26746(13-02-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 26746  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N°  028  

Bogotá,  D. C., trece (13) de febrero de dos  mil ocho (2008).   

V    I    S   T   O  S   

La Corte decide respecto del cumplimiento de  los  presupuestos  de  logicidad  y  debida  argumentación  de  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  ELIÉCER  CALDERÓN CARDONA.   

A  N  T  E  C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por el  Tribunal de la siguiente manera:   

“De  la denuncia  escrita  presentada  por  la  Registradora  de  Instrumentos  Públicos, ante la  Unidad  Seccional de la Fiscalía de Manzanares (Caldas) el día 12 de diciembre  de  2003,  se  extrae que el señor ELIÉCER CALDERÓN  CARDONA,  en  su  condición  de  empleado  de  dicha  entidad,  se  apoderó de $1.850.000 de la cuenta de gastos de funcionamiento de  la  entidad, suma de dinero que fue transferida el 3 de mayo de 2003 a la cuenta  de   ahorros   de  Bancafé  a  nombre  de  CALDERÓN  CARDONA, auxiliar administrativo que tiene a cargo la  contabilidad  e  información  financiera de la oficina, habiendo reintegrado en  octubre  de esas misma calendas el dinero. Explica que su empleado aprovechó su  ausencia,  pues  en  marzo  de  2003  salió  de  permiso para viajar a México,  habiéndolo  designado  en calidad de encargado de la oficina, y como ella junto  con  él  tiene  registrada la firma en el Banco, dejó firmadas hojas en blanco  con     el     membrete     de     la     entidad    para    que    ELIÉCER   llenara   el   contenido   y  utilizara  su rúbrica para solucionar los pagos de funcionamiento de la Oficina  de  Registro  e  Instrumentos  Públicos. Refiere que una vez se reintegró a su  cargo  no  solicitó  a  CALDEÓN CARDONA  si  las hojas firmadas en blanco habían sido utilizadas para los  fines indicados.   

“Escuchado  en  versión  libre  sin  juramento, el procesado aceptó que se apoderó de la suma  de  $1.850.000  de  la cuenta de ahorros de la Oficina de Instrumentos Públicos  de  Manzanares  el día 3 de mayo de 2003, dinero que juntó con otra cantidad y  sumó  $2.500.000  para  ser  entregados  a  un grupo de personas que lo estaban  chantajeando,  pues  si  no  procedía  a  ello le harían daño a la integridad  personal  de  sus  hijas,  aterrorizado  optó  por trasladar de la cuenta de la  oficina  donde  labora,  a  la  personal,  dicha  suma  de  dinero  para  el fin  indicado”.   

2.  El  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de  Manzanares  (Caldas),  mediante  sentencia  fechada  el  17  de  junio  de 2004,  condenó    al    procesado    Eliécer    Calderón  Cardona  a  las penas principales de 1 año 8 meses de  prisión,  multa de $1.850.000 e inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  por un lapso igual a la sanción privativa de la libertad,  como  autor  del  delito de peculado por apropiación imputado en la resolución  de  acusación, la cual quedó ejecutoriada el 29 de marzo del citado año. Así  mismo,   le  concedió  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución  de  la  pena.   

3.  Apelado el fallo por el defensor del  procesado  Calderón Cardona,  quien  alegó  la  concurrencia  de  una  causal eximente de responsabilidad, el  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial Manizales, el 24 de agosto de 2006, lo  confirmó integralmente.   

4.   Contra  esta  determinación,  el  defensor    de    Calderón   Cardona   interpuso recurso extraordinario de casación.   

LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

El   defensor   del   procesado  Eliécer  Calderón Cardona, al amparo de  la  causal  primera  de  casación,  acusa  al  Tribunal  de  haber incurrido en  “ERROR    EN    LA    APRECIACIÓN    DE   VARIAS  PRUEBAS”,   yerro   que  condujo  a  la  violación  “directa”  de  la  ley  sustancial  por “indebida aplicación de causales de  justificación”,      pues      “no   aplicó   acertadamente   el   ordinal  6°  y  7°  del   artículo   32   del   C.  P.”,   toda    vez    que   realizó   apreciaciones  subjetivas  y  elucubraciones  respecto  de la posibilidad que su defendido tenía para acceder  a  los  recursos  necesarios  con  el  fin de pagar la extorsión, es decir, que  podía   obtener   un   crédito,   concluyendo   que  la  excusa  extorsiva  no  existió.   

Afirma  que los 28 años de labores sin tacha  por  parte  de  su  defendido,  quien  siempre  ha  actuado  respetando la ley y  cumpliendo   los  derroteros  propios  de  un  hombre  honesto,  no  pueden  ser  abandonados  por  el juzgador, como tampoco resulta admisible que no se entienda  que  un  padre  hace  cualquier  cosa  para proteger a sus hijos, situación que  aquí claramente ocurrió.   

“En   otras  palabras,  la  causal  de  exculpación no ha sido analizada en su integridad ni  desvirtuada,  es  más  aún,  ni  tan siquiera existió un mínimo cotejo de la  vida  de  mi  defendido,  la realidad del sector y el hecho ilícito, lo que sin  duda  va  contra  una  defensa  real,  con tal actuación, incluso hubo vicio de  nulidad,  por  violación,  no  sólo del debido proceso, sino del derecho a una  defensa  real,  por  haberse  proseguido el trámite de la primera instancia sin  haberse  analizado  de  fondo  los  argumentos presentados, lo cual debió haber  declarado  la  segunda  instancia al momento de resolver la alzada. Véase cómo  las  pruebas  están allí en el proceso pero no han sido vistas por más que se  ha insistido en ello”.   

Reitera que no obstante estando probada en el  proceso  la  amenaza que se presentó contra la vida de las hijas del procesado,  el  juzgador  se  negó  a  admitir  la  existencia de las alegadas eximentes de  responsabilidad,     incurriendo    de    esa    manera    en    “violación   indirecta”   de   la  ley  sustancial   por  un  “error  de  hecho”.   

Por ello, estima el libelista que el Tribunal  cometió  el  “yerro anotado al no dar aplicación a  varias  normas”, como fueron los artículos 6°, 7°,  9°,  21,  23  y  32, numeral 6°, del Código Penal, además de que desconoció  las  exigencias  contempladas  en  los  artículos  232  y  234  del  C.  de  P.  P.   

En su criterio se debe concluir que no hay en  el  proceso  ninguna  prueba  que  desvirtúe  “las  condiciones  que  dan  existencia a la ausencia de responsabilidad del sindicado  por   estar   en   una   de   las   causales  previstas  en  la  ley”.  Dice  que  si el juzgador coligió lo contrario, fue porque no  analizó  los  medios  de convicción obrantes en el diligenciamiento, error que  “da  una  clarísima  violación  directa de la ley  sustancial   por   indebida  aplicación  de  las  normas  invocadas”.   

Asevera  que el sentenciador de segundo grado  realizó  una  valoración equivocada de los hechos y de las pruebas, obteniendo  de  las  mismas  “inferencias erróneas, deducciones  ligeras  y  especulaciones inexactas frente a los criterios de la sana crítica,  ya  que acepó como ciertos varios indicios que carecían de demostración de su  hecho  indicador, creó sin ambages posibilidades a la lógica del fallador y de  su  experiencia  sobre  situaciones  probadas  y  reconocidas a partir del hecho  conocido,  pero  dejando  de  lado  las  situaciones  y  hechos que debieron ser  tenidos  en  cuenta y de los cuales dan serio crédito las afirmaciones tanto de  la  denunciante  como  de  los  funcionarios  de  la  oficina  y  del agente del  Ministerio  Público  que  ofrecían  claridad  para  soportar  la  ausencia  de  responsabilidad”.   

