25259(29-02-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso No 25259  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARÍA   DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ DE LEMOS   

Aprobado acta N° 045.  

Bogotá,  D. C., veintinueve (29) de febrero  de de dos mil ocho (2008).   

VISTOS  

La  Sala  acomete la definición del recurso  extraordinario   de  casación  interpuesto  por  el  defensor  de  ARIEL  RICARDO RODRÍGUEZ AGUDELO contra la  sentencia  del  19  de octubre de 2005, mediante la cual el Tribunal Superior de  Santa  Rosa de Viterbo confirmó el fallo adoptado el 5 de enero del citado año  por  el  Juzgado  Penal  del  Circuito de la misma sede,  por cuyo conducto  condenó  al  procesado  en  mención  a  las  penas  principales de 30 años de  prisión  y  15.000 salarios mínimos legales mensuales de multa, así como a la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el mismo lapso fijado para la sanción privativa de la libertad,  como coautor del delito de secuestro extorsivo agravado.   

HECHOS  

Los resumió la Procuradora Tercera Delegada  para la Casación Penal, de la siguiente manera:   

“En las horas de  la  noche  del  11 de junio de 2002, fue plagiado el joven Carlos Rodrigo Gómez  Castro  por cuatro desconocidos que portaban armas de fuego de corto alcance, en  momento  en  que  se  entrevistaba  con  Ariel  Ricardo Rodríguez Agudelo en el  establecimiento  comercial  “Signo  bar”,  ubicado en la avenida circunvalar  N°  22 A 37, del perímetro urbano de la ciudad de Duitama, lugar al que había  acudido  Gómez  Castro atendiendo una cita que había concertado con Rodríguez  Agudelo”.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1. Con base en la denuncia instaurada por el  señor     Alfonso    Gómez    Estrada,  padre de la víctima, la fiscalía especializada inició el 12 de  junio  de  2002  investigación  previa,  en  cuyo  desarrollo  recaudó algunas  pruebas,  con  fundamento  en  las cuales, el 15 de julio siguiente, decretó la  apertura  de  formal  instrucción contra ARIEL RICARDO  RODRÍGUEZ AGUDELO.   

2. Producida la captura del antes mencionado,  se  procedió  a  escucharlo  en  indagatoria,  tras  lo cual el instructor, con  decisión  del  9  de  agosto  de  2002,  le  resolvió la situación jurídica,  imponiéndole   medida   de   aseguramiento   de   detención   preventiva,  sin  excarcelación,  por el delito de secuestro extorsivo agravado. Esta providencia  fue  confirmada,  en  sede  de  segunda  instancia,  al  desatarse la apelación  interpuesta        por        la       defensa1.   

3.  Luego de abstenerse de revocar la medida  de  aseguramiento, según petición de la defensa, el fiscal dispuso la clausura  de  la  instrucción y, el 21 de marzo de 2003, calificó el mérito del sumario  con   resolución  de  acusación,  que  profirió  en  contra  de  ARIEL  RICARDO  RODRÍGUEZ  AGUDELO,  como  coautor  del  punible  atribuido  al  momento  de  resolvérsele  la  situación  jurídica.   

4.  En firme el pliego acusatorio, contra el  cual  no  se  interpuso  recurso  alguno,  el  proceso  pasó a conocimiento del  Juzgado  Penal  del  Circuito  Especializado  de Tunja, funcionario que llevó a  cabo  las  audiencias  preparatoria  y  pública  de juzgamiento, pero, como con  posterioridad  la  Sala  Administrativa  del  Consejo  Superior de la Judicatura  creó  el  Juzgado  Penal del Circuito Especializado de Santa Rosa de Viterbo, a  este  despacho judicial ordenó remitir el expediente, y es así como su titular  profirió,  el 5 de enero de 2005, la sentencia de primera instancia, confirmada  el  19  de  octubre siguiente por el Tribunal Superior de Santa Rosa de Viterbo,  en  virtud  de  la  apelación  interpuesta  por la defensa, sujeto procesal que  luego  acudió  al recurso extraordinario de casación, cuya demanda se declaró  ajustada mediante auto del 6 de abril de 2006.   

5.  Surtido  el  traslado  respectivo,  la  Procuradora  Tercera  Delegada para la Casación Penal conceptuó, en el sentido  de  desestimar parcialmente el recurso y casar la sentencia impugnada para fijar  la  pena  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones  públicas en el plazo máximo permitido por la ley.   

