27386(06-06-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 27386  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr.   MAURO SOLARTE  PORTILLA   

Dr. JAVIER ZAPATA ORTIZ  

Aprobado  acta No.  88   

Bogotá,   D.   C.,    seis   de   junio   del  año  dos  mil  siete.   

Se  pronuncia  la  Corte en relación con el  motivo  de  impedimento  manifestado por los doctores AIDA RANGEL QUINTERO, LUIS  MARIANO  RODRÍGUEZ ROA y JORGE DEL CARMEN RODRÍGUEZ CÁRDENAS, Magistrados del  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de Bogotá, para conocer en segunda  instancia  del  recurso de apelación promovido por la Fiscalía contra el fallo  proferido  el  treinta  y  uno  de  octubre de dos mil seis  por el Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  de  Bogotá,  mediante  el que se absolvió a los  procesados  JHON  WALTER MORENO RINCÓN y EDUARD ALONSO MORENO RINCÓN  del  concurso  de  delitos  de   homicidio agravado, hurto calificado-agravado y  porte   ilegal  de  armas  y  municiones  de  defensa  personal.   

Antecedentes.-  

1.-   La  cuestión  fáctica,  ocurrida  en  Bogotá,  fue  declarada  en  el  fallo  de  primera  instancia de la  manera siguiente:   

“Acorde  con  la acusación, el día 6 de  enero  de  2005,  aproximadamente  a las 8:30 a.m., los hermanos EDUARD ALONSO y  JHON  WALTER  MORENO  RINCÓN  ingresaron  a  la  casa  del señor TOMÁS LESMES  VANEGAS,  ubicada  en la calle 69 A No. 45-43 de esta ciudad, con el pretexto de  comprar una lavadora.   

“Al interior de la casa, los dos hermanos  intimidaron  con  armas  de  fuego  al  señor  TOMÁS  LESMES  y a su hija DORA  ESPERANZA  LESMES,  luego  de lo cual, en compañía de la señora LUZ ANGÉLICA  CORREA  DAZA,  hurtaron  dinero  en  efectivo  y  otros  bienes. Además, cuando  requerían  la entrega del dinero, uno de los hermanos golpeó reiteradamente al  señor  TOMÁS  LESMES  con  la cacha del arma y lo asfixió, a causa de lo cual  falleció.   

“Precisa  la  Fiscalía que, pasados unos  minutos  de  ocurridos los hechos, miembros de la Policía Nacional capturaron a  la  señora  MARTHA  RUTH RUIZ MONTAÑO cuando se transportaba en un taxi, en el  que  iba  a  recoger  a los hermanos MORENO RINCÓN y a la señora LUZ ANGÉLICA  CORREA DAZA, quienes también fueron capturados”.   

2.-  La  Fiscalía 318 Seccional con sede en  Bogotá,  presentó  el  caso ante el Juez de Control de Garantías en donde, de  conformidad  con  lo dispuesto por el artículo 154 del Código de Procedimiento  Penal  de  2004,  se  llevó a cabo diligencia de audiencia preliminar en la que  solicitó  la  legalización  de  la  captura de los indiciados así como de los  elementos  incautados.  Asimismo  les  imputó   a los señores JHON WALTER  MORENO  RINCÓN,  MARTHA  RUIZ  MONTAÑO,  EDUARD  ALONSO  MORENO  RINCÓN y LUZ  ANGÉLICA  CORREA  DAZA,  la  realización  de  los  delitos de homicidio, hurto  calificado-agravado,  y  fabricación,  tráfico  o  porte  de armas de fuego de  defensa   personal   de  que   tratan  los artículos  103   y   104-7;  239,    240-3   y   241-10;   y  365  del  Código Penal.   

Contra  la  decisión  de  imponer medida de  aseguramiento  los  defensores  de las imputadas MARTHA RUTH RUIZ MONTAÑO y LUZ  ANGÉLICA  CORREA  DAZA interpusieron recurso de apelación que el diecisiete de  enero  de  dos  mil  cinco el Juzgado Treinta y Dos Penal del Circuito confirmó  íntegramente.   

3.- El primero de febrero de dos mil cinco la  Fiscalía   presentó  escrito  de  acusación  en  el  que  le  imputó  a  los  incriminados  EDUARD  ALONSO  MORENO  RINCÓN,  JHON  WALTER MORENO RINCÓN, LUZ  ANGÉLICA  CORREA  DAZA  y  MARTHA  RUTH  RUIZ  MONTAÑO  la realización de los  delitos   de   homicidio   agravado   (arts.   103  y  104-7  del  C.P.),  hurto  calificado-agravado  (art. 239, 240-3 y 241-10 del C.P. de 2000) y fabricación,  tráfico  y  porte  ilegal  de  armas de defensa personal  (art. 365 del C.  P.).   

4.- Después de haber sido aceptada, por el  Tribunal,  la  manifestación de impedimento para adelantar el juicio, realizada  por  el  Juzgado  32  Penal  del  Circuito  por haber conocido previamente de la  apelación  interpuesta  contra  la  medida  de aseguramiento, el 29 de marzo de  2005,  la  Fiscalía  41  Seccional  Delegada y los imputados JHON WALTER MORENO  RINCÓN   y  EDUAR  ALONSO  MORENO  RINCÓN,  asistidos  por  su defensora,  suscribieron  un  preacuerdo  en  el que los imputados aceptaban responsabilidad  penal  en  el concurso de delitos de homicidio, hurto y porte ilegal de armas de  fuego  de  defensa  personal  a  cambio  de  lo  cual  la Fiscalía excluía las  circunstancias  de  agravación  y  calificación  del  delito  de  hurto  y  de  agravación del homicidio.   

