28432(05-12-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  28432   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARÍA    DEL    ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

Aprobado Acta No. 245.  

Bogotá   D.C.,  diciembre cinco (5) de dos mil siete (2007).   

VISTOS  

Profiere  la  Sala  decisión  casacional de  fondo  respecto de la eventual violación de derechos y garantías fundamentales  de  la  víctima,  por  la  posible  presencia  de   errores de hecho en la  indebida  apreciación  de  las  pruebas  que  condujeron  a  la aplicación del  principio  in  dubio pro reo  en   favor   de   MICHEL  STIVEN  PINEDA,  en la sentencia absolutoria de segunda instancia proferida por el  Tribunal  Superior  de  Cali el 19 de junio de 2007, mediante la cual revocó el  fallo  dictado  el  29  de  mayo  del mismo año por el Juzgado Quinto Penal del  Circuito  de  la  referida  capital del Valle del Cauca, que lo había condenado  como  autor  del  delito  de  tentativa  de homicidio agravado en el Subteniente  Mario    Alexander    Monsalve    León.   

HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

Aproximadamente a las ocho de la noche del 22  de   junio  de  2006,  cuando  el  Subteniente  Mario  Alexander  Monsalve  León y el patrullero Gabriel  Montero Hernández se desplazaban  por  la  transversal  25  con  calle  23 de la ciudad de Cali, observaron que un  individuo  que luego se identificó como MICHEL STIVEN  PINEDA disparó contra una persona que laboraba en una  estación  de  gasolina,  motivo  por  el  cual descendieron de la motocicleta y  dieron  voz  de  alto al agresor, quien se dirigió al Subteniente y le disparó  con  arma  de  fuego,  haciendo  blanco  en su chaleco antibalas a la altura del  pecho, para posteriormente huir en una bicicleta y ser aprehendido.   

En  audiencia  realizada  el  24 de junio de  2006,  el  Juzgado Tercero Penal Municipal con Función de Control de Garantías  de   Cali   declaró   legal   la   captura   en   flagrancia   de  MICHEL  STIVEN  PINEDA.  La  Fiscalía le  imputó   la  comisión  del  concurso  de  delitos  de  homicidio  agravado  en  Gustavo  Eduardo  Reyes  y  tentativa    de    homicidio    agravado    en   el   Subteniente   Mario  Alexander  Monsalve  León, la cual  no aceptó.   

Dentro  de dicha diligencia, a instancia del  ente  acusador,  se  impuso al incriminado medida de aseguramiento de detención  preventiva sin derecho a libertad provisional.   

La Fiscalía presentó escrito de acusación  el  13  de  julio  de  2006,  por  el  mismo  concurso de conductas punibles que  sustentó la audiencia de formulación de imputación.   

Al  momento  de  iniciar  la  audiencia  de  formulación  de  acusación,  la  Fiscalía  presentó  un  acta  de preacuerdo  realizado  con  el  sindicado, en la cual éste aceptó su responsabilidad penal  por  los  delitos  imputados  y se acordó, en consecuencia, una rebaja punitiva  del   cuarenta   por   ciento  (40%).  El  Juzgado  Quinto  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Cali  decidió  mediante  auto  del  28  de agosto de 2006 no  aceptar  el  referido  preacuerdo, decisión que al ser impugnada por la defensa  fue  objeto  de  confirmación  por  parte  del  Tribunal  Superior  de la misma  ciudad.   

          El  19  de  octubre siguiente se realizó la respectiva audiencia de  formulación  de  acusación.  El  20  de  noviembre  de  la  misma anualidad el  procesado  aceptó  el cargo por el delito de homicidio agravado, no así por el  punible  de  tentativa  de  homicidio  agravado,  dicha  aceptación parcial fue  aprobada  y se dispuso la correspondiente ruptura de la unidad procesal para que  se  continuara  con  el  trámite  ordinario del proceso en cuanto se refiere al  delito   tentado   no   aceptado  por  MICHEL  STIVEN  PINEDA.   

          El  14  de diciembre de 2006 se realizó la audiencia preparatoria y  el  19  de enero de 2007 se dio comienzo al juicio oral. El Juzgado Quinto Penal  del  Circuito de Cali profirió fallo el 29 de mayo del año en curso, a través  del  cual  condenó  al  acusado a la pena principal de diecisiete (17) años de  prisión  y  a  la  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  por  el mismo lapso, como autor penalmente responsable del  delito  de  tentativa  de  homicidio agravado en Mario  Alexander Monsalve León.   

En la misma decisión le fue negada tanto la  suspensión   condicional  de  la  ejecución  de  la  pena,  como  la  prisión  domiciliaria sustitutiva de la intramural.   

          Al  desatar  el  recurso  de  apelación interpuesto por el defensor  contra  el  fallo  del a quo,  el  Tribunal  Superior  de Cali lo revocó mediante sentencia del 19 de junio de  2007,  para  en  su  lugar  absolver  a  MICHEL STIVEN  PINEDA  en  aplicación  del  principio  in dubio pro reo.   

          Contra     la    sentencia    del    ad  quem  el  Fiscal Once Delegado ante los Jueces Penales  de  Circuito  Especializado  de  Cali  interpuso  recurso de casación y allegó  oportunamente  el  correspondiente  libelo, en el cual formuló dos cargos, pero  la  Sala  decidió  mediante  auto  del  10  de octubre de 2007 admitir sólo el  primer  reproche  que  trataba  de la violación indirecta de la ley substancial  derivada de errores de hecho por falso raciocinio.   

