25449(16-05-06)

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 25449  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADA PONENTE  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado: Acta No. 47  

Bogotá,  D. C., mayo dieciséis (16) de dos  mil seis (2006)   

MOTIVO DE LA DECISIÓN  

La  Sala  se pronuncia sobre la colisión de  competencias  suscitada  entre los Juzgados 1° Penal del Circuito Especializado  y  2° Penal del Circuito de Bucaramanga para adelantar el juzgamiento en contra  de   Luis   Fernando   Rodríguez  Triana   y   Édison  Navarro  Novoa,  a  quienes  la  Fiscalía  6ª Especializada de esa ciudad acusó  como  coautores  de  la  conducta  de  concierto  para  delinquir,  agravado por  organizar, promover, armar o financiar grupos armados ilegales.   

ANTECEDENTES  

1.  Mediante  informe  del 12 de febrero del  2004,  la  Policía  Judicial  de Santander puso en conocimiento de la Fiscalía  Seccional  de  Bucaramanga  que desde el año 2003 hizo incursión en la región  un  grupo armado ilegal de las denominadas Autodefensas Unidas de Colombia, AUC,  que  se  dedicó  a  las  amenazas, extorsiones, desapariciones, desplazamientos  forzados y homicidios selectivos.   

Como integrantes de esa organización fueron  señalados  y  vinculados  a  la  investigación,  entre  otras  personas, José  Orlando  Estrada  Rendón,  Luis  Fernando  Rodríguez  Triana,  Édison Navarro  Novoa,  William  Humberto Parra Pineda, Álvaro Garcés Cardona y Víctor Manuel  González Sierra.   

2.  Adelantada  la  investigación,  el 7 de  febrero  del  2005  la  fiscalía  acusó  a  los  procesados por la conducta de  concierto  para  delinquir,  en  la modalidad de “organizar, promover, armar o  financiar  grupos  armados  al  margen  de  la ley… AGRAVADO para JOSE ORLANDO  ESTRADA  RENDÓN…  por  su  condición  de  cabecilla  acorde  a  lo señalado  en   el  inciso  3°  del  artículo  340  del C. P.”. Los favoreció con  preclusión en relación con los cargos de homicidio.   

La  decisión fue recurrida y ratificada por  la   Fiscalía   Delegada   ante   el   Tribunal   Superior,   el  27  de  abril  siguiente.   

3. El expediente correspondió al Juzgado 1°  Penal  del  Circuito  Especializado de Bucaramanga, despacho que el 11 de agosto  del  2005  inició  la  fase  del  juzgamiento.  El  31  de  octubre realizó la  audiencia preparatoria y fijó fecha para la pública.   

El  13 de septiembre del 2005, el juez cesó  el  procedimiento  a  favor  de  William  Humberto  Parra Pineda y José Orlando  Estrada  Rendón, porque en proceso diferente fueron condenados en razón de los  mismos hechos.   

4.  Con  auto del 8 de noviembre del 2005 el  juez  especializado  remitió las diligencias al reparto de los Juzgados Penales  del  Circuito,  con  propuesta  de conflicto negativo de competencia. Argumentó  que  por  favorabilidad  y  legalidad  se  imponía  calificar como sedición  el  comportamiento investigado  como  concierto para delinquir, de conformidad con el artículo 71 de la Ley 975  del   2005,   conducta   delictiva   que   corresponde  juzgar  a  los  últimos  funcionarios.   

5.  El  17 de abril del 2006, el Juzgado 2°  Penal   del   Circuito  de  Bucaramanga  aceptó  la  colisión  y  rechazó  la  competencia,  pues,  dijo,  los  integrantes  del grupo delictivo investigado no  podían  ser  considerados como los sediciosos definidos en la Ley 975 del 2005,  porque    estaban    dedicados   a   cometer   delitos   comunes   o   de   lesa  humanidad.   

