27821(16-09-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 27821  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado   acta   Nº    265   

Bogotá D. C., dieciséis (16) de septiembre  de dos mil ocho (2008).   

         

V I S T O S  

La Corte decide respecto del cumplimiento de  los  presupuestos  de  logicidad  y  debida  argumentación  de  las demandas de  casación   presentadas   por  los  defensores  JAVIER  DELGADO  ROMÁN, JOSÉ MANUEL  ZORA  RAMÍREZ  y NORBERTO DE  JESÚS    ZORA   RAMÍREZ.   

H E C H O S  

El   juzgador  de  segunda  instancia  los  sintetizó de la siguiente manera:   

“Entre  otros, a  los  señores  JAVIER  DELGADO  ROMÁN,  MARÍA  DEL  CARMEN  FRANCO GUTIÉRREZ,  ROBERTO  FRANCO  GUTIÉRREZ,  ROBERTO MARÍN SARRIA, ROBERT GUILLERMO RODRÍGUEZ  AGUDELO,   JULIÁN   CORREA   FRANCO,  OCTAVIO  MENESES  ZAPATA,  JOSÉ  GIRALDO  SANTAMARÍA  OSORIO,  JOSÉ  URIEL  SERNA  VÁSQUEZ,  NORBERTO  DE  JESÚS  ZORA  RAMÍREZ,  JÓSE MANUEL ZORA RAMÍREZ y HENRY ALBERTO CHICA HERNÁNDEZ, el 28 de  enero   de  1999,  el  Departamento  Administrativo  de  Seguridad  ‘D.A.S’  los  relacionó  como  un  grupo  de  ciudadanos  colombianos  que  se  desplazaban por vía aérea al vecino país de  Panamá,  llevando  consigo  grandes  cantidades  de dinero en moneda extranjera  consistentes en dólares americanos.   

“Mediante informe  número  067  del  25  de  julio  de  2000,  después  de  una  serie de labores  investigativas,  se ordenó apertura de la instrucción, práctica de pruebas, y  diligencias  encaminadas  a la captura de los presuntos infractores, registros y  allanamientos.   

“En atención al  informe  de  inteligencia, se produjo la captura de otro grupo de nacionales que  formaban  parte de dicha organización, lográndose establecer el modus operandi  de  la banda delincuencial, el cual contactaba a agentes financieros en Colombia  denominados  BROKERS,  que  se  encargaban  de  entregarle a los joyeros divisas  suficientes  para  cancelar sus deudas en el vecino país y adquirir mercancía,  situación  que  era  muy conveniente para los comerciantes pues podían pagarle  sus  créditos  al BROKER en moneda nacional, con lo que se ahorraban la tasa de  cambio,       el       transporte      y      el      desplazamiento.   

“A  raíz de las  capturas  realizadas, registros y allanamientos, en la operación denominada por  el  instructor “BROKER”, especialmente en lo relacionado con la aprehensión  del  señor  JAVIER  DELGADO  ROMÁN  se hallaron documentos que fueron valiosos  probatoriamente,  pues  sirvieron  de  objeto  de  estudio  por parte de peritos  especializados,  originando  así  el  informe  014  del  16 de febrero de 2001,  vinculando   a  otro  grupo  de  personas,  que  estaban  relacionados  con  las  operaciones  de  lavado de activos que desarrollaba la organización.   

“Así las cosas,  las  autoridades competentes lograron establecer que los aquí mencionados y los  clientes  de las compañías Speed Joyeros, Argento Vivo y otras empresas, entre  los  años  de  1997  a  2000,  ingresaron  de manera repetitiva a Panamá sumas  considerables  de dinero, en cantidades exorbitantes respecto de las actividades  económicas     y     comerciales     desplegadas     por     éstos.   

“Aquellas  pesquisas  permitieron que se vinculara mediante diligencia de indagatoria a los  siguientes  individuos:  JAVIER  DELGADO  ROMÁN,  ROBERTO ELÍAS MARÍN SARRIA,  JOSÉ  MANUEL  ZORA  RAMÍREZ,  NORBERTO DE JESÚS ZORA RAMÍREZ, JOSÉ GILDARDO  SANTAMARÍA  OSORIO  Y HENRY ALBERTO CHICA HERNÁNDEZ, para que respondieran por  los     cargos     del     delito     de     lavado    de    activos”.   

ACTUACIÓN    PROCESAL     

1.   Por  los  anteriores  hechos,  la  Fiscalía  Quinta  de  la  Unidad  Nacional  para  la  Extinción  del  Dominio  y contra el Lavado de Activos, el 19 de julio de 2001,  acusó    a    Javier   Delgado   Román,  José Manuel Zora Ramírez y   Norberto   de  Jesús  Zora  Ramírez  como  coautores  de  la conducta punible de lavado de  activos,  decisión  que,  por  virtud del recurso de apelación interpuesto por  los  procesados,  fue  confirmada  el  5  de junio de  2002  por  la  Fiscalía  Delegada  ante  el Tribunal  Superior de Bogotá.   

2.   El  Juzgado  Quinto  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Bogotá, el 19 de mayo de 2005, dictó sentencia de  primera  instancia  en la que condenó a Javier Delgado  Román,  José  Manuel  Zora  Ramírez  y Norberto de Jesús  Zora  Ramírez  a las penas principales de 7 años de  prisión  y  multa  equivalente  a  2000 salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes  y  a  la sanción  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  lapso  de la pena de prisión, como coautores de la conducta  punible de lavado de activos.   

3.  Apelado el fallo por el defensor de  Javier   Delgado   Román,  el  Tribunal Superior de Bogotá, el 29 de septiembre  de 2006, al desatar el recurso, lo confirmó en su integridad.   

Cabe   agregar   que   ni   el  procesado  José    Manuel    Zora   Ramírez   ni  su  defensor apelaron el fallo de primer grado. Así mismo, la  apelación  interpuesta  por el defensor de Norberto de  Jesús  Zora  Ramírez contra la misma providencia fue  declarado desierto.   

4.   Contra la sentencia del Tribunal,  los  defensores  de  Javier Delgado Román,  José Manuel Zora Ramírez y   Norberto   De  Jesús  Zora  Ramírez  interpusieron recurso de casación.   

LAS      DEMANDAS    DE   CASACIÓN   

1.   Demanda  presentada a nombre de Javier Delgado Román    

La  defensa  técnica, con base en la causal  primera   de   casación,  presenta  tres  cargos  contra  la  sentencia,  cuyos  argumentos se sintetizan de la siguiente manera:   

Primer cargo  

El  defensor, basado en la causal primera de  casación,  acusa  al  Tribunal  de  haber  violado,  de  manera directa, la ley  sustancial  “derivada de la indebida aplicación del  artículo  247  A del Decreto 100 de 1980, adicionado por el artículo 9° de la  Ley  365  de  1997, que condujo al desconocimiento del precepto contentivo en el  artículo  10  de  la  Ley  599  de 2000”.   

Aduce  que  el  sentenciador “erró  en  la  aplicación  de  la norma, esto es falsa adecuación  típica  o  error de subsunción, al estimar coincidentes los hechos registrados  en   el   proceso   con   el   precepto   establecido   en  el  tipo”.   

Acota   como   violaciones   mediatas,  la  aplicación  indebida  del  artículo  247  A  y  la  falta  de  aplicación del  artículo  10  del  Código  Penal.  Después de reseñar apartes de los fallos,  anota  que  a  Delgado Román lo vincularon con Speed Joyeros y, por tal razón,  se  le  imputa  el delito de lavado de activos “pero  como elemento normativo el narcotráfico”.   

Arguye  que hay un error de juicio, dado que  los  juzgadores  se  equivocaron  en  la aplicación del derecho material y, por  ende,  el  planteamiento  lo funda en una atipicidad de la conducta de lavado de  activos sin apartarse de los hechos probados.   

Aduce que para que se configure el delito de  lavado  de  activos  es  necesaria  la  presencia del elemento subjetivo, que se  realice  con  el  fin  de  ocultar  o encubrir el origen ilícito, el cual está  ausente  en  el proceso y los juzgadores se limitaron a edificar en cabeza de su  defendido  una  relación  o  vínculo  con  Speed  Joyeros  y sus propietarios.   

Sostiene  que un comportamiento humano sólo  es  delictivo, en la medida en que se adecue plenamente a una hipótesis típica  previamente  descrita  en  la  ley  penal,  es decir, si no concurre el elemento  subjetivo   “no   se  da  el  respectivo  tipo  de  injusto”.   

Reitera que hay atipicidad de la conducta por  cuanto  es  exigencia  imprescindible  del  tipo  penal de lavado de activos, su  demostración.  Así  mismo,  añade que si no se hubiese aplicado indebidamente  la norma sustancial la sentencia habría sido absolutoria.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar la  sentencia impugnada y, en su lugar, proferir la de reemplazo.   