          No  obstante, días antes de realizarse la correspondiente audiencia  de  sustentación  del  recurso,  la  Fiscal  Delegada  ante  la Corte que fuera  designada  por el Fiscal General de la Nación para actuar, presentó un escrito  por  cuyo  medio  desistió  de  la  impugnación,  motivo  por  el cual la Sala  decidió  a través de providencia del 21 de noviembre aceptar el desistimiento,  pero  continuar  con  el  trámite  casacional,  dada  la  eventual presencia de  errores  de  hecho  en  la  apreciación  de  las  pruebas, decisión que al ser  impugnada   en   estrados   por  la  Fiscalía  y  la  defensa,  fue  objeto  de  confirmación.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Como  según  se expresó en la providencia  mediante  la  cual  se  admitió  el  desistimiento  del  recurso  de  casación  presentado  por  la  Fiscalía, pero se dispuso seguir  con      el     trámite     dado     “que  la  Sala advierte la posibilidad  de  que  el  fallo  atacado  responda  a  una  motivación sofística o aparente  derivada  de  yerros  de  hecho en la apreciación de las pruebas en punto de la  aplicación  del  principio  in  dubio  pro reo”, es  claro  que  tal  será  la  temática  que  corresponde dilucidar, en cuyo marco  jurídico se tiene:   

         (i) La debida motivación de las decisiones judiciales   

La  adecuada  motivación  de las decisiones  judiciales  era  un  postulado contenido en el artículo 163 de la Constitución  de  1886,  no  obstante,  aunque  tal  norma no aparece en la Carta Política de  1991,  de  manera  pacífica  se  ha  reconocido que dicha exigencia se erige en  sustento  esencial  del  derecho  fundamental  a  un  debido  proceso,  dado que  comporta   una  garantía  contra  la  arbitrariedad  y  el  despotismo  de  los  funcionarios,  a  la  vez que se erige en instrumento de seguridad al momento de  ejercitar  el  derecho  de  impugnación  de  las  providencias por parte de los  sujetos  procesales,  en  oposición  al  sistema  de  íntima  convicción,  de  conciencia  o  de libre convicción, en el cual se exige únicamente una certeza  moral  en el juzgador y no se requiere que motive sus decisiones, sistema propio  de la institución de los jurados de conciencia.   

          El  imperativo  de  motivar  las  determinaciones  judiciales  no se  cumple,  sin  más,  con  la  simple  y  llana  expresión de lo decidido por el  funcionario  judicial,  en  cuanto  es  preciso  que  manifieste en forma clara,  expresa,  indudable  y  no  anfibológica  su argumentación, con soporte en las  pruebas  y  en los preceptos aplicados en cada asunto, pues no de otra manera se  garantizan  los  derechos  de  los  sujetos  procesales,  amén  de  que se hace  efectivo  el  principio  de  imperio  de la ley, esto es, de sometimiento de los  jueces al ordenamiento jurídico.   

          En  punto  de  la  garantía de motivación de las decisiones, y con  ella  del debido proceso, el numeral 4º del artículo 162 de la Ley 906 de 2004  señala  los  requisitos  que  deben  contener  los  autos  y  sentencias, así:  “Fundamentación  fáctica,  probatoria y jurídica  con  indicación  de  los motivos de estimación y desestimación de las pruebas  válidamente  admitidas  en el juicio oral”, de donde  se  concluye  que  si  las  providencias  carecen  de  motivación,  o  ésta es  incompleta,  ambigua,  equívoca  o  soportada  en  supuestos  falsos,  no sólo  quebrantan  el derecho de los intervinientes a conocer sin ambages el sentido de  la  decisión,  sino que también imposibilitan su controversia a través de los  medios  de  impugnación,  con lo que, sin duda alguna, se lesiona el derecho al  debido  proceso,  que  en  virtud de lo dispuesto en el artículo 457 del citado  estatuto  procesal  penal  constituye  causal  de  invalidez  de  la  actuación  viciada.   

          Es  oportuno  recordar  que la apreciación de las pruebas por parte  de  los  funcionarios  judiciales se encuentra limitada: (a) Por la información  objetiva   que   aquellas   suministren,  motivo  por  el  cual  no  pueden  ser  pretermitidas  o  supuestas (falso juicio de existencia) ni tampoco es viable su  adición,  cercenamiento o tergiversación material (falso juicio de identidad).  (b)  Por  la  sujeción a las reglas de la sana crítica, so pena de incurrir en  errores  de  hecho  por  falso  raciocinio.  (c) Por el valor que a determinados  medios  probatorios  otorga  la  ley  (juicio  de  convicción)  y  (d)  Por  la  ponderación  de  si  en  su  práctica  o  aducción  se tuvieron en cuenta las  exigencias dispuestas por el legislador (juicio de legalidad).   

Siendo  ello  así,  el deber de motivar las  providencias  corresponde al funcionario que las profiere, pero también compete  a  las  autoridades  judiciales  que  intervengan  directamente  en  el trámite  verificar  que,  en  efecto,  la  motivación,  como condición de legitimidad y  validez  de  tales  decisiones se encuentre satisfecha, pues de lo contrario, se  impone adoptar los correctivos pertinentes.   

          (ii)  La  certeza,  la  duda  razonable  y el principio in dubio pro  reo   

Según  el  artículo  5º  de la Ley 905 de  2004,  “en ejercicio de las funciones de control de  garantías,  preclusión  y  juzgamiento,  los  jueces  se  orientarán  por  el  imperativo   de   establecer   con   objetividad  la  verdad  y  la  justicia”  (subrayas fuera de texto).   

La  verdad se concreta en la correspondencia  que  debe  mediar entre la representación subjetiva que el sujeto se forma y la  realidad  u  objeto  aprehendido  por aquel, que, tratándose del proceso penal,  apunta  a  una  reconstrucción lo más fidedigna posible de una conducta humana  con   todas   las   vicisitudes   materiales,   personales,  sociales,  modales,  sicológicas,  etc.,  que  la  hayan  rodeado,  a  partir  de  la  cual  el juez  realizará  la  pertinente ponderación de su tratamiento jurídico conforme con  las  disposiciones  legales,  para ahí sí, asignar la consecuencia establecida  en  la  ley,  lo cual vale tanto para condenar, como para absolver o exonerar de  responsabilidad penal.   

         En  procura  de  dicha  verdad,  la  Ley 906 de 2004 establece en su  artículo 7º, lo siguiente:   

“Presunción de  inocencia  e  in  dubio  pro  reo.  Toda  persona se presume inocente y debe ser  tratada  como  tal,  mientras  no  quede  en firme decisión judicial definitiva  sobre    su    responsabilidad   penal”.   

“En consecuencia,  corresponderá  al órgano de persecución penal la carga de la prueba acerca de  la  responsabilidad  penal. La duda que se presente se  resolverá a favor del procesado”.   

“En ningún caso  podrá  invertirse esta carga probatoria”.   

