23521(05-11-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso No 23521  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

         Magistrado Ponente:   

                                                                 DR. ALFREDO GOMEZ QUINTERO                                                  Aprobado  acta  N°  320   

Bogotá D. C., cinco (5) de noviembre de dos  mil ocho (2008)   

VISTOS  

Conoce la Sala del recurso extraordinario de  casación    interpuesto   por   el   defensor   contractual   de   JOSÉ  ISIDRO  SUÁREZ BAUTISTA contra la  sentencia  del siete (7) de octubre de dos mil cuatro (2004), por  medio de  la  cual  el  Tribunal  Superior de Cundinamarca modificó el fallo condenatorio  proferido  por el Juez Penal del Circuito de Chocontá (Cund.), y en su lugar lo  condenó  a las penas de setenta y ocho (78) meses de prisión, interdicción de  derechos  y  de  funciones  públicas  por  igual término, multa en cuantía de  veinte  (20)  salarios  mínimos  legales mensuales vigentes, indemnización por  daños  morales  a  favor de la madre de la víctima, en cuantía de veinte (20)  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes, y además le negó el subrogado  de  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución  de  la  pena, por hallarlo  penalmente responsable del delito de homicidio preterintencional.   

         HECHOS   

“El  15  de agosto de 2001, en la Empresa  Postobón  ubicada  en la vereda San Martín, municipio de Gachancipá, el menor  de  dos  años  D.G.N.P.,  fue golpeado sufriendo lesiones de gravedad que horas  más  tarde  produjeron  su  deceso;   se  considera  autor  a su padrastro  JOSÉ    ISIDRO    SUÁREZ    BAUTISTA  quien  estaba  encargado  del  cuidado  del  niño”1.   (Sentencia del Tribunal).   

ANTECEDENTES  

El  5  de  marzo  de  2002  se  profirió  resolución  de  apertura  de  investigación  (folio  26),  el imputado rindió  indagatoria    el    19    de    febrero   de   2003   (fls.   60   –  64  /  1),  el  21  de  febrero  se  definió  la  situación  jurídica  con  medida  de aseguramiento de detención  preventiva   sin   beneficio   de   excarcelación   (folios   67   –  72  /  1),  el  14 de abril de 2003  decretó el cierre de investigación (Fl. 134).   

La Fiscalía Tercera Seccional de Chocontá  calificó  el  mérito del sumario el 13 de mayo de 2003, y acusó a   JOSÉ  ISIDRO  SUÁREZ  BAUTISTA  por  homicidio preterintencional  (fls.151 –  161 / 1).   

La  Unidad  de  Fiscalía  Delegada ante el  Tribunal  de Cundinamarca confirmó la acusación el 19 de junio de 2003 (Fls. 2  –   15   /   segunda  instancia)   

El  juez  del  conocimiento  celebró  la  audiencia   preparatoria   el   22   de   septiembre  (Folios  218  –  222  / 1);  el 14 de noviembre  de  2003  la  audiencia  pública  y  en  ella el fiscal varió la calificación  jurídica  de  la  conducta por homicidio simple (Artículo 404 de la Ley 600 de  2000;   folios  261 –  331 / 1).   

El  Juzgado Penal del Circuito de Chocontá  tramitó  el  juicio  y  el 22 de abril de 2004 profirió sentencia condenatoria  por   el   delito  de  homicidio  culposo  previsto en el artículo 109 de la Ley 599 de 2000 y le concedió  el  subrogado  de  la suspensión condicional de la ejecución de la pena.   (Fls.   332   –  343  /  1).   

La  sentencia  fue  impugnada  tanto por el  representante  del  Ministerio  Público  como por el fiscal y modificada por el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Cundinamarca el 7 de octubre de  2004,    que    lo    sentenció    por    homicidio  preterintencional,  previsto  en los artículos 103 y  105   (fls.  3  –  21  /  2).   

El  9  de  febrero  de  2005,  el  defensor  contractual   del   procesado   presentó   demanda   de  casación  (folios  51  –  91  /  3)  que  fue  admitida  por  la  Corte el 29 de abril de 2005 (fl. 4) y se corrió traslado al  Ministerio   Público  para  concepto  que  fue  emitido  el  26  de  agosto  de  2008.  (Más de tres años después).   

LA    SENTENCIA  IMPUGNADA   

El  Tribunal  encontró  la  conducta  de  SUÁREZ  BAUTISTA adecuada  al  tipo  de  homicidio  preterintencional,   pues   aquel  día  el  menor  quedó  a  cargo  del  procesado  –por   el   estado  de  gravidez  de  la  madre-,  sin que los compañeros de  trabajo   de  SUAREZ  BAUTISTA  hubiesen  advertido  que  se  presentara  algún  accidente que involucrara al niño.   

A  partir  de  las experticias científicas  (inspección   al   cadáver,  protocolo  de  necropsia,  conceptos  médicos  y  epicrisis)  que  dieron  cuenta  de  graves  laceraciones  recientes2 en el cuerpo  y  de  signos  evidentes  maltrato  físico  por trauma abdominal cerrado, shock  hemorrágico,  multiplicidad  de  golpes, contusiones, excoriaciones en diversas  partes  del  cuerpo,  incluso en la boca, infirió evidentes signos de violencia  adecuables   al   tipo   de   homicidio   preterintencional  causado  “por  el  padrastro”.   

El Tribunal concluyó:  

“…cierto  es  que  los  daños  se hicieron de manera intencional, mas no es claro ni evidente  que  su finalidad fuera el resultado muerte, sino que el procesado al propinarle  los  golpes el resultado fue mas allá de su intención, pues no queda claro que  fuera  a matarlo, aunque es fácil establecer que tratándose de un niño de tan  corta  edad,  frágil,  delicado, se produjera ese resultado, que en criterio de  la  Sala,  excedió  la intención del agente y es que obsérvese, que todos los  medios  de  prueba  se  encaminan a demostrar el maltrato de que fue víctima el  niño,  en  diferentes  partes de su cuerpo, incluso en la boca como lo detectó  el  dictamen  odontológico  y se ilustra en fotografías a todo color, a folios  48 y 49”.  (Página 17)   

LA IMPUGNACION  

Primer  cargo  (principal).   Falso  juicio  de  existencia por suposición;  aplicación indebida del artículo  105  y  exclusión  evidente  de  los  artículos 23 y  109 de la Ley 599 de 2000.   

Sostiene   el   actor  que  el  yerro  se  materializó  en  la  deducción de la causa de la muerte del niño, al concluir  que  las  lesiones  las produjo el procesado, sin existir prueba alguna de ello,  por  manera  que  el  Tribunal  supuso  la  responsabilidad  penal  en  grado de  preterintención.   

Es  correcta,  en  cambio, la decisión del  juez  de  primera instancia, toda vez que no encontró que se hubiese demostrado  el   ingrediente   subjetivo   del   delito   de   homicidio   preterintencional  (dolo);   por  ello,  adecuó correctamente la conducta en el tipo culposo,  al  entender  que  sólo  se  demostró  que el menor estuvo bajo el cuidado del  padrastro  el día de los hechos, de donde dimana la obligación de vigilancia y  cuidado en cabeza del procesado.   

De     manera     que    SUÁREZ  BAUTISTA estaba en posición de  garante  y  ello  lo hace responsable “a lo sumo” por homicidio culposo, por  faltar  al  deber  objetivo  de  cuidado  que  le era exigible, o por no haberlo  llevado  al  médico  tan pronto observó el decaimiento, porque tenía el deber  de  protegerlo  durante  las  doce  horas  de aquel día en que tuvo que cumplir  simultáneamente  las  funciones  como  celador de la empresa.  (Art. 23 C.  P.)   