6.  El  expediente se envió a la Corte para  que se resuelva el asunto.   

CONSIDERACIONES  

1.  La  pugna se presenta entre los Juzgados  1°   Penal   del   Circuito   Especializado   y   2°  Penal  del  Circuito  de  Bucaramanga.   

De  conformidad  con  el  inciso  2°  del  artículo  18  transitorio  de la Ley 600 del 2000, a la Sala de Casación Penal  de la Corte Suprema de Justicia corresponde resolver   

“los  conflictos  de  competencia  que se  presenten  en  asuntos  de  la  jurisdicción penal entre los jueces penales del  circuito especializados y un juez penal del circuito”.   

2.  En el asunto que concita la atención de  la  Sala,  evidente  deviene  que  las  resoluciones  a través de las cuales la  Fiscalía  formuló los cargos contra los procesados, fechadas el 7 de febrero y  el  27  de  abril  del  2005,  fueron proferidas con antelación a la entrada en  vigor  la Ley 975 de 2005. En  efecto,  el  artículo  75  de ésta dispuso que entraría a regir “a   partir   de   la   fecha   de   su   promulgación”,  acto  que,  haciéndose  consistir  en  la publicación del texto  legal  en  el medio destinado a tales fines, según lo ordena el artículo 52 de  la  Ley  4ª de 1913, se produjo con el diario oficial 45.980 del 25 de julio de  ese año.   

3.  Consecuentemente ha de analizarse si por  virtud  del  tránsito  legislativo  en  cuestión  la  conducta  imputada a los  procesados  puede  entenderse  o  no  recogida  por  la  especial  modalidad  de  sedición  prevista  en la Ley 975 de 2005, para lo cual bien está acudir a los  lineamientos  ya  trazados  por  esta  Sala  en  providencias  del  pasado 18 de  octubre1   

,   adoptadas  en  asuntos  de  idénticas  características, así:   

Aspectos  Generales   

La  Ley  975  de  2005  fue  expedida con el  propósito  de  regular  todo  lo  concerniente  a “la  investigación,  procesamiento, sanción y beneficios judiciales de las personas  vinculadas  a  grupos  armados  organizados  al margen de la ley, como autores o  participes  de  hechos  delictivos  cometidos  durante  y  con  ocasión  de  la  pertenencia  a  esos  grupos,  que hubieren decidido desmovilizarse y contribuir  decisivamente      a      la     reconciliación     nacional”     -artículo  2°-,  lo  que  de  entrada  plantea un primer problema a  resolver,  consistente  en  determinar  si su artículo 71 quedó condicionado a  ese específico ámbito de aplicación.   

Con tal propósito habrá de mencionarse que  la  norma  en  cita  fue  incluida  en el capítulo XII relativo a “vigencia    y    disposiciones    complementarias”,    evento  que  permite  concluir  razonablemente  que fue voluntad del  legislador  que los efectos de la especial modalidad sediciosa introducida en la  Ley  975  de  2005,  no  se  reserven de manera exclusiva para quienes opten por  desmovilizarse,  sino  que  se  aplique  a todos aquellos que hagan parte de los  denominados  “grupos armados organizados al margen de  la ley”.   

A  su vez, mediante esta norma el legislador  reformó  directamente  el  Código  Penal  en  el  sentido de tipificar bajo el  nomen  juris de “sedición”  la  conducta  de  “quienes conformen o hagan parte de  grupos  guerrilleros  o  de  autodefensa  cuyo accionar interfiera con el normal  funcionamiento  del  orden  constitucional y legal”, de  donde  deviene  indudable  que  no  empece  las  precisiones sobre el ámbito de  aplicación  de  la  codificación  en  cita,  su  artículo  71 está llamado a  producir  efectos  generales,  de  suerte  que a partir de su vigencia todas las  hipótesis  en que la imputación fáctica contra un sindicado se haga consistir  en  “pertenecer o conformar”  uno  de  los  mencionados  grupos armados con las consecuencias allí señaladas  -interferir   en   el   funcionamiento   del   orden  constitucional    y    legal    vigente-,    resulta  inequívocamente típica de esta especial modalidad de sedición.   