5.-  El  asunto  correspondió  conocerlo al  Juzgado   Segundo   Penal  del  Circuito  de  Bogotá,  autoridad  que  mediante  providencia  proferida  el seis de abril de dos mil cinco decretó la ruptura de  la  unidad  procesal  y  dispuso  continuar con el conocimiento de la actuación  relacionada  con  los  preacuerdos celebrados entre la Fiscalía y los imputados  JHON  WALTER  MORENO  RINCÓN  y  EDUARD  ALONSO  MORENO  RINCÓN.  Ordenó,  en  consecuencia,  remitir los escritos de acusación relacionados con las imputadas  LUZ  ÁNGELA  CORREA  DAZA  y  MARTHA  RUTH RUIZ MONTAÑO al Centro de Servicios  Judiciales para el trámite correspondiente.   

6.-  En diligencia de audiencia celebrada el  11    de    mayo   de   2005,   el   Juzgado   Segundo   Penal   del      Circuito   decretó  la  nulidad  del  preacuerdo  celebrado  con  la Fiscalía, tras considerar transgredido el derecho de defensa  y  el  debido  proceso en aspectos sustanciales, al no haberse presentado por la  Fiscalía  un  mínimo de prueba para comprometer la presunción de inocencia de  los  imputados  y  no  haberse  citado  a  las  víctimas  a  participar  en  la  realización   del   preacuerdo   a   efectos   de   establecer  la  pretensión  indemnizatoria.   

Contra    dicha    decisión  la Fiscalía interpuso recurso de  apelación  que el Tribunal Superior del Distrito Judicial, mediante providencia  proferida  el  doce de julio de dos mil cinco, confirmó en lo fundamental de la  determinación de primera instancia.   

Argumentó     al     efecto,     lo  siguiente:   

“El  inciso final del artículo 327 de la  Ley  906  de  2004  exige  para la aplicación del principio de oportunidad y la  celebración  de  preacuerdos  entre la fiscalía y los imputados, la existencia  de  un  mínimo  de  prueba  sobre  la  presunta autoría o participación en la  conducta  y  la  tipicidad,  por  salvaguarda  del  principio  de presunción de  inocencia;  conforme  con lo que se observa en el escrito de acusación de fecha  1º  de  febrero  de  2005,  la  fiscalía  adujo  un  número total de 13   potenciales  declarantes  y  los  seleccionó  entre  testigos,  investigadores,  policiales  y  peritos;  además,  anunció  la  existencia  de  unos  elementos  materiales  y  físicos  de  prueba,  como  son los documentos de necropsia y el  registro  civil  de  defunción, los álbumes fotográficos y el plano obtenidos  en  la  escena  del  crimen,  los  informes  relacionados  con  el arma de fuego  incautada,  el revólver y unas prendas de vestir; estos medios de prueba fueron  igualmente,  expuestos   por  la fiscal delegada en la audiencia preliminar  de  7  de enero de 2005 con el propósito de demostrar, sumariamente, al juez de  control  de  garantías  la  legalidad  de la aprehensión de los indiciados, la  procedencia    de    imponer    medida    de    aseguramiento,   la   cual,   en  efecto,  correspondió  a   la   detención   preventiva  en  establecimiento  carcelario.  Con  estas  evidencias,  sin dudas, la Sala establece que existe el  ‘mínimo      de  prueba’ a que se refiere  la  norma  mencionada  para  que  el  fiscal y los imputados, mediante defensor,  puedan   celebrar   preacuerdos,   pues  el  escrito  de     acusación  presentado  por la Fiscalía no se disgrega con la presentación del preacuerdo,  sino  que  éste  lo  subroga  en  parte de su contenido, como en el sub examine  sucede  con  la  eliminación  de  algunas  de las circunstancias calificantes y  agravantes  de  los  delitos cometidos, pues el preacuerdo modifica la tipicidad  y,  conforme  con esa tesis, el escrito de acusación primigenio y el preacuerdo  se integran para formar la acusación.   

“En  gracia  de discusión y haciendo una  exegética  interpretación  del  artículo  350  del  Código  de Procedimiento  Penal,  si  el  preacuerdo   remplaza,  totalmente,  la  formulación de la  acusación,  o  por  mejor  decir,  se constituye como escrito de acusación, la  omisión  del  fiscal  de  no determinar en aquél los medios probatorios que se  pretenden  validar  en  el  juicio  nunca podrá tener efectos sustanciales para  viciar  de  nulidad la actuación, pues sería una falencia de carácter formal,  atendiendo  lo  señalado en los artículos 336 y 337, ibídem, que, como sucede  en  este caso, se subsana con la enumeración realizada en el primigenio escrito  de  acusación  y la alusión realizada por la delegada del ente investigador en  la  respectiva audiencia preliminar. El criterio adverso aducido por el a quo no  puede     fundamentar     una    nulidad    por    violación    a    garantías  fundamentales.   