“Para  proferir  sentencia  condenatoria  deberá  existir  convencimiento  de la responsabilidad  penal    del    acusado,    más   allá   de   toda  duda”   (subrayas   fuera   de   texto).   

         Como  viene  de verse, en la referida legislación fueron refundidos  en  un  solo  precepto,  tanto  la  presunción  de inocencia, como el principio  in    dubio   pro   reo,  íntimamente   relacionados   con  el  concepto  de  verdad  al  que  atrás  se  aludió.   

         En  efecto,  la  convicción  sobre la responsabilidad del procesado  “más    allá    de    toda    duda”,  corresponde a un estadio del conocimiento propio de la certeza  racional1  y,  por  tanto,  relativa,  dado  que  la certeza absoluta resulta  imposible  desde  la  perspectiva  de  la  gnoseología  en  el  ámbito  de las  humanidades   e  inclusive  en  la  relación  sujeto  que  aprehende  y  objeto  aprehendido.   

         En  consecuencia, sólo cuando no se arriba a dicha certeza relativa  de  índole  racional  ante  la  presencia  de  dudas  sobre  la  materialidad y  existencia  del  delito  investigado  o  sobre  la  responsabilidad del acusado,  siempre  que,  en todo caso, dichas dudas tengan entidad y suficiencia como para  crear  incertidumbre  sobre  tales  aspectos  que  tienen  que  ser  debidamente  acreditados  con  medios  de  prueba reales y posibles en cada caso concreto, no  con  elementos  de  convicción  ideales  o imposibles, ahí, en tal momento, es  posible  acudir  a  la  aplicación  del  principio in  dubio  pro  reo,  esto  es,  resolver  la  vacilación  probatoria   en   punto   de   la  demostración  de  la  verdad,  a  favor  del  acusado.   

         Así  las cosas, no resulta conforme con la teoría del conocimiento  exigir  que  la demostración de la conducta humana objeto de investigación sea  absoluta,  pues  ello  siempre  será,  como  ya  se dijo, un ideal imposible de  alcanzar,  como  que  resulta  frecuente que variados aspectos del acontecer que  constituyó  la génesis de un proceso penal no resulten cabalmente acreditados,  caso  en  el  cual,  si  tales detalles son nimios o intrascendentes frente a la  información  probatoria  ponderada en conjunto, se habrá conseguido la certeza  racional,   más   allá   de  toda  duda,  requerida  para  proferir  fallo  de  condena.   

Por  el  contrario, si aspectos sustanciales  sobre  la  materialidad del delito o la responsabilidad del acusado no consiguen  su  demostración  directa o indirecta al valorar el cuadro conjunto de pruebas,  se   impone  constitucional  y  legalmente  aplicar  el  referido  principio  de  resolución  de  la duda a favor del incriminando, el cual a la postre, también  se  encuentra  reconocido  en la normativa internacional como pilar esencial del  debido proceso y de las garantías judiciales.   

          (iii)                     El caso concreto   

          Una   vez   efectuadas   las  anteriores  precisiones  conceptuales,  oportuno  resulta  traer a colación los argumentos con fundamento en los cuales  el  Tribunal  decidió  revocar  el  fallo  de  condena proferido por el Juzgado  Quinto  Penal  del  Circuito  Especializado de Cali, para en su lugar absolver a  MICHEL  STIVEN PINEDA por el  delito   de  homicidio  agravado  en  grado  de  tentativa  en  la  persona  del  Subteniente      Mario     Alexander     Monsalve  León, así:   

“Si bien en las  referidas   pruebas  (declaraciones  del  Subteniente  Mario    Alexander    Monsalve    León   y   del   Patrullero  Gabriel  Moreno  Hernández  y  la  grabación  magnetofónica  de las  conversaciones    radiales    de   los   policías   sobre   el   episodio,   se  aclara) la a quo logra identificar la responsabilidad  penal  del  señor  Pineda  (…)  también  lo es que no se basó en la certeza  objetiva,  sino  en  hilvanaciones  o  conjeturas que  probatoriamente  no están soportadas, es decir, en el  pensamiento  de  la  funcionaria no quedó el convencimiento de la forma como se  llevó a cabo el delito”.   

“Así, se tiene  que  el  Subteniente  Monsalve León no mantuvo en cadena de custodia el chaleco  antibalas  que,  según  dijo,  usó  el  día del suceso y fue impactado por un  proyectil   supuestamente   disparado   por  el  aquí  procesado.  El  oficial  debió  preservar el elemento material probatorio como  evidencia    física    para    demostrar    que   efectivamente   sufrió   esa  agresión,  ya  que  de  él  se  podía  extraer  el  proyectil  impactado  y  hacer  el  respectivo  cotejo balístico con el arma de  fuego  del  hoy  condenado o, en su defecto, establecer que la hendidura o daño  del  chaleco  se  produjeron  por  un  proyectil  de arma de fuego, verificar la  existencia  de  tatuaje  o  ahumamiento  por  medio de un peritaje, para  que no quedara ninguna duda de que el aquí encartado hubiera  disparado sobre su humanidad”.   

“No se trata de  poner  en tela de juicio la versión del Oficial de Policía, sino de cuestionar  la   falta  de  una  prueba  determinante,  que  hoy  es  requerida  para fundamentar la condena”.   

“Si  bien  se  puede  tener como existente el chaleco antibalas conforme a las versiones de los  Agentes  de  Policía  y  la grabación magnetofónica, también lo es que tales  afirmaciones      se     quedan     como     meras  informaciones  cuyo  valor  probatorio  no  alcanza a  generar  un  conocimiento  en  la  mente  del  juez para condenar, pues en estas  pruebas  se  dicen  muchas  cosas,  pero la más importante y relevante no está  demostrada  y  en  el  sistema  acusatorio  no pueden  aceptarse  verdades  a  medias  ni  imponer  una  sanción  con  suposiciones  o  conjeturas,  tanto  es  así,  que  la  misma  norma  advierte  que  no  se  puede  condenar basándose exclusivamente en pruebas de referencia”.   