Segundo  cargo  (subsidiario).  Falso  razonamiento;   aplicación  indebida  del artículo 103 y 105 y exclusión  evidente   de   los   artículos  23  y  109 de la Ley 599 de 2000.   

Aduce  el libelista errores de razonamiento  en  la  apreciación  de la prueba indirecta, de donde concluye que fue errónea  la  inferencia  de  homicidio  preterintencional  y  que la conclusión correcta  debió ser “al menos, confirmar la sentencia de primer grado”.   

El  yerro  radicó  en  tener  a los hechos  indicadores  –  presencia  en  el  lugar  y  oportunidad  para  delinquir-  como  suficientes  para  inferir  la  responsabilidad  por  el  delito  a  título  de  preterintención,  porque  el  modo  de razonar del juez colectivo desbordó las  leyes  de la lógica y de la experiencia que deben tenerse en cuenta al apreciar  las pruebas del proceso.   

A   partir   del   hecho  cierto  de  que  JOSÉ    ISIDRO    SUÁREZ    BAUTISTA  estuvo  en  el  lugar  donde  el menor sufrió las lesiones en el  cuerpo,  no es adecuado inferir que fue él quien lo lesionó.  Desconoció  el  juzgador  otras  reglas  de  la  experiencia que señalan que el instinto de  libertad  del delincuente y su anhelo de que el hecho quede impune lo conducen a  cometer el delito en la clandestinidad, en lugares solitarios.   

No es lógico que hubiera llevado al menor a  su  sitio  de  trabajo para allí causarle lesiones graves a sabiendas de que en  esa   bodega   de  la  empresa  laboraban  más  personas  que  habrían  podido  delatarlo.   

Por  manera  que  el indicio de oportunidad  para   delinquir   que   dedujo  el  fallador  refleja  un  criterio  subjetivo,  particular,  del  cual  deduce  de  modo irracional la ejecución del delito por  parte     de     SUÁREZ     BAUTISTA.   

Lo  cierto  es  que  el procesado no tenía  razón  alguna  para  querer lesionar al niño;  en tal sentido declaró la  madre  –Claudia  Azucena  Pinzón-,   la   hermana   de  ésta  –María  Adela  Pinzón-  y los testigos, entre elllos José Antonio  Garzón   Jiménez,   quienes   dieron   cuenta   de   que   el   padrastro   lo  amaba.   

No  es cierto que el acusado hubiera estado  con  el  menor  desde las 8 de la mañana hasta las seis y media de la tarde del  día  de  los  hechos,  pues  de  la  indagatoria  y  de  los testimonios de los  compañeros  de  trabajo se infiere que atendía la portería de la empresa y de  vez   en   cuando   observaba   al   niño;    por  tanto,  no  permaneció  ininterrumpidamente a su lado.   

Según  el libelista, las lesiones pudieron  haberse  causado  en  momentos  en  que  el  enjuiciado  atendía sus labores de  portero  en  la  empresa;   hay  medios  de  convicción  que  sugieren que  ingirió  alimentos de fácil descomposición como el atún;  la madre y la  tía  del  niño  contaron  que  estuvo  “descuajado” y que una sobandera le  presionó   el   estómago,  práctica  de  barbarie  campesina  que  ha  dejado  desastrosas consecuencias en los niños.   

Todo       ello      –dice-   “pudo   incidir   en   las  consecuencias  que  generaron  la  muerte”,  aunque  de los dictámenes de los  facultativos se pueda deducir cosa diferente.   

Tercer  cargo  (subsidiario).  Violación  indirecta  de  la  ley  sustantiva  por aplicación indebida del artículo 105 y  exclusión  evidente  del  artículo  7°  de  la  Ley 600 de 2000 (in  dubio  pro  reo)  “o”  de  los  artículos  23 y 109 de la  Ley 599 de 2000.   

Aduce el libelista que sin contar con prueba  directa  o  indiciaria  sobre la autoría dolosa del procesado, se le sentenció  por un delito que no cometió.   

No  es cierto, dice, que la madre del menor  hubiese  declarado  con  el  fin  de  favorecer  a  su  compañero,  pues en las  condiciones  en  que  sucedió  la  muerte, una madre no dejaría de referir con  certeza  la  causa  del  homicidio,  si  se  tiene en cuenta que Claudia Azucena  Pinzón  Rivera  declaró al día siguiente del suceso;  sin embargo, en la  versión  que  rindió  no  formuló  reproche alguno a su compañero y expresó  que   lo  trataba  como  si  fuera  su  propio hijo;  en igual sentido  declararon  Edgar  Orlando  Obando  Acevedo,  José  Antonio  Garzón Jiménez y  María  Adela  Pinzón  Rivera.   De modo que persiste la duda en relación  con la responsabilidad del procesado.   

Pidió  a  la  Corte  casar  el  fallo para  absolver      –por  duda-;  en subsidio propuso condenarlo por homicidio culposo.   

EL     CONCEPTO    DEL    MINISTERIO  PÚBLICO   

El  señor  Procurador Delegado brindó una  respuesta conjunta a los reparos del libelista:   

Insistió  en  que  para el 15 de agosto de  2002    el    menor   D.G.N.P.   estuvo  bajo  el  cuidado  de su padrastro desde las primeras horas de la  mañana  hasta  las  seis  de  la  tarde  y  que en ese lapso “…apareció  en graves condiciones de salud, producto de un maltrato  infantil    severo,    que    finalmente    le    costó   la   vida”.   

Según  la mamá del niño (Claudia Azucena  Pinzón  Rivera),  en  la  mañana  no  presentaba ningún tipo de moretones, ni  equimosis,  indicadores  de lesiones en su cuerpo y se encontraba en condiciones  normales de salud.   

Según el procesado, después de medio día  manifestó  dolor  abdominal  y  empezó  a  desarrollar  un cuadro de síntomas  reveladores   de    una   grave   afectación   de  su  salud,  sin  razón  aparente.   

Según la defensa, las lesiones “pudieron  presentarse  por  diversas  causas  ajenas  al  comportamiento del padrastro del  menor,  tales  como  la  posible  embestida  de  un  ternero,  la caída por las  escaleras”,   pero   ello   son  “hipótesis  que  no  pasan  de  ser  meras  especulaciones”.   

El Tribunal sostuvo que, a pesar de existir  otras  personas  en la bodega, nadie percibió que las lesiones se produjeron en  virtud  de  las  hipótesis  especulativas  que  planteó  la defensa material y  técnica;   en  cambio,  a  partir  del  dicho  de  la  madre (quien  refirió  que a las seis y media de la tarde encontró a su  hijo  tirado  en  el  piso de la bodega, amoratado, con el estómago inflamado y  botando  babaza  por  la  boca),  articulado  con  la  multiplicidad  de  lesiones  halladas  en  el  cadáver  y  a los reportes de la  necropsia,  del  dictamen  de odontología forense y de la historia clínica del  Hospital  Simón  Bolívar,  que  dan cuenta de lesiones recientemente causadas,  constituyen  elementos  de  juicio que permiten inferir el maltrato infantil del  que   fue   víctima,   causado   por  JOSÉ  ISIDRO  SUÁREZ   porque   él   fue   el   encargado   de  cuidarlo.   

