27897(29-07-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 27897  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº  207  

Bogotá  D.C.,  veintinueve (29) de julio de  dos mil ocho (2008).   

V   I   S   T   O   S   

La  Sala  resuelve sobre los presupuestos de  lógica  y  debida  argumentación  de la demanda de casación presentada por el  defensor     del    procesado    WILSON    GONZÁLEZ  LEAL.   

H E C H O S  

Así los resumió el sentenciador de segundo  grado:   

“Tuvieron  su  desarrollo  el  1º  de julio de 2003, en la carrera 3ª con calle 5 sur, Barrio  Las  Brisas  (Bogotá),   a una hora aproximada de las seis de la tarde, en  momento  en  que  CARLOS  ALBERTO  SARMIENTO  MARTÍNEZ y WALTER JAVIER SÁNCHEZ  BARRERA  se dedicaban al consumo de marihuana, cuando apareció un muchacho que,  una  vez los avistó, se devolvió rápido para reaparecer en compañía de otro  individuo  quien  increpó a CARLOS ALBERTO SARMIENTO, diciéndole: “… yo le  advertí  que  conmigo no se metiera…”, al tiempo que esgrimía un revólver  para  de  inmediato  dispararlos repetidamente en contra de la humanidad del hoy  occiso.   También  sacó  otra  arma  de fuego y la disparó contra WALTER  diciéndole          “usted          también          muérase…”.   

“Como consecuencia  del  anterior  acto  aleve,  perdió  la  vida,  como se dijo, CARLOS ALBERTO, y  quedó gravemente herido WALTER”.   

A N T E C E D E N T E S  

1.   Por  los  anteriores  hechos,  el  16 de enero de 2004 (fl. 182-188, cuaderno original 1),  la      Fiscalía      8ª      Seccional      de      Bogotá      acusó  a  WILSON  GONZÁLEZ    LEAL,    por  las  conductas  punibles de homicidio, en concurso con  homicidio  en  grado de tentativa y “porte de arma de  fuego  de  defensa  personal” (artículo 103, 27, 365  de    la    ley    599    de    2000),   decisión   que   cobró   ejecutoria  el  26  de enero de 2004.    

2.   La etapa  del  juicio la tramitó el Juzgado 39 Penal del Circuito de Bogotá que, el 2 de  diciembre  de  2004, dictó sentencia (fl. 150-164, c.o. 2) por medio de la cual  condenó    a   WILSON   GONZÁLEZ   LEAL  a  la  pena  principal de 228 meses de prisión, a la accesoria de  inhabilitación  para  el   ejercicio de derechos y funciones públicas por  un  periodo  igual  al de la pena principal, así como al pago de los perjuicios  generados  por  los  delitos, como autor de las conductas punibles de homicidio,  en  concurso  con  homicidio  en  grado  de tentativa (artículo 103 del Código  Penal),   al   tiempo   que   lo   absolvió   del   delito  de  “porte    ilegal    de    armas   de   defensa   personal” (artículo 365 del Código Penal).    

3.  Apelada la  sentencia   por   el   defensor  de  WILSON  GONZÁLEZ  LEAL,  el Tribunal Superior de Bogotá la modificó     parcialmente,   al   reducir  la  pena  principal  a  211  meses  de  prisión, y la  confirmó    en    todo    lo   demás   (fl.   54-66,   cuaderno   de   segunda  instancia).   

L  A      D  E  M  A N D  A    D E   C A S A C I Ó N   

El  defensor  del  procesado  WILSON  GONZÁLEZ  LEAL presenta demanda de  casación  en  la  que  postula un cargo principal por nulidad y uno subsidiario  por  violación  indirecta  de la ley sustancial (fl. 342-345), cuyos argumentos  se sintetizan así:   

Cargo  principal:  nulidad por violación al  principio de investigación integral.   

De conformidad con la causal 3ª de casación  que  describe el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, el demandante acusa que la  sentencia  fue  proferida en un juicio viciado de nulidad por razón de un yerro  de  actividad  que afecta el  debido  proceso y el derecho de defensa, en particular por el desconocimiento al  principio de investigación integral.   

