29680(30-09-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 29680  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº  279  

Bogotá. D.C., treinta (30) de septiembre de  dos mil ocho (2008).   

V   I   S   T   O   S   

La  Sala  resuelve sobre los presupuestos de  lógica  y  debida  fundamentación de la demanda de casación presentada por el  defensor   del  procesado  MIGUEL  ANTONIO  GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ.   

H E C H O S  

Así  los  resumió el Tribunal ad-quem:   

“El  19 de abril  del  año  2002, en la ciudad de Cartagena de Indias, explotaron tres “macetas  bomba”,   dos  de  ellas  en  el  edificio  inteligente  de  Chambacú,  donde  funcionaba  una  sucursal  de  Electrocosta, aproximadamente a las 4:50 p.m.; la  otra  estalló en la subestación de Electrocosta, ubicada en el barrio Manga, a  las 6:30 p.m.”   

“A  causa  de la  primera  explosión,  perdió  la  vida la señora Cassius Murillo Vergara, y se  produjeron   graves   destrozos   al  edificio  donde  funcionaban  oficinas  de  Electrocosta,  y  con  ocasión  de  la  segunda  perdió  la  vida el agente de  antiexplosivos  de  la  SIJIN  Carlos  Hernán  Martínez Muñoz, resultando con  heridas  de consideración los agentes JULIO CÉSAR CANO ARENAS y MISAEL ANTONIO  GÓMEZ  RODRÍGUEZ,  en  momentos  en  que  intentaban  desactivar  una  de  las  bombas.”   

“Bajo   tales  acontecimientos,  ese  mismo  día, la Fiscalía Especializada en turno, ordenó  iniciar  labores  de  investigación  previa;  luego de efectuar las diligencias  dirigidas  a establecer la identidad de quienes colocaron las materas explosivas  y  demás  autores, dispuso la apertura de instrucción, mediante resolución de  20  de abril de 2002, vinculándose a través de indagatoria a los señores LUIS  ALBERTO  BAUTISTA  TRIVIÑO,  PANTALEÓN  LORDUY  MARTÍNEZ y TEODORO JOSÉ RUIZ  FLÓREZ,  quienes  transportaron  las macetas explosivas a través de la ciudad;  diligencias  que  se  cumplieron  los  días  22  y  23  de ese mes.”   

“Tiempo después,  gracias  a  labores  de inteligencia por parte de la Policía Judicial, la etapa  instructiva  sufrió un giro dramático, surgiendo serios indicios que apuntaban  a  los responsables de los actos criminales del 19 de abril.  Fue así como  el  21  de  mayo se ordenó el allanamiento de varios inmuebles, entre ellos, la  casa  ubicada  en  el  barrio  “Luis  Carlos  Galán”,  segunda  etapa,  sin  nomenclatura,  tarea  para la cual se contó con la ayuda de JOSÉ DAVID FLÓREZ  VERGARA,   alias  “Hernán”,  ex  militante  de  organizaciones  irregulares  alzadas  en  armas.   En  ese  sitio se encontró, entre otras personas, al  señor       MIGUEL      ANTONIO      GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ,   a   quien   detuvieron  por  haber  sido  identificado,  por  parte  del  ex militante, como alias CALICHE, sobre quien se  tenía  información  de  haber  sido  el  autor  material  de  los atentados de  Electrocosta,  hallando  cerca  del  inmueble  elementos para la fabricación de  explosivos,        los        cuales        fueron        incautados”   

“Otro  inmueble  allanado  fue  el  ubicado  en el barrio Vista Hermosa, Manzana E, Lote 4, donde  fue  capturado  HUBERNEY  LOAIZA  FONSECA,  en momentos en los que se encontraba  acompañado  de  otras  personas,  siendo  reconocido  por  parte de JOSÉ DAVID  FLÓREZ  VERGARA,  alias  “Hernán”,  indicando  que  se  trataba  de  alias  “CAMBALACHE”,  integrante  del  frente 37 de las FARC EP, condición que fue  aceptada  por  aquél.   En  compañía de HUBERNEY se encontraba el señor  VÍCTOR  BARRIOS  MARIMÓN,  a  quien  se  le  halló una carta dirigida a alias  “Henry”,  remoquete  con  el  que  también  se le conoce, enviada por alias  “Janeth”,  quien  según  órdenes de batalla de los organismos de seguridad  del  Estado,  también  hace  parte  del  grupo  rebelde,  estableciéndose  con  posterioridad  su  pertenencia  al  mismo  grupo,  por  lo  cual  se  ordenó su  captura.”           