Considera  que las instancias “dieron  excesiva  credibilidad a los elementos posteriores al hecho  y  no  profundizaron  en  los  hechos  que hacen ver claramente que existió una  fuerza  o presión externa a mi defendido que lo obligó a actuar contra derecho  a  fin  de  salvaguardar  un  derecho  de  mayor  entidad  que  el  que  puso en  riesgo”.   

Dice que no es lógico que una persona con la  trayectoria  de  su  procurado, se apropie de una cantidad de dinero que resulta  ínfima   para  poner  en  peligro  su  sustento  y  toda  una  vida  de  buenas  actuaciones.   

Luego  de  transcribir  una  cita  doctrinal,  sostiene  que los juzgadores no “dieron credibilidad  a   lo   narrado  por  el  procesado,  cercenándole,  de  entrada,  su  derecho  fundamental  de presunción de inocencia”, además de  que  olvidaron  que  no  intentó  ocultar  el  hecho  ocurrido  ni  evadió  su  responsabilidad.   

En  fin,  después de reiterar los anteriores  argumentos,  concluye  solicitándole  a la Corte case la sentencia impugnada y,  en su lugar, proceda a absolver a su defendido.     

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Surge  evidente  que  la demanda de casación  presentada  por  el  defensor  del sentenciado Eliécer  Calderón   Cardona   no  reúne  los  requisitos  de  claridad,  precisión  y  coherencia que para ser admitida establecen las normas  que regulan la casación.   

No  distingue  el  censor entre un alegato de  instancia  y  una  demanda  de casación, en la que no se puede hacer, de manera  libre,  cualquier cuestionamiento a una sentencia que por ser la culminación de  todo  un  proceso,  viene  amparada  por  la  doble  presunción  de  acierto  y  legalidad,  sino  que  debe ser un escrito lógico, coherente y sistemático que  busca  restaurar  la  legalidad  del  fallo,  por  lo  cual  sólo es procedente  denunciar  los  errores  cometidos  por  el  fallador,  al tenor de las causales  expresa  y  taxativamente  señaladas  en  la  ley, demostrarlos y evidenciar su  trascendencia en la parte dispositiva de la providencia impugnada.   

Tales  presupuestos  no los reúne el escrito  que  ocupa  la  atención  de  la  Corte,  pues  si bien el actor anuncia que lo  sustenta  en  la causal primera de casación, de todos modos en su desarrollo no  se  respetan  los  parámetros  y las reglas técnicas que la ley ha establecido  para tal hipótesis.   

En  efecto, si bien es cierto que el actor en  su  única  censura  acudió a  los  senderos de la violación directa  de  la  ley  sustancial,  reprochando  la falta de aplicación del artículo 32,  numerales  6°  y  7°  (causales  de  ausencia de responsabilidad), del Código  Penal,  también  lo  es  que  no  precisó las razones  jurídicas  por  las  cuales,  en  su  criterio,  el  Tribunal  incurrió  en la  transgresión  de  tales  preceptos,  ni demostró sus consecuencias frente a la  parte   conclusiva  del  fallo,  limitándose  simplemente  a  informar  que  su  procurado  se apropió de la suma de $1.850.000°° para evitar que sus hijas no  sufrieran ningún daño como producto de una extorsión.    

En   otros  términos,  el  actor  no  hizo  pronunciamiento   alguno   entorno   a   los   motivos   que   en   estricto  derecho lo llevaron a afirmar que  el  Tribunal  incurrió  en la mencionada falta de aplicación de unos preceptos  sustanciales  y,  mucho  menos,  concatenó, dentro de parámetros propios de la  lógica      jurídica,      esa     “violación  directa”  con  el  hecho  que  enmarca dentro de los  elementos propios de las anunciadas eximentes de responsabilidad.   