LA  DEMANDA   

          Tres  cargos, los dos primeros por violación indirecta y el tercero  por  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  formula la defensa contra la  sentencia  del  Tribunal. A continuación se resume el fundamento de cada uno de  ellos.   

          Cargo primero:   

          Con  apoyo en el cuerpo segundo de la causal primera de casación de  la  Ley  600 de 2000, el actor acusa la sentencia de haber incurrido en error de  derecho  por  falso  juicio de legalidad, que derivó en la aplicación indebida  de  los artículos 169 y 170, numeral 3º del Código Penal, modificados por los  artículos  2º  y  3º  de  la Ley 733 de 2002 y en la falta de aplicación del  artículo 7º del Código de Procedimiento Penal.   

          El  error,  según  el  casacionista, recayó sobre el testimonio de  Diana Marcela Ruiz, en cuanto  el  sentenciador  le  otorgó  valor,  no obstante haberse recaudado sin darle a  conocer  el derecho a no declarar, privilegio consagrado en los artículos 267 y  276  del  ordenamiento  procesal penal y al cual se hacía acreedora la testigo,  por  cuanto,  como lo reconoció el propio Tribunal, se trataba de la compañera  sentimental del procesado.   

          Consideró  que  el yerro es trascendente, pues la mencionada prueba  se  erige  en  el soporte fundamental de la condena, de manera que de no haberse  incurrido en él, la decisión hubiese sido absolutoria.   

          Cargo segundo:   

          Al  amparo  también  del  cuerpo  segundo  de  la causal primera de  casación,  el  libelista  denuncia  la presencia de un error de hecho por falso  raciocinio,  que condujo a la violación indirecta, por aplicación indebida, de  los  artículos  169  y  170, numeral 3º del Código Penal, modificados por los  artículos  2º  y  3º  de  la  Ley  733 de 2002 y por falta de aplicación del  artículo 7º del Código de Procedimiento Penal.   

          Para  sustentar  el  reproche,  sostuvo  que el Tribunal apreció la  declaración   de   Diana  Marcela  Ruiz  a  espaldas  de  los  principios de la sana crítica, pues pasó por  alto  que  se  trata  de  un  testigo  de  referencia,  cuyas manifestaciones no  constituyen  plena  prueba de la responsabilidad o participación del procesado,  amén  de  haberlas  efectuado con fundamento en lo que, al parecer, le comentó  ARIEL  RICARDO  RODRÍGUEZ,  olvidando  que, como quedó evidenciado en el proceso, el aludido acostumbraba a  hacer  afirmaciones  desacertadas  y  en  algunos casos falsas, de modo que bien  pudo  referir  tales comentarios a su compañera sentimental por “molestar o presumir ante ella”.   

          Según  el  demandante,  confirma  tal aserto el hecho de habérsele  precluido  al  procesado  la  investigación  que,  con sustento en sindicación  similar,  se  le  inició  por su posible participación en el homicidio tentado  dirigido contra el General Cifuentes.   

          Consideró  tautológico  otorgar credibilidad a la testigo con base  en  su  misma  declaración  y  en  los  datos  que conoció ésta de la vida de  ARIEL  RICARDO  RODRÍGUEZ. Y  estimó  maquiavélico  calificar  de estrategia la agresión recibida por éste  cuando  se produjo el secuestro, sólo porque así lo afirmó la declarante, sin  advertirse  que  el  procesado  resultó  más  golpeado  que las otras personas  presentes en el lugar donde ocurrieron los hechos.   

          Para    el   demandante,   el   ad   quem  desconoció  las  reglas de la experiencia, conforme a  las    cuales    cuando   alguien   testifica,   como   lo   hizo   Diana  Marcela  Ruiz,  para  favorecerse y  obtener  un premio, su dicho no resulta confiable, situación que igual acontece  cuando  esa  persona  declara  para desquitarse de quien la amenaza o perjudica,  como  lo  hizo el procesado, pues en ambos casos surge evidente su interés para  declarar.   

