25607(13-07-06)

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  25607   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado Acta No. 068.  

Bogotá D.C., julio trece (13) de dos mil seis  (2006).   

VISTOS  

Decide la Sala sobre la admisibilidad formal  de   la   demanda  de  casación  presentada  por  la  defensora  del  procesado  LACIDES   MANCILLA   CAREY,  contra  la  sentencia de segunda instancia proferida por el Tribunal Superior de  Barranquilla  el  20 de enero de 2006, mediante la cual confirmó la dictada por  el  Juzgado  Sexto  Penal del Circuito de la misma ciudad el 24 de mayo de 2005,  por  cuyo  medio lo condenó como autor penalmente responsable de los delitos de  homicidio  agravado,  hurto calificado agravado y porte ilegal de armas de fuego  de defensa personal.     

HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

Al  establecimiento  de  comercio denominado  “La  Calera”, ubicado en  la   calle   88   No.   2-44   del   barrio   “Santo  Domingo” de la ciudad de Barranquilla, hacia la 1:30  p.m.  del día 20 de enero de 2004, ingresaron varios sujetos provistos de armas  de  fuego,  con  las  cuales  amedrentaron  a  los  presentes,  luego de lo cual  sustrajeron  algunas  botellas  de  licor y dinero en efectivo.  Uno de los  individuos   disparó  el  arma  que  portaba  contra  la  humanidad  del  joven  Alexander   de   Jesús   Monroy   Castro,  quien se encontraba en inmediaciones del lugar, ocasionándole la  muerte.    De  haber  sido  el  autor material del homicidio referido,  así  como  de haber participado en los hechos que lo antecedieron, se sindica a  LACIDES   MANCILLA   CAREY.   

Con base en los sucesos narrados, se declaró  abierta  la  instrucción,  en  cuyo  marco  se  vinculó  mediante  indagatoria  a  MANCILLA CAREY, a quien se  resolvió  situación  jurídica  con  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva  como  posible  autor  de  los  delitos  de homicidio agravado, hurto  calificado  agravado  y  porte  ilegal  de  armas  de fuego de defensa personal.   

Cerrada  la  instrucción,  el  sumario  fue  calificado  el  31 de agosto de 2004 con resolución de acusación en contra del  procesado  como  presunto autor de los delitos aludidos en la medida que afectó  su libertad personal.   

La fase del juicio correspondió adelantarla  al  Juzgado  Sexto  Penal  del  Circuito  de Barranquilla, despacho que, una vez  surtido  el  rito  pertinente,  profirió  fallo el 24 de mayo de 2005, por cuyo  medio  condenó  a LACIDES MANCILLA CAREY a  la  pena  principal  de veintisiete (27) años de prisión y a la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el mismo lapso, como autor penalmente responsable de los delitos  por los cuales se le acusó.   

          Impugnado   el  fallo  por  la  defensa,  el  Tribunal  Superior  de  Barranquilla  lo  confirmó,  mediante  sentencia  del  20  de enero del año en  curso.  Tal decisión es ahora objeto de impugnación extraordinaria interpuesta  por   la   defensora   de  MANCILLA  CAREY.   

LA DEMANDA  

La  recurrente  formula dos cargos contra el  fallo  de  segundo  grado. El primero, que presenta como principal, con sustento  en  la  causal  tercera prevista en el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, pues  considera  que  la  sentencia se profirió en un juicio viciado de nulidad y, el  segundo,  que  expresamente  formula  como subsidiario, con soporte en la causal  primera  de  la  misma  preceptiva  procesal, por violación indirecta de la ley  sustancial.   

Con   el   fin   de   evitar  repeticiones  innecesarias,  por razones de método en el acápite siguiente, en donde la Sala  abordará  sus  consideraciones, se hará referencia independiente a cada uno de  los  cargos  presentados  por  la  casacionista  y de inmediato se efectuará su  estudio formal.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          1.        Primer  cargo  (principal).  Nulidad  por  violación del derecho de  defensa     por     desconocimiento     del    principio    de    investigación  integral.   

Comienza  por  señalar  la demandante que a  consecuencia    del  yerro  que  atribuye al fallo en este reproche se  transgredieron  por  falta  de aplicación los artículos 29 de la Constitución  Política,  8,  9,  20, 234 y 306 del estatuto procesal penal y, por aplicación  indebida,  la  misma norma constitucional reseñada, los artículos 60, 61, 103,  104-2,  239,  240, 241 y 365 del estatuto sustantivo, así como el artículo 232  de la codificación procesal en cita.   