Del  mismo  modo,  abandonando  la  inicial  afirmación,  incomprensible  resulta  que el libelista predique al mismo tiempo  que     Eliécer    Calderón    Cardona  obró  amparado  en  una causal eximente de responsabilidad y, sin  embargo,   acuse   a   continuación  la  “indebida  aplicación  de  las mencionadas normas”, las cuales,  como  es  evidente,  no fueron seleccionadas y, menos, aplicadas por el operador  jurídico.   

Y  el desacierto lógico en la argumentación  del  casacionista  se  acentúa  cuando  sustenta  el  reproche afirmando que el  Tribunal  incurrió  en “ERROR EN LA APRECIACIÓN DE  VARIAS  PRUEBAS”, aseveración que recae sobre   los    medios    de   convicción,   motivo   por   el   cual  el  ataque  deja  de ser  directo   para    convertirse    en    indirecto   y,   por   lo   mismo,   debió  centrar   el   reproche   a   través     de     la     apreciación     probatoria,   según   la  índole  de  los  errores  que  en esa materia hubiesen podido  incurrir los sentenciadores.   

Por  ello,  se  hace  necesario recordarle al  demandante  que  la violación directa de la ley sustancial tiene que ver con la  equivocación  en  que  incurre  el  juzgador  al  aplicar  la  normatividad que  corresponde  a  los  hechos materia de juzgamiento, manifestándose a través de  tres  variaciones:  la  primera  se  presenta  cuando  no se aplica la norma que  corresponde  porque  el  juez  yerra  acerca  de su existencia, es la denominada  falta  de  aplicación  o  exclusión  evidente;  la  segunda,  el  sentenciador  efectúa  una  falsa  adecuación  de  los  hechos  probados a los supuestos que  contempla  la  disposición  y, por ello, incurre en aplicación indebida, y, la  última,  los  procesos  de  selección  y  adecuación al caso en cuestión son  correctos  pero al interpretar el precepto el juez le atribuye un sentido que no  tiene   o   le   asigna   efectos   distintos   o  contrarios  a  su  contenido,  configurándose   así  la  llamada  interpretación  erróneamente  de  la  ley  sustancial.   

Así  mismo,  ha señalado insistentemente la  jurisprudencia  de  la Corte que cuando se invoca el cuerpo primero de la causal  primera  de  casación,  esto  es,  violación  directa de la ley sustancial, el  libelista  no  puede  discutir  la  valoración  de  la  prueba realizada por el  sentenciador  ni  cuestionar  la  declaración  de  los  hechos consignada en el  fallo,  pues toda su actividad debe estar dirigida exclusivamente a demostrar la  equivocación  en  que  incurrió  el  Tribunal  al  aplicar  o  al inaplicar la  normatividad al caso concreto.   

Se   trata,   entonces,   de   un   estudio  estrictamente      jurídico,     toda     vez     que      “cualquiera  que  sea  la modalidad de violación directa de la ley,  el  yerro  de los juzgadores recae indefectiblemente en forma inmediata sobre la  normatividad,  todo  lo  cual implica un cuestionamiento en un punto de derecho,  sea  porque  se  deja  de  lado  el precepto regulador de la situación concreta  demostrada,  porque  el hecho se adecua a un precepto estructurado con supuestos  distintos  a los establecidos, o porque se desborda la intelección propia de la  disposición         aplicable        al        caso        concreto…”.1   

Como   se   indicó,  tales  delineamientos  técnicos  no  fueron  observados por el actor, avizorándose, por el contrario,  inseguridad  en  la censura,  poniéndose en evidencia la falta de claridad  y precisión para su admisibilidad.   

Ahora  bien,  si  se entendiese, en gracia de  discusión,  que  la censura la formuló a través de la violación indirecta de  la  ley  sustancial,  conclusión  que  surge cuando indicó que el sentenciador  incurrió    en    “error   de   hecho”,  también lo es que el actor en manera alguna indicó, como era  su  obligación,  el  falso  juicio  que lo determinó ni precisó sobre cuáles  pruebas recayó el anunciado yerro.   

