29011(31-03-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 29011  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARÍA    DEL    ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

Aprobado Acta No. 070.  

          Bogotá   D.C.,   marzo   treinta   y  uno  (31)  de  dos  mil  ocho  (2008).   

VISTOS  

          Decide  la  Sala  sobre  la admisibilidad de la demanda de casación  presentada   por   el  defensor  del  procesado  JOSÉ  SEBASTIÁN  BOLAÑOS  NONUYA  contra  la sentencia del  Tribunal  Superior  de  Barranquilla  –Sala     de     Justicia    y    Paz-1  de  fecha abril 26 de 2007, a  través  de  la  cual  confirmó,  con algunas modificaciones, la dictada por el  Juzgado  5°  Penal  del  Circuito  de Cartagena, que lo condenó como autor del  delito  de  homicidio en la persona de Nayibis Jiménez  Aguirre.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

Lo   primeros  fueron  declarados  por  el  Tribunal, en el fallo impugnado, de la siguiente forma:   

“Tuvieron  su  génesis  en  Cartagena, el  sábado  22  de  junio  de 2002, aproximadamente a las 2:00 p.m., cuando Nayibis  Jiménez  Aguirre,  de  27  años  de  edad,  salió de su casa sin avisar a sus  parientes  el lugar al que se dirigía, ni la(s) persona(s) con quien(es) se iba  a  encontrar.   La  ausencia  prolongada  de dicha mujer, preocupó a Lesvi  Jiménez  Aguirre,  hermana  de aquella, quien desde el día siguiente empezó a  indagar a familiares y amigos por el paradero de su consanguínea.   

El  24  de junio de 2002, en área rural del  municipio  de      Santa  Catalina  (Bolívar),  frente a un  potrero,  cerca  de  la hacienda La Vitrina, en la vía destapada que conduce de  esa  ciudad  a Galerazamba, la Policía adscrita a aquella población, encontró  a   la   joven   Nayibis   muerta,   con   cuatro   impactos   de   bala  en  su  humanidad.   

Desde  los albores de la investigación, los  parientes  de  la occisa señalaron a JOSÉ SEBASTIÁN BOLAÑOS NONUYA (retirado  de  la Armada Nacional), de entonces 52 años, como el posible responsable de la  muerte  de  Nayibis  Jiménez,  pues  ésta había sido la concubina de aquél y  para  el  momento  de los fatídicos hechos, la relación interpersonal entre el  sindicado  y  la hoy occisa, atravesaba una aguda crisis como consecuencia de la  ruptura  del  vínculo  sentimental  que los había unido durante más de cuatro  años”.   

Con  base  en  lo  anterior,  una  Fiscalía  Seccional  de        Cartagena dispuso la apertura  de   instrucción,   dentro   de   la  cual  vinculó,  mediante  diligencia  de  indagatoria,     a    BOLAÑOS    NONUYA,  a quien definió situación jurídica con medida de aseguramiento  de  detención  preventiva, sin beneficio de excarcelación, como presunto autor  del delito de homicidio agravado.     

         

          Cerrada  esta  fase  procesal, la Fiscalía Seccional 36 de la misma  ciudad  calificó  su  mérito  el  20  de  enero  de  2004,  con resolución de  acusación  en contra del procesado, por el mismo delito que sustentó la medida  detentiva,  agravado,  de  conformidad  con  los  numerales  3°, 4° y 7 ° del  artículo 104 del C.P.   

          Ejecutoriada  la  decisión  anterior,  se  remitió el proceso para  adelantar  la  etapa  del juicio, cuyo conocimiento correspondió al Juzgado 5°  Penal  del  Circuito  de  Cartagena,  despacho  que, una vez dispuso el trámite  legal  pertinente,  dictó  sentencia  el  8  de  febrero  de  2005, mediante la  cual    condenó  a JOSÉ SEBASTIÁN BOLAÑOS  NONUYA  como  autor  del delito de homicidio, atenuado  por  el  estado  de  ira, a la pena principal de cincuenta y siete (57) meses de  prisión  y  a  la  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  por  el mismo lapso.  En la misma decisión, le negó  el  subrogado  de  la  suspensión  condicional  de la ejecución de la pena, le  sustituyó  la  pena  de  prisión  por  domiciliaria  y  lo condenó al pago de  perjuicios  morales,  mientras  que  se  inhibió  de condenarlo por materiales.   

