decreto 2700 de 1991, artículos 246, 248 y  254).   

La Sala observa que en el presente asunto el  “contacto  físico”  con  fines  eróticos  entre  el  menor  Y.  A.  G.  A. y el acusado, lo tuvieron por  cabalmente   acreditado   las   instancias   con   pruebas  que  satisfacen  los  presupuestos      atrás     referidos,     como     son     la     “EXPOSICIÓN”  recibida  al infante por el Defensor  de   Familia   del   Centro   de   Emergencia  Villa  Javier del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar,  al  que  fue  llevado  para su protección por el agente de la Policía Nacional  que  lo  halló  deambulando,  así  como  con lo consignado en las valoraciones  médica,  nutricional,  sociológica  y  sexológica del menor, todas las cuales  fueron                   ordenadas15  y  practicadas  por aquella  autoridad  en  el trámite que inició para establecer la situación de abandono  y/o  peligro  en  la  que fue encontrado el niño, al tenor de lo normado en los  artículos  36  y  37  del  Decreto  2737  de  198916.   

Se  trata,  indiscutiblemente,  de  pruebas  trasladadas          desde          otra         actuación         (administrativa),  legalmente practicadas  en  la  misma, que cumplen los requisitos establecidos en el artículo 239 de la  Ley  600  de  2000  (Decreto  2700 de 1991, artículo  255),  para  acceder  a  su  valoración,  pues fueron  remitidas  por  el  Defensor de Familia a la jurisdicción penal en cumplimiento  de  lo  dispuesto  en  el  parágrafo  del  artículo  37  y  el numeral 7° del  artículo  277  del  Decreto 2737 de 1989, en armonía con lo previsto en la Ley  600  de  2000,  artículo  27  (Decreto 2700 de 1991,  artículo  25),  relativo  a  la  obligación  de todo  servidor  público de denunciar a la autoridad competente los hechos punibles de  cuya comisión tenga conocimiento.   

Lo  anterior  para  significar que en manera  alguna  puede  considerarse  como  ilegal,  como  ya  lo ha indicado la Sala, el  estricto  cumplimiento del deber Constitucional y legal de poner en conocimiento  de  la  autoridad  competente un hecho que puede ser punible y deba investigarse  de  oficio,  suministrando  toda  la  información y las pruebas que se tuvieren  para  que  ésta  decida conforme a sus obligaciones17.   

No  está  de  más tampoco precisar que los  medios  de  prueba  en los que se sustenta la condena y aludidos en precedencia,  se   allegaron   en   copia   auténtica,  autenticidad  que  se  adquiere,  según  lo tiene establecido la  jurisprudencia   de  esta  Corporación  “cuando  es  autorizada  por  el  funcionario donde se encuentra el documento genuino o copia  autenticada  del  mismo;  cuando  una tal condición es certificada por Notario;  cuando  es  compulsada  o  cotejada  en inspección judicial; y, cuando la parte  contra  quien  se  aduce en el proceso penal no rechaza su contenido antes de la  audiencia   pública”18.   

Para el presente evento se debe destacar que  el  Defensor de Familia del Centro de Emergencia Villa  Javier del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar,  el   26   de  abril  de  2000,  remitió  a  su  homóloga  del  “Centro  de Atención Integral de Víctimas de Abuso Sex.”,   copia   del   antecedente   policivo   relacionado   con  las  circunstancias  en  las  que fue hallado el menor, del auto con el que abrió la  respectiva  investigación, así como de las valoraciones médica y nutricional,  de   la   entrevista  psicológica,  de  la  Historia  socio-familiar  y  de  la  valoración  por  Medicina  Legal a que fue sometido el impúber, y esta última  funcionaria  fue  quien  remitió  a  la  Fiscalía  General  de  la Nación los  documentos    relacionados,   como   denuncia   penal   contra   “FERNANDO   PIÑEROS”,  por  la  conducta  punible     de     “ACTOS    ABUSIVOS”  con  el  menor  Y.  A.  G. A., los cuales el instructor ordenó  tener  como pruebas a efecto de iniciar la respectiva investigación19,  aspectos  estos  que,  por  contera, ponen de presente la posibilidad real de controversia  que  existió en torno de esos elementos de conocimiento a lo largo del presente  proceso.   

3.1.1. Ahora bien,  ciertamente  el  actor  no  cuestiona  aspectos  inherentes  a la legalidad y el  debido  proceso  probatorio  de  los  medios  de  conocimiento  que sustentan la  condena  de  su  defendido; lo censurado por él es que ni en la instrucción ni  en  el  juicio,  en  cumplimiento  del principio de inmediación, se recibió la  declaración  al  infante para que contribuyera a “la  determinación  de  la  verdad  real” o, lo que es lo  mismo,  para  que  ratificara  o  no  lo expuesto ante el Defensor de Familia, y  aclarara los alcances de los actos que atribuyó al enjuiciado.   

Lo  anterior, sustentado, principalmente, en  los  reparos que el censor tiene frente a la exposición rendida por el niño en  el  Instituto  Colombiano  de  Bienestar  Familiar  con  audiencia  del  aludido  funcionario  público,  consistentes  en  que  el  relato ofrecido por aquél es  fruto   de   un  interrogatorio  “contrario  a  toda  técnica”,  por  cuanto,  según  el  actor,  en  el  desarrollo  de  esa diligencia se formuló una pregunta con la cual fue inducida  la respuesta acerca de la ocurrencia de la conducta punible   

Frente  a  dicho planteamiento, es necesario  ante  todo  aclarar  la  naturaleza  del  acta  que  contiene la “EXPOSICIÓN”  rendida  el 11 de abril de  2000  por  el  menor  Y.  A. G. A., ante el Defensor de Familia del Centro  de  Emergencia  Villa  Javier del  Instituto  Colombiano  de  Bienestar  Familiar,  esto  es,  si  se  trata  de un  testimonio  en  estricto  sentido  jurídico,  o  de  otro  acto probatorio, por  ejemplo,      un     documento     (público     o  privado).   

Y   a  tal  fin  viene  bien  recordar  la  definición  expuesta por la Sala en anteriores oportunidades, de acuerdo con la  cual  testimonio  “es  la  expresión  de los hechos  percibidos  por  los  sentidos;  es  un recuento de las diversas modalidades que  rodearon  el  acto  y del modo como han llegado a su conocimiento los hechos que  se     aseveran…”20.   

A  esa  definición se acomoda, sin duda, el  citado  acto  probatorio,  el  cual,  reitérase,  fue  recaudado  dentro de una  actuación  administrativa,  por  un  servidor público habilitado para ello, en  ejercicio   de   funciones   legalmente  atribuidas21. Además, por comparación a  las  exigencias  legales  de  la  práctica  del  testimonio  en  materia  penal  (Decreto  2700  de  1991,  artículo  282. Ley 600 de  2000,   artículo  266),  la  aludida  diligencia  las  satisface,  pues  por  tratarse  de  un  menor de doce años, la exposición fue  recibida  sin  el  apremio  del  juramento, y como el pequeño no contaba en ese  entonces  con  el  auxilio  de  su representante legal o de un pariente mayor de  edad  —recuérdese que fue  hallado   deambulando—,  obviamente  no  fue  asistido por uno u otro, omisión que resulta insustancial,  habida  cuenta  que  ese  es  un  requisito  que  la  misma normatividad deja en  libertad       de      cumplir      en      cuanto      sea      “posible”.   