En desarrollo del cargo, el libelista señala  que  el  testimonio  de WALTER JAVIER SÁNCHEZ BARRERA, sujeto indocumentado que  resultó  lesionado  como  consecuencia de los hechos, no pudo ser controvertido  por  la  defensa en su práctica ante la fiscalía instructora.  Agrega que  en  la  etapa  de la causa, el mismo testimonio fue solicitado y decretado, pero  la   comparecencia   del  testigo  no  se  logró  pese  a  que  “se  intentó  su  ubicación  mediante  envío  de  los antecedentes  judiciales  al  Departamento  Administrativo  de  Seguridad, DAS y a la Policía  Metropolitana  de Bogotá”, y a que se solicitó a la  defensa   del   procesado   la   identificación   del   aludido  declarante  de  cargo.   

El  demandante,  agrega,  que  durante  la  audiencia  pública  la  defensa,  en  dos  oportunidades,  solicitó al juez de  conocimiento  la  suspensión  de  la diligencia hasta que fueran adjuntados los  antecedentes  penales  y  policivos,  así  como  la  plena  identificación del  testigo  SÁNCHEZ  BARRERA,  e insistió en la importancia de su testimonio para  efecto  de  ejercer  su  controversia;  no obstante, el juez decidió no ejercer  medidas   de   coerción   contra   el   testigo  renuente,  ni  “hacer  generar  derechos  a  favor  de  quien,  con  persistencia  y  paciencia,  trató  por  todos  los  medios  de  hacerle  ver a la judicatura la  necesidad    de    que    el    testigo    de   cargo   compareciera”.   

Pese  a lo anterior -aduce el casacionista-,  los  falladores  de  instancia  concedieron  credibilidad  a la declaración que  SÁNCHEZ  BARRERA  rindió  ante  la  fiscalía el mismo día de los hechos, sin  advertir  que  la  única manera de ponderar su credibilidad era “permitiendo  el  ejercicio  del derecho de contradicción de su  testimonio”.   

Tras recordar los presupuestos que ha fijado  la  Corte cuando de invocar la violación al deber de investigación integral se  trata,  el  libelista,  al referirse a la trascendencia del medio de convicción  omitido,   señala   que   éste   era   “totalmente  pertinente,  útil,  sin  que  hubiesen actos positivos externos por parte de la  judicatura   para  su  recaudo  (los  mismos  fueron  tenues  y  precarios),  se  justificaba   su  trascendencia,  pues  se  requería  la  controversia del  testimonio  para  enseñarle  a la judicatura, por ejemplo, cuál había sido el  móvil  de  la  agresión,  pues  el proceso quedó huérfano sin que se hubiese  esclarecido  esa  importante  circunstancia  que nos hablara desde qué horas se  encontraba  consumiendo  sustancias  alucinógenas,  cuál  la  razón  para  no  presentarse  ante  la  autoridad,  que  hablara  de sus antecedentes personales,  familiares  y  sociales,  el  nivel  de percepción, si existió alguna clase de  enemistad  entre  el procesado y el obitado que explicara el móvil del crimen y  demás  aspectos  importantes  que  se hubieran derivado de la misma”.   

El   censor   agrega  que  “si  se  hubiera  intentado  la  conducción de dicho testimonial, la  suerte  del  proceso hubiera sido diferente, o al menos habiéndose explicado el  móvil   que   condujo   a   GONZÁLEZ   LEAL   a  defender   su   humanidad   de   la   agresión  que  fue presuntamente  víctima”.   

Como  consecuencia  del  vicio  alegado,  el  demandante  solicita  se  case  el  fallo  para  que en su lugar “se  decrete  la  nulidad,  para  que se intente en sede de la causa,  continúe  en  fase  de  pruebas  para  que  el  fallador  realice intentos para  garantizar         el        derecho        de        contradicción”.      

Cargo      subsidiario:      falso  raciocinio   

De  conformidad  con el cuerpo segundo de la  causal  primera  de  casación  que  describe  el artículo 207 de la Ley 600 de  2000,  el  demandante  acusa a la sentencia de violar de manera indirecta la ley  sustancial   por   vía   del   error   de  hecho,  en  la  modalidad  de  falso  raciocinio.   Sostiene  que  el  yerro  condujo  al  sentenciador a aplicar  indebidamente  el artículo 103 del Código Penal, y a inaplicar el 57 del mismo  estatuto.   