A N T E C E D E N T E S  

1.   Por  los  anteriores  hechos,  la  Fiscalía  Delegada  ante  el  Juzgado Único Penal del  Circuito  Especializado  de  Cartagena, a través de resolución del 21 de abril  de  2003  (fl.  190-218,  c.o.  3),  acusó    a    MIGUEL    ANTONIO    GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ,  LUCIANO  MARÍN  ARANGO  (alias  “IVÁN  MÁRQUEZ”),  GUSTAVO  RUEDA  DÍAZ  (alias  “MARTÍN CABALLERO”) y VÍCTOR  BARRIOS  MARIMÓN  como  coautores  de  las  conductas  punibles de terrorismo,  en  concurso  homogéneo  con  homicidio  y  tentativa  de  homicidio  (artículos 343,  103  y  27 del Código Penal), al tiempo que precluyó la investigación a favor  de   LUIS  ALBERTO BAUTISTA TRIVIÑO, PANTALEÓN LORDUY MARTÍNEZ y TEODORO  JOSÉ  RUIZ  FLÓREZ.    La  decisión  acusatoria cobró ejecutoria  el 26 de mayo de 2003 (fl. 231,  c.o. 3)   

2.   La etapa  del  juicio  la  tramitó  el  Juez   Penal  del  Circuito Especializado de  Cartagena;   su  homólogo  de  descongestión profirió sentencia el 25 de  junio  de  2007 (fl. 175-193, c.o. 1 de la etapa de juicio) por medio de la cual  condenó     a     MIGUEL     ANTONIO    GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ   (alias  “CALICHE”),  VÍCTOR  BARRIOS  MARIMÓN  (alias  “EL ENANO”, “CHIQUITÍN”, “DANILO” o “HENRY”),  LUCIANO  MARÍN ARANGO (alias “IVÁN MÁRQUEZ”) y GUSTAVO RUEDA DÍAZ (alias  “MARTÍN  CABALLERO”)  a  las  penas  principales  de 30 años de prisión y  multa   de  1000  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes,   a  la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  “por  un  término  igual  al  de la pena  principal”,  así  como  al  pago  de los perjuicios  morales  ocasionados  con los punibles, en calidad de coautores de las conductas  punibles   de  homicidio  en  concurso  con  terrorismo  y  tentativa   de   homicidio  (artículos  343,  103  y  27  del  Código  Penal),  al tiempo que les negó la  suspensión condicional de la ejecución de la pena.   

La decisión condenatoria fue apelada por el  procesado      MIGUEL      ANTONIO      GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ  y  la  Sala  de  Justicia y Paz de Tribunal  Superior   de  Barranquilla  la  modificó,  en  el  sentido  de  ajustar la pena accesoria de inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y funciones públicas a 20 años, y confirmó en todo lo demás.   

L  A      D  E  M  A N D  A    D E   C A S A C I Ó N   

El  apoderado  del  procesado  MIGUEL   ANTONIO   GUTIÉRREZ   MARTÍNEZ,  presenta  demanda  de casación, por medio de la cual postula un cargo principal  de  nulidad y uno subsidiario  de   infracción   a  la  ley  sustancial.   

Cargo  principal:  nulidad por violación al  derecho a la defensa técnica.   

De conformidad con la causal 3ª de casación  que  describe el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, el demandante acusa que la  sentencia  fue  proferida  en  un  juicio  viciado  de  nulidad  por ausencia de  defensa técnica.   

En  sustento  del  reparo,  el  casacionista  señala    que    a    MIGUEL   ANTONIO   GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ  no se le puso de presente en su indagatoria  la  imputación  jurídica.   No  obstante,  aunque admite que la fiscalía  subsanó  la  omisión al recibirle ampliación de indagatoria, diligencia en la  cual  se  le  informó  que  se  le  imputaba  la  comisión  de  los delitos de  homicidio,  tentativa  de  homicidio  y  terrorismo,  ya la situación jurídica  había  sido  resuelta.  Y si el defensor hubiera cumplido su labor como lo  disponen   la   ley   y   la   jurisprudencia   de   la  Corte,  “con  este  error  protuberante,  el  rumbo  del proceso en esa etapa  hubiera   sido  otro”,  ya  que  la  resolución  de  situación  jurídica  estaba  afectada  de  “nulidad  absoluta”.   

El  demandante señala que, el 24 de mayo de  2002,  GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ  fue  asistido en la indagatoria por un defensor nombrado para esa diligencia, de  manera  que  permaneció  sin  defensa  técnica  hasta el 6 de agosto del mismo  año, cuando designó un apoderado de confianza.   