Segundo cargo (subsidiario)  

El defensor, acusa al Tribunal de violar, de  manera  indirecta,  la  ley sustancial “por error de  hecho,    derivado    en   falsos   juicios   de   existencia   probatoria   por  omisión”.   

Acota  que  el  Tribunal ignoró las pruebas  allegas     al     proceso,    arribando    a    conclusiones    “totalmente diversas”.   

Señala  como  medios  de convicción que no  fueron tenidos en cuenta los siguientes:   

“a.-   Los  documentos  que probaban la existencia real y objetiva de las deudas que poseía  mí   defendido  DELGADO  ROMÁN,  con  la  firma  comercial  SPEED  JOYEROS  de  Panamá.   

“b.- Se omitió  el  estudio  de  la  certificación  expedida  por  el  Gerente General de SPEED  JOYEROS  SA., en la cual hacen constar la entrega de diversos estados de cuenta,  con  los  documentos  respectivos  de  clientes  morosos nacionales, para que el  señor  DELGADO  ROMÁN  colabore  en  la  recuperación  de la cartera de dicha  sociedad.   

“c.- Se dejó de  tener  en  cuenta  otra certificación de la sociedad SUPER JOYAS S.A. del 17 de  agosto  de  2000,  en  donde  consta  la  relación comercial del señor DELGADO  ROMÁN y con la sociedad de éste ROMADEL LTDA…”.   

“d.- Omitió el  informe  del  D.A.S.  del  19 de enero de 2001, que acredita que los pasaportes,  objeto  de  análisis,  descritos  con los números M342052, AD362155, AE740557,  AF173992  y  AG146766, son auténticos y legalmente expedidos. (Folios 202 a 239  del         Cuaderno        9)…”.   

“e.- Omitió la  valoración  de  los conceptos técnico financieros brindados por el Banco de la  República  y  la  Dirección  de  Aduanas,  en  donde  explican  los referentes  normativos  en  materia  cambiaria, como la Ley 09 de 1991 y la Circular Externa  No.  8  de  2000 de la Junta Directiva del Banco de la República. (Folios 277 a  296   del   cuaderno  18  y  folios  1  a  25  del  cuaderno  19)…”.   

“f.- Se omitió  la  valoración  de  las  pruebas  documentales  aportadas por el señor DELGADO  ROMÁN,  entre  ellas,  copias de títulos valores que demuestran la procedencia  de  los  recursos  que  explican  su  actividad  comercial.  (Folios 26 a 49 del  cuaderno       original      19)…”.   

“g.- Omitió la  declaración  de la detective del D.A.S. LUZ CENID ARENAS VILLALBA, recepcionada  el día 21 de mayo de 2001…”.   

“h.- Omitió la  declaración  del  detective  del D.A.S. GILBERTO MALAGÓN GARCÍA, recepcionada  el   día   21   de   mayo  de  2001…”.   

“i.-  Omitió  referirse  a  los antecedentes penales de los señores JORGE ALBERTO SALAS RODAS  y      de      CARLOS      MARIO     ECHEVERRI     CARTAGENA     …”.   

Considera  que  se vulneraron los artículos  234  y  238  de  la  Ley 600 de 2000 y que si no se hubieran omitido los citados  medios de convicción la sentencia habría sido absolutoria.   

En consecuencia, solicita a la Corte casar la  sentencia impugnada y, en su lugar, dictar la de reemplazo.   

Tercer cargo (subsidiario)  

El  defensor acusa al Tribunal de violar, de  manera  indirecta,  la  ley sustancial “por error de  hecho,     derivado     en     falso     juicio     de    raciocinio”.   

Manifiesta que se aplicaron indebidamente los  artículos   232,   284   y   287   de  la  Ley  600  de  2000,  “frente  al  canon  7°  ibidem,  pues al apreciar los indicios y su  construcción  el juzgador trasgredió los postulados de la lógica y las reglas  de  la  experiencia, esto es, los principios de la sana crítica como método de  valoración          probatoria”.   

Acota  que  el  Tribunal  efectuó un falso  raciocinio  de  las  pruebas  por  vulneración  de los postulados de la lógica  (petición de principio) y de las reglas de la experiencia.   

En   lo   que   llamó   “INDICIOS  GRAVES TENIDOS EN CUENTA POR EL TRIBUNAL PARA IMPARTIR LA  CONFIRMACIÓN  DE  LAS RESPECTIVAS SENTENCIAS”, aduce  que  el juzgador llegó a la conclusión de la responsabilidad de Javier Delgado  Román  a  partir  de  prueba  indirecta,  tales  como los informes policiales y  asistencias  judiciales  de Panamá, lo concerniente a la situación procesal de  Yardena  Mizrahi,  el  cuaderno  encontrado  a  su defendido en la diligencia de  allanamiento,  la  amistad  con  Carlos  Mario  Echeverri y Salas Rodas y que se  hubiese  colocado  el  inmueble  donde funciona su oficina a nombre de Margarita  Sofía Álvarez Álvarez.   

Después  de  enunciar jurisprudencia de la  Corte  en  materia  de indicios, expresa que el yerro consistió en señalar que  se  llega  a  la  inferencia  lógica  que  su  defendido  pertenecía a una red  dedicada  al  lavado de activos, sin explicarla, cuando lo que se reclama es una  adecuada  confección  del  indicio  “integrada a la  evaluación  de  todas  las  hipótesis  que emergen como posibles y conduzcan a  correlacionar el hecho que se averigua”.   

En el acápite que denominó “LA    CONSTRUCCIÓN    INDICIARIA    Y    LOS    ERRORES    EN   SU  CONFECCIÓN-trascendencia-”,  afirma que el Tribunal  desbordó  los parámetros argumentativos que darían estructura a la sentencia,  en  la  medida  en  que  no  explicó  cuáles  eran los puntos de contacto o de  proximidad  entre los hechos indicadores y los indicados  y cuál la razón  para  descartar  aquellas  hipótesis  que  se mostraban como respuesta a dichos  hechos indicadores.   

Argumenta  que  el  Tribunal  incurrió  en  “el  sofisma  de petición de principio”,  que  es  un  falacia que se comete cuando se toma como fundada  una  premisa  cuya demostración no se puede establecer independientemente de la  hipótesis  por  demostrar y en dirigir una argumentación que se sustenta en la  inferencia  lógica deducida a partir del hecho indicador, pero aplicando reglas  de la experiencia que no son consecuentes con la misma.   

Recalca  que el primer indicio grave en que  se  encuentra soportado el fallo es en las asistencias judiciales de Panamá que  registran  transacciones  hechas  por  un gran número de personas, entre ellas,  las  de  Delgado  Román,  las cartas donde se certifica que Yardena Mizhari fue  condenada  por  conspiración   para  blanquear  capitales  y las salidas y  entradas  del  país por parte de su defendido, descartando otros hechos a favor  como  que  su  procurado  tenía  deudas con Speed Joyeros y Superjoyas S.A y el  convenio de cobro para la recuperación de su cartera morosa.   

También manifiesta que no se comunicó que  los  miembros  de  la sociedad  Speed Joyeros se encontraban incursos en un  proceso  de  extradición,   empresa que no cerró sus puertas como tampoco  que  Delgado  Román,  era comerciante de joyas a lo cual tampoco se le dio este  alcance.   

Reitera también que no se tuvo en cuenta la  declaración  del  detective  del D.A.S Gilberto Malagón Murcia quien adujo que  su  defendido  no  pertenecía  a  esa  organización delictiva, como tampoco el  lapso  entre  la petición de extradición y las posteriores negociaciones ni la  relación de causalidad.   

Comenta  que  el  segundo  indicio  grave  deducido  por  el  Tribunal,  consiste  en  que  al  momento del allanamiento se  encontró  un  cuaderno  con  un  listado  de  nombres,  número  de  facturas y  cantidades  monetarias,  un  sello y papelería de Speed joyeros, lo cual, en su  criterio,  indicaba  el grado de confianza de sus accionistas a Delgado Román y  expresa  que  el  fallador  debió  cotejar  las hipótesis que le ofrecían los  medios  probatorios  e indicar la razón por la que elegía aquella deducción y  no  otra,  vulnerándose  las  reglas  de  la  experiencia,  aunque  la  empresa  informara   que   no   tenía   ninguna  clase  de  vínculo  con  su  defendido  “lo  que deviene en ser una simple circunstancia la  tenencia de dicho sello que nada dice”.   