El  demandante argumenta el reparo afirmando  que   el   fallador  desconoció  la  regla  de  experiencia,  según  la  cual,  “nadie ataca a una persona con el objeto de causarle  la muerte sin ningún motivo”.   

El  yerro  acusado  condujo  al  juzgador  a  otorgar  credibilidad  al  dicho de WALTER JAVIER SÁNCHEZ BARRERA, sin advertir  que  de  los  testimonios  de  Arturo  Sanabria  Castro y Francisco Javier Amaya  Rodríguez  se  evidencia que el procesado actuó en estado de ira provocado por  el  asalto  de  que  había sido víctima, el cual constituyó un comportamiento  grave,  ajeno  e  injusto,  que  desencadenó su comportamiento.  Agrega el  libelista  que  el  fallador  apreció  dichos  testimonios, pero, por razón de  inconsistencias  intrascendentes,  no  advirtió que demostraban el móvil   del  crimen.   El  yerro anterior condujo al juzgador a dar credibilidad al  testimonio   de   SÁNCHEZ   BARRERA,   quien   “no  suministró  una  adecuada  justificación  a la reacción del agresor, sino que  ocultó  el  real  móvil,  quizás por verse inmiscuido en un proceso por haber  sido        atentatorio        del       patrimonio       económico”.   

Como   consecuencia   de  lo  alegado,  el  demandante  solicita  a la Sala que case el fallo y profiera el de reemplazo con  aplicación de la atenuación del artículo 57 del Código Penal.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.  El  recurso de  casación,  como lo tiene dicho la Sala, no es una tercera instancia del proceso  penal   ni   un  escenario  encaminado  a  desaprobar  de  cualquier  manera  la  apreciación  de  la  prueba  que  hace  el juzgador, como tampoco para detectar  cualquier clase de vicio en el trámite procesal.   

El recurso de casación está limitado a los  posibles  errores  ostensibles  y  trascendentes  que  se  pueden  cometer en el  proceso,  y ellos se encuentran sintetizados en los motivos legales que lo hacen  procedente,  para el presente caso los previstos en el artículo 207 del Código  de  Procedimiento  Penal  de  2000  que  fue  con  sujeción  al cual la defensa  presentó la demanda.   

Si  la  legalidad  de  la  sentencia  está  condicionada   a   que  la  actuación  se  haya  surtido  con  observancia  del  debido  proceso y a que a las  partes    se   les   hayan   respetado   en   el   trámite   sus   garantías      fundamentales,     las  irregularidades  que  afecten  la  estructura  procesal,  o  que  lesionen  esas  garantías,  son  temas  que hacen parte del objeto del recurso extraordinario y  que,  de  acuerdo  a como lo tiene definido la Corte, imponen al casacionista el  deber  de  definir,  en cada caso, el tipo de vicio que se denuncia –si     de     trámite     o     de  garantía—,  el  carácter  sustancial  del  mismo,  el  momento  procesal  desde  el cual se debe anular el  proceso   y   la   razón   por   la   cual   debe   acudirse   a   ese  remedio  extremo.   

El  casacionista no debe perder de vista que  la  lógica  del proceso se refleja en las causales legales que permiten acceder  al  medio  de  impugnación  extraordinaria,  y  que los deberes de una correcta  postulación  y  debida  fundamentación  encuentran  su razón de ser en que el  recurso  es  de  naturaleza rogada, por lo que exige un mínimo de claridad y de  coherencia  en  la  manera  de  la  presentación del caso anta la Corporación,  razón  por  la  cual no es procedente el sustento argumentativo que se funda en  vaguedades  o que se encamina a buscar que la Sala analice las pruebas como juez  de  instancia,  sino  que  es  necesario  enunciar  con toda claridad qué error  trascendente   cometió  el  juzgador  y  acompañar  dicho  enunciado  con  los  argumentos que persuadan sobre su ocurrencia.   

Los  anteriores  presupuestos  explican  la  exigencia  legal  de claridad y precisión en la enunciación de la causal, así  como  en  su  postulación  y  desarrollo  del  cargo,  tal como lo establece el  numeral 3º del artículo 212 de la ley 600 de 2000.   