Tras  repasar  la actuación del defensor de  GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ  a  lo  largo  del  curso  del  proceso y resaltar la ausencia de petición de pruebas y  alegatos  precalificatorios,  así  como  las  solicitudes de aplazamiento de la  vista  pública,  la inasistencias a la misma diligencia y la denegación de una  solicitud   de   nulidad  por  falta  de  defensa,  el  libelista  concluye  que  “la     defensa    técnica    de    MIGUEL  ANTONIO  GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ, no  cumplió  como  lo  disponen  la ley y la jurisprudencia de la Corte”,  toda  vez  que  dejó solo al procesado al apelar la sentencia  condenatoria,  omitió  solicitar  pruebas,  en  particular un reconocimiento en  fila    de   personas,   el   cual   –en  su  sentir-  era  obligatorio  para  despejar las dudas sobre la  identidad del acusado.    

De  no  haber  tenido  lugar  las anteriores  omisiones    –dice   el  censor-,  “quizás otro hubiese sido el resultado en  el  fallo  emitido  por  el  ente  de  conocimiento,  habida cuenta de las dudas  existentes  en  torno  a  la  individualización e identificación del condenado  MIGUEL   ANTONIO   GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ”.   En particular, el reconocimiento en fila de personas era  imprescindible,  porque  el  abundante  material  probatorio  recaudado  no  era  suficiente  para  llegar  a  la  certeza  de  la  conducta y responsabilidad del  procesado.   

Afirma  el impugnante que, de haber existido  la  defensa  técnica,  ésta  habría  recurrido  con  éxito la resolución de  situación  jurídica  y  la  acusación,  comoquiera que las versiones sobre la  descripción  morfológica  del  procesado  que  ofrecieron los testigos no eran  coincidentes.   

Como  consecuencia  del  vicio  acusado,  el  libelista   estima  violados  los  artículos  2º  y  29  de  la  Constitución  Política,  y los artículos 1º, 5º, 6º, 7º, 232, 237, 238, 303, 310, 338 de  la ley 600 de 2000.    

Cargo  subsidiario:  violación  de  norma  sustancial por error de hecho en la apreciación de la prueba.   

Al amparo de la causal de casación descrita  en  el cuerpo 2º del artículo 207-1 de la ley 600 de 2000, el demandante acusa  a    la   sentencia   de   incurrir   en   error   de  hecho    en    la    modalidad    de    falso  juicio  de  identidad y falso  raciocinio.   Estima que, como  consecuencia  del  yerro acusado, el sentenciador violó los artículos 103, 343  y 27 del Código Penal.   

En  sustento  de  la  censura, el impugnante  compara  las  descripciones  morfológicas que del procesado ofrecieron HUBERNEY  LOAISA  FONSECA,  LUIS  ALBERTO  BAUTISTA TRIVIÑO, TEODORO JOSÉ RUIZ FLÓREZ y  PANTALEÓN   LORDUY   MARTÍNEZ,   así   como   el   documento  “Orden      de     batalla     del     frente     37     –    Bloque    Caribe    –    FARC    Compañía    Norte    o  Cimarrones”  para  concluir  que  todas  ellas  son  divergentes.   Adicionalmente,  sostiene  que,  en  cambio, la descripción  morfológica  que hicieron “los testigos directos que  se  rozaron  con la persona que los contrató para el transporte de las macetas,  son los veraces”.   

Agrega   que   el   fallador   violó  las  reglas  de  la sana crítica,  al  aceptar  como  suficientes  las discordantes descripciones morfológicas que  ofrecieron  los  declarantes,  en  particular  en lo relativo al “acento  del habla”, la estatura y la edad  de quien los contrató para acarrear las macetas.   

El  sentenciador  incurrió  en falso  juicio  de  identidad,  por  cuanto  apreció  de  manera  parcial  y por fuera de las reglas de la sana crítica, el  testimonio  de TEODORO JOSÉ RUIZ FLÓREZ, ya que lo hizo decir que había visto  un  tatuaje  en  la  persona que los contrató para transportar unas macetas, lo  que  –según el recurrente-  en  realidad  el  declarante  nunca  afirmó;  en  el  mismo  yerro incurrió el  juzgador  al  concluir,  a  partir  del  testimonio de ALFONSO CASTILLO, que fue  MIGUEL   ANTONIO   GUTIÉRREZ   MARTÍNEZ  quien  contrató  a  LUIS ALBERTO BAUTISTA para llevar las macetas  bomba.   