Finalmente  el ad  quem  señaló  que  “al  leer  el dictamen  médico legal sobre el Agente Monsalve León, se observa  que  presenta  un  edema  moderado  en  el pectoral izquierdo, pero en  momento alguno se indica que haya sido producido por el impacto  de  un  proyectil  de  arma  de fuego, sin embargo, la  juez  supuso  que  esa  contusión fue causada por el disparo que le propinó el  acusado  Pineda a aquél. Aquí, nuevamente, la a quo recurre a conclusiones sin  fundamento  probatorio.  Lo  que se refleja es un esfuerzo de la juez por tratar  de  que  la  impunidad  no  reine  en  este sistema, pues trata de solucionar la  omisión  de  la Fiscalía General de la Nación que no dedicó todo su tiempo y  sus  mejores  esfuerzos  a  investigar  las  conductas  delictivas,  en  aras de  consolidar   una   teoría  del  caso,  lógicamente  soportada  en  elementos  físicos  o  materiales  con  vocación  de  prueba.  Se  creyó  en  este  caso  que  con  las  pruebas antes  referenciadas  y  las  meras informaciones de los policías podría constituirse  una  condena  en contra de Michel Stiven Pineda, olvidándose de la naturaleza y  finalidad   del   sistema   acusatorio” (subrayas fuera de texto).   

         Sobre   unas   tales   consideraciones   encuentra   la   Sala   lo  siguiente:   

         No    es    cierto    que    el    fallo    condenatorio de primer grado se encuentre soportado  en  simples  “hilvanaciones o conjeturas”,  pues  como más adelante se verá, corresponde a un análisis  conjunto  y concatenado de los elementos de convicción debidamente aportados en  el juicio.   

          Es  verdad  que ni el Subteniente Monsalve  León,   ni   la  Fiscalía  General  de  la  Nación  mantuvieron  en  cadena  de custodia el chaleco antibalas en el cual impactó el  proyectil,  además  de que tampoco fue aportado durante el juicio, elemento que  habría  servido  como  evidencia física en punto de acreditar el atentado a la  vida   de   aquél   perpetrado   por  MICHEL  STIVEN  PINEDA.   No   obstante,   olvida   el   ad   quem,  que  de  conformidad  con  lo  establecido  en  el  artículo  373  de  la  Ley  906  de  2004, “Los  hechos y circunstancias de interés para la solución correcta  del  caso,  se  podrán  probar por cualquiera de los  medios  establecidos  en  este  código  o  por  cualquier otro medio técnico o  científico,    que    no    viole   los   derechos  humanos” (subrayas fuera de texto).   

         Vale  decir,  habría sido ideal que el chaleco antibalas que salvó  la   vida   del   Subteniente   Monsalve  hubiera  sido  aportado  y  sobre el mismo se hubiera realizado el  respectivo  análisis  técnico,  pero lo cierto es que si ello no fue así, tal  omisión  carece  de  trascendencia para edificar un fallo absolutorio, dado que  la  presencia  de  otros  medios  probatorios  suplen  dicha  falencia,  pues la  agresión   de   MICHEL   STIVEN  PINEDA  con  su  arma  de  fuego  en  la humanidad del mencionado servidor  público  encuentra  suficiente  demostración  con la declaración de la propia  víctima,  la  cual  es  ratificada  tanto  por  el  testimonio  del  Patrullero  Gabriel  Montero Hernández,  como  por las grabaciones magnetofónicas que dan cuenta del episodio, así como  por   el   edema   que   en   el   pectoral   izquierdo   encontró  el  médico  forense.   

Así       pues,      Monsalve   es   claro   en  afirmar  que  aproximadamente  a  las  19:05  horas  del  22  de  junio de 2006 se dirigió en  compañía  del Patrullero Gabriel Montero  a echar gasolina a la motocicleta en la que se transportaban y que  era  conducida por éste, salieron de la estación de servicio y observó cuando  un  individuo  disparó  un  arma  de  fuego  en contra del hombre que instantes  previos  les había suministrado el combustible, motivo por el cual se fue en su  persecución  y  le dio la voz de alto, pero el homicida procedió a enfrentarlo  disparándole  y  consiguiendo  arrojarlo  al  piso;  entonces,  con apoyo de un  policía  de  civil  consiguió  la  aprehensión de quien fue identificado como  MICHEL STIVEN PINEDA y luego  verificó  que  el  proyectil  disparado  por  el agresor impactó en el chaleco  antibalas de su propiedad.   

         En     términos     similares,     el    Patrullero    Gabriel   Montero  relata  los  hechos  y  agrega  que  una  vez  producida  la captura de MICHEL  PINEDA  se  percató  que  el Subteniente Monsalve   tenía   dificultades   para  respirar  y  es  ahí  cuando  establecen que el proyectil disparado con arma de  fuego  por  el  aprehendido  impactó  en  su  chaleco antibalas a la altura del  pectoral izquierdo.   

Por     su     parte,     Ramiro  Rangel Suárez, quien al igual que  la  víctima  fatal  también  laboraba  en el expendio de gasolina pero en otra  isla, declaró que luego de  disparar  contra  su  compañero,  el  agresor  emprendió la huida, pero al ser  requerido por agentes de la policía les disparó.   

A su vez, en los registros magnetofónicos de  la  Policía  Nacional  válidamente  aportados  durante  el juicio oral, en los  cuales  aparecen  las grabaciones de las voces de quienes tuvieron relación con  el  asunto  que  motivó  este  diligenciamiento, se logra establecer a los 2:34  minutos   una  voz  que  afirma “mi subteniente  está  lesionado,  está  herido,  vamos a mirar el chaleco a ver…”    y   a   los   6:47   minutos   se   escucha   “…Monsalve          tenía          el         chaleco…”.   

         Adicional  a  los  anteriores medios válidos de prueba admitidos en  el  juicio  oral,  obra  el  dictamen  médico  legal  practicado al Subteniente  Monsalve  León  dos  días  después  de  ocurridos  los  sucesos,  en  el  cual  se  establece que presenta  “Edema  moderado pectoral izquierdo (…) MECANISMO  CAUSAL: Contundente”.   