No existe elemento persuasivo que explique  de  forma  razonable  que el trauma abdominal cerrado,  shock  hemorrágico por multiplicidad de golpes, contusiones, excoriaciones, que  presentaba  en  diversas  partes  del cuerpo, incluso en la boca, hubiese tenido  origen  en  una causa distinta a la conducta del acusado, como lo corroboran los  análisis de Medicina Legal:   

1.    El  protocolo  de  necropsia Nº 2001-03228, practicado el 17 de agosto de 2001  indica que:   

“El anterior  reporte  de  histología corrobora que las lesiones equimóticas encontradas son  recientes   (de   menos   de   24  horas),  lo  cual  es  indicativo  de  trauma  reciente”;      señala     además    que  “Las  lesiones  intraabdominales  son  la  segunda  causa  más frecuente de muerte en los niños golpeados. Los pequeños afectados  pueden  presentar  vómitos repetidos, distensión abdominal, ausencia de ruidos  intestinales,  dolor  localizado  con  la  palpación  o  shock.  Como  la pared  abdominal  es  flexible  la  fuerza  del  impacto  suele  ser  absorvida por los  órganos  internos,  y  la piel no presenta equimosis. Sin embargo, si se emplea  una  vara,  puede  que  se  observe  una  hilera  de  tres  a  cuatro  equimosis  redondeadas   de   1   cm.   dispuestas   en  una  ligera  cuerva…”.   

Y la conclusión del dictamen científico es  contundente:   

“Conclusión:  Mecanismo  de  muerte:  Shock  hipovolémico  por  sangrado  de vías digestivas  altas,  secundaria  a  desgarros  de  mucosa,  submucosa  y  capa  muscular  del  estómago.   

Causa  de  muerte:  Trauma  abdominal  por  maltrato físico agudo.   

Probable  manera de muerte: homicidio (con  la  información  disponible  hasta  el momento).” Firma el Dr. Quebin Fabián  Mejía Muñoz” (Fls. 38 – 43 / 1).   

2.    El  dictamen  de  la  odontóloga  forense  describió  los  hallazgos  de  autopsia  oral;   reseñó múltiples lesiones a nivel de cara y labio superior, así  como  petequias  en  encía  vestibular,  hematomas  en  mucosa  bucal derecha e  izquierda,  en  la  lengua y en el cuerpo mandibular derecho, y concluyó que…  “las   lesiones   observadas   y   analizadas  se  relacionan     con     maltrato     físico     agudo    al    menor”.  (Fls. 45 – 47 / 1).   

Las   múltiples   lesiones  excluyen  la  probabilidad  de  que  la  causa  de  la muerte fuese accidental, pues, el niño  estuvo  en  compañía  de  su  padrastro desde las ocho de la mañana hasta las  seis  y  media  de  la  tarde  cuando  su  madre  lo encontró en estado de suma  gravedad.   

Si  bien  es cierto que ambos procedieron a  llevarlo  al  servicio  de  urgencias,  ello no desdibuja la responsabilidad del  procesado  porque  fue  él  quien  estuvo  en  contacto  con el niño durante el tiempo en que se produjeron  las  múltiples  lesiones  que  le causaron la muerte y las pruebas científicas  son  indicadoras  de  que  la  causa  fue  el maltrato físico auspiciado por el  padrastro.   

El  doctor  Wilmer  Alfredo  Pérez  Lemus,  médico  que conoció del caso, afirmó que inicialmente no era posible detectar  los  hematomas  en  la piel porque no se producen de manera inmediata al trauma,  sino  que  aparecen  algún  tiempo después, y ello demuestra que la lesión se  produjo  ese  día;   agregó  que el niño presentaba derrame plulateral a  nivel  de  los  pulmones  y estómago y que las lesiones debieron presentarse un  par  de  horas  antes de atenderlo;  señaló que el tipo de lesiones en el  abdomen  del  niño  se  pueden  producir por una patada, un rodillazo, o por un  aplastamiento  (fls.  98  a  100 / 1).  Precisamente -aduce el Delegado- en  ese lapso el niño estuvo con su padrastro.   

Concluyó  el Delegado que el enjuiciado es  responsable   como   autor   de  “homicidio  preterintencional”,  porque  la  naturaleza  de  las  lesiones revela que el causante actuó con la intención de  producirlas  y  nada indica que se hayan ocasionado como consecuencia de un acto  imprudente:   

Las  huellas  de golpes y contusiones en el  abdomen  generaron  el mayor daño a la frágil condición y ello “acredita el  dolo con que actuó…”.   

No  obstante, precisó que no está probado  que…  “la  verdadera  intención  del  procesado  fuera  acabar  con  la vida de su hijastro” y que de  conformidad  con  la  manera  como  apreció los hechos el Tribunal “era  fácil  prever  que  tratándose  de un niño de tan corta  edad,    frágil,    delicado,    se    produjera    ese   resultado”.   

3.  Señaló,  además,  que  no  se  conoce  el  motivo  que  llevó al acusado a agredir a la  víctima;  sin  embargo,  el indicio se fundamenta en que para el momento de los  hechos  y  durante  todo  el día (15 de agosto de 2001) el niño estuvo bajo el  cuidado  del  sindicado,  cercanía  que  permite  construir  la  inferencia  de  responsabilidad.   

4.          Finalmente,  estima  que  los argumentos defensivos que se fundaron  en  una posible intoxicación que habría sufrido por la ingesta de alimentos de  fácil  descomposición  (atún) se excluyen con el dictamen científico forense  que,  con total claridad dio cuenta de que la causa de la muerte fue el maltrato  infantil  severo  materializado  en  un trauma abdominal que causó desgarros de  mucosa,  submucosa y capa muscular del estómago, con sangrado que desembocó en  shock hipovolémico.   

La  contundencia  del dictamen acerca de la  verdadera  causa  de la  muerte, según el Procurador Delegado, ratifica el  acierto  del  Tribunal  al  restarle  credibilidad a las versiones que pretenden  excluir  la  responsabilidad  del  encausado, tales como la versión de la madre  (quien en un claro intento por favorecer a su pareja  manifestó  que  la  causa  del  deceso  era  la intoxicación por el consumo de  alimentos  –degradados-  que  le  generaron  gastritis  aguda),  o bien que se  trató  de consecuencias secundarias a la actividad de una sobandera, puesto que  ello son meras hipótesis especulativas.   

Concluyó  que ninguno de los cargos contra  la   sentencia   tiene   fundamento   y   por   ello  se  impone  desestimar  la  impugnación.   

        LA CORTE CONSIDERA   

Es  competente la Corte Suprema de Justicia  para  resolver el recurso extraordinario de casación propuesto por el opugnador  contra  la  sentencia  proferida  por  el  Tribunal Superior de Cundinamarca, de  conformidad  con  el  artículo 205 de la Ley 600 de 2000;  no obstante, de  conformidad  con  el artículo 216 ib., cuando la Sala advierte alguna causal de  nulidad  (num.  3  del  artículo  207,  art.  306)  la  declarará  de oficio y  señalará    el    estado    en    que    deba    corregirse    la   actuación  irregular:   

Ninguna razón asiste al demandante (tampoco  al  Procurador Delegado, ni a los Jueces de instancia, ni al fiscal del caso, ni  al  procurador judicial) cuando, a partir de unos hechos inequívocos señalados  en  la experticia científica como:  “lesiones  equimóticas  intraabdominales  (de  menos  de  24 horas), indicativas de trauma  reciente”,   que   permitieron   detectar  que  el  mecanismo  de  muerte  fue “Shock hipovolémico por  sangrado  de vías digestivas altas, secundaria a desgarros de mucosa, submucosa  y    capa   muscular   del   estómago”   y   como  “Causa  de  muerte:  Trauma abdominal por maltrato  físico  agudo”, adujeron  un     tipo     de     homicidio     preterintencional     [según     la  acusación,  el  fallo  objeto  de  casación  y  el  concepto  del Delegado] o,  simple   [según   la  variación  de la calificación jurídica en el juicio] en ultimas, imprudente  [según el fallo de primera  instancia]:   

1.    El  demandante   difiere   de   la  apreciación  probatoria  y  obviamente  de  las  consecuencias  penológicas del tipo de homicidio preterintencional (conducta de  mayor  gravedad  deducida  en  el  fallo), para que en su lugar la Corte condene  “en  últimas”  (sic.)  por  homicidio  culposo  (conducta  de menor entidad  punitiva)  que  es  la  que  acepta  como  opción  alterna  a  la condena de su  prohijado  JOSÉ ISIDRO SUÁREZ BAUTISTA.   