Igualmente,  desde el punto de vista formal,  impera  destacar  que  el acta cuenta con la firma autógrafa e identificación,  tanto  del funcionario público que recibió la declaración como del respectivo  exponente,  esta  última  debidamente  acreditada en el trámite administrativo  con  el  registro  civil de nacimiento de Y. A. G. A22.   

Una  vez  esclarecido  lo  anterior, resulta  obligado  precisar  que  la  calificación subjetiva del actor, en el sentido de  que   el   interrogatorio   a  que  fue  sometido  el  menor  en  cuestión  fue  “contra  toda  técnica”,  no  es  más  que  una  aprehensión  incompleta  del contenido y extensión del  mismo,  que,  aunque  parco,  permite  observar  la  fluidez y espontaneidad del  relato  del  ofendido  acerca  de los hechos por él vividos en el instituto que  era  dirigido  por el aquí procesado, a efecto de lo cual es necesario citar en  extenso  y  textualmente  la exposición del infante rendida ante el Defensor de  Familia el 11 de abril de 2000:   

“En el Despacho,  del  Defensor  de Familia, del Centro de Emergencia del ICBF, a los 11 días del  mes  de  abril  [de 2000], se presenta el antes citado, con el objeto de exponer  los  hechos y circunstancias que rodean su proceso de protección, por lo que el  suscrito   Defensor  lo  exhorta  a  que  diga  la  verdad  y  toda  la  verdad.  PREGUNTADO:  Diga   al  despacho,  el  motivo  de  su  presencia   en   este   centro  del  ICBF?   CONTESTADO:  Es  que  yo  me  volé del  internado,  porque  había un padre y el (sic) nos obligaba a darles (sic) besos  en  la boca y nos tocaba la cola, y nos volamos con dos  niños  más  y  nos  pegaban  en  un  (sic)  niño y había una señora que nos  pellizcaba,  estaba  en  el Instituto de Niños             Desamparados.  P.  (sic)  Diga  al despacho, a  qué   padre   se   refiere   usted   en  la  respuesta  anterior?  C.        (sic)        Él     se     llama     FERNANDO  PIÑEROS,  él  es cura, él a  veces   va   a  saludarnos  a  ver  como  está  todo  por  allá…   P.   (sic)  Diga  al  despacho,  cuanto  tiempo      estuvo     en     la     Institución          Niños             Desamparados?  C.  (sic)  Yo  estuve como tres  meses   y   allá  estaba  estudiando.  P.  (sic)  Diga al  despacho,     qué     clase     de     ayuda    solicita    del    ICBF?     C.     (sic)    Yo  quiero  estar con mi mamá y portarme  bien…     P    (sic)  Diga  al  despacho,  si ha  sido     abusado     sexualmente?     C.  (sic)  Sólo  me  tocó  la  cola  el  padre y al le (sic) tocaba besarlo en la boca, harto no  sino       un      piquito…”      (negrillas    ajenas    al    texto)23.   

Lo  antes  transcrito  permite  advertir  la  acreditación   del   “contacto  físico”  entre  el  impúber y el enjuiciado, contacto que, dicho sea de  paso,  constituyó  una de las situaciones que motivó la evasión el infante de  la  institución  en la que se hallaba refugiado, con plena conciencia por parte  de  éste  de  que  esos  actos  eran  obligados  o impuestos por un tercero: el  enjuiciado,  y de que con los mismos se atentaba contra su libertad sexual, como  se  infiere  de lo manifestado frente al último interrogante, el cual en manera  alguna  lleva  implícita la respuesta, dado que desde el comienzo del relato el  impúber,  de  manera  libre  y  espontánea,  explicó  como  causa  primera  y  principal  para  fugarse  de la citada institución los actos forzados a los que  lo  sometía el acusado, consistentes en darle besos en la boca y tocamientos en  partes   íntimas  de  su  anatomía  —la           “cola”—,  caricias  percibidas  por  el  infante como contrarias a su libertad sexual y no  como  manifestaciones  de  amor “paternal”  según  pretendió  hacerlo  notar el acusado en su injurada al  reconocer  esa  clase  de  contactos  con  los  niños  del Instituto, aunque no  específicamente con el aquí ofendido.   

No se discute que, atendiendo el principio de  inmediación,  en  el  curso  del  proceso  habría  sido  deseable  recibir  la  declaración  del impúber, pero igualmente es incuestionable, de una parte, que  ello  no fue posible por circunstancias ajenas a la administración de justicia,  como    más    adelante    se   explicará   (Infra  3.1.3.);   y   de   otra,  que  esa  ratificación  o  repetición  del  testimonio del niño extrañada por el demandante, ni antes ni  ahora  ha  sido  prevista  en  la  legislación  procesal  penal colombiana como  presupuesto  de  validez  de  la  prueba  trasladada24.   

Es  más,  tratándose de conductas punibles  como  aquella  de  la que se ocupó este diligenciamiento, en la que la víctima  es   un   menor   de   edad,   la  Sala  es  del  criterio  que  “…el   sistema  judicial  no  exige  al  niño  ratificar  su queja ante funcionario judicial  alguno  como  condición para fundamentar (o excluir)  el   juicio   de  responsabilidad…”  (las   negrillas   son   del   texto)25,  de  suerte  tal  que  la  declaración  del  aquí  ofendido,  rendida  con  las formalidades de ley en un  trámite  administrativo  ante  un  funcionario  público en cumplimiento de sus  funciones,  en  la  que  noticia  la  ocurrencia  de  actos  constitutivos de un  comportamiento  delictivo,  una  vez  debidamente  trasladada  al proceso penal,  puede  y  debe ser apreciada a efectos de lo que interesa a éste de conformidad  con el sistema de persuasión racional.   

3.1.2. Obsérvese,  por  otra parte, que la declaración del infante, como prueba traslada, no es la  única  en  la  que está sustentada la sentencia condenatoria emitida contra el  acusado;  para  tal  efecto los falladores tuvieron en cuenta, como expresamente  lo  reconoce  el  censor,  otros  elementos  de  conocimiento aportados en copia  autentica  por  el  Defensor  de  Familia  con  la  queja  penal,  es decir, las  valoraciones  realizadas  en  la  misma  fecha  por  la  Trabajadora  Social, el  Sicólogo  y  el  Médico General, adscritos al Centro  de  Emergencia Villa Javier del Instituto Colombiano de  Bienestar  Familiar,  así como el reconocimiento médico legal efectuado por un  galeno  del  Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, medios de  prueba  de  indiscutible  carácter  técnico,  en  los  cuales  los respectivos  profesionales  dejaron  constancia  de lo expresado por el menor ante ellos, sin  que  se  observe  ánimo  de  faltar  a  la  verdad  por  parte  de aquellos, ni  diferencias    sustanciales    en    la    versión   que   recibieron   de   la  víctima.   

La Trabajadora Social anotó lo siguiente en  relación con la entrevista practicada al niño:   

“EL JOVEN ESTÁ  HACE  TRES  MESES  EN LA INSTITUCIÓN DE MENORES DEL NIÑO DESAMPARADO. LA MADRE  LO  UBICÓ  ALLÍ  PORQUE EL JOVEN EN MENCIÓN SE LA PASABA EN LA CALLE LA MAYOR  PARTE DEL TIEMPO.   

”DICE QUE ESTÁ  EN   VILLA  JAVIER  PORQUE  SE  ESCAPÓ  DEL  INSTITUTO  DE  MENORES  DEL  NIÑO  DESAMPARADO  PORQUE  LE PEGABAN MUCHO TANTO LOS COMPAÑEROS COMO LAS PROFESORAS.  DE  IGUAL  FORMA  REFIERE  QUE  EL PADRE DE LA INSTITUCIÓN LOS OBLIGABA A DARLE  BESOS   EN  LA  BOCA  Y  LES  COGÍA  LA  COLA.  NO  QUIERE  VOLVER  MÁS  A  LA  INSTITUCIÓN”26.   