         Ahora,  si de acuerdo con preceptiva del artículo 380 de la Ley 906  de  2004,  “Los  medios  de  prueba,  los elementos  materiales   probatorios   y   la   evidencia   física,   se   apreciarán   en  conjunto”,  sin  dificultad concluye la Sala que, de  una  parte,  se encuentra acreditada más allá de toda duda la materialidad del  delito  de  tentativa  de  homicidio  en la persona del Subteniente Monsalve  León  por parte de MICHEL   STIVEN   PINEDA,  pues  así  es  declarado  por  la  propia  víctima,  así  como  por los testigos directos del  suceso,  esto  es,  el  Patrullero Montero     y     el     “Islero”     Ramiro     Rangel,   amén   de   que   ello   es  corroborado  por  las  grabaciones  magnetofónicas  de  la  policía  y  el  dictamen  médico  legal practicado al  mencionado  servidor público, todo lo cual descarta que el chaleco antibalas no  hubiera existido o que la agresión no se hubiera producido.   

          Y  de otra, colige la Sala que también más allá de cualquier duda  razonable,  es  decir,  con  certeza  racional  propia  de la verdad como razón  teleológica   del  proceso  penal  (artículo  5º  de  la  Ley  906  de  2004)  –  según  se analizó al  comienzo  de  estas  consideraciones  –  los  referidos  medios  de  convicción  señalan  como  autor del  atentado    a    la    vida   de   Mario   Alexander  Monsalve  a  MICHEL  STIVEN  PINEDA,  quien enfrentó a las autoridades de policía  al   verse   sorprendido  en  flagrancia  al  momento  de  causar  la  muerte  a  Gustavo Eduardo Reyes, sólo  que  su  pretensión  no se concretó, en atención a que el sujeto pasivo de su  conducta   portaba   un   chaleco   antibalas  que  lo  preservó  del  atentado  letal.   

         La  anterior  conclusión  permite establecer que la falta de aporte  del  chaleco  antibalas  como  evidencia  para ser objeto de análisis dentro de  este  diligenciamiento,  resulta  suplida  con  suficiencia  por otros medios de  prueba  que permiten reconstruir el cuadro conjunto en el cual se desarrolló la  conducta   por   la   cual   se   acusó   a   MICHEL  PINEDA  y  que,  por  tanto, descartan el carácter de  “prueba  determinante”  invocado  por  el  Tribunal, así como la indebida aplicación que del principio  in  dubio  pro  reo, dispuso  dicha Corporación a fin de absolver al acusado.   

         Acerca   del   valor  suasorio  de  las  declaraciones  del  Subteniente  Monsalve  y  del  Patrullero  Montero,  encuentra la Sala, en primer término,  que  de  acuerdo  con  las  reglas  de  la experiencia, de los declarantes ha de  esperarse  la  verdad, pues  un  tal  proceder integra la más amplia noción del principio constitucional de  buena  fe  que deben tener  las  autoridades respecto de los ciudadanos, salvo que  se  advierta  que les asiste interés en mentir, el cual no se vislumbra en este  caso,  pues  el agresor fue sorprendido y capturado en flagrancia, y agregar una  supuesta tentativa      de      homicidio  no se advierte como            propósito      de      los       policiales      que      intervinieron      en      dicho  procedimiento,   que  por  el  contrario,  revelan  a  agentes del Estado que en cabal cumplimiento de su  deber  y aún a riesgo de su vida enfrentaron  a  un  individuo  armado  en  el  momento  en  que  acababa  de  cometer  un  homicidio,  es  decir,  entenderlo  de otro modo, comporta una afrenta a la  referida  regla  de  la  experiencia  y,  en consecuencia, configura un error de  hecho por falso raciocinio.   

          Como  el  ad quem  afirma  que  las  declaraciones  de  los  citados  servidores  públicos  y  las  grabaciones    magnetofónicas    aportadas   corresponden   a   “meras     informaciones”,     y    a  “pruebas de referencia”,  baste  señalar  que  desconoce  la Sala a qué se refiere el primer término, y  respecto  del  segundo, se observa que si el artículo 437 de la Ley 906 de 2004  establece   que   “Se  considera  como  prueba  de  referencia  toda declaración realizada fuera del juicio oral y que es utilizada  para  probar  o  excluir  uno  o  varios  elementos  del  delito,  el  grado  de  intervención  en  el  mismo, las circunstancias de atenuación o de agravación  punitivas,  la  naturaleza  y  extensión  del  daño irrogado, y cualquier otro  aspecto  sustancial  objeto  del debate, cuando no sea posible practicarla en el  juicio”,   es   manifiesto   el   falso  juicio  de  convicción  del  Tribunal  al  otorgar dicho carácter a las referidas pruebas,  pues  fueron  rendidas  dentro del juicio oral, sin perjuicio de que previamente  obraron  como  entrevistas,  amén  de  que  las declaraciones corresponden a la  víctima   y   al   testigo   directo   del   acontecer   fáctico   objeto   de  investigación.   

Es  más, si en verdad se tratara de pruebas  de  referencia,  no  hay  duda que se imponía no tenerlas en cuenta, pues no se  encuentran  dentro  de  algunas  de  las  hipótesis de su admisión excepcional  establecidas en el artículo 438 de la mencionada legislación.   

Habida cuenta que también como fundamento  del   fallo   absolutorio   el  Tribunal  aduce  que  “al    leer    el  dictamen   médico  legal  sobre  el  Agente Monsalve León, se observa que  presenta  un  edema moderado en el pectoral izquierdo, pero en momento alguno se  indica  que  haya  sido  producido  por  el  impacto  de un proyectil de arma de  fuego”,  considera  la Sala que dicha aseveración   constituye   un  error  mayúsculo  por  falso  raciocinio  en  la apreciación de dicha prueba, pues de  acuerdo  con las reglas de la experiencia, es evidente que no podía exigírsele  al  médico  forense  que  precisara  con  qué clase de elemento contundente se  produjo   la   lesión   hallada   en  el  pectoral  izquierdo  del  Subteniente  Monsalve,   pues  ello  incursionaría  en  el  ámbito de la especulación, cuando no, en el terreno de  la  adivinación,  saberes  a los que no estaba llamado.   

        No  obstante,  debe  resaltarse  que  lo  que  sí  informa  dicho  dictamen  es  que  un elemento contundente golpeó a la víctima y, si a ello se  agrega     que     el     Subteniente,   su   compañero   y   un   testigo  afirman  que  MICHEL  PINEDA le disparó pero que el  proyectil  golpeó  en  el chaleco antibalas, se arriba a la explicación cierta  sobre  la  causa  del  referido  edema  en el pectoral izquierdo del Subteniente  Monsalve,   dada   la  velocidad   del  proyectil  que  choca  contra  la  tela  y  los  revestimientos  metálicos  del  chaleco  y  compromete sin la gravedad esperada por el agresor,  tejidos de la víctima.   