          En  su  criterio,  las  citadas circunstancias arrojaban una gama de  posibilidades,  frente  a  las  cuales  el Tribunal debió adoptar un raciocinio  diferente  al  de  creerle  a  la  testigo  para edificar con su declaración la  sentencia  condenatoria.  No  haber explorado esas otras alternativas, según el  actor,  llevó  al  ad quem a  incurrir  en  el  error de juicio denunciado, que fue de carácter trascendente,  por  cuanto  de  esa  prueba  derivó  la  responsabilidad del procesado, pese a  existir  dudas  que  reclaman  la  aplicación  del  principio de presunción de  inocencia.   

          Tercer cargo.   

         

            Bajo el auspicio de la causal primera de  casación,  cuerpo  primero, predica la violación directa de los artículos 51,  inciso  1º  y 52, inciso 3º del Código Penal, como consecuencia de fijarse la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas,  en  el  mismo término señalado para la pena de prisión, cuando el  límite máximo legal de duración de esa accesoria es de 20 años.   

          Pidió,  en  consecuencia,  aun  cuando de manera subsidiaria, casar  parcialmente   la   sentencia   para   fijar   la   pena   accesoria   en  dicho  límite.   

CONCEPTO  DEL MINISTERIO  PÚBLICO   

          Primer   cargo.                 

          Considera  que  el  demandante parte de una premisa equivocada, pues  no  es  cierto  que  el  instructor  no  le  haya  hecho  conocer  a  la testigo  Diana Marcela Ruiz el derecho  a  no  declarar.  En  ese  sentido,  recuerda  cómo  en la primera declaración  ofrecida  por la aludida se le impuso el juramento, previas las formalidades del  artículo  276  del  Código de Procedimiento Penal de 2000. Y en la ampliación  de  su  testimonio se dejó constancia de habérsele dado a conocer el contenido  de los artículos 266, 267 y 269 ibídem.   

          Con  todo,  la  Procuradora Delegada es del criterio que, de acuerdo  con   el   propio   testimonio   de   Diana   Marcela  Ruiz,  la  relación que la unió con el procesado fue  de  tan  corta  duración  al  punto  de  no alcanzar a configurar el estatus de  “compañeros        permanentes”,    según    la    exigencia    legal    y    constitucional    al  respecto.   

         

          Aun  cuando,  de todas maneras, insistió en que la referencia hecha  por   el  instructor  en  ambas  diligencias  al  artículo  276  constituye  la  advertencia  exigida legalmente, máxime cuando en la declaración de la testigo  “se  aprecia la libertad y voluntad de declarar, por  encima  de cualquier formalidad o remisión a norma expresa, porque su relato es  fluido,   cronológicamente  ordenado  y  lógicamente  expuesto”.   

          Segundo cargo:   

          En  su  opinión,  el  censor sustenta el reproche con apreciaciones  personales  con  las cuales pretende darle validez a unas particulares reglas de  la  experiencia,  olvidando  que  la  disparidad  de  criterios  no  da lugar al  surgimiento  de  un error de hecho, pues para ello debe el demandante confrontar  la  forma  como  el juzgador apreció la prueba, demostrar, no criticar, que sus  conclusiones  son  arbitrarias  e irrazonables y establecer que dicho desacierto  tiene incidencia en el contenido del fallo.   

          Si  no  cumple  esas exigencias, añadió el Ministerio Público, el  análisis   probatorio   del  sentenciador  prevalecerá  sobre  la  valoración  efectuada  por  el  impugnante,  en  virtud de la doble presunción de acierto y  legalidad que ampara el fallo de segundo grado.   

          En  ese  sentido,  estimó  que  en la apreciación efectuada por el  ad  quem  al  testimonio  de  Diana  Marcela  Ruiz  no  se  advierte  desafuero  valorativo  sino,  por el contrario, un análisis amplio de  las  dos  versiones  rendidas  por  la  declarante,  sin que se observe en dicho  estudio    el   quebranto   grotesco   de   las   reglas   de   la   persuasión  racional.   

          Tercer cargo:   

          Encuentra  fundado  el  reproche,  por  cuanto  el  juez  de primera  instancia,  en  erróneo  proceder  no  advertido  por  el Tribunal, condenó al  procesado  a  la pena accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos  y  funciones  públicas  por  un  período  igual  al  de la pena principal, sin  considerar  que  al  haberse  fijado  esta  última  en  30 años, tal decisión  implicó  el  desconocimiento del límite máximo previsto para esa accesoria en  el  artículo  51  del  Código  Penal,  violándose  así  la  garantía  de la  legalidad de la pena.   