A   su   turno   en   la   “ENTREVISTA  PSICOLÓGICA”, el perito que  la practicó consignó lo siguiente:   

“NIÑO INTERNADO  POR  VOLUNTAD  PROPIA.  MALTRATO  POR  PARTE  DE  LOS COMPAÑEROS. MANIPULACIÓN  SEXUAL  POR  PARTE DE MONSEÑOR PIÑEROS”27.   

En    el    acta    de   “VALORACIÓN    MEDICA”,   el   galeno  responsable de la misma indicó:   

“Se  evade junto  con  2  menores  más del “Dormitorio del Niño Desamparado” por maltrato de  otros  menores,  por  “la  madre”  y  los  obliga  a dar besos en la boca al  Monseñor    (refiere    el    menor)”28.   

En  la  valoración a la que fue sometido el  infante  en  el  Instituto Nacional de Medicina Legal el 17 de abril de 2000, el  profesional    respectivo,    en    el    acápite    titulado   “ANAMNESIS”, puntualizó:   

“El  niño  es  entrevistado  a  solas, quien  de  manera libre y espontánea manifiesta: ‘…Yo  me  volé  del  Dormitorio  de  Niños  Desamparados,  porque  nos  pegaban mucho otros niños más grandes, nos  tiraban   contra   las   paredes   y   nos  daban  pata  y  puño.  También  un  Sr.  Al  (sic) que le decimos Piñeros nos obligaba a  que  le  diéramos  besos  en  la  boca,  y nos metía la lengua, hacía que nos  bajáramos  los  pantalones  y  nos  tocaba  la  cola  y  el  chichi…” (negrilla  ajena al texto).   

Y en el apartado correspondiente al concepto,  titulado  “DISCUSIÓN”, el  perito consignó la siguiente precisión:   

“4.  En cuanto a  los  actos  sexuales,  es importante informarle que estos en su gran mayoría no  dejan  huellas,  por  lo  tanto,  el  examen  físico por sí solo no ayuda a su  confirmación.  De  igual  manera,  podemos  afirmar que unos hallazgos físicos  completamente  normales,  no  descartan  maniobras sexuales, siendo coherente el  relato  del(a)  menor  con  el  examen  practicado.  Se  hace  énfasis  en  las  características  del  testimonio  de  la  (sic)  menor  (espontáneo  – libre –  coherente  – acorde con los  hallazgos   clínicos)”  29.   

Finalmente, obra el original del reporte del  tratamiento  psicológico  al  que  fue sometido el infante, allegado al proceso  por       solicitud       del       instructor30,  en  el cual se informa que  en entrevista practicada el 10 de mayo de 2000, aquél señaló:   

“…El  menor  reportó  haber sido manipulado en una ocasión por el padre (cura) rector de la  institución  donde  se  encontraba.  Reporta  haber sido tocado en el pene y la  cola  y haber recibido caricias en el pecho, además de ser obligado a dar besos  al   abusador   en   la   boca,   lo  cual  también  le  era  exigido  a  otros  niños…”31.   

Los   elementos   de   persuasión  atrás  recapitulados,  apreciados  con  fidelidad y de acuerdo con los postulados de la  sana   crítica,   suministran   el   conocimiento   cierto  e  inequívoco  del  “contacto  físico”  con  fines  eróticos  entre  víctima  y  victimario,  aspectos en relación con los  cuales  el  actor  sustenta  la  perentoriedad  de  escuchar  el  testimonio del  infante,  pretensión que, aunque ideal, no encuentra eco como motivo enervante,  pues  el  citado  acervo probatorio llena el vacío que observa aquél, debiendo  la  Sala  recordar  e  insistir  en  que  tratándose  de  menores  víctimas de  agresiones  sexuales,  el  sistema judicial penal requiere del apoyo de personal  auxiliar,  psicólogos,  médicos,  técnicos,  peritos, funcionarios que fungen  como  fuente  directa  del conocimiento de los hechos, cuyo aporte se constituye  en     medio     de     convicción    apreciable32.   

En    efecto,    la    Sala33   tiene  decantado  que en esos casos, las manifestaciones de la víctima ante el médico  legista  —o frente a otros  profesionales,     tales    como    sociólogos,    psicólogos,    psiquiatras,  etc.—,  no  constituyen  prueba  testimonial  directa,  pero que, sin embargo, dicha versión forma parte  integral  de  la  prueba  pericial  por constituir una unidad estructural con el  aspecto  técnico  de  la  misma,  por  cuanto  las entrevistas realizadas a los  agraviados  por  los  respectivos  peritos comportan algunos de los elementos de  juicio  que  tiene  al  alcance  éste  para  elaborar  la  experticia,  de cuyo  contenido  debe  entonces dar cuenta al juzgador, según así se desprende de lo  establecido  en  el  inciso  segundo  del  artículo  251  de la Ley 600 de 2000  (Decreto  2700  de  1991,  artículo 267).   

Aunque,   desde  luego,  como  los  hechos  registrados  en  esas  circunstancias  por  el  perito  no  tienen origen en una  percepción  directa  de  los  mismos,  esa  parte  del experticio constituye un  elemento  de  referencia,  cuyo poder persuasivo debe ser estudiado, y analizado  de  manera  razonable  el  grado  de  su aporte, teniendo en cuenta, entre otras  razones,  las circunstancias que rodearon la fuente de su conocimiento, sopesado  siempre  frente  a  los  restantes  elementos  de juicio con que se cuenta en el  proceso,  sin  que haya lugar a su rechazo in límine por la sola consideración  de su falta de originalidad.   

Impera  destacar  que  la  inconformidad del  censor  respecto de la necesidad de practicar la declaración del ofendido está  relacionada,    más    bien,    con    lo    que    denomina    “…incremento   evidente   en   el  contenido  sexual  del  lenguaje  supuestamente  utilizado…” por éste al narrar los  sucesos  constitutivos  del  abuso ante el Defensor de Familia y los galenos que  lo   auscultaron,   sobre   la   base   de   que   no   hay   otra  “…forma  de  determinar  si se trató de la genuina versión del  niño   o   de  la  interpretación  sesgada  de  quienes  dicen  que  les  dijo  eso”.   

Desde  esa  perspectiva  el  cuestionamiento  carece  de  fortuna por la senda de la violación al principio de investigación  integral,  ya  que en últimas la réplica está soportada no sólo en un juicio  subjetivo  del  actor  acerca  de  la  imparcialidad  con la que los respectivos  funcionarios  públicos  acometieron el cumplimiento de sus funciones al recibir  la  exposición  del  menor y practicar las valoraciones técnicas a éste, sino  también,  y  por  sobre  todo,  en  la  especulación  de  que  al  escuchar en  declaración  al  menor, éste quizá habría desmentido lo que dijo al Defensor  de  Familia  y  a  los  otros profesionales adscritos al Instituto Colombiano de  Bienestar   Familiar   y   al   Instituto   de   Medicina   Legal   y   Ciencias  Forenses.   