2.   Pues  bien:   Independientemente de que acepte la responsabilidad por unos hechos  (imputación   fáctica),  cuando  el  juzgador  advierta  error  ostensible  en  relación  con la imputación jurídica (en este caso relacionada con el aspecto  subjetivo  del  comportamiento:   (imprudencia,  preterintención,  tipo  simple), deberá corregir de  forma  oficiosa  el error, pues no es permisible emitir sentencia de mérito por  un  comportamiento leve que  no se compadezca con la conducta realmente cometida:   

El  ejercicio de la imputación reclama la  EXACTITUD que exigen las  categorías   dogmáticas   de   la  conducta  punible:  tipicidad  inequívoca,  antijuridicidad     y     culpabilidad  (Arts. 9, 10, 11, 12, 21, 22, 23, 24 de la Ley 599 de 2000) a la  hora de formular la acusación.   

Cuando  en la imputación (ya fáctica, ya  jurídica)  se advierten graves errores que la apartan del referente óntico, el  juez,  en  ejercicio  del  control  constitucional  del  proceso  penal  deberá  declarar  la  nulidad de la actuación en procura de acertar en la calificación  jurídica que la conducta  reclama,  en  la medida que las decisiones judiciales deben adoptarse dentro del  marco  de  la  legalidad,  de  los  derechos  fundamentales  y de las garantías  procesales.   

3.   Los  códigos  anteriores consagraban disposiciones que prohibían la reforma en peor  (Artículo  217  del  Decreto 2700 de 1991;  Artículo 204 de la Ley 600 de  2000)  en el entendido que la impugnación fija los parámetros del debate en el  pronunciamiento  del  superior,  sin  que se pudiera desmejorar la situación de  apelantes                  únicos3;   el  nuevo sistema no  reprodujo  una  norma  similar,  y  ha  existido  una  innegable tensión en esa  materia  (Legalidad  vs.  Principio  de  limitación)  que  tiene  su núcleo de  referencia  en  el  artículo 31 de la Carta Política que consagra el principio  de la doble instancia y la prohibición de reforma peyorativa.   

Cuando  el  juez  (individual, colectivo o  extraordinario)   anula   la   sentencia   porque   encuentra  un  error  en  la  calificación   jurídica,   lo   hace   en   virtud  de  su  oficio  como  juez  constitucional,  por el simple hecho de que el funcionario judicial siempre    tiene   como   referentes  ineludibles  el  cumplimiento  de  la  Constitución  y  de  la  ley4.   

La declaración de nulidad obliga a rehacer  la  actuación  –castiga  el  proceso-,  pero  de  ninguna manera ata el sentido de la nueva sentencia, ni  las  posibilidades  defensivas  que  surjan  a  partir de la reconstrucción del  rito.   No impide a la parte defensiva ejercer el derecho de contradicción  a  plenitud  en el proceso reconstruido (Vg. probar alguna causal de ausencia de  responsabilidad  penal,  someterse  a  la terminación abreviada del proceso por  sentencia  anticipada,  preacordar  los  términos de la imputación, allanarse,  etc.).   

Lo que persigue la declaración de nulidad  es   exclusivamente   “garantizar  a  plenitud  el  derecho     al    debido    proceso”5 sin perder  de    vista    que    el    juez    del   conocimiento   (juzgado   –      tribunal     –  Corte Suprema) funge como sede de  control    constitucional    y   legal,  bien  que  se tramite por el sistema ordinario o por el sistema  de          imputación         consensuada6.   

En suma, al juez como director de la etapa  de   juzgamiento   le   corresponde   velar   porque  la  acusación  haya  sido  correctamente  formulada,  sin  que  ello  comprometa  su  imparcialidad,  y esa  función   no   es   ajena   a   los   juzgadores   colectivos   (tribunales   y  Corte).   

La  Corte reitera su pensamiento pacífico  en   el   sentido   de   que,   cuando   la   imputación  difiere  del  supuesto  fáctico  real no puede  ser   tenida  como  fundamento  correcto    de   la   sentencia…   sencillamente   porque   no  se  hace  justicia  material  cuando  el  fallo  no  tiene  un  referente   fáctico   correcto;   al  encontrar una resolución de acusación acertada en lo fáctico  (imputación  fáctica) pero abiertamente desfasada en lo jurídico (imputación  jurídica),  la  nulidad  se  impone  como  remedio7.   

4.    Gravísimo   error  advierte  la  Sala  en  el asunto bajo examen en relación con la  imputación  al  momento  de calificar el sumario, específicamente en relación  con    I)     las  circunstancias      de      agravación      específicas     y     ii)   con  las  modalidades  de la  conducta punible:   

Si  bien es cierto que no existe discusión  en   lo   fáctico,   toda  vez  que  –según  el  libelista-  el  padre  putativo  (nutricio –  adoptivo – padrastro) aceptó “en  últimas”  (sic.)  la  responsabilidad  por  el resultado (aunque a título de  imprudencia  y  no de preterintención), la verdad es  que  la  Fiscalía de primera y segunda instancia no  realizaron  de manera correcta la imputación jurídica, y en relación con ello  ninguna  manifestación  hizo  el  procurador  judicial  que  participó  en las  instancias8:   

4.1.         Cuando  hechos  de  esta  naturaleza  se presentan, la adecuación  jurídica   correcta   es   la   del   tipo   penal  de  homicidio  agravado,  y  en  todos  los  casos el  titular  de  la  acusación  debe  considerar y de manera razonada fundamentar y  –   o   excluir  las  siguientes posibilidades totalmente previsibles:   

     

i. Si  se  acredita  el  parentesco (consanguíneo, civil) habrá que  predicar  e  imputar  la  agravante  prevista  en  el artículo 104 –     1.     “En   la   persona   del   ascendiente  o  descendiente,  cónyuge,  compañero  o  compañera  permanente, hermano, adoptante o adoptivo, o pariente  hasta el segundo grado de afinidad”.   

ii. Si   se   demuestra   la  multiplicidad  de  traumas  –politraumatismos-   ello   implica  incluir   o   excluir   de  manera  razonable  “la  sevicia” de que trata el numeral 6°.   

iii. La  edad  de  la  víctima implica considerar de manera razonada o  excluir,  en  fin,  fundamentar  la  agravante prevista en el numeral 7°:   “Colocando   a   la  víctima  en  situación  de  indefensión      o      inferioridad      o     aprovechándose     de     esta  situación”.     

Sin  embargo,  nada  de  ello  dijo  la  Fiscalía.   

4.2.   En  lo  que  tiene  que ver con las modalidades de la conducta punible (dolo, culpa,  preterintención)  existe  una línea jurisprudencial  consistente  que  permite acusar a quien ejecuta una  conducta     de     esta     naturaleza     por     el     tipo     doloso,  pues, desde la perspectiva de  la    teoría    de    la    representación   del  resultado quien asume golpear a la víctima tiene la  capacidad  de  representarse  mentalmente el resultado de la propia conducta, no  obstante  que  sea  previsible  la  preterintención  como modalidad de conducta  punible  cuando  realmente  el  resultado  excede  la  voluntad  de  reprender9.   