          Solicitó,  por tanto, casar parcialmente la sentencia para fijar en  20 años la accesoria en mención.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          En  el  orden propuesto por el casacionista, se pronunciará la Sala  sobre cada uno de los cargos que formula en la demanda.   

          Cargo primero:   

          Según  el  censor,  el  Tribunal  incurrió en error de derecho por  falso  juicio  de  legalidad,  porque  apreció  el  testimonio  de Diana  Marcela Ruiz Álvarez, a pesar de no  habérsele  dado  a  conocer el derecho a no declarar, en razón a su condición  de  compañera  permanente  del procesado ARIEL RICARDO  RODRÍGUEZ AGUDELO.   

            El  reproche,  entonces,  se centra en predicar la violación a la  excepción  al  deber de declarar. Este derecho está consagrado en el artículo  33  de la Constitución Política y desarrollado en el artículo 267 del Código  de  Procedimiento  Penal.  Ambas  disposiciones  coinciden  en consagrarlo de la  siguiente manera:   

          “Nadie  podrá  ser  obligado a declarar  contra  sí  mismo o contra su cónyuge, compañero permanente o pariente dentro  del   cuarto   grado   de   consanguinidad,   segundo   de  afinidad  o  primero  civil”2.   

          Los  preceptos  constitucional  y  legal  en  mención  consagran la  garantía  a  la  no  auto-incriminación y a la no incriminación del cónyuge,  compañero  permanente  y  parientes cercanos. Es una manifestación del derecho  de  defensa,  a  su  vez  derivada  del debido proceso, en cuanto le confiere al  acusado  la  facultad de guardar silencio si así lo desea. Sobre el particular,  en  sentencia  C-782  de  2005  la  Corte  Constitucional  expresó:     

          “El derecho de  defensa,  núcleo  esencial  del  debido proceso, se encuentra conformado por el  derecho  a  ser  oído,  con  el  pleno de sus garantías constitucionales, y el  derecho   a   guardar   silencio,   es   decir,   su   derecho   a  callar,  así  como  a  dar  su  propia  versión  sobre  los hechos en ejercicio pleno de su derecho de defensa. Ello se  traduce  a su vez, en la garantía que tiene toda persona a no autoincriminarse,  ni  a  incriminar  a  su  cónyuge  o  sus  parientes más cercanos.    

El derecho a callar surgió como reacción a  lo  ocurrido  en  las épocas oscuras de la aplicación del sistema inquisitivo,  en  donde  se  acudía  a  la  tortura  para  arrancar, mediante ese reprochable  mecanismo  de  violencia, la confesión a los acusados, a quienes se consideraba  meros  objetos  del  proceso  penal.  A  esta situación se refirió el Tribunal  Constitucional de España en la sentencia STC 197/1995:    

“La  doctrina  sitúa    los    orígenes   de   ambos   derechos3,  en cuanto manifestación del  derecho  de  defensa,  en  la  lucha  por un proceso penal público, acusatorio,  contradictorio  y  con  todas  las  garantías,  que  se  inicia  en  la  Europa  continental  hacia  la  segunda  mitad  del siglo XVIII, frente al viejo proceso  penal  inquisitivo.  Mientras  que  en  éste,  regido  por el sistema de prueba  tasada,  el  imputado era considerado como objeto del proceso penal, buscándose  con  su  declaración, incluso mediante el empleo del tormento, la confesión de  los  cargos  que  se imputaban, en el proceso penal acusatorio el imputado ya no  es  objeto  del  proceso penal, sino sujeto del mismo, esto es, parte procesal y  de  tal  modo  que  la  declaración,  a  la  vez  que medio de prueba o acto de  investigación,  es  y ha de ser asumida esencialmente como una manifestación o  un     medio     idóneo     de     defensa…”4.   