Alegaciones de esa estirpe, ha dicho la Sala,  redundan  en  un claro desatino a los fines de acreditar agravio al principio de  investigación integral, e incluso pueden   

“…representar  carencia  de  interés  en  el  demandante,  [al] advertir de manera simplemente  especulativa  que la prueba puede corroborar o infirmar el testimonio de cargos,  pues,  en  ese  caso  no  se  está  verificando  que,  de  verdad,  lo  omitido  representa,  así  sea  en  abstracto,  beneficio para el procesado, sino que se  busca  ciegamente  hallar  medios  impugnatorios que eventualmente puedan servir  para    atacar   la   decisión   condenatoria.   Bajo   este   presupuesto   de  indeterminación,  cabe  decir,  siempre  será  posible  ad  infinitum,  alegar  violación  del principio de investigación integral, claro como se halla que en  la  generalidad  de  los  casos  resulta  imposible recoger todo lo que sobre un  concreto    asunto    pueda    resultar   interesante   al   proceso”34   

El escenario para una discusión relacionada  con  el  mérito  suasorio  que pueden alcanzar los medios de prueba con base en  las  circunstancias  que pone de presente el actor, no es el de la nulidad, sino  el  de la violación indirecta de la ley sustancial, en aras de acreditar cómo,  al   apreciar   de   acuerdo   con  los  postulados  de  la  sana  crítica  los  correspondientes   elementos   de   persuasión,   los   mismos  no  merecerían  credibilidad    o   arrojaban   dudas   insuperables   en   la   “determinación  de  la  verdad real” o en  la  demostración  del  “contacto físico”   entre  víctima  y  victimario  y  el  alcance  jurídico  del  respectivo acto.   

Atendido  el fundamento con el que justifica  el  censor  la  trascendencia  de  la  omisión  probatoria  reclamada,  resulta  oportuno  señalar  que la jurisprudencia ha sido enfática en precisar que ante  reales  o  aparentes  discordancias en relación con un determinado punto, entre  los  diferentes  elementos  de  prueba  legal  y  oportunamente  allegados  a un  proceso,  la  solución no es su desestimación automática, sino su valoración  conjunta,  seria  y  objetiva de acuerdo con los postulados de la sana crítica,  merced  a  lo  cual  es  posible  escudriñar el surgimiento de una explicación  razonable  frente  a  las  eventuales contrariedades, y determinar igualmente si  las mismas recaen en matices accesorios o en aspectos sustanciales.   

El recurrente no explicó por qué, según su  particular   apreciación,   los   profesionales  del  Instituto  Colombiano  de  Bienestar  Familiar  y  del  Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses que  atendieron  al  impúber,  consignaron  en  sus  conceptos  una  “interpretación  sesgada” de lo que éste  les  narró  acerca  de  los  actos  lascivos  cumplidos  por  el  hoy  acusado,  imprecisión  frente  a  la  cual  es obligado destacar que en el proceso no hay  elementos  de  persuasión  que  lleven a suponer seria y fundadamente que a los  funcionarios  encargados de entrevistar independientemente y en distintas fechas  a  Y.  A.  G.  A.,  les asistía interés o animosidad en contra del enjuiciado,  como  para  consignar  situaciones  contrarias  a  la  verdad o diferentes a las  mencionadas por el infante.   

Además,  aun  cuando es cierto que entre lo  narrado  por el niño al Defensor de Menores el 11 de abril de 2000, lo expuesto  por  aquél  al  medico  del  Instituto  Nacional  de  Medicina Legal y Ciencias  Forenses  y  lo  indicado  en  el reporte de la entrevista con el psicólogo del  Instituto   Colombiano  de  Bienestar  Familiar  en  el  curso  del  tratamiento  recibido,  ocurrida  el 10 de mayo de ese año, se aprecian algunas variaciones,  igualmente  es  verdad que las mismas no sólo no contradicen el núcleo central  del   acto   imputado   por   el   infante  en  su  primer  relato  (besos  en  la  boca  y caricias en sus partes intimas),  sino  que  encuentran  una  explicación  plausible  y  racional,  distinta  de  la  que  supone  el  actor,  en el hecho de que el joven halló un  ambiente  de  seguridad y protección que le permitió expresar poco a poco, sin  inhibiciones,  los  detalles  de  los  tocamientos  a  que  fue  sometido por el  acusado,  narrando  al  segundo de los aludidos funcionarios la introducción de  la   lengua   en   la   boca   y   los   tocamientos   en   el   “…Chichi…”        —expresión     propia     de    un  infante—, imputación que  reiteró    un    mes    después   ante   la   última   profesional   que   lo  valoró.   

3.1.3. Finalmente,  importante  es  aclarar que el testimonio de Y. A. G. A., el de su progenitora y  el   del   agente  de  la  Policía  Nacional  que  lo  llevó  al  Centro  de  Emergencia  Villa  Javier del  Instituto  Colombiano  de  Bienestar  Familiar,  fueron  decretados  tanto en la  instrucción  como  en el juicio, como así lo reconoce el impugnante, empero su  práctica  no  se  concretó  a pesar de que en varias oportunidades se hicieron  las    correspondientes    citaciones,    sin    que    pueda    atribuirse   al  Estado-Jurisdicción  negligencia  alguna  en  el  efectivo  recaudo probatorio,  según  lo  reclama el demandante, dado que una vez el operador jurídico remite  a  las  direcciones  conocidas  los  correspondientes  emplazamientos, agota las  posibilidades  legales  para  obtener  la  comparecencia del testigo, sin que el  desacato de éste a esa convocatoria constituya una falla judicial.   

El  precedente  jurisprudencial que el actor  invoca  para  avalar  la pretensión de nulidad, con base en que la declaración  del  menor  no fue posible practicarla en el proceso penal porque los operadores  jurídicos    “no    realizaron    los   esfuerzos  necesarios”,  no  tiene  fuerza  vinculante  en este  preciso  evento, de una parte, porque se trata de un fallo de tutela que a pesar  de  haber  sido  emitido por la Corte Constitucional35,    solo    tiene   efecto  interpartes;   y   de   otra,   porque   lo   que   constituye  la  ratio     decidendi     del    aludido  pronunciamiento  se encuentra expuesto en la sentencia de unificación SU 087 de  17  de  febrero de 1999, siendo los presupuestos fácticos de ambas providencias  distintos de los aquí debatidos.   

La   referida  decisión  de  unificación  —esta sí con efectos erga  omnes—puntualiza   lo  siguiente:   

“3. El procesado  tiene derecho a que se practiquen todas las pruebas decretadas   

”Aunque la tutela  no  se  concede,  razones  de  pedagogía  constitucional  llevan  a  la Corte a  advertir  que  la  práctica  de la integridad de las  pruebas  que  hayan  sido solicitadas por el procesado y decretadas por el juez,  hace  parte  del debido proceso y que este derecho fundamental resulta vulnerado  cuando   la   autoridad   judicial   obra   en   sentido   diferente.   

”Según   el  artículo  29  de la Constitución, la persona que sea sindicada tiene derecho a  la    defensa    y,    por    lo    tanto,    de    esa    norma    —que  responde a un principio universal  de  justicia—  surge  con  nitidez  el  derecho,  también  garantizado constitucionalmente, a controvertir  las  pruebas  que  se alleguen en contra del procesado y a presentar y solicitar  aquellas  que  se  opongan  a  las  pretensiones de quienes buscan desvirtuar la  presunción de su inocencia.   

”El juez tiene una  oportunidad  procesal  para definir si esas pruebas solicitadas son pertinentes,  conducentes   y  procedentes,  y  si  en  realidad,  considerados,  evaluados  y  ponderados  los  elementos  de  juicio  de los que dispone, ellos contribuyen al  esclarecimiento  de  los  hechos y a la definición acerca de la responsabilidad  penal  del  procesado.  Y, por supuesto, le es posible negar alguna o algunas de  tales  pruebas,  si estima fundadamente que los requisitos legales no se cumplen  o que en el proceso respectivo no tienen lugar.   