“No obstante, la participación activa de  las    víctimas   o   de   sus    representantes,  en  el desarrollo de la audiencia de verificación  del  preacuerdo,  individualización  de la pena y sentencia, cuando éste tenga  la  potencialidad  de  terminar  el  proceso,  sí  se considera forzosa para el  Tribunal,  por  lo  que  la falta de concreción   de  la  Fiscalía, en el acta de preacuerdo, respecto  de      la      pretensión      indemnizatoria  o  la  reparación  de  los  daños que merecen los  sucesores  del  occiso,  hace que esta actuación sea violatoria de los derechos  reconocidos  por  el  ordenamiento legal a las víctimas y juzgue como admisible  la  anulación,  pues  el  preacuerdo  es  ineficaz  al  no  cumplir,  de manera  integral,  con  las finalidades que le otorgó el legislador, determinadas en el  artículo    348    de   la   ley   906   de   2004,   a   saber:   ‘humanizar la actuación procesal y la  pena;   obtener  pronta  y  cumplida  justicia;  activar  la  solución  de  los  conflictos  sociales  que genera el delito; propiciar la reparación integral de  los  perjuicios  ocasionados  con  el  injusto  y  lograr  la participación del  imputado  en  la definición de su caso’,  en  cuanto  no  se  consideró  por  el  representante  del ente  acusador  la  forma como se podían resarcir los daños causados con los delitos  atribuidos y por los cuales se aceptaba la responsabilidad”.   

7.-  En la audiencia de formulación de  acusación  llevada  a  cabo  el 6 de septiembre de 2006 ante el Juzgado Segundo  Penal  del  Circuito,  dentro  del  traslado  de  que trata el artículo 339 del  Código  de  Procedimiento Penal, “el fiscal solicita se declare impedido para  conocer  de  este  proceso  conforme  al  Art.  56 del C. de P. Penal, por haber  conocido  de  fondo  antes de iniciarse esta etapa de Juzgamiento,  en caso  de  que  no  sea   acatada  esta  solicitud,  solicita el incidente de  recusación y la suspensión del trámite del proceso”.   

El Juez negó la causal de nulidad invocada  por  el  fiscal  y  dispuso  remitir  el expediente a la Sala Penal del Tribunal  Superior  de Bogotá para resolver sobre la recusación formulada por el Fiscal.   

8.-  A través de auto proferido el treinta  de  septiembre  de  dos mil cinco, el Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Bogotá  resolvió  “declarar infundada la recusación propuesta por el señor  Fiscal  para  que el señor Juez  2º Penal del Circuito de Conocimiento se  separe  del  conocimiento  de  este  juicio  pues   no  está acreditado el  supuesto  de  hecho  alegado,  esto es que habría conocido de fondo del juicio.  Como  tal  no  puede  tenerse  el  decreto  de nulidad de 29 de marzo de 2005 en  cuanto  con  dicha  decisión  no  se  dictó  decisión  de  fondo alguna   y,   por tal modo,  no se acredita lo dispuesto por el artículo   56-6 de la ley 906 de 2004”.   

9.-  El 20 de enero de 2006 ante el Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  se  llevó  a  cabo audiencia en la que el Fiscal  formuló  acusación  contra  JHON  WALTER  MORENO RINCÓN y EDUAR ALONSO MORENO  RINCÓN  por  los  delitos  de  homicidio  agravado, hurto calificado agravado y  porte ilegal de armas.   

10.-   El  14  de febrero de 2006 tuvo  lugar   la   audiencia   preparatoria   en  la  que   el  Juzgado  de   conocimiento  negó  el  recaudo de la mayoría de las pruebas pedidas  por  la  Fiscalía  tras  considerar  que,  en unos casos no manifestó la   conducencia  y   pertinencia  de  los   elementos de convicción, y en  otros por estimarlos repetitivos y superfluos.     

       

11.-       Apelada     esta  determinación   por   la  Fiscalía,  el  Tribunal Superior, mediante  proveído  del   veintiuno  de  marzo de dos mil seis resolvió confirmarla  íntegramente  tras considerar que la Fiscalía no cumplió “en la oportunidad  procesal  respectiva,  con  la  carga  mínima  de argumentación respecto de la  conducencia,  pertinencia  y,  por  ende,  admisibilidad  de  las  pruebas  que,  por  tal  modo, correctamente, le negó el a quo;  por   demás  cierto   es  cómo el juez no  puede  decretar pruebas en  esas  condiciones,  es  decir imaginando,  suponiendo  o  con una  expectativa     del    cumplimiento    de    tales    cualidades   necesarias,   máxime,   en  un  sistema  adversarial  o de partes; y,  menos,  llenar un juicio de pruebas superfluas, por repetitivas,  que   lo   hagan    excesivamente,  extenso,  lo  que  en  muchos casos  equivale   a  la  impunidad   y   a  desnaturalizar  el  esquema,  tan  concreto,            de            la            ley            906           de  2004”           

12.- A través de proveído dictado el seis  de  junio  de  dos mil seis, el Juzgado Segundo Penal del Circuito  dispuso  conceder  la  libertad  provisional  a los acusados JHON WALTER MORENO RINCÓN y  EDUAR  ALONSO  MORENO  RINCÓN,  al  estimar reunidos los presupuestos al efecto  establecidos  por  el  artículo  317-5  del  Código de Procedimiento Penal por  haber  transcurrido más de sesenta días hábiles  contados a partir de la  fecha de la formulación de la acusación.     

13.-  El  12 de octubre de 2006 se llevó a  cabo  la audiencia de juicio oral, en cuyo desarrollo se practicó el testimonio  de  Dora  Esperanza  Lesmes  y  el dictamen de la perito Ana María Bolaños, al  cabo  de  lo  cual,  una  vez  escuchados los alegatos de conclusión el juez de  conocimiento  “anunció  que el fallo será absolutorio para los dos acusados,  por todos los delitos que comprende la acusación”.    

14.-   Con  fecha  31  de  octubre  de  2006,   el  Juzgado  Segundo  Penal del Circuito absolvió a los procesados  JHON  WALTER  MORENO  RINCÓN  y  EDUAR ALONSO MORENO RINCÓN por los delitos de  homicidio   agravado,   curto  calificado  –  agravado  y   tráfico,   fabricación  y porte de armas de fuego de defensa personal,  al tiempo que  dispuso la libertad definitiva e incondicional de los acusados.   

Contra   dicha   decisión  la  Fiscalía  interpuso de apelación el que fue concedido por el a quo.   

15.-  El dieciocho de enero de dos mil  siete  se  llevó  a cabo la audiencia de debate oral,  en  la cual la  Fiscalía  sustentó  el recurso por ella interpuesto contra el fallo de primera  instancia,  y  una  vez  escuchadas  las  intervenciones  de  los demás sujetos  procesales,  “el  señor  presidente  del debate oral fijó como fecha para la  lectura  del  fallo  el día jueves primero (1º) de febrero del año en curso a  las tres (03:00 p.m.) de la tarde”.   

16.-El quince de febrero de dos mil siete el  Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial llevó a cabo la audiencia de lectura  de  fallo  en cuyo trámite “el presidente de la audiencia anunció el sentido  del  fallo,  siendo  éste  de carácter condenatorio y dispuso la lectura de la  providencia  que  así  lo  definía”.  Seguidamente  “se  dio trámite a lo  establecido   por   el   artículo   447  de  la  ley   906  de  2004,  concediéndole  el  uso  de  la  palabra  al  representante del ente acusador y,  posteriormente,  al señor defensor; acto seguido el presidente de la diligencia  señaló  fecha   para   la   lectura del fallo que resolverá el  mérito de la segunda instancia”.   

17.-  El diecinueve de abril de dos mil  siete,  en  la  diligencia  programada  para  la  lectura  del  fallo de segunda  instancia,  “el  presidente  de  la   Sala,   previo acuerdo con los  Magistrados  integrantes  de  la Sala de Decisión, dispuso la suspensión de la  actuación    por    declaratoria,    para    todos    sus    integrantes,    de  incompatibilidad   por  jerarquía  fundamental y, en consecuencia, ordenó  remitir   las  diligencias a la Sala  de  Casación Penal de  la Corte Suprema de Justicia, para lo de su cargo”.   

Argumentó  al  efecto  que  dicha  Sala ha  venido  conociendo  de  las varias actuaciones originadas en los mismos hechos y  ha   emitido   diversos  pronunciamientos   en   los   cuales  ha  comprometido  su criterio en relación con la prueba sobre la responsabilidad de  los acusados.   

Con    dicho   propósito   adjuntó  “fotocopias  de  las  decisiones que dispuso esta Sala de decisión respecto a  los coautores comprometidos en la actuación”.   

SE CONSIDERA:  

1.-    La   Corte   es  competente   para   pronunciarse  sobre  el  impedimento  manifestado  por   los   Magistrados  de la Sala de Decisión Penal del Tribunal Superior  del  Distrito  Judicial  de Bogotá, doctores  Aída Rangel Quintero,   Luis  Mariano  Rodríguez  Roa   y  Jorge  del Carmen Rodríguez Cárdenas,  según  se  colige  de lo dispuesto por los artículos 57 y 341 de la ley 906 de  2004.   

2.- En el presente caso resulta evidente la  concurrencia   de  los  supuestos  fácticos  del  motivo  de   inhibición  previsto  por  el artículo  56-4 del Estatuto Procesal Penal, toda vez que  ciertamente   los   Magistrados  del  Tribunal,   al  haber   conocido  en     segunda     instancia    de     la    decisión   invalidatoria  del  acuerdo  suscrito  entre la Fiscalía  y  los    acusados     MORENO   RINCON,   evaluaron   la   evidencia   física  recaudada     para    concluir   que    existía    el   mínimo   de  prueba  sobre  la presunta autoría o participación de   los  imputados  en  la   conducta   y   la  tipicidad  de  ésta,  conforme   lo   exige   el   artículo   327   del   Código   de  Procedimiento  Penal.   

3.- Esta misma situación se aprecia cuando  se  analizan los fallos proferidos en relación con las también acusadas MARTHA  RUTH  RUIZ  MONTAÑO  y  LUZ  ANGELICA  CORREA DAZA, pues si bien la primera fue  absuelta   y   la   segunda  condenada,  cada  cual  en  procesos  distintos   de  éste,  ello  ocurrió  en  razón  de  los  mismos  hechos  que  posteriormente  los  magistrados  de  la  Sala  del  Tribunal  debían juzgar en  segunda instancia.   

4.-   Siendo ello así, su separación  del   conocimiento   del  presente  asunto  resulta  necesaria,  no  sólo  para  garantizar   el  principio  de  imparcialidad,   sino  a  fin  de  realizar  materialmente  el  de  doble  instancia,  pues  ningún  sentido tendría que la  decisión  sea  revisada  por  quien  ya  fijó   su   posición sobre  la  cuestión que debe ser objeto de examen.   

Si se  toma en cuenta  que en este  caso   no  se  trató de cualquier clase de intervención en el proceso por  parte  de  los magistrados del Tribunal,  lo que de suyo haría inaplicable  la  causal  de inhibición de que trata el artículo 56-4 de la Ley 906 de 2004,  sino  de  una exposición  puntual  sobre cómo debía ser resuelto el  fondo   del  asunto,  es  que  la  Corte  encuentra  configurado  el  motivo  de  impedimento  que en esta ocasión se invoca, pues es claro que no siempre que un  funcionario  intervenga  previamente  en  un  proceso  sometido  a  su  consideración,   automáticamente  queda impedido para conocer de las  actuaciones   subsiguientes,    siendo   lo   importante   el   objeto  del  pronunciamiento  y el sentido de éste para fines de determinar si ha afectado o  no su imparcialidad.   

5.-  La  Corte  no desconoce que la Sala de  Decisión  del Tribunal anunció el sentido del fallo de segunda instancia, pero  esto  no  se  constituye  en   obstáculo   para   declarar   fundado  el  motivo  de inhibición aducido por los Magistrados que la integran,  toda  vez  que  aún  falta  expedir la decisión correspondiente resolviendo la  impugnación  interpuesta.  Siendo  ello así,  la Sala del Tribunal a  la  cual  le corresponda conocer del asunto, deberá adoptar los correctivos que  considere   pertinentes,  como  asimismo  habrá  de  proceder  al  examinar  la  actuación  del  Juzgado  Segundo  Penal del Circuito de Bogotá,  si   se    da   en   considerar  que  esta  autoridad  profirió  el  fallo  absolutorio,  no  obstante  haberse pronunciado previamente sobre la validez del  acuerdo celebrado entre los imputados y la Fiscalía.   

         

6.- Finalmente, no podría culminar  la  Sala   sin   reiterar,  como  de  tiempo  atrás  lo  tiene  precisado,  que  la  recusación   y   la   declaratoria  de   impedimento,   como   mecanismos  de protección de la imparcialidad de la administración  de  justicia,  no  pueden  surtirse  de  forma  caprichosa,   sino  que  se  encuentran  sujetos  a  principios  como el  de  la taxatividad de sus  causales,  esto  es,  que  excluyen  la analogía o la extensión de los motivos  señalados,  y, por lo mismo, resulta  incuestionable que la manifestación  de  impedimento  es un acto personal,  voluntario,  de  carácter  oficioso  y obligatorio cuando se advierta la concurrencia del supuesto fáctico  que  configura  la causal, pero al mismo tiempo, sujeto al estricto cumplimiento  de  las circunstancias invocadas, con el propósito de que no sea utilizado como  un   medio   para  negarse  en  forma  indebida  a  conocer  de  un  determinado  asunto    (Cfr.    Auto   de   30   de   mayo   de   2006,   Rad.  25481).       

7.-  Precisamente por razón de lo que  viene  de  exponerse,  es  que cada caso debe ser evaluado minuciosamente por el  funcionario  encargado  de resolver el  impedimento o la recusación,   atendiendo  las  específicas y particulares circunstancias que le son propias y  los  principios  de  independencia  e  imparcialidad  inherentes  a  la función  juzgadora.   

En  mérito de lo expuesto, la SALA    DE    CASACIÓN    PENAL    DE    LA   CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA,   

RESUELVE:  

PRIMERO.  DECLARAR FUNDADO  el  impedimento  expresado  por los  integrantes de la   Sala  de  Decisión  Penal   del   Tribunal Superior de Bogotá,   para  decidir  la  apelación  de  la  sentencia absolutoria emitida por el Juez  Segundo  Penal  del Circuito del mismo Distrito judicial, a favor de JHON WALTER  MORENO  RINCÓN  y  EDUARD  ALONSO  MORENO RINCÓN, el 31 de octubre de 2006. En  consecuencia,    se   los   declara   separados   del   conocimiento   de   este  asunto.   

SEGUNDO. Devolver  la  actuación  al  Tribunal  del Distrito Judicial de Bogotá  para que se  integre  la  Sala de decisión que habrá de continuar el trámite de la segunda  instancia.   

TERCERO.  Contra  esta decisión no procede recurso alguno.   

CÚMPLASE  

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ         ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA   PULIDO  DE  BARÓN              JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS               JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

MAURO    SOLARTE  PORTILLA             JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ   

Aclaración de voto  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria   

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA PENAL  

Aclaración de voto  

Con  el  debido respeto por la decisión de  mayoría,  a  lo  expuesto  en  la  ponencia  finalmente  aprobada,  me  permito  adicionar las siguientes reflexiones en torno al tema.   

Lo que realmente subyace tras la discusión  sobre  la  procedencia  del  impedimento es algo de más complejidad, pues tiene  que  ver  con  la  redefinición  del  rol  del  juez en la estructura del nuevo  sistema  de  investigación y juzgamiento y la caracterización de su postura en  el  proceso  de  construcción de la verdad en sede de un juicio público, oral,  contradictorio,  concentrado,  imparcial,  con inmediación de las pruebas y con  todas las garantías.   

En efecto, desde la entrada en vigencia del  acto  legislativo  03  de 2002, el modelo cambio sustancialmente, demandando una  lectura  de  sus  instituciones  diversa  de la imperante hasta entonces incluso  respecto  de  aquellas  que  le  son  comunes.  De ahí que ese cambio, de rango  constitucional,   presuponga,   una  concepción  notablemente  distinta  de  la  estructura   del   proceso   penal   y   del   rol   de  quienes  participan  en  él.   

Por  esa  razón,  cualquier  pretensión  hermenéutica  tiene  por  deber  respetar  la  filosofía  del diseño procesal  constitucional,  tendiente  indiscutiblemente  a  la institucionalización de un  modelo   con   acento   adversarial,   que  dispuso  separar  las  funciones  de  investigación,  acusación  y juzgamiento, y fijó reglas precisas para cumplir  con  los  objetivos de cada una de ellas y delimitar el papel de quienes actúan  como partes o intervinientes.   

Siguiendo  esa  línea,  para efectos de la  función  de  juzgar, el legislador concibió como la manera ideal para hacerlo,  en  el  contexto  del  programa  penal  constitucional,  que  la presentación y  discusión  de la acusación se realice ante el juez de conocimiento, en sede de  un  juicio  público,  oral,  con  inmediación  de las pruebas, contradictorio,  concentrado y pleno de todas las garantías.   

Pues  bien,  en desarrollo de ese proyecto,  una  de  las  condiciones  impuestas  por  la constitución fue la de distinguir  entre  un  juez con función de control de garantías y un juez de conocimiento,  encargando  al  primero  de  velar  por  la  legalidad  de la afectación de los  derechos  fundamentales  durante  la investigación y por el cumplimiento de las  medidas  necesarias  para  asegurar  la  comparencia de los imputados al proceso  penal,  la  conservación  de  la  prueba,  la  protección de la comunidad y en  especial  de  las  víctimas y al segundo de resolver sobre la preclusión de la  investigación   y   adelantar   el   juzgamiento,  colocando  una  prohibición  categórica:  “El  juez  que  ejerza  las  funciones de control de garantías,  no   podrá  ser,  en  ningún  caso,  el  juez  de  conocimiento en aquellos asuntos en que haya ejercido  esa                   función”1       (Subraya       la  Corte).   

Esa  prohibición  establece un diáfano e  indiscutible  derrotero:  no  es  posible desarrollar un juicio “con todas las  garantías”,  como lo dictamina la Carta Política, si el juez del juzgamiento  es  el  mismo  juez que intervino durante la fase de investigación, ocupándose  de  tomar  las  decisiones  asignadas  al  juez de garantías. Así lo supuso el  legislador y así lo plasmó en la Constitución.   

Es decir, la ecuación  constitucional  parte  de  suponer  que los juicios de valor realizados por el juez con función  de  control  de garantías durante las audiencias preliminares en que se discute  la  legalidad  de  la  captura,  la  imposición de medidas de aseguramiento, la  solicitud  de  ordenes  de  captura, etc., vician sensiblemente su objetividad e  imparcialidad  y  por  ese  motivo  es  necesario  sustraerlo  de la función de  juzgar.   

Tan  inefable  fue  para  el legislador esa  condición,  que  si  hubiese asumido el tema como algo periférico, seguramente  que  no  habría  considerado como problema que fuera el mismo juez encargado de  controlar  los  actos  de  investigación  el mismo que adelante el juzgamiento,  incluso  hasta  por  efectos  prácticos, en consideración al elevado numero de  jueces  que  por  ejercer  la función de control de garantías quedan impedidos  para  desempeñarse  como  jueces  de  conocimiento, pero no lo hizo y más bien  optó  por  fijar  desde  la  propia  Constitución  una  causal de impedimento,  denotando  que  a  cualquier  consideración  jurídica  o  de  orden práctico,  antepuso la preservación del principio de imparcialidad.   

Se patentiza así palmaria la preocupación  del  legislador  por  evitar,  en  pro  del  respeto  por  las  garantías de la  audiencia  de  juicio  oral, que quien obre como juzgador lo haga descontaminado  de   toda   información   o   preconcepto  que  afecte  su  objetividad  y  esa  orientación,  marcada desde la Carta Política, se desdobla en varios preceptos  de  la  ley  906  de  2004,  previstos  con  el inequívoco fin de resguardar el  equilibrio y la fidelidad del juez de conocimiento.   

Es  así  como  el artículo 5º, principio  rector   y   garantía   procesal,   obligatoria,  prevalente  y  fundamento  de  interpretación,  instituye  el  principio  de  imparcialidad,  determinando que  “…  los  jueces se orientarán por el imperativo  de   establecer   con   objetividad  la  verdad  y  la  justicia.”  Este  principio  cobra  todo  su vigor cuando al enunciarse en el  literal  k) del artículo 8º de la ley 906, los derechos que le asisten a quien  va  a  ser juzgado determina el derecho a “Tener un  juicio     público,    oral,    contradictorio,    concentrado,    imparcial,  con  inmediación  de  las  pruebas  y  sin  dilaciones  injustificadas…”, no  pudiendo  entenderse  ese  concepto  de imparcialidad sino como la condición de  actuar  con  objetividad,  lo  que  sólo  es  posible  si  quien juzga se halla  despojado  de todo preconcepto en relación con el juzgamiento de los hechos, de  su  trascendencia  jurídica  y  de  la  responsabilidad  de  quien o quienes se  reputan autores o partícipes en ellos.   

Además,  el  desarrollo del juicio oral se  matiza  por  un proceso de construcción de la verdad cumplido al interior de su  propia   dinámica,  a  través  del  ejercicio  dialéctico  de  producción  e  incorporación   de  las  pruebas  en  el  seno  de  la  propia  audiencia,  con  participación  de  las  partes, (Art.15 de la ley 906), proceso que resultaría  anodino  y  carente  de  sentido  si quien es destinatario de la reconstrucción  histórico  jurídica que hacen las partes, llega contagiado por el conocimiento  de  una  verdad aprehendida por fuera del escenario procesalmente dispuesto para  su producción.   

De  allí,  que con relación al esquema de  construcción  de  la verdad, el principio de inmediación (Art. 16) aduzca, que  solamente  se  tendrá  como  prueba,  que  es  el  insumo de su confección, la  producida e incorporada en el juicio ante el juez de conocimiento.   

Es  entonces en el ámbito de ese horizonte  que   deben   abordarse   temas   como  el  del  impedimento  del  juez,  habida  consideración  de  las  repercusiones  que  el  asunto tiene con relación a la  caracterización del rol del juez de conocimiento.   

De esa suerte, el alcance de las causales de  impedimento  ameritan  una  interpretación  más  allá  de  su literalidad, en  cuanto  persiguen  desafectar  al  juzgador  de  aprensiones  que desvirtúan su  compromiso  por  establecer  con objetividad la verdad y la justicia en el marco  de  un  juicio  oral pleno de garantías y regido por un juez imparcial, sin que  de  ninguna manera esta afirmación signifique que esa situación no requiera de  soporte legal.   

Por  eso,  la  causal  6ª  prevista  en el  artículo  56  de  la  ley  906  de  2004,  relativa  a  la  participación  del  funcionario  en  el  proceso,  tiene que irradiar sus alcances, no para sustraer  del  juzgamiento  de un caso al juez que tuvo cualquier clase de contacto con la  actuación,   pues   el   diseño  secuencial  de  la  misma  impera  de  varias  intervenciones  suyas  antes  del  juicio oral como sucede con las audiencias de  acusación  y  preparatoria,  sino  para  separar a aquel funcionario que por la  naturaleza  de  su  intervención  pone  en  riesgo  el  modelo de un sistema de  partes,  concebido  bajo  la idea que ellas acuden ante el juzgador para obtener  de  él  una  decisión  favorable a su teoría del caso, dando por supuesto que  los  únicos  medios  de  conocimiento que tomará en cuenta para ese propósito  son   los   que   se   le   presentarán   en  la  propia  audiencia  de  juicio  oral.   

Por esa vía, cuando el juez ha comprometido  su   postura   porque   conoció  y  decidió  sobre  unos  hechos  y  sobre  la  responsabilidad  penal  de  sus  protagonistas,  resulta  lógico inferir que su  objetividad  pueda  verse  afectada  y ese solo riesgo impone que deba separarse  del caso que se va a juzgar.   

Sólo  bajo  ese  entendido  se  asegura la  coherencia  del  sistema  en esta materia, al asumir que si los juicios de valor  que  realiza el juez de garantías en las audiencias preliminares o los del juez  de  conocimiento  cuando  resuelve la solicitud de preclusión constituyen actos  que  les  impiden  juzgar la causa, cómo no pensar que cuando se ha pronunciado  como  juez  sobre  conductas,  hechos  y  responsabilidades  por  razón  de  la  tramitación  de  mecanismos  de  terminación  anticipada de la actuación, esa  circunstancia  no  lo  afecte,  cuando para cumplir con ello necesariamente tuvo  que  contaminarse  con la información fáctico jurídica necesaria para ejercer  el  control  que  le  correspondía  y  determinar  si  era  del  caso emitir la  sentencia.   

Si constitucionalmente se le asignan al juez  de  conocimiento las funciones de resolver la solicitud de preclusión y decidir  sobre  la  responsabilidad del acusado en un juicio público, oral, concentrado,  imparcial,  con  inmediación de las pruebas y demás garantías, y se establece  legalmente  una causal de impedimento taxativa en el numeral 14 del artículo 56  de  la  ley  906,  cuando  ha  resuelto sobre la solicitud de preclusión, cómo  entender   que   para   ese  menester  sí  queda  impedido  por  profanarse  su  imparcialidad  pero  no  para  cuando compromete su independencia y criterio por  las  decisiones  que  adopta  con  relación  al  juzgamiento de los hechos. Esa  distinción,  ni  es lógica, ni encuentra una explicación razonable dentro del  modelo,  afincándose  solamente  en  que ab initio parecería no existir causal  expresa  que  previera esa circunstancia, afirmación que no es exacta, toda vez  que  el  dispositivo  que  se  echa de menos, en pro de respetar el principio de  imparcialidad,  cabe  perfectamente  dentro  de los alcances del ordinal 6º del  artículo  56,  pues qué grado de mayor participación dentro del proceso puede  haber   que   pronunciarse  sobre  los  supuestos  fácticos,  su  trascendencia  jurídica y el nivel de participación de sus intervinientes.   