Dice  que  el  tercer  indicio del Tribunal  surge   de  “la  simple  circunstancia  de  haberse  fletado  un  avión charter que en alguna ocasión transportó al señor Delgado  Román”,    y   el   cuarto   indicio   errado   de  responsabilidad  de  su  defendido fue que “puso una  oficina    a    nombre    de    su    empleada    Margarita    Sofía   Álvarez  Álvarez”,  dado que lo hizo por las amenazas y para  efectos de carácter tributario.   

Reitera que el error se dio, en tanto que no  se  tuvo  en  cuenta  que  Delgado  Román  era  un  reconocido cliente de Speed  Joyeros,  que  éste  realizaba  el  cobro  de las deudas de la sociedad, que no  conocía   de   las   “particularidades”  de  los  propietarios  de  la  empresa,  que  en los dos vuelos  fletados,  uno  de  ellos  de  vacaciones y el otro a ejercer su labor licita de  comercio,   no   tenía   porque   saber   los  antecedentes  del  piloto  y  el  copiloto.   

Acota  que  las  conclusiones  del fallador  están  construidas en abierto desconocimiento de los elementos que conforman el  indicio,  por  aplicación  de  reglas  de  la  experiencia  erradas,  porque no  contempla  el  conjunto de probabilidades o porque la inferencia va en contra de  la  lógica.  Aduce  también  que  los  “puntos de  amarre entre los indicios son débiles”.   

Afirma  que el indicio se elaboró a partir  de  una  sola  conclusión,  olvidando  las  demás  probabilidades. Así mismo,  sostiene  que  no  se  dio  credibilidad   a las explicaciones dadas por su  defendido,   

En  consecuencia, solicita a la Corte casar  la sentencia impugnada y, en su lugar, dictar la de reemplazo.   

2.   Demandas  presentadas   a   nombre   de   José   Manuel   y   Norbey   de   Jesús   Zora  Ramírez   

Como el defensor de los mencionados acusados  presenta  de  manera  separada  dos  demandas,  las cuales son idénticas en sus  contenidos,  se  procede a realizar una sola síntesis de ambas. Así, el citado  profesional  del  derecho, basado en las causales tercera y primera de casación  presenta  tres cargos contra la sentencia de segunda instancia, cuyos argumentos  se sintetizan, así   

Primer cargo  

El defensor de los procesados, con base en la  causal  tercera de casación, acusa al Tribunal de haber dictado sentencia en un  juicio  viciado  de  nulidad,  por  violación  del  postulado de investigación  integral y, por lo mismo, del derecho de defensa.   

Dice  que sus procurados le solicitaron a la  fiscalía  que  pidiera  a  las  “autoridades de la  República   de   Panamá  todos  y  cada  uno  de  los  soportes  documentales,  relacionados   con   LAS   DECLARACIONES  firmadas por ellos y en las cuales conste todas y cada una de las  sumas  de  dineros  a las referidas por los registros enviados por la Dirección  de    Aduanas    con    sede    en    el   aeropuerto   de   Tocumen”.   

Recuerda  que la Fiscalía aceptó la citada  petición  y,  consecuentemente,  a través de la vía diplomática se libró la  correspondiente  Carta  Rogatoria  con  el  fin  de que enviaran “todas  y  cada  una  de  las  declaraciones  de  ingreso  de moneda  extranjera   a   los   que   se  refieren  los  registros  que  el  Departamento  Administrativo  de  Seguridad  colocó a disposición de la Fiscalía General de  la  Nación,  con  el  informe  de  Policía  Judicial donde se dio a conocer el  Modus  Operandi  de un  grupo   de  personas  que  desde  distintas  ciudades  de  Colombia  salían  de  aeropuertos  internacionales  con  destino a la Zona Libre de Colón, República  de  Panamá,  llevando  consigo  grandes  cantidades  de  dólares para cancelar  deudas  contraídas  por  comerciantes  colombianos  y  luego  de  cubierta  esa  obligación  requerir  al  comerciante  deudor  para  su  desembolso  en  moneda  colombiana”.   

Argumenta  que  la  defensa  reiteró  dicha  petición  con  el  fin  de que se requiriera a las autoridades extranjeras para  que  remitieran  la  información  solicitada  a  través  de  la  citada  Carta  Rogatoria.   

Dice  que  la  prueba  era importante, en la  medida  en que con ella se pretendía controvertir los registros enviados por la  “República  de  Panamá, con los cuales resultaban  vinculados  a  una  investigación,  privados  de  la libertad, a fin de que les  fuera  colocado  de presente para confirmar tanto la información contenida como  la rúbrica en esos documentos”.   

Acota que la defensa técnica en la audiencia  preparatoria  y  en el acto del juicio oral reiteró la petición, es decir, que  pidió  al juez que acudiera a todos los medios legales para que a través de la  vía diplomática se exigiera la respuesta al Gobierno de Panamá.   

En  síntesis, asevera que no hubo respuesta  de  las  autoridades  extranjeras.  De  ahí  que  concluya que se ha violado el  derecho  de  defensa  de sus representados, en la mediada en que “la   apertura  de  investigación  y  órdenes  de  captura  contra  JOSÉ  MANUEL ZORA RAMÍREZ y NORBERTO DE JESÚS ZORA  RAMÍREZ,   se   tuvo   en   cuenta  unos  registros  migratorios  enviados  por  las  autoridades  de la República de Panamá. Estos  registros  llegaron  a poder del DAS, en forma controvertida, conforme se logró  saber  de  acuerdo  con el interrogatorio a LUZ CENID ARENAS VILLALBA y GILBERTO  MALAGÓN  GARCÍA  sin  ninguna firma de persona responsabilizada en el contexto  de  estos registros, tampoco constancia del ejercicio de funciones públicas del  funcionario  que  las  expidió  y  menos  aún, sellos de la Dependencia de las  cuales fueron obtenidos”.   

Sostiene  que  una  vez  que  se coloquen de  presente   los   mentados   informes,  surge  en  los  acusados  el  derecho  de  controvertirlos,  máxime  cuando el señor Gilberto Malagón García no dio una  razón   cierta   sobre  la  procedencia  de  estos  registros,  “y  diluyó  el  compromiso  con  la  verdad, con la aseveración de  haber     sido     recibidos     estos    registros    por    un    ‘informante’”.   

De  igual  manera,  estima  que se violó el  principio  de  investigación  integral,  puesto  que  solamente  se  investigó  aquellos   asuntos   que   sólo   vinculaban   a   los  hermanos  Zora  con  la  responsabilidad penal.   

Insiste  en  que  la  prueba  documental era  necesaria,      puesto      que      sus      representados      “necesitaban  estas  declaraciones,  para  que colocadas de presente  saber  si  fueron  o  no  suscritas  por  ellos  y confirmar el monto al cual se  refieren  los  registros” y, por lo tanto, se impone  la declaratoria de nulidad.   

Por   manera   que   como  quiera  que  la  investigación  no  resultó  integral,  puesto  que  no  se  consideraron  como  relevantes  los  documentos  que  “comprometían su  conducta”,      se     impone     la     nulidad  solicitada.   

Segundo cargo  

También,  con apoyo en la causal tercera de  casación,  acusa al Tribunal de haber dictado sentencia en un juicio viciado de  nulidad,  en  la  medida  en  que los procesados fueron acusados por un juez con  sede  en  Bogotá; no obstante que los hechos ocurrieron en Cali “y   resultaron   circunstancialmente   en   tiempo,  modo  y  lugar  diferentes    a    los    capturados    en   Bogotá   y   Medellín”.   

Argumenta  que  los  hechos  por  los cuales  fueron  condenados  los  procesados  tuvieron  origen  en Cali y “consumados    en    la    República    de   Panamá   –zona   Libre  de  Colón”.   

Dice  que  ejecutoriada  la  resolución  de  acusación  el expediente pasó a un juzgado penal del circuito especializado de  Bogotá, cuando, en su criterio,  debió ser de Cali.   

Manifiesta  que  tal  situación afectó las  garantías    de    su   procurado,   “porque   no  es  lo mismo la congestión  judicial  de  los  jueces de Bogotá D.C., en particular los Especializados, que  los   jueces   de   Provincia,   en   este  caso  Santiago  de  Cali”.   

Anota que en el Juzgado Quinto Especializado  de  Bogotá,  D.C.  “hubo de alguna manera prisa por  terminar  las  audiencias a fin de evitar vencimiento de términos y no ocurrió  lo  mismo  con  el  lapso  que  se  tomó  la  señora  Juez  para  proferir  el  fallo”.   

Por  manera  que considera que se vulneraron  los  artículos  232,  234,  238   y  306.3  del  Código  de Procedimiento  Penal.   