          Expresa  que  de  acuerdo  con las normas inaplicadas es obligación  del  funcionario “globalizar su actuar, de manera que  comprenda  ella,  en  igualdad  de  condiciones,  a  todos aquellos aspectos que  emanados   de  la  historia  recopilada,  pudieran  tener  la  virtud,  bien  de  incriminar,  o  de favorecer a los intereses  del enjuiciado”,   cuyo   incumplimiento   genera   violación   del   derecho   de  defensa.   

          En  este  caso,  precisa,  se  omitió por parte de los funcionarios  practicar   tres  diligencias  a  su  juicio  significativas,  como  lo  fueron:  “reconocimiento  en fila de personas, las labores de  inteligencia  en  el  sector  de  residencia  y  trabajo  de  mi defendido y, la  verificación   de   las   citas   dejadas   por   él,   en   su   versión  de  indagatoria”.   

De haberse llevado a cabo estas actuaciones,  agrega,  indefectiblemente  se  hubiera propiciado la inocencia de su defendido,  pero  su  omisión  se  tradujo  en irregularidad procesal, pues se le tuvo como  autor  sin  serlo,  imponiéndosele  las  sanciones  penales  previstas para los  delitos imputados en su contra.   

En ese sentido, se refiere en primer lugar a  la  ausencia    del  reconocimiento en fila de personas, porque de las  versiones   de  los  testigos  presenciales  Benjamín  Ropaín,   Edwin   Palacio  y  Jhony Barrios,  se desprendían serias contradicciones en torno a la descripción  física  del  presunto  autor del homicidio, del apodo con el que era conocido y  del  sector  en el cual residía y laboraba y, además, con lo consignado por el  procesado  en  su  indagatoria,  lo  cual  acentuaba  la  imperiosa necesidad de  practicar dicha  diligencia.              

          Sobre  la procedencia de esta prueba indica que está prevista en el  ordenamiento  procesal  “como un mecanismo probatorio  por  excelencia”, para que en ocasiones, como ocurre  en  este  proceso,  al  advertirse difusas e incongruentes versiones, se precise  del reconocimiento una vez se produzca la captura del implicado.   

En  relación  con  la  conducencia  de esta  prueba    advierte    que   la   práctica   del   reconocimiento   “nos  lleva  a  determinar  con  alto  grado de precisión, previa  presentación   directa   y  personal  del  capturado,  ante  los  ojos  de  sus  incriminantes,   si   efectivamente  mantienen  sus  señalamientos…o  por  el  contrario,    retiran    las    imputaciones    en    su   contra”.   

En  punto  de  su  pertinencia, acota que es  apenas   obvio      que  ante  las  discrepancias  señaladas  se  requiera  de  la prueba “con miras al esclarecimiento  del ensombrecido panorama”.   

Y,   en  relación  con  el  que  denomina  “contenido   material”  destaca   que   con   fines   de  “pre-diseñar  las  magnitudes    que   pudieran   alcanzar   la   vulneración   del   derecho   de  defensa”      el      testigo      Benjamín        Roapín,  en  su más reciente intervención en la  audiencia  pública, manifestó que no puede asegurar si el sujeto conocido como  “El  Chita”  sea el mismo  LACIDES MANTILLA, lo que pone  en  evidencia  la  profunda  inseguridad  de  su  sindicación,  al  tiempo  que  compagina    con    lo    manifestado    por    Jhony  Barrios,  quien  describe como autor a una persona con  una      morfología      totalmente      diversa      a      la      de      su  asistido.           

          En  segundo  lugar,  alude a las omitidas labores de inteligencia en  el  vecindario  de  residencia  y en la zonal laboral del sindicado que debieron  efectuarse     frente    a    las    “entrañables  contradicciones  e inconsistencias” que surgen de las  deposiciones   referidas,   pues  mientras  que  para  el  testigo  Ropaín  en  su primera versión el sujeto  identificado  como  el  autor  material  del  homicidio  siempre ha vivido en el  barrio,  en  la  segunda afirmó que antes de los hechos delictivos residía con  su  suegra  en  la carrera 3a sur, con la calle 80 en Santa María.  Por su  parte,  Jhony Barrios adujo al  respecto  que  se le podía ubicar en el barrio Santa María, mientras que en la  indagatoria  de  su  representado,  éste advirtió que no conocía el barrio en  donde ocurrieron los hechos.   