          En  contra  de  la  providencia  anterior,  el  representante  de la  Fiscalía  y el apoderado de la parte civil interpusieron recurso de apelación,  sobre  los  cuales  se  pronunció el Tribunal Superior de Barranquilla el 26 de  abril de 2007, adoptando las siguientes determinaciones:   

          -Confirmó  parcialmente  el  fallo  impugnado,  en cuanto encontró  responsable  al  procesado  del delito de homicidio en la persona de  Nayibis Jiménez Aguirre, pero revocó el  reconocimiento  de la circunstancia de atenuación atinente a haber actuado bajo  el estado de ira e intenso dolor.   

   

          –  Igualmente  lo  revocó  en  cuanto  dedujo las circunstancias de  agravación  específicas para el delito de homicidio previstas en los numerales  3°, 4° y 7° del artículo 104 del C.P.   

– Como consecuencia de lo anterior, modificó  las  penas  a  imponer  a  BOLAÑOS NONUYA   a   veintiocho   (28)   años  de  prisión  y  la  accesoria  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas a veinte  (20) años.   

    

* También,  por  virtud  de  lo  señalado,  revocó  el  beneficio  de  la  prisión  domiciliaria,  ordenando  el  traslado  inmediato del procesado a un centro carcelario.     

    

* Y, finalmente, adicionó la sentencia en el  sentido  de  imponer  la  pena accesoria de privación del derecho de tenencia y  porte de arma por el término de quince (15) años.     

Inconforme  con la determinación de segunda  instancia,  la  defensa  del  sindicado interpuso y sustentó, mediante demanda,  recurso  extraordinario  de  casación, cuya admisibilidad procede a estudiar la  Sala.   

LA DEMANDA  

          Un  cargo  formula  el defensor del procesado en contra del fallo de  segundo  grado,  con fundamento en la causal primera de casación prevista en el  artículo  207  de  la  Ley  600  de  2000,  por  violación indirecta de la ley  sustancial  “pues  se  desconoció  la ira e intenso  dolor  que consagra el artículo 57 ya citado, para aceptar como demostrados los  agravantes  de  que  tratan  los  numerales  3,  4  y  7  del  artículo  104 en  referencia,   incurriéndose   en  error  por  parte  del  juzgador  al  aplicar  indebidamente    los    numerales   4    y   7   del   artículo   104   ya  citado”.   

El casacionista comienza por señalar que los  referidos  yerros  se  concretan  cuando  el  Tribunal  aduce que la conducta se  cometió  por  motivo abyecto o fútil, prevista en el numeral 4° del artículo  104  del  C.P., con lo cual “iguala dos situaciones o  circunstancias  de  hecho,  que  deben  ser  analizadas en forma diferente, pues  cuando  se  habla  de  motivo  abyecto  o  fútil,  es un relación causal entre  víctima  y  victimario,  que  denota con protuberancia un desprecio del primero  hacia  el segundo; y, en el caso que nos ocupa, esa circunstancia no se edifica,  y   así   podemos  verificarlo  del  material  probatorio  que  aparece  en  el  expediente,  donde sólo la pasión, el sentimiento de pareja, aunque de hecho y  ocasional,    existente   Nayibis   (sic)  Jiménez Aguirre y JOSÉ SEBASTIÁN BOLAÑOS NONUYA, crearon en el  último  esa  relación  de  dependencia, y por ello fue que nacieron los celos,  tal  como  lo  ha resaltado la Sala, pero los mismos no pueden ser interpretados  con  la  sensación de odio, sino que los mismos están vertidos a la sensación  de amar”.   

Lo  anterior,  agrega, porque el juzgador de  segundo  grado no analizó el delito pasional desde su real dimensión, pues, en  tales  casos,  lo  que  interesa  es  que  el agente obre bajo los efectos de la  emoción,  del  raptus emotivo  que avasalla la conciencia e inhibe la voluntad.   

En  ese orden de ideas, para el actor, surge  inexistente  la  agravante  del  numeral  4°  del  artículo  104  “ya  que  además  de  ese  aspecto  síquico  del incriminado, se  advierte  en  él  un  sujeto no peligroso, lo que aparece totalmente probado en  las  foliaturas,  ya que no registra antecedentes, y se repite, es que su actuar  nunca  estuvo  influenciado  por  el  desprecio a su víctima, sino que ello fue  producto  del  poder  acumulativo frente a las dudas que le embargaban de tiempo  atrás”.   

Acto  seguido,  discurre en relación con la  agravante  contemplada  en el numeral 7° del mismo artículo, al considerar que  el  juzgador  incurrió en error cuando para su imputación partió del hecho de  que  el  procesado  condujo  a la víctima a un lugar en donde se le dificultaba  pedir  socorro,  con  la  ventaja  de  no  ser  descubierto  fácilmente, porque  “es  una  apreciación  que además de desfasada, la  misma  se  advierte  ligera,  y  no  propia  de  la relación misma habida entre  víctima  y victimario, y que para que la circunstancia en cita se pueda aceptar  como  tal,  no  es suficiente que el estado  de indefensión e inferioridad  exista materialmente”.   