En  suma,  en  criterio  de  la  Sala, la  imputación  jurídica correcta por la que debió ser llamado a juicio el señor  SUÁREZ   BAUTISTA   es  homicidio   agravado  a  título        de        dolo        eventual10  y  la  fiscalía  tiene  la  carga  procesal  ineludible  de  proferir  una  acusación  jurídica  correcta,  porque,  quien somete a un niño de escasos dos años y medio de edad a castigos  que  objetivamente  exceden  el  límite  de  tolerancia del cuerpo y muere como  consecuencia  de  la  contundencia  de  los  impactos,  incurre  en una conducta  homicida en tanto que asume como posible la consecuencia.   

“…el   instinto   de   vida   y  de  conservación   de  la  especie  le  permitían  dimensionar  perfectamente  los  resultados  del  castigo,  independientemente  del grado de instrucción y de la  “ingenuidad profunda” que invoca el libelista.   

En   suma,   la   procesada   conocía  perfectamente  que  los  golpes  desmedidos y el maltrato a un ser de tan escasa  edad  podían  causarle  la  muerte;   por  manera que si actuó a pesar de  ello,  lo  cierto  es  que  asumió la eventualidad de eliminarlo”11   

Esas  razones son suficientes, en criterio  de  la  Sala,  para  casar  de  manera  oficiosa  la  sentencia  del Tribunal de  Cundinamarca  y  anular  la actuación a partir, inclusive, de la resolución de  acusación  de  primera  instancia;  esta circunstancia releva a la Sala de  responder la demanda interpuesta por el defensor del procesado.   

5.   En  relación  con  la  prueba practicada tanto en la fase de investigación como en  la  fase  del  juicio,  inclusive  la  recaudada  en  la  audiencia  pública de  juzgamiento, su validez se mantiene.   

6.   Como la  Sala  verifica  que  el  señor  JOSÉ ISIDRO SUÁREZ  BAUTISTA  no  se  encuentra en prisión por virtud de  este  proceso,  en  la medida que permaneció privado de la libertad por espacio  de  un  (1)  año,  dos  (2)  meses  y  cinco (5) días que van desde cuando fue  detenido  y  puesto  a  disposición  de  la  Fiscalía el 18 de febrero de 2003  (folios  56,  57  y 58), hasta el 23 de abril de 2004  cuando,  en  virtud de la sentencia de primer grado se le concedió el subrogado  de  la  suspensión  condicional  de la ejecución de la pena previa caución de  cincuenta  mil  ($50  000)  pesos  y recobró la libertad (fls. 332 –   346   /   1),   no adoptará decisión alguna en relación con el tema.   

En  mérito  de  lo  dicho  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  en  Sala  de  Casación Penal y  administrando  Justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  Ley,   

RESUELVE  

1.    NO  CASAR       la  sentencia  en  razón de la impugnación.   

2.  CASAR  DE  FORMA  OFICIOSA  la  sentencia del siete (7) de octubre  de  dos  mil  cuatro  (2004)  proferida  por  el  Tribunal Superior del Distrito  Judicial      de      Cundinamarca;       en  consecuencia:   

2.1. DECLARAR  LA  NULIDAD  de  lo  actuado a  partir   inclusive   de   la  resolución  de  acusación  del  13  de  mayo  de  2003.   

2.2.          Por    el  A   quo,   REMITIR   las  diligencias  a   la  Dirección  Seccional  de  Fiscalías  de  Cundinamarca y a la Fiscalía Tercera  Seccional  de  Chocontá  (que  calificó  el  mérito  del  sumario  en  primer  instancia)  con  la  finalidad de que se rehaga la investigación a partir de la  calificación del sumario.   

Contra  esta decisión no procede recurso  alguno.   

Notifíquese,  cúmplase  y devuélvase al  Tribunal de origen.   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ   

  JOSÉ LEONIDAS  BUSTOS  MARTÍNEZ                                         ALFREDO GÓMEZ  QUINTERO             

MARIA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                                               AUGUSTO   J.   IBAÑEZ  GUZMÁN   

Comisión de servicio  

     JORGE                                LUIS                               QUINTERO  MILANÉS                          YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

Aclaración de voto  

   

JULIO     ENRIQUE     SOCHA  SALAMANCA                      JAVIER ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

ACLARACIÓN DE VOTO  

Respetuosamente quiero hacer las siguientes  precisiones   sobre  la  providencia  adoptada  que  dispuso casar de forma  oficiosa  la  sentencia proferida por el Tribunal Superior de Cundinamarca y, en  consecuencia,  declaró  la  nulidad  de  lo  actuado  a  partir inclusive de la  resolución  de  acusación  por error en la calificación jurídica que, según  el  criterio mayoritario de la Sala, debió ser dictada por la Fiscalía General  de   la   Nación   por   homicidio   doloso   agravado   y   no  por  homicidio  preterintencional  como  el  ente acusador lo había imputado en la acusación o  por  homicidio  doloso  como  lo atribuyó en la variación de la calificación:   

1. Uno de los presupuestos de la estructura  procesal  bien  con inclinación acusatoria o regulada por el sistema acusatorio  es  la  separación  de  acusador  y  juez.  En  el  ordenamiento constitucional  colombiano  existen  unos  límites infranqueables, tales como el debido proceso  que  comprende  la  investigación,  la  acusación y el juzgamiento; éstas son  funciones  básicas  que  no  pueden suprimirse o modificarse ni aun durante los  estados  de  excepción;  y las dos primeras corresponden a la Fiscalía General  de  la  Nación  y  la  última  a  los  jueces (arts. 29, 250, 252 y 253 Const.  Polt.)   

2.  La calificación de la investigación,  es  una  función  que  con  exclusividad  compete  a la Fiscalía General de la  Nación,  como lo dispone el artículo 250 de la Carta Fundamental, precepto que  de  tal  manera  deja sentada la separación funcional entre fiscal y juez, como  garantía  de  imparcialidad  de los funcionarios judiciales en el desarrollo de  cometidos procesales relacionados pero a la vez independientes.   

3. La calificación de la conducta punible  y  la  responsabilidad del procesado, desde luego sujeta a la prueba recaudada y  a   la   ley  preexistente,  constituye  punto  de  partida  para  la  fase  del  juzgamiento,   de   manera  que  en  virtud  de  los  principios  procesales  de  separación  funcional  y  preclusión, no puede ser desconocida con el pretexto  de  una  mejor o más atinada decisión, a menos que en el ejercicio del control  que  le  incumbe  al  juez  como  garante  de  la  legalidad  la  misma  ofrezca  equivocación  que  implique cambio de competencia o cuando carezca por completo  de  motivación,  la  motivación  sea  incompleta  o  deficiente,  o  cuando la  motivación  es  ambivalente  o  dilógica,  o  cuando  la motivación es falsa.   

4.   El  juez  puede  disentir  de la  resolución  de acusación, no para acomodarla a sus convicciones o por medio de  sesgadas  nulidades  retrotraer  el  proceso  a fases procesales superadas, para  introducir  los  cambios  que  por  equivocación  o  descuido no se realizaron,  cuando  pudieron  y  debieron  producirse.  Proceder  de  esta manera traduce un  quebranto  a  las  formas  propias  del  juicio,  incurriéndose  además, en un  desconocimiento a la lealtad procesal.   

5.  En la sistemática procesal anterior a  la  ley  600  de  2000, la jurisprudencia de esta Corporación fue prolija sobre  esta temática, así:   

En este orden de ideas, en lo que atañe a  la  nulidad  de  la resolución acusatoria por falta al debido proceso, sólo la  justifican   los   vicios   que   impedirían   proveer   de   fondo   y  dictar  sentencia.   Así  entonces,  si  el  fiscal exhibe la motivación básica,  fundada  en  una  apreciación racional de las pruebas que obran en el proceso y  en  una  argumentación  jurídica  propia de su facultad de interpretación, no  puede  ser  motivo  de  nulidad,  por  el  prurito  de  que  el juez razona más  elevadamente  o  de  manera  diferente,  el  hecho  de  que  el  calificador por  antonomasia  en  ese momento haya descartado una circunstancia de agravación, o  reconocido  la atenuante por ira o intenso dolor, o admitido la complicidad como  título  de  participación  -en  lugar  de  la  autoría que piensa el juez-, o  determinado  la  culpa  o la preterintención, en vez del dolo, como componentes  del aspecto subjetivo del tipo.   