”Pero —se         insiste—  tal  decisión  judicial  tiene  que  producirse  en la oportunidad procesal, que corresponde al momento en el cual el  juez  resuelve  si  profiere  o  no  el  decreto  de  pruebas;  si  accede  o no  —en    todo    o   en  parte— a lo pedido por el  defensor, motivando su providencia.   

”Lo  que  no es  permitido   al  juez,  a  la  luz  de  los  postulados  constitucionales,  es decretar las pruebas y después,  por  su  capricho  o  para interrumpir términos legales que transcurren a favor  del  procesado  y  de  su  libertad,  abstenerse  de  continuar  o  culminar  su  práctica,  para  proceder  a tramitar etapas posteriores del juicio.  En el evento en que así ocurra, resulta palmaria la vulneración  del  derecho  fundamental  al  debido  proceso  y  ostensible  la  arbitrariedad  judicial.   

”Ahora  bien, lo  dicho  parte  del  supuesto  de  que  lo acontecido no sea por culpa, descuido o  negligencia      del     procesado     o     de     su     apoderado”36   (negrillas   ajenas   al  texto).   

Según se desprende de la transcripción, dos  son  los  requisitos  para  que la omisión de pruebas constituya violación del  debido   proceso  en  materia  penal:  a)  que  los  elementos  demostrativos  hayan  sido solicitados por el  procesado    y    decretados    por   el   fiscal   o   juez,   y   b)   que   el  operador  jurídico,  por  capricho  o para interrumpir términos legales que corren en favor del implicado  y  de  su  libertad,  se sustraiga a la efectiva realización de aquellas con el  fin de tramitar las etapas subsiguientes.   

En  el  asunto estudiado hay que empezar por  precisar  que  la  ampliación  de declaración del infante, así como los otros  testimonios  que echa en falta el censor, no fueron solicitados por el acusado o  su  representación letrada, sino que la iniciativa probatoria tanto en la etapa  instructiva  como en el juicio fue de parte de los operadores jurídicos, mas no  de  la  defensa,  actor  procesal que eligió como estrategia asumir una actitud  expectante  frente  al  recaudo  probatorio  ordenado  por  el  aparato judicial  (en la instrucción, extemporáneamente, después del  cierre  de  la  investigación solicitó insistir en la práctica del testimonio  del  joven,  y  en  el  juicio  elevó petición semejante luego de los fallidos  intentos   de  obtener  la  asistencia  de  aquél)37,  sin  que resulte vano otra  vez  destacar  que en la etapa instructiva fueron varias las citaciones enviadas  al  domicilio conocido del menor de acuerdo con las gestiones adelantadas por el  ente                   investigador38, como igualmente ocurrió en  la  fase  de  juzgamiento  atendida  la  solicitud  que en tal sentido elevó el  sujeto   procesal   encargado   de   la  acusación39,  sin  que  fuera posible en  uno   u  otro  estadio  procesal  concretar  la  efectiva  comparecencia  de  la  víctima.   

De  ahí  que el abandono o desistimiento de  practicar  aquella  declaración  se  debió a la renuencia del ofendido y no al  capricho  de los funcionarios, y menos al desleal e ilegítimo propósito de los  operadores  jurídicos de interrumpir términos que estuviesen corriendo a favor  del  procesado  y  de  su  libertad,  ya  que en la instrucción, aun cuando fue  afectado  con  medida cautelar de detención preventiva, la misma fue suspendida  desde  el  momento  mismo de su adopción en razón de la edad de éste, además  que  el  término  de la investigación se hallaba ya vencido teniendo en cuenta  que  la  apertura se ordenó el 13 de febrero de 2002 y la clausura de ese ciclo  ocurrió  hasta  el  5  de  septiembre  de  2005, en tanto que el juzgamiento se  inició  el  28  de  noviembre  de  la última anualidad y, luego de posponer en  varias  ocasiones  el  debate oral, la audiencia pública finalmente se efectuó  en sesiones del 16 y 23 de mayo de 2007.   

En  conclusión, la perentoriedad de recibir  el  testimonio del ofendido en el proceso penal, así como la declaración de la  progenitora  de éste y la del uniformado que lo condujo al Instituto Colombiano  de  Bienestar  Familiar  la  fecha  de  autos,  en aras de comprobar el contacto  físico  entre  víctima  y  victimario  y  la connotación del respectivo acto,  resulta   fallida   si   en  cuenta  se  tiene  que  tales  aspectos  encuentran  acreditación  en  los  elementos de persuasión arrimados a la actuación desde  sus albores.   

3.2. Solucionado de  manera  adversa  para  el actor el primer nivel del problema jurídico propuesto  en  la  fundamentación  del cargo por violación al principio de investigación  integral,  corresponde  a  la  Sala  considerar  el segundo, relativo a que para  “…establecer      el     alcance     jurídico  penal…”         del         “…contacto   físico…”,  era  forzoso  escuchar   en   declaración   a  Nedith  Hoyos,  a  la  señora  referida  como  “la  Madre”  y  a  Julio  Silva,  todos  empleados  del  Instituto para el Niño  Desamparado.   

De acuerdo con el razonamiento del demandante  esas  pruebas estarían orientadas a constatar el acierto o no de los juzgadores  para   desestimar   las   explicaciones   del   acusado,  quien  en  su  primera  intervención,  sin reconocer expresamente contacto físico alguno con el menor,  al  conocer  el  contenido  de  la  declaración  rendida  por  el menor ante el  Defensor  de  Familia y lo expuesto por el mismo ante los otros funcionarios del  Instituto   Colombiano  de  Bienestar  Familiar,  señaló  que  “muchas    veces”   los   niños,   como  expresión  de  “cariño”,  “lo  besan  a  uno y lo besan en la boca”,  sin  que  él  los  forzara  a ello, y que les “tocaba  la  cola”  al  alzarlos,  o  por  “necesidad”   cuando  “ellos   dicen  que  tienen  algo  ahí”,  o  ante  la  manifestación  de  que se están “orinando  en  la  cama”  “les  desinfecto  esa  parte  del  cuerpo…  Me  refiero  al miembro  viril…”,  actos  que dijo realizar siempre bajo la  norma  de  “pudor  y  con  todo  respeto”40.   

En  las  instancias la justificación de los  comportamientos  reconocidos  por  el  acusado  fue  desestimada,  en  términos  generales,  por  inverosímil  e  incompatible  con  su  rol  en la institución  dirigida  por  aquél,  haciéndose  énfasis  en que manifestaciones de cariño  paterno  en ningún momento pueden traducirse en caricias con contenido erótico  sexual   como   las  indicadas  por  el  ofendido,  a  cuyo  relato  se  otorgó  credibilidad  por ser “inadmisible que albergue tanta  indolencia   moral   y  maldad  como  para  atribuir  mentirosamente”  a quien justamente era su protector los actos lascivos narrados  por    él41.   

Observada la valoración negativa y positiva  que  en  las  sentencias  se  dio  a  la  versión  del  acusado  y del infante,  respectivamente,   se   advierte,   entonces,   equivocada  la  vía  de  ataque  seleccionada  por  el  actor  en  procura  de  derruir  la  presunción doble de  legalidad  y  acierto  que  cobija  al  fallo  en ese aspecto, pues el aporte de  nuevos  elementos de conocimiento que eventualmente ayudarían a reforzar alguna  de  las  tesis  antagónicas  sostenidas en el proceso, no es causa válida para  solicitar   retrotraer   la  actuación  a  estadios  anteriores  y  debidamente  agotados,  con  el fin de que se intente el acopio de aquellos y se proceda a su  valoración  individual  y  conjunta  con los ya estimados, en relación con los  cuales,  dicho  sea  de  paso,  ningún  yerro  en su ponderación distinto a la  simple  —y  tácita,  en  este  caso— disparidad de  criterios se atribuye a los operadores jurídicos.   