         

No  cabe  duda  que la introducción de esta  nueva   modalidad  de  sedición  se  enmarca  en  las  competencias  del  poder  legislativo,  legitimado  para  introducir tal reforma, pues como lo tiene dicho  la        jurisprudencia        constitucional2   

,  en  desarrollo de la cláusula general de  competencia  para  expedir  las  leyes,  es de su resorte seleccionar los bienes  jurídicos  merecedores  de  protección,  señalar  las  conductas  capaces  de  afectarlos,  distinguir entre delitos y contravenciones, fijar las consecuencias  de  cada  una  de  tales  especies  y  determinar  los  procedimientos  para  su  juzgamiento,  tópicos  todos  que  hacen  parte  de  la  política criminal del  Estado,  en  cuya  concepción  y  diseño  se  reconoce al legislador, en lo no  regulado  directamente  por  el  Constituyente,  un  margen  de  acción  que se  inscribe dentro de la llamada libertad de configuración.   

En  desarrollo  de  tales  competencias  se  visualiza  la modificación introducida al Código Penal a través de la Ley 975  de  2005, que precisamente por tener dicha connotación no puede restringirse en  su  aplicación  a  quienes  hagan  dejación  de  las  armas en el marco de los  acuerdos  de  desmovilización,  ni concebirse como uno más de los “beneficios”  regulados  en  ese  cuerpo  normativo  para  incentivar  dichas  entregas,  pues  cualquiera  de  tales  interpretaciones conllevaría una negación del principio  de  igualdad  ante  la  ley, en virtud del cual resulta impensable que una misma  conducta  ontológicamente  considerada pueda adecuarse a dos modelos delictivos  diversos,  dependiendo  de  factores  extraños  a  los  que  deben  orientar su  definición  como  delito  y  el  proceso  de  adecuación  típica  propiamente  dicho.   

En  consecuencia,  la  introducción  de  la  especial  modalidad  de  sedición  reglada en la Ley 975 de 2005 a la que viene  haciéndose  referencia, plantea un segundo problema por definir, consistente en  determinar  si  esa  norma  modificó  o  derogó  el  concierto  para delinquir  recogido   en   el  artículo  340,  incisos  2°  y  3°,  del  Código  Penal.   

A  este respecto, bien está recordar que el  inciso  2°  del  artículo  340  del  Código  Penal, tiene antecedentes en los  Decretos  180  de  1988 y 1194 de 1989, codificaciones  que  contemplaron  una  especial modalidad de asociación delictiva para quienes  promovieran,  financiaran,  organizaran,  dirigieran,  fomentaran  o  ejecutaran  actos  tendientes a obtener la formación o ingreso de personas a grupos armados  de  los  denominados  comúnmente escuadrones de la muerte, bandas de sicarios o  de  justicia  privada, equivocadamente denominados paramilitares, así como para  quienes  formaran  parte  de  tales grupos, sin perjuicio de la sanción que les  correspondiera   por  los  demás  delitos  que  cometan  en  ejercicio  de  esa  finalidad,  incorporadas como legislación permanente a  través  del  Decreto 2266 de 1991 y, luego, por la Ley 365 del 21 de febrero de  1997.   

En tales condiciones, desde la expedición de  la  legislación de orden público y luego de su incorporación en un sólo tipo  penal,   la   conducta  consistente  en  “pertenecer”  a un grupo de justicia privada, se reputó típica del  delito   de  concierto  para  delinquir  recogido  en  las  disposiciones  antes  referidas.   

No  obstante,  la  introducción de la nueva  modalidad  de sedición prevista en la Ley 975 de 2005 presenta en la actualidad  un diverso panorama.   

Ciertamente,  por voluntad del legislador se  creó   una   nueva   categoría   delictiva  para  sancionar  la  “pertenencia” a los grupos de “autodefensa”,   extrayéndose  así  esa  conducta  como  atentado contra el bien jurídico de la Seguridad Pública, para  erigirla  como  atentatoria  del  Régimen Constitucional y Legal, de suerte que  conformar  o  hacer  parte de aquellas específicas agrupaciones es ahora delito  de  sedición,  en  los  precisos  términos  del  artículo 71 de la Ley 975 de  2005.   