En el caso que ocupa la atención de la Sala,  se  observa  que  las  anteriores exigencias no fueron satisfecha, razón por la  cual  la  Sala  desde ya anticipa  que inadmitirá  la demanda.   

2.  Ahora bien,  vista  la  irregularidad  que pregona el casacionista a través del cargo  principal, la Sala estima necesario  recordar   que   cuando  se  trata  de  violación  al  principio  de  investigación integral, al libelista le  corresponde   señalar  en forma concreta el elemento de persuasión dejado  de  allegar  a  la  investigación,  fijando  su  idoneidad legal y fáctica, es  decir,  su  particular relevancia dentro del proceso, supuesto que exige definir  cuál  es  su  conducencia  y  verdadera  utilidad, única manera de observar su  trascendencia  por  traer  al  expediente  un  conocimiento  más real sobre los  hechos.   

Los  anteriores derroteros permiten concluir  que   el   argumento   con   el   cual  el  censor  desarrolla  el  cargo  principal es deficiente, comoquiera  que,  si  bien  es  cierto  atina  en  señalarle  a  la  Corte  que el medio de  convicción  dejado  de  practicar fue la declaración del testigo WALTER JAVIER  SÁNCHEZ  BARRERA,  también  lo  es  que deja su razonamiento a mitad de camino  porque  no  acredita que la práctica de la prueba aludida eventualmente habría  de modificar el sentido del fallo.   

El  libelista  intenta  cumplir  con  dicho  presupuesto  a  través  de expresiones genéricas, tales como que la prueba era  “totalmente    pertinente,    útil…      se      justificaba      su  trascendencia”,  las  cuales  en  nada contribuyen a  demostrar  cómo  su  omisión  vulneró  el  derecho  de  defensa;  además, el  libelista  pretende  demostrar  la trascendencia de la prueba omitida, afirmando  que   ésta  podría  aclarar  ciertos  aspectos,  entre  ellos  “cuál  había sido el móvil de la agresión, pues el proceso quedó  huérfano  sin  que  se hubiese esclarecido esa importante circunstancia que nos  hablara  desde  qué  horas  se encontraba consumiendo sustancias alucinógenas,  cuál  la  razón  para  no  presentarse  ante  la autoridad, que hablara de sus  antecedentes  personales,  familiares  y  sociales,  el nivel de percepción, si  existió  alguna  clase  de  enemistad  entre  el  procesado  y  el  obitado que  explicara  el  móvil  del  crimen y demás aspectos importantes que se hubieran  derivado de la misma”.   

El  anterior razonamiento no es idóneo para  los  efectos  que  el  libelista  se  propone  porque,  como  la  Sala  ya la ha  decantado,   lo   relevante   para  predicar  la  violación  del  principio  de  investigación  integral  no  es  la  omisión  probatoria en sí misma, sino la  eventualidad  de  que aquello que la prueba traiga al proceso tenga la capacidad  de  modificar  el  estado probatorio de la actuación, y de allí la de mutar el  sentido  del  fallo;  en  otras  palabras,  como  la  Corte  lo ha precisado, la  trascendencia   de   la   omisión  “deviene  de  su  oposición  a  la  lógica  del fallo, pues sólo si lo desquicia imponiendo una  orientación   distinta   de   la   que   el  mismo  contiene,  el  cargo  puede  prosperar”1.   

Este  último  aspecto  es  el que censor no  demuestra,  toda  vez  que  no  dice  de qué manera la ilustración del testigo  acerca  de  cuánto tiempo hacía que consumía estupefacientes, sus condiciones  familiares  y  sociales,  las razones por las que no se presentó inmediatamente  ante    la    autoridad    “y    demás   aspectos  importantes”,  habrían  de conducir a una decisión  favorable al procesado.   

El  argumento  del  impugnante  no  pasa  de  señalar  de  qué  manera  la  defensa  podría  interrogar  al  testigo  si se  reabriera  el  debate  probatorio,  pero  sin  acreditar que el ejercicio de esa  particular  manera de controvertir la prueba habría de conducir a una solución  diferente.   