El   sendero   propicio   en   el  recurso  extraordinario  de  casación  para  debatir  el  mérito  suasorio  conferido a  determinados  medios  de  prueba,  se  reitera,  no  es  el  de  la  nulidad por  desatención  del principio de investigación integral, sino el de la violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  (causal  primera,  cuerpo  segundo),  en  orden  a  demostrar  que  en el  ejercicio   intelectual  de  ponderación  el  funcionario  incurrió  en  falso  raciocinio  por  desatención  de  los  postulados que integran la sana crítica  (reglas  de  la  lógica,  leyes  de  la  ciencia,  y  máximas  de la experiencia y el sentido común), labor  dialéctica  que  en  el  asunto  analizado  no  fue  siquiera  insinuada por el  demandante,  sin  que pueda la Sala en virtud del principio de limitación y del  carácter  rogado  de  este  mecanismo  de  impugnación,  analizar  desde  otra  perspectiva   la   pretensión  del  memorialista,  máxime  cuando  no  observa  vulneración  por  parte  de  los  juzgadores  de  los  axiomas que gobiernan la  estimación probatoria.   

En    conclusión,    la    censura   no  prospera.   

4.  Como  cargo  subsidiario   y   también   por   la   senda   de   la   nulidad   (parcial),  el  censor  pide invalidar lo  actuado  desde  el fallo de primera instancia, y con tal fin arguye que el a-quo  incurrió  en  falta  de  motivación  al  negar  la  prisión domiciliaria como  sustitutiva  del  cumplimiento  de  la pena en establecimiento carcelario, y que  como  el  ad-quem  no  complementó  en  ese aspecto la sentencia de su inferior  funcional,  sino  que  mantuvo  silencio  acerca  de  ese  tema,  al  omitir  la  corrección   del   yerro   ahora   alegado,   ello   lo   hace  partícipe  del  mismo.   

4.1.    La  fundamentación  de  las  sentencias  se  erige  en un principio de justicia que  existe  como  garantía fundamental derivada de los postulados del Estado Social  de  Derecho,  toda  vez  que  la  función  jurisdiccional  debe  ser racional y  controlable  (principio de transparencia),  a  efecto  de lo cual aquella asegura la imparcialidad del juez y  resguarda  el  principio  de  legalidad,  haciendo viable el ejercicio cabal del  derecho  de  contradicción, en la medida que al exigir del funcionario judicial  la  motivación  de  sus decisiones para conocer los argumentos que le sirven de  sustento,  la  labor  de  confutación puede acometerse con facilidad, bien sea,  aportando  elementos  de  juicio  que  desvirtúen su fundamento, o en últimas,  impugnando  la  providencia  mediante  la crítica de la prueba que la soporta o  del    derecho    empleado    (normas    y    tesis  jurídicas)        para       respaldar       el  pronunciamiento.   

La    Sala42  ha  precisado que cuando se  propone  en  casación  un  vicio  relacionado  con  la  fundamentación  de  la  sentencia,  el  demandante  está  en  la  obligación  de  demostrar uno de los  siguientes  aspectos:  (i)  que  el fallo carece totalmente de motivación; (ii)  que  siendo  motivado,  es  dilógico o ambivalente; (iii) que su motivación es  incompleta;    y    (iv)    que    la    motivación   es   aparente   falsa   o  sofística.   

Igualmente    tiene    dicho43   que  la  ausencia  de motivación se configura cuando no se precisan las razones de orden  probatorio  y jurídico que soportan la decisión; la motivación es ambivalente  cuando  acoge posturas contradictorias que impiden conocer su verdadero sentido,  o  las  consideraciones expuestas son contrarias a la determinación adoptada en  la  parte  resolutiva;  será  precaria  o  incompleta la motivación, cuando se  omite  analizar  algún aspecto sustancial o las razones argüidas no alcanzan a  traslucir  el fundamento del fallo; y es aparente, falsa o sofística, cuando se  aparta  abiertamente  de  la  verdad  probada,  por  suposición,  supresión  o  tergiversación   de  pruebas  que  objetivamente  conducen  a  una  conclusión  jurídica diversa.   

Las   tres   primeras   modalidades   son  susceptibles  de proponer y demostrar por vía de la causal tercera de casación  en  cuanto  su  prosperidad  implica  la nulidad del pronunciamiento a efecto de  corregir   el   yerro   y  garantizar  el  adecuado  ejercicio  del  derecho  de  contradicción,  no así la última, la cual, por constituir un vicio de juicio,  encuentra   sendero   apropiado  para  su  demostración  con  sujeción  a  las  exigencias  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo, como quiera que su éxito  obliga a emitir fallo de reemplazo.   

4.2.  En  el  caso  analizado,  a  efectos  de  negar  la  prisión  domiciliaria  y  la suspensión  condicional  de la ejecución de la condena, el juez de primer grado, tras fijar  la  sanción  privativa  de  la  libertad en cuarenta y seis (46) meses y quince  (15) días, hizo la siguiente precisión:   

“El  monto de la  pena  impuesta  impide  siquiera pensar en la concesión de subrogados penales o  en  la  sustitución  de  la  prisión  por  prisión domiciliaria, dado que los  presupuestos  de  la  ley  no  se satisfacen en este caso, y es necesario que se  purgue  la sanción, por lo reprochable que resulta, además de que es necesario  enviar  a  la  comunidad  un  claro  mensaje  de  que  este tipo de conductas se  reprimen  con mayor severidad cuando la víctima es un niño de tan solo 9 años  y   el   victimario   un  alto  jerarca  de  la  iglesia  católica.”44   

Obsérvese  que  aun  cuando  el  impugnante  denunció  la ausencia total de motivación acerca de la negación del subrogado  de  la  prisión  domiciliaria, lo verdaderamente constatable es que en el fallo  de  primera  instancia  hay  un  razonamiento  que,  si  bien no es paradigma de  argumentación,  suministra un conocimiento claro y cierto acerca del motivo por  el cual se negó el aludido beneficio.   

En  efecto,  al  asegurar el a-quo que no se  cumplen  los  presupuestos  de ley de la prisión domiciliaria, siendo necesario  que  se  purgue  la  sanción  por  lo reprochable de la conducta, con el fin de  enviar  a  la  comunidad  un mensaje de que comportamientos de esa naturaleza se  reprimen  con  severidad,  atendidas  las  condiciones  personales  tanto  de la  víctima  como  del  victimario, implícitamente hizo referencia al cumplimiento  de  la  pena atendiendo los fines de prevención general y prevención especial,  motivación  que igualmente ha sido empleada por esta Sala para negar la aludida  gracia   

Así,  en  sentencia  de  casación de 21 de  julio  de  2004,  la  Corte sostuvo que no empece encontrar satisfecho el primer  requisito  del  artículo  38 de la Ley 599 de 2000, referido a la pena prevista  para  el  delito,  la  gravedad  y  nocividad  social  de la conducta no podían  minimizarse,  ni  desconocerse  las condiciones personales del sujeto activo del  delito,  en  la  medida  que  tales  circunstancias,  en  consideración  de los  principios  de  prevención general y de prevención especial, imponen obrar con  la  mayor  rigurosidad  posible  y  se  oponen  al  otorgamiento  de la prisión  domiciliaria,  al  ser  determinantes  de ausencia de certeza en cuanto a que el  procesado  no  eludirá  el cumplimiento de la pena o que con el subrogado no se  colocará en riesgo a la comunidad.   