Con  todo,  no  comporta  lo  anterior que a  través  del  artículo  71  de la Ley 975 de 2005 se hayan derogado los incisos  2°  y  3°  del  artículo  340  del  Código  Penal, ni que todo actuar de una  persona  que  conforme  o  haga  parte  de  uno  de  los  denominados  grupos de  “autodefensa”   constituya  automáticamente   delito   de   sedición:   para  que  esa  pertenencia  pueda  catalogarse  de  tal es preciso que las acciones al margen de la ley que se haya  acordado  realizar  sean  manifestaciones  dirigidas  a  realizar  los objetivos  perseguidos  por  la  agrupación,  en  el marco de la confrontación armada que  sostiene  con  las  autoridades  legítimamente  constituidas  o  con los grupos  guerrilleros.   

No  otra conclusión se extrae cuando quiera  que  el  artículo  1°  de  la  Ley  975  de  2005,  precisa  que “se  entiende  por  grupo  armado organizado al margen de la ley, el  grupo  de  guerrilla  o  de  autodefensas,  o una parte significativa e integral de los mismos como bloques,  frentes  u  otras  modalidades de esas mismas organizaciones de las que trata la  Ley  782  de  2002”,  codificación  que,  a su turno,  recoge  en  el artículo 8°, como notas características de tales agrupaciones,  las siguientes:   

“Parágrafo  1°.  De  conformidad  con las  normas  del Derecho Internacional Humanitario, y para los efectos de la presente  ley,  se  entiende  por  grupo  armado  al  margen de la ley, aquel que, bajo la  dirección  de  un  mando  responsable, ejerza sobre una parte del territorio un  control   tal  que  le  permita  realizar  operaciones  militares  sostenidas  y  concertadas”.   

Ahora  bien,  habrá  de  recordarse  que la  anterior  definición  fue  extraída  por  el  legislador  de la recogida en el  artículo  1°  del Protocolo II adicional a los cuatro Convenios de Ginebra del  12  de  agosto  de  1949, suscrito en 1977, a través del cual se desarrolló el  artículo  3°  común  y  se introdujeron normas tendientes a la protección de  las     víctimas     de     los     conflictos     armados     sin    carácter  internacional.   

En  efecto,  aunque de manera tradicional se  considera  como  actores  de un conflicto armado no internacional a los miembros  de  movimientos insurgentes que por vía de las armas pretenden el derrocamiento  del  régimen vigente, en el desarrollo de los instrumentos internacionales para  la  protección  de  las  víctimas de las confrontaciones armadas y ante nuevas  realidades   que  evidenciaron  enfrentamientos  internos  entre  diversidad  de  grupos,  no  necesariamente  insurgentes,  que  desbordaban  dicha  lógica,  el  Derecho  Internacional  Humanitario  se  dio  a  la  tarea  de involucrar en los  instrumentos  de  humanización  de la guerra a todos los posibles actores de un  conflicto  armado  internacional o interno y las de mínimo respeto a quienes no  participan en las hostilidades.   

Es  así  como  a  través  del Protocolo II  adicional  a  los  convenios  de Ginebra se optó por una definición universal,  omnicomprensiva  de  los diferentes actores que puedan concurrir en un conflicto  armado   no   internacional,   considerando   por  tales  a  todas  las  fuerzas  organizadas,  colocadas  bajo  un  mando  responsable  de  la  conducta  de  sus  subordinados  y sometidos a un régimen de disciplina interno, cuyos miembros se  consideran                combatientes3.   