          La  excepción  a  la  obligación  de declarar es un privilegio que  opera  respecto del procesado, así como de su cónyuge, compañero permanente y  familiares  cercanos  si  están  en los grados de parentesco contemplados en la  norma.   En   este  sentido,  la  legislación  colombiana  comporta  una  mayor  protección   que  instrumentos  internacionales  como  el  Pacto  Internacional  de   Derechos   Civiles   y   políticos5    y   la  Convención  Americana de Derechos Humanos6,  que  sólo  consagran  el  derecho a no ser obligado a declarar contra sí mismo. Obsérvese  cómo el artículo 15 del Pacto, en lo pertinente, señala:   

         “Artículo 15:   

         “…   

         3.  Durante  el  proceso, toda persona acusada de un delito tendrá  derecho, en plena igualdad, a las siguientes garantías mínimas:   

         “…   

         g)  A  no  ser obligada a declarar contra sí misma ni a confesarse  culpable”.   

          A    su    turno,    el    artículo    8º    de   la   Convención  establece:   

         “Garantías Judiciales   

                       “…   

         g)  Derecho a no ser obligado a declarar  contra sí mismo ni a declararse culpable”.   

          Desde  luego,  en  la  medida  en  que  la  Constitución  Política  “es  norma  de  normas”,  según  lo  estatuye  perentoriamente  su artículo 4º, la mayor protección al  comentado  derecho  consagrada  en  la  Carta  es  de  insoslayable aplicación.  Además,  porque  los  instrumentos  internacionales en mención son expresos en  prohibir  la  limitación  o  restricción  del  goce  de  derechos o libertades  reconocidos  en los Estados Partes, así no estén contemplados en el Pacto o en  la Convención. Al respecto, el primero establece:   

         “Artículo 5   

          “…   

          2.  No  podrá  admitirse restricción o menoscabo de ninguno de los  derechos  humanos  fundamentales  reconocidos  o  vigentes en un Estado Parte en  virtud  de  leyes, convenciones, reglamentos o costumbres, so pretexto de que el  presente Pacto no los reconoce o los reconoce en menor grado”.   

          Por su parte, la Convención Americana dispone:   

          “Artículo 29.  Normas de Interpretación   

          Ninguna   disposición   de   la   presente  Convención  puede  ser  interpretada en el sentido de:   

          “…   

              b)  Limitar  el  goce  y  ejercicio  de  cualquier  derecho  o  libertad  que  pueda  estar reconocido de acuerdo con las  leyes  de  cualquiera de los Estados Partes o de acuerdo con otra convención en  que sea parte uno de dichos Estados”.   

          Frente  al  alcance  de la excepción al deber de declarar, la Corte  Suprema  tiene por sentado que lo fundamental, para garantizar su cabal respeto,  es  no  obligar  a  la  persona a testificar, sino velar porque lo haga en forma  libre  y  voluntaria,  razón  por  la cual no resulta trascendente el olvido de  ponerle  de  presente  el  derecho  a  no declarar. Ese criterio jurisprudencial  quedó  plasmado  en  sentencia  del  12  de  junio  de  2003, en los siguientes  términos:   

“… lo realmente  importante  no  es que se cumpla con el requisito de enterar al declarante sobre  la   facultad   que   tiene   de   abstenerse  de  incriminar  al  pariente.  Lo  verdaderamente   trascendente   es   que   el  testigo  “no  sea  obligado  a  declarar”  en  contra  de  aquél,  tal  como  lo  dispone  el  artículo  33 de la Carta y lo reiteran los  artículos   28   y   267   del   Código  de  Procedimiento  Penal,  con  estas  palabras:   

Artículo     28:     “Nadie    está    obligado  a  formular  denuncia  contra  sí  mismo,  contra  su  cónyuge,  compañero  o  compañera  permanente  o  contra sus parientes dentro del cuarto  grado  de  consanguinidad,  segundo  de afinidad o primero civil, ni a denunciar  las  conductas punibles que haya conocido por causa o con ocasión del ejercicio  de  actividades  que  le  impongan  legalmente  secreto  profesional” (resalta la Sala).   

Artículo     267:     “Nadie  podrá  ser  obligado  a  declarar  contra  sí mismo o contra su cónyuge, compañera o  compañero  permanente  o  parientes  dentro del cuarto grado de consanguinidad,  segundo  de  afinidad  o  primero  civil” (subraya la  Corte).   

El  deber  que imponen la Constitución y la  ley  es  el de no obligar, constreñir, forzar, presionar u obligar al testigo a  declarar  en  contra  de  esas  personas cercanas”7.   