        De  otra  parte se tiene que como el ad  quem  afirma que “en el  sistema  acusatorio  no  pueden  aceptarse  verdades  a  medias  ni  imponer una  sanción  con  suposiciones  o  conjeturas”, baste  precisar,  en  primer  lugar,  que la verdad racional  constituye     una  pretensión  sustancial  común  a cualquier sistema procesal penal, como que se  contrariaría  la  justicia como valor fundante de las sociedades democráticas,  si   la   finalidad   del   proceso   fuera   la   mentira,   la  falacia  o  el  sofisma.   

Corrobora  el  anterior aserto el texto de  las últimas legislaciones procesales colombianas, como sigue:   

En  el artículo 218 del Decreto 409 de 1971  se  disponía  que  para  proferir  sentencia  de  condena era necesario obtener  “prueba     plena     y     completa”  sobre  la  demostración  del  hecho  y  la responsabilidad del  autor.   

En  el artículo 247 del Decreto 050 de 1987  se  exigía  como  prueba  para condenar aquella que condujera a “la  certeza del  hecho y la responsabilidad del acusado”.   

          En   el  artículo  247  del  Decreto  2700  de  1991  la  exigencia  probatoria    para    condenar    se   circunscribía   a   la   “prueba       que       conduzca       a       la       certeza   del   hecho   punible   y  la  responsabilidad del sindicado”.   

          A  su vez en el artículo 232 de la Ley 600 de 2000 se establece que  “no se podrá dictar sentencia condenatoria sin que  obre    en    el    proceso    prueba    que    conduzca   a   la   certeza  de  la conducta punible y de la  responsabilidad del procesado”.   

          Como  viene  de  verse,  es  incuestionable  que la certeza sobre la  materialidad  del  delito  y  la  responsabilidad  del  acusado, que a la postre  comporta  la  noción  de  verdad  racional  dentro  del  proceso  penal,  no es  característica exclusiva del sistema procesal penal acusatorio.   

         Del   anterior   análisis   se   constata  que  los  yerros  en  la  apreciación  probatoria (falso raciocinio y falso juicio de convicción) en los  que  incurrió  el  Tribunal  lo  llevaron a proferir un fallo absolutorio, cuya  “fundamentación    fáctica,    probatoria    y  jurídica” resultó carente de apoyatura, máxime si  como  ya  lo  ha  dicho la Sala, corresponde al funcionario judicial valorar las  pruebas,  pero  no  puede  crearlas  y tanto menos trasmutar su sentido o lo que  ellas  informan,  pues  de  ser  así  incurre  en  una motivación sofística o  aparente    que   socava   la   estructura   fáctica   y   jurídica   de   las  decisiones2.   

Por  tanto, si de conformidad con el recaudo  de   pruebas   se   imponía   proferir  sentencia  condenatoria  en  contra  de  MICHEL  STIVEN  PINEDA,  es  claro  que  dichos errores resultan trascendentes en el sentido del fallo, amén  de  que  comportan  un  vicio  en  la  motivación  del  mismo,  esto es, tornan  sofística  la  argumentación orientada a sustentar la absolución del acusado,  todo  lo  cual  impone a la Sala casar oficiosamente la sentencia dictada por el  Tribunal,  para  en  su  lugar,  confirmar  el  proveído condenatorio de primer  grado.   

Por  lo expuesto, la SALA DE CASACIÓN PENAL  DE  LA  CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  administrando  justicia  en  nombre de la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

1.               CASAR  oficiosamente  la  sentencia  impugnada,  en  el  sentido  de  revocar  el fallo  absolutorio   proferido  a  favor  de  MICHEL  STIVEN  PINEDA,  por  las  razones  expuestas  en  la anterior  motivación.   

          2.        CONFIRMAR,   en  consecuencia,  el  fallo  condenatorio de primera instancia.   

          Contra esta providencia no procede recurso alguno.   

Notifíquese,  cúmplase  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ         MARÍA DEL  ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS   

              Salvamento de voto   

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN         JORGE LUIS  QUINTERO MILANES   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS             JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

JAVIER ZAPATA ORTÍZ  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

SALVAMENTO  DE  VOTO  

Con  el respeto que siempre profeso por las  decisiones  de  la  Sala,  doy  a  conocer  a  continuación  las razones que me  llevaron a apartarme de la mayoría en el presente caso.   

Es  indiscutible  que a través del recurso  extraordinario  de  casación,  la  Corte  propende  por  la  salvaguarda de los  derechos   esenciales  de  las  personas,  la  tutela  del  debido  proceso,  la  prevalencia   del   derecho   sustancial   y   la  garantía  del  acceso  a  la  administración  de  justicia.   Pero  alcanzar esos loables propósitos no  justifica  el empleo de cualquier medio, porque aún dentro de ese contexto toda  función  está  sometida  a  precisos  límites  y  se desarrolla con arreglo a  determinadas competencias.   

En  las  ocasiones  en  las  cuales  esta  Corporación  ha  abierto la puerta a la casación oficiosa de una sentencia, lo  ha  hecho con plena competencia, en ejercicio cabal de las atribuciones que como  Tribunal  de  Casación le confiere el artículo 235-1 de la Constitución y las  normas  pertinentes  de  los  estatutos  procesales  que  en  cada caso rigen el  proceso  (artículos  205  a 217 de la ley 600 de 2000 y artículos 180 a 191 de  la ley 906 de 2004).   

No obstante, con el respeto que merecen las  decisiones  de  la  Sala,  considero  que  haberse  dictado  fallo  dentro de la  presente  actuación está por fuera del ámbito dentro del cual la Corte podía  ejercer    de    manera    legítima    su    atribución   como   Tribunal   de  Casación.   