El  testimonio de HUBERNEY LOAIZA FONSECA es  la  única  prueba  que  existe  en  el  proceso para deducir responsabilidad de  GUTIÉRREZ MARTÍNEZ, pero su  credibilidad  está cuestionada porque no supo dar una descripción morfológica  del  acusado,  no  estuvo  en  el lugar de los hechos y el procesado no refirió  conocerlo, por lo que resulta ser un testigo de oídas.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

El recurso de casación, como lo tiene dicho  la  Sala,  no  es  una  tercera  instancia  del  proceso  penal  ni un escenario  encaminado  a  desaprobar  de  cualquier manera la apreciación de la prueba que  hace  el  juzgador,  como  tampoco  para detectar cualquier clase de vicio en el  trámite procesal.   

El medio extraordinario de impugnación está  limitado  a  los  posibles  errores  ostensibles  y  trascendentes que se pueden  cometer  en  el  proceso,  y  ellos  se  encuentran  sintetizados en los motivos  legales  que  lo  hacen  procedente,  para  el presente caso los previstos en el  artículo  207  del  Código de Procedimiento Penal de 2000, sobre los cuales el  recurrente presentó la demanda.   

Si  la  legalidad  de  la  sentencia  está  condicionada   a   que  la  actuación  se  haya  surtido  con  observancia  del  debido  proceso y a que a las  partes    se   les   hayan   respetado   en   el   trámite   sus   garantías      fundamentales,     las  irregularidades  que  afecten  la  estructura  procesal,  o  que  lesionen  esas  garantías,  son  susceptibles  de  ser  corregidas  en  sede  extraordinaria de  casación  a  través  de  un razonamiento que, como lo tiene definido la Corte,  obliga  al  casacionista definir, en cada caso, el tipo de vicio que se denuncia  –si  de  trámite  o  de  garantía—,  el carácter  sustancial  del  mismo,  el  momento  procesal  desde  el cual se debe anular el  proceso  y  la  razón  por  la  cual debe acudirse a ese remedio extremo.    

El demandante no debe perder de vista que la  lógica  del  proceso se refleja en las causales legales que permiten acceder al  medio  de  impugnación  extraordinario,  y  que  los  deberes  de  una correcta  postulación  y  debida  fundamentación  encuentran su razón de ser en que, de  una  parte,  la sentencia llega a esta sede extraordinaria amparada por la doble  presunción  de  acierto y legalidad y, por la otra, el recurso es de naturaleza  rogada,  razón  por  la cual es exigible al demandante un mínimo de claridad y  de  coherencia  en  la  manera  de la presentación del caso ante a Corporación  –exigencias de las que no  escapa  el reproche que se enfoca por la causal 3ª de casación-, razón por la  cual  no  es  procedente  el sustento argumentativo que se funda en vaguedades o  que  se  encamina  a  buscar  que  la  Sala  analice  las  pruebas  como juez de  instancia,  sino  que  es  necesario  enunciar  con  toda  claridad  qué  error  trascendente   cometió  el  juzgador  y  acompañar  dicho  enunciado  con  los  argumentos que persuadan sobre su ocurrencia.   

Los  anteriores  presupuestos  explican  la  exigencia  legal  de claridad y precisión en la enunciación de la causal, así  como  en  la  postulación  y  desarrollo  del  cargo,  tal como lo establece el  numeral 3º del artículo 212 de la ley 600 de 2000.   

En el caso que ocupa la atención de la Sala,  los  argumentos  con los cuales el demandante desarrolla los cargos no  cumplen  los presupuestos que permiten  su   admisión  en  esta  sede,  toda  vez  que  desconocen  los  principios  de  precisión,   claridad,  debida  fundamentación,              trascendencia      y      autonomía  de  los  cargos, motivo por el  cual,  desde  ya, se anuncia la inadmisión del libelo.   

En atención a la naturaleza del reproche que  ensaya  el casacionista, la Sala estima oportuno recordar lo que ya ha decantado  de   tiempo   atrás   respecto   de  la  manera  de  orientar  la  ausencia  de  defensa técnica en esta sede  extraordinaria:   

“A   propósito   de  los  deberes  del  demandante,  cuando su pretensión se vincula con el desconocimiento del derecho  de  defensa técnica, la Sala señaló que en la demanda se debe determinar “con  precisión  la  manera  como  tal  violación incidió desfavorablemente” en las  garantías  del  procesado.  Y,  tiene  que  ser  así, la demostración no es a  partir  de  lo  abstractamente  considerado  sino  de  lo  realmente  ocurrido y  derivado  de  la  omisión  en  la  actuación,  haciéndose  menester  en  esas  eventualidades  comprobar,  lo  que  no se estableció en este asunto, que no se  trató  de  una  simple  irritualidad  sino  de  una  irregularidad de carácter  sustancial  que  amerita  invalidar  las  decisiones  tomadas en la sentencia en  contra           del          inculpado.”1 .   