          De  manera,  pues,  que  la  postura  de la Sala, la cual se reitera  aquí,  es  la de considerar no vulnerado el derecho a la no auto-incriminación  y  a  la  no  incriminación  del  cónyuge,  compañero  permanente y parientes  cercanos  cuando,  a  pesar  de  no  informarse al declarante de ese privilegio,  conforme  lo  señala  el  inciso  segundo  del  artículo  267  del  Código de  Procedimiento  Penal  de  2000,  el funcionario no ejerce acto alguno dirigido a  obligarlo o constreñirlo para rendir el testimonio.   

          En   el   caso   sometido  a  estudio,  se  tiene  que  Diana   Marcela   Ruiz  Álvarez  declaró  durante  el  proceso  en dos ocasiones, la primera el 15 de julio de 2002, donde  se  dejó constancia que lo hacía mediante la figura de la colaboración eficaz  y  la  segunda  el  20  de  septiembre del mismo año. Revisadas las respectivas  actas,  no  se observa que la declarante haya sido objeto de presión alguna por  parte  del  instructor  para obligarla a rendir el testimonio. Por el contrario,  de  su contenido surge que lo vertió en forma libre y voluntaria, pues, como lo  destaca   la   Procuradora   Delegada,   ofreció   un   relato  “fluido,      cronológicamente      ordenado      y     lógicamente  expuesto”.   

          Por  lo demás, no es cierto que el funcionario no le haya informado  a  la  declarante  sobre la excepción al deber de declarar. El texto de los dos  testimonios  revela lo contrario. En efecto, en el primero se dejó constancia a  su  inicio  que  el instructor “procedió a imponerle  el  juramento de rigor previas las formalidades del artículo 276 del C. de P.P.  e     imposición     del    442    del    C.P”8.  En  el  segundo,  a  su  turno,  aparece que “la suscrita  fiscal  impone a la declarante el contenido de los artículos 266, 267 y 269 del  C.  de  P.P.,  en  concordancia  con  el  artículo  442 del C.P.”9.   

          El  artículo 276 en alusión establece las reglas a las cuales debe  sujetarse   el   testimonio,   señalando   en  su  numeral  1º  lo  siguiente:  “Presente  e identificado el testigo, el funcionario  le  tomará  el  juramento  y  le advertirá sobre las  excepciones  al deber de declarar” (subraya la Sala).  Si   el   instructor,   en   la   primera   salida   procesal   de  Diana  Marcela  Ruiz,  antes de tomarle el  juramento,  observó  “las formalidades del artículo  276”, entre las cuales está el advertirle sobre las  excepciones  al  deber de declarar, es porque, efectivamente, le informó de ese  derecho.   

          Menos  dudas  existen  acerca del cumplimiento de esa formalidad por  parte  del  instructor  en relación con el segundo testimonio, pues allí, como  se  vio, le impuso a la declarante, entre otros, el contenido del artículo 267,  norma  que consagra la excepción al deber de declarar.   

          En  consecuencia,  no prospera el reproche.            

          Cargo segundo:   

            El  demandante  atribuye  al  Tribunal  incurrir en error de hecho  derivado  de un falso raciocinio cuando estimó probatoriamente el testimonio de  Diana Marcela Ruiz Álvarez.   

          Como  lo tiene ampliamente precisado la Sala, el falso raciocinio se  presenta  cuando el juzgador, al apreciar las pruebas, vulnera los principios de  la  sana  crítica,  integrados por las reglas de la experiencia, los postulados  lógicos  y  las leyes de la ciencia. Para su demostración al actor le compete,  entonces,  indicar  los  principios  de  esa  naturaleza que el fallador aplicó  indebidamente  y  los  que,  en  su  defecto,  debió  considerar al proferir el  fallo.   

La  Corte  también tiene establecido que el  falso  raciocinio  se configura siempre que la vulneración de los principios de  la   sana   crítica   sea   ostensible  y           manifiesta,  de  modo  que  para  destronar  la  sentencia “es menester comprobar  que  el juez abandonó la razón, convirtió su arbitrio en escueta liberalidad,  se  alejó  del  diario  discurrir,  de la lógica o de las directrices que, aun  cuando  eventualmente  relativas,  ha signado una ciencia o una disciplina. Y, a  renglón  seguido,  es  imprescindible señalar con pruebas cuál ha debido  ser  la  “razón  aplicable”,  la lógica, la ciencia o la experiencia a las  que  se  ha  debido  acudir  en  el caso concreto”10.   