Precisamente esa definición fue la recogida  por  la  legislación  interna  a través de la Ley 782 de 2002. Y últimamente,  por  virtud  del  artículo  72  de la Ley 975 de 2005, vino a considerarse como  conducta  típica  del delito de sedición la que se hace consistir en militar o  pertenecer  a uno de aquellos grupos, bien sea de guerrilla o autodefensas, bajo  el  entendido  que ellos ciertamente ejercen control territorial sobre una parte  del  territorio  o  se  lo  disputan mediante acciones militares sostenidas, que  dirigen  ya  sea  contra  las  fuerzas  regulares, bien entre los grupos armados  irregulares  entre  sí,  con  la  consecuencia  inmediata  de impedir el normal  funcionamiento del régimen constitucional y legal.   

En  consecuencia,  la única conducta que se  aviene  a  la  nueva modalidad sediciosa es la de pertenecer a una organización  ilegal  de  la  que sean predicables todas las características de “grupo  armado al margen de la ley”, con la  consecuencia   de  obedecer  órdenes  que  implican  la  comisión  de  delitos  indeterminados  dentro del rol asignado por el mando responsable y en dirección  al desarrollo de los objetivos trazados por éste.   

Por lo mismo, no cabe duda que si un grupo de  personas   acuerda  la  comisión  de  delitos  en  general  desligados  de  las  directrices   que   imparta   el   mando  responsable  en  el  escenario  de  la  confrontación  armada  sostenida con las fuerzas regulares o irregulares, tales  comportamientos  por  manera alguna podrían catalogarse de sediciosos, criterio  prohijado  por  esta  Corporación  en anteriores ocasiones respecto de personas  que  estando incursas en el delito de rebelión pasan a constituirse en células  aisladas  cuyas acciones no obedecen al logro de las finalidades perseguidas por  la  organización  armada  ilegal, casos en los cuales se ha precisado que puede  presentarse  un  concurso  entre  el  delito de rebelión y el de concierto para  delinquir.  Sobre  el particular tiene dicho la Sala4   

:   

“si  los  miembros  de  un grupo subversivo  realizan  acciones  contra  algún  sector  de  la  población  en desarrollo de  directrices   erróneas,   censurables  o  distorsionadas,  impartidas  por  sus  líderes,  los  actos  atroces  que  realicen no podrán desdibujar el delito de  rebelión,  sino  que  habrán  de  concurrir  con  éste  en  la  medida en que  tipifiquen   ilícitos   que,   entonces,   serán   catalogados   como  delitos  comunes.   

Por   el   contrario,   si  los  diversos  comportamientos  son  escindibles, de manera que algunos de ellos son realizados  por  varias  personas  concertadas  para  cometer delitos en beneficio puramente  individual,  egoísta,  sin  ningún  nexo con la militancia política, y otros,  ejecutados  por  esas  mismas  personas, se materializan en tanto miembros de la  organización  subversiva,  el  concurso  entre el concierto para delinquir y la  rebelión surge con nitidez.”   

Por  la misma razón, no quedan incluidos en  la  nueva  categoría  de sedición quienes hacen parte de bandas o pandillas, o  quienes  conforman  grupos  de  justicia privada o de sicarios, pues no obstante  que  ellos acuden a la utilización de las armas, pueden llegar a ejercer cierto  control   territorial  y  asumen  la  forma  de  una  organización  con  mandos  definidos,   sus   acciones   no  se  enmarcan  en  la  lucha  que  pretende  el  derrocamiento   del  régimen  -guerrilla-,  ni tampoco se encamina a la eliminación de dicha disidencia por  vía  de  las  armas  -autodefensas-, de suerte  que  la  sola  pertenencia  a ellos sigue siendo típica del  delito de concierto para delinquir agravado.   

El     caso  concreto   

De conformidad con la resolución acusatoria  del  7  de  febrero  del 2005 (confirmada el 27 de abril siguiente) la fiscalía  formuló  cargos a los procesados como responsables del delito de concierto para  delinquir,  en  su  condición  de  integrantes  de las denominadas Autodefensas  Unidas de Colombia, AUC.   

Encuentra  la  Sala  indiscutible  que  tal  conducta,  adecuada  por  la Fiscalía como típica del delito de concierto para  delinquir,  realmente  se  aviene la especial modalidad de sedición contemplada  en el artículo 71 de la Ley 975 de 2005.   