Además,  prosigue, no se tuvo en cuenta que  el  sitio  donde  ocurrieron  los  hechos fue escogido por la víctima y que era  costumbre  de  la  pareja acudir a esos parajes debido a la clandestinidad de su  relación.   

Luego  de elevar algunos reparos a las citas  jurisprudenciales  y  doctrinarias del Tribunal y de advertir que en el fallo se  desestimó  el  proveído  de  primer  grado  por haberle dado credibilidad a la  confesión  del  procesado,  indica, además, que “la  sentencia  de segunda instancia, de manera equivocada, y sin respaldo probatorio  alguno,  se  apartó  del  contenido analítico que con fundamento en las reglas  que  señala  el  artículo  238  del  C.  de  P. Penal, hizo el juez de primera  instancia”.   

Así, señala que a partir de la confesión  de  su  defendido  rendida  el  17  de  agosto  de 2003, cuyo texto parcialmente  transcribe,  no  se  puede  desconocer  el estado de ira e intenso dolor con que  actuó,  pues  ello  conduciría  a “violar todas las  reglas  de  la  sana  crítica, porque esa libertad probatoria que tiene el juez  penal,  autorizada  por  nuestro ordenamiento procesal, no puede facultarlo para  ser caprichoso”.   

Una  correcta  valoración  en  este  caso,  añade,  exigía  conocer  los  antecedentes  del  hecho,  tal como surgen de la  confesión   de   su   defendido   y   de   la   declaración   de  Lilia  Esther Suárez Aguirre, esta última  por  advertir  que  la  muerte  de  su  familiar  fue  ocasionada por los celos,  mientras  que el fallo se basa, para deducir lo contrario, en meras suposiciones  “e  inferencias de premisas no existentes, porque la  circunstancia  de que el implicado manifestara que para la comisión del injusto  investigado,  utilizó  otra  arma  de  fuego,  y no la de él por estar recién  engrasada,  de  manera alguna desvirtúa, desnaturaliza su confesión, porque en  la     indagatoria     nunca     se    hizo    esa    aclaración”.        

De   la  misma  forma,  tampoco  encuentra  admisibles  las  elucubraciones  del  Tribunal  para inferir que la conducta fue  premeditada  sobre  la  base  de que su prohijado no cometió la conducta con el  arma  de  su propiedad sino que pidió una prestada para no ser descubierto, o a  partir  del número de llamadas que realizó al celular de la occisa antes de su  violento  deceso, o de las que hizo a su casa -luego de perpetrado el hecho- con  el  objeto  de  hacer  creer  que  no  se  había  visto  con ella el día de su  ocurrencia,  así  como  por no haber facilitado la suma de dinero que requería  la progenitora de la víctima.   

En  esa  medida,  le  parece  desconcertante  “que  se haya dado al traste con una decisión justa  como  la plasmada en la sentencia de primera instancia, tachándola como lo hace  la   Sala,  y  como  consecuencia  de  ello,  supone unos agravantes que no  existieron”, a lo cual se suma que por ninguna parte  está  demostrado  que  su  patrocinado  haya  cometido la conducta por precio o  promesa  remuneratoria  en  los  términos del numeral 4° del artículo 104 del  estatuto sustantivo penal.   

Esto  último,  destaca, porque “en  esta modalidad de asesinato es indispensable la intervención  de  dos  personas:  el mandante que determina a otro a cometer el homicidio  por  precio o promesa remuneratoria;  y el mandatario que ejecuta el delito  por interés de la paga”.   

Con  base en lo expuesto, estima que en este  caso  debe  reconocerse  el  actuar bajo estado de ira e intenso dolor, dado que  “esa  versión  del  procesado  aparece  totalmente  corroborada,  confirmada, y por ende se hace exigible darle credibilidad, ya que  en  este  informativo investigativo, la determinación de la responsabilidad del  procesado  se  centra  en  la  confesión  que  del  hecho  hiciera  él  en  la  indagatoria     rendida    el    17    de    agosto    de    2003”.   