Por ello, “no hay  lugar   a  hablar  de  falso  raciocinio  cuando  simplemente  se  presenta  una  apreciación  probatoria  que  no se comparte. La simple disparidad de criterios  en  ese  aspecto,  por consiguiente, no habilita acudir al recurso de casación.  Para  ello,  es  necesario  demostrar  que  en  la  sentencia  se  desconocieron  ostensiblemente    los    parámetros    de    la    sana   crítica”11.   

          En  el  presente  caso,  el  actor  omite tal demostración, pues se  limita  a plantear su propio punto de vista acerca del valor suasorio que arroja  el   testimonio   de  Diana  Marcela  Ruiz,   señalando   que   éste   no   comporta   plena  prueba  de  la  responsabilidad  del procesado, sin indicar en dónde estuvo el error manifiesto  del  Tribunal  cuando  apreció  dicha  prueba, frente a lo cual se conforma con  afirmar  la  vulneración  de las reglas de la experiencia, según las cuales no  es  confiable el testimonio de alguien que declara para favorecerse y obtener un  premio  (al  parecer,  se  refiere  a  los  ofrecidos  por  colaboración con la  justicia)  o  para  desquitarse  de  quien  la amenaza o perjudica.            

          Si  reglas  de  la  experiencia  son  todas aquellas “generalizaciones  que se hacen a partir del cumplimiento establece e  histórico   de   ciertas   conductas  similares”12, no  puede   decirse  que  las  situaciones  esbozadas  por  el  actor  tengan  bases  empíricas  con  pretensión de universalidad, pues no aparece verificado (o, al  menos,  el  impugnante no suministra datos que así lo demuestren) que siempre o  casi  siempre  que alguien declara para obtener un beneficio propio de la figura  de  la  colaboración  eficaz,  o  porque es amenazado, no dice la verdad. Antes  bien,  la  experiencia  judicial  demuestra  lo  contrario,  pues son muchos los  procesos  que terminan con sentencia condenatoria, cuyo sustento son testimonios  de  personas  que  declaran  mediante  el  mecanismo  de  colaboración  con  la  justicia,   así,   incluso,  estén  intimidadas.      

         Tampoco  resulta  acertado  construir  un  falso  raciocinio, como lo  sugiere  el  casacionista,  por  el  hecho  de que el  Tribunal  haya  sustentado  el  fallo  con  un  testimonio de oídas13,   pues  ningún  principio de la sana crítica impone desechar, de ante mano, una prueba  de   esa   naturaleza.  Como  lo  recordó  la  Sala  recientemente:14   

          “…  en  relación  con  la improcedencia de una descalificación  anticipada del testigo de auditu o de oídas, ha dicho la Corte:   

‘Si  bien  es  cierto  ‘el  testigo  de  oídas,  lo  único  que  puede acreditar es la existencia de un relato que otra  persona  le  hace  sobre  unos  hechos  (…)  y  que  generalmente ese concreto  elemento  de  convicción  no  responde  al  ideal de que en el proceso se pueda  contar   con   pruebas   caracterizadas   por   su  originalidad,  que  son  las  inmediatas’,   tampoco  ‘implica lo anterior que  dicho  mecanismo  de  verificación  deba  ser  rechazado;  lo que ocurre es que  frente   a   las  especiales  características  en  precedencia  señaladas,  es  necesario  estudiar  cada  caso  particular,  analizando  de manera razonable su  credibilidad  de  acuerdo  con  las  circunstancias  personales  y  sociales del  deponente,  así  como las de la fuente de su conocimiento, si se ha de tener en  cuenta  que  el  testigo de oídas no fue el que presenció el desarrollo de los  sucesos  y  que por ende no existe un real acercamiento al hecho que se pretende  verificar’ (Sentencia de  segunda      instancia,      29     de     abril     de     1999…)’   (…Cas.             10615)’”.   

          En  fin,  se insiste, el sustento del reproche se orienta en general  a  cuestionar  el  mérito  persuasivo asignado por el fallador al testimonio de  Diana  Marcela Ruiz, mediante  una  crítica meramente personal, pretendiendo el censor que la Corte repudie la  conclusión  suasoria  del Tribunal y prefiera la suya, olvidando que en sede de  casación  tal  postura  no resulta admisible, pues la sentencia llega precedida  de  la  doble  presunción  de  legalidad  y  acierto, para cuya destrucción es  necesario   demostrar   que   el  juzgador  incurrió  en  error  manifiesto  de  apreciación, lo cual no ha ocurrido en este caso.   