Estas discrepancias entre los funcionarios  judiciales,  en verdad, no obstaculizan la decisión de fondo, a menos que, como  se  dijo  antes,  la alternativa calificatoria propuesta por el juez comporte un  cambio  de competencia y haya lugar entonces a la respectiva colisión negativa,  pues,  en  otras  circunstancias,  sería  un  desbordamiento  de  su  poder que  acudiera  a  una  especiosa  nulidad  por falta al debido proceso, con el fin de  imponer  arbitrariamente  la  calificación que él concibe.  Cosa distinta  ocurre   si  en  la  pieza  acusatoria  falta  la  motivación  sobre  el  hecho  constitutivo   del  gravamen  o  la  degradación,  o  la  misma  es  ambigua  o  contradictoria,  o  el  funcionario imagina soportes empíricos o racionales que  no  existen o que lógicamente no pueden inferirse dentro del proceso (absurdo),  pues  en  tal  caso  la  sentencia no puede dictarse porque carecería del apoyo  acusatorio   necesario   para   su   congruencia.12   

En   el   precedente   jurisprudencial  inicialmente  citado  donde  se  trato un caso que guarda similitud con el aquí  estudiado,  esto es, que se decretó invalidez de la actuación por discrepar el  juez  del  criterio  de la Fiscalía, porque aquél consideraba que el homicidio  era  doloso  y  no  preterintencional, la Corte llegó a la conclusión acertada  que  con ese modo de proceder se quebrantó la separación funcional y orgánica  entre  acusación  y juzgamiento, constitucionalmente establecida para preservar  la  imparcialidad  de  los  jueces.  Además,  el juez reforzó indebidamente la  acusación,  violando  el  principio  procesal  de  la  preclusión  y  también  desvaneció  el  equilibrio  entre  la  acusación  y  la  defensa,  porque  dos  funcionarios  judiciales  fungieron de acusadores, transgrediendo la separación  funcional  que  se  ha indicado componente del debido proceso. Allí se recordó  otro  pronunciamiento  de  esta  Corporación  que  si  bien  estuvo referido al  trámite   de  la  sentencia  anticipada,  dada  la  equivalencia  del  acta  de  formulación  de  cargos con la resolución de acusación, concluyó sobre dicha  pieza procesal lo siguiente:   

1. Es intangible, pues ni el fiscal ni el  juez  tienen  competencia  para  variar o adicionar la acusación, esto es, para  introducir modificaciones a la imputación hecha y aceptada.   

2.   El  juez, por lo tanto, deberá  dictar  sentencia  conforme  a  los  hechos y circunstancias aceptados, debiendo  existir  congruencia  entre  aquella  providencia  y  el  acta de formulación y  aceptación de cargos.   

3.    La   intangibilidad   de  la  acusación  no  impide,  según criterio mayoritario de la Sala, que el juez, al  proferir  el  fallo, pueda atenuar la responsabilidad, aunque no agravarla, pero  sin  desconocer  la  denominación  jurídica  imputada, esto es, manteniendo la  identidad del género delictivo.   

4.   La  incompetencia del juez para  variar  la  acusación,  no  obsta para que como supremo garante de la legalidad  pueda  anular  la  citada  acta  cuando  advierta  que  se  violaron  garantías  fundamentales  o  que  en  la  misma  se  incurrió en error en la denominación  jurídica de la infracción.   

En  el  caso que ocupa la atención de la  Sala,  el  Juez  del  Circuito  carecía  de  facultad para invalidar el acta de  formulación  y  aceptación de cargos, pues tal nulidad no se dispuso porque se  hubieran  desconocido las garantías fundamentales o porque se hubiera incurrido  en  error  en  la  denominación  jurídica  del  hecho  punible, sino porque se  estimó  que no se encontraba probada la atenuante de la ira, esto es, no por un  error  de  procedimiento  sino  por  un  presunto yerro de juicio que, salvo los  casos   en   que   trasciende   la   validez   de   la   actuación,  no  genera  nulidad.   

Al disponer, indebidamente, la ineficacia  de  tal  acta,  el  juez  se arrogó, indebidamente, la facultad de modificar la  acusación,  en  perjuicio  del  acusado,  pues  obligó a que se profiriera una  segunda,  sin  la  mentada  atenuante,  con  lo  que  vulneró la estructura del  proceso,  no  sólo  por irrumpir en una función reservada a la Fiscalía, como  lo  es  la  acusatoria,  sino,  además,  porque desconoció que, en ese momento  procesal,  la  acusación  había  devenido  intangible,  por lo que ni el mismo  fiscal         podía         variarla…”13   

Se consideró en el precedente que se viene  comentando  que la irregularidad no se remediaba por la posterior aceptación de  responsabilidad  en  los  términos  del  homicidio  doloso  y  el  trámite  de  sentencia  anticipada  a  que  dio  lugar,  como así se había consignado en la  calificación que repuso lo indebidamente anulado, porque   

la          convalidación  del acto irregular por  el  consentimiento  del perjudicado, lógicamente atañe a derechos o garantías  renunciables  o  disponibles  por  los  sujetos  procesales  que la intentan. En  efecto,  enseña  el  mismo  numeral  4°  del  artículo  308  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  norma  que  trae  las  reglas que gobiernan las nulidades  procesales,  que  la  convalidación opera “siempre  que    se    observen    las    garantías   constitucionales”.   La  separación  funcional  entre  acusación  y  juzgamiento,  se  repite,  es  una  garantía  prevista  en  la  Constitución,  que  atañe  a la  estructura  del  proceso,  y  es  precisamente la que se desconoció en el caso.  Como  se  dice  en  la  última  decisión  citada, no es posible el saneamiento  porque se trata de un error de estructura y no de garantía.   

En  general, la estructura procesal es un  objeto   indisponible   para   las   partes,  salvo  lo  que  en  su  momento  y  condicionalmente  (sobre  todo  por  voluntad  clara  del  procesado),  se pueda  adoptar  en  virtud de lo señalado en los artículos 37, 37ª, 38, 39 y 369ª-1  del Código de Procedimiento Penal.   

Lo  anterior demuestra que en sistemas con  tendencia  acusatoria  como el previsto en el Decreto 2700 de 1991, la Corte fue  del  criterio  que  el juez, en virtud de la imparcialidad a que está obligado,  no  podía  so  pretexto  de  un  celo  por  la  acusación  ostentar  su  poder  ejercitando  simultáneamente  funciones  judiciales  y  acusatorias, como se lo  podría permitir un régimen predominantemente inquisitivo.   

6.  En  la  sistemática  de la ley 600 de  2000,  en  cuyo  imperio se adelantó este proceso, se despojó a la resolución  de   acusación   de  “ley  invariable”  en  el  juicio,  en  cuanto a la calificación jurídica de la  conducta,   autorizando   cambiar   la   imputación  jurídica,  es  decir,  la  adecuación típica de la conducta.   