En efecto, la organización armada al margen  de  la  ley tiene todas las características que permiten ubicarla como un grupo  de  autodefensas de los que trata la Ley 975 de 2005. Esto con independencia, se  repite,  de  que pueda concursar con otras conductas, como las mencionadas en la  investigación.   

Así,  habiéndose  verificado  el tránsito  legislativo  y  resultando  más  favorable  la nueva tipicidad por aparejar una  pena  menor  a  la  que  resultaría  de imponerle la prevista para el delito de  concierto  para  delinquir,  no  cabe  duda  que  surge  obligada la aplicación  inmediata de la Ley 975 de 2005, artículo 71.   

Como la competencia para juzgar el delito de  sedición  está  radicada en los Jueces Penales del Circuito comunes, según se  desprende  de  la cláusula general de competencia que consagra el artículo 77,  numeral  1°,  de  la  Ley  600 de 2000, se asignará su conocimiento al Juez de  esta categoría.   

Cuestión Final  

Se  debatió  en  Sala si la Ley 975 de 2005  podría  contrariar  principios  de  justicia y del derecho penal con incidencia  negativa  en  la  constitucionalidad de sus disposiciones, pero mayoritariamente  se  desechó  tal  hipótesis  con  fundamento en los siguientes planteamientos:   

No obstante que el artículo 4° de la Carta  Política   permite   inaplicar   aquellas   disposiciones   que   se   ofrezcan  incompatibles  con  el  Estatuto Superior, para ello se requiere de la abierta y  ostensible   contradicción   de   sus  reglas  con  las  superiores5,  de modo que  la  presunción de constitucionalidad que las ampara quede desvirtuada, pudiendo  el    funcionario   judicial,   cuando   eso   ocurre,   preferir   las   normas  constitucionales  sobre  las  de  inferior  jerarquía, con efectos inter  partes  y  en  relación  con  las  personas  involucradas  en  un  conflicto específico, sin que pueda exceder ese  preciso           marco           jurídico6, pues lo contrario implicaría  invadir  la  esfera  de  competencia  de  la  Corte Constitucional, encargada de  definir   por   vía   general  y  con  efectos  erga  omnes    el    ajuste    de   un   precepto   a   la  Constitución.   

Ahora,  tratándose  de una ley sui  generis, que regula un tema  muy  puntual  en  materia  de  penas  en el contexto de una justicia transicional, la  Corte  no  encuentra establecida esa abierta y evidente contradicción entre los  preceptos  en ella contenidos y el Orden Superior, como condición indispensable  para  realizar el juicio de constitucionalidad que un mecanismo excepcional como  el  control  difuso  requiere, lo cual además en modo alguno la puede autorizar  para hacerlo acudiendo a criterios de conveniencia.   

Esta  postura, no es, desde luego, novedosa,  pues  tal  ha  sido  el  criterio  de  la Sala en torno al tema, al precisar que  presupuesto  necesario  para  dar  lugar a tan especial recurso en guarda de los  Preceptos Superiores, es que:   

“el  quebranto  objetivo  de la norma constitucional sea de tal forma flagrante o manifiesto que  no  permita la mínima interpretación en contrario y,  por  ende, no se requiera de sofisticados argumentos para sustentarla; lo que de  suyo  deslegitima  al  juez colisionante a hacer un pronunciamiento propio de la  jurisdicción  facultada para ello como lo es la Constitucional, por tratarse de  una  ley  expedida  por  el  Congreso  de  la  República  en  ejercicio  de las  facultades     constitucionales”    7  (resaltado  fuera de texto).   

Además,  en  dicho  pronunciamiento la Sala  concluyó   que   en   tales   circunstancias,   como   aquí   ocurre,  resulta  “inconveniente  adelantarse  a  la  decisión de la  autoridad  con  atribución  constitucional para juzgar la inexequibilidad de la  comentada disposición”.   