Por ello, se hace necesario recordar, como lo  ha  dicho  la  jurisprudencia  de la Corte, que el error de hecho consiste en la  incongruencia  entre  la  prueba  que existe y no existe y la idea contraria del  juzgador.  En  otros  términos,  dicho  yerro  subyace  una actitud frente a lo  descriptivo,  en  el  sentido de que transgrede la información suministrada por  la prueba o se finge la que ella pueda suministrar.   

Partiendo  del anterior concepto, el error de  hecho lo generar tres juicios, a saber:   

a) Falso juicio de existencia, según el cual,  el  juzgador,  al  momento de valorar individual y mancomunadamente las pruebas,  supone  un  medio  de  convicción  que no obra en el diligenciamiento o excluye  uno,  los  que  tenían  la  capacidad  de  probar  circunstancias que eliminan,  disminuyen o modifican la decisión absolutoria o de condena.   

b)  Falso  juicio  de  identidad,  en  el que  incurre  el juzgador cuando en la apreciación de una determinada prueba le hace  decir  lo  que ella objetivamente no reza, erigiéndose en una tergiversación o  distorsión  por  parte  del  contenido  material  del   medio   probatorio,   bien   porque  se le coloca a decir lo  que  su  texto  no encierra o porque se le hace expresar lo que objetivamente no  demuestra.   

c) Falso raciocinio, cuando el sentenciador se  aparta,  al  momento de apreciar los medios de convicción, de los postulados de  la  sana  crítica,  es decir, de las leyes de la lógica, de la ciencia, de las  máximas de la experiencia o del sentido común.   

Como  puede  advertirse,  no  obstante que el  libelista  mencionó la existencia de un error de hecho, de todos modos, como se  dijo,  guardó  silencio  sobre  el  falso  juicio  que lo generó, limitando su  argumentación  a  hacer  breves críticas generalizadas sobre la manera como el  Tribunal   valoró  los  medios  de  pruebas,  tales  como  que  “realizó   apreciaciones  subjetivas  y  elucubraciones”,  o  que “la causal de exclusión no  ha  sido  analizada en su integridad ni desvirtuada”o  que  en  el  proceso  no hay ninguna prueba  que desvirtúe “las   condiciones   que   dan   existencia   a   la   ausencia   de  responsabilidad  del  sindicado” o que las instancia  “las  instancias dieron excesiva credibilidad a los  elementos posteriores al hecho”.   

Por   consiguiente,   se   observa  que  la  inconformidad  del  libelista  está  centrada en las conclusiones probatorias a  las  que  llegó  el Tribunal Superior de Manizales y no en un específico yerro  de  apreciación  probatoria,  disparidad  de criterios que no es susceptible de  ser  atacada  en  esta  sede,  toda  vez  que el juzgador, dentro del sistema de  apreciación  probatoria,  goza  de  libertad  para  justipreciar  los medios de  convicción,   sólo   limitado   por   los  postulados  que  informan  la  sana  crítica.   

Si  se  concluyera,  por  lo  menos,  que  el  reproche  se  ubica  en la violación indirecta de la ley sustancial generada en  un  error  de  hecho por falso juicio de existencia por omisión (sentido que no  mencionó),  pues  el  libelista  afirmó  que  “el  Tribunal    no   analizó   los   medios   de   convicción   obrantes   en   el  diligenciamiento”,  de  todos  modos  el  cargo así  planteado  quedó  en  el  ámbito  de  la  simple  generalidad, toda vez que no  concretó  las  pruebas  que fueron omitidas, ni demostró un perjuicio concreto  con  el  vicio  o  vicios atribuidos al juzgador, la relación con los restantes  medios  de  convicción  legalmente  aducidos  al  diligenciamiento,  los que no  mencionó  ni  reprochó,  y  su  incidencia  en  la  parte resolutiva del fallo  impugnado,  al  punto  que  se  declaró una verdad distinta de la que revela el  proceso.   