De  la  variación  de  la  calificación  jurídica  provisional  de  la  conducta punible introducida en el artículo 404  ibídem,  también  se  ocupó  la  Sala,  en providencia emblemática del 14 de  febrero  de  2002,  radicación  18457,  de  la  cual  se  pueden  destacar  las  siguientes características de dicho instituto:   

6.1.  Lo  que  se  permite  cambiar  es la  calificación jurídica provisional del delito.   

6.2.    El    comportamiento   humano,  naturalísticamente  considerado,  como  acontecer  real, no se puede modificar.   

6.3.   La   imputación  subjetiva,  las  circunstancias   en  que  se  cometió  el  comportamiento  y  la  calificación  jurídica  de  éste,  esto  es,  su  adecuación  típica, pueden ser variadas.   

6.4.  La  modificación  de la adecuación  típica  de la conducta puede hacerse dentro de todo el Código Penal, sin estar  limitada  por  el  título  o capítulo, ni por la naturaleza del bien jurídico  tutelado.   

6.5.  La  variación  puede  hacerse  como  consecuencia de prueba sobreviviente.   

6.6. Al mecanismo de la variación sólo es  procedente  acudir para hacer más gravosa la situación del procesado, esto es,  en   su   contra.   Si   se  trata  de  aminorar  la  situación  jurídica  del  procesado   basta  que  se  alegue  por  los  sujetos  procesales y el juez  resolverá en la sentencia.   

6.7.  La  variación  de  la calificación  puede ser respecto de:   

– Un elemento básico estructural del tipo  penal,  por  ejemplo,  de  estafa o abuso de confianza calificado a peculado por  apropiación.   

–  Forma de participación: de cómplice a  coautor.   

–  Imputación  subjetiva:  de  culpa  a  preterintención, o de ésta a  dolo.   

–  Desconocimiento  de  una  circunstancia  atenuante: por ejemplo, la ira.   

– Reconocimiento de una agravante genérica  o específica que modifique los límites punitivos.   

6.8.  La  variación  de  la calificación  jurídica  provisional  de  la conducta punible puede efectuarse en la audiencia  pública  por  iniciativa propia del fiscal o por petición del juez, en aquella  oportunidad   procesal   y  por  una  vez,  porque  debe  llegar un momento en que la imputación devenga en  definitiva  e  intangible,  en  guarda  del  derecho  de  defensa, de la lealtad  procesal, del orden del proceso y del principio de preclusión.   

6.9.  La modificación de la calificación  será  puesta  en  conocimiento  de  los  sujetos  procesales,  quienes  podrán  solicitar  la  continuación  de  la  audiencia,  su suspensión para efectos de  estudiar  la  nueva  calificación  o  la  práctica  de las pruebas necesarias.   

6.10.  La  resolución  de  acusación, su  variación  por  el  fiscal  y  la manifestación del juez sobre la necesidad de  hacerlo  no  se  excluyen para efectos de la congruencia, razones por las cuales  la sentencia puede armonizar con cualquiera de ellas.   

6.11.  Los  errores  en  la  calificación  jurídica   provisional  efectuada  en  la  resolución  de  acusación,  pueden  corregirse    en    la    etapa    del    juzgamiento,    a   través   de   dos  mecanismos:   

– variando la calificación.  

–    incidente    de    colisión   de  competencia.   

Este  último  cuando  el  error  en  la  calificación  jurídica  de la conducta afecta la competencia, a funcionario de  igual  categoría (por ejemplo, juez penal del circuito, frente a especializado)  o   de  mayor  jerarquía  (juez  penal  municipal  frente  al  juez  penal  del  circuito).   

Si  como consecuencia de la alteración de  la  adecuación típica de la conducta, el conocimiento corresponde a un juez de  menor  jerarquía,  se  prorroga  la  competencia  (art.  405),  por tanto no es  necesario acudir al incidente de colisión.   

6.12.  En la sistemática de la ley 600 de  2000,  entonces,  sólo  habrá nulidad por error en la calificación, cuando la  variación   en   la   adecuación   típica  implique  cambio  de  competencia.   

6.13.  El  juez  debe  fallar  sobre  la  imputación  fáctica  y jurídica contenida en la resolución de acusación, en  la  variación  efectuada  por  el  fiscal  y  en la propuesta por el juez, como  objeto de controversia, respetando el principio de congruencia.   

Por  tanto, le está vedado agregar nuevos  hechos,  suplir  las atenuantes que se le hayan reconocido al acusado, adicionar  agravantes y, en general, hacer más gravosa su situación.   

No se desconoce la congruencia si el juez,  al  decidir  sobre los cargos imputados, condena atenuadamente, por la elemental  razón  de  que si puede absolver, puede atenuar, siempre y cuando se respete el  núcleo básico de la conducta imputada.   

   

7.  La  congruencia o consonancia no puede  entenderse  como  una  exigencia  de  perfecta  armonía  e  identidad entre los  juicios  de  la acusación y el fallo, sino como una garantía de que el proceso  transite  alrededor   de  un eje conceptual fáctico-jurídico que le sirve  de  marco  y límite, y no como una atadura irreductible, de modo que el juez al  fallar  sobre  los  cargos  imputados puede, incluso dentro de ciertos límites,  degradar la responsabilidad, sin desconocer la consonancia.   

8. En el presente caso, la Fiscalía dictó  resolución  de  acusación  contra  el  procesado  por  el  delito de homicidio  preterintencional  y  en  su  intervención  en  la  audiencia  pública el ente  acusador  como  consecuencia  de  la  prueba  acopiada  en  el  juicio varió la  calificación  jurídica provisional para atribuir homicidio simple doloso. Bajo  este  contexto,  sin  desconocer  la  congruencia, el juez podía fallar por los  cargos  de  la  acusación, la variación o incluso degradar la responsabilidad,  de  manera que no participó de la decisión de la mayoría que optó por anular  el  proceso  desde  la  providencia  calificatoria  para  que ésta se dicte por  homicidio  doloso cuando esa forma de imputación subjetiva fue atribuida por el  ente  acusador  en la oportunidad prevista por el artículo 404 de la ley 600 de  2000,   de   ella  se  dio  traslado  a  los  sujetos  procesales  que  pidieron  aplazamiento de la diligencia y la practica de pruebas.    

9.  La  nulidad,  a  la cual acude la Sala  mayoritaria,  sólo  está  prevista  para actuaciones de tal manera irregulares  que  pudieran impedir emitir un fallo de fondo. Pero, ello no es lo que ocurrió  en este caso, por lo siguiente:   

9.1.  La Fiscalía tanto en la resolución  de  acusación  como  en  la  variación  de  la calificación introducida en su  intervención  en  la  audiencia  pública expuso una motivación apoyada, en su  propia  apreciación de las pruebas y en su razonada valoración jurídica de la  conducta  investigada, de modo que se cumplió para los sujetos procesales y, en  particular, para la defensa con el derecho de contradicción.   

9.2.  El Juez de primer grado tras valorar  las  pruebas  acopiadas  en la instrucción como el cúmulo de las mismas que se  practicaron  en  la  fase  probatoria  del  juicio,  de manera también razonada  llegó  a  la conclusión que la evidencia allegada impedía que el conocimiento  llegara  a  la certeza sobre la autoría a título de dolo o de preterintención  en  el  delito  de  homicidio  investigado,  al no estar demostrado que fuera el  acusado  el  causante  de  la  lesión  abdominal  que  de acuerdo con la prueba  médico  legal  practicada condujo al deceso de la víctima. Consideró de forma  igualmente  razonada  la  imprudencia  de  José  Isidro  Suárez Bautista en el  cuidado  de su hijastro, en relación con quien abundante prueba testimonial dio  cuenta  del  buen  trato,  al  dejarlo en la bodega donde aquél se desempeñaba  como  celador por espacio de varias horas sólo, expuesto a muchos elementos que  representaban  peligro  para  el  niño,  incluso,  un  animal   -ternero-,  existiendo  alta  probabilidad  de que este lo hubiera pateado o golpeado, y que  pese  al malestar físico del menor no procuró su asistencia médica inmediata,  razones  que  lo  llevaron  a  dictar  fallo  de  condena por homicidio culposo.   