Sobre el particular, indica la demandante que  en  eventos  como  el  presente en los cuales a pesar de que los testigos que se  dicen  presenciales  al  reportar  la  ubicación  del  sindicado  coinciden  en  señalar  un  barrio, sin embargo “no suministran una  específica  dirección,  que  pueda  conducir  al  investigador a establecer el  domicilio”, a lo que se suma que son desmentidos por  su  defendido cuando señala que nunca ha vivido allí.  Por ello, se torna  imprescindible  para  el  ente investigador activar de inmediato su capacidad de  averiguación  “para  recolectar y traer al proceso,  las  informaciones  del  caso,  que  podrían incluir, para el caso tratado, las  respuestas  ofrecidas  por  los  desprevenidos residentes de estos lugares sobre  si,    por    el    sector    transita,    frecuenta   o   reside   la   persona  denunciada”.   

De  acuerdo  con  lo expuesto, colige que no  existe  razón  válida  para  que  los funcionarios hubieran omitido comisionar  para  la práctica de estas diligencias, dado que la ubicación indicada por los  atestantes   “es  contundentemente  desmentida  por  las    explicaciones   que   da   el   propio   sindicado,   quien   expone  sustentadamente  su  verdadera  localización  y  su rutinaria dedicación a las  actividades  de  las  que obtiene su sustento y, el de su familia”.   

Así  mismo,  era  procedente esta probanza,  puesto  que   tales  tareas  de inteligencia están diseñadas para obtener  con  destino al proceso informaciones y datos necesarios en orden a proporcionar  un  mayor  grado de conocimiento para el ente   investigador, conforme  lo estipula el artículo 316 del estatuto procesal penal.   

En lo que tiene que ver con la conducencia de  la  prueba,  expresa  que sólo era posible absolver las divergencias resaltadas  mediante  la  práctica de pruebas de campo en los lugares reportados, lo que se  conoce como inteligencia en el vecindario o en el lugar de trabajo.   

En punto de su pertinencia, precisa que sólo  mediante   dichas   diligencias   se   puede  determinar  la  veracidad  de  las  afirmaciones   existentes   al  respecto,  luego  de  confrontar  las  distintas  aseveraciones  consignadas en el proceso con las informaciones obtenidas por los  técnicos investigadores.   

Y,     sobre     su     “contenido  material”  anota  que  las  labores  de  inteligencia  que  echa  de  menos  arrojarían  como  resultado el  establecimiento  de  los  lugares  en  donde  el  procesado  está domiciliado y  trabaja,    recayendo    en    el    barrio    Nueva    Colombia    “donde   reside   desde   hace   muchos  años,  y  se  desempeña  laboralmente  en  un depósito de chatarra, ubicado en el mismo sector, lugar en  el  que  se  encontraba  el día de los hechos”, como  así   lo   ratificó,   agrega,  el  testigo  Marleno  Rodríguez  en  su  calidad de propietario del aludido  depósito.   

En  tercer lugar, se refiere al hecho de que  no  fueron corroboradas las citas que en la indagatoria efectuó su representado  al  señalar  como  testigos  de  sus  exculpaciones a los señores Marleno,    Robin,    Carmen    Carey   y  Luz Miriam en el barrio Nueva  Colombia,  para  así demostrar tanto su lugar de habitación y de trabajo, como  su  ocupación  para  el  día  y  al  momento  de los hechos, petición que fue  reiterada  por  su defensor dos días después de la indagatoria, proporcionando  nombres y direcciones de los mencionados.   

Tales  pruebas, al igual que las anteriores,  eran  procedentes,  en  virtud  de lo dispuesto en el artículo 338 del estatuto  procesal  penal;  conducentes,  según  se  demuestra  con  el  dicho del señor  Marleno,  quien corrobora lo  aseverado  por  su defendido; y pertinentes, pues “la  verificación  de  las  citas  entonces, produce para el curso investigativo, la  ilustración  de  todo  cuanto  se  manifiesta  en la diligencia de descargos”  y     también     cuentan     con     “contenido   material”,   porque   de  haberse  realizado  “no solo se hubiese demostrado la  presencia  de  mi  defendido  a la hora de ocurrencia de los hechos, en un lugar  distinto  y  muy  distante  del mismo, sino que de contera, quedaría plenamente  desvirtuada la sindicación que viene formulada en su contra”.   

En  el  capítulo  siguiente, donde trata la  “configuración     anulatoria y  la  trascendencia  en  el  fallo”, puntualiza que las  pruebas  referidas  se  dejaron  de  practicar sin justificación alguna, con lo  cual   se  impidió  demostrar  la  ajenidad  de  su  defendido  en  los  hechos  investigados   y,   lo   más  grave,  tal  situación  se  tradujo  en  negarle  “la  opción de constatar en el proceso, que el día  y  momento  de  los  hechos  él  se encontraba trabajando y no, en el lugar del  asalto  que  se  le  imputa”.   Surge  así, un  ostensible  vacío  probatorio,  del  cual  emerge el motivo de nulidad que  depreca,  además  de que se resquebrajan las bases probatorias sobre las cuales  se ha erigido el fallo proferido en contra de su defendido.   

Por  consiguiente,  solicita  se  decrete la  nulidad  de todo lo actuado “a partir del auto que ha  definido  la  situación  jurídica  de mi asistido inclusive, de modo que se le  permita  al  acusado,  obtener  la  evacuación  legal y oportuna”     de     las    probanzas    a    las    que    se    ha    hecho  alusión.             

Para  la  Sala  el  primer  cargo  objeto de  análisis   de   la   demanda   presentado  por  la  defensora  de  LACIDES  AUGUSTO  MANTILLA  CAREY no reúne  los  presupuestos indispensables para ser admitido y, ante esa circunstancia, se  torna  imprescindible proceder de conformidad con lo establecido en el artículo  213 de la Ley 600 de 2000.   

La anterior conclusión se fundamenta en los  siguientes razonamientos:   

Acerca  de  la  violación  del principio de  investigación  integral, aspecto sobre el cual se centra la propuesta contenida  en  este  reproche,  ha  señalado  en  forma  enfática  la  Sala  que no basta  simplemente  con  relacionar las pruebas cuya práctica fue omitida, sino que es  preciso  señalar  su  fuente,  conducencia, pertinencia y utilidad, amén de su  incidencia  favorable  en  los intereses del procesado frente a las conclusiones  del  fallo, pues la omisión de diligencias inconducentes, dilatorias, inútiles  o  superfluas  no constituye menoscabo del derecho a la defensa del incriminado.   

Además, es necesario que el censor demuestre  que  las  pruebas  echadas  de menos, al ser cotejadas con el acervo probatorio,  trastocan  las  conclusiones  de  los  falladores,  así  como  el sentido de la  sentencia,  razón  por la cual resulta imprescindible invalidar la actuación a  fin   de   allegarlas   y   contar   con   la   posibilidad  de  proceder  a  su  valoración.   

La  demandante sustenta el motivo de nulidad  argüido  en  que se omitió la práctica de algunas probanzas que, según dice,  de   haberse  realizado  hubieran  sido  determinantes  frente  a  la  decisión  adoptada.   Las  dos  primeras  pruebas  a  las que se refiere, esto es, la  diligencia   de   reconocimiento   en   fila   de  personas  y  las  labores  de  investigación  tendientes  a  establecer el lugar de domicilio y de trabajo del  acusado,  se justifican porque, a su juicio, existen ostensibles contradicciones  tanto  entre  el dicho de los testigos incriminantes, como con lo que a su turno  se       dejó       consignado       por      el      procesado      en      su  indagatoria.            

No  obstante  lo  anterior,  sin  dificultad  alguna   observa  la  Corte  que  la  casacionista  no  reparó  en  el  aspecto  relacionado  con la trascendencia de las pruebas que a su modo de ver se dejaron  de  practicar  por  omisión de los funcionarios judiciales, básicamente porque  para   que  dicho  cuestionamiento  cuente  con  la  entidad  de  modificar  los  contenidos  de  fallo  impugnado  es  imprescindible  demostrar  que éste no se  mantiene con los elementos de juicio allí justipreciados.   

La  actora,  omitiendo  tal  postulado,  no  cotejó  el  peso que a su juicio ostentan los medios probatorios que se dejaron  de  practicar  en  la actuación con el de todas las pruebas que dieron sustento  al  fallo de responsabilidad atribuido a su defendido, actitud con la cual no se  aproxima  al  objetivo  de  demostrar  que  el reparo en cuestión cuenta con la  entidad de resquebrajar la sentencia que impugna.    

De  ese modo, olvida que para los juzgadores  de  primer  y  segundo  grado,  cuyos  fallos en este caso configuran una unidad  jurídica  inescindible,  fue vital en el sentido indicado el testimonio rendido  por   Greysis  del  Carmen  Monroy  Vargas, hermana del occiso.   

Y, para el Tribunal en particular tan de suma  importancia  fue  lo  dicho  por esta declarante que al efectuar su ponderación  comienza  por  desmentir a la defensa apelante en cuanto a que el único soporte  probatorio   del   fallo  de  primer  grado  lo  constituyó  el  testimonio  de  Rafael        Ropaín        Castro.   

La casacionista igualmente hace caso omiso de  que  para  el ad-quem también  fue  determinante la declaración de Elkin Darío Díaz  Usuga,  respecto  del  cual ninguna glosa se apunta en  este reproche del libelo.   

Pero  lo anterior no es todo, pues esa misma  Corporación  expuso  las  razones  que  lo  condujeron  a  no darle crédito al  argumento  de  la defensa de MANCILLA CAREY  expuesto en el recurso de apelación formulado contra la sentencia  de  primera  instancia, y que ahora reitera, sobre las supuestas contradicciones  que    se    aprecian   en   el   dicho   de   Rafael  Ropaín  en  cuanto a la fisonomía del autor material  del  homicidio,  señalándose  que  “no  es cierto,  entonces  que la morfología de la persona descrita por ROPAÍN no concuerde con  la  del  acusado,  puesto  que  esa  comparación  se  había  efectuado  por la  Fiscalía  y  se  comparte  por  la  Sala  si  se miran los datos apilados en el  infolio”1   

Se   desprende  de  lo  anterior,  que  la  demandante  en  el  reparo  objeto de análisis no demostró la incidencia de su  ataque  contra  el  fallo,  sustentado en la supuesta violación al principio de  investigación  integral,  al prescindir, como ya se dijo, de efectuar el cotejo  entre  las  pruebas  dejadas de realizar con las que efectivamente soportaron el  fallo  impugnado,  para  de  ahí colegir su resquebrajamiento.  A ello, se  suma  que en el reproche casacional también se dejaron de cuestionar argumentos  del  Tribunal  sobre  un aspecto que ahora discute, lo cual igualmente incide en  la demostración de la trascendencia de su reclamo.   

Desde esa perspectiva, es claro que un reparo  con   las   falencias  señaladas  acusa  graves  defectos  de  fundamentación,  contraviniendo  la  exigencia legal prevista en el numeral 3° del artículo 212  del  estatuto  procesal, según el cual la demanda por cuyo medio se sustenta el  recurso    extraordinario    de    casación   deberá   contener   “la  enunciación  de  la  causal  y  la  formulación  del cargo,  indicando    en   forma   clara   y   precisa   sus  fundamentos…”  (subrayas  fuera de texto).   

La   conclusión   que   se   impone,  por  consiguiente, es la de su inadmisión.   

         

2.            Segundo  cargo (subsidiario). Violación  indirecta  de la ley sustancial, por error de hecho, derivado de un falso juicio  de existencia.   

Aduce  la  casacionista  que en el examen de  valor    efectuado  por  los  juzgadores  al conjunto de los medios de  persuasión  allegados  a  esta  actuación,  se excluyeron las declaraciones de  Edwin   Padilla   Ariza   y  Jhony  Barrios  “obrantes a folios 16-17-21 y 22 del  C.O.”.   

Ello,  en  su  criterio,  se  tradujo  en la  vulneración  indirecta  por  falta  de  aplicación  de los artículos 29 de la  Carta  Fundamental,   7 al 9, 232, 234 y 238 del estatuto procesal penal y,  por  aplicación  indebida,  de  la  misma  disposición constitucional y de los  artículos   60,   61,  103,  104-2,  239,  240,  241  y  365  del  ordenamiento  sustantivo.   

Indica la actora que tal defecto condujo a la  vulneración  del  derecho  de  defensa,  del  debido  proceso,  y  del deber de  averiguar  tanto lo que resultara favorable como lo desfavorable al procesado y,  finalmente,   a  desconocer  “la  incertidumbre  que  genera  la  confrontación  probatoria,  estudiada en su conjunto”.   

Acto seguido, agrega la demandante que de los  cuatro  declarantes  que  dijeron  ser  presenciales  de los hechos sólo fueron  estimados   las   testimonios   de  Benjamín  Ropaín  y  Greysi Monroy,     mas     no    los    señalados    previamente    “cuyos  dichos generan contradicciones e incertidumbres en torno a  la       identificación       del      presunto      responsable”.   

A  juicio  de  la  libelista  este  yerro es  trascendente  porque  confrontados  los testimonios valorados con los dejados de  apreciar  surgen  contradicciones  evidentes  en  torno  a  la  descripción del  presunto  autor  del  homicidio,  tal  como  se   expresara  en el acápite  previo,  lo  cual  debió  conducir a que “se hubiera  atendido  la  existencia  de  la  duda razonable surgida frente al citado topico  (sic)                   descriptivo”.   

Con base en lo expuesto, solicita se case la  sentencia  recurrida  “ordenando la REVOCATORIA de su  sentido   condenatorio,  para  que  en  su  lugar, se reconozca la omisión  perpetrada  sobre las pruebas legalmente allegadas a la actuación, que a su vez  ha  conducido  al  desconocimiento  palpable del principio constitucional del In  dubio pro reo”.   

Como  ocurrió  con  el  reproche precedente  objeto  de  estudio,  las  falencias  que  sin  dificultad  se  advierten  en su  fundamentación,  también  conducen  inevitablemente  a  su  inadmisión, al no  satisfacerse  los  requisitos  formales  previstos en el artículo 212 de la Ley  600  de  2000  y,  específicamente, frente a lo previsto en su numeral tercero,  según   el   cual   la  demanda  de  casación  deberá  contener  “la  enunciación  de  la  causal  y  la  formulación  del cargo,  indicando  en  forma  clara  y  precisa  sus  fundamentos  y  las  normas que el  demandante estime infringidas”.   

Al  respecto,  conviene  precisar  que  no  obstante  ser  el enunciado del reparo diáfano en concretar la causal a la cual  se  acude, en el desarrollo del cargo no se elabora una propuesta que ostente el  mismo   atributo  frente  a  alguna  de  las  causales  de  casación  previstas  legalmente,  al  entremezclar  supuestos  inherentes a la primera y a la tercera  del  artículo  207  del  estatuto  procesal penal, con lo cual se transgrede el  denominado  principio  de  autonomía  en  la  formulación de las causales, que  impone  su  formulación  independiente  en  caso  de  ser  distintas,  y  el de  prioridad,  que  exige  proponerlos de acuerdo con su incidencia procesal con el  fin  de  que  la  censura  se  torne inteligible y se ajuste al requisito formal  aludido   que   exige   la   presentación  de  los  cargos  en  forma  clara  y  precisa.   

Ciertamente,   en   forma  simultánea  el  demandante  afirma que se incurrió en violación indirecta de la ley sustancial  por  error  de  hecho por falso juicio de existencia, pero a la vez sostiene que  esa  situación  comportó violación del derecho de defensa, del debido proceso  y   de   la   obligación   del  funcionario  de  practicar  tanto  las  pruebas  desfavorables como las que benefician a su defendido.   

    

No  se  remite  a  duda que esas situaciones  entrañan   planteamientos  de  diversa naturaleza, cuya discusión en sede  extraordinaria   obedece   a   causales   distintas   que,   en   últimas,  son  excluyentes.   Por  un  lado, la violación del debido proceso, del derecho  de  defensa,  así  como  la  omisión  de  practicar pruebas que favorecían al  procesado,   dado   que  eventualmente  podrían  generar  errores  in    procedendo   de   garantía,   cuya  propuesta,  dicho  sea  de paso, también debió abordar en forma independiente,  han  de  tratarse  bajo  la égida de la causal tercera y no de la primera de la  norma aludida que invoca la actora.   

De otro lado, ignorar pruebas existentes en  el  proceso  constituye  un  error  de hecho, por falso juicio de existencia por  omisión,  el cual se erige en una de las modalidades de violación indirecta de  la  ley  sustancial  y,  por  tanto,  en  un  error  in  iudicando,  demandable con apoyo en la causal primera,  cuerpo segundo, del artículo 207 de la Ley 600 de 2000.   

Desconociendo  su  diversa naturaleza, la  libelista  no  tuvo  inconveniente alguno en plantear estas propuestas dentro de  una  misma  censura  a  pesar  de ser inconciliables, pues es presupuesto de las  incorrecciones  que se postulan por la causal primera que la actuación procesal  y  la  sentencia  no estén afectadas de irregularidades sustanciales con virtud  de  afectar  su  validez,  planteamiento  que  se  opone  a  los  de  la  causal  tercera;   es  decir  que, con una propuesta de este talante se conculca el  principio  lógico  de  no contradicción porque implícitamente se cuestiona la  validez  de  la actuación o de la sentencia (causal tercera), pero al tiempo se  avala,  por concretarse el error en el juicio que dispensa el fallador sobre las  normas                            sustanciales                           (causal  primera).               

Adicional  a  lo expuesto, también importa  precisar  que  no  es  verdad  que las pruebas mencionadas por el actor no hayan  sido  objeto  de  valoración  y  que  en  esa  medida  se  haya estructurado el  pretendido  falso  juicio  de existencia por omisión, pues si bien es cierto no  se  mencionan  expresamente,  lo  cual  no  siempre  es  necesario,  de  algunas  expresiones  se  deduce  su análisis integral.  De esa manera, en el fallo  de         segundo         grado         se        sostiene        lo        que  sigue:                        

“Concluye la Sala que razón tuvo la a-quo  al  darle  mayor crédito a quienes describen y sindican clara y rotundamente al  acusado  como  el  autor  de  los  hecho que culminaron en la muerte del obitado  ALEXANDER  MONROY  VARGAS,  cuyas  informaciones  concordantes han soportado las  reglas  de  la  sana  crítica y de la valoración de conjunto, en contravía de  una  sola  información,  imprecisa  y  sin  mayores  soportes,  que es la de la  Defensa  quiere sacar avante, que aparentemente se sustenta en una amistad entre  dicho  declarante  y  los  familiares del imputado”2        

Pero,  aún  si  en gracia de discusión se  admitiera  que  las pruebas referidas por la demandante no fueron apreciadas por  los  sentenciadores,  tal  situación carece de trascendencia en tanto que, como  se  señaló  en  el  capítulo  precedente,  no  se  verifican  las ostensibles  contradicciones  de  su  contenido en punto de la descripción física del autor  material  del  homicidio, para que opere a favor de su representado el fenómeno  jurídico    del   in   dubio   pro   reo.   

Así las cosas, la inadmisión de este cargo  es la decisión que se impone adoptar.   

         

Por lo anterior, encuentra la Sala que si la  casacionista  no  ajustó  su  demanda  a  las reglas dispuestas para postular y  demostrar  los  reproches  que  presentó contra el fallo de segundo grado y, en  virtud  del principio de limitación que rige el trámite casacional la Corte no  se  encuentra  facultada  para  enmendar las falencias de aquél, de conformidad  con  lo  dispuesto en el artículo 213 de la Ley 600 de 2000, se impone de plano  la inadmisión del libelo.   

         

Cuestión final  

         Como   quiera  que  la  Sala  advierte  que  la  pena  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y funciones públicas se tasó en un término igual  al  de  la pena privativa de la libertad, esto es, de veintisiete (27) años, no  obstante  que  los  hechos  ocurrieron  en vigencia de la Ley 599 de 2000, de lo  cual  puede  eventualmente  derivarse violación de garantías del procesado, se  surtirá  traslado  al  Ministerio  Público  para  que  se pronuncie sobre este  puntual aspecto.   

         

         En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

        1.    INADMITIR   la   demanda  de  casación  interpuesta  por la defensora del procesado  LACIDES  MANCILLA  CAREY, por  las razones expuestas en la anterior motivación.   

2.         CORRER    traslado   al   Ministerio  Público  por  el  término  de  veinte  (20) días para que conceptúe sobre la  posible vulneración de garantías fundamentales de los procesados.   

Notifíquese y cúmplase.  

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                ALFREDO      GÓMEZ  QUINTERO   

      Salvamento  de  voto   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN                              MARINA    PULIDO    DE  BARÓN           

       Salvamento  parcial de voto   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANES               YESID  RAMÍREZ     BASTIDAS                     

JAVIER    ZAPATA  ORTÍZ   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria   

Salvamento parcial de voto  

(Casación 25.607)  

He  salvado parcialmente el voto porque no  estoy  de  acuerdo con el traslado que se hace del asunto al Ministerio Público  para que emita concepto.   

En  otras  oportunidades  he  expuesto los  motivos de mi disentimiento, que ahora reitero. Decía:   

1.  Establecida  la  vulneración  de  un  derecho  o  de una garantía, de inmediato  el  funcionario  judicial  tiene el deber de declararla, salvo en  aquellos  eventos en los cuales se admite la demanda de casación y se remite al  Ministerio  Público.  Si la ruptura de los derechos es algo grave, y a plenitud  la  detecta  el  juez  de  casación, lo que debe hacer es decretar la lesión a  ellos tan pronto recibe el proceso y se percata de ello.   

2.  No  veo  cómo  pueda  el  Ministerio  Público   opinar   frente   a   una   demanda  que  no  reúne  los  requisitos  técnico-formales  mínimos.  No sé cómo podría hacerlo pues es la propia ley  la  que  determina  como  requisito de procedibilidad  para  esa entidad la declaración de “admitida” o  “ajustada”     de     la     demanda.    Basta    leer    la    disposición  correspondiente.   

3.  Oía  en  Sala  que  se hacía “para  mayores  garantías”.  No  veo por qué se hace con esa finalidad, si se tiene  claro  que  ha  existido  desconocimiento de derechos. Con el traslado lo que se  hace  es  lo  contrario:  prolongar  aún  más,  sin razón, la ruptura de esos  derechos.   

4. La mayor garantía ciudadana frente a un  eventual  desconocimiento  de derechos fundamentales es que conozca el asunto la  Corte  Suprema  de  Justicia pues esta, se afirma, es el máximo Organismo de la  jurisdicción  Ordinaria.  Y  con esto no se menosprecia al Ministerio Público.  No.  Simplemente  se  hacen  las  cosas  como  se deben hacer: si la Corte, tras  inadmitir   la  demanda,  observa  una  nítida  violación de derechos y/o garantías, o una protuberante  causal  de  nulidad, por el rango de su ejercicio, debe proceder de una vez a la  declaración correspondiente.   

5.    Si    la    Corte   inadmite   la   demanda  y  dispone  el  traslado  al  Ministerio  Público, en estricto sentido ha perdido totalmente su  competencia.  Por  consiguiente,  cuando retorne el expediente a su seno, carece  de potestad para hacer cualquier tipo de pronunciamiento.   

6.    Si    la    Corte   inadmite  la demanda, su decisión queda  ejecutoriada  con  la firma de los integrantes de la Sala de Casación Penal. Si  se   envía   el   asunto   al   Ministerio   Público   y   luego  –mañana,  dentro de un mes, dentro de  un  año, o cuando sea- éste retorna las diligencias con su opinión, la Corte,  ante  la flagrante lesión de una garantía básica o de un derecho fundamental,  no  puede  ocuparse  del  expediente,  pues,  se repite, su auto de inadmisión  ya está ejecutoriado. Y no  me  cabe  en  la cabeza que con el traslado a la Procuraduría surja otra figura  jurídica:  suspensión de  la  ejecutoria  mientras  conceptúa  el Ministerio Público y mientras la Corte  vuelve a pronunciarse.   

7.  Si  la Corte remite el expediente para  concepto  a  la  Procuraduría,  esta  opina  y regresa el expediente a la Corte  ¿qué sigue? Ensayemos:   

7.1.  Un  auto que modifique la sentencia.  Por  principio,  con  un auto no puede ser variado un fallo de segunda instancia  que      ya      ha      sido      ratificado      con      la      inadmisión.   

7.2.   Que   la   Corte   case   la  sentencia.  Pero  tiene  que  hacerlo  por  medio  de  una  sentencia  de  casación, que no es posible sin el  “ajuste”   previo   de  la  demanda  de  casación  y  sin  el  –ahí   sí-  concepto  anterior  del  Ministerio Público, en cualquier sentido.   

Ante  este problema, pienso lo que siempre  he pensado frente a los problemas: lo mejor es evitarlos.   

8. La solución es muy sencilla:  

8.1.  El  artículo  216  del  Código  de  Procedimiento   Penal   establece   el  principio  de  limitación  en casación: la Corte no puede tener en  cuenta  causales distintas de las expresamente formuladas por el demandante. Sin  embargo,   agrega:   Pero  tratándose  de  nulidad  o de violación ostensible de garantías sustanciales,  debe   casar   de  oficio.   

8.2.  La lectura del artículo permite ver  dos hipótesis:   

Una. Dictar fallo  de  casación  luego  de  admitida  la  demanda  y de obtenido el concepto de la  Procuraduría, siempre ceñida a lo esgrimido por el recurrente.   

Dos.   Otra,   por   eso   el  pero,   que   permite   a  su  vez  dos  hipótesis:   

Primera. Dictar  sentencia   de   casación   de   oficio,  después de la declaración de “ajustada” de la demanda y de  la  recepción  del concepto del Ministerio Público, más allá de lo planteado  por  el  casacionista,  por  violación  de  derechos  y  garantías  o  por  la  percepción de una causal de nulidad.   

Segunda. Dictar  sentencia   de   casación,   de   oficio,  sin limitación alguna pues la demanda habrá de ser inadmitida,  por las mismas razones anteriores.   

Por supuesto que esta interpretación puede  ser  discutible. Pero sin duda es la que más se ajusta al derecho sustancial, y  es  la  que  permite  resolver  más  rápido  sobre los derechos agraviados. La  Corte,  entonces,  en  vez  de  aumentar  el  tiempo  de lesión de los derechos  fundamentales,  y  de hacer giros que la Constitución y la ley prohíben, tiene  que ocuparse directamente, de una vez, del tema.   

Álvaro Orlando Pérez Pinzón  

31 -07-2006  

    

1 Fol.  12 del cuaderno del Tribunal.   

2 Fol.  11 del cuaderno del Tribunal.     

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