Vistos  los anteriores derroteros, de cara a  la  argumentación que ofrece el censor y al trámite de la actuación procesal,  surge  nítido  que  el  escrito  de  demanda  incumple  los requisitos para ser  admitida  a  esta  sede  extraordinaria, puesto que se limita a señalar que una  mejor  gestión  del defensor hubiese incluido la solicitud de un reconocimiento  en  fila  de  personas,  la  cual,  según  el impugnante, era indispensable, al  tiempo  que  habría recurrido con éxito la resolución de situación jurídica  y  la  de  acusación  y,  en  fin,  que  si  el  defensor hubiese realizado una  actuación  más activa “quizás otro hubiese sido el  resultado   en   el  fallo  emitido  por  el  ente  de  conocimiento”.   

Así  formulado  el  reproche, el demandante  muestra  su  inconformidad  con la gestión del entonces defensor del procesado,  pero  no  enseña  a la Sala de qué manera la aludida gestión defensiva, en su  concepto  deficiente,   trascendió hacia el derecho de defensa o el debido  proceso,  presupuesto  que no logra acreditar mediante su afirmación, según la  cual  los recursos que no se interpusieron hubiesen tenido éxito, o la gestión  más  activa  quizás hubiere  modificado  el  sentido  del  fallo,  pues de esta manera no ofrece más que una  serie de hipótesis inciertas.   

Respecto de esta manera de orientar un ataque  contra  el proceso por razón de la ausencia de defensa  técnica,  la Corte ha enfatizado que resulta inútil,  para  los  efectos  de  lo que se debe acreditar en esta sede extraordinaria, la  visión   a  posteriori  del  nuevo   defensor,   tesis   sobre   la   que   ha   insistido,  así2:   

“La  falta  de  asistencia  técnica  no  puede  edificarse a partir de una visión a posteriori  elaborada  por  un  nuevo  defensor con fundamento en su orientación particular  sobre  aquello  que  habría  podido ser la estrategia defensiva plausible, pues  son   múltiples  y  variadas   las  posturas  defensivas  que  un  momento  determinado  puede asumir el letrado, razón por la cual la simple diversidad de  criterios  del  último  defensor  no  logra  constituir  fuerza suficiente para  censurar  un  proceso  con  base  en la ausencia de defensa técnica3.”   

“No   puede  perderse  de  vista  que la defensa técnica suele realizarse a través de actos  de    contradicción,   solicitud   probatoria,   notificación,   impugnación,  postulación  y alegación, que pueden ser ejercidos todos o algunos de ellos, o  preferirse   un  control  expectante  de  la  actuación  procesal,  según  los  conocimientos,  las circunstancias, el caudal probatorio recopilado, el estilo y  la  táctica  que  asuma  el abogado, sin que optar por la actitud aparentemente  pasiva    constituya    falta   de   ejercicio   de   las   facultades   de   la  defensa”4.   

“Por lo tanto,  la  actitud  pasiva del defensor no es en sí misma indicativa de irregularidad,  pues  hay  casos donde la mejor defensa puede ser dejar que el Estado asuma toda  la  iniciativa  para  el acopio de pruebas, al no convenir pedirlas en cuanto se  aprecie  que  perjudicarían al procesado; ni aparecer prudente recurrir, por el  acierto  o  benevolencia del instructor o fallador. En tales casos, más vale al  defensor  asumir  una posición expectante, como comportamiento estratégico que  no   puede   tildarse   de   abandono”5.   

El  argumento  del  demandante,  como ya se  indicó,  no  pasa  de  identificar  lo  que estima fueron dudas probatorias que  surgieron  durante  la actuación procesal y cómo el defensor de aquel entonces  se  hubiese  podido servir de ellas, para realizar una mejor gestión defensiva,  pero,  una  vez más, sin demostrar una lesión ostensible al derecho de defensa  del procesado, menos a la estructura fundamental de la actuación.   