En efecto, la auscultación sobre el respeto  de  las  garantías  fundamentales de los intervinientes en el proceso penal, se  puede  presentar  en  dos  ocasiones  en  esta  instancia  excepcional:  la  primera,  al  momento de verificar si la demanda satisface los condicionamientos  para  su  admisibilidad, oportunidad en la cual puede ocurrir, que la admita, ya  porque  la  demanda  satisface  esos condicionamientos mínimos o porque la Sala  encuentra  necesario  superar  sus  defectos  para  alguno  de  los  fines de la  casación,  caso  en  el  que,  en  consecuencia,  le  da traslado al Procurador  Delegado  para  que emita su opinión sobre el mérito del libelo en el trámite  de  la  Ley 600 de 2000, o cita a audiencia de sustentación en el de la Ley 906  de 2004.   

En  tal  evento,  la competencia de la Sala  queda  atada  al  objeto de la demanda, pues el recurso de casación se rige por  el  principio  de  limitación, según el cual la Corte no puede tener en cuenta  ninguna  causal  distinta de la expresamente alegada por el censor, sin que ello  signifique  que  no pueda extenderse, con base en esa competencia, a restablecer  los  derechos  que  observe vulnerados al estudiar el fondo del caso, pero, cabe  destacar,  esa  ampliación  del  objeto de la decisión viene como consecuencia  necesaria  de  la  facultad  de  pronunciamiento  adquirida  por  la  vía de la  admisión de la demanda.   

También  puede suceder que al estudiar los  requisitos  legales  de  admisibilidad de la demanda, encuentre que no se reúne  ninguno  de ellos, pero que se necesita del fallo de casación para proteger las  garantías  fundamentales  de  los  intervinientes  o  para  el desarrollo de la  jurisprudencia.   En tales casos, la Sala inadmite la demanda, pero entra a  conocer  directamente  del  fallo,  atada  a  la competencia que le dispensa esa  facultad  de  revisión  oficiosa, que se manifiesta y desarrolla en el instante  mismo del estudio formal del escrito introductorio.   

Ahora  bien,  en  los  casos  en  que  la  competencia   de   la  Corte  quedó  atada  a  la  demanda,  es  claro  que  el  desistimiento  del  interesado  hace  cesar el trámite de la casación y lo que  tenía  carácter  suspensivo, esto es, la sentencia demandada, adquiere firmeza  y, por tanto, el carácter de cosa juzgada.   

La  cosa juzgada, huelga resaltar, también  representa      una      garantía      para     las     partes     –no  apenas  a  favor del procesado-,  pues,   desarrolla  los  principios  de  non  bis  in  ídem  y  seguridad  jurídica,  caros  a  un sistema  democrático de derecho.   

Y,  precisamente  por esa importancia toral  que  reviste,  su  verificación  opera como principio general sólo derrumbable  por    vía    excepcionalísima    –dígase  la  acción  de  revisión  o eventual acción de tutela-,  dentro de precisos motivos y conforme específica tramitación.   

Esa  seguridad  jurídica, además, implica  señalar  de  manera concreta y taxativa el momento en el cual cesa la actividad  estatal  encaminada  a  determinar la existencia del delito y la responsabilidad  del  procesado,  pues,  resulta obvio, no es del resorte del operador jurídico,  pasando  por encima de lo que la ley dispone, señalar a su antojo el momento en  que  ello ocurre o incluso, revivir oportunidades procesales perdidas para dejar  sin  efecto  uno  de  esos  momentos  o  actividades  procesales  que determinan  cubierto el asunto con el manto de la cosa juzgada.   

Así las cosas, dentro de la actuación que  le  es  facultativa  a  la Corte al momento de analizar la demanda de casación,  ella  no  puede conservar la competencia para examinar oficiosamente un caso, si  no  lo  advirtió  así  en  la  providencia  que determinó admitir la demanda,  superar  sus  defectos  o  inadmitirla,  y  menos  aún,  asumir  el  papel  del  demandante  para  hacer propios los reparos de éste en el libelo, porque de ser  así  se  impone  revisar  si  materialmente  el  desistimiento  al  recurso  de  casación  no  procede  o su admisibilidad debe diferirse para el momento en que  la  Corte  emita el pronunciamiento de rigor, pues la atribución que tiene como  Tribunal  de  Casación, conferida por el artículo 235-1 de la Carta Política,  dirigida  a  cumplir  las  elevadas finalidades que traza el artículo 206 de la  ley  600  de 2000 o el artículo 180 de la ley 906 de 2004, se desarrolla, de un  lado,  de  conformidad  con los fines y principios que inspiran la Constitución  y, por otro, de acuerdo con los parámetros legales.   

Por  lo  tanto,  no puede la Corte entrar a  sustituir  al sujeto procesal que desistió de su pretensión casacional, cuando  el   trámite   habilitado   de   adelantar  y  que,  precisamente,  faculta  la  intervención  de  la  Sala,  deviene precisa y exclusivamente de la pretensión  contenida  en  la  demanda,  pues  ello representa una injerencia indebida en el  asunto,  porque  admitido  el  desistimiento de la intervención de parte que le  daba  competencia  para  conocer  del caso, sin ella, no puede entrar a corregir  eventuales  entuertos  que  no advirtió en la oportunidad que tenía para ello,  así se invoque la potestad oficiosa consagrada en la ley.   

Además,    porque   el   desistimiento  –sin condicionamientos-  vuelve  las  cosas al original estado de la interposición del recurso, al punto  que  debe  entenderse  que  en  ningún  momento  existió  inconformidad con lo  resuelto  en  la instancia, a menos que fueran varios los recurrentes y no todos  desistieran, o que el desistimiento fuese parcial.   

Ello  porque,  como se advirtió en líneas  anteriores,  el  efecto específico e ineludible para esa actuación procesal de  la  parte  que desiste de la casación, no es otro diferente a la ejecutoria del  fallo  que  se  pretendía  controvertir.   Y  ya  ejecutoriado el fallo, o  mejor,  dotado de la condición de cosa juzgada, mal puede la Corte, pasando por  alto  esas  precisas  condiciones que facultan derrumbar por vía excepcional el  principio,  establecer,  por  su  propio arbitrio, una tramitación ad  latere  que,  en la práctica, tiene  como  finalidad  y  sustento  material,  revivir  el  contenido  y efectos de la  demanda,  y  particularmente,  del cargo que allí se desarrolla, so pretexto de  proteger  derechos fundamentales hechos decaer por la parte facultada legalmente  para  el efecto. Y no puede olvidarse que en ese momento nacen derechos para los  sujetos procesales, que no pueden ser desconocidos por la Corte.   