Tercer cargo  

En  esta  ocasión  el  defensor  de  los  procesados  Zora Ramírez, al  amparo  del  cuerpo primero de la causal primera de casación, acusa al Tribunal  de  haber  incurrido en violación directa de la ley sustancial, “por  error  de derecho”, generado por la  “interpretación  errónea  sobre  el  sentido  del  artículo  247A  del Código Penal, adicionado por la Ley 365 de 1997, artículo  9°”.   

Recuerda   que   la   Fiscalía   Quinta  Especializada  de  Bogotá,  el  19  de  julio de 2001, profirió resolución de  acusación  en  contra  de sus defendidos como coautores del delito de lavado de  activos,  descrito  en  el citado artículo 247A del Código Penal, toda vez que  consideró   que  Norberto  de  Jesús  Zora  Ramírez  aparecía     reportado     con     “un  movimiento  migratorio  proveniente de la Dirección General de  Aduanas,  radicada  en  el  aeropuerto de Tocumen, República de Panamá, en los  cuales  figura  que  ingresó  en  varias  oportunidades  a ese país y llevando  consigo  un  total  de  US  $3.517.700°° dólares”,  además   porque   le   encontraron  en  el  allanamiento  que  se  hizo  en  su  establecimiento  comercial, varias libretas pertenecientes a Humberto Zúñiga y  Cristian Trujillo y se le incautaron 52.235°° dólares.   

A   su   vez,  dice  que  a  José   Manuel   Zora   Ramírez   se  le  cuestionaron   varios   viajes   que   realizó   a   Panamá  llevando  consigo  4.785.000,°°   dólares   sin   dar   explicaciones  satisfactorias  sobre  la  procedencia de dicho dinero.   

A  continuación,  luego  de  mencionar  de  manera  pormenorizada  los hechos sobre los cuales se fundamentó la resolución  de  acusación  en  contra  de  sus  procurados  y de indicar los pormenores que  rodearon  su  vinculación al proceso, indica que el expediente pasó al Juzgado  Quinto  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Bogotá  para  dar  trámite al  juicio.   

Refiere  que  una  vez  agotada  la  etapa  probatoria  de  la  causa,  el Fiscal Delegado “hizo  uso  de  la  facultad  de  variar  la  calificación jurídica establecida en la  resolución  de  acusación”,  pues  consideró  que  Norberto   de   Jesús   Zora   Ramírez  y  José Manuel Zora Ramírez  infringieron  “normas  relacionadas con  el  orden  económico  y social y por tal motivo reiteraba la conducta de lavado  de  activos  con caudales procedentes de enriquecimiento ilícito, admitiendo la  inexistencia  de  evidencias  contra los acusados Zora  Ramírez  respecto que los dólares transportados por  ellos,   en   varias  oportunidades,  según  los  registros  enviados  por  las  autoridades   de  la  república  de  Panamá,  provinieran  de  actividades  de  narcotráfico”,   es   decir,  que  la  procedencia  ilícita  de los dólares estaba relacionada “con el  enriquecimiento ilícito”.   

Dice  que  el juzgado de primera instancia,  luego  de  analizar  todas  las pruebas allegadas a la investigación, concluyó  que   los   acusados   Zora   Ramírez   eran    responsables    de   lavado   de   activos   “con     causales     provenientes     de     un     enriquecimiento  ilícito”.   

No  obstante, considera el libelista que el  mencionado  juzgado interpretó de manera errónea el artículo 247A, adicionado  por  el  artículo 9° de la Ley 365 de 1997, al darle un sentido diferente a lo  “explícitamente establecido en la descripción del  tipo legal de lavado de activos”.   

Después  de  referirse  sobre  los  verbos  rectores,  los  sujetos  y  los  ingredientes especiales que tipifican la citada  preceptiva,  afirma  que  “el ingrediente normativo  del   delito  subyace,  sea  la  extorsión,  el  enriquecimiento  ilícito,  el  secuestro  extorsivo,  la rebelión o las relacionadas con el tráfico de drogas  tóxicas,   estupefacientes   o  sustancias  psicotrópicas,  pues  deben  estar  debidamente  comprobados,  al  tenor  precisamente  de una materialidad sobre la  cual  no  quepa duda de su existencia. Así como el art. 397 del C. P. P., entre  otros  requisitos  sustanciales  de  la  resolución  de  acusación,  exige  la  demostración  de  la ocurrencia del hecho y el artículo 232 del mismo Estatuto  Procesal,  para  dictar  sentencia condenatoria, debe obrar en el proceso prueba  que  conduzca  a  la CERTEZA de la conducta punible, amén de la responsabilidad  de   los   procesados,   lo   mismo  debe  ocurrir  cuando  se  aplica  el  art.  247A”.   

Estima que la interpretación errónea surge  cuando  el  juzgador, contrariando la realidad probatoria, desconoce que en este  proceso  no  se  encontraba  “demostrada  de manera  plena   la  conducta  punible  del  delito  subyacente  con  el  enriquecimiento  ilícito.  Los jueces de instancia consideraron irrelevante la demostración del  delito  subyacente  del delito de enriquecimiento ilícito de particulares, bajo  el  criterio  equivocado  de  subestimar  la  necesidad de la plena prueba de la  conducta  punible  a  la que se contrae el ingrediente especial del tipo, delito  subyacente de enriquecimiento ilícito”.   

Luego  de referirse a las consideraciones de  la  sentencia  de  primera  instancia,  de  las  cuales transcribe alguno de sus  apartes,  concluye  el  actor  que  el  juzgador  colocó  como  un imposible la  comprobación  del  “delito  subyacente”,     amparándose     en     un     análisis    “sofisticado   respecto  de  la  comprobación  del  origen  de  los  caudales”, aspecto que, en su criterio, demuestra la  manera  errónea  como  asume  la  aplicación  del  artículo  247A del Código  Penal.   

Asevera   que   el  error  de  juicio  del  sentenciador   se   originó   cuando   consideró   suficiente  “la     comprobación    de    comportamientos    de    Zora   Ramírez  relacionados  con  los  verbos  rectores, según el modus operandi indicado en los informes de policía.  Pero  desestima la necesidad de comprobar la materialidad del delito subyacente,  que  es  precisamente  ingrediente  especial  del  tipo  de  lavado  de activos,  desarrollando  todo un juicio de reproche sin atender esta exigencia para que la  conducta   se   equipare   a   la   descrita   por   la   ley  penal”.   

Considera  que  no puede resultar punible la  conducta  imputada  a  sus  defendidos al dejar de comprobarse de manera clara y  precisa     la     existencia     del     “delito  subyacente”,  el cual fue desestimado por los jueces  de  instancia,  pues en un criterio equivocado, concluyeron que no era necesario  “por  las  mismas  maniobras  financieras  de  los  procesados,  a  las  cuales  acudieron  para  no dejar rastro alguno”.   

A continuación cita como normas violadas los  artículos  247,  adicionado  por  el  artículo  9°  de  la  Ley  365  de 1997  (aplicación  indebida),  9°, 11 y 12 (falta de aplicación ) del Código Penal  y 232 y 234 del Código de Procedimiento Penal.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar el  fallo  impugnado  y,  en  su  lugar,  absolver  a  sus  defendidos de los cargos  imputados en la resolución de acusación.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.   Demanda  presentada a nombre de Javier Delgado Román   

Como  quiera  que  el  actor  postuló tres  cargos  por  la  causal  primera  de casación, surge indispensable recordar los  parámetros de lógica y debida fundamentación.   

Efecto, la infracción de la ley sustancial  puede  ocurrir  en  dos momentos, a saber: la primera cuando se está elaborando  el  juicio  de  derecho;  de  ahí  que  la  jurisprudencia tenga sentado que la  trasgresión  se  da  de manera inmediata y, la segunda,  como consecuencia  de la errada apreciación de la prueba.   

Así,  cuando  se  trata del primero de los  motivos,  esto  es,  la violación directa de la ley sustancial, en la medida en  que  como  el  debate se circunscribe a la aplicación del derecho, es obvio que  los  hechos  y  las  pruebas  se  deben respetar tal como fueron declarados como  probadas  en  el  fallo, en tanto que la discusión debe fundarse sobre la norma  escogida  para  dirimir  el conflicto, o la exclusión de otra que sí resolvía  los  extremos  de  la  relación  jurídico  procesal  o,  habiéndola  escogido  correctamente   se   le   dio   una  hermenéutica  que  no  consulta  su  tenor  literal.   

Por manera que en punto de la trascendencia,  al  casacionista  le  compete  que  demuestre  y evidencie en qué consistió el  error  de  derecho,  actividad  en  la  cual  debe dar los argumentos de índole  jurídico  en  procura  que  la  Corte  advierta  la  violación de la ley en la  elaboración del juicio de derecho en el fallo impugnado.   