De  otra  parte,  el  valor  justicia  y los  principios   de   igualdad   y   proporcionalidad,   en   orden   a   juzgar  la  constitucionalidad  de una norma, no pueden estudiarse tal como si se tratara de  una  ley ordinaria, sino tomando en cuenta las singularidades de la que ahora se  analiza,  expedida  con  la  finalidad  de resolver la tensión que en este caso  surge  entre  los  conceptos de paz y justicia, que son también fundamentos del  Estado,   y   de   los  compromisos  internacionales  adquiridos  por  Colombia.   

Por lo mismo, la vinculación entre política  y  derecho  alcanza  un  nivel  mayor  al  que  de  ordinario  se presenta en la  legislación  común,  en  la  cual,  por  ejemplo,  la  proporcionalidad  de la  respuesta  estatal y la simetría con la agresión a bienes jurídicos, responde  a  la gravedad del injusto y grado de culpabilidad, mientras que, tratándose de  una  ley  especial,  como  aquí  sucede,  se sujetan a otros valores, según se  indicó.   

Lo  anterior,  se insiste, sin perjuicio del  criterio  que  la  Sala pueda tener en cuanto a la conveniencia o inconveniencia  de  las  disposiciones  contenidas  en la ley de justicia y paz, lo cual es, por  supuesto,  irrelevante  para efectos de adoptar decisiones del tipo de aquella a  que se alude en párrafos precedentes   

No  obstante las consideraciones anteriores,  conviene  aclarar que un sector de la Sala encontró precisamente esa ostensible  contradicción  entre la norma superior y la legal, respecto del artículo 70 de  la  ley de justicia y paz, fundamentalmente por violación al principio de   la unidad de materia.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia   

RESUELVE  

1.  Asignar  la  competencia  para  adelantar  el  juzgamiento  seguido  en contra de   Luis   Fernando   Rodríguez  Triana  y  Édison Navarro Novoa al Juez  2°      Pena      Penal     del     Circuito     de     Bucaramanga.   

2. Comunicar esta  decisión  al Juez 1° Penal del Circuito Especializado  de Bucaramanga.   

Cúmplase.  

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

Salvamento de voto  

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                                ALFREDO      GÓMEZ  QUINTERO   

         Aclaración de voto   

ÉDGAR    LOMBANA   TRUJILO                                            ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ  PINZÓN   

                                                                                                               Con   salvamento   de  voto   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                                             JORGE   LUIS  QUINTERO  MILANÉS     

YESID    RAMÍREZ  BASTIDAS                                         JAVIER      ZAPATA  ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Radicados No. 24.226 y 24.275.   

2 Corte  Constitucional, Sentencias C-198/97 y C-746/98.   

3  Comité  Internacional de la Cruz Roja, “Diccionario de Derecho Internacional de  los  Conflictos  Armados”,  Pietro Verri, Impresora  Limitada  Editores,  Bogotá,  noviembre  de 2002, pág.  16-17.   

4 Auto  de colisión de competencia, radicado 21.639.   

5 Cfr,  Corte  Constitucional,  sentencia  T-1290  de  2000,  en la cual se expresó que  “el  antagonismo  entre  los  dos  extremos  de  la proposición ha de ser tan  ostensible  que  salte  a la vista del intérprete, haciendo superflua cualquier  elaboración  jurídica que busque establecer o demostrar que existe. De lo cual  se  concluye  que,  en  tales  casos, si no hay una oposición flagrante con los  mandatos  de  la  Carta,  habrá  de  estarse a lo que resuelva con efectos erga  omnes   el   juez   de   constitucionalidad,  según  las  reglas  expuestas.”   

6 Corte  Constitucional, sentencias C-600 de 1998 y T-1290 de 2000.   

7 Auto  del  18  de  junio  de  2002,  colisión de competencias, radicado 19.516, M .P.  Herman  Galán  Castellanos.  Cfr,  en  el mismo sentido, auto del 2 de julio de  2002,  radicado  19517,  M  .P. Carlos Mejía Escobar.     

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