De otra parte, también la Corte ha precisado  que    la    práctica    probatoria    se   halla   sujeta   a   criterios   de  razonabilidad2,  de  manera que si el libelista admite que la prueba fue decretada  y  el  funcionario judicial hizo intentos para conocer la ubicación del testigo  y    obtener    su    comparecencia   –entre  ellos  el  requerimiento  al  Departamento  Administrativo de  Seguridad  y  Policía  Nacional,  así  como al mismo defensor- tales esfuerzos  descartan  una  deliberada  pasividad  probatoria  por  parte  de  la  fiscalía  instructora o del juez de conocimiento.   

En efecto, en la actuación cuyo estudio que  ocupa  la  atención  de  la Sala, se evidencian las acciones realizadas por los  funcionarios  judiciales   para  establecer  el paradero del testigo WALTER  JAVIER    SÁNCHEZ    BARRERA,    los    cuales    no    arrojaron    resultados  positivos:   

Véase cómo el testigo SÁNCHEZ BARRERA fue  escuchado  en  declaración  el  mismo día de los hechos; en esa oportunidad no  precisó  su  lugar  de  residencia,  sólo atinó a señalar que residía en el  sector  de  la  Roca  y  suministró  un  número telefónico.  Las labores  investigativas  adelantadas  por  servidores públicos con funciones de policía  judicial  no  lograron  ampliar  dicha  información  (fl.  38); tampoco, al ser  atendido  SÁNCHEZ  BARRERA  en  la  Clínica  San  Blas,  dejó dato alguno que  permitiera  su  identificación  o localización (fl. 194); durante la etapa del  juicio,  se  dejó  constancia  de  la  llamada telefónica efectuada al número  telefónico  que  suministró,  y  tampoco allí fue ubicado (fl.41, c.o. 2); el  proceso  demostró  que  ningún registro con el nombre del testigo figura en la  Policía Metropolitana de Bogotá (fl. 55, c.o. 2).   

Ante  la  fuerza  de lo evidenciado, la Sala  estima  que  se  sale  de  todo  criterio  de  razonabilidad  la pretensión del  casacionista,  según  la  cual,  se  debe  decretar  la  nulidad de parte de lo  actuado  con  el  fin  de  que  se  disponga  la localización y conducción del  testigo   WALTER   JAVIER  SÁNCHEZ  BARRERA,  toda  vez  que  los  funcionarios  judiciales  agotaron  todos los mecanismos razonables e idóneos para ello y, en  todo  caso,  el  proceso  no  ofrece  información útil que permita cumplir ese  cometido.   De  antemano,  es  posible  anticipar  que los esfuerzos en tal  sentido serán estériles.   

Pero  lo  anterior  no  permite afirmar, sin  más,  que  a  la  defensa  le  hubiese sido desconocido el derecho a ejercer la  controversia  probatoria, en la medida que, una vez más, la Sala insiste en que  el  interrogatorio al testigo no es el único mecanismo con que cuenta el sujeto  procesal  para efectos de ejercer el aludido derecho, habida cuenta que éste se  hace   efectivo   también  a  través  de  otros  actos  procesales3  -que en este  caso   fueron   utilizados   por  la  defensa  del  procesado-  entre  ellos  la  apreciación  del  medio  de convicción antes del proferimiento de la decisión  judicial  (alegatos  de  conclusión),  la interposición de recursos ordinarios  encaminados  a  sugerir  una  nueva apreciación probatoria, o la oportunidad de  solicitar  la  práctica de pruebas encaminadas a reafirmar o desvirtuar aquello  que  al  proceso  trae  el  medio  de  convicción, cuya práctica no es posible  repetir.    

En  conclusión,  el cargo no fue construido  con la debida claridad y precisión que permita su admisibilidad.   

3.   En lo que  tiene  que  ver  con  el  cargo subsidiario,     éste  tampoco   cumple  con  los  requisitos de admisibilidad.   

A  través de este cargo, postulado como un  falso    raciocinio,   el  libelista   critica   que   el   sentenciador   no  advirtió  una  regla   de  experiencia  que  enseña  que  nadie  da  muerte  a  otro  sin  un motivo  y  que,  por  no  haberla  aplicado,  el juzgador no reconoció el  estado  de  ira  en  la  conducta  de  WILSON GONZÁLEZ  LEAL.   