Y,  en  tratándose  del  segundo motivo de  infracción  de  la  ley sustancial y como quiera que éste deviene de la errada  apreciación  de  la  prueba,  al libelista le compete que enseñe a la Corte la  clase  de  yerro  cometido por el sentenciador en esa actividad, esto es, si fue  de  hecho o de derecho, así como también el falso juicio que lo determinó, es  decir,     de     existencia,     actividad,     raciocinio,     legalidad     o  convicción   

Ahora  bien,  con  el  fin  de demostrar la  trascendencia  del  vicio  frente  a  las  plurales conclusiones adoptadas en el  fallo,  el  libelista debe demostrar cómo de haber sido apreciado correctamente  el  medio  de  convicción,  el  fallo  habría sido, por lo menos, favorable al  procesado,  ejercicio  en  el cual se deben tener en cuenta los demás elementos  de  juicio en que el juzgador se apoyó para concluir en la existencia del hecho  y en la responsabilidad del acusado.   

Por  último, también desde el plano de la  trascendencia  de  yerro, el actor debe enseñar a la Corte cómo el pluricitado  error  en  la  actividad probatoria condujo a aplicar una norma que no resolvía  el problema jurídico o que se excluyó otra que sí lo dirimía.   

Recuérdese  que  si el actor no cumple con  los  anteriores  derroteros,  lógico  resulta  que  la  Corte no pueda entrar a  suplantarlo,   en   virtud   del   principio   de   limitación   que   rige  la  casación.   

De acuerdo con los anteriores conceptos y en  lo   atinente   al   primer   cargo   que  el  actor  postula por la vía de la violación directa de la  ley  sustancial,  puesto  que  considera  que se aplicó, de manera indebida, el  artículo  247  A  del  Código  Penal,  advierte  la  Corte  que  del  discurso  argumentativo  del  casacionista no se puede avizorar por qué en este asunto el  citado artículo no era el llamado a gobernar al asunto.   

En  efecto,  si  se  revisa  los argumentos  expuestos  por  el  libelista  se evidencia que están dirigidos a cuestionar el  mérito  que  los juzgadores le dieron a la unidad probatoria y de la cual   concluyeron  que  los  orígenes  de  los  dineros eran ilícitos, puesto que no  comparte  la  relación  de causalidad  entre Speed Joyeros y su defendido.   

Dicho de otra manera, el casacionista en vez  de  dar  los  argumentos  jurídicos  tendientes  a  demostrar  que  el  mentado  artículo  no  era  el llamado a gobernar el asunto, se aparta de la conclusión  probatoria    del   sentenciador   respecto   del   origen   ilícito   de   las  divisas.   

En  tales condiciones, resulta claro que en  últimas  lo  que  el libelista está discutiendo es lo atinente al origen   ilícito  de  los  dineros,  obviamente  en  abierta  discrepancia con la de los  juzgadores,   incumpliendo  de  esta manera la carga que tenía de respetar  los  hechos  y  las  pruebas  tal  como  fueron  declaradas  como probadas en el  fallo.   

Como quedó en precedencia reseñado cuando  la  censura se intenta por la vía de la violación directa de la ley sustancial  la  controversia se centra en torno a la elaboración del juicio de derecho, sin  que    tenga    cabida    aspectos    referidos    al   grado   de   estimación  probatoria.   

De ahí que el reproche carezca de la debida  claridad y precisión para su admisibilidad.   

Respecto al segundo  cargo  que  actor  lo  postula  por  la  vía  de  la  violación  indirecta  de  la  ley sustancial, lo dejó a mitad de camino, en la  medida  en que no demostró su trascendencia frente a las conclusiones adoptadas  en el fallo impugnado.   

Recuérdese    que    el   error   de   hecho   por   falso  juicio  de   existencia   se  comete  cuando  el  juzgador  en   el    acto   de   apreciación   de   los   medios  de    convicción,    excluye    uno    que   fue   incorporado     al     trámite     con    todos   los   presupuestos   que   condicionan  su  validez  o,   se    inventa    otro    que  no  fue  objeto  de  producción  e  incorporación  al  diligenciamiento,  falencia  que  lo  llevó  a declarar una  verdad que no revela el proceso.   

Así,  en  el plano de la demostración del  vicio  el  demandante debe enseñar a la sala cómo de haber sido apreciados los  medios  de  convicción,  el fallo habría sido favorable al acusado, acto en el  cual  debe  tener  en  cuenta  las demás probanzas en que se apoyó el fallador  para   concluir  en  la  existencia  del  hecho  y  en  la  responsabilidad  del  acusado.   

En  este  caso,  si  bien  es cierto que el  libelista  cita  las pruebas que, en su criterio, fueron excluidas en el acto de  apreciación;  de  todos  modos  no demuestra cómo de haber sido apreciados los  documentos  a que hace referencia y los testimonios de unos agentes del DAS, los  que  confrontados  con  los  que  tuvo  en  cuenta el juzgador para construir el  juicio    de    hecho,    la    sentencia    habría   sido   favorable   a   su  defendido.   

En  este  caso  la  argumentación sólo la  centró  en  identificar  las  pruebas  omitidas en el acto de apreciación y en  plasmar  unas  personales  opiniones,  pero  en  manera  alguna las estudió, de  manera  mancomunada,  enseñando  que una decisión de carácter absolutoria era  el pronunciamiento que debió adoptar el sentenciador.   

En  consecuencia,  esta  censura  también  carece de la debida claridad y precisión para su admisibilidad.   

Y,  por  último,  en  lo  que  atañe  al  tercer  cargo  que  el actor  también  funda  por la vía de la violación indirecta de la ley sustancial por  error  de  hecho  por  falso  raciocinio,  tampoco  cumple con los requisitos de  lógica y debida fundamentación para su admisibilidad.   

En  primer lugar, resulta oportuno recordar  que  cuando  el  reproche se funda por los senderos del error de hecho por falso  raciocinio,  al  casacionista le corresponde que indique a la Corte cuál fue la  regla  de  la lógica, el principio de la ciencia o la máxima de la experiencia  vulnerada,  de qué manera lo fue y su real incidencia frente a las conclusiones  adoptadas  en  el  fallo,  acto en el cual también se debe tener en cuentas las  demás  pruebas  en  que  se  apoyó  el  sentenciador  para  dictar el fallo de  condena.  Y,  finalmente,  cómo  dicho vicio condujo a aplicar una norma que no  era  la  llamada  a gobernar el  asunto o, a excluir otra que sí resolvía  los extremos de la relación jurídico procesal.   

Ahora  bien, en tratándose de la prueba de  indicios  en sede de casación la jurisprudencia de la  Corte  ha  sido  clara  en  advertir  que  cuando el ataque recae sobre el hecho  indicador  se  debe  postular  por  la vía de la violación indirecta de la ley  sustancial,  acto  en  el cual se debe precisar la clase del error, es decir, si  de  hecho  o  de  derecho, así como también el falso juicio que lo determinó,  esto    es,    de    existencia,   identidad   raciocinio,   legalidad   o   convicción.   

Empero,  si  la  censura  es  contra  los  razonamientos  lógicos  que  llevaron  a  concluir  en  el hecho indicado, o en  cuanto  a su gravedad, concordancia y convergencia y su relación con los medios  de  prueba  que obran en la actuación, también el reproche se debe fundar bajo  los  lineamientos  del  error  de  hecho por falso raciocinio, vía en la que el  casacionista  debe indicar cuál fue el principio de la lógica, el postulado de  la  ciencia o la máxima de la experiencia vulnerada, de qué manera lo fue y su  incidencia frente a la parte resolutiva de la sentencia.   

Frente   al   citado  tema  la  Sala  ha  dicho:   

“…el censor  debe  informar  si  la  equivocación  se  cometió respecto de los medios   demostrativos   de  los  hechos  indicadores,  la   inferencia   lógica  ,  o  en  el proceso  de  valoración   conjunta     al     apreciar     su     articulación,   convergencia   y   concordancia   de  los  varios   indicios   entre   sí,  y  entre  éstos  y   las    restantes    pruebas,    para   llegar   a   una         conclusión         fáctica       desacertada.   

“De  manera que si el error radica en la  apreciación   del   hecho  indicador,  dado  que  necesariamente  éste  ha  de  acreditarse  con  otro medio de prueba de los legalmente establecidos, necesario  resulta  postular  si  el  yerro  fue  de  hecho o de derecho, a qué expresión  corresponde,   y   cómo   alcanza   demostración   para   el  caso.   