De  otra parte, los vicios que el libelista  anota  no  tienen  relevancia  en  esta sede extraordinaria, pues, de una parte,  véase  que  inicialmente  aquel plantea como un yerro relevante que al entonces  imputado  no se le hubiera formulado la imputación jurídica en su indagatoria,  pero  enseguida  admite  que  dicho  yerro  fue  subsanado en una ampliación de  indagatoria  recibida pocos meses después, lo que deja sin razón la pretendida  nulidad   absoluta  de  la  resolución de situación jurídica.   

De  otra  parte, el demandante no acierta a  demostrar  la trascendencia de  la    ausencia   temporal   de   defensor  que  operó  desde  el 25 de mayo hasta el 5 de agosto de 2002, la  cual,  por  sí  misma,  no es suficiente para predicar el vicio acusado, habida  cuenta   que  la  Corte  ha  dicho,  sobre  este  aspecto,  que  “si  en un momento determinado el procesado dejó de tenerla (defensa  técnica),  ello  no significa que la actuación así cumplida devenga ineficaz,  por  ese  solo motivo, pues en virtud del principio de trascendencia que orienta  la    declaratoria    de   nulidades,   sólo   si   la   irregularidad   afecta  insubsanablemente  (sic)  las  garantías de los sujetos procesales, o desconoce  las  fases fundamentales de la instrucción o el juzgamiento, resulta inevitable  su      decreto”6.   

El  impugnante sostiene que de haber tenido  el  procesado  un  defensor  en  ese  momento,  éste hubiese podido recurrir la  resolución  de  situación  jurídica y obtener su anulación, pero tal aserto,  como  ya  se  dijo,  no  es más que una hipótesis incierta y, en todo caso, al  defensor  en verdad le asistió la posibilidad de recurrir dicha decisión, toda  vez  que  ésta no cobró ejecutoria sino hasta 20 días después de posesionado  el  apoderado  de  confianza  designado  por GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ;   en   este   sentido,   no   puede   afirmarse  que  el  derecho  de defensa fue negado por no haber  el  defensor impugnado la decisión, puesto que dicha garantía se satisface con  la  oportunidad que le asiste  a  los  sujetos  procesales  para  controvertir  la  decisión  a través de los  recursos                  ordinarios7,  tal  como en efecto ocurrió  en este caso.    

Por  último,  aunque el demandante hubiera  demostrado  a  la  Corte  la existencia del vicio acusado y su trascendencia, el  reproche  aún  adolecería  de  una  falencia  importante,  toda  vez que aquel  no  menciona  en  la demanda  cuál    ha    de    ser    el   efecto   del   vicio  acusado  en la actuación procesal, puesto que no pide  a  la  Sala  la  declaración  de invalidez de todo o parte de lo actuado, mucho  menos  precisa desde qué momento procesal habría de operar la invalidez.    

La aludida omisión resulta ser una falencia  trascendente,  no  solamente  porque  la  Corte  no la puede subsanar, debido al  principio  de  limitación y  por   cuanto   el   recurso   extraordinario   es  por  naturaleza  rogado   sino,  además,  por  cuanto  un  razonamiento     a     tal    punto    incompleto    rompe    la    lógica   de   la   causal  de  casación  invocada,  la  cual  exige  la  declaratoria  de  nulidad a partir de un momento  procesal  preciso.  Ante la ostensible falencia omisiva, el cargo no avanza  más  allá  de  enunciar  una  serie de irritualidades procesales, pero ante la  ausencia  de  una petición de declaratoria de nulidad por parte del recurrente,  la  crítica se torna  inidónea para demostrar una violación ostensible y  trascendente de la garantía de la defensa técnica.    

En lo que tiene que ver con el cargo  subsidiario,  a través del cual el  casacionista  alega  un  yerro  en  la  apreciación  de  la  prueba  por  falso  juicio   de   identidad  y  falso  raciocinio, la Corte,  una  vez  más, debe precisar que  el sentenciador puede llegar a violar la  ley  sustancial, a través de un error de hecho, el cual involucra la equivocada  apreciación   de   la   prueba,  en  la  específica  modalidad  conocida  como  falso juicio de identidad, el  cual tiene lugar:   

“cuando en la  apreciación  de  una determinada prueba le hace decir lo que ella objetivamente  no  reza,  erigiéndose  en  una  tergiversación  o distorsión por parte   del       contenido       material      del      medio   probatorio,   bien   porque  se le coloca a decir lo que su texto  no   encierra   o   porque   se   le  hace  expresar  lo  que  objetivamente  no  demuestra.”8   