De cara al reparo formulado, la Sala estima  necesario  recordar  que  “cuando la censura se funda  por   los  senderos  de  la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  por  error  de  hecho  por  falso  raciocinio,  el  casacionista,  con  el  fin  de  cumplir  con  el presupuesto  anteriormente  señalado,  debe  indicar  cuál  fue  la  ley  de la lógica, el  principio  de  la  ciencia  y/o  la máxima de la experiencia vulnerada, de qué  manera   lo   fue   y   su   incidencia   en   la   parte   dispositiva   de  la  sentencia.”   

“Recuérdese  también  que,  cuando  el  reproche  se  apoya en la nomenclatura anteriormente  mencionada,  surge  indispensable que el censor enseñe y demuestre el vicio que  le  enrostra  al juzgador, habida cuenta que la simple discrepancia de criterios  no  constituye  yerro para ser atacado en esta sede, puesto que el juzgador goza  de  libertad  para  justipreciar  los  medios  de prueba, sólo limitado por los  postulados       que       informan      la      sana      crítica.”   

“En lo atinente a  la  trascendencia  del  error en la apreciación probatoria, necesario es que el  casacionista  tenga  para  ese efecto todos los medios de prueba que sustentaron  el  juicio  de  condena,  en  la  medida  en  que  si el mismo resulta inane, la  sentencia permanecerá incólume.”   

“Por último, con  el  objeto  de  integrar  la  proposición jurídica completa, el libelista debe  señalar  cómo el error en la apreciación de las pruebas condujo a aplicar una  norma  que  no  era  la  llamada  a gobernar el asunto o, a excluir otra que sí  dirimía  el  objeto litigioso desde el plano del juicio de derecho.”4   

De acuerdo con los aludidos presupuestos, la  Corte  encuentra  que  el  libelista  desconoce  el  principio  de  debida   y   suficiente   fundamentación,  razón  por  la  cual  deja  su  censura  a  mitad  de camino; lo anterior surge  evidente  para  la  Sala,  toda  vez  que  si bien es cierto que el casacionista  acierta  en  delimitar  la regla de experiencia que estima desconocida, también  lo  que  es  que termina por oponer su propia apreciación de la prueba a la del  fallador,  sin demostrar en esta última un yerro trascendente capaz de mutar el  sentido de la sentencia.   

En  efecto,  el  impugnante reprocha que el  sentenciador  no  diera  credibilidad  al  dicho  del  procesado  y al de varios  declarantes  que apoyaron su  exculpación,   quienes   al  unísono  afirmaron  que  aquél  reaccionó  como  consecuencia de un asalto que se perpetró en su contra.    

Pero  así formulada la censura, no pasa de  ser  la  personal  apreciación  del casacionista distinta a la del fallador, el  cual     consideró    que    dichas    declaraciones    eran    “ampliamente    contradictorias   e   incoherentes   y   no   merecen  credibilidad”   (fl.   60,   c.o.  3);  la  aludida  discrepancia,  como  ya  se  indicó,  no  puede  ser  cuestionada  en esta sede  extraordinaria,  toda  vez que la credibilidad otorgada o restada al conjunto de  medios  de  convicción  hace  parte de la facultad de apreciación razonada que  ostenta  el  fallador,  la cual, en el caso que estudia la Sala, no se vislumbra  desbordada.     

En conclusión, la demanda presentada por el  defensor   de   WILSON   GONZÁLEZ   LEAL  no  cumple con  los requisitos que admisibilidad.   

5.   Para  terminar,  se advierte que del estudio del proceso no se vislumbra violación de  derechos  fundamentales  o  garantías  de los sujetos procesales que amerite el  ejercicio  de  la facultad oficiosa de índole legal que al respecto le asiste a  la Sala para asegurar su protección.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

        R E S U E L V E   

INADMITIR  la  demanda    de   casación   presentada   por   el   defensor   de   WILSON  GONZÁLEZ  LEAL. En consecuencia,  se   DECLARA  DESIERTO  el  recurso.     

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO           

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                             

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                                                                   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria    

1  Sentencia  de  casación  de  8 de noviembre de 2002,  radicación: 14243   

2  Sentencia  de  casación de 25 de abril de 2002, Rad:  15053.   

3  Sentencia  de  8  de  octubre  de  2003, radicación:  17394   

4  Auto   de   13  de  febrero  de  2008,  radicación:  26017     

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