“Y si el error se ubica en el proceso de  inferencia  lógica,  ello  supone partir de aceptar la validez del medio con el  que  se acredita el hecho indicador, y demostrar al tiempo que el juzgador en la  labor  de  asignación  del  mérito  suasorio  se  apartó  de  las leyes de la  ciencia,  los  principios  de  la  lógica o las reglas de experiencia, haciendo  evidente  en qué consiste y cual es la operancia correcta de cada uno de ellos,  y  cómo  en  concreto esto es desconocido.   

“Si   lo    pretendido    es    denunciar    error   de   hecho   por   falso   juicio   de  existencia  de   un   indicio   o   un   conjunto  de  ellos,   lo   primero   que   debe  acreditar  el  censor es la existencia  material  en el proceso de medio con el cual se evidencia el hecho indicador, la  validez   de   su  aducción,  qué  se  establece  de  él,  cuál  mérito  le  corresponde,  y  luego  de realizar el proceso de inferencia lógica a partir de  tener  acreditado el hecho base, exponer el indicio que se estructura sobre él,  el   valor   correspondiente   siguiendo   las   reglas  de  experiencia,  y  su  articulación  y  convergencia  con  los  otros  indicios  o  medios  de  prueba  directos.   

“Además, dada  la  naturaleza  de  este medio de prueba, si el yerro se presenta en la labor de  análisis  de  la  convergencia  y congruencia entre los distintos indicios y de  éstos  con  los  demás  medios,  o  al  asignar  la  fuerza demostrativa en su  valoración  conjunta,  es  aspecto  que  no  puede  dejarse  de  precisar en la  demanda,  concretando  el  tipo de error cometido, demostrando que la inferencia  realizada  por  el  juzgador  transgrede  los  postulados de la sana crítica, y  acreditando  que  la  apreciación  probatoria  que  se propone en su reemplazo,  permite   llegar  a  conclusión  diversa  de  aquella  a  la  que  arribara  el  sentenciador,  pues no trata la casación de dar lugar a anteponer el particular  punto  de vista del actor al del fallador, ya que en dicha eventualidad primará  siempre   éste,  en  cuanto  la  sentencia  se  halla  amparada  por  la  doble  presunción  de  acierto y legalidad, siendo carga del demandante desvirtuar con  la  demostración  concreta  de  haberse  incurrido  en errores determinantes de  violación en la declaración del derecho.   

“Es   en     este    sentido    que    el    demandante   debe   indicar   en   qué   momento  de  la   construcción   indiciaria   se  produce,  si  en   el   hecho  indicador  o  en  la  inferencia   por   violar   las   reglas   de   la   sana   crítica,    para   lo   cual   ha   de  señalar   qué    en   concreto   el   medio   demostrativo   del    hecho    indicador,    cómo    hizo    la   inferencia   el   juzgador,  en  qué  consistió   el   yerro,   y   qué  grado   de  trascendencia   tuvo   éste   por  su  repercusión  en  la   parte  resolutiva  del  fallo”. 1   

Planteadas    así    las   cosas,    surge    claro    que   el   demandante   no    agotó   los    ineludibles    presupuestos   en   precedencia   indicados,   dejando   la  censura sin la necesaria  demostración y, por lo mismo,  sin su debida acreditación.   

El  casacionista  si  bien  cita  que en la  construcción  indiciaria se avasallaron los principios de la lógica (petición  de  principio)  y  las  máximas  de la experiencia, también lo es que la labor  demostrativa  la  hizo  consistir en presentar una personal opinión respecto de  las   conclusiones   a   las   que,   en   su   criterio,   debió   arribar  el  juzgador.   

Por  ejemplo,  anota  el  demandante que no  comparte  la  inferencia,  según  la cual, Delgado Román pertenecía a una red  dedicada   al   lavado   de   dineros,   puesto   que   no  fue   integrada  “a  la  evaluación  de  todas  las  hipótesis que  emergen   como   posibles   y   conduzcan   a  correlacionar  el  hecho  que  se  averigua”.   

Así   mismo,   considera   que   en   la  construcción  del primer indicio en que apoyó el juzgador, esto es, construido  sobre  los  documentos  remitidos  por  el  Gobierno de Panamá, el sentenciador  debió  tener  en  cuenta  la  declaración  juramentada  del  detective del DAS  Malagón  Murcia;  empero no enseña en qué consistió el vicio del Tribunal en  la elaboración del indicio.   

En  el mismo sentido, sin advertir el yerro  invocado,  se  aparta del segundo indicio sustento del fallo construido sobre el  cuaderno  hallado  en  la  diligencia  de  allanamiento y registro, documento en  donde  se  encontraba  consignado  el  número  de  facturas  y  las  cantidades  monetarias,  un  sello y papelería de Speed Joyeros, en la medida en que, en su  criterio,  tal  aspecto  “deviene en ser una simple  circunstancia    y   la  tenencia  de  dicho  sello  nada  dice”.   

Frente  al  tercer  indicio, el actor sólo  limita  la  argumentación  en  criticarlo,  en  tanto  que, en su criterio, fue  construido  de  “la simple circunstancia de haberse  fletado  un  avión  charter que en alguna ocasión trasportó al señor Delgado  Román”.   

Y, por último, el cuarto indicio tampoco lo  admite,  toda  vez  que  su  defendido  haya  puesto  su  oficina a nombre de su  empleada,  tal  circunstancia no es indicativa de responsabilidad, habida cuenta  que     lo    hizo    por    amenazas   y   para   efectos   de   carácter  tributario.   

Por   último,   estima   que   en   las  construcciones  indiciarias  no  se  tuvieron  en  cuenta  que  su procurado era  cliente   de   la   mentada   joyería,  que  no  conocía  las  “particularidades”   que   rodeaba   la  empresa,  que  los  dos  vuelos fletados uno fue para pasar vacaciones y el otro  para  ejercer  su  lícita  profesión  de  comerciante y que no tenía por qué  saber los antecedentes penales de la tripulación de la aeronave.   

Expresado   de   otra   forma,    la  inconformidad  del  actor  no  deriva  de  un  falso  raciocinio cometido por el  juzgador,  sino  en  una  simple  disparidad  de criterios, que como se sabe, no  constituye yerro para ser demandado en casación.   

Ante  la  deficiencia  en la postulación y  demostración de la censura se impone también su inadmisión.   

2.   Demandas  presentadas  a  nombre  de los procesados José Manuel y Norberto de Jesús  Zora Ramírez   

Como   quedó  reseñado  en  el  acápite  correspondiente  del  resumen de los libelos, como quiera que el defensor de los  citados  sentenciados  presentó dos demanda de casación en las que se postulan  los  mismos vicios con idénticos contenidos, la Corte procederá a estudiar los  presupuestos   de   lógica   y  debida  fundamentación,  de  manera  conjunta,  así:   

En    lo    atinente   al   primer  cargo en el que el defensor de los  procesados,  censura al Tribunal de haber dictado sentencia en un juicio viciado  de  nulidad  por violación del postulado de investigación integral, puesto que  el  Gobierno  de Panamá no contestó la carta rogatoria en la que se solicitaba  el  envío  de  unos  documentos,  instrumentos que nunca fueron incorporados al  trámite.   

Recuérdese que cuando el reproche se postula  por  la  vía  de la causal tercera de casación por violación del postulado de  investigación  integral,  al  casacionista le compete que señalé cuál fue el  medio  de  convicción dejado de incorporar al proceso. Del mismo modo, también  se  debe  demostrar  la  fuente de pertinencia, conducencia y utilidad frente al  objeto del proceso y el convencimiento del funcionario judicial   

Y,  además,  en  procura  de  acreditar  la  trascendencia  del  vicio,  el  casacionista  debe demostrar cómo de haber sido  incorporado  al  diligenciamiento  el  medio  de  convicción  echado  de menos,  necesariamente  el  fallo  habría sido favorable a los intereses del procesado,  ejercicio  en el cual se deben tener en cuenta los demás elementos de juicio en  que  se  apoyó  el  juzgador  para  concluir en la existencia del hecho y en la  responsabilidad  del acusado.   

De  acuerdo  con los anteriores parámetros,  surge  evidente que el actor incumplió con dichos presupuestos, en tanto que no  demostró  que  efectivamente  el  medio  de convicción omitido en la actividad  probatoria   tenía  fuerza  demostrativa  de  variar  las  conclusiones  de  la  sentencia,  habida  cuenta  que  resultaba  vital  para  el  convencimiento  del  juzgador en torno a la responsabilidad de los citados procesados.   

En efecto, el actor en vez de demostrar cómo  efectivamente  los documentos solicitados a través de la vía diplomática eran  necesarios  para  discutir  el  aspecto de la responsabilidad penal, el discurso  argumentativo  lo  centra en dolerse sobre esa omisión, y a informar que con la  aducción  de  los mismos, los hermanos Zora Ramírez podían ejercer el derecho  de  contradicción  en  procura de desvirtuar los registros que fueran remitidos  por  el  Gobierno  de Panamá, es decir, que ellos confirmarían los datos allí  contenidos.   