Y agregó:  

“[N]o hay duda que  en  el  caso de autos se impone el agotamiento o cumplimiento de la sanción, en  aras   —como   se  dijo  atrás— de satisfacer o a  materializar  uno  de  los  fines  de  ésta,  como  es  la prevención general,  alrededor de la cual ha dicho la jurisprudencia:   

”“Igual  cosa  ocurre  con  la  función  de  “prevención  general”,  a  través de la cual se  advierte   a  la  sociedad  de  las  consecuencias  reales  que  puede  soportar  cualquiera  que  incurra  en una conducta punible: paradójicamente el hombre se  ve  compelido a proteger la sociedad mediante la amenaza a los individuos que la  componen.  Porque  el  orden  jurídico es un sistema que opera bajo la fórmula  acción-reacción,  supuesto-  consecuencia  jurídica.  Ese fin de “prevención  general”  es  igualmente  apreciable tanto para la determinación judicial de la  pena  como  para  el  cumplimiento  de la misma, pues se previene no solo por la  imposición   de   la   sanción,   sino  y  sobretodo,  desde  la  certeza,  la  ejemplarización  y  la motivación negativa que ella genera (efecto disuasivo),  así  como  desde  el  afianzamiento  del  orden  jurídico  (fin de prevención  general  positiva)”.  (M.  P.  Dr.  Carlos  E.  Mejía E. nov. 28/ 01. Rad.  18285).   

”No   es   de  extrañar  que  en punto a la valoración de los elementos subjetivos que impone  el  dispositivo se haga referencia de alguna manera a la conducta en sí, porque  si  bien  es  cierto que el análisis de las exigencias legales para conceder la  sustitución  apuntan en esencia, o giran alrededor de referentes personales por  encima  de  los  materiales (“desempeño personal, laboral, familiar o social”),  no  lo  es  menos que —como  ya   se   adelantó—  la  actitud  de  un  individuo  se  refleja  en sus manifestaciones, en sus actos, y  —en   fin— en todas aquellas actividades que por  dentro  o  por fuera de la ley desarrolle al interior de la comunidad de la cual  forma  parte” 45.   

Impera finalmente señalar que el fundamento  expuesto  por  el juez de primer grado para no conceder la prisión domiciliaria  no  fue  atacado  por la defensa en sede de apelación y, por lo tanto, ese tema  no  cayó  dentro  de  la  competencia  funcional  del  sentenciador  de segunda  instancia  en acatamiento, justamente, del principio de limitación (Ley  600  de  2000,  artículo  204), de  suerte  que  como  la  vía de ataque propuesta fue la de la nulidad parcial por  ausencia  de motivación, una vez constatado que en el fallo de primer grado sí  hay  un  razonamiento expreso acerca de la negación de dicho subrogado, el cual  se  entiende  incorporado  al  fallo de segundo grado en razón del principio de  unidad  jurídica  inescindible,  es  manifiesta la improsperidad de la censura,  sin  que  pueda  la  Sala  estudiar la inconformidad del memorialista desde otra  perspectiva   casacional,  en  observancia  del  carácter  rogado  del  recurso  extraordinario,   y   del   principio   de   limitación   que   igualmente   lo  gobierna.   

5.   Resta  por  analizar   el  tercer  cargo,  subsidiario  de  los  anteriores,  propuesto  con  fundamento  en  la causal primera de casación, cuerpo primero, bajo cuyo amparo  el  actor  asegura  la  indebida  aplicación del método de dosificación de la  pena  reglado  en  la  Ley  599 de 2000, artículo 61, y por contera la falta de  aplicación  del  artículo  61 del Decreto Ley 100 de 1980, norma que según el  demandante  se  debió  acatar  por  estar vigente al tiempo de los hechos y ser  más favorable en materia de tasación de la pena.   

Según el recurrente, si se hubiese aplicado  la   disposición   citada  últimamente,  la  pena  impuesta  al  procesado  no  superaría    el    límite    mínimo    de    treinta   y   dos   (32) meses, debido a que en la acusación  no  fueron  imputadas  causales  genéricas  de  agravación,  y por lo mismo no  podía   el   juzgador  fijar  la  sanción  en  cuarenta  y  seis  (46)   meses   y   quince   (15) días, como lo hizo.   

Frente  a tal crítica es necesario señalar  que  el  juez  de  primer  grado,  avalado por el de segunda instancia, luego de  establecer     los     extremos     mínimo     (32  meses)   y   máximo   (90  meses)  de  la sanción prevista para el delito según  la  calificación  jurídica  plasmada  en  el  pliego  de  cargos  (Artículos  305  y  306,  numerales  2 y 5, del Decreto Ley 100 de  1980),  con  base  en el artículo 61 de la Ley 599 de  2000,  dividió  el  respectivo  ámbito  en  cuatro  cuartos  y  atendiendo  la  concurrencia  de  una  sola  circunstancia  de  menor  punibilidad  (la  ausencia  de  antecedentes penales) y  ninguna   mayor   intensificación  de  la  pena,  para  concretar  la  sanción  seleccionó  el  primer cuarto (de 32 meses a 46 meses  y  15  días), lo cual hizo en el límite superior del  mismo,    en   razón   de   la   “intensidad   del  dolo” y por las “secuelas  que  dejó  el  actuar  del  sentenciado” en la vida  sexual de la víctima.   

La individualización del monto de la pena en  la  forma  indicada  no  se  diferencia  de  la que legalmente podía obtener el  juzgador  si  hubiese  acudido  a las pautas previstas en los artículos 61 y 67  del  Decreto  Ley  100  de  1980, como sin un verdadero fundamento lo reclama el  actor,  pues  según la primera de esas normas, el juez estaba en la obligación  de   individualizar   la  sanción  “dentro  de  los  límites   señalados   por   la  ley”  (esto   es,   respetando   el  mínimo  y  el  máximo),  tomando  en  consideración  factores  tales  como  la gravedad y  modalidades  del  hecho, el grado de culpabilidad (que  en   este   caso   corresponden   a  lo  que  consideró  el  a-quo),  etc.,  en  tanto que el segundo establecía apenas como límite a  esa  amplia  discrecionalidad  del  juez  que  “sólo  podrá   imponerse   el   máximo   de  la  pena  cuando  concurran  únicamente  circunstancias   de   agravación   punitiva  y  el  mínimo,  cuando  concurran  exclusivamente  de  atenuación,  sin  perjuicio de lo dispuesto en el artículo  61”.   

Por   lo  tanto,  bajo  los  criterios  de  dosificación  del  Decreto Ley 100 de 1980, para el caso concreto, en el que se  reporta  una  circunstancia  genérica de atenuación, ninguna de agravación, y  se  ponderan  dos  fundamentos  de  individualización,  la  pena que finalmente  concluyó  el  juzgador  resulta  legal  en  la  medida en que no se decretó el  máximo.   

Y,  además, la verdad es que en seguimiento  estricto   del   apotegma  que  reclama  el  actor,  para  atemperar  la  amplia  discrecionalidad  conferida  al  juez  en  el  anterior ordenamiento sustantivo,  resultaba  válido  acudir al sistema de cuartos de la Ley 599 de 2000 en el que  no  se  puede  superar  el límite superior del cuarto mínimo cuando no existen  atenuantes   ni   agravantes   o   cuando   sólo  concurren  circunstancias  de  atenuación.   