Por  consiguiente,  como  en  su criterio la  conducta  no  fue el resultado de un estado frío, sereno, tranquilo y ponderado  del  sindicado,  “sino  que  ello fue producto de la  ruptura  de  su  sentimiento,  la  emoción súbita”,  solicita  casar  el  fallo  recurrido  con  el  objeto  de  que  se reconozca la  atenuante  de  la  ira  concedida  en  la  sentencia  de  primera instancia y la  inexistencia  de  las  agravantes 4 y 7 del artículo 104 del C.P., “lo  que  conllevaría  consecuencialmente  a  una rebaja de penas  ostensible,  pero  acorde  con  la  realidad jurídica probatoria”.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          Es  evidente  que  el único reproche contenido en la demanda objeto  de  examen  desconoce  las  exigencias  de  lógica  y debida argumentación que  regulan este extraordinario recurso, lo cual impone su inadmisión.   

De  conformidad  con  el  numeral  3°  del  artículo  212  de  la Ley 600 de 2000, la demanda de casación deberá contener  “La  enunciación de la causal y la formulación del  cargo,  indicando  en  forma clara y precisa sus fundamentos y las normas que el  demandante  estime infringidas”.  Así mismo, en  el  siguiente numeral de la misma preceptiva, también se exige que “si  fueren  varios  los  cargos,  se  sustentarán  en capítulos  separados”  y  que  “es  permitido       formular       cargos      excluyentes      de      manera   subsidiaria”.     

Pues  bien,  en  el  caso  de  la especie es  indiscutible  que  la  propuesta  del casacionista no se presenta de acuerdo con  los  presupuestos  que  vienen  de  verse y que, por tanto, se ha de proceder de  conformidad   con   la  consecuencia  procesal  prevista  en  el  artículo  213  ibídem.   

En  efecto, la censura está orientada a que  se  restablezca  el fallo de primera instancia en cuanto reconoció al procesado  BOLAÑOS  NONUYA la atenuante  punitiva  de  la  ira  e  intenso  dolor  y con el objeto de que se supriman las  circunstancias  de  agravación  específicas del delito de homicidio contenidas  en  los  numerales  4°  y  7°  del  artículo  104  del C.P., deducidas por el  ad-quem   y   expresamente  imputadas en la resolución de acusación.   

Y,  aunque  en  principio  pareciera, por la  manera  como  se  presenta  el  enunciado  del  reparo,  que  su cuestionamiento  también  se  extiende  a  la  supresión  de  la  circunstancia  de agravación  específica   del   numeral   3°  ibídem,  atribuida  igualmente  en  la  sentencia  del  Tribunal  de forma  congruente  con  los términos de la resolución acusatoria, lo cierto es que de  ese  tema  no  se  vuelve  a  ocupar  a  lo  largo  de su planteamiento ni en su  petición  final,  en  donde concretamente aboga por que se prescinda de aplicar  las restantes circunstancias de agravación ya referidas.   

Para  la  Sala  es claro, se insiste, por la  forma  como  son  abordadas  estas temáticas en el libelo, que existe relación  entre  el reconocimiento de la circunstancia atenuante de la ira e intenso dolor  con  la  atribución de la agravante específica para el delito de homicidio del  numeral  4°  del  artículo  104  de  la  Ley  599  de  2000,  en lo que atañe  concretamente  a   la  comisión  de la conducta por motivo abyecto, pero a  partir  de  las  mismas  explicaciones  suministradas  por  el  libelista  no se  evidencia  conexión  alguna  con  la  contemplada en el numeral 7° de la misma  preceptiva.   

En   ese  orden  de  ideas,  esta  última  propuesta,  dada  su  evidente  diversidad  conceptual,  ha  debido plantearse a  través  de un cargo independiente y no al interior de uno solo, como lo hizo el  censor,  en detrimento de la lógica y claridad que debe exhibir el libelo, como  así  lo  exige  el  aludido  numeral  4°  del  artículo  212 de la Ley 600 de  2000.   

Además,  dicha  actitud  también  implica  desconocer   el  denominado  principio  de  autonomía  regente  de  este  medio  extraordinario  de  impugnación,  según  el  cual, las diversas propuestas que  apunten  hacia  el  resquebrajamiento  del  fallo  deben ser esbozadas de manera  independiente,   con   el   propósito   de  evitar  mixturas  argumentativas  y  conceptuales entorpecedoras de su cabal comprensión.   

Sobre   ese   mismo   particular,   llama  poderosamente  la atención que el casacionista haya abordado el tema relativo a  la  circunstancia  contenida en la primera parte del tantas veces citado numeral  4°  del  artículo  104,  en relación con la agravante por haberse cometido la  conducta    homicida    “por   precio”         o       “promesa  remuneratoria”,  habida  cuenta  que,  por  un lado,  comporta  una  situación claramente diferenciable de la agravación derivada de  haber  actuado  “por  motivo  abyecto”,  y  de  otro,  dado que de aquélla no se ocupó el Tribunal en el  fallo  impugnado, ni tampoco fue incluida en el pliego acusatorio, de manera que  resulta  inexplicable  su  cuestionamiento  en  la demanda, lo cual sólo aporta  mayor perplejidad y confusión a la censura.   