          Tampoco prospera este reproche.   

          Cargo tercero:   

          Asiste  razón  el  Ministerio  Público  cuando  solicita  declarar  fundada  la  tercera  censura, pues resulta evidente la violación directa de la  ley   sustancial   en   la   cual   incurrió   el   a  quo,  error  que  pasó  desapercibido el Tribunal, al  fijar  al  procesado  la  pena accesoria de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  en  el  mismo  término  determinado  para la  sanción  de  prisión,  porque  al  imponerse  esta  última por el lapso de 30  años,  implicó  ello  la  vulneración  del  artículo 51 del Código Penal de  2000,  que  establece  como  límite  máximo de duración de dicha accesoria 20  años.   

          Tal   proceder   comportó,  consecuencialmente,  el  quebranto  del  principio  de  legalidad, manifestación del derecho al debido proceso, conforme  al  cual  “nadie  puede  ser juzgado sino conforme a  leyes  preexistentes  al  acto  que se le imputa…”,  postulado  consagrado  en  el  artículo  29, inciso segundo de la Constitución  Política.   

          Se   impone,   por   tanto,   casar  la  sentencia  impugnada  para,  restableciendo  la  legalidad,  fijar  en  veinte (20)  años  la  pena  accesoria  de inhabilitación para el  ejercicio   de   derechos   y   funciones   públicas  impuesta  a  ARIEL    RICARDO    RODRÍGUEZ   AGUDELO.   

          Así  se  pronunciará  la  Sala  y,  además,  determinará que, en  cuanto  a  los  demás cargos formulados por el demandante, el fallo se mantiene  incólume.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando justicia en nombre de  la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

1.    CASAR  PARCIALMENTE  la  sentencia  proferida  por  el Tribunal Superior de Santa Rosa de  Viterbo  el  19 de octubre de 2005 contra ARIEL RICARDO  RODRÍGUEZ   AGUDELO,  en  el  sentido  de  fijar  en  veinte  (20)  años  la pena  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas.   

2.  DECLARAR que  los   restantes   ordenamientos   de   la   sentencia   impugnada  se  mantienen  incólumes.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase  

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ  QUINTERO                      MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS   

AUGUSTO        J.   IBAÑEZ              GUZMÁN                                  JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANES             

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                                 JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

                                                           JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

    TERESA  RUIZ NÚÑEZ   

   Secretaria    

1  Providencia  del  24  de septiembre de 2002, proferida por la Fiscalía Delegada  ante los Tribunales Superiores de Santa Rosa de Viterbo y Yopal.   

2 Es de  anotar  que  en  sentencia C-1287 de 2001 la Corte Constitucional determinó que  la  excepción  al  deber  de  declarar,  en  el  caso  del parentesco civil, se  extiende hasta el cuarto grado.   

3  Se  hace  referencia a los derechos a no declarar contra sí mismo y a no confesarse  culpable.   

4 Cita  efectuada  en  la  obra  Curso  de Derecho Constitucional de JAVIER PÉREZ ROYO,  novena edición, Madrid (España) 2005, pág. 517.   

5  Aprobado  por el Congreso Nacional mediante Ley 74 de  1968.   

6  Aprobado   por  el Congreso Nacional mediante Ley 16  de 1972.   

7  Radicación 17261. En el mismo sentido, sentencia del 14 de marzo  del 2002, radicación 12385.   

8 Fl.  44.   

9 Fl.  170.   

10  Sentencia del 19 de julio de 2006. Rad. 23191.   

11  Sentencia del 16 de mayo de 2007, radicación 22224.   

12  Sentencia del 19 de noviembre de 2003, radicación 18787.   

13 El  actor  habla de prueba de referencia, figura propia del sistema penal acusatorio  previsto  en  la  Ley  906  de  2004,  pero  cuya regulación no es aplicable al  presente  caso  por  ventilarse  bajo  los  lineamientos  de la Ley 600 de 2000.   

14  Sentencia del 26 de enero de 2006, radicación 21791.     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *