27153(13-06-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  27153   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACION PENAL  

                               

                                    Magistrado Ponente:   

                                     Dr.  SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ   

                                       Aprobado    Acta   Nº  95   

Bogotá,  D.  C.,  trece de junio de dos mil  siete.   

VISTOS  

Se  pronuncia  la  Sala  en relación con la  colisión  negativa  de  competencias  suscitada  entre el Juzgado 3° Penal del  Circuito  Especializado  de  Bucaramanga,  Santander, y el Juzgado 3° Penal del  Circuito  de  esa  misma  ciudad,  en  virtud  de  la cual ambas dependencias se  rehúsan  a seguir conociendo del proceso que se sigue en contra de ADEL  PÉREZ  JIMÉNEZ  y otros, quienes en  diligencia  de  formulación  y  aceptación  de  cargos  con fines de sentencia  anticipada  admitieron  ser  responsables  del  delito  de SEDICIÓN  como  integrantes  de un grupo armado al  margen  de  la  ley denominado “Autodefensas Unidas de Colombia” que opera u  operaba en el área urbana de la capital santandereana.   

ANTECEDENTES   

1. El 10 de septiembre de 2006, la Fiscalía  1ª  Especializada  de  Bucaramanga  llevó  a  cabo audiencia de formulación y  aceptación  de  cargos  con  fines  de  sentencia  anticipada  con ADEL  PÉREZ  JIMÉNEZ  -Fls. 50 a 66-, en  cuyo  desarrollo  le  imputó  el  delito  de  SEDICIÓN  en  su  condición  de  “cabecilla”  de un grupo  de  las  AUC  asentado  en uno de los albergues establecidos en el club “Villa  Chimita”,  que  operaba  en  sectores  de los barrios Galán, Convivir y Café  Madrid  de  la  ciudad  de  Bucaramanga,  en  concurso  con el de CONCIERTO PARA  COMETER  HOMICIDIOS  Y EXTORSIONES en su modalidad de agravados, como quiera que  los  miembros  de dicho grupo al margen de la ley tenía como misión ajusticiar  a   “viciosos,  ladrones  y  violadores”  en  la  tarea  de  limpieza  social  que se habían impuesto, y  recaudar  el  importe  de  las  “vacunas”  exigidas a los comerciantes de “Centro-Abastos”; hechos que  tuvieron  ocurrencia,  conforme se plasma en el acta respectiva, “hasta     el     31     de     diciembre     de     2005”.   

El  implicado dijo admitir el primero de los  cargos  imputados,  es  decir,  el  de sedición, mas no el segundo, o sea el de  concierto.  En  virtud  de  dicha  circunstancia,  el Fiscal instructor decidió  romper  la  unidad procesal en relación con el delito de concierto para cometer  homicidios y extorsiones agravados.   

2. En las mismas condiciones y términos, se  llevó   a   efecto  similares  diligencias:  El  30  de  agosto  de  2006,  con  JOSUE  MARTÍNEZ  TIBADUIZA y  RICHARD    ALFONSO    ANGARITA   TÉLLEZ;  y  el  6  de  septiembre  del  año en mención, con NEIDER  ALBERTO  MEJÍA SÁNCHEZ. Igual que  PÉREZ JIMÉNEZ, aceptaron el  cargo  por  sedición,  pero  no  el  de  concierto  para  cometer  homicidios y  extorsiones      agravados.         

3.  Remitidas  las diligencias al Reparto de  los   Juzgados   Penales   del   Circuito   Especializados  de  Bucaramanga,  su  conocimiento  fue  asignado  al Tercero de dicha categoría y especialidad, cuyo  titular   por  auto  del  15  de  noviembre  de  2006  declinó  su  competencia  argumentando  no  haberse  tenido  en  cuenta que si bien con la declaratoria de  inexequibilidad  del  Art.  71 de la Ley 975 de 2005 mediante la Sentencia C-370  del  18  de  mayo  de 2006 -precepto que adicionó el Art. 468 del C. Penal-, la  conducta      que      se      había      tipificado      como     sedición    volvió   a   tornarse   en  concierto para delinquir, era  lo  cierto  que  por  el  principio  de  favorabilidad  y  dado  que  los hechos  investigados  habían  tenido  lugar  en  el año de 2005, el cargo de sedición  imputado   al   procesado   tenía   plena  vigencia  y,  por  consecuencia,  su  conocimiento correspondía a los Jueces Penales del Circuito.   

“(…)   la  sentencia  C-370 de la H. Corte Constitucional -dijo la  juez-  señaló  que la misma produce efectos hacia el  futuro,  por  lo  que  las  situaciones  que  se  hayan  configurado  durante el  interregno  de su vigencia deben seguir tramitándose por el juez competente por  aplicación  del  principio  de  favorabilidad, es decir, por los Jueces Penales  del  Circuito  competentes  para conocer del delito de SEDICIÓN indistintamente  de  uno  y  otro  inciso  desde la entrada en vigencia de la Ley 975 de 2005, es  decir,  desde  el  25  de julio de 2005 hasta la declaratoria de inexequibilidad  del  Art.  71  de  la  misma  normatividad,  esto es hasta el 18 de mayo de 2006  (…)”  En  apoyo de su tesis, la juez especializada  cita    in   extenso   un  pronunciamiento    de    esta   Sala   de   Casación   Penal.        

Se  abstuvo pues la funcionaria, de proferir  el  fallo  pertinente  y,  en  su  lugar,  de  no  acogerse su criterio, propuso  colisión negativa de competencia.   

4. Del mismo modo, la Juez Tercera Penal del  Circuito  de  la  ciudad  en  mención  rehusó  aprehender  el conocimiento del  asunto,  y para el efecto aduce que la inexequibilidad del Art. 71 de la Ley 975  de  2005  no tiene por qué afectar situaciones consolidadas bajo su imperio, lo  cual   significa   que  “(…)  los  procesados  que  incurrieron  en  el  delito  de  CONCIERTO  PARA  DELINQUIR  y que en virtud del  aludido  artículo 71, por principio de favorabilidad, se le adecuó la conducta  como  SEDICION,  deben  ser  juzgados  por  el  Juez  Especializado pero con los  beneficios  derivados  de  la aplicación de dicho principio por resultarle más  favorable  la  nueva  adecuación  típica  que  se  le dio a su conducta y así  deberá  proceder  el  juzgador  al  momento  de proferir sentencia si es que la  misma resulta condenatoria (…)”   

Con fundamento en la misma providencia de la  Sala  en  que  sustentó su argumentación la juez especializada, se apuntala la  juez  penal  del  circuito  de Bucaramanga para defender su posición. Considera  que  la  competencia  para  conocer  de  las  presentes diligencias radica en la  funcionaria  colisionante,  quien  debe  retenerla  y  decidir  -deja  entrever-  manteniendo  y  otorgando  los  beneficios que el extinto artículo 71 de la ley  975/05  le  concedió a los acusados, por favorabilidad. Por tal razón, aceptó  el  conflicto  planteado  y  remitió  el expediente a esta Corporación para su  definición.      

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

1.  En  virtud de lo estipulado en el Art.18  transitorio,  inciso  2º  del  C.  de P. Penal, a la Sala le asiste competencia  para  pronunciarse  respecto  del  conflicto trabado en los anteriores términos  entre un Juzgado Penal del Circuito y otro Especializado.   

2. Como quedó reseñado en los antecedentes  de   esta   decisión,   el  presente  proceso  que  cursa  contra  ADEL  PÉREZ  JIMÉNEZ y sus compañeros de  causa,   quienes   por   iniciativa  propia  en  diligencia  de  formulación  y  aceptación   de  cargos  con  fines  de  sentencia  anticipada  admitieron  ser  coautores  del  delito  de  SEDICIÓN en la modalidad de conformación de grupos  armados  al  margen  de  la  ley,  se  encuentra pendiente de la adopción de la  respectiva sentencia que le ponga fin a la instancia.   

El conflicto, como igualmente allí se dejó  dicho,  no  se  centra en uno de los supuestos fácticos plasmado en cada una de  las  actas  contentivas  de  los  respectivos pliegos de cargo que, como bien se  sabe,  son  equivalentes  a  la  resolución  de acusación, pues ninguna de las  jueces  trabadas  en  la colisión de marras discute la militancia del procesado  en  un  grupo  de  autodefensas  que  opera  en jurisdicción de Bucaramanga. La  discusión  se  circunscribe  a los efectos que respecto de la situación de los  procesados  se  derivan  de la declaratoria de inexequibilidad del Art. 71 de la  Ley  975  de  2005  que  adicionó  el  Art.  468 del C. Penal, en el sentido de  tipificar    como    SEDICIÓN    la   conducta   de   quienes   “conformen  o  hagan  parte  de grupos guerrilleros o de autodefensas  cuyo  accionar  interfiera con el normal funcionamiento del orden constitucional  y legal”.   

3.  Pues  bien,  en  primer término importa  precisar  que  cuando  se  llevaron  a  cabo  las  diligencias de formulación y  aceptación  de  cargos  con  fines de sentencia anticipada con ocasión de este  asunto  -entre  agosto  y  septiembre  de  2006-,  ya  se  había  producido  la  declaratoria  de  inexequibilidad  del  Art. 71 de la Ley 975 de 2005 que rigió  desde   el  25  de  julio  de  2005  -fecha  de  promulgación  de  la  referida  normatividad-  hasta  el  17  de  mayo  de  2006,  pues  al día siguiente dicho  precepto  fue  retirado  del  ordenamiento  en  virtud  de  la expedición de la  Sentencia C-370 de la Corte Constitucional.   

En  segundo  lugar,  debe  destacarse que de  acuerdo  con  lo  plasmado en el acta de esa diligencia de audiencia, los hechos  investigados  tuvieron  ocurrencia  “hasta  el 31 de  diciembre  de  2005”,  valga decir, fueron cobijados  por  el  Art. 71 de la Ley de Justicia y Paz en mención que, para el momento de  consumación  de  los  mismos,  se hallaba en pleno vigor. De ahí que el Fiscal  que  a  su  cargo  tenía  el  asunto, hubiese formulado pliego de cargos, entre  otros,  por  el delito de sedición, imputación esta que única y efectivamente  admitieron cada uno de los implicados.   

Sobre  los  efectos  de  esa  decisión  de  inconstitucionalidad,  en  múltiples ocasiones la Sala ha tenido oportunidad de  referirse de la siguiente manera:    

          

“Lo  consignado hasta  aquí  conduce  a  predicar  de  manera  categórica  -tal  como  ya  se  había  adelantado-  que  la inexequibilidad del artículo 71 de la Ley 975/05 declarada  mediante  la  sentencia  C-370  de  mayo  18/06  sólo  produce efectos hacia el  futuro,   lo  que  comporta  afirmar  que todas aquellas conductas que fueron cometidas antes de la reseñada  fecha  (i)  constitutivas para entonces de concierto para delinquir con fines de  organizar,  promover,  armar  o  financiar  grupos  armados al margen de la ley,  siempre   y   cuando   su   accionar   interfiera    con   el   normal  funcionamiento  del  orden  constitucional  y  legal,  o  (ii) por quienes hayan  conformado  o  hagan  parte  de  grupos  guerrilleros  con  similar  accionar de  interferencia,   deberán  ser  tipificadas  como  sedición,  a  términos  del  precitado  artículo  71, dado que tal calificación comporta efectos favorables  para   el   sindicado   o  condenado.”  1                -Se     ha  destacado-.   

4. Se insiste, en este caso a los procesados  se  les  imputó  el cargo de sedición por su mera militancia a un grupo de las  AUC,  cuya  actividad  delictiva desplegaron, reitérase, con anterioridad al 18  de  mayo de 2006, es decir, en vigencia del Art. 71 de la Ley 975/05, pues, como  ya  se  advirtió,  los sucesos tuvieron lugar “hasta  el    31   de   diciembre   de   2005.”   

Si los procesados en este específico evento  prescindieron  del  juicio  y  se  sometieron  al  anticipado juzgamiento en los  términos  y  condiciones  dichos, la competencia se determina por la naturaleza  del  delito  y los factores territorial y funcional, valga decir, por las normas  ordinarias  que la establecen. En virtud de la cláusula general de competencia,  la  conducta  punible  de  SEDICIÓN  está  atribuida  a los jueces penales del  circuito.   

5.  En  este  caso,  el  conocimiento de las  diligencias  se  le  atribuirá  a  la Juez Tercera de  dicha   categoría   y   especialidad   con  sede  en  Bucaramanga, como quiera que  los   hechos   investigados   tuvieran   ocurrencia   en  el  territorio  de  su  jurisdicción,  funcionaria  a  quien  le  corresponderá examinar la situación  fáctico-jurídica  que  comporta la actuación y determinar si la calificación  realizada   por   la   Fiscalía   se   ajusta  a  la  realidad  de  los  hechos  investigados.          

En  mérito  de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA en Sala de Casación Penal,   

  RESUELVE   

Declarar   que   la   competencia   para  conocer  de  la  conducta  punible   de   SEDICIÓN  imputada  a los procesados  con  ocasión  del presente  asunto,   radica  en  el  Juzgado   3°  Penal  del  Circuito  de  Bucaramanga,  despacho     al     que    se    le    remitirá   de  inmediato  el  expediente  para  lo  de  su  cargo.  Envíese   copia  de  este  auto  al  Juzgado 3° Penal del Circuito Especializado  de  la citada ciudad, para su  información.   

Contra   este   auto  no  procede  recurso  alguno.   

Cópiese,   devuélvase   y   cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                    ÁLVARO                              ORLANDO                              PÉREZ  PINZÓN                                            

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN                        JORGE     LUIS    QUINTERO    MILANÉS          

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                          JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

Aclaración de voto  

MAURO           SOLARTE  PORTILLA                       JAVIER ZAPATA ORTIZ   

                                                 

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

             Secretaria   

ACLARACIÓN DE VOTO  

El  artículo  71 de la Ley 975 de 2005 fue  declarado  inexequible  al  encontrar  el  Tribunal  Constitucional vicios    de    procedimiento    en    su    formación.  Se  recordó  en  la sentencia C-370/06 que «en las democracias  resulta       importante       no       sólo       establecer      quién   hace  la  ley,  sino  también  cómo  la  hace».  Y  se  concluyó que en   

el trámite impartido a los artículos 70 y  71  de  la Ley 975/05 se desconoció el principio de consecutividad, ya que como  resultado  de  la indebida tramitación de la apelación presentada en el Senado  ante   la   decisión   de   negarlos   adoptada  por  las  Comisiones  Primeras  Constitucionales   Permanentes,   finalmente   fueron   remitidos  a  Comisiones  Constitucionales  que  no  eran  competentes;  y  una  vez  aprobados por éstas  últimas  sin  tener  competencia  para  hacerlo,  fueron introducidos de manera  irregular  en  el  segundo  debate ante la plenaria del Senado, como si hubiesen  sido   aprobados   por   las   Comisiones   Constitucionales   facultadas   para  ello.   

Si bien en la misma sentencia de control de  constitucionalidad  se  dijo  que  a  las  decisiones tomadas se les aplican las  reglas   generales  sobre  efecto  inmediato  de  las  decisiones  de  la  Corte  Constitucional,   y   se  advirtió  que  la  providencia  carecía  de  efectos  retroactivos,  perentorio resulta señalar que con ello no se está pretendiendo  establecer  que  la norma pudo tener vigencia durante el lapso comprendido entre  su sanción y la declaratoria de inexequibilidad.   

Tomando como punto de partida que, como dice  Rubio  Llorente,  «en cualquier proceso, en cualquier litigio, el primer juicio  que   el   juez   ha  de  hacer  es  el  juicio  a  la  ley  misma»2,  y apoyados  en  la interpretación sistemática de la Constitución, la Ley 975 de 2005 y la  sentencia  C-370/06,  nos permitimos afirmar que definitivamente el artículo 71  nunca  estuvo  en  vigencia  y  en  consecuencia  no  es  posible  pretender  su  aplicación so pena de atentar contra el principio de legalidad.   

Básicamente  son  cuatro  las  razones  que  me  llevan  a entender que  la  norma  en cuestión no ha tenido existencia y por  lo  tanto  carece de toda validez y consecuencialmente  no  puede  ser  aplicada  por mandato del principio de favorabilidad. La primera  razón   estriba   en  que  su  expedición  se  hizo  violentando      las      reglas      que      regulan      las     formas     como    se    hacen    las  leyes;  la  segunda, porque  sustancialmente     dicha     norma     se    enfrenta    a    los    postulados  constitucionales;    en    tercer   lugar,   porque  la  aplicación  de tal precepto vulnera los derechos  constitucionales  de  las  víctimas;  y, en cuarto y  último  lugar,  resalto  los deberes de la judicatura  en el Estado social de Derecho.   

Las  razones  de  todo orden que impiden la  reclamada  aplicación  del  artículo  71  de  la  Ley  975 de 2005, se exponen  conforme a la siguiente secuencia:   

–  PARTE PRIMERA:  La  excepción  de  inconstitucionalidad.   

–  PARTE SEGUNDA:  Razones  formales  y materiales sobre la inexistencia  jurídica   que   se   debe   predicar  del  artículo  71  de  la  Ley  975  de  2006.   

– PARTE TERCERA:  Los    derechos    de   las   víctimas.   

–  PARTE CUARTA:  Los compromisos internacionales del Estado colombiano  y los deberes de la judicatura.   

PARTE PRIMERA:  

1.  Si bien las  normas  legales  están  amparadas  por presunción de constitucionalidad,   esa  presunción  no es absoluta pues existen casos en los que no hay lugar a la  aplicación  de  normas  legales  por  su manifiesta contradicción con la Carta  Política,    como    en    los    que    se    viabiliza   la   excepción   de  inconstitucionalidad.   

         En   efecto,   la   Constitución  permite  que  en  todo  caso  de  contradicción  entre ella y una norma jurídica de inferior jerarquía, aquella  sea  aplicada  de  manera  preferente,  como  sucede en Colombia donde cualquier  persona  que  esté  avocada  a la  aplicación de normas jurídicas cuenta  con  un  resorte  institucional  que  le permite, por sí mismo, apartarse de la  aplicación  de  esas  normas  y,  en su lugar, estar a lo  dispuesto en la  Carta,  al  igual  que  permite la inaplicación de normas legales cuando éstas  plantean  obstáculos  con  miras  a  la  protección  de derechos fundamentales  explicable  en  una  democracia  constitucional  porque  el  respeto a esos  derechos  constituye el parámetro de legitimidad del poder político y por ello  si  en  un  caso  concreto  es necesaria la inaplicación de una norma legal con  miras  a  la protección de uno de tales derechos, el sistema jurídico habilita  la inaplicación de tales normas.   

         Luego,  si  la presunción de constitucionalidad de las leyes   no   es   absoluta,  si  existen  excepciones  y  si  una  de  ellas  es  la  de  inconstitucionalidad,  la invocación de tal presunción no basta para pretender  la  aplicación  de  normas  declaradas inexequibles a hechos ocurridos antes de  tal declaratoria.   

El  artículo  4°  de  la  Constitución  Política  consagra  así  la denominada excepción de  inconstitucionalidad:   

“La  Constitución  es  norma de normas.  En todo caso de incompatibilidad entre  la   Constitución   y  la  ley  u  otra  norma  jurídica,  se  aplicarán  las  disposiciones constitucionales”.   

Esta  es  una  manifestación  del control  difuso  de constitucionalidad en virtud del cual toda persona habilitada para la  aplicación  de  una  norma legal o administrativa, se encuentra legitimada para  dejar  de  aplicarla  y  para,  en  su  lugar,  aplicar preferentemente la Carta  Política, si encuentra que contraría la preceptiva superior.   

2.  En estricto  sentido  se  trata de una manifestación del derecho fundamental que le asiste a  todo  ciudadano de participar en la conformación, ejercicio y control del poder  político.   Ello  es  así  porque  cuando  se  aplica  la  excepción  de  inconstitucionalidad,  el  ciudadano  está haciendo efectivo un resorte estatal  que  le  habilita  para  controlar  un acto que es fruto del ejercicio del poder  legislativo  o  del  poder administrativo.  De esta forma, cuando se aplica  esa  excepción,  no  solo  se  está haciendo efectivo el principio fundamental  relacionado  con  la  prevalencia  de  la  Carta Política sino que, además, se  está ejerciendo un derecho fundamental.   

Esta índole bifrontal de la excepción de  inconstitucionalidad   evidencia  que  se  trata  de  una  institución  que  se  encuentra  anclada  en los pilares básicos de una democracia constitucional: El  valor  normativo  de la Carta Política, es decir, su índole de verdadera Norma  Fundamental,  por  una  parte,  y, por otra, los derechos fundamentales en tanto  ámbitos autónomos de la dignidad del hombre.   

En este contexto, cuando un juez aplica la  excepción  de  inconstitucionalidad,  ratifica  la  vigencia  de  ese  conjunto  mínimo  de principios que se han positivizado con la finalidad de hacer posible  la  vida  civilizada  en  el contexto del que él hace parte y, al mismo tiempo,  reafirma  el  efecto vinculante de la ley o de los actos administrativos, según  el  caso,  pero  no de manera absoluta sino condicionándolo a su compatibilidad  con  esos  principios.  De otro extremo, el juez, aparte de emprender un acto en  defensa  de la Constitución, obra también en tanto ciudadano pues en ejercicio  de  esta  calidad  ejerce  un derecho fundamental: controla el fruto del proceso  legislativo  o  la  manifestación  de  la  voluntad  de la administración como  expresiones de poder político.   

3. Ahora: bien se  sabe  que,  dada la dinámica del control constitucional, el juez está sometido  a  la  decisión que sobre ese punto específico tome el Tribunal Constitucional  como  órgano  encargado  de guardar la integridad y supremacía de la Carta. En  este  sentido,  la  postura  asumida  por  el  juez  que aplica la excepción de  inconstitucionalidad  no  es,  ni mucho menos, definitiva. Ella está supeditada  al  acto  de poder en virtud del cual el Juez Constitucional decida expulsar esa  norma  legal  o  administrativa  del  ordenamiento  jurídico  o  mantenerla  en  él.   No obstante, las consecuencias son diferentes según se trate de una  disposición que armonice o desarmonice con la Carta Política.   

En   ese   sentido,   si   el   Tribunal  Constitucional  encuentra  que se trata de una norma jurídica que no contraría  el  Texto Superior, el juez queda sometido por ella y, ante el efecto vinculante  de  la  cosa juzgada constitucional, hacia futuro no podrá negarse a aplicarla.  La  razón  es  obvia: si bien en un Estado de Justicia el valor de la ley no es  absoluto,  el  juez,  de  todas  maneras,  está  obligado  a  cumplirla por una  imposición  del  principio  democrático  pues  la  ley  es la expresión de la  voluntad   popular  y,  en  tal  virtud,  está  amparada  por  una  legitimidad  democrática  que  no  es  ajena  a  la  jurisdicción.  Ésta,  solo  en  casos  excepcionales,  puede  dejar  de  aplicar  una  disposición legal y uno de esos  casos  es precisamente el habilitado por el artículo 4º de la Carta Política.  No  obstante,  cuando  el  Tribunal  Constitucional, a instancias de una acción  pública   de   constitucionalidad   –que  dicho  sea de paso, también constituye una manifestación del  derecho  fundamental  a  participar en la conformación, ejercicio y control del  poder   político–  ha  dictado  una  sentencia  con  valor  de  cosa  juzgada  afirmando la legitimidad  constitucional  de  una  disposición  legal, no existen argumentos para invocar  tal  excepción.   Una postura judicial en contrario resultaría ilegítima  pues  no  solo equivaldría a un infundado acto de rebeldía contra la ley, sino  también  un  desconocimiento de la cosa juzgada constitucional, de la autoridad  del    Tribunal   constitucional   y,   en   últimas,   de   la   Constitución  misma.   

4. La situación  es  distinta  cuando  el  Juez  Constitucional  encuentra  que la norma legal no  aplicada  por  el  juez  resulta  contraria  a  la  Carta Política como sistema  normativo.  En este caso queda convalidada la actitud asumida por el juez que se  opuso  a  la  aplicación  de  esa  norma  jurídica y, hacia futuro, ni él, ni  ningún  otro  juez  podrán aplicarla.  Es decir, el acto de rebeldía del  juez  contra  la  ley queda justificado por tratarse de un supuesto legítimo de  defensa  de  la Constitución y de un ejercicio también legítimo de un derecho  fundamental.   En  este  evento,  la  decisión  del  juez y la postura del  Tribunal  Constitucional  se  integran  como  un  acto unitario de defensa de la  Carta Política.   

Ahora,   si   esto  es  así,  no  puede  pretenderse  la  aplicación  de  la  norma declarada inexequible por razones de  favorabilidad  pues  ello  sería  tanto  como  admitir  que la Constitución es  contradictoria  porque  le  permitiría al juez no aplicar una norma y, al mismo  tiempo,  lo  compelería  a  aplicarla.  En  efecto: en tanto que por vía de la  excepción  de  inconstitucionalidad  la  Carta  le  impone  al juez el deber de  inaplicar  una norma legal que la contraríe y que por vía del control concreto  de   constitucionalidad   le  impone  al  Tribunal  el  deber  de  expulsar  del  ordenamiento  las  normas  que  la vulneran, por vía de la supuesta aplicación  del  principio  de  favorabilidad  le  estaría  imponiendo  al juez el deber de  aplicar esa misma norma.   

Esta  conclusión se opone a una regla del  moderno  constitucionalismo:  las  Cartas  Políticas son unidades armónicas de  principios   y   entre   estos   no  existen  contradicciones.   Cuando  se  advierte   una  aparente contradicción con ocasión de la aplicación o no  de   una   norma   legal,  surge  un  reto  para  el  intérprete:  inferir  una  interpretación   constitucionalmente   adecuada   que   mantenga   vigente   la  supremacía de la Carta.   

5.  En  el caso  planteado,  la  interpretación  constitucionalmente  adecuada  consiste  en  no  aplicar  la  norma  expulsada  del  ordenamiento  jurídico  pues  solo  ello es  compatible  con el deber que el artículo 4° superior le impone al juez, con su  titularidad  sobre  el  derecho  de  controlar  lo actos de la legislación o la  administración  y  con  el valor de cosa juzgada de las decisiones del Tribunal  Constitucional.   

6.  Luego,  en  irreductible  consecuencia,  no  puede  pretenderse  la  aplicación de la norma  declarada  inexequible  por razones de favorabilidad pues ello sería tanto como  admitir  que  la Constitución, en torno a ese punto específico, es ambivalente  y  que  le impone al juez deberes contradictorios: no aplicar una norma legal y,  al mismo tiempo, aplicarla.    

Siendo  así  las  cosas,  resulta  obvio  comprender  que  la  no  aplicación  hacia  futuro  de  una  disposición legal  expulsada  del  ordenamiento  jurídico es una manifestación de la vigencia del  Texto  Superior  y  del  efecto vinculante de éste sobre todos los ámbitos del  poder público.   

7.  Si la misma  Constitución   permite   que  se  planteen  excepciones  a  la  presunción  de  constitucionalidad  de  las  leyes,  carece  de  sentido  que, una vez declarada  la   inexequibilidad  de  una  ley inaplicada en virtud de la excepción de  inconstitucionalidad,  se  afirme   que  a  esa  ley  deban  reconocérsele  efectos  en un caso concreto pues tal postura equivaldría a vaciar de contenido  y a negar el efecto vinculante del artículo 4° de la Carta.   

En  efecto:  si  tras  la  decisión de la  jurisdicción  constitucional  hubiese  lugar  a  la  aplicación  de  la  norma  expulsada  del  ordenamiento jurídico, la excepción de inconstitucionalidad no  tendría  razón  de  ser  pues,  a  lo  sumo,  estaría llamada a tener un  efecto  simplemente  transitorio  contrariando  la pretensión del constituyente  que   subyace  al  artículo  4°  superior y según la cual opera como una  cláusula  de  cierre  a  través  de la  cual se impide que normas legales  palmariamente  contrarias  a  la Carta Política se filtren al sistema jurídico  y,  una  vez  en  él,  produzcan  efectos,  y  que  no  sería así si, tras la  decisión  del juez constitucional que confirma la inexequibilidad de la ley, se  asume que los jueces ordinarios están compelidos a su aplicación.   

         8.   El   artículo   4°   ordena   la  aplicación  preferente  de  la Carta cuando se esté ante normas jurídicas que  la  contraríen,  efectos  para  los cuales el motivo de la contrariedad resulta  indiferente:  bien puede ser la inobservancia manifiesta del proceso legislativo  consagrado  en  la  Constitución  y  en  la  ley con miras a la generación del  derecho   positivo,  o  la  contradicción  existente  entre  ésta  y  la   integridad  de la Carta como  sistema normativo, o la desarmonía existente  entre  la  ley  y algunas de las reglas de derecho específicas contenidas en el  Texto  Superior,  variantes  comprensibles   pues el  artículo 4° no  establece  restricción alguna en tono a los motivos específicos por los cuales  una norma pueda reputarse contraria a la Constitución.   

         Si   esto  es  así,  es  decir,  si  no  existe  una  restricción  constitucional  respecto  de  las  circunstancias  específicas  en que opera la  excepción  de  inconstitucionalidad,  no   concurren  razones  para  hacer  distinciones  en  torno  a  los efectos de los fallos de constitucionalidad como  para  decir  que  si el fallo procedió por razones de forma, la norma declarada  inexequible  debe  aplicarse  a aquellos supuestos anteriores a esa declaratoria  bajo  el  argumento  de que aún procede la presunción de constitucionalidad y,  en  sentido  contrario,  para  afirmar  que si el fallo ha obrado por razones de  fondo,  no  hay  lugar  a  la aplicación de esa ley a tales supuestos.  En  los   dos  eventos,  los  efectos  del fallo son los mismos: la norma queda  expulsada    del    ordenamiento    jurídico    y    no    hay   lugar   a   su  aplicación.   

         9.  Y  en  el moderno constitucionalismo  existen  las  denominadas  sentencias  de constitucionalidad condicionada que se  explican  ante  la  necesidad  de equilibrar las funciones que les incumbe a los  jueces  constitucionales  de  defensa de la  supremacía e integridad de la  Carta y la protección de los derechos fundamentales.   

         Una  de  las modalidades de esas providencias está determinada por  los  fallos  de efectos temporales entre los que se encuentran las sentencias de  efectos  diferidos y las sentencias de efectos retroactivos. En estos supuestos,  los  tribunales constitucionales disponen que los efectos de una declaratoria de  inexequibilidad  se  retrotraigan  al  momento de promulgación de la ley o  que  se  aplacen hasta tanto concurran las circunstancias que impidan que con la  expulsión  de  una  norma  del  sistema jurídico se produzcan situaciones más  gravosas  que  las  generadas  por  la ley de cuya expulsión se trata. La norma  habilitante  de  esos  pronunciamientos  es genérica porque se trata de aquella  que,  en  los  distintos  ordenamientos,  impone  a  los  tribunales el deber de  proteger la supremacía e integridad de la Carta.   

         Entonces,  si  esto es posible a partir de una norma constitucional  tan  genérica  como  aquella,  con  mayor  razón  es  posible  la negación de  cualquier  efecto  a  una norma legal respeto de la cual, con base en un mandato  constitucional  expreso como el  contenido en el artículo 4° superior, se  aplica la excepción de inconstitucionalidad.   

         11.  Ahora bien: aparte de los criterios  expuestos,  aún  pueden  formularse dos consideraciones adicionales que apuntan  en  la  misma  dirección:  una,  en  relación  con la índole de los vicios de  procedimiento  en  el moderno constitucionalismo y, otra, en  relación con  la  necesidad  de  que la judicatura tome conciencia de la manera como las   rebajas  de penas generalizadas y ajenas a cualquier consideración de política  criminal  deslegitiman  no  solo  el  proceso  penal sino también el sistema de  justicia penal en su conjunto.   

PARTE SEGUNDA:  

I  

El  artículo  71  de la Ley 975 de 2005 es  inexistente  porque  en su trámite legislativo se incurrió en graves defectos.  Lo  ostensible  de tales defectos llevó a que dicha norma no superara el examen  de constitucionalidad que realizó el Tribunal competente.   

1.    Es  consustancial  a  las  democracias  contemporáneas el respeto del procedimiento  fijado  por  el  constituyente para la producción del derecho positivo por  cuanto  el cuerpo legislativo es un escenario público de discusión, de debate,  en  el  que  se fijan las reglas de convivencia pero no de cualquier manera sino  respetando  las  reglas  de  juego  señaladas  en  la Carta Política.  Es  decir,  con  el  concurso  de  las  distintas  fuerzas  políticas, con estricto  respeto  de  las minorías, aceptando el efecto vinculante de la  fijación  constitucional  de  competencias  y  con  un  riguroso  seguimiento  del proceso  legislativo.   

2.  De allí se  infiere  que  una  norma  legal  que  se  ha  promulgado con desconocimiento del  proceso  fijado por el constituyente no solo es una norma viciada por razones de  segundo  orden  pues,  en  la  medida  en  que  se  distorsiona  el  proceso  de  manifestación  de  la  voluntad  del  parlamento,  esos  vicios  constituyen un  atentado  al principio democrático y, por lo mismo, afectan una de las columnas  en  las  que  reposa  el  Estado Constitucional. Ello explica la relevancia que,  cada  día  con  mayor  vigor,  se les reconoce a los vicios de procedimiento en  sede  de  control  constitucional.  Y esto no es gratuito: incluso los vicios de  fondo  de las leyes son vicios de competencia y, por lo mismo, de procedimiento:  una  norma que establezca la pena de confiscación es inconstitucional porque la  Constitución  ha  sustraído la facultad de promulgarla de las competencias del  Congreso,    contexto    en    el    que    deben    ubicarse   las   siguientes  consideraciones3:   

La   importancia   del  respeto  de  los  procedimientos  de  decisión  de  las  Cámaras explica que en la actualidad la  gran  mayoría  de los ordenamientos jurídicos hayan atribuido a los tribunales  constitucionales,  como  una  de  sus  competencias esenciales, el control de la  regularidad   de   esos  procedimientos.  Es  obvio  que  subsisten  diferencias  nacionales,  pues  en  algunos países, el juez constitucional no toma en cuenta  el   Reglamento   como   parámetro  de  constitucionalidad,   por  lo  que  únicamente  la  vulneración de los procedimientos previstos directamente en la  Carta  puede  provocar  la  anulación  de  una  ley4  en  cambio,  en otros casos,  como  en  Colombia, la propia  Carta ordena a las Cámaras el respeto de su  reglamento,  por  lo cual la infracción de esas disposiciones reglamentarias es  también  susceptible de provocar la inconstitucionalidad de una ley5.   

Pero   en  casi  todas  las  democracias  constitucionales,  una de las funciones esenciales de la justicia constitucional  es  la  vigilancia  del  respeto  a  los procedimientos en la aprobación de las  leyes.  Esto  ha permitido superar concepciones arcáicas, según las cuales, la  vigilancia  del  cumplimiento  de esos procedimientos desconocía la separación  de  poderes,  pues  vulneraba  la  independencia  del  Congreso,  por lo que los  procedimientos  de  aprobación de las leyes eran actos internos de las Cámaras  (interna  corporis  acta),  excluidos de todo control judicial.   

Hoy  se admite que eso no es así, pues no  sólo  el  Congreso  está  sometido  a  la  Constitución  sino  que además el  procedimiento  legislativo  busca  precisamente asegurar el respeto al principio  democrático,  evitando  que  existan  atropellos  a  las  minorías  o  que las  decisiones  legislativas no sean públicamente debatidas. Y por ello, una de las  justificaciones  esenciales  de  la  justicia  constitucional  es que ésta debe  operar como una  guardiana del proceso democrático.   

Por todo lo anterior, es claro que sin caer  en  excesos ritualistas y tomando como guía el principio de instrumentalidad de  las  formas,  una  de las labores más importantes del juez constitucional   es  precisamente  verificar  la  defensa  de  la regularidad y transparencia del  proceso  de  aprobación  de  normas  en  el Congreso. Y es que el respeto a las  formas  y  procedimientos de la deliberación y decisión legislativa no es  un  culto  a  unos  rituales innecesarios, ya que dichas formas y procedimientos  juegan  un  papel  esencial  en  la  democracia, por cuanto pretenden   asegurar  que  exista  una  verdadera  formación  de  una voluntad democrática  detrás de cada decisión legislativa.   

3. Si esta es la  índole  de  los  vicios  de  procedimiento,  carece  de sentido que se pretenda  forzar  una tesis de acuerdo con la cual la declaratoria de inconstitucionalidad  de  una  norma  por  uno  de  tales vicios obligue a su aplicación a los jueces  ordinarios  y  que  se  lo  haga  con el argumento de que hasta tal declaratoria  aquella   estuvo   amparada  por  presunción  de  constitucionalidad  pues  tan  contraria  a  los  fundamentos  de  un  Estado  Constitucional  es una norma que  desconoce   los  cauces  institucionales  para  la   manifestación  de  la  voluntad  democrática,  como  una  norma  que  por  razones  de  fondo viola la  Carta.   

3.1.  Al  quedar  establecido  que  la  norma no cumplió el trámite legislativo se debe concluir  que la misma nunca nació al mundo jurídico.   

3.2.  Cuando una  norma  no  germina  en  legal  forma  al  mundo  jurídico la misma no alcanza a  producir efectos en dicho plano.   

3.3.  La carencia  de  validez  de  una  norma,  por  violación  del  proceso  establecido para su  producción,  implica  que  ella no puede afectar las situaciones que pretendía  regular.  Con  razón  se  dice por la doctrina que la validez es un criterio de  pertenencia  al  mundo  jurídico,  que  se  halla  basado  en  el  criterio  de legalidad, de acuerdo con el  cual  una  ley  sólo  puede existir si ha sido creada respetando los postulados  constitucionales   y   legales   que   rigen   el   proceso  que  posibilita  su  creación6.   

3.4.  Reconocer  efectos  a  una  ley  expedida  con  vulgar  desconocimiento  de las previsiones  legales  y  constitucionales  que  regulan  el  proceso  legislativo,  significa  autorizar nuevas violaciones a la legalidad.   

3.5. La legalidad  no  solamente es una regla del Estado de Derecho sino que en el Estado social de  Derecho se erige en derecho fundamental. Y,   

3.6.    La  jurisprudencia  ha  reiterado  que  la  favorabilidad sólo opera en tránsito o  coexistencia  de  leyes, que en tratándose del régimen temporal del mencionado  artículo  71,  no  ha  ocurrido  nunca  por  cuanto la citada disposición debe  reputarse como inexistente.   

II  

El  artículo  71  de  la  Ley  975 de 2005  materialmente  es  una  norma  contraria  a  la  Constitución  Política porque  asimila  indebidamente los delitos comunes  con  los delitos políticos.  Tal presupuesto desconoce no sólo los fundamentos que guían la  actuación  de  ambas clases de delincuentes sino los postulados de la Carta que  permiten un trato diferente entre unos y otros.   

1. Las sociedades  democráticas  se  caracterizan por la búsqueda permanente del consenso social,  el  cual viene de la mano de postulados tales como la igualdad, la justicia y la  libertad,  entre  otros,  cuya  materialización  compete  a  todos  los poderes  públicos.     Una     sociedad     excluyente     con    graves    deficits  en  el  funcionamiento  de  la  democracia,  en  la  que  no  se  respeta  la  dignidad  humana  ni los derechos  fundamentales,  frecuentemente cuenta con la presencia de graves conflictos, que  en algunos casos llegan hasta niveles de confrontación violenta.   

2.  La violencia,  fenómeno  social  que  aparentemente  está  ligado  a  la  existencia  de toda  sociedad,  tiene que ser considerada como delito cuando afecta bienes jurídicos  dignos,   necesitados   y  merecedores  de  protección  penal.  Dependiendo  de  diferentes  factores  en  la  doctrina  se  puede observar una amplia taxonomía  sobre  las  clases  de  delitos,  siendo  una  de  ellas  la  que  establece los  comunes  y  políticos.   

3.   En   la  tradición    jurídica    se   distingue   con   acierto   entre   delitos   políticos   y   delitos  comunes, sin que hasta la fecha  aparezca  razón  alguna,  fundamentada en los criterios propios de las ciencias  sociales  (la  dogmática  jurídico  penal),  que  cuestione  la validez de tal  distinción.   

4.    La  Constitución   de   1991,   siguiendo   la   usanza   de   las   constituciones  decimonónicas,     expresamente     hace     referencia     al     delito  político  como una variedad que  amerita especial atención.   

5.    La  jurisprudencia    del    Tribunal   Constitucional7  es reiterativa al considerar  que    

         

La  Constitución  distingue  los  delitos  políticos  de  los  delitos  comunes  para efectos de acordar a los primeros un  tratamiento  más  benévolo con lo cual mantiene una tradición democrática de  estirpe  humanitaria… El Estado no puede caer en el funesto error de confundir  la  delincuencia  común  con  la política. El fin que persigue la delincuencia  común  organizada,  particularmente  a través de la violencia narcoterrorista,  es  el  de  colocar  en  situación de indefensión a la sociedad civil, bajo la  amenaza  de padecer males irreparables, si se opone a sus proditorios designios.  La  acción  delictiva  de  la criminalidad común no se dirige contra el Estado  como  tal, ni contra el sistema político vigente, buscando sustituirlo por otro  distinto,  ni  persigue  finalidades  altruistas,  sino que se dirige contra los  asociados,   que  se  constituyen  así  en  víctimas  indiscriminadas  de  esa  delincuencia.  Los hechos atroces en que incurre el narcoterrorismo, como son la  colocación  de carrobombas en centros urbanos, las masacres, los secuestros, el  sistemático  asesinato  de  agentes  del orden, de jueces, de profesionales, de  funcionarios  gubernamentales,  de  ciudadanos  corrientes  y  hasta  de  niños  indefensos,  constituyen delito de lesa humanidad, que jamás podrán encubrirse  con el ropaje de delitos políticos.   

Admitir tamaño exabrupto es ir contra toda  realidad  y  contra  toda  justicia.  La Constitución es clara en distinguir el  delito  político  del  delito  común.  Por  ello  prescribe para el primero un  tratamiento  diferente,  y  lo  hace objeto de beneficios como la amnistía o el  indulto,  los  cuales  sólo pueden ser concedidos, por votación calificada por  el  Congreso  Nacional,  y por graves motivos de conveniencia pública (art. 50,  num.  17),  o  por  el  Gobierno, por autorización del Congreso (art. 201, num.  2o.).  Los  delitos  comunes  en  cambio,  en  ningún caso pueden ser objeto de  amnistía  o  de  indulto.   El  perdón  de la pena, así sea parcial, por  parte  de  autoridades  distintas  al  Congreso o al Gobierno, autorizado por la  ley, implica un indulto disfrazado.   

En     otra    decisión8  se dejó en  claro que   

El delito político es diferente al delito  común  y recibe en consecuencia un trato distinto. Pero, a su vez, los delitos,  aún  políticos,  cuando son atroces, pierden la posibilidad de beneficiarse de  la amnistía o indulto.   

Posteriormente9,    en    cuanto    a   las  consecuencias accesorias, se dijo que   

El delito político, que difiere claramente  del  hecho  punible  común,  no  inhibe  para el futuro desempeño de funciones  públicas,  ya  que  puede  ser  objeto  de  perdón y olvido, según las reglas  constitucionales  aplicables  para instituciones como la amnistía. Los procesos  de  diálogo  con  grupos  alzados  en  armas  y  los  programas de reinserción  carecerían  de  sentido  y  estarían  llamados  al  fracaso si no existiera la  posibilidad  institucional de una reincorporación integral a la vida civil, con  todas  las  prerrogativas  de  acceso al ejercicio y control del poder político  para  quienes,  dejando  la  actividad  subversiva,  acogen  los  procedimientos  democráticos   con   miras   a   la   canalización   de   sus   inquietudes  e  ideales.   

El  rebelde responsable de un delito político es   

un  combatiente que hace parte de un grupo  que  se  ha alzado en armas por razones políticas, de tal manera que, así como  el  derecho  internacional  confiere  inmunidad  a  los  actos  de guerra de los  soldados  en  las  confrontaciones  interestatales,  a nivel interno, los hechos  punibles  cometidos  en  combate  por los rebeldes no son sancionados como tales  sino  que  se  subsumen en el delito de rebelión. Y es obvio que así sea, pues  es  la  única  forma  de conferir un  tratamiento punitivo benévolo a los  alzados             en             armas10.   

Cuando  fueron  declaradas  inexequibles  algunas  disposiciones  del  Código  Penal  de 198011,   se  precisó  que   independientemente   de   tal   decisión  el  delito  político  subsiste  porque los responsables de tales  conductas  pueden excepcionalmente recibir un tratamiento favorable, pues existe   

la  posibilidad  de que el Congreso, en la  forma  prevista  en  el  numeral  17  del artículo 150 de la Constitución, por  graves  motivos  de  conveniencia  pública,  conceda  la amnistía y el indulto  generales    por    esos    delitos    políticos12.      Al      Congreso  corresponderá,  en  esa  ley  extraordinaria,  determinar  los  delitos comunes  cometidos  en  conexión  con  los estrictamente políticos y que, por lo mismo,  pueden  quedar  cobijados  por  la  amnistía  y  el  indulto. Y cuáles, por su  ferocidad,   barbarie,   por   ser   delitos   de   lesa  humanidad,  no  pueden  serlo.   

         6.  La  Sala  de  Casación  Penal de la  Corte  Suprema de Justicia ha consignado que el delito  político tiene ocurrencia cuando se atenta contra el  régimen  constitucional  y legal vigente en busca de un nuevo orden, resultando  un  imposible  jurídico predicar de tales conductas su adecuación al delito de  concierto       para       delinquir.   

Siempre  que la agrupación alzada en armas  contra  el régimen constitucional tenga como objetivo instaurar un nuevo orden,  sus  integrantes  serán  delincuentes  políticos  en  la  medida  en  que  las  conductas  que  realicen  tengan  relación con su pertenencia al grupo, sin que  sea  admisible  que  respecto  de  una especie de ellas, por estar aparentemente  distantes  de  los  fines  altruistas que se persiguen, se predique el concierto  para  delinquir, y con relación a las otras, que se cumplen dentro del cometido  propuesto, se afirme la existencia del delito político.   

Dicho en otros términos, si los miembros de  un  grupo  subversivo realizan acciones contra algún sector de la población en  desarrollo  de  directrices  erróneas, censurables o distorsionadas, impartidas  por  sus  líderes,  los  actos  atroces  que  realicen no podrán desdibujar el  delito  de  rebelión,  sino  que habrán de concurrir con éste en la medida en  que   tipifiquen  ilícitos  que,  entonces,  serán  catalogados  como  delitos  comunes13.   

7.  Los delitos  cometidos  por  personas  vinculadas  a grupos paramilitares, como es el caso de  los  miembros  de  los  grupos  de autodefensas que en virtud de acuerdos con el  Gobierno  Nacional  se  han  desmovilizado, bajo ningún pretexto alcanzan a ser  considerados   como   autores   del  punible  de  sedición,  por  cuanto  tales  comportamientos    no   pueden   ser   asimilados   al   concepto   delito político.   

8.  Debido a que  los  hechos  delictivos cometidos por cuenta o en nombre de los paramilitares no  fueron   ejecutados   con   el   propósito   de   atentar  contra  el  régimen  constitucional  y  legal vigente sino en defensa del mismo, con denunciado apoyo  de   importantes   sectores  institucionales  y  procurando  obtener  beneficios  particulares,   pretender   que   una   norma   identifique   como  delito  político  conductas  claramente  identificadas   como   delitos   comunes  resulta  contrario  a  la  Constitución  vigente,  desconoce  la  jurisprudencia  nacional  y  contradice  la  totalidad  de  doctrina  nacional y  extranjera.   

9. De lo dicho se  sigue  que  quienes  hayan  estado  vinculados  a  los grupos paramilitares o de  autodefensas,  cualquiera  sea  el grado de participación en la organización y  en  los delitos cometidos por cuenta de la misma, no pueden ser beneficiarios de  amnistía,  indulto,  su  extradición  está permitida y, por regla general, no  podrán  acceder  al  servicio  público  y  si llegasen a ser elegidos a alguna  corporación  pública  se  encontrarán en causal de pérdida de la investidura  por  subsistir  la  inhabilidad  derivada  del antecedente penal que surge de la  comisión de un delito que apareja pena de prisión.   

10. Reconocer que  el  artículo  71 de la Ley 975 de 2005 estuvo en vigencia significa aceptar una  especie  de  elusión  constitucional  y legislativa, pues los promotores de tal  iniciativa  la  mimetizaron  conociendo  que  se  hacía un esguince al trámite  legal  y  se aspiraba a conseguir una vigencia transitoria de la norma, dado que  los  defectos  formales  y  el  choque  frontal  contra disposiciones superiores  avizoraban su inexequibilidad.   

11.  Es  bien  sabido   que   toda   ley   debe   también   guardar  afinidad   sustancial  con  el  acervo  de  valores,  principios,  derechos  y  deberes que consagra la Carta Política, la cual junto  con  el  Código Penal, la Jurisprudencia y la Doctrina nacionales y comparadas,  diferencian   al   delincuente  político  del  común14,  de donde se desprende que  al  darles  la  Ley  975  de  2005  tratamiento  punitivo similar, ataca valores  superiores   como  la  justicia,  el  orden  justo,  la  seguridad  ciudadana  y  jurídica,  los  fines  de  la  pena,  la  resocialización del delincuente y la  igualdad  (por  equipar  a  los  que  natural y jurídicamente son completamente  distintos).   

PARTE       TERCERA:   

1.    La  intervención  de  las  víctimas  en  el  proceso penal y su interés porque la  justicia  resuelva  un asunto, pasó de la mera expectativa por la obtención de  una    reparación    económica    –como  simple  derecho  subjetivo  que  permitía que el delito como  fuente  de  obligaciones  tuviera  una  vía  judicial  para  el ejercicio de la  pretensión                patrimonial15–  a  convertirse  en derecho constitucional fundamental que además  de  garantizar (i) la efectiva reparación  por  el  agravio  sufrido  asegura (ii) la obligación estatal de  buscar   que   se   conozca   la   verdad  sobre  lo  ocurrido, y (iii) un acceso expedito a la justicia,  pues  así  se  prevé por la  propia   Constitución   Política,   la   ley  penal  vigente  y  los  tratados  internacionales  que  hacen  parte  del bloque de constitucionalidad16.   

2.    Tal  perspectiva  de  la  víctima solamente se puede entender cuando se acepta, como  tiene que ser, que ella ha quedado cubierta por   

“un  sistema de garantías fundado en el  principio  de  la tutela judicial efectiva17, de amplio  reconocimiento             internacional18,  y  con  evidente  acogida  constitucional  a  través  de  los  artículos  229,  29 y 93 de la Carta. Este  principio  se  caracteriza  por  establecer  un  sistema de garantías de naturaleza bilateral. Ello implica  que  garantías  como  el  acceso  a la justicia (Art.229); la igualdad ante los  tribunales  (Art.13);  la  defensa  en  el  proceso (Art.29); la imparcialidad e  independencia       de      los      tribunales19;  la  efectividad  de  los  derechos  (Arts.  2°  y  228);  sean  predicables  tanto del acusado como de la  víctima.  Esta  bilateralidad,  ha  sido  admitida  por  esta  Corporación  al  señalar  que  el  complejo  del  debido  proceso,  que  involucra  principio de  legalidad,  debido  proceso  en  sentido  estricto,  derecho  de  defensa  y sus  garantías,  y  el  juez  natural,  se  predican de igual manera respecto de las  víctimas          y         perjudicados”20.   

3.  El Tribunal  Constitucional21  en  la  sentencia C-454/06  resumió  el alcance de los derechos de las víctimas del delito de la siguiente  manera:   

“a. El derecho  a la verdad.   

“31.  El  conjunto de principios para la  protección  y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra la  impunidad22  (principios  1°  a  4) incorporan en este derecho las siguientes  garantías:  (i)  el derecho inalienable a la verdad; (ii) el deber de recordar;  (iii) el derecho de las víctimas a saber.   

“El primero, comporta el derecho de cada  pueblo  a  conocer  la  verdad  acerca  de  los  acontecimientos sucedidos y las  circunstancias  que  llevaron  a  la perpetración de los crímenes. El segundo,  consiste  en  el  conocimiento por un pueblo de la historia de su opresión como  parte  de  su  patrimonio, y por ello se deben adoptar medidas adecuadas en aras  del  deber  de  recordar  que  incumbe  al  Estado. Y el tercero, determina que,  independientemente  de  las acciones que las víctimas, así como sus familiares  o  allegados  puedan entablar ante la justicia, tiene el derecho imprescriptible  a  conocer  la  verdad,  acerca  de  las circunstancias en que se cometieron las  violaciones,  y en caso de fallecimiento o desaparición acerca de la suerte que  corrió la víctima.   

“El derecho a la verdad presenta así una  dimensión   colectiva  cuyo  fin  es  “preservar  del  olvido  a  la  memoria  colectiva”23,   y   una  dimensión  individual  cuya  efectividad  se  realiza  fundamentalmente  en el ámbito judicial, a través del derecho de las víctimas  a  un  recurso judicial efectivo, tal como lo ha reconocido la jurisprudencia de  esta   Corte24.   

“32.  Proyectando estos principios en el  ámbito  nacional,  la  jurisprudencia  constitucional  ha  determinado  que  el  derecho  de  acceder  a  la  verdad,  implica  que las personas tienen derecho a  conocer  qué  fue  lo  que realmente sucedió en su caso. La dignidad humana de  una  persona  se  ve  afectada  si se le priva de información que es vital para  ella.  El  acceso  a la verdad aparece así íntimamente ligado al respeto de la  dignidad  humana,  a  la  memoria  y  a  la  imagen  de  la víctima25.   

“b. El derecho  a  que  se haga justicia en el caso concreto, es decir, el derecho a que no haya  impunidad.   

“33. Este derecho incorpora una serie de  garantías   para   las  víctimas  de  los  delitos  que  se  derivan  de  unos  correlativos  deberes  para las autoridades, que pueden sistematizarse así: (i)  el  deber  del  Estado  de  investigar y sancionar adecuadamente a los autores y  partícipes  de  los  delitos;  (ii)  el  derecho  de las víctimas a un recurso  judicial  efectivo;  (iii)  el deber de respetar en todos los juicios las reglas  del debido proceso.   

“La  jurisprudencia  constitucional  ha  señalado  que  el  derecho  de  acceso  a  la  justicia,  tiene como uno de sus  componentes  naturales el derecho a que se haga justicia. Este derecho involucra  un    verdadero    derecho    constitucional    al   proceso   penal26,   y  el  derecho   a   participar   en   el   proceso  penal27,  por  cuanto el derecho al  proceso  en  el  estado  democrático debe ser eminentemente participativo. Esta  participación  se expresa en ” que los familiares de la persona fallecida y sus  representantes  legales  serán  informados de las audiencias que se celebren, a  las  que  tendrán  acceso,  así  como  a  toda  información  pertinente  a la  investigación   y  tendrán  derecho  a  presentar  otras  pruebas”28.   

“c. El derecho  a  la  reparación integral del daño que se ha ocasionado a la víctima o a los  perjudicados con el delito.   

“34. El derecho de reparación, conforme  al   derecho  internacional  contemporáneo  también  presenta  una  dimensión  individual  y  otra  colectiva.  Desde su dimensión individual abarca todos los  daños  y  perjuicios  sufridos  por  la  víctima,  y comprende la adopción de  medidas   individuales   relativas   al   derecho   de  (i)  restitución,  (ii)  indemnización,  (iii) rehabilitación, (iv) satisfacción y (v) garantía de no  repetición.  En  su dimensión colectiva, involucra medidas de satisfacción de  alcance   general   como  la  adopción  de  medidas  encaminadas  a  restaurar,  indemnizar  o  readaptar  los  derechos  de  las  colectividades  o  comunidades  directamente     afectadas    por    las    violaciones    ocurridas29.   

“La  integralidad  de  la  reparación  comporta  la  adopción  de  todas  las  medidas  necesarias  tendientes a hacer  desaparecer  los  efectos  de  las  violaciones  cometidas,  y  a  devolver a la  víctima al estado en que se encontraba antes de la violación”.   

4.  En  forma  concreta  sobre los derechos de las víctimas en procesos inscritos en contextos  y   modalidades   de  justicia  transicional  de  reconciliación,  el  Tribunal  Constitucional  mediante  la  sentencia  C-370/06,  no  solamente  señaló  que  además  de  garantizarles  la  protección  de los derechos humanos mediante el  ejercicio  de  un  recurso  en  los  términos  de  los  artículo  8 y 25 de la  Convención Americana de Derechos Humanos   

“[4.5.3.] … corresponde el correlativo  deber  estatal  de  juzgar  y  sancionar las violaciones de tales derechos. Este  deber  puede ser llamado obligación de procesamiento y sanción judicial de los  responsables  de  atentados en contra de los derechos humanos internacionalmente  protegidos.   

(…)  

“4.5.5.  El deber estatal de investigar,  procesar  y sancionar judicialmente a los autores de graves atropellos contra el  Derecho  Internacional  de  los  Derechos Humanos no queda cumplido por el sólo  hecho  de  adelantar  el proceso respectivo, sino que exige que este se surta en  un  “plazo  razonable”.  De  otra  manera  no  se satisface el derecho de la  víctima  o  sus familiares a saber la verdad de lo sucedido y a que se sancione  a los eventuales responsables.   

(…)  

“4.5.7. La obligación estatal de iniciar  ex  officio  las  investigaciones  en caso de graves atropellos en contra de los  derechos  humanos  indica  que la búsqueda efectiva de la verdad corresponde al  Estado,  y  no  depende  de  la  iniciativa  procesal  de  la  víctima o de sus  familiares, o de su aportación de elementos probatorios.   

(…)  

“4.5.9.  Las obligaciones de reparación  conllevan:  (i)  en  primer  lugar,  si  ello  es posible, la plena restitución  (restitutio  in  integrum),  “la  cual  consiste  en el restablecimiento de la  situación    anterior    a    la    violación”30;  (ii) de no ser posible lo  anterior,  pueden  implicar  otra  serie de medidas que además de garantizar el  respecto   a   los   derechos   conculcados,  tomadas  en  conjunto  reparen  la  consecuencias   de   la   infracción;   entre   ellas  cabe  la  indemnización  compensatoria.   

“4.5.10.  El derecho a la verdad implica  que  en cabeza de las víctimas existe un derecho a conocer lo sucedido, a saber  quiénes  fueron  los  agentes  del  daño,  a  que  los  hechos  se investiguen  seriamente  y  se  sancionen  por  el  Estado, y a que se prevenga la impunidad.   

“4.5.11.  El derecho a la verdad implica  para  los  familiares  de  la  víctima  la posibilidad de conocer lo sucedido a  ésta,  y,  en caso de atentados contra el derecho a la vida, en derecho a saber  dónde   se  encuentran  sus  restos;  en  estos  supuestos,  este  conocimiento  constituye  un  medio de reparación y, por tanto, una expectativa que el Estado  debe  satisfacer  a  los familiares de la víctima y a la sociedad como un todo.   

“4.5.12.  La  sociedad también tiene un  derecho  a  conocer  la  verdad,  que  implica  la  divulgación pública de los  resultados  de las investigaciones sobre graves violaciones de derechos humanos.   

(…)  

“4.7.  El “Conjunto de Principios para  la  protección y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra  la impunidad”, proclamados por la ONU en 1998.   

(…)  

“(…),  la Corte aprecia que, dentro de  las  principales  conclusiones que se extraen del “Conjunto de Principios para  la  protección y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra  la  impunidad” en su última actualización, cabe mencionar las siguientes, de  especial  relevancia  para  el  estudio  de constitucionalidad que adelanta: (i)  durante  los  procesos  de  transición  hacia  la  paz,  como  el  que adelanta  Colombia,  a  las  víctimas  les  asisten  tres  categorías de derechos: a) el  derecho  a  saber, b) el derecho a la justicia y c) el derecho a la reparación;  (ii)  el  derecho a saber es imprescriptible e implica la posibilidad de conocer  la  verdad  acerca de las circunstancias en que se cometieron las violaciones y,  en  caso  de  fallecimiento  o desaparición, acerca de la suerte que corrió la  víctima;  (iii)  el  derecho  a  saber  también  hace  referencia  al  derecho  colectivo  a  conocer  qué  pasó,  derecho  que  tiene  su razón de ser en la  necesidad  de  prevenir  que  las  violaciones  se  reproduzcan y que implica la  obligación   de   “memoria”   pública   sobre   los   resultados   de  las  investigaciones;  (iv)  el derecho a la justicia implica que toda víctima tenga  la  posibilidad  de hacer valer sus derechos beneficiándose de un recurso justo  y  eficaz,  principalmente para conseguir que su agresor sea juzgado, obteniendo  su  reparación;  (v)  al  derecho a la justicia corresponde el deber estatal de  investigar  las  violaciones,  perseguir  a sus autores y, si su culpabilidad es  establecida,  de  asegurar  su  sanción;  (vi)  dentro  del  proceso  penal las  víctimas  tienen  el  derecho  de  hacerse  parte para reclamar su derecho a la  reparación.  (vii)  En todo caso, las reglas de procedimiento deben responder a  criterios  de  debido  proceso; (viii) la prescripción de la acción penal o de  las  penas  no  puede  ser  opuesta a los crímenes graves que según el derecho  internacional  sean considerados crímenes contra la humanidad ni correr durante  el  período  donde  no  existió  un  recurso  eficaz;  (ix)  En  cuanto  a  la  disminución  de  las  penas,  las  “leyes  de  arrepentidos” son admisibles  dentro  de  procesos  de  transición  a  la  paz,  “pero  no  deben  exonerar  totalmente  a  los  autores”;  (x)  la  reparación tiene una dimensión doble  (individual   y   colectiva)   y  en  el  plano  individual  abarca  medidas  de  restitución,  indemnización  y  readaptación;  (xi) en el plano colectivo, la  reparación  se  logra  a  través  de medidas de carácter simbólico o de otro  tipo  que  se  proyectan  a  la  comunidad; (xii) dentro de las garantías de no  repetición,  se  incluye  la  disolución  de los grupos armados acompañada de  medidas de reinserción.”   

5.   Derechos  frente  a  los cuales el juez, como representante de una autoridad independiente  e  imparcial  que  colabora  armónicamente  en la realización de los fines del  Estado   social   de   Derecho,   no   puede   ser   mero   espectador  pues  su  misión   

“va  más  allá  de  la  de ser un mero  árbitro regulador de las formas procesales…”,   

de   donde   le  resulta  imperativa  la  obligación de   

“buscar  la  aplicación de una justicia  material,  y  sobre  todo,  en  ser  un guardián del  respeto  de  los  derechos fundamentales del indiciado o sindicado, así como de  aquellos  de  la  víctima,  en  especial, de los derechos de ésta a conocer la  verdad  sobre  lo  ocurrido, a acceder a la justicia y a obtener una reparación  integral,   de   conformidad   con   la   Constitución   y   con  los  tratados  internacionales  que hacen parte del bloque de constitucionalidad”31.   

6.  Téngase en  cuenta  que  muchos  de  los  crímenes  atribuidos a los miembros de los grupos  paramilitares  constituyen  graves  atentados  a  la  humanidad  y a los valores  supremos  que  de ella se predican en la actualidad, cobrando hoy mayor vigencia  lo  dicho  por  el  Tribunal Constitucional en la sentencia C-004/0332,  cuando  señaló que   

“la  impunidad  de las violaciones a los  derechos  humanos  y  al  derecho humanitario es más grave, cuando el Estado ha  incumplido  en  forma  protuberante  con  sus  deberes de investigar y sancionar  seriamente  esos  delitos. En esos eventos, la preponderancia de los derechos de  las  víctimas  y de la búsqueda de un orden justo sobre la seguridad jurídica  y  el  non  bis in ídem es  aún  más  evidente,  por  las  siguientes  dos  razones:  De un lado, para las  víctimas  y  los  perjudicados  por  una  violación a los derechos humanos, la  situación  resulta  aún más intolerable, pues su dignidad humana es vulnerada  en  cierta  medida  doblemente,  ya que esas personas no sólo fueron lesionadas  por  un  comportamiento  atroz sino que, además, deben soportar la indiferencia  del  Estado,  quien  incumple  en  forma  protuberante  con  su  obligación  de  esclarecer   esos   actos,   sancionar  a  los  responsables  y  reparar  a  los  afectados”,   

razón por la cual es posible la  

“revisión de aquellos procesos en que el  Estado,  en  forma protuberante, dejó de lado su deber de investigar seriamente  esas  violaciones  a  los  derechos  humanos, no impacta en forma muy intensa la  seguridad  jurídica,  por  la  sencilla  razón  de  que  en  esos procesos las  autoridades  realmente no realizaron una investigación seria e imparcial de los  hechos  punibles.  Y por ende, precisamente por ese incumplimiento del Estado de  adelantar  seriamente  la  investigación, la persona absuelta en realidad nunca  estuvo  seriamente  procesada  ni  enjuiciada,  por  lo que una reapertura de la  investigación   no   implica   una   afectación   intensa   del   non  bis in ídem. Eso puede suceder, por  ejemplo,  cuando  la  investigación  es  tan  negligente,  que  no  es más que  aparente,  pues  no  pretende  realmente esclarecer lo sucedido sino absolver al  imputado.  O  también  en  aquellos  eventos en que los funcionarios judiciales  carecían  de  la  independencia  e  imparcialidad necesarias para que realmente  pudiera hablarse de un proceso.   

“Es  pues  claro  que  en  los  casos de  impunidad  de  violaciones  a  los  derechos humanos o de infracciones graves al  derecho  internacional humanitario derivadas del incumplimiento protuberante por  el  Estado  colombiano  de  sus deberes de sancionar esas conductas, en el fondo  prácticamente  no  existe  cosa juzgada, pues ésta no es más que aparente. En  esos  eventos,  nuevamente  los derechos de las víctimas desplazan la garantía  del  non bis in ídem, y por  ello  la  existencia  de  una  decisión  absolutoria  con fuerza formal de cosa  juzgada   no   debe   impedir  una  reapertura  de  la  investigación  de  esos  comportamientos,  incluso  si  no existen hechos o pruebas nuevas, puesto que la  cosa juzgada no es más que aparente.    

7.   Todo  lo  expresado  debe  obligar  a  la  Corte  a  considerar, en aras del imperio de la  justicia  nacional,  el respeto de los compromisos internacionales del Estado en  materia  de  derechos humanos y la efectividad de los derechos fundamentales, al  constatar   que   resulta   siendo  un  imposible  jurídico  asimilar,  y  como  consecuencia  de  ello  darle  el  tratamiento  de  delito  político a aquellos  comportamientos   desplegados   de   manera   sistemática,  con  una  ponderada  programación  del  hecho,  en  muchos  casos  con  el  apoyo directo y en otras  soterrado   de  miembros  de  la  institucionalidad33,  y  que  fueron ejecutados  por     los     miembros     de     los     señalados    grupos    –a  cuyo  surgimiento  contribuyó  el  propio  Estado34– en desmedro de los más caros bienes  jurídicos de ciudadanos inermes y de la humanidad en general.   

8. Aceptar que en  lugar   de   concierto   para  delinquir  el  delito ejecutado por los miembros de los grupos paramilitares  constituye      la      infracción      punible     denominada     sedición,  no  sólo equivale a suponer  que  los mismos actuaron con fines altruistas y en busca del bienestar colectivo  sino,  y  también, burlar el derecho de las víctimas y de la sociedad a que se  haga  justicia  y  que se conozca la verdad, pues finalmente los hechos podrían  quedar     cobijados     con     la     impunidad35   absoluta   –entendida por la Corte Interamericana  de  Derechos  Humanos  como la falta en su conjunto de  investigación,   persecución,   captura,   enjuiciamiento  y  condena  de  los  responsables  de  las  violaciones de los derechos protegidos por la Convención  Americana–  que  se  les  brindaría  por medio de amnistías e indultos, medidas que podrían ser tomadas  a  discreción  del  ejecutivo  y  el  legislativo  y sin posibilidad de control  judicial,  tornándose  en  un imposible la obtención de la verdad, el deber de  recordar y el derecho a saber lo que realmente sucedió en el caso.   

PARTE CUARTA:  

1.    La  Constitución  Política, los tratados internacionales y la jurisprudencia de la  Corte  Interamericana  de  Derecho Humanos impone el deber-obligación al Estado  colombiano  de  incorporar  en  la  legislación  interna  normas  que  permitan  prohibir  las  violaciones  del  derecho  a  la  vida,  la integridad y libertad  personales,  etc.,  y que dispensen castigo a los responsables, lo cual no sólo  incumbe al órgano legislativo   

sino  a  toda  la institución estatal y a  quienes  deben  resguardar  la  seguridad,  sean  éstas  fuerzas  de policía o  fuerzas  armadas.  En  razón  de  lo  anterior,  los  Estados deben adoptar las  medidas  necesarias,  no  sólo  a nivel legislativo, administrativo y judicial,  mediante  la  emisión  de  normas penales y el establecimiento de un sistema de  justicia  para  prevenir,  suprimir  y  castigar  la  privación de la vida como  consecuencia  de  actos criminales, sino también para prevenir y proteger a los  individuos   de   actos   criminales   de   otros   individuos   e  investigar      efectivamente     estas     situaciones36.   

2.  Entre  los  diferentes  ataques  que  puede  sufrir  la integridad personal aparece con nota  sobresaliente  la  tortura. La práctica de esta clase de atentado a la dignidad  humana  aparece  prohibida  en términos absolutos e inderogables por el Derecho  Internacional   de   los   Derechos   Humanos,   siendo   ella  ilegal  aún  en  circunstancias  de  guerra  exterior  o  interna,  persecución  al terrorismo y  cualquier  otro delito, estados de emergencia o conmoción interior, situaciones  de   emergencia  o  calamidad  pública.  A  partir  del  Derecho  Internacional  Humanitario,  que  se  aplica a conflictos internacionales como internos, están  prohibidas  las  torturas  y  demás  actos  crueles, humillantes y degradantes,  razón  por  la  cual  los  responsables  de  tales acciones deben responder por  crímenes  de  guerra  tanto  en  el orden interno como a la luz del Estatuto de  Roma37.   

3.  La libertad  personal  es uno de los bienes más preciados por los miembros de las sociedades  contemporáneas;  su  esencia  estriba  en  no  ser  privado  de  ella  en forma  arbitraria  o  ilegal. Tristemente tal ataque ha sido práctica frecuente de los  grupos  de  autodefensas,  que  utilizan el secuestro y la desaparición forzada  como  arma  de  eliminación de sus enemigos en particular y de intimidación de  la  población  en  general.  Por  la  falta  de  efectividad  del  Estado en la  persecución  de atentados a este preciado bien ya se han producido condenas por  parte    de    la   Corte   Interamericana   de   Derechos   Humanos38.   

4.  Frente a las  violaciones  de  los  derechos humanos el Estado debe garantizar a las víctimas  un  recurso  efectivo  que ofrezca resultados o respuestas adecuadas39,  lo  que  equivale  a  decir,  ni  más  ni menos, que un remedo de justicia no equivale a  hacer  justicia.  Dicho  en otros términos: sólo se hace justicia y se obtiene  eficacia  del  recurso  efectivo cuando quienes han sufrido la violación de los  derechos  humanos,  quienes  han sido víctimas de los delitos cometidos por los  grupos   paramilitares,   o   sus   familiares,   obtienen  verdad,  justicia  y  reparación40.   

5. El Estado, en  este  caso los jueces, faltan a sus deberes cuando ante graves violaciones a los  derechos  humanos  no  investigan,  juzgan  y  sancionan  a  los responsables de  cometerlas.  En  concreto  sobre el denominado recurso  efectivo,  se  incumplen  gravemente  los estándares  internacionales  cuando  (i)  no  se  adelantan los procesos judiciales de forma  seria,  rigurosa  y  exhaustiva,  (ii)  cuando  no  se  tramitan con diligencia,  celeridad  y  convicción,  (iii)  no  se  toman  medidas  para  proteger  a las  víctimas  (iv)  o  no se les permite a éstas intervenir en los procesos, (v) o  se dilata en el tiempo la definición del asunto.   

Hay  que  resaltar  la necesidad de que la  judicatura  comprenda  el  papel  que  juegan  sus decisiones en el contexto del  sistema  penal  y  del  modelo  estatal  del  que  hace  parte  por  cuanto  las  democracias  constitucionales  son  fundamentalmente  Estados  de  Justicia;  es  decir,  Estados que en el contexto de una democracia participativa y pluralista,  llevan  a  una  nueva dimensión los contenidos de libertad política del Estado  Liberal  y  de  igualdad  del  Estado Social. Por ello, cada acto de los poderes  constituidos,  incluido  el  Poder  Judicial, se halla vinculado por la Justicia  como  valor  superior del ordenamiento jurídico, como principio constitucional,  como  derecho  y  aún  como  deber  estatal, de donde resulta imperioso que los  jueces,  al emitir sus pronunciamientos, no se preocupen solo por la corrección  jurídica  de  sus  decisiones sino también por la  necesidad de armonizar  esa  corrección  con  contenidos  materiales  de  Justicia  porque  de lo   contrario,  la  judicatura  colombiana  no  habría  dado un solo paso desde las  épocas del  más rígido formalismo jurídico.   

Si  se  procede  de  esa  manera, esto es,  armonizando  la corrección jurídica y la justicia material, es fácil advertir  que  existen razones superiores para cuestionar la legitimidad de las decisiones  legislativas  que  soterradamente  pretenden introducir beneficios a determinada  clase   de   delincuentes.   En   efecto,  estas  no  sólo  resultan  político  criminalmente  precarias  sino  también jurídicamente incorrectas y moralmente  injustas:  no solo desnudan la ausencia de una política criminal coherente sino  que,  además, impiden la realización de los fines constitucionales del proceso  penal  pues  afectan  las  legítimas expectativas que alientan las víctimas de  las  conductas punibles en cuanto a la realización de su derecho a la justicia,  y  por  el   contrario,  tales  rebajas  son asumidas, con razón, como una  forma de impunidad.   

Claro,  en  ocasiones,  la  judicatura  es  refractaria  a este tipo de consideraciones. Pero este es un motivo adicional de  preocupación  pues  da  fe  de  unos  jueces  que han  perdido de vista la  sustancia  que  tienen  entre manos, más aún cuando la sociedad en su conjunto  hace  eco  de  la  profunda  injusticia  implícita en la rebaja generalizada de  penas:  no  es  infundada  la  indignación   general  causada  al  tenerse  conocimiento  de  que  en pocos años, por acumulación de beneficios y rebajas,  quedará  en  libertad el responsable de la violación y asesinato de 172 niños  a     lo     largo     y    ancho    del    país41.   

Entonces, la judicatura debe comprender que  sus  decisiones  se  enmarcan  en  el  contexto  de  un  Estado  orientado  a la  realización  de  la Justicia y que por ello concurren razones superiores que no  lo  atan  fatalmente  a una política criminal constitucionalmente ilegítima de  rebajas  generalizadas  de penas, con mayor razón si, en sedes distintas, se ha  cuestionado  la  legitimidad  material y procedimental de las normas legales que  las consagran.   

6.  En Colombia  no   existe   política  criminal  empezando porque el ente encargado de fijarla hace mucho tiempo que ni  siquiera  se  reúne.  La fijación de penas altas y sus correlativos descuentos  obedecen  al  péndulo  de  la  opinión  pública.  Por  eso  se  denuncia  una  “política  criminal  de  doble columna”,  en  una   de  las  cuales  se  elevan  las penas para un  adecuado  control  social  formal,  mientras  que  por la otra, se implementa un  verdadero  festín de atenuantes y causales de libertad que  transforman al  juez  de  “acreedor”  en  “deudor  de  penas”,  y al expediente penal en  verdadero “baratillo de rebajas”.   

Es    que   la   propia   Ley   975   de   2005  es  contradictoria:  se  dictó  para paliar  pena  a  los  integrantes de los grupos rebeldes del país, cuyos delitos no son  leves   y   hay   cabecillas   con   concepto   favorable  de  extradición  por  narcotráfico,  especies delictivas excluidas en su artículo 70 cuando se trata  de delincuentes comunes.   

7.  En el Estado  legal   de  derecho,  la  legitimidad  del  proceso  se  determinaba  sólo  por  el  cumplimiento  de las  formalidades  establecidas en la Ley: el formalismo jurídico era la alternativa  hermenéutica,  visión  que  varió  radicalmente  con  el  Estado constitucional  de derecho en el cual la  legitimidad  de  las  instituciones  no  se  determina  únicamente a partir del  cumplimiento  del  rigor  formal  fijado  por  la  ley  sino por el respeto y la  realización  del sistema de valores, principios, derechos y deberes consagrados  en  las  cartas  políticas  con  miras a la realización del hombre en un marco  democrático  pluralista, de tal manera que la legitimidad de todo proceso ya no  se  infiere  del  sólo  tenor  literal  de  la  ley  sino también a partir del  cumplimiento   de   la  teleología  que  para  él  se  deduce  de  los  textos  superiores42. La Corte Constitucional decidió:   

“Pero  no obra el Legislador dentro de  los  parámetros  constitucionales  cuando  de  manera  caprichosa  decide  favorecer  a quienes por una mera  cuestión   de   azar  se  hallaban  en  una  circunstancia que él resuelve calificar de privilegiada, sin  que  corresponda  a la instrumentación  de una política criminal razonada  y                    razonable”43.   

8.  En ese orden  de   ideas,  dígase  finalmente  que  el  juez  ya  no  es  la  “boca   de  la  Ley”  a  la  manera  de  Montesquieu   en   el   Estado  Liberal  de  Derecho,  sino  el  “cerebro  y la  conciencia   del   Derecho”   a   través   de  la  jurisprudencia  de  principios  en  el  Estado constitucional de derecho, que le  permite  ser legislador positivo al  modular o condicionar la validez de la  ley,  y legislador negativo,  a  la  manera de Gargarella, al poder excluir del firmamento del derecho una ley  inválida,  como  aquella  que  no  se rigió en su trámite de creación por el  mandato  constitucional o que desconoce el capital axial superior,  a   través    de    los    controles    directo    o   difuso    de   constitucionalidad,   éste   último   que,   a   partir  de  la  Constitución  de  1991,   puede   ejercer  cualquier juez de la República por aspectos formales o de  procedimiento         y         materiales”44.   

9.   Estas  consideraciones  cobran  mayor  vigencia  cuando  entratándose  de la “Ley de  Justicia  y  Paz”  se advierte por la Corte Interamericana de Derechos Humanos  que   

ninguna  ley  ni  disposición  de derecho  interno  puede  impedir  a  un Estado cumplir con la obligación de investigar y  sancionar  a los responsables de violaciones de derechos humanos. En particular,  son  inaceptables  las disposiciones de amnistía, las reglas de prescripción y  el  establecimiento  de  excluyentes de responsabilidad que pretendan impedir la  investigación  y  sanción de los responsables de las violaciones graves de los  derechos  humanos  – como  las  del presente caso, ejecuciones y desapariciones. El Tribunal reitera que la  obligación  del  Estado  de  investigar  de  manera adecuada y sancionar, en su  caso,   a  los  responsables,  debe  cumplirse  diligentemente  para  evitar  la  impunidad   y   que   este   tipo  de  hechos  vuelvan  a  repetirse45.   

CONCLUSIONES:  

A  través de la jurisprudencia los jueces  deben  cumplir  una  de sus tareas esenciales cual es la de tutelar los derechos  fundamentales   inclusive   ante   el   legislador46, pues la práctica judicial  está  ligada  al  derecho y a la ley, siendo soporte de su racionalidad aplicar  justicia  de  cara  a  un  derecho vigente legítimo47.   

En  síntesis:  atendiendo  los  mandatos  imperativos  que  se  irradian  desde el principio de legalidad interpretado sin  desconocimiento  del  apotegma  de  la  proporcionalidad,  es  un  error  de  la  democracia  permitir que fines ilegítimos puedan cobrar fuerza a través de una  jurisprudencia     equivocada,     pues     la     norma     del    concierto  para  delinquir es la adecuada  para  responder a las amenazas y lesiones que en contra de los bienes jurídicos  se  diseminan desde las estructuras de poder constituidas por las organizaciones  paramilitares.   

Es   absolutamente   contrario   a   la  Constitución  y  a  los  estándares  internacionales  que  las  víctimas sean  burladas  en  sus  derechos  al aceptarse que las bandas de grupos paramilitares  actuaron  con  fines  altruistas cuando ejecutaron graves acciones lesivas a los  bienes jurídicos penales más importantes.   

Finalmente  dígase  que  si  el  tribunal  constitucional  declaró  la  inexequibilidad  del artículo 71 de la Ley 975 de  2005  por  vicios  de  forma,  nada  impide  que  el  juez  ordinario aplique la  excepción  de  inconstitucionalidad  por  vicios de fondo a hechos anteriores a  aquella declaración.   

Concluyo, entonces, que no resulta posible  pretextando  favorabilidad  aplicar  el  artículo  71  de  la  Ley 906 de 2005,  porque:   1)   respecto   de   ella   se   puede   predicar   la  excepción  de  inconstitucionalidad;  2)  no hay tránsito ni coexistencia de legislación para  que  se pueda invocar favorabilidad; 3) la aplicación de la misma desconoce los  derechos  de  las  víctimas;  y,  4)  al  haber  sido  declarado inexequible el  precepto   no   puede   seguir   produciendo   efecto   alguno   en   el   mundo  jurídico48.   

El mensaje coruzcante que se debe enviar a  los  jueces  y  a  la sociedad consiste en aplicar el derecho vigente legítimo,  porque para que una norma exista tiene que ser válida pues   

“la invalidez de las normas determina su  no  pertenencia  a  los  distintos  sistemas  jurídicos  que conforman el orden  jurídico,  la  consecuencia es, entonces, que los actos normativos y las normas  declarados  inválidos no han existido nunca, a pesar de que, efectivamente, han  sido                   aplicados”49.   

Cordialmente,  

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

Magistrado  

Fecha     ut     supra.   

    

1 C. S.  de   J.,   Sala  de  Casación  Penal,  auto  de  8  de  agosto  de  2006,  Rad.  25.797.   

2  Francisco  Rubio Llorente, «Juez y ley desde el punto de vista del principio de  igualdad»,  en  La forma del poder (Estudios sobre la  Constitución),    Madrid,   Centro   de   Estudios  Constitucionales, 1993, p. 680.   

3 Corte  Constitucional, sentencia C- 816/04.   

4 Es el  caso  de  Italia.  Ver  al  respecto  la  sentencia 9 de 1959, tesis que ha sido  empero   criticada   por    ciertos  autores  italianos,  para  quienes  el  reglamento debe ser también parámetro de constitucionalidad.   

5 En el  mismo  sentido,  el  Tribunal Constitucional español ha utilizado el reglamento  de  las  Cámaras  como  parámetro  de constitucionalidad. Ver en particular la  sentencia STC 99 de 1987.   

6  Eliseu  Frígols I Brines, Fundamentos de la sucesión  de  leyes  en el derecho penal español, Barcelona, J.  M. Bosch editor, 2004, p. 152.   

7  Sentencia   C-171/93.   Opinión   reiterada  en  la  sentencia C-069/94   

8  Sentencia C-127/93.   

9  Sentencia C-194/05.   

10  Sentencia C-456/97.   

11  Sentencia C-456/97.   

12 Se  había  especificado en la sentencia C-225/95: Es pues  una  opción  política  perfectamente compatible con la Carta, puesto que ésta  establece  que  el  Legislador podrá en todo momento “conceder, por mayoría de  dos  tercios  de  los  miembros  de  una  y otra Cámara y por graves motivos de  conveniencia  pública,  amnistías o indultos generales por delitos políticos”  (CP  art. 150-17).  Además, la posibilidad de que se concedan amnistías o  indultos  generales  para  los  delitos políticos y por motivos de conveniencia  pública  es  una  tradición  consolidada  del  constitucionalismo  colombiano,  puesto  que  ella  se  encuentra en todas nuestras constituciones de la historia  republicana,   desde   la  Carta  de  1821  hasta  la  actual  Carta.   

13  Colisión   de   competencias   de   26   de   noviembre  de  2003,  radicación  21639.   

14  Corte   Suprema   de   Justicia,   Sala   de   Casación   Penal,   Auto  colisión  de  competencia,  26 de  noviembre de 2003, radicación 21639.   

15 La  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  durante mucho tiempo  entendió  que  el interés de la parte civil en el proceso penal se limitaba al  resarcimiento  de  los  perjuicios,  por  lo que cuando se le indemnizaba en los  términos  de  su  pretensión  no  podía intentar acciones que desmejoraran la  situación  del procesado. Así, por ejemplo, sentencias de 21 de enero de 1998,  radicación  10166  y  de  7  de  octubre de 1999, radicación 12394. Tal línea  jurisprudencial   fue   acogida   en   la   sentencia   C-293/95  por  la  Corte  Constitucional  y  se  mantuvo  hasta  el  año  2002,  cuando  por  medio de la  decisión  C-228/02  se  autorizó  a la víctima a intervenir en el proceso con  finalidades diversas a las estrictamente económicas.   

16  Véase  Corte  Constitucional,  sentencia C-209/07. En ésta providencia se hace  un  resumen  de  la forma como ha discurrido la jurisprudencia en materia de los  derechos  de las víctimas. Especial mención se hace de las sentencias C-580/02  (estableció  que  el  derecho  de  las  víctimas  del  delito de desaparición  forzada  de  personas  y la necesidad de garantizar los derechos a la verdad y a  la  justicia,  permitían  que el legislador estableciera la imprescriptibilidad  de  la acción penal, siempre que no se hubiera identificado e individualizado a  los  presuntos  responsables); C-004/03 (garantía jurídica con que cuentan las  víctimas  para  controvertir  decisiones  que  sean  adversas  a sus derechos);  C-979/05  (derecho  de  las víctimas a solicitar la revisión extraordinaria de  las  sentencias  condenatorias  en procesos por violaciones a derechos humanos o  infracciones  graves  al derecho internacional humanitario, cuando una instancia  internacional  haya  concluido  que  dicha  condena  es  aparente  o irrisoria);  C-1154/05  (derecho  de  las  víctimas  a  que se les comuniquen las decisiones  sobre  el  archivo  de  diligencias); C-370/06 (los derechos de las víctimas en  procesos  inscritos  en  contextos  y  modalidades  de  justicia transicional de  reconciliación);  y,  C-454/06 (la garantía de comunicación a las víctimas y  perjudicados  con  el  delito  opera  desde  el  momento en que éstos entran en  contacto  con las autoridades; señala que los derechos a la verdad, la justicia  y  la  reparación  las  autoriza  a  solicitudes  probatorias  en  la audiencia  preparatoria,    en    igualdad   de   condiciones   que   la   defensa   y   la  fiscalía).   

17 El  principio  de la tutela judicial efectiva encuentra ubicación constitucional en  los  artículos  229  y  29  de la Carta, sin perjuicio de su ampliación por la  vía   del   artículo   93,   que  ha  permitido  el  ingreso  de  las  fuentes  internacionales que consagran esta garantía.   

18  Artículo  14  del  Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y 25 de  la Convención Americana de Derechos Humanos.   

19  Artículo 25 de la Convención Americana de Derechos Humanos.   

20  Sentencia SU-1184 de 2001, MP: Eduardo Montealegre Lynett   

21  Sobre  el  particular  también  pueden ser consultadas las sentencias C-740/01,  C-1149/01, SU-1184/001, T-1267/01 y C-282/02.   

22  Esta  sistematización  se  apoya en el “Conjunto de  Principios  para la protección y promoción de los derechos humanos mediante la  lucha  contra  la  impunidad”.Anexo  del  Informe  final  del Relator Especial  acerca  de  la  cuestión  de  la impunidad de los autores de violaciones de los  derechos         humanos.         E/CN.4/Sub2/1997/20/Rev.1.        Presentado  a  la  Comisión  de  Derechos  Humanos  en 1998. Estos  principios  fueron  actualizados por la experta independiente Diane Orentlicher,  de  acuerdo  con informe E/CN. 4/2005/102, presentado a la Comisión de Derechos  Humanos.   Para   más   detalles,   véase  Comisión  Colombiana  de  Juristas  (compilación),   Principios  internacionales  sobre  impunidad  y reparaciones, Bogotá, Opciones Gráficas  Editores Ltda., 2007.   

23  Principio  2  del Conjunto de Principios para la protección y promoción de los  derechos humanos mediante la lucha contra la impunidad.   

24  Cfr. Entre otras las sentencias C-293 de 1995 y C-228 de 20002.   

25  Cfr.  Sentencias T-443 de 1994, MP. Eduardo Cifuentes Muñoz; C-293 de 1995, MP,  Carlos Gaviria Díaz.   

26  Cfr. Sentencia C-412 de 1993, MP. Eduardo Cifuentes Muñoz.   

27  Cfr., Sentencia C-275 de 1994, MP, Alejandro Martínez Caballero.   

28  Cfr.  Principios  relativos  a  una  eficaz  prevención e investigación de las  ejecuciones  extrajudiciales,  arbitrarias  o  sumarias, aprobado por el Consejo  Económico  y Social de las Naciones Unidas, mediante resolución 1989/65 del 29  de  mayo  de  1989,  y  ratificado por la Asamblea General. mediante resolución  44/162  del  15  de  diciembre  de  1989.  Citados  en  la  sentencia  C-293  de  1995.   

29  Cfr.  Art. 33 del Conjunto de principios para la protección y promoción de los  derechos humanos mediante la lucha contra la impunidad.   

30  Sentencia  de  la  Corte  Interamericana  de Derechos Humanos del 15 de junio de  2005.   

31  Corte Constitucional, Sentencia C-591/05.   

32  Sentencia C-004/03.   

33  Afirmación  que  se  hace  a  partir,  entre otras, de las sentencias del 29 de  enero  de 1997, 6 de diciembre de 2001, 5 de julio de 2004 y 15 de septiembre de  2005,  de  la  Corte  Interamericana de Derecho Humanos en las que resolvió los  casos   Caballero   Delgado   y  Santana,      Las      Palmeras,   Los  19  Comerciantes  y  Mapiripán,  respectivamente.   

Se  dice  expresamente en la sentencia del  caso  Masacre de Mapiripán:  “96.19  Se ha documentado en Colombia la existencia  de  numerosos  casos de vinculación entre paramilitares y miembros de la fuerza  pública  en relación con hechos similares a los ocurridos en el presente caso,  así  como  actitudes  omisivas  de  parte  de integrantes de la fuerza pública  respecto  de  las acciones de dichos grupos”. Véase  http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm.   

Igualmente, la oficina del Alto Comisionado  de  las  Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha señalado que es constante  la  impunidad  en  las  violaciones  de derechos humanos y derecho internacional  humanitario  cometidas por los paramilitares y la connivencia entre estos grupos  y   la   fuerza   pública,   como   consecuencia   de  procesos  penales  y  de  investigaciones  disciplinarias  abiertos  en  su contra que no desembocan en el  establecimiento  de responsabilidades ni en las correspondientes sanciones. Cfr.  Informe  de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos  sobre  la  situación de los derechos humanos en Colombia, E/CN.4/2005/10, 28 de  febrero  de  2005, párrs. 61 y 92; Informe del Alto Comisionado de las Naciones  Unidas  para los Derechos Humanos sobre la situación de los derechos humanos en  Colombia,  E/CN.4/2004/13,  17  de febrero de 2004, párrs. 26, 27, 28, 34 y 77;  Informe  de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos  sobre  la  situación  de  los  derechos  humanos  en  Colombia en el año 2002,  E/CN.4/2003/13,  24  de  febrero  de  2003,  párr.  77 (expediente de anexos al  escrito  de  solicitudes y argumentos, anexo 41, folio 3713); Informe de la Alta  Comisionada   de  las  Naciones  Unidas  para  los  Derechos  Humanos  sobre  la  situación  de  los  derechos humanos en Colombia, E/CN.4/2002/17, 28 de febrero  de  2002,  párr. 211, 212 y 365 (expediente de anexos al escrito de solicitudes  y  argumentos,  anexo  42,  folios  3794, 3795, 3796 y 3825); Informe de la Alta  Comisionada   de  las  Naciones  Unidas  para  los  Derechos  Humanos  sobre  la  situación  de los derechos humanos en Colombia en el año 2000, E/CN.4/2001/15,  20  de  marzo  de  2001,  párrs.  57,  142,  206 y 254 (expediente de anexos al  escrito  de  solicitudes y argumentos, anexo 39, folios 3613, 3630, 3642, 3650 y  3651),  e  Informe  de  la  Alta  Comisionada  de  las  Naciones Unidas para los  Derechos  Humanos  sobre  la  situación  de  los  derechos humanos en Colombia,  E/CN.4/2000/11, 9 de marzo de 2000, párr. 27, 47, 146 y 173.   

Salvatore Mancuso, uno de los jefes de los  grupos  paramilitares  que  se ha acogido a la Ley 975 de 2005, expresó ante el  Fiscal  Octavo  de  la Unidad de Justicia y Paz que los paramilitares recibieron  apoyo   directo   de   personas   vinculadas  a  las  instituciones,  ganaderos,  empresarios  e  industriales (Versión libre cumplida en Medellín los días 15,  16  y  17  de  mayo  de  2007 y de la que dieron amplio despliegue los medios de  comunicación.  De dicha diligencia existe copia en el proceso 26625 que tramita  la Sala Penal).   

34  Así  lo  constató  la  Corte  Interamericana de Derechos Humanos. Caso  de  la  masacre  de  Pueblo  Bello  vs.  Colombia.    Sentencia    del    31    de    enero    de    2006.    Véase  http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

35  Dice  la  Corte  Constitucional:  “Los  Estados  están  en  la obligación de  prevenir  la  impunidad,  toda  vez  que propicia la repetición crónica de las  violaciones  de  derechos  humanos y la total indefensión de las víctimas y de  sus  familiares.  En  tal  virtud  están  obligados  a investigar de oficio los  graves  atropellos  en  contra de los derechos humanos, sin dilación y en forma  seria, imparcial y efectiva” (Sentencia C-370/06).   

36  Corte  Interamericana  de Derechos Humanos. Caso de la  masacre  de  Ituango  vs. Colombia. Sentencia del 1 de  julio         de         2006        (Negrillas        agregadas).        Véase  http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

37  Corte  Interamericana de Derechos Humanos. Caso de los  hermanos  Gómez Paquiyauri vs. Perú. Sentencia del 8  de julio de 2004. Véase http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

38  Véase,  por ejemplo, Caso de la masacre de Mapiripán  vs.  Colombia. Sentencia del 15 de septiembre de 2005.  Véase http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

39  Corte  Interamericana  de Derechos Humanos. Caso Cesti  Hurtado  vs.  Perú. Sentencia del 29 de septiembre de  1999. Véase http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

40  Corte  Interamericana de Derechos Humanos. Caso de las  Palmeras  vs.  Colombia. Sentencia del 6 de diciembre  de 2001. Véase http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

41 172  niños       víctimas       de      Luis      Alfredo      Garavito.      http:  www.fiscalia.gov.co   

42  José   Joaquín   Urbano   Martínez,   Los   fines  constitucionales  del  proceso penal como parámetro de control del principio de  oportunidad,  Revista  Uniext. No. 79, 2005. “En la  tradición  del  positivismo  formalista, el derecho procesal estaba desprovisto  de  una vinculación sustancial con lo que era materia de litigio; se agotaba en  una  ritualidad  cuya   configuración  se realizaba fundamentalmente en la  instancia  legislativa…  pero  esa  dimensión  del  derecho  procesal ha sido  superada  pues el constitucionalismo ha rescatado las garantías centenariamente  elaboradas   como   contenidos   del  derecho  procesal   para  vincularlas  inescendiblemente  a  la realización de las normas sustanciales… Con ello, ha  dotado  al  proceso  de  una  nueva  racionalidad  pues ya no se trata de agotar  ritualismos  vacíos  de  contenido  o  de  realizar las normas de derecho   sustancial  de cualquier manera sino de realizarlas reconociendo esas garantías  irrenunciables  pues su respeto ineludible también constituye una finalidad del  proceso…  De  allí  que  el  proceso penal constituya un método  con el  que,  a través de distintas etapas teleológicamente dirigidas y en un marco de  profundo  respeto  de  los  derechos de los intervinientes, se  averigua la  verdad  en relación con la comisión de una conducta punible  y se lo hace  como  presupuesto  para  la   emisión  de  una  decisión  justa”. Corte  Constitucional,  Sent. C-131  de 2002. M. P., Dr.  Jaime Córdoba Triviño.   

43  Corte  Constitucional, Sent.  C-1404,   Mags.   Ptes.,   Dres.   Carlos   Gaviria   Díaz   y   Álvaro  Tafur  Galvis.   

44  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  sentencia de segudna  instancia,  radicación  17089,  M.  P., Dr. Jorge Luis Quintero Milanés.    

45  Corte  Interamericana  de Derechos Humanos, sentencia  caso  Masacre  de Mapiripán vs. Colombia,  del  15  de  junio  de  2005,  párrafo 304. Véase en http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

46  Francisco  Rubio  Llorente,  «La  constitución  como  fuente  de derecho», en  La    forma    del   poder   (Estudios   sobre   la  Constitución),    Madrid,   Centro   de   Estudios  Constitucionales, 1993, p. 97.   

47  Jürgen  Habermas,  Facticidad  y derecho, Madrid, Editorial Trotta, 2001, p. 311.   

48  Corte  Constitucional,  sentencias  T-355/07  y  T-356/07.  La  expresión alude  directamente  a  la imposibilidad de predicar hoy efectos del artículo 70 de la  Ley 975 de 2005.   

49  Eliseu  Frígols I Brines, Fundamentos de la sucesión  de  leyes  en  el derecho penal español, ob. cit., p.  556.     

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