Por otra parte, el yerro de apreciación de  la  prueba  por  parte  del juzgador, que también lo conduce a violar de manera  indirecta  la  ley  sustancial,  puede  ser  de  falso  raciocinio.   Éste  se materializa al momento de  apreciar  el  juzgador  los  medios  de  convicción  de  manera contraria a los  postulados  de  la  sana  crítica,  es decir, de las leyes de la lógica, de la  ciencia,  de  las  máximas  de la experiencia o del sentido común.  Ahora  bien,  cuando  el  censor  reprocha la apreciación probatoria por esta vía, le  corresponde:   

“indicar cuál  fue  la  ley  de  la  lógica,  el  principio de la ciencia y/o la máxima de la  experiencia  vulnerada,  de  qué  manera  lo  fue  y su incidencia con la parte  dispositiva  de  la  sentencia…  surge  indispensable  que el censor enseñe y  demuestre  el  vicio  que  le  enrostra al juzgador, habida cuenta que la simple  discrepancia  de  criterios  no  constituye yerro para ser atacado en esta sede,  puesto  que el juzgador goza de libertad para justipreciar los medios de prueba,  sólo  limitado  por  los  postulados  que informan la sana crítica.”   

“En lo atinente  a  la trascendencia del error en la apreciación probatoria, necesario es que el  casacionista  tenga para el efecto todos los medios de prueba que sustentaron el  juicio  de  condena, en la medida en que si el mismo resulta inane, la sentencia  permanecerá         incólume.”9 ,   

En  el  caso  que  ocupa la atención de la  Sala,  aparece evidente que el impugnante, aunque es cierto que atina a precisar  qué   fue   lo   que  dijeron  los  declarantes  respecto  de  la  descripción  morfológica,  también  lo es que no señala de qué manera el fallador plasmó  su  dicho  de  manera  tergiversada  o distorsionada.  La inconformidad del  casacionista    radica    en    que    el    fallador    hubiera    apreciado  que  los  aludidos testimonios,  así  como  las descripciones morfológicas en ellos contenidas, correspondieran  a  la del procesado GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ.   

De esta manera, el casacionista abandona la  vía  de  ataque  escogida  para  asomar  en  un,  también  mal enfocado, falso  raciocinio,  en el cual se limita a oponer su personal apreciación de la prueba  a  la  del  sentenciador,  sin  demostrar  en  esta  última un yerro evidente y  trascendente,      que      derribe      la      lógica     de     todas   las  bases  de  la  decisión  de  condena.   En efecto, el libelista deja a mitad de camino su censura, en la  medida  en que no pasa de afirmar que, donde el Tribunal encontró coincidencias  en  la  descripción  del procesado, la Corte debe apreciar divergencias, aserto  que   no  demuestra  de  qué  manera  el  juzgador  distorsionó  el  contenido  probatorio,  menos  aún cómo desbordó las facultades de apreciación razonada  de la prueba.   

El   casacionista   sustenta   su  reparo  argumentando  que  ciertos  detalles  de  la  descripción  morfológica como el  acento,  la  estatura  y  la  edad son particularidades que necesariamente deben  coincidir  en  todos  los testigos, pero de esa manera no precisa de qué manera  erró  el  juzgador al apreciar las coincidencias, más que las divergencias, en  la  descripción  morfológica  que  del  procesado  ofrecieron  quienes  fueron  contratados   por   éste   para   acarrear   los   elementos  explosivos.    

La  Corte  tiene  dicho,  respecto  de  la  apreciación  probatoria  por  parte  del  funcionario  judicial, que a éste le  asiste  la  facultad  de  apreciar  de la prueba aquello que le genere certeza y  descartar  aquello  que  no  le  traiga  ese  convencimiento.   Así  se ha  pronunciado:   

“De acuerdo con  el  sistema  de  valoración  probatoria  consagrado  en  la  ley,  el deber del  juzgador  de apreciar en su totalidad el conjunto probatorio no puede oponerse a  la  facultad  que  tiene  de desestimar todo aquello que no le dé certeza de lo  que  en  el  proceso  se pretende probar.  Por ello es completamente viable  que  en ese ejercicio tome solo una porción del testimonio y deseche lo demás,  sin  que  se puedan elevar a la categoría de errores de apreciación probatoria  los  juicios  del  sentenciador  a través de los cuales establece el mérito de  los    elementos   que   sustentan   el   fallo”10.   