Pero  el  mayor  defecto que acusa el libelo  radica  en  que  no  obstante  cuestionar  el  fallo por la causal de violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  su desarrollo no es afín con alguna de las  diversas  modalidades  previstas  para tal efecto por los denominados errores de  hecho  o  de derecho en la apreciación probatoria, comprendiendo el primero los  llamados  falsos  juicio de existencia, de identidad o raciocinio y, el segundo,  falsos  juicios de legalidad o convicción, cuya verificación genere violación  de  la  ley  sustancial,  bien  porque el precepto aplicado no debió serlo o en  cuanto se dejó de aplicar el llamado a regular el caso.   

Contrario   a   la   elaboración   de  un  cuestionamiento  compatible  con  las anteriores alternativas admisibles en esta  sede  para  cuestionar  la  apreciación de las pruebas, en especial la versión  del  procesado rendida el 23 de agosto de 2003 -en la cual luego de haber negado  en  varias oportunidades la comisión de la conducta ante la contundencia de las  pruebas  incriminatorias  opta  por  admitir  su  responsabilidad-  lo  que  sin  dificultad  alguna  se  logra  advertir  es  que  la  censura  se circunscribe a  confrontar  el  criterio  del  Tribunal, inclinado a inferir que la conducta fue  premeditada,  con  su  convicción  personal e íntima en sentido opuesto con el  fin  de  que  se  reconozca  el  actuar  bajo estado de ira e intenso dolor y se  prescinda  de  las  circunstancias  específicas  de  agravación  del delito de  homicidio  contenidas en los numerales 4° y 7° del artículo 104 de la Ley 599  de  2000,  pero  ello  con  el único y exclusivo fin de que prevalezca sobre el  consignado en el fallo.   

Sin  embargo,  como lo ha reiterado la Sala,  esa  forma de abordar la censura no tiene cabida en esta sede extraordinaria por  no  estar concebida como una tercera instancia y porque tampoco logra desvirtuar  la  doble presunción de acierto y legalidad que gobierna al fallo, para lo cual  es  preciso  demostrar,  de  acuerdo  con  la  causal de casación seleccionada,  yerros  trascendentes en la apreciación de las pruebas con incidencia en la ley  sustancial.   

Por  otro  lado,  su  referencia  insular al  desconocimiento  de  las  reglas de la sana crítica no alcanza a estructurar un  error  de  hecho  por  falso  raciocinio,  no sólo porque continúa en la misma  tónica  de  cuestionar  en  forma  abstracta  la  apreciación probatoria, sino  porque   no   satisface   el    presupuesto   mínimo   exigido   para   su  configuración,  como  lo es la identificación exacta del postulado lógico, la  regla científica o la máxima de la experiencia quebrantada.   

Los  anteriores defectos del libelo, impiden  extraer  “de  forma  clara y precisa” los  fundamentos  de  la  causal y del cargo invocados, por lo cual,  como  se  indicó  desde el comienzo, la decisión que se ofrece razonable es la  de  inadmitirlo.   Además,  porque el principio de limitación que regenta  este  medio  extraordinario de impugnación, cuya regulación se encuentra en el  artículo  216  de  la  Ley  600  de  2000,  impide  a  la  Corte  subsanar  las  incorrecciones anotadas.   

          Lo  anterior  constituye razón suficiente para inadmitir la demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  JOSÉ  SEBASTIÁN  BOLAÑOS NONUYA y devolver el expediente al  despacho  de  origen,  como  lo  indica el mencionado artículo 213 ibídem.   Adicionalmente,  porque no  se  advierte que se haya incurrido en violación de garantías fundamentales que  reclame la intervención oficiosa de la Sala.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE  

         

INADMITIR la demanda  de  casación interpuesta por el defensor del procesado  JOSÉ  SEBASTIÁN  BOLAÑOS  NONUYA,  por  las razones  consignadas en la anterior motivación.   

          Contra esta providencia no procede recurso alguno.   

Notifíquese y cúmplase,  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO            MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE LEMOS   

AUGUSTO       J.       IBÁÑEZ  GUZMÁN                 JORGE                                LUIS                               QUINTERO  MILANES              

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                         JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA       

JAVIER ZAPATA ORTÍZ  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Concimiento  asignado  mediante  Acuerdo  PSAA07-3935 del 22 de febrero de 2007.     

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