Decisiones reiteradas de Tribunales de otros  países  cuyo  derrotero  jurídico  en  el tema de principios que gobiernan las  funciones  de  investigación,  acusación  y juzgamiento son afines al programa  penal   de   la  constitución  colombiana,  se  han  ocupado  del  tema  de  la  imparcialidad  del  juez,  sosteniendo en reiterados pronunciamientos argumentos  como los siguientes:   

“Nadie  negará  a  estas alturas de los  tiempos  que  la  imparcialidad  sea  uno  de  los  atributos de los jueces para  procurar  que  esa  su  libertad de criterio en que estriba la independencia sea  orientada  a  priori por simpatías o antipatías personales o ideológicas, por  convicciones  e  incluso  por  prejuicios,  es  decir,  por  motivos ajenos a la  aplicación  del  Derecho en lo cual consiste la sujeción al imperio de la ley.  En  definitiva  es  ésta  una  característica exigible del juez en el Pacto de  Derechos  Civiles  y  Políticos  (Nueva  York,  1966)  y  en el Convenio de los  Derechos  del  Hombre y del Ciudadano (Roma, 1950), cuyos arts. 14 y 8 coinciden  textualmente  al  respecto.  (…).  La imparcialidad y objetividad del Tribunal  aparece,  entonces, no sólo como una exigencia básica del proceso debido (…)  derivada  de  la  exigencia  constitucional  de  actuar únicamente sometidos al  imperio  de  la ley (Art. 117 CE) como nota esencial característica de función  jurisdiccional  desempeñada por los Jueces y Tribunales (…), sino que además  se  erige  en  garantía fundamental de la Administración de Justicia propia de  un  Estado  social  y democrático de derecho, que está dirigida a asegurar que  la  razón  última de la decisión jurisdiccional que se adopte sea conforme al  Ordenamiento  jurídico y se dicte por un tercero ajeno tanto a los intereses en  litigio  como a sus titulares. (…).” (STC 142/1997, 15 septiembre (RTC 1997,  142), F. 2º).   

“Y  más  recientemente,  la STC 39/2004  recuerda  que  “Este  Tribunal  ha  reiterado  que  la imparcialidad judicial,  además  de  reconocida explícitamente en el art. 6.1 del Convenio Europeo para  la  protección de los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales  (en  adelante  CEDH),  está  implícita  en  el  derecho  a un proceso con todas las  garantías  (Art.  24.2  CE),  constituyendo  una  exigencia  que  condiciona la  existencia   misma   de  la  función  jurisdiccional  (…)  con  una  especial  trascendencia  en  el  ámbito  penal  (…).  El reconocimiento de este derecho  exige,  por estar en juego la confianza que los Tribunales deben inspirar en una  sociedad  democrática, que se garantice al acusado que no concurre ninguna duda  razonable  sobre  la  existencia  de  prejuicios  o  prevenciones  en el órgano  judicial,  incluidas  aquellas  que,  desde  una  perspectiva  objetiva,  pueden  producirse,  entre  otras  consideraciones,  por  haber  tenido  una relación o  contacto  previo  con el thema decidendi (…). Se ha puntualizado, no obstante,  que  lo  determinante y decisivo es que las razones del acusado para dudar de la  imparcialidad  judicial  estén objetivamente justificadas, lo que no se produce  por  el  simple  hecho  de  que  el  juez  haya  tenido una participación en el  procedimiento   con   anterioridad  al  enjuiciamiento   de  fondo,  siendo  necesario    valorar    las    circunstancias    de    cada    caso    concreto.  (…).”2   

En   la   doctrina  alemana  también  se  encuentran  alusiones  puntuales y pertinentes sobre el tema de la imparcialidad  del  juez y la incidencia de sus intervenciones previas al juicio respecto de su  independencia   y  objetividad.  Así  cuando  la  legislación impone como  causal  de  impedimento  que el juez haya intervenido anteriormente en la causa,  los  alcances  del  concepto  han  sido  definidos  por  la jurisprudencia de la  siguiente manera:   

“La   jurisprudencia  (BGHSt  9,  193)  interpreta  ampliamente  el  concepto de “causa” y considera suficiente toda  relación  objetiva  con  el  proceso  actual  que  pueda  fundar la sospecha de  parcialidad,  p.  Ej.,  en  el caso de condena de instigador y autor en procesos  distintos. (…)”   

“(…)”  

“Las  manifestaciones oficiales del juez  en  el  procedimiento  preliminar sólo justifican su exclusión cuando ha hecho  afirmaciones   relevantes   para   la  cuestión  fáctica  y  de  culpabilidad.  (…).”3   

A  modo de ejemplo, qué imparcialidad del  juez  podría  esperar el acusado cuya teoría del caso en el juicio se cifra en  la  atipicidad de la conducta, o en la concurrencia de una causal de ausencia de  responsabilidad            –legítima  defensa  o  error  invencible  de tipo o prohibición-,  etc.,  si  ya  ese  mismo funcionario dictó un fallo en virtud de mecanismos de  terminación  anticipada como allanamientos o preacuerdos que juzgó respetuosos  del  principio  de legalidad y de las demás garantías fundamentales y de donde  dedujo  la  plenitud  de  los  elementos de la conducta punible, seguramente que  ninguna,  como  quiera  que  al  haber  prefijado conceptos de esa dimensión se  menoscabó   la  aspiración  a  establecer  con  objetividad  la  verdad  y  la  justicia.   

Son  estos breves razonamientos, los que me  animan a aclarar mi voto en el presente asunto.   

Cordialmente,  

         

MAURO SOLARTE PORTILLA  

Magistrado  

    

1  Artículo 250-1, Constitución Política.   

2  ORTELLS  RAMOS  Manuel,  TAPIAS  FERNÁNDEZ  Isabel,  “El  Proceso penal en la  Doctrina  del  Tribunal  Constitucional”,  Editorial THOMSON Aranzadi, Navarra  2005. Pgs.  136-137.   

3  ROXIN  Claus,   “Derecho  Procesal  Penal”,  Editores del Puerto,   Buenos Aires 2000. Pg.42.     

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