Tampoco  tiene  fundamento  el falso  juicio  de  identidad que, según el  censor,  recayó  sobre el testimonio de TEODORO JOSÉ RUIZ FLÓREZ, puesto que,  al  contrario  de  lo  que  se afirma en la demanda, aquel sí dijo  que la  persona  que  lo  contrató para transportar unas macetas tenía un tatuaje (fl.  54,  c.o. 1), y dicho aserto corresponde a lo que plasmó el fallador de segundo  grado  (fl.  57,  c.  del  Tribunal).    De  otra  parte, que juzgador  hubiese  errado  al  otorgar  credibilidad al declarante HUBERNEY LOAIZA FONSECA  por  haber  sido  un testigo de oídas, es una afirmación que desconoce que, en  virtud  de  la  facultad  razonada  de  apreciación probatoria que le asiste al  juzgador,  el  poder  suasorio  que  le  cabe  al  dicho de un testigo de oídas  depende  del  razonamiento  judicial,  que  prevalece  sobre la apreciación del  sujeto procesal.   

Aún   cuando   el  casacionista  hubiese  demostrado  los  yerros  que  acusa,  su razonamiento carecería de trascendencia  para  los  efectos  que  se  propone,  toda  vez que olvida que no fue solamente la descripción morfológica  ofrecida  por  los declarantes la que condujo al funcionario judicial a predicar  la  responsabilidad  de MIGUEL  ANTONIO      GUTIÉRREZ      MARTÍNEZ.   

En efecto, el fallador no solamente invocó  “descripciones   físicas,   retratos   hablados  y  reconocimientos”  (fl.  54-58, c. del Tribunal) para  predicar    la    responsabilidad    de    GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ  por  los  hechos investigados, sino además  las  circunstancias  particulares  que  rodearon  su captura con ocasión de una  diligencia  de  allanamiento,  los elementos que fueron hallados en su poder, el  señalamiento  de  su  alias  y  lugar  de  reclusión por otros subversivos, la  veracidad  de  las  delaciones  efectuadas  por  HUBERNEY  LOAIZA FONSECA, quien  admitió  su  condición  de  insurgente y relató el conocimiento que tenía de  MIGUEL   ANTONIO   GUTIÉRREZ   MARTÍNEZ,     alias    Caliche  (fl. 58-61, c. del Tribunal).   

Significa  lo  anterior  que,  aún  cuando  existieran  los yerros de falso juicio de identidad y falso raciocinio acusados,  éstos  carecerían   de trascendencia  para  mutar el sentido de la decisión, gracias a los elementos de  convicción  de  los  cuales  el  casacionista  no  se ocupó y que permitirían  mantener  la decisión impugnada.  En otras palabras, el libelista falta al  deber  de  demostrar  que  los yerros acusados tienen la idoneidad para derribar  la   totalidad   de   los  fundamentos  de  la  decisión de condena, razón por la cual su censura resulta  inocua para los efectos que se propone.   

En           conclusión,  la demanda presentada por el  defensor     de     MIGUEL    ANTONIO    GUTIÉRREZ  MARTÍNEZ       no  cumple   los   requisitos   de   lógica   y   debida  fundamentación,   motivo   por   el   cual   la  Sala  dispondrá       su  inadmisión.   

Por último, se advierte que del estudio del  proceso  no  se  vislumbra  violación de derechos fundamentales o garantías de  los  sujetos  procesales  que  amerite  el  ejercicio de la facultad oficiosa de  índole   legal   que  al  respecto  le  asiste  a  la  Sala  para  asegurar  su  protección.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

        R E S U E L V E   

1.          INADMITIR la  demanda    de   casación   presentada   por   el   defensor   de   MIGUEL        ANTONIO        GUTIÉRREZ       MARTÍNEZ.    En  consecuencia,  se  declara  DESIERTO      el  recurso.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO           

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBÀÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                             

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

                                                                                                                                   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Auto   de   25  de  febrero  de  2004,  Radicación:  21619   

2  Sentencia   de   8   de   junio   de   2006,   Rad:  23502   

3  Sentencia  de  casación  del  22  de  junio de 2000,  radicado No. 12.297   

4  Sentencia  de  casación  del  21 de febrero de 2001,  radicado No. 14.140   

5  Ver, entre otras, sentencia del 29 de agosto de 2002,  radicado No. 12300   

6  Sentencia   de   20   de   octubre   de  2005,  Rad:  19511   

7  Ibid   

8   Auto de 13 de febrero de 2008, Rad: 26746   

9   Auto de 13 de febrero de 2008, Rad: 26017   

10  Sentencia  de  16  de noviembre de 2001, radicación:  14361     

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