9.3. El Tribunal Superior de Cundinamarca,  en  Sala  mayoritaria,  fue  del  criterio  que  la modalidad del comportamiento  delictual  no  podía  ser culposa, ni “simplemente  dolosa”,  porque no resultaba clara ni evidente que  la  finalidad fuera la muerte, sino que el acusado al propinarle los golpes a la  víctima  el  resultado  fue más allá de su intención, motivos por las cuales  modificó     la     modalidad     de     la     culpabilidad     a    homicidio  preterintencional.   

9.4.  De la decisión de segunda instancia  se  apartó  el  Magistrado  Julio Gilberto Lancheros Lancheros que al salvar su  voto concluyó:   

(…)  En  definitiva,  no  existe prueba  alguna  indicativa de que el acusado fue el autor de las lesiones que originaron  la  infortunada  muerte  del  menor  y,  por  ende,  no  se  le  puede  atribuir  responsabilidad  por “homicidio preterintencional”, tal como lo concluyó la  Sala   mayoritaria,  por  el  solo  hecho de que el día del percance aquel  estaba  bajo  su  cuidado  (indicio  de  oportunidad,  no  necesario  y,  por el  contrario, bastante contingente).   

Por  tanto,  la relación que obligaba al  incriminando  a  la  vigilancia  y cuidado del niño (posición de garante) a lo  sumo  lo  haría  responsable,  de  homicidio  culposo, tal como lo concluyó el  señor  Juez de primer grado, por haber faltado al deber objetivo de cuidado que  le  era  exigible (art. 23 C.P.), o por no haberlo llevado al médico tan pronto  observó el decaimiento del menor.   

10.  Ahora: si lo que se trataba era de la  imputación  de las circunstancias de agravación que la providencia mayoritaria  de  la  Corte  echa de menos (art. 104, numerales 1°, 6° y 7° cp), la nulidad  debió  declararse a partir, inclusive, de la intervención del 

Fiscal  en  la  audiencia  pública  no  sólo  por el efecto menos  traumático  para  la  actuación sino porque esa es la oportunidad procesal que  la  ley  tiene establecido para dicha finalidad (art. 404 ley 600 de 2000). Aún  así,   debo  manifestar  que  como  lo  ha  dicho  la  jurisprudencia  de  esta  Corporación la preclusión de un acto procesal   

significa  que  no  es  posible  volver a  realizarlo,  así sea con el pretexto de mejorarlo o de integrarlo con elementos  omitidos  en  la  debida  oportunidad,  máxime  si quien pretende renovarlo (el  juez)  carece  de  competencia  para hacerlo. El principio de preclusión, en la  práctica,  trata  de  evitar  los retrocesos innecesarios, salvo la nulidad que  tampoco  podría  asumirse  como  disculpa,  pues  sería  ella  una  manera  de  disfrazar  la  violación  de la regularidad procesal y el desbordamiento de las  atribuciones   constitucionales   y   legales   de   los   respectivos  órganos  judiciales.14    

Las  formas  propias del juicio obedecen a  una  sucesión  ordenada  y  preclusiva  de actos procesales, metodológicamente  concatenados  en  orden  a  la obtención de su precisa finalidad, los cuales de  ninguna  manera se pueden reemplazar, porque se han promulgado precisamente para  limitar  la  actividad del juez y para preservar las garantías constitucionales  que permitan un orden social justo.   

Si  las  circunstancias  de agravación no  fueron  imputadas  en  el  momento  procesal indicado por la ley (resolución de  acusación   o   su   variación),   no  encuentro  procedente  retrotraer  la  actuación  para posibilitar  ejercicios   omitidos  en  la  oportunidad  legal,  y  menos  para  permitir  la  inclusión  de  esos  incrementos  punitivos con base en la existencia de prueba  antecedente  porque  como lo definió la jurisprudencia de esta Sala admitir que  la  variación  de  la  calificación  puede  efectuarse con esa clase de medios  significa,  aceptar que el ente acusador o el juez hagan enmendaciones oficiosas  a  la  calificación  provisional en la etapa del juicio, por no valorar pruebas  aportadas,   lo  cual  traduce  una  violación  al  debido  proceso15   

.  

Cordialmente,  

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

Magistrado  

Fecha   ut  supra   

    

1La  Sala  omite citar el nombre de los niños víctimas de delitos;  el numeral  8º  del  artículo  47 del Código de la Infancia y la Adolescencia, advierte a  los  medios  de  comunicación  no  “dar el nombre,  divulgar  datos  que  identifiquen o que puedan conducir a la identificación de  niños,  niñas  y  adolescentes que hayan sido víctimas, autores o testigos de  hechos delictivos”.   

2La  magnitud  del  trauma  abdominal  cerrado  se  refiere a lesiones a nivel de los  intestinos…   “habiéndose  determinado  que  el  trauma  lo  recibió  ese día, pues nadie podría con los intestinos destruidos  sobrevivir  mas  allá  de  algunas horas…”.   (Sentencia del Tribunal, pagina 14).   

3Cfr.  Sentencia  del  16/05/2007,  rad.  núm. 23934;  Sentencia de revisión del  03/05/2007, rad. núm. 17588.   

4Cfr.  Sentencia del 11/04/2007, Rad. núm. 26128   

5Cfr.  Sentencia del 26/10/2006, rad. núm. 25743.   

6Cfr.  sentencia del 12 de septiembre de 2007, rad. núm. 27759.   

7Sentencia  del  28 de noviembre de 2007, rad. núm. 23883;  en  el  mismo  sentido,  sentencia del 23 de agosto de 2006, rad. Núm. 21494;   Rad. núm. 27759 del 12 de septiembre de 2007.   

8Salvo,  claro  está,  asentir la variación de la calificación jurídica por homicidio  simple.   

9CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  ver entre otras, sentencias del 5 de junio de 2003, rad.  núm.  14758;   sentencia  del 10 de julio de 2003, rad. núm. 16275;   sentencia  del  17  de septiembre de 2008, rad. núm. 25511;  sentencia del  18/6/2008,  rad. núm. 29000;  en el mismo sentido véase: REYES ECHANDÍA,  Alfonso.   Derecho  Penal, Parte General, 6ª. Edic., Universidad Externado  de Colombia, 1979, páginas 279 y siguientes.   

10Ley  599  de  2000, artículo 22.  “No sobra apuntar  que  por  ser  el  dolo  una  manifestación del fuero interno, puede conocerse,  directamente  por  confesión,  o  indirectamente  por  manifestaciones externas  concretadas  durante  el iter criminis o con posterioridad a la consumación del  delito.  A  este  respecto,  la  Sala  sigue  la línea de examinar cada caso en  concreto,  probatoriamente,  para  establecer  si  racional  y razonablemente el  sujeto  agente  asumió  como probable o posible el resultado que jurídicamente  se  le  recrimina”.  (cfr. sentencia del 18 de  junio de 2006, rad. núm. 29000).   

11CORTE  SURPEMA DE JUSTICIA, sentencia del 17 de septiembre de 2008,  radicación  número  25511;  en el mismo sentido sentencia del 29 de enero  de 2004, radicación número 14311.   

12  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,  Sents.,   febrero 4  de  1999,  rad.  10918;  febrero  24 de 2000, rad. 10908; marzo 20 de 2003, rad.  19960, entre otras.   

13  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,  Sent.,  junio 10 de 1998,  rad. 9830.   

14  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,  Sent., febrero 4 de 1999,  rad. 10918.   

15  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,  auto  abril  23 de 2008,  rad.  29339 y sentencia de  julio 2 de 2008, rad. 29339.   

    

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