Dicho  de  otra  manera,  ninguno  de  los  argumentos  expuestos por el casacionista llevan a predicar que los instrumentos  echados  de menos resultaban importantes para que el sentenciador no arribara al  grado  de  conocimiento de certeza en torno a la responsabilidad de los mentados  procesados.   

No se puede llegar a otra conclusión, cuando  del  discurso del libelista se advierte que la necesidad de los documentos sólo  residía  en la posibilidad de que los hermanos Zora Ramírez pudieran conocerlo  y  controvertirlos  y,  consecuentemente, confirmar la información contenida en  los instrumentos.   

De   otro  lado,  tampoco  la  deficiencia  probatoria  presentada  como  sustento del reproche argüido contra la sentencia  de   segunda   instancia  resultaba  atribuible  a  los  distintos  funcionarios  judiciales  que  conocieron  del  diligenciamiento, en la medida en que, como el  mismo  libelista  lo  reconoce,  ellos dentro de los instrumentos procesales que  contaban  requirieron  al  Gobierno  de Panamá con el fin de que remitieran los  documentos solicitados  por la vía diplomática.   

En tales condiciones, la Sala observa que la  demostración   y  la  trascendencia del vicio resultaban imposible para el  actor,  en  tanto  que  si  la  probanza  echada  de  menos  no  se  allegó  al  diligenciamiento  no  fue  por  causa  atribuible  a  los distintos funcionarios  judiciales,  puesto  que  ellos  desplegaron  los  actos  correspondientes  a su  jurisdicción  y  competencia en procura de obtener el resultado esperado por la  defensa.   Así  mismo,  mírese  cómo  éstos  tampoco  tenían la fuerza  demostrativa   para   variar   las   conclusiones   del  fallo  respecto  de  la  responsabilidad  de  los  acusados,  puesto  que,  como  lo  sostiene  el propio  libelista,  incorporados  los  instrumentos  al diligenciamiento, los procesados  tenían  que  confirmar  la  información  allí  contenida y, luego el fallador  cotejarlos  con  los  demás  medios  de  prueba,  y de ahí concluir o no en la  responsabilidad de Norberto y Juan Manuel Zora Ramírez.   

En  consecuencia, como quiera que la censura  se  quedó  a  mitad  de  camino  en  cuanto  a  su  construcción, se impone su  inadmisión,  máxime  cuando  la Corte, en virtud del principio de limitación,  no puede entrar a complementar al libelista.   

Y,     respecto     al    segundo  cargo  que  el libelista funda en  una  posible  incompetencia  de  los funcionarios judiciales que profirieron los  fallos  de  instancia,  se  advierte  que el censor desconoce los parámetros de  lógica y debida fundamentación para su postulación.   

En   efecto,   como  lo  ha  indicado  la  jurisprudencia   de  la  Corte,  no  obstante  que  la  incompetencia  del  juez  constituye  causal  para declarar la nulidad de la actuación por violación del  debido  proceso, de todos modos la debida logicidad y argumentación que rige al  recurso  extraordinario  exige  que  si bien es cierto la censura se debe fundar  con  apego  en  la  causal tercera de casación, también lo es que se impone su  fundamentación con la lógica de la primera.   

En  esas  condiciones, no basta argumentar,  como  lo hizo el libelista, que como los hechos que dieron origen a este proceso  ocurrieron  en  la ciudad de Cali, el juzgamiento correspondía a un juez de esa  localidad.   

Así, debe recordarse que quien acude a este  recurso  extraordinario,  luego  de  postular  el cargo de acuerdo con la causal  tercera,  debe  determinar  y  demostrar,  desde  la  perspectiva  de  la causal  primera,  si  la violación de la ley sustancial ocasionada por el yerro hallado  en la sentencia se produjo de modo directo o por la vía indirecta.   

Por  consiguiente,  si su argumentación se  inclina   por   la   violación  directa  debe  relacionar  las  normas  que  el  sentenciador  aplicó  indebidamente,  las  que  omitió  aplicar o aquellas que  interpretó  erróneamente por otorgarle un sentido o un alcance equivocado, sin  controvertir  las  pruebas  o  los  hechos  tal  como  fueron  apreciados  en el  fallo.   

Contrario  sensu,  si el sustento lo es por  los  lineamientos de la violación indirecta, también constituye una carga para  el  casacionista  señalar la clase del error (de hecho o de derecho) y el falso  juicio  (de  identidad,  existencia,  raciocinio,  legalidad  o  de convicción,  respectivamente)  cometido  en  la actividad probatoria que determinó o generó  la irregularidad denunciada.   

Cumplido con lo anterior, le corresponde al  censor  demostrar  la  trascendencia  del  yerro,  esto  es, cómo de no haberse  incurrido   en  él  necesariamente  el  fallo  habría  sido  favorable  a  sus  intereses.   

Al  respecto  la  Sala  ha  afirmado  que  “en este evento, si bien el casacionista se acoge a  la  causal  prevista  para  denunciar  la configuración de un motivo de nulidad  derivado  de  la  falta de competencia del juzgador, el desarrollo que imprime a  la  censura no resulta ser acertado, pues se deja de considerar que a esta clase  de  desaciertos se llega por haberse incurrido en vicios in iudicando, es decir,  en  el acto mismo de juzgar sea directamente por incurrir en errores en el plano  del  puro  raciocinio  jurídico  que  determinaron  la falta de aplicación, la  exclusión  evidente  o la interpretación errónea de disposiciones del derecho  sustancial,  y  por  tal  vía,  de  aquellas  que establecen la competencia del  juzgador,   o   de   modo   indirecto   a  través  de  la  errada  apreciación  probatoria.   

“Sobre  la  forma  como su demostración  debe  asumirse,  la  jurisprudencia  tiene  establecido  que la censura por este  motivo  de  casación es de fundamentación mixta, puesto que debe formularse al  amparo  de  la  causal  tercera  pero  desarrollarse  siguiendo los lineamientos  técnicos  de  la  primera,  optando  por una de las dos vías establecidas para  ella.  Si  opta  por  la  vía directa es deber indicar las disposiciones que el  juzgador  aplicó  indebidamente y de las que correlativamente dejó de aplicar,  o  aquellas  en  las  que  se  equivocó  en  fijar su contenido o alcance y las  razones   jurídicas  de  este  desacierto,  sin  que  por  dicha  vía  resulte  procedente  controvertir  la  apreciación  probatoria. Si la trasgresión de la  ley  se  originó en errores de apreciación probatoria, es deber concretar cada  uno  de  ellos, si de existencia,  identidad,  legalidad  o   convicción,   y   demostrar  su trascendencia o incidencia en la  violación  de  la  ley  y,  por  ende,  la  falta  de  competencia  del órgano  jurisdicente    con    compromiso   de   la   validez   del   juicio”.2   

Así,  entonces, como se anunció, el actor  no  cumplió  con  ninguno  de  los  anteriores  parámetros,  toda  vez  que la  argumentación  la centró exclusivamente a la afirmación  que como quiera  que  los  hechos  ocurrieron en  la  ciudad  de  Cali,   al   juez   del   circuito  especializado  de  esa  localidad  le correspondía el juzgamiento y que “no  es  lo mismo la congestión judicial de los jueces de Bogota D.C., en particular  los  Especializados,  que  los  jueces  de  Provincia,  en este caso Santiago de  Cali”.  Sin  embargo, de su lacónica argumentación  no se puede precisar las razones jurídicas de su ataque.   

Por  manera  que  ninguno  de  los  cargos  postulados  por  la  causal  tercera  de  casación  cumplen los presupuestos de  lógica y debida fundamentación para su admisibilidad.   

Por   último,  en  lo  que  atañe  al  tercer     cargo,   también    se    inadmitirá,   por   las   siguientes  razones:   

En  primer  término,  resulta  conveniente  recordar  que  el  derecho a la impugnación impone el estudio sobre el interés  jurídico  que  asiste  al  sujeto  procesal,  con  el  fin  de  verificar si la  providencia  objeto  de  inconformidad le causó algún perjuicio o desmedro que  lo  lleve  a  solicitar  la  remoción,  mejoramiento  o  atemperamiento  de  la  decisión que le resulta gravosa.   

De otro lado, como lo ha ilustrado la Corte,  en  cuanto  atañe  al  interés jurídico para impugnar la sentencia de segunda  instancia  a  través del recurso de casación, se hace indispensable establecer  en  cada caso en particular y en concreto si el fallo inflige agravio, perjuicio  o menoscabo a los derechos del respectivo sujeto procesal.   

De  igual  manera,  la  jurisprudencia de la  Corte  ha dicho que, por regla general, la no interposición o sustentación del  recurso  de  apelación de la sentencia  de  primer  grado,   lleva   a   concluir   que   hay  conformidad  con  las   decisiones   adoptadas   en   dicho  fallo,   motivo   por   el   cual   si  pretende  acudir a la sede de  casación,  claro  resulta  que  carecería de interés  jurídico.   

Sin  embargo,  la  Sala  ha señalado que la  anterior regla general comporta las siguientes excepciones:   

“a)   Cuando  aparezca  demostrado que arbitrariamente se le impidió el ejercicio del recurso  de instancia.   

“b)  Cuando  el  fallo  de  segundo  grado modifique su situación jurídica, de manera negativa,  desventajosa o más gravosa.   

“c)  Cuando  se  trate  de fallos consultables que causen perjuicio, para los eventos en que aún  resulte procedente.   

“d)  Cuando  el  sujeto procesal proponga nulidad por la vía extraordinaria.   

“La  falta  de  interés  para recurrir, cuando se ha dejado de impugnar la sentencia de primera  instancia,  con  las  salvedades  planteadas,  se  predica  de todos los sujetos  procesales,     sin     privilegio     distinto    del    que    pueda    surgir  normativamente”.3   

En  esas  condiciones  y en cuanto atañe al  tercer  cargo,  resulta  claro  observar  que  el  defensor  de  los  procesados  Norberto   de   Jesús   Zora   Ramírez  y  José Manuel Zora Ramírez  carece  de interés jurídico para acudir al recurso de casación,  toda  vez  que,  como quedó consignado en los antecedentes de esta providencia,  el  procesado  José  Manuel Zora Ramírez  ni  su defensor apelaron el fallo de primer grado, mientras que la  impugnación  presentada  a  nombre  Norberto de Jesús  Zora  Ramírez  fue declarada desierta, situación que  permite   colegir   su   conformidad   con   las   decisiones   allí   adoptadas,    sin    dejar    pasar    por   alto   que,   en   este específico caso, no se dan ninguna de las hipótesis  anteriormente    transcritas,    como   si   sucedió   con   los   dos  primeros cargos, fundados en la causal  nulidad.   

Además, tampoco aparece elemento de juicio  que  permita  inferir  de  manera  fundada  que  a los citados procesados o a la  defensa  técnica  se  les  haya  impedido  el  ejercicio  de la impugnación de  instancia  o que el fallo de segundo grado hubiese desmejorado sus pretensiones,  máxime  cuando  el Tribunal confirmó el fallo de primera instancia.   

En    consecuencia,    al   carecer    el    libelista   de   interés   para   acceder   a  esta  sede  casacional,  lógico  es colegir que la censura no  está llamada a ser admitida.   

En  segundo  lugar,  tampoco  está  de más  indicar    que    este    tercer   cargo,  postulado  bajo  la  violación  directa de la ley sustancial, no  cumple    los    lineamientos    que    la    ley    ha    previsto    para   su  formulación.   

En  efecto, como ha quedado expuesto en esta  decisión  la  jurisprudencia  de  la Corte ha señalado que cuando se invoca el  cuerpo  primero  de  la causal primera de casación, esto es, violación directa  de  la  ley  sustancial,  el  libelista  no  puede discutir la valoración de la  prueba  realizada  por  el  sentenciador  ni  cuestionar  la declaración de los  hechos  consignados  en  el  fallo,  pues  toda su actividad debe estar dirigida  exclusivamente  a  demostrar  la  equivocación  en que incurrió el Tribunal al  aplicar o al inaplicar la normatividad al caso concreto.   

Se   trata,   entonces,   de   un  estudio  estrictamente      jurídico,     toda     vez     que      “cualquiera  que  sea  la modalidad de violación directa de la ley,  el  yerro  de los juzgadores recae indefectiblemente en forma inmediata sobre la  normatividad,  todo  lo  cual implica un cuestionamiento en un punto de derecho,  sea  porque  se  deja  de  lado  el precepto regulador de la situación concreta  demostrada,  porque  el hecho se adecua a un precepto estructurado con supuestos  distintos  a los establecidos, o porque se desborda la intelección propia de la  disposición         aplicable        al        caso        concreto…”.4   

Y  cuando  se  trata  de  la  última de las  citadas   modalidades   de   la  violación  de  la  ley  sustancial,  esto  es,  interpretación  errónea,  significa que el proceso de selección y adecuación  al  caso  en  cuestión  es  correcto pero al interpretar el precepto el juez le  atribuye  un  sentido  que no tiene o le asigna efectos distintos o contrarios a  su  contenido,  lo  que  implica  que  el yerro recae indefectiblemente en forma  inmediata  sobre  la  normatividad,  todo  lo  cual impone un cuestionamiento en  derecho  y,  al  mismo  tiempo, como se indicó, la aceptación incondicional de  una   realidad   fáctica  ya  definida  e  inmodificable  dentro  del  proceso,  imponiéndose   la   sujeción   del  demandante   la  realidad  probatoria  declarada en las instancias.   

Tales delineamientos técnicos, como se dijo,  no  fueron  observados  por  el  actor,  pues  si bien funda el reproche bajo la  modalidad  de  la interpretación errónea del artículo 247A del Código Penal,  de  todos modos desvió la censura hacia los linderos de la violación indirecta  de  la  ley  sustancial,  pues  en  espera  de que centrara su argumentación en  demostrar,  en  el ámbito estrictamente jurídico, cómo el juzgador le otorgó  a  dicha  preceptiva  un  alcance  que  no  contempla,   se    dedicó    a   afirmar   que   en   el   proceso  “no se demostró  de  manera  plena  la  conducta punible del delito subyacente relacionado con el  enriquecimiento  ilícito”  o, que no puede resultar  punible  la  conducta  imputada  a  sus  defendidos  al  dejar  de  comprobarse  de  manera clara y precisa la  existencia   del   “delito  subyacente”.   

Como  sucedió en la anterior demanda, si el  actor  no  compartía  el  resultado fáctico logrado por los jueces, por cuanto  que  el  proceso  no  arrojaba  los suficientes elementos de juicio que, bajo su  correcta  valoración, permitiesen establecer el origen ilícito de los dineros,  es  claro,  entonces,  que  tales desavenencias recaen sobre las pruebas, motivo  por  el  cual el ataque deja de ser directo para convertirse en indirecto y, por  lo  mismo,  debió  centrar el reproche a través de la apreciación probatoria,  según  la  índole  de  los errores que en esa materia hubiesen podido incurrir  los sentenciadores.   

Ahora  bien,  si  en gracia de discusión se  aceptara  que  la argumentación del demandante se delineó exclusivamente en el  ámbito  de  la  mencionada  interpretación  errónea  del  artículo  247A del  Código  Penal, de todos modos el cargo lo dejó en el simple enunciado, pues no  ilustró  a  la  Corte  en  qué  consistió  la  errada  hermenéutica  que  el  sentenciador  le otorgó a dicha preceptiva, cuál era su correcto entendimiento  y  cómo  de  haberse  interpretado  de  manera  acertada  el fallo habría sido  favorable a los intereses jurídicos de su defendido.   

En   esas  condiciones,  las  demandas  se  inadmitirán.   

De otro lado, se advierte que del estudio del  proceso  no  se  vislumbra  violación  de  derechos  fundamentales o garantías  de         los  intervinientes,   que  determine  el ejercicio de la facultad oficiosa de índole legal que al respecto  le asiste a la Sala en punto de asegurar su salvaguarda.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

         

R E S U E L V E  

INADMITIR  las  demandas  de  casación  presentada  a  nombre  de     los       procesados              JAVIER    DELGADO    ROMÁN,  JOSÉ MANUEL ZORA RAMÍREZ y     NORBERTO     DE    JESÚS    ZORA  RAMÍREZ.       En      consecuencia,  se  DECLARA  DESIERTO el recurso.     

Contra  esta  decisión no procede ningún  recurso.   

Comuníquese  y  cúmplase.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO                         

                                                   

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                             

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                                                                   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria    

1  Casación  12062  del  2 de agosto de 2001. Ver también casaciones 14535 del 30  de  noviembre  de  1999,  11135  del  26  de noviembre de 2003 y 20827 del 12 de  diciembre de 2005.   

2  Casación  11525  del  14  de  enero  de 2002, casación 22226 del 8 de junio de  2005, entre otras.   

3  Casación 25864 del 23 de agosto de 2006.   

4 Rad.  14899,  sentencia  del  6  de  mayo  de 2003, Rad. 18580, auto del 12 de mayo de  2004; Rad. 21821, sentencia del 2 de marzo de 2005, entre otros.     

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