En  tal  escenario,  es  evidente  para  el  suscrito  que  la  Corte  ya  no  actúa  de  conformidad con la facultad que le  defiere  el  artículo 235-1 constitucional, sino como una Corporación de plena  jurisdicción,  quizá  a  la  manera  del  grado de consulta, hoy expurgado del  proceso  penal,  pero  en  todo  caso la determinación que llegare a adoptar no  tiene  el  carácter  de  sentencia  –menos  de  una  de  casación-  ni  puede incidir en algo que ya ha  tomado  la  fuerza  de  cosa juzgada material, pues se tratará de una decisión  sin competencia del órgano que la produce.   

La  competencia  es un presupuesto para que  las  autoridades  judiciales  apliquen  la  regla  de la prevalencia del derecho  sustancial consagrada en el artículo 228 Constitucional.   

La  decisión  de  la  Sala  vulnera  las  garantías  judiciales  que  pretende defender, pues pone en riesgo la seguridad  jurídica  de  los  asociados  en  este  y  los demás procesos que lleguen a su  conocimiento,  al  permitir  que  las  reglas  procesales  se  puedan aplicar al  acomodo  de  una  situación  concreta  so  pretexto de buscar una solución que  tiene remedio por otras vías previstas en la ley.   

Aunque se admite la evolución del recurso  de  casación  en  Colombia  a  dimensiones  completamente afines con el vigente  Estado  Social  y  Democrático  de Derecho (art. 1º Const. Pol.), al punto que  sus   modernos   desarrollos   le   han  permitido  a  la  Corporación  revisar  oficiosamente  el  proceso, incluso en los casos de inadmisión de la demanda de  casación,  ello  no  puede  significar,  por  contera, que se abjure del debido  proceso,  como  quiera que este constituye bastión insustituible de legitimidad  de las decisiones judiciales.   

Aún  si la irregularidad observada por la  Sala  afecta  las  garantías de justicia, verdad y reparación de las víctimas  del  delito, y es necesaria su corrección para asegurar la vigencia de un orden  justo,  la  forma  adoptada  por  la  Sala  no se ajusta a los cánones legales,  porque  establece  una  novedosa  tramitación  que  pasa  por alto los remedios  excepcionalmente consagrados para derrumbar la cosa juzgada penal.   

Procedimiento,  el instituido ahora por la  Corte  que,  por  lo  demás,  sorprende  de  manera  superlativa a las partes e  intervinientes  –no  en  vano,  completamente perplejo la representante del Ministerio Público pidió se  le  otorgara  la  palabra para clarificar los tantos puntos problemáticos de lo  decidido por la Sala, aunque esa posibilidad le fue negada-.   

En  este  sentido,  desde  luego  que  la  oficiosidad   representa   un   actuar   autónomo   de   la  Corporación,  sin  intervención  de  las  partes,  no  obstante  sean  ellas quienes finalmente se  afecten  positiva  o  negativamente  con  la  decisión  que,  no  cuesta  mucho  adivinarlo,   terminará   casando   la  sentencia  de  segundo  grado.  Con  la  “oficiosidad”  la  Corte  adquiere  competencia sólo en aspectos que no han  sido  demandados  por  las partes en el respectivo libelo, porque, a la inversa,  el carácter rogado del recurso, liga la competencia a la demanda.   

Pero,  se  pregunta  el  suscrito,  si esa  “oficiosidad”   determinada    por   la   Corte,   no  sólo  usurpando  competencia,  sino  de manera extemporánea, se nutre precisamente de la demanda  y  los  cargos  que  la  contienen;  y  si  además,  es  claro que las partes e  intervinientes  ya  se aprestaban, con ocasión de la audiencia de sustentación  convocada  pero  finalmente  fallida  ante  el  desistimiento de la fiscalía, a  sustentar  su  posición  en  torno  de  lo  alegado,  ¿no  será conveniente y  adecuado,  para  preservar  los derechos que les asisten y, en el caso concreto,  la  garantía  de  defensa,  permitir  que  se pronuncien sobre el contenido del  escrito  introductorio,  cuando,  además, es claro que lo por decidir, en punto  de  derechos  presuntamente vulnerados con la decisión de segunda instancia, no  corresponde  a  un  hecho  objetivo,  sino,  ha de relevarse, a la auscultación  valorativa que de las pruebas surja?   

Porque,  para  culminar,  asoma  bastante  paradójico  que,  si  no  hubiese  desistido  de  su  pretensión la fiscalía,  necesariamente,  a  pesar  de  advertirse desde el momento de la admisión de la  demanda,  como  se  anota  en  el  proyecto  de  la  mayoría, la posibilidad de  vulneración  de  garantías fundamentales, se habría escuchado a las partes en  la  audiencia  de sustentación y el fallo de casación obligadamente habría de  considerar  estos  argumentos,  pero  ello  no ocurra ahora, con la tramitación  estimada  menester  adelantar  por la Sala una vez aceptado el desistimiento, no  obstante tratarse de los mismos hechos y cargos.   

En  este  caso,  además,  debe  mirarse  detenidamente  la  vigencia  de  la  Ley  906  de  2004,  y  particularmente, la  naturaleza  adversarial  que  informa  la  nueva  tramitación  penal,  pues,  a  diferencia   de  los  sistemas  inquisitivos  o  mixtos  del  pasado,  ahora  la  oficiosidad  se  halla  bastante  limitada,  en  cuanto, se estima propio de las  partes  formular  una  pretensión particular y oponerse a ella, también con la  posibilidad,  íntimamente  ligada a ese presupuesto adversarial, de desistir de  lo pretendido, o deponer el particular interés que los asiste.   

Y si bien, no es posible determinar que en  Colombia  el  juez  es  un  simple  árbitro, tampoco se encuentra sustento para  dotarlo  de  los  plenos  poderes  que  antaño poseía, simplemente porque ello  conduce  a  desnaturalizar  los  cimientos  básicos  del sistema vigente.    

Con todo respeto,  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Magistrado  

Fecha    ut  supra.   

    

1  En  este sentido sentencia C-609 del 13 de noviembre de 1999.   

2  Sentencia del 20 de mayo de 2003. Rad. 20756, entre otras.     

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