Ahora  bien, si consideraba que en el proceso  de  valoración probatoria, el  Tribunal  transgredió  las   reglas   de   la   sana   crítica,   ha   debido   postular   la   censura  a  través  del  error de  hecho  por  faso  raciocinio,  indicando cuál fue la regla de la lógica, de la  ciencia,  de  la  experiencia  o del sentido común vulnerado, de qué manera lo  fue  y  su  incidencia  en  la  parte  resolutiva  del  fallo, labor que tampoco  emprendió.   

Finalmente,  se  observa  que,  en  abierta  discrepancia  con  el principio de autonomía, según el cual, al interior de un  mismo  cargo  no  se  pueden   mezclar  ataques correspondientes a causales  distintas,   pues   cada  una  tiene  características  y  reglas  técnicas  de  demostración  diferentes  y  producen  diversas  consecuencias  jurídicas,  el  libelista  transita,  de manera simultánea, por las causales primera y tercera,  al    plantear   “errores   de   hecho”  y  la  transgresión  del  “debido  proceso  y  del derecho de defensa” por cuanto, en su  criterio,  se  “prosiguió el trámite de la primera  instancia   sin   haberse  analizado  de  fondo”  la  multicitada  causal  de  ausencia  de  responsabilidad,  reparo  que  ha  debido  formular de manera separada y respetando el principio de prioridad.   

La anterior acotación tiene su razón de ser,  ya   que   si   bien   es  cierto  el   libelista  inicia  el  único  cargo  fundándolo  en  la  causal  primera  de  casación  prevista en el numeral 1° del artículo 207 del Código  de  Procedimiento   Penal,  lo  que  conlleva  a  significar  que  acusa la  violación  de   la  ley  sustancial  (error  in  iudicando),   también   lo   es   que  parte  de  su  desarrollo   resulta  inconsecuente  con  dicha hipótesis, toda vez que lo  sustenta   a   través    de   argumentaciones  propias  de   la   causal     de     nulidad    (error    in  procedendo),  situación  que  no   sólo   desorienta   el  reproche  sino que también termina  vulnerando  el  citado principio de autonomía, desatinos técnicos que, dado el  postulado de limitación, la Corte no puede entrar a enmendar.   

Así mismo, no está de más recalcar que, en  virtud  del  principio de trascendencia que gobierna la declaratoria de nulidad,  según  el  cual,  no   basta  con  denunciar  irregularidades o que éstas  efectivamente  se  presenten  en  el  proceso,  sino  que  se hace indispensable  demostrar  que   aquellas inciden de manera concreta en el quebranto de los  derechos  de   los  sujetos  procesales,  se  hace  necesario  que el actor  evidencie  un   perjuicio  causado  con  el yerro in procedendo denunciado,  pues,  caso   contrario, la Corte, por razón del principio de limitación,  no puede entrar a  complementar al censor.   

En  esas condiciones, al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

Por  último,  cabe  señalar  que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En  mérito  de  lo expuesto, la CORTE   SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E   S   U  E  L  V  E   

INADMITIR la demanda  de  casación  presentada  por  el defensor de ELIÉCER  CALDERÓN   CARDONA.   En  consecuencia,  se  declara  desierto el recurso extraordinario de casación interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no  procede  ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

ALFREGO   GÓMEZ   QUINTERO                         MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                             JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                     

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                             JULIO  ENRIQUE  SOCHA  SALAMANCA                                     

JAVIER  ZAPATA ORTÍZ  

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

         Secretaria     

1 Rad.  14899,  sentencia  del  6  de  mayo  de 2003; rad. 18580, auto del 12 de mayo de  2004;  rad.  21821, sentencia del 2 de marzo de 2005; rad. 21206, auto del 29 de  junio de 2005, entre otros.     

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