De  ahí  que la razón no esté de lado del  demandante,  ya  que si bien es cierto el juez de primer grado individualizó la  pena  con  sujeción a los parámetros establecidos en el artículo 61 de la Ley  599  de  2000, también es verdad que con tal proceder no se generó afectación  de   las   garantías   del   procesado,   pues   según   lo  ha  precisado  la  jurisprudencia46,   cuando  dicha  labor  se  concreta  dentro  de  los linderos del primer cuarto de movilidad, como ocurrió  en  el  caso  que  concita  la  atención  de la Sala, no se advierte diferencia  alguna   entre   los   dos   sistemas   que   imponga  acudir  al  principio  de  favorabilidad.   

En    conclusión,    el    cargo    no  prospera.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la    Sala   de   Casación   Penal   de   la   Corte   Suprema   de  Justicia,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE:  

NO   CASAR   la  sentencia impugnada.   

Contra  esta  providencia no procede recurso  alguno.   

Notifíquese,  cúmplase  y  devuélvase  al  Despacho de origen.   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                              SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                                                                AUGUSTO   J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN   

JORGE  LUÍS  QUINTERO  MILANES                              YESID  RAMÍREZ  BASTIDAS   

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                                                                                JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Cuaderno  original  #1, folios 1-13. El nombre del joven víctima se mantiene en  reserva de acuerdo con la Ley 1098 de 2006, artículo 47.   

2  Ídem, folios 14 y 25-36.   

3 Ídem, folios 40-44, 68-71, 106 y 114-121.   

4  Cuaderno original # 2, folios 92-101 y 120-142.   

5  Cuaderno del Tribunal, folios 6-21.   

6  La  Corte  Constitucional  mediante sentencia C-252 de 28 de febrero de 2001, M. P.,  Dr.        Carlos        Gaviria        Díaz,       declaró       inexequible    la   expresión   entre  paréntesis y tachada.   

7 Norma  en  relación  con  la  cual,  en  el  fallo  anteriormente  citado, también se  declaró         inexequible         la        expresión        “ejecutoriadas”.   

8  Decreto  Ley  100  de  1980: Artículo 305 (Mod. Ley 360 de 1997, artículo 7) y  artículo 306, numerales 2° y 5°.   

9 Cfr.  Auto de 26 de abril de 2006, Radicación Nº 25175.   

10 Cfr.  Sentencia de 24 de enero de 2007. Radicación Nº 22412.   

11  Cfr. Sentencia de 14 de marzo de 2007. Radicación Nº 23780.   

12  Cfr. Auto de casación 12 de agosto de 2008, radicación Nº 28520.   

13  Cfr.  Sentencias  de  8  de  noviembre  de  2002,  25  de agosto de 2004 y 14 de  noviembre    de    2007,    radicaciones    Nº    14243,    21313    y   24637,  respectivamente.   

14   Cfr.   Sentencia  de  26  de  enero  de  2009,  radicación  Nº  30756.   

15 Cuaderno original # 1, folio 4.   

16  Artículo  36. Corresponde al Instituto Colombiana de  Bienestar  Familiar,  por  intermedio del defensor de familia del lugar donde se  encuentre  el  menor,  declarar  la situación de abandono o peligro, de acuerdo  con  la  gravedad  de  las  circunstancias, con el fin de brindar la protección  debida.  Para  éste  propósito,  actuará de oficio o a solicitud de cualquier  persona    que    denuncie    la    posible   existencia   de   una   de   tales  situaciones.   

Artículo  37.  El  defensor  de familia, de  manera  inmediata al conocimiento del hecho, abrirá la investigación por medio  de  auto  en  el  que  ordenará la práctica de todas las pruebas o diligencias  tendientes  a  establecer las circunstancias que puedan configurar la situación  de  abandono  o  peligro  del  menor. En el mismo auto podrá ordenar, de manera  provisional,  las  medidas  a  que  se refieren los numerales 1, 2, 3, 4 y 6 del  artículo  57.  Las  diligencias y la práctica de pruebas decretadas en el auto  de  apertura  de  la  investigación,  deberán  ejecutarse  dentro  de un plazo  máximo de veinte (20) días.   

En  el auto de apertura de la investigación  ordenará  la  citación  de  quienes,  de  acuerdo  con la ley, deban asumir el  cuidado  personal de la crianza y educación del menor, o de quienes de hecho lo  tuviesen a su cargo, si se conociere su identidad y residencia.   

Parágrafo.   Si   como  resultado  de  la  investigación  se estableciere que el menor ha sido sujeto pasivo de un delito,  el  defensor  de  familia  formulará  la denuncia penal respectiva ante el juez  competente.   

17  Cfr. Sentencia de 16 de marzo de 2006, radicación Nº 23654.   

18  Cfr.  Sentencias  de 8 de julio de 2004, 27 de junio de 2007 y 2 de diciembre de  2008, radicaciones Nº 19634, 26884 y 29091, respectivamente.   

19  Cuaderno original # 1, folios 1, 2 y 14.   

20   Cfr.   Sentencia   de   3   de   mayo   de   2001,   radicación  13762.   

21  Decreto 2737 de 1989, artículos 36, 37, 38, 55 y 277.   

22  Cuaderno original # 1, folio 13.   

23  Cuaderno original # 1, folio 5.   

24  Cfr.  Sentencias  de  8 de julio de 2004 y 26 de abril de 2007, radicaciones Nº  19906 y 25889, respectivamente.   

25  Cfr. Sentencia de 5 de noviembre de 2008, radicación Nº 29678.   

26  Ídem, folio 6.   

27  Ídem, folio 7.   

28  Ídem, folio 10.   

29  Ídem, folios 10 y 11.   

30  Ídem, folio 15.   

31  Ídem, folio 19.   

32  Cfr. Sentencia de 5 de noviembre de 2008, radicación Nº 29678.   

33  Cfr.  Sentencias de 28 de septiembre de 2006 y 21 de julio de 2009, radicaciones  Nº 23613 y 32099, respectivamente.   

34  Cfr. Sentencia de 30 de septiembre de 2009, radicación Nº 32535.   

35  Sentencia   T-388   de   22   de   mayo   de   2006.  M.  P.  Dr.  Jaime  Araujo  Rentería.   

36  Corte  Constitucional.  SU.  087  de  17  de  febrero  de  1999. M. P. Dr. José  Gregorio Hernández Galindo.   

37  Cuaderno  original  #  1,  folios  112  y  113  y  Cuaderno  original # 2, folio  60.   

38  Cuaderno  original  #  1,  folios  15,  25-27,  32,  33,  37,  81, 82, 84, 100 y  1004.   

39  Cuaderno  original  #  2,  folios  8,  13,  28,  29,  44,  50,  52, 53, 55, 58 y  64.   

40  Cuaderno original # 1, folios 40-44.   

41  Cuaderno  original  #  2,  folios  97-100,  y Cuaderno del Tribunal, folios 16 y  17.   

42  Cfr.  Sentencias  de  28  de  septiembre  de  2006,  y  18  de  julio  de  2007,  radicaciones 22041 y 26255, respectivamente, entre otras.   

43  Cfr.  Sentencia  de  22  de  mayo  de  2003  y  auto  de  28 de febrero de 2006,  radicaciones 29756 y 24783, respectivamente.   

44  Cuaderno original # 2, folios 99 y 100.   

45  Cfr.   Sentencia   de  casación  de  21  de  julio  de  2004,  radicación  Nº  17712.   

46  Cfr. Sentencia de 13 de septiembre de 2006, radicación Nº 25914.     

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